Como un suspiro

Nos trasladábamos en nuestro Chevrolet aletudo, rojo, en una carretera antigua camino hacia Algarrobo. Era verano y pasábamos frente a una casa que en ese entonces llamábamos “la casa pelá” porque estaba siempre vacía, pelada, cuando en la radio del auto empezaron a tocar a Leo Dan y su “…….el amor que sentimos cuando a veces el amor”….. Mi madre distraídamente comenzó a tararear la melodía mientras sostenía el volante del auto desde la parte inferior, como acariciando la cantilena que escuchábamos. ¿Qué era eso? ¿Qué ocurría? Había sol y entraba una ventisca fresca y vigorosa por las ventanas del auto, era verano, y por un momento breve, sentí que ocurría algo importante. Luego miré nuevamente a través de las ventanas y me golpeó el aroma de los eucaliptos, y por efímeros segundos sentí algo fuerte que a lo mejor pudo ser felicidad. Mi madre todavía cantaba cuando de sopetón la interrumpí y le pregunté por qué todas las canciones hablaban del amor:

-¿Por qué, mamá?

Ella entonces dejó de cantar, se quedó quieta, muda, y dejó también de acariciar el volante, pero siguió escuchando a Leo Dan. Pensó otro tanto y después me contestó como si ya hubiese sido un niño grande, un adulto:

-Es búsqueda, cristiancito, es búsqueda.

Y me siguió hablando por un rato largo, como si afuera no hubiese ningún árbol y estuviésemos adentro de una sala de clases con todo el tiempo disponible por delante. Siguió manejando, pero me di cuenta que había ocurrido algo importante; claramente, por un momento se transportó hacia otros lugares, hacia otros recuerdos, y quien sabe, a lo mejor revisitó su propia vida, sus amores y divisó a su primo con el cual la habían tratado de casar. ¿Vislumbró otra vida? ¿Vislumbró otros hijos? ¿Otra familia?

 

Con mi padre me ocurrió algo parecido. En otra ocasión nos bajábamos del mismo auto y cuando me ofreció la mano creo que sentí seguridad y calor; siempre tenía las manos tibias. Temí perder todo eso y me lo imaginé tremendamente enfermo y viejo, y que se podía morir pronto. Todavía no llegaba a la ancianidad, era incluso más joven que yo ahora (!), pero por algún motivo lo imaginé como un abuelo en mal estado. Y le pregunté si el tiempo se le había pasado muy rápido:

-¿Se te pasó todo muy rápido, papá?

-¿Qué, mijito…?

-El tiempo, papá, el tiempo. ¿Se te pasó todo muy rápido?

Nuevamente se quedó muy serio, mudo, se detuvo, y por un momento estoy seguro que se lo olvidó lo que teníamos que hacer: ¿por qué nos habíamos bajado del auto? Yo tampoco lo recuerdo, pero afuera había mar, el ruido de las olas, gaviotas y nuevamente mucho sol. Miró hacia el frente, me miró fijamente a mí y con algo de angustia y tristeza me confesó:

-Como un suspiro, mijito, como un suspiro- Y se quedó mudo nuevamente.

De ahí para adelante a mí también el tiempo se me ha pasado rápido. Y escucho no tanto a Leo Dan, pero a Bruce Springsteen, Leonard Cohen, Eduardo Gatti, y también se me ocurre pensar en otras vidas, en otras situaciones. Pero siempre regreso, siempre vuelvo (“voy y vuelvo”, como nos recuerda Parra) y sigo manejando aunque ya no vea el mar, las gaviotas y no sienta el aroma de los eucaliptos de ese entonces….

