La familia…o secretos de familia, o simplemente los secretos (V)

La nota siguiente no fue escrita por mí, pero me habría encantado haberlo hecho. Es un texto que escribió un amigo en respuesta a las notas anteriores referente a las familias y sus historias, sus secretos. Son recuerdos personales que parecerían muy ajenos, pero que de una manera bien especial los siento bien cercanos, casi míos; a lo mejor eso sucede por lo universales que son, por esa fibra humana que tocan donde se muestra un mundo, un universo personal, pero que también es nuestro por ese acercamiento tan entrañable hacia la vejez. Están editados mínimamente, y cuando lo hice, fue solamente para acercar ese recuerdo a la verdad emocional de esos momentos -aumentar “el eco”, como dice mi amigo-, que es lo que verdaderamente importa. Puede leerse mejor probando un cafecito sin apuro, o sentados frente al mar. Aquí va:

 

Cristián, leí tu relato y me quedó resonando, con eco, lo mismo que el relato anterior, el de una semana atrás. Pero no te preocupes, el que me provoquen eco es bueno, es positivo, no es como cuando escuché en una oportunidad poco feliz, el cuarto está mal amoblado, vámonos de aquí, se siente eco, me decían, y lo decían como un dictamen condenatorio, fulminante; así que nos fuimos, nos escabullimos raudamente como si el eco nos hiciera mal, nos enfermera.

Los ecos respecto a los recuerdos, que de por sí son imperfectos, de poca fidelidad, pueden no coincidir perfectamente con los hechos o las percepciones atesoradas, pero construyen nuestra vida. Siempre he tenido buena memoria, lo he sabido continuamente y lo he podido confirmar en mi vida diaria; de hecho hasta los 30 o más años padecí de una híper-memoria, una desagradable manía o capacidad de guardar todos los detalles de algo que me había sucedido. Y más que evocar, después me transportaban de cuerpo presente al instante vivido previamente, y dado que cuando chico era tímido, callado, me empujaban de regreso a esas “planchas” o momentos difíciles, pero también hacia la alegría. Eran fuentes que me ayudaban a revivir las emociones. Esa conciencia tan vivaz de los momentos pasados debí trabajarla incluso con algo de terapia, ya que episodios de culpa mínima hacían recriminarme varias veces el mismo hecho hasta el atontamiento. Logré sobrepasar esos temas, pero los hechos se han quedado siempre ahí, siguen vivos, y los busco y saco a voluntad cuando deseo.

Trataré de contarte algunos episodios que ilustran como los recuerdos soportan nuestras vidas cual andamios o hilos firmes que nos posicionan en lo que somos.

Mi madre tiene 89 años y ha estado enferma en estos días. Siempre ha sido hipocondríaca. Creo que hace unos 30 años que no sale de su casa por más de cuatro horas. Ayer sábado, mi hermana y mi padre la llevaron a la Clínica después de averiguar si podían hacerle imágenes con equipos de campaña, es decir con rayos-X’s portátiles, ecógrafos, etc. Se enteraron de que no es posible, y de serlo sería caro y bien poco común. Pero al menos aprovecharon de pasearla por Valdivia. Me enviaron una fotos donde se ve feliz, casi como descubriendo por primera vez esa ciudad y sus calles que fueron sus dominios durante tantos años, cuando manejaba su auto junto a ese carácter fuerte y complejo heredado de sus abuelos, esos de rancia aristocracia y donde se “roteaba” sin miramientos a quien no fuera “como uno”. En un momento, la discusión más enredada se centró en como bajarla del auto y subirla a una silla de ruedas. Me cuentan que los dejó a todos mudos cuando zanjó la discusión con un…. “no, por favor, no; que todo Valdivia creerá que soy vieja. Pásenme un sombrero grande y con anteojos”. ¿Qué percepción tendrá de ella misma? ¿La de cuarenta años atrás? He conversado largamente sobre estos temas con ella, sobre el paso de los años y donde le gustaría vivir en el futuro. Me ha dicho que le gusta estar donde están sus cosas, sus revistas, sus recuerdos; al final ese es su mundo, el suyo propio. Y siempre me agrega como para convencerme, ¡en otros lugares no sabría donde está el baño, mijito! ¿Cómo lo hago si necesito el baño? Dime, dime: ¿cómo lo hago? El baño, ¿me entiendes, mijito? ¡Tanto te cuesta entender a tu propia madre, la que te parió!

¿Qué puedo explicarle a mi madre? ¿Imaginará que muchos lugares ya no tienen baño, o que los baños ahora los esconden, los mueven, son portátiles, los cambian de lugar? Realmente no lo sé.

Mientras conversábamos sobre los baños traté de ordenar una rima de revistas polvorientas que a todas luces nadie había leído en décadas. Pero de improviso y de una esquina del dormitorio, como si me llegaran ecos de un país lejano, me ordenó afligida, deja mis cosa ahí, no revises nada, no muevas nada, no cambies nada. Me levanté titubeado, -sin moverle nada, por supuesto- pero recordando, repasando todos esos años que vivimos juntos, cuando de sorpresa vi sobre su velador las cartas que le escribí cuando nos fuimos becados a Rumania, por ahí en el año 86-87. Las tenía delicadamente abiertas como recién llegadas por correo, con esos sobres y papeles crujientes y translucidos de bordes tricolores. Las había releído y vuelto a releer y vuelta a sorprenderse con las noticias de mi juventud como si las cartas le hubiesen llegado una semana atrás. Tampoco se las cambié de lugar, no se las toqué, pero noté con pena que esa realidad, la de mi madre, y esa percepción tan vívida de su entorno cercano y su cobijo, la hacen sentirse segura; ese es su espacio, es lo conocido, ese es su hábitat. Noté que sus recuerdos le permiten afirmarse en ellos como muletas, como “burritos”, para seguir, para continuar hacia adelante con su vida.

