En Washington, recibí también la ayuda generosa de personas que apenas conocía, y ese gesto humano me llenó de agradecimiento, como si cada encuentro fuera una mano extendida en medio de mi desconcierto. Apenas unos días después de haber aterrizado, aún temblando y la mente saturada de imágenes nuevas, escuché la noticia de que en el Healy Hall, ese imponente y casi intimidante edificio de la Universidad de Georgetown, Ilya Prigogine -premio Nobel de Química en 1977- ofrecería una conferencia sobre Teilhard de Chardin. Sentí una mezcla de asombro y nervios: la posibilidad de ver a alguien como Prigogine me parecía irreal, era como asomarme al mundo de los grandes pensadores, a una dimensión que durante años sólo había habitado en mis lecturas y sueños más íntimos. Prigogine, con su mirada aguda y su voz pausada, era conocido por sus estudios sobre la termodinámica de los procesos irreversibles, donde se atrevía a decir que el surgimiento o desarrollo de la vida podía ser comprendido como un proceso inevitable, sin retorno. Aquella idea, tan audaz, me conmovió. Sentí que no estaba solo en mis propios intentos de reinventarme, que incluso en la ciencia había espacio para la pasión y la esperanza.
La conferencia fue un puente entre dos universos: Prigogine tendía la mano a las humanidades como si quisiera reconciliar, con humildad y valentía, dos culturas que tantas veces parecen estar en conflicto. Y ahí apareció de nuevo Teilhard de Chardin, el jesuita visionario, cuya vida y obra resonaban en mi historia familiar. Recordé el cariño que mi madre le profesaba, dedicándole un cuarto entero en la casa de Algarrobo; ese espacio, con sus cuadros, citas y fotografías, era como un santuario de sueños y rebeldía intelectual. Sus libros, que sobresalían de la estantería, me hablaban de aventuras y riesgos, de la pasión por buscar respuestas en territorios prohibidos. Teilhard, paleontólogo y pensador, desafió los límites de su época, y por ello pagó un precio alto: fue castigado por sus superiores, marginado por atreverse a hablar de evolución cuando hacerlo era casi un acto de fe y de coraje. Recuerdo que nunca le permitieron publicar sus libros en vida, y los textos que mi madre atesoraba con devoción, guardados en el cuarto de Teilhard, vieron la luz solo después de su muerte. Pensar en eso me provoca admiración, una sensación de estar unido a esa cadena de búsquedas valientes, de sueños postergados pero nunca vencidos.

Llegué al salón de la conferencia con antelación, sintiendo cómo los nervios me trepaban por el cuerpo y el corazón me latía ante la expectativa de lo desconocido. Me senté al lado de una señora de pelo blanco, tan delgada, que me pareció una viejita pronta a ser momificada, una reliquia de ojos vivaces y saltones que no dejaban de observarme con una curiosidad casi infantil. Ahora que miro con más insistencia hacia un pasado que mete ruido, hacia ese año 1984 que me empuja, me salpica y me envuelve con una mezcla de nostalgia y vértigo, noto que ella, Louise Des Marais, tenía menos años que yo este momento. Tenía una tez blanca, pálida y un cabello aún más blanco que brillaba bajo la luz tenue del salón, formándole un halo sobre su cabeza. Desde un principio se interesó en mis asuntos, cuestionándome con dulzura y una atención cálida que me hizo sentir acogido en medio de mi soledad de extranjero. Correspondía cariñosamente mis saludos iniciales. Tal vez le intrigó mi acento, o mi historia de recién llegado de un país tan lejano como Chile despertándole curiosidades exóticas que encajaban con la atmósfera intelectual y casi mágica que Prigogine y Teilhard Chardin creaban en ese salón oscuro donde estábamos reunidos. Con el tiempo, esa conexión inicial se transformó en una amistad inesperada: Louise terminaría invitándome a su casa, ubicada en 1529 44th St NW, detrás de la Universidad de Georgetown, donde vivía sola. Nunca le pregunté qué le había sucedido a su marido, ni qué había pasado con su matrimonio; había algo de misterio en el aire, porque en su casa no mostraba ningún retrato en las paredes, como si los recuerdos no debían ser mostrados. En una ocasión me regaló un libro religioso, Signs of Glory, que ella había escrito hacía poco tiempo. Lo leí, o lo hojeé, pero sin mucho entusiasmo; sin embargo, lo guardo con cariño entre mis libros y papeles que acumulo en el subterráneo de mi casa; fue como un talismán en aquellos días inciertos. En una de esas comidas conocí a su gran amigo, un famoso sacerdote jesuita, Avery Dulles, teólogo de alcurnia y