Cuando el aliento se torna en una hora brillante

¿A qué edad fallecemos? ¿A qué edad se casa la gente?

A veces leo los obituarios de gente normal –como uno- y me parecen falsos, muy repletos de un lenguaje hueco, mentiroso, que cuesta recordar algo interesante de ellos. Por otro lado son mucho mejores los obituarios relacionados con artistas conocidos, médicos y científicos; ahí aprendo y cuentan un poco más la verdad del personaje. En el The New York Times de hoy, por ejemplo, leo que falleció el Dr. James Holland, pionero de la leucemia pediátrica a los 92 años. Y Barbara Lewalski, a los 87 años, la primera mujer miembro de la facultad en las universidades de Brown y Harvard. Y nos hablan sobre la vida de ellos resaltando los triunfos, pero muchas veces sin esconder los fracasos. Pero en los obituarios del resto de los mortales como uno, creo que sería mucho más interesante si contáramos la firme, e incluso que fueran escritos en primera persona, y que la fama y el reconocimiento –si llegara- que lo hiciera después de muertos. Sería interesante leer un obituario que nos dijera: “he muerto después de un engaño tremendo que sufrí en mi vida”. O confesar sin problemas que “siempre me sentí un médico formidable, pero la verdad es que aprendí a punta de errores, como les ocurre a muchos.” Creo que ahí leería los obituarios de los mortales comunes con muchísimo más entusiasmo. Creo que algo así fue lo que hizo el médico, el neurocirujano Paul Kalanithi, fallecido hace poco, a los 37 años de edad de un cáncer fulminante al cerebro. Escribió un libro casi como un obituario, donde se mostró como un tipo auténtico y muy único, irreemplazable. Mientras sufría la enfermedad escribió su propio obituario, o sus memorias que publicó póstumamente (“When Breath Becomes Air”, o “Cuando el Aliento se Torna Aire”, 2016) que tuvieron gran éxito entre los lectores. En marzo del año 2016 escribí una notita sobre su libro (ver los archivos https://cristianfierro81.com/2016/03/ ) que me impresionó por su valentía y honestidad. Lo interesante es que poco después su viuda, Lucy Kalanithi, leyó un artículo de alguien que estaba sufriendo un drama parecido al de ellos: “Cuando el Sofá es más que un Sofá” escrito por Nina Riggs en el The New York Times (https://www.nytimes.com/2016/09/25/fashion/modern-love-when-a-couch-is-more-than-a-couch.htmlCCCC). Lucy, como experta en el tema, en esos dramas, le escribió una carta a Nina, contándole lo mucho que le había gustado. En el artículo, Nina, una joven madre enferma de un cáncer terminal, contaba sobre su vida, sus miedos, incógnitas, y todo eso mezclado con las decisiones de cómo comprar un sofá. Lo que no sabía Lucy, es que Nina además del artículo, también escribía un libro contando sobre su propia enfermedad, sus sustos y muerte inminente.

Al poco tiempo, Nina fallece a los 39 años de edad y su libro (“The Bright Hour”, o “La Hora Brillante”, 2017) se publica póstumamente y con gran éxito comercial y de crítica; muy parecido a como le había ocurrido a Paul Kalanithi. Pero lo interesante es que antes de fallecer, Nina le habló de Lucy a su marido, John, que estaba pronto a quedar viudo. Es increíble, pero mientras ella preparaba su propio camino hacia la muerte, trató también de ayudar a su marido para cuando este quedara solo. Y le dijo que cuando todo ocurriera, que hablara con Lucy, total ella “ya sabe,” ya ha pasado “por eso”, por algo muy parecido. Y en el artículo del The Washington Post (https://www.washingtonpost.com/entertainment/books/two-dying-memoirists-wrote-bestsellers-about-their-final-days-then-their-spouses-fell-in-love/2018/01/03/3143305a-ebe5-11e7-9f92-10a2203f6c8d_story.html?utm_term=.c61464771bb9) del 3 de Enero de este año, nos cuentan que eso fue lo que justamente hizo John, cuando destrozado por la muerte de Nina contactó a Lucy para pedirle consejos y preguntarle qué cómo se hacía, cómo se escribía un obituario de un ser tan querido. Y así fue como comenzó ha entretejerse una nueva vida para estos dos seres desbastados por la tragedia.