Mientras te escribo este correo me avisan que murió su perro, el Chopo, esta mañana a las 3:30 AM. Lo enterraron a las 7:30 en el jardín; creo que será un golpe fuerte para ella; fueron 16 años de un fiel compañero que la escuchaba y no la contradecía, no la contrariaba. Mi padre me confiesa que ese estado de máxima dependencia en que se encuentra ahora, lo obliga a estar anclado en la casa y sin poder moverse.

Salgo de su cuarto mientras la escucho todavía lejana, todavía distante; y que no le toque las cartas, me recuerda, deja mis cosas ahí, me pide, no revises nada, no muevas nada, no cambies nada…..

Me quedé levitando afuera de su cuarto y esperando algo (¿a alguien?), sin moverme; esta vez era yo el que no movía nada. Toda la casa y los pasillos estaban en silencio y creo que llegué a palpar el aroma de las alcayotas. ¿Qué edad tendría en ese entonces? ¿Qué edad habré tenido? Corría el año 66 o 67 cuando llegamos a este sitio que nos parecía tan lejano, húmedo y desconocido, con olor a pinos y a ese barro hediondo que rodea a las alcayotas. Llegamos en un auto de color granate y con olor a tapiz nuevo. Y con mis 10 años me preguntaba si mi padre sabía lo que estaba haciendo. Y ahora, frente al implacable paso de los años, puedo decir que sí, me he dado cuenta que invariablemente supo lo que estaba haciendo; y nos hizo partícipe de sus sueños y también de sus locuras, esas que se han quedado conmigo para siempre. Son recuerdos que como el burrito de mi madre, todavía me acompañan y ayudan a moverme en esta vida.

 

Y mi amigo termina el texto con evocaciones que parecen oraciones, lágrimas, o simplemente eso: recuerdos de familia…… pero ya sin los secretos:

-¿Te acuerdas de la alfombra roja, en tu casa de Avenida Suecia?

-¿Lo potente del sol que se acrecentaba y crecía por las rendijas de los postigos a medida que avanzaba el día, en tu casa de Avenida Suecia?

-¿La crujidera de las maderas del pasillo, en el segundo piso, en tu casa de Avenida Suecia?

-¿El olor del baño de la Guillermina, la empleada, siempre con filtraciones y humedad, en tu casa de Avenida Suecia?

-¿El portazo que daba tu padre al llegar o al irse al hospital, en tu casa de Avenida Suecia?

-¿Esa bodeguita/bar, bajo la escalera, llena de arañas y polvo y más arañas, en tu casa de Avenida Suecia?

Sí, me acuerdo; me acuerdo de todo eso y mucho más.

La familia… o secretos de familia, o simplemente los secretos (IV)

¿Por qué escribo estas notas? A veces siento que lo hago y las escribo pensando en los amigos, los sobrinos, sobrinas y amigos especiales, esos amigos que son casi parientes, y otros que ya están en otra parte, que han partido lejos, como Ignacio Carrión, que falleció, murió, pero que de todas maneras imagino leyendo por ahí, en España. Imagino que si ya no puede leer, al menos le abría gustado leer una de estas notas, algo así como un saludo tardío, trasnochado. A lo mejor por eso todavía se las mando por e-mail a Chus, su viuda.

 

Mi tío Lalo, tío por lo amigo, tío por lo cercano, tío por los e-mail que nos escribimos, y tío porque somos parientes por el lado de la Pili, me manda mensajes y cometarios a las notas que a veces lee. Tiene un grupo de buenos amigos que se juntan en un supermercado Jumbo para conversar y verse y contarse historias frente a un cafecito, un pastel de choclo o un sándwich de pernil. La última vez que fui a Chile me invitaron a compartir con ellos. Me encantó escucharlos en ese juego de mirar hacia atrás como riéndose del mundo, para después mirar hacia delante pero ya con más reticencia; todavía alegres, optimistas, y como si todavía tuvieran ese horizonte amplio, infinito, de un tipo de veinte años. Recuerdo que me gustó saber de un amigo de mi tío Lalo, un buen amigo de su grupo, que ya en el Hospital, en su lecho de muerte, se alegraba cuando mi tío le leía las notitas que le llegaban por e-mail. Me llenó de felicidad saber que se las llevaba a su amigo enfermo. Me lo imaginaba sentado en una silla, en un cuarto de hospital, leyendo, y ese amigo escuchando, y a lo mejor en sus buenos momentos, todavía transportándose hacia otros mundos por intermedio de la imaginación y las palabras. En un mensaje de hace pocos días, mi tío, me escribió….. “estás recreando una vejez interior hermosa acorde a tu “mate”, y eso es bueno. Yo me demoré demasiado en lo mismo. Cuando conversamos con los viejos (que tú conoces) coincidimos con lo tuyo. Por lo tanto es fácil deducir que llegando a los 60 afloran los análisis y los recuerdos maravillosos. No se te ocurra perder la memoria; es morir y caminar como un zombie. Tengo grandes amigos que están en esa situación horrible. La torta de la juventud ya la comimos, y ahora sin retorno, no queda otra que comernos la de la vejez, que tiene sus ventajas mientras no haya dolor y soledad. Un abrazo. Lalo”

 

