Al escribir la nota anterior, sentí un impulso profundo y personal por volver a mirar esos recuerdos ocultos, de atreverme a levantar una alfombra vieja—quizá una que lleva años cubriendo historias propias y ajenas—para que los pájaros de la memoria, esos recuerdos guardados y a veces olvidados, pudieran salir libres, respirar aire fresco y encontrar su propio vuelo. Cada recuerdo liberado revolotea por mi mente como un pájaro que busca su lugar en el cielo abierto del presente. Quisiera darles espacio para que vivan y se muestren tal como son, que dejen de estar encerrados bajo el peso del olvido. Animarme a enfrentar el pasado es también dejar que lo que he guardado en silencio salga a la luz, y encontrar alivio al ver que al liberar esos recuerdos, también yo puedo respirar mejor y reconciliarme con mi historia.
Todo comenzó una tarde cualquiera, cuando, navegando por Internet, me encontré con un artículo publicado en la revista Economía y Sociedad (abril – junio 2019). En ese texto, Álvaro Covarrubias Risopatrón—abogado, profesor universitario y militante democratacristiano—relataba, con una mezcla de solemnidad y respeto, su versión sobre la muerte de don Eduardo Frei Montalva, ex presidente de Chile, ocurrida en la Clínica Santa María en el año 1982. La muerte de Frei Montalva ha sido objeto de controversia en Chile durante décadas, generando debates sobre las circunstancias que la rodearon y su impacto político. Al leer esas palabras, sentí como si la historia cobrara vida propia y saltara desde el papel hacia el presente, obligándome a repensar el pasado y mi propio lugar dentro de él.
Según Covarrubias, el ex presidente Frei, inquieto pero también esperanzado, quería someterse a una operación en la Clínica Indisa. Justamente allí, mi padre se desempeñaba como presidente del Directorio, lo que le dio a la situación un matiz personal e inesperado. Al enterarme de que mi padre estuvo directamente involucrado en aquel momento crucial sentí temor. Por un instante vi que ese testimonio ajeno se entrelazaba de manera inevitable con mis propios recuerdos y emociones, conectando la historia pública con mi vivencia personal, dejando que los pájaros de la memoria volaran libres y a veces inquietos, por el cielo de mi conciencia:
Don Eduardo tenía 70 años y sufría de una enfermedad conocida como hernia al hiato, que le impedía hacer una vida normal. Muy molesto por esa dolencia, supo que había un famoso médico cirujano, llamado Augusto Larraín Orrego, quien operaba a los pacientes de esa dolencia, logrando erradicar el mal. Desesperado por esta molestia, don Eduardo decidió operarse con ese doctor, poniendo como condición, que la intervención quirúrgica debería efectuarse en la Clínica Indisa.
Presumo que la decisión de elegir esta clínica para la operación fue que, en esa época, en ella tenía gran influencia el Cardenal Raúl Silva Henríquez. La clínica era dirigida por los doctores: Juan Fierro Morales (presidente del Directorio y médico personal de don Patricio Aylwin), Alberto Lucchini Albertalli (Vicepresidente del Directorio y médico personal del Cardenal Silva) y Hugo Salvestrini Ricci (Director Médico); todos profesores universitarios de excelencia, de sobra conocidos de don Eduardo. Estos dos últimos habían sido recientemente exonerados de la Facultad de Medicina de la Universidad Católica, por no ser incondicionales al régimen del General Pinochet.
La razón por la que se tomó esa decisión, que se le comunicó al cirujano, fue que dicha operación era de alto riesgo, por lo que la Clínica -velando por su prestigio- no quería exponerse a la posibilidad de que en ella se muriera un ex presidente de la República. La explicación técnica que me dio personalmente el Dr. Salvestrini acerca del riesgo de la operación, es que ese tipo de cirugía requería mucha manipulación en una gran zona del abdomen, por lo tanto, la posibilidad de infección es muy alta. Entiendo que, desde hace muchos años, esa operación ya no se realiza.
Recibida la notificación de rechazo, el Dr. Larraín procedió a reservar pabellón quirúrgico en la Clínica Santa María, donde se realizó la operación el día 18 de noviembre de 1981.
Entiendo que desde hace muchos años, esa operación ya no se realiza…
Nunca le escuché a mi padre comentar la negativa de la Clínica Indisa para aceptar como paciente al ex presidente Eduardo Frei Montalva. En casa, bajo el peso de la dictadura, temas como ese quedaban sumergidos en un silencio espeso, casi ritual; cada palabra podía traducirse en amenaza, cada conversación familiar era vigilada por la sombra de lo prohibido. Por eso, lo que sé no surge de un recuerdo concreto, de una confidencia, sino de la lectura atenta de los gestos cautelosos y de las miradas que buscaban el suelo en vez de responder. Mi interpretación nace de ese silencio, de una ausencia de palabras que, al ser observado en retrospectiva, se convierte en advertencia: el peligro era real, y mi padre lo sabía. Marcado por años de vigilancia y amenazas, conocía de primera mano los métodos siniestros que utilizaba la dictadura para silenciar opositores. Sabía que las muertes rodeadas de misterio no eran leyendas, sino heridas abiertas en la memoria del país, y por eso su temor no era exagerado. El miedo era real, la tensión palpable, y la decisión de negar la operación a Frei, aunque nunca explicada abiertamente, fue un intento desesperado por retrasar, por cuidar su vida en medio de un régimen que hacía de la opresión su norma.
Imagino, desde la distancia y la intuición, la tensión que oprimió a mi padre y a los médicos del directorio. Ellos, expertos en salvar vidas, fueron forzados a navegar entre el deber y el temor, entre la ética profesional y el instinto de supervivencia. La atmósfera del hospital, esa rutina marcada por el sonido de los pasos en los pasillos, el tintinear de las camillas, los sensores de los equipos que marcan el ritmo de la vida, se transformaron en escenario de sospecha y alerta. Detrás de cada puerta, tras cada conversación breve, vibraba la conciencia de que las paredes tenían oídos. Bajo esas circunstancias, cualquier intento de advertencia hacia los peligros que corría Frei debía ser disfrazado, comunicado en gestos, en exageraciones calculadas sobre el riesgo quirúrgico para que este no se realizara. El dilema era difícil: ¿cómo proteger a Frei sin traicionarse a sí mismo ni poner en peligro la seguridad propia anunciándole que podía ser asesinado? Mencionar abiertamente la sospecha de un posible envenenamiento premeditado, o el temor de que se introdujera una toxina letal en el cuerpo del paciente de forma oculta y con la intención de asesinarlo, era algo impensable y prohibido de expresar. Hacerlo significaba desafiar directamente al régimen y exponerse a represalias inmediatas y brutales por parte de los organismos represivos de la dictadura. Así fue como en ese mundo de incertidumbre y vigilancia, mi padre y los médicos de la Clínica Indisa se vieron obligados a exagerar los peligros inherentes a la cirugía. Presentaron el procedimiento como una intervención de alto riesgo, no porque realmente lo fuera desde el punto de vista médico, sino para evitar que el paciente se operara. Esa decisión fue tomada como una medida de protección, y justificaron su negativa ante la opinión pública, ocultando la verdadera amenaza que rondaba en sus pensamientos. Mi padre percibió esa amenaza con la experiencia de quien ha visto demasiado, de quien conoce las grietas y los rincones donde acecha la maldad y la traición. Su habilidad —tejida en noches sin dormir, en quirófanos y en conversaciones susurradas sobre política y poder— le permitieron descifrar lo que otros se negaban a ver: el peligro inminente de que Frei se transformara en una víctima más, en el blanco de maniobras oscuras, y de que cualquier mínima complicación quirúrgica -inducida o no- se convirtiera en la excusa para silenciarlo, para borrar una voz incómoda, un enemigo interno.
Me pregunto si fue la incredulidad, la imposibilidad de creer en tanta maldad disfrazada de ciencia y precisión, lo que llevó a Frei Montalva a confiar en personas equivocadas. El doctor Patricio Silva Garín, que hizo su carrera basada en el cargo de subsecretario de salud que le ofreció Frei Montalva en su gobierno, ahora parecía obedecer a otro amo y a otros intereses. Lo mismo el doctor Patricio Rojas. Personas como Frei Montalva, figuras de alta notoriedad, suelen pagar un precio alto por su exposición: el aislamiento y la soledad se vuelven sus compañeros de vida y, poco a poco, se quedan sin amigos verdaderos. Así, la vulnerabilidad se agudiza cuando el círculo cercano se le reduce, y los pocos amigos que le van quedando lo traicionan. Imagino su horror al descubrir desamparado y demasiado tarde, tendido sobre una cama helada de la clínica, que el verdadero peligro no venía de la cirugía, sino de quienes usaban la medicina como instrumento de represión. La “mano invisible del opresor” había transformado una clínica, un quirófano, en una trampa mortal, con huellas difíciles de detectar.
La “mano invisible del opresor”, fue ese conjunto de fuerzas y poderes ocultos que durante la dictadura cívico-militar, operaron tras las bambalinas para reprimir, silenciar o eliminar a quienes consideraba una amenaza. No era una presencia evidente, sino una amenaza latente que se infiltraba en la vida cotidiana, en las instituciones civiles como las clínicas y los hospitales. No era necesario pernoctar en un regimiento para sentirse amenazado.
Años después, en 1998, la historia pareció invertirse. Augusto Pinochet, el ex dictador, enfrentó la necesidad de una operación a la columna. Sin embargo, no se atrevió a realizarla en Chile. Con el instinto de quien conoce los riesgos ocultos del poder, decidió viajar a Londres. Temía que el quirófano chileno pudiera convertirse en un escenario de venganza o ajuste de cuentas. En Londres, el destino le preparó una sorpresa: fue detenido, y por un momento, muchos creyeron que se haría justicia. Pero el desenlace fue inesperado y doloroso. Pinochet fue liberado gracias a las gestiones diplomáticas del propio Frei Ruiz-Tagle, entonces presidente de Chile e hijo del ex mandatario asesinado. Aquella decisión enfrentó a Frei Ruiz-Tagle con un conflicto desgarrador: por un lado, la “razón de Estado” le exigía actuar como jefe de gobierno y proteger la soberanía nacional; por otro, la memoria de su padre le recordaba la deuda de justicia pendiente.
