17. Un refugio en la memoria

En medio de ese recorrido, Ximena encontró consuelo en los relatos que había oído de sus antepasados. Cada historia, cada recuerdo de familia, aunque fragmentado y a veces distorsionado por el paso de los años, se transformó en un refugio. Los recuerdos de su padre y sus aventuras en el sur le parecieron instantes rescatados del olvido.

Fue como si cada piedra en el camino, cada rostro surcado por arrugas y memorias, cada árbol cuyo nombre se le escapaba, estuviera destinado no solo a recordarle la fragilidad de la vida, sino también el peso de su propia historia. La visita a la librería en busca de libros sobre árboles se transformó en una travesía cargada de expectativa y anhelo: era el intento de capturar esos detalles que se le escapaban, pero que le parecían vitales para reconstruir los pedazos perdidos de su historia. Cada página, cada título que hojeaba, era una promesa de reencuentro con esas raíces que corrían el riesgo de perderse.

La conexión con la tierra, el sentimiento de pertenencia a un lugar, y la búsqueda de esas raíces perdidas en el sur, fueron parte de su proceso de auto-descubrimiento. Y aunque el viaje le mostró que no se puede regresar al pasado, también le enseñó que es posible construir nuevas memorias y encontrar un sentido en los fragmentos que todavía permanecían vivos.

Recuerdo mi entusiasmo porque llegué tarde a esa fase de los entusiasmos, como quien se tropieza al borde de un descubrimiento largamente esperado. Me costó esfuerzo reconocerlo, y cuando por fin me abrazó, se aferró a mí con una energía que me hizo sentir vivo, como si finalmente  el mundo tuviera sentido, una dirección. Ese entusiasmo no me ha dejado; sigue en mi interior, aunque noto que con los años transcurridos, su brillo se apaga y vuela más bajo, como un pájaro cansado que se resiste a caer del todo. Ahora, cada vez que busco interesarme en algo nuevo, cada vez que trato de aprender, necesito luchar más, esforzarme, pero aun así celebro que el entusiasmo no se me haya ido por completo. En forma tenue me da esperanza, y mientras exista, me sentiré capaz de volver a emocionarme, de volver a soñar como soñaba antes.

Mi último entusiasmo —en esta fase de los entusiasmos— ha sido la memoria. Siento que ahí, en ese territorio íntimo es donde se acumula todo lo que he vivido, donde late el pulso verdadero de mi existencia. Lo que he conocido, lo que he sufrido y gozado, los instantes que me han dejado marca, es lo que me hace único y diferente, irrepetible. Escribirlo se vuelve una necesidad; al ponerlos en palabras los abrazo y los rescato del olvido. Recordar es mi manera de afirmar que he vivido, que siento y que cada fragmento de mi historia importa y merece ser visitado, aunque algunos duelan y la felicidad se tiña de melancolía.

Son curiosas las escenas, las conversaciones, los hechos que se me han fijado en la  memoria; no conozco cómo funciona el mecanismo por el cual uno los selecciona y los preserva. El departamento de mi tía Maruza, vecino a mi antigua Facultad de Química y Farmacia, siempre me pareció un rincón lleno de incógnitas. Recuerdo cómo mi padre, con ese tono de voz que invitaba a la ternura, me propuso visitar a mi tía—¿por qué no la pasas a ver?, ¿por qué no vas y almuerzas con ella?—y yo, sintiendo un impulso cálido y urgente, decidí ir a saludarla y compartir un momento con ella. Mi abuelita ya había fallecido y ella vivía con mi tío Pepe y Teresa, que la ayudaba en los asuntos del hogar. En esa época estudiaba química y era fácil acercarme, pero el verdadero motivo era reencontrarme con un pedazo de mi infancia que siempre lo vi oscuro.

Terminé una clase en uno de esos auditorios de madera gastada, lugares que guardan el trajín de tanta historia, y me lancé hacia su departamento. Llegué tarde, pero no importó; la incógnita era tan intensa que el hambre había quedado relegado en un rincón, opacado por la curiosidad de estar ahí. Al abrir la puerta, la visión de aquel espacio impregnado por un aroma a encierro me envolvió. Lo curioso es que almorcé solo; fui el único en sentarse a la mesa, degustando un pan crujiente con tomates y jamones que sabía a infancia y a cariño. En ese hogar, la costumbre de compartir la mesa parecía olvidada, pero la presencia de tía Maruza y Teresa, su ayuda de toda la vida, llenaba el aire de hospitalidad y cariño.