Es interesante eso que muchas veces nos ocurre, esas vivencias o sufrimientos o soledades que percibimos como tan privados, son en realidad bien universales. Otro amigo me comentaba lo siguiente….” Veo la nota que escribiste respecto de tu familia que también es un poco mí familia. Son cosas que nos pasan a todos y las contamos poco. Así creemos que somos los únicos sufrientes en este drama humano. Me cuenta un amigo que perdió a su padre hace como un mes, que varias veces lo ha visto caminar por el centro, por las calles por donde iba a almorzar o a tomarse un café. Ha corrido a hablarle, ha corrido a saludarle y se ha dado cuenta en un flash amargo, que su padre ya murió hace pocos días.” Y, Patricio, otro amigo, me cuenta lo siguiente…. “curioso lo del departamento de Vicuña Mackenna en sus primeras cuadras, donde se ubican hasta hoy las dos edificaciones en las que transcurre tu relato. La Facultad de Química y el departamento de tía Maruza. Esas áreas han sido defendidas férreamente por el plano regulador de Providencia; tanto Vicuña Mackenna como el Parque Bustamante, que se ubica al oriente de este. El área esta tal cual y debes recordarla, nada se ha demolido ya que solo se puede reconstruir lo mismo, no hay riesgo de que eso se caiga. Han desaparecido tus tíos y nana, no así su entorno, menos tu recuerdo. Quizás otra pareja de viejos y su antigua nana viven en un departamento de parqué rojo-oscuro brillante, de cortinas pesadas y esa luz que solo dan las primeras construcciones de hormigón armado, de ventanas pequeñas y rasgos de muros anchos. Ahí cerca de una callejuela transversal, Almirante Simpson, hay un antiguo restarán/prostíbulo llamado “Casa de Cena” donde van viejos contadores e hípicos quebrados, algunos de la construcción. Cuentan que es otro mundo, su mundo, donde hay otro tiempo y otras costumbres; es como ir al caminito de Buenos Aires, locales con luz de tango. Voy con eso de que la memoria nos ayuda a mantener el rumbo de la vida, y que uno completa muchas veces lo faltante. Cuando los padres no están, uno vive una vida proyectada, haciéndolos vivir a ellos, acompañándonos, como viendo fotos antiguas de cuando éramos pequeños; ¿cuanto de recuerdo hay ahí, y cuanto es pura construcción de nuestra realidad? De seguro mi hija, hijos deben cruzarse con varias Maruzas y Pepes y nanas Teresas luciendo delantales mojados y lunares carnudos y peludos. Muchos de ellos buscarán aún a alguien conocido o parientes entre sus recuerdos que seguramente también han ido perdiendo poco a poco.

Un abrazo, ¡sigamos buscando!”

 

O a lo mejor es uno el que terminará paseando por esas calles, Patricio, o por otras calles,  Patricio, viviendo en un país lejano y de otro clima, buscando y regresando a sus orígenes a medida que se quema el tiempo, a medida que se acorta el tiempo, transportándonos hacia esos tomates jugosos que un día me ofrecieron en el departamento de mi tía Maruza, empujándome hacia otro abrazo con Teresa, la empleada bigotuda que me apreciaba tanto, la empleada bigotuda que fumaba tanto, y a lo mejor en veinticinco años más –con suerte, con bastante suerte-, ya completamente trasnochado y rodeado solo de recuerdos, y leyendo unas notitas semanales que me manda alguien por e-mail, un amigo, ya rodeado de fotos viejas, desteñidas, rodeado de fotos torcidas donde veo a alguien que se parece a mi padre cuando chico, o a uno de mis hermanos cuando éramos pequeños, fotos robadas a tirones de algún álbum, me acercaré a darle un abrazo a un joven de 20 años, aquí en Michigan, en Ann Arbor, que encuentro parecido a alguien “de mi tiempo”, a alguien que veo en esa fotos, para hablarle de Teresa o de mi tía, para darle un abrazo sin notar que eso no se hace, que eso no es necesario porque el mundo se ha movido hacia otros horizontes, hacia las nuevas generaciones que lo intentan hacer mejor que uno -espero- o igual que uno –espero que no- . Pero el joven de chaleco de lana blanca, patagónica, se asustará al chocar contra mi lunar carnoso y peludo que ya no puedo disimular sobre mi rostro, que ya no me puedo afeitar, y dejará su celular a un lado para preguntarme bien nervioso, para preguntarme bien asustado, qué deseo, qué busco, qué me pasa. A lo mejor ahí me daré cuenta que he llegado al tiempo de la despedida, y que hay que darle el turno a otro.

La familia…o secretos de familia, o simplemente los secretos (III)

Todavía recuerdo mi entusiasmo; porque llegué tarde a eso, al entusiasmo; me costó esfuerzo descubrirlo, pero una vez que me tocó, se quedó conmigo y se ha demorado en emprender su vuelo, en abandonarme. Noto, eso sí, que con los años el entusiasmo se opaca poco a poco y pierde altura, noto que ya me cuesta más esfuerzo interesarme en algo que descubro, por ejemplo, en algo que aprendo, pero felizmente el entusiasmo no ha desaparecido del todo, no completamente.

 

Mi último entusiasmo en esta “fase de los entusiasmos” ha sido la memoria. Encuentro que es justamente ahí, lo que hemos vivido a través de los años, lo que hemos conocido a través de los años, lo que hemos sufrido y gozado a través de los años, eso es lo que nos hace verdaderamente únicos y distintos….. pero siempre que lo recordemos. Si en algún momento pierdo un brazo, creo que seguiré siendo el mismo de antes, pero si pierdo mi memoria, mis recuerdos, ahí creo que es grave, ahí empiezo a ser otro.

