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Autoficción (XVI)

Continuo encontrando nuevas cartas, papeles, fotos de otros años. Son tantos los recuerdos que a veces da la impresión de haber vivido demasiado. Me entretengo ordenándolas para recorrer esos episodios, nuestras vidas, aunque a veces se establece una sensación amarga de que todo ha transcurrido en muy pocas semanas, pocos días….. y me acuerdo de mi padre: “un suspiro mijito, todo fue un suspiro”. Ahí es donde cae con más peso la importancia del pasado, y la brevedad y tremenda fragilidad de nuestros recorrido. Noto también con mediana claridad, como continuamente tratamos de dominar la narrativa de nuestras vidas, de orientarla, enderezarla, a veces con buenos resultados y otras, la mayoría de las veces, sin mucho éxito; como pequeños botecitos a la deriva permanente.

Antes que nada un cariñoso recuerdo a todos los que se mencionan en estas cartas; vivos o muertos. Creo que todos nosotros –y estoy bastante convencido de eso a medida que releo estas cartas- nos hemos movido por la vida creyendo que lo estábamos haciendo lo mejor posible. A veces tremendas flaquezas nos desvían, nos aplastan y no sabemos cómo hacerlo, cómo continuar nuestro camino.

Hasta el momento no me he saltado cartas ni tampoco las he censurado. Para empezar con algo liviano, aquí va una que habla de unos amigos de mis padres, Adolfo y Chofi Jankelevich. Él fue un connotado periodista chileno, pionero de la radiotelefonía y la televisión. Fue el segundo locutor histórico, por ejemplo, de “El Reporter Esso”, que durante 5 minutos de noticias se informaba a la nación sobre la realidad nacional e internacional, y donde se iniciaron los más ilustres locutores nacionales. Con el tiempo el “tío Adolfo” se trasladó a la televisión donde tuvo programas de conversación y debate público de gran éxito. Recuerdo que muchas veces me acosté viendo un programa suyo, donde él era el protagonista principal. Recuerdo también con cariño los küchenes de “tía Chofi”, su señora, que a finales de año tocaba el timbre de la casa y se asomaba con su precioso küchen de colores entre sus manos. Era Diciembre, llegaba el fin de año y había que celebrar.

En el año 1974, el tío Adolfo se fue como agregado de prensa chileno a las Naciones Unidas donde fue muy combatido. Escribió incluso un artículo para el The New York Times (en 1975) defendiendo a Pinochet que tituló “Contándole a los Estados Unidos sobre Chile”. Como subtítulo escribió: “la verdad, tan fácil de verificar, sufre las más tremendas y absurdas distorsiones.” La amistad con mi padre, que inicialmente también fue partidario del Golpe de Estado, sufrió un deterioro…. pero con los años volvieron a llegar los küchenes de tía Chofi a la casa. Aquí va la carta de mi madre; como siempre muy bocona, pero entretenida:

 

Cristancito

Me he quedado pensando si no será muy trágico lo que te escribí esta mañana. ¡Porque uno olvida más luego las cosas buenas! Por ejemplo el matrimonio de Sonia Jankelevich. Linda ceremonia, con entrada y salida triunfal de los novios y sus papás, etc, etc. Cóctel en el Sheraton. Unas doscientas cincuenta personas (pedí otra piña colada y el mozo me contestó: no). Gran banquete con un 95% de amigos de la familia, y con un 10% de personas jóvenes, excluyendo novios y hermanos de la novia. Música a estallar, gran orquesta gran. “Bailaje” de todo, el “viejerio” con un algunos descansos en que los novios danzaban solos en medio de la pista. Me recordó “El violinista en el Tejado”. Adolfo y Chofi muy contentos, atendiendo a medio mundo y bailando como para demostrar juventud. El menú fastuoso (el valor de un departamento recesivo). Entrada:1/2 piña rellena con mariscos muy finos, espárragos en bandeja al lado, después copita de helados, y a continuación pavo con acompañamientos. Vi hasta ahí solamente, porque ya era media noche, y la música estaba muy fuerte. Juan tuvo de vecino una pariente política de Chofi en tratamiento psiquiátrico, y yo un señor “cortisoneado” a reventar. Juan se aburrió. Yo pensaba en un material para un cuento. Tanto tirar plata para gente que sufría estar ahí. He pensado como será el matrimonio de Mónica, quisiera algo sencillo aquí en el jardín, en su casa, con todos los amigos de ustedes (solo los jóvenes tienen amigos, después son intereses comunes) y las amigas de Mónica, los hermanos, los primos y punto (pero eso es asunto que Mónica debe decidir, yo ni opinaré) porque me tinca que de decidir Pato, se vacía aquí todo Reñaca….y demuelen la casa.

Pato va con su padre al mar en el “yate-bote”. Mónica no sabe si ir a vomitar, o elegir latearse en Algarrobo. ¡A pesar de las quiebras, la gente veranea, se asolea y se queja!

Un gran abrazo

Ximena

 

Escribí que es lindo poder ordenar estas cartas, pero siempre continúan apareciendo nuevas entre los papeles que ya creíamos en orden. Y así es como encontré varias que vuelven a mencionar a mi querida tía Oriana (hermana de mi madre) que venía saliendo a flote después de una crisis nerviosa. Menciona que pronto, ese mes, ella podría regresar a su casa. También habla del escritor Enrique Lafourcade y el último libro que había publicado en ese tiempo, “Adiós al Führer”. En esos años se estaba separando de su señora, la periodista Marcela Godoy Divin. Ella por su parte publicó el año 92 un libro titulado “Adiós al Campus” donde relata sus experiencias como estudiante en USA, cuando sacó un Magíster en la Universidad de Houston por dos años. Tengo su libro aquí en Michigan, pero es medio fome; habla mucho de ella y los escritores importantes que conoció, como Borges, María Luisa Bombal, pero sin ninguna trama interesante. Cuenta poco, ninguna revelación importante, ninguna confesión o drama…. es decir un poco monótono, soporifero.

Recuerdo que yo todavía estaba en Chile en el 78, cuando le ocurrió algo importante a Lafourcade. Hasta el año 1978 Lafourcade dictó un Taller Literario en la casa de Mariana Callejas. En los pisos de arriba en esa casa conversaban de libros, teoría literaria, copuchas de escritores, y se analizaban los relatos respectivos que escribían ellos, mientras…….. mientras en el subterráneo de esa misma casa, ocurría algo muchísimo más siniestro y temerario porque Townley, la pareja de Mariana Callejas, trabajaba minuciosamente en otra realidad muchísimo más concreta; es decir diseñaba los circuitos electrónicos y detonadores que después utilizaría exitosamente en bombas adosadas a las partes inferiores de los autos pertenecientes a opositores importantes de Pinochet. Así fue como hizo volar por los aires al ex Comandante en Jefe del Ejercito chileno, el general Carlos Prats González, en Buenos Aires, y después a Orlando Letelier, ex ministro de Salvador Allende, en Washington. Con los años muchos de los escritores que participaron de ese taller, como Gonzalo Contreras y Carlos Franz, han hecho lo imposible por convencer de que nunca supieron lo que ocurría en esa casa. Recuerdo que cuando se destapó la olla, y se buscaba a Townley por todo Chile, por todas sus ciudades, debido a las investigaciones iniciadas en Washington después del asesinato de Letelier, Lafourcade llegó angustiado a nuestras casa contestando preguntas imaginarias que nadie le hacía y consumiendo abundante agua. ¿Se imaginaba sentado frente a un jurado en Washington? Fue un espectáculo surrealista, donde él pobre parecía practicar respuestas sin preguntas, porque ninguno de nosotros sabía lo que estaba sucediendo; recién se empezaba a destapar por los noticieros de la radio y la televisión la gran noticia de Townley y su participación como figura principal en el asesinato de Orlando Letelier en Washington. Hasta ese momento Townley era un personaje que nadie conocía. A lo mejor Lafourcade imaginaba que en nuestra casa estábamos rodeado de micrófonos escondidos, y lo único que él deseaba es que “alguien” lo supiera, de que “alguien” lo escuchara, y que él, Lafourcade, tampoco sabía nada, nunca supo nada. En casos como esos lo ideal es justamente no saber mucho, no enterarse…. y si uno por casualidad del destino se entera de algo, es mejor no recordarlo; “no me acuerdo, ocurrió hace tantos años”. ¿Se imaginaba Lafourcade que a lo mejor podría ser interrogado por la justicia en Washington, o por los camaradas de Townley? ¿O por el temido general Contreras, por ejemplo, ex jefe de Townley? Este último, de seguro tiene que haberse interesado en conocer si Lafourcade “sabía algo”, o si le “habían contado algo” a Lafourcade, algo en un descuido, en una conversación o cuento escrito en el Taller Literario que se desarrollaba en esa casa tenebrosa. “Saber” en esos casos, conocer detalles, puede ser incluso más peligroso que ser interrogado en Washington. En casos como esos, cuando se conoce demasiado, se corre gran peligro. Lafourcade lo sabía, y sentado en el sofá de plumas, en nuestra casa, parecía sentir el aliento caliente de un dragón desconocido a sus espaldas, se cubría el rostro y pedía agua, gesticulaba contándonos a todos, explicándome a mí (?), que realmente nunca supo de esas actividades secretas y criminales de Townley o de Mariana Callejas, ni siquiera se lo había sospechado.