mucha historia enraizada en su país. Era hijo de John Foster Dulles, Secretario de Estado en la administración de Eisenhower, donde llegó a ser el administrador de la guerra fría. Su tío, Allen Dulles, fue jefe de la CIA entre los años 53-61. Uno de los aeropuertos más importantes de Washington—donde yo había tocado tierra hacía poco—llevaba su apellido, Washington Dulles International Airport. Avery fue un hombre exitoso pese a que nunca se dedicó a la política partidista, donde su apellido resonaba y tenía plataforma. No le faltaron pergaminos para dedicarse a la vida pública, cada vez que escuchaba su apellido sentía una mezcla de asombro y sorpresa. Dirigió sus intereses hacia una vida religiosa, al margen de todo ese alboroto familiar para llegar a ser un reconocido y prestigioso teólogo. En el año 2001, Juan Pablo II lo nombraría Cardenal, saltándose muros, códigos y convenciones. Durante las comidas en la casa de Louise, él se ubicaba en la cabecera de la mesa. Yo lo observaba imaginando la carga de la historia que llevaba encima. La casa de Louise parecía una oficina sin ajetreos ni recuerdos que poblaran los muros o repisas; vivía sola y parecía entretenerse arrendándole cuartos a los estudiantes de la universidad. Después de esas comidas, Avery me iba a dejar en un auto grande y lustroso a mi departamento que quedaba a pocas cuadras. Hablábamos poco, mi inglés era rudimentario, pero aun así lográbamos conversar algo sobre Chile. Durante esas comidas, por respeto y timidez, nunca me atreví a preguntarle por su padre, ni tampoco por su tío, aunque una parte de mí ardía de curiosidad por conocer sobre esa familia tan cargada de historia y de secretos. Hoy, al recordar esos momentos, siento que cada encuentro con Louise y Avery fue como tocar el borde de un mundo fascinante y ajeno, que me permitió descubrir nuevas formas de pertenecer y de sentirme menos solo en medio de la inmensidad de esa ciudad desconocida.
En esa casa conocí también a Jim White, un estudiante de medicina con quien compartí incontables conversaciones y momentos de risa en los comedores de la universidad, o en algún restorán de comida rápida en ese Georgetown bullicioso y vibrante, rebosante de juventud y promesas. Jim le arrendaba un cuarto a Louise; para él fue como un refugio donde compartió confidencias y complicidades. Recuerdo que cuando se recibió de médico, me invitó, con un entusiasmo contagioso, a celebrar en una de esas elegantes casas estilo victoriano que salpican Georgetown, vecina a la que una vez fue hogar de John Kennedy y su familia. Las casas, alineadas como soldados de greda, lucen fachadas de ladrillos rojos y piedras pulidas que brillan bajo la luz. Los códigos del barrio, férreos y tradicionales, no permiten que edificios altos o modernos rompan su encanto atemporal. Son viviendas angostas que se elevan hacia arriba en espirales de varios pisos, como si cada escalera fuera una promesa de llegar un poco más cerca del cielo. Desde las azoteas la ciudad de Washington se despliega majestuosa, llena de luz y posibilidades.
Esa noche de fiesta, sentí como si el futuro entero titilara ante mis ojos. Georgetown resplandecía, y el aire se llenaba de una energía casi eléctrica: éramos jóvenes e inmortales, convencidos de que nada ni nadie podía detenernos. Tomábamos la cerveza helada en unos jarros que apenas nos cabían en la mano, riendo y gritando como si con cada brindis selláramos una alianza con la vida. El calor apretaba y las poleras se empapaban de sudor y cerveza, pero nadie parecía darse cuenta: estábamos ocupados celebrando el vértigo del presente y lo que el horizonte nos ofrecía. Entre voces que se cruzaban y sueños gritados a media voz sobre trabajos y mudanzas a Nueva York o Chicago, me sentí parte de una tribu invencible, donde todo era posible, donde el miedo quedaba atrás y la esperanza era tangible como el aire fresco de esa madrugada.
En medio del bullicio, mientras brindábamos por el porvenir, Jim se acercó para contarme con una mezcla de orgullo y emoción genuina, que el cura Avery, a modo de regalo de graduación, le había obsequiado una Biblia. Pero no era cualquier Biblia porque en los márgenes tenía anotaciones personales escritas de su puño y letra. Fue un detalle simple. Observé a Jim abrazando ese libro y, por un instante, comprendí que la verdadera riqueza de aquellos años no estaba en los logros o títulos, sino en esos lazos invisibles que tejíamos, en la certeza de que aunque el mundo cambiara, siempre llevaríamos algo de esa noche con nosotros.