Tía Maruza se movía como en una danza, conversaba mientras recorría el departamento, pero nunca se sentó. Teresa, con su delantal de cuadritos azules, algo sucio, se frotaba las manos, y en sus ojos había una mezcla de cansancio y afecto. Me ofrecieron tomates aromáticos y jugosos, cortados con esmero, como si quisieran regalarme toda la generosidad que les cabía en ese instante. No se detuvieron en palabras: los gestos lo decían todo, llenos de esa extraña timidez que nos hace buscar dónde esconder las manos o cómo depositarlas en el regazo.

La ausencia de mi tío Pepe era una presencia flotante, sentí su sombra recorrer los rincones, como si nunca se hubiera ido del todo. Teresa fue la Teresa de siempre, fumó sin descanso. Sus dientes de color café los tenía picados por el humo, eran testigo de sus días; pero cuando me veía, dejaba el cigarrillo y me abrazaba con fuerza y sinceridad, como si quisiera protegerme. Sobre su rostro, la barba gruesa y los cabellos oscuros y canosos relucían con una dignidad tranquila. Nunca se afeitó, creo que esa fue su forma de resistir y mostrar su autenticidad.

La última vez que la vi, fue saliendo del Hospital del Salvador, un cigarrillo colgando de sus labios y los ojos encendidos con una luz cansada. Me invade la tristeza al saber que no pudimos conversar nada importante. Ahora siento que con ella se perdió no solo su historia, sino un universo entero de recuerdos y afectos. La memoria, frágil pero poderosa, me permite abrazarla una vez más, aunque sea solo en la imaginación y en el recuerdo. Me queda el consuelo de saber que en ese instante, fui querido y cuidado, aunque el tiempo haya decidido llevárselos a todos lejos.

Las conversaciones que nunca se tuvieron, los encuentros que jamás ocurrieron, encuentran su cobijo en algún rincón de la memoria. Es sorprendente cómo la mente, es capaz de completar lo que falta, de llenar los vacíos con imaginación. A veces, esos recuerdos inventados laten con la misma fuerza que los vividos. Así se convierten en una mezcla vibrante de lo vivido y lo soñado, danzan entre la realidad y la fantasía, creando un mosaico que refleja no solo nuestro pasado, sino también nuestras aspiraciones y nuestros temores ocultos. Cada fragmento, incluso el inventado, nos recuerda que en el ejercicio de recordar también hay una forma de soñar y de amar lo que no fue.

Pienso que la memoria es más que un refugio; es un espacio delicado donde podemos huir de una realidad que a veces nos pesa y sumergirnos en un mundo confeccionado por los recuerdos más entrañables, como el ruido del oleaje a la orilla de una playa o las manos tibias de mi padre. Es allí, en ese universo, donde el tiempo se detiene y podemos volver a ser niños, sentir de nuevo el abrazo cálido y protector de quienes en su vida amamos. Es en la memoria donde busco y donde a veces logro encontrar un sentido de pertenencia.

En este proceso de recordar, descubro que cada recuerdo, cada pequeño fragmento de nuestra historia, se convierte en una chispa que ilumina nuestra identidad, dándole forma y sentido al ser complejo y único que habitamos. Aunque el pasado permanezca inalterable, estos recuerdos nos regalan la oportunidad invaluable de entender las raíces de nuestro presente y de hallar significado en cada paso que hemos dado, incluso en los más inciertos. Así, las escenas se entretejen como hilos dorados, las conversaciones se prolongan y los paisajes se expanden, creando un tapiz diverso de la vida misma.