El año 1984, Lafourcade escribiría “El Gran Taimado” (Narradores Chilenos de Hoy, Bruguera). Su libro empieza así:

“El Viejo” miró a través de sus cejas. Sus ojos azul-celestes eran pícaros, cazurros, de huaso ladino del Valle Central…..

No se necesita mucha imaginación para darse cuenta de que ese personaje, “el Viejo”, es claramente Pinochet. ¿Lafourcade habrá sacado anécdotas escuchadas en su Taller Literario para el libro? Recuerdo que tuvo que arrancar a Buenos Aires por varias semanas, después de su publicación. Conservo una copia aquí en Michigan. Me la traje de Chile después de que pasara de mano en mano y de lectura en relectura; fue tanto que parece una libreta vieja y manoseada. En la primera página se lee su dedicatoria escrita con un lápiz “Bic” de pasta azul:

A Juan y Ximena amigos para siempre”

Enrique Lafourcade

Santiago/22/XI/84

 

En la carta mi madre habla también de la situación económica que continuaba en franco deterioro. Muchos de los endeudados de ese tiempo se fueron a la quiebra al subir el dólar y con eso sus deudas. El padre de Pato, por ejemplo (futuro esposo de mi hermana, pero ahora separados) lo perdió todo. El padre de una polola de mi hermano, Álvaro, también lo perdió todo; pero en su caso no lo soportó y se pegó un balazo en la cabeza. Fue a dar al hospital donde había trabajado mi padre, y donde agonizó por varios días. Parece el argumento de una novela de pacotilla, de coincidencias fáciles, ¿cierto? Pero fue así, fue la pura realidad. Felizmente el padre de Pato, después de muchos años y gran esfuerzo, logró pagar los millones que debía…….. y no se suicidó. La realidad es más dramática que la ficción, y a veces hasta la supera y es más entretenida. El problema es que se la sufre en carne propia.

Aquí va la carta de mi madre. Habla también de su amigo Alone y me empuja a escribir. Le pega también unos palos divertidos a Pablo Huneus, otro escritor best seller de esos años. ¿Qué será de Pablo Huneus, hoy, en el 2019?

 

Santiago, 28 de Febrero 1983

Cristiancito querido

Te escribo en la maquina que le expropié a Gonzalo que ahora tiene “ñ” y así nunca escribiré tanto “ano” como le pasaba a J. Alberto…

Con esta te envío el último libro de Pablo Huneus para que veas cómo nunca se debe escribir…..cuando se tiene la cultura y las oportunidades de hacer bien trabajando como sociólogo….es de una superficialidad increíble. Al menos a mí me parece que escribe en el andén de una estación, a punto de partir de viaje….quizás con los años, si prosigue este huachacamiento cultural, podría ser texto de estudio histórico…

Tampoco me gustó el libro de Lafourcade. Y estos dos libros son best seller aquí….Tengo la sensación que con “Adiós al Führer”, Lafourcade nos toma el pelo a todos.

Marcela Godoy (esposa en ese entonces del escritor Enrique Lafourcade) estuvo unos días en Algarrobo con Nicole (su hija) y una empleada. Le sacaron un quiste en un ovario y está muy decaída de la operación y por su separación de Lafourcade. Apenas si toma en cuenta a la pobre niñita, sólo para “educarla”….. Lafourcade fue a dejarlas y a buscarlas, quedándose a almorzar en casa. Está de lo más entretenido. Les regaló entradas para el festival de la canción de Viña. Álvaro se sentía pésimo en palco (de las galerías les gritaban h….), pero Valeria y Mónica lo gozaron; hasta bailaban en su lugar….Pato volvía esa noche de su vuelta en yate….el pobre no ha tenido un buen verano trabajando con su papá de junior…está con principio de úlcera; Pato, por supuesto. Valeria bien, cuidando de su hermanita mientras su mamá va a Buenos Aires por tres días en viaje de trabajo. Ya viuda, la mamá de Valeria volvió con su pololo….estoy pensando qué más copuchas te puedo contar… que Manuelito (primo) es ahora papá de Manuel. Mañana iré a conocerlo con algún regalo.

Ya no me amarga tanto Oriana (hermana mayor de mi madre), está mucho mejor. Ha olvidado los electroshock que supone le hicieron anestesiándola… y hasta me cae simpática ahora. Uno se acostumbra a lo inevitable, supongo que este mes volverá a su casa. La he interesado en alguna cosa y después de una tarde de trabajo se siete orgullosa de lo que es capaz de hacer. Cuando me exaspera interiormente, trato de cuidarla pensando en mi mamá…Esta semana fue a Viña y volvió feliz. Según ella se puso al día en todas las cosas de antiguamente…

Hoy día casi lloró al oír el comienzo de una grabación con tu voz, la semana pasada se cortó la cinta y compré otra que grabó mal. Ni siquiera sé en qué día llamaste. Son las ocho de la noche, cuando Juan vuelva de ver enfermos te llamamos.

Este no ha sido un buen verano para Álvaro y Mónica por el duelo de Valeria (polola de mi hermano Álvaro en ese entonces). Para Juan tampoco porque ha tenido pocos enfermos y parece que la secesión va a recrudecer aún más. Estamos desistiendo del viaje a USA en diciembre ….espero que Juan vaya solo a pasar Pascua y Año Nuevo con Juan Alberto y familia. Es su turno, me parece justo. El dólar ha subido a más de $110, y las cosas ahora se están poniendo al día con el dólar. El B.U.F. fue liquidado por el gobierno (o es un puro tongo) así es que no pagarán nada, y ni siquiera han entregado todo lo que sacaron…apenas tenga unos cien mil pesos lo volveré a poner en orden para arrendarlo aunque ahora pagan mucho menos que antes, deberé conformarme con unos cuarenta mil, si los dan. Por suerte Juan está contento porque Indisa le creará el Servicio de Urgencia Neuroquirúrgico. Por algún tiempo mantendrá su consulta en el centro, la que tiene ahora en Huérfanos (¿la conociste, tú? Es harto linda). Como departamento está mejor que el de Agustinas.

No me tinca mucho eso de que a los sesenta y tantos, Juan empiece a formar un servicio nuevo, en un lugar donde al año llegan seis o siete enfermos de esa especialidad. Tendrán que hacer una muy buena campaña sobre su atención continua. Claro que Juan está tan entusiasmado que espero encuentre apoyo en la gente de ese Centro. Personalmente creo que como está ahora es bastante bueno. Opera con sus ayudantes en la tarde, además de su consulta en las tardes y en las mañanas visita enfermos. Y no le va mal económicamente. Si en Marzo hace clases en la Universidad, creo que es más que suficiente. Pero es su derecho volver a querer tener un equipo full time (está en los estatutos de Indisa que sus médicos deben tener la consulta privada ahí mismo). Creo que a la gente le gusta más ir a su consulta de Huérfanos.

Hoy volvimos de Algarrobo. Tuvimos una buena empleada por el mes. Bien punga, como para actuar en La Pérgola de las Flores….Mañana vuelven Mónica, Pato y Álvaro y Valeria. Juan y yo hemos ido sólo los fines de semana, ya sea con Oriana (hermana de mi madre) o solos. Es bueno Santiago en verano, poca gente y tranquilidad.

Si escribes algo nuevo mándalo (si quieres) pero no dejes de escribir. Todo en la vida es ciencia y paciencia…. O sea talento y profesionalismo. Tú tienes el talento, el profesionalismo resulta de la práctica continua. Como dice Alone (importante crítico literario chileno, amigo de mi madre), escribe, escribe, escribe…eso solo lleva a la perfección como con los gimnastas, después podrás decir como García Márquez los años que le costó cada novela… en pensarlas creo yo, mientras escribía sobre lo que le pasaba por la mente. Además tú eres muy buen observador. Si te llegan más de esas revistas para writers, mándalas, simplemente por correo ordinario que es más barato, y más seguro que lleguen.