En pocos meses terminé tocando tierra. Georgetown seguía siendo un paisaje lejano, casi ajeno, pero poco a poco comencé a sentir que el desconcierto inicial se disipaba y que, de algún modo, había logrado aterrizar en mi propia historia. Con Jim, la vida nos llevó por caminos distintos, donde terminaríamos viviendo en ciudades separadas, aunque nos aferrábamos a la costumbre de llamarnos por teléfono. Recuerdo cuando nos vino a ver a Cleveland. Se instaló en nuestro pequeño departamento de estudiantes, acomodándose en el sofá que se convertía en cama, y por unas noches volvimos a compartir risas y confidencias como si el tiempo no hubiera pasado.
A medida que los años avanzaban, nuestra comunicación se volvió espaciada, como si una niebla suave se deslizara entre nosotros, volviendo difícil distinguir el contorno de la amistad. De repente, casi sin darnos cuenta, los intentos por ubicar a Jim se volvieron infructuosos, y sentí que lo perdía, como si una fuerza lo hubiera arrancado del mundo. Louise también lo buscaba con esa mezcla de preocupación y cariño, pero no lograba encontrarlo. El tiempo pasó y nunca más logramos conectarnos con Jim; fue como si alguien lo hubiera borrado del universo dejando tras de sí algo de su risa y el recuerdo de una amistad que se transformó en misterio, un enigma que aún me acompaña y que a veces se asoma en las noches más solitarias, cuando todo parece lejano y perdido.
Sentado en mi escritorio, rodeado de papeles y el murmullo constante de la oficina, en el año 2001, sentí una oleada de nostalgia y necesidad de conexiones pasadas. Por impulso llamé a Louise por teléfono. La noche anterior, mientras organizaba mi estantería, me había topado con su libro, Signs of Glory, y al sostenerlo entre mis manos, una avalancha de recuerdos y emociones me invadió; fue como abrir una ventana a otros tiempos, a las conversaciones en su casa de Georgetown. Al escuchar su voz al otro lado de la línea, cálida y ligeramente temblorosa, la distancia pareció desvanecerse. Conversamos largo rato, como si quisiéramos detener el paso del tiempo. Louise me contó con un entusiasmo contagioso que estaba feliz, verdaderamente feliz, porque había viajado a Roma junto a un grupo grande, acompañando a Avery, a quien acababan de ungir Cardenal. En sus palabras sentí su orgullo, su alegría, y una pizca de asombro; pude imaginarla radiante, sosteniendo la emoción de ver a su amigo cruzar umbrales altos. Por un instante, las rutinas y preocupaciones cotidianas se me esfumaron al comprobar que esos lazos y recuerdos seguían vibrando, dándole sentido a los días grises.
En el año 2015, movido bajo los hilos invisibles del pasado, me lancé a investigar en Internet y, casi sin esperarlo, encontré un libro donde relataban la vida de Avery Dulles. Descubrí que había fallecido en el año 2008. En la página 518, me topé con una fotografía que me detuvo el aliento: ahí estaban Avery y Louise, los dos sonriendo como cómplices, con sus miradas llenas de picardía y alegría, como si entre ellos existiera un secreto que solo ellos conocían. Los imaginé en Roma, en el año 2001, celebrando su nombramiento como Cardenal; quizás aguardando juntos la llegada de un elevador, o tal vez encaminándose con pasos entrelazados, hacia una recepción en su honor. No sé qué hacían exactamente en ese instante, pero al mirar atentamente la foto que tenía frente a mí, sentí que compartían mucho más que una amistad pasajera: los vi como una pareja, unida como si el tiempo y las circunstancias no pudieran separar ese compromiso que los envolvía.
Una nota al pie de la página me sobresaltó aún más. Decía que Louise conoció a Avery en sus años de juventud, cuando ella, llena de sueños y anhelos, escribía un diario entre 1936 y 1948, cuyas páginas aún se resguardan inéditas, en los Archivos de la Arquidiócesis de Boston. Imaginé a Louise joven e inquieta, plasmando en ese diario sus pensamientos, sus dudas y esperanzas, mientras el mundo giraba a su alrededor. El 6 de julio de 1946, escribió con el corazón apesadumbrado su última entrada: “Al menos ya lo sé. Avery quiere hacerse jesuita. Dios lo bendiga”. Aquellas palabras, cargadas de resignación, sellaron el final de una etapa. A las pocas semanas de ese descubrimiento, Louise no escribió nunca más en su diario. Canceló el proyecto y lo abandonó para siempre, como quien se despide de un sueño, dejando atrás una parte de sí misma en la oscuridad de aquellas páginas no resueltas.
