1 La clínica del miedo: Eduardo Frei Montalva y la medicina bajo la sombra de la dictadura 2
2 Cuando la justicia nombró el crimen 12
3 La construcción del enemigo interno 17
4 Primera cirugía: la trampa de una recuperación que no fue 30
5 Segunda cirugía: el recambio médico que selló su destino 35
6 La medicina ante su propio juicio 51
6.1 Sin obstrucción, sin justificación 51
6.2 La ausencia que delata 56
7 El silencio de los médicos leales 59
8 La medicina bajo el mando militar 64
9 La habitación sin salida 69
10 El método Silva 72
11 El ensayo del veneno 77
12 Las noches en que se quedó indefenso 80
13 El derrumbe de las defensas 85
14 La voz química del cuerpo 88
15 Viene de Valdivia: las llamadas anónimas que nombraban al verdugo 117
16 Despedida intervenida 122
17 Autopsia del encubrimiento 128
18 Cuando la Corte desoyó al cuerpo 146
18.1 Validación internacional ausente 147
18.2 Metodología cuestionada 149
18.3 Silencio técnico 150
18.4 Estado de la ciencia en 1982 151
19 Las lealtades quebradas 159
20 El laboratorio del crimen: Eugenio Berríos 163
- La clínica del miedo: Eduardo Frei Montalva y la medicina bajo la sombra de la dictadura
Una tarde común, mientras navegaba por Internet, leí un artículo en la revista Economía y Sociedad (abril–junio de 2019). Un periodista presentaba solemnemente su versión de los hechos sobre la muerte de don Eduardo Frei Montalva, expresidente de Chile, fallecido en 1982 en la Clínica Santa María. En el texto se mencionaba a mi padre, Juan Fierro, quien le habría negado al expresidente el uso de la clínica Indisa, donde él trabajaba. De inmediato dejé de leer y traté de levantarme del asiento para encender la tele. ¿Qué hacía mi padre ahí? ¿Conozco esa historia? ¿Qué personaje fue mi padre? ¿Fue responsable de su muerte? No quise saber más; necesitaba salir a la calle y correr. Me transpiraban las manos y tenía sed.
Me calma cuando escribo; me ordena, pero cuando escribía sobre Frei terminaba rompiendo los papeles o dejaba la historia atrapada en borradores dispersos, en apuntes sueltos que se perdían sin llegar a convertirse en un relato. El peso de lo no dicho me envolvía en el fracaso y corría a buscar la compañía de mis perros; sentía sed. Pero ahora es distinto: escribo y no dejo de escribir. No corro a romper mis papeles ni me da sed. Lo que ahora destruyo es lo que no suena bien o lo que parece literario, falso, mentiroso. Pero ¿cómo hablar de Frei sin traicionar a los amigos, a mi familia, a mi padre?
El testimonio del periodista se mezcla con mis recuerdos y conecta la historia pública con mi experiencia personal. La muerte de Frei ha sido motivo de debate durante décadas, lo que ha generado discusiones sobre sus circunstancias y sus consecuencias políticas. Al leerlo, percibo que mi pasado cobra una nueva dimensión que me lleva a reevaluar mis vivencias personales y a enfrentar emociones que creía superadas.
Según el artículo, el expresidente Frei, preocupado pero optimista, quería someterse a una operación de hernia en la Clínica Indisa, donde mi padre se desempeñaba como presidente del Directorio:
Don Eduardo tenía 70 años y sufría de una enfermedad conocida como hernia al hiato, que le impedía hacer una vida normal. Muy molesto por esa dolencia, supo que había un famoso médico cirujano, llamado Augusto Larraín Orrego, quien operaba a los pacientes de esa dolencia, logrando erradicar el mal. Desesperado por esta molestia, don Eduardo decidió operarse con ese doctor, poniendo como condición, que la intervención quirúrgica debería efectuarse en la Clínica Indisa.
Presumo que la decisión de elegir esta clínica para la operación fue que, en esa época, en ella tenía gran influencia el Cardenal Raúl Silva Henríquez. La clínica era dirigida por los doctores: Juan Fierro Morales (presidente del Directorio y médico personal de don Patricio Aylwin), Alberto Lucchini Albertalli (Vicepresidente del Directorio y médico personal del Cardenal Silva) y Hugo Salvestrini Ricci (Director Médico); todos profesores universitarios de excelencia, de sobra conocidos de don Eduardo. Estos dos últimos habían sido recientemente exonerados de la Facultad de Medicina de la Universidad Católica, por no ser incondicionales al régimen del general Pinochet.
Esa mención me dejó una pregunta que no he podido abandonar. Si Lucchini y Salvestrini habían sido exonerados de la Universidad Católica por no ser incondicionales al régimen, ¿por qué a mi padre no le ocurrió nada? ¿Por qué él, que ocupaba un cargo visible en Indisa, que era médico cercano a Patricio Aylwin y que se movía entre demócrata cristianos, figuras de la Iglesia y opositores vigilados, no fue apartado, castigado o marcado de la misma manera? Tal vez su posición era más ambigua, más útil, menos fácil de clasificar. Tal vez no lo veían como un adversario frontal, sino como alguien capaz de entrar y salir de mundos distintos, alguien que podía escuchar, traducir, abrir puertas o transmitir señales. O quizás simplemente supo mantenerse en esa zona gris donde la prudencia se confundía con la protección y la protección con la sospecha.
La razón por la que se tomó esa decisión, que se le comunicó al cirujano, fue que dicha operación era de alto riesgo, por lo que la clínica -velando por su prestigio- no quería exponerse a la posibilidad de que en ella se muriera un ex presidente de la República. La explicación técnica que me dio personalmente el Dr. Salvestrini acerca del riesgo de la operación, es que ese tipo de cirugía requería mucha manipulación en una gran zona del abdomen, por lo tanto, la posibilidad de infección es muy alta. Entiendo que, desde hace muchos años, esa operación ya no se realiza.
Recibida la notificación de rechazo, el Dr. Larraín procedió a reservar el pabellón quirúrgico en la Clínica Santa María, donde se realizó la operación el día 18 de noviembre de 1981.
Estoy conversando por correo electrónico con el doctor Alfonso Velasco; necesito entender mejor el caso médico. Me cuenta que afirmar que ese tipo de cirugía ya no se realiza no es del todo exacto. En el ámbito médico, la hernia hiatal siempre se ha considerado una afección benigna, de tratamiento sencillo y con escasas complicaciones graves. Nunca fue una operación de alto riesgo, ni en el pasado ni en la actualidad. La técnica empleada era reconocida y el doctor Larraín contaba con una vasta experiencia. Sin embargo, la medicina ha evolucionado y hoy se privilegian los tratamientos farmacológicos tras la llegada de fármacos como el omeprazol, y solo en situaciones excepcionales se opta por la cirugía, que se realiza mediante técnicas mínimamente invasivas, como la laparoscopia. Tanto en hospitales públicos como en clínicas privadas, la norma es el control periódico, el ajuste dietético y, de ser necesario, una intervención quirúrgica que no implica riesgo vital. En el Hospital Clínico de la Universidad de Chile, en la Clínica Alemana y hospitales públicos, cientos de pacientes han sido operados con éxito y se han recuperado en pocos días. Es fundamental que la información médica sea precisa y actualizada para evitar confusiones y contribuir a un debate público informado.
Lo que sé sobre el caso Frei Montalva no se basa en un recuerdo concreto ni en una confidencia, sino en la observación cuidadosa de los gestos cautelosos y de las miradas dirigidas al suelo que vi durante esos años. Mi interpretación nace muchas veces del silencio, de esa falta de palabras que, al mirar atrás, se revela como una advertencia: el peligro era real y mi padre lo sabía. Con años de vigilancia a sus espaldas, conocía de cerca los métodos que la dictadura empleaba para silenciar a sus opositores. Sabía que las muertes misteriosas no eran solo rumores; ocurrían. La tensión en el ambiente era intensa. Quiero creer que la decisión de negar la operación a Frei, aunque nunca se explicó públicamente, fue una estrategia para protegerlo y garantizar su seguridad.
Fue así como, tras la negativa de la Clínica Indisa, Frei optó por operarse en la Clínica Santa María. La primera cirugía, realizada el 18 de noviembre de 1981, pareció transcurrir sin sobresaltos: fue dado de alta, volvió a su casa y, durante algunos días, dio señales de recuperación. Pero esa normalidad duró poco. Después de esa aparente mejoría comenzó un deterioro fulminante de su salud: dolores abdominales, vómitos, fiebre, infecciones y un debilitamiento progresivo que lo obligaron a regresar a la clínica y que, semanas más tarde, terminarían con su muerte. La reacción de mi padre ante ese derrumbe fue de incredulidad; su rostro mostraba una mezcla de desconcierto, miedo y nerviosismo que no podía disimular. Recuerdo cómo, al recibir la noticia de las complicaciones postoperatorias que le transmitía el doctor Goic, amigo cercano y médico personal de Frei, mi padre no podía aceptar que una operación de rutina terminara en una complicación tan inexplicable. Era como si la lógica médica se hubiera roto de repente y el sentido común hubiera desaparecido, dejándolo con una sensación de extrañeza y vulnerabilidad sin precedentes.
En nuestra casa la atmósfera estaba cargada de preocupación. Entre mi padre y el doctor Goic, responsable del equipo médico que atendía a Frei, existía una confianza forjada a lo largo de los años, una complicidad construida mediante miradas, gestos y breves comentarios que decían más que las palabras. Cuando discutían temas delicados, relacionados con la ética médica y la salud de Frei Montalva, la voz calmada y pausada del doctor Goic, acompañada de largos silencios, transmitía una gravedad que aún recuerdo con claridad. Aunque nunca expresaba sus temores directamente, tras la muerte de Frei, su forma de caminar cambió: sus pasos se volvieron más lentos y sus hombros parecían encorvados por un peso que no se le veía. Cargaba con una culpa propia y ajena que le era imposible ocultar.
En esos años, aún bajo la dictadura, no se podía sugerir que su muerte había sido un asesinato. El temor, que se traducía en sus gestos -en no tocar ni siquiera un vaso de agua- impregnaba las conversaciones entre mi padre y el doctor Goic. Las palabras, encarceladas, parecían buscar una salida en una habitación que se hacía cada vez más pequeña. Afuera, aunque parecían tranquilas, las calles ocultaban su propia tensión. En la esquina de Las Violetas con Avenida Suecia 1521, en nuestra casa, un automóvil oscuro permanecía estacionado noche tras noche, con las luces apagadas y los vidrios empañados. Dentro, una pareja fingía indiferencia mientras cumplía la orden de registrar los movimientos de quienes entraban y salían. Desde la ventana del living, con la luz apagada, se percibía la presión de esas miradas que no se apartaban de la casa.
Imagino la tensión que oprimía a mi padre y a los médicos del directorio. Expertos en salvar vidas se vieron obligados a navegar entre el deber y el temor, entre la ética profesional y el instinto de supervivencia. La atmósfera del hospital, marcada por pasos sigilosos, camillas y sensores, se había transformado en un escenario de sospecha. Detrás de cada puerta, tras cada conversación breve, vibraba la conciencia de que las paredes escuchaban. En esas circunstancias, cualquier intento de advertir de los peligros que corría Frei debía disfrazarse mediante gestos o exageraciones calculadas del riesgo quirúrgico, a fin de evitar que se operara. El dilema era complejo: ¿cómo proteger a Frei sin traicionarse a sí mismo ni poner en riesgo su propia seguridad al advertirle que podía ser asesinado? Mencionar la sospecha de un envenenamiento o el temor a que alguien pudiera introducirle una toxina era impensable y estaba prohibido expresarlo en voz alta. Hacerlo significaba desafiar al régimen y exponerse a represalias inmediatas por parte de los organismos de seguridad. Así, en ese mundo de vigilancia, mi padre y los médicos de la Clínica Indisa se vieron obligados a exagerar los riesgos inherentes a la cirugía. Presentaron el procedimiento como una intervención de alto riesgo, no porque lo fuera desde el punto de vista médico, sino para evitar que el paciente se sometiera a la cirugía. Esa decisión se tomó como medida de protección, ocultando la verdadera amenaza que rondaba en su mente.
Juan identificó el peligro gracias a la experiencia de quien ha visto demasiado, alguien que conoce las grietas y recovecos donde se esconde la maldad. Quizás su habilidad, pulida en noches sin dormir, en quirófanos y en charlas sobre política y poder, le permitió entender lo que muchos evitaban o no querían ver: el riesgo de que Frei fuera una víctima más, un objetivo de maniobras clandestinas, y que cualquier complicación quirúrgica, inducida o no, fuera la excusa perfecta para silenciarlo y eliminar una voz incómoda.
Mi padre encontraba en cada fisura del sistema una oportunidad -por diminuta que fuera- para actuar, aunque siempre desde las sombras y con discreción. Recuerdo cómo, con una mezcla de audacia y prudencia, tejía alianzas impensadas incluso con personajes del régimen, como el general Fernando Matthei, conocido por su carácter frío y distante. Ocupó el cargo de ministro de Salud entre 1976 y 1978 y luego fue miembro de la Junta Militar de Gobierno, donde participó en la toma de decisiones clave durante la dictadura. En esas maniobras discretas, mi padre parecía buscar puntos de encuentro: espacios donde aún era posible la interacción social de otros tiempos. Entre susurros y miradas cómplices, luchaba por sobrevivir y cambiar el rumbo de una historia que muchos creían ya escrita y definitiva. Vuelvo entonces a la pregunta inicial: ¿por qué a él no le pasó nada? Tal vez porque, para unos y para otros, Juan era más útil de pie que expulsado. A veces me pregunto si trabajaba para alguien o si simplemente había aprendido a moverse en un país donde todos necesitaban algún puente. Tenía acceso a mundos muy distintos: médicos, políticos demócrata cristianos, figuras de la Iglesia, personas del régimen, militares con poder. Tal vez esa red lo convirtió, sin que él lo dijera nunca, en algo parecido a un agente de acceso: no un espía en el sentido vulgar, sino alguien capaz de abrir conversaciones, acercar a las personas, medir riesgos, llevar y traer señales. No sé si lo hacía por convicción, por prudencia, por supervivencia o por una mezcla de todo eso. Pero esa posibilidad me ilumina sus silencios de otro modo.
Las figuras prominentes suelen pagar un alto precio por su exposición pública: pierden amigos y el aislamiento y la soledad se vuelven sus únicos acompañantes; las amistades verdaderas se distancian o desaparecen. Así, la vulnerabilidad aumenta cuando el círculo cercano se reduce y los pocos amigos terminan traicionándolo. Imagino a Frei en una cama fría de la clínica, dándose cuenta demasiado tarde de que el verdadero peligro no era la cirugía, sino quienes usaban la medicina como arma de represión. La «mano invisible del opresor» hacía de la clínica y del quirófano una trampa, dejando huellas difíciles de detectar.
Me levanto de mi escritorio y bajo al sótano. Afuera hace frío y está oscuro; no hay nadie. Aquí guardo cartas y retratos de aquella época, de esos años en los que, por motivos que no entiendo, salí de Chile en busca de nuevos amigos. Me alejé sin entender por qué; necesitaba explorar, aprender de otras historias y conocer otros sabores. Tengo la esperanza de que, al escribir este relato, se me aclare y me dé pistas que me ayuden a entender por qué me fui. Aquí encuentro cartas guardadas en carpetas polvorientas y en álbumes que apenas recordaba; siento que este viaje puede convertirse en una travesía hacia recuerdos reprimidos o hacia aquellos que inconscientemente evitaba. No estoy solo; los gatos me acompañan, me observan con sus grandes ojos y parecen ayudarme al compartir mi curiosidad en este descenso. Los imagino cuestionándose mientras bajamos por la escalera. Es un descenso cargado de neblina. Abro una caja y la memoria se despierta ante las fotos de reuniones familiares, de un cumpleaños celebrado en la casa que teníamos frente a la quebrada, en Algarrobo. En otra, veo a mi hermano soplando las velas de una torta y el retrato de nuestra primera y única perrita regalona. También encuentro recortes de periódicos, de la revista Hoy, en la que entrevistaban a Juan por algo relacionado con un curso que dictaba en la Clínica Indisa. Encuentro notas escritas en papeles frágiles que susurran historias al tocarlos. También están las setecientas páginas del fallo judicial sobre la muerte de Frei Montalva. Quizás ahora lo lea. La redacción no fue de las mejores; pareciera que el juez se desilusionó o le faltaron recursos. El texto está sobrecargado de evidencias, pero siento que puede servirme como una buena brújula para completar este relato. Lo ubico por encima de otras prioridades, con la esperanza de hallar alguna pista que me permita entender cómo ocurrió su asesinato. Hago un esfuerzo por revivir esos años; me transporto, aunque trate de encender la tele para evitar el tema y esconderme.