Mis países

Antes de volar a USA vendí el Fiat 600, blanco, y por algún motivo extraño, simplemente partí de Chile como si encaminara mis pasos hacia una sala de clases. Partí como estudiante y sin esa idea inicial de largarme para no regresar nunca más. Era un paso, no un salto como el que dio mi hermano Gonzalo al partir hacia Canadá. Lo mío fue más solapado, no parecía una partida, un corte, era simplemente un paréntesis; me iba para ir a estudiar lejos y prepararme mejor, ya se vería. Mi hermano Gonzalo, por otro lado, se fue más de frentón, casi de portazo. Ya había estudiado en USA donde había obtenido su flamante título de ingeniería comercial, y simplemente en Chile no se acostumbraba, y pocos lo supieron comprender. Lo amordazaban las costumbres, los trámites, las reuniones, los cafecitos. Tenía trabajo, no le iba mal, pero algo le picaba, y decidió volar y buscar nuevos horizontes con Anita y sus dos hijas. Chile y su estilo de vida lo asfixiaban.

A mí me ocurrió algo parecido, también estaba asfixiado y me sentía como un extranjero en Chile, en mi propio país. Pero ahora me doy cuenta que era culpa mía, porque eso es algo que me ocurre en casi todos los lugares. Incluso en mi propia familia a veces me sentía extraño; me molestaba esa manera oblicua de decirnos las cosas, no te preguntaban “a”, pero te preguntaban “b” de una manera que implicaba “a”, aunque no directamente. Había mucho claro-oscuro, mucha danza para decirnos las cosas por su nombre. También, sobre todo mi madre, recurría mucho al mensajero, al “dile a tu hermano que bla-bla-bla-bla”, en lugar de ir ella directamente a decirlo. Los temas peliagudos eran siempre borrosos, poco claros. Éramos –¿somos todavía?- poco transparentes para decirnos las cosas, había mucho mensaje velado, escondidos para tratar los temas y decirnos las cosas por su nombre. Quizás por eso estas notitas me salen más directas, aunque duela, aunque me duele y nos duela un poco a todos.

En esos años, también era callado y eso me ayudó porque tengo la impresión que a los callados les va mejor en USA. En Chile hay que ladrar mucho, demasiado, y en esa época era malo para eso. Con Gonzalo teníamos edades parecidas, éramos jóvenes, y cuando emigramos aprendimos a generar nuevas raíces a costalazo limpio, dándonos de culo sobre el pavimento. Pero así ocurre cuando uno es joven, donde nos sentimos invencibles y corremos riesgos, viajamos, nos tiramos al río, saltamos. Me fui de Chile como estudiante y me fueron a dejar sin problemas al aeropuerto. Cuando me despedí, me abracé con los papás, los hermanos y los amigos; pero a Gonzalo no le ocurriría así. A él no lo iría a dejar casi nadie de la familia –con excepción de nuestro hermano Álvaro, el menor- porque nadie lo entendió, sobre todo nuestra madre que estaba hecha un trompo. ¿Por qué se iba de esta maravilla para buscar nuevas aventuras? Lo fue a dejar el chofer de la Cepal, donde trabajaba en ese entonces.

En un principio Gonzalo había tratado de emigrar hacia Australia, donde tenemos un pariente, una prima de nuestra madre. Fue así como hizo todos los trámites rutinarios, como visitar el Consulado, llenar formularios, entrevistarse, y cuando ya lo tenía casi todo listo, a pocas semanas de su partida, lo llamaron por teléfono para contarle que su madre había conversado con ellos para informarles de algo grave. ¿Qué era eso? ¿Que les había dicho? Les había largado la noticia-bomba y teledirigida de que en su familia, en la familia de él, de Gonzalo, habían muchos miembros con problemas mentales –lo que no era cierto- y que basado en esa información ya no lo podían aceptar como inmigrante. De más está decir que hasta ahí llegaron los preparativos de su inminente partida. Todo reventó y no le quedó otra alternativa que pensar en Canadá; pero antes, siguió los consejos del consulado: “la próxima vez”, le dijeron, “cuando trate de aplicar en otro consulado, no se lo cuente a nadie y hágalo solito.” Por una extraña coincidencia, nuestro padre le dio el mismo consejo cuando llegó a casa, pero con un agregado de color: “no se lo cuentes a nadie, mijito, no se lo cuentes a tu madre hasta que lo tengas todo listo. Ella está ta-ta-ta-ta-ta.” Y así fue como lo hizo, no se lo contó a nadie, ni siquiera a nuestra madre y por eso fue que partió sin ninguna despedida porque cuando ella se enteró, lo desaprobó con rabia y dio la orden perentoria de que nadie lo podía ir a dejar. Así fue como partió con su señora, Anita, y sus dos hijas, solos a buscar nuevos horizontes a Canadá. En el aeropuerto de Montreal lo esperaba un amigo de nuestro padre que lo llevó a un Hotel de mala muerte donde comenzó su nueva vida. A las pocas semanas ya aprendería algo de francés para conseguir trabajo.