La “razón de Estado” es un concepto que justifica decisiones difíciles tomadas por un gobierno en nombre del interés nacional, aunque estas contravengan principios éticos o personales. Es la lógica fría del poder, que a menudo exige sacrificar lo íntimo en pos de la estabilidad o la gobernabilidad. Imagino la escena: Frei Ruiz-Tagle sentado en su despacho, revisando los informes legales y las cartas de organismos internacionales. Afuera, la ciudad murmura, dividida entre quienes exigen justicia y quienes temen por la estabilidad democrática. Sobre el escritorio, una foto familiar le recuerda la ausencia de su padre. En la soledad de la madrugada, debe decidir entre el dolor personal y el deber institucional. No había una decisión correcta, solo caminos con cicatrices. Tiene que haber sentido la carga emocional de su decisión. Probablemente caminó por los jardines de La Moneda evitando los ojos de sus colaboradores, consciente de que cualquier gesto podía ser interpretado como una debilidad o una traición. No podía traicionar la memoria de su padre, pero también sabía que, como presidente, debía proteger la institucionalidad de su país. Este episodio, marcado por la paradoja y la tensión emocional, revela hasta qué punto la justicia y la democracia pueden verse enfrentadas a decisiones imposibles.
Estos dramas no solo afectan a los protagonistas, sino que dejan huellas profundas en la percepción pública de la justicia y la democracia. Cuando intereses de Estado prevalecen sobre la justicia individual, se instala la sospecha de que el poder protege a los poderosos y posterga las demandas de verdad y reparación. En Chile, la liberación de Pinochet provocó indignación en parte de la sociedad, que sintió que la transición democrática evitaba enfrentar el pasado con toda su crudeza. Ese dilema no fue exclusivo de Chile. En Argentina, durante la presidencia de Raúl Alfonsín, la aprobación de las leyes de Punto Final y Obediencia Debida buscó cerrar los juicios contra militares acusados de violaciones a los derechos humanos en nombre de la gobernabilidad. En Sudáfrica, la Comisión de la Verdad y Reconciliación ofreció amnistía a cambio de confesiones, priorizando la paz social sobre la sanción penal. En ambos casos, la sociedad quedó dividida: algunos valoraron la estabilidad lograda, otros lamentaron la falta de justicia plena.
Mencionar que ese tipo de cirugía ya no se realiza, como escribe Álvaro Covarrubias, tampoco se ajusta a la verdad. En el ámbito médico, la hernia al hiato ha sido tradicionalmente percibida como una afección benigna, de tratamiento sencillo y rara vez asociada a complicaciones graves. Nunca fue una operación de alto riesgo, ni antes ni tampoco ahora. La técnica quirúrgica que se usó en Frei Montalva era sólida y probada. El doctor Larraín era un experto con cientos de operaciones realizadas con éxito. Sin embargo, actualmente esa técnica no se usa porque se ha desarrollado una cirugía menos invasiva. Hoy, los profesionales de la salud suelen considerar que basta con un manejo farmacológico, especialmente tras la llegada de medicamentos como el omeprazol, y solo en casos excepcionales se recurre a la cirugía, la cual hoy se realiza mediante técnicas mínimamente invasivas como la laparoscopía. En hospitales públicos y clínicas privadas de Chile y otros países, la norma es que el paciente se somete a controles periódicos, ajuste su dieta y, si fuera necesario, a una intervención quirúrgica que no conlleva un riesgo vital. Por ejemplo, en el Hospital Clínico de la Universidad de Chile y en la Clínica Alemana, cientos de pacientes han sido operados de hernia al hiato sin mayores incidentes, recuperándose en pocos días.
La reacción de mi padre ante las complejidades surgidas después de la operación fue de incredulidad absoluta; en su rostro se dibujaba una mezcla de desconcierto y temor. El doctor Goic, amigo cercano de Frei y su médico personal, le comunicó las complicaciones inesperadas. Mi padre, con décadas de experiencia, no lograba comprender cómo una intervención rutinaria podía derivar en un desenlace tan inusual; era como si la lógica médica se hubiera quebrado y el sentido común se hubiera perdido.
Recuerdo vivamente la atmósfera de preocupación y nerviosismo que reinaba en nuestro hogar. Mi padre mantenía una relación de amistad con el doctor Goic; era una confianza forjada con el tiempo, que no requería palabras para manifestarse. Entre ellos existía una comunicación hecha de miradas, gestos y complicidad, que permitía entenderse sin explicaciones. Cuando conversaban sobre temas delicados, especialmente cuestiones de ética médica o relacionadas con la salud de Frei Montalva, la voz pausada del doctor Goic y sus prolongados silencios transmitían una seriedad que aún hoy permanece viva en mi memoria. Al doctor Goic no le escuché expresar abiertamente las preocupaciones que lo atormentaban, pero tras la muerte de Frei, noté un cambio profundo en su forma de caminar, que se volvió más lenta y sus hombros parecían encorvados bajo un peso que parecía aplastarlo. Era evidente que cargaba con una culpa que no le pertenecía, pero que sentía como propia y no lograba liberarse de ella. En ocasiones, al ver como se alejaba, percibía como si una sombra lo siguiera y le impidiera encontrar alivio, dejando a su paso un vacío que nadie podía rellenar.
Después de transcurridos muchos años, resido ahora en Michigan. Hay mañanas de invierno en que al despertar, encuentro la nieve acumulada en el alféizar y la mesa cubierta de documentos, informes escaneados, datos clínicos y testimonios contradictorios desenterrados por el juez Alejandro Madrid, que investigó la muerte de Frei Montalva durante dos largas décadas. Aunque ya han pasado más de cuarenta años desde aquella cirugía ocurrida el 18 de noviembre de 1981, sigo experimentando cómo esa historia regresa a mi memoria con una fuerza abrumadora que me envuelve y me sacude con una claridad imposible de apartar, como si el tiempo no hubiera logrado borrar por completo el peso de aquellos acontecimientos que me dejaron huellas.
Durante años me resultó difícil poner en palabras lo que presencié; era como si el paso del tiempo y la niebla de los recuerdos se encargaban de desdibujar la verdad de lo vivido. Sin embargo, hoy, con la distancia que me da una vida entera y tras haber reflexionado largamente, me atrevo a mirar hacia atrás y comprender con mayor claridad lo que sucedía en mi entorno. Ahora puedo reconocer detalles que antes se me escapaban o no quería ver, como esas conversaciones en voz baja entre mi padre y el doctor Goic, las miradas nerviosas que intercambiaban, la tensión invisible pero palpable que llenaba cada rincón de nuestra casa durante sus visitas. Atendía a Frei Montalva y llegaba por la noche a conversar con mi padre. El ambiente familiar se volvía denso; el silencio no era solo ausencia de sonido, sino un muro que contenía miedos y secretos. Ahora comprendo que fui testigo de algo mucho más grave de lo que pude imaginar entonces. Hoy, al unir las piezas de esos recuerdos, puedo ver con nitidez que lo ocurrido no fue una simple intervención médica a Frei Montalva, el ex presidente, no solo enfrentó una dolencia, sino que fue víctima de una conspiración que atentó contra su vida, obligándolo a librar una batalla desesperada que perdió. Aquello que en su momento parecía confusión e incertidumbre, hoy aparece ante mí como una tragedia de enormes proporciones donde la vida de un líder nacional se extinguió lentamente ante nuestros ojos, mientras su familia y quienes lo rodeaban apenas alcanzaron a intuir la gravedad y la profundidad del abismo que los amenazaba.
Era de noche, corría el año 1981 y la oscuridad cubría mi barrio como un telón pesado. El silencio era profundo cuando el estrépito del teléfono interrumpía la calma. Era un timbrazo seco y metálico que hacía eco en los distintos cuartos. Mi padre respondía con voz serena, aunque percibía la tensión contenida detrás de sus palabras. “Sí, te espero”, le decía, esforzándose en sonar tranquilo, aunque el nerviosismo era evidente en el ambiente y en sus gestos. “No hay problema”, repetía, quizás intentando convencerse más a sí mismo que al que estaba al otro lado de la línea, como si necesitara reafirmar que todo estaba bajo control. “Ven y conversamos”, murmuraba finalmente antes de colgar el auricular, devolviendo la casa a la penumbra y al peso de la noche. Poco rato después llegaba el doctor Goic. Siempre lo hacía con el ceño fruncido y el rostro reflejando un gran cansancio, fruto de largas jornadas en la Clínica Santa María, donde se esforzaba por salvar a su amigo y paciente, Eduardo Frei Montalva. Al verlos conversar sentía una soledad que parecía envolverme por entero, como si la vida misma se empeñara en recordarme cuán desamparados podemos quedar frente a sus embates. Era una soledad donde primero, el doctor Goic tocaba el timbre —ese sonido abrupto, que hiere la quietud y anuncia que algo está por ocurrir— y yo corría a recibirlo. En esos segundos suspendidos al abrir la puerta, el mundo exterior se desvanecía, se quedaba paralizado, donde los autos parecían desaparecer y las luces se apagaban, todo detenido en un instante de irrealidad y sombras. El espacio se volvía obscuro, sin motor ni ruidos, apenas habitado por presencias fantasmales. A los pocos minutos, ellos quedaban sumidos en una conversación baja y urgente en el living de la casa, bajo una luz débil y amarilla. Cada palabra era como una chispa que encendía temores, y los silencios se expandían hasta ocupar todo el espacio. Yo me retiraba en puntillas al segundo piso, suave y cauteloso, como si un mínimo crujido pudiera desencadenar una desgracia. Buscaba refugio en la calidez de las sábanas, sintiendo que la noche era el único muro entre nosotros y la incertidumbre. Sabía que allí, en esa casa y en ese tiempo, no se podía hablar, no se podía respirar muy fuerte, porque hasta un susurro podía traer consigo el peso de una amenaza. Sentía que el descanso era una tregua frágil ante lo que el día siguiente pudiera traer.
He intentado escribir sobre esos recuerdos en otras ocasiones, pero siempre he terminado dejando los intentos inconclusos, donde la historia quedaba atrapada en borradores dispersos, en notas sueltas o en sueños inquietos que se repetían noche tras noche. Cuando me armaba de valor para enfrentar la historia, cuando levantaba las alfombras que ocultaban la verdad, el peso de lo no dicho siempre regresaba, cubriendo de nuevo las heridas para dejarme envuelto en el fracaso; la esperanza se desvanecía, el ánimo se me resquebrajaba y la verdad —esa verdad que tanto me costaba nombrar— seguía rondando mis pensamientos y desvelos, sin darme tregua ni descanso.