En el periódico comentan que el 31 de diciembre del año pasado, todavía con sus respectivos anillos de matrimonio puestos, los dos fueron a visitar la tumba de Paul Kalanithi, ubicada frente al Océano Pacífico, en California, para escuchar la música favorita de Paul. Y así, con la hija pequeña de Paul y los dos hijos chicos de Nina, celebraron el nuevo año mirando hacia el océano inmenso que tenían enfrente e imaginando una vida en pareja. El autor del artículo menciona que esa relación puede ser descrita como “Cuando el Aliento se Torna en una Hora Brillante” (“When Breath becomes the Bright Hour”). ¿Otro libro?

…..ahora mismo parto a comprar el de Nina.

En el mercado de Juan Ernesto y Ana María

Como a las doce de la noche me despabila una llamada del John (6 PM en Washington) para saber cómo estábamos y si había recibido noticias de Nenad. No, nada de Nenad, le contesto. Casi se murió, me cuenta. Por suerte estaban en la casa, con Giordana, (su señora) así que ella reaccionó bien rápido. Fue un ataque al corazón, y después de un coma inducido, poco a poco ha salido adelante y algo se ha recuperado. Ya está en su casa pero tuvo que jubilarse. Y me cuenta que en Junio The Electrochemical Society, organizará un Simposium en su honor, en Seattle. ¡Moribundo, pero bien premiado!, pienso todavía moviéndome entre las tinieblas de la madrugada. Luego me pregunta si pienso asistir. No creo, le contesto. A mí me gustaría ir, me dice, me gustaría presentar un trabajo en su honor, pero en el Departamento de Energía ahora es bien difícil publicar, necesito autorización de todos lados: ¿Quieres ser autor conmigo y tú lo presentas, tú lo presentas? Tengo que ver, le contesto, para a mí tampoco me es fácil llegar y decidirme por un Meeting, también tengo que justificar mis gastos. John piensa por un momento y agrega, “se me olvidaba contarte, me pusieron un marcapasos, pero cuando desperté creí que me moría porque tenía mi cama rodeada de médicos con rostros muy serios. ¿Creerás que me habían instalado un marcapasos equivocado, el de otro paciente? Los vi a los pies de mi cama y pensé,  ahora si que me muero, me toca. Pasé mucho susto. Me lo reemplazaban porque el anterior -que ya había funcionado- me salvó la vida.”

Cuelgo el celular, y sigue todo muy oscuro en este cuarto del hotel, en Pori, Finlandia, y me levanto de la cama gateando, tropezándome con la pata de una silla que me tritura el dedo chico y me hace doler hasta las muelas. Grito, me tocó los pies, me duele, pero con felicidad descubro que estoy vivo. Dejó el celular sobre el velador justo cuando el App (WeCroak) me recuerda de que me voy a morir y me muestra un verso:

Mientras yo pensaba que estaba aprendiendo a cómo vivir, he estado aprendiendo a cómo morir.

Leonardo da Vinci

Pronto llega el mensaje-texto de Ana María McDonald. Me esperan en su casa en Turku –a dos horas en bus de Pori- junto a Juan Ernesto este fin de semana que se avecina. Reconozco con felicidad que será lindo poder verlos después de tantos años. Quiero ver si continúan siendo el Juan Ernesto Riquelme y la Ana María de esos años, cuando se quedaron en nuestra casa de Santiago mientras nuestros padres emprendían un viaje debido a un Congreso de Neurocirugía organizado en el extranjero. Recuerdo que nos acompañaron por dos o tres semanas. Entre tantas cosas que hicimos juntos fue conocer la Feria de la Pulgas y su delicioso desorden que me hizo imaginar que caminábamos por un museo.

