1 La clínica del miedo: Eduardo Frei Montalva y la medicina bajo la sombra de la dictadura 2
2 Cuando la justicia nombró el crimen 12
3 La construcción del enemigo interno 17
4 Primera cirugía: la trampa de una recuperación que no fue 30
5 Segunda cirugía: el recambio médico que selló su destino 35
6 La medicina ante su propio juicio 51
6.1 Sin obstrucción, sin justificación 51
6.2 La ausencia que delata 56
7 El silencio de los médicos leales 59
8 La medicina bajo el mando militar 64
9 La habitación sin salida 69
10 El método Silva 72
11 El ensayo del veneno 77
12 Las noches en que se quedó indefenso 80
13 El derrumbe de las defensas 85
14 La voz química del cuerpo 88
15 Viene de Valdivia: las llamadas anónimas que nombraban al verdugo 117
16 Despedida intervenida 122
17 Autopsia del encubrimiento 128
18 Cuando la Corte desoyó al cuerpo 146
18.1 Validación internacional ausente 147
18.2 Metodología cuestionada 149
18.3 Silencio técnico 150
18.4 Estado de la ciencia en 1982 151
19 Las lealtades quebradas 159
20 El laboratorio del crimen: Eugenio Berríos 163
- La clínica del miedo: Eduardo Frei Montalva y la medicina bajo la sombra de la dictadura
Una tarde común, mientras navegaba por Internet, leí un artículo en la revista Economía y Sociedad (abril–junio de 2019). Un periodista presentaba solemnemente su versión de los hechos sobre la muerte de don Eduardo Frei Montalva, expresidente de Chile, fallecido en 1982 en la Clínica Santa María. En el texto se mencionaba a mi padre, Juan Fierro, quien le habría negado al expresidente el uso de la clínica Indisa, donde él trabajaba. De inmediato dejé de leer y traté de levantarme del asiento para encender la tele. ¿Qué hacía mi padre ahí? ¿Conozco esa historia? ¿Qué personaje fue mi padre? ¿Fue responsable de su muerte? No quise saber más; necesitaba salir a la calle y correr. Me transpiraban las manos y tenía sed.
Me calmo cuando me siento a escribir; me ordeno, pero cuando escribo sobre Frei termino rompiendo los papeles o dejo la historia atrapada en borradores dispersos, en apuntes sueltos que se pierden sin llegar a convertirse en un relato. El peso de lo no dicho me envuelve en el fracaso y corro a buscar la compañía de mis perros; siento sed. Pero ahora es distinto: escribo y no dejo de escribir. No corro a romper mis papeles ni me da sed. Lo que ahora destruyo es lo que no suena bien o lo que parece literario, falso, mentiroso. Pero ¿cómo hablar de Frei sin traicionar a los amigos, a mi familia, a mi padre?
El testimonio del periodista se mezcla con mis recuerdos y conecta la historia pública con mi experiencia personal. La muerte de Frei ha sido motivo de debate durante décadas, lo que ha generado discusiones sobre sus circunstancias y sus consecuencias políticas. Al leerlo, percibo que el pasado cobra una nueva dimensión, lo que me lleva a reevaluar mis vivencias personales y a enfrentar emociones que creía superadas.
Según el artículo, el expresidente Frei, preocupado pero optimista, quería someterse a una operación de hernia en la Clínica Indisa, donde mi padre se desempeñaba como presidente del Directorio:
Don Eduardo tenía 70 años y sufría de una enfermedad conocida como hernia al hiato, que le impedía hacer una vida normal. Muy molesto por esa dolencia, supo que había un famoso médico cirujano, llamado Augusto Larraín Orrego, quien operaba a los pacientes de esa dolencia, logrando erradicar el mal. Desesperado por esta molestia, don Eduardo decidió operarse con ese doctor, poniendo como condición, que la intervención quirúrgica debería efectuarse en la Clínica Indisa.
Presumo que la decisión de elegir esta clínica para la operación fue que, en esa época, en ella tenía gran influencia el Cardenal Raúl Silva Henríquez. La clínica era dirigida por los doctores: Juan Fierro Morales (presidente del Directorio y médico personal de don Patricio Aylwin), Alberto Lucchini Albertalli (Vicepresidente del Directorio y médico personal del Cardenal Silva) y Hugo Salvestrini Ricci (Director Médico); todos profesores universitarios de excelencia, de sobra conocidos de don Eduardo. Estos dos últimos habían sido recientemente exonerados de la Facultad de Medicina de la Universidad Católica, por no ser incondicionales al régimen del General Pinochet.
La razón por la que se tomó esa decisión, que se le comunicó al cirujano, fue que dicha operación era de alto riesgo, por lo que la Clínica -velando por su prestigio- no quería exponerse a la posibilidad de que en ella se muriera un ex presidente de la República. La explicación técnica que me dio personalmente el Dr. Salvestrini acerca del riesgo de la operación, es que ese tipo de cirugía requería mucha manipulación en una gran zona del abdomen, por lo tanto, la posibilidad de infección es muy alta. Entiendo que, desde hace muchos años, esa operación ya no se realiza.
Recibida la notificación de rechazo, el Dr. Larraín procedió a reservar pabellón quirúrgico en la Clínica Santa María, donde se realizó la operación el día 18 de noviembre de 1981.
Nunca escuché a mi padre mencionar que la Clínica Indisa se negó a atender al expresidente Eduardo Frei Montalva. Durante la dictadura, en casa, estos temas se trataban en silencio, ya que cada palabra podía representar una amenaza. Sabíamos que muchas conversaciones familiares eran vigiladas.
Afirmar que ese tipo de cirugía ya no se realiza no es del todo exacto. En el ámbito médico, la hernia hiatal siempre se ha considerado una afección benigna, de tratamiento sencillo y con escasas complicaciones graves. Nunca fue una operación de alto riesgo, ni en el pasado ni en la actualidad. La técnica empleada era reconocida y el doctor Larraín contaba con una vasta experiencia. Sin embargo, la medicina ha evolucionado y hoy se privilegian los tratamientos farmacológicos tras la llegada de fármacos como el omeprazol y solo en situaciones excepcionales se opta por la cirugía, que se realiza mediante técnicas mínimamente invasivas como la laparoscopia (Dr. Alfonso Velasco). Tanto en hospitales públicos como en clínicas privadas, la norma es el control periódico, el ajuste dietético y, de ser necesario, una intervención quirúrgica que no implica riesgo vital. En el Hospital Clínico de la Universidad de Chile, en la Clínica Alemana y hospitales públicos, cientos de pacientes han sido operados con éxito y se han recuperado en pocos días. Es fundamental que la información médica sea precisa y actualizada para evitar confusiones y contribuir a un debate público informado.
Lo que sé ahora no se basa en un recuerdo concreto ni en una confidencia, sino en la observación cuidadosa de los gestos cautelosos y de las miradas dirigidas al suelo que observé durante esos años. Mi interpretación nace muchas veces del silencio, de esa falta de palabras que, al mirar atrás, se revelan como una advertencia: el peligro era real y mi padre lo sabía. Con años de vigilancia a sus espaldas, conocía de cerca los métodos que la dictadura usaba para silenciar a sus opositores. Sabía que las muertes misteriosas no eran solo rumores; ocurrían. La tensión en el ambiente era intensa, y creo que la decisión de negar la operación a Frei, aunque nunca se explicó públicamente, fue una estrategia para protegerlo y garantizar su seguridad.
Fue así como tras la negativa de la Clínica Indisa, Frei optó por operarse en la Clínica Santa María. La reacción de mi padre ante las complicaciones posteriores a la cirugía fue de incredulidad; su rostro mostraba una mezcla de desconcierto, miedo y nerviosismo que no podía ocultar. Recuerdo cómo, al recibir la noticia del doctor Goic, amigo cercano y médico personal de Frei, mi padre no podía aceptar que una operación de rutina terminara en una complicación tan inexplicable. Era como si la lógica médica se hubiera roto de repente y el sentido común hubiera desaparecido, dejándolo con una sensación de extrañeza y vulnerabilidad sin precedentes.
En nuestra casa la atmósfera estaba cargada de preocupación. Entre mi padre y el doctor Goic, responsable del equipo médico que atendía a Frei, existía una confianza forjada a lo largo de los años, una complicidad construida mediante miradas, gestos y breves comentarios que decían más que las palabras. Cuando discutían temas delicados, relacionados con la ética médica y la salud de Frei Montalva, la voz calmada y pausada del doctor Goic, acompañada de largos silencios, transmitía una gravedad que aún recuerdo con claridad. Aunque nunca expresaba sus temores directamente, tras la muerte de Frei, su forma de caminar cambió: sus pasos se volvieron más lentos y sus hombros parecían encorvados por un peso que no se le veía. Cargaba con una culpa propia y ajena que le era imposible esconder.
En esos años, aún bajo la dictadura, no se podía sugerir que su muerte había sido un asesinato. El temor, que se traducía en sus gestos -en no tocar ni siquiera un vaso de agua- impregnaba las conversaciones entre mi padre y el doctor Goic. Las palabras, encarceladas, parecían buscar una salida en una habitación que se hacía cada vez más pequeña. Afuera, aunque las calles parecían tranquilas, ocultaban su propia tensión. En la esquina de Las Violetas con Avenida Suecia 1521, en nuestra casa, un automóvil oscuro permanecía estacionado noche tras noche, con las luces apagadas y los vidrios empañados. Dentro, una pareja fingía indiferencia mientras cumplía la orden de registrar los movimientos de quienes entraban y salían. Desde la ventana del living, con la luz apagada, se percibía la presión de esas miradas que no se apartaban de la casa.
Imagino la tensión que oprimía a mi padre y a los médicos del directorio. Expertos en salvar vidas se vieron obligados a navegar entre el deber y el temor, entre la ética profesional y el instinto de supervivencia. La atmósfera del hospital, marcada por pasos sigilosos, camillas y sensores, se había transformado en un escenario de sospecha. Detrás de cada puerta, tras cada conversación breve, vibraba la conciencia de que las paredes escuchaban. En esas circunstancias, cualquier intento de advertir de los peligros que corría Frei debía disfrazarse mediante gestos o exageraciones calculadas del riesgo quirúrgico para evitar que se operara. El dilema era complejo: ¿cómo proteger a Frei sin traicionarse a sí mismo ni poner en riesgo su propia seguridad al advertirle que podía ser asesinado? Mencionar la sospecha de un envenenamiento o el temor de que alguien pudiera introducirle una toxina era impensable y estaba prohibido expresarlo en voz alta. Hacerlo significaba desafiar al régimen y exponerse a represalias inmediatas de los organismos de seguridad. Así, en ese mundo de vigilancia, mi padre y los médicos de la Clínica Indisa se vieron obligados a exagerar los peligros inherentes a la cirugía. Presentaron el procedimiento como una intervención de alto riesgo, no porque lo fuera desde el punto de vista médico, sino para evitar que el paciente se sometiera a la cirugía. Esa decisión se tomó como medida de protección, ocultando la verdadera amenaza que rondaba en sus pensamientos.
Juan identificó el peligro gracias a la experiencia de quien ha visto demasiado, alguien que conoce las grietas y recovecos donde se esconde la maldad. Quizás su habilidad, pulida en noches sin dormir, en quirófanos y en charlas sobre política y poder, le permitió entender lo que muchos evitaban o no querían ver: el riesgo de que Frei fuera una víctima más, un objetivo de maniobras clandestinas, y que cualquier complicación quirúrgica, inducida o no, fuera la excusa perfecta para silenciarlo y eliminar una voz incómoda.