En este momento veo en TV a la reina Isabel en los EE.UU, y ahora terminan de mostrar la corriente caliente del “niño” que también pasó por Chile. El mar estuvo rico por dos semanas pero han muerto muchos peces, locos, etc. no acostumbrados a la temperatura y menos sal. También han muerto más de doscientas personas ahogadas en las playas por el oleaje. Hasta en Algarrobo se achicó la playa….

El diez de Marzo es el cumpleaños de Fernandito Fierro, le llamaremos por teléfono. Le estoy haciendo un póster de género para guardar cosas, espero le llegue a tiempo.

No he tenido tiempo de escribir esos cuentos de terror que me gusta inventar.

Y no te lateo más. En este momento estás llamando tú por teléfono. No me gusta mucho escribir mientras hablas con tu papá. Quiero quitarle el teléfono. Usa American Express para ese viaje.

Un gran abrazo de tu mamá y escribe, escribe…

Recién hablé contigo, pero siempre quedo como con “saudade”. Al oír tu voz me iría por el hilo telefónico a donde estás.

Please, no tomes muy en serio mis cartas. En general lo pasamos recontra bien comparados con el resto de los chilenos. A veces pienso con angustia, de noche, en J. Alberto. Como que vivo su exilio. Escríbele, aunque conteste poco. A cada rato, mientras he estado escribiendo, Oriana entra a esta pieza y tengo que escucharle su cháchara.

Un gran abrazo y gracias por llamar.

Ximena

 

Y aquí sigue una carta de mi padre, que también se me había perdido entre los papeles. Menciona un carteo que tuve con Roald Hoffmann, premio Nobel de Química en el año 81. Lo conocí porque un profesor de Case Western Reserve University había trabajado para él y nos vino a dar una charla a la universidad. Me gustó mucho Hoffmann porque trabajaba en una área donde tendía un puente entre la química aplicada, experimentalista y la química teórica. Consiguió armar un modelo teórico estudiando muchos resultados experimentales, donde descubrió ciertos “paterns” que encajaban bien con una explicación teórica sencilla y que era fácil de entender y de seguir por alguien que no fuera un teórico entrenado. Pero no logró solo eso, su modelo fue también capaz de predecir ciertas reacciones químicas (como se llega a un producto final mezclando un reactante A con otro B), y proponer estudios que después los experimentalistas confirmaban. Me encantó el modelo, su sencillez. Pero sobre todo me gustó el tipo, su calidez humana. Como yo trabajaba en la reducción de oxígeno (el proceso que ocurre al interaccionar la molécula de oxígeno -de variadas maneras- en procesos biológicos), le pregunté si acaso había estudiado como interaccionaba la molécula de oxígeno sobre el centro activo de la hemoglobina, por ejemplo. Yo estudiaba ese proceso porque tratábamos de imitar esa interacción en las celdas de combustible, donde el oxígeno es consumido en uno de sus electrodos al interaccionar con el centro activo de un catalizador (muy parecido a la hemoglobina). Me contestó rápidamente y escribió –como disculpándose- de que no había hecho nada todavía en esa área, que lo sentía mucho. Pero años después lo hizo y lo publicó en un Journal de importancia. Hasta ahí llegó mi interacción con los dioses del Olimpo, porque felizmente reconocí mis limitaciones a tiempo.

Mi padre menciona nuevamente la crisis económica que se vivía en Chile en esos años, y su futuro trabajo en la Clínica Indisa. Cuenta también otro poco sobre el trágico final del padre de Valeria. Aquí va la carta:

 

Santiago, Marzo 7 de 1983

Querido Cristián

Cada vez que hemos recibido carta tuya o has hablado por teléfono nos llenamos de alegría. En verdad que estoy orgulloso de ti y creo que estás haciendo una carrera sensacional. Aunque a ti te parezca broma el que te escribas tú con el premio Nobel de química de 1981, y él te conteste a la semana siguiente con una carta de su puño y letra es casi increíble. Esto revela el alto nivel académico en que estás y lo accesible que son los hombres que realmente valen. La fotocopia de la carta quedará en el álbum de los recuerdos importantes.

En la casa todos están bien. La casa de Algarrobo fue aprovechada especialmente por tus hermanos, pues estuvieron casi dos meses allá. La mamá conmigo íbamos los fines de semana. Álvaro está pololeando con una chiquilla que quizás tú conoces, se llama Valeria y cuyo padre era dueño de una gran industria de confecciones –la mamá muchas veces compró allí- la fabrica se llama “Ballentine”. Los negocios se fueron poniendo cada vez peores y terminó con la tragedia de que el padre de Valeria se diera un balazo en la cabeza que le produjo la muerte.

La situación económica sigue de mal en peor, el dólar está a $120. Realmente no hubiéramos podido financiarle la estadía de Gonzalo en Estados Unidos con un dólar de ese valor. Aquí se está viviendo una depresión muy grave y no sabemos que consecuencias políticas y económicas puede traer. A mí el proyecto de formar un Servicio de Neurocirugía en la Clínica Indisa ya ha sido definitivamente aprobado por el consejo técnico y el directorio de esa Clínica. Así que es probable que en el transcurso del mes de Abril me vaya a trabajar definitivamente allí full-time.

Acá está empezando el otoño, han dejado de hacer los grandes calores y los árboles empiezan a mostrar sus primeras hojas amarillas. Esto me alegra porque ustedes empezarán a tener mejor tiempo. La proyectada reunión de fin de año de todos ustedes en USA, creo que va a ser imposible por falta de dinero. Con el dólar a $120 y quizás a cuanto alcanzará a final de año se hace irrealizable el proyecto. Ojalá que tú en alguna oportunidad organices un viaje de unos 8 a 10 días a Europa y estuvieras con Alberto. Los pasajes USA Europa son baratos y tú no tendrás que gastar en hotel porque estarías en la casa de Alberto. Me interesa que Alberto sienta la presencia de sus hermanos. Otro asunto que me preocupa son las posibilidades de trabajo de Gonzalo; estoy muy preocupado y quiera Dios que todo se arregle bien.

Querido Cristiancito no te lateo más con preocupaciones, recibe un cariñoso abrazo y beso de la mamá, los hermanos y mío.

Juan

Hasta Aquí Llegamos Juntos

Historia que relata los últimos años de la relación entre un padre y su hijo (el autor), al emigrar este último a los Estados Unidos. Por intermedio de cartas y visitas periódicas al país de origen se repasa la vida de ellos mostrando la vida del padre, sus logros, su actuar en una época dicicil para la sociedad chilena bajo Pinochet, junto a la búsqueda que emprende el hijo por reencontrarse con sus raíces al visitar continuamente Chile. Ese intercambio, esa despedida entre un padre y su hijo, a medida que transcurren los años, se mueve en paralelo con las vivencias del hijo al asimilarse a su nueva vida en los Estados Unidos, desligándose paso a paso y lentamente de la vida que transcurre sigilosamente en Chile. El relato explora las dificultades paralelas que s le presentan al autor al despedirse simultáneamente de su padre, cuando este finalmente fallece, y un país, Chile, que finalmente también abandona, pero sin perder completamente sus raíces y su identidad.

El Libro se encuentra en Amazon (amazon.com). Se puede buscar buscando por autor.

 

Prólogo………………………………..3

 

Adiós Hijos……………………….…5

Querido hijo   ……………………….5

Cuando era niño………………………6

Nuestro barrio……………………….7

Como viajábamos…………………………8

Estudiante en el Instituto Nacional…10

Mis primeros años de hospital………11

El primer edificio del Instituto de Neurocirugía…12

Victoriano falleció cuando murieron los muertos..16

El edificio actual……………..………17

Nuestra rutina……………..………….18

Elena Tapia………………..……………19

La tesis…………………..…………….20

Las tertulias literarias……..………..…21

Nos sentíamos pioneros de algo grande..22

El Dr. Valladares…………….………..24

El Dr. Mario Contreras………….……..25

El Dr. Carlos Villavicencio….………….26

El maestro Barraza…..…….…………..27

Los becados……………..……………..29

Una flor para Corales…..….……………31

El golpe de estado del 73 y sus preparativos..33

Una bandera y una joya…………………36

Un hijo en silla de rueda…….……………37

 

Adiós Papá…………… ………………..39

No encuentras todo tan viejo……………39

Te tengo la carta……………….………..43

Sabes tú que me perdí……………………44

Tía Euligia y el mar………………………45

A concho a concho…………………………46

Están destruyendo todo lo que creía permanente…51

Yo ya estoy en otra…………..…………..52

 

 

 

Prólogo:

 

A los Estados Unidos llegué como estudiante el año 82. En ese entonces todavía me sentía inmortal y permanente, donde la edad, el transcurso del tiempo y la vejez no me preocupaban, por eso jamás imaginé que veinte años, los veinte años que he vivido en el extranjero se resbalarían fáciles, como por un colador desportillado.

