En mi bolsillo de mi pantalón encuentro un papel arrugado, testigo de mi impaciencia y de la urgencia por atrapar instantes que si no los describo, se pierden. Mientras detenido frente a un semáforo espero la luz verde, la melodía de Neil Diamond me envuelve y me recuerda que cada minuto fugaz es importante. Me asaltan vivencias de otros tiempos. Es como si entre el vaivén del tráfico y el murmullo lejano de la ciudad, los recuerdos se abrieran paso con una intensidad inesperada. El auto que veo en el retrovisor ahora me pitea con impaciencia, como si quisiera arrancarme de mis pensamientos para devolverme a la realidad. La camioneta roja de adelante se desliza lenta, sin esfuerzo hacia adelante, dejando tras de sí una estela de movimientos. Tengo que acelerar, pero por un segundo dudo, como si el deseo de quedarme detenido en ese instante fuera más fuerte que la luz verde que me empuja de regreso al tráfico del mediodía y al presente. Escribo temiendo que el tiempo, la música o el movimiento de los autos me arrebaten ese pensamiento antes de darle forma y tenga que partir. La camioneta roja de enfrente se ha demorado en arrancar, regalándome unos segundos extras. Aprovecho ese respiro y temblando, con ansiedad, anoto:
…escribo tratando de sentir como sentía antes, cuando era joven….
El papelito que acabo de escribir queda a un lado, arrugado y tembloroso, como un fragmento atrapado en el tiempo, subsistiendo por un instante más antes del olvido. Me invade la sensación de que ese pequeño trozo de mí, garabateado a toda prisa, es lo único que me queda de ese momento, y temo que al soltarlo, desaparezca junto con todo lo que alguna vez sentí.
Compruebo con asombro que con los años ya no percibo la vida como antes. Las emociones, que alguna vez vibraron intensamente, ahora se me muestran atenuadas, como si una neblina las hubiese envuelto y las hiciera más distantes. Los incidentes y los dramas que antes me sacudían, hoy llegan filtrados por esa luz más apagada que impone la distancia, cubriéndolos con un velo que los amortigua. Tal vez por eso mis notas tienen ese aire nostálgico que surge de un anhelo de sentir como antes, de rescatar emociones que ahora parecen tan lejanas como los recuerdos de la infancia. Me esfuerzo por escribir luchando contra ese desgaste inevitable, intentando regresar -aunque sé que puede ser inútil- a esa condición original donde todo era más vital, y donde la vida me parecía más pura y las pérdidas no me dolían tanto. Mi tío Lalo, cuando recibe mis notas, desde Chile me llama «viejo prematuro», con ese cariño que solo él sabe mostrar. Tal vez tenga razón: hay una melancolía anticipada en mis palabras, una ternura rota que se asoma cada vez que releo lo que escribo, y donde siento que estoy peleando para no perder del todo lo que alguna vez me hizo vibrar.
A veces, sin previo aviso, me sacude el espíritu una resonancia que me arrastra a otras coordenadas, despertando recuerdos que creía olvidados. Es un fenómeno que se apodera de mí cuando escucho una canción que me conmueve o cuando observo algún gesto cotidiano en mis hijas; una risa, una mirada fugaz, una pequeña certeza que ellas exhiben con la seguridad inocente de la infancia. En esos instantes experimento una regresión espontánea donde me veo reflejado en sus edades, en sus movimientos y en su manera de descubrir el mundo, como si el tiempo se plegara y pudiera asomarme a mi propia niñez desde otro ángulo, desde esa orilla que me ofrece la realidad de mi familia. Siento ternura y un deseo por abrazar el pasado junto al presente al mismo tiempo. Disfruto robándole destellos al ahora, atrapando esos instantes antes de que se desvanezcan, y los escribo a toda prisa en un papel arrugado mientras el mundo se detiene.
En una entrevista al escritor guatemalteco Eduardo Halfon, leí que para él, hacer literatura es el ejercicio de querer rellenar los espacios vacíos de la memoria, sabiendo todo el tiempo que no se puede. Parodiándolo, podría decir lo mismo, pero con una variación: escribir, para mí, es el intento de llenar esos huecos enormes, muchas veces tristes, sabiendo que nunca será suficiente, que siempre me quedaré corto. Sin embargo, cada palabra que escribo es mi forma de abrazar esos vacíos, de conversar con la ausencia y la añoranza, y en cada línea dejo caer una esperanza, aunque sea diminuta y frágil. Escribir es, para mí, abrir la puerta a todas las sombras y fantasmas que me habitan, invitar a la melancolía a sentarse a mi mesa y aceptar su abrazo frío. Es un acto de atrevimiento y vulnerabilidad, una manera de llorar sin testigos. Y no importa si el milagro no llega, sigo escribiendo con la fe del carbonero -aferrado a la convicción de que algo bueno puede surgir incluso en la oscuridad-, y en ese proceso acepto la belleza de fracasar.
