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COMO UN SUSPIRO (Una Novela no Ficción en progreso). Viernes 21 de Febrero, 2020

EN ESTE CAPITULO (“COMO UN SUSPIRO“) ESTOY RECONECTANDO LOS TEXTOS DEL BLOG PARA CREAR UNA VERSION MAS UNITARIA. ALARGARé ESTA ENTREGA CUANDO ESTE LISTO EL TEXTO. POR AHORA ESTO SE QUEDA HASTA LA SECCION 18.

COMO UN SUSPIRO

-I-

  1. Como un suspiro

Tienes que escribir en tarjetas 4×2 los títulos de los blogs que has escrito para darles otro orden. Tendrás también que reescribirlos en segunda persona porque has descubierto que usando ese tono te censuras menos. Te va a tomar un tiempo…… y  a tu madre, has decidido que la vas a recordar como la describes en los párrafos siguientes, cuando iban en el auto escuchando una melodía de Leo Dan, y lo harás sin rabia y con cariño. Lo que ocurrió después, fue solo el resultado triste de una vejez mal asumida, de un deterioro que no olvidas, pero que tratarás de no tocar….

Ahora te has quedado sin cartas para comentar porque se terminaron, porque  en tu familia en los años 90 -cuando irrumpía con fuerza el email y las comunicaciones- se dejaron de escribir y de mandar noticias por correo. Notas que al ocurrir eso, se empobreció el pasado y se te cerraron muchas puertas. Por ese motivo sientes que tienes que organizar esos capítulos de los blog anteriores, donde muestras las cartas de los 80, y darles un orden. A lo mejor sería bueno que comentaras las cartas, pero sin mostrarlas completamente porque eso podría resultar repetitivo. En enero del 2018, por ejemplo, escribiste una nota sobre tus padres que ahora crees resultaría mejor reescrita en segunda persona, como si alguien te soplara las palabras. Eso es lo que tienes que hacer, unir los diferentes capítulos para terminar en la ficción. Podrías empezar así:

Se trasladaban en el Chevrolet aletudo, rojo, en una carretera antigua camino hacia Algarrobo. Era verano y pasaban frente a una casona que en ese entonces ustedes llamaban “la casa pelá” porque estaba siempre vacía, pelada, cuando de la radio del auto empezaron a escuchar a Leo Dan y su….

…….el amor que sentimos cuando a veces el amor…..

Tu madre distraídamente comenzó a tararear la melodía mientras sostenía el volante del auto desde la parte inferior, como acariciando la cantilena que escuchaban. ¿Qué era eso? ¿Qué ocurría? Había sol y entraba una ventisca fresca y vigorosa por las ventanas del auto, era verano, y por un momento breve, sentiste que ocurría algo importante. Luego miraste nuevamente a través de las ventanas y te golpeó el aroma de los eucaliptos, y por efímeros segundos sentiste algo fuerte que a lo mejor pudo ser felicidad. Tu madre todavía cantaba cuando de sopetón la interrumpiste para preguntarle por qué todas las canciones hablaban del amor:

– ¿Por qué, mamá?

Ella entonces dejó de tararear la melodía, se quedó quieta, muda, y dejó también de acariciar el volante, pero siguió escuchando a Leo Dan. Pensó otro tanto y después te contestó como si ya hubieses sido un niño grande, un adulto:

-Es búsqueda, Cristiancito, es búsqueda.

Y te siguió hablando por un rato largo, como si afuera no hubiese ningún árbol y estuvieran adentro de una sala de clases con mucho tiempo disponible. Siguió manejando, pero claramente notaste que había ocurrido algo importante; por un momento ella se había transportado hacia otros lugares, hacia otros recuerdos, y quien sabe, a lo mejor revisitó su propia vida, sus amores y divisó a su primo con el cual la habían tratado de casar cuando todavía era más joven. ¿Vislumbró otra vida? ¿Vislumbró otros hijos? ¿Otra familia?

Con tu padre te ocurrió algo parecido. Se bajaban del mismo auto cuando te ofreció la mano y sentiste su seguridad y calor; siempre tenía las manos tibias. Temiste perder todo eso y te lo imaginaste tremendamente enfermo y viejo, y que se podía morir pronto. Todavía no llegaba a la ancianidad, era incluso más joven que tú ahora, pero lo imaginaste como un abuelo en mal estado. Y le preguntaste si el tiempo se le había pasado muy rápido:

– ¿Se te pasó todo muy rápido, papá?

– ¿Qué, mijito…?

-El tiempo, papá, el tiempo. ¿Se te pasó todo muy rápido?

Se quedó muy serio, mudo, se detuvo, y por un momento sentiste que se había transportado hacia otros lugares, hacia otros recuerdos, y quien sabe, a lo mejor también revisitó su propia vida. Sentiste que se le había olvidado lo que tenían que hacer: ¿por qué se habían bajado del auto? Tú tampoco lo recordabas, pero afuera había mar, el murmullo de las olas, las gaviotas y nuevamente mucho sol junto a su mano tibia. Miró hacia el frente, te miró fijamente a ti y con algo de angustia y tristeza te lo confesó sin miramientos:

-Como un suspiro, mijito, como un suspiro- Y se quedó nuevamente mudo y te soltó su mano tibia.

De ahí para adelante a ti también el tiempo se te ha pasado rápido. Y no escuchas tanto a Leo Dan, pero sí a Bruce Springsteen, Leonard Cohen, Eduardo Gatti, que también te empujan a pensar en otras vidas, en otras realidades. Pero siempre regresas, siempre vuelves (“voy y vuelvo”, como te recuerda Nicanor Parra) y sigues manejando, aunque ya no estás en Chile y no ves el mar, las gaviotas y tampoco sientes el aroma de los eucaliptos de ese entonces….

  1. Con música o sin música

Cuando eras niño y cuando pasabas por períodos donde percibías el mundo color de rosa, disfrutabas al escuchar esa música que escapaba de la radio del auto, e imaginabas que afuera, esos hombres y mujeres que caminaban por las veredas atestadas de polvo, de trajín y de perros vagos, de alguna manera, si la escucharan, sentirían también muchas emociones y les gustaría, le reconocerían ese valor que tú les dabas. Te reconfortaba imaginar que esos transeúntes, al escucharla con detención en la privacidad de sus hogares, en sus departamentos, o en sus cuartos arrendados, estarían de acuerdo contigo: la música sonaba bien.

El auto en el que viajaban, el Chevrolet rojo y aletudo, se detenía en un semáforo, en la calle Alameda, en el centro de Santiago, y divisabas a la gente, a la muchedumbre que avanzaba a pasos agigantados para cruzar las avenidas. Las ropas que llevaban eran siempre oscuras, negras, de tonos grises, a lo mejor por el invierno santiaguino. Los plantones en los semáforos eran siempre parecidos, tú adentro del auto, escondido en tu propia burbuja, mironeando a los que circulaban afuera, cercanos, pero sin embargo tan distantes. Ese no era el mundo tuyo todavía, era un universo que después, pronto, cuando llegaras a ser “grande”, podrías aspirar a conocer. La bulla de esa calle presagiaba lo que penetraría vertiginosamente en vuestras vidas, la vida de estudiante en las secundarias del colegio San Ignacio, cuando surgía el movimiento popular de Salvador Allende y sus grandes sueños y banderas. Ahí fueron muchos los que quedaron descolocados y haciéndose preguntas, incluidos los jesuitas, que abandonaron parcialmente sus tareas de guías espirituales, para dejarlos a ustedes abandonados a vuestra propia suerte: ellos estaban demasiado enfrascados tratando de ver o de estudiar como reaccionar frente a esos “signos de los tiempos”, embebidos en sus propias revoluciones y discusiones internas. Así fue como ustedes quedaron inmersos y abandonados a vuestra propia suerte adentro de esos grupos diferentes que formaban los compañeros de tu curso. Ahí comprobaste en carne propia como florecía el músculo de la tribu, y la importancia que tenía el grupo, donde tus compañeros físicamente más poderosos y grandulones impusieron y organizaron la convivencia en los recreos y la vida diaria. Todavía recuerdas con sorpresa la tremenda patada en el trasero que te daría un compañero de colegio sin motivo alguno, y poco antes de entrar a los comedores a la hora del almuerzo. No fue una patada dolorosa, pero sí bien humillante y todavía la recuerdas. Muchas veces la interacción con los mismos profesores la dominaban también ellos. Las autoridades del colegio, a lo mejor imaginando que sería bueno exponerlos al mundo de la calle, de los trabajadores, ese que conocías tan poco y que veías cuando se detenía el auto en los semáforos en roja, decidieron contratar a un profesor de rasgos indígenas. Recuerdas claramente su apellido: Morgado, se llamaba Rosendo Morgado Wong. Y frente a él ustedes demostraron descaradamente el racismo al reírse cuando pronunciaba ciertas palabras claves de manera sospechosa, desenmascarando así su origen humilde, de barrio periférico: la “ch” era “sh”, de manera que “chiquillo” pasaba a ser “shiquillo”. Craso error, tremendo, un pecado capital que era celebrado con gran jolgorio y entusiasmo por la tribu. El pobre usaba también una casaca oscura, y a veces lucía una corbata. Los más vivos del curso, los comandantes de la tribu, los buenos para el combo, las patadas, aprovechaban esa ventana hacía otros mundos pidiéndole consejos sobre “asuntos de la vida” o más concretamente sobre los “asuntos del amor”. Hábilmente, notaron que en los propósitos de las pasiones y el amor, todos se parecen mucho y ya no importa el apellido, la raza o los colores.

En los recreos también había música gracias al gran Patricio “galeno” Walker, que ayudaba a sobrepasar vuestros recreos con sus selecciones favoritas. Lo recuerdas con cariño en una oficina hedionda a cigarro (los cigarros de otro porque él no fumaba), rodeado de esos platillos de vinilo negro y equipo electrónico con lucesitas.

Recuerdas a tu padre recostado sobre su cama, en la cama donde pocos días después moriría solo. Percibes que siente angustia, algo de ansiedad, a lo mejor es lo que ocurre de manera natural cuando descubrimos que se nos aproxima el fin y ya no hay vuelta; partiremos pronto. Para tranquilizarlo le dices que están todos bien, que tu hermano Alberto está bien, que tu hermano Gonzalo está bien, y que Mónica y Álvaro están bien. Todos bien, papá, parece que le dices, como asegurándole “misión cumplida”, para que partiera más conforme, sin verse obligado a tener que seguir ayudándoles, guiándoles, asegurándole que ustedes ya se encausaban por una ruta más segura. Y él entonces nota algo, se da cuenta que estabas tratando de “dorarle la píldora”, de calmarlo para que descansara, para que entregara las llaves, la antorcha, o para que no siguiera preocupado. Levanta los brazos y te muestra las mangas del pijama que le llegaban hasta el codo. Estaba la ventana abierta y se filtraba el rumor de la ciudad febril en un día de semana santiaguino, de verano. Escuchaste unos bocinazos, un grito lejano, viste un gorrión nervioso que se paraba sobre el filo del ventanal mientras él estiraba el borde de la sábana blanca que le llegaba hasta la barbilla. Y pese a lo disminuido que ya estaba, te dio una sorpresa, un gran mazazo cuando se detuvo, pensó y te preguntó bien serio, como cambiando el tema:

-¿Y tú, a quien saliste tan inteligente, Cristiancito?

Habrías pagado para que te preguntara a quien saliste tan pelotudo, mijito, o no hable huevadas, mijito, no diga leseras, mijito, pero no había ocurrido así. Más bien comprobaste las sorpresas que nos da el cerebro, donde pese a estar acosado por la enfermedad, las debilidades, los dolores, las confusiones, siempre nos puede sorprender con un relámpago de conocimiento cognitivo, algo así como un saludo a la bandera que nos muestra la fibra sana que todavía va quedando, que todavía resiste, ahogada en medio de toda esa maleza de la ancianidad, pero que todavía permanece pese a las molestias, la vejez y el deterioro.

No le contestaste, no dijiste nada, te hiciste el leso, como siempre, y parece que tartamudeaste algo así como “chuta”, pero solo para ti, solitario y calladito.

Cuando te mudaste a USA, cambiaron los tonos y el color de los inviernos, que para aumentar el contraste fueron blancos, había nieve. Y con el tiempo has seguido subiéndote a los distintos autos y deteniéndote frente a los distintos semáforos con luces rojas donde todavía aprovechas para escuchar tu música, esa que escapa de los parlantes de la radio. Ahora eres tú el que maneja y no tu padre, y te importa menos si a alguien no le gusta la música que escoges. Han pasado los años y más que nada guardas tus melodías, guardas tus recuerdos, y los atesoras como esas conchitas de mar que coleccionabas cuando caminabas por la orilla de la playa cuando niño. Ya no importa si a alguien no le gustan, o si a nadie le interesan las conchitas que has coleccionado. Incluso ya no te importa demasiado si no escuchas música cuando detienes el auto frente a un semáforo en la ciudad de Northville, en Michigan, donde vives ahora…..aunque siempre los prefieres con música (los semáforos).

  1. Escribes buscando sentir como sentías antes

En tu bolsillo izquierdo encuentras un papelito suelto donde alcanzas a escribir algo rápido durante la espera en un semáforo. Lo escribes apurado para no olvidarlo, o antes de que cambien la canción, o antes de que te impongan la luz verde y te transporten hacia otro lugar y todo se evapore. En el sitio donde te encuentras ahora, detrás de una camioneta roja que se demora en arrancar, te da más tiempo, anotas:

…..escribo buscando sentir como me ocurría antes, cuando joven….

Sucede que a veces inicias una resonancia donde pareces moverte sobre otras coordenadas y recuerdas esos años; es algo que te ocurre a menudo cuando escuchas música, o cuando sucede algo con tus hijas, es una regresión que te transporta a la edad de ellas y actuabas de manera parecida. Así es como tus hijas, a su manera, te empujan a recordar tu propia infancia, pero desde otro ángulo, desde el otro lado, desde una trizadura que te presenta la realidad cotidiana. Disfrutas al atrapar esos momentos y los aprovechas escribiendo unas notitas breves frente a un semáforo en luz roja. Compruebas que, con el paso de los años, no sientes como te ocurría en ese entonces, lo haces con menor intensidad, bajo una luz más apagada y por intermedio de variados filtros. Quizás por ese motivo, como te comentó por email un amigo hace pocas semanas, tus notas salen nostálgicas. A lo mejor la nostalgia brota de ahí, de ese recuerdo que te queda de como sentías en esos años, y entonces tratas de recuperarlo. Imaginas que escribir puede servirte para eso, como un precario intento por recuperar esa condición original que ya aparece inalcanzable, y donde una luz efímera pareciera que te ilumina brevemente y te empuja a escribir como un “viejo prematuro”, como lo menciona cariñosamente tu tío Lalo cuando lee el blog.

El auto de atrás ahora te pitea, Cristián, la camioneta roja de adelante ya se esfuma, tienes que moverte y dejar el papelito donde anotabas algo. De cosas así te acuerdas frente a los semáforos con luces rojas.

En una entrevista que le hicieron al escritor guatemalteco Eduardo Halfon, leíste que para él, “hacer literatura es el ejercicio de querer rellenar los espacios vacíos de la memoria, sabiendo todo el tiempo que no se puede”. Parodiando a Halfon, a lo mejor podrías agregar lo mismo, pero reemplazando la palabra literatura por un simplemente “escribir”, es decir, “escribir, para ti, es el ejercicio de querer rellenar los espacios vacíos de la memoria, esos enormes huecos, a veces dolorosos, sabiendo todo el tiempo que no se puede, y que te quedas corto; pero no importa, con la fe del carbonero siempre esperas el milagro.”  Para recordar ayudan mucho las cartas que piensas utilizar, verdaderos comprimidos de memorias, de otros días, otros años, donde ya casi no recuerdas porque se borronea la diferencia entre la ficción y la no ficción. Lo importante en todo caso es preservar la autenticidad de esos momentos, ser fiel a esos sentimientos, eso es lo importante. Escarbando entre los muchos papelitos que has guardado durante todos estos años, encuentras cartas y libretitas con anotaciones, fechas, recordatorios. Crees que lo importante es poder mostrarlas así, tal cual, imaginando que ya a nadie le importan porque estamos todos muertos o al borde del cajón. Tu amigo Ignacio Carrión tenía mucha razón cuando decía que para él era muy importante escribir así, imaginando a todos los partícipes ya fallecidos, incluyendo al que escribe. Siguiendo su ejemplo, consideras que las cartas pierden completamente su valor si las censuras, les roba esa autenticidad que es tan necesaria e importante. Si no te ganas la vida en este oficio, ¿para qué mentir? Nadie te conoce, casi nadie te lee, y en el fondo no hay nada que perder con tratar de ser lo más auténtico posible; incluso hasta que duela y sientas que te estás causando daño. Por otro lado, es una buena muestra de respeto hacia los pocos despistados, esos que todavía invierten algo de su precioso tiempo leyendo algunas páginas.

Sobre los anaqueles altos redescubres un libro que te habla sobre la escritura de ficción, de Tim O’Brien. Lo tituló; ¿Cómo se escribe una historia de guerra? Te atrae porque como lector, siempre te ha seducido conocer si el autor que estás leyendo te cuenta realmente la “verdad” de lo ocurrido, tal como le sucedió en el mundo real, o si por otro lado todo lo que cuenta es “inventado”. O’Brien menciona que, para él, la “verdad” se refiere más que nada a ser fiel a la “autenticidad de la experiencia”, eso es lo fundamental y más importante que la verdad histórica o cómo ocurrieron realmente los hechos; por eso él se da el lujo de cambiar o incluso “inventar”, si con eso se acerca a la verdad más importante que para él es la autenticidad de la experiencia. No te sientes particularmente feliz al leer eso, porque recuerdas esa tarde en Cleveland, hace ya muchos años, cuando después de una lectura que él dio en una biblioteca, le preguntaste –ya estaban afuera, en la calle- si esos compañeros de combate que él describía en sus relatos habían existido de verdad. Te miró perplejo, lo pensó por unos segundos, y te dijo que no. Pero en su titubeo y en el rostro triste que te mostró sugirió que no entendías realmente nada. El libro que discutían se presentaba como una obra de ficción, pero claramente O’Brien se había introducido hacia un género híbrido donde no se inventa mucho, y ese es un estilo que te atrae. Pasados ya muchos años crees percibir que incluso las memorias hoy en día se escriben de esa manera. Te atrae esa alternativa porque sientes que en las memorias también es importante prestarle atención a la verdad emocional, saber transmitirle esa experiencia al lector, aunque a veces se “inventen” ciertos hechos para acercarse a esa otra verdad que es todavía más importante.

En otra estantería te topas con el último libro de Barbara Le Guin (“Sin Tiempo para Perder”, o No Time to Spare). Es una recopilación de los blogs que ella publicó por varios años. Según Le Guin –lo lees en la introducción- los blogs no le interesaban hasta que se topó con los de Saramago. Le gustaron tanto que empezó uno propio.

Lees y te gusta como escribe, cuenta la verdad, aunque duela. En octubre del año 2010, escribió que ya no le quedaban esperanzas al contestar un cuestionario que la Universidad de Harvard les había enviado a sus exalumnos. Ahí escribió que al mirar hacia el futuro solo le esperaban sustos. Tenía razón, pocos días después fallecería.

  1. ¿Qué más podemos ofrecer?

Era un fin de semana y por eso también era Algarrobo. Primero, durante los años iniciales, llegaban a ese balneario de la costa central chilena, cruzando Melipilla, Llolleo, la “casa pela” y muchos otros poblados pequeños como Las Cruces y El Quisco. Al poco rato de bajar del auto, al estirar las piernas y sentir la brisa fresca en el rostro, y al comprobar la arcilla crujiente bajo los pies recién estirados, limpiaban la casa, espantaban a las arañas peludas y ventilaban los cuartos pasados a la humedad de la playa y el encierro. De ahí partían al Club de Yates del cual eran socios, pero sin ser dueños de ningún bote; ni siquiera tenían un flotador de goma para arrojar al mar, pero eran socios. En ese tiempo sonaba bien proclamar que iban por el fin de semana a la playa de Algarrobo. Ahora, suena mejor nombrar otros lugares. Se arrancaban felices de Santiago y sus calles polvorientas, su ruido, sus veredas atestadas de gente caminando por el centro de Santiago. Ahí se detenían en los semáforos donde veías desfilar a la muchedumbre que mencionaste antes a través de las ventanas del auto; muchos bien trajinados por el trabajo duro, los horarios sin fin, la pega difícil, y que se apuraban también por llegar al descanso, a sus casas o departamentos distantes. Con el tiempo, celebrarían la construcción del túnel Lo Prado que les acortaría el viaje hacia la playa. Y ahí fue cuando cambiaron de ruta y la ciudad de Melipilla cambió por Casablanca. De Casablanca a Algarrobo seguían por un camino de tierra y piedra floja, gredoso. Por ese camino, tiempo después se mataría tu querido amigo Jaime Escobar en los años 90. Nunca había sido dueño de un auto y parece que eso lo traicionó, le faltó experiencia en el volante. Se dio una vuelta de campana en una curva maldita donde se machacó la cabeza sin despertar más. Al poco rato llegó a las manos de tu padre, quien, pese a que por breves momentos te dijo, quizás, quizás se salva, mijito, a los pocos días moriría, no hubo vuelta. Falleció tu amigo, mijito, te contó mi padre por la línea, bien parco, pocos días después, como escondiendo las palabras, los detalles.

Cuando ya creían que habían ventilado la casa, llegaban al Club de Yates, donde sin subirse a ningún bote, subían por una escalera de madera bien encerada, pasada a la humedad de la costa y a cera espesa, para sentarse en el segundo piso que tenía unos ventanales grandes y sucios por la sal y el agua del océano.  Afuera se veía el mar moviéndose como un animal lento y tranquilo, acariciando el muelle de metal oxidado y a las muchas gaviotas, cormoranes, pelícanos que volaban bajo. Algunas parejas y familias paseaban por la vereda que bordeaba la orilla de la playa. Eran parejas que paseaban hacia afuera, mirando hacia afuera como buscando conocidos, amigos, tratando de encontrar a fulano de tal que también había llegado ese fin de semana a descansar.  En USA a lo mejor ocurre algo parecido en los balnearios importantes, pero en tu caso siempre te ha gustado pasear en el anonimato, mirando hacia adentro, sin buscarle la cara a nadie, y sin tratar de reconocer a nadie tampoco, sin buscar a ese fulano de tal. Como que en Chile nunca encontraste tu burbuja, o donde te pudieras sentir verdaderamente a gusto.

En el Club de Yates te gustaban los garzones, y el ruido que provocaban, la crujidera de hielo que largaban cuando preparaban el pisco sour. En ese sentido como que ellos, los garzones, pertenecían a una burbuja distinta y eso te atraía, se parecían mucho a ti. Al poco rato les acercaban unos canapés de erizos, unos rectángulos olorosos que traían una torrejita de limón amarillo colocada estratégicamente sobre la lengüita café. En esos momentos percibía breves instantes de felicidad, chispazos. Tu padre se ponía bien conversador y los mozos –pese a pertenecer a otra burbuja- genuinamente se sentían a gusto porque el balneario resucitaba y cobraba vida cuando llegaban los santiaguinos como ustedes. A veces, cuando a tu padre se le acababa el tema, conversaba con ellos sobre el clima, la última marejada, o preguntaba sobre temas que apenas conocía, como por algún bote, pero en detalles vagos porque de eso no entendía nada.

Eran fines de semana tranquilos porque todavía no había llegado Steve Jobs a cambiar vuestro comportamiento. De celulares no sabían nada, y Santiago era una ciudad que ahí, ahora frente al mar, rápidamente les parecía ajena y distante. Siempre te gustó comprobar que, pese a ser un mocoso callado y bastante mirón, que no contribuía en nada a la conversación de los mayores, te dejaran probar esos canapés que disfrutabas en silencio al estirar la mano, y que compartías junto a ese olor a cera, a humedad y encierro de las maderas en esa casa-refugio a la orilla del mar. De las murallas colgaban cuadros manchados por la humedad y chuecos que mostraban un buque en medio de una batalla, o enfrentado una tormenta. Imaginabas esos desastres y disfrutabas al estirar la mano nuevamente para probar otro canapé de erizos. Nadie te detenía, nadie te decía nada. Había felicidad, aunque en eso tiempo tú no lo sabías.

Y ahora que ya a pasado el tiempo, ya grandulón, con trabajo, salario, y tu propia familia, podrías comprarte los bocados más ricos, caros y deliciosos de este mundo, pero notas que ninguno de ellos te llegará con esa magia y con esa intensidad inicial, no serán nunca tan sabrosos como los que probaste en ese entonces, cuando estirabas la mano respirando ese olor a madera encerada frente al mar, y frente a esos mozos felices de ese trabajo de fin de semana. Todo eso se terminó, se esfumó, se te vaporizó. Creo que a eso te referías cuando escribiste que ya no sientes como lo hacías antes. A lo mejor por eso escribes; para recuperar eso que un día dejaste, cuando abandonaste tus calles, tus veredas, tu casa……. pero que en ese entonces te parecían un tanto ajenas. Al vivir en otros continentes, viviendo en un país foráneo como este, o que tampoco ha sido el tuyo, como que la situación se regularizó y se te hizo normal sentirte ajeno en tantos lugares.

Creo que a tus hijas, en unos años más y cuando ustedes ya no estén –cuando los de tu generación hayan desaparecido- les gustará también escuchar la crujidera del hielo que genera la preparación del pisco sour, porque ellas siempre te observan con atención cuando lo preparas, cuando agregas el hielo, el pisco, el azúcar; y te interrogan. A lo mejor, en unos años más se darán cuenta que por breves momentos también fueron felices. ¿Qué más se puede ofrecer, qué más se puede dar?