 

Son curiosas las escenas, las conversaciones, los actos que a uno se le fijan para siempre; no conozco cómo funciona ese mecanismo en el cerebro por el cual uno los selecciona y guarda. El departamento de ellos, por ejemplo, quedaba bien cerca de la antigua Facultad de Química y Farmacia donde yo estudiaba en ese entonces, casi vecinos, por eso mi padre concertó una visita mía, por qué no los vas a ver, vas a almorzar, me dijo. Y así lo hice, fui a ver a su hermana, a mi tía Maruza a su departamento para comer algo y saludarlos. En ese tiempo estudiaba química y me resultaba fácil ir a verlos, y por eso fui; además deseaba verlos. Terminé una clase de química en uno de esos auditorios de madera bien usada, antiguos, y pasé a verlos. Lo curioso es que el único que almorzó en ese momento fui yo, porque el único que se sentó en una mesita fui yo, el único que probó un pan con tomate y jamones fui yo. Mi tía Maruza estuvo ahí, se movía y conversaba pero nunca se sentó a la mesa, y los pobres me atendieron como si estuvieran rindiendo un examen de grado fulminante. Recuerdo que me ofrecían unos tomates lindos, rojos y jugosos, eso lo recuerdo bien; y que no paraban de rebanar tomates, de producir torrejas de tomate jugosas para que no me fuera a faltar nada. Nos dijimos poco a través de las palabras o en lo conversado, pero nos dijimos mucho en nuestros gestos, donde lo más importante fue encontrar un hueco donde pudiéramos poner las manos, o donde las pudiéramos dejar quietas o escondidas. El tío Pepe no estuvo presente, pero su figura la sentíamos sobrevolar sobre el departamento como una sombra grande. Además de mi tía Maruza, estaba su empleada, Teresa, la empleada de “puertas adentro” que tuvieron siempre. Ella lucía un delantal de cuadritos azules un poco sucio y donde se sobaba las manos y se las secaba. Fumaba mucho, y tenía los dientes cafés y picados de tanto fumar. Cuando uno la saludaba, siempre me fijaba en sus dientes. Y sobre su rostro lucía impunemente una barba y unos pelos negros, largos, o blancos, como canas, y que nunca se afeitó. Pero cuando ella me veía dejaba de fumar para abrazarme como si hubiese sido un hijo suyo. Genuinamente creo que me apreciaba, y la recuerdo con cariño. La última vez que la vi, iba saliendo del Hospital del Salvador. A lo mejor fue en una de sus visitas rutinarias poco antes de morir.

 

Me he dado cuenta que muchos de los mayores de esos años estaban más perdidos que uno, algo así como si el trabajo de ellos hubiese sido mostrarse invulnerables, aunque fueran vulnerables, fuera dar la impresión de que lo sabían todo aunque eso no fuera realmente cierto, porque pese a sus años sabían poco, y conocían incluso menos.

 

Es interesante poder llegar a la edad de uno para mirar hacia atrás, y hacerlo con los anteojos de padre, es decir uno mismo y después de transcurridos varios años como padre, padre de dos hijas. Y después lo veo a él –mi padre- y su misterio crece, a lo mejor porque fuimos “fabricados” en generaciones diferentes y con problemas distintos. Su historia no fue nunca mi historia, y tampoco se la conocí completamente. Se que  trató de hacerlo lo mejor que pudo, como lo he tratado de hacer yo, y también sé que se enfrentó incógnitas tremendas, abandonos que yo no conocí. Lo veo caminar, muchas veces lo imagino caminando, pero lo veo caminar solito.

 

 

¿Y cómo podría terminar esta notita, ahora, en un día de agosto, en una noche de agosto, en el 2018? ¿Cómo hacerlo ahora en Míchigan, cuando mi tía Maruza y Teresa y mi padre y N. N. y tantos otros ya se han evaporado? Me gustaría hacerlo imaginando a Teresa, la barbuda, la de pelos negros y largos sobre el rostro, o blancos, canosos sobre el rostro, elevando volantines o jugando con el avión del tío Pepe, y el tío Pepe cortándome más torrejas de tomate y riéndose, finalmente riéndose y ofreciéndomelas en el almuerzo, y a mi padre en el auto, de regreso a casa, contándome que un día se sintió muy solo, eso que los adultos nunca nos confesaron o nos dejaron ver porque estaba casi prohibido hacerlo, o porque uno a lo mejor les pedía que supieran de todo, o que entendieran de todo y nos hablaran de lo bueno y lo bonito. Y uno entonces dejaba de mirar por las ventanas del auto, dejaba de mirar hacia afuera, hacia los edificios altos que parecían moverse a gran velocidad, para mirarlo a él.

La familia… o secretos de familia, o simplemente los secretos (II)

IMG_3927

“Corría Marzo del 2002 y a insistencia de tu padre, Cristián, fui a ver el mausoleo familiar en el Cementerio General. Está en la puerta de Recoleta, cerca del acceso y mirando al Cerro Blanco, desde el ingreso hacia la derecha. Fue comprado por Adelaida Puelma el año 1945. Es una edificación de color mortero gris, cubierta a dos aguas y rejas de fierro pintadas de color verde. Te adjunto las notas que tomé mientras tu padre, recostado, me dictaba los nombres. También te adjunto la ficha del mausoleo, donde se ven los sepultados. Está tu bisabuela, un Agliati, que pensé era el niño de la foto, pero no cuadrarían las fechas. Hay dos tíos tuyos, Juan A. Morales Puelma e Isabel del Carmen Morales Puelma. ¿Los conociste?”

                              Morales Puelma

 

Sí, a mi tía Isabel la conocí, Pato. Pero fueron saludos rápidos, donde uno se miraba a los ojos pero era poco lo que se podía decir, o era poco lo que se estaba permitido expresar. Mi hermano, Gonzalo, en la sección de comentarios de la nota anterior, menciona:…..”yo acompañé al papá a verla unas tres o cuatro veces cuando era niño. Ella estaba enferma de algo, y él la pasaba a chequear. Vivía en una casa de Ñuñoa. Yo veía que no había cariño entre ellos, y un día le pregunté al papá la razón de esa lejanía. Me contestó que cuando era niño chico él había tenido que irse a vivir con ella, y que siempre lo habían tratado de allegado, sin cariño, como una molestia. La tía Isabel nos ofrecía tomar once, y ofrecía jamón. El papá nunca lo probó o tocó. Yo tampoco, siguiendo lo que él hacía. Me contó que solo desde que se había recibido de médico el trato hacia él se mejoró; pero él nunca pudo olvidar las humillaciones que pasó. Cuando le mencioné que ella me parecía pobre, me respondió que tenía mucho, pero que no gastaba en nada. No supe nunca cuando murió.”