Acortamos las distancias abonando esos lazos que todavía nos unen fuertemente a Chile viajando cada dos o tres años para ver a nuestros padres, hermanos, hermana, y los amigos fieles. Y estábamos en eso, habíamos regresado hacía pocas horas en un viaje largo y pesado de Santiago, estaba de pie frente a la ventana de la cocina, intruseando en el refrigerador con la secreta esperanza de encontrar sorpresas, quizás una mermelada chilena, un poco de manjar blanco, acostumbrándome a ese invierno crudo de Míchigan que nos recibía sin demora, cuando sonó el teléfono. Al contestarlo una voz conocida me despabiló:

-Tu papá murió, Cristián, acaba de morir.

No entendí bien el motivo, pero al escuchar a mi madre anunciándome: “tu papá murió, Cristián, acaba de morir,” imaginé a mi padre muriéndose de a poco, tomándose su tiempo para perderse lentamente en un túnel de años y recuerdos, de tangos; zambulléndose en esa vejez que le llegó como un piedrazo, un capote negro que no lo soltó más. Finalmente nuestra despedida en Santiago había sido nuestra última y él lo supo, lo supo en el abrazo que nos dimos esa noche hacía pocos días, lo notó en esos temblores que nos recorrieron los huesos mientras me agachaba sobre su cama para despedirnos. Recuerdo que lo estaba tocando con mis manos cuando nuevamente me hice la pregunta con que siempre había terminado mis visitas previas: ¿Sería esta la última vez que lo abrazaba, la última vez que lo veía? Mientras me acercaba vi como sus brazos se extendían, los vi largos y delgados, como las dos extensiones de un pulpo que trataban de alcanzarme, que trataban de acortar distancias para encontrarse con los míos.

Y ahora estábamos de regreso en Santiago, asistiendo a su funeral en la Iglesia Nuestra Inmaculada Concepción. Nos costaba mirarnos a la cara para comprobar el rostro de sorpresa, de dolor y desencanto; pero fue reconfortante ver a los amigos, ver a Pedro, a Javier, Juan Pablo, Francisco, Andrés, y a los amigos de mi padre, a don Fernando, a Jorge, a Román, Alejandro, Guillermo, y también a sus pacientes y a nuestros tíos y tías, primos, Nicolás, familiares que no veíamos hacía tiempo. Debería haber conversado con ellos, sobre todo con los pacientes de mi padre que nunca conocí para que me contaran de él, para que habláramos, pero teníamos que continuar, ya estábamos atrasados después de recordarlo durante el servicio religioso. La ceremonia fue larga, tanto que al final lo sacamos de la Iglesia acompañados por el estrépito del campanario que llamaba a misa de doce.

Habíamos participado de esa misa inusual donde hablamos de mi padre como celebrándole un aniversario. Pero ahora, en este minuto preciso, empujábamos su féretro y costaba darnos cuenta que ya no lo tendríamos, que ya no estaría compartiendo entre nosotros. La chaqueta me apretaba y me sentía gordo, hinchado, el sol de un día de enero, a la salida de la Iglesia, me chicoteaba el rostro trasnochado y acostumbrado al frío del invierno en Míchigan.

Ya no estaba con nosotros pero de alguna manera todavía lo sentíamos presente, sobre todo porque muchas veces nos habló de este día, cuando lo fuéramos a despedir, y nos indicaba el lugar preciso donde lo íbamos a depositar apuntándolo con los dedos: ahí, en el Parque del Recuerdo. Y nosotros le escuchábamos, pero no le creíamos o no se lo tomábamos en serio, todavía pensábamos que a los padres, esos seres que un día conocimos vibrantes de salud, vigorosos, no les sucedía eso, no morían, eran inmortales. Pero ahora terminaba la misa y nos levantábamos apresurados, atropellándonos para encontrar un sitio al lado suyo para sacarlo hacia la calle. Nos daban ganas de llorar, pero ya lo habíamos hecho antes. Lo empujábamos con los pies apuntando hacia el altar, pero pronto alguien nos corrige. La gente silenciosa nos miraba y costaba creer que sí, que había fallecido. Desfilaban los rostros de algunos conocidos, amigos, mientras todavía lo sentíamos hablar, quizás reírse, conversar con ellos. Al empujar su féretro pensé en sus cartas, las cartas que nos escribimos y que estábamos organizando como en una larga historia. Fueron cartas donde se presentó casi desnudo, con una naturalidad que pocas veces floreció cuando estuvimos los dos juntos, sanos, radiantes de salud, en un cuarto de la casa y frente a frente. Al escribirnos fue como si inventáramos otra realidad que manteníamos distante, protegida de la vida diaria y sus trajines. Sujeté con fuerza la manija helada de su féretro y recordé también nuestras conversaciones telefónicas, esos encuentros donde tuvimos la posibilidad de despedirnos y mirar hacia atrás, la posibilidad de abrazarnos y decir hasta aquí llegamos juntos.

En Chile y en Europa, Asia o Latinoamérica han sido muchos los que partieron sin poder hacerlo, sin poder despedirse y hacer un recuento de sus vidas. Lo que sigue es un inventario de esa despedida, de esas cartas y conversaciones que nos acompañaron a través de la distancia que hay entre Santiago y Northville, y que ahora me acompañan mientras lo llevamos a su último reposo. No hay sentimiento más tremendo y triste que el olvido; estas pocas líneas son sólo un intento, un modesto borrador que trata de rescatar recuerdos, imágenes que acompañaron a mi padre, y que ahora, un poco desteñidas, perdidas por una memoria que flaquea, me hacen compañía cuando cruzo la autopista 696 en Northville y manejo hacia el trabajo. Espero que a ti -tú que estás leyendo- y pese a que vivas en otra geografía, en otro tiempo y haciendo tareas aparentemente tan distintas, en algún momento también logres convivir con ellos, con alguno de los personajes, y espero que de alguna manera todavía los sientas vivos y despiertos y te acompañen cuando vayas temprano a tus trajines.

Mi padre falleció, hace ya meses, años, lo dejamos en El Parque del Recuerdo; ese oso grande que uno creía indestructible ya no está, pero al menos nos dejó emociones, chispas, fuegos que en su época ocuparon toda su existencia y que ahora tú puedes leer, aunque acaso distorsionados por los años y desfigurados por las letras que muchas veces tiemblan y se niegan a salir.

Estados Unidos, Northville, Octubre 2002

Patricio Aylwin

Me llama mi hermano Gonzalo por teléfono para preguntarme si me he enterado de la noticia. Sí, le digo, murió Patricio Aylwin. Al día siguiente hablo con mi hermana, Mónica. Me dice que tratará de ir a alguna de las ceremonias. Me acuerdo del papá, le digo. Yo también, me dice.

…..y es como si nuestro propio padre continuara muriéndose poquito a poco, una etapa más, otro año más y otro amigo, un contemporáneo, que también desaparece. Veo homenajes y recuerdos por la radio y los periódicos, pero siento que Aylwin también será olvidado. Lo pienso, pero no lo digo. Al poco rato florecen los recuerdos, los momentos de otros años que la memoria todavía guarda de manera selectiva. Ese día era un fin de semana veraniego y la ocasión no era especial. Simplemente la intención era similar a las otras; juntarse periódicamente los fines de semana para hablar sobre lo que sucedía en el Chile de ese entonces. Uno, al oírlos conversar, los imaginaba practicando la oratoria, argumentos que pronto usarían en los debates públicos porque este solo era un receso temporal, un paréntesis en la actividad política tradicional porque en cualquier momento todo volvería a ser igual que antes, y los volverían a llamar para ocupar un cargo público. Por supuesto que eso no sucedería así de fácil, pero ellos todavía se lo imaginaban, y no sabían que tendrían que pasar largos años para que algo así ocurriera. Muchos de ellos todavía anidaban esa esperanza; un regreso rápido a la vida política chilensis que antes habíamos conocido con tanta naturalidad.