Las figuras prominentes suelen pagar un alto precio por su exposición pública: pierden amigos y el aislamiento y la soledad se vuelven sus únicos acompañantes; las amistades verdaderas se distancian o desaparecen. Así, la vulnerabilidad aumenta cuando el círculo cercano se reduce y los pocos amigos terminan traicionándolo. Imagino a Frei en una cama fría de la clínica, dándose cuenta demasiado tarde de que el verdadero peligro no era la cirugía, sino quienes usaban la medicina como arma de represión. La “mano invisible del opresor” hacía de la clínica y del quirófano una trampa, dejando huellas difíciles de detectar.
Me levanto de mi escritorio y bajo al sótano. Afuera hace frío y está oscuro; no hay nadie. En el sótano guardo cartas y retratos de aquella época, de esos años en los que, por motivos que no entiendo, salí de Chile en busca de nuevos amigos. Me alejé sin entender por qué; necesitaba explorar, aprender de otras historias y conocer otros sabores. Tengo la esperanza de que, al escribir este relato, se me aclare y me dé pistas que me ayuden a entender por qué me fui. Aquí encuentro cartas guardadas en carpetas polvorientas y en álbumes que apenas recordaba; siento que este viaje puede convertirse en una travesía hacia recuerdos reprimidos o hacia aquellos que inconscientemente evitaba. No estoy solo; los gatos me acompañan, me observan con sus grandes ojos y parecen ayudarme al compartir mi curiosidad en este descenso. Los imagino cuestionándose mientras bajamos por la escalera. Es un descenso cargado de neblina. Abro una caja y la memoria se despierta ante las fotos de reuniones familiares, de un cumpleaños celebrado en la casa que teníamos frente a la quebrada, en Algarrobo. En otra, veo a mi hermano soplando las velas de una torta y el retrato de nuestra primera y única perrita regalona. También encuentro recortes de periódicos, de la revista Hoy, en la que entrevistaban a Juan por algo relacionado con un curso que dictaba en la Clínica Indisa. Encuentro notas escritas en papeles frágiles que susurran historias al tocarlos. También están las setecientas páginas del fallo judicial sobre la muerte de Frei Montalva. Quizás ahora lo lea. La redacción no fue de las mejores; el texto se nota sobrecargado de evidencias, pero siento que puede servirme como una buena brújula para completar este relato. Lo ubico por encima de otras prioridades, con la esperanza de hallar alguna pista que me permita entender cómo ocurrió su asesinato. Hago un esfuerzo por revivir esos años; me transporto, aunque trate de encender la tele para evitar el tema y esconderme.
¿Cómo me enteré de su muerte? Ese instante permanece grabado en mi memoria. Era la mañana del 23 de enero de 1982, un día de frío intenso en Cleveland: el viento era cortante y las aceras estaban cubiertas de hielo. Caminaba por Euclid Avenue, frente a la Universidad Case Western Reserve, apenas unos días después de haber llegado de Chile. Me sentía extranjero en calles desconocidas. Apresurado por encontrar el edificio donde tendría la clase de química orgánica, me detuve frente a una vitrina de metal que exponía el periódico del día, cuyos vidrios estaban empañados y sucios. Allí, en la primera página del New York Times, leí la noticia: Eduardo Frei Montalva había fallecido el día anterior. Sentí que el país estaba lejos, como si los acontecimientos ocurrieran en otro mundo; mi desconcierto era intenso. La muerte de Frei no solo marcaba el fin de una persona, sino que también extinguía una esperanza colectiva, dejando tras de sí una sensación de orfandad. La desaparición de Frei simbolizó, para muchos, la pérdida de un futuro mejor.
Mientras la gente continuaba con su rutina, sin ser consciente del peso de la noticia que acababa de leer, recordé una conversación que tuve con mi padre. Ocurrió durante un viaje de regreso desde el balneario de Algarrobo, con el mar a nuestra espalda y una carretera que se extendía como una cinta negra entre pequeños poblados y parcelas. Pinochet y la dictadura estaban en su apogeo; dictaban las normas. Nos acompañaba el doctor Goic, amigo de Frei Montalva. Mi padre, con una voz entre curiosa y asintiendo, me pregunta: “¿Qué piensan los jóvenes de Eduardo Frei Montalva?” Sentí que su pregunta tenía un doble fondo, Juan buscaba una respuesta honesta, quizás para que Goic la escuchara. Le respondí transmitiendo la percepción de mis amigos, quienes veían en Frei demasiado silencio, cierta distancia y una falta de compromiso real para enfrentar al régimen de Pinochet. Era una crítica que flotaba en el ambiente, no solo entre los jóvenes, sino también en círculos que anhelaban una oposición más vigorosa. Tal vez opiniones parecidas influyeron en el ánimo de Frei, porque semanas después organizó el histórico acto en el Teatro Caupolicán -el Caupolicanazo-, donde, con una oratoria brillante, enfrentó abiertamente a Pinochet. En ese escenario, se fusionaron dignidad y riesgo; muchos aseguran que allí Frei selló su destino y se convirtió en blanco de la dictadura. Había demostrado que no tenía miedo.
En el subterráneo, mi gato huele un archivador con las tapas desgastadas. Lo abro con curiosidad y, entre las cartas, encuentro la que mi padre me envió tras la muerte de Frei. Sus cartas iban más allá de un simple relato; eran un vínculo que me mantenía conectado a mi hogar y a una realidad que, desde la distancia, se difuminaba. Lo importante era lo que no decía, lo que se reservaba; el correo estaba intervenido y cada palabra era vigilada. Para esquivar problemas, mi padre evitó referencias médicas sospechosas que pudieran dar lugar a una denuncia. La prudencia era esencial. Una leve insinuación podía ponerlo en peligro, tanto para él como para nosotros. Vivíamos bajo esa amenaza; cada palabra podía ser una condena.
26 de enero de 1982
Cristiancito,
Acá, como habrás sabido, el acontecimiento que ha impactado al país es el fallecimiento de Eduardo Frei Montalva. Realmente, todo pasó como en una pesadilla. Cuando tú estabas en Chile, antes de partir a los Estados Unidos, fue operado de una hernia de hiato, que después se complicó en una serie de cosas increíbles y terminó por matarlo. A la distancia, las cosas se ven más tranquilas, quizás en su verdadera dimensión, pero la repercusión que ha tenido su muerte aquí en Chile ha sido brutal. Eso de escuchar «Murió Frei” y oírlo bruscamente el viernes 22 a las 5 de la tarde fue como cuando escuchamos que murió Kennedy. Yo no me di cuenta de cuán honda era su presencia entre todos los chilenos. Eso de ver y oír a un hombre en la plenitud de sus facultades físicas e intelectuales y, de repente, que deje de existir, da una sensación de caos e incredulidad. Creo que todo el país se normalizó, se puso de pie y en alerta. Incluso aquellos que días antes no cesaban de llamarlo “político demagogo”, “ambicioso de poder”, “débil de carácter”, etc. No sé si, sinceramente o hipócritamente, decretaron tres días de duelo nacional; pero eso no impidió que todas las estaciones de televisión continuaran transmitiendo canciones y programas triviales; los goles de Cazelli, jugando por Colo-Colo, tuvieron más difusión. La esposa de Frei, Doña María, y toda su familia se portaron extraordinariamente bien. Nada de lágrimas. Cuando el gobierno negó el permiso para que Jaime Castillo, Fuentealba, Zaldívar y un diputado estuvieran presentes en los funerales, toda la familia le pidió a Pinochet que no se hiciera presente ni asistiera a la misa. Pero Pinochet, sin una pizca de dignidad, asistió con todo el gabinete al responso. No había nadie de la familia, excepto un hijo que lo hizo por respeto al cuerpo diplomático. La juventud debió ser convencida por el cardenal Silva Henríquez para que, durante el responso, los restos no fueran sacados de la urna ni llevados al Sagrario, para que no estuviera presente mientras Pinochet estaba en la Catedral. Los funerales se realizaron el lunes 25 a las 16 horas. Cientos de miles de personas asistieron; durante tres días, una fila de personas desfiló frente al ataúd de Frei. A pesar de su condición de expresidente constitucional, la familia pidió que no se le rindieran honores militares. En fin, Cristián, querido, con los Mercurios que te mandó la mamá, podrás hacerte una idea de lo que pasó. Podrás observar que en la primera página de ese diario del día 24, un poquito más abajo del anuncio de la muerte de Frei, está el anuncio de la clasificación del corredor Salazar en una carrera de autos.
La mamá y todos tus hermanos te mandan saludos……
Juan
Mi madre también lo anunció brevemente en otra carta:
28 de enero de 1982
Aquí casi no pasa nada; la gente llenó la Catedral y sus alrededores para ver a Frei y/o sentirse en grupo, en masa (estoy leyendo a Canetti, fascinante). Tú papá más viejo y regañón; escribe.
2. Cuando la justicia nombró el crimen
En Michigan, hay mañanas en las que la nieve cubre el alféizar y el escritorio se me llena de carpetas, informes médicos y testimonios contradictorios recabados por el juez Alejandro Madrid durante su investigación sobre la muerte de Frei Montalva. No fue hasta el 20 de enero de 2019, treinta y ocho años después de su fallecimiento, ocurrido el 22 de enero de 1982, que la duda sobre los hechos tomó forma. Ese día, tras una investigación judicial iniciada en el año 2003, un fallo de primera instancia (que luego sería apelado ante la Corte de Apelaciones) declaró que la muerte de Frei Montalva había sido un homicidio. El caso ha sido uno de los episodios más complejos y polémicos de la historia reciente de Chile. Su investigación, que se extendió durante casi dos décadas, concluyó que Frei Montalva había sido asesinado mediante la administración de sustancias tóxicas durante su hospitalización, lo que reveló la existencia de una vasta conspiración que involucró a militares y a médicos de la época. El fallo marcó un hito en la memoria histórica chilena al condenar como coautores del delito de homicidio al doctor Patricio Silva Garín, a Raúl Lillo Gutiérrez y a Luis Becerra Arancibia. Como cómplices, al doctor Pedro Samuel Valdivia Soto y como encubridores, a los doctores Helmar Egon Rosenberg Gómez y Sergio Javier González Bombardiere.
Aunque han pasado más de cuarenta años desde la cirugía del 18 de noviembre de 1981, esa historia permanece en mi memoria. Cada dato, cada testimonio ante el juez, cada nuevo artículo de prensa que se publica revive en mí una sensación de asombro y desazón que he sentido desde entonces. La investigación judicial me enfrentó a emociones e interrogantes que siempre me persiguen.