En mi caso llegué a USA a la Universidad de Georgetown, en Washington, para aprender inglés. Tenía recomendaciones del cura Patricio Cariola lo que me ayudó bastante. Así fue como conecté con José Zalaquett (que Pinochet había expulsado pocos años antes) que me ofreció todo su apoyo. Recuerdo que llegué totalmente perdido a su oficina, ubicada en la Universidad de Georgetown donde trabajaba en un proyecto. Después de saludarlo, de inmediato tuve la seguridad de que me ayudaría, porque al ofrecerme café, lo hizo generosamente y sujetando una servilleta enorme, blanca, del porte de una bandera. Mi inglés no era bueno, y me preguntó a donde pensaba ir a estudiar. A Cleveland, le dije. De inmediato me corrigió el acento, me enseño a pronunciar “Cleveland” como los gringos, y me dio nuevos consejos. Al menos tendrás una buena orquesta, me dijo, al mencionar la Orquesta Sinfónica de Cleveland. Al final, no solo me abrió generosamente las puertas de su departamento, pero terminaría jugando ajedrez con sus amigos, todos verdaderas luminarias que después he visto como grandes personajes, escribiendo editoriales en los diarios y revistas más importantes de Washington. Él sería el que me terminaría escribiendo la carta que mandé a Case Western Reserve University, donde explicaba las razones por las que me gustaba la química, y los motivos por los que quería continuar con el doctorado. Y resultó, pero ahora que lo escribo veo un poco la locura de toda esa empresa: me había ido de Chile sin mucha claridad y cuando ni siquiera me habían aceptado. Pero me largué; esas son las aventuras que uno emprende cuando joven. Por eso me cuido –espero- cuando critico a algunas de mis hijas. En todo caso de ahí para adelante no tuve más remedio que acostumbrarme a vivir en un país extraño. Vivía en departamentos de torres altas y olor a encierro.

A los pocos meses, cuando finalmente aterricé en Cleveland, llegué primero a la oficina del departamento de química, de Case, donde las secretarias me ayudaron, me indicaron donde me tenía que alojar, comprar pan, leche y me presentaron a una estudiante de Colombia, Rosario Neira, que me siguió ayudando, mostrándome el departamento y algunos profesores. Es increíble la generosidad con que uno a veces se topa y sin ninguna planificación. Lo curioso es que el edificio donde pasé mis primeros meses –Clark Towers– lo había conocido antes mi hermano, Alberto, cuando vino a Ohio como estudiante de intercambio en las secundarias. Lo sé por una filmación que él hizo en esos años. A lo mejor un miembro de la familia que lo acogió en ese entonces se enroló como estudiante en mi universidad.

Me demoré varios años en acostumbrarme. Y me convencí que a lo mejor aquí, en USA, finalmente me podría sentir a gusto, cuando leí a algunos de sus escritores que más me gustaron. Y desde ese entonces noto que pertenezco a esas tierras que describen en sus textos escritores peruanos, argentinos, chilenos, sirios, gringos. Siento que pertenezco a esas casas, a esas familias, y ahí definitivamente no me siento un extranjero. Esas son mis patrias, ahí me siento en mis países.

No se te olvide, tú te vas a morir.

