Mi último talento

Nunca tuve talento para nada en especial porque no sobresalía en nada. Cuando pequeño nunca supe o pude jugar fútbol por el terror que le tenía a la pelota y sus pelotazos. Tampoco fui bueno para jugar a las bolitas, algo que se practicaba con mucha dedicación en los recreos de mi infancia. Los días más felices de esos años fueron cuando mis padres me mandaban al colegio con una nota explicando que tenía alguna dolencia de manera que no podía hacer gimnasia, en una clase donde nuestro profesor gozaba torturando a los estudiantes de malos rendimientos. Recuerdo con susto una soga alta y larga que teníamos que usar después de correr por una cancha grande. Nunca supe cómo usar y trepar a las alturas usando esa soga que veía gruesa y helada frente a mí. Por eso  mis talentos se concentraron en cómo hacerlo para pasar desapercibido y camuflado, que nadie se fijara en mí.

Cuando crecí noté que podía enlistarme para estudiar cualquier disciplina porque no tenía una pasión por nada que me pudiera ayudar en la elección. Así fue como estudie química pudiendo inscribirme en arquitectura o leyes, pero no me alcanzaba el puntaje para eso. En esos años si no tenías un puntaje alto en la prueba de aptitud académica, no podías competir, los cupos en las pocas universidad eran limitados. Lo curioso es que seguí avanzando y moviéndome por la vida con la fe de que algo bueno me iría a suceder, algo iba cambiar, ya se vería. Creo que tenía talento para aguantar, era bueno para eso. No sé si eso talento todavía me acompaña.

Me desarrollé tarde y crecí despacio, y creo que con algo de retraso. Cuando muchos ya habían dejado de aprender yo recién empezaba, como llegando tarde a todo. Fue tanto que un día mi padre, preocupado, una noche me preguntó si acaso me gustaban las niñas, porque también fui malo para quererlas a tiempo:

-¿Te gustan las niñas, mijito?

-Sí, me gustan -le contesté.

Para mis padres no había nada peor que tener un hijo gay, por eso respiró aliviado -creo- cuando esa noche le dije que no, que yo no era gay; pero no sé si me creyó. Y el problema es que cuando alguien me gustaba no me salía el habla, tartamudeaba, y mientras más me gustaba eran peores mis tormentos. Y algo así me ha ocurrido durante toda mi vida, donde me he movido como llegando tarde a tantas cosas, quizás ese puede ser otro talento, porque cuando muchos ya han dejado de aprender yo he continuado, cuando muchos ya han dejado de buscar yo he seguido buscando.

Después, seguí creciendo, y noté que eran muchos los que tenían problemas, y serios, y creo que eso me ayudó a soportar hasta salir a flote y aprender, gozar y sufrir muchos momentos de esta vida donde ya me da lo mismo llegar atrasado a tantas cosas, por importantes que estas sean. Espero que en esta última fase de mi vida, mi último tercio, cuando ya muchos han tirado la esponja, han comenzado a bajar las persianas y a volar más bajo, ese talento aguantador me ayude a leer y a escribir mejores textos.

Creo que también tengo talento para mirar, y eso ayuda cuando uno escribe, ayuda el ser un buen mirón para captar a la gente, sus muecas, sus tics, sus mentiras, sus goces, que se manifiestan a veces en un gesto que puede durar muy poco, muy efímero. Hay que estar atento y preparado para no perdérselos. A lo mejor ese puede ser mi último talento, de esos que todavía descubro o reconozco, pese a estar bien entrado en mi tercio final.

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