  1. Así son a veces los chalecos

¿Qué ha sucedido con esos conocidos que alguna vez viste cuando pequeño? ¿Qué habrá ocurrido con el coronel Sudi, por ejemplo, de carabineros? Siempre, cuando llegaba a tu casa, lo hacía entonando una canción folclórica chilena. Era bonachón y realmente quería y se sentía amigo de tu padre; pero no estás muy seguro si tu padre fue realmente amigo suyo. ¿Qué ocurrió con él? Sientes como que repentinamente hubo un cambio de escena –¿creciste? – y muchos de esos conocidos desaparecieron y no los volviste a ver nunca más.

Como goteras esos seres lentamente se fueron evaporando, desperdigándose al tomar otros caminos. Recuerdas cuando en uno de tus primeros viajes de visita a Chile, fuiste a buscar a tu padre a la Clínica Indisa donde trabajaba en ese entonces. Fue triste porque te encontraste con el doctor Luccini, a quien no conocías, pero que se veía enfermo, viejo y disminuido. Ya no era ese médico prestigioso de otros años, y se paseaba en la antesala a la oficina de tu padre como si fuera el portero de la Clínica. Tu padre no te dijo nada, pero como deferencia tuviste la impresión de que lo dejaban deambular con libertad completa por todos los rincones. Tu padre se notaba contrariado, y buscó a que se fueran pronto hacia la casa.

En otra ocasión, y nuevamente en la Clínica, te encontraste con una doctora que había almorzado en tu casa de Algarrobo con su marido que también fue médico. Ella te reconoció de inmediato, pero cuando feliz trataste de saludarla para conversar con ella, tu padre se movió hacia un costado para que siguieran el camino solos, como esquivándola, haciéndole la desconocida. La viste estirar sus manos, percibiste la felicidad en su rostro y luego su tristeza, la desilusión cuando tu padre, implacable, te indujo a seguir otro camino. Mientras se alejaban apurados, te confesó al oído: “tiene Alzheimer, mijito”. Estaba enferma, era cierto, y algo muy profundo no le funcionaba bien, pero cuando mostró ese rostro tremendamente triste, reapareció en ella la persona sana de otros tiempos, y te reveló los rasgos de una mujer condenada a un exilio implacable y casi permanente. Te habría gustado conversar con ella para rellenar esos huecos de la memoria, pero no pudiste hacerlo. Tampoco entiendes por qué la recuerdas tan seguido. La ves a la distancia cuando te trata de saludar al lado de tu padre, que nervioso, la mira extrañado y te empuja a seguir otro camino. Recuerdas que cuando los fue a ver ese fin de semana, en Algarrobo, olvidó un chaleco de lana café que después por mucho tiempo, viste colgando en un closet pasado a encierro y a la humedad de la playa. ¿Lo habrá recuperado? Poco importa, pero la impresión que guardas es que así sucede a veces con la gente que has conocido, y que se han ido quedando en el camino, bien parecido a ese chaleco que alguien deja abandonado en la casa de un amigo.

Te acuerdas también de la señora Sotomayor. Los iba a visitar a tu casa de Avenida Suecia 1521, ya tarde, al terminar el día y antes de pasar por la casa de unos parientes que vivía a una cuadra, en Pocuro con avenida Suecia. Tocaba el timbre, tú le abrías y ella se largaba a cantar de inmediato mientras te agarraba de las mejillas:

“…..yo vendo unos ojos negros quien los querrá comprar, los vendo por hechiceros porque me han pagado mal..”

Tampoco sabes qué habrá sido de ella; pero al menos recuerdas su apellido.

A menudo se te viene a la mente otra señora que nunca conociste porque jamás hablaron. Estabas tomándote un café, en el aeropuerto JFK de Nueva York, y ella lloraba silenciosamente mientras no probaba nada. A lo mejor la recuerdas porque se parecía a tu abuelita Oriana. Era uno de tus primeros viajes en que volvías de una visita a Chile, y donde todavía tomabas el avión de salida (¿o de regreso?), como si tus partidas fueran solo un paréntesis porque pronto regresarías “a vivir en tu país”. Al menos eso pensabas en ese entonces. Salías de Santiago en un estado frágil y a lo mejor por eso las neuronas estaban más atentas y receptivas al sufrimiento, al entorno. El llanto de la señora era contenido, y no movía un solo músculo del rostro mientras se le enfriaba su café. Simplemente le rodaban unas lágrimas transparentes, sobre unas mejillas que parecían de yeso pintado.

Al escribir esta nota ves que mencionas a muchos conocidos, pero no has hablado todavía de tu madre que anciana y enferma (diciembre 2019) ahora también sufre. Pero con tu madre sientes una indiferencia trágica. Con tu padre te ocurrió todo lo contrario. Cuando falleció lloraste, lo extrañabas, te bajabas del auto y sentía que habías perdido algo importante, que algo fuerte te faltaba, ¿su mano tibia?

Es triste, pero así son a veces los chalecos.

  1. Vivir con un recuerdo

Vas adentro de tu Prius blanco cuando sorpresivamente divisas desde la carretera, aquí en Michigan, un pino tumbado y seco, cercano a la autopista. Te detienes, estacionas y te bajas del auto para tocar el tronco con tus dedos, para refregar tus manos contra la corteza dura, pero notas que no es lo mismo de antes, no es el mismo pino seco y tumbado que conociste en la zona central de Chile, donde corría un viento fresco, y a lo lejos se escuchaba el oleaje del mar y el aleteo de los pájaros. No es la misma temperatura, la misma brisa, o el mismo aroma de eucaliptos frente al sol del verano. Ese es tu pasado, tu historia, tu memoria que todavía sobrevive, y que pese a todo lo que ocurra nadie te podrá robar. Para eso escribes, para que todo eso sobreviva otro poquito.

En esos años ustedes vivían bajo un mismo techo, se duchaban en el mismo baño, y se sentaban bajo la misma mesa coja para compartir una empanada en el almuerzo…… y por eso lo creíste cierto, creíste que todo eso duraría eternamente; pero los años y la distancia parece que nos cambian y muchos asuntos importantes ya no se conversan o se esconden, no se mencionan. Simplemente te llegó un portazo helado, donde para todos los efectos prácticos te desheredan como si todo eso hubiese sido una mentira, como si todo eso no hubiese ocurrido nunca, o como si la mesa coja no hubiese existido jamás. A lo mejor por eso también escribes estas notas, porque ella, tu madre, escribía bien, y quizás esa fue su herencia cuando te empujaba a escribir, aunque nunca lo sabrás con gran certeza.

Ella se rodeaba de escritores y participó en innumerables Talleres Literarios, como los de Guillermo Blanco, Martín Cerda, Enrique Lafourcade, o Edmundo Concha. Conoció a escritores, como José Donoso y Alone, el famoso y temido crítico literario de esos años, que escribía bien, pero solo cuando criticaba a otros escritores en sus célebres críticas literarias de El Mercurio en el suplemento del domingo. Fue curioso para ti ver a tu padre cómo los toleraba a todos ellos, cómo los saludaba al llegar del trabajo, cómo los miraba, cómo les daba la mano….. pero ahí nomás, de lejitos.

Su amistad con Alone fue larga, iban a pasear al Cerro San Cristóbal y se tomaban fotos en esas cámaras de cajón, casi artesanales, en la punta del cerro. En varias ocasiones Alone le ofreció enseñarle a escribir invitándola a “Piedra Roja,” el refugio suyo y donde escribía sus temidas crónicas que fulminaban o creaban autores de renombre.

Lo triste y extraño es que cuando a tu madre le resultaba algo en su escritura –y esto no lo entiendes- cuando le resultaba un buen relato, cuando percibía algo de carne viva, se asustaba y ya no quería tocar más el tema. Creo que ella vio la escritura como una distracción, o como una oportunidad donde se podía topar con gente inteligente y con algo de glamur, como José Donoso, o su señora, Pilar Serrano, que siempre y con mucho encanto hablaba de Mario Vargas Llosa, Gabriel García Márquez, Carlos Fuentes, o de Cortázar, y como si fueran sus vecinos. Para tu madre la escritura fue importante, pero creo que le tuvo temor porque descubrió que muchas veces se llega a un punto donde ya no hay vuelta y se necesita contar la firme, sin rodeos, y sin los fuegos artificiales de una palabrería relajada. En todo caso, tu madre estuvo en buena compañía porque Alone tampoco se la pudo; se le doblaron las piernas y fracasó, se quedó en la periferia y comentando lo que leía, el último libro que le llegaba a sus manos, pero nada más, se trancó. Lo otro que inhibió muchísimo a tu madre, lo que marchitó su escritura, fue el terror visceral que le tenía a la crítica porque no la soportaba, no sabía qué hacer frente a ella; y pobre el tipo que con mucha valentía la enfrentara y le hiciera ver un potencial error (……y aquí te acuerdas de tu padre). Nunca, jamás, viste a tu madre reconocer algún error en uno de sus juicios certeros, perentorios, inapelables que a veces largaba al grupo como carne cruda.

Recuerdas que tu madre también participó del taller literario organizado por la escritora Ágata Gligo, fallecida de un cáncer fulminante en los años 90. Ella se había hecho conocida por una biografía muy bien recibida que escribió sobre María Luisa Bombal. Ella caló muy bien a tu madre, la conoció bastante bien, y la menciona en su libro póstumo titulado “Diario de una Pasajera” (editorial Alfaguara 1997). Como a ti te interesa leer diarios personales, te topaste por casualidad con su libro. Te gustó porque es íntimo, es un libro verdadero, auténtico, y donde en la página 187 escribió lo siguiente sobre tu madre (Ximena) y otras participantes de su Taller Literario:

Miércoles 21 de septiembre de 1994

Ayer martes, al terminar la clase, las alumnas hicieron todo tipo de declaraciones positivas. Encuentran maravillosas las sesiones, la dinámica y a la profesora. Fedora y Ximena sostienen que su opinión es fundamentada, ya que han pasado anteriormente por conocidos talleres literarios: el nuestro sería algo extraordinario. Fedora, que solo se integró en el segundo semestre al taller que ahora desarrollo en mi casa dice que en estas seis clases ha aprendido más que en toda su vida, que doy mucho, que ilumino y comunico mucho en lo literario y que hago aflorar el sentido filosófico del trabajo. Las demás confirman. Se las ve convencidas. Yo siento que me entrego de verdad a esa tarea. Jamás hubiera pensado que, con todas mis dificultades para escribir, iba a ser capaz de ayudar a otros. Es emocionante. El grupo se ha consolidado muy bien. Me sorprende Ximena. Tiene talento e imaginación, pero carece totalmente de pasión por escribir y, aunque no lo diga, es la única escéptica respecto al propio progreso literario. Intuyo que viene solo para entretenerse.

Aquí va un cuento de tu madre. Lo tituló “vivir con un recuerdo”:

Vivir con un Recuerdo

Los grandes terremotos ya no me impresionan. Viví el primero a los nueve años y caminé entre los escombros que después supe cubrían los cadáveres.

Las atrocidades de la naturaleza nos hacen dar gritos de espanto, pero no nos alcanzan con esa puntada en el pecho, ese escalofrío que nos recorre el espinazo cuando observamos en apenas unos minutos toda una vida.

La muerte de un hijo es una tragedia cruel, la más penosa que le puede ocurrir a una mujer; sin embargo, el tiempo cubre ese sufrimiento de la misma manera con que se cubren las heridas sangrantes, tapándolas con vendas, forrándola. En cambio, los hechos pequeños, realidades apenas advertidas, apenas adivinadas, secretos pesares, como maldades del destino, remueven en la profundidad de nosotros mismos todo un mundo de dolorosos pensamientos que a veces los años y el tiempo no pueden cubrir. Los sufrimientos morales, tan complejos como incurables, tan vivos como profundos, persisten en hundirnos en un mar depresivo, amargo, como un desencanto imposible de alejar.

Recuerdo un hecho hondo, pequeño, palpitante, como si lo viviera ahora mismo. Ya tengo cuarenta años, pero entonces no era más que una chiquilla, una niña algo soñadora sumergida en la filosofía y en la historia. En ese entonces no me gustaba compartir con mis compañeros el café de la escuela, ni me interesaban los alborotos al terminar las clases. Me levantaba temprano y recorría el parque solitaria camino a la escuela. Los jóvenes de ahora ya no parecen caminar bajo los árboles, ¿verdad? El parque era como parte de un bosque olvidado, con claros luminosos, y las avenidas anchas y rectas de los costados fueron mis preferidas. Grupos de flores crecían aquí y allá, y algunas abejas doradas zumbaban al sol de la mañana. A menudo me sentaba a contemplarlas, y gozaba el sosiego de ese mundo.

Una mañana no fui la única. Un viejo flaco y encorvado, reescribía y recopilaba páginas afirmando las hojas sueltas sobre sus rodillas. Me interesó la enigmática postura del anciano. Lo espié durante horas escondida entre el macizo de plantas de la orilla. Me alejaba finalmente silenciosa, esperando no ser vista, cuando repentinamente el anciano me llamó por mi nombre: Ximena, Ximena. Por un instante me paralizó la sorpresa. De inmediato sus ojos vivos parecieron palpitar al entregarme sus hojas manuscritas. A los pocos minutos, sentados ya muy juntos en la piedra helada, comencé a leer. En lenguaje pomposo explicaba en pormenores el trabajo y los problemas que habían tenido un grupo de personas. Mientras leía, el miraba hacia los lados, inquieto de que alguien más conociera su secreto. Me sentí turbada, intrusa, al conocer las humillaciones que el pobre viejo había sido víctima, hasta ser obligado a jubilar de su propia empresa, una empresa dirigida por él durante 25 años.

-Y para que sepas hijita –me aseguró- esto lo publicaré bien corregido, y entonces ellos sentirán vergüenza de lo que hicieron, vergüenza, y me devolverán mi trabajo.

Un ligero viento desprendió de mis manos la última página de su manuscrito. Los hechos narrados estaban fechados treinta años atrás.

Ese viejo, escribiendo su defensa tantos años más tarde, me tortura, y ese recuerdo se me ha quedado adentro como una herida sin curar.

Mi abuelo era un hombre sereno, tranquilo. Gustaba pasar sus horas leyendo en su sillón preferido frente a la chimenea y a su silenciosa biblioteca. ¿Por qué lo encontré escribiendo esa mañana? ¿Por qué esta herida no se cura? No lo sé. ¿Lo sabe usted?

Está bien escrito ese cuento de tu madre. Toca dos o tres temas que te picanean, te rasguñan: primero, el transcurso inexorable del tiempo y la memoria; segundo, los recuerdos indelebles…. y tercero, esa herida que no cura, que se esconde, y que a veces logras cubrir con trámites, con obligaciones, con tareas, con gatos, pero que siempre está presente y duele. Te gusta ese tormento final del cuento, esa como irreversibilidad dolorosa con que te presenta la vida. Encuentras además que el relato está bien escrito porque narrador es invisible, el ego de tu madre no se encuentra por ningún rincón del relato. Está claro que ese texto lo escribió porque algo le molestaba, le dolía, y no lo hizo para lucirse frente a Alone, o frente a sus conocidos, o frente a sus hijos, es decir no lo escribió para asombrarlos; ella está invisible. Al relato tampoco le faltan ni le sobran palabras; está escrito con lo justo y sin fuegos artificiales innecesarios que distraen, que te roban, te sacan del relato. Tú al final quedas remecido por ese paso inexorable del tiempo (¿hacia la muerte?) y donde se regurgitan costras hirientes, desencuentros.

No cabe dudad que tu madre escribía bien, y por eso tu crítica; ella pudo, ella debió escribir más y mejores relatos, fue una lástima que no lo hiciera, y no para publicar o hacerse conocida, o exitosa, o famosa; simplemente haber escrito más para que su memoria perdurara otro poquito entre ustedes, sus hijos, entre sus nietos y nietas. Como decías antes, pese a su talento, no se tomó esa disciplina en serio y perdió ella y perdieron todos.

Sientes que ese gusto por escribir, ese hechizo por los libros, por las palabras, lo heredaste de tu madre, algo que no te lo podrán quitar jamás; es un testamento válido que ya no tiene vuelta. La mesa coja del comedor de diarios fue una realidad, pero tienes que continuamente recordarla en textos que transmitan y presenten esa mesa coja para que dure otro poco más en tu memoria.

  1. Pinochet nos jodió a todos, mijito

 Abres el laptop y le mandas por email el progreso de estas notas a tu tío Lalo que te contesta:

“…..te reitero, con el baúl de papeles amarillentos que tienes debes escribir tu novela ficción antes de que te falle el cuesco. Me encantó tu correo. Pero tómatelo con calma, aun eres un pendejo, cuando tengas 70 o más años, te encontrarás de pronto que eres un viejo de mierda. Es cuestión de que te mires al espejo, cosa que yo no hago desde hace mucho tiempo…..”

Chus, la viuda de tu amigo Ignacio Carrión, te escribe también por e-mail lo siguiente:

“Llevo una hora leyéndote y disfrutando. Me ha alegrado mucho volver a contactar. Agosto y septiembre mucho trabajo. Cambio de casa, la consulta, los nietos, la inminente aparición del último libro de Ignacio….pero todo bien. Yo más animada y con ganas de trabajar y de seguir viviendo. Me interesa mucho el tema de tu trabajo, aunque cuando realmente disfruto es cuando escribes sobre tu familia. Seguimos en contacto. Un fuerte abrazo para Pilar y para ti todo mi cariño.” 

 Chus

Sigues el consejo de Chus y de tu tío Lalo y bajas al subterráneo de tu casa para escarbar entre las cartas empolvadas que guardas entre las carpetas olvidadas, en cajas de cartón sin etiquetas, en cuadernos desteñidos y álbumes que ya ni recuerdas. Los gatos te acompañan y te los imaginas también haciéndose preguntas. Los sientes disfrutando de esa excursión hacia el subsuelo de tu familia y sus historias.

Vuelas hacia tu pasado, pero también regresas, regresas a Michigan, lejos de tu madre, lejos de la silla de ruedas de tu madre, de las ropas de tu madre, de sus sombreros de colores, sus guantes, lejos de la sordera de tu madre, alejado también de su ceguera y de sus sufrimientos, de sus comidas, de sus reproches, de sus miserias, alejado de sus cafés con leche fría que saborea tendida en una cama sola, y de los ruidos que se filtran en su cuarto, como esa televisión a todo volumen que lo cubre todo con una falsa compañía, un ruido de fondo sin significado. ¿Qué pasó? ¿Por qué ese cambio? ¿Por qué ese desencuentro? ¿Ese descariño? ¿Esa indiferencia? ¿Por qué esa desconocida tan helada? ¿Acaso fue simplemente la vejez, ese descalabro que ocurre con los años? Espero no te ocurra a ti algo parecido. Ojalá te pase como le ocurrió a tu padre, que durante su vejez se abrió y buscó sus tangos y su radio portátil para internarse y perderse entre las calles de su niñez y de su infancia, y con sus manos siempre tibias. Algunos decían que se había vuelto tonto…..

Estas cartas, la relectura de estas cartas, será como una exploración hacia tus raíces que, con suerte, a lo mejor te ayudan a descubrir, a desentrañar qué fue lo que ocurrió, qué pasó. Hasta el momento no lo sabes con certeza, todavía no lo entiendes. Pero resuenan algunas palabras, algunas frases tomadas de las cartas de tu madre:

“….hay tantas cosas que quisiera saber de ti….”

“….te quiero tanto Cristiancito y estoy tan orgullosa de tu capacidad, de tu talento.”

“….la mitad mía está en mis hijos…..”

“….Cristiancito amor del mundo….”

Por casualidad encuentras una carta escrita por ella que consideras empalma bien con lo escrito antes, donde te empuja a que escribieras seriamente:

Querido Cristiancito                                                Santiago 13 de Julio, 1982

Fue rico recibir ayer otra carta tuya. La descripción que haces de esas manos… simplemente magistral. Trata de escribir algo todos los días –sobre lo que ves- quien sabe si esa sea tu verdadera vocación, la observación escrita. Y solo se escribe bien viviendo, por eso hay tanto escritor frustrado…. No saben escribir porque no tienen tema, falta de vivencias, de observación, de esfuerzo, y entonces mirando al cielo en su ociosidad se dedican a la poesía…. Además que ya estamos en la era de la necesidad de saber hacer bien distintos trabajos… piénsalo. Así, simplemente, sin escribir perfecto, solo naturalmente, como se habla….” 

“….te quiero desde aquí a donde te encuentres…’

Como lo escribiste anteriormente, tu madre sabía escribir, pero nunca se lo tomó muy en serio, porque le arrancaba, “le quitaba el poto a la jeringa”. Cuando algo le resultaba bien, cuando un texto respiraba autenticidad, dolor, rabia, alegrías, ella arrancaba despavorida y lo dejaba a un lado; que no, que “eso” era solo un borrador, algo escrito a la rápida y como para no aburrirse tanto. Ella poseía talento, pero se asustó, se pasmó. En Santiago no existió ningún taller de narrativa al que no hubiese asistido:

“….hace dos meses que voy a un taller de narrativa. Somos cuatro viejas, una “Lola” y un tipo con un dedo de frente (y que ya aspira a la celebridad), y el profesor, un ingeniero que aburrido del orden numérico un buen día se dedicó a escribir cuentos de ciencia ficción. Le gustó tanto su afición que decidió dedicarse a eso solamente. Ha publicado algunas novelas y cuentos con buen éxito de crítica (ya cincuentón). Es increíble ver lo feliz que está ahora inventando cuentos. Tenemos que llevar uno por semana. Y ríete, el mío fue el mejor la semana pasada; antes siempre encontraba una disculpa para llegar sin nada…..”

“….ha sido bueno inscribirme en el Taller Literario. Me ha entretenido conocer gentes tan diferentes; hay una bióloga, un abogado, una estudiante, y un técnico en electrónica. La única sin profesión soy yo. La semana pasada comimos y bebimos dos botellas a la hora de almuerzo arreglando el mundo en la Sociedad de Escritores. Y lo que me ha pasmado es que mis cuentos los han encontrado tan buenos que el conductor del taller me ha dado orden de enviarlos a un concurso literario argentino. Te envío los cuentos. Me he dado cuenta de que es lo más fácil escribir, me largo nomás y después quito lo superfluo. Hay gente que escribe regio en el taller y solo una lo hacía tipo novelita rosa, pero ahora descubrí sus poesías y eso sí que es bueno. Si continúo en esto, podría pertenecer a la Sociedad de Escritores no publicados. Hasta tienen una sigla y entregan sus manuscritos al grupo en tapas con dibujos….. estoy maquineando una novela. Lo malo es que tengo la obligación de escribir un cuento semanal, con el título que después te dan…”

Le gustaba el ambiente que respiraba en ese círculo de escritores amigos, disfrutaba de sus historias, de sus anécdotas, pero como lo escribiste anteriormente, sientes que escribir no le resultaba fácil, era someterse a un escrutinio torturante, al análisis público, a mostrar su intimidad, sus vulnerabilidades, y eso simplemente no lo sabía tolerar y hasta ahí llegaba todo, pero sin embargo a ti te empujaba a que lo hicieras libremente. ¿La escuchaste? ¿Seguiste su consejo?:

 “……Cristiancito, no creas que es una tontera escribir. Para mí, por supuesto, no es más que una entretención, ya tengo melladas o enmohecidas las facultades mentales. Para ti es distinto. Estás viviendo experiencias que muy pocas personas tienen, y con facilidad para describirlas. Además, en España y en Europa también se aprecia mucho la literatura latinoamericana por esa mirada nueva, libre del lastre de demasiada civilización, de demasiada erudición y que se nota en el modo de escribir asfixiado de los países antiguos. (Esta es la máquina de escribir de tu hermano Gonzalo, se salta letras, no tiene acentos o no lo encuentro, ni tampoco la letra que sigue a la n). Tú tienes gracia, soltura, fluidez, y eso que se llama “ángel”… más la práctica. Dicen que es bueno anotar en cualquier libretita lo que se te ocurra… con un lote de apuntes así, hay un premio Nobel que ha compuesto sus mejores obras…..”

“….debes seguir escribiendo sobre lo que te pasa, sobre lo que te impresiona. Tienes la cualidad de dar con la frase justa, la que en un solo trazo define lo que ves. Escribe, escribe, mejor si es algo como diario (es lo que aconseja Alone). El dice que un escritor es oficio, el talento se perfecciona en la práctica. Hace falta gente objetiva, clara, limpia de prejuicios anquilosantes. Alguien como tú. Se puede –se debe tener dos profesiones- una para ganarse la vida y apreciarla y otra para vaciar lo personal, la propia visión de las cosas….”

“….cuéntame de ti. Espero estés aprovechando el tiempo no sólo en acumular conocimientos sino sobre todo en pasarlo bien, en conocer gente, saber qué piensan, qué sienten, qué esperan. Eso enriquece mucho, porque además relativiza la vida. Mientras más conocimientos vividos, más diferentes combinaciones intelectuales. Y escribe, escribe, tú tienes ese don desde chico, sabes tamizar y expresar tus descubrimientos porque tienes una mirada muy personal de las cosas, y recuerda que “ahora”, siempre “ahora” empieza todo. El pasado es algo terminado y el futuro es el camino siempre presente….”