No han sido solamente los olores los que me transportan hacia otros mundos y otros años, porque mucho más efecto me produce la música. Bobby Goldsboro, por ejemplo, y su fantástica melodía “Honey”, donde recuerda a su novia o esposa que ya no está con él, me empuja hacia mi niñez. Y claro, ahora que entiendo la letra de la canción, me hace recordar la muerte, algo que vagamente percibía cuando niño. Ahora que entiendo mejor el inglés, noto que la canción completa es un poema recordándola a ella en gestos cotidianos, simples, como cuando lloraba viendo una teleserie en la TV, o cuando le chocó el auto y pensó que él la recibiría con rabia, pero ocurriría todo lo contrario. Y hasta que llega ese día de primavera y pájaros cuando partió para no verla nunca más. Estaba sola cuando se la llevaron los ángeles, nos canta Bobby, dejándolo a él sin compañía para comprobar solitariamente como crecería vigoroso y también solo un árbol frente a la casa que habían compartido. Y después -como no- llegó “Love Story” a Chile. Otra historia de amor pujante y mucha muerte, donde ella es nuevamente la que fallece debido a un cáncer fulminante. Fue un dramón previsible, pero que me hizo llorar y me acercó la muerte a mi ventana, la llegué a tocar. Recuerdo que era la época de la Unidad Popular y el país estaba tremendamente dividido y convulsionado, donde todos se peleaban, pero curiosamente comunistas y gentes de derecha hicieron cola para salir juntos y conmovidos del cine. Ahí me quedó bien claro que uno se podía morir, y que la gente se moría. Todavía era una película, la muerte era de película, pero había mucha realidad en ese drama, y uno salía contento de estar todavía vivo. Creo que el tema de la muerte y los recuerdos es algo que siempre me ha interesado, me atrae.

En un The New York Times de esta semana, leo sobre un App para usar en los celulares. Consiste en que te manda un mensaje texto cinco veces al día, y sin previo aviso, para recordar tu mortalidad, tu futura e inexorable muerte. “No se te olvide, tú te vas a morir” lee el texto. Y te invita, al presionar con el dedo, a leer una frase o un poema relacionado con la muerte. Al principio la idea me pareció macabra, pero después, pasado el primer susto, leí otro poco más y la idea me intrigó. El App, conocido como, WeCroak, fue creado por Hansa Bergwall, un publicista de 35 años, junto con Ian Thomas, de 27, un desarrollador freelance que vive en Nueva York. Bergwall cuenta que la idea le nació del folklore bhutanés, que aconseja contemplar la muerte cinco veces al día para ser feliz. Hasta el momento cuenta con 9 mil usuarios, y la mayoría –eso es lo curioso- entre los 20 y 30 años de edad. Por supuesto que al final instalé el App en mi celular después de comprarlo por un dólar. El problema es que no me acordaba de esa transacción, cuando por la mañana, despistado y con sueño, tomé el celular entre mis manos. Lo primero que leí fue horrible: “no se te olvide, tú te vas a morir”. Todavía adormilado, me acordé aliviado de la compra anterior y moví la pantalla con los dedos para leer el texto siguiente que me tranquilizó bastante:

“La muerte es el sonido de un trueno distante en un día de picnic.”

W. H. Auden

No está mal como para empezar el día, pensé. Y como siempre le dije a Pilar, ahora más convencido, que tuviera cuidado al manejar por la autopista hacia el trabajo porque había mucha nieve y hielo. Al poco rato me llega otro de Borges. Pero antes, “no se te olvide, tú te vas a morir”:

“Nosotros olvidamos que todos somos hombres muertos conversando con otros hombres muertos.”

Llego feliz a destino después de presenciar innumerables accidentes y más conciente de los peligros, pero feliz de estar literalmente vivo, muy vivo. Noté que en el trabajo aproveché de otra manera el café que tenía entre mis manos, y toqué feliz la taza caliente que me entibió los dedos y obligó a percibir más concientemente el aroma del café, los ruidos, la nieve blanca del invierno.