Eduardo Frei Montalva aún no había fallecido a causa de una septicemia aguda, cuyo origen resultó enigmático y controvertido durante muchos años. Pero la muerte lo rondaba como una amenaza constante. No fue sino hasta el 20 de enero de 2019 —treinta y ocho años después de su fallecimiento, ocurrido el 22 de enero de 1982— cuando la sombra finalmente se definió. El juez Alejandro Madrid, tras una extensa investigación judicial, declaró oficialmente en un fallo de primera instancia (un fallo que fue apelado ante la Corte de Apelaciones) que la muerte de Frei Montalva no había sido producto de una enfermedad inevitable, sino el resultado de un asesinato, transformando el caso en uno de los episodios más complejos y polémicos de la historia reciente de Chile. Su exhaustiva investigación de casi dos décadas, encontró que Frei Montalva había sido asesinado mediante la administración de sustancias tóxicas durante su hospitalización, desenmascarando así la existencia de una conspiración en el entorno político y médico de la época. Ese fallo representó un hito en la memoria histórica chilena al dar voz y validez a los testimonios que durante años permanecieron escondidos.
En los años previos y todavía en dictadura, la posibilidad de atribuir su muerte a un asesinato era peligroso y apenas podía ser nombrado. En ese tiempo, el temor y el silencio dominaban las conversaciones entre mi padre y el doctor Goic; sus diálogos se prolongaban en medio de una atmósfera marcada por el secreto y la cautela. Las palabras parecían prisioneras, como pájaros atrapados en una habitación cerrada. Afuera, las calles aparentemente tranquilas, también guardaban su propia historia de tensión. En la esquina de Las Violetas con Avenida Suecia 1521, nuestra casa, un automóvil oscuro permanecía estacionado noche tras noche, con las luces apagadas y los vidrios empañados, evidenciando una vigilancia discreta pero persistente. En su interior, una pareja se besaba simulando indiferencia mientras cumplían la orden de observar cada movimiento de quienes entraban y salían de la propiedad. Desde la ventana del living y con la luz apagada, yo veía la presión de esas miradas que nunca se apartaban de la casa. La vigilancia no daba respiro.
Aquellos observadores eran claramente agentes del régimen militar vinculados a organismos como la DINA (Dirección de Inteligencia Nacional, oficialmente disuelta el 13 de agosto de 1977) o la CNI (Central Nacional de Informaciones que la reemplazó en esa misma fecha), instituciones responsables de la represión política bajo Pinochet. Esa sensación de control y miedo era tan profunda que ni siquiera las conversaciones privadas entre mi padre y el doctor Goic estaban realmente a salvo; todo parecía estar bajo la mirada acechante de fuerzas que impedían cualquier descanso, paz o posibilidad de olvido.
Con el paso de los años y el avance de las investigaciones, la historia de Frei Montalva dejó de ser únicamente un drama personal y familiar para convertirse en un símbolo nacional de la lucha por la verdad y la justicia en Chile.
En agosto de 2023, la Corte Suprema emitió un dictamen definitivo que revocó las condenas previas y concluyó que no existían pruebas suficientes para acreditar el homicidio, estableciendo la causa de muerte como una septicemia derivada de complicaciones postoperatorias. Esa decisión reabrió el debate público sobre la verdad histórica, la persistencia de dudas y la dificultad de alcanzar justicia plena en casos emblemáticos. Así, la historia de Frei Montalva continúa siendo un símbolo de la lucha por esclarecer el pasado y exigir responsabilidades en la búsqueda de la verdad nacional.
Con los años, la certeza de lo ocurrido se instaló en mi padre con una fuerza abrumadora: Eduardo Frei Montalva había sido envenenado de manera deliberada en la Clínica Santa María. Ese convencimiento nunca lo abandonó; se convirtió en una especie de protección psicológica que lo ayudó a enfrentar otros desafíos igualmente peligrosos. Uno de esos desafíos surgió cuando todavía en dictadura, tuvo que operar a una de las hijas de Frei Montalva en la Clínica Indisa. Aunque ella no estaba involucrada en la vida política y parecía ajena a los conflictos públicos, mi padre percibió que también estaba en peligro, como si fuera un blanco para quienes querían silenciar a la familia Frei.
Después de la cirugía, mi padre notó algo inquietante: los síntomas y el desarrollo de una infección que atacaba a la paciente le hicieron recordar -por lo inesperado- el caso Frei Montalva. Era como si la historia se repitiera y el pasado se manifestara ahora en los pasillos de otra clínica, amenazando con cobrarse otra vida. La cirugía, que en principio era sencilla y de rutina, terminó en una infección grave y peligrosa que mantuvo a la paciente al borde de la muerte. Más adelante, mi madre me contó que mi padre, exhausto y superado por la situación, le confesó en voz baja: «Quieren intimidar a los Frei, quieren destruir a la familia para que nunca más se atrevan a participar en política.» Esa revelación me dejó impactado; sentí impotencia y rabia al comprender que el peligro era real y constante, siempre presente y acechando.
En este segundo episodio médico, tras haber vivido el horror del envenenamiento de Frei Montalva, mi padre actuó con suma precaución. Se apoyó en su experiencia y en el instinto que se le había fortalecido con los años para lograr salvar la vida de la paciente, aunque nunca supe exactamente cómo lo hizo. Jamás me atreví a preguntarle, a pesar de que viajé muchas veces a Chile con la interrogante en una mano. Imagino que tomó medidas extremas: tal vez puso guardias en la puerta de la habitación, tal vez él mismo supervisó personalmente cada medicamento y cada procedimiento, vigilando los detalles para evitar cualquier descuido. Es posible que la diferencia crucial fue que la paciente no estaba internada en la Clínica Santa María, un lugar donde la muerte parece estar siempre presente.
Lo triste fue que a pesar de haber sobrevivido, la hija de Frei Montalva quedó molesta con mi padre. Ella nunca sospechó que había estado en peligro mortal ni tampoco imaginó que existían fuerzas oscuras detrás de lo sucedido; pensó que todo se debía a incompetencia médica, al azar o los problemas habituales de una clínica, sin darse cuenta de la gravedad real de lo que había sucedido.
Un episodio médico similar se repitió años después, todavía en dictadura, cuando mi padre tuvo que atender al ex senador Jorge Lavandero tras haber sufrido una brutal golpiza en plena calle. El motivo de la agresión fue su decisión de investigar y exponer públicamente las transferencias de dinero realizadas por Augusto Pinochet en el extranjero. Recuerdo claramente la imagen de mi padre en ese entonces: estaba visiblemente alterado, sus nervios a flor de piel, la mirada siempre alerta y las manos tensas, como para anticiparse a las sorpresas. No bajó la guardia, y para protegerlo tomó medidas extremas, como colocar guardias en la puerta de su habitación, no dejarlo solo, intentando así crear una barrera física que impidiera cualquier intento malicioso. Además, supervisó personalmente cada medicamento, revisó cada ampolla y observó atentamente el trabajo de los enfermeros, convencido de que el peligro podía esconderse en los detalles cotidianos y que la muerte podía aparecer en cualquier momento a través de los descuidos. Sabía, por la experiencia acumulada, que incluso lo rutinario en el ambiente hospitalario podía convertirse en amenaza. En casa, la sensación de alerta constante era palpable, vivíamos atentos a cualquier ruido, al crujido de una puerta o a un susurro inesperado. La percepción del peligro era intensa, y nunca nos sentíamos completamente a salvo.

Siento nostalgia al escribir sobre esos años. Al mismo tiempo, percibo cierta cobardía, una dificultad interna para enfrentar ciertos recuerdos. Me pregunto porque resulta tan difícil destapar esos secretos que permanecen tan ocultos. ¿Por qué es tan difícil liberar esos sentimientos, que como pájaros atrapados necesitan volar y dejar atrás las sombras del pasado? No tengo una respuesta clara. A veces creo que se debe a la naturaleza lenta y difícil de los traumas; son como espectros que se arrastran en la memoria, moviéndose con sigilo y temor, sin atreverse del todo a mostrar la luz. Los recuerdos traumáticos aparecen poco a poco, ocultos, como si les costara abandonar la oscuridad. Cada avance hacia la claridad lo siento como una batalla, y hasta el propio aire parece vibrar ante el reto de enfrentar lo que he tratado de olvidar.
El siguiente es un resumen cronológico, elaborado en base a los antecedentes judiciales del juez Madrid; detalla las declaraciones de testigos y las contribuciones de los involucrados en el crimen. También detallo las cirugías a las que fue sometido el ex presidente antes de su fallecimiento. Este resumen busca ofrecer una visión clara y ordenada de algunos procedimientos médicos realizados, las circunstancias en que se llevaron a cabo y los equipos médicos involucrados, permitiendo comprender mejor el contexto y las decisiones que marcaron el desenlace de su historia clínica:
1. Primera operación – 18 de noviembre de 1981
- Motivo: Hernia al hiato (gastroesofágica).
- Lugar: Clínica Santa María.
- Cirujano: Dr. Augusto Larraín Orrego.
- Resultado: Tras la primera operación, que fue considerada exitosa, se pensaba que Frei Montalva recibiría el alta en pocos días. Sin embargo, investigaciones posteriores sugirieron un hecho sumamente grave y hasta entonces desconocido: durante la cirugía -como lo describo más adelante con las declaraciones de testigos- alguien contaminó deliberadamente las compresas quirúrgicas probablemente con talio, un veneno extremadamente tóxico; y no se utilizó en concentraciones altas porque le habría provocado síntomas notorios y evidentes, permitido descubrir con facilidad que estaba siendo envenenado.
La verdadera intención de quienes planearon esa primera fase del envenenamiento, no era matar a Frei Montalva de inmediato, ya que una muerte repentina habría generado un escándalo difícil de ocultar. En cambio, al usar talio en dosis bajas, buscaron provocar una complicación médica —que en ese tiempo se interpretó como una obstrucción intestinal— que obligara al ex presidente a regresar a la clínica, como efectivamente ocurrió. Su retorno les abrió la puerta para intervenir de manera letal y decisiva darle el golpe de gracia.