En ese tiempo poco sabíamos que esas situaciones que compartimos juntos, llegarían a ser importantes. Y claramente lo fueron y por eso escribo, para saber que eso existió, que eso ocurrió y fue cierto….. y aquí me acuerdo de mi querido amigo Ignacio Carrión, cuando me dijo: “escríbelo, Cristián, que si no lo escribes, es como si nada de eso hubiese sucedido.” Y lo hago ahora sin ego, sin nada que demostrar y más que nada para recomponer esos momentos, esas vidas, esos sustos que en su tiempo fueron tan importantes en nuestras vidas.

Cuando me bajé del bus, en Turku, Juan Ernesto dice que vio descender a mi padre. Me asustó; pero parece que ya está sucediendo, con el tiempo ocurre así, algunos nos empezamos a parecer al padre y no hay vuelta.

Ana María se veía feliz al poder vernos nuevamente. Fuerte al volante nos conduce hacia su casa. La ciudad estaba helada, pero la casa de ellos tenía ese calor que aumentaba con la conversa y ese vino que al principio me negué a probar; pero que después, poquito a poco, me tuvieron que detener para no consumirlo entero junto a la carne asada que había preparado Ana María. Y el pisco con mango, que no había probado nunca, estaba novedoso y fue otra de las delicias. Adentro de la casa estaba todo muy blanco, limpio y ordenado, y con maderas claras y lustrosas en el suelo. La casa aunque está ubicada cerca al centro de la ciudad, se esconde en una calle de árboles donde no sentíamos un solo ruido. El sol y la nieve se colaban por la ventana de la cocina. Apenas se veían autos, y casi nadie caminaba afuera. A veces veíamos a alguien con un perrito, tal como lo hace Juan Ernesto cuando pasea el perro de su nieta.

Adentro de la casa todo se veía ordenado, minimalista; donde no sobraban las fotos de sus hijos: Sebastián, un policía, y Francisca, que me parece trabaja en un hospital. Adornos mínimos, y por supuesto los libros, libros de Vargas Llosa, Poli Délano, Alejo Carpentier, Cinco Semanas en un Globo, de Julio Verne, Cuentos Chilenos Completos y por supuesto el gran Cortázar.

“¿Otro vinito?” No, por favor, si ya probamos suficiente, le repito. Pero ahí estaba nuevamente el Concha y Toro mezclado con la nieve y la escarcha del invierno de Finlandia. “Y perdona, pero en unos minutos no me pierdo las noticias del canal español,” nos dice Juan Ernesto. Y ahí entonces todos nos sentamos a ver tele.

Y aquí en Finlandia se bebe, nos cuenta Juan Ernesto, mientras probábamos otro vinito; y se toma en unos excesos que a veces sirven como excusa para justificar algunos incidentes. Me cuenta de un compatriota, por ejemplo, que cuando sus vecinos se embriagaban, se acercaban a su casa para molestarlo. Este los denunció a la policía pero con malos resultados; todo había quedado en nada ya que el exceso de trago lo justificaba todo: estaban embriagados. Y así fue como en la oportunidad siguiente, este compatriota aprendió su lección y los esperó rociado en vodka para propinarle una gran paliza a ese vecino. Cuando llegó la policía, sucedió lo planificado: no le pudieron levantar ningún cargo porque claramente estaba embriagado, le anunciaron. Y desde ese entonces no lo molestaron más.

Han pasado tantos años, hubo un golpe de estado donde Juan Ernesto fue expulsado de Chile, pero sin embargo a veces pareciera que simplemente alguien nos impuso un paréntesis, un corte, para reanudarlo años después aquí en Finlandia. Ana María, como buena profesora, siempre escucha mucho, y trata de entendernos mientras se toca un anillo. Y nos mira, pero siempre parece que mirara hacia atrás sin esa nostalgia que me asalta a mí; simplemente reconoce su pasado, nuestra historia, nuestra niñez, esa que si uno olvida y no recuerda es como si nunca hubiese sucedido.