¿Cómo me enteré de su muerte? Ese instante permanece grabado en mi memoria. Era la mañana del 23 de enero de 1982, un día de frío intenso en Cleveland: el viento era cortante y las aceras estaban cubiertas de hielo. Caminaba por Euclid Avenue, frente a la Universidad Case Western Reserve, apenas unos días después de haber llegado de Chile. Me sentía extranjero en calles desconocidas. Apresurado por encontrar el edificio donde tendría la clase de química orgánica, me detuve frente a una vitrina de metal que exponía el periódico del día, cuyos vidrios estaban empañados y sucios. Allí, en la primera página del New York Times, leí la noticia: Eduardo Frei Montalva había fallecido el día anterior. Sentí que el país estaba lejos, como si los acontecimientos ocurrieran en otro mundo; mi desconcierto era intenso. La muerte de Frei no solo marcaba el fin de una persona, sino que también extinguía una esperanza colectiva, dejando tras de sí una sensación de orfandad. La desaparición de Frei simbolizó, para muchos, la pérdida de un futuro mejor.
Mientras la gente continuaba con su rutina, sin ser consciente del peso de la noticia que acababa de leer, recordé una conversación que tuve con mi padre. Ocurrió durante un viaje de regreso desde el balneario de Algarrobo, con el mar a nuestra espalda y una carretera que se extendía como una cinta negra entre pequeños poblados y parcelas. Pinochet y la dictadura estaban en su apogeo; dictaban las normas. Nos acompañaba el doctor Goic, amigo de Frei Montalva. Mi padre, con una voz entre curiosa y asintiendo, me preguntó: «¿Qué piensan los jóvenes de Eduardo Frei Montalva?» Sentí que su pregunta tenía un doble fondo: Juan buscaba una respuesta honesta, quizás para que Goic la escuchara. Le respondí transmitiendo la percepción de mis amigos, quienes veían en Frei demasiado silencio, cierta distancia y una falta de compromiso real para enfrentar al régimen de Pinochet. Era una crítica que flotaba en el ambiente, no solo entre los jóvenes, sino también en círculos que anhelaban una oposición más vigorosa. Tal vez opiniones afines influyeron en el ánimo de Frei. A lo mejor también pesaba en él una sensación más íntima de fracaso. Alguna vez le había dicho a Ken Gaunther, quien trabajó en la embajada de Estados Unidos en Chile durante los años sesenta, que un presidente debía ser juzgado por quien lo sucediera en el cargo. La frase, dicha con aparente distancia histórica, tenía en su caso una crueldad particular: después de él vinieron Salvador Allende y Augusto Pinochet. Si ese era el criterio, ¿cómo podía mirarse a sí mismo? Su gobierno había querido ordenar la democracia desde el centro, conducir las reformas sin quebrar el país, contener los extremos. Pero la historia que vino después pareció desmentirlo todo: primero, la polarización, luego, el golpe y después, la dictadura. Quizás por eso, cuando semanas más tarde organizó el histórico acto en el Teatro Caupolicán -el Caupolicanazo-, no solo enfrentó a Pinochet; también intentó responder a esa derrota personal, disputar el juicio final sobre su propia vida política y demostrar que todavía podía ponerse del lado de la historia que la dictadura pretendía clausurar. En ese escenario, con una oratoria brillante, la dignidad y el riesgo se fusionaron. Muchos aseguran que allí Frei selló su destino y se convirtió en blanco de la dictadura. Había demostrado que no tenía miedo.
En el subterráneo, mi gato huele un archivador con las tapas desgastadas. Lo abro con curiosidad y, entre las cartas, encuentro la que mi padre me envió tras la muerte de Frei. Sus cartas iban más allá de un simple relato; eran un vínculo que me mantenía conectado a mi hogar y a una realidad que, desde la distancia, se difuminaba. Lo importante era lo que no decía, lo que se reservaba; el correo estaba intervenido y cada palabra era vigilada. Para esquivar problemas, mi padre evitó referencias médicas sospechosas que pudieran dar lugar a una denuncia. La prudencia era esencial. Una leve insinuación podía ponerlo en peligro tanto a él como a nosotros. Vivíamos bajo esa amenaza; cada palabra podía ser una condena.
La vigilancia penetraba incluso en las relaciones más cercanas. No era una sospecha abstracta ni una sombra lejana del régimen: tenía rostro, parentesco y rutina. Recuerdo a mi primo, que trabajaba para los organismos de seguridad y visitaba nuestra casa para comentar llamadas telefónicas que no debía conocer. «Así que son bien amigos de los Aylwin, tía», le decía a mi madre, como si dejara caer una advertencia en medio de una conversación familiar. Afuera, en la calle Las Violetas, el auto oscuro completaba la escena: permanecía estacionado frente a la casa, noche tras noche, con sus ocupantes fingiendo indiferencia mientras registraban nuestros movimientos. Entre mi primo adentro y ese vehículo afuera, la vigilancia dejaba de ser una idea política y se convertía en una presencia física, cotidiana, imposible de ignorar. Esa presencia no se limitaba a mi madre ni a las llamadas telefónicas de la casa. También me alcanzaba a mí. En una ocasión, mi primo me recomendó, con una naturalidad que todavía recuerdo, que no me juntara con Juan Pablo Cárdenas ni con mis amigos de la revista Análisis, todos ellos opositores abiertos a Pinochet. No lo dijo como una amenaza directa, sino como quien entrega un consejo familiar, casi protector. Pero justamente por eso resultaba más inquietante: detrás de esa advertencia estaba la certeza de que sabían con quién me reunía, qué leía, dónde circulaba y qué amistades podían convertirme en alguien observado. Su recomendación tenía la forma de un cuidado, pero el fondo era otro: era la voz de la vigilancia entrando por la puerta de la familia. Imagino que mis padres lo dejaban entrar a nuestra casa más que nada para conocer los riesgos, lo que se nos venía encima o lo que nos podría suceder en el futuro. En una de sus visitas, después de sus continuos comentarios sobre las llamadas telefónicas a la casa de los Aylwin y de otros personeros demócrata cristianos, mi madre entendió que mi primo también necesitaba una explicación que pudiera llevar de vuelta a sus superiores. No una verdad, sino una coartada doméstica, trivial, desprovista de peligro político. Entonces, con esa mezcla de ironía, audacia y sentido práctico que la caracterizaba, le sugirió una salida fácil, casi absurda, pero eficaz:
-Cuéntales que yo soy la amante de Patricio Aylwin.
La idea le pareció excelente. Una historia de amantes desplazaba el problema al terreno de los dramas pasionales, más universales, previsibles y menos peligrosos que el de la política. Si eran amantes, si se llamaban por deseo y no por conspiración, entonces no había nada que investigar. Mi primo respiró tranquilo: ahora podía presentarse ante sus superiores con una explicación simple, incluso risible, y decirles que su tía Ximena era la amante de don Patricio Aylwin; por eso hablaban tan seguido, no por razones políticas. Y así fue como mi madre, con una frase lanzada para desactivar una amenaza, terminó convirtiéndose en los archivos de inteligencia de Pinochet en la supuesta amante no solo de Patricio Aylwin, sino también de varios políticos de la oposición. La coartada había funcionado bien: reducía las llamadas, las visitas y las amistades políticas a un asunto privado, sentimental, casi vulgar; y, al hacerlo, volvía menos peligrosa la cercanía de nuestra familia a ese mundo vigilado. Tal vez esa clasificación absurda contribuyó a que nada peor ocurriera en nuestra casa. Pero también dejó una marca difícil de borrar. Años después, cuando esas versiones circularon o fueron descubiertas, la amistad de mi madre con Leonor Aylwin pareció resentirse. No sé si fue por una sospecha concreta, por una incomodidad antigua o por el eco venenoso de esos archivos, pero algo de aquella mentira defensiva terminó filtrándose en la vida real:
26 de enero de 1982
Cristiancito,
Acá, como habrás sabido, el acontecimiento que ha impactado al país es el fallecimiento de Eduardo Frei Montalva. Todo pasó como en una pesadilla. Cuando tú estabas en Chile, antes de partir a los Estados Unidos, fue operado de una hernia de hiato, que después se complicó en una serie de cosas increíbles y terminó por matarlo. A la distancia, las cosas se ven más tranquilas, quizás en su verdadera dimensión, pero la repercusión que ha tenido su muerte aquí en Chile ha sido brutal. Eso de escuchar «Murió Frei» y oírlo bruscamente el viernes 22 a las 5 de la tarde fue como cuando escuchamos que murió Kennedy. Yo no me di cuenta de cuán honda era su presencia entre todos los chilenos. Eso de ver y oír a un hombre en la plenitud de sus facultades físicas e intelectuales y, de repente, que deje de existir, da una sensación de caos e incredulidad. Creo que todo el país se normalizó, se puso de pie y en alerta. Incluso aquellos que días antes no cesaban de llamarlo «político demagogo», «ambicioso de poder», «débil de carácter», etc. No sé si, sinceramente o hipócritamente, decretaron tres días de duelo nacional; pero eso no impidió que todas las estaciones de televisión continuaran transmitiendo canciones y programas triviales; los goles de Cazelli, jugando por Colo-Colo, tuvieron más difusión. La esposa de Frei, Doña María, y toda su familia se portaron extraordinariamente bien. Nada de lágrimas. Cuando el gobierno negó el permiso para que Jaime Castillo, Fuentealba, Zaldívar y un diputado estuvieran presentes en los funerales, toda la familia le pidió a Pinochet que no se hiciera presente ni asistiera a la misa. Pero Pinochet, sin una pizca de dignidad, asistió con todo el gabinete al responso. No había nadie de la familia, excepto un hijo que lo hizo por respeto al cuerpo diplomático. La juventud debió ser convencida por el cardenal Silva Henríquez para que, durante el responso, los restos no fueran sacados de la urna ni llevados al Sagrario, para que no estuviera presente mientras Pinochet estaba en la Catedral. Los funerales se realizaron el lunes 25 a las 16 horas. Cientos de miles de personas asistieron; durante tres días, una fila de personas desfiló frente al ataúd de Frei. A pesar de su condición de expresidente constitucional, la familia pidió que no se le rindieran honores militares. En fin, Cristián, querido, con los Mercurios que te mandó la mamá, podrás hacerte una idea de lo que pasó. Podrás observar que en la primera página de ese diario del día 24, un poquito más abajo del anuncio de la muerte de Frei, está el anuncio de la clasificación del corredor Salazar en una carrera de autos.
La mamá y todos tus hermanos te mandan saludos……
Juan
Mi madre también lo anunció brevemente en otra carta:
28 de enero de 1982
Aquí casi no pasa nada; la gente llenó la Catedral y sus alrededores para ver a Frei y/o sentirse en grupo, en masa (estoy leyendo a Canetti, fascinante). Tu papá, más viejo y regañón, escribe.
2. Cuando la justicia nombró el crimen
En Michigan, hay mañanas en las que la nieve cubre el alféizar y el escritorio se me llena de carpetas, informes médicos y testimonios contradictorios recabados por el juez Alejandro Madrid durante su investigación sobre la muerte de Frei Montalva. No fue hasta el 20 de enero de 2019, treinta y ocho años después de su fallecimiento, ocurrido el 22 de enero de 1982, que la duda sobre los hechos tomó forma. Ese día, tras una investigación judicial iniciada en el año 2003, un fallo de primera instancia (que luego sería apelado ante la Corte de Apelaciones) declaró que la muerte de Frei Montalva había sido un homicidio. El caso ha sido uno de los episodios más complejos y polémicos de la historia reciente de Chile. Su investigación, que se extendió durante casi dos décadas, concluyó que Frei Montalva había sido asesinado mediante la administración de sustancias tóxicas durante su hospitalización, lo que reveló la existencia de una vasta conspiración que involucró a militares y a médicos de la época. El fallo marcó un hito en la memoria histórica chilena al condenar como coautores del delito de homicidio al doctor Patricio Silva Garín, a Raúl Lillo Gutiérrez y a Luis Becerra Arancibia. Como cómplices, al doctor Pedro Samuel Valdivia Soto y como encubridores, a los doctores Helmar Egon Rosenberg Gómez y Sergio Javier González Bombardiere.
Tal vez esa demora no fue casual. Investigar demasiado pronto la muerte de Frei como un asesinato podía perturbar el delicado equilibrio de la transición democrática, cuando Chile todavía negociaba con los poderes heredados de la dictadura y evitaba abrir conflictos que amenazaran la estabilidad recién recuperada. El silencio, entonces, no habría sido solo médico o familiar; también podría haber sido político. Investigar a fondo significaba tocar uno de los nervios más sensibles del pacto democrático naciente: admitir que el régimen no solo había perseguido, encarcelado o exiliado opositores, sino que tal vez había eliminado al expresidente que encarnaba una de las principales fuerzas de la futura democracia.
Aunque han pasado más de cuarenta años desde la cirugía del 18 de noviembre de 1981, esa historia permanece en mi memoria. Cada dato, cada testimonio ante el juez, cada nuevo artículo de prensa que se publica revive en mí una sensación de asombro y desazón que he sentido desde entonces. La investigación judicial me enfrentó a emociones e interrogantes que siempre me persiguen.
Durante años, me costó poner en palabras lo que presencié; la neblina de los recuerdos parecía ocultar la verdadera dimensión de lo vivido. Sin embargo, el tiempo transcurrido me ha permitido ver el pasado con mayor claridad. Ahora percibo detalles que antes pasaban desapercibidos o me resultaban fáciles de ignorar, como las conversaciones en voz baja entre mi padre y el doctor Goic, sus miradas y la tensión que impregnaba los rincones de nuestra casa durante sus visitas nocturnas. Eduardo Frei Montalva aún no había muerto a causa de una septicemia aguda, cuyo origen permaneció en la penumbra durante décadas, envuelto en misterio y controversia. Como líder opositor a Pinochet, la muerte lo acechaba como una amenaza constante. Goic lo atendía y, al caer la noche, pasaba a ver a mi padre para conversar o lamerse las heridas; no lo tengo claro. Pero hoy veo con claridad que fui testigo de encuentros más serios de lo que había imaginado. Al juntar los fragmentos de esos recuerdos, se me asienta la certeza de que lo ocurrido no fue una cirugía desastrosa, sino una conspiración que atentó contra la vida de Frei, forzándolo a librar una batalla que perdió. Lo que antes parecía confuso ahora lo veo como un complot bien preparado, una intervención tan bien ejecutada que desconcertó a los médicos amigos, quienes nunca lograban entender de dónde provenía la agresión.
Era de noche y la oscuridad cubría el barrio. Las calles se veían vacías; nadie caminaba entre las sombras. Solo el timbre del teléfono rompía el silencio que se apoderaba de cada habitación y nos despertaba. Mi padre respondía con voz tranquila: «Sí, te espero». Nada se movía. Él seguía en cama, tendido. «No hay problema», le escuchábamos, como si tratara de convencer de que todo andaba bien, bajo control. «Ven y conversamos», se despedía antes de colgar, devolviendo la casa al silencio de antes. Pronto escuchábamos el timbre, un sonido de campanilla que rompía la quietud; un perro ladraba, un libro se caía al suelo y yo salía a recibir al doctor Goic. Por unos segundos, antes de abrir la puerta, el mundo exterior se me desvanecía, inmóvil y en sombras. Entraba a la casa con el ceño fruncido y el rostro cansado después de sus largas jornadas en la Clínica Santa María, donde luchaba por salvarle la vida a su amigo, ahora su paciente. Venía de las juntas médicas que se llevaban a cabo en la clínica. Al poco rato, mi padre bajaba del segundo piso y se sumergía en una conversación urgente en el living, bajo una luz tenue, amarillenta. Cada palabra encendía temores. Al verlos hablar, recordaba lo frágiles que somos ante las adversidades. Yo me retiraba en puntillas al segundo piso, con cautela, como si un crujido pudiera atraer una desgracia. Buscaba refugio entre las sábanas, sintiendo que la noche era la única barrera entre nosotros y la amenaza. Antes de dormirme, acurrucado en la cama, bajo las frazadas, recordaba el auto que nos vigilaba al otro lado de la calle. Sabía que en ese momento no se podía hablar ni respirar con fuerza, porque hasta un susurro podía convertirse en amenaza. El descanso era una breve pausa que nos ayudaba a prepararnos para lo que el día siguiente pudiera traernos.
La periodista Lilian Olivares menciona en su libro (La Verdad sin Hora, Ed. Catalonia 2020) que todos los días, como a las 20 horas, alrededor de doce médicos se reunían en una junta médica para discutir cómo continuar con el tratamiento. Incluían asesoría de médicos del extranjero, de la Cleveland Clinic, incluso del médico que había atendido al papa Juan Pablo II.