Creo que a mi padre le gustaban esas juntas de fin de semana en la playa, porque ellos, esos políticos amigos, hacían cosas tan distintas a las de él. Recuerdo un fin de semana particular donde, frente a la chimenea de nuestra casa en Algarrobo, Patricio Aylwin, Lucho Pareto y otros ‘políticos en receso’, recordaban a Salvador Allende, que también había tenido una casa en el balneario. Todavía estaba fresca la tragedia y resonaba el fuego, el humo, y el bombardeo a La Moneda, y a lo mejor, sin poder convencerse de que su antiguo colega, ese Salvador Allende que ellos habían conocido durante tantos años de chuchoqueo político había entrado ya en los libros de historia, conversaban sobre él y comentaban episodios de su vida junto a anécdotas sabrosas; como que no querían convencerse de que ya no estaba ahí con ellos. En un momento le tocó la palabra a Héctor Valenzuela Valderrama, que hasta hacia poco había sido diputado. Mientras me dormía entre esas sábanas impregnadas con la humedad de la costa, -ya era tarde-, contó que Allende había sido un político hábil y rápido. Recordó cómo en una ocasión, cuando se encontró con él en los pasillos del Senado (todavía no llegaba a ser Presidente de la República) le recomendó un libro que recién había leído y que le había gustado, indicándole un poco la trama y el desenlace del relato. Cuan sería la sorpresa de Valderrama, cuando esa misma tarde, a las pocas horas, Allende se largó con un florido discurso donde citó el libro, y trató al autor del relato como si hubiese sido su compadre o uno de sus autores entrañables (!).

Como decía, en esos años uno los veía hablar y conversar sin imaginar jamás que uno de ellos llegaría a ser nuevamente una figura relevante en el futuro de Chile. “Voy a ver a Patricio”, me decía mi papá. O de repente era Patricio que llegaba a verlos con su señora. Sin entender mucho de la vida, uno los percibía como perdedores, con algo de linaje y un poco de historia, pero unos fracasados, sin futuro. Recuerdo claramente el día en que me encontré con Patricio Aylwin en la verdulería de Algarrobo, y recuerdo que hicimos cola juntos, antes de pagar. Por timidez no lo saludé y no le di mucha pelota, pero él me miraba intrigado. La verdad es que no sabía cómo saludarlo, “hola tío” o “cómo está, don Patricio”. El tenía un billetito arrugado en su mano igual que yo.

Pero dentro de todo ese ambiente de “políticos retirados” ocurrían hechos esporádicos que insinuaban un potencial cambio en el “status” de estos aparentes fracasados. Recuerdo, por ejemplo, cuando un amigo de mi padre, un gringo del Servicio Exterior de USA (amigo de Ken Guenther, un antiguo paciente de mi padre) lo llamó por teléfono porque estaba de paso en Chile y quería conversar con “políticos”. “¿Conocía a alguien, con que le pudiera conversar, para informarse mejor de la realidad chilena?” Y así fue como llegó Patricio Aylwin a la casa a conversar con el gringo. No recuerdo su nombre. Mi padre simplemente los dejó conversar por varias horas solos en el living….. de manera que desgraciadamente tampoco me pude enterar sobre lo conversado.

Y así fue como Aylwin continuó siendo y portándose como siempre, incluso cuando ya era presidente. En uno de mis viajes a Chile, recuerdo que era Noviembre del 92, fuimos por el día a Algarrobo. Siempre me ha gustado ver o caminar por esos lugares que un día tanto conocí para compararlo con lo actual. Ese día en Algarrobo estaba casi todo vacío, era un día de semana, y esas calles de arcilla, los eucaliptos, la Iglesia, los boliches del pueblo se parecían a lo de antes, a lo mejor por el efecto de la poca gente de ese día. Y ahí fue cuando manejando por esas calles pasamos a ver la casa de “Patricio”……. y como estaba abierta, entramos. Afuera había solo un auto de carabineros. Era el día de su cumpleaños y estaba celebrándolo con su señora, alejados del ajetreo de la Moneda. Me dejó filmarlo con una cámara de video, pero fui yo el que me puse nervioso y no supe qué decirle. Ni siquiera le deseé feliz cumpleaños…. pero al menos, esta vez lo saludé. Pocos días después mi padre me diría: “Con Patricio, mijito, Chile saldrá del subdesarrollo,” recuerdo que me lo volvió a repetir mientras caminábamos por la vereda vacía. Ya se había cruzado el chaquetón y yo lo seguía a su lado. Casi le creí cuando lo escuché, o tuve grandes deseos de creerle. Tiempo después supe que su amigo, Aylwin, lo pensaba nombrar ministro de salud, algo que no ocurriría porque fue vetado por el partido socialista y por la responsabilidad que le atribuyeron por el trato dado al doctor Asenjo, su antiguo mentor y jefe, al ser despedido con una patada en el trasero el 11 de Septiembre del 73. Años después, en el ocaso de su vida, y mientras Chile continuaba construyéndose trabajosamente un futuro promisorio, mi padre confesaría con tristeza:

-¡Pinochet nos jodió a todos!

 

Recuerdo que cuando Aylwin ya había terminado su mandato, llamaba como un ciudadano cualquiera a mi padre, sin intermediarios de secretarias o ayudantes. Muchas veces le contestó un despistado que cuando escuchaba que un tal Patricio Aylwin llamaba por teléfono, simplemente le cortaba después de largarle una pachotada graciosa ….. o a veces insultante.

Me he acordado de esos años ahora que murió Aylwin. ¿Qué es lo que aprendí de todo eso que me tocó vivir? Entre muchas otras cosas prendí y comprobé en carne propia “las vueltas que nos da la vida”. Lo importante que es saludar y darle la mano a alguien sin fijarse en los cargos, en su importancia o rango. Lo importante que es conversar y genuinamente interesarse en esos aparentes fracasados de turno, a los que aparentemente viven en los márgenes, a los poco exitosos que uno se topa en los trajines de la vida…….. como me ocurriría a mi en esa tarde veraniega de Algarrobo, en una verdulería vacía y desamparada. En cada uno de ellos hay un poco de Aylwin escondido.

Las Goteras

Parece que me aviejo irreversiblemente al notar la poca paciencia que guardo frente a situaciones que antes me habría mamado sin chistar. En ocasiones como esa me acuerdo de mi abuelo, el tata Augusto, cuando se quejaba del mundo moderno recordando sus años de juventud donde todo había sido mejor y distinto. Una muestra clara de esa modernidad sin rumbo se la daban las braguetas de los pantalones de hombre donde ya no se usaban botones y venían con cierres; un invento para mujeres, como nos decía. Cuando vaya de visita a Chile tengo que ir a la casa donde vivían antes, cerca de la Escuela de Derecho de la Universidad de Chile y donde ahora parece que funciona un bar que casi no tiene luz. A la calle le cambiaron el nombre, antes se llamaba Siglo XX y por eso no la pudimos ubicar cuando la buscamos en una de mis visitas a Chile. Recuerdo que en el centro de la casa había un tejado de vidrio bien alto, y que durante los días de lluvia chorreaba agua sobre tiestos y ollas que mi abuelo distribuía sobre un suelo de madera y baldosas. Por las tardes de primavera y verano sacaba una silla de madera para sentarse en la vereda y ver pasar a la gente y los autos. Era una rutina que guardaba misterio y que yo encontraba de locos, no entendía. A veces los íbamos a ver –al tata y a mi abuelita Oriana- y mi madre le entregaba a ella unos billetes arrugados como si también fueran goteras, y que ella recibía rozándole las manos, confundiendo esas entregas con saludos o despedidas. Nadie decía mucho ni se hablaba de números, pero uno, un pendejo chico, presenciaba esa transacción sin entender mucho de lo que se trataba. Pese a mi niñez, en variadas oportunidades creo que logré olfatear entre ellos una antigua gloria y un linaje de capa caída, de familias grandes y mucha historia, pero con apellidos que ya se hacían inútiles, que ya no habrían ninguna puerta. Muy cerca de la entrada, pasando por una tragaluz alto y estrecho, había un piano destartalado que alguna vez le vi tocar a mi abuela como recordando sus mejores tiempos, o a lo mejor rememorando bailes de salón, como de aceptación hacia esa sociedad santiaguina de antes. Estaba claro que no tenían mucho dinero y que esos tiempos mejores ya se habían pasado, pero ella no perdía oportunidades para contarnos historias y chismes de gente con apellido a los cuales ella les  “conocía la historia”. En esos años mis padres eran furibundos partidarios de Eduardo Frei Montalva, pero entones mi abuelita Oriana, como ordenando las cosas para ponerlas en su lugar y darles su perspectiva, les recordaba a viva voz y levantando la vista de su tejido a palillos, el día que había visto al padre de Eduardo Frei Montalva, sí el mismísimo padre del Presidente de la República, vendiendo peinetas; sí señor, peinetitas de plástico y en la calle, como recordándonos a todo volumen que ahora el hijo se las podía dar de Presidente de la República o lo que quisiera, pero a ella no le contaban historias, no la engañaban, no le contaban cuentos, lo había visto vendiendo peinetitas de plástico en el mercado. Y creo que tiene que haber sido cierto porque mis padres no se lo discutían y se quedaban callados.