Tu padre jubilaba en esos años, algo que siempre ha sido una especie de condena en Chile:

“…..es importante que yo esté con él en estos tiempos. No es fácil pasar a ser un jubilado, aunque siga atendiendo enfermos en su consulta y opere donde elija con su equipo (a los que va a prestarles su oficina por algunas horas a la semana). Y también el decano de medicina le ofreció elegir donde quería hacer clases de neurocirugía….”

“….es difícil ver la llegada del retiro. Ahora pidió permiso sin sueldo otro mes, mientras le sale la jubilación. El pobre se siente desambientado. Me da ternura, y es muy duro sentir que hay cosas que ya no se vivirán…..”

“… ahora Juan duerme siesta, más tarde lo invitaré a dar una vuelta y te pongo esto al correo. Hay que hacerle más fácil la transición del hospital a su nueva vida. Es cuestión de tomárselo con “Andina….”

Tu madre arregla una oficina para que tu padre pueda seguir ejerciendo como médico:

“…estamos contentos. El hijo de la Luz Vidal se encargó de arreglar el departamento de Jumbo Tour (que sería usado por mi padre después de jubilar) que Cerda (exdiputado DC) entregó demolido. Quedó estupendo y salió barato. Recorrí medio Santiago buscando un escritorio, una camilla y demás detalles.  Quedó bonito y dentro de un presupuesto justo….. la oficina quedó linda, gravillada de blanco, plantas, y con los dos sillones tallados, grandes, del comedor. El escritorio que elegí es de encina, lindo. Juan está feliz. Ahora va a hacer el traslado al centro….y Juan tendrá ahí siempre a su secretaria para las urgencias –será útil- claro que de 9 a 6 de la tarde…….”

“…..si todo va bien y le pagan a Juan su desahucio, compraré algo en Mallorca con buena vista, aunque sea de tan solo dos cuartos. Añoro volver allá y ustedes tendrían un lugar de ensueño para ir a verme. Mónica y Álvaro también dicen que tendrán que buscar trabajo afuera. ¡Y es tan barato que yo viva en esa isla! Juan irá cuando quisiera. Espera dejar de trabajar en unos tres o cuatro años más…”

Pero a veces con esa idea de hacerlo todo a su manera se mete en aprietos:

“…..me tomaron presa el lunes y me llevaron a la 1ª comisaría, creo en Santo Domingo. Esperé que Juan se fuera al hospital a las 2pm, para ir con la Guillermina, la empleada, en mi Chevrolet a su consulta en el edificio Carlos V, llevándole plantas y otros detalles. Lo malo es que mientras la Guillermina cuidaba el auto en el paseo peatonal de Huérfanos, y mientras yo llevaba plantas, muebles, sillas y de “un-cuanto-hay” al noveno piso, me dieron las tres de la tarde. Se empezó a llenar el paseo de gente y no pude retroceder por Bandera, y preferí seguir por Huérfanos hacia Estado, y ahí me pescaron. Era un joven oficial, más otros de tropa que no sabían qué hacer. Se armó un círculo de gente, y la Guillermina, creyendo que las “canastillas” y los insultos que llegaban desde un edificio cercano eran para ella, les contestó igualito, con sus “canastillas” propias, gritos y sacadas de madre. Preferí despacharla bien apurada para que llamara por teléfono a Juan para pedirle auxilio. El oficial no sabía qué hacer en medio de la trifulca. Habían fotografiado la patente del auto, a él, y a mí por suerte no, por estar adentro del auto. Y el vehículo de carabineros no llegaba nunca y se acumulaba más gente. El pobre con su walkie-talkie reclamaba y pedía refuerzos. Total, con un sargento adelante y otro bien sentado atrás, yo misma me fui manejando a Santo Domingo. Media hora después salí libre y manejando mi auto. Las infracciones fueron: 1. manejar por paseo peatonal, 2. manejar con los documentos vencidos desde Abril (no lo sabía), y 3. no usar lentes al conducir. Pero funcionó perfectamente el mecanismo de los amigos….. como el ex capitán de Algarrobo que conocíamos. Juan me esperaba comiéndose las uñas en la casa y hasta se olvidó de su consulta. Estaba tan contento de verme enterita que solo se fue a su consulta después de tomar té. Los enfermos esperaron. Después me llamó desde su oficina. Le encantó el arreglo de plantas y la disposición de muebles (esa tarde iban a llegar más de 40 detenidas, escuché que le decían al guardia…. y uno que ni sabe de eso por los medios de comunicación)….”

Y también le ocurren situaciones divertidas:

“….mientras te escribo, tu papá me pregunta cómo redactar un aviso del curso que va a dictar sobre neurocirugía en el Colegio Médico. Ahora para él soy una escritora…. ja, ja, ja….”

Siempre te preguntas cómo debió haber sido vivir en los zapatos de tu padre en esos años, en el período marcado entre los años 1970 al 90, y sobre todo 1973 al 80, o quizás, para ponernos un poco más exquisitos y con más ají, entre el 11 de septiembre del año 1973 y pocos días después del golpe militar. Ya anciano y pocos días antes de morir, -y esto ya lo has escrito, pero nuevamente florece y sale en la escritura como pidiendo una nueva versión, una nueva costra, una nueva intentona porque lo que te resultó antes parece no haber alcanzado bien lo imaginado, como que te has quedado corto frente a las expectativas, te has censurado, no te has atrevido a tocar la carne cruda- pero como decías, cuando tu padre ya estaba anciano, te confesaría con un dejo de tristeza, los años que le dolían:

-Pinochet nos jodió a todos, mijito…..

Tú lo miraste, y al final le preguntaste por qué dices eso, papá, has hecho una buena carrera; pero entonces él te miró como si ya hubiesen pasado muchos años, como si ya estuviesen todos muertos y enterrados, eternos, y te miró como entendiendo perfectamente que le estabas “vendiendo nuevamente otra pomada”, pero no te lo dijo, y tampoco te volvió a preguntar “a quien saliste tan inteligente, Cristiancito”. Simplemente escuchó tus explicaciones mientras yacía en su cama y probaba un poco de jugo de naranjas. Una ventisca fresca se coló por el ventanal del cuarto y los hizo mirar hacia afuera. Sin encontrarte la razón sobre el destino final de su carrera, sobre el éxito o el fracaso de su carrera médica, se sintió anciano y derrotado, al margen del mundo, sin mucho que decir mientras levantaba sus brazos, dejaba el vaso vacío, y se acomodaba un almohadón en la cabecera de su cama.

En esos años, los años 70, la sociedad chilena estaba tremendamente dividida, y a vuestra familia le ocurrió algo parecido, estaban fragmentados. Fueron tiempos en que la tensión no se disipaba, simplemente crecía y no tocaba fondo.

Tu padre no fue nunca partidario de Salvador Allende, pero su jefe y mentor, Alfonso Asenjo, si lo fue; fue no solo partidario, pero amigo y compadre de Salvador Allende. De manera que llegado ese fatídico 11 de Septiembre de 1973, Asenjo fue removido de su cargo como director del Instituto de Neurocirugía –el Instituto que él había fundado- mientras tu padre aceptaba el puesto que le ofrecía el dictador, reemplazando así a su jefe, a su mentor….y mientras despedía a uno de sus hijos que se veía forzado a  partir hacia el exilio, hacia Alemania, para evitar las persecuciones y violencia.

Años después, escuchaste una entrevista de Leonard Cohen, en un DVD que compraste en la librería Barnes & Noble cerca de tu casa, y recordaste a tu padre. Era un tributo que le hicieron en el año 2005 (Leonard Cohen: I’m your man), donde se reunieron varios artistas y cantantes para rendirle un homenaje, ahí cantaron y al final lo entrevistaron. Es ahí cuando Cohen menciona a un general indio que, dispuesto a la batalla, divisa en el bando opuesto a parientes, tíos, amigos y además a sus educadores, gente que lo habían formado a él personalmente. Este general le pregunta entonces desolado a Krishna, un representante de la divinidad, qué hacer, qué hago ahora, maestro. Y este le responde: “tú nunca resuelves las circunstancias que te han llevado a este momento, tú eres un guerrero, tú estás regido por las circunstancias que yo he determinado para ti. Anda y cumple con tu deber: se guerrero.”

Y tu padre así lo hizo, fue guerrero y reemplazó a su mentor sin mayores miramientos mientras muchos médicos le quitaban el saludo por golpista, por asociarse a la dictadura de Pinochet. Imaginas la tensión tremenda por la que atravesó tu padre en esos años; para algunos sobreviviendo como un ambivalente, o para sus enemigos declarados como un “chueco”, sin encarnar realmente a un hombre de izquierda ni tampoco de derecha, es decir con amigos y enemigos en los dos rincones del espectro. Para otros, a lo mejor tu padre se paseaba por el mundo como un desleal y un traidor, o como un amarillo, sin realmente abrasar un compromiso verdadero.

Ustedes tenían parientes militarse que visitaban vuestra casa…… y que a veces –cuando salían a la calle- casi se topaban con los “ex” políticos de entonces, amigos de tu padre como Patricio Aylwin y Radomiro Tomic. Recuerdas con cariño que tu padre se preocupó de su legado, de cómo lo recordarían ustedes, sus hijos e hija, y crees que esa imagen precipitó que a los pocos años, en el año 1977, renunciara a la dirección del Instituto de Neurocirugía. Los odios y los desencuentros con Asenjo, sin embargo, no dieron nunca tregua. En un Congreso de Neurocirugía celebrado en Europa, por ejemplo, coincidieron en el mismo Hotel donde se produjo un hecho bochornoso y que solo hace pocos años tu madre te lo confesaría. Estában en su departamento hablando de esos años, viendo fotos, cuando sin mucho motivo te preguntó si acaso tú lo sabías. Saber qué, le preguntaste. Y ahí fue cuando te contó “lo de Asenjo”, quien después de hablar con los organizadores del Simposio, los había obligado a mudarse del hotel donde se celebraba la conferencia, los había obligado a irse hacia un hotel distante, lejano y periférico. Fue tremendo, humillante, te confesó tu madre, cuando ya habían transcurrido muchos años y podía hablar sin rabia. Pero la venganza de tu padre no se hizo esperar mucho, porque al llegar a Chile contactó a periodistas amigos -como Emilio Filippi- para que divulgaran su participación en esos dos eventos, refiriéndose a ellos como un gran éxito internacional. Es así como en el diario Las Ultimas Noticias del jueves 29 de septiembre de 1977, se publicó una nota sobre los dos Congresos de Neurocirugía a los que asistió tu padre. Y con grandes halagos mencionaban como el delegado chileno, en representación del Ministerio de Salud, había presentado con gran éxito trabajos en el XI Congreso de Hidatidosis celebrado en Atenas, y después en París, en el Congreso de Cirugía de Urgencia. En el titular del periódico se anunciaba lo siguiente: “Importante participación de Chile en dos Congresos Internacionales”. En el artículo lo mencionan como jefe del Servicio de Urgencia del Instituto. Tu padre ya había renunciado a su dirección, y ese era el otro motivo por el que trataba de promocionarse: lo tenían en la mira porque en esos años si alguien no estaba con ellos, con el régimen, con los militares, con Pinochet, entonces estaba indudablemente contra ellos y era un contrincante, un enemigo al que había que neutralizar.  Tu padre había renunciado al cargo para dejar en su lugar al doctor Reinaldo Poblete, y se defendía contra los embates por aniquilarlo que provenían de uno y otro sector político.

Esos fueron años dramáticos, y donde llegaban a tu casa gentes de variados rincones del espectro político chileno, de izquierda y de derecha. El común denominador de muchos fue que parecían vivir sus días y sus horas de manera muy intensa. Recuerdas que, a pocos días de ocurrido el 11 de septiembre, llegó a visitarlos a tu casa, como un escolar cualquiera, René Silva Espejo, el todopoderoso director de el diario El Mercurio en ese entonces. Y pese a todo lo que algunos pudieran imaginar, ese hombre de derecha, terrible enemigo de Salvador Allende, se portó como un buen tipo, quería saber cómo estaban ustedes, cómo estaban tus hermanos. En otra ocasión, cuando tu madre lo encontró caminando frente al periódico, y ella hizo un amago de parar el auto para saludarlo, él le advirtió urgentemente, “siga manejando, siga manejando, no se detenga, no pare.” Los de inteligencia también lo vigilaban.

Recuerdas claramente un nombre, el coronel Parodi, que trabajaba en los servicios de inteligencia de la Fuerza Aérea. Estaba asignado al Instituto donde trabajaba tu padre. Un fin de semana y trabajando en la oscuridad de la noche, descubrió un principio de incendio en los pisos altos del Instituto, y donde tuvo que saltar las rejas de entrada para investigar. Supiste que en algún momento no se entendió bien con tu padre porque lo amenazó con detenerlo. Si no me cree, entonces lléveme preso, parece que le dijo tu padre. En esa misma época te enteraste por un amigo tuyo, Alejandro Parodi, que “a tu papá se lo quieren cagar, Cristián”. Así te lo dijo, sin rodeos y como haciéndote el favor de amigos contándote la firme mientras estudiaban química. Imaginas que el coronel Parodi tiene que haber sido su pariente, y de los cercanos; en Chile todos están relacionados por parentescos, sobre todo si llevan el mismo apellido. Decidiste no mencionarle nada a tu padre porque él ya lo sabía; imaginaste que sería seguirle el juego a los que estaban en el poder en ese entonces. Y tampoco le dijiste nada a tu amigo Alejandro, simplemente lo escuchaste y miraste los cuadernos. Fue algo así como cuando uno ve que se viene la tormenta y es mejor prepararse, tomar nota, protegerse…… o partir de Chile, emprender vuelo, ¿hacia USA?

Como contabas, en esos años a tu padre lo atacaban desde muchas direcciones. Había tensión en vuestra casa. Con el paso del tiempo siempre te preguntarás, ¿qué habrías hecho tú en una encrucijada semejante? Un primo tuyo, que trabajaba en el servicio de inteligencia de Pinochet, por ejemplo, se divertía cuando pasaba a verlos y donde le servían un tecito. Ahí, mientras probaba galletitas y se limpiaba la boca con una servilleta blanca, pasaba revista a todas las conversaciones telefónicas que había escuchado de tus padres durante esa semana. ¿Así que ustedes son conocidos de los Aylwin, tía?,” le decía a tu madre soltando carcajadas, haciéndose el pícaro, el inteligente, y escupiendo por casualidad restitos de galletas. “Y habla harto con la señora Olaya (Tomic), tía, ¿cierto?….. y para qué decir algunos curas jesuitas.” Tú lo miraba casi sin creer que eso se pudiera hacer. Imaginas que lo dejaban entrar a tu casa para reconocer potenciales peligros, o lo que les podría suceder en el futuro.   En una de sus visitas, y después de sus continuos comentarios y preguntas sobre las llamadas telefónicas a la casa de Aylwin, tu madre le sugirió, “diles que yo soy su amante”. La idea le pareció excelente porque los asuntos relacionados con el sexo tienen poca relación con la política.  Y así fue como tu madre quedaría catalogada en los archivos de inteligencia como “la amante” no solo de Aylwin, pero de varios políticos de oposición, y no la molestaron nunca más. Cuando tu madre se lo contó a su amiga Leonor Aylwin (ya convertida en primera dama)…..  no le causó ninguna gracia, y fue algo que consideró seriamente y sin sonrisas.

Crees que tu padre se libró y los libró a todos ustedes de una tragedia grande. Siempre te has preguntado cómo lo hizo, cómo sobrevivió siendo un tipo tan conflictivo para las autoridades de turno. Imaginas que notó flaquezas en el otro bando, personajes que también miraban descontentos hacia otros horizontes pese a formar parte de las autoridades de turno, de la dictadura. Supiste de un coronel que le decía derechamente a tu padre, que formaban un buen “team”, como insinuando yo te ayudo ahora para que tú me ayudes después. Crees que a tu padre lo ayudaron también los fuertes contactos que tenía con la embajada de USA en Chile y sus servicios de inteligencia. Todo comenzó cuando atendió a la esposa de un funcionario de la embajada después de un tremendo accidente de autos; pero ese es tema para otra nota.

Poco antes de que tu padre falleciera, no supiste ver con suficiente claridad los motivos por los que él te pedía con urgencia que le arreglaras un texto que te había mandado por cartas, y donde escribía sobre su desarrollo como neurocirujano y sobre su especialidad. El neurocirujano Pablo Donoso, su colega y hermano del escritor José Donoso, ya había publicado una especie de Historia de la Neurocirugía en Chile, en la Revista Chilena de Neurocirugía. A su vez, el doctor Gustavo Díaz ya estaba escribiendo su propio libro (Historia de la Neurocirugía en Chile), que publicó pocos años despúes. Tu padre pretendía escribir su versión de cómo había ocurrido todo eso, pero no te lo dijo claramente. Recientemente te enteraste que poco tiempo antes, en el año 1996, el doctor Reinaldo Poblete, que tu padre había escogido para reemplazarlo como director del Instituto en el año 1977, había sido nombrado Maestro de la Neurocirugía Chilena….. pero no él, no tu padre……. Crees que por esos motivos, él trataba de escribir su propia versión de cómo había ocurrido todo, pero desgraciadamente lo que alcansaste a escribir no resultó (“Historia de la Neurocirugía en Chile y una Despedida”, en Amazon), no funcionó porque el tono de lo escrito no fue académico, y estuvo encausado más hacia la autobiografía y la novela que hacia esos textos áridos y sin sabor que enfatizan lo técnico, lo impersonal, que es justamente la que se publica en círculos académicos y que se lee poco.

En el sitio Internet del “Instituto de Neurocirugía Asenjo”, se menciona que “el impulso que Asenjo le dio a la neurocirugía chilena se vio interrumpida en septiembre de 1973, cuando fue exiliado a Panamá. Desde entonces se posó en Chile un estancamiento en su desarrollo, para transformarse hoy en una especialidad más de la medicina y su Instituto ha sobrevivido angustiosamente durante muchos años.” Y como se escribe en la editorial de la Revista Chilena de Neurocirugía (Vol 1, No 1, 2012 pagina 10) Asenjo fallecería el 29 de Mayo de 1980, “sin volver a pisar los cimientos de su amado Instituto de Neurocirugía e Investigaciones Cerebrales”.

Recuerdas la última vez que viste al doctor Asenjo. Habías acompañado a tu padre al Instituto y te quedaste esperándolo en el auto, frente al edificio en el estacionamiento. Y estabas en eso, esperando, cuando llegó el doctor Asenjo para revisar su auto; al menos eso crees porque lo recorrió mirándole las ruedas, y pronto regresó hacia el Instituto. No lo saludaste y él tampoco dijo nada, pero te miró y tu lo miraste atentamente. Ya faltaban pocos días para el golpe militar. Una vez que se produjo y volaron los aviones, siempre lo recuerdas mirando las ruedas de su auto, o inspeccionándote a ti, el hijo de Juan Fierro, o las ruedas del auto del papá. Recuerdo que cuando el doctor Asenjo falleció, ya de regreso en Chile y después de varios años de exilio, muchos médicos llamaron a tu padre pidiéndole que por favor asistiera a su funeral. Fue una seguidilla de llamadas telefónicas de último minuto, urgentes…… a las cuales, tu padre, sin titubeos, -urgentemente también- a cada uno de ellos les dijo que no, hasta último momento se negó y no asistió a su funeral. Todavía recuerdas ese teléfono, el clic de ese teléfono amarillo, de plástico, y la mano de tu padre levantando el fono y después su rostro, inmutable, cuando volvía a contestar que no…

¿Quién fue tu padre? Es difícil dar una respuesta clara cuando uno se refiere a los padres. Imaginas que los padres serán siempre un misterio porque pertenecen a un universo paralelo donde a veces y solo en contadas ocasiones se tocan con el universo tuyo, de los hijos o la hija. Por eso al fallecer ellos, como que continúa el diálogo, como que siguen en comunicación porque las burbujas siguen ahí; pero ya no existen los contactos locales, los roces, las conversaciones, y solo queda ese misterio que se mueve adentro de tu propia burbuja y que se queda inútilmente esperando a que la toquen. A lo mejor escribir y recordar es un intento fallido por intentar recrear esa otra burbuja que se fue. Como escribe Eduardo Halfon …..”al escribir sabemos que hay algo muy importante que decir con respecto a la realidad, y que tenemos ese algo al alcance, allí nomás, muy cerca, en la punta de la lengua, y que no debemos olvidarlo. Pero siempre, sin duda, lo olvidamos.” Desgraciadamente algo así te ocurre con tu padre. Todavía ves su burbuja, la imaginas, la tratas de tocar, casi la tocas, muy cerca, pero siempre, sin ninguna duda, se te esconde.

Tu madre habla también sobre su vida familiar, lo que le sucede a tu hermana Mónica o tu hermano Álvaro y Alberto:

“…tu hermana Mónica y Álvaro ya están pensando en las vacaciones de invierno. Les ha ido más o menos bien y trabajan toda la noche. Juan se enfermó un poco al mezclar algo de whisky con valium, para no estar preocupado de verlos despiertos trabajando tanto y toda la noche. Ya se le pasó, pero ha quedado tan asustado que no ha vuelto a probar nada de alcohol…”

“…a Álvaro  lo siento como si fuera un extraño. Creo que vive muy presionado en la universidad, y siempre está preocupado. A veces pienso que somos jugadores frente al tablero de ajedrez y con solo referencias de cómo se juega; me gustaría que supiera que nada es demasiado importante como para vivir en continua tensión. Si puedes escríbele algo sobre lo que se te ocurra, que lo haga sentirse un poco más tomado en cuenta. El 30 de septiembre es el cumpleaños de Mónica y el 25 de noviembre el de Álvaro. Si puedes envíales algunas letras a cada uno…. (y dile a Gonzalo y Álvaro)….”

“…..Albertito (tu hermano mayor) no ha escrito desde su vuelta de España. Los papás de Aída (esposa de mi hermano, Alberto) no fueron a Europa. Y no los he llamado ya que no dieron señales de vida para el matrimonio de tu hermano, Gonzalo. Les envié parte con invitación y los invité además por teléfono…”

“…..el clima en la casa ha mejorado. La nueva empleada es serena y sabe su trabajo. Está contenta. Tiene tres hijos grandes y una chiquitita de cinco años. Mónica (mi hermana) volando entre un trabajo y otro, siempre asegurando que le va a ir mal. Es demasiado perfeccionista, y baraja al mismo tiempo demasiadas ideas sin decidirse por una, y hasta última hora….”

Y la situación financiera y política se deteriora en Chile:

“….la gente ha retirado sus ahorros de miedo a que se los congelen. Han habido grandes festejos con motivo del centenario de la batalla de la Concepción donde hasta trajeron el corazón de varios oficiales. A Lafourcade lo sacaron del canal 7. En el Teatro Municipal de Viña, cuando le entregaban el premio Luisa Bombal por US $10.000 reclamó por el apagón cultural y no sabemos qué más porque solo radio Cooperativa ha comentado el asunto. Ahora hasta discuten si deben entregarle el premio o no, y de la inoportunidad de protestar en es evento. Por ahora sigue trabajando en El Mercurio.…recién supimos que lo más grave fue que Lafourcade pidió la vuelta a la democracia….”

“……aquí la recesión va y los enfermos no pagan porque tampoco tienen $. Aunque con la nueva consulta estamos más optimistas (otra vez tuve que acarrear muebles al centro). Solo gastamos en lo indispensable, en muebles. Claro que del traslado se encargó Juan… y está bien contento con el resultado. Creo que se me va al hoyo mi viaje a Palma en Septiembre, era mi sueño…..”

Crees que Chus tiene razón al interesarse más en las historias de familia. Una mirada rápida imagina que los asuntos de familia pueden llegar a ser muy restringidos, y dirigidos solo hacia la familia y los más cercanos, faltos de interés, donde se ventilan asuntos íntimos, demasiado personales, alejados de algo universal y que toque a todos, que les llegue a muchos. Claramente eso no ocurre. En las historias de familia y sus intimidades, se palpan temas bien universales, se ve amor, se conoce la traición, se presentan hijos ilegítimos -como un NN- y todo amenizado con drama y desencuentros; se tocan temas universales que nos atañen a todos de manera individual; nos llegan, y por eso nos identificamos con ellos plenamente.

  1. Los retratos de tu padre

Pocos meses antes de morir, tu padre se sentó en una silla –¿esa que todavía está ubicada en la cocina del departamento? – y comenzó a escribirte notas breves en el reverso de varias fotos. De alguna manera supo que se iba a morir y que le quedaba poco tiempo. A lo mejor notó lo triste que resultan las fotos antiguas, las de antepasados remotos que ya no dicen nada porque están muertos, vaporizados, idos para siempre, y por eso quiso salvar algo de ellos escribiendote pequeñas reseñas. Después buscó un sobre y te las mandó certificadas a Cleveland, donde vivías en ese entonces.

En las fotos antiguas, amarillentas, los personajes se quedan estacionados, congelados en el tiempo, pero asumiendo sus mejores poses. Te miran desde ese papel retorcido como tratando de contarte algo, lo que hicieron o lo que dejaron de hacer con sus vidas, pero ya no ganan nada, están muertos, te miran desde el otro lado. Ni siquiera los recuerdas por sus nombres. Cuando falleció tu abuela Oriana, por ejemplo, alguien puso muchos retratos de la familia sobre una mesa destartalada desde donde los visitantes las sacaban. Las mejores se fueron con rapidez para terminar probablemente escondidas en otra cajonera de un pariente, esperando a que les llegara el turno para salir nuevamente a la luz pública. La parentela que llegó primero, temprano por la mañana, se llevó los mejores retratos, aumentando así las divisiones y rencores que, en tu familia, se pasaban de mano en mano como si fueran monedas calientes. Recuerdas que tu abuelo, Augusto, el marido de Oriana y que había fallecido antes, les sacaba mejor provecho a esas fotografías porque siempre llevaba una en el bolsillo de su chaqueta, y que mostraba orgulloso al que quisiera escucharle. Recuerdas uno bien importante y que él usaba para impresionar a sus amigos, era una foto de tu hermano mayor, Alberto, junto a tu madre saludando al Papa Juan Pablo VI cuando lo visitaron en el Vaticano. Las guardaba en el bolsillo de su chaqueta y la sacaba tantas veces que ya parecían fotos de periódicos añejos. A lo mejor también estaban salpicadas de saliva, porque cuando las mostraba hablaba con fervor y gozosamente las apuntaba con la fuerza de todos los dedos de su mano.