La ficha de sepultaciones que no miente:

Ficha mausoleo cara 1

Según la ficha de sepultaciones que muestro más arriba, Isabel del Carmen Morales Puelma -tía Isabel- falleció el 20 de Enero de 1992. Y yo también fui con mi padre (Juan Luis Fierro Morales) a verla varias veces a su casa, ahí en Ñuñoa, una casona de un piso, blanca y de jardín descuidado, con matas polvorientas; pero nunca hubo una visita como para sentarse o me ofrecieran café o un chocolate caliente. Tampoco percibí ese trato frío que describe mi hermano, Gonzalo. Creo, más bien, que ella me miraba sorprendida porque a lo mejor veía a mi padre, porque físicamente me parecía a mi padre, me parezco mucho a él. Pero verdaderamente “a ellos” no los conocí. Para mí esos parientes estaban vedados, había misterio, mucha lejanía, guantes. A veces los notaba, sobre todo a mi tía Maruza; pero fueron contactos esporádicos y bien medidos, como visitas legales y donde mi tía Maruza, la hermana de mi padre, se sobaba mucho las manos como para sentir otro cariño, ese cariño y afecto que tanto le faltó. Al final, cuando yo le cerraba la puerta de entrada –las pocas veces que nos visitó- se fue también apresurada y calladita a tomar la micro de regreso a su departamento ubicado en Plaza Italia, escondido en Plaza Italia.

 

“¿El de terno cruzado no será un Agliati, Cristián? El cadáver de N. N. Schwerter Warner es digno de ser investigado, según la cuidadora. Al visitarlo y hablar largamente con ella, que sabía mucho de quienes “están” ahí, me abrió el mausoleo y bajé incluso a la cripta. Capaz que lo hayas visitado y lo conozcas y estoy contándote una noticia antigua?”

 

No, no conocí nada de eso, Pato, y tampoco nada de lo que me cuentas es noticia antigua. Creo que el hombre tieso, a la izquierda de la foto, de terno cruzado es un Agliati, el que molestaba a mi padre, pero como dices tú es difícil saberlo ahora, cuando ya casi todos están muertos, y mezclados con un N. N. Schwerter Warner que también nadie conoce.

 

La cuidadora de nombre María Teresa, se enorgullecía de conocer las historias de los muertos de “su calle”. En ese entonces se veía de unos 65 años, y ya marchita. Al hablar con esa mujer -vestida con una “pintora cuadrille” azul y blanco, y sobre esa prenda un delantal blanco- dijo que N. N. era un niño. N. N. Schwerter Warner, y que murió en el 46; era un niño.

Estos cuidadores tienen encargados los sepulcros por calles, y a ella le correspondía la tercera de Tilo. Viven de un mísero sueldo y cobran a los deudores y visitantes para mantener limpio el lugar. Me sacó la cuenta y pagué algún monto. Ella me dijo, después de preguntarme quien era yo, que soy Patricio, le dije, yerno de Juan Fierro, hermano de Maruza. Ah, María, me contestó, “la más nueva” de aquí, insistió como sacando cuentas. Sí, Juan hace tiempo que no viene, y agregando en seguida, que averigüe, señor, averigüe sobre “el alemancito N. N”. Es un olvidado. Que averiguara bien quien era N. N. si estaba interesado en la familia. Imagino que quiso decir que debía develarse su historia y al menos saberse quien era, sacarle el N. N. Ahora algo más de 16 años después lo podemos hablar, en su momento lo pensé y al dejar la reja del “General” como le dicen aquí al camposanto, preferí callarlo y ni tocar el tema con tu padre. Nadie hasta ese momento había revisado el documento que te mando.”

Acabo de ver el día de otra visita –cuando lo hice solo- fue un viernes. Yo estaba vestido de terno. Le avisé a tu padre…pero me dijo que fuera solo, que le contara después.

 

El único que está enterrado ahí y que no es de la familia es María Teresa del Carmen Yordi de la Fuente, y claramente, al final de la página, se lee el permiso y una explicación….. “desde luego se autoriza la sepultación de María Teresa del C. Yordi de la Fuente”. ¿Y donde está la autorización para sepultar a N. N. Schwerter Warner? ¿Donde está esa explicación que llora a gritos? ¿Donde se puede leer…….”desde luego se autoriza la sepultación de N. N. Schwerter Warner?”

En ese momento Pato tampoco le consultó a mi padre sobre N. N. Schwerter Warner. A lo mejor no lo hizo porque mi padre ya se había levantado desde donde le dictaba, o a lo mejor porque lo notó más triste al recordar su vida, o a lo mejor se coló ese dicho de mi madre y le creyeron, le creyeron esa historia de que a los muertos no hay que molestarlos, “……hay que dejarlos tranquilos, Cristiancito”. Pato ya había conversado con la cuidadora pero no alcanzó a preguntarle nada más.

La cuidadora, María Teresa, fue un personaje bien pintoresco. Como nos cuenta más abajo, Pato, trabajó toda su vida en eso. Llegaba al abrir el cementerio y se iba por la tarde, aún está un kiosco de dos por dos metros, atrás de los mausoleos y cerca de una llave de agua y una acequia. Llegaba bien temprano por las mañanas y así lo hizo hasta pocos días antes de morir, cuando terminó juntándose con todos ellos, y donde finalmente llegaría a ser “la nueva de aquí”, “la nueva del lugar”, aunque fuera solo por un rato. Finalmente entró a ese lugar donde también hay casitas pequeñas, calles reducidas y rejas de entrada, y donde la gente los visita y se prepara para cuando los sorprenda el turno, el turno de ser “nuevos” por un rato.