2. Reingreso y segunda operación – 4 al 6 de diciembre de 1981
Motivo: El diagnóstico inicial fue presentado como una obstrucción intestinal por el doctor Silva Garín. Posteriormente, durante la investigación judicial, se determinó que esa condición no existió clínicamente. Lo que se observó fue un cuadro de inflamación agudo que generó gran preocupación entre el equipo médico y la familia del ex presidente. La atmósfera se volvió tensa y dominada por la incertidumbre, ya que cada decisión médica se sentía crucial y el temor a complicaciones graves era constante. La percepción de peligro se intensificó, alimentando la sospecha de que detrás de la situación clínica podían existir factores externos que complicaban el manejo médico y la tranquilidad de los involucrados. En este segundo ingreso, quienes estaban detrás del complot le administraron no solo talio pero también gas mostaza. Este último es un veneno letal cuya toxicidad aumenta considerablemente si la persona ya tiene talio incorporado en su organismo, de manera que se puede administrar en dosis bajas. Esa combinación de venenos debilitó gravemente el sistema inmunológico de Frei y empeoró su estado general. Los médicos leales no tenían experiencia previa y no conocían los síntomas provocados por el gas mostaza, sobre todo en bajas concentraciones donde son muy difíciles de interpretar. Eso dificultó enormemente la capacidad de reacción y diagnóstico oportuno. La falta de familiaridad con los efectos de ese veneno contribuyó a que el breve éxito de la primera cirugía encubriera una estrategia calculada para crear complicaciones médicas y así facilitar su posterior envenenamiento decisivo, todo bajo la apariencia de un proceso clínico rutinario y sin levantar sospechas inmediatas.
- Nuevo equipo médico: Encabezado por el Dr. Patricio Silva Garín, coronel del Ejército, cuya llegada marcó un giro radical en la evolución clínica de Frei. La contaminación deliberada de las compresas quirúrgicas con talio, cumplió un propósito esencial, como fue facilitar la entrada en escena del doctor Silva Garín y otros médicos de la CNI, como Pedro Valdivia; médicos que también trabajaban en la clínica Santa María. Sin que lo supieran el doctor Goic ni la familia Frei, trabajaban también para los organismos represores del régimen. Silva Garín, con una determinación calculada, se dedicó a minar la reputación del doctor Augusto Larraín, quien hasta ese momento había sido un referente de confianza para la familia. A través de comentarios y gestos sutiles, sembró dudas sobre la idoneidad y las decisiones de Larraín, logrando que el prestigio de este último se viera destruido ante los ojos de la familia Frei y el doctor Goic. El ambiente se volvió tenso y enrarecido, con los médicos Larraín y Goic divididos, y una familia sumida en la confusión y la vulnerabilidad, desplazando finalmente la figura de Larraín y permitiendo que su voz fuera silenciada bajo una nube de sospechas y descrédito. El doctor Larraín enfrentado al aparato represivo del régimen, sintió temor y prefirió no oponer resistencia, guardando silencio ante la presión y el peligro que lo rodeaban. El poder y la autoridad de Silva Garín fue reforzada por su rango militar de coronel. Desde ese momento cada decisión médica se vio envuelta en un manto de incertidumbre, dejando la inquietante sensación de que las prioridades habían cambiado y que el verdadero bienestar del paciente podía estar quedando en un segundo plano, eclipsado por intereses ajenos a la salud. Bajo ese nuevo escenario, resultó fácil para los asesinos continuar con el proceso de envenenamiento sin levantar sospechas inmediatas. El acceso al paciente, permitió que el envenenamiento entrara en su segunda fase, donde se lo contaminó con gas mostaza usando un suero que le inyectaron por la noche. Para todos los efectos prácticos Frei quedó en manos de la CNI, el organismo represivo de Pinochet, sin que el doctor Goic y la familia lo supieran.
Como relata la periodista Mónica González en su artículo publicado en The Clinic, cuando Frei llegó a la clínica por segunda vez, no lograron ubicar rápidamente al doctor Larraín, y se aceptó la ayuda de un obsequioso médico de turno, el doctor Valdivia, es decir el paciente quedó en manos de la CNI:
…la inmediata propuesta del médico cirujano Pedro Valdivia Soto, de turno en el establecimiento, de examinar al destacado paciente por cuya salud miles de personas se inquietaban en esas horas. En algo se mitigó la preocupación de la familia cuando el doctor Pedro Valdivia Soto ingresó con paso seguro a la habitación y lo examinó…De lo que Valdivia hizo con Frei no hay registro ni testigos… Valdivia, hoy de 64 años, fue contratado en la Clínica de la DINA en 1978 por su entonces director, el doctor Horacio Taricco Lavín. Paralelamente se incorporó a la Clínica Santa María como médico residente y con turno de noche. Por ello, pudo ingresar a la habitación de Frei conducido por la enfermera Victoria Larraechea, pero no fue esa la única vez que auscultó al ex presidente. Porque sus funciones se extendían desde las 20:00 hasta las 8:00 del día siguiente, teniendo como misión ocuparse de todos los pacientes que habían sido operados. Ese era exactamente el caso de Frei Montalva. Nadie le pudo impedir, durante las noches que estuvo ahí hospitalizado, él tuvo acceso cuantas veces quiso a su habitación y a su prolijo examen.
- Intervención: Resección de parte del intestino delgado, una decisión tomada por el doctor Silva Garín en medio del desconcierto y el temor, motivada por la sospecha de una necrosis que parecía devorar toda esperanza. La operación, cargada de urgencia y ansiedad, dejó a la familia y al equipo médico al borde del abismo. Cada intervención se justificó como una medida técnica, urgente e ineludible, pero en la práctica se transformaron en una sucesión de momentos tensos y llenos de incertidumbre que abrieron las puertas a nuevos sabotajes. En este contexto, el doctor Silva Garín desempeñó un papel fundamental. Trabajó intensamente para convencer de que el estado de Frei era de una gravedad extrema y prácticamente irreversible -incluso le indicó a la familia Frei que le habían perforado los intestinos en la primera operación- reforzando la idea de que cualquier desenlace fatal sería una consecuencia natural y previsible dada su delicada condición médica. Así, el proceso de contaminación al que fue sometido Frei quedaba encubierto bajo la apariencia de una evolución clínica lógica, minimizando sospechas sobre intervenciones externas. Pero el peso de esa determinación se hizo sentir muchos años después, cuando un panel de ocho médicos expertos, convocados por el juez Madrid, concluyó que aquella intervención había sido precipitada e innecesaria.
- Observación clave: El Dr. Larraín, presente en el quirófano como un testigo mudo, vio esa mesenteritis hipertrófica localizada (una inflamación) que lo sobresaltó profundamente. La zona afectada no correspondía a una región intervenida ni tocada por su bisturí durante la primera cirugía, sino que se encontraba en un área donde se habían apoyado unas compresas quirúrgicas para sostener el intestino durante la primera operación. El aspecto de la inflamación tampoco sugería una infección bacteriana, sino que sus características parecían insinuar la presencia de una contaminación química o tóxica, como si alguna sustancia extraña se hubiese infiltrado deliberadamente en el organismo de Frei a través de las compresas. Sin embargo, el miedo se apoderó de él, paralizándolo; no dijo nada, la sombra de las posibles represalias le pesaron demasiado y guardó silencio. Atrapado entre el deber y la amenaza, no se atrevió a proclamar abiertamente su sospecha, y no defendió sus impresiones con la fuerza que el momento exigía. Así, sus palabras quedaron ahogadas por el temor y el desconcierto, y el eco de su silencio aún resuena en la memoria de quienes todavía buscan respuestas. El doctor Goic tampoco habló. No era cirujano, pero tampoco mostró curiosidad ante lo observado. Su experiencia y rol en el equipo le otorgaban la posibilidad de indagar más a fondo frente a las anomalías clínicas presentes, pero no lo hizo. ¿Sintió temor, miedo?
3. Shock séptico y traslado a UCI – 8 de diciembre de 1981
- Condición: Durante la segunda operación, o probablemente en las noches posteriores a la cirugía, se le administró gas mostaza, desmantelando su sistema inmunológico. Eso significó que su cuerpo ya no pudo defenderse contra las infecciones, ni siquiera las más habituales o las que normalmente no causan problemas. Como consecuencia directa de esa debilidad extrema, en pocas horas Frei desarrolló un shock séptico severo, donde su organismo fue invadido por bacterias y gérmenes oportunistas que, ante la falta de defensas, se multiplicaron rápidamente y ocasionaron una infección generalizada, poniendo su vida en grave peligro.
- Tratamiento: En un intento desesperado por salvarlo, se le administraron antibióticos de última generación que no lograban mejorarlo. Como último recurso se le administró “Transfer Factor”, un inmunomodulador experimental que no contaba con la aprobación de la Food and Drug Administration (FDA, USA). Era una apuesta a ciegas, casi al borde de la resignación, pues el sistema inmunológico de Frei estaba completamente desarticulado, desmoronado y sin cimientos, incapaz de ofrecer la más mínima defensa ante el avance de infecciones oportunistas.
- Sospechas: En medio de la tensión que impregnaba cada rincón de la clínica, se recibieron varias llamadas anónimas que perturbaron profundamente la tranquilidad del hogar de Hernán Elgueta, el amigo más cercano y leal de Frei. Como cuenta su hija Carmen Frei en su libro (Magnicidio. La historia del crimen de mi padre. Ed. Aguilar 1917):
El 12 de enero de 1982 , o sea diez días antes de la muerte de mi papá, en la casa de su amigo Hernán Elgueta se empezaron a recibir llamadas telefónicas de un hombre adulto que no se identificó, que pedía hablar con Elisa Rolyn, la mujer de don Hernán. Si ella no se encontraba, el hombre cortaba y volvía a llamar. Seguramente temía que Elgueta lo reconociera. Cuando contestaba la señora Elisa, él decía al teléfono: En la clínica Santa María están envenenando a Eduardo Frei… el hombre anónimo siempre llamaba hacia el mediodía y pedía hablar con ella. La última vez que llamó dijo ”viene de Valdivia”. Nos llamaron de inmediato para contarnos, pensamos que venía alguien de la ciudad de Valdivia a envenenarlo. Sólo años después, durante el proceso, comprendimos que seguramente se refería al doctor Pedro Valdivia, miembro reconocido de la DINA, que trabajaba en la Santa María y que fue de hecho quien se quedaría a cargo del cuerpo de mi padre el día de su muerte.