 

Afuera, en abril y en el año 2016, ya nuevamente empieza la primavera en Michigan…. pero tenemos nieve. Enciendo la tele y entre los candidatos a la presidencia del partido Republicano el tema del cambio climático simplemente se ignora. Es un verdadero desastre y Trump, el candidato que ahora lidera el grupo, trata en lo posible de discutir asuntos personales y mundanos basado en slogans, en frases prefabricadas y rápidas. Es bien triste el espectáculo. En el New York Times ya le pusieron un nombre: el candidato zombie, es decir un candidato dañado, que ya no puede vencer pero que nadie sabe como detener. A medida que pasan las semanas, Trump se ha visto forzado a tratar temas que no conoce, que no le son familiares y por eso comete errores tremendos.

No sé, es triste, pero cada día que pasa me convence que los políticos de antes eran mejores, estaban mejor preparados. Frei Montalva, Alessandri y tantos otros. Por otro lado mi apellido aquí tampoco abre puertas, pero en mi casa al menos no tengo goteras y los pantalones no me molestan con cierres. Sé que en mi barrio, aquí en Michigan, nadie lo hace y Pilar creerá que estoy loco, pero un día de estos, muy pronto, y pese a que no tenemos vereda, sacaré una silla de madera para sentarme en el pasto, afuera de la casa, para ver pasar la gente y los autos….

Cuando El Aliento se Torna Aire

¿Y cómo es el libro?, ese que mencioné en la notita pasada, (When Breath becomes Air, o “Cuando el Aliento se Torna Aire”, de Paul Kalanithi), me pregunta por email un querido amigo, ex compañero de colegio.

En el libro, Paul nos cuenta que primero sintió dolores, y que perdía peso de manera alarmante. Paul era médico y por eso mismo sabia lo que le estaba ocurriendo, pero no se atrevían a conversarlo con su señora….. hasta que llegó ese día fatídico donde no les quedó más remedio que romper la burbuja, afrontar la situación y tocarla. Con los exámenes en su mano y sin perder la calma ya tenía la sentencia ahí enfrente: padecía de un cáncer al pulmón y le quedaba poco tiempo.

Paul y su señora estaban recién empezando a construir una vida juntos, una familia, una profesión –él como neurocirujano y ella como doctora en otra especialidad-, cuando los exámenes y los datos que tenía entre sus manos y en la pantalla del computador, le anunciaban de manera inapelable que se había quedado sin tiempo, se le acababa un proyecto de vida porque se iba a morir bien pronto, y con apenas 36 años de edad. No sabía mucho de fechas, nadie le prometía plazos ciertos, pero intuía que sería bien rápido. Al final duró como dos años, un tiempo precioso donde logró tener una hija y terminar su libro.

A Paul siempre le había gustado la literatura y por eso había obtenido un master en la Universidad de Yale. Pensó continuar con un doctorado, pero después imaginó que podría aprender más de la vida y sobre nuestra mortalidad, estudiando medicina en Stanford. Cuando se enteró de su suerte ya era un flamante neurocirujano y junto a su señora planificaban un promisorio futuro. Sin embargo, al conocer el diagnóstico médico, dejó a un lado los gruesos volúmenes técnicos relacionados con su especialidad y volvió a reencontrarse con sus novelas y cuentos de su impulso inicial. Su viuda cuenta que antes de partir por primera vez al hospital, buscó las novelas y cuentos más queridos para refugiarse entre ellos. Eso lo dice en una entrevista que le concedió al The New York Times hace pocos días. Ahí también da opiniones generales sobre la medicina y la muerte. Opina que hemos llegado a un punto donde tenemos mucha tecnología a nuestra disposición, y los impulsos nos mueven a seguir usándola, incluso cuando a veces no sea más que para generarnos sufrimientos adicionales. Dice –y me imagino que basada en su propia experiencia- que en esas enfermedades terminales pronto se llega a un punto donde la muerte no es un evento médico, pero desgraciadamente nosotros lo seguimos tratando como si así lo fuera.

Bueno, pero, ¿y cómo es el libro?, me pregunta mi querido amigo, ex compañero de colegio, Antonio. La verdad es que todavía no lo termino, Antonio, tú sabes que leo despacio, pero la primera parte, donde Paul habla de su infancia y adolescencia, despega floja y me desilusionó un poco. Por suerte lo seguí leyendo y no me arrepiento; de no haberlo hecho así, me habría perdido lo que menciona un crítico literario (reseñado por su viuda)… me habría impedido conocer esas páginas “salpicadas de vida” y tanta valentía. Y lo curioso es que pese a que Paul se estaba muriendo, pese a que su señora le conseguía guantes especiales para protegerlo del dolor en sus manos y pudiera seguir escribiendo (la piel la tenía destruida por los tratamientos), en el libro se respira vida, mucha vida, coraje, y más que nada una tremenda valentía y honestidad. Ella recuerda que fue increíble ver como su marido, pese a que se le iba y moría, y que apenas lograba arrastrarse frente a su computador encendido, consiguió mostrarnos tanta vida, ese “salpicón de vida” entre las páginas del libro.

Hace pocos días leí otra entrevista que nuevamente le hicieron a su viuda porque el libro, en pocas horas, se ha transformado en un superventas; número uno en el listado del The New York Times. Ahí entendí por que la primera sección del libro, donde menciona sus años de infancia, ahí flaquea un poco. Ella nos cuenta que esa sección, Paul la escribió al final, cuando ya tenía casi todo el texto del libro terminado…. y cuando la metástasis le invadía el cerebro y le impedía concentrarse. Pero de este lado y desde Michigan, me aventuro a pensar que al escribir esa primera sección, Paul se acordó de su hija, esa que no podría ver crecer y tocar, y se decidió a narrarle a ella sus primeros años, hablarle sobre sus padres y compañeros de colegio…. a pesar de la metástasis, la fatiga y el desamparo. Pero como nos dice su viuda y hablando de su experiencia…… “la vida no consiste en evitar el sufrimiento, se trata más bien de crear un significado.” Y creo que Paul definitivamente lo hizo. Una vez enfermo, decidieron tener una hija y lo hicieron, y él, heroicamente, le dejó ese texto escrito con tanta vida y anécdotas. Quizás ahora me ocurra, después de conocer la verdadera historia de cómo escribió la primera sección del relato, que al releerla de nuevo le encuentre otro ángulo…. y la redescubra como la mejor sección de su libro (¡). Se las mandó el Paul, realmente.

Afuera es invierno, en Michigan hace frío. Una ardilla come frente a nuestra ventana mientras salen los primeros rayitos del sol del invierno. Toco su libro, veo su foto en la contratapa…… y realmente no entiendo cómo, cómo a veces surgen esos seres tan capaces, valientes y honestos. Refrescante, realmente refrescante.

¿Cómo leerá el libro, su hija?