 

Hola, Cristián, estoy trabajando en un monumento, postulo al monumento en honor a Patricio Aylwin. Es un proyecto complejo y multidisciplinario. Curioso; de los que estamos en este concurso, el único que lo vio de cerca soy yo. Almorcé varias veces con él en Algarrobo, cuando se juntaba con tu padre. Estoy estudiando los pliegues de los ropajes de las estatuas en el cementerio. Aproveché de pasar a ver a la señora del mausoleo Morales Puelma pero se murió. Se llamaba María Teresa. Ahora su hijo, Luis, está a cargo de todo, y solo los fines de semana. Me contó que una señora María Luisa es la única heredera que visita el mausoleo cada tres meses. Ella le da diez mil pesos cada vez que va y le deja el vuelto. Tiene su sepulcro reservado en la cripta, el de la izquierda superior. Es pariente de un Morales, según dice, Luis. Me dio su número de teléfono para que la llamara y sepa de ella. Es muy viejita, según dichos de Luis. Al preguntarme por qué venía al mausoleo, le dije que por Juan, hermano de María Josefa (mi tía Maruza). Se ubicó inmediatamente.

 

Uno llega a una edad donde las explicaciones más descabelladas ya tienen sentido. Y creo que he llegado a puerto, creo que llegué finalmente a tierra firme. Ya se me han quitado los mareos, tantas dudas y el misterio. Saquemos la cuenta, juguemos con los números. Según las fechas que nos muestran las tumbas, mi tía Maruza nació el 6 de abril de 1915. Imaginemos que ella tuvo ese hijo prohibido, un borrón, a los 18 años. Eso nos trasladaría al año 1933. Sabemos que N. N. Schwerter Warner murió en el 47, y cuando todavía era un niño. ¿Qué edad tendría N. N? Aproximadamente 14 años (1947-1933 = 14). Es decir un niño; la sugerencia de la cuidadora calza, llora, y adquiere nombre y apellido.

 

Al conocer todo esto, noto que la amargura de mi tía Maruza ahora alcanza un sentido nuevo, y la entiendo, como que todo se me aclara con N. N. atribuido a ella, “el alemancito” N. N. Schwerter Warner abandonado ahí; probablemente un primo mío. Ahora entiendo por qué nunca hubo una Navidad juntos, nunca un paseo juntos….. y nunca una visita a la rápida y sin juicios certeros, lapidarios. Mi tío Pepe Agliati (marido de mi tía Maruza), por ejemplo, jamás entró a nuestra casa, ninguna vez. Y la abuelita María, la mamá de mi padre, tampoco, nunca nos visitó, jamás entró a nuestra casa. Yo era niño y simplemente acompañaba a mi padre y la pasábamos a ver a su departamento ubicado cerca de Plaza Italia, eso fue todo. Tampoco nunca recuerdo a mi madre tocando el botón de entrada en ese departamento. Recuerdo que al entrar, el brillo del parqué y el silencio de los cuartos contrastaba con el bullicio y el polvo de la calle, en Avenida Vicuña Mackenna al llegar a Plaza Italia. Ella siempre estaba en cama y le contestaba a mi padre todas las consultas relacionadas con los remedios que estaba tomando, o las horas en que se los tomaba. Su cama era alta, enorme para un niño chico como uno. Estaba construido de una madera oscura y que brillaba (ahí adentro muchos objetos brillaban). Tenía una cómoda robusta y lustrosa, y cubierta con más remedios y más adornos chispeantes. Mi hermano Alberto me cuenta que ahí guardaban unas castañuelas que ella, en sus buenos días, supo usar como una experta. Me encantaba una ardillita enana de piel café, que después de muchos años y algunas visitas, me la puso entre mis manos para regalármela. A veces también veíamos a la hermana del papá, mi tía Maruza, que como escribía antes, cuando me veía me hablaba de Dios, del niño Jesús y me saludaba haciéndome la señal de la cruz sobre mis labios y la frente. ¿Habré tenido algún parecido físico con N. N. Schwerter Warner? ¿Se lo recordaba? En contadas ocasiones estaba presente el tío Pepe, el marido de mi tía Maruza, porque los dos vivían ahí, ahí se movían, ahí “se topaban”, pero no eran realmente un matrimonio. Él fue un tipo misterioso que nunca me habló, que jamás me dijo una palabra, y que me miró siempre desde sus alturas. Fumaba mucho. Al regresar a casa después de una de esas visitas, cuando ya íbamos en el auto, recuerdo que mi padre me comentó, con algo de sorpresa, que mi tío Pepe había estado simpático. Pero me lo dijo con alivio, acaso imaginando que felizmente no había sucedido nada malo, ningún incidente, ningún drama o griterío en ese departamento silencioso, limpio y de parqué brilloso y crujiente. Creo que le dije algo, pero no recuerdo bien, había mucho misterio, silencios, había muy poca felicidad escondida entre los muros de ese departamento, sobre ese parqué lustroso que engañaba, y yo me quedaba mirando a través de las ventanas del auto sin saber cómo explicar todo eso. Pero ahora encaja, me lo explico, finalmente ensambla la tristeza de esa tía mía.

Con mis padres siempre me sentí como navegando entre dos aguas, pero siempre le creía más a mi padre, sobre todo cuando estaba solo y sin la influencia de mi madre a su costado.

A lo mejor si voy de visita a Chile, al Cementerio General, y me recuesto donde se recostó mi padre cuando lo visitó junto a Pato, cuando ya su propia muerte le hacía rosquillitas y lo saludaba, y si uso nuevamente el celular para calcular el número 14 como lo acabo de hacer ahora en Michigan, a lo mejor me sorprenderá otro número, o a lo mejor no me resulta….. pero no lo creo, no es posible, no veo otra explicación viable.