Recuerdas que tu hermano Alberto te contó que un día fue a recorrer el departamento cercano a Plaza Italia donde habían vivido la madre junto a la familia de la hermana de tu padre, tu tía Maruza. El lugar funcionaba como un hostal para estudiantes, y lo invitaron a pasar sin inconvenientes. Recorrió los cuartos, y aparentemente le creyeron la historia de su antigua familia porque le regalaron un álbum de fotos que alguien había encontrado en un closet abandonado del primer piso. Eran muchos retratos y hasta el día de hoy alguien trata de darles un nombre a esos antepasados que se ríen, que se sientan, que se abrasan, pero que tristemente ya no dicen nada. Cuando falleció tu tía, a nadie se le ocurrió ofrecer sus fotos a la parentela y a lo mejor por eso quedaron en una cajonera, escondidos, y en manos de esos desconocidos del hostal.

En los retratos muchos se esfuerzan por mostrar una gloria o alegría falsa que apenas vivieron, o que a lo mejor existió, pero de manera breve y bien fugaz. Quizás por eso tu padre escribió lo siguiente, en el reverso de la foto donde también estaba él y su sonrisa:

“Tus antepasados con cara de satisfacción. Los recuerdos penosos no se ven; los tratamos de olvidar poniendo caras alegres.

Foto tomada desde nuestro departamento en Santiago. Abril 2001.”

¿Cuales fueron los recuerdos poco alegres que tu padre no te mencionó?

Tú, Cristián, encerrado en tu propia burbuja, muchas veces puedes equivocarte, por eso cuídate, sobre todo cuando escribes sobre tus padres que acarrean tanta historia, tantas vidas, felicidades y penas, o humillaciones que tú no les conoces…. sobre todo, las humillaciones. No entiendes el motivo, pero las humillaciones son interesantes, te atraen, ¿cierto?, a lo mejor porque permanecen escondidas, secretas, como en los retratos, donde nadie te habla, no se dejan ver, pero son como un elefante que crece gordo, radiante, y que todos pretenden que no existe, que nunca existió. ¿Recuerdas ese día, ese fin de semana, cuando se subieron apurados al auto mientras alguien le pedía disculpas a tu padre?…..”perdona, Juanito”, le suplicaba un hombre, “perdona Juanito”, le gritaba, mientras tu padre apurado te agarraba de una mano y abría la puerta del auto rojo, aletudo, para regresar pronto a casa, partir, escapar lejos, no verlo nunca más. ¿Qué había ocurrido? No lo sabrás nunca, Cristián, aunque sigas leyendo cartas, escribiendo blogs, escarbando….

  1. Antes de partir

 Antes de volar a USA vendiste tu Fiat 600, blanco, y por algún motivo extraño, simplemente partiste de Chile como si encaminaras tus pasos hacia una sala de clases. Partiste como estudiante y sin esa idea inicial de largarte para no regresar jamás. Era un paso, no un salto como el que dio tu hermano Gonzalo al irse a Canadá. Lo tuyo fue más solapado, no parecía una partida, un corte, parecía un paréntesis; te ibas para estudiar lejos y conseguirte un mejor futuro, ya se vería, eso sería todo. Con tu hermano Gonzalo fue distinto, él se había ido de frentón, casi de portazo. Ya había estudiado en USA antes, donde había obtenido un flamante título de ingeniería comercial, y simplemente en Chile no se acostumbraba, y pocos lo supieron comprender. Lo amordazaban las costumbres, los trámites, las reuniones, los cafecitos y esa manera de quemar el tiempo. Tenía trabajo, no le iba mal, pero algo le picaba, y decidió volar y buscar nuevos horizontes con Anita y sus dos hijas. Chile y su estilo de vida lo asfixiaban.

En ese sentido a ti te ocurrió algo parecido, también estabas asfixiado y te sentías como un extranjero en Chile, en tu propio país. Pero ahora te das cuenta que eso se relaciona más que nada contigo mismo, ahí está el origen, porque ese asfixia es algo que te ha ocurrido en casi todos los lugares donde te ha tocado vivir. Incluso en tu propia familia a veces te sentías un extraño; te molestaba esa manera oblicua de decirse las cosas, por ejemplo, donde no se preguntaban directamente por  “a”, lo hacían por “b,” pero de una manera solapada que implicaba “a”, que buscaba la respuesta de “a” aunque no directamente. Había mucho claro-oscuro, mucha danza para decirse las cosas por su nombre. También, sobre todo tu madre, recurría mucho al mensajero, al “dile a tu hermano que…..”, o “dile a tu hermana que…..”, en lugar de ir ella a decir claramente lo que pensaba. Los temas peliagudos fueron siempre borrosos, poco claros. Éramos –¿lo seremos todavía? – poco transparentes para decirnos las cosas, había mucho mensaje velado, escondido, para tratar temas y decirnos las cosas por su nombre. Quizás por esa lejanía física, temporal, finalmente, estas notas te salen más directas, aunque duela, aunque te duela y lastime un poco a todos.

En esos años, eras bien callado y eso te ayudó porque tienes la impresión que a los callados les va mejor en USA. En Chile hay que ladrar bien alto, y para eso nunca fuiste bueno.  Con Gonzalo tenían edades parecidas, eran jóvenes, y cuando emigraron aprendieron a generar nuevas raíces a costalazo limpio, dándose de culo sobre el pavimento mojado. Pero así ocurre cuando se es joven, donde nos sentimos invencibles y tomamos riesgos, viajamos, nos arrojamos a los torrentes caudalosos de algún río, saltamos. Te fuiste de Chile como estudiante y te fueron a despedir sin problemas al aeropuerto, y te abrasaste para alejarte de tus padres, tus hermanos, hermana y los amigos. A tu hermano Gonzalo no le ocurriría así. A él no lo irían a despedir de la familia –con excepción de tu hermano Álvaro, el menor- porque nadie entendió a tu hermano, sobre todo tu madre que estaba hecha un trompo y exigió que nadie fuera a despedirlo. ¿Por qué se iba de esta maravilla de país? ¿Para buscar nuevas aventuras? Y se consolaba imaginando que su hijo tenía el gen de los exploradores, de los Ossa, descubridores del salitre en Chile. Y así fue como a tu hermano solo lo fue a despedir el chofer de la Cepal, donde trabajaba en ese entonces.

En un principio tu hermano Gonzalo trató de emigrar hacia Australia, donde ustedes tienen un pariente, una prima de tu madre. Cumplió con todos los trámites rutinarios, como visitar el Consulado, llenar formularios, entrevistarse, y cuando ya lo tenía todo listo, a pocas semanas de partir, lo llamaron por teléfono para contarle que su madre había conversado con Cónsul para informarle de algo grave. ¿Qué era eso? ¿Qué les había dicho? Les había largado la noticia-bomba y teledirigida de que, en su familia, en la familia de él, de Gonzalo, había muchos miembros con problemas mentales –lo que no era cierto- y que basado en esa información ya no lo podían aceptar como inmigrante. De más está decir que hasta ahí llegaron los preparativos para su partida. Todo reventó y no le quedó otra alternativa que pensar en Canadá; pero antes, siguió los consejos del Cónsul: “la próxima vez”, le dijo, “cuando trate de aplicar en otro Consulado, no se lo cuente a nadie y hágalo solito.” Por una extraña coincidencia, tu padre le dio el mismo consejo cuando llegó a casa destrozado después del trámite fallido, pero con un agregado de color: “no se lo cuentes a nadie, mijito, no se lo cuentes a tu madre hasta que lo tengas todo listo. Ella está ta-ta-ta-ta-ta…..” Y así fue como lo hizo, no se lo contó a nadie, ni siquiera a tu madre y por eso fue por lo que partió sin ninguna despedida porque cuando ella se enteró, lo desaprobó con rabia y dio la orden perentoria de que nadie lo podía ir a despedir. Y así fue como partió con su señora, Anita, y sus dos hijas, solos, a buscar nuevos horizontes a Canadá. En el aeropuerto de Montreal lo esperaba un amigo de tu padre (la hija de Julio Durán) que lo llevó a un Hotel de mala muerte donde comenzó su nueva vida. A las pocas semanas ya aprendería algo de francés para conseguir trabajo.

En tu caso llegaste a USA a la Universidad de Georgetown, en Washington, para aprender inglés. Tenías recomendaciones del sacerdote jesuita, Patricio Cariola, lo que te ayudó bastante. Así fue como conectaste con José Zalaquett (que Pinochet había expulsado pocos años antes por su defensa de los derechos humanos) quien te ofreció todo su apoyo. Recuerdas que llegaste perdido a su oficina, ubicada en esa universidad donde trabajaba en un proyecto que ya se terminaba. Después del saludo inicial, de inmediato tuviste la seguridad de que te ayudaría, porque al ofrecerme café, lo hizo generosamente y sujetando una servilleta enorme, blanca, del porte de una bandera. Tu inglés no era bueno, y te preguntó donde pensabas estudiar. En Cleveland, le dijiste. De inmediato te trató de ayudar corrigiéndote el acento, y te empujó a pronunciar “Cleveland” como lo hacen ellos, como arrastrando la “v” y te dio nuevos consejos. Al menos tendrás una buena orquesta, te dijo, al mencionar la Orquesta Sinfónica de Cleveland. No solo te abrió generosamente las puertas de su departamento, pero terminarías jugando ajedrez con sus amigos. Él sería el que terminaría escribiendo la carta que mandaste a Case Western Reserve University -¡un abogado especialista en derechos humanos escribiendo sobre química!- donde explicabas las razones por las que te interesabas, y los motivos por los que querías continuar con un doctorado. Y todo resultó, pero solo ahora, que lo escribes, ves la locura de esa empresa: te habías ido de Chile sin mucha claridad y cuando ni siquiera te habían aceptado como estudiante en algún instituto o universidad. Pero te largaste; esas son las aventuras que se emprenden cuando joven.

A los pocos meses, cuando finalmente aterrizaste en Cleveland, llegaste primero a la oficina del Departamento de Química de la Universidad de Case Western Reserve, donde las secretarias te ayudaron, te indicaron donde tenías que alojar, donde podías comprar pan, leche, y te presentaron a una estudiante de Colombia, Rosario Neira, que te siguió ayudando, mostrándote el departamento y algunos profesores. Es increíble la generosidad que conociste, y sin mucha planificación. Lo curioso es que el edificio donde pasaste tus primeros meses –Clark Towers– antes lo había conocido tu hermano Alberto, cuando visitó Ohio como estudiante de intercambio en las secundarias. Lo sabes por una filmación que él hizo en esos años.

Te demoraste en acomodarte al cambio. Y te convenciste que a lo mejor en USA, finalmente, te podrías sentir a gusto, sobre todo al leer a algunos de sus escritores. Y desde ese entonces notas que tu tierras son más diversas de lo que imaginabas, y que están bien descritas por esos escritores norteamericanos, argentinos, peruanos, chilenos, o libaneses, como el incomparable Hisham Matar. Sientes que al leerlos perteneces a esas casas, a esas familias y esos dramas, y que por ahí decididamente no eres un extraño, un extranjero; ahí están tus territorios, tus países.

  1. ¿Qué hubiese pensado tu papá de todo esto?

Afuera, a través de las ventanas, se ve la nieve blanca, y el sol de un día de invierno en Northville, Michigan. Adentro, tu perro patagónico, el Copo, espera pacientemente a que lo saques a pasear.

Esa distancia, ese clima diferente, te empuja y ayuda también a ver y a examinar a tu padre, a mirarlo con otras lupas y espejos. ¿Fue realmente un buen médico? ¿O fue una farsa, producto del marketing y la política que muchas veces florece en los hospitales o cualquier otro instituto? Recuerdas que siempre hubo conflicto en ese ambiente médico donde él trabajó, donde hubo mucho Superman dispuesto a imitar al jefe máximo, Asenjo, y a caminar con un disfraz de Batman por los pasillos del Instituto de Neurocirugía donde existían rivalidades tremendas y mucho ego. Crees que ese ambiente le impidió crear escuela; y así fue como si vislumbraba a un médico joven que se insinuaba como sobresaliente, había que neutralizarlo a tiempo antes de que se transformara en competencia, en amenaza. El mundo claramente se dividía entre ganadores y perdedores. ¿Donde te ubicabas tú? Esos rumbos y alternativas restringidas te molestaron y las rechazaste desde un principio, y por eso, conscientemente tomaste otro camino. Recuerdas que tu padre se asombraba cuando alguien consultaba sobre qué hacías, qué estudiaba su hijo. Siempre contestabas con un “soy químico, estudié química,” sin mencionar el doctorado en química (pero sin mencionar tampoco que el puntaje de las secundarias no te alcanzaba para estudiar medicina). Tu padre se asombraba, y preguntaba con curiosidad –delatado por sus gestos, su mirada, una sonrisa velada- ¿cómo lo harás para sobrevivir y ganarte la vida? Tu tía Oriana, por otro lado, era más amena, porque además de preguntarte “¿y cuando vas a tener polola o novia, Cristián?”, te interrogaba sobre el doctorado, para agregar con un dejo de desilusión y desencanto al escuchar una respuesta desabrida: ”¿pero cuando vas a ser un médico de verdad, Cristián?” Añorando, a lo mejor, un rocío de esas glorias de tu padre, de la fama de tu padre, pero que tú en ese entonces no buscabas ni querías.

En esos años las esposas también ayudaban al marido en la escabrosa ruta diseñada para “hacer carrera”, para escalar posiciones, para subir, sobre todo si eran buenas mozas como tu madre, una especie de “esposa-trofeo”. Pero ahí también tomaste un rumbo diferente porque te casaste con una mujer “de esfuerzo”, como te lo confesaría tu madre, y que trabajó y ha trabajado toda su vida, afuera y adentro de la casa, y que sabe usar sus manos sin vergüenza.

Recuerdas nuevamente los viajes en auto en un fin de semana cualquiera, cuando se dirigían hacia el balneario de Algarrobo. Por la radio se escuchaba a Leonardo Favio o Leo Dan junto al ronroneo de una carretera angosta. Eran otros tiempos. Al pasar por Melipilla, cerca a “la casa pelá” y donde ofrecían liebres y conejos a la orilla del camino, un mercado artesanal  al que Neruda le rendiría un homenaje, se detenían en La Montina para comprar fiambres, y quizás probar un lomito o “un montino”, ese hot-dog envuelto en una delgada masa tibia y aromática. Los años te parecían eternos e inmutables, y tu padre manejaba a paso seguro, como un chofer convincente y firme. Casi al llegar, cruzando el balneario cercano de El Quisco, y sentados sobre el asiento trasero del auto, ustedes gritaban y aumentaban el volumen al cruzar la línea imaginaria que marcaba los límites del balneario, una piedra negra ubicada a la entrada, a los pies de un glorioso túnel de eucaliptos añosos. Con los años alguien se robaría esa piedra y poco tiempo después seguirían con la destrucción de una pequeña isla que protegía a unos maravillosos pingüinos probablemente ya extinguidos.

A la distancia, notas que una de las cualidades importantes de tu padre fue esa seguridad que siempre les supo regalar a destajo; no los defraudó, no desertó. Cuando sucedía algo malo en vuestro entorno, ustedes sabían que podían contar con él, era una roca firme adosada a la orilla de la playa y a donde siempre podían arrimarse para buscar ayuda y socorro. Como médico, conoció a muchos hombres y mujeres que fueron sus pacientes y que muchas veces ocuparon posiciones claves en distintas oficinas públicas y de administración. Por eso, si uno de ustedes necesitaba un papel firmado, un trámite, un timbre, él lo sabía encauzar de manera rápida y eficaz. Cuando llegabas de regreso a casa, después de uno de esas diligencias, siempre te preguntaba: “¿y cómo te atendieron, Cristiancito? ¿Cuéntame cómo te recibieron?” Y tú, un tanto avergonzado, achicado, le contabas la firme, que todo había salido bien, muy bien papá……no joda. Claro que no le mencionabas ese final, ese no joda te lo guardabas para ti, pero se lo dabas a entender de múltiples maneras en la mirada, los gestos, tus silencios. Lo veías ahí sentado, e imaginabas que en algún momento de su vida lo pasó muy mal. Nunca se lo preguntaste, pero te parecía intuir un momento difícil, triste, donde fue tremendamente rechazado por algo, por alguien, y donde lo habían recibido mal. Vivía para su trabajo, y cuando llegaba a casa al final del día, la comida tenía que estar lista porque devoraba como si pronto tuviera que partir hacia la guerra del fin del mundo. Durante los fines de semana a veces les organizaba panoramas, como fue ir a cabalgar en la parcela del teniente Carmona.

Con tu madre no tienes recuerdos de ese tipo. Y sus historias eran estrambóticas y más bien descabelladas. En unos de tus tantos viajes de visita a Chile, por ejemplo, cuando ya habías partido a USA, tu madre te recibió muy alarmada. Había tenido una pesadilla, te dijo, como muchos de los malos sueños y conjeturas que a veces la asaltaban. Que tú llegabas de visita a Santiago, te contó, tú caminabas por sus calles, te cruzabas con familiares, pero no los saludabas, y claramente la evitabas a ella, tu madre. Qué tremendo, Cristiancito, te confesó espantada, qué tremendo. Y a ustedes les pareció tan ridícula esa pesadilla, tan disparatada, que ella misma no siguió explicando nada y tú preferiste no preguntar por los detalles. ¿Por qué la rechazabas?

Tratas de recordar esa pesadilla, cuando compruebas que ese desencuentro que te mencionó tu madre es justamente lo que está pasando ahora, pero no encuentras los detalles, las cifras, los olores, ni esa música en los semáforos con luces rojas. Sales a caminar y no resulta, no logras penetrar hacia esos días, se te esconde el código…..

¿Dónde quedó esa roca a la orilla de la playa? ¿Quién te la movió? ¿Qué hubiese pensado tu papá de todo esto?

Recuerdas a tu padre cuando hablaba sobre la importancia que tenía para él, el que ustedes, sus hijos, llegaran a ser buenos hermanos. No había nadie en la cocina, era de noche, y mientras buscaba un vaso de agua, en pijama se sentaba a hablarte. A veces se sobaba un muslo, o lavaba un plato o limpiaba un mesón con restos de pan seco. A lo mejor pensando en ese mundo un poco ingenuo de los años 60, donde todo parecía posible y alcanzable, te predicaba sobre lo útil, lo necesario que era esa noción de ser buenos hermanos. Crees que su comentario habría tenido una mejor recepción si él te hubiese invitado a conocer de manera más profunda el lado de su familia, con todas sus vulnerabilidades y tragedias. Si tu tía Maruza, su hermana, por ejemplo, hubiese llegado a tu casa más a menudo para reírse con ustedes y celebrar algo, eso que tristemente nunca pudieron celebrar porque jamás le conociste un cumpleaños. Cuando llegaba a tu casa lo hacía como pidiendo permiso, pidiendo disculpas, en puntillas. Es curioso comprobar como tú, pese a haber tenido pocos años, percibías claramente ese portón cerrado, esa poca interacción con la parentela más humilde. Pero tú mirabas, calladito mirabas, eras bueno para eso, le mirabas el bolso vacío, por ejemplo, las manos vacías, la boca arrugada, y el sudor del viaje en micro. Recuerdas claramente que llegaba con algo entre sus manos, un bolso plegable, o un paraguas seco, como para dar la impresión de que andaba en trámites, que estaba ocupada circulando por el vecindario y que por eso les tocaba el timbre para entrar a verlos como de sorpresa…. ¿Cómo estás, Cristiancito?  Muchas veces tú le abriste la puerta, pero no recuerdas que hacían una vez que ella entraba, ni siquiera la ves sentada o compartiendo con alguien. ¿Qué ejemplo fue ese? Lo escribes y molesta, te da rabia.

Por el lado de tu madre, hubo más contactos con su parentela, pero de costado y con una tendencia recurrente al rechazo, a mirarlos hacia abajo.

Pronto llegarían Piero, la playa, y mientras ustedes crecían fueron lentamente divergiendo y habitando burbujas diferentes. Y quizás demasiado pronto, demasiado rápido, cada uno de ustedes fue encontrando a sus respectivas parejas que aumentaron los distanciamientos porque pese a que les pedían que fueran hermanables, no les supieron mostrar cómo respetar los distintos caminos que iba tomando cada uno. Ellos mismos, tus padres, muchas veces iniciaban los distanciamientos al reprochar implacablemente vuestros gustos, vuestras elecciones y preferencias; había un convencimiento grande, inapelable, sobre qué era lo correcto, lo adecuado. Y así fue como se consumieron muchos años, se murieron los cantantes, falleció Leo Dan, las ideologías se extinguieron, y se acabó la época de los pantalones cortos. Cada uno de ustedes construyó su propia madriguera, su propio hogar, y a veces, solo a veces, crees que llegaron a ser buenos hermanos, a mirarse derechamente a los ojos, y sin apuntar ni hacia arriba ni hacia abajo…..

Creciste fascinado por esa diferencia cultural – ¿de casta, de clase? – que percibías entre la familia de tu padre al compararla con la de tu madre. En una ocasión le consultaste a tu padre sobre el tata Augusto, el padre de tu mamá que para ti fue una figura misteriosa y un poco trágica. Les preguntaste a los dos que te hablaran de él. La última vez que viste a tu abuelo fue en el Hospital. Él ya estaba enfermo, en cama y antes de que tú partieras te pidió la chata, una especie de botella chueca, útil para hacer pipi. Se la pasaste, partiste hacia afuera, y al poco rato falleció. Ibas entrando al ascensor del hospital, para bajar al primer piso, cuando al abrirse la puerta viste a tu madre que angustiada te gritó, “murió mi papá”. Te sorprendió porque recién lo habías visto y nunca imaginaste que algo tan extraordinario pudiera suceder. Así muere la gente, pensaste, se cerraron las puertas, tu madre partió hacia el cuarto de tu abuelo y tu seguiste en el ascensor, rodeado de rostros serios que te divisaban desde lo alto. Algo parecido te ocurrió después, cuando asesinaron a John Kennedy. Recuerdas que tu madre tocó el timbre de la casa –ustedes nunca usaron la llave de la puerta de entrada-, y saliste corriendo a abrirle mientras ella entraba como un trompo y te gritaba, “mataron a Kennedy, mataron a Kennedy”. Así también muere la gente, pensaste nuevamente.

El escrito que sigue fue la respuesta que te dio tu padre cuando le consultaste sobre tu tata Augusto, donde se ríe un poco de su “estatus de aristócrata”. La verdad es que cuando tu padre estaba solo contaba más y soltaba anécdotas, daba su opinión más libremente, aunque sabía que podía estar equivocado o siendo injusto. Lástima que no supieras explorar más esa ruta que él te abrió. En esos años todavía lo percibías como un ser eterno, donde muchas cosas se podían dejar para el futuro. Pero al menos en una carta le consultaste sobre tu tata. Esto es lo que te respondió:

“En tu última carta haces preguntas precisas sobre tu abuelo, Augusto. Desconozco si tu mamá te va a contestar, pero de todas maneras yo quiero darte mis impresiones sobre él. A lo mejor son injustas, pero te lo cuento simplemente como yo lo creí vivir.

Don Augusto nació en Talca o Curicó, pero no se sabe con certeza cual fue la ciudad porque en esa época no había Registro Civil y las inscripciones o nacimiento se hacían en la parroquia o Iglesia cercana que la familia escogía como más apropiada. El fue inscrito como Augusto Correa Urzúa y tuvo once hermanos, uno de los cuales fue sordomudo y con el cual don Augusto se entendía muy bien.

Tu abuelo fue una buena persona, y creo que conscientemente no le hizo daño a nadie; pero de la misma manera tampoco le hizo el bien a demasiada gente. Como eran personas adineradas y de la sociedad de ese entonces, al casarme con tu mamá, no heredé un peso, pero si heredé la aristocracia que ellos pretendían tener…… aunque me hubiera gustado mucho más heredar algo de esa fortuna. Cuando uno de sus hermanos estaba en edad de estudiar, lo mandaban a Santiago y financiaban su estadía vendiendo un fundo cada año. Al final nunca exhibían certificado o título de Universidad alguna, y la carrera se prolongaba hasta que sus padres simplemente se aburrían y perdían las esperanzas. Esto se tradujo en que ninguno de ellos llegó a ser un profesional con título, y así fueron empobreciendo a la familia entera. Don Augusto, por supuesto, no estudió ninguna carrera universitaria y solo asistió algunos años al colegio lo que le permitió ingresar a la empresa de Ferrocarriles del Estado. Ahí no alcanzó una buena posición, y después de muchos años jubiló pobre y sin dinero. Como era aficionado a las carreras de caballos la poca plata que le dieron de desahucio la perdió y lo que le quedaba se la robó un juez de toda confianza y amigo de la familia. Él le prestó el dinero bajo palabra de honor, y con la promesa de que se lo devolvieran con un interés importante. Por supuesto, ese compromiso de palabra nunca se cumplió y el prestigioso juez falleció sin devolverle un peso a nadie. Dada la precaria situación económica, como tú lo sabes, la mamá se trasladó a vivir a una galería de la calle Siglo XX donde la conocí. Después de un tiempo nos casamos y vivimos con ellos durante algunos meses. De allí nosotros nos trasladamos a la casa de El Bosque y después a la de avenida Suecia, lugar donde nacieron la mayoría de tus hermanos. En realidad no nacieron en la casa, sino que en la Clínica Santa María, de acuerdo con mi status de aristócrata. El único que no nació en esa Clínica sino en el Hospital Salvador y en una pieza fue Alberto. Esa decisión fue tomada porque el doctor Tisne atendía en ese hospital y me dijo que no me iba a cobrar y nosotros por nuestra situación económica quisimos aparecer modestos y pagamos por una pieza fea, con ratones, baratas, catre despintado y muros rayados con frases de enfermas que habían estado ahí, aunque escritos sin obscenidades. Eso para nosotros era suficiente.