Con el paso de los años, percibo que los mayores estaban más perdidos de lo que nunca imaginé; era como si su lucha hubiese consistido en disfrazar las heridas, en aparentar una fortaleza que muchas veces se desmoronaba por dentro, o en fingir que lo sabían todo cuando en realidad, el misterio y la incertidumbre los habitaban por completo. Pese a sus años, sabían poco y comprendían menos, y nosotros, sus hijos y nietos, recogimos esa vulnerabilidad disfrazada de coraje, aprendiendo que incluso quienes parecían inquebrantables guardaban secretos y temores que nunca confesaron. Al recordarlos me conmuevo, pues en la fragilidad de los adultos de antes reconozco también la mía: el anhelo de ser comprendido, de ser amado y de no estar tan solo frente a las tempestades de la vida.

Es interesante llegar a una edad en la que al volver la vista atrás, el camino recorrido se despliega inmenso, colmado de recuerdos, mucho más extenso y profundo que el futuro incierto. Ese ejercicio de mirar hacia atrás lo hago ahora con los ojos de un padre después de ver crecer a mis dos hijas. Inevitablemente la figura de mi padre se vuelve más misteriosa y distante. Quizá esa distancia venga de haber sido moldeados en épocas y con cicatrices distintas, donde sus tormentas nunca fueron comprensibles para mí y sus palabras quedaron siempre a medio decir. Siento que intentó darme lo mejor, como yo lo he intentado con mis hijas, pero nunca pude descifrar del todo sus luchas, sus renuncias, sus abandonos, esos que nunca se atrevió a nombrar. Lo veo caminar en mi memoria, lo imagino avanzando por senderos solitarios, rodeado por esa sombra de incertidumbre, y no puedo evitar sentir una ternura por ese hombre que aún rodeado de su familia, parecía caminar tan solo.

En un mensaje de hace pocos días, mi tío Lalo escribió: 

Estás recreando una vejez interior hermosa acorde a tu “mate”, y eso es bueno, realmente bueno. Yo me demoré demasiado en lo mismo, y confieso que muchas veces deseé haberme atrevido antes a mirar hacia dentro, a aceptar con ternura ese paso del tiempo que nos transforma. Cuando conversamos con los viejos (que tú conoces) coincidimos con lo tuyo; y es curioso cómo en esas charlas, llenas de risas y silencios que pesan, nos descubrimos reflejados en los mismos temores y sueños. Por lo tanto, es fácil deducir que llegando a los 60 afloran los análisis y los recuerdos maravillosos, como si la vida nos regalara una segunda oportunidad de sentir intensamente lo vivido. No se te ocurra perder la memoria; sería como morir en vida, caminar como un zombi por paisajes familiares que de pronto se vuelven extraños. Tengo grandes amigos que están en esa situación horrible, y sus ojos, antes chispeantes, ahora vagan perdidos, buscando lo que ya no encuentran. La torta de la juventud ya la comimos, y ahora, sin retorno, nos queda saborear la de la vejez, que puede llegar a ser dulce si logramos esquivar el dolor y la soledad. En cada día, en cada recuerdo, está la oportunidad de encontrar belleza y sentido; mientras haya cariño y compañía, esa vejez puede ser luminosa y sorprendente.

Un abrazo

Lalo

Resulta interesante descubrir cómo esas vivencias, esas soledades que con frecuencia siento tan íntimas e intransferibles, en realidad me conectan con el pulso universal de la existencia. Cuántas veces creemos que nuestro dolor es único, que nadie más ha sentido ese vacío que deja la ausencia, y sin embargo, al abrirnos, al compartir nuestras historias, nos damos cuenta de que otros también han transitado por esos caminos, que no estamos tan solos como suponíamos.

Lucho comenta:

Veo la nota que escribiste respecto a tu familia que también es un poco mi familia. Son cosas que nos pasan a todos y las contamos poco. Así creemos que somos los únicos sufrientes en este drama humano.

