Fueron otros tiempos, épocas que ahora me asaltan en ráfagas de nostalgia y ternura, como postales borrosas que guardo en el fondo de mi memoria. Eran días de series ingenuas —Bonanza, Hawái 5-0, El Santo— que veíamos aferrados a la esperanza de que el mundo fuera tan sencillo como el que nos mostraba la pantalla. Recuerdo la Enciclopedia Salvat, con sus páginas brillando bajo la luz tímida en la entrada de nuestra casa de Santiago, testigos mudos de mis primeras preguntas y sueños. Los juguetes a cuerda made in Japan parecían tesoros exóticos, aunque algunos los miraran con desdén; para mí fueron compañeros leales en aquellas tardes interminables de aburrimiento, cuando el tiempo se arrastraba pesado y crecer parecía una hazaña lejana, casi imposible. Así, en medio de esa eternidad infantil, aprendí a presentarme como un bellaco, pero era el bellaco de mi propio universo, rebelde frente a la monotonía y la espera. En ese tiempo de los bellacos, mi corazón latía con una mezcla de temor y expectación, buscando siempre algún destello de alegría en la rutina, sin imaginar que un día esos recuerdos arderían de nuevo con la misma intensidad con la que nacieron.
He llegado al final de este relato. Ya no quedan cartas por rescatar del subsuelo de mi casa: la Internet arrasó con esa costumbre y dejó solo el eco de las palabras escritas a mano, en la soledad de un cuarto. Las cartas se extinguieron como hojas secas llevadas por el viento del olvido. Todo lo que pude preservar ya ha visto la luz, pero aún persiste una duda enorme, un nudo de incertidumbre latiendo. A veces siento que alguien —con voz temblorosa pero decidida— me la arroja una interrogante que me despierta:
—¿De verdad… se te fue la vida muy rápido, Pablo?
—¿Cómo dices…?
—El tiempo… ¿se te escapó así, sin avisar?
Siento que mis hijas, Camila y Sofía, me toman de la mano por un instante y luego las dejo ir, como si el futuro mismo me pidiera soltarlas y dejarlas escapar. Caminamos por el vecindario y el aire se vuelve liviano, cargado de fragilidad. Me viene a la memoria una pregunta de mi tía Oriana, que con su letra antigua, me escribió en una carta inesperada:
—Aunque tú estás comenzando tu vida, ¿me podrías dar una idea para el final de la mía?
Un vacío me envuelve y me invita a quedarme quieto, viendo cómo un picaflor atraviesa la tarde, suspendido entre el pasado y el presente. Repaso mis decisiones: el amor por Pilar, el salto hacia otro país, las risas —y las sombras— de Camila y Sofía; lo no dicho, que a veces pesa más que las palabras. Como una música de fondo, escucho la melodía lejana de una canción de Leo Dan, pero ahora me llega de otra manera, despojada de intensidad, porque ya no está mi madre al lado, al volante de ese Chevrolet rojo entrañable. La recuerdo a ella, a Ximena, envuelta en su propia soledad, buscando consuelo en una taza de café con leche tibia, tendida sobre su enorme y fría cama, en lo alto de un Santiago ruidoso que se colaba por los ventanales de su departamento. Vienen a mi mente sus enfermedades, su piel delgada, casi transparente, sus guantes, el brillo apagado de su anillo, y esa soledad final que terminó por devorarla. Lo que más me duele, lo que todavía me atraviesa, es ese descariño último, ese silencio final, ese desencuentro que se instaló entre nosotros y nunca más se pudo ir.
Veo a mis hijas alejándose con el Copo, nuestro perro; sus risas flotan en el aire como ecos de un tiempo, de un futuro que ya no me pertenece por completo. Al verlas caminar despreocupadas por el barrio, me pregunto si sus manos aún guardan ese calor inconfundible que alguna vez fue el legado secreto de mi padre. De mi madre, de Ximena, heredé el lenguaje, la escritura, ese refugio en el que me escondo cuando el mundo pesa demasiado; pero de mi padre, siempre me quedan sus manos tibias, ese rincón seguro al que vuelvo en la memoria durante esos días grises en que me falta luz o aliento. Cierro los ojos y, si lo intento con fuerza, logro abrir una puerta que me lleva a ese instante: sentir otra vez el roce apacible de sus manos, regresar a ese calor. Es un ejercicio íntimo, un salvavidas que me rescata del fracaso cuando las sombras se alargan y la nostalgia amenaza con tragarme.