Durante años, me costó poner en palabras lo que presencié; la neblina de los recuerdos parecía ocultar la verdadera dimensión de lo vivido. Sin embargo, el tiempo transcurrido me ha permitido ver el pasado con mayor claridad. Ahora percibo detalles que antes pasaban desapercibidos o me resultaban fáciles de ignorar, como las conversaciones en voz baja entre mi padre y el doctor Goic, sus miradas y la tensión que permeaba los rincones de nuestra casa durante sus visitas nocturnas. Eduardo Frei Montalva aún no había muerto a causa de una septicemia aguda, cuyo origen permaneció en la penumbra durante décadas, envuelta en misterio y controversia. Como líder opositor a Pinochet, la muerte lo acechaba como una amenaza constante. Goic lo atendía y, al caer la noche, pasaba a ver a mi padre para conversar o para lamerse las heridas; no lo tengo claro. Pero hoy veo con claridad que fui testigo de encuentros más serios de lo que había imaginado. Al juntar los fragmentos de esos recuerdos, se me asienta la certeza de que lo ocurrido no fue una cirugía desastrosa, sino una conspiración que atentó contra la vida de Frei, forzándolo a luchar en una batalla que perdió. Lo que antes parecía confuso ahora lo veo como un complot muy bien preparado, una intervención tan bien planificada que desconcertó a los médicos amigos, que nunca lograban entender de dónde provenía la amenaza.
Era de noche y la oscuridad cubría el barrio. Las calles se veían vacías; nadie caminaba entre las sombras. Solo el timbre del teléfono rompía el silencio que resonaba en cada habitación y nos despertaba. Mi padre respondía con voz tranquila: “Sí, te espero”. Nada se movía. Él seguía en cama, tendido. “No hay problema”, le escuchábamos, como si tratara de convencer de que todo andaba bien, bajo control. “Ven y conversamos”, se despedía antes de colgar, devolviendo la casa al silencio de antes. Pronto escuchábamos el timbre, un sonido de campanilla que rompía la quietud; un perro ladraba, un libro se caía al suelo y yo salía a recibir al doctor Goic. Por unos segundos, antes de abrir la puerta, el mundo exterior se me desvanecía, inmóvil y en sombras. Entraba a la casa con el ceño fruncido y el rostro cansado después de sus largas jornadas en la Clínica Santa María, donde luchaba por salvarle la vida a su amigo, ahora su paciente. Venía de las juntas médicas que se llevaban a cabo en la clínica. Al poco rato, mi padre bajaba del segundo piso y se sumergía en una conversación urgente en el living, bajo una luz tenue, amarillenta. Cada palabra encendía temores. Al verlos hablar, recordaba lo frágiles que somos ante las adversidades. Yo me retiraba en puntillas al segundo piso, con cautela, como si un crujido pudiera atraer una desgracia. Buscaba refugio en las sábanas, sintiendo que la noche era la única barrera que había entre nosotros y la amenaza. Antes de dormirme, acurrucado en la cama, debajo de las frazadas, recordaba el auto que nos vigilaba al otro lado de la calle. Sabía que en ese momento no se podía hablar ni respirar con fuerza, porque hasta un susurro podía convertirse en un peligro. El descanso era una breve pausa que nos ayudaba a prepararnos para lo que el día siguiente pudiera traernos.
La periodista Lilian Olivares menciona en su libro (La Verdad sin Hora, Ed. Catalonia 2020) que todos los días, como a las 20 horas, alrededor de doce médicos se reunían en una junta médica para discutir cómo continuar con el tratamiento. Incluían asesoría de médicos del extranjero, de la Cleveland Clinic, incluso del médico que había atendido al papa Juan Pablo II.
A lo largo de los años y con el avance de las investigaciones, la muerte de Frei Montalva se convirtió en un símbolo de la lucha por la justicia. Lo ocurrido con Frei inspiró marchas y debates. Para muchos, fue impactante ver cómo esa tragedia se convertía en una bandera de las demandas ciudadanas, lo que amplificaba su resonancia en la conciencia del país y nos enfrentaba a un debate público imprevisto.
En agosto de 2023, la Corte Suprema dictaminó de forma definitiva, revocando las condenas anteriores, argumentando que no había pruebas suficientes para acreditar el homicidio y estableciendo que la muerte se debió a septicemia derivada de complicaciones tras una cirugía. Esta decisión impactó en la opinión pública y reabrió el debate sobre la búsqueda de la verdad y los desafíos para lograr una justicia plena en casos emblemáticos. La historia de Frei Montalva sigue siendo un símbolo en la lucha por esclarecer el pasado y encontrar a los culpables.
Con el tiempo, mi padre se convenció de que Eduardo Frei Montalva había sido envenenado en la Clínica Santa María. Esa creencia nunca lo abandonó y le sirvió de escudo psicológico para enfrentar otros retos peligrosos. Uno de esos desafíos surgió todavía viviendo en dictadura, cuando tuvo que operar a una de las hijas de Frei Montalva en la Clínica Indisa; finalmente, un Frei operándose en Indisa. Ella, ajena a la política y los conflictos públicos, también parecía estar bajo amenaza, como si el peligro alcanzara a toda la familia solo por llevar el apellido. Mi padre vivía en estado de alerta, con la sensación de que cualquier descuido podía ser importante. Tras la cirugía, notó que los síntomas y el avance de una infección inesperada le recordaban el caso de Frei Montalva. El pasado regresaba para repetirle el mismo patrón de fiebre inexplicable, malestares indefinidos, y dolores que pusieron en riesgo la vida de la paciente.
En esta segunda emergencia, y tras la experiencia adquirida con la muerte de Frei Montalva, mi padre actuó con cautela. Basándose en su instinto, logró salvar la vida de su paciente, aunque nunca supe exactamente cómo lo hizo; no hablaba de ello y nunca se lo pregunté, incluso después de haber viajado tantas veces a Chile con la duda. Creo que debió tomar medidas excepcionales: quizás hizo poner guardias en la puerta para evitar visitas, o supervisó personalmente cada medicamento, vigilando cada detalle para que ningún descuido representara un riesgo. Hizo de enfermero y médico; la amenaza se colaba por todos los rincones: ¿Qué carajo iba a pasar ahora?
Más tarde, mi madre me confesó que Juan, agotado, le dijo en voz baja: “Quieren intimidar a los Frei, quieren destruir a la familia para que nunca más participen en política.” Esa frase se me quedó grabada; el peligro era real.
Años después, aún en plena dictadura, mi padre tuvo que atender al exsenador Jorge Lavandero, quien había sido brutalmente golpeado en la calle por investigar y denunciar públicamente las transferencias de dinero de Augusto Pinochet al extranjero. Recuerdo a mi padre en ese momento: nervioso, siempre en alerta y con las manos tensas, preparado para cualquier contingencia. No bajaba la guardia y, como medida de protección, colocó custodias en la puerta de la habitación y se aseguró de que Lavandero nunca quedara solo. Observaba con atención la labor de los enfermeros, convencido de que el peligro podía ocultarse en los detalles rutinarios. La experiencia le había enseñado que en los hospitales lo cotidiano podía convertirse en amenaza.

3. La construcción del enemigo interno
Andrés Zaldívar, exsenador y dirigente demócrata cristiano, en una entrevista cargada de autocrítica, recuerda cómo él, Frei y muchos miembros de su partido, guiados por una ingenua esperanza, creyeron que el golpe de Estado del 11 de septiembre de 1973 sería solo un breve paréntesis en la historia del país. Pensaban que la tormenta pasaría y que la democracia se restablecería sin contratiempos. Por ese motivo, decidieron no firmar la emblemática “Carta de los Trece”, un documento histórico redactado y firmado dos días después del Golpe (13 de septiembre de 1973) por 13 destacados miembros de la Democracia Cristiana como Radomiro Tomic, excandidato presidencial en las elecciones de 1970. En la carta se condenaba la intervención militar y la ruptura del orden constitucional. En su primer punto declaraba:
Condenamos categóricamente el derrocamiento del Presidente Constitucional de Chile, señor Salvador Allende, de cuyo Gobierno, por decisión de la voluntad popular y de nuestro partido, fuimos invariables opositores. Nos inclinamos respetuosos ante el sacrificio que él hizo de su vida en defensa de la Autoridad Constitucional.
Fue una carta breve en la que, en seis puntos, se trazó una frontera clara entre quienes, arriesgando sus vidas, se atrevieron a oponerse públicamente a la naciente dictadura y quienes, por temor, por cálculo político o por la esperanza de una pronta normalización, optaron por el silencio y una postura ambigua. Mi padre estuvo entre estos últimos. En un principio creyó que el cambio sería un paréntesis, un desorden menor, y que la democracia pronto llegaría. No la firmaron ni el expresidente Eduardo Frei ni Patricio Aylwin, quien llegaría a ser el primer presidente democrático de Chile tras el golpe de Estado. Bernardo Leighton, el organizador de la carta, que firmaron en su casa, fue baleado posteriormente en Roma el 6 de octubre de 1975, pero sobrevivió.
Con el tiempo, no firmar la carta de los 13 resultó ser una carga para quienes eligieron guardar silencio. Esa omisión se convirtió en una espina que los acompañó durante años, entre reproches internos y el juicio social. Para muchos demócratas cristianos que habían puesto sus esperanzas en una firme defensa de la democracia por parte de sus líderes, la falta de una condena clara del régimen militar generó una gran decepción. Interpretaron esa tibieza como una complicidad involuntaria con la represión y los atropellos a los derechos humanos, lo que contribuyó a prolongar una dictadura que duró casi diecisiete años.
Pero quizás existía una razón más profunda y menos confesable para quienes no firmaron: que poner su nombre en esa carta habría implicado aceptar desde el principio que Chile ya no era el mismo país; que la República, con sus reglas, equilibrios y rituales democráticos en los que creían, había sido irremediablemente destruida. No firmar pudo ser una forma de postergar esa aceptación, de aferrarse a la esperanza de que el golpe sería un paréntesis y no una transformación radical del orden político y moral del país. En esa negativa había miedo y cálculo, pero también una incapacidad para mirar de frente la magnitud del cambio: aceptar la carta era aceptar que la democracia había terminado y que empezaba otra época, gobernada por la fuerza, la vigilancia y el temor.
La periodista Mónica González, conocida por su investigación sobre la muerte de Frei Montalva y otros crímenes de la dictadura, relató ante el juez Madrid que en mayo de 1975 el expresidente vivió un punto de inflexión. Hasta entonces, Frei se mantenía reservado y distante, observando los acontecimientos desde fuera y tratando de adaptarse a la nueva realidad impuesta por el régimen. Sin embargo, ese año decidió dejar atrás la prudencia y enfrentarse públicamente al conceder una entrevista al semanario colombiano Nueva Frontera. Rompió su silencio y denunció con firmeza la situación que atravesaba Chile, marcada por la represión y el miedo. Frei fue transformándose de un espectador a convertirse en el líder indiscutido de la oposición a Pinochet. Su voz iluminó a quienes buscaban recuperar la democracia, convirtiéndose en una amenaza para el régimen y en una chispa de esperanza para la sociedad chilena, dando inicio a un proceso de movilización colectiva que no se detendría.
El desarrollo de los eventos recuerda a una tragedia griega, con cada episodio añadiendo nuevas tensiones. Según Mónica González, en 1977, cuando fue invitado a integrarse a la Comisión Norte-Sur liderada por el excanciller alemán Willy Brandt, Frei alcanzó un reconocimiento internacional de gran prestigio, lo que lo consolidó como un referente ético y político en toda América Latina. Desde los foros internacionales, su voz se levantó en defensa del diálogo entre países desarrollados y en vías de desarrollo, promoviendo la justicia social y los derechos humanos en medio de la Guerra Fría. Su condición de único representante latinoamericano en esa Comisión fortaleció su liderazgo y lo convirtió en un faro de esperanza para quienes, tanto en Chile como en el exilio, soñaban con un futuro en libertad.