A lo largo de los años y con el avance de las investigaciones, la muerte de Frei Montalva se convirtió en un símbolo de la lucha por la justicia y la verdad. Lo ocurrido con Frei inspiró marchas y debates. Para muchos, fue impactante ver cómo esa tragedia se convertía en una bandera de las demandas ciudadanas, lo que amplificaba su resonancia en la conciencia nacional y nos enfrentaba a un debate público imprevisto.
En agosto de 2023, la Corte Suprema dictaminó de forma definitiva, revocando las condenas anteriores, argumentando que no había pruebas suficientes para acreditar el homicidio y estableciendo que la muerte se debió a una septicemia derivada de complicaciones posteriores a una cirugía. Esta decisión impactó en la opinión pública y reabrió el debate sobre la búsqueda de la verdad y los desafíos para lograr una justicia plena en casos emblemáticos. La historia de Frei Montalva sigue siendo un símbolo de la lucha por esclarecer un pasado que muchos desean olvidar.
Con el tiempo, mi padre se convenció de que Eduardo Frei Montalva había sido envenenado en la Clínica Santa María. Esa creencia nunca lo abandonó y le sirvió de escudo psicológico para enfrentar otros retos peligrosos. Uno de esos desafíos surgió todavía mientras vivía bajo la dictadura, cuando tuvo que operar a una de las hijas de Frei Montalva en la Clínica Indisa; finalmente, un Frei operándose en la clínica. Ella, ajena a la política y los conflictos públicos, también parecía estar bajo amenaza, como si el peligro alcanzara a toda la familia solo por llevar el apellido. Mi padre vivía en estado de alerta, con la sensación de que cualquier descuido podía acarrear consecuencias graves. Tras la cirugía, notó que los síntomas y la evolución de una infección inesperada le recordaban al caso de Frei Montalva. El pasado regresaba para repetirle el mismo patrón de fiebre inexplicable, malestares indefinidos y dolores que ponían en riesgo la vida de la paciente.
En esta segunda emergencia, y tras la experiencia adquirida con la muerte de Frei Montalva, mi padre actuó con cautela. Basándose en su instinto, logró salvar la vida de su paciente, aunque nunca supe exactamente cómo lo hizo; no hablaba de ello y nunca se lo pregunté, incluso después de haber viajado tantas veces a Chile con esa duda. Creo que debió tomar medidas excepcionales: quizás hizo poner guardias en la puerta para evitar visitas, o supervisaba personalmente cada medicamento, vigilaba cada detalle para que ningún descuido representara un riesgo. Hacía de enfermero y médico; la amenaza se le colaba por todos los rincones. ¿Con quién hablar, con quién compartir sus dudas? ¿Conversar con Goic? ¡No, nunca! Eso le traería mala suerte. ¿Qué carajo iba a ocurrir ahora?
Tal vez Juan no se permitió decirlo en voz alta porque hablar era abrir una puerta que no volvería a cerrarse. Hablar era poner en peligro a su familia, a sus colegas, a sí mismo. Mejor callar. Mejor mirar al suelo, cambiar de tema, dejar que la sospecha circulara como un animal encerrado. Pero el silencio no lo liberaba. Lo seguía de noche, se sentaba con él a la mesa y bajaba las escaleras con él. No, no podía decirlo. No entonces. No con el auto oscuro afuera, no con los teléfonos intervenidos, no con los hijos repartidos por el mundo y el miedo sentado a la mesa. ¿Fue cobardía? ¿Fue amor? ¿Fue simplemente sobrevivir?
Más tarde, mi madre me confesó que Juan, agotado, le dijo en voz baja: «Quieren intimidar a los Frei, quieren destruir a la familia para que nunca más participen en política.» Esa frase se me quedó grabada; el peligro era real.
Años después, también en plena dictadura, mi padre tuvo que atender al exsenador Jorge Lavandero, quien había sido brutalmente golpeado en la calle por investigar y denunciar públicamente las transferencias de dinero de Augusto Pinochet al extranjero. Recuerdo a mi padre en ese momento: nervioso, siempre en alerta y con las manos tensas, preparado para cualquier contingencia. No bajaba la guardia y, como medida de protección, colocó custodias en la puerta de la habitación y se aseguró de que Lavandero nunca quedara solo. Observaba con atención la labor de los enfermeros, convencido de que el peligro podía ocultarse en los detalles rutinarios. La experiencia le había enseñado que en los hospitales lo cotidiano podía convertirse en amenaza.

3. La construcción del enemigo interno
Andrés Zaldívar, exsenador y dirigente demócrata cristiano, en una entrevista cargada de autocrítica, recuerda cómo él, Frei y muchos miembros de su partido, guiados por una ingenua esperanza, creyeron que el golpe de Estado del 11 de septiembre de 1973 sería solo un breve paréntesis en la historia del país. Pensaban que la tormenta pasaría y que la democracia se restablecería sin contratiempos. Por ese motivo, decidieron no firmar la emblemática “Carta de los Trece”, un documento histórico redactado y firmado dos días después del Golpe (13 de septiembre de 1973) por 13 destacados miembros de la Democracia Cristiana como Radomiro Tomic, excandidato presidencial en las elecciones de 1970. En la carta se condenaba la intervención militar y la ruptura del orden constitucional. En su primer punto declaraba:
Condenamos categóricamente el derrocamiento del Presidente Constitucional de Chile, señor Salvador Allende, de cuyo Gobierno, por decisión de la voluntad popular y de nuestro partido, fuimos opositores incondicionales. Nos inclinamos respetuosos ante el sacrificio que él hizo de su vida en defensa de la Autoridad Constitucional.
Fue una carta breve en la que, en seis puntos, se trazó una frontera clara entre quienes, arriesgando sus vidas, se atrevieron a oponerse a la naciente dictadura y quienes, por temor, por cálculo político o por la esperanza de una pronta normalización, optaron por el silencio y una postura ambigua. Mi padre estuvo entre estos últimos. En un principio creyó que el cambio sería un paréntesis, un desorden menor, y que la democracia pronto llegaría. No la firmaron ni el expresidente Eduardo Frei ni Patricio Aylwin, quien llegaría a ser el primer presidente democrático de Chile tras el golpe de Estado. Bernardo Leighton, el organizador de la carta, que firmaron en su casa, fue baleado posteriormente en Roma el 6 de octubre de 1975, pero sobrevivió.
Con el tiempo, no firmar la carta de los 13 resultó ser una carga para quienes eligieron guardar silencio. Esa omisión se convirtió en una espina que los acompañó durante años, entre reproches internos y el juicio social. Para muchos demócratas cristianos que habían puesto sus esperanzas en una firme defensa de la democracia por parte de sus líderes, la falta de una condena clara del régimen militar generó una gran decepción. Interpretaron esa tibieza como una complicidad involuntaria con la represión y los atropellos a los derechos humanos, lo que contribuyó a prolongar una dictadura que duró casi diecisiete años.
Pero quizás existía una razón más profunda y menos confesable para quienes no firmaron: que poner su nombre en esa carta habría implicado aceptar, desde el principio, que Chile ya no era el mismo país; que la República, con sus reglas, equilibrios y rituales democráticos en los que creían, había sido irremediablemente destruida. No firmar pudo ser una forma de postergar esa aceptación, de aferrarse a la esperanza de que el golpe sería un paréntesis y no una transformación radical del orden político y moral del país. En esa negativa había miedo y cálculo, pero también una incapacidad para mirar de frente la magnitud del cambio: aceptar la carta era aceptar que la democracia había terminado y que empezaba otra época, gobernada por la fuerza, la vigilancia y el temor.
La periodista Mónica González, conocida por su investigación sobre la muerte de Frei Montalva y otros crímenes de la dictadura, relató ante el juez Madrid que en mayo de 1975 el expresidente vivió un punto de inflexión. Hasta entonces, Frei se mantenía reservado y distante, observando los acontecimientos desde fuera y tratando de adaptarse a la nueva realidad impuesta por el régimen. Sin embargo, ese año decidió dejar atrás la prudencia y enfrentarse públicamente al conceder una entrevista al semanario colombiano Nueva Frontera. Rompió su silencio y denunció con firmeza la situación que atravesaba Chile, marcada por la represión y el miedo. Frei fue transformándose de espectador en el líder indiscutido de la oposición a Pinochet. Su voz iluminó a quienes buscaban recuperar la democracia, convirtiéndose en una amenaza para el régimen y en una chispa de esperanza para la sociedad chilena, dando inicio a un proceso de movilización colectiva que no se detendría.
El desarrollo de los acontecimientos tejía una tragedia en la que cada episodio añadía nuevas tensiones. Según Mónica González, en 1977, cuando fue invitado a integrarse a la Comisión Norte-Sur liderada por el excanciller alemán Willy Brandt, Frei alcanzó un reconocimiento internacional de gran prestigio, lo que lo consolidó como un referente ético y político en toda América Latina. Desde los foros internacionales, su voz se levantó en defensa del diálogo entre países desarrollados y en vías de desarrollo, promoviendo la justicia social y los derechos humanos en medio de la Guerra Fría. Su condición de único representante latinoamericano en esa Comisión fortaleció su liderazgo y lo convirtió en un faro de esperanza para quienes, tanto en Chile como en el exilio, soñaban con un futuro en libertad.
En 1980, ante la creciente oposición internacional cada vez más unificada, Augusto Pinochet promovió un plebiscito para validar una nueva Constitución y mantenerse en el poder. En ese momento, Frei Montalva alcanzó su mayor proyección política. Esa farsa democrática pretendía camuflar el autoritarismo bajo una apariencia de participación popular. Como parte de esta estrategia, el régimen permitió, bajo estrictas medidas de control, un acto público el 27 de agosto en el Teatro Caupolicán de Santiago, un lugar emblemático de las luchas sociales. Esa noche prevaleció un ambiente de fiesta y libertad: miles de personas desafiaron el miedo y llenaron el recinto. La presencia de agentes de seguridad, perros policiales y el riesgo crearon una atmósfera de desafío y valentía.
En ese escenario cargado de simbolismo, Frei Montalva, con serenidad, pronunció un discurso histórico que marcaría un antes y un después en su lucha contra la dictadura. Con firmeza, ante una multitud expectante, exigió iniciar una transición democrática, reclamó el respeto a la dignidad del pueblo y denunció la ilegitimidad del plebiscito. Sus palabras, además de ser una arenga política, hicieron un llamado urgente a la unidad y a la movilización, invitando a romper el círculo del miedo. Esa noche, la voz de Frei encendió una chispa de esperanza en la sociedad chilena: dejó de ser solo un expresidente para convertirse en el símbolo indiscutible de la oposición, el «enemigo interno» que la dictadura debía silenciar para evitar que la esperanza se convirtiera en un incendio de libertad incontrolable. El periodista Hernán Millas, en su libro La Sagrada Familia: la historia de las diez familias más poderosas de Chile (Ed. Planeta, 2005), comparte algunos pasajes de su discurso:
«… Esta Constitución carece de validez porque las diversas corrientes de opinión del país no han participado en su elaboración…Prolongar un régimen personal durante 24 años sería fatal para el destino de Chile. Perpetuarse en el poder, prometer orden y tranquilidad en la línea de los Zomosa, Trujillo y otros gobernantes centroamericanos, ¿qué resultado les ofrece? No logran ni el orden ni la tranquilidad y terminan en sangre y muerte».
«…Esto que le proponen al país es, en esencia, la negación de una Constitución para la libertad. Es una Constitución sin precedentes en Chile. Acumula en un solo hombre todo el poder, manifestando así una desconfianza total hacia el pueblo. Todas sus disposiciones están destinadas a defenderse, reprimir y coaccionar. Y esto se debe a que, en el fondo, se teme la libre expresión de la voluntad popular. Titularla “Para la libertad” es una broma de mal gusto. Y si es aprobada, hay que esperar ocho años para que entre a regir».
Mary Figueroa, exdirectora de la Policía de Investigaciones, explicó en su testimonio ante el juez Madrid la importancia del llamado «Caupolicanazo». Esa noche, expresó, la figura de Frei se convirtió en el principal objetivo de la represión y de la atención de los servicios de inteligencia militar. Cada palabra de su discurso fue escrutada con cuidado, ya que las autoridades creían que podía provocar una rebelión y revivir la esperanza de libertad en una población que llevaba mucho tiempo doblegada por el miedo. Según su testimonio, el discurso de Frei Montalva provocó cincuenta y nueve ovaciones; cada aplauso y cada grito mostraron apoyo y rompieron el silencio impuesto por la dictadura, generando un clamor colectivo por el cambio. Frei exigió el fin de la intervención militar en las universidades, defendió su autonomía y reivindicó el papel moral de la Iglesia Católica en la defensa de los derechos humanos. La respuesta del público fue inmediata: una ola de aplausos, abrazos y gestos de hermandad recorrió el recinto, unificando a todos en torno a la causa de la democracia. Como afirmó Mary Figueroa, el Caupolicanazo fue más que una manifestación política; fue un punto de inflexión que movilizó a la ciudadanía y determinó el destino de Frei Montalva, quien desde entonces quedó identificado como el principal enemigo de la dictadura.
Al terminar el evento, se produjo tal jolgorio que su hija, Carmen Frei, recuerda cómo su padre, rodeado por la muchedumbre y perdido entre gritos y banderas, preguntaba por su esposa: «¿Dónde está Maruja? Yo no me voy sin la Maruja a casa».
La amenaza contra Frei no fue un incidente aislado, sino un reflejo de un ambiente de represión que afectaba a todos los opositores. Solo unas semanas antes, en julio de 1980, la Coordinadora Nacional Sindical, liderada por Tucapel Jiménez y en conjunto con las principales fuerzas políticas opositoras, había firmado un acuerdo histórico. Ese pacto, nacido de la necesidad de unir fuerzas frente a la dictadura, buscaba convocar a un gran paro nacional para marzo de 1983. La movilización pretendía paralizar el país y presionar al régimen para que abriera espacios de participación política. También convirtió a Frei en un símbolo de la resistencia al autoritarismo mediante medios democráticos.
Ambos hitos, el emotivo discurso del Caupolicán y la planificación del paro nacional, determinaron el destino de Frei Montalva. A partir de entonces, el régimen lo consideró el mayor impedimento para conservar el poder. Los servicios de inteligencia intensificaron su vigilancia sobre él y su entorno, invadiendo cada aspecto de sus vidas. Las amenazas se convirtieron en una presencia cotidiana para los opositores. Sin embargo, la firmeza de Frei y sus seguidores -expresada en gestos de liderazgo, llamados a la unidad y acciones de desafío público- mostraba que, en medio de la brutalidad, se podían abrir brechas de luz y trazar caminos hacia la recuperación de la democracia. El sueño era posible.
A finales de septiembre de 1980, tras la victoria en el referéndum que aprobó la nueva Constitución con el 67% de los votos, la tensión aumentó cuando el general Pinochet, con una voz fría y calculada, lanzó una amenaza pública en el Salón Azul del Club de la Unión. Frente a una audiencia expectante, señaló a Zaldívar, Eduardo Frei y Tucapel Jiménez como antipatriotas, acusándolos de traicionar los valores más profundos de la nación y considerándolos los principales enemigos del país. Sus palabras, llenas de resentimiento, sonaron con fuerza, dando la impresión de que vendrían represalias importantes. Afirmó que conocía las intenciones del grupo, que estaba al tanto de sus movimientos y de la arriesgada iniciativa de unir fuerzas políticas y sindicales en su contra. ¡Esos traidores serán castigados sin piedad! Conocía el plan para convocar un paro nacional: ¡Anímense y verán!
En su declaración ante el juez Madrid, Andrés Zaldívar detalló la relevancia del Caupolicanazo y el entorno de amenazas que rodeaba a Frei Montalva en esos meses. En su relato, Zaldívar mencionó la presencia constante de amenazas y la sensación de que el destino de Frei pendía de un hilo frágil. Recordó que, tras el plebiscito de 1980 y por iniciativa de Frei Montalva, realizó una gira política internacional invitado por la Democracia Cristiana italiana. Cada salida de Chile era una apuesta peligrosa, un recorrido por zonas donde el exilio siempre estaba presente. El temor a no poder volver a su país lo acompañaba tras cada reunión y discurso.
Tras sus visitas a Italia, Zaldivar aceptó una invitación que consideraba una tabla de salvación en medio del desastre y partió hacia Israel el 16 de octubre de 1980. En ese país lejano, rodeado de desconocidos, recibió la noticia que le impactó como una sentencia: le prohibían regresar a Chile. Genaro Arriagada le dijo, desde el otro lado de la línea telefónica, que se había oficializado un decreto de exilio firmado por el general Pinochet y el ministro del Interior, Sergio Fernández. Cada palabra sonó como un portazo, dejándole claro que denunciar públicamente la ilegitimidad del plebiscito -en nombre de un partido proscrito como la Democracia Cristiana, del cual él era su presidente- costaba la expulsión y el desarraigo. La injusticia se intensificó al descubrir, a través de un artículo en la revista mexicana «1 + 1», que se le acusaba falsamente de intentar formar una alianza con militares para derrocar a Pinochet. Esa desinformación no solo buscaba aislarlo internacionalmente, sino también convertirlo en un enemigo irreconciliable del régimen.