Todavía no han pasado suficientes días; pero percibo que es bien útil esa idea de recordar mi futura muerte de manera sorpresiva; le da otra dimensión a mi jornada laboral. Así fue como me siguieron bombardeando con otros recordatorios parecidos. Me gustó el que me llegó al final del día de hoy, un viernes, cuando llegaba a casa y estacionaba el auto: “no se te olvide, tú te vas a morir”. Para leer después un texto del escritor chileno (ya muerto) Roberto Bolaño:

“La vida es una sucesión de malos entendidos que nos llevan hacia la verdad final, la única verdad.”

En el fondo el App nos regala pequeños Love Story, pequeñas melodías “Honey”. Lo seguiré usando.

¿Hasta cuando?

Hasta que no quede nada IV: ¿Qué habría pensado el papá de todo esto?

Afuera, a través de las ventanas, se ve la nieve blanca, y el sol de un día de invierno en Northville, Michigan. Adentro, nuestro perro patagónico, el Copo, espera pacientemente a que lo saquen a pasear, a dar su vuelta por el vecindario. Es una tranquilidad que contrasta con lo que está ocurriendo en el seno de mi familia en Chile, donde todo se ve menos tranquilo.

La distancia y estos problemas, me empujan y ayudan también a ver y a examinar a mi padre, a mirarlo con otras lupas y espejos. ¿Fue realmente un buen médico? ¿O fue nuevamente otra farsa, producto del marketing y la política que muchas veces florece en los hospitales o cualquier otro lugar de trabajo? Recuerdo que siempre hubo mucho conflicto en ese ambiente médico donde él trabajó, mucho Superman dispuesto a imitar al jefe máximo, y a caminar con ese disfraz de Batman por los pasillos del Instituto de Neurocirugía donde habían tremendas rivalidades y mucho ego. Creo que ese ambiente le impidió crear escuela; si vislumbraba a un médico joven que se insinuaba como sobresaliente había que neutralizarlo a tiempo antes de que se transformara en competencia. El mundo claramente se dividía entre ganadores y perdedores. ¿Y donde estaba uno? ¿Donde se ubicaba uno? Esos rumbos y alternativas siempre me molestaron y las rechacé, creo que por eso me esforcé concientemente en tomar otro camino. Recuerdo que mi padre se asombraba cuando alguien consultaba sobre qué hacía uno, qué estudiaba su hijo. Y uno contestaba con un “soy químico, estudié química,” sin mencionar el doctorado en química o cosa parecida (y sin mencionar tampoco que el puntaje no me alcanzaba para estudiar medicina). Mi padre se asombraba, y creo se preguntaba con bastante curiosidad –por sus gestos, su mirada, una sonrisa escondida- cómo era que lo hacía uno para sobrevivir y ganarse la vida. Mi tía Oriana, por otro lado, era más divertida, porque además de preguntarme “¿y cuando vas a tener polola, Cristián?”, me interrogaba sobre el famoso doctorado, para agregar con más confianza y fuerza: ”¿pero cuando vas a ser un médico de verdad?” A lo mejor añorando un rocío de las glorias de mi padre, pero que yo no quería y tampoco buscaba.

En ese tiempo las esposas también ayudaban, sobre todo si eran buenas mozas como mi madre, una especie de “esposa-trofeo”. Pero ahí también tomé un rumbo diferente porque me casé con una mujer “de esfuerzo”, como lo indicó mi madre años atrás, y que ha trabajado toda su vida afuera y adentro de la casa, que usa sus manos sin vergüenza y también su intelecto; y claro, con esfuerzo. Y con ella hemos tenido dos hijas amantes también del trabajo, y querendonas de los animales y la naturaleza.

Me he tocado con antiguos pacientes de mi padre –incluso aquí en Washington- y  siempre se han mostrado agradecidos. Nuevamente: ¿fue realmente un buen médico? Yo creo que sí. Y la otra pregunta difícil y más complicada: ¿fue realmente un buen padre? También creo que sí.