En 1980, ante la creciente oposición internacional y una oposición cada vez más unificada, Augusto Pinochet promovió un plebiscito para validar una nueva Constitución y mantener su poder. En ese momento, Frei Montalva alcanzó su mayor proyección política. Esa farsa democrática pretendía camuflar el autoritarismo bajo una apariencia de participación popular. Como parte de esta estrategia, el régimen permitió, bajo estricta vigilancia, un acto público el 27 de agosto en el Teatro Caupolicán de Santiago, un lugar emblemático de las luchas sociales. Esa noche prevaleció un ambiente de fiesta y libertad: miles de personas desafiaron el miedo y llenaron el recinto. La presencia de agentes de seguridad, la vigilancia y el riesgo crearon una atmósfera de desafío y valentía.
En ese escenario cargado de simbolismo, Frei Montalva, con serenidad, pronunció un discurso histórico que marcaría un antes y un después en su lucha contra la dictadura. Con firmeza, ante una multitud expectante, exigió iniciar una transición democrática, reclamó el respeto a la dignidad del pueblo y denunció la ilegitimidad del plebiscito. Sus palabras, además de ser una arenga política, hicieron un llamado urgente a la unidad y a la movilización, invitando a romper el círculo del miedo. Esa noche, la voz de Frei encendió una chispa de esperanza en la sociedad chilena: dejó de ser solo un expresidente respetado para convertirse en el símbolo indiscutible de la oposición, el “enemigo interno” que la dictadura debía silenciar para evitar que la esperanza se convirtiera en un incendio de libertad incontrolable. El periodista Hernán Millas, en su libro La Sagrada Familia: la historia de las diez familias más poderosas de Chile (Ed. Planeta, 2005), comparte algunos pasajes de su discurso:
… “Esta Constitución carece de validez porque las diversas corrientes de opinión del país no han participado en su elaboración…Prolongar un régimen personal durante 24 años sería fatal para el destino de Chile. Perpetuarse en el poder, prometer orden y tranquilidad en la línea de los Zomosa, Trujillo y otros gobernantes centroamericanos, ¿qué resultado les ofrece? No logran ni el orden ni la tranquilidad y terminan en sangre y muerte.”
…”Esto que le proponen al país es, en esencia, la negación de una Constitución para la libertad. Es una Constitución sin precedentes en Chile. Acumula en un solo hombre todo el poder, manifestando así una desconfianza total hacia el pueblo. Todas sus disposiciones están destinadas a defenderse, reprimir y coaccionar. Y esto se debe a que, en el fondo, se teme la libre expresión de la voluntad popular. Titularla “para la libertad” es una broma de mal gusto. Y si es aprobada, hay que esperar ocho años para que entre a regir.”
Mary Figueroa, exdirectora de la Policía de Investigaciones, explicó en su testimonio ante el juez Madrid la importancia del llamado «Caupolicanazo». Esa noche, expresó, la figura de Frei se convirtió en el principal objetivo de la represión y de la atención de los servicios de inteligencia militar. Cada palabra de su discurso fue escrutada con cuidado, ya que las autoridades creían que podía provocar una rebelión y revivir la esperanza en una población que llevaba mucho tiempo doblegada por el miedo. Según su testimonio, el discurso de Frei Montalva provocó cincuenta y nueve ovaciones; cada aplauso y cada grito mostraron apoyo y rompieron el silencio impuesto por la dictadura, generando un clamor colectivo por el cambio. Frei exigió el fin de la intervención militar en las universidades, defendió su autonomía y reivindicó el papel moral de la Iglesia Católica en la defensa de los derechos humanos. La respuesta del público fue inmediata: una ola de aplausos, abrazos y gestos de hermandad recorrió el recinto, unificando a todos en torno a la causa de la democracia. Como afirmó Mary Figueroa, el Caupolicanazo fue más que una manifestación política; fue un punto de inflexión que movilizó a la ciudadanía y determinó el destino de Frei Montalva, quien desde entonces quedó identificado como el principal enemigo de la dictadura.
Al terminar el evento, se produjo tal jolgorio que su hija, Carmen Frei, recuerda cómo su padre, rodeado por la muchedumbre y perdido entre gritos y banderas, preguntaba por su esposa: «¿Dónde está Maruja? Yo no me voy sin la Maruja».
La amenaza contra Frei no fue un incidente aislado, sino un reflejo de un ambiente de represión que vulneraba a todos los opositores. Solo unas semanas antes, en julio de 1980, la Coordinadora Nacional Sindical, liderada por Tucapel Jiménez y en conjunto con las principales fuerzas políticas opositoras, había firmado un acuerdo histórico. Ese pacto, nacido de la necesidad de unir fuerzas frente a la dictadura, buscaba convocar a un gran paro nacional para marzo de 1983. La movilización pretendía paralizar el país y presionar al régimen para que abriera espacios de participación política. También convirtió a Frei en un símbolo de la resistencia contra el autoritarismo a través de medios democráticos.
Ambos hitos, el emotivo discurso del Caupolicán y la planificación del paro nacional, determinaron el destino de Frei Montalva. A partir de entonces, el régimen lo vio como el mayor impedimento para conservar el poder. Los servicios de inteligencia intensificaron su vigilancia sobre él y su entorno, invadiendo cada aspecto de sus vidas. Las amenazas se convirtieron en una presencia cotidiana para los opositores. Sin embargo, la firmeza de Frei y sus seguidores -expresada en gestos de liderazgo, llamados a la unidad y acciones de desafío público- mostraba que, en medio de la brutalidad, se podían abrir brechas de luz y trazar caminos hacia la recuperación de la democracia. El sueño era posible.
A finales de septiembre de 1980, tras la victoria del referéndum que aprobó la nueva Constitución con casi el 67% de los votos, la tensión aumentó cuando el general Pinochet, con una voz fría y calculada, hizo una amenaza pública en el Salón Azul del Club de la Unión. Frente a una audiencia expectante, señaló a Zaldívar, Eduardo Frei y Tucapel Jiménez, como antipatriotas, acusándolos de traicionar los valores más profundos de la nación y considerándolos los principales enemigos del país. Sus palabras, llenas de resentimiento, sonaron con fuerza, dando la impresión de que vendrían importantes represalias. Afirmó que conocía las intenciones del grupo, que estaba al tanto de sus movimientos y de la arriesgada iniciativa de unir fuerzas políticas y sindicales en su contra. ¡Esos traidores serán castigados sin piedad! Conocía el plan para convocar un paro nacional: ¡Anímense y verán!
En su declaración ante el juez Madrid, Andrés Zaldívar detalló la relevancia del Caupolicanazo y el entorno de amenazas peligrosas que rodeaba a Frei Montalva en esos meses. En su relato, Zaldívar mencionó la presencia constante de amenazas y la sensación de que el destino de Frei pendía de un hilo frágil. Recordó que, tras el plebiscito de 1980 y por iniciativa de Frei Montalva, realizó una gira política internacional invitado por la Democracia Cristiana italiana. Cada salida de Chile era una apuesta peligrosa, un recorrido por zonas donde el exilio siempre estaba presente. El temor a no poder volver a su país lo acompañaba tras cada reunión y discurso.
Tras sus visitas a Italia, Zaldivar aceptó una invitación que consideraba una tabla de salvación en medio del desastre y partió a Israel el 16 de octubre de 1980. En ese país lejano, rodeado de desconocidos, recibió la noticia que le impactó como una sentencia: le prohibían regresar a Chile. Genaro Arriagada le dijo, desde el otro lado de la línea telefónica, que se había oficializado un decreto de exilio firmado por el general Pinochet y el ministro del Interior, Sergio Fernández. Cada palabra sonó como un portazo, dejándole claro que denunciar públicamente la ilegitimidad del plebiscito -en nombre de un partido proscrito como la Democracia Cristiana, del cual él era su presidente- costaba la expulsión y el desarraigo. La injusticia se intensificó al descubrir, a través de un artículo en la revista mexicana “1 + 1”, que se le acusaba falsamente de intentar formar una alianza con militares para derrocar a Pinochet. Esa desinformación no solo buscaba aislarlo internacionalmente, sino también convertirlo en un enemigo irreconciliable del régimen.
En ese mismo contexto de terror, Zaldívar recordó que Tucapel Jiménez vivía preocupado: sabía que las amenazas de Pinochet no eran solo advertencias, sino sentencias de muerte. Su destino quedó sellado un mes y tres días después de la muerte de Frei Montalva. Tres días antes de su asesinato, se atrevió a convocar una protesta pacífica, como si supiera que cada acto de resistencia podría costarle la vida, pero también regalarle unos días más. Esa pausa pareció un guiño del destino, pues su asesino, Carlos Alberto Herrera Jiménez, reconoció más tarde que ya lo tenían marcado para morir días antes de la protesta, pero que esperaron hasta que ésta terminara para darle muerte:
CARLOS ALBERTO HERRERA JIMÉNEZ, oficial del Cuerpo de Inteligencia del Ejército (CIE), declaró ante el juez Madrid que su comandante era el entonces teniente coronel Víctor Raúl Pinto Pérez. Contó que había sido destinado a una unidad especial de contraespionaje creada en su llegada, cuyo cuartel se denominó Coihueco. Funcionaba en la comuna de La Reina. Señaló que “nunca tuvo una misión clara y definida, y que la denominación ‘especial’ se debe a que se está a la espera de hacer algo, pero no se sabe bien en qué consiste; sin embargo, el mando superior lo sabe”. Afirmó ante el juez que estuvo durante un tiempo no muy extenso en esas condiciones, sin hacer nada, hasta que se le impuso una misión especial: dar muerte a Tucapel Jiménez. Sin embargo, el comandante Pinto o Ferrer (no recuerda cuál de los dos) le ordenó abortar la misión. No recordó la fecha en que le comunicaron que esperara, pero sí recordó que la muerte de Tucapel Jiménez la habían programado para el 23 de febrero de 1982. El día 25 de febrero le dieron la orden para que actuara cuando se dieran las condiciones, que se dieron de inmediato.
Tucapel Jiménez era un hombre que vivía aferrado a sus hábitos, como si cada repetición diaria tejiera una red protectora capaz de resguardarlo del peligro. Su rutina, meticulosamente repetida, era su escudo frente a un mundo hostil. Sin embargo, esa misma previsibilidad que alguna vez fue su aliada terminó convirtiéndose en la grieta por la que sus atacantes se infiltraron. Los agentes habían memorizado sus recorridos y lo acechaban desde la penumbra con paciencia. Cada viaje diario en su taxi -ese pequeño refugio móvil donde encontraba un respiro y un toque de normalidad- se convirtió en un recorrido rastreado, un laberinto sin salida supervisado por el régimen. Lo que antes representaba libertad, su coche, terminó siendo su celda móvil, y escenario de una emboscada planificada. Así, cuando llegó el día indicado, cumplir la orden fue inevitable; no hubo duda: cinco disparos sellaron el destino de Tucapel.