En ese mismo contexto de terror, Zaldívar recordó que Tucapel Jiménez vivía preocupado: sabía que las amenazas de Pinochet no eran solo advertencias, sino sentencias de muerte. Su destino quedó sellado un mes y tres días después de la muerte de Frei Montalva. Tres días antes de su asesinato, se atrevió a convocar una protesta pacífica, como si supiera que cada acto de resistencia podría costarle la vida, pero también regalarle unos días más. Esa pausa pareció un guiño del destino, pues su asesino, Carlos Alberto Herrera Jiménez, reconoció más tarde que ya lo tenían marcado para morir días antes de la protesta, pero que esperaron hasta que ésta terminara para darle muerte.
CARLOS ALBERTO HERRERA JIMÉNEZ, oficial del Cuerpo de Inteligencia del Ejército (CIE), declaró ante el juez Madrid que su comandante era el entonces teniente coronel Víctor Raúl Pinto Pérez. Contó que había sido destinado a una unidad especial de contraespionaje creada en su llegada, cuyo cuartel se denominó Coihueco. Funcionaba en la comuna de La Reina. Señaló que «nunca tuvo una misión clara y definida, y que la denominación ‘especial’ se debe a que se está a la espera de hacer algo, pero no se sabe bien en qué consiste; sin embargo, el mando superior lo sabe». Afirmó ante el juez que estuvo durante un tiempo no muy extenso en esas condiciones, sin hacer nada, hasta que se le impuso una misión especial: dar muerte a Tucapel Jiménez. Sin embargo, el comandante Pinto o Ferrer (no recuerda cuál de los dos) le ordenó abortar la misión. No recordó la fecha en que le comunicaron que esperara, pero sí recordó que la muerte de Tucapel Jiménez la habían programado para el 23 de febrero de 1982. El día 25 de febrero le dieron la orden para que actuara cuando se dieran las condiciones, que se dieron de inmediato.
Tucapel Jiménez era un hombre que vivía aferrado a sus hábitos, como si cada repetición diaria tejiera una red protectora capaz de resguardarlo del peligro. Su rutina, meticulosamente repetida, era su escudo frente a un mundo hostil. Sin embargo, esa misma previsibilidad que alguna vez fue su aliada terminó convirtiéndose en la grieta por la que sus atacantes se infiltraron. Los agentes habían memorizado sus recorridos y lo acechaban desde la penumbra con paciencia. Cada viaje diario en su taxi -ese pequeño refugio móvil donde encontraba un respiro y un toque de normalidad- se convirtió en un recorrido rastreado, un laberinto sin salida supervisado por el régimen. Lo que antes representaba libertad, su coche, terminó siendo su celda móvil y escenario de una emboscada planificada. Así, cuando llegó el día indicado, cumplir la orden fue inevitable; no hubo duda: cinco disparos sellaron el destino de Tucapel.
Frei tampoco estaba exento de las vigilancias. Las investigaciones dirigidas por el juez Alejandro Madrid revelaron que Becerra, considerado por la familia un hombre de plena confianza y su chófer, desempeñó un papel importante en el seguimiento de Eduardo Frei. Para ese entonces, ya era un informante remunerado de la CNI. En una entrevista con la periodista Lilian Olivares, Raúl Lillo, encargado del seguimiento a los miembros del partido Demócrata Cristiano, dijo que se enteraba de las actividades de Frei porque «…tenía una buena capacidad para pinchar telefónicamente y enviaba siempre a la misma gente a escuchar», sin necesidad de usar los servicios de Becerra. Probablemente, Lillo trataba de proteger a Becerra. Su colaboración no fue voluntaria, sino impuesta por su situación personal, ya que la relación amorosa de su hija con un miembro del Frente Patriótico Manuel Rodríguez sirvió de pretexto para que la CNI lo presionara y lo obligara a actuar contra quien había depositado su confianza en él. Tenía fácil acceso a todos los espacios de la casa y mantenía cercanía con la familia Frei, hasta el punto de que, tras su muerte, se le encargó atender a quienes llegaban para expresar sus condolencias. Después de la muerte de Frei, y gracias a las buenas recomendaciones de la familia, comenzó a trabajar para Andrés Zaldivar.
El conocimiento del deseo de operarse por parte de los servicios de inteligencia se remontaba a cinco meses antes, gracias a las aportaciones de Becerra y a las escuchas en su domicilio, que probablemente él mismo había instalado. Esos cinco meses fueron fundamentales para planificar cada fase del crimen. Se analizaron minuciosamente los detalles químicos y bioquímicos de los venenos, como sus dosis y frecuencia, para garantizar que el resultado final no fuera al azar, sino el producto de un proceso cuidadosamente montado, evitando levantar sospechas.
El juez Madrid, en su sentencia, puso al descubierto la compleja red de coerción que marcó los últimos días de Frei Montalva:
VIGÉSIMO OCTAVO: Que, no obstante, el acusado antes nombrado (Becerra), en sus declaraciones policiales y judiciales que se mencionan, ha negado su participación en los hechos que se le atribuyen; obran en su contra los siguientes elementos de juicio.
c.- Que también el señalado acusado ha reconocido su participación como informante de los organismos represivos existentes en dicho período de tiempo, habiendo sido contratado para dicho fin por el agente de la CNI Raúl Lillo Gutiérrez, siendo remunerado por los servicios prestados, los cuales realizó por haber sido presionado debido a que su hija mantenía una relación sentimental con un integrante del Frente Patriótico Manuel Rodríguez, lo cual era conocido por los servicios de seguridad de la época, siendo obligado a realizar acciones que perjudicaron a personas que eran integrantes del Partido Demócrata Cristiano, en quienes habían depositado su confianza.
Junto a Frei, también llegó a la clínica un grupo del ejército que se distribuyó discretamente en sitios estratégicos, ocultos bajo diversos roles, desde camilleros hasta administrativos, formando una red de informantes de cincuenta y seis personas, cada una con una misión específica, no relacionada con el cuidado del paciente. Durante el día, la clínica parecía normal, pero por la noche se convertía en un enclave bajo el control de la CNI, donde la represión se escondía tras una apariencia de normalidad.
En sus declaraciones ante el juez, Andrés Zaldívar destaca una verdad indiscutible: para Frei, la amenaza no era excepcional, sino la rutina cotidiana de los opositores al régimen. Durante su exilio, Zaldívar tuvo varios encuentros con Frei en Europa: breves momentos de camaradería en medio del desarraigo, en los que la fraternidad buscaba mitigar la frialdad de la distancia. Recuerda especialmente un encuentro en Roma, en noviembre de 1980, en el Hotel Edén, donde Frei solía alojarse. Esa noche, la intuición de Frei se convirtió en certeza: vio a dos hombres cuya presencia le resultaba amenazante. «Son de la CNI», le dijo en susurros a Zaldívar, lo que mostraba que ni siquiera en el exilio lograba escapar de la supervisión.
La percepción de Frei no era simplemente paranoica, sino un reflejo de una realidad respaldada por la persecución constante de políticos, exfuncionarios y opositores a la dictadura. En su oficina, tenía que aumentar el volumen de la música para enmascarar los micrófonos ocultos y evitar que interceptaran sus palabras. Las escuchas ilegales, tanto en residencias como en hoteles y oficinas, formaban una red de control muy eficaz. Tanto Frei como Zaldívar asumían esa carga: una libertad frágil y siempre en riesgo.
Carmen Frei testificó ante el juez que la casa de su padre, que debía ser un refugio, se había convertido en una prisión, rodeada de dispositivos de escucha que eliminaban cualquier posibilidad de privacidad. Relató una escena particularmente reveladora: un día, mientras unos obreros construían una estantería y martillaban, sonó el teléfono. Al otro lado de la línea, estaba el general Manuel Contreras, director de la CNI, preguntando si había ocurrido un incidente. Eso demuestra el control al que estaba sometido: cada movimiento y cada sonido, incluso un golpe de martillo, activaban las alarmas de un Estado vigilante. En ese momento, su padre intentó mantener la calma y dijo que lo único fuera de lo común era el ruido de los martillos, esforzándose por mantener una fachada de normalidad y proteger los últimos vestigios de intimidad que le quedaban.
Zaldívar declaró ante el juez que siempre sospechó que al expresidente podría ocurrirle un atentado y que él tampoco estaba exento de sufrirlo. Su relación con Frei no era solo política: era una amistad sincera, enriquecida por el afecto, lo que hacía que sus temores también fueran personales. Cuando Frei fue a Madrid antes de la operación, Zaldívar recuerda con claridad una conversación que, con el tiempo, resultó ser premonitoria. En ese encuentro, Frei le explicó que la intervención le aliviaría el malestar causado por una hernia en el hiato, que lo había incomodado durante una importante reunión internacional de la Comisión Norte-Sur. Zaldívar le advirtió: «¡Es una locura operarse en Chile!» y sugirió que considerara operarse en el extranjero, lejos del control de la dictadura y de posibles maniobras en la clínica. Sin embargo, Frei, con su carácter sobrio, trató de tranquilizarlo, asegurándole que estaría en buenas manos con uno de los mejores cirujanos, el doctor Augusto Larraín, quien, además, era primo de Zaldívar. Para Frei, esa relación familiar parecía una garantía de seguridad. Zaldívar, sin embargo, no se calmó; insistió en que el verdadero peligro no era la competencia médica, sino la extrema vulnerabilidad que enfrentaría tras la operación. A pesar de las advertencias, Frei minimizó el riesgo y rechazó viajar al extranjero para ahorrar gastos, confiando en la honestidad de quienes lo rodeaban: «No quiero provocar un gasto inútil», dijo, restándole importancia al peligro. Esa conversación, marcada por la gravedad de la amenaza, dejó a Zaldívar preocupado de que el destino de su amigo ya estuviera sellado y con la sensación de no haber logrado reducir el peligro. Días después de la cirugía, Frei le llamó para contarle que la recuperación iba bien, lo que le brindó a Zaldívar una esperanza momentánea. Sin embargo, esa tranquilidad se esfumó rápidamente: dos días después, recibió la noticia que tanto temía. Frei había tenido que regresar con urgencia a la clínica, lo que confirmaba sus peores temores.
Aunque el expresidente trataba de mantener una sensación de seguridad, creyendo que una muerte violenta no estaba en su destino, esa confianza terminó siendo una ilusión peligrosa. Los asesinatos de destacados opositores emblemáticos -como el general Carlos Prats y su esposa en Buenos Aires (1974), Orlando Letelier en Washington D.C. (1976) y el atentado contra Bernardo Leighton y su esposa en Roma (1975)- demostraban que el aparato represivo de la dictadura no tenía límites geográficos ni de violencia. Inicialmente, consideraron eliminar a Letelier mediante el uso de gas sarín, un agente químico desarrollado durante la Segunda Guerra Mundial y fabricado en Chile por Eugenio Berríos, conocido como «el químico de Pinochet». Michel Townley, exagente de la DINA, lo declaró ante el fiscal estadounidense Eugene Propper. Viajó a los Estados Unidos con el gas sarín en un frasco de perfume Chanel No. 5, pero no lo utilizó. Townley, experto en bombas y electrónica, probablemente prefirió usar un explosivo porque se sentía más seguro con él. Esas muertes y ataques generaron un escándalo internacional que probablemente lo llevó a pensar que no correría la misma suerte. Sin embargo, se equivocó; no tenía idea del nivel de sofisticación con el que intentarían silenciarlo. Tampoco pudo prever la magnitud de la traición, en la que amigos, excolaboradores del gobierno y personas de extrema confianza, como su chófer y algunos médicos, colaboraron con los aparatos represivos, ya sea por acción u omisión. El peligro no solo provenía del exterior, sino que también se infiltraba en los ámbitos más cercanos a su vida. La confianza de Frei en su entorno y su aparente ausencia de temor ante la violencia se convirtieron en su mayor vulnerabilidad; las lealtades que creía firmes resultaron ser frágiles.
A continuación, presento un resumen cronológico basado en los antecedentes judiciales recopilados por el juez Madrid. Incluye declaraciones de testigos y aportaciones de quienes participaron en el crimen. También se detallan las cirugías, especialmente la segunda, que consumó el delito. El objetivo del resumen es ofrecer una visión estructurada de los procedimientos médicos realizados, las circunstancias en las que se llevaron a cabo y los equipos involucrados, para facilitar una mejor comprensión del contexto clínico y humano que influyó en el fallecimiento de Eduardo Frei.
4. Primera cirugía: la trampa de una recuperación que no fue
Primera cirugía – 18 de noviembre de 1981
Motivo: hernia hiatal (gastroesofágica).
Lugar: Clínica Santa María.
Cirujano: Dr. Augusto Larraín Orrego.
El 18 de noviembre de 1981, el doctor Augusto Larraín realizó la primera cirugía para corregir la hernia hiatal. Debido a la confianza que Larraín y la familia Frei tenían en él, Silva Garín -funcionario del Hospital Militar con grado de coronel- pidió permiso para observar la operación. Larraín aceptó y lo ubicó a su izquierda.
Pero Frei también estaba acompañado por otros actores. La presencia de agentes de la CNI en la Clínica Santa María y en otros hospitales de la época está ampliamente documentada. La infiltración fue posible en parte porque muchos médicos suelen trabajar a tiempo parcial en múltiples centros de salud. Comparten sus horas de trabajo en hospitales militares y en centros de salud públicos y privados. En ese período, la situación era más complicada porque existían clínicas gestionadas por la CNI, como la Clínica London, de las que muy pocos tenían conocimiento; en otras palabras, los médicos también podían trabajar en clínicas semiocultas controladas por los organismos de inteligencia. Se sabe que días antes de la cirugía a Frei Montalva, personal externo ajeno al equipo médico habitual de la Clínica Santa María tomó el control de áreas clave, como el quirófano y la bodega de insumos médicos. El quirófano fue cerrado de manera inusual: se selló y restringió el acceso durante varios días antes de la cirugía, permitiendo, supuestamente, solo la entrada del expresidente y del equipo designado. Esta medida excepcional facilitó el acceso directo de personas externas a los materiales quirúrgicos.
Carmen Frei, en su libro (Magnicidio: La historia del crimen de mi padre, Ed. Aguilar, 2017), indica que cuatro enfermeras de la Clínica Santa María recordaron haber visto, durante esos días, a Eliana Carlota Bolumburu, jefa de enfermeras de la Clínica London, conocida por ser clandestina y siniestra, a la que llegaban opositores torturados para ser atendidos o eliminados. Bolumburu, mano derecha del general Manuel Contreras, ha estado involucrada en numerosos casos de violaciones de derechos humanos. La enfermera que atendió a Frei el 18 de noviembre, María Araneda, era enfermera de guerra de la Fuerza Aérea y también mantenía vínculos con los servicios de inteligencia. Antes, fue obligada a declarar sobre la muerte de Pablo Neruda, quien, agotado por el viaje desde Isla Negra hasta Santiago y esperando un avión con destino a México en la Clínica Santa María, falleció tras una inyección en el estómago, administrada por un supuesto médico llamado el doctor Price, cuya identidad nunca ha sido confirmada. Neruda, que parecía dispuesto a ser una de las voces más importantes de la oposición a Pinochet en el extranjero, murió de forma misteriosa a las pocas horas.
La operación a Frei Montalva duró menos de treinta minutos y transcurrió sin incidentes. En una entrevista antes de su fallecimiento el 21 de octubre de 2021, Larraín mencionó que Silva Garín lo felicitó con grandes elogios al finalizar la cirugía:
-Doctor, déjeme darle un abrazo porque estoy muy impresionado con la belleza de la operación.
Al día siguiente, los registros oficiales y el ambiente de la clínica transmitían normalidad: los informes médicos indicaban una evolución favorable y todo transcurría sin sobresaltos. Incluso, Frei llamó a su casa para pedirle a Isabel Díaz que le preparara su plato favorito, lo que reforzó la idea de que todo iba bien encaminado y que la vida cotidiana volvía a la normalidad.
Al volver a su casa, Frei parecía recuperado, disfrutó de la comida y retomó su rutina. Nadie notó que el complot había comenzado, ya que los síntomas aún no se habían manifestado. La aparente tranquilidad ocultaba el desarrollo de un plan meticuloso que lo obligaría a regresar a la clínica bajo la apariencia de una complicación médica.
