Hasta que no quede nada III: Con qué cara viene al entierro de mi marido si usted fue su amante?

En la contribución anterior contaba que mi madre había escogido compartir su vida con mi padre para mejorar el pull genético que afectaba a su familia. Una familia de altos apellidos y mucho rango, pero de capa caída y condenada por la naturaleza, al emparejarse demasiado entre primos y parientes, entre “gente como uno”. A ella misma la tenían en línea para casarla con un primo hermano, pero al final se decidió por “el roto” de mi padre. En general pareciera que acertó con eso del pull genético “mejorado”, porque los hijos no le llegaron al mundo con cola de cerdo, pero conmigo no tuvo tanto éxito porque desde chico fui muy callado y bueno para fijarme en detalles, detalles tristes y buenos para el olvido; pero que yo no olvido, no puedo olvidar. Esa es mi falla genética.

Por ejemplo, cuando mi padre comenzó a ser derrotado por la vejez y los años, mi madre nos mandó a todos sus hijos (hija incluida) una carta diciendo que ya no daba más, y que nosotros teníamos que hacernos cargo de él; sobre todo los hijos que vivían en Chile, y que ellos debían aceptarlo en sus respectivas casas por períodos largos. Nunca se habló de atención especializada, o de vender algo para ayudarlo; eso nunca se discutió. Así fue como el experimento propuesto por mi madre se implementó de inmediato, pero no funcionó; fracasó no solo porque mi padre se paseó como un perdido por las diferentes casas que no eran las suyas, por camas que le eran ajenas, pero sobre todo falló cuando mi padre, el Profesor Extraordinario de Neurocirugía, se sentó en la taza del water (en la casa de mi hermana) y defecó sin darse cuenta que tenía la tapa cerrada…… nunca le pregunté a mi hermana cómo limpió. ¿Ocupó un paño mojado? ¿papeles absorbentes? ¿Pañales? ¿Le contó a alguien más en su casa?

Finalmente mi padre falleció solo y sin atención especializada, sin enfermeras o cuidadoras. Mi madre le confidenció a mi hermano, Gonzalo, como había ocurrido todo. Le contó que cuando vio que mi padre se precipitaba hacia su final inevitable, salió del departamento por unas horas porque era muy estresante verlo morir, escuchar los sonidos, los espasmos, las súplicas. Muchas veces, en esos momentos previos a la muerte, uno entra en un sopor, interrumpido por breves momentos de mucha lucidez y angustia, donde uno percibe que ya se muere y lo resiste con mucha fuerza, lo pelea y batalla. Es ahí cuando se hace necesario administrar medicamentos, calmantes, a los que mi padre no tuvo acceso. Ella, mi madre, se quedó por un largo rato afuera, esperando, para que al regresar estuviera muerto. Lo que ocurrió tal como había sido planificado.

 

-¿Cómo? ¿Qué? ¿Te entendí bien? –le pregunté a mi hermano, Gonzalo.

-Claro. Así. Tal cual. Ella debe haber pensado que como yo en ese entonces era monje budista, me lo podía contar sin problemas…..

 

Mi hermano, Gonzalo, entonces le volvió a preguntar qué había pasado, cómo había ocurrido todo, pero ella no se lo repitió, y simplemente le dijo que había pedido un vaso de jugo de naranjas y había muerto.

Y a mí, que siempre me han gustado ese jugo, desde ese entonces ya no me gusta tanto.

 

Luego en la Iglesia mi madre se notaba radiante, liberada, y nunca nadie la vio derramar una sola lágrima. Y hubo un encontrón que desgraciadamente no presencié. Ocurrió cuando mi madre divisó a una señora que trataba de saludarla, pero que ella rechazó sin miramientos con las siguientes preguntas que dejaron a muchos mudos, temblando:

 

-¿Y usted quién es? ¿Cómo viene al entierro de mi marido? ¿Cómo se atreve? ¿Con qué cara viene, si usted fue su amante?