Para recordar, me aferro a las cartas y fotos que he ido entrelazando en estos textos, verdaderos comprimidos de memorias, retazos de otros días y otros años que guardo como tesoros rescatados del naufragio del tiempo. Son fragmentos de hechos que apenas sobreviven, difuminados por la vida que avanza y por la frontera cada vez más borrosa que separa la ficción de la no ficción. Pero lo esencial, lo que realmente importa, es la autenticidad de esos instantes, la fidelidad a lo que sentí cuando ocurrieron; esa sinceridad es lo que les da vida y sentido. Cuando escarbo entre los papeles arrugados que guardo con obsesión, siempre aparecen cartas, libretas con anotaciones apuradas, fechas que se desvanecen. Las he mostrado aquí, desnudas, tal como son, sin filtros, convencido de que a nadie de los que nombro les importará porque pronto estaremos todos muertos, o al borde del cajón.
Mi amigo Ignacio Carrión solía decir que escribir le resultaba más fácil si imaginaba a todos los partícipes ya fallecidos, incluso él mismo. De alguna manera, su consejo resuena en mí, como si al escribir bajo esa premisa pudiera quitarme el peso de la mirada ajena y dejar que las palabras fluyan con toda su crudeza y su verdad. Siguiendo su ejemplo, me resisto a censurar las cartas, siento que en la censura se pierde la autenticidad, y sin autenticidad, no hay memoria posible. ¿Cómo podría traicionar esas emociones que pujan por salir?. ¿Para qué esconderme?. ¿Para qué huir de los recuerdos?. Nadie me conoce, nadie me lee, y quizás sea ese anonimato el que me permite despojarme de las máscaras y atreverme a escribir con el espíritu desnudo. Tengo poco que perder al intentar la honestidad. Es una muestra de respeto para quienes todavía dedican un poco de su tiempo para leer el texto de un extraño.
Sobre los anaqueles altos, casi oculto entre el polvo y la penumbra, redescubro un libro de Tim O’Brien que es mucho más que un simple análisis sobre la escritura de ficción; es una invitación a explorar el corazón mismo del relato. ¿Cómo se escribe una historia de guerra? El título me llama con fuerza, como si reclamara respuestas a viejas inquietudes que llevo dentro. Como lector, siempre me ha perseguido la seductora pregunta sobre la verdad en un relato: ¿lo que cuenta el autor, ocurrió o es simplemente una construcción alimentada por la memoria y la imaginación? O’Brien confiesa que, para él, la verdad no reside en la fría exactitud de los hechos históricos, sino en la autenticidad de la experiencia, en esa emoción que arde y desgarra bajo la superficie de las palabras. A veces, para alcanzar esa verdad más profunda y conmovedora, se permite cambiar detalles, trastocar la cronología o incluso inventar sin pudor, si con ello logra transmitir la verdad que lo marcó. Esa libertad creativa no es un engaño, sino un acto de honestidad emocional, una búsqueda por acercarse a lo que realmente se siente cuando la realidad sacude y deja cicatrices imborrables.
No puedo decir que me sienta feliz al leer a Tim O’Brien, porque inevitablemente vuelvo a aquella tarde fría en Cleveland, en los años 80, cuando su voz aún resonaba en la sala de la biblioteca de la Universidad de Case Western Reserve. Recuerdo el viento helado golpeando las ventanas, la luz mortecina de la tarde y mi curiosidad palpitando con la ansiedad de quien se atreve a preguntar algo que cree de importancia. Nos quedamos un momento detenidos en la puerta, envueltos por la ventolera y el rumor lejano del tráfico. Con timidez le pregunté si los compañeros de combate que describía en su libro habían existido. Me miró perplejo, sus ojos perdidos en algún lugar lejano, dudó unos segundos, y finalmente respondió que no. Pero fue su titubeo, esa sombra de tristeza y cansancio que cruzó su rostro lo que me reveló que mi pregunta era casi ingenua, que buscaba certezas donde solo había grietas y misterio.
Su libro se presentaba como ficción, pero era obvio que sus palabras navegaban por aguas turbulentas: un territorio híbrido donde lo inventado podía tener la densidad de lo vivido, y lo real se diluía, transformándose en otra cosa, a veces más amarga, a veces más luminosa. Con los años, he comenzado a entender que incluso las memorias más sinceras se escriben desde un lugar ambiguo. Me atrae esa posibilidad de entrelazar verdad y emoción, y siento que, en el fondo, lo que importa no es la fidelidad milimétrica a los hechos, sino la honestidad con que la experiencia se transmite al lector. La memoria, después de todo, no es un registro frío y objetivo; es una reconstrucción viva, y escribir es, quizá, un gesto que da forma a lo que todavía queda en pie después del temporal, lo que sigue latiendo dentro de nosotros y nos empuja a seguir buscando sentido en medio de la incertidumbre.