La noticia se propagó rápidamente, generando pánico y una creciente paranoia entre quienes lo rodeaban y apreciaban. Ante este clima de angustia y desconcierto, la familia Frei decidió tomar medidas drásticas: restringieron el acceso a la habitación del ex presidente, intentando crear una barrera invisible que lo protegiera de cualquier amenaza. Sin embargo, ese esfuerzo se mostró frágil frente a la realidad inquietante que ahora se conoce con certeza: la clínica estaba en manos de la CNI, donde cualquier persona vestida con delantal blanco —fuera médico, funcionario, o incluso agentes represivos ocultos bajo la apariencia de personal sanitario— podía ingresar sin mayores trabas a su cuarto. Frei fue dejado expuesto ante un enemigo invisible que acechaba disfrazado de autoridad y confianza.
4. Embalsamamiento y extracción de órganos – 22 de enero de 1982
- Fallecimiento: Frei muere a las 17:20 horas.
- Procedimiento post mortem: Sin la autorización de la familia, un grupo de médicos vinculados a la Universidad Católica realizó de manera apresurada un procedimiento sobre su cuerpo que se presentó como embalsamamiento o autopsia. Dicho procedimiento no siguió ningún protocolo legal ni médico establecido, lo que genera dudas sobre sus verdaderos fines. Durante esa intervención irregular, se extrajeron órganos clave, aparentemente con la finalidad de impedir o dificultar futuras investigaciones forenses que pudieran esclarecer las causas reales de su fallecimiento. La urgencia y el secretismo con que se llevó a cabo ese procedimiento aumentan la sospecha de que se buscaba ocultar evidencias cruciales.
Investigación posterior: veinte años después, cuando el dolor por la muerte de Frei seguía presente en la conciencia del país, comenzaron a descubrirse detalles ocultos que hasta entonces parecían inalcanzables. Un análisis cuidadoso y discreto de tejidos conservados en lugares poco conocidos dentro de la Universidad Católica, junto a muestras adicionales obtenidas luego de intensas gestiones, permitió a las doctoras Laura Börgel y Carmen Cerda arrojar luz sobre algunos de los enigmas que rodean la tragedia de Frei. El estudio reveló hallazgos impactantes: mediante análisis minuciosos, detectaron la presencia de talio y gas mostaza en el organismo de Eduardo Frei Montalva, aunque en cantidades pequeñas pero significativas. Estas sustancias altamente tóxicas no habían llegado a su cuerpo de manera accidental ni por error médico, sino que, según los resultados experimentales, fueron administradas intencionalmente y de forma gradual durante un periodo aproximado de tres meses, es decir desde cuando se sometió a la primera cirugía. El envenenamiento, realizado con extrema frialdad y precisión, se camufló bajo la apariencia de tratamientos médicos, lo que permitió que la inoculación progresara sin levantar sospechas inmediatas entre el personal de la clínica leal a Frei o la familia. El descubrimiento de estos tóxicos, confirmó que a Frei no solo se le había privado de una atención médica adecuada, sino que fue víctima de un plan deliberado para acabar con su vida. Esa revelación estremeció a la opinión pública y marcó un antes y un después en la búsqueda de justicia, ya que permitió que la verdad comenzara a salir a la luz tras años de dudas y encubrimientos, dejando en evidencia que los hechos superaron con creces cualquier temor o sospecha previa.
La secuencia de intervenciones médicas, realizada en un ambiente cargado de incertidumbre y sospechas, así como la inquietante presencia de agentes encubiertos en los pasillos de la clínica, refuerzan de manera contundente la hipótesis judicial de que se trató de un homicidio encubierto, disfrazado como una complicación médica. Cada acción, cada gesto dentro de aquel recinto, aparecen marcados por la desconfianza, generando la impresión de que detrás de las decisiones clínicas se ocultaron intenciones ocultas y traiciones flagrantes. Este clima de tensión no solo profundiza el drama vivido por la familia y quienes rodeaban al paciente, sino que también sigue provocando conmoción entre quienes buscan esclarecer la verdad y alcanzar justicia, enfrentándose al continuo obstáculo que representa la impunidad en torno a estos hechos.
Cuando el cuerpo habla lo que el país calla
A Eduardo Frei Montalva lo operaron cuatro veces, pero lo asesinaron una sola vez.
En las páginas siguientes, enlazo testimonios de testigos, investigaciones toxicológicas y recuerdos personales que dejan pocas dudas sobre quién estuvo detrás de su asesinato.
El 18 de noviembre de 1981, los bisturíes comenzaron a intervenir en el cuerpo de Frei, con la esperanza de aliviar su condición médica. Tras la cirugía, a los pocos días comenzó a sentir molestias que parecían apuntar hacia una posible obstrucción intestinal. Fue intervenido nuevamente y en menos de veinticuatro horas una infección oportunista se apoderó de su organismo, seguida por un shock séptico que generó una profunda preocupación entre sus allegados y el personal médico cercano a Frei. Tras muchos intentos por combatir las infecciones, falleció en pocas semanas. Al morir se le realizó un procedimiento que fue presentado como embalsamamiento —para algunos— o como autopsia —para otros—. Lo más grave es que ese procedimiento se llevó a cabo fuera de cualquier protocolo y sin el consentimiento de la familia, privándolos del derecho fundamental de decidir sobre los restos de su ser querido.
Años después, Hugo Chavez Arias declaró ante el juez Alejandro Madrid durante la investigación sobre la muerte de Frei Montalva (2005-2019), lo que ocurrió con el cadáver del ex presidente. Según su relato, el procedimiento se realizó bajo las instrucciones de los doctores Gonzalez Bombardiere y Helmar Rosenberg, de la Clínica de la Universidad Católica, lo que añadió más interrogantes y aumentó la sensación de que detrás de esos actos médicos hubo decisiones tomadas en las sombras, lejos del conocimiento y la voluntad de la familia Frei:
Declaración judicial de VICTOR HUGO CHAVEZ ARIAS quién ratifica sus dichos policiales prestados a fojas 584 y siguientes donde señala que trabajó como auxiliar del Departamento de Anatomía Patológica entre los años 1978 y 1990, y su función era cooperar con el médico patólogo en las autopsias. Para el año 1982 el Jefe del Departamento era el Doctor BENEDICTO CHUAQUI. Anteriormente estaba a cargo el doctor ROBERTO BARAHONA, que para esa época estaba enfermo y concurría ocasionalmente al departamento donde trabajaba en la docencia. Su jefe directo en ese entonces era el doctor HELMAR ROSENBERG. Señala que un día como a las cinco de la tarde ya se retiraba cuando su jefe le dice que no se retire y que prepare los útiles para realizar una autopsia fuera del Departamento. Debían concurrir a la clínica Santa María para realizar un embalsamamiento, pero no le indicó de qué persona se trataba. Recuerda que salieron de la Clínica y afuera los esperaba un furgón de Carabineros o una ambulancia, que los trasladó a la clínica, concurriendo junto al Doctor antes referido, el doctor SERGIO GONZALEZ BOMBARDIERE, y al parecer el auxiliar PEDRO SARAVIA SAN MARTIN.
Indica que cuando llegaron a la Clínica habían dos personas esperándolos en el estacionamiento del subterráneo, estas vestían de civil, pero con ropa formal, les dicen que los acompañen y suben en ascensor con ellos al segundo piso de la Clínica, donde los conducen directamente a una habitación. En la antesala habían unas seis personas, una de ellas vestía con delantal blanco; presumió era un médico cuando saludó al doctor ROSENBERG. Ingresaron a la habitación donde en ese momento vio un cuerpo sin vida. Se trataba del ex presidente de la república don EDUARDO FREÍ MONTALVA.
Señala que se encontraba acostado sobre la cama y vestido con pijama, su abdomen lo tenía vendado con una venda elástica. No recuerda que el doctor ROSENBERG haya firmado algún documento antes de realizar el embalsamamiento, o que se le haya facilitado la ficha médica durante el trabajo o luego, cuando se retiraron. El doctor ROSENBERG le pidió que preparara todos los instrumentos para realizar el procedimiento de embalsamamiento en la misma habitación, lo que le llamó la atención, incluso le preguntó para confirmar. Primero le sacó la venda, percatándose que tenía una infección, había materia y presentaba una herida cocida en toda la región del abdomen.
….. cuando el cuerpo se encontraba en condiciones de abrirlo, ambos doctores hicieron un corte en forma de “T” en la región del tórax y abdomen, procediendo a extraer sus órganos completos, sin separar las vísceras. Recuerda que al observar el páncreas, este presentaba una operación cubierta con una gasa……
Expone que todos los órganos fueron vaciados en una bolsa plástica y después en un balde metálico para su traslado. Luego de realizar el trabajo de embalsamamiento, se suturó, se maquilló y se retiraron alrededor de las diez de la noche.
Reitera en su declaración judicial que le llamó la atención que no estuviera la ficha clínica del cadáver. Para los médicos es siempre necesario contar con ese antecedente, así como la autorización que debe dar la familia para la realización de este procedimiento. Eso es algo ineludible, porque si la familia se opone no se puede hacer. Ignora cuál fue la razón por la que los órganos fueron desechados y porque no se incluyó la autopsia con el número correlativo correspondiente, pues tratándose de una personalidad era obvio que los órganos permanecen guardados indefinidamente. Incluso, en ocasiones, van al museo del Departamento, como en el caso de la autopsia del PADRE GUSTAVO LEPEICH, según recuerda.