Mi Disculpa

Estuvo bueno el libro de Mary Karr (The Art of Memoir). Termina mencionando la biografía de G. H. Hardy, un matemático inglés, de Cambridge, que de manera muy honesta escribió sobre “su arte”, su profesión, su matemática, publicando un libro en el año cuarenta, titulado “La Disculpa de un Matemático”. El gran problema se le presentó cuando a los 60 años notó que lo mejor de si mismo, en el campo de la matemática, ya se le había terminado. Desolado comprobó que pese a ser un matemático reconocido, de los mejores en su tiempo, no logró encumbrarse y sentarse a la mesa con los gigantes… y fue entonces cuando trató de suicidarse, de terminarlo todo ahí mismo. Por suerte no tuvo éxito, sobrevivió, y un amigo suyo, C. P. Snow, (un profe bien conocido, de Cambridge, y que escribió un libro importante, “Las dos Culturas”, que trata sobre el aparente choque entre el campo humanístico y el científico) lo fue a ver al hospital, lo reconfortó y lo animó a que escribiera una pequeña memoria para explicarse. Eso fue lo que hizo, y como dice Karr, lo que resultó es una verdadera joyita, un tesoro de honestidad al contar su realidad (¿la realidad de un artista?) sin censura y sin egos.
A los 60 años la suerte de un matemático ya está dada, nos dice, Hardy, y el juego ya se ha terminado. Menciona que Newton descubrió la ley de la gravedad cuando tenía 24 años, Ramanujan cuando tenía 33. Y que el mismo Newton reconoció que a los 40, sus años creativos ya estaban terminados. Después de eso Newton simplemente pulió sus ideas, y a los 50 ya había abandonado la matemática por completo. En Wikipedia leo que uno de los hechos importantes en la vida de Hardy fue el descubrimiento de un indio, Ramanujan, un gran matemático autodidacta que logró importantes avances en la matemática moderna. Me imagino que Hardy siempre se comparó con él, un pobre tipo casi sin educación formal que desde una abandonada aldea en India lo aventajaba en el área de la matemática. Hardy fue el que lo invitó a Cambridge para que trabajaran juntos… me imagino que lo único que hizo Hardy fue mirarlo….
Karr nos cuenta que pese a que Hardy no se pudo sentar a la mesa de los gigantes, junto a Newton, Rieman, Ramanujan –a eso aspiró cuando joven- al menos perteneció a esa raza de grandes, de hombres y mujeres, que en el fondo fueron del mismo tipo, de la misma especie. Hardy no logró ese éxito medido a la manera nuestra, pero estuvo en la misma arena de Newton y Ramanujan, su esfuerzo fue similar, y solo se diferenciaron en grados menores.
Karr nos cuenta que cuando sus estudiantes se gradúan, ella les regala unos párrafos escogidos del libro de Hardy, y sobre todo a esos estudiantes que están embarcados en un gran sueño y ambición. Ella cuenta que les menciona a Hardy porque el solo hecho de intentar algo así de grande, y tremendamente ambicioso, ya los pone en buena compañía, junto a la mejor tradición del espíritu humano, independiente del éxito que pudieran alcanzar en el mercado.
En esos años, cuando ya terminaba mis secundarias, simplemente no sabía cual era mi fuerte. Mas bien conocía y detectaba mis debilidades… donde realmente no era bueno para nada. A mi padre le hubiese gustado que estudiara medicina, por ejemplo, pero yo me disculpaba diciendo que le tenía miedo a la sangre, sin reconocer jamás que la explicación era mucho mas sencilla y práctica: con mis notas y rendimiento el puntaje no me alcanzaba ni para portero en una clínica de pueblo chico. Pero al final estudié química, y en el fondo la estudié no porque fuera bueno para la química, la verdad es que podría haber estudiado cualquier cosa, cualquier carrera que no necesitara puntajes demasiados altos. Lo raro es que pese a todo eso, pese a toda esa sequedad y miseria tuve ambición, y al principio fue solo de la buena, no ese tipo de ambición mal entendida donde uno se ubica como jefe o millonario. Fue una ambición ingenua (?) y que iba a galope con mi edad, era un tratar de poder cambiar las cosas y contribuir hacia un mundo mas igualitario, mejor. Con el tiempo, y cuando me vine a USA y me empezó a ir bien –aprobaba mis cursos- empecé a despertar, y la ambición se concentró más en mi carrera, en mi profesión, y mi apetito fuerte se concentró en curiosidad intelectual, en encontrar, descubrir como funcionaban ciertos mecanismos químicos, y todo eso mezclado con lograr cierto reconocimiento profesional, cierto “status” que también se tradujera con lograr algo de poder de decisión y claro, dinero, reconocimiento, fama…. que por lo demás también estuvo presente en Hardy. Como nos dice Hardy en su pequeño libro, el que no reconoce eso no está contando la verdad. Y ese es uno de los motivos por lo que aprecio su libro, un texto que a lo mejor podría haber escrito con una prosa mas entretenida, pero al menos el tipo no mintió y uno como lector se lo agradece; recuperándose de su suicidio fue honesto y derecho, y ese es el gran valor del libro.
En algún momento de mi carrera –¡y aquí intento mi disculpa!- en mis inicios, tuve la osadía, imaginé que a lo mejor podía llegar a ser un gran científico, un miembro de alguna facultad importante descubriendo cosas nuevas. Pero esa idea realmente no prosperó, y creo que no ocurrió así porque tempranamente y con objetividad veía lo difícil que eso podía llegar a ser; y además notaba que me faltaba algo. A veces, cuando un profe quedaba contento con algún resultado que obtenía en el laboratorio -por ahí me salieron unos pedos meritorios, bastante olorosos, pero nunca el tope máximo- o cuando en la industria hacía avances que alguien consideraba dignos, loables, como que los miraba con incredulidad y decía, de qué cresta están hablando.
Y aquí recuerdo a mi tía Oriana que en cada uno de mis viajes a Chile, cuando iba de visita por unas pocas semanas, me obligaba a pensar en la fama y el reconocimiento cuando incrédula me preguntaba sin entender bien, en qué consistía ser doctor en química: ¿Qué es eso, Cristián? Y ahí le trataba de explicar algo, como disculpándome, y entonces ella intentaba otra pregunta: “Pero, y entonces, Cristián, ¿cuando vas a ser un médico de verdad?” Y ahora que lo escribo, ahora que recuerdo sus interrogantes, tengo que reconocer que me gustaba que lo hiciera, porque me recordaba que el status todavía no llegaba, y me empujaba a verme nuevamente en la sala de clases del colegio, en mis secundarias, cuando todo me sobrepasaba y los edificios, los profes, incluso mis compañeros de curso me quedaban grandes. Pero algo bueno –creo- me ha sucedido con los años, y es que siento que nunca me ha abandonado la curiosidad, siempre me acompaña una maquinita incomoda que me muestra y me recuerda y me empuja hacia todo eso que no entiendo y que a lo mejor puedo aprender mejor. Creo que de eso se trata.
Durante mis 60 años tuve sueños grandes donde traté de entender muchas cosas… aunque no llegara ni siquiera a las patas de esa mesa donde estaba Newton (!). Sin embargo, espero, imagino, que la Karr me habría regalado uno de sus párrafos cuando terminaba un curso de química. Creo que me dice -y la escucho hablar- que al menos lo intenté.

Los Mejores Días de mi Vida

El invierno nos cayó con crudeza tremenda este año, por eso con Pilar estábamos ansiosos de arrancarnos al campo para ver como llegaban las aves migratorias del sur. Queríamos planificar algo donde todo nos resultara como lo habíamos previsto, nada de sorpresas de última hora o cambios que nos golpearan de manera imprevista. Para eso ya sufrimos suficientes cambios de planes en el trabajo y en nuestra vida diaria. Por eso queríamos planificar unos días a futuro y ser totalmente dueños de esos días, de esa agenda, completamente en control; es decir, felices. Ya empezaba la primavera y, en el norte de Michigan se anunciaba la llegada anual de los pájaros que vienen volando de tierras lejanas, incluso desde Chile.

A Pilar siempre le han interesado las aves, y a mí también, pero creo que a mí me interesan incluso más por el grupo, por ver y conocer a ese grupo de gente que disfruta al ver esas aves que cuando tocan tierra, aturdidas después de una travesía tan larga, aplauden y gritan como si estuviesen viendo un partido de futbol.

La noche anterior salimos a caminar porque Pilar quería ver a un búho en su hábitat natural. Y quizás ahí estuvo el error, porque nos desviamos del plan original, planificado cuidadosamente la semana anterior. Decidimos a última hora encaminar nuestros pasos por un sendero de árboles nativos, buscando a ese búho que teníamos identificado por una foto que Pilar tenía en su mano. Subimos por la colina abriéndonos camino a través de la espesa vegetación hasta que bien a lo lejos pudimos ver algo de color rojo escondido cerca de un árbol. Y creo que ahí fue cuando cometimos el error final y definitivo, porque cambiando nuevamente de planes decidimos acercarnos para ver de qué se trataba todo eso. Después de caminar una hora divisamos claramente el bulto rojo. “Es una mochila”, exclamó, Pilar. Corrimos para ver de que se trataba. Al llegar comprobamos con estupor que era un tipo como de treinta años que no se movía, estaba muerto y tieso. De pura curiosidad abrí su mochila. Me topé con un chaleco, un sándwich de queso ya duro y añejo, y una postal que ya estaba lista para poner al correo. La tomé entré mis manos y la leí:

“Pasándolo de manera espectacular. Los mejores días de mi vida”

La Foto

Pocos meses antes de morir se sentó en una silla –¿en la cocina?- y comenzó a escribir notas breves en el reverso de algunas fotos recientes; de alguna manera supo que se iba a morir y que le quedaba poco tiempo. Se dio cuenta lo triste que resultaban las fotos antiguas, de antepasados lejanos que ya no nos pueden decir nada porque están muertos, vaporizados, idos para siempre y por eso quiso explicar algo escribiendo esas pequeñas reseñas. Después encontró un sobre y me las mandó certificadas a Cleveland, donde vivíamos en ese entonces.