Ya era tarde y pensaron en probar algo para terminar el día. “No, no se preocupen”, alcancé a decir; pero todo en vano porque en pocos minutos probábamos una pizza, otro vinito, y un delicioso postre preparado por Ana María. En Finlandia por todos lados florece el frío en esta época, el hielo, la nieve, y como no, el vino de nuestra tierra, de ese lugar al que siempre regresamos porque de ahí partimos….o de ahí lo expulsaron.

Antes de acostarnos, Juan Ernesto me explicó meticulosamente cómo usar la ducha y me anunció que mañana recorreríamos la ciudad. Al invitarme a caminar, me pareció que iríamos nuevamente al mercado de las pulgas, en Santiago de Chile, pero el frío, el idioma diferente, el hielo del río nos devolverían a la realidad. Y así fue como caminamos sobre el río Aurajoki, que estaba congelado, y recorrimos por más de tres horas el centro de Turku, donde probamos café, y conversamos sobre otros años y otros intereses. Al principio lo acompañé con susto, imaginando que Juan Ernesto se podría tropezar y caer debido a esa pequeña cojera que le hace difícil levantar ágilmente el pie derecho. Pero nada de eso ocurriría, y más bien fui yo el que tuvo que pedirle que por favor dejáramos de caminar sobre ese hielo. Pareciera que Juan Ernesto aprendió a caminar sobre el hielo, de la misma manera a como aprendió a caminar sobre tantas cosas y accidentes. “Ese tiene patines de hielo, pero de competencia”, me dice. Al frente teníamos unas pocas grúas del astillero donde trabajó por tantos años, pero que ahora eran historia. La ciudad de Turku no dejó que la empresa los removiera cuando el astillero se trasladó, para dejarlas como un testimonio de lo que ahí había sucedido antes. Caminamos después por una plaza central donde piensan construir un estacionamiento subterráneo; pero solo si no descubren nada interesante o de valor histórico en las excavaciones, me dice. Aquí se respeta la historia, lo que ha ocurrido antes. En un Museo Marítimo compré una libretita para tomar notas y una gorra para el frío. Juan Ernesto, sentados en un Café, reconoció a un antiguo jefe de su empresa, pero que de autoridad ya le quedaba poco. Estaba anciano y a duras penas arrastraba los pies al lado de su señora.

Después de la caminata matinal llegamos a la otra fiesta, la paella preparada por Ana María que estaba una delicia…. y más vinito, “no, pero como se te ocurre, y bueno ya, otro poquito”.

Durante la mañana no habíamos recorrido el mercado de la pulgas de Santiago, en Chile, pero habíamos conocido juntos un Mercado diferente, el de ellos, el de Juan Ernesto y Ana María, un Mercado que parece salir de un río helado para llegar a una casa caliente y acogedora. Al día siguiente me irían a dejar a la estación de buses. Hacía nuevamente frío.

Fue lindo ver a los amigos y comprobar que seguían siendo los Juan Ernesto y Ana María de siempre. Ana María esperó en el auto, mientras Juan Ernesto me fue a dejar al bus, y no se retiró hasta que estuvo bien seguro y me vio sentado en el asiento. Habían pasado los años y todavía quedaba eso, estar seguros que todo anduviera bien mientras nuestros padres viajaban. Pero el tiempo se nos ha pasado y mi padre ya no está de viaje. Y a lo mejor por eso escribo esta nota, por si alguien la lee cuarenta años después y nota algo, un cuidado, y siente también ese invierno en un día de Finlandia, prueba vino, recuerda, y camina sobre el hielo y quizás también, -por qué no-  por entre los rincones de su propia realidad logra ver a alguien parecido a mi padre que se sube a un bus.