¿De qué murió el “alemancito” N. N. Schwerter Warner? Eso nunca lo sabremos. Pero esta tragedia de un niño desconocido, forzado a ser abandonado en un rincón, transformado en un borrón sin nombre, solo con dos apellidos extranjeros, y sin fecha de nacimiento para ocultar que era todavía un niño, explica la tremenda tristeza de esa pobre tía mía. Eso explicaría también sus llegadas apuradas a nuestra casa, como pidiendo permiso para entrar de improviso, iba pasando y se me ocurrió venir a verlos, me decía. Siento que si me hubiese ocurrido algo parecido a mí, parecido a lo que le ocurrió a mi tía, habría hecho lo mismo que ella, me habría comportado igual que ella, habría tratado de ir porfiadamente a la casa de Avenida Suecia 1521 aunque nadie me convidara, y habría apretado con el dedo índice el timbre de bronce sobre el muro, en la entrada de esa casa, aunque nadie me hubiese invitado, y me habría sobado las manos como lo hacía ella, y abría entrado como lo hacía ella, aunque no me recibieran, aunque no me miraran, y a lo mejor lo habría hecho con la esperanza de que alguien -parecido a Juan, ¿parecido a N. N?- me abriera la puerta de entrada, y me recibiera en esa casa, me invitaran a pasar. Y a lo mejor a mi padre, adentró del auto y cuando íbamos de regreso a casa, le habría comentado que no, que el tío Pepe no me habló, nunca me habló, papá, y que algo no encajaba bien. ¿Qué le pasó, papá? ¿Qué ocurrió? Cuéntame sobre el N. N. Pero a esa edad uno no se lo imagina, no lo cree posible……… y “el alemancito” N. N. Schwerter Warner todavía no se había aparecido –después de tantos años- para mezclase en nuestras vidas.

La familia …o secretos de familia, o simplemente los secretos

 

Tuve que tomar una calculadora para confirmar los años de la carta que mi padre le escribió a mi hermano Gonzalo, que me parece estudiaba en USA en esos años, hace cuarenta años atrás. La reproduzco más abajo sin recordar cómo llegó realmente a mis manos. Al verla, me dio vértigo comprobar que mi padre la escribió cuando era menor que yo en este momento, en el 2018 y aquí en Michigan. Al leerla fue como introducirme en una cápsula de tiempo, de una época ya vaporizada y caput.

Algo parecido a mi hermano, yo salí también bien joven hacia mi propia aventura en los Estados Unidos, dejando atrás las seguridades de mi casa de Santiago, mis padres, mi familia, mis amigos, para perder definitivamente algo importante, pero ganando también la huella de esas cartas que nos escribimos y que me vuelven a mostrar –en cualquier momento, donde sea que me encuentre- el barniz de una época sin celulares, sin e-mails, sin los Twist y esa comunicación tan rápida que nos está invadiendo desde todos los rincones.

 

A la distancia y en esas cartas que nos escribimos percibo nítidamente la marcada diferencia que había entre mis padres. Ella, mi madre, se muestra bien copuchenta y entretenida cuando habla de sus conocidos, cuando cuenta de sus antepasados y de nuestras costumbres sociales. Él, mi padre, se muestra con menos análisis sociales y se concentra más en su familia y en que nosotros estuviéramos bien, fuera de peligro y demostrando un gran interés por su familia, por nosotros (que en su carta el marca entre comillas: “la familia”).

IMG_3927

De mi padre recuerdo que cuidaba con especial cariño dos o tres fotos que él colgó en el muro de su cuarto. Tengo aquí la copia de una de ellas, y que él conservó en su cuarto durante los últimos años de su vida. A la derecha y sentada está su madre, sentada en una silla de madera. Detrás y de pie, está mi padre como de 17-18 años y de corbata. Se parece tanto a mí que a veces me da susto; ríe poco y en la foto simplemente mira hacia delante, sin sonrisas. Se parece tanto a mí, cuando yo era joven y tenía 18 años, que lo veo y siento que invado su privacidad, su intimidad, al imaginar lo que pensaba en ese entonces, o lo que hacía cuando le tomaron esa foto. A la derecha de su madre, vemos a una señora de más edad que a lo mejor ya se ha terminado de morir porque no creo que nadie la recuerde o la reconozca  (agregado de última hora. La han reconocido. Patricio Peralta, hace pocos minutos, me cuenta que “…..probablemente se trata de su abuela María Morales Puelma, o quizás su tía Eduviges Fernández Valdivia”.  Me cuenta “que corría Marzo de 2002 y a insistencia de tu padre fui a ver el mausoleo familiar Fierro en el Cementerio General. Está en la puerta de Recoleta, cerca del acceso y mirando al Cerro Blanco, desde el ingreso hacia la derecha. Fue comprado por Adelaida Puelma Vergara, tú bisabuela, el año 1945. Es una edificación de color mortero gris, cubierta a dos aguas y rejas de fierro pintadas de color verde. Te adjunto las notas que tomé mientras tu padre, recostado, me dictaba. Te adjunto también ficha del mausoleo, donde se ven los sepultados. Está tu bisabuela, un Agliati, que pensé era el niño de la foto, pero no cuadran las fechas. Hay dos tíos tuyos, Juan A. Morales Puelma e Isabel del Carmen Morales Puelma, los conociste? El de terno cruzado no será un Agliati. El N.N. Schwerter Warner es digno de ser investigado, según la cuidadora. Al visitarlo y hablar largamente con ella, que sabía mucho de quienes “están” ahí, me abrió el mausoleo y bajé incluso a la cripta).