Veo a mi padre recostado en su inmensa cama, envuelto en un pijama que se le pegaba a la piel como si intentara retenerlo unos días más, antes de que la vida se le fuera sin avisar. Sobre la mesa, su radio portátil amarilla lanza tangos y noticias, mientras él, con los ojos entrecerrados, sigue esperando una buena nueva sobre Chile, como si la esperanza fuera la única frecuencia que no se apaga. Me quedo sin palabras, y lo único que se me escapa es un susurro apenas audible:
—Como un suspiro…
La sensación de que nadie escucha se me hace real. ¿De verdad me lo preguntaron? Mis hijas, lejos, pasean con el Copo, y yo, quieto, hago más ruido con los recuerdos que con cualquier pregunta.
¿Qué más puedo decir ahora que llego al final de este relato? Al buscar respuestas descubro que el ciclo se repite una y otra vez, y que en el fondo, cambiamos poco. Hace apenas unos meses, en el 2022, otro plebiscito agitó Chile, como si la historia insistiera en regresar para preguntarnos de nuevo quiénes somos y qué queremos ser.
¿Extraño Chile?
Poco, a veces casi nada, pero cuando la nostalgia me atrapa y el corazón se encoge, extraño el murmullo del oleaje a la orilla de la playa de Algarrobo, esa música paciente que me abrazaba al caer la tarde mientras mis pasos se hundían en la arena blanda y húmeda. Recuerdo la tibieza del aire, la luz que se despedía mientras el cielo se llenaba poco a poco de estrellitas titilantes, como promesas lejanas. Caminaba sin prisa, sabiendo que en cualquier instante podía descubrir que estaba completamente solo, irremediablemente solo, aunque voces queridas me rodearan. Era una soledad que no dolía, más bien me envolvía, y sólo entonces sentía que pertenecía a ese paisaje, a ese país que a ratos me parecía tan distante, pero que permanece, fiel, en lo más profundo de mi memoria.
A Ximena la intento recordar sin rabia, aunque a veces se me acumula el descariño, esa mezcla de tristeza y añoranza que desborda. Me pregunto si algún día eso se transformará en enojo, y me aferro a la esperanza de que no sea así, porque detrás de todo queda un cariño que persiste, aunque a veces duela. Ella es Algarrobo, ese refugio entre pinos y brisas salinas, y también la vieja televisión familiar, corazón palpitante de nuestras tardes. Como lo escribí antes —y nunca está de más intentarlo con otras palabras—, partíamos los fines de semana en ese Chevrolet rojo, testarudo y lento, que hoy es sólo un recuerdo vibrante en mi memoria. El viaje era largo, casi interminable, y entre los baches y curvas y La Montina, el corazón latía con anticipación: al final, nos esperaba la casa, la playa, la promesa de días felices. Al pasar por Isla Negra, los recuerdos se mezclan: la casa vecina a la de Neruda, donde reíamos y corríamos sin miedo al tiempo, antes de que mis padres construyeran nuestro propio refugio. Me veo niño aún, maravillado por los patos que cruzaban la cerca por un hoyo en el enrejado, como si tuvieran una clave secreta para atravesar mundos distintos. Entonces, Neruda era solo un vecino distante, un hombre que garabateaba versos en silencio, sin el peso del Nobel sobre los hombros. Todo era más simple, más luminoso, y cada instante, una chispa de felicidad destinada a brillar en la memoria, aunque los años y la distancia ahora intenten apagarla.
Al llegar a nuestra casa, la sensación de lejanía se volvía abrumadora. Encendíamos la televisión, aquel aparato de plástico desvencijado, un Motorola que luchaba por aferrarse a cualquier fragmento de señal. La pantalla gris se llenaba de puntitos blancos, como copos de nieve suspendidos en la incertidumbre, y todo quedaba envuelto en misterio. Esa señal débil, casi fantasmal, me inundaba de una felicidad inexplicable, una alegría mezclada con la melancolía de sentirse lejos, aislado, como si el mundo se desvaneciera y solo existiéramos nosotros en ese rincón perdido. La felicidad se colaba por resquicios mínimos. En aquellos días, mi madre aún no se había perdido en el laberinto de la vejez, era joven, sus gestos irradiaban ternura y extravagancia, su risa iluminaba el día. Vestía con sencillez, pero su calidez nos protegía. Cuando reíamos juntos, su mirada brillaba de orgullo. El cariño era palpable y los instantes parecían suspendidos sobre la luz dorada de la tarde en la arena.