Por teléfono, con la voz trémula y el corazón encogido por la incertidumbre, le pregunté a Louise por Jim. Me respondió que no había logrado hablar con él, que desde hacía tiempo se había vuelto escurridizo, envuelto en un misterio que se sentía casi palpable; pero sí había conversado con su hermano, y entonces, como quien abre una puerta dolorosa, soltó la noticia: Jim había fallecido hacía poco, había muerto de SIDA. Me costó creerle, sentí que el mundo se detenía por un segundo. De inmediato, como si me descorrieran un cortinaje polvoriento y las sombras adquirieran forma, comprendí que los silencios de Jim guardaban un significado más hondo, más verdadero. Imaginé su soledad, el peso de la enfermedad, y cómo había decidido alejarse de todo y de todos, buscando refugio en el aislamiento, quizás confundido, quizás avergonzado. Miré a mi alrededor, al universo de fotos y retratos que cuelgan en las paredes de mi oficina, y todo me pareció extrañamente ajeno, como si una tristeza antigua se deslizara sobre cada imagen. Recordé la fiesta en Georgetown y la alegría desenfrenada de aquellos años que ahora sentía tan distante, casi irreal. Pensaba en los laberintos de la vida cuando Louise, con voz suave y quebrada, me despertó de mi trance para darme la noticia de su entierro. Lo sepultaban en pocos días más, y mencionó la fecha, la hora y la dirección del cementerio, como si tratara de invitarme a compartir el último adiós. Por un instante me entusiasmó la idea de saber algo más de Jim y de su familia, de encontrar entre las flores y los recuerdos algo de entendimiento, pero en esos años viajar me era difícil y costoso, y tuve que resignarme a quedarme en mi oficina, atrapado entre las rutinas que cada vez me pesaban más. Terminé la llamada incapaz de sacudirme lo que había escuchado. Me moví con esfuerzo para alinearme con mis obligaciones diarias. Tim, mi compañero de trabajo, entraba en la oficina y apenas lo reconocí, sumido como estaba en mi propia extrañeza. Miré la pantalla de mi terminal y vi cómo los e-mails se apilaban indiferentes frente a lo que había ocurrido.
Días después de su funeral, no pude resistir la necesidad de llamar otra vez a Louise. Su voz me sonó apagada, como si el peso de la ausencia de Jim se hubiera instalado también en la línea. Me contó que había logrado hablar con el hermano de Jim, pero en seguida vaciló, y su relato se volvió un torbellino de recuerdos entreverados. Me confesó que desde hacía tiempo, y a pesar de que Jim era médico, él le pedía con insistencia que le enviara noticias por correo, recortes de diarios, cualquier cosa que tuviera a mano sobre el SIDA. Al escucharla, sentí en su voz una mezcla de culpa y desconcierto. “Nunca lo sospeché”, me repitió, y en su tono noté que se filtraba la sombra de la impotencia al no haber visto las señales a tiempo.
Cuando estábamos a punto de despedirnos, no pude evitar preguntarle por el hermano, por lo que le había contado cuando se encontraron en el cementerio. Louise hizo una pausa profunda, como si buscara fuerzas entre los escombros de la conversación, y finalmente respondió con voz frágil, que habían hablado poco. El silencio que siguió fue más elocuente que cualquier palabra: ambos sabíamos que en ese encuentro fugaz, flotaban preguntas y algo que nos unía, aunque fuera a la distancia.
Días después, y nuevamente por teléfono, me confesó que el hermano padecía la misma enfermedad. Sentí un estremecimiento, como si un frío súbito recorriera mi espalda. ¿Cómo?, logré preguntar. Experimenté esa inseguridad desconcertante que aparece cuando la realidad se vuelve incomprensible, cuando uno no logra asimilar nada, absolutamente nada de lo que está ocurriendo. Así me sentí, completamente desorientada, Pablo, me aseguró Louise. Le compartí mi confusión como si ambos camináramos entre tumbas. Y no me atreví a indagar más, atrapado por una mezcla de miedo y respeto ante el sufrimiento ajeno. Pero ella lo repitió con un tono grave y resignado: el hermano de Jim tiene SIDA, sí, él también carga con esa enfermedad. Sus palabras se quedaron flotando en el aire. Sentí que el dolor de aquella confesión nos unía por un instante en la vulnerabilidad y el desconcierto.