Un día sábado y lecturas con mi perro

Llegamos a otro día sábado con un sol de invierno que parece lamer la nieve que todavía cubre los jardines aquí en Northville, Michigan. Temprano por la mañana, salimos a pasear por la librería de nuestro perro patagónico, el Copo, es decir su calle, sus troncos de árbol seco, donde “lee” olorosando todos los vestigios y aromas de otros animales. Levanta una pata y se pega una meada como diciendo este libro es mío. Un vecino lo saluda y le ofrece algo de comer. El Copo mueve la cola con felicidad. Seguimos nuestro recorrido y pronto llegamos a la librería Barnes & Noble de la esquina. Lo amarro en un poste de la entrada. Me mira y entiende que ahora me toca el turno a mí. Esta es mi propia librería donde también camino y olfateo como lo hace él (pero no levanto la pata ni tampoco hago pipí).

Sobre unos anaqueles altos descubro un libro que habla sobre la ficción de Tim O’Brien (“¿Cómo se escribe una historia de guerra?”, se titula). Es interesante porque uno, como lector, siempre desea saber si el autor nos está contando realmente la “verdad” de lo ocurrido, tal como le sucedió en el mundo real al autor, o si todo es “inventado”. En el libro nos cuentan que para O’Brien, la “verdad” se refiere más que nada a ser fiel a la “autenticidad de la experiencia”, eso es fundamental y más importante que la verdad histórica o cómo ocurrieron realmente los hechos; por eso él se da el lujo de cambiar o incluso “inventar”, si con eso se acerca a la verdad más importante que para él es la autenticidad de la experiencia. Lo leo y me siento como un pelotudo porque recuerdo esa tarde de Cleveland, hace ya muchos años, cuando después de una lectura de uno de sus libros, le pregunté –ya estábamos en la calle- si esos compañeros de combate que él describía en sus cuentos habían existido de verdad. Me miró perplejo, pensó un rato, y me dijo que no. Pero en su titubeo y la cara triste que me puso me sugirió que yo no entendía realmente nada. El libro se presentaba como una obra de ficción, pero claramente O’Brien se había metido en un género híbrido que ahora me gusta mucho. Pasados ya muchos años creo que incluso las memorias actuales se escriben de esa manera. Todavía los presentan como obras de ficción, pero más que nada por asuntos legales, para que no los acusen de que nos están “mintiendo”. Me gusta esta última alternativa porque siento que en las memorias también es importante prestarle gran atención a la verdad emocional, saber transmitirle esa experiencia al lector aunque a veces se “inventen” ciertos hechos para lograr esa verdad.

En otra estantería me topo con el último libro de Barbara Le Guin (“Sin Tiempo para Perder”, o No Time to Spare). Parece que no es más que una recopilación de los blogs que ella publicó por varios años. Según Le Guin –leo en la introducción- los blogs no le interesaban hasta que se topó con los de Saramago. Le gustaron tanto que empezó uno propio.

Leo y me gusta como escribe, cuenta la verdad aunque le duela. En Octubre del año 2010, escribió por ejemplo que a ella ya no le quedaban esperanzas. Contestando un cuestionario que la Universidad de Harvard le había enviado a su ex alumnos, dijo que mirando hacia el futuro solo le esperaban sustos. Y tenía razón, en la contra tapa leo que falleció hace pocos meses.

Y así termina el paseo junto al Copo. Al salir de la librería me pide oler el libro. Se lo paso, lo huele con su nariz gorda y negra y mueve la cola con felicidad. Me llevo el libro a las narices y le encuentro toda la razón; parece buena la lectura, olorosa, viva, aunque la pobre Barbara ya no esté junto a nosotros. Pero escondo el libro imaginando que al Copo le gustaría darle una meada.

Los filtros que no me dejan ver lo singular y hermoso que tiene el diseño de mi país

Creo que el problema con algunos escritores conocidos es que se les nota demasiado cuando le están escribiendo al jefe, al contrato, al marketing. Muchas veces han perdido la libertad y se les nota, se les nota esa falta de compromiso con la escritura y nada más; tienen que vivir de algo y por eso escriben, pero con un lenguaje florido y distorsionado, donde en lugar de contar algo en un simple párrafo, nos mandan a leer tres páginas que al final dicen lo mismo. A lo mejor ese es el precio que se paga al profesionalizarse demasiado.