Transcurridas varias décadas, una revelación significativa surgió de la investigación judicial: en la primera cirugía, alguien contaminó las compresas quirúrgicas con un veneno altamente tóxico. Se usó una dosis reducida para evitar síntomas evidentes que pudieran activar alarmas, lo que permitió que el acto pasara desapercibido en ese momento crucial. La intención era que Frei tuviera que volver a la clínica y eso se cumplió:
Declaración judicial de ANDRÉS ANTONIO VALENZUELA MORALES, quien ratifica su declaración policial de fojas 1.434 en la parte en que señala que, estando como agregado en la Embajada de Chile en Perú, como mayordomo del Agregado Aéreo de Chile, un colega de nombre ALEX CARRASCO le comentó que su esposa habría escuchado en la clínica donde trabajaba (no recuerda cuál) que a Don EDUARDO FREI lo habían envenenado y que le habrían aplicado compresas infectadas en la herida dejada por la operación que le practicaron.
Solo ocho días bastaron para que la trampa se cerrara. De regreso a su casa, empezó a experimentar molestias persistentes, lo que sugería una posible obstrucción intestinal. Esa complicación fue meticulosamente diseñada para aislar a Frei de su familia y volver a ponerlo bajo el control de quienes deseaban su muerte. La sensación de confianza y rutina ocultaba un peligro que acabaría por destruir la falsa ilusión de recuperación.
María Isabel Delgado, asesora del hogar, le señaló al juez Madrid que cuando Frei llegó a su casa después de la operación, lo encontró en muy buen estado. Incluso antes del alta, la llamó por teléfono desde la clínica y le pidió que preparara una cazuela de ave, lo cual hizo y se la sirvió. Llegó acompañado de su hijo Eduardo, de su hija Carmen y del doctor Larraín. También llegó con una enfermera que se quedó hasta la tarde, pues en la noche llegó otra. A veces le cocinaba papilla, pero en general, su alimentación era normal. Le preparaba su comida casera, nada especial. Él ya podía comer alimentos enteros y los masticaba con normalidad. Cree que fueron como cuatro o cinco días los que transcurrieron así hasta que se produjo su agravamiento. Él estaba bien, incluso lo vio el doctor Larraín, pero en la tarde empezó a sentirse mal. Cuando se agravó, lo vio con vómitos y colitis y eso fue de un día para otro.
Disfrutó de su cazuela de ave y volvió a su rutina, pero la calma aparente ocultaba un plan elaborado para que regresara a la clínica. Los responsables de esta fase inicial no buscaban matarlo de inmediato, ya que una muerte súbita o muy evidente habría provocado un escándalo difícil de disimular.
La contaminación provocó el efecto esperado en Eduardo Frei, con síntomas como dolor abdominal, vómitos y malestar general, lo que sugería una posible obstrucción intestinal y lo llevó a su reingreso.
Tras las investigaciones toxicológicas ordenadas por el juez, se descubrió que la primera contaminación desempeñó un papel crucial. Este primer tóxico sirvió como coartada médica, facilitando su regreso y preparando el cuerpo para ser más vulnerable a los efectos del segundo tóxico, lo que aseguró un desenlace fatal. El plan se llevó a cabo sin contratiempos. Pero todavía faltaba la eliminación del doctor Larraín del equipo médico.
Silva Garín, que había actuado como observador durante la primera operación, aprovechó la complicación postoperatoria para acusar al doctor Larraín de incompetencia y justificar su sustitución. En estrecha colaboración con otros médicos de la CNI, como el doctor Valdivia, Silva Garín desempeñó un papel destacado en el envenenamiento.
Juan debe haber recibido noticias de rebote sobre las complicaciones de salud que Eduardo Frei sufría. ¿Sería oportuno llamar al doctor Goic? Mejor no; mejor sería pasar desapercibido. Ahora sí que no convenía hacerlo. Indisa pudo haber sido el escenario del complot. Su clínica, su responsabilidad, su nombre. Y, junto con el horror, acaso sintió algo que no podía confesarse: alivio. Un alivio indecente, vergonzoso, porque Frei sufría complicaciones graves, pero no en Indisa; no bajo su autoridad, no en una cama que también llevaba consigo su responsabilidad.
5. Segunda cirugía: el recambio médico que selló su destino
Segunda cirugía – 4 de diciembre de 1981
Motivo: probable obstrucción intestinal
Lugar: Clínica Santa María.
Cirujano: Dr. Patricio Silva Garín
El expediente médico de Eduardo Frei Montalva comenzó de forma normal, con diagnósticos, recetas y notas de seguimiento comunes a cualquier paciente hospitalizado en esa clínica. Sin embargo, esa sensación de rutina pronto cambió tras la intervención y control de la autoridad cívico-militar que gobernaba en Chile.
Como indica la periodista Mónica González en su artículo publicado en The Clinic, cuando Frei regresó a la clínica, no lograron localizar al doctor Larraín y aceptaron la ayuda del médico de turno, el doctor Pedro Valdivia, miembro de la CNI. Pero esa coincidencia solo era aparente. Valdivia no estaba allí por azar ni fue un médico disponible en el momento oportuno: estaba en el lugar y en el turno precisos, a la espera de la llegada de Frei. Gracias a las escuchas instaladas en la casa del expresidente y a la colaboración de su chófer de confianza, la CNI sabía que Frei acudiría a la clínica a esa hora y que Larraín se encontraba fuera de Santiago:
…la inmediata propuesta del médico cirujano Pedro Valdivia Soto, de turno en el establecimiento, de examinar al destacado paciente por cuya salud miles de personas se inquietaban en esas horas. En algo se mitigó la preocupación de la familia cuando el doctor Pedro Valdivia Soto ingresó con paso seguro a la habitación y lo examinó…De lo que Valdivia hizo con Frei no hay registro ni testigos… Valdivia, hoy de 64 años, fue contratado en la Clínica de la DINA en 1978 por su entonces director, el doctor Horacio Taricco Lavín. Paralelamente se incorporó a la Clínica Santa María como médico residente y con turno de noche. Por ello, pudo ingresar a la habitación de Frei conducido por la enfermera Victoria Larraechea, pero no fue esa la única vez que auscultó al expresidente. Porque sus funciones se extendían desde las 20:00 hasta las 8:00 del día siguiente, teniendo como misión ocuparse de todos los pacientes que habían sido operados. Ese era exactamente el caso de Frei Montalva. Nadie le pudo impedir, durante las noches que estuvo ahí hospitalizado, él tuvo acceso cuantas veces quiso a su habitación y a su prolijo examen.
Victoria Larraechea es hermana de la esposa de Eduardo Frei Ruiz Tagle, hijo de Frei Montalva. Esa penetración circunstancial de un familiar en el círculo de salud de la clínica quizá le dio a la familia una falsa sensación de seguridad. Pero al mismo tiempo, el doctor Augusto Larraín, un reconocido cirujano y muy confiable para la familia Frei, fue desplazado de su cargo tras una maniobra planificada por Patricio Silva Garín,
Victoria Larraechea era hermana de la esposa de Eduardo Frei Ruiz-Tagle, hijo de Frei Montalva. Su presencia en la clínica, aunque circunstancial, pudo haber sido leída por la familia como una señal de resguardo: alguien cercano, alguien reconocible, alguien que parecía pertenecer al círculo de confianza. Esa cercanía quizá les dio una falsa sensación de seguridad. Pero esa impresión protectora convivía con otro movimiento mucho más decisivo: mientras la familia reconocía un rostro familiar en el entorno clínico, el doctor Augusto Larraín, el cirujano de mayor confianza, era desplazado del equipo mediante una maniobra dirigida por Patricio Silva Garín exmiembro de su gobierno, quien asimismo inspiraba confianza. Sus credenciales provenían de su padre, primo del cardenal Raúl Silva Henríquez, incansable defensor de los derechos humanos durante la dictadura. Según la periodista Lilian Olivares, durante esos días había fallecido un primo suyo y el cardenal había oficiado la misa de despedida en su capilla privada.
Silva Garín, que formaba parte del círculo cercano de médicos consultores del exmandatario y asistía a las juntas médicas, no desplazó a Larraín de manera frontal ni mediante una acusación abierta. Lo hizo de un modo más eficaz y más difícil de impugnar: aprovechó la complicación postoperatoria para convertir una emergencia clínica en una duda sobre la competencia del cirujano. Ante la familia Frei y ante Goic, sembró la idea de que la primera operación había sido una «intervención sucia» y que Larraín ya no ofrecía garantías. Frente al propio Larraín, en cambio, mantuvo una actitud distinta, incluso elogiosa, lo que le permitió mantenerlo desinformado, al margen de las acusaciones y sin posibilidad real de defenderse. Cuando Larraín regresó a la clínica, la decisión ya estaba tomada: su paciente había pasado a manos de Silva Garín. La maniobra había funcionado porque no parecía una maniobra, sino una respuesta urgente ante una complicación médica.
Todo sucedió tan rápido que, cuando Augusto Larraín llegó a la clínica, convencido de que iba a retomar el control de su paciente, la noticia de su despido le cayó como una sentencia inesperada. Le comunicaron, sin posibilidad de apelación, que ya no formaba parte del equipo médico, aunque le permitieron continuar como observador durante la segunda cirugía. Así fue como durante el breve lapso de su ausencia, en pocas horas, otros habían decidido por él, habían cuestionado su trabajo (sin que él lo supiera) y lo habían convertido en un extraño ante su propio paciente:
Declaración judicial de AUGUSTO MARTÍN CARLOS LARRAÍN ORREGO,
…En esos días debió viajar fuera de Santiago, a Santo Domingo, y se enteró de que lo habían trasladado de urgencia a la clínica, por lo que se devolvió el mismo día y fue hasta allí, donde se encontró con los doctores GOIC y SILVA, quienes le informaron que su trabajo había terminado y que el paciente quedó a cargo del doctor SILVA. Se enteró de que se le había realizado una radiografía y que el diagnóstico era una obstrucción intestinal; se observaba una zona del intestino dilatada.
Así fue como el cirujano que operó a Frei, quien lo visitaba diariamente en su casa tras la primera cirugía y conocía bien su recuperación, terminó siendo un espectador sin voz ni voto. La maniobra de Silva Garín quebró el círculo de protección del expresidente y dejó a Larraín sin un espacio adecuado para explicar, cuestionar o defender su diagnóstico de que no existía obstrucción intestinal. Tal vez habló con Goic al respecto, pero no hay certeza; no se le comunicó nada al juez.
Ese recambio modificó de manera irreversible el curso de la salud de Frei y selló su destino; marcó un punto de inflexión en la evolución clínica del expresidente. La deliberada contaminación de las compresas no solo provocó la emergencia anticipada, sino que también permitió la intervención decisiva de Silva Garín y de médicos vinculados a la CNI, como Pedro Valdivia y Wainstein. Ni el doctor Goic ni la familia Frei estaban al tanto de que esos profesionales mantuvieran vínculos con los organismos represores del régimen.
Carmen Frei relata en su libro lo vivido por su familia y deja un testimonio que trasciende lo personal:
….El doctor Patricio Silva Garín, quien en la época nos daba confianza porque como señalé había sido parte de su gobierno, nos dijo textualmente que la operación que el doctor Larraín le había realizado a mi padre había sido «una operación sucia», es decir que no se habían realizado ciertos lavados previos. Sugirió, por lo tanto que había que sacar a Larraín del equipo. Después nos dijo que Larraín no había estado presente en los días en que había que cuidarlo. Lo que no es cierto porque el doctor Larraín había venido a controlar a mi padre permanentemente durante la estadía en la casa y luego en la clínica. Sin embargo, aunque mi madre no estaba de acuerdo, Silva Garín nos convenció de que había sido una mala operación y que había que sacarlo del equipo.
…..En las mañanas, cuando llegábamos a la clínica, iba a averiguar cómo estaba mi padre, y subía al cuarto piso donde estaba mi mamá para informarle. Cada tarde, al final del día, llegaba el doctor Silva Garín y nos daba el parte de la situación. Además de repetirnos que la intervención del doctor Larraín había sido una «operación sucia», nos señaló que durante esa primera intervención le habían pasado a llevar el intestino, que tenía una herida abierta en la zona del estómago e intestinos y que había que hacerle curaciones todos los días.
El doctor Goic, un internista gastroenterólogo sin experiencia en cirugías, fue vulnerable a las manipulaciones de Silva Garín y aceptó la exclusión de Larraín. Pronto enfrentaría dilemas éticos y presiones que pondrían en riesgo su verdadera vocación. Como Larraín, tuvo que aprender a sobrevivir en un entorno hostil, donde su lealtad a Frei Montalva era constantemente puesta a prueba por fuerzas externas vinculadas al poder y la represión. Su deber de proteger a Frei chocaba con el riesgo de que cualquier palabra o gesto atrajera la atención de los organismos represivos. La tentación de discutir, denunciar o contar lo que sospechaba era fuerte, pero probablemente su relación con Larraín ya no era fluida, pues él había aprobado su salida del equipo médico. También se enfrentaba al temor y a la duda: si hablaba, si insinuaba que algo no encajaba bien, podían acusarlo de incompetente o de encubridor. ¿A quién está culpando este médico de pacotilla? ¿Por qué no se calla? Pero por otro lado, ¿por qué, después de tantos años, sigue siendo tan difícil hablar y encontrar testigos? ¿Por qué, a cuarenta años del complot, nos cuesta admitir que hubo una maniobra sofisticada para asesinar al expresidente y que muchos médicos lo sospecharon y lo callaron? Intentar romper ese silencio revela otra verdad incómoda: que hubo miedo y que ese temor los mantuvo inmóviles. El silencio fue una estrategia para sobrevivir bajo la dictadura. ¿Fue solo silencio o un encubrimiento involuntario? ¿Culpabilidad? ¿Cobardía, pavor o necesidad de protección? Todo eso y quizás más.
Años después, cuando el juez empezó a desenterrar las pruebas y la amenaza de la dictadura ya no existía y expresarse dejó de representar un peligro inminente, el doctor Goic empezó a compartir públicamente sus sospechas sobre el destino de Frei Montalva. Aunque esa confesión fue liberadora, llegó tarde; la verdad se iba revelando, pero a empujones tímidos. El tiempo perdido resultó crucial.
No resulta difícil imaginar las madrugadas del doctor Goic. Despertaba sin haber descansado, con la sensación de no reconocer del todo su cuarto, su cama, los zapatos junto al borde de la alfombra. ¿Había dormido? ¿Cuánto? Esperaba que alguien -su mujer, un hijo- lo sacara de ese sopor con una palabra, un gesto, un abrazo que lo devolviera al día. Pero el día empezaba antes que él. Sentado en la penumbra, repasaba los rostros de las enfermeras, de los médicos de turno, de Valdivia y de Silva Garín. ¿Este último era médico o militar? ¿Colega o custodio? ¿No lo estaría saboteando el muy cretino? ¿Sería posible? Había sido camarada en el gobierno de Frei; había construido parte de su carrera gracias a ese mundo de confianzas, favores y nombres conocidos. ¡Imposible, cuesta creerlo! ¿Pero si ahora estaba allí por otros motivos? ¿Y si todo ese aplomo, esa autoridad, esa eficiencia súbita, no fueran más que la máscara de una operación ya decidida?
Valdivia tampoco encajaba bien en ese cuadro. Era demasiado solícito, demasiado disponible por las noches, siempre en el lugar preciso. ¿Qué buscaba? ¿Quedar bien con todos? ¿Abrirse paso entre la competencia por si Frei volvía algún día al poder y él a un gran cargo en su administración? ¿O cumplía una tarea siniestra, una intención que nadie se atrevía a nombrar? Cada mañana, al cruzar el umbral brillante de la clínica, con el café quemándole la mano, Goic quizás sentía que añoraba su infancia remota, la tranquilidad de las calles polvorientas de su querido Antofagasta, cuando todavía era posible perderse sin miedo. Pero ya no era un niño ni estaba en Antofagasta. Estaba en la Clínica Santa María, frente a un paciente que no mejoraba, ante una operación sencilla que se había convertido en un desastre. ¿Cómo pudo ocurrir eso? ¿Cómo acusar? ¿A quién? ¿Con qué pruebas? ¿Hablar con Larraín? ¿Pero cómo, si él mismo lo había empujado hacia un costado? No, ya no era posible hablar ni compartir sus dudas. Pero la verdad debía estar en alguna parte: en una ficha, en una ampolla, en una mirada esquiva, en una puerta abierta de madrugada. ¿Y si la encontraba? ¿Y si encontrarla era precisamente lo peligroso?