En otra estantería, casi escondido entre los recuerdos y el polvo, me tropiezo con el último libro de Barbara Le Guin, «Sin Tiempo para Perder» (o «No Time to Spare»). Al leerlo siento una mezcla de curiosidad y reverencia, como si estuviera accediendo a los pensamientos íntimos de una autora que nunca deja de sorprenderme. El libro reúne los blogs que ella publicó durante varios años, fragmentos sinceros y a veces conmovedores de su vida cotidiana. Según cuenta Le Guin en la introducción -y lo leo despacio, dejando que sus palabras me envuelvan-, los blogs no le atraían hasta que por azar se cruzó con los de Saramago. El impacto fue tan grande que fascinada por la sensibilidad de sus textos, sintió una especie de despertar creativo y comenzó uno propio. Me gusta imaginar ese momento, ese impulso urgente que la llevó a compartir su mundo interior. Uno siente que por un instante también está siendo invitado a cruzar el umbral de su intimidad literaria. Con honestidad no teme mostrar su verdad. Recuerda aquel octubre del año 2010, cuando al responder uno de esos largos cuestionarios que la Universidad de Harvard suele enviar a sus ex alumnos, confesó que ya no le quedaban muchas esperanzas. Sus palabras me llegaron como un suspiro resignado, cargado de una tristeza serena, como si adivinara que el futuro solo le traería sobresaltos y temores. Fue como una despedida escrita con tinta invisible, una última mirada hacia adelante donde solo veía sombras y sustos. Pocos días después, como si el destino aguardara a la vuelta de esa carta, su luz se apagó dejándonos sus espíritu vibrando entre textos y relatos.
La siguiente frase no es mía, y trato sin resultado de encontrar a su legítimo autor. Cuando la leí, sentí que algo en mi interior se encendía. Era de noche, llovía con fuerza y el frío se colaba por cada esquina de la casa, pero fue esa frase la que me abrigó, me hizo sentir menos solo. Dice algo así: «Escribir da la oportunidad de seguir hablando una vez que uno se muere.» En esas palabras encontré consuelo y miedo al mismo tiempo: el consuelo de saber que quizá mi voz, mi historia, pueden sobrevivir a mi ausencia, y el miedo de admitir que sólo a través de la escritura puedo resistir el silencio que llega con la muerte. Esa frase me acompañó en la penumbra, invitándome a seguir escribiendo, a seguir buscando sentido incluso cuando llegaba la lluvia y el frío de la noche.
Tal vez por eso, cuando escribo, me asumo muerto, como me lo enseñó Ignacio. Me siento terminado, como si cada palabra que plasmo en la página fuera un suspiro final, una despedida. La censura se diluye y pierde protagonismo, deja de importar; ya no hay temor al qué dirán, sólo queda el temblor -si es posible- de una honestidad desnuda. Escribir, en ese sentido, combate la mortalidad, como han sugerido tantos escritores, y se convierte en una rebelión contra el silencio. Es un gesto de resistencia frente a la desaparición, frente a la certeza de que el tiempo avanza y no da tregua.
Primero llegan noticias de amigos que enferman. Cada vez me asalta con mayor regularidad el nombre de un amigo entre los murmullos de hospital. Algunos se mejoran, se recuperan, vuelven al mundo de los vivos donde su regreso se siente como un milagro, una luz inesperada. Pero otros, muchos, se terminan, se marchan. Uno los ve irse, los siente desaparecer como si un pedazo de uno mismo se desvaneciera con ellos. A veces intento convencerme de que lo ocurrido ha sido una excepción, un desvío en el camino, y no la regla inevitable de haber vivido tantos años; y la tristeza se instala, y la memoria se convierte en una sala de espera donde la ausencia tiene nombre y rostro. Y entonces uno sigue adelante con la ilusión de que todavía queda tiempo, sabiendo que ese tiempo se escurre entre los dedos y cada despedida pesa más.
Escribo para conocerme, para tratar de descubrir quién soy, aunque parezca que esa búsqueda se vuelva un laberinto. Hay días en que me miro al espejo y apenas reconozco la sombra que me observa. Me asusta esa sensación de extrañeza, de distancia con mi propio yo, como si el tiempo hubiera arrastrado partes de mí yo a un lugar desconocido. Quizá escribir es un esfuerzo para rescatarlos. Lo que no supe ver durante tantos años, tal vez nunca logre descifrarlo. Y ahora, con los años contados, la urgencia pesa más: el reloj avanza y siento que el margen para reconstruirme se achica, y cada segundo perdido se me presenta como una interrogante.