            Otro hecho que recuerdo ahora con indiferencia, pero que en su momento me dio mucho asco y repulsión, fue el fiasco de las aceitunas. Un cliente del norte, de la región del Huasco, me mandó agradecido y como reconocimiento al buen resultado y al modo cariñoso con que lo atendí, un barril inmenso con aceitunas de la mejor calidad. Conocedor de las aptitudes agrícolas de don Augusto, le consulté esperanzado con la siguiente pregunta: “Don Augusto, ¿y qué hacemos ahora?” Fue así como él tomó posesión del cargo y como primera medida decretó abrir el barril y vaciarlo en la piscina de nuestra casa que sin ser muy grande tenía como un metro de profundidad. Según él, había que “desaguar” las aceitunas por unos días. Yo pensé que el desagüe sería breve pero no fue así, me equivoqué, porque las aceitunas permanecieron en el agua de la piscina no solo días sino semanas y varios meses. Así empezó una franca putrefacción y a desprenderse un aroma nauseabundo que envolvió a nuestra casa y la casa del vecino. Decidí ponerle un punto final a esta situación sacando las aceitunas y terminar con el remoje. La operación, en un principio, me pareció una tarea fácil, pero cuando llegó el momento de activar el plan busqué voluntarios entre ustedes y ninguno se ofreció espontáneamente; todos se negaron pese a las amenazas que inventé para que ayudaran. Al fracasar todos los intentos no me quedó más remedio que intentarlo solo. Me sumergí en traje de baño, pero como estaba todo tan mugriento, la descomposición de las aceitunas tenía el agua turbia, no pude encontrar el tapón. Hice varios intentos, pero con el brazo estirado y la cabeza afuera no tocaba el fondo. Después de varias sumergidas me di por derrotado y cambié de estrategia sumergiéndome completamente en esa podredumbre. Nuevamente, después de varios intentos, toqué victorioso el tapón del fondo el que arranqué con mucha fuerza para evitar otra sumergida. Al salir, me toqué el pelo y noté que era una masa viscosa y maloliente; tanto, que cuando traté de salir de la piscina ninguno de ustedes me ayudó, arrancaron despavoridos por la fetidez y el aspecto monstruoso que mostraba. Me tuve que duchar varias veces para terminar con la excursión agrícola de don Augusto. Nunca más le pedí consejos sobre las labores del campo. Hasta pronto, son las 10:15 AM del 6 de Julio del presente.”

  1. N. Schwerter Warner es digno de ser investigado

 Tuviste que usar una calculadora para confirmar los años de la carta que tu padre le escribió a tu hermano Gonzalo, que estudiaba en USA en esos años, hace cuarenta años atrás. La reproduces más abajo sin recordar cómo llegó realmente a tus manos. Al verla, te da vértigo comprobar que tu padre la escribió cuando era menor que tú en este momento, en el 2020, aquí en Michigan, en el invierno de Michigan. Al leerla fue como introducirte en una cápsula de tiempo y de una época ya vaporizada.

Como ocurrió con tu hermano, tu también saliste bien joven hacia tu propia aventura en los Estados Unidos, dejando atrás las seguridades de tu casa en Santiago, Chile, tus padres, tu familia, tus amigos, para perder definitivamente algo importante, pero ganando también la huella de esas cartas que te escribieron y que vuelven a mostrar –en cualquier momento, donde sea que te encuentres- el barniz de una época sin celulares, sin e-mails, sin los Tweets y esa comunicación tan rápida que invade desde todos los rincones.

De tu padre recuerdas que cuidaba con especial cariño dos o tres fotos que colgó en el muro de su cuarto. Conservas la copia de una de ellas, donde a la derecha y sentada en una silla de madera está su madre. Detrás y de pie, está tu padre como de 17-18 años y de corbata. Se parece tanto a ti que a veces te preocupa; ríe poco y en la foto simplemente mira hacia delante. A la derecha de su madre, tu abuelita María, ves a una señora de más edad que a lo mejor ya se ha terminado de morir porque no crees que nadie la recuerde o la reconozca ahora.

Ya quedan pocos sobrevientes de esa época. En el retrato, tu abuelita tiene un niño sentado en sus rodillas a quien tampoco reconoces. A la izquierda y también sentada, crees que reconoces a la hermana de tu padre, tu tía Maruza, pero con una sonrisa que nunca te mostró, una sonrisa acogedora que después se le borró, se le terminó. Felizmente ella todavía vive otro poco porque la recuerdas, la reconoces en la foto; aunque nunca pudiste intimar con ella verdaderamente, compartir con ella, saber de sus sustos, lo que le gustaba, lo qué leía, sus hobbies, sus temores. Cuando te saludaba te hacía la señal de la cruz sobre tu frente, sobre tus labios como librándote de algo grave, serio. Al lado de tu padre y también de pie, ves a una señora a quien nunca conociste. Después la sigue otro hombre de terno y de corbata que se esfuerza por aparecer bien distinguido. Tiene los brazos cruzados atrás, como mostrando el pecho, la pinta, y tampoco le sonríe a nadie. Tu padre felizmente tiene su mano derecha tocando la silla de su madre, como apoyándose, quizás mostrando algo de vulnerabilidad. Lo curioso es que la única que sonríe en esa foto es tu tía Maruza, la que después dejó de hacerlo. Recuerdas a tu madre, que al ver esa foto en un día de verano en Chile, en su departamento, te dijo que ese señor de corbata y de brazos escondidos, molestó mucho a tu papá. ¿Qué le hizo? ¿Con qué lo molestaba? ¿Abusó también de tu tía Maruza? ¿La ninguneó?

El padre de tu papá no está por ningún lado y nunca lo conociste. Hace pocos años tu madre te confesó -en su departamento y en un día de verano en Chile- y te lo dijo como abriendo la puerta de un gran closet, que ella pensaba que había sido gay, pero hasta ahí llegó su comentario, hasta ahí abrió esa compuerta porque después siguió hablando de otros temas, sin importancia, y que por eso mismo no recuerdas.

Crees que tu padre se esforzó para que nunca se tomaran retratos de ese tipo, pero no crees que le haya resultado. Viendo esa foto ahora, desde Michigan, crees ver a tu padre buscando, con esfuerzo, lograr tener y mantener una familia unida. Crees que para él, esa fue su gran misión. Rebuscando en ese pozo de cuarenta años atrás, ves y reconoces que él siempre estuvo ahí para ustedes, a su manera, pero presente, y dispuesto a tenderles una mano frente a una emergencia, un susto, una caída.

A la distancia y al releer estas cartas que se escribieron en ese tiempo percibes nítidamente la marcada diferencia que había entre tus padres. Ella se muestra copuchenta y entretenida cuando habla de sus conocidos, cuando cuenta de sus antepasados y sus costumbres sociales. Tu padre, por otro lado, se concentra menos en esos análisis sociales y habla más de su familia (que en su carta él marca nítidamente entre comillas, “la familia”):

Santiago 9 de mayo, 1978 

Querido Gonzalito: 

Mañana es tu cumpleaños, ese día hermoso en que naciste, y todos en tu casa te estaremos recordando. Esta noche te llamaremos por teléfono, porque si lo hacemos mañana 10 de mayo, tenemos temor que no estés. Ojalá celebres tu cumpleaños con una rica cena en algún lugar agradable y si es posible con buenas amistades.  

Gonzalito, muchas gracias por todos los esfuerzos que realizas que nos llena de orgullo y felicidad y que estoy absolutamente seguro de que llegarás a conseguir lo que te has propuesto. Tu cariño “por la familia” es la mejor recompensa que podemos esperar los padres de un hijo.

Mamá con alternativos días buenos y regulares, feliz cuando recibe carta tuya. La Moniquita (hermana) está bastante acostumbrada en Viña del Mar y cada día le gusta más su carrera. La dirección de ella es la siguiente: Av. Matta 53 Recreo, Viña del Mar, Chile. Si tienes tiempo escríbele algunas líneas que estoy seguro la ayudarán mucho. Cristián estudiando como siempre, muy disciplinado y le va bien. Álvaro (hermano) también estudiando con mucha responsabilidad. A ti, si no te va bien en tus estudios, trata de ayudarte con algún tutor o profesor o pasante; no te preocupes de ahorrar. Tampoco te preocupes si no tienes beca, porque gracias a Dios, puedes estudiar sin necesidad de ella. Lo importante es no perder el rumbo y continuar con esfuerzo, hasta conseguir el fin que te has propuesto. No estudies en forma exagerada tampoco, es mucho mas importante la salud física y síquica y que las cosas se vayan arreglando en forma programada.

Gonzalito muchas gracias por toda la felicidad que nos das. Recibe un cariñoso beso de mamá, Cristián, Mónica, Álvaro y mío.

Juan

Patricio Peralta, hoy separado de tu hermana Mónica, te comenta por email ese retrato de familia y una visita que hizo con tu padre al Cementerio General:

“…..probablemente la que está sentada es tu abuela María Morales Puelma, o quizás su tía Eduviges Fernández Valdivia. Corría marzo del 2002 y a insistencia de tu padre, Cristián, fui a ver el mausoleo familiar en el Cementerio General. Está en la puerta de Recoleta, cerca del acceso y mirando al Cerro Blanco, desde el ingreso hacia la derecha. Fue comprado por Adelaida Puelma el año 1945. Es una edificación de color mortero gris, cubierta a dos aguas y rejas de fierro pintadas de color verde. Te adjunto las notas que tomé mientras tu padre, recostado, me dictaba los nombres. También te adjunto la ficha del mausoleo, donde se ven los sepultados. Está tu bisabuela, un Agliati, que pensé era el niño de la foto, pero no cuadrarían las fechas. Hay dos tíos tuyos, Juan A. Morales Puelma e Isabel del Carmen Morales Puelma. ¿Los conociste?” ¿El de terno cruzado no será un Agliati?”

En una segunda visita al cementerio, y que hizo solo, sin tu padre, Patricio te menciona un descubrimiento clave, un N.N. que nadie conocía, pero que al menos tenía un apellido, “Schwerter Warner”. Según María Teresa, la cuidadora, y que sabía mucho de quienes “están” ahí, el N.N. era digno de ser investigado. Le abrió el mausoleo y bajaron juntos a la cripta:

“Según la cuidadora, el cadáver de N. N. Schwerter Warner es digno de ser investigado. Durante la visita y al hablar largamente con ella, me di cuenta que sabía mucho de quienes “están” ahí, y me abrió el mausoleo y bajé incluso a la cripta. Capaz que la hayas visitado y la conozcas, ¿estoy contándote una noticia antigua?

María Teresa se enorgullecía de conocer las historias de los muertos en “su calle”. En ese entonces se veía de unos 65 años, y ya marchita. Al hablar con esa mujer -vestida con una “pintora cuadrille” azul y blanco, y sobre esa prenda un delantal blanco- dijo que N. N. era un niño. N. N. Schwerter Warner, y que murió en el 46, un niño.

 Estos cuidadores tienen encargados los sepulcros por calles, y a ella le correspondía la tercera de Tilo. Viven de un mísero sueldo y cobran a los deudores y visitantes para mantener limpio el lugar. Me sacó la cuenta y pagué algún monto. Ella me dijo, después de preguntarme quien era yo, que soy Patricio, le dije, yerno de Juan Fierro, hermano de Maruza. Ah, María, me contestó, “la más nueva” de aquí, y me lo contó como sacando cuentas. Sí, Juan, hace tiempo que no viene, y agregó en seguida, averigüe, señor, averigüe sobre “el alemancito N. N”. que es un olvidado. Que averiguara bien quien era N. N. si estaba interesado en la familia, me dijo. Imagino que quiso decir que debía develarse su historia y al menos saberse quien era, sacarle el N. N. Ahora algo más de 16 años después lo podemos hablar, pero en su momento lo pensé y al dejar la reja del “General” como le dicen aquí al camposanto, preferí callarlo y ni tocar el tema con tu padre. Nadie hasta ese momento había revisado el documento que te mando, ja ficha del mausoleo donde están los nombres de todos los sepultados.

 Acabo de ver el día de esa visita –cuando la hice solo- fue un viernes. Yo estaba vestido de terno. Le avisé a tu padre…pero me dijo que fuera solo, que le contara después.”

No conocí nada de eso, desgraciadamente, y tampoco nada de lo que me cuenta Patricio. Crees que el hombre tieso, a la izquierda de la foto, de terno cruzado es un Agliati, el que molestaba a tu padre, pero como dices tú es difícil saberlo ahora, cuando ya todos están muertos, y mezclados con un N. N.  un Schwerter Warner que también nadie conoce.

Patricio nuevamente te contacta:

“…….estoy trabajando en un monumento, postulo al monumento en honor a Patricio Aylwin. Es un proyecto complejo y multidisciplinario. Curioso; de los que estamos en este concurso, el único que lo vio de cerca soy yo. Almorcé varias veces con él en Algarrobo, cuando se juntaba con tu padre. Estoy estudiando los pliegues de los ropajes de las estatuas en el cementerio. Aproveché de pasar a ver a la señora del mausoleo Morales Puelma, pero se murió. Se llamaba María Teresa. Ahora su hijo, Luis, está a cargo de todo, y solo los fines de semana. Me contó que una señora María Luisa es la única heredera que visita el mausoleo cada tres meses. Ella le da diez mil pesos cada vez que va y le deja el vuelto. Tiene su sepulcro reservado en la cripta, el de la izquierda superior. Es pariente de un Morales, según dice, Luis. Me dio su número de teléfono para que la llamara y sepa de ella. Es muy viejita, según dichos de Luis. Al preguntarme por qué venía al mausoleo, le dije que por Juan, hermano de María Josefa, la tía Marusa). Se ubicó inmediatamente.”

¿Quién fue N.N. Schwerter Warner? ¿Por qué ese secreto, por qué ese ocultamiento en los corredores de tu familia?  ¿Habrá sido un querido amigo de tu tía Marusa, pero que nadie le aceptó por extranjero, o por mala facha, o por gay? ¿Fue -a lo mejor- el padre de ese niño que sale en el retrato, un hijo no reconocido de un amor furtivo, ilícito entre tu querida tía -la que entraba en puntillas a tu casa- y un alemancito de apellido Schwerter Warner? El olfato te indica que pudo haber sido un hijo de tu tía Marusa, pero un hijo fuera del matrimonio y que todos escondieron. Al fallecer a temprana edad lo condenaron a morir como un N. N., pero al menos con los apellidos, o con apellidos falsos para despistar. Este drama explica con mucha claridad el posterior matrimonio de ella con un hombre “respetable”, tu tío Pepe, un Agliati, pero claramente un matrimonio sin amor, helado, misterioso, que a ti siempre te chocó porque parecía un contrato de trabajo, una firma para acomodarse a las convenciones sociales de otro tiempo. Eso explicaría el sigilo de ella, de tu tía Marusa, cuando llegaba a tu casa. El poco cariño de tu madre hacia ella, el tratamiento de guantes que le daba. Y más que nada explica el por qué tu tía perdería para siempre la sonrisa que mostró en ese retrato, su felicidad, su futuro.

A tu tía Isabel, que se ve en la foto, apenas la conociste, porque fueron también saludos rápidos, donde se miraban a los ojos, pero era poco lo que se decían, o era poco lo que se estaba permitido expresar. Tu hermano, Gonzalo, que ahora vive en Canadá, te menciona:

”…..yo acompañé al papá a verla unas tres o cuatro veces cuando era niño. Ella estaba enferma de algo, y él la pasaba a ver para chequear. Vivía en una casa de Ñuñoa. Yo veía que no había cariño entre ellos, y un día le pregunté al papá la razón de esa lejanía. Me contestó que cuando era niño chico él había tenido que irse a vivir con ella, y que siempre lo habían tratado de allegado, sin cariño, como una molestia. La tía Isabel nos ofrecía tomar once, y ofrecía jamón. El papá nunca lo probó o tocó nada. Yo tampoco, siguiendo lo que él hacía. Me contó que solo desde que se había recibido de médico el trato hacia él se mejoró; pero él nunca pudo olvidar las humillaciones que pasó. Cuando le mencioné que ella me parecía pobre, me respondió que tenía mucho, pero que no gastaba en nada. Nunca supe cuando se murió.”

Según la ficha de sepultaciones que te mandó Patricio, Isabel del Carmen Morales Puelma -tu tía Isabel- falleció el 20 de enero de 1992. Recuerdas que tú también fuiste con tu padre a verla varias veces a su casa, en el barrio de Ñuñoa, una casona de un piso, blanca y de jardín descuidado, con matas polvorientas. Pero nunca hubo una visita como para sentarse o te ofrecieran café o un chocolate caliente. Tampoco percibiste ese trato frío que describe tu hermano, Gonzalo. Crees que a lo mejor ella te miraba sorprendida porque creía ver a tu padre de niño, en su infancia cuando tú estabas al frente. Pero verdaderamente no la conociste. Para ti esos parientes estaban vedados, había mucho misterio, lejanía, guantes. A veces los notabas, como a tu tía Maruza; pero fueron contactos esporádicos y bien medidos, como visitas legales y donde tu tía Maruza, se sobaba las manos como para sentir otro cariño, ese cariño y afecto que tu crees le faltó. Al final, cuando ya le cerrabas la puerta de entrada a tu casa –las pocas veces en que los visitó- se iba también apresurada y calladita a tomar la micro de regreso a su departamento ubicado en Plaza Italia, escondido en Plaza Italia.

Notas que la única persona que está enterrada ahí y que no es de la familia, es María Teresa del Carmen Yordi de la Fuente, pero claramente, al final de la página, se puede leer el permiso y una explicación…. “desde luego se autoriza la sepultación de María Teresa del C. Yordi de la Fuente”. ¿Y dónde está la autorización para sepultar a N. N. Schwerter Warner? ¿Dónde se encuentra esa explicación que llora a gritos?

En ese entonces Patricio no le consultó a tu padre sobre N. N. Schwerter Warner. A lo mejor no lo hizo porque tu padre ya se había levantado desde donde le dictaba a Patricio, o a lo mejor porque lo notó más triste al recordar su vida, y por ahí se coló ese dicho de tu madre, esa historia de que a los muertos no hay que molestarlos, “……hay que dejarlos tranquilos, Cristiancito”. Patricio conversó con la cuidadora, pero no alcanzó a preguntarle nada más.

La cuidadora, María Teresa, fue un personaje pintoresco. Llegaba bien temprano por las mañanas y así lo hizo hasta pocos días antes de morir, cuando terminó juntándose con todos ellos, y donde finalmente llegaría a ser “la nueva de aquí”, “la nueva del lugar.” Finalmente entró a ese lugar donde también hay casitas pequeñas, calles reducidas y rejas de entrada, y donde la gente los visita y se prepara para cuando los sorprenda el turno, el turno de ser los “nuevos del lugar”.

Has llegado a una edad donde las explicaciones más descabelladas ya tienen sentido. Sacas la cuenta, juegas con los números. Según las fechas que te muestran las tumbas, tu tía Maruza nació el 6 de abril de 1915. Imaginemos que ella tuvo ese hijo prohibido, un borrón, a los 18 años. Eso te traslada al año 1933. Sabes que N. N. Schwerter Warner murió en el 47, y cuando todavía era un niño. ¿Qué edad tendría N. N? Aproximadamente 14 años (1947-1933 = 14). Es decir un niño; la sugerencia de la cuidadora calza bien, llora, y adquiere nombre y apellido.

Al reconocer todo esto, notas que la amargura de tu tía Marusa alcanza un sentido nuevo, y la entiendes, como que todo se te aclara con un N. N. atribuido a ella, “el alemancito” N. N. Schwerter Warner abandonado ahí, probablemente un primo tuyo. Ahora entiendes por qué nunca hubo una Navidad juntos, nunca un paseo juntos….. y nunca una visita a la rápida y sin juicios certeros, lapidarios. Tu tío Pepe Agliati (marido de tu tía Marusa), por ejemplo, jamás entró a tu casa. Y tu abuelita María, la mamá de tu padre, tampoco, nunca los visitó, jamás entró a tu casa. Tu eras un niño y simplemente acompañabas a tu padre, y la pasaban a ver a su departamento ubicado cerca de Plaza Italia, eso fue todo. Tampoco nunca recuerdas a tu madre tocando el botón de entrada en ese departamento. Recuerdas que al entrar, el brillo del parqué y el silencio de sus cuartos contrastaba con el bullicio y el polvo de la calle, de Avenida Vicuña Mackenna al llegar a Plaza Italia. Ella siempre estaba en cama y le contestaba a tu padre las consultas relacionadas con las medicinas que tomaba, o las horas en que se las tomaba. Su cama era alta, enorme para un niño chico como tú. Estaba construido de una madera oscura y que brillaba (ahí muchos objetos brillaban). Tenía una cómoda robusta y lustrosa, y cubierta con más medicinas y adornos chispeantes. Tu hermano Alberto te cuenta que ahí guardaban unas castañuelas que ella, en sus buenos días, supo usar como una experta. A ti te encantaba una ardillita de piel café, que después de muchos años y algunas visitas, te la puso entre tus manos para regalártela. A veces también estaba tu tía Marusa, que como escribías antes, cuando te veía te hablaba de Dios, del niño Jesús y te saludaba haciéndote la señal de la cruz sobre tus labios y la frente. ¿Habrás tenido un parecido físico con N. N. Schwerter Warner? ¿Se lo recordabas? En contadas ocasiones estaba presente tu tío Pepe, su marido, porque los dos vivían ahí, ahí se movían, ahí “se topaban”, pero no eran realmente un matrimonio. Él fue un tipo misterioso que nunca te habló, que jamás te dirigió una palabra, y que te miró siempre desde las alturas. Fumaba mucho. En una de esas ocasiones, al regresar a casa después de una visita, cuando ya iban en el auto, tu padre te comentó con algo de sorpresa que tu tío Pepe había estado simpático. Pero te lo dijo con alivio, acaso imaginando que felizmente no había sucedido nada malo, ningún incidente, ningún drama o griterío en ese departamento silencioso, limpio y de parqué brilloso y crujiente. Crees que le dijiste algo, pero no recuerdas bien, había misterio, silencios, había poca felicidad escondida entre los muros de ese departamento, sobre ese parqué lustroso que engañaba, y tú la mayoría de las veces te quedabas mirando a través de las ventanas del auto sin saber cómo explicar todo eso que veías. Pero pareciera que todo eso ahora encaja mejor, te lo explicas de otra manera, y como que finalmente ensambla la tristeza de esa tía.

Con tus padres siempre te sentiste como navegando entre dos aguas, pero le creías más a tu padre, sobre todo cuando estaba solo y sin la influencia de tu madre a su costado.

A lo mejor si vas a Chile, al Cementerio General, y te recuestas donde se recostó tu padre en ese entonces, cuando lo visitó junto con Pato, cuando ya su propia muerte le hacía cosquillitas y lo saludaba, y si usas nuevamente el celular para calcular el número 14 como lo acabas de hacer hace pocos minutos aquí en Michigan, a lo mejor te sorprendería otro número….. pero no lo crees posible, no logras ver otra explicación viable.

¿De qué murió el “alemancito” N. N. Schwerter Warner? Nunca lo sabremos, pero esa tragedia, la de un niño desconocido, forzado en un rincón de la memoria y transformado en un borrón sin nombre, solitario y con apellidos extranjeros, sin fecha de nacimiento para ocultar que todavía era un niño al fallecer, explicaría la tremenda tristeza de tu tía. Explicaría también sus llegadas apuradas a tu casa, como pidiendo permiso para entrar de improviso, iba pasando y se me ocurrió venir a verlos, te decía. Sientes que si te hubiese ocurrido a ti algo parecido, parecido a lo que le ocurrió a tu tía, habrías hecho lo mismo, te habrías comportado igual que ella, habría tratado de ir porfiadamente a la casa de Avenida Suecia 1521 aunque no te convidaran, habrías presionado con el dedo índice el timbre de bronce adosado al muro, a la entrada de la casa, aunque nadie te hubiese invitado, y te habrías sobado las manos como lo hacía ella, y abrías entrado como lo hacía ella, aunque no te recibieran bien, aunque no te miraran bien, pero a lo mejor lo habrías hecho con la tremenda esperanza de que alguien -parecido a Juan, ¿parecido a N. N?- te abriera el portón de entrada, y te recibiera en esa casa, te invitaran a pasar. Y a lo mejor a tu padre, adentró del auto y cuando iban de regreso a casa, le habrías contestado que no, que el tío Pepe no te habló -nunca me habló, papá- y que algo no encajaba bien. ¿Qué le pasó? ¿Qué le ocurrió? ¿Cuéntame sobre N. N? Pero a esa edad nadie se imagina algo parecido, nadie se lo sospechaba……… y por otro lado, “el alemancito” N. N. Schwerter Warner todavía no se había aparecido para mezclase en vuestras vidas.