Me gusta Tim O’Brien, por ejemplo. Escribió sus libros sobre la guerra de Vietnam, y tengo la impresión que él mismo se convenció que ya nos había contado todo y simplemente se chantó. Lo mismo creo que ocurrió con el cuentista Raymond Carver, donde una vez que se hizo conocido por sus relatos breves, lo empujaron fuertemente a que escribiera una novela larga, pero que a él le resultaba ajena y no la pudo “producir”, no le resultó. Algo parecido ocurrió con María Luisa Bombal y Juan Rulfo. Aunque Pilar Serrano, la señora de José Donoso, en una asoleada tarde de domingo, en Santiago de Chile, me contó que eso le ocurrió al pobre Rulfo por alcohólico.

Son muchos los que escriben bien. Aquí va un bello texto de mi amigo Juan Pablo Molestina que me llegó de manera especial al mostrarme, al sacudirme frente a mis ojos, ese filtro que todavía a veces me acompaña. Me encanta cuando descubro textos como estos, aparentemente simples pero sin embargo bien profundos, espontáneos, y donde el que escribe trata de contar lo que siente con emoción, simplicidad y verdad:

 

Creo que es bonito sentir que en esos temas que tú describes de tu familia hay también algo de la familia de cada uno. Es un tema que obviamente es muy importante para los que vivimos en otra cultura de la cual en que crecimos. La familia de la niñez es como la piedra ‘Rosetta‘ de nuestro presente entendimiento, no lo digo con dogmatismo freudiano, sino por pura lógica, así entramos al mundo y formamos categorías, ¿no? Me encanta por ejemplo en tu relato la diferencia del trato en tu familia entre la tía de lado de tu papá (¿pobre?) y el parentesco de tu mamá (¿ex-ricos?), y la sutileza con la que tu papá se revancha desmontando a su suegro (las aceitunas, muy divertido). ¿No te has sorprendido nunca pensando también con ese absurdo filtro con el que crecimos? Mientras más cosmopolita el entorno, como el de la universidad, más absurdo y dañino parece ese prejuicio. Casi es síntoma de algún complejo contagioso que pretende salvar algo que no existe y que a lo mejor no existió nunca, o no así. Hace un tiempo volví al Ecuador de visita, y armado con la distancia de décadas, me sorprendió como arquitecto lo bien vestida y guapa que era sobre todo la gente‚ ‘de a pie‘, y me acordé que crecí con ese filtro que me dificultaba verlo. La presencia india, algo aborrecible en mi percepción de niño, llena de malos dientes, mal aliento, mal gusto, colores chillones, olorosa, es al final lo más singular y hermoso que tiene el diseño de mi país, y lo ‘moderno‘, lo europeo/americano suele ser más bien de pacotilla. Tuvieron que pasar muchos años antes de que yo lo pudiera ver, yo creo que esa ceguera me ha descolocado mucho en mi formación.

La melancolía que acompaña a veces tus relatos es algo que sí es real y que para mí es interesante intentar entender, y tú me ayudas. Creo que es el tema de una generación, puede que nosotros lo vivamos en el sentido geográfico, pero para muchos ahora el cambio cultural que ocurre es tan rápido que hay poca relación entre el mundo de la niñez y el de la adultez, como si se viajara a través de culturas distintas a través del tiempo, sin avión. Por eso creo que tu relato va mas allá de lo entretenido que es copuchear sobre gente que a uno le parece conocida, y sí trata de algo que es parte de la conciencia de cada uno de nosotros, incluso de los que siguen viviendo en el mismo lugar, como nuestros queridos compañeros de colegio.