Una amiga de aquel tiempo, conmovida por este recuerdo, me escribió tras leer la parte más triste del relato, donde cuento de mi madre ya anciana, marchita bajo el peso del tiempo y el desánimo. Su mensaje me devolvió la imagen luminosa de Ximena en su plenitud:
…me acuerdo de nosotras muy chicas en la playa de Algarrobo Norte. Nos llevó tu mamá. Ella vestía una túnica o caftán y, en la playa, con los brazos abiertos y el viento alborotando su cabello, gritaba: ‘quiero ser feliz’, mientras nosotras saltábamos de alegría sobre la arena. Qué feroz es la vejez y la muerte de los padres.
Con los años, eso se fue desvaneciendo como un castillo de arena. Crecimos, nos hicimos adultos y la distancia se instaló como una sombra persistente. Nuevas amistades y afectos cruzaron nuestro camino, levantando barreras invisibles que ella nunca pudo derribar ni aceptar del todo. Pronto, tal vez demasiado pronto, la amargura se apoderó de su espíritu; la vejez la fue alejando, robándola poco a poco, como si la vida misma la empujara hacia una orilla distante. Hay días en que siento que los recuerdos felices apenas sobreviven como destellos en una niebla fría, y cuesta aceptar que lo que fue cariño y alegría terminó envuelto en una tristeza callada, esa que aún me acompaña.
Desde Michigan, cuando la tormenta arrecia y las nubes lo cubren todo, la señal en nuestra televisión titubea, se apaga bajo la lluvia interminable de la estática. Mis hijas protestan, Camila se desespera, Sofía se suma al reclamo y llaman al servidor con la urgencia de quien cree que el mundo se detiene por un error en la pantalla. Yo, en cambio, siento una nostalgia dulce, un gozo secreto al reencontrar esa señal errática, esa imperfección que me transporta—sin aviso—a los días remotos de Algarrobo. Mientras ellas intentan arreglar lo que consideran una falla grave, yo me pierdo en el placer de lo imperfecto, saboreando la memoria como un relámpago, y por un instante, la distancia se evapora. Cierro los ojos y me veo niño aún, cruzando el umbral de la casa familiar, sencilla, hecha de refugios sagrados. Allí está mi madre, anciana y frágil, sentada en una silla roja, pero en sus ojos brilla una alegría inesperada al verme. Siento el temblor de su emoción, el eco de antiguas felicidades que sobreviven al tiempo. Salimos en su viejo Mitsubishi gris, y el trayecto hacia Algarrobo Norte es un viaje a través de los años, donde pasado y presente se funden en una sola emoción. Al llegar, la veo descalzarse con gesto travieso y, desafiando su edad y el viento que juega con su cabello, salta frente al mar, ríe como niña y grita: “¡He sido feliz, Pablo, he sido feliz!” El viento arrastra sus palabras, las expande sobre la playa, y siento gratitud, felicidad y nostalgia puras.
Los patos de Isla Negra atraviesan el enrejado nuevamente, abriendo portales invisibles entre el ayer y el ahora. Me quito los zapatos, corro a su lado, dejo atrás las dudas y el peso de los años. El agua fría sube por mis piernas, la ropa se adhiere a mi piel, y con el corazón desbordado grito que también deseo ser feliz. Es un instante fugaz y eterno, donde dolor y alegría se abrazan y las pérdidas dejan de doler, al menos por un momento, porque en ese grito, en ese salto, volvemos a ser quienes fuimos siempre: libres, luminosos, frente al mar infinito.
A pesar de todo, los recuerdos perduran. Las imágenes de Ximena joven en la playa, buscando la felicidad, contrastan con la mujer anciana que se volvió distante. Nostalgia y melancolía se amalgaman en la memoria, creando un sentimiento agridulce que me acompaña siempre. Y aunque las relaciones se hayan quebrado, las memorias de alegría pura en Algarrobo Norte permanecen intactas, como fotografías vivas en el corazón.
¿Hui también de este paisaje?
Quizás en el fondo, huir no es más que buscar otro modo de regresar. Porque en algún rincón, entre la brisa y el recuerdo, sigo habitando aquel paisaje que me enseñó la felicidad y el duelo; y en esa frontera, donde la playa se disuelve en la memoria, acepto que pertenecer a un lugar es también aprender a soltarlo.

FIN
Cristian Fierro