  1. La hija natural de Amelia Correa, su tía soltera

 Tu madre junto a sus hermanas Oriana y Mónica, también sintieron una necesidad imperiosa de tocar y mirar hacia el pasado de ellas. Crees que algo así también te va a ocurrir a ti, una urgencia por recorrer antiguos derroteros, paisajes, playas y roqueríos que te mercaron tanto, como los de Algarrobo, El Quisco o Punta de Tralca. Lo curioso es que, en ese viaje hacia el pasado, el de tu madre junto a sus hermanas, descubrieron también secretos de familia que no se sospechaban. En su carta tu madre te habla de esa visita a la tierra de sus antepasados, en la región del Maule, un fundo que terminó transformado en un poblado que se llama ahora, Sagrada Familia, como el fundo original, vecino a la ciudad de Talca en la comuna de Curicó. Siente la ausencia de su padre, como una visita a destiempo:

Stgo 15 de Julio de 1986

Cristiancito amor

“….no puedo encontrar tu carta en que preguntas detalles sobre el viaje al sur, debe estar en Indisa. Fue bueno ir al sur con Mónica (hermana) y Oriana (hermana mayor). Viajar con Mónica fue encantador, todo le parece una agradable aventura, pero mi otra hermana es agotadora. Critica como manejo, el plato que ella pide en el restorán siempre es el más malo…solo ve el lado maldito de la vida…pero algunas veces estuvo francamente feliz, y eso para mi valió el viaje. Quien faltó fue mi papá. Ir a ver lugares que él conoció, es como imaginarse un vestido sin dibujo…”

“…el pueblo Sagrada Familia es limpio y modesto, calles rectas con una plaza al centro con árboles y palmeras y la Iglesia. Detrás de la Iglesia corre un canal y más atrás el cementerio…”

En ese viaje también ven retratos antiguos y escarban en los archivos de la Iglesia donde se enteran de la hija natural de una tía soltera, Amelia Correa, algo que ellas no habían sospechado nunca. Horror para tu tía Oriana, que jamás imaginó un tropiezo así de su querida tía Amelia:

 “…en una foto antigua estaba mi papá, un hermano y mi abuela en un patio con pilares y plantas. Ese debe ser ahora el patio de la Iglesia. Lo reconozco porque es hundido como en la foto. Me explico. La puerta de la Iglesia estaba cerrada, subimos unos peldaños altos para ver al cura en su oficina. Como no estaba nos dedicamos a ver los libros de nacimientos y muertes y bautizos. Los anteriores a 1908 están centralizados en Talca o Curicó, no recuerdo bien. Mirando leí el bautizo de una hija natural (en 1909 o 10) de Amelia Correa (mi papá tuvo una hermana de ese nombre), así es que la Oriana se enojó mucho, le pareció una calumnia pensar que la tía Amelia, tan buena, hubiera tenido un hijo…”

Recorren, y redescubren ese territorio antiguo que fue de la familia, pero para ellas demasiado nuevo, hasta que llega el sacerdote:

“….en eso llegó el cura, un buen hombre, joven, como para cantarle “Cura de mi Pueblo….” Nos mostró la Iglesia, muy orgulloso de estar cambiando las viejas maderas del entablado de la galería abierta que rodea al jardín, todo muy viejo. Creo que la Iglesia es posterior a cuando mi abuelo vendió el fundo en 1911. No pudimos ver las piezas que rodean el jardín, creo debe haber sido la casa del fundo, porque mi papá contaba que por detrás de la casa corría un canal donde los metían al agua cuando los bandidos asaltaban el fundo (para que los ladrones no los vieran. También enterraban la platería). Vi después el canal de aguas tranquilas con sauces como para bañarse en el verano. Creo que esa era la casa del fundo y la plaza, su parque. Al otro lado de la Iglesia está el camino al cementerio…..

Se reúnen con una antepasada, María Gamboa, que todavía parecía atesorar la vida de esos años:

“…la María Gamboa, prima del papá cuyo marido, un señor Baquedano (se suicidó) quiso matarla a ella y sus dos niñitas (son más o menos de mi edad. Las conocía cuando chicas, ahora casadas con nietos. Esta María Gamboa me contó que su tío, mi abuelo, era estupendo y vivía muy bien, pero no trabajaba nunca, era alérgico a las responsabilidades, y vendió el fundo cuando se cansó. No recordaba en cual Iglesia lo enterraron….”

Esa opinión concuerda con la expresada por tu padre en una carta anterior. Recuerda también otra casa de su infancia, una ubicada en Quilpué:

“…el tiempo pasa y lo borra todo. Me acordé del sitio en que estuvo la casa de mi abuelo Ramírez. arrendada para el liceo de Quilpué. Se quemó como pronosticaba mi madre que pasaría, para transformarla en calle. Todos los jardines rodeados de ladrillos habían desaparecido, solo quedaba a un costado la gran palmera y por ahí dos ciruelos, uno que daba ciruelas blancas y el otro rojas. De los parrones no quedaba nada, eran veredas peladas. De la gran casa, nada, nada, ni siquiera los desniveles del terreno que era lo que más me gustaba, con caminos y arcos de palitos blancos con rosas trepadoras. Algo de Alemania tenía Quilpué, una imitación de los jardines berlineses….”

Lo interesante es que estos antiguos familiares le “conocían la historia” a tu madre, y mientras la atendían y conversaban y le ofrecían cafecito, probaban galletitas, parecían releerle también unas notas que habían acumulado a lo largo de los años, como su afiliación política, por ejemplo:

 “…..volviendo al viaje al sur. La Iglesia (hoy completamente destruida después del terremoto del 2010) donde tendría que estar la virgen con el pelo de mi abuela, estaba destruida, portones cerrados, sin techo, y por lo ventanales se divisaban las pinturas claras de las paredes. Con esa prima del papá (María Gamboa), muy viejita, fuimos al fundo de los Gamboa. Uno de estos primos es alcalde, otro administra el fundo de ellos, porque el primo de mi papá, su padre, está semiparalizado. No estuvo muy simpático de que su tía viviera en Talca y no en Santiago con sus hijas….también que son ultra derechistas y ellos saben más de nosotros que nosotros mismos. Parece que como yo salí en los diarios cuando fui al sur con Olaya, durante la campaña de Tomic, resulto medio culpable del allendismo. Había otra señora muy dije, su madre, y otra hija separada con varios hijos que iba a dejar y a buscar al colegio en Talca (camino infernal de piedras y calaminas, más de 50 minutos así). También ellos se encargaron toda la vida de un hermano sordomudo de mi papá, Máximo, y lo querían mucho. Además, parece que mi papá debió haber sido más modesto –viviendo de su jubilación- y sin embargo hablando siempre de sus hijos, yernos y nietos, tan estudiosos. Y allá sólo cuentan las hectáreas de tierra y ser derechista….”

Recorren el cementerio y tratan de redescubrir ese paisaje que ya se había terminado. A lo mejor esa fue otra manera de escribir:

“….el cementerio era parecido al del Totoral, con un solo Mausoleo, y con solo un hoyo en el centro. El cuidador dijo que un tal Filo o Fito, o algo así, vendía las lápidas y los cajones finos y nos mostró un hueserío en el hoyo del mausoleo tapado con tablones. Era todo tan triste que no me acerqué a husmear. No sé los nombres de los árboles, pero todo el lugar era fresco y sereno….”

Y regresa hacia el presente con algo de remordimiento:

“…lo que más sentí fue ir al sur con veinte años de atraso. Oriana me contó que una vez el papá tomó el tren al sur, y cuando llegó, llovía en la estación y tomó el tren de vuelta…”

Crees que a todos les sucede o les sucederá algo parecido. Siempre se llega a un punto donde se trata de penetrar nuevamente en el pasado……para terminar tomando, rápidamente, “el tren de vuelta”. Los recuerdos a veces son así, porque son demasiado subjetivos, y morfan, cambian de dirección, de apellidos, se visten de colores diferentes y destruyen esa imagen que se guardaba como algo tan preciado. Finalmente se despide con sus consejos sobre la escritura:

“…ayer estuve buscando libros sobre árboles. Sé que Enrique Lafourcade los usa para nombrarlos apropiadamente. No encontré, pero hoy iré a otra librería, si está te lo enviaré…”.

  1. Mientras todavía tararea a Leo Dan

Todavía recuerdas tu entusiasmo, porque llegaste tarde a eso, te costó esfuerzo descubrirlo, pero una vez que te llegó, se quedó contigo y se ha demorado en emprender su vuelo, o en abandonarte. Notas que con los años el entusiasmo se opaca y pierde altura, te cuesta un esfuerzo adicional interesarte en algo que descubres, por ejemplo, en algo que deseas aprender, pero felizmente el entusiasmo no se ha muerto, no completamente.

Tu último entusiasmo en esta “fase de los entusiasmos” ha sido la memoria. Encuentras que es justamente ahí, lo que has vivido a través de estos años, lo que has conocido, lo que has sufrido y gozado a través de todos estos años, donde está lo que nos hace verdaderamente únicos y diferentes….. pero se hace necesario recordarlo, es importante.

Son curiosas las escenas, las conversaciones, los hechos que se te han fijado para siempre en la memoria; no conoces cómo funciona ese mecanismo por el cual los seleccionas y los guardas. El departamento de tu tía Marusa, por ejemplo, quedaba bien cerca de la antigua Facultad de Química y Farmacia donde tu estudiabas en ese entonces, por eso tu padre concertó una visita, por qué no los pasabas a ver, por qué no ibas a almorzar con ella, te sugirió. Y así lo hiciste, te presentaste en el departamento de tu tía Marusa para comer algo y saludarla. En ese tiempo estudiabas química y te resultaba fácil ir a verlos. Terminaste una clase en uno de esos auditorios de madera bien usada, antiguos, y pasaste a verla. Lo curioso es que el único que almorzó en ese momento fuiste tú, porque el único que se sentó en una mesita para probar un pan con tomate y jamones fuiste tú. Tu tía estuvo ahí, se movía y conversaba, pero nunca se sentó a la mesa. Ella y Teresa, la empleada de muchos años, te atendieron como si rindieran un examen de grado. Te ofrecían unos tomates rojos y jugosos, eso lo recuerdas bien porque no paraban de rebanar tomates, de producir torrejas de tomate bien jugosas para que no te fuera a faltar nada. Se dijeron poco a través de las palabras, pero se dijeron mucho en vuestros gestos, donde lo importante fue encontrar un hueco donde poder reposar las manos, o donde las pudieran dejar quietas o escondidas. Tu tío Pepe no se presentó, pero su figura la sintieron sobrevolar sobre el departamento como una sombra grande. Además de tu tía, estaba Teresa, la empleada de “puertas adentro” que tuvieron siempre. Ella lucía un delantal de cuadritos azules, un poco sucio, y donde se sobaba las manos y se las secaba. Fumaba mucho y tenía los dientes cafés y picados de tanto humo. Cuando tú la saludabas, siempre te fijabas en sus dientes y su olor a cigarrillos. Sobre su rostro lucía impunemente una barba gruesa y unos pelos negros, largos, o blancos, como canas, y que nunca se afeitó. Pero cuando ella te veía dejaba de fumar para abrazarte como si hubieses sido un hijo suyo. Genuinamente crees que te apreciaba, y la recuerdas con cariño. La última vez que la viste, iba saliendo del Hospital del Salvador con un cigarrillo colgando de su boca. A lo mejor en una de sus visitas rutinarias poco antes de morir.

Con los años has notado que los mayores de ese tiempo estaban bien perdidos, algo así como si el trabajo de ellos hubiese consistido en mostrarse invulnerables, aunque fueran vulnerables, dar la impresión de que lo sabían todo, aunque eso no era cierto, porque pese a sus años sabían poco y conocían incluso menos.

Es interesante llegar a una edad donde al mirar hacia atrás el camino se ve más largo que al mirar hacia adelante.  Y al hacerlo lo puedes hacer con los ojos de un padre, es decir después de transcurridos varios años como padre, padre de dos hijas. Y después lo ves a él –como tu padre- y su misterio crece, a lo mejor porque fueron “fabricados” en generaciones diferentes y con problemas distintos. Su historia no fue nunca la tuya, y tampoco se la conociste bien. Sabes que lo trató de hacer lo mejor que pudo, como lo has tratado de hacer tú, y también sabes que enfrentó incógnitas tremendas, abandonos que no le conociste. Lo ves caminar, lo imaginas caminando, pero lo notas siempre solo.

En un mensaje de hace pocos días, tu tío Lalo, te escribió:

“….estás recreando una vejez interior hermosa acorde a tu “mate”, y eso es bueno. Yo me demoré demasiado en lo mismo. Cuando conversamos con los viejos (que tú conoces) coincidimos con lo tuyo. Por lo tanto, es fácil deducir que llegando a los 60 afloran los análisis y los recuerdos maravillosos. No se te ocurra perder la memoria; es morir y caminar como un zombi. Tengo grandes amigos que están en esa situación horrible. La torta de la juventud ya la comimos, y ahora sin retorno, no queda otra que comernos la de la vejez, que tiene sus ventajas mientras no haya dolor y soledad. Un abrazo. Lalo”

Es interesante eso que muchas veces nos ocurre, esas vivencias o sufrimientos o soledades que percibimos como tan privados, son realidades bien universales. Otro amigo te comenta:

”….veo la nota que escribiste respecto de tu familia que también es un poco mí familia. Son cosas que nos pasan a todos y las contamos poco. Así creemos que somos los únicos sufrientes en este drama humano. Me cuenta un amigo que perdió a su padre hace como un mes, que varias veces lo ha visto caminar por el centro, por las calles por donde iba a almorzar o a tomarse un café. Ha corrido a hablarle, ha corrido a saludarle y se ha dado cuenta en un flash amargo, que su padre ya murió hace pocos días.….curioso lo del departamento de Vicuña Mackenna en sus primeras cuadras, donde se ubican hasta hoy las dos edificaciones en las que transcurre tu relato. La Facultad de Química y el departamento de tía Marusa. Esas áreas han sido defendidas férreamente por el plano regulador de Providencia; tanto Vicuña Mackenna como el Parque Bustamante, que se ubica al oriente de este. El área está tal cual, y debes recordarla, nada se ha demolido ya que solo se puede reconstruir lo mismo, no hay riesgo de que eso se caiga. Han desaparecido tus tíos y nana, no así su entorno, menos tu recuerdo. Quizás otra pareja de viejos y su antigua nana viven en un departamento de parqué rojo-oscuro brillante, de cortinas pesadas y esa luz que solo dan las primeras construcciones de hormigón armado, de ventanas pequeñas y rasgos de muros anchos. Ahí cerca de una callejuela transversal, Almirante Simpson, hay un antiguo restarán/prostíbulo llamado “Casa de Cena” donde van viejos contadores e hípicos quebrados, algunos de la construcción. Cuentan que es otro mundo, su mundo, donde hay otro tiempo y otras costumbres; es como ir al caminito de Buenos Aires, locales con luz de tango. Voy con eso de que la memoria nos ayuda a mantener el rumbo de la vida, y que uno completa muchas veces lo que falta. Cuando los padres no están, uno vive una vida proyectada, haciéndolos vivir a ellos, acompañándonos, como viendo fotos antiguas de cuando éramos pequeños; ¿cuánto de recuerdo hay ahí, y cuánto es pura construcción de nuestra realidad? De seguro mi hija, hijos deben cruzarse con varias Maruzas y Pepes y nanas Teresas luciendo delantales mojados y lunares carnudos y peludos. Muchos de ellos buscarán aún a alguien conocido o parientes entre sus recuerdos que seguramente también han ido perdiendo poco a poco.

Un abrazo, ¡sigamos buscando!”

Otro amigo pronto te comenta:

“…..leí tu relato y me quedó resonando, con eco, lo mismo que el relato anterior, el de una semana atrás. Pero no te preocupes, el que me provoquen eco es bueno, es positivo, no es como cuando escuché en una oportunidad poco feliz, “el cuarto está mal amoblado, vámonos de aquí, se siente eco,” me decían, y lo decían como un dictamen condenatorio, fulminante; así que nos fuimos, nos escabullimos raudamente como si el eco nos hiciera mal, nos enfermera.

Los ecos respecto a los recuerdos, que de por sí son imperfectos, de poca fidelidad, pueden no coincidir perfectamente con los hechos o las percepciones atesoradas, pero construyen nuestra vida. Siempre he tenido buena memoria, lo he sabido continuamente y lo he podido confirmar en mi vida diaria; de hecho, hasta los 30 o más años padecí de una híper-memoria, una desagradable manía o capacidad de guardar todos los detalles de algo que me había sucedido. Y más que evocar, después me transportaban de cuerpo presente al instante vivido previamente, y dado que cuando chico era tímido, callado, me empujaban de regreso a esas “planchas” o momentos difíciles, pero también hacia la alegría. Eran fuentes que me ayudaban a revivir las emociones. Esa conciencia tan vivaz de los momentos pasados debí trabajarla incluso con algo de terapia, ya que episodios de culpa mínima hacían recriminarme varias veces el mismo hecho hasta el atontamiento. Logré sobrepasar esos temas, pero los hechos se han quedado siempre ahí, siguen vivos, y los busco y saco a voluntad cuando deseo.

Trataré de contarte algunos episodios que ilustran como los recuerdos soportan nuestras vidas como andamios o hilos firmes que nos posicionan en lo que somos.

Mi madre tiene 89 años y ha estado enferma en estos días. Siempre ha sido hipocondríaca. Creo que hace unos 30 años que no sale de su casa por más de cuatro horas. Ayer sábado, mi hermana y mi padre la llevaron a la Clínica después de averiguar si podían hacerle imágenes con equipos de campaña, es decir con rayos-X’s portátiles, ecógrafos, etc. Se enteraron de que no es posible, y de serlo sería caro y bien poco común. Pero al menos aprovecharon de pasearla por Viña del Mar. Me enviaron unas fotos donde se ve feliz, casi como descubriendo por primera vez esa ciudad y sus calles que fueron sus dominios durante tantos años, cuando manejaba su auto junto a ese carácter fuerte y complejo heredado de sus abuelos, esos de rancia aristocracia y donde se “roteaba” sin miramientos a quien no fuera “como uno”. En un momento, la discusión más enredada se centró en como bajarla del auto y subirla a una silla de ruedas. Me cuentan que los dejó a todos mudos cuando zanjó la discusión con un…. “no, por favor, no; que todo Viña creerá que soy una vieja. Pásenme un sombrero grande y con anteojos”. ¿Qué percepción tendrá de ella misma? ¿La de cuarenta años atrás? He conversado largamente sobre estos temas con ella, sobre el paso de los años y donde le gustaría vivir en el futuro. Me ha dicho que le gusta estar donde están sus cosas, sus revistas, sus recuerdos; al final ese es su mundo, el suyo propio. Y siempre me agrega como para convencerme, ¡en otros lugares no sabría donde está el baño, mijito! ¿Cómo lo hago si necesito un baño? Dime, dime: ¿cómo lo hago? El baño, ¿me entiendes, mijito? ¡Tanto te cuesta entender a tu propia madre, la que te parió!

¿Qué puedo explicarle a mi madre? ¿Imaginará que muchos lugares ya no tienen baño, o que los baños ahora los esconden, los mueven, son portátiles, los cambian de lugar? Realmente no lo sé.

Mientras conversábamos sobre los baños traté de ordenar una rima de revistas polvorientas que a todas luces nadie había leído en décadas. Pero de improviso y de una esquina del dormitorio, como si me llegaran ecos de un país lejano, me ordenó afligida que dejara sus cosas ahí, no revises nada, no muevas nada, no cambies nada. Me levanté titubeado, -sin moverle nada, por supuesto- pero recordando, repasando todos esos años que vivimos juntos, cuando de sorpresa vi sobre su velador las cartas que le escribí cuando nos fuimos becados a Rumania, por ahí en el año 86-87. Las tenía delicadamente abiertas como recién llegadas por correo, con esos sobres y papeles crujientes y translucidos de bordes tricolores. Las había releído y vuelto a releer y vuelta a sorprenderse con las noticias de mi juventud como si las cartas le hubiesen llegado una semana atrás. Tampoco se las cambié de lugar, no se las toqué, pero noté con pena que esa realidad, la de mi madre, y esa percepción tan vívida de su entorno cercano y su cobijo, la hacen sentirse segura; ese es su espacio, eso es lo conocido, ese es su hábitat. Noté que sus recuerdos le permiten afirmarse en ellos como muletas, como “burritos”, para seguir, para continuar hacia adelante con su vida.

Mientras te escribo este correo me avisan que murió su perro, el Chopo, esta mañana a las 3:30 AM. Lo enterraron a las 7:30 en el jardín; creo que será un golpe fuerte para ella; fueron 16 años de un fiel compañero que la escuchaba y no la contradecía, no la contrariaba. Mi padre me confiesa que ese estado de máxima dependencia en que se encuentra ahora, lo obliga a estar anclado en la casa y sin poder moverse.

Salgo de su cuarto mientras la escucho todavía lejana, todavía distante; y que no le toquen sus cartas, me recuerda, deja mis cosas ahí, me pide, no revises nada, no muevas nada, no cambies nada…..

Me quedé levitando afuera de su cuarto y esperando algo (¿a alguien?), sin moverme; esta vez era yo el que no movía nada. Toda la casa y los pasillos estaban en silencio y creo que llegué a palpar el aroma de las alcayotas. ¿Qué edad tendría en ese entonces? ¿Qué edad habré tenido? Corría el año 66 o 67 cuando llegamos a este sitio que nos parecía tan lejano, húmedo y desconocido, con olor a pinos y a ese barro hediondo que rodea a las alcayotas. Llegamos en un auto de color granate y con olor a tapiz nuevo. Y con mis 10 años me preguntaba si mi padre sabía lo que estaba haciendo. Y ahora, frente al implacable paso de los años, puedo decir que sí, me he dado cuenta que invariablemente supo lo que estaba haciendo; y nos hizo partícipe de sus sueños y también de sus locuras, esas que se han quedado conmigo para siempre. Son recuerdos que como el burrito de mi madre, todavía me acompañan y ayudan a moverme en esta vida….”

O a lo mejor serás tú el que terminará paseando por esas calles cercanas a Plaza Italia, Cristián, o por otras calles de un país lejano y de otro clima, buscando y regresando a tus orígenes a medida que se quema el tiempo, a medida que se te acorta el tiempo, transportándote hacia esos tomates jugosos que un día te ofrecieron en el departamento de tu tía Maruza, empujándote hacia otro abrazo con Teresa, la nana bigotuda que te apreciaba tanto, la empleada bigotuda que fumaba tanto, y a lo mejor en veinticinco años más –con suerte, con bastante suerte-, ya completamente trasnochado y rodeado solo de recuerdos, y leyendo notitas que te manda alguien por email, ya rodeado de fotos viejas, desteñidas, rodeado de fotos torcidas donde ves a alguien que se parece a tu padre cuando chico, o a uno de tus hermanos cuando eran pequeños, fotos robadas a tirones de algún álbum, ahí te acercarás a darle un abrazo a un joven de  veinte años, aquí en Michigan, en Ann Arbor, que encuentras parecido a alguien “de tu tiempo”, a alguien que viste en esas fotos, para hablarle de Teresa o de tu tía, o de N.N. y para darle un abrazo sin notar que eso no se hace, que eso no es necesario porque el mundo se ha movido hacia otros horizontes, hacia las nuevas generaciones que lo intentan hacer mejor que tú -esperas- o igual que tú –esperas que no- . Pero entonces el joven de chaleco de lana blanca, patagónica, se asustará al chocar con tu lunar carnoso y peludo que ya no puedes disimular sobre tu rostro, que ya no te puedes afeitar, y dejará su celular a un lado para preguntarte nerviosamente, para preguntarte bien asustado, qué deseas, qué buscas, qué te pasa. A lo mejor ahí te darás cuenta de que ha llegado al tiempo de la despedida, y que hay que darle el turno a otro.

¿Y cómo terminar ahora esta página en un día de agosto, en una noche de agosto, en el 2018 o 20? ¿Cómo hacerlo ahora en Míchigan, cuando tu tía Maruza y Teresa y tu padre y N. N. y tantos otros ya se han evaporado? ¿Te gustaría hacerlo imaginando a Teresa, la barbuda, la de pelos negros y largos brotándole del rostro, o blancos y canosos arrancándole del rostro, elevando volantines o jugando con el avión de armar del tío Pepe? ¿Y a tu tío Pepe cortándote torrejitas de tomate y riéndose, finalmente riéndose y ofreciéndotelas en el almuerzo? Y a tu padre en el auto, de regreso a casa, contándote del día en que se sintió muy solo, eso que los adultos nunca te confesaron o te dejaron ver porque estaba casi prohibido hacerlo, o porque tú, a lo mejor, les pedías que supieran de todo, o que entendieran de todo y te hablaran de lo bueno y lo bonito….”el amor es búsqueda, Cristiancito, es búsqueda”. Y tú entonces, dejas de mirar a través las ventanas del auto, dejas de mirar hacia afuera, hacia los edificios altos que parecen moverse a gran velocidad, o dejas de mirar hacia los eucaliptos fragantes cerca del balneario de Algarrobo, cerca de “la casa pela”, para mirarlo a él y para mirarla a ella mientras todavía tararea a Leo Dan.