Seguramente sabía que desenredar el complot podía costarle la carrera, tal vez la vida, o incluso la seguridad de su familia. ¡Qué se puede hacer, carajo! Mejor continuar con los antibióticos, aferrarse a la medicina, a los cultivos, a los fármacos, a esa esperanza técnica que todavía permitía no decir la palabra prohibida: veneno. Esto se ganará con los medicamentos. ¡Eso, justamente! Y con medicamentos de última generación. Había que creerlo. Había que repetirlo, porque había que ganar. El envenenamiento sería derrotado, sí, pero ¿qué envenenamiento? ¿Quién lo dijo? ¿Quién se atrevería a escribirlo? Goic avanzaba por los pasillos con la cautela de quien camina sobre una línea demasiado fina: de un lado, la dignidad; del otro, la sumisión. Y él, equilibrándose en el medio, más solo que nunca, más asustado que nunca, librando una lucha que todavía no podía nombrar.
La experiencia militar de Silva Garín y su liderazgo durante el gobierno de Frei Montalva cimentaron su control sobre el equipo médico y sobre las decisiones más importantes. Augusto Larraín, sorprendido y rodeado de la maquinaria represiva del régimen, optó por guardar silencio, consciente del peligro de resistirse en exceso. De esta manera, los responsables del complot actuaron con gran impunidad; Silva Garín, con autoridad tanto en el ámbito médico como en el militar, daba órdenes con la misma confianza y dureza que un oficial en medio de un combate. ¡Hay que operar; no hay vuelta atrás; esto se ve muy grave!
Como explicó ante el juez Alejandro Madrid, el cabo segundo (R) Juan Adolfo Cabello Leiva, que sirvió en el Hospital Militar y observó esta dualidad de Silva Garín:
…Consultado sobre cómo era el trato del doctor PATRICIO SILVA GARÍN, responde que tenía un trato igual para todas las personas; era parco con todos.
…Consultado sobre si el doctor SILVA impartía órdenes al personal, como militar o como médico, responde que como ambos, porque tenía grado militar aparte de ser médico, siempre y cuando el personal militar fuera personal de sanidad.
Una vez a cargo del paciente, el diagnóstico del doctor Silva Garín no varió; todo indicaba una obstrucción intestinal que requeriría una cirugía inmediata, lo que aumentaba el riesgo para el paciente. Años después, la investigación judicial de Alejandro Madrid reveló que esa condición nunca fue clínica. La segunda cirugía mostró una inflamación aguda sin obstrucción. Pero cada decisión parecía crucial, y el temor a complicaciones graves generaba una percepción de peligro que alimentaba sospechas externas que nadie investigó. Durante esa segunda hospitalización, como veremos más adelante, quienes planearon el complot administraron un agente químico que resultó especialmente eficaz cuando el organismo ya estaba contaminado con el tóxico de las compresas. La nula familiaridad del personal médico no implicado en el complot con los síntomas de esos venenos, complicó el diagnóstico y la respuesta oportuna. Ese desconocimiento permitió que alguien -¿varios?- disfrazado de un proceso clínico habitual envenenara al paciente sin generar sospechas inmediatas.
En su declaración ante el juez Madrid, Augusto Larraín explicó que el día antes de su rehospitalización, fue a la casa de Frei y le realizó un examen con sonda nasogástrica, en el que descartó una obstrucción: el líquido extraído del estómago era claro y no presentaba signos de alarma. Poco antes de fallecer en octubre de 2021, en una entrevista en Canal 21 (la última del Dr. Augusto Larraín en YouTube), contó la verdad en un video que dejó para la posteridad. Sentado en una silla de ruedas, anciano, con cáncer terminal y derrotado por los años y las controversias, por petición de su familia, reveló lo que nunca había declarado antes:
-Yo me quedé paralizado cuando Silva Garín me dijo: «¡Esta es una obstrucción intestinal y, como bien sabe usted, doctor, las obstrucciones intestinales se operan!»… Y no estaban dadas las condiciones para decirle: «No, usted está mintiendo». Yo estaba completamente choqueado.
La aparente sumisión de Larraín no fue solo debilidad, sino también una estrategia de supervivencia:
Declaración judicial de AUGUSTO MARTÍN CARLOS LARRAÍN ORREGO, quien ratifica íntegramente su declaración policial de fojas 707 y siguientes. Indica que el expresidente fue dado de alta en su domicilio en los días siguientes a la operación que se le realizó. Agrega que lo fue a visitar a su casa a diario y que el paciente evolucionó en excelentes condiciones. A los pocos días, en su casa, el paciente le manifestó que presentaba molestias, por lo que se le realizó un examen con sonda por vía nasal para constatar qué tipo de líquido había en el estómago, encontrándose un líquido normal y claro. La idea era observar que no hubiera obstrucción intestinal, pero, según el resultado, se percató de que no existía ninguna alteración.
Pero bajo la apariencia de una intervención destinada a salvarle la vida y resolver una obstrucción, Silva Garín actuó con un doble objetivo: por un lado, magnificó deliberadamente la gravedad de la situación para instalar en la opinión pública la idea de que, si se producía la muerte de Frei, esta sería consecuencia de complicaciones médicas, descartándose la intervención de terceros. Por otro lado, la rehospitalización del paciente le permitió crear el escenario adecuado para llevar a cabo, bajo la fachada de procedimientos médicos convencionales, una acción definitiva que terminara con la vida del expresidente. En ese entorno y bajo la autoridad de Silva Garín, el otro médico que podría haber rescatado a Frei, el doctor Alejandro Goic, carecía de experiencia quirúrgica y quedó relegado a un papel testimonial, mientras Larraín, injustamente excluido, se convirtió en un espectador. Ambos médicos guardaron silencio sin contradecir la voluntad del militar.
En la segunda cirugía, el doctor Larraín pasó a ser observador en el quirófano. ¿Tuvo que pedirle autorización a Silva Garín para presenciar la operación? Probablemente, así fue como vio una mesenteritis hipertrófica localizada, sin signos de obstrucción intestinal, pero permaneció en silencio. La inflamación estaba en una sección del intestino que no se manipuló durante la primera operación, pero coincidía con la zona en la que Larraín había colocado compresas quirúrgicas para sostener una porción del intestino. Esa lesión atípica no presentaba signos de infección bacteriana, que suelen acompañar a una obstrucción por necrosis debida a la falta de irrigación sanguínea. Su aspecto sugería contaminación química, como si un tóxico de acción lenta hubiera sido introducido intencionalmente durante la primera cirugía mediante las compresas. Entre su deber profesional y la amenaza, Larraín no se atrevió a expresar su sorpresa ni su desacuerdo con Silva Garín. Sin embargo, muchos años después, en su última entrevista afirmó que esa segunda operación había sido innecesaria porque no había existido una obstrucción intestinal:
-Si yo hubiese sido su médico, no lo habría operado; no lo habría operado nuevamente sin ponerle una sonda antes.
Pero esa entrevista fue tan tardía, tan trasnochada, que sus palabras quedaron relegadas al ámbito de las anécdotas.
Madrid caminaba desanimado por los pasillos del tribunal, con la carpeta bajo el brazo y la sensación de perseguir una verdad que todos conocían pero que pocos querían sostener. ¿Por qué seguía en ese caso? ¿Qué fuerza lo obligaba a continuar? Nadie iba a decirlo por completo. Nadie iba a entregarle la verdad limpia, ordenada, firmada al pie de página. Tendría que armarla con restos: una frase omitida, una ficha incompleta, una muestra mal conservada, una contradicción repetida demasiadas veces. Eso era todo. Pero a veces la justicia no encuentra la verdad en una confesión, sino en la obstinación de mirar hacia donde todos apartan la vista.
El doctor Goic, aunque no era cirujano, tampoco cuestionó la cirugía; podría haberlo hecho por su experiencia y posición, pero decidió no hacerlo. Así fue como la operación fue realizada por Silva Garín, acompañado de Eduardo Wainstein, cirujano gastroenterólogo y oncólogo que en ese entonces era jefe de Cirugía en el Hospital Militar, además de médico de la CNI, y de Rodrigo Vélez Fuenzalida, cirujano de emergencia del Hospital Militar y también médico de la CNI.
En 1983, Andrés Zaldívar Larraín recibió autorización para regresar al país durante cinco días debido a una enfermedad de su padre. Durante su visita, se reunió con su primo, el doctor Augusto Larraín, quien estaba muy afectado profesionalmente por su participación en la cirugía a Frei y nadie le refería pacientes. Todavía le tenían respeto profesional, pero en el extranjero. Larraín le aseguró que realizó una operación «limpia» y sin errores, y que, en su opinión, lo ocurrido a Frei se debió a factores externos. Cuando se abrió la investigación judicial por la muerte de Frei Montalva, Andrés Zaldívar alentó a su primo a declarar con sinceridad y a proporcionar información sobre las irregularidades que había observado. Sin embargo, resulta llamativo que, ante el juez, Larraín no cuestionara la resección intestinal y describiera la cirugía como «operación adecuada y realizada correctamente», lo cual contradecía su propio diagnóstico. Su testimonio ante Madrid tuvo algo de avance y algo de retirada: permitió entrever una sospecha química, pero evitó asumir plenamente lo que había visto en el quirófano y lo que había callado durante años. Lo más sorprendente fue lo que declaró después, en su última entrevista: información grave que nunca le comunicó al juez y que contradice su opinión previa sobre una operación correcta y bien ejecutada. Sus palabras fueron más bien una confesión que una entrevista. Ya había pasado por todo; su carrera estaba terminada y le quedaba poca vida. Solo entonces dijo lo que antes había callado. Había colaborado con la justicia, sí, pero no del todo: había entregado una parte de la verdad y reservado otra, quizá la más comprometedora, para el final:
-Silva Garín rompió el intestino y después lo unió. Lo vi yo y lo vio Wainstein.
Es decir, Silva Garín seccionó un tramo del intestino, pero primero lo perforó para contaminar la cavidad abdominal y así poder continuar con futuras emergencias. Esa acción allanó el camino para lo que vino después, cuando le administraron más tóxicos.
En 1981, Larraín optó por guardar silencio porque había sido desplazado y Silva Garín había consolidado su autoridad médica y militar; resistirse en ese momento significaba desafiar una maquinaria mucho más poderosa que un equipo médico. Sin embargo, su silencio posterior, ya en presencia del juez y en democracia, resulta más difícil de entender. Para entonces, reconocer que había sido testigo de una resección intestinal innecesaria y de una perforación intestinal, sin haber dicho nada, implicaba admitir algo aún más doloroso: que había visto señales graves cuando Frei aún estaba vivo y no las había convertido en una advertencia útil. Pudo haber cuestionado con más fuerza la operación, exigir que se investigara la lesión, dejar constancia de su desacuerdo o, al menos después, entregar al juez todo lo que sabía. No lo hizo. Ese reconocimiento lo habría llevado a una pregunta aún más incómoda: ¿por qué no informó de ello cuando todavía podía ayudar a su paciente?
Lilian Olivares menciona en su libro que en agosto de 2018, mientras trabajaba en El Mercurio, recibió una llamada urgente de alguien que solo quería hablar con el director. Era Augusto Larraín, quien, con la voz cansada y sin dormir, insistía en hablar únicamente con el director. Ella corrió a informarle al director, quien sugirió presentarlo en el plenario, lo cual nunca se concretó y no se tomó ninguna acción. Olivares relata que, un año después, cuando el juez Madrid anunció su fallo, al revisar su libreta en la que había anotado el número telefónico de Augusto Larraín, encontró una nota que decía ‘Valdivia’, que era justamente el apellido del médico condenado a cinco años de prisión por complicidad en el crimen.
Resulta difícil comprender por qué el juez no le preguntó a Larraín cómo un diagnóstico que él había descartado -la obstrucción intestinal- terminó instalado en la historia clínica oficial como fundamento de una segunda cirugía. Tal vez Madrid consideró suficiente su declaración sobre la mesenteritis localizada y la posible contaminación química; tal vez el lenguaje prudente de Larraín, al calificar la operación como “adecuada y realizada correctamente”, desvió la atención de la contradicción principal. Pero allí había una pregunta decisiva: si Larraín no veía obstrucción, ¿quién convirtió esa ausencia en una urgencia quirúrgica? ¿Quién escribió, sostuvo o impuso ese diagnóstico? Y, sobre todo, ¿por qué el propio Larraín no fue llevado a explicar esa brecha entre lo que vio, lo que pensó y lo que finalmente declaró?:
Declaración judicial de AUGUSTO MARTÍN CARLOS LARRAÍN ORREGO… El doctor PATRICIO SILVA decidió operarlo ese mismo día junto al doctor WAINSTEN, participando él como observador y presenciando lo ya indicado: una mesenteritis hipertrófica localizada de tipo inflamatorio, que no habría sido de contaminación bacteriana, ya que ello habría significado una extensión mayor de la lesión hacia el mesenterio; y, por su experiencia quirúrgica previa y al no haber encontrado nunca esta lesión en sus intervenciones quirúrgicas abdominales, piensa que solamente puede explicarse por una contaminación localizada por un agente químico o tóxico que no comprometió el resto del mesenterio, por lo que este agente sería de tipo deletéreo, es decir, que pudo evanecerse. Ello pudo haber ocurrido, según señala, por la presencia de ese tóxico en una compresa, lo que desvincula a la Clínica Santa María de toda responsabilidad en cuanto a la esterilización de los instrumentos quirúrgicos utilizados. El doctor SILVA efectuó una resección abdominal del segmento dilatado, con una unión termino-terminal del segmento intestinal, operación que fue adecuada y realizada correctamente; sin embargo, toda resección intestinal conlleva la posibilidad de contaminación por gérmenes intestinales. Finalmente, indica que no participó en ninguna junta médica tras el regreso del presidente FREI a la clínica y que ningún médico se puso en contacto con él para analizar la evolución del paciente. Reitera que ambas operaciones fueron exitosas y que no tuvo conocimiento de que médicos de la clínica desempeñaran funciones en los organismos de seguridad de la época.
El uso habitual de la compresa en cirugías, como instrumento para limpiar, absorber fluidos o proteger tejidos, se convirtió en un elemento importante en el caso Frei Montalva. Aunque tradicionalmente se la consideraba inofensiva, décadas después se la consideró potencialmente dañina. La inflamación del tejido del paciente, con signos de agresión por un agente no bacteriano, llevó a que esta herramienta, siempre considerada segura, pasara a ser objeto de atención, lo que respaldó la hipótesis de una agresión intencional.
No hay claridad sobre si el juez Alejandro Madrid pudo examinar en detalle los protocolos de seguridad y la cadena de custodia relacionados con las cirugías del expresidente Eduardo Frei Montalva. Por ejemplo, se desconoce dónde y cómo se almacenaron las compresas y otros insumos quirúrgicos, quiénes eran los responsables de su custodia y cuántas personas tenían acceso a ellos. Estas interrogantes son cruciales, ya que en un contexto de control ilimitado y de procedimientos poco transparentes, resultaba fácil que alguien con malas intenciones actuara sin ser detectado. Esta vulnerabilidad se agravó por la falta de una alerta temprana por parte del equipo médico cercano a Frei.
Años después, durante su comparecencia ante el juez Madrid, el doctor Silva Garín modificó su discurso y evitó culpar a Larraín y no calificó públicamente la primera operación como «sucia». Sin embargo, afirmó espontáneamente, sin que el juez se lo pidiera, que uno de los miembros del equipo médico había cometido un error en la sutura y que le habían perforado el intestino. Aunque carecía de pruebas concretas, su intención era clara: lanzar ideas al aire para apoyar la narrativa según la cual solo la ineptitud médica podía explicar lo ocurrido con Eduardo Frei. Silva Garín consolidaba ante la justicia y la opinión pública la versión de una fatalidad quirúrgica, desestimando otras hipótesis sobre las causas reales de los problemas del paciente. El juez registra textualmente este testimonio en el expediente, destacando la insistencia de Silva Garín en atribuir la tragedia a un supuesto error médico que fue ayudado por el silencio de Larraín:
…que la operación practicada por Larraín, en la que estuvo presente, se hizo bien y se retiró cuando comenzaron a cerrar, y fue allí cuando pescaron el asa del intestino con la sutura en la pared del peritoneo. Eso es probable, pero no lo vio. Pero si existió ese problema como causa probable de la posterior oclusión, tuvo que haber ocurrido en ese momento y no antes. Ahora el problema consiste en que el asa intestinal es un tubo que al quedar fijo en la pared, queda inmóvil, fue allí donde se produjo el vólvulo, el punto mismo donde se tomó no se obstruyó, sería por eso que pudo permanecer siete días bien y, después, presentarse el vólvulo y por supuesto la obstrucción completa, lo que se comprueba por los vómitos donde sale un líquido característico de color negro vidrioso y de muy mal olor.
Durante la cirugía, Silva Garín, con la ayuda de Wainstein y Vélez, mantuvo una actitud fría y decidida al extraer una sección de intestino de 35 centímetros, como si se tratara de tejido muerto. Esa resección elevó el procedimiento a un nivel superior y permitió una explicación médica plausible: si el paciente moría, su fallecimiento podría atribuirse a la gravedad del cuadro abdominal, a una infección postoperatoria o a una septicemia, y no a la intervención de terceros. En esa lógica, la operación no solo atendía una supuesta emergencia, sino que también creaba el marco clínico para que el desenlace fatal pareciera una consecuencia natural.
