19. Vuelos truncos

Siempre recordaré las maderas rotas y agrietadas del pasillo del segundo piso de mi casa en Santiago, un trayecto que llevaba directo al cuarto de mis padres. Era como una herida viva: una hendidura por donde las largas tablas, marrones y envejecidas, nunca lograban encajar del todo. Cada paso hacía que el piso protestara, soltando crujidos y quejidos que parecían guardar la memoria de quienes lo habitamos. La madera, a veces de un café intenso, a veces deslucida, estaba marcada por el tiempo y el uso, y esas tablas apolilladas —a menudo sucias y desajustadas— parecían piezas de un rompecabezas imposible.

Los que vivíamos ahí cruzábamos ese pasillo todos los días, caminando sobre esa herida abierta sin enfrentarla, sin hablar de ella, como si ignorarla nos librara de la responsabilidad de remediarla. Nadie mencionaba la rendija que acumulaba polvo y suciedad, expuesta y vulnerable. Finalmente, mi padre decidió cubrirla —uno de nosotros al fin se atrevió— y la tapó con una alfombra roja. Pero la alfombra, instalada a medias, pronto perdió su brillo; nunca fue reemplazada ni tensada correctamente. Así la herida siguió allí, latente bajo el velo rojo, esperando quizá a ser sanada de verdad. La alfombra estaba mal puesta, floja y sin protección firme entre la madera y la superficie textil. Sobre la escalera alfombrada también, el uso desgastó la tela hasta mostrar una fibra plástica blanca, como una venda deshecha, incapaz de ocultar la memoria viva de la madera. Nadie dijo nada. Quizás el silencio ante esas carencias era un hábito heredado.

A mí siempre me atrajo esa madera gastada de los peldaños sin cubrir, con sus imperfecciones y cicatrices. Sus hendiduras contaban historias, susurraban recuerdos a cada crujido. Ese deterioro auténtico me parecía menos doloroso que la artificialidad de la alfombra roja, cuyo desgaste dejaba al descubierto una fibra plástica sin vida. Lamento no haber salvado un peldaño al demoler la casa; habría querido sostenerlo en mis manos, sentir que en ese trozo seguía latiendo algo importante de mi historia.

Recuerdo especialmente aquel día en que los pajaritos cayeron al jardín. Afuera, el sol atravesaba las ventanas de la cocina y se colaba en la casa de los Mandiola, nuestros vecinos. De repente, la quietud del mediodía se rompió: esos pajaritos diminutos y frágiles habían caído de un nido precario, apenas sostenido entre las ramas que separaban nuestro jardín. Los vi desorientados sobre la tierra, vulnerables junto al murallón blanco que marcaba el límite entre los dos hogares.

En la cocina, las empleadas —entonces llamadas así, mucho antes de ser “asesoras del hogar”— reían compartiendo trabajo y chistes, como si la vida no pesara. Entre carcajadas, mientras preparaban tallarines, gritaban aquel refrán que nunca olvidé: “Entra duro y tieso, sale lacio y mojado.” Solo años después entendí su doble sentido. Sus voces llenaban el aire, pero mi atención estaba en los pajaritos heridos. Sin dejar de reír, me animaron: “Anda, corre con una manguera y chorréalos con agua: volarán. Ya verás.”

Obedecí con ese apuro de quien quiere salvar lo irremediable. Tembloroso, conecté la manguera deseando el milagro: que el agua diera alas y los salvara. Apunté con todo el cuidado de mi infancia y los vi correr, tropezar y agitar sus pequeñas alas, pero nunca lograron alzar el vuelo. Me invadió una tristeza profunda y aparté la manguera, incapaz de enfrentar el fracaso.

Quizá ese día cubrí con otra alfombra roja la memoria, esta vez sobre los pajaritos que no lograron volar. Tapé el recuerdo, como tantas veces, esperando que el dolor se disolviera bajo el velo del olvido, imaginando que aquellos pajaritos seguirían aleteando en algún rincón de mi historia.

Volví corriendo a la cocina, buscando consuelo entre el bullicio y la alegría de las empleadas, que seguían celebrando como si nada. Para mí, sus risas sonaban lejanas, como si una puerta gruesa me separara de esa fiesta. Repetían el refrán, entre lágrimas de risa y vapor de cacerolas, “entra duro y tieso, sale lacio y mojado”, y la cocina se transformaba en un escenario de alegría que yo miraba desde el umbral de la tristeza.

¿Qué edad tenía entonces? ¿Ocho, nueve años? No lo recuerdo bien. Pero sí recuerdo la imposibilidad de sumarme a ese jolgorio. Algo en el aire me susurraba que esa felicidad era solo una capa frágil sobre una tristeza sin nombrar. El eco de sus carcajadas parecía querer tapar un dolor que se filtraba entre el vapor y las ollas. Tal vez ese fue el primer “poema” que aprendí. Quizá hui de ese recuerdo buscando protegerme de una tristeza que no sabía darle un nombre.

Con el tiempo he descubierto que he usado muchas alfombras: de todos los colores y tamaños. Las he colocado sobre heridas viejas, tapando recuerdos difíciles, y en ocasiones he intentado levantarlas para liberar lo que tanto traté de olvidar. A veces, he presenciado cómo algunos pajaritos —frágiles, temblorosos— han logrado reunir valor y emprender un vuelo inesperado, liberándose del peso de la memoria. Verlos elevarse, aunque sea solo en mi recuerdo, se vuelve un pequeño milagro, una victoria íntima que me reconcilia con el pasado y me recuerda que la resiliencia es también un vuelo posible.

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