  1. Los recién llegados Fierro Cabello

Mientras escribes este texto te llegan noticias frescas sobre el pasado de tu familia. En un principio pensabas reescribirlo todo, cambiarlo todo, pero has decidido agregar estos descubrimientos y fechas ahora, de inmediato, para mostrar cómo morfan los textos, cómo exploran, cómo crecen los tentáculos de la intuición para encontrar los restos de esas verdades que a pesar de los años todavía no mueren, todavía sobreviven en el fondo de un océano.

Todo comenzó cuando tu hermano Gonzalo mandó su muestra a My Heritage para que le hicieran un análisis genético. Y desde entonces, por email, lo contactan periódicamente cuando se produce un “smart match” con alguno de sus clientes que mantienen en su base de datos. Así fue como le mencionaron a Prisila Rodríguez Monsalve, de Santiago de Chile. Conversando con ella por email, descubrieron que la bisabuela de Prisila, Encarnación Fierro Cabello, había sido hermana de tu abuelo, Luis Fierro Cabello, el padre de tu papá. Gracias a Prisila se han enterado de esa rama de la familia que había permanecido escondida, tapada, en secreto. Se enteraron de que todo empezó con Miguel Fierro Méndez, el primero en llegar a Chile, y padre de tu abuelo Luis Fierro Cabello. Miguel era de profesión alarife, un término proveniente del árabe hispánico, hoy en desuso, pero que en esos años se utilizaba para indicar lo que hoy se conoce como albañil. Aparentemente era de Ronda, España, porque en el Certificado de Nacimiento del Ayuntamiento de la Ciudad de Ronda, de una de sus hijas, María Dolores Fierro Cabello, hermana de tu abuelo, se especifica que ella nació en esa ciudad un 5 de octubre de 1877, antes de que partieran como inmigrantes a Chile. Desgraciadamente la travesía buscando una mejor vida no les resultaría fácil, porque Miguel Fierro Méndez fallecería a los 42 años, de pulmonía, un 7 de abril de 1898 en Molina, Chile. Nadie conoce la fecha de su llegada a Chile, pero se sabe que falleció a los 42 años en 1898 en Chile, y que cuando nació su hija María Dolores en 1877, tenía aproximadamente 21 años. Probablemente se fueron a Chile poco tiempo después. Lo triste es que el frío de los inviernos de Molina los sorprendió mal preparados. Tres años antes de su muerte (el 13 de junio 1894) había nacido su penúltimo hijo, Luis Fierro Cabello, tu abuelo, ese desconocido misterioso, padre de tu papá, pero de quien nunca conociste nada. A Luis Fierro Cabello tampoco le resultaría fácil esa nueva vida al quedar huérfano a tan temprana edad. Todo indica que les fue difícil sobrevivir, porque el último de los Fierro Cabello fue Miguel, que nació el 6 de mayo de 1897 para fallecer de pulmonía un año después, el 22 de abril de 1898, es decir pocos días después de su padre, Miguel Fierro Méndez. Decididamente no les resultó fácil acomodarse a esas nuevas tierras, fueron unos extranjeros en un país donde se miraba con resquemores y prejuicios a los recién llegados. A lo mejor algo parecido sucede ahora con los haitianos.

Por documentos y nuevos certificados te enteras de que el 22 de Marzo de 1914, a los 19 años, tu abuelo Luis Fierro Cabello se casa con María del Rosario Morales Puelma, de tan solo 16 años de edad. Cuesta creerlo, pero aparentemente casarse a esa temprana edad era posible, se podía hacer, o era aceptado. El 6 de abril de 1915, es decir de inmediato, tuvieron a tu tía Marusa, la que llegaba pidiendo disculpas cuando entraba a tu casa, Cristián (María Josefa Adelaida Fierro Morales) y luego a tu padre el 1 de agosto de 1917. En el certificado de nacimiento de tu padre (1 de agosto de 1917) se menciona que tu abuelo Luis Fierro tenía como oficio constructor, es decir igual que su padre, Miguel Fierro Méndez. Según el certificado de nacimiento son testigos Adelaida y Herminia Puelma, que no saben firmar. Se menciona también que tu abuelita María Morales no tenía profesión. En el certificado de sepultación de tu abuela, firmado por tía Isabel (Isabel Morales Puelma), se dice que falleció de bronco pulmonía y cáncer intestinal. En el certificado se lee: “autorizo la sepultación de mi hermana María Morales Puelma v de F. en el mausoleo que poseo en el patio 7, calle Central del Cementerio General. Firmado: Isabel Morales P. carné No 5922 de Ñuñoa, 28 de septiembre 1967.” Interesante comprobar como todavía figura el padre de tu papá, Luis Fierro, pero ya en forma borrosa, distante, indicado solamente por ese “v de F”, o “viuda de Fierro”. Seguro que en esa época era mejor aparecer como viuda hasta la muerte que separada, o divorciada.

Gracias a Prisila Rodríguez Monsalve te has enterado de un secreto que explicaría un poco esos misterios que no te pudo, o que no te quiso develar tu padre. Según la madre de Prisila, que conoció a tu abuelo cuando ella tendría unos 9 años, él era de muy buena facha y de ojos azules, pero jamás supo que se hubiese casado. Es decir, todo indica que se casó, están los documentos y los hijos, pero duraron juntos por un tiempo breve. Según ella, lo recuerda como un incapacitado y en silla de ruedas porque jugando fútbol, se hirió una pierna que después se le gangrenó. La infección se le expandió hacia la otra pierna, y para salvarlo le tuvieron que cortar las dos extremidades. Según la madre de Prisila, está el registro de esa tragedia en una foto, porque en una elección importante, en la revista Vea de esos años, salió su retrato cuando llegaba a votar en silla de ruedas. No es difícil comprender que, en ese tiempo, vivir en esas condiciones, era quedar transformado en un perfecto inútil, y sin posibilidad alguna de mantener una familia, sobre todo cuando su oficio era constructor. De manera que algo drástico tiene que haber ocurrido en ese matrimonio, donde esa incapacidad física lo arrancó de su familia, ya sea por mutuo propio o porque simplemente tu abuela lo dejó. No es difícil imaginar que eso lo pudo haber empujado hacia el alcohol y el desamparo. Falleció el 14 de Julio de 1948 a los 54 años. Eso marcó profundamente a tu padre porque para sobrevivir tuvo que vivir de los parientes, de la caridad ajena, o de la buena voluntad de tía Isabel. Cómo lo indica tu hermano Gonzalo en su carta anterior, en la casa de su tía (Isabel Morales Puelma), los jamones y los buenos quesos llegaban con nombres y apellidos, y nunca, jamás, fueron destinados hacia un Fierro como tu padre, un pobretón, un pobre ave, casi un guacho, hijo de un alcohólico. A lo mejor esos sentimientos lapidarios fueron las humillaciones y los desprecios que sufrió tu padre, y que tú intuías, que tú ya has mencionado en este texto, pero que tu padre por apocamiento, o por doblar rápido la página, no te quiso divulgar. Quizás eso explica también el ninguneo de tu madre hacia los Fierro, los Fierro recién llegados al país, pobretones, tirillentos, muertos de frío, es decir los haitianos de hoy en día en Chile. Pero lo triste, lo más triste, es que sientes, tocas, palpas, que en muchas ocasiones tu padre le encontró toda la razón.

Te enteras que probablemente los Fierro Cabello se fueron de España y de Ronda porque en esa ciudad, la invasión napoleónica y la sucesiva guerra de independencia tuvo especial virulencia. La producción industrial y ganadera sufrió mucho porque los rondeños se marcharon a las montañas para luchar contra los franceses. La población se redujo de 15.600 habitantes a tan solo 5.000 en tres años.

Pocos años atrás pasaron por Ronda con tu familia. Eran tus vacaciones, y en ese entonces nada sabías de tu pasado y tus orígenes, pero te atraía esa ciudad, y todos querían conocerla. La caminaron entera y devoraron cada una de sus callejuelas, su Plaza de Toros, el Puente Nuevo y donde les tomaste las mejores fotos a tus hijas. Te habrías quedado a vivir en esas tierras.

Tu querida amiga Ana María MacDonald te comenta por email desde Finlandia el descubrimiento relacionado con el pasado de tu padre:

Lo que me cuentas de tus antepasados es muy similar a lo que vivieron los míos. Los míos emigraron desde Escocia a Chile debido a la difícil situación que vivía Europa azotada por hambrunas, guerras, dictaduras, etc. Esta situación se refleja en la fuerte inmigración de europeos hacia America Latina a partir de 1850, especialmente en países como Argentina y Méjico que recibieron miles de inmigrantes provenientes de España e Italia y también muchos otros europeos que se distribuyeron por todo el continente. Ayudó mucho el nacimiento de las nuevas naciones americanas que se iban independizando de España y que necesitaban mucha mano de obra y que además veían en Europa un modelo al que imitar. También ayudó la promulgación de leyes que facilitaban la inmigración. Es muy triste que este proceso esté prácticamente ausente en los programas de enseñanza; si lo supiéramos quizás sería más fácil entender la situación que viven en Chile miles de inmigrantes. También serviría para saber que muchos miembros destacados de la sociedad chilena, son descendientes de estos primeros inmigrantes que llegaron en busca de mejores condiciones de vida. Muchos de los que se presumen de “aristócratas” descienden directamente de los hidalgos españoles que buscaban enriquecerse en América porque existía el mayorazgo en España y en la colonización de America participaron todos los sectores sociales excepto la nobleza, o sea que de aristócratas nada.

Sin duda que los historiadores tienen un conocimiento profundo y exacto de lo ocurrido en aquella época, pero por las diferentes lecturas que he realizado a lo largo del tiempo y conociendo mi historia familiar, es mi visión personal de aquella época.

 Generosamente te agrega…..”por supuesto que puedes usar mi texto si te parece de interés.”

Lo que te cuenta Ana María tiene que ser bastante cierto. Todavía recuerdas el orgullo de tu abuelita Oriana, la madre de tu mamá, cuando proclamaba que ella había visto a los padres de Eduardo Frei Montalva, presidente de Chile en ese entonces, vendiendo peinetas en la calle. Yo lo vi, te gritaba como destapando una vergüenza, un secreto, una confidencia hedionda.

Estos descubrimientos tardíos te refuerzan la idea que guardas sobre los recuerdos y su importancia, sobre la memoria y su importancia, y que te recordó hace pocos días un amigo por email:

-¿Te acuerdas de la alfombra roja, en tu casa de Avenida Suecia?

-¿Te acuerdas del sol potente que se acrecentaba y crecía por las rendijas de los postigos a medida que avanzaba el día, en tu casa de Avenida Suecia?

-¿Te acuerdas de la crujidera de las maderas del pasillo, en el segundo piso, en tu casa de Avenida Suecia?

-¿Te acuerdas del olor en el baño de la Guillermina, la empleada, siempre con filtraciones y humedad, en tu casa de Avenida Suecia?

-¿Te acuerdas del portazo que daba tu padre al llegar o al irse al hospital, en tu casa de Avenida Suecia?

-¿Te acuerdas de esa bodeguita/bar, bajo la escalera, llena de arañas y polvo y más arañas, en tu casa de Avenida Suecia?

— II—

  1. Lo mas singular y hermoso que tiene el diseño de mi país

Nuevamente te encuentras en el subterráneo de tu casa. Los gatos te acompañaron al bajar por la escalera porque imaginan que tú les abrirás la pequeña ventanita que los conecta a una jaula grande ubicada en el jardín trasero. Ahí los dejas escapar sin ese peligro de que maten pájaros o mueran atropellados bajo las ruedas de algún auto. Pero no les abres la ventana por el frío que hace afuera, en el invierno de Michigan. Se quedan protestando frente a la ventana cerrada, pero finalmente, al mover las cartas, te acompañan en la lectura y te miran como si les fueras a largar comida.

Un querido amigo te cometa que esta escritura se parece a un confesionario. Sientes que esa idea tiene mucho de verdad. A lo mejor han sido los años transcurridos los que le dan esa dimensión a las cartas, donde algo que originalmente fue privado, dirigido a solo una persona para divulgar noticias, al sacudirlas hacia los cuatro vientos, al mostrarlas después de tantos años, se transforman en confesiones. Aquí va la siguiente carta que te escribió tu madre:

 Santiago, 18 de agosto de 1982

 Cristiancito querido

Me pasa como a ti, las cartas ya escritas como que se me traspapelan y no las pongo al correo sintiendo que ya las escribí…… Juan y yo hemos gozado tus cartas, son tan sabrosas….

Tu padre se ajusta a su nueva vida después de jubilar:

Desde junio que Juan no trabaja, ya renunció al hospital. Atiende su consulta en la linda oficina ex Jumbo, y opera en Indisa o Clínica Alemana. Juan mirando a su alrededor se siente privilegiado. Cobrando más barato tiene siempre operaciones y el decano le ofreció, desde el próximo año, docencia donde él elija. Será seguramente en la Asistencia Publica. También dictó en Junio un curso sobre enfermedades de la columna, se llenó el aula del Colegio Médico, con más de cien inscritos para la semana. En octubre dictará otro curso sobre enfermedades vasculares del encéfalo.

La situación del país empeoraba:

Las quiebras siguen silenciosamente. Te envío la revista Hoy, que detalla más. El dólar está a $60 pesos,

Lo que sí es grave es el desempleo y la falta de seguridad para emprender algo. Sería bueno que ustedes vieran la posibilidad de no trabajar en Chile, en cualquier parte estarán mejor pagados, por lo menos yo, creo que me adaptaría en cualquier parte, con tal de no ver esa pobreza que no puedo remediar. Vivimos desilusionados, tratando de pasarla en lo grisáceo…quizás de lejos se aprecien la amistad chilensis, lleno de silencios, pero aquí impresiona la pobreza. Hoy fui al centro en micro (libertad tarifaria) junto a la mugre, el mal olor, y entre gritos de venta de Ambrosoli…llegué rendida a la oficina de Juan, tengo que pensar “consulta”.

Dile a Gonzalo que vea, desde ya, algo para trabajar fuera de Chile. Aquí ya nadie ocupa ni para “junior” a un economista, están totalmente desprestigiados….y para ti….ya sabes…ser profesor, porque de investigación sólo se investiga lo qué hace la demás gente.

Son muchos los que escriben bien. Aquí va un bello texto de tu amigo Juan Pablo Molestina que te llegó de manera especial al mostrarte, al sacudirte frente a tus ojos, ese filtro que todavía a veces te acompaña. Disfrutas de esos textos sorpresivos y profundos, espontáneos, y donde el que escribe trata de contar lo que siente con emoción y mucha verdad:

“Creo que es bonito sentir que en esos temas que tú describes de tu familia hay también algo de la familia de cada uno. Es un tema que obviamente es muy importante para los que vivimos en otra cultura de la cual en que crecimos. La familia de la niñez es como la piedra ‘Roseta‘ de nuestro presente entendimiento, no lo digo con dogmatismo freudiano, sino por pura lógica, así entramos al mundo y formamos categorías, ¿no? Me encanta por ejemplo en tu relato la diferencia del trato en tu familia entre la tía de lado de tu papá (¿pobre?) y el parentesco de tu mamá (¿ex-ricos?), y la sutileza con la que tu papá se revancha desmontando a su suegro (las aceitunas, muy divertido). ¿No te has sorprendido nunca pensando también con ese absurdo filtro con el que crecimos? Mientras más cosmopolita el entorno, como el de la universidad, más absurdo y dañino parece ese prejuicio. Casi es síntoma de algún complejo contagioso que pretende salvar algo que no existe y que a lo mejor no existió nunca, o no así. Hace un tiempo volví al Ecuador de visita, y armado con la distancia de décadas, me sorprendió como arquitecto lo bien vestida y guapa que era sobre todo la gente ‘de a pie‘, y me acordé que crecí con ese filtro que me dificultaba verlo. La presencia india, algo aborrecible en mi percepción de niño, llena de malos dientes, mal aliento, mal gusto, colores chillones, olorosa, es al final lo más singular y hermoso que tiene el diseño de mi país, y lo ‘moderno‘, lo europeo/americano suele ser más bien de pacotilla. Tuvieron que pasar muchos años antes de que yo lo pudiera ver, yo creo que esa ceguera me ha descolocado mucho en mi formación.

La melancolía que acompaña a veces tus relatos es algo que sí es real y que para mí es interesante intentar entender, y tú me ayudas. Creo que es el tema de una generación, puede que nosotros lo vivamos en el sentido geográfico, pero para muchos ahora el cambio cultural que ocurre es tan rápido que hay poca relación entre el mundo de la niñez y el de la adultez, como si se viajara a través de culturas distintas a través del tiempo, sin avión. Por eso creo que tu relato va mas allá de lo entretenido que es copuchar sobre gente que a uno le parece conocida, y sí trata de algo que es parte de la conciencia de cada uno de nosotros, incluso de los que siguen viviendo en el mismo lugar, como nuestros queridos compañeros de colegio.”

….. y lo dejamos hasta aquí; no le sobra ni le falta una sola coma, ni una sola palabra. Te gusta el ritmo de sus frases, casi se lo puede leer cantando, o volando sobre el tejado de las muchas casas diseñadas por Juan Pablo.

  1. Los has visto

Siempre recuerdas las maderas rotas en el suelo de tu casa de Santiago, en el pasillo del segundo piso que daba al cuarto de tus padres. Era una hendidura donde las maderas largas, estiradas como tallarines secos sobre el suelo, no empalmaban bien. Eran de color café, o teñidas de café, y parecían maderas rotas y a veces sucias, que encajaban mal; pero todos ustedes, los que vivían en esa  casa y pasaban por ahí todos los días, caminaban sobre ese desperfecto que crujía y que a veces se quejaba sin que lo notaran demasiado, o sin decir mucho para arreglarlo, o sin decir una palabra sobre esa pequeña rendija que acumulaba suciedad y que se mostraba como una herida abierta sobre el pasillo del suelo de tu casa. Con el tiempo lo cubrieron con una alfombra roja instalada por una compañía que no hizo un buen trabajo porque pronto se desgastó y tampoco hubo recambio, o no hubo ningún otro arreglo adicional.

Por la Internet escuchas a menudo radios que te transmiten noticias desde Chile. Ahora escuchas una que habla sobre la actitud, el desarrollo personal y niveles de energía. Es uno de esos programas de autoayuda donde le consultan a un experto que no para de largar explicaciones y de usar una pseudo ciencia que también le cubre hendiduras, desperfectos. Y lo hace tan convencido de lo que dice, de lo que hace, que se le nota algo parecido a la fe en su discurso, en sus palabras. Y pronto te habla del éxito y sus símbolos, el dinero y el poder, para pronto saltar al latín y discutir el significado de las palabras, sus raíces, donde el experto se te presenta con un barniz cultural. Pronto notas que lo importante para él ha sido la imagen, las apariencias, o algo así como tapar esa hendidura en los maderos del pasillo de tu casa que estaban siempre expuesta, abierta, mostrándose y como pidiendo ayuda, una mejora.

Recuerdas que en algún momento cubrieron el pasillo con una alfombra roja, pero una alfombra que quedó mal colocada, poco tirante y floja, y sin ninguna tela sólida y resistente entre la madera y la textura gruesa de la alfombra. A lo mejor en esos años no la sabían instalar; pero sobre los escalones de la escalera que subía hacia el segundo piso, la alfombra se gastó por el uso continuo, mostrando una triste tela plástica, blanca; ahí nuevamente ninguno de ustedes dijo nada. Imaginas que lo encontraban todo normal. A ti te gustaba –y todavía te gusta mucho más- la presencia de esa madera gastada en los peldaños y sin cubrir, mostrando sus imperfecciones inevitables, con esas hendiduras que poco a poco asoman por el uso, el desgaste, el deterioro digno que parece mucho menos atemorizante que ese deterioro moderno de una alfombra roja un poco artificial, y que después muestra un plástico barato.

Afuera el sol alumbraba de oblicuo y por las ventanas de la cocina, que daban a la casa de los Mandiola, tus vecinos de ese entonces, viste que habían caído repentinamente unos pajaritos desde un nido alto que apenas se sostenía arriba de los árboles, esos que separaban las dos propiedades en la casa de Avenida Suecia de ese entonces. Las dos empleadas (así se las llamaba, porque ahora ya son “nanas”) se reían en la cocina contándose chistes y dándose consejos. Al ver tu cara de desesperación por los pajaritos que se movían y corrían desamparados, muy cerca del murallón blanco, te dijeron entre risas que “anda, corre con una manguera y chorréalos con agua: volarán. Ya verás”. Con apuro y mientras ellas seguían contándose secretos y celebrando seguiste sus instrucciones, conectaste apurado la manguera y te apresuraste en ver salir un chorro de agua helada. Apuntaste con precisión y notaste que corrían, escapaban….. y que no llegaban a volar, no emprendían nunca un vuelo, nada. No recuerdas bien qué sucedió después, creo que no lo quieres recordar. A lo mejor largaste la manguera hacia un costado, y saliste corriendo para colocar otra alfombra, otra alfombra roja, pero esta vez sobre los recuerdos, sobre esos pájaros que no emprendieron nunca un vuelo.

Entraste corriendo a la cocina, donde las empleadas reían y celebraban como antes. ¿Qué edad habrás tenido en ese entonces? ¿6, 7 años? No lo recuerdas, pero no pudiste acompañarlas con tu risa.

….pero alguien te contó desde muy adentro que estabas haciendo mal, que algo no funcionaba bien pese a las risas, o sobre las risas, o a pesar de las risas, y mientras destapaban ollas, mientras celebraban y reían otro poco en medio del vapor de cacerolas.

La verdad es que si miras hacia atrás -que con el tiempo se hace más grande y duro y urgente que el mirar hacia adelante- notas que en tu vida has usado muchas alfombras, y de otros colores, pero han sido alfombras que después has tratado de sacar, de levantar… y a veces, solo a veces, esos pajaritos han logrado emprender un vuelo libre.

Los has visto.

  1. Asesinato de Eduardo Frei Montalva, ex Presidente de la República de Chile

Al escribir la nota anterior quedaste con los deseos grandes de levantar una alfombra más, o de remover una alfombra vieja, añosa, para que esos pobres pájaros de la memoria emprendan vuelo y salgan, vivan, respiren aire fresco.

Todo comenzó cuando leíste en la Internet un artículo que apareció en la revista Economía y Sociedad (Abril – junio 2019). Ahí Álvaro Covarrubias Risopatrón, abogado y profesor universitario, contaba su versión de como había fallecido en la Clínica Santa María don Eduardo Frei Montalva, ex presidente de Chile. Según la versión de Álvaro Covarrubias, Eduardo Frei deseaba operarse en la Clínica Indisa, donde tu padre era el presidente del Directorio:

“Don Eduardo tenía 70 años y sufría de una enfermedad conocida como hernia al hiato, que le impedía hacer una vida normal. Muy molesto por esa dolencia, supo que había un famoso médico cirujano, llamado Augusto Larraín Orrego, quien operaba a los pacientes de esa dolencia, logrando erradicar definitivamente el mal. Desesperado por esta molestia, don Eduardo decidió operarse con ese doctor, poniendo como condición, que la intervención quirúrgica debería efectuarse en la Clínica Indisa.

Presumo que la decisión de elegir esta clínica para la operación fue que, en esa época, en ella tenía gran influencia el Cardenal Raúl Silva Henríquez. La clínica era dirigida por los doctores: Juan Fierro Morales (presidente del Directorio y médico personal de don Patricio Aylwin), Alberto Lucchini Albertalli (Vicepresidente del Directorio y médico personal del Cardenal Silva) y Hugo Salvestrini Ricci (Director Médico); todos profesores universitarios de excelencia, de sobra conocidos de don Eduardo. Estos dos últimos habían sido recientemente exonerados de la Facultad de Medicina de la Universidad Católica, por no ser incondicionales al régimen del General Pinochet.

La razón por la que se tomó esa decisión, que se le comunicó al cirujano, fue que dicha operación era de alto riesgo, por lo que la Clínica -velando por su prestigio- no quería exponerse a la posibilidad de que en ella se muriera un ex Presidente de la República. La explicación técnica que me dio personalmente el Dr. Salvestrini acerca del riesgo de la operación, es que ese tipo de cirugía requería mucha manipulación en una gran zona del abdomen, por lo tanto, la posibilidad de infección es muy alta. Entiendo que desde hace muchos años, esa operación ya no se realiza.

Recibida la notificación de rechazo, el Dr. Larraín procedió a reservar pabellón quirúrgico en la Clínica Santa María, donde se realizó la operación el día 18 de noviembre de 1981.”

Nunca te enteraste sobre esa negativa de la Clínica Indisa (y de tu padre) en aceptar como candidato a esa cirugía al expresidente Frei Montalva. Temas de ese tipo, tu padre no los trató jamás en su casa, sobre todo viviendo en dictadura donde ustedes podrían correr riesgo al conocer esos detalles. Sin embargo, consideras que esa negativa pudo ser cierta, pero no debido a lo difícil, inusual o riesgosa de esa operación. Tu padre participó de esa decisión probablemente porque vio el peligro, el gran riesgo que podía correr Frei frente a una oportunidad ideal que le estarían presentando a los servicios secretos de la dictadura, que podían tratar de asesinarlo como finalmente ocurrió. ¿Pero cómo alertar a Frei y su entorno de que algo así podía suceder? Imaginas que una manera de hacerlo pudo haber sido exagerando los peligros de esa operación, porque si tu padre hubiese explicado claramente sus sospechas, sus temores, los servicios secretos se habrían enterado y tu padre, con toda seguridad, habría sido acusado de esparcir rumores, de culpar a los servicios de inteligencia del dictador sin ninguna evidencia clara. Crees que al menos los médicos trataron de hacer algo, incluido tu padre, trataron de retrasar la operación, o ponerle cortapisas, como declarar que era una operación muy riesgosa, o peligrosa, asunto que no tenía ningún asidero técnico o científico.