Me cuenta un amigo que perdió a su padre hace unas semanas, que varias veces lo ha visto caminar por el centro de Santiago, por las calles por donde iba a almorzar o a tomarse un café. Ha corrido a hablarle, ha corrido a saludarle y se ha dado cuenta en un flash amargo, que su padre ya murió hace pocos días.….curioso lo del departamento de Vicuña Mackenna en sus primeras cuadras, donde se ubican hasta hoy las dos edificaciones en las que transcurre tu relato, la Facultad de Química y el departamento de tu tía Maruza. Esas áreas han sido defendidas férreamente por el plano regulador de Providencia; tanto Vicuña Mackenna como el Parque Bustamante, que se ubica al oriente de este. El área está tal cual, y debes recordarla, nada se ha demolido ya que solo se puede reconstruir lo mismo, no hay riesgo de que eso se caiga. Han desaparecido tus tíos y la nana, pero no así su entorno, menos tu recuerdo. Quizás otra pareja de viejos y su antigua nana viven en un departamento de parqué rojo-oscuro brillante, de cortinas pesadas y esa luz que solo dan las primeras construcciones de hormigón armado, de ventanas pequeñas y rasgos de muros anchos. Ahí cerca de una callejuela transversal, Almirante Simpson, hay un antiguo restorán/prostíbulo llamado “Casa de Cena” donde van viejos contadores e hípicos quebrados, algunos de la construcción. Cuentan que es otro mundo, su mundo, donde hay otro tiempo y otras costumbres; es como ir al caminito de Buenos Aires, locales con luz de tango. Concuerdo con eso de que la memoria nos ayuda a mantener el rumbo de la vida, y que uno completa muchas veces lo que falta. Cuando los padres no están, uno vive una vida proyectada, haciéndolos vivir a ellos, acompañándonos, como viendo fotos antiguas de cuando éramos pequeños; ¿cuánto de recuerdo hay ahí, y cuánto es pura construcción de nuestra realidad? De seguro mi hija, hijos deben cruzarse con varias Maruzas y Pepes y nanas, o Teresas luciendo delantales mojados y lunares carnudos y peludos. Muchos de ellos buscarán ahí a algún conocido o pariente entre los recuerdos que seguramente también han ido perdiendo poco a poco.

Al leer tu relato, me quedó resonando, con eco, lo mismo que el relato anterior, el de una semana atrás. Pero no te preocupes, el que me provoquen eco es bueno, es positivo, no es como cuando escuché en una oportunidad poco feliz, “el cuarto está mal amoblado, vámonos de aquí, se siente eco,” decían, y lo contaban como un dictamen condenatorio, fulminante; así que nos fuimos, nos escabullimos raudamente como si el eco nos hiciera mal, nos enfermera.

Los ecos respecto a los recuerdos, que de por sí son imperfectos, de poca fidelidad, pueden no coincidir perfectamente con los hechos o las percepciones atesoradas, pero construyen nuestra vida. Siempre he tenido buena memoria, lo he sabido siempre y lo he podido confirmar en mi vida diaria; de hecho, hasta los 30 o más años padecí de una híper-memoria, una desagradable manía o capacidad de guardar todos los detalles de algo que me había sucedido. Y más que evocar, después me transportaban de cuerpo presente al instante vivido previamente, y dado que cuando chico era tímido, callado, me empujaban de regreso a esas “planchas” o momentos difíciles, pero también hacia la alegría. Eran fuentes que me ayudaban a revivir las emociones. Esa conciencia tan vivaz de los momentos pasados debí trabajarla incluso con algo de terapia, ya que episodios de culpa mínima hacían recriminarme varias veces el mismo hecho hasta el atontamiento. Logré sobrepasar esos temas, pero los hechos se han quedado siempre ahí, siguen vivos, y los busco y saco a voluntad cuando deseo.

Trataré de contarte algunos episodios que ilustran como los recuerdos soportan nuestras vidas, y lo hacen como andamios o hilos firmes que nos posicionan en lo que somos ahora.