Recuerdo los viajes en auto, en un fin de semana cualquiera cuando nos dirigíamos hacia Algarrobo. Por la radio se escuchaba a Leonardo Favio junto al ruido de la carretera; eran otros tiempos. Al llegar a Melipilla ofrecían liebres a la orilla del camino, y en algún momento nos deteníamos en La Montina para comprar fiambres, y quizás probar un lomito o “un montino”. Los años parecían eternos e inmutables, y mi padre manejaba a paso seguro, como un chofer convincente y eterno. Casi al llegar, cruzando El Quisco y sentados en el asiento de atrás, todos gritábamos al superar una piedra que estaba a la entrada del balneario, al principio de un glorioso túnel de eucaliptos. Hace algunos años se robaron esa piedra y poco tiempo después, muchos se esmeraron en destruir una isla que protegía unos maravillosos pingüinos. Por eso ya no me interesa visitar Algarrobo; solo me queda la memoria, el aroma salado de una playa y muchos recuerdos. Mirando a la distancia, noto que una de las cualidades importantes de mi padre fue esa seguridad que siempre nos supo regalar a destajo; no nos defraudó, no desertó. Cuando sucedía algo malo en nuestro entorno, sabíamos que podíamos contar con él, era la roca firmemente adosada a la orilla de la playa a donde siempre podíamos arrimarnos para buscar ayuda. Como médico, conoció a mucha gente, hombres y mujeres que fueron sus pacientes y que muchas veces ocuparon posiciones claves en distintas oficinas públicas y de administración. Por eso, si uno necesitaba un papel firmado, un trámite, un timbre, él lo sabía encauzar de manera rápida y eficaz. Cuando llegaba de regreso a casa, después de uno de esas diligencias, siempre me preguntaba: “¿y cómo te atendieron, cristiancito? ¿cómo te recibieron?” Y uno, un tanto avergonzado, le contaba la firme, que todo había salido bien, muy bien papá, no joda. Claro que cuando contestaba, no le mencionaba ese final, ese no joda, pero se lo daba a entender de múltiples maneras con la mirada, los gestos, los silencios. Lo veía ahí sentado, e imaginaba que en algún momento él lo había pasado mal. Nunca se lo pregunté, pero me parecía intuir un momento difícil, donde fue tremendamente rechazado por algo, por alguien, y donde lo habían recibido bien mal. Vivía para su trabajo, y cuando llegaba a la casa al final del día, la comida tenía que estar lista porque devoraba como si pronto tuviera que partir apurado a la guerra. Los fines de semana a veces nos armaba panoramas, como fue ir a andar a caballo con un teniente Carmona.

Con mi madre tengo menos recuerdos de ese tipo. Y sus historias eran estrambóticas y más descabelladas. En unos de mis tantos viajes de visita a Chile, por ejemplo, mi madre en una oportunidad me recibió alarmada. Había tenido una pesadilla como muchos de los malos sueños y conjeturas que a veces la asaltaban. Que yo llegaba de visita a Santiago, me dijo angustiada, que caminaba por sus calles, me cruzaba con familiares, pero no los saludaba, y claramente la evitaba a ella, mi madre. Qué tremendo, cristiancito, me dijo. Y nos pareció tan ridícula esa pesadilla, tan disparatada, que ella misma no siguió explicando nada y yo preferí no preguntarle más detalles. ¿Por qué la rechazaba?

Lo complicado es que trato de recordar esa pesadilla, cuando creo que eso es justamente lo que nos ocurre ahora, pero no encuentro los detalles, los datos, las cifras, los olores. Salgo a caminar y no resulta, no logro penetrar hacia esos días, no encuentro el código…..

¿Donde está esa roca a la orilla de la playa? ¿Quién me la movió?

¿Que habría pensado el papá de todo esto?

¿Que ya no queda casi nada?