 

Desgraciadamente en ese momento yo estaba en otro lugar de la Iglesia y no lo pude ver en persona, pero me lo contaron mis hermanos. Me habría encantado escucharla….. haber podido hablar con esa señora, y quien sabe, a lo mejor darle las gracias por el mucho bien que le pudo haber causado a mi padre.

 

Al final del servicio, nos subimos a un auto negro, con el cadáver de mi padre en un ataúd ubicado atrás. Fue ahí cuando mi mamá repentinamente se puso a hablar del médico que pocos minutos antes le había dedicado unas palabras muy cariñosas a mi padre. “A ese no lo nombraron director del Instituto de Neurocirugía”, nos dijo, “porque tenía los dientes feos. Y todavía los tiene horribles”. Y entonces miró a su alrededor para ver el efecto que provocaban sus verdades, sus latigazos de conocedora del mundo. Y yo miré al pobre chofer que seguía haciendo lo que dictaba el contrato: manejar y estar atento a los otros autos, llegar a destino. La verdad es que no lo podía creer; y aunque uno no había firmado ningún contrato, guardé silencio, y no me atreví a decir una sola palabra. Desgraciadamente yo tampoco manejaba; me habría gustado poder hacerlo, por hacer algo, al menos. Solo guardé silencio y me quedé mudo. Y sentí pena, vergüenza, porque mi madre claramente no podía cambiar de marcha, no sabía como mover la palanca de cambio y olvidarse por un momento de las intrigas, las conversaciones de pasillo, las maquinaciones siniestras. Sentí cierta envidia por el chofer, que seguía mirando hacia el frente como si no hubiese escuchado nada, impertérrito, sordo, cuadrado con las obligaciones de su contrato. Sentí curiosidad por las historias que debe haber conocido de tantas otras familias como la nuestra, por los cuentos y recriminaciones que debe haber escuchado al moverse adentro de su auto, encerrado en esa burbuja, inmutable, entre el torbellino de Santiago para llegar hasta un cementerio. Cuando finalmente llega a su casa al final del día, me pregunté, ¿hablará con su pareja sobre todo lo que había escuchado? ¿Repetirá esos diálogos, esas historias inconexas, esas recriminaciones, al sentarse a la mesa, cuando ya no maneja, y sin la necesidad de obedecerle a un contrato?

Me he dado cuenta que el drama en que estamos últimamente inmersos en el corazón de nuestra familia, encaja perfectamente con esta narrativa de vida de adulto….. hasta que no quede nada.

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Termino de corregir y leer este texto en la librería Barnes & Noble aquí en Northville, Michigan, a las 1 PM de un viernes 29 de Diciembre del 2017. A mi lado pasa un viejito ayudándose con un “burrito”. Su señora, otra viejita, lo acompaña. Los dos tienen un libro “Tenth of December: Stories” de George Saunders, en sus manos, un libro que quiero leer, que deseo conocer. Ellos no se dicen una palabra, pero se entienden; uno los ve y parece una danza. Así me gustaría llegar a viejo. ¿Resultará?

Hasta que no quede nada II: “me casé con un roto, tu padre.”

¿Por qué será que ciertos hechos y cometarios que uno ha escuchado cuando niño, en el seno de la familia, demoran tanto en salir a la luz? ¿Será por nuestra necesidad de buscar cierta normalidad dentro de un mundo que no era, que casi nunca fue normal? ¿Será por rehuirle al conflicto? ¿Será por esa cierta vergüenza ajena que llegamos a sentir al ver lo que ha sucedido y lo que está pasando? Por ejemplo, me he dado cuenta que mi padre, el afamado neurocirujano, Juan Fierro, el “macanudo”, “el mejor médico de Chile” -como me aseguró en su día el mecánico de Davis, asombrado con su nuevo descubrimiento, cuando fuimos a reparar nuestro Chevrolet Impala rojo, uno bien aletudo- ese gran médico, parece que no era tan “macanudo” en su propia casa. Esa sensación de grandeza también me la inoculaban ciertos amigos de mis padres, cuando al saludarme me empujaban a un futuro glorioso: “¿Y? ¿Qué piensas seguir, qué piensas estudiar? ¿Serás tan macanudo como tu padre?”