Frei tampoco estaba exento a las vigilancias. Las investigaciones dirigidas por el juez Alejandro Madrid revelaron que Becerra, considerado por la familia como un hombre de plena confianza y su chófer, jugó un papel importante en el seguimiento de Eduardo Frei. Para ese entonces, ya era un informante remunerado de la CNI. En una entrevista con la periodista Lilian Olivares, Raúl Lillo, encargado del seguimiento a los miembros del partido Demócrata Cristiano, dijo que se enteraba de las actividades de Frei porque “…tenía una buena capacidad para realizar pinchar telefónicamente y enviaba siempre a la misma gente a escuchar”, sin necesidad de usar los servicios de Becerra. Probablemente, Lillo trataba de proteger a Becerra. Su colaboración no fue voluntaria, sino impuesta por su situación personal, ya que la relación amorosa de su hija con un miembro del Frente Patriótico Manuel Rodríguez sirvió como pretexto para que la CNI lo presionara y lo obligara a actuar contra quienes confiaban en él. Tenía fácil acceso a todos los espacios de la casa y mantenía cercanía con la familia Frei, hasta el punto de que, tras su muerte, se le encargó atender a quienes llegaban para expresar sus condolencias. Después de la muerte de Frei, y gracias a las buenas recomendaciones de la familia, comenzó a trabajar para Andrés Zaldivar.
El conocimiento del deseo de operarse por parte de los servicios de inteligencia se remontaba a cinco meses antes, gracias a las aportaciones de Becerra y a las escuchas en su domicilio, que probablemente él mismo había instalado. Esos cinco meses fueron fundamentales para planificar cada fase del crimen. Se analizaron minuciosamente los detalles químicos y bioquímicos de los venenos, como sus dosis y frecuencia, para garantizar que el resultado final no fuera al azar, sino el producto de un proceso cuidadosamente montado con precisión, evitando levantar sospechas.
El juez Madrid, en su sentencia, puso al descubierto la compleja red de coerción que marcó los últimos días de Frei Montalva:
VIGÉSIMO OCTAVO: Que, no obstante, el acusado antes nombrado (Becerra), en sus declaraciones policiales y judiciales que se mencionan, ha negado su participación en los hechos que se le atribuyen; obran en su contra los siguientes elementos de juicio.
c.- Que también el señalado acusado ha reconocido su participación como informante de los organismos represivos existentes en dicho período de tiempo, habiendo sido contratado para dicho fin por el agente de la CNI Raúl Lillo Gutiérrez, siendo remunerado por los servicios prestados, los cuales realizó por haber sido presionado debido a que su hija mantenía una relación sentimental con un integrante del Frente Patriótico Manuel Rodríguez, lo cual era conocido por los servicios de seguridad de la época, siendo obligado a realizar acciones que perjudicaron a personas que eran integrantes del Partido Demócrata Cristiano, en quienes habían depositado su confianza.
Junto a Frei, también llegó a la clínica un grupo del ejército que se distribuyó discretamente en sitios estratégicos, ocultos tras diversos roles, desde camilleros hasta administrativos, formando una red de vigilancia de cincuenta y seis personas, cada una con una misión específica, no relacionada con el cuidado médico. Durante el día, la clínica parecía normal, pero por la noche se convertía en un enclave bajo control de la CNI, donde la represión se escondía bajo una apariencia de normalidad.
En las declaraciones de Andrés Zaldívar ante el juez, destaca una verdad indiscutible: para Frei, la amenaza no era excepcional, sino la rutina cotidiana de los opositores al régimen. Durante su exilio, Zaldívar tuvo varios encuentros con Frei en Europa: breves momentos de camaradería en medio del desarraigo, en los que la fraternidad buscaba calmar la frialdad de la distancia. Recuerda especialmente un encuentro en Roma, en noviembre de 1980, en el Hotel Edén, donde Frei solía alojarse. Esa noche, la intuición de Frei se convirtió en certeza: vio a dos hombres cuya presencia le resultaba amenazante. “Son de la CNI”, le dijo en susurros a Zaldívar, lo que mostraba que ni siquiera en el exilio lograba escapar de la vigilancia.
La percepción de Frei no era simplemente paranoica, sino un reflejo de una realidad respaldada por la constante persecución de políticos, exfuncionarios y opositores a la dictadura. En su oficina, tenía que aumentar el volumen de la música para enmascarar los micrófonos ocultos y evitar la interceptación de sus palabras. Las escuchas ilegales, tanto en residencias como en hoteles y oficinas, formaban una red de control muy eficaz. Tanto Frei como Zaldívar asumían esa carga: una libertad frágil y siempre en riesgo.
Carmen Frei testificó ante el juez que la casa de su padre, que debía ser un refugio, se había convertido en una prisión, rodeada de dispositivos de escucha que eliminaban cualquier posibilidad de privacidad. Relató una escena particularmente reveladora: un día, mientras unos obreros construían una estantería y martillaban, sonó el teléfono. Al otro lado de la línea, estaba el general Manuel Contreras, director de la CNI, preguntando si había ocurrido un incidente. Eso demuestra la vigilancia a la que estaba sometido: cada movimiento y cada sonido, incluso un golpe de martillo, activaban las alarmas de un Estado vigilante. En ese momento, su padre intentó mantener la calma y dijo que lo único fuera de lo común era el ruido de los martillos, esforzándose por mantener una fachada de normalidad y proteger los últimos fragmentos de intimidad que le quedaban.
Zaldívar declaró ante el juez que siempre sospechó que al expresidente podría ocurrírsele un atentado y que, incluso, él no estaba exento de sufrirlo. Su relación con Frei no era solo política: era una amistad sincera, enriquecida por el afecto, lo que hacía que sus temores también fueran personales. Cuando Frei fue a Madrid antes de la operación, Zaldívar recuerda con claridad una conversación que, con el tiempo, resultó premonitoria. En ese encuentro, Frei le explicó que la intervención le aliviaría el malestar causado por una hernia en el hiato, que lo incomodó durante una importante reunión internacional de la Comisión Norte-Sur. Zaldívar le advirtió: “¡Es una locura operarse en Chile!” y sugirió que considerara operarse en el extranjero, lejos del control de la dictadura y de posibles maniobras en la clínica. Sin embargo, Frei, con su carácter sobrio, trató de tranquilizarlo, asegurándole que estaría en buenas manos con uno de los mejores cirujanos, el doctor Augusto Larraín, quien además era primo de Zaldívar. Para Frei, esa relación familiar parecía una garantía de seguridad. Zaldívar, sin embargo, no se calmó; insistió en que el verdadero peligro no era la competencia médica, sino la extrema vulnerabilidad que enfrentaría tras la operación. A pesar de las advertencias, Frei minimizó el riesgo y rechazó viajar al extranjero para ahorrar gastos, confiando en la honestidad de quienes lo rodeaban: “No quiero provocar un gasto inútil”, dijo, restándole importancia al peligro. Esa conversación, marcada por la gravedad de la amenaza, dejó a Zaldívar preocupado de que el destino de su amigo ya estuviera sellado y con la sensación de no haber logrado reducir el peligro. Días después de la cirugía, Frei le llamó para contarle que la recuperación iba bien, lo que le brindó a Zaldívar una esperanza momentánea. Sin embargo, esa tranquilidad se esfumó rápidamente: dos días después, recibió la noticia que tanto temía. Frei había tenido que regresar con urgencia a la clínica, lo que confirmó sus peores temores.
Aunque el expresidente trataba de mantener una sensación de seguridad, creyendo que una muerte violenta no era su destino, esa confianza terminó siendo una ilusión peligrosa. Los asesinatos de destacados opositores emblemáticos -como el general Carlos Prats y su esposa en Buenos Aires (1974), Orlando Letelier en Washington D.C. (1976) y el atentado contra Bernardo Leighton y su esposa en Roma (1975)- demostraban que el aparato represivo de la dictadura no tenía límites geográficos ni de violencia. Inicialmente, consideraron eliminar a Letelier mediante el gas sarín, un agente químico desarrollado durante la Segunda Guerra Mundial y fabricado en Chile por Eugenio Berríos, conocido como “el químico de Pinochet”. Michel Townley, exagente de la DINA, declaró esto ante el fiscal estadounidense Eugene Propper. Viajó a los Estados Unidos con el gas sarín en un frasco de perfume Chanel No. 5, pero no lo utilizó. Townley, experto en bombas y electrónica, probablemente prefirió usar un explosivo porque se sentía más seguro con él. Esas muertes y ataques generaron un escándalo internacional que probablemente llevó a pensar que no correría la misma suerte. Sin embargo, se equivocó; no tenía idea del nivel de sofisticación con el que intentarían silenciarlo. Tampoco pudo prever la magnitud de la traición, en la que amigos, excolaboradores del gobierno y personas de extrema confianza, como su chófer y algunos médicos, colaboraron con los aparatos represivos, ya sea por acción u omisión. El peligro no solo provenía del exterior, sino que también se infiltraba en los ámbitos más cercanos a su vida. La confianza de Frei en su entorno y su aparente ausencia de temor ante la violencia se convirtieron en su mayor vulnerabilidad; las lealtades que creía firmes demostraron ser frágiles.
A continuación, presento un resumen cronológico basado en los antecedentes judiciales recopilados por el juez Madrid. Incluye declaraciones de testigos y aportaciones de quienes participaron en el crimen. También se detallan las cirugías, especialmente la segunda, que consumó el delito. El objetivo del resumen es ofrecer una visión estructurada de los procedimientos médicos realizados, las circunstancias en las que se llevaron a cabo y los equipos involucrados, para facilitar una mejor comprensión del contexto clínico y humano que influyó en su fallecimiento.
4. Primera cirugía: la trampa de una recuperación que no fue
Primera cirugía – 18 de noviembre de 1981
Motivo: hernia hiatal (gastroesofágica).
Lugar: Clínica Santa María.
Cirujano: Dr. Augusto Larraín Orrego.
El 18 de noviembre de 1981, el doctor Augusto Larraín realizó la primera cirugía para corregir la hernia hiatal. Debido a la confianza que Larraín y la familia Frei tenían en él, Silva Garín pidió permiso para observar la operación y se lo concedieron; Larraín aceptó y lo colocó a su izquierda.
Pero Frei también estaba acompañado por otros actores. La presencia de agentes de la CNI en la Clínica Santa María y en otros hospitales de la época está ampliamente documentada. La infiltración fue posible en parte porque muchos médicos suelen trabajar a tiempo parcial en múltiples centros de salud. Es decir, comparten sus horas de trabajo en hospitales militares y en centros de salud públicos y privados. En ese período, la situación era más complicada porque existían clínicas gestionadas por la CNI, como la Clínica London, de las que muy pocos tenían conocimiento; en otras palabras, los médicos podían trabajar también en clínicas semiocultas controladas por los organismos de inteligencia. Se sabe que días antes de la cirugía a Frei Montalva, personal externo ajeno al equipo médico habitual de la Clínica Santa María tomó el control de áreas clave, como el quirófano y la bodega de insumos médicos. El quirófano fue cerrado de manera inusual: se selló y restringió el acceso durante varios días antes de la cirugía, permitiendo, supuestamente, solo la entrada del expresidente y del equipo designado. Esta medida excepcional facilitó el acceso directo de personas externas a los materiales quirúrgicos.