En las fotos antiguas los personajes se quedan ahí, congelados en el tiempo, pero asumiendo su mejor pose. Nos miran desde el papel como tratando de contar algo, lo que hicieron o lo que dejaron de hacer, pero ya no sacan nada, están muertos, y nos están mirando desde el otro lado. Ni siquiera les recordamos por sus nombres. Cuando falleció mi abuela Oriana, por ejemplo, recuerdo que pusieron muchas fotos de la familia sobre una mesa destartalada para que los visitantes sacaran las que más quisieran. Las mejores se fueron con rapidez para, a lo mejor, terminar nuevamente escondidas en otra cajonera. Por supuesto que la parentela que llegó primero se llevó los mejores retratos, aumentando así las divisiones y rencores que, en nuestra familia, también se pasaban de mano en mano como si fueran monedas calientes. Recuerdo que mi abuelo, Augusto, el marido de Oriana y que falleció antes, le sacaba mejor provecho a las fotografías porque siempre tenía una en su bolsillo que mostraba orgulloso al que lo quisiera oír. Las guardaba en el bolsillo de su chaqueta y la sacaba tantas veces que ya parecían fotos de periódicos por el manoseo contante y los trajines. A lo mejor estaban salpicadas de saliva porque cuando las mostraba hablaba mucho y orgullosamente las apuntaba con los dedos.

Recuerdo que mi hermano Alberto me contó que un día fue a recorrer un departamento en Plaza Italia donde había vivido la hermana de mi padre. El lugar funcionaba como un hostal para estudiantes, pero lo invitaron a pasar sin ningún problema. Recorrió los cuartos, y parece que le creyeron la historia de su antigua familia porque al final le entregaron un álbum de fotos que había sido de nuestra tía. Eran muchas fotos y hasta el día de hoy alguien trata de darles nombre a esos antepasados que se ríen, que se sientan, que se abrasan. Cuando ella falleció a nadie se le ocurrió ofrecer sus fotos a la parentela.

En esos retratos a veces nos esforzamos por mostrar una gloria o alegría falsa, que a lo mejor existió de manera breve y muy fugaz. Quizás por eso mi padre escribió en el reverso de la foto donde también estaba él:

“Tus antepasados con cara de satisfacción. Los recuerdos penosos no se ven; los tratamos de olvidar poniendo caras alegres. Foto tomada desde nuestro departamento en Santiago. Abril 2001.”

La Primera Sepultura de Salvador Allende

Llegó el día viernes, y ahora nos tocaba visitar a mi querida tía Oriana, hermana de mi madre y que vive desde hace bastante tiempo en una casa de reposo. Para comunicarnos entre USA y Chile hemos usado el teléfono. Cuando la llamo desde USA siempre me espera con un listado de recuerdos que luego me trasmite por si yo los quisiera anotar en un papel; siempre me dice que tome notas sin problemas, que ella no sabe escribir, no quiere, que no le sale la “palabra hermosa”. El teléfono es un sistema que nos funcionó hasta hace poco, cuando ella todavía tenía uno en su cuarto.

Llegamos temprano a saludarla, y nos esperaba contenta y presta para aclarar las dudas de sus relatos anteriores. Nos saludamos, nos abrasamos y ya muy pronto me empuja por el despeñadero de anécdotas y reminiscencias:

-¿Te conté, Cristián, lo de Salvador Allende y su entierro en el cementerio Santa Inés?

-No, no me has contado nunca nada.

-Bueno, mira, tú sabes para el golpe militar lo que pasó en Chile, pues. Mira, en el cementerio Santa Inés, en Viña del Mar, están enterradas mi papá con mi mamá, por eso yo iba harto a pasearme por ahí. El nicho bóveda donde están ellos lo compré ya que la mamá nació en Viña del Mar y porque también están ahí enterrados mi abuelo Agustín Ramírez Gómez junto a mi abuela, doña Emma Ossa. Claro que ahora hay cementerios más modernos que no parecen cementerios, como uno que se llama Parque del Mar, me parece. Y con el tiempo ha cambiado todo porque los cementerios ya no pertenecen al Servicio de Salud como antes, aunque no entiendo porque esto de los cementerios mezclado con salud, cuando eso es pura muerte. En fin, en todo caso ahora pertenecen a la Municipalidad de cada sector.

-Como te contaba por esto de la compra yo conocía y conversaba mucho con el administrador del cementerio, un hombre chico, bien metido y copuchento de apellido Carrasco. Tú entrabas al cementerio y a un lado se ubicaba la casa del administrador, una casona antigua, una puerta, ventanas, poco lujo, y que por la parte de atrás daba al cementerio, ¿me entiendes, tú? Al frente estaban las oficinas donde ibas a preguntar, inscribías los fallecimientos y hacías tus trámites. Así fue como un día fui a ponerle flores a mi mamá cuando este hombre me cuenta que una noche le inundaron el cementerio con autos policiales, camiones y fusiles de batalla. Salió de la casa con lo que llevaba puesto a cumplir con su deber de administrador. Apenas se topó con el grupo militar, se estiró la chaqueta tratando de cumplir con sus obligaciones y pidió el certificado de defunción; así, bien plantado, pese a estar rodeado de armamentos y pelotera. Pero este pobre hombre no había terminado de hablar cuando le gritaron “pa’dentro, pa’dentro, este es un entierro político, me entiende, político, señor, qué certificado ni nada, váyase a acostar.” Así que el pobre hizo caso pero a medias, porque con los pocos empleados del cementerio que tenía cerca se metieron para adentro y mironearon por detrás de las cortinas; ahí mismo, desde su casa al fondo.

-Al final no sé quien daría el certificado de defunción, pero ellos de todos modos presenciaron el entierro. Y era Allende, fíjate, y por los cálculos que hicieron ahí escondidos, detrás de las cortinas, lo depositaron en la sepultura de su cuñado de apellido Grove, que me parece también era político porque cuando yo estaba interna en la monjas francesas de Valparaíso –tenía como 11 años nomás- oía desde el dormitorio, acostadas ya para dormirnos, el griterío que nos llegaba de la calle:

…queremos ver a Grove

colgando de un farol

con media lengua afuera

y pidiéndonos perdón!

-Imagínate la canción de cuna que escuchábamos. El colegio estaba en la calle Independencia esquina con Manuel Rodríguez. Lo que escuchaba yo era el griterío y la trifulca que venía de la calle Manuel Rodríguez. Y ahí, en una esquina, había también una botillería que escupía curaditos todas las noches tambaleándose por las veredas. ¿Y sabes como se llamaba esa botillería, sabes tú como la llamaban? ¡Santa Teresita!, imagínate, una santa y protectora de los que tomaban tanto.

-Bueno, pero la sepultura de Grove está a ras del suelo y separada por un caminito muy chiquito de la sepultura de mis abuelos. Yo en esos tiempos iba al cementerio, llevaba ropa para lavar, les ponía flores y me quedaba varias horas. Y en esa ocasión pasé a la sepultura del tata y la abuelita porque había un rosal muy viejo y lindo que me gustaba regar. Estaba llenando un tarro de latón gris con agua helada cuando me topé con el jardinero, y muy cerca de donde estaba enterrado Allende, así que haciéndome la lesa no me pude aguantar y le consulté bien calladita: oiga, le dije, ¿y por aquí está el Chicho? Porque ese era el sobrenombre que tenía Allende: Chicho. Y me creerás tú que al pobre hombre se le dio vuelta la carreta, tiritó de susto y me gritó: “No se na’yo, señora, no se na”, antes de echar todas sus palas, picotas y herramientas sucias adentro de su carretilla para arrancar a toda carrera perdiéndose entre las tumbas solitarias.