Los he visto

Siempre recuerdo unas maderas rotas en el suelo de nuestra casa de Santiago, en el pasillo del segundo piso que daba al cuarto de nuestros padres. Era un hueco donde las maderas largas, estiradas como tallarines sobre el suelo, no empalmaban bien. Eran de color café, o teñidas de café, y parecían maderas rotas y a veces sucias, que encajaban mal; pero todos nosotros, los que vivíamos en la casa y pasábamos por ahí todos los días, caminábamos sobre ese desperfecto que crujía y que a veces se quejaba sin que lo notáramos demasiado, o sin decir mucho para arreglarlo, o sin decir una palabra sobre esa pequeña rendija que acumulaba suciedad y que se mostraba como una herida abierta sobre el pasillo del suelo de la casa. Con el tiempo lo cubrimos con una alfombra roja instalada por una compañía que no hizo un buen trabajo porque pronto se desgastó y tampoco hubo recambio, o no hubo ningún otro arreglo adicional.

 

Por la Internet escucho a menudo radios que transmiten desde Chile. Ahora escucho una que cuenta algo sobre la actitud, el desarrollo personal y niveles de energía. Es uno de esos programas de autoayuda donde le consultan a un experto que no para de dar explicaciones y de usar una pseudo ciencia que también le cubre hoyos, desperfectos. Y lo hace tan convencido de lo que dice, lo que hace, que se le nota algo parecido a la fe en su discurso, en sus palabras, y cuando habla del éxito y sus símbolos, el dinero y el poder para pronto saltar al latín y discutir el significado de las palabras, sus raíces, donde el experto se nos presenta con un barniz de cultura; pero pronto nos damos cuenta que lo importante para él ha sido la imagen, las apariencias, o algo así como tapar esa hendidura en los maderos del pasillo de mi casa que estaban siempre expuestos, abiertos, mostrándose y como pidiendo ayuda, una mejora.

 

Como contaba más arriba, recuerdo que en algún momento cubrimos el pasillo con una alfombra roja, pero una alfombra roja que quedó mal colocada, poco tirante y floja, y sin ninguna tela sólida y resistente entre la madera y la textura gruesa de la alfombra. A lo mejor en esos años no la sabían instalar, quien sabe; pero sobre los escalones de la escalera que subía hacia el segundo piso de la casa, la famosa alfombra roja se gastó por el uso nuestro, mostrándonos una triste tela plástica de color blanco; ahí nuevamente ninguno de nosotros dijo nada, me imagino que lo encontrábamos normal. A mí me gustaba mucho más –y todavía me gusta mucho más- la presencia de esa madera gastada en los peldaños, con sus imperfecciones inevitables, con esas hendiduras que poco a poco asoman por el uso, el desgaste, el deterioro digno que parece mucho menos atemorizante que ese deterioro moderno de una alfombra roja un poco artificial, y que muestra un plástico barato de color blanco.

 

Afuera el sol alumbraba de oblicuo y por las ventanas de la cocina, que daban a la casa de los Mandiola, nuestros vecinos de ese entonces, veía que habían caído, repentinamente, unos pajaritos desde un nido alto que apenas se sostenía arriba de los árboles, esos que separaban las dos propiedades en la avenida Suecia de ese entonces. Las dos empleadas (así les decíamos en ese tiempo, “empleadas” porque ahora han pasado a ser “nanas”) se reían en la cocina contándose chistes y dándose consejos. Al ver mi cara de desesperación por los pajaritos que se movían y corrían desamparados muy cerca del murallón blanco, me dijeron entre muchas risas que “anda, corre con una manguera y chorréalos con agua: volarán. Ya verás”. Con apuro y mientras ellas seguían contándose secretos y celebrando seguí sus instrucciones, conecté apurado la manguera y me apresuré en ver salir un chorro de agua helada. Apunté con precisión y noté que corrían, escapaban….. y que no llegaban a volar, no emprendían nunca un vuelo, nada. No recuerdo bien qué sucedió después de eso. Creo que no lo quise recordar. A lo mejor largué la manguera hacia un costado, salí corriendo y coloqué otra alfombra, más alfombra roja, pero esta vez sobre esos recuerdos, sobre esos pájaros que no emprendieron nunca un vuelo.

Entré nuevamente corriendo a la cocina, donde las empleadas se reían y celebraban como antes. ¿Qué edad habré tenido en ese entonces? ¿6, 7 años? No lo sé, pero al menos no reí.

 

….y algo me dijo,

alguien me contó desde muy adentro que estaba haciendo mal

que algo no funcionaba bien pese a las risas

o sobre las risas

o a pesar de las risas

mientras destapaban ollas

mientras celebraban y reían otro poco en medio del vapor de cacerolas

Y la verdad que mirando hacia atrás -que con el tiempo se hace más grande y duro y urgente que el mirar hacia delante- noto que en mi vida he usado muchas alfombras, de otros colores, pero han sido alfombras que después he tratado de sacar, de levantar… y a veces esos pajaritos han logrado emprender vuelo.

Los he visto.

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