Ya van quedando pocos seres vivos de esa época. Ella tiene un niñito sentado en sus rodillas a quien tampoco reconozco. A la izquierda y también sentada, creo que reconozco a la hermana de mi padre, mi tía Maruza, pero con una sonrisa que nunca le pude conocer, una sonrisa linda, acogedora, que después se le murió, se la arrancaron a jirones: ¿abuso sexual? ¿Engaños? ¿Torturas del amor? Lo bueno es que ella todavía parece vivir otro poquito porque la recuerdo, la reconozco en esa foto; aunque nunca la pude conocer verdaderamente y compartir con ella, saber de sus sustos, lo que le gustaba, qué leía. Cuando me saludaba me hacía la señal de la cruz sobre mi frente, sobre mis labios. Al lado de mi padre y también de pie, veo a una señora a quien nunca conocí. Después la sigue otro hombre de terno y de corbata que se esfuerza por aparecer bien distinguido. Tiene los brazos cruzados atrás, como mostrando el pecho, la pinta, y tampoco nos sonríe. Mi padre felizmente tiene su mano derecha tocando la silla de su madre, como apoyándose, quizás mostrando algo de vulnerabilidad. Como escribía más arriba la única que sonríe en esta foto es mi tía Maruza, la que después perdió su sonrisa y tantos sueños. Recuerdo a mi madre, que al ver esa foto un día de verano en Chile, en su departamento, me dijo que ese señor de corbata y de brazos escondidos, molestó mucho a mi papá. ¿Qué le hizo? ¿Con que lo molestaba? ¿Abusó también de mi tía Maruza? ¿La ninguneó?

El padre de mi papá no está por ningún lado y nunca lo conocí. Hace pocos años mi madre también me confesó -en su departamento y en un día de verano en Chile- como abriendo la puerta de un gran closet, que ella pensaba que había sido gay.

Creo que mi padre se esforzó para que nunca nos tomáramos una foto así. Viendo esa foto ahora, desde Michigan, creo ver a mi padre buscando con mucho esfuerzo lograr tener y mantener una familia unida. Para él esa fue su gran misión y de mucha importancia. Rebuscando en ese pozo de cuarenta años atrás, veo y reconozco que él siempre estuvo ahí para nosotros, a su manera, pero ahí presente, y dispuesto a tendernos su mano frente a una emergencia. Aquí va la carta. Un comprimido de hace cuarenta años que a lo mejor le escribí hoy a una de mis hijas:

 

Querido Gonzalito:                                                        Santiago 9 de Mayo, 1978 

Mañana es tu cumpleaños, ese día hermoso en que naciste, y todos en tu casa te estaremos recordando. Esta noche te llamaremos por teléfono, porque si lo hacemos mañana 10 de Mayo, tenemos temor que no estés. Ojalá celebres tu cumpleaños con una rica cena en algún lugar agradable y si es posible con buenas amistades.  

Gonzalito, muchas gracias por todos los esfuerzos que realizas que nos llena de orgullo y felicidad y que estoy absolutamente seguro que llegarás a conseguir lo que te has propuesto. Tu cariño “por la familia” es la mejor recompensa que podemos esperar los padres de un hijo.

Mamá con alternativos días buenos y regulares, feliz cuando recibe carta tuya. La Moniquita (hermana) está bastante acostumbrada en Viña del Mar y cada día le gusta más su carrera. La dirección de ella es la siguiente : Av. Matta 53 Recreo, Viña del Mar, Chile. Si tienes tiempo escríbele algunas líneas que estoy seguro la ayudarán mucho. Cristián estudiando como siempre, muy disciplinado y le va bien. Álvaro (hermano) también estudiando con mucha responsabilidad. A ti, si no te va bien en tus estudios, trata de ayudarte con algún tutor o profesor o pasante; no te preocupes de ahorrar. Tampoco te preocupes si no tienes beca, porque gracias a Dios, puedes estudiar sin necesidad de ella. Lo importante es no perder el rumbo y continuar con esfuerzo, hasta conseguir el fin que te has propuesto. No estudies en forma exagerada tampoco, es mucho mas importante la salud física y síquica y que las cosas se vayan arreglando en forma programada.

 Gonzalito muchas gracias por toda la felicidad que nos das. Recibe un cariñoso beso de mamá, Cristián, Mónica, Álvaro y mío.

 Juan

 

Nota de última hora:

¿Quien era ese N.N. Schwerter Warner? ¿Por qué ese secreto, por qué ese ocultamiento en los corredores de nuestra familia?  ¿Habrá sido un querido amigo de mí tía Maruza. pero que nadie le aceptó por extranjero, o por mala facha, o por gay? ¿Fue -a lo mejor- el padre de ese niño que sale en el retrato, un hijo no reconocido de un amor furtivo, ilícito entre mi querida tía -la que entraba en puntillas a nuestra casa- y un N.N.?

……..SECRETOS DE FAMILIA

¿Será por eso que mi padre se paseó por está vida escondiendo sus raíces, como escondiendo una vergüenza? Que triste no haberlo conocido mejor, que pena no haberlo acompañado a ese cementerio para que me hablara libremente de ellos, sus antepasados y su vida…. No tuvimos tiempo; así de simple, nos faltó tiempo, crecer, madurar otro poquito.

SECRETOS DE FAMILIA II

Me acabo de enterar que N. N. era un niño, N. N. Schwerter Warner era un niño. El olfato me indica que pudo haber sido un hijo de mi tía Maruza, pero un hijo fuera del matrimonio y que todos escondieron. Al fallecer a temprana edad lo condenaron a morir como un N. N., pero al menos con los apellidos, o con apellidos falsos para despistar. Este drama explica con mucha claridad el posterior matrimonio de ella con un hombre “respetable”, pero claramente un matrimonio sin amor, helado, misterioso, que a mí siempre me chocó, fue simplemente un contrato de trabajo, una firma para acomodarse a las convenciones sociales de su tiempo. Eso explica el sigilo de ella, de mi tía Maruza, cuando llegaba a nuestra casa. El poco cariño de mi madre hacia ella, el tratamiento de guantes que le daba. Y más que nada explica de manera cristalina el por qué esa tía mía perdió para siempre la sonrisa de esa foto, su felicidad. Explica la tremenda infelicidad que la envolvía, esa tremenda pena, esa tristeza que siempre la acompañó hasta el día de su muerte.