Impulsado por el deseo de volver a conectar, la llamé hace pocos años imaginando que quizá nuestra hija, Camila, podría hospedarse en su casa durante su viaje a Washington. Al principio, Louise sonó inquieta y un tanto distante. Luego, con una voz casi apagada, me confesó que estaba atravesando momentos difíciles: tenía que vender la casa de Georgetown, ese refugio que tantas veces nos había acogido. Me explicó, entre suspiros, que su ex marido le complicaba la existencia; deseaba vender la casa para reclamar su parte. Pero entonces, cuando parecíamos terminar la conversación, Louise vaciló un instante y, con un tono tembloroso, me lanzó una pregunta inesperada:
-¿Sabes otra cosa? -su voz se quebró ligeramente al pronunciarlo.
-¿Qué pasa, Louise?
-¿Sabes tú por qué me divorcié? -me preguntó con su respiración apenas audible desde el otro lado de la línea.
-No, ni idea -le respondí, sintiendo cómo la tensión llenaba el espacio.
-Mi marido… -hizo una pausa larga, como buscando reunir fuerzas-. Mi marido ya no me tocaba. Y después me abandonó por un hombre.
Sus palabras quedaron flotando como una confesión que llevaba años esperando ser liberada. Sentí soledad en sus recuerdos, y me invadió el deseo de abrazarla, aunque la distancia y el tiempo nos separaban. El silencio que siguió fue más elocuente que cualquier frase; en él cabía toda la fragilidad y el desgarro de una historia rota.
Cuando la escuchaba, por un instante pensé que mi mente me jugaba una mala pasada, que quizá había entendido mal lo que acababa de oír. Y la imagen de Louise se me dibujó con nitidez en mi memoria: la vi sentada, encorvada por el peso de los años, en la mesa de su casa donde tantas veces me ofreció refugio y calidez. La imaginé sola, sosteniendo esas verdades. No me atreví a preguntarle por otros detalles; el miedo a profundizar en ese abismo me detuvo. ¿Realmente había oído bien lo que me dijo? Me quedé con esa duda acompañado por una mezcla de incredulidad que me envolvió.
Hace cinco años, movido por un miedo a que se me cerraran los últimos capítulos de nuestra historia, busqué a Louise en Internet, en Google. Descubrí que seguía viva, residiendo en Nueva York, y que superaba los noventa años. Me invadió la urgencia de llamarla antes de que todo acabara, antes de que el telón de la vida se nos cayera encima y no quedara nada, salvo recuerdos borrosos y apenas expresados. Sentía la necesidad de preguntarle por Jim, por el hermano de Jim, por su ex marido, o por Avery en aquellos años de juventud, en el 46, cuando ella escribía un diario y tomaba notas. Sin embargo, no encontré su número; ese obstáculo me sugirió que la distancia y el tiempo habían ganado la partida. Me quedé pensando que probablemente ya todos estaban muertos.
Por los ventanales percibo que la lluvia cae sin pausa en Plymouth, Michigan, dibujando un velo gris sobre el paisaje. El invierno se instala con su frío implacable, y nuestros perros patagónicos saltan alegres entre la escarcha y la nieve. Abro mi diario mientras contemplo cómo las hojas amarillas del roble -ese roble fuerte que algún día plantamos frente a nuestra casa- se desprenden y bailan hacia el suelo. Me siento frente a mi escritorio, sintiendo el peso de la soledad y el consuelo tenue de mi gato regalón, el Luca, que se acurruca a mis pies en busca de calor y compañía.
Abro el diario una vez más. Noto que cada palabra que escribo parece luchar enfrentando una resistencia. En ese esfuerzo se asoman los rostros y las voces de quienes ya no están: los veo moverse entre las páginas, los escucho reír, los observo llorar, y a veces los veo marcharse. La presencia de Louise, Avery, Jim y tantos otros se hace tangible; siguen ahí, aferrados a la imaginación y a la memoria susurrándome que no los olvide, que no los termine de soltar. No puedo ni tampoco deseo huir ahora, cuando en cada línea escrita se agitan entre el recuerdo y el olvido, como tratando de mostrar la intensidad de sus vidas y la huella que dejaron en la mía. Siento que escribir puede uno de los tantos actos de una despedida, donde mi diario es un último refugio donde su vidas todavía permanecen vivas, aunque el frío y la lluvia intenten apagarlas.