Carmen Frei, en su libro (Magnicidio: La historia del crimen de mi padre, Ed. Aguilar, 2017), indica que cuatro enfermeras de la Clínica Santa María recordaron haber visto, durante esos días, a Eliana Carlota Bolumburu, jefa de enfermeras de la Clínica London, conocida por ser clandestina y siniestra, donde llegaban torturados opositores. Bolumburu, mano derecha del general Manuel Contreras, ha estado involucrada en numerosos casos de violaciones de derechos humanos. La enfermera que atendió a Frei el 18 de noviembre, María Araneda, era enfermera de guerra de la Fuerza Aérea y también mantenía vínculos con los servicios de inteligencia. Antes, fue obligada a declarar sobre la muerte de Pablo Neruda, quien, agotado por el viaje desde Isla Negra a Santiago y esperando un avión con destino a México en la Clínica Santa María, falleció tras una inyección en el estómago administrada por un supuesto médico llamado el doctor Price, cuya identidad nunca ha sido confirmada. Neruda, que parecía dispuesto a ser una de las voces más importantes de la oposición a Pinochet en el extranjero, fue víctima de una muerte misteriosa.
La operación duró menos de treinta minutos y transcurrió sin incidentes. En una entrevista antes de su fallecimiento el 21 de octubre de 2021, Larraín mencionó que Silva Garín lo felicitó con numerosos elogios al finalizar la cirugía:
-Doctor, déjeme darle un abrazo porque estoy muy impresionado con la belleza de la operación.
Al día siguiente, los registros oficiales y el ambiente de la clínica transmitían normalidad: los informes médicos indicaban una evolución favorable y todo transcurría sin sobresaltos. Incluso, Frei llamó a su casa para pedirle a Isabel Díaz que le preparara su plato favorito, lo que reforzó la idea de que todo iba bien encaminado y que la vida cotidiana volvía a la normalidad.
Al volver a su casa, Frei parecía recuperado, disfrutó de la comida y retomó su rutina. Nadie notó que el complot había comenzado, ya que los síntomas aún no se manifestaban. La aparente tranquilidad ocultaba el desarrollo de un plan meticuloso que lo obligaría a regresar a la clínica bajo la apariencia de una complicación médica.
Transcurridas varias décadas, una revelación significativa surgió de la investigación judicial: en la primera cirugía, alguien contaminó las compresas quirúrgicas con un veneno altamente tóxico. Se usó una dosis reducida para evitar síntomas evidentes que pudieran activar alarmas, lo que permitió que el acto pasara desapercibido en ese momento crucial. La intención era que Frei tuviera que volver a la clínica y eso sucedió:
Declaración judicial de ANDRÉS ANTONIO VALENZUELA MORALES, quien ratifica su declaración policial de fojas 1.434 en la parte en que señala que, estando como agregado en la Embajada de Chile en Perú, como mayordomo del Agregado Aéreo de Chile, un colega de nombre ALEX CARRASCO le comentó que su esposa habría escuchado en la clínica donde trabajaba (no recuerda cuál) que a Don EDUARDO FREI lo habían envenenado y que le habrían aplicado compresas infectadas en la herida dejada por la operación que le practicaron.
Solo ocho días bastaron para que la trampa se cerrara. De regreso en su casa, empezó a experimentar molestias persistentes, lo que indicaba una posible obstrucción intestinal. Esa complicación fue meticulosamente diseñada para aislar a Frei de su familia y volver a ponerlo bajo el control de quienes deseaban su muerte. La sensación de confianza y rutina ocultaba un peligro que acabaría por destruir la falsa ilusión de recuperación.
María Isabel Delgado, asesora del hogar, le señaló al juez Madrid que cuando Frei llegó a su casa después de la operación, lo encontró en muy buen estado. Incluso antes del alta, la llamó por teléfono desde la clínica y le pidió que preparara una cazuela de ave, lo cual hizo y se la sirvió. Llegó acompañado de su hijo Eduardo, de su hija Carmen y del doctor Larraín. También llegó con una enfermera que se quedó hasta la tarde, pues en la noche llegó otra. A veces le cocinaba papilla, pero en general, su alimentación era normal. Le preparaba su comida casera, nada especial. Él ya podía comer alimentos enteros y los masticaba con normalidad. Cree que fueron como cuatro o cinco días los que transcurrieron así hasta que se produjo su agravamiento. Él estaba bien, incluso lo vio el doctor Larraín, pero en la tarde empezó a sentirse mal. Cuando se agravó, lo vio con vómitos y colitis y eso fue de un día para otro.
Disfrutó de su cazuela de ave y volvió a su rutina, pero la calma aparente ocultaba un plan elaborado para que regresara a la clínica. Los responsables de esta fase inicial no buscaban matarlo de inmediato, ya que una muerte súbita habría causado un escándalo difícil de disimular.
La contaminación provocó el efecto esperado en Eduardo Frei, con síntomas como dolor abdominal, vómitos y malestar general, lo que indicaba una posible obstrucción intestinal y lo llevó a su reingreso.
Tras las investigaciones toxicológicas ordenadas por el juez, se descubrió que la primera contaminación desempeñó un papel crucial: dificultó la eliminación renal del veneno administrado tras la segunda cirugía. Este primer tóxico sirvió como coartada médica, facilitando su regreso y preparando el cuerpo para ser más vulnerable a los efectos del segundo tóxico, lo que aseguró un desenlace fatal. El plan se llevó a cabo sin problemas.
Silva Garín también utilizó la complicación postoperatoria para acusar al doctor Larraín de incompetencia y justificar su reemplazo. Trabajando en estrecha colaboración con otros médicos de la CNI, como el doctor Valdivia, Silva Garín desempeñó un papel destacado en el envenenamiento.
5. Segunda cirugía: el recambio médico que selló su destino
Segunda cirugía – 4 de diciembre de 1981
Motivo: probable obstrucción intestinal
Lugar: Clínica Santa María.
Cirujano: Dr. Patricio Silva Garín
El expediente médico de Eduardo Frei Montalva comenzó de manera usual, con diagnósticos, recetas y notas de seguimiento típicas de cualquier paciente hospitalizado. Sin embargo, esa apariencia de rutina fue pronto modificada por la intervención y la supervisión de la autoridad cívico-militar que gobernaba en Chile.
Como indica la periodista Mónica González en su artículo publicado en The Clinic, cuando Frei regresó a la clínica, no lograron localizar al doctor Larraín y aceptaron la ayuda del médico de turno, el doctor Pedro Valdivia, empleado de la CNI. Pero esa coincidencia solo era aparente. Valdivia no estaba allí por azar ni fue un médico disponible en el momento oportuno: estaba en el lugar y en el turno precisos, a la espera de la llegada de Frei. Gracias a las escuchas instaladas en la casa del expresidente y a la colaboración de su chófer de confianza, la CNI sabía que Frei acudiría a la clínica a esa hora y que Larraín se encontraba fuera de Santiago:
…la inmediata propuesta del médico cirujano Pedro Valdivia Soto, de turno en el establecimiento, de examinar al destacado paciente por cuya salud miles de personas se inquietaban en esas horas. En algo se mitigó la preocupación de la familia cuando el doctor Pedro Valdivia Soto ingresó con paso seguro a la habitación y lo examinó…De lo que Valdivia hizo con Frei no hay registro ni testigos… Valdivia, hoy de 64 años, fue contratado en la Clínica de la DINA en 1978 por su entonces director, el doctor Horacio Taricco Lavín. Paralelamente se incorporó a la Clínica Santa María como médico residente y con turno de noche. Por ello, pudo ingresar a la habitación de Frei conducido por la enfermera Victoria Larraechea, pero no fue esa la única vez que auscultó al expresidente. Porque sus funciones se extendían desde las 20:00 hasta las 8:00 del día siguiente, teniendo como misión ocuparse de todos los pacientes que habían sido operados. Ese era exactamente el caso de Frei Montalva. Nadie le pudo impedir, durante las noches que estuvo ahí hospitalizado, él tuvo acceso cuantas veces quiso a su habitación y a su prolijo examen.
El doctor Augusto Larraín, un destacado cirujano y muy confiable para la familia Frei, fue desplazado de su puesto tras una maniobra orquestada por Patricio Silva Garín, exmiembro del gobierno de Frei y quien, por ese motivo, también inspiraba gran confianza. El padre de Silva Garín había sido primo del cardenal Raúl Silva Henríquez, incansable luchador por los derechos humanos durante la dictadura. Según la periodista Lilian Olivares, durante esos días había fallecido su primo y el cardenal ofició la misa de despedida en su capilla privada. Además, Silva Garín pertenecía al círculo íntimo de médicos consultores del exmandatario y participaba en las juntas médicas. De modo que durante la emergencia, no le resultó difícil convencer a la familia y al doctor Goic de que él era la persona adecuada para asumir el control del tratamiento, alegando que Larraín no podía continuar y que había cometido errores. Mientras Larraín regresaba apurado desde el balneario de Santo Domingo, Garín se acercó a la familia Frei y al doctor Goic para calificar la operación previa como una “intervención sucia”, lo que sugería negligencia y falta de cuidados esenciales, y generó dudas y estupor entre quienes confiaban plenamente en Larraín. Todo sucedió tan rápido que, cuando Augusto Larraín llegó a la clínica, convencido de que iba a retomar el control de su paciente, la noticia de su despido le cayó como una sentencia inesperada. Le comunicaron, sin posibilidad de apelación, que ya no formaba parte del equipo médico, aunque le permitieron continuar como observador durante la segunda cirugía. Así fue como durante el breve lapso de su ausencia, en pocas horas, otros habían decidido por él, habían cuestionado su trabajo (sin que él lo supiera) y lo habían convertido en un extraño ante su propio paciente:
Declaración judicial de AUGUSTO MARTÍN CARLOS LARRAÍN ORREGO,
…Esos días debió viajar fuera de Santiago, a Santo Domingo, y se enteró de que lo habían trasladado de urgencia a la clínica, por lo que se devolvió el mismo día y fue hasta allí, donde se encontró con los doctores GOIC y SILVA, quienes le informaron que su trabajo había terminado y que el paciente quedó a cargo del doctor SILVA. Se enteró de que se le había realizado una radiografía y que el diagnóstico era una obstrucción intestinal; se observaba una zona del intestino dilatada.
Así fue como el cirujano que había operado a Frei, quien lo visitaba diariamente en su casa después de la primera operación y conocía de cerca su evolución, de pronto se convirtió en un espectador sin voz ni voto. La maniobra de Silva Garín fragmentó el círculo de protección del expresidente y dejó a Larraín sin un espacio razonable para explicar, objetar o defender su diagnóstico, que fue bien claro: no había obstrucción intestinal. A lo mejor algo conversó con Goic sobre el diagnóstico, pero de eso no se ha sabido nada; no se le mencionó al juez.
El cuestionamiento que Silva Garín dirigió sobre la idoneidad del doctor Larraín lo expresó solo ante la familia Frei y ante el doctor Goic, porque, frente a Larraín, mostraba una actitud diferente: reconocía su habilidad quirúrgica y elogiaba abiertamente su conducta. Esta dualidad deliberada buscaba manipular la percepción de la familia y minar la confianza de Goic en Larraín, pero también mantener a Larraín en la periferia, impidiéndole conocer de qué se le acusaba -si se le culpaba de algo- y sin posibilidad de defender con firmeza su labor. De esta manera, Larraín, quien solía jugar golf y mantener amistad con Frei Montalva, quedó en un papel secundario y sin capacidad para proteger a su paciente y amigo.