Mi madre tiene 89 años y ha estado enferma en estos días. Siempre ha sido hipocondríaca. Creo que hace unos 30 años que no sale de su casa por más de cuatro horas. Ayer sábado, mi hermana y mi padre la llevaron a la Clínica después de averiguar si podían hacerle imágenes con equipos de campaña, es decir con rayos-X’s portátiles, ecógrafos, etc. Se enteraron de que no es posible, y de serlo sería caro y bien poco común. Pero al menos aprovecharon de pasearla por Viña del Mar. Me enviaron unas fotos donde se ve feliz, casi como descubriendo por primera vez esa ciudad y sus calles que fueron sus dominios durante tantos años, cuando manejaba su auto junto a ese carácter fuerte y complejo heredado de sus abuelos, esos de rancia aristocracia y donde se “roteaba” sin miramientos a quien no fuera “como uno”. En un momento, la discusión más enredada se centró en cómo bajarla del auto y subirla a una silla de ruedas. Me cuentan que los dejó a todos perplejos cuando zanjó la discusión con un…. “no, por favor, no; que todo Viña creerá que soy una vieja. Pásenme un sombrero grande y con anteojos”. ¿Qué percepción tendrá de ella misma? ¿La de cuarenta años atrás? He conversado largamente sobre estos temas con ella, sobre el paso de los años y donde le gustaría vivir en el futuro. Me ha dicho que le gusta estar donde están sus cosas, sus revistas, sus recuerdos; al final ese es su mundo, el suyo propio. Y siempre me agrega como para convencerme, “¡en otros lugares no sabría dónde está el baño, mijito! ¿Cómo lo hago si necesito un baño? Dime, dime: ¿cómo lo hago? El baño, ¿me entiendes, mijito? ¡Tanto te cuesta entender a tu propia madre, la que te parió!”

¿Qué puedo explicarle a mi madre? ¿Imaginará que muchos lugares ya no tienen baño, o que los baños ahora los esconden, los mueven, son portátiles, los cambian de lugar? Realmente no lo sé.

Mientras conversábamos sobre los baños traté de ordenar una rima de revistas polvorientas que a todas luces nadie había leído en décadas. Pero de improviso y de una esquina del dormitorio, como si me llegaran ecos de un país lejano, me ordenó afligida que dejara sus cosas ahí, “no revises nada, no muevas nada, no cambies nada”, me dijo. Me levanté titubeado, -sin moverle nada, por supuesto- pero recordando, repasando todos esos años que vivimos juntos, cuando de sorpresa vi sobre su velador las cartas que le escribí cuando nos fuimos becados a Italia con tu hermana Francisca, por ahí en el año 86-87. Las tenía delicadamente abiertas como recién llegadas por correo, con esos sobres y papeles crujientes y translúcidos de bordes tricolores. Las había releído y vuelto a releer y vuelta a sorprender con las noticias de mi juventud como si las cartas le hubiesen llegado una semana atrás. Tampoco se las cambié de lugar, no se las toqué, pero noté con pena que esa realidad, la de mi madre, y esa percepción tan vívida de su entorno cercano y su cobijo, la hacen sentirse segura; ese es su espacio, eso es lo conocido, ese es su hábitat. Noté que sus recuerdos le permiten afirmarse en ellos como muletas, como “burritos”, para seguir, para continuar hacia adelante con su vida.

Mientras escribo este correo me avisan que murió su perro, el Groom, esta mañana a las 3:30 AM. Lo enterraron a las 7:30 en el jardín; creo que será un golpe fuerte para ella; fueron 16 años de un fiel compañero que la escuchaba y no la contradecía, no la contrariaba. Mi padre me confiesa que ese estado de máxima dependencia en que se encuentra ahora, lo obliga a estar anclado en la casa y sin poder moverse.

Salgo de su cuarto mientras la escucho todavía lejana, todavía distante, ¡no me toques las cartas, deja mis cosas ahí, tal cual, no revises nada, no muevas, no cambies nada!

Me quedé levitando afuera de su cuarto y esperando algo (¿a alguien?), sin moverme; esta vez era yo el que no movía nada. La casa y los pasillos estaban en silencio y creo que llegué a palpar el aroma de las alcayotas. ¿Qué edad tendría en ese entonces? ¿Qué edad habré tenido? Corría el año 66 o 67 cuando llegamos a este sitio que nos parecía tan lejano, húmedo y desconocido, con olor a pinos y a ese barro hediondo que rodea a las alcayotas. Llegamos en un auto de color granate y con olor a tapiz nuevo. Y con mis 10 años me preguntaba si mi padre sabía lo que estaba haciendo. Y ahora, frente al implacable paso de los años, puedo decir que sí, me he dado cuenta de que invariablemente supo lo que hacía, y nos hizo partícipe de sus sueños y también de sus locuras, esas que se han quedado conmigo para siempre. Son recuerdos que, como el burrito de mi madre, todavía me acompañan y ayudan a moverme en esta vida.