Fue triste, pero nuestro padre, aparentemente tan afamado afuera, el Profesor Extraordinario de Neurocirugía “afuera”, fue poco afamado “adentro”, en su casa, porque en nuestra propia casa casi nunca tuvo el mismo prestigio, sobre todo enfrente a mi madre. Recuerdo cuando niño, cuando mi madre tomaba café en su cama y se pintaba y movía sus cremas adentro de un necessaire celeste que se había traído de un viaje a Europa, me hablaba de su familia y sus grandes apellidos, los Cuevas, los Ossa, los Correa, los Donoso, para repentinamente saltar a la historia de mi padre donde era poco lo que podía agregar, aunque era bien contundente y me caía como un mazazo. Se daba el último toque en una mejilla, se pintaba los labios, y me repetía sin ningún rubor o espanto, como si estuviera probando el agua de un vaso:

-Me casé con un “roto”, tu padre. Por susto a tener hijos tontos, fallados, con problemas genéticos, me casé con él porque en Chile y en nuestra familia todos se casan entre ellos.

¿Y qué hace un niño cuando escucha algo así? ¿Llora? ¿Se enoja? ¿Sale corriendo? No, no ocurre eso, uno simplemente se toca las manos pequeñas, abre los ojos pequeños pero que ya parecen de niño grande y entonces escucha, sigues escuchando y miras a tu alrededor, al necessaire, las cremas y los cepillos y sobre la superficie pareciera que no ocurre nada. Pero entonces llega tu padre al final del día y corres a abrirle la puerta como para decirle que lo quieres, que pese a ser un “roto” lo quieres y lo abrazas. Y apretando esos brazos grandes, enormes, que te regalan seguridad, ahí escondes tu rostro porque el mundo ahí es tibio y sientes que alguien te quiere, que alguien te protege.

Me he dado cuenta que esto que me pasa últimamente con mi familia, encaja perfecto con esta narrativa de mi infancia….. hasta que no quede nada.

Hasta que no quede nada

Todo comenzó de a poco, como empiezan los dramas, los asuntos importantes y los temporales trágicos. Mi madre, con 90 años, sufrió una caída frente al Hotel Hyatt de Santiago de Chile cuando porfiadamente se arrancó, literalmente se arrancó de su departamento para ir a tomarse un café. Por suerte la vieron caer unos mozos que salieron de inmediato a prestarle ayuda. Mi pobre hermana no supo de ella por varias horas. Llamaba a su celular sin muchos resultados. Salió entonces a buscarla en los distintos sitios que ella siempre acostumbra, como el McDonald de avenida Kennedy cerca del Parque Arauco, el Parque Arauco donde a veces come algo, y en su departamento, donde olfateó el baño, y la buscó incluso debajo de la cama; todo sin ningún resultado. A lo mejor, en la desesperación, mi hermana se asomó también por el balcón pensando que se habría caído (siempre conversamos sobre eso; los peligros de un balcón en un piso tan alto). Solo cuando a mi hermana ya no le quedaban escondites por descubrir y toda esa zona ya le parecía más familiar que el patio de su casa, se le ocurrió ir al Hyatt, donde la encontró sentada en una mesa de tres patas, rígida, y con una taza de café fría al frente. Luego de los exámenes de rigor (que pagó mi hermano, Alberto), le encontraron una trizadura en la pelvis. Por suerte nada muy grave, pero estaba claro que necesitaría cama y atenciones especiales por un tiempo largo. Fue ahí, al conversar con mi hermana, que salió el tema del dinero. ¿Cómo afrontar la nueva situación, los gastos? Ella sugirió que sería bueno que conversáramos todos los hermanos para ver como se pagaría. Eso gatilló el siguiente e-mail que removió más nubes y soltó algunos truenos:

 

                                                Diciembre 8, 2017 5:55 PM

Queridos, Alberto, Gonzalo, Mónica y Álvaro (¡Plito!)