Pero escribo, escribo porque necesito recordar a los que se han ido, para rescatar instantes y risas que se quedaron suspendidas y darles un abrazo. Escribo para salvar lo que compartimos y se quebró, para pedir perdón por lo que hice mal, por las palabras duras, por las decisiones equivocadas que dejaron huellas. Al escribir me duele la conciencia de lo que no pude remendar, y sin embargo, insisto. Es mi manera de honrar la memoria, de buscar redención, de arrojar luz sobre esos fragmentos rotos del pasado.
Escribo para ver si ahora me resulta; para soñar con los caminos que nunca me atreví a pisar, para inventar diálogos imposibles, para abrir la puerta hacia conversaciones que la vida me negó. Escribo buscando una manera distinta de llegar, de tocar lo inalcanzable, de encontrarme con las versiones de uno mismo que aún esperan la oportunidad de ser escuchadas. Quizá escribo para no rendirme, para mantener viva la esperanza de que en alguna palabra, en algún gesto, en algún giro inesperado, los errores puedan redimirse y los destinos torcerse hacia un lugar donde tengan más sentido.
Escribo para caminar con otra ropa, para vestirme con trajes que nunca me atreví a mostrar, para sentirme distinto bajo telas de colores nuevos, jugando con identidades y deseos que apenas me permito. O, a lo mejor, escribo para caminar sin ropa, despojándome de todo, vulnerable ante esa página sin letras, dejando que la piel se exponga sin vergüenza. Es en ese instante, desnudo, cuando siento que puedo ser verdaderamente yo, aunque el frío me recorra entero y el pudor tiemble entre las líneas. Escribo para experimentar otra libertad, para atreverme a existir en formas que la vida cotidiana nunca me dejó, donde en cada frase me reconozco frágil y profundamente humano.
Escribo para decir lo que antes, por miedo, me callaba, para soltar esas palabras que nunca me atreví a pronunciar, para contar lo que escondí y que hoy, por fin, dejo salir. Escribo para desnudar secretos que me pesan, con la esperanza de que la vergüenza se disuelva en el papel.
Escribo para escuchar las voces de mi infancia, para invocarlas en este presente de dudas y certezas, donde tal vez -ahora sí- puedo entenderlas de verdad. Les abro un espacio en mi adultez con la esperanza de que resuenen en mi interior y me revelen secretos que antes no supe descifrar. Escribo para que esas voces me envuelvan, para sentir que no se han perdido del todo y que, al escucharlas otra vez, quizás pueda mirarlas con la ternura y la prudencia que entonces me faltaron, como si por fin pudiera reconciliarme con ese niño que aún puede vivir en mí.
Escribo para hablar con mi padre como si tuviéramos la misma edad, y para cruzar nuestras miradas sin distancia, compartir confesiones que nunca nos atrevimos a mostrar, desterrar los temores que nos separaron y sentir por un instante que el tiempo nos regala otra oportunidad para abrazarnos en esa complicidad que tanto imaginé.
Escribo para volver a ver a mi tía Maruza, esa mujer envuelta en misterio, cuya presencia me fascinó y me inquietó a la vez. De ella, los adultos me hablaron poco, casi nada; y ese silencio alimentó mi curiosidad y mi deseo de entenderla. Quisiera poder abrazarla, sentir su mirada y descubrir las historias que callaba.
Escribo para mirar de manera diferente, para descubrir mundos donde antes solo había rutinas, para que la realidad se desdoble en matices y colores nuevos, y así me pueda sorprender con lo que nunca me atreví a mirar.
Escribo porque el tiempo se me escapa, porque siento que cada día son horas que no quiero perder. Escribo para aprovechar lo poco que me queda.
Escribo para ganarme otra oportunidad, para que mis palabras sean un puente hacia los sueños que dejé atrás, que traicioné, para redimirme y abrazar la esperanza de empezar de nuevo. Escribo buscando ese instante en que lo perdido pueda regresar.
Escribo para comprobar si todo fue verdad, si realmente ocurrió.
Escribo para no olvidar, para sentirme menos solo, y para rendirle un homenaje a lo vivido.
Escribo para llorar acompañado, para que mis dudas no resbalen solas.
Escribo para recordar las calles, los barrios, los amigos y los familiares; para volver a verlos, sentir sus voces y sus risas llenando los rincones de mi casa. Pero también escribo porque sé que de esos lugares y de esas personas hui, dejando atrás fragmentos de mi historia que a veces duelen, y otras, me llaman a volver.
Muy bello texto…tiene la belleza de la sinceridad y la verdad!!