Tu padre en esa época ya conocía los métodos que utilizaba la dictadura para eliminar opositores, sabía que los ajusticiamientos y muertes misteriosas realmente ocurrían. Tristemente el expresidente pecó de ingenuidad o simplemente jamás imaginó que los métodos para eliminar opositores al régimen hubiesen alcanzado niveles de sofisticación tan elevados, de calidad científica y mucho menos sanguinarios y evidentes que los métodos utilizados previamente para eliminar a opositores como a Orlando Letelier, con una bomba en Washington, o a Bernardo Leighton, a balazos en Italia. Imaginas que por ese motivo, cuando Pinochet se operó de la espalda, no lo hizo en Chile; sabía que le podía ocurrir algo parecido, enemigos no le faltaban….y por experiencia propia él ya conocía el uso creativo que se le podían dar a un quirófano, como el asesinato. Por ese motivo partió a Londres, donde lo tomaron preso por un tiempo.

Una hernia al hiato no se considera, y nunca ha sido calificada como “una enfermedad,” donde se necesite de una intervención quirúrgica riesgosa, y ejecutada por un “famoso cirujano” para “curarse del mal”. Una apendicitis y sobre todo si se la retrasa, es más riesgosa que una hernia al hiato. Recuerdas claramente la extrañeza de tu padre al enterarse de las complicaciones postoperatorias que le confidenciaba el doctor Goic: simplemente no lo podía creer.

Lo que menciona finalmente Álvaro Covarrubias sobre ese procedimiento tampoco es cierto:

“….entiendo que desde hace muchos años, esa operación ya no se realiza…” 

Seguramente, en el 2020, se utiliza una técnica quirúrgica más avanzada, pero ciertamente se opera. Ese carácter de peligrosidad que le atribuye, Álvaro Covarrubias, a una simple hernia al hiato no es real.

Recuerdas claramente la época y sobre todo el ambiente que se respiraba en ese entonces. Era de noche y el doctor Goic, médico y amigo de tu padre y también de Eduardo Frei Montalva, llegaba a tu casa por la noche para conversar. Desgraciadamente nunca estuviste presente (no te dejaban, tu padre te protegía), pero notabas que ocurría algo importante y grave. Y esto lo has escrito o lo has tratado de escribir en otras oportunidades, en borradores traspapelados, notas, sueños, pesadillas de otro tiempo, de manera que a lo mejor este texto sale repetido o regurgitado; pero como mencionabas antes, a veces tratas de correr alfombras, de moverlas, pero estas se niegan y vuelven a caer, se rebelan y vuelven a tapar la herida, la hendidura, a cubrirla, y entonces nada vuela.

Como decías, era de noche y transcurría el año 81, cuando lo primero que escuchabas era una llamada telefónica, y que sí, te espero, le decía tu padre, no es ningún problema, le decía tu padre, ven y conversamos. Y clic-clic, colgaba el fono de plástico, ruidoso y nuevamente regresaba la noche, la penumbra, el silencio. Al poco rato aparecía el doctor Goic que venía de la Clínica Santa María donde atendían a Eduardo Frei Montalva. Todavía no fallecía de una septicemia aguda, inexplicable, misteriosa, pero que con los años sería identificada como un envenenamiento paulatino. Conversaban, pero en medio del sigilo, casi callados, casi mirando las palabras que se repetían y volaban sobre esa soledad de la noche. Afuera, en la calle Las Violetas, había siempre un auto estacionado donde una pareja parecía trabajar en sus cariños, sus besos, en sus falsedades, porque más que nada vigilaban, miraban y tomaban nota sobre los que llegaban y los que se iban de tu casa. A lo mejor fueron “compañeros de trabajo” de ese primo tuyo, que también fue de la DINA (el servicio de inteligencia organizado por Pinochet).

Al ver a tu padre recibiendo al doctor Goic por la noche, palpaste la soledad con que a veces se enfrentan las circunstancias de la vida, esa soledad que solo se puede fragmentar con el uso de una navaja filuda porque se ve sólida, pesada. Como lo cuenta Anne Lemott en un tweet reciente, los mayores, esos de los cuales se confía cuando se es pequeño, nunca contaron que la vida iba incluir a veces una soledad tan grande. Primero el doctor Goic tocaba el timbre, y tu corrías a abrirle la puerta, donde notabas el mundo exterior callado y silencioso, donde incluso los autos parecían desaparecer, o parecían moverse, pero sin motor, sin ruido. Al poco rato entraba y se quedaba conversando en el living de la casa con tu padre, mientras tú te ibas al segundo piso a descansar, era de noche, había que callar.

Años después a tu padre no le quedarían dudas: Frei Montalva había sido envenenado, había sido asesinado en la Clínica Santa María. Incluso ese convencimiento lo ayudó a sortear con éxito otro envenenamiento posterior, cuando tiempo después, en la Clínica Indisa, él operaría a la hija de Frei Montalva, Mónica Frei, una mujer que nunca se metió en la vida pública del país, pero que aparentemente también había sido escogida como víctima. Ahí tu padre enfrentó en carne propia un misterio parecido, y que él notó se trataba de un envenenamiento cuyas semejanzas con el anterior le resultaban familiares. A tu padre nunca le había ocurrido algo parecido, tan raro, donde después de una intervención quirúrgica inocua a la columna, se desarrollara una infección tremenda que la tuvo al borde de la muerte. Tiempo después te enteraste, por tu madre, que tu padre le había confesado….”quieren amedrentar a los Frei, a la familia Frei, para que nunca más se metan en política”. En este nuevo caso, y debido al envenenamiento anterior de Eduardo Frei, tu padre sospechó algo raro y se preparó mejor, había aprendido la lección y logró salvarle la vida a Mónica. No sabes cómo lo hizo finalmente, cómo se defendió, y nunca se lo preguntaste en tus viajes de visita a Chile, pero imaginas que fue algo significativo, como ubicarle un guardia a la entrada de su cuarto, o a lo mejor administrarle el mismo los medicamentos. Lo triste es que pese a que Mónica Frei salvó con vida, quedó indignada, molesta con tu padre, y no sospechó nunca nada criminal, ninguna mala intención de nadie, más bien creyó en la incompetencia de tu padre o de la Clínica Indisa como los responsables de haberla empujado al borde de la muerte. Algo parecido le ocurrió a tu padre años después, cuando atendió a Jorge Lavandero después de una paliza que le dieron en la calle por investigar los movimientos de dinero de Augusto Pinochet. Recuerdas que le colocó guardias en el cuarto de la Clínica Indisa, y a lo mejor le controló muy bien los medicamentos que le administraba para que no lo fueran a matar.

Sientes nostalgia cuando escribes esto, y también pena, cobardía, tristeza. ¿Por qué cuesta tanto retirar alfombras? ¿Por qué cuesta tanto ayudar a que los pájaros emprendan vuelo? No lo sabes. A lo mejor es parecido a como evolucionan los traumas, donde lentamente, con sigilo, acaso con algo de temor salen a la luz, pero con lentitud.

Intentémoslo de nuevo; acompáñame, siéntete solo, sola por un rato, no te asustes. Imagina lo siguiente: era de noche y se respiraba soledad y casi abandono. El aire se notaba quieto y lleno de interrogantes filudas, dolorosas, de esas que muchas veces preferimos no tocar. Sonaba el timbre de la calle que se activaba al presionar un botón de bronce redondo y salías a abrir la puerta de la entrada. En la calle Las Violetas está el auto que vigila de costumbre. Estás solo y ves al doctor Goic que llega también solo. Le abres la puerta y lo dejas entrar así, solo y lleno de fantasmas. Lo saludas, pero lo notas apesadumbrado, cargando pesadas piedras sobre su espalda, aunque no se le veían. Y después escuchas los pasos de tu padre que baja también solo del segundo piso de la casa –ya era tarde- para conversar callados, solos, y para decir eso que no se podía confesar: ¿Sería posible? ¿Sería posible que una simple operación inocua haya degenerado en algo así, una infección tan grave y que mataba a Eduardo Frei Montalva hora a hora, minuto a minuto? ¿Acusar a quién y cómo, del envenenamiento? ¿Conseguir pruebas de dónde y cómo del envenenamiento? ¿Mencionar algo en la prensa? ¿Una entrevista sobre el envenenamiento, para después ser acusado de médico incompetente, de tratar de encubrir los errores personales, propios, acusando a las honorables autoridades de ese entonces sin ninguna prueba? ¿Y por qué cuesta tanto decir algo ahora, o encontrar testigos? ¿Por qué no decirlo después de tantos años y claramente, anunciar que al menos ocurrió algo inexplicable, y decir que sí, que muchos médicos tuvieron dudas? Esa alternativa tampoco parece funcionar; al hacerlo habría que reconocer que se tuvo miedo, mucho susto, temor a decir algo y que por eso se calló, se guardo silencio: ¿Cobardía? ¿Espanto?

Felizmente tu padre no estuvo entre los médicos tratantes, esa no fue su especialidad (como la del prestigioso doctor Augusto Larraín que terminó liquidado y con su carrera totalmente arruinada), pero se había convencido -sobre todo con el paso de los años- de que Frei había sido envenenado, había sido asesinado. Claro que nuevamente el caso se complica porque nunca tuvo pruebas; solo tenía a su familia, hijos, hija a los que había que proteger porque “les podría pasar algo”…… como le ocurría a la familia Frei, que tristemente fue agredida de manera tan cobarde. Pero ese silencio no se justifica con el paso de los años donde, ya sin Pinochet, se podría haber contado más…..pero hubo y hay silencio y cobardía. Hubo también mucha ingenuidad entre los políticos de esa época porque es justamente en la carrera de un político donde el asesinato, el crimen calculado, es ciertamente el riesgo que está siempre ahí, presente, sobre todo si se vive en dictadura.

Recuerdas que te enteraste de la muerte de Frei Montalva cuando caminabas por la Euclid Avenue, frente a la Universidad de Case Western Reserve, en Cleveland, y lo leíste en primera plana. Era un 23 de enero del año 82 y hacía un frío intenso en Cleveland. Habías llegado hacía muy poco días de Chile. Cruzaste la calle porque por un cambio de horario, la clase de química orgánica a la que tenías que asistir se daría en otro edificio, detrás de la biblioteca principal. En ese tiempo todavía no reconocías bien las calles, esas que pronto formarían parte de tu nueva realidad, tu nuevo entorno. En el titular del The New York Times, que leíste detenido en la vereda, adentro de una vitrina de metal y a través de unas ventanas de vidrio, anunciaban que Eduardo Frei Montalva había fallecido el día anterior. Te sentiste mal, sentiste cobardía, y recordaste claramente la noche en que regresaban de Algarrobo con el doctor Goic cuando tu padre te preguntó sobre qué pensaba la juventud sobre Eduardo Frei Montalva. Por la manera en que te lo preguntó, notaste que era una pregunta con “chanfle”, y de interés para el doctor Goic, amigo de Frei Montalva. De seguro Frei recolectaba opiniones apoyándose de sus conocidos, sus amigos, para calcular sus próximas movidas. Le dijiste que tus amigos y tú notaban mucho silencio de su parte, poco compromiso, sin realmente enfrentar al régimen, sin golpearlo fuerte. De seguro esa era la opinión de muchos porque pocas semanas después Frei organizaría un gran evento en el Teatro Caupolicán (que sería recordado como el Caupolicanazo) donde claramente enfrentó a Pinochet con esa oratoria consumada de sus mejores tiempos. Son muchos los que han dicho que ahí Frei selló su suerte. Poco tiempo después sería eliminado.

A pocas semanas de su muerte te llegaría una carta de tu padre contándote lo que había sucedido. Claro que sin interpretaciones médicas sospechosas de ningún tipo porque el correo estaba interceptado. Decía así:

 26 de enero, 1982

Cristiancito,

“Acá, como habrás sabido, el acontecimiento que ha impactado al país es el fallecimiento de Eduardo Frei Montalva. Realmente todo pasó como en una pesadilla. Cuando tú estabas en Chile, antes de partir a los Estados unidos, fue operado de una hernia del hiatos, que después se complicó en una serie de cosas increíbles y que terminaron por matarlo. A la distancia las cosas se ven más tranquilas, quizás en su verdadera dimensión, pero la repercusión que ha tenido su muerte aquí en Chile ha sido brutal. Eso de escuchar “murió Frei”, y oírlo bruscamente el viernes 22 a las 5 de la tarde, fue algo así como cuando escuchamos murió Kennedy. Yo no me di cuenta cuan honda era su presencia entre todos los chilenos. Eso de ver y oír a un hombre en la plenitud de sus facultades físicas e intelectuales y de repente que deje de existir, da una sensación de caos y de incredulidad. Creo que todo el país se normalizó y se puso de pie y alerta. Incluso aquellos que días antes no cesaban de llamarlo un “político demagogo”, “ambicioso de poder”, “débil de carácter”, etc. No sé si sincera o hipócritamente decretaron tres días de duelo nacional; pero eso no impidió que todas las estaciones de televisión continuaran transmitiendo canciones y programas triviales; los goles de Cazelli tuvieron más difusión. La esposa de Frei, doña María y toda su familia, se portaron extraordinariamente bien. Nada de lágrimas. Cuando el gobierno negó el permiso para que Jaime Castillo, Fuentealba, Zaldívar y un diputado estuvieran presentes en los funerales, toda la familia le pidió a Pinochet que no se hiciera presente, que no fuera a la misa. Pero Pinochet sin una pizca de dignidad, asistió con todo el gabinete a su responso. No había nadie de la familia, excepto un hijo que lo hizo por respeto al cuerpo diplomático. La juventud debió ser convencida por el Cardenal Silva Henríquez para que durante el responso los restos no fueran sacados de la urna y llevados al Sagrario, para que no estuviera mientras Pinochet estaba en la Catedral. Los funerales se realizaron el lunes 25 a las 16 horas. Cientos de miles de personas asistieron; durante tres días una cola de personas desfiló frente al ataúd de Frei. A pesar de su calidad de expresidente constitucional la familia pidió que no se le rindieran honores militares. En fin, Cristián, querido, con los Mercurios que te mandó la mamá, te podrás dar una idea de lo que pasó. Podrás observar que en la primera página de ese diario del día 24, un poquito más abajo del anuncio de la muerte de Frei, está el anuncio de la clasificación del corredor Salazar en una carrera de autos. La mamá y todos tus hermanos te mandan saludos……”

 Juan

Tu madre también te lo anunció brevemente en otra carta:

28 enero, 1982

“…..aquí casi no pasa nada; la gente llenó la Catedral y sus alrededores para ver a Frei y/o sentirse en grupo, en masa (estoy leyendo a Canetti, fascinante). Tú papá más viejo y regañón; escribe.”

¿Y con los años qué ocurrió con el amigo de tu padre, el doctor Goic? Parece que lo cubrió todo con escritos, con sus libros, con sus premios, como el Premio Nacional de Medicina del año 2006. A lo mejor esa fue su alfombra, aunque de todas maneras, tristemente, todos terminaríamos salpicados por el barro –y por qué no decirlo ahora, después de tantos años- salpicados con barro, ¿y qué más?, con barro, ¿y qué más? Sangre, o sangre y légamo, o sangre con sangre y mucha vergüenza. Pero ¿se podría haber hecho algo diferente? Crees que sí, pero el efecto sorpresa y la audacia de los asesinos fue muy grande. Las traiciones, de incluso médicos amigos de Frei, como Patricio Silva, o médicos de la Universidad Católica donde Frei había estudiado, como Helman Rosenberg y Sergio González Bombardiere que le hicieron una “autopsia” completamente fuera de protocolo, totalmente fuera de lugar, colgándolo de una escalera, de los pies, para robarle sus entrañas y borrar las pruebas del asesinato, jugarían un papel muy importante. Ocurrió algo parecido a lo que sucede en el abuso sexual, o con una violación, donde la víctima en un principio cree que sueña, cree que eso no es posible, que está fantaseando y que eso no le está ocurriendo de verdad, es inventado, o que es otra realidad que se desplaza en un mundo alternativo, paralelo. Pero así ocurrió, ocurrió tal cual……y todavía lo ves, todavía lo tocas: primero llegaba el doctor Goic solitariamente a tu casa, entraba, se sentaba en el sofá café ubicado en el living de tu casa y trataban –solos, siempre los dos solos- inútilmente de encajar con una buena cara en ese puzle de muerte y de sangre, de traiciones y cobardía, pero no les resultaba, ni a tu padre ni tampoco al doctor Goic.

Y notas que retiras la alfombra, la levantas otro tanto desde Michigan y donde vives ahora, en una madrugada del año 2020 pero se te cae nuevamente, se te suelta de las manos y atrapas y encierras nuevamente a esos pájaros que trataban de volar. Pero al menos logras verte a ti, ves tu sigilo, tus dudas, tus sustos, tus temores, y tocas tu propia cobardía y la de muchos otros…..y compruebas que podría haberse hecho algo diferente, como llevárselo fuera del país ante la primera emergencia médica, ante los primeros signos de infección, y sin necesidad de proclamar un envenenamiento todavía, pero no guardar tanto silencio. Ese silencio, esa inacción, esa parálisis fue una cobardía.  Tristemente piensas que tú, a lo mejor, habrías hecho algo parecido, guardar silencio (del que tú también participaste), o escribir mucho, demasiado, para cubrirlo con una alfombra de escritura y libros y concursos literarios, y notitas semanales que después mandas para colgar en la Internet…..

….. o a lo mejor te habrías ido del país.

  1. Culpa

Este texto parece que ya lo has escrito varias veces, pero no importa repetirlo o no importa reescribirlo nuevamente; es algo parecido a lo que ocurre con los platos de comida, o con las historias que a veces se cuentan los amigos, historietas que se distorsionan cada vez que las retomas, cada vez que las vuelves a recorrer para repasar ese pasado, el tuyo.

Estabas en Chile en ese entonces, y te parece que terminabas de probar un café con leche. Pero este último detalle la verdad es que da lo mismo, no importa, puede ser inventado porque simplemente suena bien y en su tiempo te gustó, encaja con los recuerdos y no cambia la verdad de lo ocurrido. Muchas veces sucedía así, te tomabas tu café en la mesa de diario mientras los gatos pedían su comida en el patio vecino, y mientras el ruido de los autos zumbaba sobre la calles de Santiago. Repentinamente te mostraron unos cuadernos viejos, de tu época escolar, que encontraron escondidos en el entretecho de la casa de tu hermana. Eran los tiempos del italiano Gianni Morandi y sus grandes canciones como fueron -y todavía lo son- “Vagabondo,” “Zingara”, y “Ojos de Chiquilla”, todos éxitos de vinilo, grabados en esos platos negros que montabas sobre otro plato cilíndrico que giraba debajo de una aguja enclenque. Esos mismos que recientemente se han puesto nuevamente en boga. En esos años escuchabas también esas canciones por la radio.

Tu colegio, el San Ignacio, quedaba a pocas cuadras de tu casa, de manera que siempre te ibas caminando solo bien temprano por las mañanas. El año escolar se te presentaba como una eternidad insoportable y demasiado grande. Pero cuando miras hacia atrás ahora, y desde Michigan, te dan unos deseos locos de volver, y de aburrirte en esas tardes santiaguinas como te ocurría en esos años. Recuerdas que en las mañanas de invierno, se formaba una escarcha limpia y cristalina sobre los charcos de agua helada encima de la arcilla, y era delicioso quebrar su superficie crujiente con la suela del zapato; era algo así como quebrar cristales, o parecido a caminar sobre cáscaras de huevos. A las pocas cuadras llegabas a la esquina de Avenida Los Leones con Pocuro, donde había una casa misteriosa y de muros amarillos, y donde se reunían ordenadamente muchos ciegos que parecían formar un grupo muy unido, solidario. Ellos esperaban silenciosos afuera de esa casona amarillenta a que alguien les abriera el portón de entrada. La casa tenía una placa de bronce brillante adosada al muro donde se anunciaba algo relacionado con los ciegos. Era fuerte el contraste de los autos que se movían rápidos sobre el trajín de la mañana frente a esa inmovilidad trágica de los ciegos esperando en esa esquina a que les abrieran el portón de entrada. Lo triste es que nunca los ayudaste, y cuando entraban en apuros, cuando titubeaban, recuerdas que cruzabas los dedos para que fuera otro el que los asistiera, los guiara, o los salvara de algo grave. Siempre quedaste con esa sensación de no haberlos ayudado nunca, lo que es cierto, y es una deuda que siempre te renace cuando ves a un ciego por una calle de Michigan o donde quiera que te encuentres y te topes con un ciego: todavía no sabes si prestarles ayuda o fugarte, correr para perderte y que sea otro el que lo haga. Después seguías caminando y pasabas frente a una casa que a los pocos días del golpe militar del año 73 había quedado abandonada, y donde el pasto y los arbustos crecían como en una selva, o como en esos libros malos o película de terror barata. Siempre imaginabas a los antiguos habitantes de esa casa, y cada día te ofrecía una nueva oportunidad para recrearlos, o para imaginarte sus historias. Un poco más adelante, y casi llegando a tu colegio, había un loco que vivía tirado en los jardines públicos; tenía apenas cuatro dientes. Los matones del curso, o los más vivos, o los más grandes, o los que tenían novias, se jactaban que por unas dos monedas hacían que el mendigo les bailara y los entretuviera por un rato. Si la propina era suficiente también se masturbaba. Recuerdo que pasabas caminando al lado de ese espectáculo, pero ahí tampoco hiciste mucho, más bien te desentendías y cruzabas rápido hacia las clases del colegio, hacia los profesores… ¿de qué huías?

…… y suma y sigue, Cristián, porque pasa el tiempo y cambias poco, y callas, callas demasiado. Como contabas en la nota anterior, por ejemplo, donde  “….primero llegaba el doctor Goic solitariamente a casa, entraba, se sentaba en el sofá café ubicado en el living de tu casa y trataban –solos, siempre los dos solos con tu padre- inútilmente de encajar con una buena cara en ese puzzle de muerte y de sangre, de traiciones y cobardía, pero no les resultaba, ni a tu padre ni tampoco al doctor Goic…..”

A lo mejor esos recuerdos sobre los años de colegio volaron gracias al efecto de ese cuaderno que te mostraron mientras probabas tu café, el que tu hermana encontró en el entretecho de su casa. A lo mejor fue eso, el café, o el aroma del café. O podría haber sido también el blog de Paul Krugman, que en el The New York Times y cada viernes, te ofrece un video sacado de YouTube. En este caso fue de Peter Gabriel, “Don’t Give Up” . Y así fue como terminaste en YouTube escuchando también a Gianni Morandi y a Leonardo Favio. Después disfrutaste algunos comentarios que la gente dejó al escuchar esas canciones del recuerdo. Al leerlos sientes unos deseos grandes de haber estado ahí presente, por ejemplo, en ese bus que se menciona en el siguiente comentario referente a una de las melodías:

“…pasando una vez por Tulúa, por el estadio, donde había un concierto de música de los 70`s y 80`s, el conductor del bus se estacionó por un rato y todos disfrutamos de la música de Piero: gran artista.”

“…Verano del 69. Mi paso a Secundaria. Esta y otras canciones acariciaban nuestros oídos y nuestros corazones. Otros tiempos, sin duda… difíciles en lo económico, pero a quién le importaba. La música nos transportaba a otro mundo, distinto, placentero… gracias a Leonardo, Sandro, Leo Dan, Piero, Roberto Jordán, Marco Antonio Vázquez, Enrique Guzmán, Roberto Carlos, Julio Iglesias y tantos otros. Gracias por esas canciones del alma.”

Y ahora, en la madrugada de un sábado aquí en Michigan y en el año 2018 o 20, da lo mismo, enciendes nuevamente el laptop con otro café caliente en tu mano, distinto, y relees el comentario generoso que te mandó tu amigo español, Ignacio Carrión, que en esos años todavía te acompañaba a la distancia, desde Valencia, España. Te mandó su opinión por un email después de leer el texto de más arriba y donde enfatizaba la importancia que tiene la memoria… y también la culpa. Esto es lo que te compartió:

“….llega de Michigan el correo electrónico de un buen amigo chileno que vive allí, en los EE UU, desde hace años. Me habla de otros tiempos en los que escuchaba canciones de Giani Morandi por la radio de Santiago (Vagabondo, Zingara, Ojos de Chiquilla), y eso le lleva a recordar la infancia en su país… el texto contiene todo eso pero además contiene otra cosa: la culpa, esa sombra que nos acompaña a lo largo del tiempo y nos devuelve al instante preciso de su origen: cuando uno cree que debe hacer algo y no lo hace; cuando uno desea evitar una injusticia y no la evita. Sigues caminando hacia la escuela, o hacia donde sea, a sabiendas de que debiste de ayudar a un ciego a cruzar la calle, y que debiste impedir que unos muchachos abusaran de un vagabundo loco y tampoco actuaste. Y esto queda para siempre en la memoria, no se borra, sigue ahí y sabes que seguirá ahí hasta el final, y sólo te queda el consuelo de escribirlo, aunque es un consuelo que a lo sumo mitiga la angustia –el remordimiento- pero jamás la elimina. La imagen de los ciegos en espera de que alguien los ayude a cruzar la calle, la imagen del loco desdentado que divierte a los muchachos y sacia su crueldad, son indelebles. Cuando menos lo esperas, saltan. Cuanto más las recreamos más poderosas vuelven. En cierto modo nos intimidan mucho más aunque las arrastremos, por la fuerza, a un espacio llamado literatura…..”