El ambiente en la clínica Santa María era opresivo y tenso, marcado por la exclusión total de la familia de cualquier decisión relevante. Ningún familiar pudo expresar su voluntad ni presenciar lo que ocurría; todo se desarrolló en una habitación apartada y fría, donde la dignidad del ex presidente quedó relegada ante la premura y el secretismo del personal médico. El lugar elegido no contaba ni con las más mínimas condiciones sanitarias para una intervención de esa magnitud, lo que acentuó la sensación de improvisación y descuido. Un detalle macabro fue la presencia de una escalera durante el procedimiento, elemento que reflejaba la falta de preparación y el apuro, como si ocultar lo sucedido fuese más importante que mostrar respeto por el cuerpo y la memoria del ex presidente. La escena era desoladora: cada gesto y cada decisión estuvieron impregnados de la impotencia de los familiares, quienes, desde el otro lado de la puerta cerrada, intuían que algo grave e irreversible estaba ocurriendo, sin poder hacer nada para evitarlo:
Declaración judicial de CARMEN VICTORIA FREI RUIZ. En cuanto al embalsamiento y la autopsia, señala que juntaron a su familia y les dijeron que a su padre le iban a hacer una especie de mantención para los días que iba a estar expuesto en sus funerales, pero que nunca se mencionó la palabra embalsamiento, nunca se les dijo nada de autopsia, eso lo corroboró con todos sus hermanos, nunca se les dijo que lo iban a hacer, incluso cuando PATRICIO ROJAS le mencionó que para él había sido muy duro ver las vísceras de su padre, jamás pensó que las hubiera visto fuera de su cuerpo, sino que lo relacionó con que había visto la herida de su padre, que era atroz, la cual vio y le afectó muchísimo. Ella pensó, que éste, en su calidad de médico sabía bien la ubicación de cada órgano del cuerpo y por eso se había percatado de eso, y se horrorizó por la magnitud de la herida.
En cuanto a la mantención, pensaban que le iban a aplicar un maquillaje y nada más, incluso cuando lo fueron a ver estaba dentro del cajón con la tapa cerrada. Su hermana INÉS encontró muy rara su cara y se molestó por lo que se le estaban haciendo, se demoraron demasiado tiempo, incluso, ante la demora, ella trató de entrar a la pieza para vestirlo porque no los dejaban entrar. Cuando entró la sacaron rápidamente. Le llamó la atención ver que había una escalera y además había una persona alta con delantal, quien la sacó de ahí. Después solo esperaron a que les entregaran el cuerpo. Cuando pudieron bajar y verlo, este ya estaba en el ataúd con la ventana abierta. Estaban todos sus hermanos. Ella cuando reclamó por la demora, primero le dijeron que el ataúd no había servido, pero JORGE es quien sabe más al respecto, añadió.
Ese último procedimiento, pareciera, fue urdido con la fría determinación de borrar las huellas del crimen. No fue solo una operación médica irregular; fue un acto deliberado, calculado con premeditación, donde cada gesto, cada corte, cada frasco de reactivo derramado respondiera a la urgencia de hacer desaparecer los tóxicos del cuerpo bajo capas de silencio y olvido.
Pese a los esfuerzos por eliminar los tóxicos, después de varios años se halló talio y gas mostaza en el cuerpo de Frei Montalva, descartando cualquier posibilidad de duda o de justificación basada en errores médicos. No se trató de una negligencia involuntaria, ni de un descuido del equipo profesional. Por el contrario, la presencia de estos elementos tóxicos revela que la muerte fue provocada de manera intencional, a raíz de decisiones premeditadas y calculadas por personas que actuaron con total frialdad y sin compasión, obedeciendo intereses oscuros y ajenos al bienestar del ex presidente. Todo lo que ocurrió en esa clínica, tuvo el sello inconfundible de una traición planificada, como si el destino de Frei Montalva hubiese sido decidido de antemano.
Frei como enemigo interno
La Clínica Santa María se convirtió, a lo largo de varias semanas, en el escenario central de una tragedia que fue mucho más allá de lo estrictamente médico y adquirió una dimensión profundamente política. Frei Montalva, mostrando gran valentía, se había erigido como la única figura capaz de desafiar abiertamente y sin temor a la dictadura cívico-militar. Su sola presencia imponía respeto y, a pesar de las adversidades, representaba una amenaza contundente para aquellos sectores de poder que buscaban perpetuarse. El peso de su biografía y la firmeza de sus ideas resonaron con fuerza, impactando incluso a quienes, en un primer momento, lo consideraban un mero espectador tras el Golpe de Estado. Ese pasado, marcado por su silencio cambió y se transformó en el motor que impulsó su resistencia y su lucha incansable por la democracia.
Andrés Zaldívar lo recuerda en una entrevista con el corazón dividido entre la nostalgia y la autocrítica. Él mismo, junto a Frei y otros democratacristianos, confesó su ingenuidad al pensar que el Golpe de Estado del 11 de septiembre de 1973 sería apenas un paréntesis, una tormenta pasajera que pronto se disiparía para permitir el restablecimiento de la democracia. Por ese motivo, optaron por no firmar la conocida “Carta de los Trece”, un documento histórico redactado y suscrito pocos días después del Golpe por un grupo de destacados miembros de la Democracia Cristiana y figuras públicas, donde se condenaba explícitamente la intervención militar y la ruptura del orden constitucional. Esa carta, que representó un acto de valentía y compromiso democrático, marcó una clara diferencia entre quienes se atrevieron a oponerse públicamente a la dictadura naciente y aquellos que, por temor, cálculo político o esperanza de una pronta normalización, prefirieron guardar silencio y adoptaron una postura más ambigua.
Con el paso de los años, esa decisión de no firmar la carta se convirtió en una carga pesada para los que no lo hicieron, una espina que durante años les perseguiría entre reproches y lamentos, tanto propios como de la sociedad chilena. La decepción de quienes esperaban una defensa implacable de la democracia por parte de sus dirigentes se transformó en desilusión y rabia. Para muchos, la falta de una condena inmediata y contundente al régimen militar significó una complicidad involuntaria con la represión, los atropellos a los derechos humanos y la prolongación de una dictadura que se extendería por casi diecisiete años.
La periodista Mónica González, reconocida por su incansable labor investigativa sobre la muerte de Frei Montalva y otros crímenes, declaró ante el juez Madrid que en mayo de 1975 se produjo un momento decisivo en la vida del ex presidente. Hasta entonces, Frei había mantenido una postura cautelosa y distante, observando los acontecimientos desde la periferia, intentando adaptarse a lo irreversible tras el Golpe de Estado. Sin embargo, ese año, finalmente encontró el valor para dejar atrás la prudencia y enfrentarse abiertamente al régimen militar. Su decisión de conceder una entrevista al semanario colombiano Nueva Frontera fue un acto de valentía, temerario, que rompió el silencio impuesto por la dictadura. Allí, con palabras firmes, denunció la situación en Chile, desafiando la represión y el miedo que imperaban en el país.
Ese gesto marcó un antes y un después: fue el punto de inflexión en el que Frei Montalva dejó de ser un mero espectador para convertirse en un símbolo activo de la resistencia. Su voz, cargada de dignidad y coraje, resonó como una llamarada de esperanza para quienes anhelaban justicia y libertad en medio de la opresión. Su intervención pública lo expuso a graves riesgos personales, y lo transformó en una amenaza real y directa para el régimen dictatorial, encendiendo una chispa de aliento en la sociedad chilena, abriendo un camino que ya no se detendría.
La historia avanzaba con una intensidad que parecía sacada de una tragedia griega, donde cada episodio sumaba nuevas capas de tensión y significado. En 1977, cuando Eduardo Frei Montalva fue invitado a integrarse a la Comisión Norte-Sur bajo la dirección del ex canciller alemán Willy Brandt, no solo asumió un rol internacional de enorme prestigio, sino que se consolidó como una figura de referencia ética y política para América Latina. Su voz resonaba en los foros internacionales, donde abogó por el diálogo entre países desarrollados y en vías de desarrollo, defendiendo la justicia social y los derechos humanos en medio de la Guerra Fría. En ese escenario, Frei era el único representante latinoamericano, lo que reforzaba aún más su liderazgo y lo convertía en un símbolo de esperanza para quienes, desde Chile y el exilio, anhelaban un futuro distinto.
Pero sería en 1980 cuando la figura de Frei alcanzó su mayor dimensión política y moral dentro de Chile. El dictador Augusto Pinochet, decidido a perpetuar su régimen, orquestó un plebiscito para aprobar una nueva constitución, un proceso que buscaba una legitimidad artificial bajo la apariencia de una consulta democrática. Como parte de esta estrategia, el régimen permitió la realización de un acto público el 27 de agosto de 1980 en el emblemático teatro Caupolicán de Santiago. Aquella noche, el ambiente fue eléctrico; miles de personas se agolparon en el teatro, entre lágrimas, esperanza y temor, conscientes del riesgo que corrían al desafiar abiertamente a la dictadura.
En ese escenario, Frei Montalva tomó la palabra y con una serenidad que desmentía el peligro que lo rodeaba, pronunció un discurso histórico. Exigió, sin titubeos, el inicio de una transición democrática, reclamó el respeto a la dignidad del pueblo chileno y denunció la ilegitimidad del plebiscito. Sus palabras, que fueron un llamado a la unidad y una invitación a no resignarse ante el miedo, encendieron una chispa de rebelión en el corazón de la sociedad. A partir de esa noche, Frei dejó de ser solo un ex presidente respetado, y se convirtió en un “enemigo interno” de la dictadura, el adversario que debía ser silenciado a toda costa para evitar que la llama de la oposición a Pinochet se convirtiera en un incendio.
La amenaza que pesaba sobre Frei no era aislada. Apenas unas semanas antes, en julio de 1980, la Coordinadora Nacional Sindical —liderada por un corajudo Tucapel Jiménez— y las principales fuerzas políticas opositoras, muchas de ellas gravitando en torno a Frei, habían sellado un pacto histórico. Su objetivo era organizar un gran paro nacional para marzo de 1983, un acto de protesta masiva que buscaba paralizar el país y forzar la apertura política.
Ambos hitos —el discurso del Caupolicán y la gestación del paro nacional— sellaron el destino de Frei y sus aliados. El régimen los identificó como el principal obstáculo para mantenerse en el poder. Así, la represión se intensificó, y la vigilancia sobre Frei y sus cercanos se volvió asfixiante. Las amenazas y el miedo se instalaron en la vida cotidiana de los opositores, y la historia de Chile entró en una de sus etapas más sombrías y decisivas. Sin embargo, la determinación de Frei Montalva y de quienes lo acompañaban demostró que incluso frente a la brutalidad, la esperanza y el coraje podían abrir caminos inesperados hacia la libertad y la democracia.