 

….. y lo dejamos hasta aquí; no le sobra ni le falta ni una sola coma, ¿cierto?, ni una sola palabra. Me gusta también el ritmo de sus frases, casi se lo puede leer cantando, o volando sobre el tejado de las muchas casas diseñadas por Juan Pablo.

Sin apuntar hacia arriba ni hacia abajo

Recuerdo a mi padre cuando me hablaba sobre la importancia que tenía para él, el que nosotros, sus hijos, llegáramos a ser buenos hermanos.

No había nadie en la cocina, era de noche, él buscaba un vaso de agua en pijama, cuando me hablaba. A veces, sentado se sobaba un muslo y conversaba. A lo mejor pensando en ese mundo un poco ingenuo de los años 60, donde todo parecía posible y alcanzable, me predicaba sobre lo útil, lo importante que había en esa noción de ser buenos hermanos. “Mira a los Kennedy, mijito, mira como son entre ellos y lo que han logrado. Mira como se ayudan. Ustedes tienen que hacer lo mismo,” me repetía, “lo mismo”.

¿Lo escuché? ¿Resultó? No lo creo. De partida, el ejemplo que me daba fue lejano porque, al menos en mi caso, sentía que no tenía ninguna afinidad con los famosos Kennedy. Ellos profesaban gran amor por los deportes, que a mi por otro lado me cargaban, y además los Kennedy tenían buena facha, cosa que jamás imagine tener. Creo que su consejo habría tenido una mejor recepción si él me hubiese invitado a conocer de manera más profunda el lado de su familia, con todas sus vulnerabilidades y tragedias. Si la tía Maruza, su hermana, hubiese llegado a la casa más a menudo para reírse con nosotros y celebrar algo, eso que tristemente nunca pudimos celebrar. Jamás le celebramos un cumpleaños, por ejemplo, y cuando llegaba a la casa lo hacía como pidiendo disculpa, en puntillas. Es curioso comprobar como uno, pese a haber tenido pocos años, percibía claramente ese portón cerrado del pariente pobre: ahí nomás, de lejitos. A mí me encantaba mirar, mirarle el bolso vacío, las manos vacías, la boca, el sudor del viaje en micro. Recuerdo claramente que siempre llegaba con algo en la mano, un bolso plegable y siempre vacío, un paraguas sin lluvias, como para dar la impresión de que andaba en tramites, circulando por el vecindario y que por eso tocaba el timbre para entrar a vernos. Muchas veces yo le abrí la puerta, pero no recuerdo que hacíamos una vez que estábamos en la casa, ni siquiera la veo sentada o compartiendo con nosotros, con nadie. ¿Qué ejemplo fue ese? Lo escribo y me da rabia.

Por el lado de mi madre hubo algo de contacto con su parentela, pero muy de costado y con una tendencia recurrente al rechazo, a mirar hacia abajo. Desde chicos empezamos también a ponernos trampas, como cuando le dejé una nota a mi hermano Gonzalo, donde imitando la letra de mi madre lo amenazaba con los castigos del infierno si no ordenaba su closet de inmediato.

Después llegó Piero, la playa y mientras crecíamos fuimos pensando diferente y habitando burbujas distintas. Pronto, quizás demasiado pronto, cada uno de nosotros fue encontrando a sus respectivas parejas que aumentaron los distanciamientos porque pese a que nos pedían que fuéramos hermanables no nos mostraban claramente como respetar los distintos caminos que íbamos tomando cada uno. Ellos mismos, nuestros padres, muchas veces iniciaban los distanciamientos al reprochar implacablemente nuestros gustos, nuestras elecciones y preferencias; había un convencimiento muy grande sobre qué era lo correcto. Y así fue como se consumieron los años, los cantantes, las ideologías y se terminaron los pantalones de pata ancha. Cada uno de nosotros se construyó su propia cueva y a veces, solo a veces, creo que llegamos a ser buenos hermanos, a mirarnos derechamente a los ojos, sin apuntar hacia arriba o hacia abajo…..