Ese recambio modificó de manera irreversible el curso de la salud de Frei y selló su destino; marcó un punto de inflexión en la evolución clínica del expresidente. La deliberada contaminación de las compresas no solo provocó la emergencia anticipada, sino que también permitió la intervención decisiva de Silva Garín -funcionario del Hospital Militar con grado de coronel- y de médicos vinculados a la CNI, como Pedro Valdivia y Wainstein. Ni el doctor Goic ni la familia Frei estaban al tanto de que esos profesionales mantuvieran vínculos con los organismos represores del régimen.
Carmen Frei relata en su libro lo vivido por su familia y deja un testimonio que trasciende lo personal:
….El doctor Patricio Silva Garín, quien en la época nos daba confianza porque como señalé había sido parte de su gobierno, nos dijo textualmente que la operación que el doctor Larraín le había realizado a mi padre había sido “una operación sucia”, es decir que no se habían realizado ciertos lavados previos. Sugirió, por lo tanto que había que sacar a Larraín del equipo. Después nos dijo que Larraín no había estado presente en los días en que había que cuidarlo. Lo que no es cierto porque el doctor Larraín había venido a controlar a mi padre permanentemente durante la estadía en la casa y luego en la clínica. Sin embargo, aunque mi madre no estaba de acuerdo, Silva Garín nos convenció de que había sido una mala operación y que había que sacarlo del equipo. …..En las mañanas, cuando llegábamos a la clínica, iba a averiguar cómo estaba mi padre, y subía al cuarto piso donde estaba mi mamá para informarle. Cada tarde, al final del día, llegaba el doctor Silva Garín y nos daba el parte de la situación. Además de repetirnos que la intervención del doctor Larraín había sido una “operación sucia”, nos señaló que durante esa primera intervención le habían pasado a llevar el intestino, que tenía una herida abierta en la zona del estómago e intestinos y que había que hacerle curaciones todos los días.
El doctor Goic, un internista gastroenterólogo, sin experiencia en cirugías, también fue susceptible a las manipulaciones de Silva Garín y aceptó la exclusión de Larraín. Aún no sabía que pronto enfrentaría dilemas éticos y presiones más fuertes que pondrían en riesgo su verdadera vocación. Como Larraín, tuvo que aprender a sobrevivir en un entorno hostil, donde su lealtad a Frei Montalva sería constantemente puesta a prueba por fuerzas externas vinculadas al poder y la represión. Por un lado, su deber de proteger a Frei chocaba con el peligro constante de que cualquier palabra o gesto atrajera la atención de los organismos represivos. Surge la tentación de discutir, contar y denunciar lo que sospechaba, pero probablemente su relación con Larraín ya no era fluida; él había desempeñado un papel importante en su eliminación del equipo médico. También aparecían el temor y el miedo: ¿Y si lo acusaran de incompetencia o de ocultar errores, acusando a las autoridades? ¿A quién está culpando este médico de pacotilla? ¡Por qué no se calla! Y por otro lado, ¿por qué, después de tantos años, sigue siendo tan difícil hablar y encontrar testigos dispuestos a relatar lo que vivieron? ¿Por qué, a cuarenta años de distancia, nos cuesta admitir que hubo algo oscuro y que muchos médicos sospecharon y callaron? El intento de romper ese silencio revela otra verdad incómoda: que hubo miedo, que el temor los mantuvo inmóviles. El silencio fue una estrategia para sobrevivir a la dictadura. ¿Fue solo silencio o un encubrimiento involuntario? ¿Culpabilidad? ¿Cobardía, pavor o necesidad de protección? Todo eso y quizás más.
Años después, cuando el juez empezó a desenterrar pruebas ocultas y la amenaza de la dictadura ya no existía y expresarse no representaba un peligro inminente, el doctor Goic empezó a compartir públicamente sus sospechas sobre el destino de Frei Montalva. Aunque esa confesión fue liberadora, llegó tarde; la verdad se iba revelando, pero a empujones. El tiempo perdido resultó crucial.
No resulta muy difícil imaginar cómo habrá sido la vida del doctor Goic en esas madrugadas. Cuando se levantaba de su cama por las mañanas, tenía que haberse sentido como si viviera en una pesadilla. ¿Se sentía flotando en un sueño y esperaba que alguien -su pareja, un hijo- lo sacudiera para despertarlo, para darle un abrazo y despertarlo? En la penumbra de su habitación, repasaba mentalmente los rostros de las enfermeras, de los guardias, de Valdivia y de Patricio Silva, preguntándose si este último era militar o médico. ¿No me estará cagando el muy cretino? ¿Y reflexionaba sobre si sería posible que aquel hombre, que había sido camarada en el gobierno del expresidente, que había construido su carrera profesional gracias al cargo que le había dado el expresidente, estuviera involucrado en algo tan oscuro como su envenenamiento? ¿Sería posible? Y Valdivia, ese médico tan solícito y obsequioso, que trabajaba tanto por las noches y sin inconvenientes, ¿qué buscaba?. ¿Buscaba un posicionamiento por si Frei retornara eventualmente al sillón presidencial? Cada mañana, al cruzar el umbral de la clínica con el café quemándole la mano, imaginaba que todavía soñaba, y esa sospecha le dolía; se sentía pequeño, como un niño, como cuando era chico y caminaba solitario por las calles polvorientas de esa Antofagasta que ahora sentía tan lejana. ¿Cómo pudo una operación tan sencilla derivar en una complicación tan devastadora? ¿Cómo acusar? ¿Dónde estaban las pruebas? ¿En qué rincón oculto descansaba la verdad? Sabía que desenredar ese complot podía costarle su carrera, tal vez su vida y la seguridad de su familia. ¡Qué puedo hacer, carajo! ¡Mejor sigamos con los antibióticos! Esto lo vamos a ganar con medicamentos de última generación. ¡Derrotaremos el complot! Pero ya no estaba en Antofagasta; ahora se encontraba en los pasillos de la clínica y seguía solo; todavía caminaba solo y enfrentaba esa lucha interna y diaria entre el miedo y su conciencia, entre el instinto de protegerse y el deber de resguardar a su paciente. En ese entorno, la valentía de Goic se evidenciaba en sus silencios mientras caminaba con cautela por esa fina línea que separaba la dignidad de la sumisión.
La autoridad militar de Silva Garín y su experiencia en el gobierno de Frei Montalva contribuyeron a consolidar su control sobre el equipo médico y las decisiones clave. Augusto Larraín, rodeado de la sorpresa y de la maquinaria represiva del régimen, optó por guardar silencio, consciente del riesgo que suponía oponerse. Así fue como los responsables del complot pudieron actuar con gran impunidad; Silva Garín, con autoridad tanto en el ámbito médico como en el militar, daba órdenes con la misma audacia y severidad que un oficial en un campo de batalla. ¡Hay que operar, hay que operar, esto es muy grave!
Como explicó ante el juez Alejandro Madrid, el cabo segundo (R) Juan Adolfo Cabello Leiva, que sirvió en el Hospital Militar y observó esta dualidad de Silva Garín:
…Consultado sobre cómo era el trato del doctor PATRICIO SILVA GARÍN, responde que tenía un trato igual para todas las personas; era parco con todos.
…Consultado sobre si el doctor SILVA impartía órdenes al personal, como militar o como médico, responde que como ambos, porque tenía grado militar aparte de ser médico, siempre y cuando el personal militar fuera personal de sanidad.
Una vez a cargo del paciente, el diagnóstico inicial del doctor Silva Garín indicaba una obstrucción intestinal que requeriría una cirugía inmediata, lo que aumentaba el riesgo para su paciente. Años después, la investigación judicial de Alejandro Madrid reveló que esa condición nunca fue clínica. La segunda cirugía mostró una inflamación aguda sin obstrucción. Pero cada decisión parecía crucial, y el temor a complicaciones graves generaba una percepción de peligro que alimentaba sospechas externas que nadie investigó. Durante esa segunda hospitalización, como veremos más adelante, quienes planearon el complot administraron un agente químico en dosis bajas, que resultó especialmente eficaz cuando el organismo estaba previamente contaminado con el otro tóxico de las compresas, lo que debilitó su sistema inmunológico. La nula familiaridad del personal médico no implicado en el complot con los síntomas de esos venenos de acción lenta complicó el diagnóstico y la respuesta oportuna. Ese desconocimiento permitió que alguien -¿varios?- disfrazado de un proceso clínico habitual envenenara al paciente sin generar sospechas inmediatas.
En su declaración ante el juez Madrid, Augusto Larraín explicó que, el día antes de su rehospitalización, fue a la casa de Frei y le realizó un examen con sonda nasogástrica descartando una obstrucción: el líquido extraído del estómago era claro y no presentaba signos de alarma. Pero aunque la evidencia médica era contundente, Larraín no defendió con firmeza su diagnóstico cuando Patricio Silva Garín lo cuestionó con autoridad de militar. Poco antes de fallecer, en una entrevista a Canal 21 (Última entrevista del doctor Augusto Larraín, en YouTube) contó finalmente la verdad de lo ocurrido:
-Yo me quedé paralizado cuando Silva Garín me dijo: «¡Esta es una obstrucción intestinal y, como bien sabe usted, doctor, las obstrucciones intestinales se operan!»… y no estaban dadas las condiciones para decirle: «no, usted está mintiendo”». Yo estaba completamente choqueado.
Esa prudencia, que podría parecer timidez o cautela, en realidad reflejaba el terror y la vigilancia de la época. Si se enfrentaba al discurso oficial, no solo arriesgaba su carrera, sino también su integridad y la de su familia; eso implicaba desafiar fuerzas que superaban lo médico y ponían en riesgo su seguridad personal. La aparente sumisión de Larraín no fue solo debilidad, sino también una estrategia de supervivencia:
Declaración judicial de AUGUSTO MARTÍN CARLOS LARRAÍN ORREGO, quien ratifica íntegramente su declaración policial de fojas 707 y siguientes. Indica que el expresidente fue dado de alta en su domicilio en los días siguientes a la operación que se le realizó. Agrega que lo fue a visitar a su casa a diario y que el paciente evolucionó en excelentes condiciones. A los pocos días, en su casa, el paciente le manifestó que presentaba molestias, por lo que se le realizó un examen con sonda por vía nasal para constatar qué tipo de líquido había en el estómago, encontrándose un líquido normal y claro. La idea era observar que no hubiera obstrucción intestinal, pero, según el resultado, se percató de que no existía ninguna alteración.
Bajo la apariencia de una intervención destinada a salvarle la vida y resolver una obstrucción, Silva Garín actuó entonces con un doble objetivo: por un lado, magnificó deliberadamente la gravedad de la situación para instalar en la opinión pública la idea de que, si se producía la muerte de Frei, esta sería consecuencia de complicaciones médicas, descartándose la intervención de terceros. Por otro lado, la rehospitalización del paciente le permitió crear el escenario adecuado para, bajo la fachada de procedimientos médicos convencionales, llevar a cabo una acción definitiva que terminara con la vida del expresidente. En ese entorno y bajo la autoridad de Silva Garín, el otro médico que podría haber hecho algo, el doctor Alejandro Goic, sin experiencia quirúrgica, quedó relegado a un papel testimonial, mientras Larraín, injustamente excluido, se convirtió en un simple espectador. Ambos médicos guardaron silencio sin contradecir la voluntad del militar.