La importancia del llamado “caupolicanazo” —como se denominó la histórica concentración en el teatro Caupolicán— fue relatada por Mary Figueroa, ex Directora de la Policía de Investigaciones de Chile, durante su testimonio ante el juez Madrid. Aquella no fue una simple jornada política: significó un punto de inflexión en la historia reciente de Chile, el instante en que los riesgos personales y el peso de la dictadura cayeron con toda su fuerza sobre los hombros de Eduardo Frei Montalva. Su intervención lo convirtió en el blanco de la represión y la obsesión de los servicios de inteligencia militar, que analizaron cada frase de su discurso con minuciosidad, temiendo su potencial de encender la rebelión y la esperanza en una sociedad sometida exitosamente por el miedo.
Esa noche, el teatro Caupolicán se llenó con miles de personas que desafiaron la vigilancia y el peligro, para escuchar a un líder que hasta entonces había mantenido una prudente distancia pública. El ambiente se cargó de emoción y tensión. Su discurso recibió cincuenta y nueve ovaciones. Los gritos y aplausos no solo le expresaron apoyo, sino que rompieron el silencio impuesto por la dictadura para arrancar desde lo más profundo de la multitud un clamor por la dignidad y el cambio. Cada vítore fue una afirmación de fe en la posibilidad de un futuro democrático. Frei enfrentó directamente al régimen de Augusto Pinochet, rechazando el plebiscito constitucional que el gobierno militar intentaba legitimar sin registros electorales ni garantías de transparencia. Con voz firme, aunque marcada por la emoción, llamó abiertamente a votar por el “No”, lanzando un llamado a la ciudadanía a rechazar la prolongación de la dictadura a través de una nueva Constitución. Además, propuso una salida institucional donde abogó por la formación de un acuerdo nacional y la convocatoria a una asamblea constituyente, ideas que en ese ambiente autoritario resultaban sumamente arriesgadas. Pero uno de los momentos más significativos de la noche fue cuando Frei exigió el fin de la intervención militar en las universidades, defendiendo su autonomía, y reivindicando el papel moral de la Iglesia Católica en la defensa de los derechos humanos. Esas palabras suscitaron una reacción inmediata, donde el público respondió con una ola de aplausos y abrazos, creando un ambiente de hermandad y esperanza entre personas que hasta entonces, podían haber sido desconocidas, pero que se unieron bajo la causa común de la libertad y la democracia. Según Mary Figueroa, el caupolicanazo representó mucho más que una simple manifestación política, fue un evento que provocó cambios profundos en la ciudadanía y a partir de ese momento su figura quedó identificada como el objetivo principal de la dictadura militar.
En declaraciones frente al juez Madrid, Andrés Zaldívar narró con la voz impregnada de inquietud la trascendencia del caupolicanazo y el abismo de peligros que rodeaban la figura de Frei Montalva en esos años. En un relato tenso, dejó entrever el peso de la amenaza constante, y el presentimiento de que el destino de Frei pendía de un hilo invisible y frágil. En su testimonio ante el juez, Zaldívar evocó cómo, tras el plebiscito de 1980, en octubre de ese mismo año y a instancias personales de Frei Montalva, emprendió una gira política cargada de incertidumbre por el extranjero luego de recibir una invitación de la Democracia Cristiana italiana. Cada paso fuera de Chile era una apuesta, una travesía por territorios donde el exilio se sentía como una sombra acechante. El temor a que le impidieran el regreso a su propia tierra era una amenaza siempre presente después de cada encuentro que sostenía, después de cada discurso que pronunciaba.
A fines de septiembre de 1980, apenas consumado el plebiscito, la tensión alcanzó su cenit cuando el general Pinochet, con voz glacial, lanzó una amenaza pública en el salón Azul del Club de la Unión. En ese momento, ante una audiencia expectante, Pinochet no dudó en señalar, casi como una sentencia, a Zaldívar, a Eduardo Frei y a Tucapel Jiménez. Los tildó de antipatriotas, los acusó de traicionar los lazos más profundos de la patria y los etiquetó como grandes enemigos del país. Sus palabras, cargadas de rencor y advertencia, retumbaron fuertemente y dejaron en el aire la sensación de que algo irreversible se avecinaba. Proclamó que ya conocía sus intenciones, que estaba al tanto de sus movimientos y de aquella riesgosa y torpe iniciativa de unir fuerzas políticas y sindicales contra él. Mencionó que estaba al tanto del plan para convocar a un paro nacional. Bajo aquellas luces y ante esa multitud, la amenaza de la represión se tornó tangible, una advertencia que anticipaba la dura persecución que estaba por venir.
Zaldívar le indicó al juez que después de sus presentaciones en Italia, aún agitado por la incertidumbre y respondiendo a una invitación que en el fondo la sentía como un salvavidas en medio del naufragio, se trasladó a Israel el 16 de octubre de 1980. Fue allí, lejos de su patria, donde recibió angustiado la noticia que no le cayó como una gran sorpresa: le prohibían su regreso a Chile. Genaro Arriagada, con la voz temblorosa al otro lado de la línea, le comunicó que acababan de dictar un decreto de exilio firmado por el general Augusto Pinochet y del ministro del interior Sergio Fernández. Cada palabra fue como un golpe seco, una puerta que se le cerraba con estruendo. En ese instante comprendió que la causa central de su destierro, fue haber osado denunciar el plebiscito como ilegítimo, y haberlo rechazado en representación de un partido proscrito, la democracia cristiana, del cual él era su presidente. La injusticia se profundizó aún más, al enterarse que en un artículo publicado en la revista mexicana “1 + 1”, se le acusaba de querer forjar una alianza con militares para derrocar a Pinochet. Así, entre la rabia y la impotencia, Zaldívar sintió cómo la historia lo arrastraba a un exilio lleno de lucha, incertidumbre y esperanza, aferrándose al recuerdo de una patria que aunque le negara su regreso, jamás podrían arrancársela del todo.
Tucapel Jiménez, en aquel entonces, relató Zaldívar, vivía sumido en el temor, acorralado por las amenazas lanzadas sin pudor por Pinochet. Ese terror no era un simple presentimiento, sino la certeza angustiante de que el peligro lo acechaba. Su temor fue justificado, porque apenas habían pasado un mes y tres días desde la muerte de Frei Montalva, cuando el destino le tendió la emboscada final sacándolo de este mundo de la manera más vil y cobarde. Tres días antes de caer, se había atrevido a convocar a una protesta pacífica, un gesto que fue tanto una súplica como un grito de vida, como si supiera que estaba comprando unas horas extras. Pareciera que esa protesta le regaló tres días adicionales de existencia, porque lo tenían marcado para morir antes. Esa verdad, la confesó su propio asesino, Carlos Alberto Herrera Jiménez, en un testimonio que nos obliga a mirar de frente al abismo de la violencia:
CARLOS ALBERTO HERRERA JIMENEZ, oficial del Cuerpo de Inteligencia del Ejército (CIE), declaró frente al juez Madrid, que su comandante era el entonces teniente coronel Víctor Raúl Pinto Pérez. Contó que había sido destinado a una unidad especial de contraespionaje que se creó junto con su llegada, cuyo cuartel fue denominado Coihueco. Funcionaba en la comuna de la reina. Señaló que “nunca tuvo una misión clara y definida, y que la denominación ‘especial’ es porque se debe estar a la espera de hacer algo, pero no se sabe bien en qué consiste; sin embargo, el mando superior lo sabe. Afirmó frente al juez, que estuvo durante un tiempo no muy extenso en esas condiciones, sin hacer nada, hasta que se le impuso una misión especial: dar muerte a Tucapel Jiménez. Sin embargo el comandante Pinto o Ferrer (no recuerda cuál de los dos) le ordenó abortar la misión. No recordó la fecha en que le comunicaron que esperara, pero si recordó que la muerte de Tucapel Jiménez la habían programada para el día 23 de febrero de 1982. El día 25 de febrero le dieron la orden para que actuara cuando se dieran las condiciones, las que se dieron de inmediato.
Tucapel Jiménez era un hombre de hábitos marcados y horarios estrictos; su día a día se desarrollaba siempre de la misma manera, como si esa rutina pudiera protegerlo de cualquier amenaza. Sin embargo, esa previsibilidad terminó siendo su mayor vulnerabilidad. Los agentes encargados de vigilarlo conocían sus movimientos a la perfección, identificando incluso los más mínimos cambios en su comportamiento. Los seguimientos se volvieron constantes: era como si una sombra lo acompañara en cada paso que daba, esperando el momento oportuno para atacar. Sus costumbres diarias, especialmente el trayecto que recorría cuando salía a trabajar en su taxi, se transformó en el mapa perfecto para quienes planeaban su asesinato. Lo que antes era un refugio de tranquilidad, su taxi, se convirtió en una trampa mortal. Resultó sencillo cumplir la orden ese mismo día. Alberto Herrera usó cinco balazos, seguido de un degollamiento.
Frei no estuvo exento de seguimientos similares. Según la declaración judicial de Mónica González frente al juez, el relato adquiere tintes estremecedores: Luis Becerra, chofer y hombre de confianza de Frei Montalva, traicionaba a diario esa amistad informando puntualmente a la CNI sobre cada paso, cada gesto, cada decisión del ex presidente. Así, cuando Frei se presentó en la clínica para operarse. No llegó solo, porque junto a él, como una sombra, arribó también un contingente del ejército que con anterioridad conocía la fecha de su operación, desplegándose como una fuerza omnipresente en los puntos más sensibles de la clínica, desde el anonimato de un camillero, hasta la imponente autoridad de la gerencia. Cincuenta y seis personas en total: un ejército en miniatura, cada uno con un rol preestablecido, cada uno movido por un propósito que nada tenía que ver con la medicina ni con el cuidado del paciente. La clínica latía bajo el ritmo de la represión y la vigilancia. Los únicos que no sabían nada fueron Frei, el doctor Goic y Larraín; para todos los efectos prácticos la Clínica Santa María, y sobre todo por la noche, pasó a ser una clínica de la CNI. Era como si en aquella clínica, cada bata blanca escondiera una intención oscura y cada rostro conocido camuflara una historia de lealtades quebradas.
Muchos de los infiltrados en la Clínica mantenían conexiones laborales y personales con los doctores de la dictadura como Patricio Silva Garín, Weistein y Valdivia, quienes, además de trabajar con regularidad en el Hospital Militar, arrastraban consigo una historia de terror. González le confesó al juez que siempre le resultó perturbador y desconcertante que el doctor Silva Garín —pese a haber realizado un curso en la temida Escuela de las Américas en Panamá, ese centro enigmático donde el ejército de Estados Unidos entrenó a militares latinoamericanos en tácticas brutales de contrainsurgencia y doctrinas anticomunistas— haya llegado a ocupar el cargo de subsecretario de Salud durante el gobierno de Frei.