Cc: copia a las respectivas parejas (Marlen, Pilar, Aída)

Pareciera que la mamá está llegando al final de su largo camino. Creo que a veces fallecemos muy pronto o demasiado tarde. ¡Yo a veces me engaño pensando que no me tocará! Lo triste es que tengo la impresión que la mamá finalmente está en esos descuentos que se precipitan después de una caída.

…. y claro, ahora vendrán gastos que hay que solventar y prontamente. Siempre me acuerdo que cuando falleció el papá, me parece que fue Alberto el que corrió con todo. Yo no puse un peso para comprar el cajón, por ejemplo.

Sería triste que en esta etapa de la vida siguiéramos el mal ejemplo que nos dieron nuestros padres al pelearse con tanto hermano, hermana y parientes. Espero que eso no ocurra entre nosotros. También creo que los papás han hecho mal al no dejar sus asuntos más arreglados de antemano. ¿Qué se hará con las pocas cosas materiales que han dejado en este mundo, por ejemplo? Sería triste si al toparnos por casualidad en un supermercado del futuro, en un aeropuerto, nos tuviéramos que hacer los lesos y escondernos, doblar el rostro y mirar hacia otro lado para no tener que saludarnos. Creo que para evitar malos entendidos sería bueno saber y conocer que fue lo que decidieron ellos. Y para no seguir con rodeos…sería bueno saber si ellos, por ejemplo, decidieron –y aquí estoy siendo bastante hocicón-, pero sería bueno saber si ellos decidieron no dejarle nada a uno de nosotros. Si ese fuese el caso, creo que lo justo sería que ese alguien no se sienta con la necesidad de contribuir con nada por ahora. Sería lindo poder transparentar entre nosotros eso que ellos desgraciadamente no supieron hacer bien en su momento

Un fuerte abrazo

Cristian

 

Después de una reunión de mis hermanos Alberto, Álvaro y mi hermana Mónica, ella mandó el siguiente e-mail:

 

Diciembre 8, 2017 7:53 PM

Hoy en la mañana quedé de buscar y escanear los documentos que tenga o pueda encontrar de los papás, y enviárselos a cada uno de ustedes.

Me tomará unos días hacerlo, pero imagino que será dentro de la semana.

Que tengan un buen fin de semana. Ya llegué hace poco del departamento de la mamá, y está mejor de cuando partimos hoy en la mañana. Quiso sentarse para comer, y le preparé espinaca con crema y papas cocidas. Se lo comió todo.

Cariños

Mónica

 

El 18 de Diciembre mi hermana Mónica finalmente “encontró” y nos mandó las escrituras de solamente tres departamentos, junto con los testamentos y sobre todo el último testamento, el más importante, el válido, y que firmó mi madre un 8 de Agosto de este año, hace pocas semanas cuando la llevaron en andas para que lo hiciera. Los documentos venían sin ninguna explicación, sin ningún texto. El 19 de Diciembre a las 3:38 PM, después de leer y conversar con un buen amigo, de esos que duran, le mandé el siguiente e-mail a mis hermanos (incluida mi esposa, Pilar):

 

Estoy triste porque finalmente leí el último testamento que hizo la mamá donde beneficia a la Mónica en términos demasiado absolutos. Le deja el departamento de la Calle Cerro la Parva, más el 50% del resto (el 50% de la casa de Algarrobo y el departamento de Manquehue). El otro 50% restante (de la casa de Algarrobo y el departamento de Manquehue) también sigue beneficiando a la Mónica porque hay que dividirlo por 5. Es decir no queda casi nada para el resto….. y considerando que antes ya le habían traspasado otros departamentos a mi hermana. Al menos sé de uno, en la calle Agustinas, porque el papá lo había puesto primero a nombre mío y después me lo pidió.

Por lo general los abogados aconsejan no hacer nunca un testamento tan inclinado hacia un lado, favorecer a un hijo o hija en términos tan absolutos, porque nunca se sabe la suerte que pueden correr estos. Uno puede enfermarse, perder el trabajo, etc. Al menos yo jamás haré algo así con mis hijas.