Augusto Larraín, casi al final de su entrevista, cuenta lo que le dijo Silva Garín al reemplazarlo:
-Doctor, yo lo he heredado porque la familia me lo solicitó.
Así se despidió este renombrado cirujano, condenado en Chile como «el médico que mató a Frei». En el extranjero, todavía se le recuerda por la técnica quirúrgica que lleva su nombre, «Hill-Larraín», utilizada en numerosos hospitales del mundo.
En la imagen del video, Larraín baja la cabeza, mira sus manos y concluye: «Y punto». Después, las mueve, las junta como si tratara de arrullar un pajarito, mira hacia abajo como si rezara, levanta el rostro y añade mientras mira hacia la cámara:
-Y me cagaron la vida…
6.0 La medicina ante su propio juicio
En las investigaciones del juez Madrid, un panel de ocho médicos expertos analizó con detenimiento el fragmento de intestino extraído durante la segunda operación y llegó a una conclusión unánime: el doctor o coronel Patricio Silva Garín no cumplió con los estándares éticos ni profesionales requeridos en la práctica médica. Determinaron que sus decisiones y acciones durante el tratamiento no solo fueron irresponsables, sino que también faltaron al rigor y la ética necesarios, poniendo en riesgo la salud y la vida del expresidente. Esta valoración se basó en una revisión exhaustiva de los antecedentes clínicos, las intervenciones quirúrgicas y la gestión de la información médica a lo largo de todo el proceso:
Se constituyó un panel de expertos conformado en el servicio médico legal, compuesto por ocho médicos de distintas especialidades: CAROLINA HERRERA CONTRERAS, medicina intensiva (broncopulmonar); JAVIER BRAHAM BARRIL, medicina interna (gastroenterología); RONALD DE LA CUADRA ESPINOZA, cirugía digestiva; ALFREDO RAMÍREZ NUÑEZ, medicina interna (cardiología); LUIS THOMPSON MOYA, medicina interna (infectología); ANTONIO SAFFIE IBAÑEZ, medicina interna (nefrología); MELCHOR LEMP MIRANDA, neurocirugía; RODRIGO SALINAS RIOS, neurología. Estos médicos concluyeron que hubo dos instancias en las que el doctor Silva no se ajustó a la lex artis, concepto médico y jurídico que se refiere al conjunto de normas, prácticas, conocimientos y criterios que un profesional debe seguir para actuar con responsabilidad, ética y competencia en su campo. En medicina, implica que el profesional debe actuar conforme a los estándares aceptados por la comunidad científica y médica. Las dos instancias identificadas de manera unánime por el panel de médicos, en las que eso no ocurrió, fueron las siguientes:
6.1 Sin obstrucción, sin justificación: la decisión de realizar una segunda intervención quirúrgica el 6 de diciembre de 1981 no estaba justificada por la información clínica disponible en ese momento. Al analizar el caso, tampoco se encontró evidencia suficiente en los exámenes histológicos ni en la observación directa de la porción intestinal extraída que respaldara la necesidad de extirpar ese segmento.
Los especialistas que examinaron el caso determinaron que no existían motivos médicos para realizar una segunda cirugía ni para remover un segmento intestinal, ya que los síntomas del paciente no indicaban una obstrucción intestinal verdadera. Además, la pieza extraída no mostraba las características patológicas típicas de esta condición, lo que demuestra que la intervención fue clínicamente innecesaria:
Declaración judicial de MELCHOR BRUNO LEMP MIRANDA, médico neurocirujano.
Consultado sobre cuál sería la razón médica para que el paciente hubiera presentado tal agravamiento después de la primera intervención, responde que, a este respecto, le parece algo extraño, que no se condice con el estado del intestino analizado en la anatomía patológica y que no era de oclusión. La impresión que les quedó fue que su estado general no era tan grave.
Declaración judicial de JAVIER RENÉ BRAHM BARRIL, médico gastroenterólogo.
Consultado sobre por qué razón en la discusión del caso se señala que los hallazgos anatomopatológicos de la pieza quirúrgica obtenida en la intervención del día 6 de diciembre no son compatibles con la presencia de obstrucción intestinal o sepsis abdominal, responde que en una obstrucción intestinal que llevaba unos días, de acuerdo con el relato, se hubiera esperado encontrar un intestino más dañado. Que en este caso no parecía haber un daño severo, y si había una sepsis, debió haberse presentado una necrosis del asa, y si el facultativo resecó un trozo de intestino, este se presenta muy poco enfermo, de acuerdo con lo que expresa el informe anatomopatológico.
Declaración judicial de EMILIO MERHE NIEVA, médico urólogo.
…por otra parte, el trozo de intestino que se sacó en la segunda operación no tenía alteraciones que justificaran hacerlo, no era un tejido negro o, incluso, agregó que la obstrucción intestinal era objetable.
Declaración judicial de LUIS ALFREDO RAMÍREZ NÚÑEZ, médico cardiólogo.
Consultado respecto a los síntomas de la inoculación del talio, responde que el cuadro clínico es insidioso, consiste en dolores abdominales de tipo cólico, meteorismo, vómitos y dolores cólicos que son expresiones del calambre abdominal. Indica que, desde el punto de vista clínico, estos síntomas pueden confundirse con los de una obstrucción intestinal, pero, desde el punto de vista semiológico, de ninguna manera los síntomas del paciente se condicen con los de una obstrucción intestinal.
Declaración judicial de RODRIGO ALEJANDRO SALINAS RÍOS, médico cirujano neurólogo.
…y este constituye una parte del intestino en el que no se demuestra la razón quirúrgica que tuvo el señalado facultativo. Asimismo, el diagnóstico que tenía el paciente al reingresar en la Clínica Santa María no evidenciaba compromiso vital.
Declaración judicial de CAROLINA DEL CARMEN HERRERA CONTRERAS, médica especializada en medicina interna.
…Finalmente, en cuanto a cuáles son los síntomas cuando se da la ingestión de talio, responde que son los mismos, y existe una posibilidad razonable de que esa etiología podría haber sido la que ocasionara las manifestaciones clínicas del paciente analizado. Finalmente, agrega que, en el anexo número uno, cuando se señala «el talio es una posibilidad diagnosticada que debe ser descartada», lo que se quiere decir es: «que es una posibilidad que debe ser planteada y estudiada».
Declaración judicial de ELVIRA SOL DEL CARMEN MIRANDA VÁZQUEZ, médico cirujano.
Consultada sobre el número uno de sus propias observaciones, señala que considera que la resección del segmento intestinal no se justificó, ya que no presenta signos cardiovasculares secundarios a una obstrucción (signos de necrosis) ni reacción peritoneal. Tampoco se describe una ruptura intraoperatoria en ninguna zona del segmento intestinal.
Declaración judicial de RONALD RAFAEL DE LA CUADRA ESPINOSA, médico cirujano.
…le llamó también la atención el hecho de que la sección del intestino delgado reseccionada al momento de la reintervención quirúrgica del paciente no menciona una estructura intestinal sin vitalidad (necrosis). Agrega que también le llamó la atención que el segmento intestinal resecado sólo mostraba congestión en el estudio de anatomía patológica y que no se menciona la desvitalización de la estructura reseccionada. Finalmente, indica que, en su experiencia como cirujano digestivo, ha observado que, al no existir desvitalización intestinal, la infección masiva es de rara ocurrencia.
Declaración judicial de LUIS ADALBERTO THOMPSON MOYA, médico con especialidad en medicina interna y microbiología (infectología).
…agrega que lo que se relaciona con el trozo de intestino que se extrajo de 35 cm, en el informe del doctor Rosenberg de la Clínica Santa María (no es el patólogo de la Universidad Católica), se explica que dicha parte del intestino delgado no tenía necrosis, solamente congestión y era vascular, lo que, según le indicó la doctora anatomo patóloga Doña Elvira Miranda, era una condición mínima que no habría justificado la resección, poniendo en duda la necesidad de dicha operación.
Como consecuencia directa de esa cirugía, el paciente quedó en una situación de gran vulnerabilidad, susceptible de infecciones graves y de complicaciones postoperatorias. Investigaciones posteriores revelaron que durante el tratamiento se emplearon sustancias tóxicas que lo dañaron gravemente. Este debilitamiento dejó al paciente vulnerable a microorganismos que, en condiciones normales, no serían peligrosos. Por lo tanto, no fue necesario recurrir a bacterias especialmente dañinas para eliminarlo: la combinación de una cirugía innecesaria y la exposición a agentes tóxicos fue suficiente para causar un daño irreversible:
6.2 La ausencia que delata: la falta de registro de signos vitales en un momento crucial de la recuperación postoperatoria no cumple con una buena práctica médica, tanto en ese momento como en el de la reintervención. Los profesionales médicos notaron con gran preocupación que, al revisar la historia clínica, no se registró ninguna información sobre los signos vitales ni sobre otros datos importantes del postoperatorio del día siguiente a la segunda cirugía. Estos registros, que por protocolo son obligatorios y esenciales para monitorear la evolución y el estado del paciente tras una operación, simplemente estaban ausentes. Tal omisión no puede considerarse menor, pues implica la falta del control médico necesario en una etapa crítica de la recuperación. Por la gravedad de la situación, solo puede atribuirse a una negligencia extrema del equipo médico responsable o, en el peor de los casos, interpretarse como una intención deliberada de ocultar información clave y obstaculizar futuras investigaciones. Sin esos datos, resulta mucho más difícil reconstruir los hechos y determinar las causas de posibles complicaciones o de desenlaces fatales.
7. El silencio de los médicos leales
¿Por qué los médicos más cercanos a Frei Montalva mostraron tan poca iniciativa para investigar los momentos clave? La respuesta parece radicar en el ambiente que predominaba tanto en el ámbito médico como en el político durante la dictadura. Los órganos represivos del régimen, como la CNI, vigilaban constantemente las decisiones médicas y el funcionamiento de la Clínica Santa María, creando un clima de temor y autocensura que limitaba la acción profesional y humana de los médicos. En ese ambiente, indagar en exceso o cuestionar podía acarrear graves consecuencias, lo que explica la falta de curiosidad y el silencio que rodeó el caso. La lealtad estaba atrapada por el miedo, la autocensura y la cautela.
En contraste, el panel de especialistas que revisó el caso en tiempos de democracia analizó los antecedentes sin presiones ni amenazas externas, lo que permitió una revisión abierta y transparente. Todos coincidieron unánimemente en señalar las graves irregularidades y errores, sustentados en criterios científicos y objetivos. La ausencia de miedo y de presión política permitió un análisis riguroso y honesto de los hechos, lo que evidenció que el diagnóstico inicial de obstrucción intestinal carecía de fundamento y que la segunda cirugía estuvo marcada por irregularidades. Este contraste muestra cómo la dictadura influyó en la conducta de los médicos y cómo, en un entorno libre, la profesionalidad y la unanimidad aumentaron, dejando al descubierto las contradicciones y los silencios del pasado.
Paralelamente, existía una hipótesis alternativa: que la inflamación localizada fuera causada por un agente externo. Larraín declaró posteriormente ante el juez que sospechaba que una compresa usada en la primera cirugía podría haber estado impregnada de algún químico, lo que explicaría la lesión. Sin embargo, ni él ni ningún otro médico propusieron esa hipótesis durante la segunda intervención, en la que se observó inflamación. Aunque su experiencia y reputación estaban siendo cuestionadas, Larraín eligió guardar silencio, sin defender su diagnóstico ni analizar el fragmento extirpado para respaldar su postura. Es posible que, tras terminar la cirugía, examinara ese trozo de intestino y no hubiera hallado evidencia de obstrucción ni de tejido necrótico, pero prefirió guardar silencio. También guardó silencio, como mencionó en su última entrevista, poco antes de morir y en silla de ruedas, cuando observó cómo Silva le había perforado el intestino.
En el libro de Lilian Olivares, el doctor Augusto Larraín plantea la posibilidad de que durante la primera operación se haya producido una contaminación intencional de las compresas. Larraín indica que alguna de ellas pudo haber sido impregnada con una sustancia tóxica en pequeñas gotas, lo que habría provocado complicaciones clínicas y la necesidad de una segunda cirugía. Afirma que el veneno empleado era extremadamente potente, similar al utilizado en envenenamientos de origen ruso, aunque también sugiere que pudo tratarse de un químico más simple, en dosis bajas, capaz de causar, en algunos días, síntomas similares a los de una obstrucción intestinal.
Es probable que el miedo haya restringido la capacidad de respuesta de Larraín en esos momentos cruciales. Pero lo sorprendente es que, incluso años después y en democracia, cuando la amenaza del régimen ya había desaparecido, no aprovechó la oportunidad para explicar lo sucedido ante el juez Madrid. Ese temor, sembrado durante años de represión, pudo haber permanecido en su memoria e influir en su comportamiento incluso en un entorno democrático. También pudo ocurrir que el miedo al juicio social, por no haberse defendido con más fuerza en esos años, lo llevara a evitar dar explicaciones. En dictadura, callar pudo haber sido una forma de sobrevivir; en democracia, en cambio, su silencio parece haber cumplido otra función: protegerse del juicio sobre su propia conducta. Hablar con claridad habría significado reconocer que, cuando tuvo la oportunidad de defender su diagnóstico y advertir sobre una posible contaminación, no lo hizo. Permaneció en silencio durante veinte años y solo cuando el caso de Eduardo Frei Montalva estaba archivado en los expedientes judiciales decidió expresar, tímidamente, una opinión parcial. Para entonces, muchas evidencias estaban ocultas y la versión oficial, que atribuía la muerte de Frei a causas naturales o a complicaciones quirúrgicas comunes, seguía vigente, en parte gracias al silencio de profesionales como él.
Por otro lado, el doctor Goic formaba parte del equipo médico, participaba en las juntas médicas, pero su escasa experiencia quirúrgica lo relegaba a un rol secundario. Sin embargo, eso no justifica su limitada participación, ya que, aunque no era especialista, podría haberse involucrado más activamente consultando a los cirujanos principales o solicitando explicaciones más detalladas a los especialistas. El ambiente de temor, sumado a su inseguridad profesional, lo llevó a mantenerse al margen y a dejar pasar oportunidades en las que pudo demostrar un mayor compromiso y responsabilidad en situaciones delicadas y atípicas. Su actitud pasiva restringió su aporte y amplificó el poder de decisión de Silva para ejecutar su plan sin mayores contratiempos.
El doctor Goic, sin buscar protagonismo ni ambiciones políticas, ejercía su vocación médica en medio de una situación peligrosa. Caminaba por los pasillos de la clínica con sencillez, cargando con un secreto que no había elegido. Las noches de insomnio le dejaban una sombra fija en la mirada; las conversaciones interrumpidas y las miradas esquivas de quienes lo rodeaban aumentaban su inseguridad. Navegaba entre la responsabilidad profesional y el temor, consciente de que un paso en falso podía arrastrarlo a él y también a los suyos. Organizaba juntas médicas, llamaba a especialistas extranjeros, revisaba exámenes, buscaba una explicación que no llegaba. ¿Por qué este caso se había vuelto tan difícil? ¿Qué se le escapaba? Había hecho lo que debía hacer, ¿o no? Y, sin embargo, cada decisión parecía llegar tarde, cada tratamiento parecía insuficiente, cada silencio a su alrededor lo dejaba más solo. ¿En qué momento había empezado a sentirse un gran inútil?
El caso de Frei Montalva fue extraordinario por la importancia del paciente y por los síntomas extraños y persistentes que presentó. Después de la segunda operación, Goic notó signos clínicos que no coincidían con las complicaciones habituales: fiebre constante e incontrolable, ampollas en la piel -inusuales tras una cirugía, pero compatibles con un envenenamiento por sustancias tóxicas- , y una inflamación abdominal inexplicada. Estos indicios lo llevaron a sospechar que no se trataba de un cuadro clínico común, sino de una intervención organizada para causarle daño. Aunque debió haber expresado sus preocupaciones y advertido sobre la posibilidad de un proceso provocado por un químico, el entorno represivo y el miedo a represalias lo llevaron a actuar con cautela. Sin embargo, anotó en la ficha clínica sus inquietudes con solo dos palabras: “¿metabólico o tóxico?” Dejó constancia de una sospecha de intoxicación, pero sin señalar responsables ni mecanismos. ¿Lo discutió en las juntas médicas que él organizaba a diario en la clínica? Probablemente no, aunque un agente tóxico era un elefante blanco que todos los médicos veían, pero no se atrevían a nombrar. La ambigüedad de los síntomas y la dificultad para clasificarlos como cuadros médicos comunes lo llevaron a adoptar una postura defensiva y a tratar al paciente como si tuviera una grave infección bacteriana, administrando antibióticos de última generación y de amplio espectro. Sin embargo, esa medida no abordó el problema central: la causa verdadera era la supresión intencional de su sistema inmunológico. El temor y la complejidad del caso lo llevaron a interpretarlo desde la medicina convencional, sin detectar ni detener a tiempo su deterioro, además de su inexperiencia en intoxicaciones poco comunes. Aunque temía que algo grave estuviera ocurriendo, prefirió no profundizar en esas sospechas, limitándose a actuar estrictamente desde lo médico y a evitar exponer su posición, incluso en las decisiones terapéuticas. La presión externa lo atrapó entre su deber profesional y el miedo, lo que derivó en una prudencia forzada.