Quizás el ex presidente se aferró a una falsa sensación de seguridad, convencido de que una muerte violenta y sanguinaria era improbable en su destino, incluso en medio de la represión que azotaba a Chile bajo la dictadura cívico-militar. Sin embargo, los asesinatos de destacados opositores en el extranjero —como el general Carlos Prats y su esposa, asesinados en Buenos Aires por agentes de la DINA en 1974; el ex embajador Orlando Letelier, víctima de un atentado con una bomba en Washington D.C. en 1976; y el ataque sufrido por Bernardo Leighton y su esposa, donde después de tratamientos médicos urgentes sobrevivieron con secuelas graves (ocurrido en Roma, 1975)— demostraban que el alcance de la dictadura no reconocía fronteras y que la violencia política era una amenaza real para quienes se oponían al régimen. Lo desgarrador fue que Frei nunca pudo anticipar la magnitud de la traición que lo rodeaba; donde amigos, colegas y confidentes, colaboraron de manera voluntaria o involuntaria (al guardar silencio) con los aparatos represivos. No supo, ni pudo imaginar, el sofisticado y oscuro mecanismo de espionaje y persecución que la dictadura fue capaz de desplegar para acallar y destruir al enemigo interno.
La confianza de Frei en su entorno, su valentía y su aparente falta de miedo, se volvieron su talón de Aquiles; las lealtades que creía firmes resultaron ser una ilusión rota. En ese universo de sombras, la violencia nunca fue solo física, también se manifestó en la deslealtad y la mentira que brotó en su entorno, donde la conspiración germinó en los lugares más íntimos y en los rostros más conocidos. Mientras el país entero temblaba y la esperanza se apagaba bajo el yugo del miedo y la represión, Frei, símbolo de la resistencia democrática, se convirtió en una víctima más de la maquinaria del poder autoritario.
Resulta difícil de entender la aparente desconexión del doctor Goic con la realidad que se vivía en el país, especialmente después de la primera emergencia médica, cuando optó por mantenerse en la periferia y evitar las preguntas difíciles, esas que arden en la conciencia y anticipan la catástrofe. Su actitud transparentó cierta distancia, como si transitara por un mundo paralelo, desconectado del espionaje, la vigilancia y el clima de sospecha que se vivía en cada rincón de los hospitales, clínicas e instituciones infiltradas por la dictadura cívico-militar. Tampoco lo ayudó su especialidad en medicina interna; no era cirujano, lo que facilitó que Patricio Silva cimentara sus opiniones de manera lapidaria.
En ese ambiente, la figura de Alejandro Goic se dibuja como marcada por una profunda paradoja: pese a su prestigio indiscutido y su reconocimiento en el campo médico, mostró ingenuidad —quizás voluntaria, tal vez involuntaria— ante el vendaval político que sacudía el país y las instituciones de salud. No comprendió, o acaso prefirió no ver ni comprender, que los espacios de sanación, históricamente neutrales, se habían convertido en trincheras de vigilancia y control estatal. Las instituciones civiles —en esa dictadura cívico-militar— habían sido penetradas por los tentáculos del aparato represivo militar, donde la presencia de la CNI y organismos de inteligencia se habían infiltrado entre los médicos, sus ayudantes y enfermeras sin despertar grandes sospechas. Tal era la magnitud de la intervención, que cuando Frei llegó a la clínica para operarse, fue como si hubiera ingresado a una clínica controlada por la CNI, al estilo de la tristemente célebre Clínica London.
Mientras Goic se esforzaba por mantener la pureza del quehacer clínico y su independencia profesional, ajeno a la tempestad política y a los riesgos latentes, los pasillos y quirófanos se convertían en verdaderos campos minados. La medicina y el miedo se entrelazaban, obligando a todos —incluso a los más prestigiosos— a actuar con cautela, a vivir cada instante como si fuera el último, bajo la vigilancia constante de un poder que no perdonaba la ingenuidad ni el descuido.
Durante la dictadura de Augusto Pinochet (1973-1990), el ámbito hospitalario no estuvo exento del control represivo. Las clínicas y hospitales fueron seriamente intervenidos, facilitando que el personal sanitario pudiera ser fácilmente presionado o cooptado. El caso de Eduardo Frei Montalva, víctima emblemática del clima de persecución y vigilancia, refleja hasta que punto el aparato estatal logró extender sus tentáculos sobre quienes, como el doctor Goic, pretendían refugiarse en la neutralidad de la medicina. Así, la aparente indiferencia de Goic ante las señales de alerta que se iluminaban en su entorno, no solo puede interpretarse como desconexión personal, sino también como resultado de una época marcada por el temor, la incertidumbre y la necesidad de sobrevivir en medio de la represión.
En las declaraciones de Andrés Zaldívar al juez Madrid, queda claro que para muchos, Frei vivía bajo una amenaza constante, donde una espada invisible pendía sobre su vida; eso no era novedad, sino su pesadilla cotidiana. Zaldívar le relató al juez que, durante su exilio forzado, fueron innumerables las ocasiones en que se encontró con Eduardo Frei en Europa, donde ambos se aferraron a breves momentos de fraternidad en tierra ajena, lejos de la represión que azotaba Chile. En particular, recuerda, con una mezcla de nostalgia y desasosiego, un encuentro en Roma en noviembre de 1980, donde don Eduardo —como lo recordaba Zaldívar con cariño y respeto— pasó a verlo. En el hotel Edén, donde Frei se hospedaba cuando visitaba Roma, su intuición se volvió certeza cuando divisó a dos personas cuyo porte y actitud no le dejaron dudas, eran de la CNI, como se lo mencionó a Zaldívar.
La percepción de Frei respondía a una realidad concreta y documentada: la persecución a políticos, ex funcionarios y líderes opositores fue sistemática y comprobada. Frei sabía, y podía afirmar con convicción, que lo vigilaban incluso antes de abandonar Chile; la paranoia era real, y en su propia oficina tenía que poner música a gran volumen para ahogar el zumbido de los micrófonos ocultos y proteger sus palabras del acecho de la represión. Esa estrategia de sobreponer ruidos a las conversaciones era habitual entre los perseguidos políticos, ya que las escuchas clandestinas eran una herramienta recurrente del aparato represivo para obtener información y sostener el control. Las escuchas eran trampas que convertían cada conversación en un riesgo, cada confidencia en un posible motivo de condena. Tanto Frei como Zaldívar vivían con el peso de esa vigilancia; una sombra persistente que les recordaba, a cada instante, que la libertad era frágil.
Carmen Frei declaró ante el juez que la casa de su padre había dejado de ser un hogar para convertirse en una auténtica prisión, invadida por dispositivos de escucha que anulaban cualquier intento de privacidad. Relató, con la voz cargada de impotencia y rabia, una escena particularmente reveladora: un día, unos obreros trabajaban en una estantería, martillando los clavos en medio de la rutina doméstica, cuando de forma inmediata y sospechosa, sonó el teléfono. Al otro lado de la línea estaba el propio General Manuel Contreras, director de la CNI, preguntando si había ocurrido algún incidente en la casa. Ese hecho muestra hasta qué punto el aparato represivo estaba pendiente de cada movimiento y ruido dentro de su domicilio; incluso el sonido de un martillo era suficiente para activar las alarmas. En ese momento, su padre intentó mantener la calma y le respondió que lo único fuera de lo común era el ruido provocado por los martillos, tratando así de transmitir cierta normalidad para proteger la poca intimidad que le quedaba.
Zaldívar declaró ante el juez, que siempre tuvo el presentimiento de que algo malo podía sucederle al ex presidente, y que incluso él mismo no estaba a salvo de correr la misma suerte. Su relación con Frei no fue únicamente política: los unía una amistad profunda y sincera, por lo que las preocupaciones de Zaldívar iban más allá de lo institucional. Cuando Frei viajó a Madrid antes de su operación, mantiene muy presente una conversación que para él fue una advertencia premonitoria. En el encuentro, Frei —con una actitud de resignación y serenidad— le explicó que la razón de la intervención era aliviar el intenso malestar que le producía una hernia al hiato, molestia que se había vuelto insoportable, incluso le había incomodado durante una importante reunión internacional de alto nivel, la Comisión Norte-Sur, presidida por Willy Brandt.
Zaldívar, dominado por el afecto y una creciente sensación de urgencia, le advirtió: “¡Es una locura operarse en Chile ahora!”. Le sugirió que considerara operarse en el extranjero, lejos del alcance de la dictadura y de la posible manipulación del entorno hospitalario. Sin embargo, Frei, fiel a su carácter austero y sereno, trató de tranquilizarlo y le aseguró que la operación estaría a cargo de uno de los mejores cirujanos, el doctor Augusto Larraín, ¿no era primo suyo? Para Frei, ese detalle era garantía de seguridad y profesionalismo. A pesar de eso, Zaldívar Larraín no se quedó tranquilo. Sostuvo que el verdadero peligro no residía en la capacidad del cirujano, sino en la situación de extrema vulnerabilidad en la que quedaría Frei tras la operación. Recordó que Frei era en ese momento, el principal dirigente opositor a la dictadura, un hombre respetado en Chile y en el extranjero, y por eso mismo blanco potencial de quienes veían en él una amenaza. No obstante, Frei no quiso escuchar esos temores. Restó importancia al asunto, se negó a viajar para evitar gastos inútiles y confió en la decencia de quienes lo rodeaban: “No quiero provocar un gasto innecesario”, respondió, minimizando el riesgo. Zaldívar, al no lograr convencerlo, se quedó con la amarga sensación de haber advertido el peligro sin poder evitar que su amigo avanzara hacia el abismo. Días después de la operación, Frei lo llamó feliz para contarle que el postoperatorio se desarrollaba bien, lo que le devolvió a Zaldívar un atisbo de esperanza. Sin embargo, esa tranquilidad fue efímera: apenas dos días después, recibió la noticia que tanto temía. Frei había tenido que regresar en forma urgente a la clínica. La sombra del peligro volvía a cernirse sobre ellos, confirmando los peores presagios de Zaldívar.
……Continuará