Encuentro que la mamá estuvo muy mal informada al escribir su último testamento donde tampoco respetó la intención final del papá (su propio testamento).

Copio al menos a Pilar, como la persona extra a este grupo, porque los temas importantes, aunque sean tristes, siempre los converso con ella.

Cristian

 

Mi hermano Gonzalo, que ha sobrevivido a un cáncer desde hace cinco años mandó una breve respuesta desde Canadá, donde vive. El 19 de diciembre, a las 7:28 PM escribió:

 

La realidad supera la fantasía. Las novelas de García Márquez son verídicas.

Buenas noches.

Gonzalo

 

¿Qué puedo decir?

Que me siento más viejo y también más cansado. Cuando leía el nuevo testamento firmado por mi madre hace pocas semanas, pensé que estaba equivocado, que no sabia interpretar los números, que “una cuarta de libre disposición” es el 25%, y que una “cuarta de mejoras” es otro 25%….. y que la suma de los dos no daban un 50%. Pero yo estaba errado. Los testamentos no son documentos que se largan sin preparación previa; sin un estudio detallado.

Ese día martes 8 de agosto de este año, mi madre se debe haber levantado nerviosa porque tenía que ir a firmar. Eso también necesitaba preparación, coordinar con los testigos y juntarse todos frente al notario, a la hora agendada y rápido, “ya firma, firma, firmemos.” Pero mi hermana, por el teléfono, no recordaba detalles de ninguna transacción (?). No entiendo cómo puede ocurrir algo así: a mí me regalan un sándwich y lo celebro como si fuese una fiesta y me acuerdo. Por otro lado, ¿sabían los testigos lo que estaban haciendo, lo que estaban firmando? Lo sabía Paulina Buhler, compañera de colegio de mi hermana, Inés María Angélica Petit Tirapegui, y María del Pilar Aylwin Ostalé, amiga de mi hermana. ¿Sabían que Mónica todavía estaba legalmente casada, pero separada por más de 10 años? ¿Sabían que bajo ciertas condiciones mucho de todo eso puede quedar en las manos de su ex marido? Por teléfono Mónica me insinuaba que iba a quedar la embarrada, todos peleados, cuando “encontrara los papeles”, pero nunca me dio detalles (no se “acordaba”). Lo que finalmente forzó la situación y no quedó más remedio que recordar y mostrar esos papeles firmados pocas semanas atrás (y no cuando mi madre falleciera, como estaba programado), fue la necesidad de dinero para ayudarla ahora, después de esa caída.

Cuando leí el testamento de mi madre creo que me enojé, es cierto, mi hermana tenía razón; pero lo que nunca imaginé fue la pena que me iba a caer encima. Eso ha sido más doloroso. Y ahora me siento como si estuviese de duelo, como si hubiese perdido a una hermana. ¿Cuanto vale eso? ¿Una hermana? ¿Vale un cuarto de departamento amoblado? ¿Vale un departamento completo en Calle Cerro la Parva? ¿La casa de Algarrobo? ¿Vale los departamentos que ni se mencionan? No creo, porque ahora veo que valía un edificio completo, entero… y me lo han robado. Valía una ciudad entera, completa, de la que no queda nada, no me interesa Santiago. ¿Y cuanto valía el recuerdo de mi madre? Ahí creo que perdí menos, no sé cuanto valía, pero creo que ese recuerdo vale muchísimo menos. ¿Valdrá un sofá? ¿Un sillón chino que siempre recuerdo en el living de la casa nuestra, en Santiago, cuando éramos niños? ¿Tendrá más valor que un cuadro pintado al óleo donde sale solamente ella, mi madre, siempre ella? ¿Valdrá más que el estacionamiento del departamento de Calle Cerro la Parva?

A veces pienso que nos estamos portando de la manera en que fuimos programados por nuestros padres; y que desgraciadamente fallamos, no logramos romper el código.

Envejecer es eso, es ir quedándonos paulatinamente más solos. Cada día que pasa nos deja menos recuerdos, menos cosas en común….. hasta que no quede nada.