Durante la cirugía, el doctor Larraín asistió como observador en el quirófano. Identificó una mesenteritis hipertrófica localizada, sin signos de obstrucción intestinal, pero se mantuvo callado. La inflamación se encontraba en una zona del intestino no manipulada durante la primera operación, pero coincidía con la zona en la que había colocado compresas quirúrgicas para sostener una porción del intestino. La lesión no presentaba los signos típicos de una infección bacteriana, que suele acompañar una obstrucción por necrosis debida a la falta de irrigación sanguínea. Su aspecto indicaba contaminación química, como si un tóxico de acción lenta se hubiera introducido intencionalmente durante la primera cirugía a través de las compresas. Entre el deber profesional y la amenaza, Larraín no se atrevió a expresar su desacuerdo y guardó silencio. Sin embargo, en su última entrevista grabada en un video antes de fallecer, en octubre de 2021, sentado en una silla de ruedas, anciano, con un cáncer terminal, ya derrotado por los años y las controversias, por petición de su familia reveló lo que nunca había declarado antes:
-Si yo hubiese sido su médico, no lo habría operado (la segunda vez); no lo habría operado nuevamente sin ponerle una sonda antes -como él lo había hecho cuando lo visitó en su domicilio y diagnosticó que no tenía obstrucción.
Tiene que haber sido triste para el juez Madrid comprobar cómo los médicos leales recordaban, pero con años de retraso, a regañadientes, a empujones y siempre después de que él abriera camino con nuevos antecedentes. Caminaba descorazonado. ¿Para qué sigo trabajando en este caso? ¿Quién me obliga?
La última entrevista del doctor Augusto Larraín fue tan tardía que sus palabras quedaron relegadas a la zona de las anécdotas.
El doctor Goic, aunque no era cirujano, tampoco cuestionó la cirugía; podría haberlo hecho por su experiencia y posición, pero decidió no hacerlo. Así fue como la cirugía fue realizada por Silva Garín, acompañado de Eduardo Wainstein, un cirujano gastroenterólogo y cancerólogo que en ese entonces era jefe de Cirugía en el Hospital Militar, además de médico de la CNI, y de Rodrigo Vélez Fuenzalida, cirujano de emergencia del Hospital Militar y también médico de la CNI.
En 1983, Andrés Zaldívar Larraín recibió autorización para regresar al país durante cinco días debido a una enfermedad de su padre. Durante su visita, se reunió con su primo, el doctor Augusto Larraín, quien estaba muy afectado profesionalmente por su participación en la cirugía a Frei y nadie le mandaba pacientes. Todavía le tenían respeto profesional, pero en el extranjero. Larraín le aseguró que realizó una operación “limpia” y sin errores, y que, en su opinión, lo ocurrido a Frei se debió a factores externos. Cuando se abrió la investigación judicial por la muerte de Frei Montalva, Andrés Zaldívar alentó a su primo a declarar con sinceridad y a proporcionar información sobre las irregularidades que había observado. Sin embargo, resulta llamativo que, ante el juez, Larraín no cuestionara la resección intestinal y describiera la cirugía como “operación adecuada y realizada correctamente”, lo cual contradecía su propio diagnóstico. Lo más sorprendente fue lo que declaró después, en su última entrevista en Canal 21, una información grave que nunca le había contado al juez y que contradice su opinión anterior sobre una operación correcta y bien ejecutada. Sus palabras fueron más bien una confesión que una entrevista. Ya había pasado por todo; su carrera ya había concluido y le quedaba poca vida:
-Silva Garín rompió el intestino y después lo unió; lo vi yo y lo vio Wainstein.
Es decir, Silva Garín seccionó un tramo del intestino, pero primero lo perforó para contaminar la cavidad abdominal y continuar con las emergencias. Este dato tan clave allanaría el camino para lo que vendría después, cuando le administraran el tóxico que destruiría su sistema inmunológico.
En 1981, Larraín optó por guardar silencio porque había sido desplazado y Silva Garín había establecido su autoridad médica y militar; resistirse en ese momento significaba desafiar una maquinaria mucho más poderosa que un equipo quirúrgico. Sin embargo, su silencio posterior, ya en presencia del juez y en democracia, resulta más difícil de entender. Para entonces, haber reconocido que había sido testigo de la resección intestinal, haber presenciado una perforación intestinal y no haber mencionado nada habría supuesto reconocer que había guardado silencio pese a haber sido testigo de un daño físico importante. Ese reconocimiento, o esa confesión, lo habría enfrentado a una pregunta aún más incómoda: ¿por qué no dijo nada cuando aún tenía importancia para su paciente?
Lilian Olivares, la periodista, menciona en su libro que en agosto de 2018, mientras trabajaba en El Mercurio, recibió una llamada urgente de alguien que solo quería hablar con el director. Era Augusto Larraín, quien, con la voz cansada y sin dormir, insistía en hablar únicamente con el director. Ella corrió a informarle al director, quien sugirió presentarlo en el plenario, lo cual nunca se concretó. No se tomó ninguna acción. Olivares relata que, un año después, cuando el juez Madrid anunció su fallo, al revisar su libreta en la que había anotado el número de Augusto Larraín, encontró una nota que decía ‘Valdivia’, que era justamente el apellido del médico condenado a cinco años de prisión por complicidad en el crimen.
Resulta difícil entender por qué el juez no le preguntó cómo la obstrucción intestinal pasó a formar parte de la historia clínica oficial cuando él se había opuesto a ese diagnóstico. ¿Qué impidió al juez preguntar por ese detalle, ese aparente cambio de opinión de Larraín sobre una operación perfectamente ejecutada cuando ni siquiera había sido necesaria?
Declaración judicial de AUGUSTO MARTÍN CARLOS LARRAÍN ORREGO… El doctor PATRICIO SILVA decidió operarlo ese mismo día junto al doctor WAINSTEN, participando él como observador y presenciando lo ya indicado: una mesenteritis hipertrófica localizada de tipo inflamatorio, que no habría sido de contaminación bacteriana, ya que ello habría significado una extensión mayor de la lesión hacia el mesenterio; y, por su experiencia quirúrgica previa y al no haber encontrado nunca esta lesión en sus intervenciones quirúrgicas abdominales, piensa que solamente puede explicarse por una contaminación localizada por un agente químico o tóxico que no comprometió el resto del mesenterio, por lo que este agente sería de tipo deletéreo, es decir, que pudo evanecerse. Ello pudo haber ocurrido, según señala, por la presencia de ese tóxico en una compresa, lo que desvincula a la Clínica Santa María de toda responsabilidad en cuanto a la esterilización de los instrumentos quirúrgicos utilizados. El doctor SILVA efectuó una resección abdominal del segmento dilatado, con una unión termino-terminal del segmento intestinal, operación que fue adecuada y realizada correctamente; sin embargo, toda resección intestinal conlleva la posibilidad de contaminación por gérmenes intestinales. Finalmente, indica que no participó en ninguna junta médica tras el regreso del presidente FREI a la clínica y que ningún médico se puso en contacto con él para analizar la evolución del paciente. Reitera que ambas operaciones fueron exitosas y que no tuvo conocimiento de que médicos de la clínica desempeñaran funciones en los organismos de seguridad de la época.
El uso habitual de la compresa en cirugías, como instrumento para limpiar, absorber fluidos o proteger tejidos, se convirtió en un elemento clave en la sospecha del caso Frei Montalva. Aunque tradicionalmente se la consideraba inofensiva, décadas después se la consideró potencialmente dañina. La inflamación del tejido del paciente, con signos de agresión por un agente no bacteriano, llevó a que esta herramienta, siempre considerada segura, pasara a ser objeto de atención, lo que respaldó la hipótesis de una agresión intencional.
No hay claridad sobre si el juez Alejandro Madrid pudo examinar en detalle los protocolos de seguridad y la cadena de custodia relacionados con las cirugías del expresidente Eduardo Frei Montalva. Por ejemplo, se desconoce dónde y cómo se almacenaron las compresas y otros insumos quirúrgicos, quiénes eran los responsables de su custodia y cuántas personas tenían acceso a ellos. Estas interrogantes son cruciales, ya que en un contexto de vigilancia ilimitada y de procedimientos poco transparentes, resultaba fácil que alguien con malas intenciones actuara sin ser detectado. Esta vulnerabilidad se agravó por la falta de una alerta temprana por parte del equipo médico cercano a Frei.
Años después, durante su comparecencia ante el juez Madrid, el doctor Silva Garín modificó su discurso y evitó culpar a Larraín y no calificó públicamente la primera operación como “sucia”. Sin embargo, afirmó espontáneamente, sin que el juez se lo pidiera, que uno de los miembros del equipo médico había cometido un error en la sutura y que le habían perforado el intestino. Aunque carecía de pruebas concretas, su intención era clara: lanzar ideas al aire para apoyar la narrativa según la cual solo la ineptitud médica podía explicar lo ocurrido con Eduardo Frei. Silva Garín consolidaba ante la justicia y la opinión pública la versión de una fatalidad quirúrgica, desestimando otras hipótesis sobre las causas reales de los problemas del paciente. El juez registra textualmente este testimonio en el expediente, destacando la insistencia de Silva Garín en atribuir la tragedia a un supuesto error médico:
…que la operación practicada por Larraín, en la que estuvo presente, se hizo bien y se retiró cuando comenzaron a cerrar, y fue allí cuando pescaron el asa del intestino con la sutura en la pared del peritoneo. Eso es probable, pero no lo vio. Pero si existió ese problema como causa probable de la posterior oclusión, tuvo que haber ocurrido en ese momento y no antes. Ahora el problema consiste en que el asa intestinal es un tubo que al quedar fijo en la pared, queda inmóvil, fue allí donde se produjo el vólvulo, el punto mismo donde se tomó no se obstruyó, sería por eso que pudo permanecer siete días bien y, después, presentarse el vólvulo y por supuesto la obstrucción completa, lo que se comprueba por los vómitos donde sale un líquido característico de color negro vidrioso y de muy mal olor.
Durante la cirugía, Silva Garín, con la ayuda de Wainstein y Vélez, mantuvo una actitud fría y decidida al extraer una sección de intestino de 35 centímetros, como si se tratara de tejido muerto. Esta resección elevaba el procedimiento a un nivel superior y permitía una explicación médica plausible: si el paciente moría, su fallecimiento podría atribuirse a la gravedad del cuadro abdominal, a una infección postoperatoria o a una septicemia, y no a la intervención de terceros. En esa lógica, la operación no solo atendía una supuesta emergencia, sino que también creaba el marco clínico para que el desenlace fatal pareciera una consecuencia natural.
Augusto Larraín, casi al final de su entrevista, cuenta lo que le dijo Silva Garín al reemplazarlo:
-Doctor, yo lo he heredado porque la familia me lo solicitó.
Luego Larrain agacha la cabeza, mira hacia sus manos y agrega: “y punto”. Luego las agita, las junta como si tratara de arrullar un pajarito, mira hacia abajo como si rezara, levanta el rostro y agrega mientras mira hacia la cámara:
-Y me cagaron la vida…
Así se despidió este destacado cirujano, conocido como “el médico que mató a Frei”. Aunque en el extranjero todavía se recuerda su técnica quirúrgica que lleva su nombre, “Hill-Larraín”, empleada en numerosos hospitales de todo el mundo.