Un abrazo, ¡sigamos buscando!

A lo mejor terminaré paseando por esas calles cercanas a Plaza Italia, o por veredas de un país lejano y de clima distinto, donde el aire es desconocido y donde cada paso me acerque a mis orígenes mientras el tiempo se me escape de las manos y la distancia se acorte como el último hilo de la memoria. Me transporto hacia esos tomates jugosos que alguna vez me ofrecieron en el departamento de mi tía, y al recordarlos siento que el aroma fresco y la calidez de ese instante regresa y me empuja, sin remedio, hacia otro abrazo con Teresa, la nana bigotuda que tanto me quiso, esa mujer que fumaba sin pausa, y donde cada bocanada de humo parecía desvanecer mis miedos infantiles.

Quizás en quince años  –si la vida me concede ese milagro–, ya completamente trasnochado y rodeado solo de recuerdos, abrazado por el silencio y por las sombras de fotos viejas, desteñidas, de imágenes torcidas donde apenas reconozco a alguien que se parece a mi padre de niño, o a uno de mis hermanos en algún verano lejano, fotos robadas a tirones de un álbum gastado, me acercaré con el corazón en la mano a darle un abrazo a un joven de veinte años, aquí en Michigan, en Ann Arbor. Lo miraré y en sus ojos buscaré el brillo de mi propia juventud, trataré de encontrarme en él, de encontrar a ese alguien que alguna vez fui yo.

Y quizá, sin darme cuenta, le hablaré de Teresa, de mi tía, de N.N., y le ofreceré un abrazo torpe, sincero, sin notar que eso ya no se hace, que el mundo ha cambiado y los afectos se han vuelto más discretos, más contenidos. Tal vez él, el joven de chaleco de lana blanca, patagónica, se asuste al ver mi lunar carnoso y peludo, ese que ya no puedo disimular sobre mi rostro, que me recuerda el paso implacable del tiempo, y al apartar su celular me mirará con una mezcla de curiosidad y nerviosismo, preguntándome qué deseo, qué busco, qué me sucede, de qué huyo.

Puede que en ese instante, en ese cruce de miradas, finalmente comprenda que ha llegado el tiempo de la despedida, y que debo cederle el puesto a otro. Sentiré la nostalgia arremeter como una ola, la emoción de soltar y dejar ir, porque al final todos somos viajeros que se buscan, que se abrazan, que recuerdan, pero que también, inevitablemente, algún día deben cederle el puesto a otro.

Y cómo terminar esta página en un día de agosto, en una noche de agosto, en el 2018 o 20 o 24 sin evocar esos tiempos que se han ido, esas memorias que se aferran tenazmente al presente. A medida que envejecemos, nos encontramos navegando por un mar de recuerdos, algunos claros como el agua cristalina y otros, difusos y lejanos, pero todos forman la trama de nuestra vida. Me gustaría hacerlo imaginando a Teresa la barbuda, la de pelos negros y largos brotándole del rostro, o blancos y canosos arrancándole del rostro, elevando volantines o jugando con el avión de armar del tío Pepe. Y a mi tío Pepe rebanando torrejitas de tomate y riéndose, finalmente riéndose y ofreciéndolas en el almuerzo. Y a mi padre en el auto, de regreso a casa, contándome de ese día en que se sintió muy solo, eso que los adultos nunca me confesaron o que nunca me dejaron ver porque estaba prohibido hacerlo, o porque yo, a lo mejor, les pedía que supieran de todo, o que entendieran de todo y me hablaran de lo bueno y lo bonito….el amor es búsqueda, Pablito, es búsqueda. Y entonces, dejaré de mirar a través las ventanas del auto, dejaré de mirar hacia afuera, hacia los edificios altos que parecen moverse a gran velocidad, dejaré de mirar esos eucaliptos fragantes cerca del balneario de Algarrobo, cerca de la casa Pelá, dejaré de huir para mirarlo a él y para mirarla a ella, y sobre todo a ella, que todavía -a pesar de los años- la veo tararear a Leo Dan. Ella siempre encontró formas de aferrarse a sus recuerdos, fueron su refugio y una fuente de seguridad.

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