Los análisis de sangre confirmaban sus sospechas: el sistema inmunológico de Frei se venía abajo, como si una toxina invisible actuara desde dentro. En ese entorno hostil, Goic debió convencerse de que el deterioro no respondía a una complicación común, sino a un ataque deliberado, difícil de probar, casi imposible de nombrar. ¿Con qué palabras decirlo? ¿A quién? ¿Con qué pruebas? La impotencia debió de invadirlo. Lo imagino caminando por los pasillos de la clínica con el rostro cuidadosamente sereno, aunque por dentro todo se le desordenara. Tal vez, una tarde, al salir de una junta médica o al refugiarse unos minutos en su automóvil mientras iba a reunirse con mi padre, encendió la radio y oyó la voz de Mercedes Sosa cantándole a la libertad. Esa música, que alguna vez le había devuelto el entusiasmo, le devolvió de golpe la juventud perdida, así como las promesas y la confianza en un país posible. Pero ahora la canción chocaba contra la clínica, contra los informes, contra el cuerpo de Frei que no mejoraba. No, no podía escuchar eso. No ahí. No, mientras todo se hundía. Quizá bajó el volumen con rabia, como si la melodía de Mercedes Sosa ahora lo aplastara. ¡Ya ni siquiera podía escuchar música, carajo!
A medida que la investigación avanzaba, el juez Madrid no solo descubrió las maniobras contra Frei, sino también la vulnerabilidad de quienes debieron protegerlo. En los testimonios de los médicos leales surgió una incómoda verdad: muchos habían sospechado y detectado señales anómalas, pero ninguno se atrevió a mencionarlas mientras aún eran relevantes. Esa revelación probablemente le causó una gran desilusión al juez. No era solo cuestión de identificar a los culpables, sino también de lograr que los testigos, aliados de la familia Frei, colaboraran. Aunque pasaron muchos años, seguían atrapados por la dificultad de reconocer su propio silencio. A esa dificultad se sumaba otra: el caso había sido mal explicado ante la opinión pública. La prensa tendía a reducir una investigación compleja -llena de silencios médicos, muestras deterioradas, hipótesis toxicológicas difíciles y testimonios tardíos- a una disputa entre versiones incompatibles. Lo que para Madrid era una acumulación lenta de indicios, para muchos lectores aparecía como una confusión interminable, casi como una obsesión judicial imposible de probar. Quizás ahí nació parte de su desilusión: no solo debía ordenar un expediente lleno de vacíos, sino también luchar contra una versión pública que volvía fragmentaria, exagerada o inverosímil una trama que, dentro del expediente, empezaba a adquirir sentido.
La luz en la habitación 401 era tan intensa y fría que parecía borrar cualquier rastro del tiempo o de la presencia humana. Allí, el expresidente Eduardo Frei, conocido como el «enemigo interno», descansaba en una cama que, por su solemnidad, más parecía un altar que una cama de hospital. Su piel, que antes brillaba al sol de las campañas y eventos públicos, ahora se veía grisácea y apagada, reflejando el avance de un envenenamiento que lo consumía. Aunque no mostraba signos evidentes de dolor físico, su condición indicaba una pérdida constante de fuerzas y un desgaste que lo debilitaba día a día.
La aparición de ampollas en la piel resultaba especialmente preocupante. Esas lesiones son raras en pacientes con complicaciones postquirúrgicas habituales y, al presentarse junto con otros síntomas poco claros, llevaron a pensar en una posible exposición a sustancias tóxicas. Sin embargo, no presentaron los signos típicos de intoxicación, como dolor en los tobillos o pérdida de cabello, lo cual generó confusión. Goic, ante esas manifestaciones clínicas atípicas y una inflamación abdominal inexplicable, no encontró respuesta en los exámenes ni en la evolución habitual del paciente.
Aquí surge una duda: ¿compartió el doctor Goic con mi padre sus sospechas durante las visitas a nuestra casa? ¿Alguna vez, aunque fuera en susurros, mencionó la posibilidad de un envenenamiento o prefirió guardar silencio? ¿Qué palabras intercambiaron en esos momentos? Seguro que el doctor Goic le pidió que formara parte de la junta de médicos que se reunía todos los días en la clínica. Pero si él había evitado involucrarse antes, al negarle el permiso en la clínica Indisa, no dejaría de hacerlo ahora, cuando sus peores pesadillas se estaban concretando. Como un consuelo distante, probablemente aceptaba que Goic pasara por la casa para brindarle apoyo, animarlo o ayudarlo a que se lamiera las heridas, pero eso sería todo.
Cada día me interrogo, con una inquietud creciente, sobre si mi padre llegó a comprender lo que ocurría. Lo imagino en el living de nuestra casa, después de una de esas conversaciones con Goic, sentado bajo la luz tenue, con el cuerpo inclinado hacia adelante y las manos quietas sobre las rodillas. La noticia de la clínica Santa María no era solo una noticia; era una advertencia. Si Frei se hubiera operado en Indisa, ¿habría pasado lo mismo? ¿Habrían entrado también por la puerta lateral, con nombres falsos, con delantales impecables, con órdenes que nadie se atrevería a discutir? Indisa pudo haber sido el escenario del crimen. Su clínica, su responsabilidad, su nombre. ¿Y si negar la operación no hubiera sido una exageración prudente, sino el único modo de salvarlo? ¿Y si aun así no hubiera servido de nada? Tal vez Juan no se permitió decirlo en voz alta. Hablar era poner en peligro a su familia, a sus colegas, a Goic, a sí mismo. Mi padre no estaba ante una decisión clara, sino ante una trampa: cualquier camino parecía traicionar algo. Si hablaba, exponía a los suyos; si callaba, quedaba para siempre unido a aquello que no se atrevió a decir. Mejor callar. Mejor mirar al suelo, cambiar de tema, dejar que la sospecha circulara entre ambos como un animal encerrado. Pero el silencio no lo liberaba. Lo seguía de noche, se sentaba con él a la mesa, caminaba con él en Indisa, se consumía con él. ¿Fue miedo, prudencia, culpa, cariño, supervivencia? Tal vez todo eso a la vez. No, no podía decirlo. No entonces. No con el auto oscuro afuera, no con los teléfonos intervenidos, no con los hijos repartidos por el mundo y el miedo sentado a la mesa. ¿Fue cobardía? ¿Fue amor? ¿Fue sobrevivir?
A veces me pesa ese silencio, ese vacío del que no llegan respuestas. Queda en mí el deseo tardío de haber estado allí con él. Releo la carta que me envió tras la muerte de Frei, toco el reloj de pulsera que me regaló antes de mi regreso a Michigan y subo al primer piso de mi casa. No hay reproches. Solo me pregunto si calló para protegerme. Quizás pensó que yo era demasiado joven, o tal vez creyó que nombrar el horror lo haría más real, como si abriera una ventana que después ya no pudiéramos cerrar. Hoy, como hijo, no sé si reclamarle por su silencio o agradecerle que haya intentado preservar en mí una inocencia que el país ya había perdido. Le habría preguntado si tuvo miedo, si por las noches sintió culpa, si habló con Goic sobre aquello que ambos intuían pero no podían nombrar. Le habría contado que heredé sus interrogantes. Que su silencio no me dejó fuera de la historia, sino dentro de ella, obligado a buscar las palabras que él no pudo pronunciar. Quizás eso es lo que duele: no saber si calló por cariño, por miedo o por la simple necesidad de sobrevivir. Sigo buscando en el sótano de mi casa esa conversación que nunca tuvimos. Busco al padre que no alcancé a conocer del todo, al hombre que tal vez se protegió callando y que, al hacerlo, me dejó una pregunta imposible de cerrar.
Tal vez esa fue una de las mayores decepciones de Madrid: descubrir que la verdad no estaba oculta únicamente entre los victimarios, sino también dispersa, fragmentada y temerosa en la memoria de los médicos amigos de Frei.
8. La medicina bajo el mando militar
Muchos infiltrados, junto con médicos y empleados de la salud con jornada parcial en la clínica, tenían vínculos laborales y personales con médicos asociados al régimen, como Patricio Silva Garín, Wainstein y Valdivia. Estos profesionales, además de trabajar habitualmente en el Hospital Militar, tenían un pasado marcado por la represión. Mónica González contó al juez que siempre le resultó inquietante y difícil de entender cómo Silva Garín, quien realizó un curso en la Escuela de las Américas en Panamá, ese oscuro centro donde Estados Unidos instruyó a militares latinoamericanos en tácticas brutales y doctrinas anticomunistas, pudo llegar a ser subsecretario de Salud durante el gobierno de Frei.
El doctor Goic y Larraín no tenían conocimiento del nivel de infiltración y control que los organismos represivos ejercían en hospitales y clínicas en ese momento. La presencia de médicos como Wainstein y Valdivia, vinculados a la CNI y colaboradores de centros de tortura como la Clínica London y el Hospital de Campaña del Estadio Nacional, era un secreto para ellos. Estaban completamente ajenos al rol que Silva Garín desempeñó en la organización de ese hospital de campaña, donde se torturó y asesinó a partidarios de Allende. Solo años después, mediante investigaciones judiciales y testimonios de sobrevivientes, comprendieron la magnitud de los abusos cometidos a sus espaldas:
Declaración judicial de SERGIO RODRIGO VELEZ FUENZALIDA, quien ratifica su declaración policial de fojas 897 y siguientes, señala que, como médico de Sanidad Militar, prestaba servicios en el Regimiento de Caballería Blindada del Ejército, ubicado en Santa Rosa, y, paralelamente, en el Hospital Militar, como médico civil en su especialidad de cirujano. Conocía al doctor SILVA, quien fue su jefe directo, pero señala que nunca participó como segundo ayudante en las operaciones a las que fue sometido el expresidente, como ha señalado el propio doctor SILVA. Sabe que el doctor WAINSTEIN, quien también trabajaba en el Hospital Militar, fue su ayudante en dichas intervenciones. Trabajó también durante ese período en la Clínica Santa María, en los turnos de noche, incluso los domingos y festivos. También estuvo destinado en la DINA, específicamente en la Clínica London, atendiendo al personal de esa dirección y a sus familiares, aunque en períodos distintos. Entre los médicos de la Clínica London, recuerda al doctor SAMUEL PEDRO VALDIVIA, quien además trabajaba en la Clínica Santa María.
Declaración judicial de MIGUEL ALBERTO TAPIA DE LA PUENTE, médico cirujano, quien ratifica su declaración extrajudicial de fecha 3 de noviembre de 2011, otorgada ante la Policía de Investigaciones de Chile a fojas 11.133, la cual fue otorgada en los siguientes términos: indica que en septiembre de 1973 se desempeñaba como médico civil en el Hospital Militar, en el servicio de cirugía y en el servicio de urgencias, y que, además, cumplía labores de mayor de sanidad en la academia de guerra.
Señala que en días posteriores al 11 de septiembre de 1973, tenía la misión de designar a los médicos civiles del Hospital Militar, que debían concurrir a los distintos campos de prisioneros, correspondiéndole posteriormente, por orden de su superior jerárquico, el Mayor de Sanidad don PATRICIO SILVA GARÍN, disponer la instalación de un pelotón del hospital de campaña en el Estadio Nacional. Para ello, por disposición del doctor SILVA GARÍN, designó al doctor MANUEL ANTONIO AMOR LILLO, cirujano civil del Hospital Militar, para quedar a cargo del Hospital de Campaña en el Estadio Nacional, permaneciendo en el cargo de Director del Hospital de Campaña hasta que los prisioneros fueron evacuados hacia Valparaíso, donde fueron embarcados en un buque de la Armada.
Declara judicialmente doña CARMEN LUZ VERÓNICA PAROT ALONSO, periodista, quien ratifica su declaración extrajudicial rendida ante la Policía de Investigaciones de Chile el día 5 de junio del año 2012, la cual se otorga en los siguientes términos: consultada sobre el documental «Estadio Nacional», del cual fue directora, cuyo estreno fue en el año 2003, y como consecuencia de una investigación de tres años, manifiesta que su creación surge de una inquietud personal por indagar sobre la historia de Chile y sobre el mayor campo de concentración del país.
… Señala que, para las sesiones de interrogatorio bajo tortura, los prisioneros eran llamados por altavoz y llevados al velódromo, donde formaban filas de espera para sus turnos, cubiertos con frazadas. Que, según el relato de los prisioneros, además de las personas que realizaban el interrogatorio, había una o un secretario que tomaba nota de todo. También había personal médico que supervisaba el estado físico del interrogado y su resistencia a la tortura.
Indica que también tomó conocimiento, a través de los testimonios, de que las “máquinas” de aplicación de corriente utilizadas en los tormentos eran de fabricación brasileña y operaban con personas que hablaban portugués, y que estas, incluso, instruían sobre su uso.
La enfermera Eliana Bolumburu, quien trabajó en la controvertida Clínica London, ratificó ante el juez que el doctor Pedro Valdivia ejercía funciones médicas en dicho establecimiento:
Declaración judicial de ELIANA CARLOTA BOLUMBURU TABOADA. Ratifica su declaración policial de fojas 887 y siguientes y, a la pregunta del tribunal, señala que el doctor PEDRO VALDIVIA era un médico más que cumplía funciones similares a las que se realizan en un policlínico, es decir, atendía toda clase de enfermedades, ello en la Clínica London.
En ese entorno opresivo, creció la brecha ética y profesional entre médicos como Goic y figuras como Silva, Waistein y Valdivia. Aunque Goic, a pesar de sus limitaciones quirúrgicas, intentaba preservar la dignidad y mantener su compromiso con su paciente, siguiendo protocolos médicos y priorizando una atención humanizada, otros médicos y enfermeros, bajo la presión constante de las fuerzas represivas, actuaban o terminaron actuando en favor de intereses ajenos a la salud. Rechazaron el juramento hipocrático y adoptaron conductas que, aunque no siempre claramente negligentes, evidenciaban una falta de compromiso con la transparencia y el bienestar del paciente.
Después de la segunda operación, cuando la condición de Frei Montalva mejoraba, la esperanza pronto se desvanecía ante nuevas recaídas. Los síntomas surgían sin una explicación clara, lo que daba lugar a un patrón de intervenciones y aislamiento repetitivos. Este proceso deterioró la confianza en el equipo médico y en el entorno hospitalario, lo que hizo que Frei Montalva se sintiera cada vez más vulnerable y perdiera su sentido de seguridad y su cercanía con quienes lo rodeaban.
La estrategia del coronel Silva Garín fue clara: en lugar de centrarse en la recuperación del paciente, su objetivo fue aislarlo de sus familiares y seres queridos, privándolo del apoyo emocional esencial en momentos críticos y haciéndolo cada vez más vulnerable, sin posibilidad de expresar su voluntad. Esto último pudo ser decisivo en la etapa final, cuando Frei empezó a sospechar que algo turbio se gestaba a su alrededor, pero ya le resultaba difícil comunicarse y pedir ayuda. Tras la segunda operación, fue trasladado a una habitación que no cumplía con las medidas de seguridad adecuadas, lo que permitió envenenarlo sin que nadie se diera cuenta. En ese entorno, la sensación de abandono se agravó: estaba solo, rodeado de voces bajas, de pasos que se detenían en la puerta, de miradas que se apartaban demasiado pronto. Entraba gente que ya no lo miraba a los ojos. Silva Garín solo le consultaba lo necesario, como si el paciente ya no fuera un hombre con voluntad propia, sino un cuerpo administrado por otros. ¿Desde cuándo hablaban de él sin hablarle? ¿Por qué nadie le explicaba nada? ¿Sería posible que Silva también formara parte de esa trama destinada a silenciarlo? ¿A quién podía decírselo? ¿Con quién hablar si incluso las palabras parecían vigiladas? Cada día era una lucha constante, no solo contra el dolor físico y la impotencia, sino también contra la incomprensión y la indiferencia que lo rodeaban. Como señala Carmen Frei en su libro, ese ambiente hostil y desprotegido fue decisivo para que su padre quedara expuesto y sin defensa durante el período postoperatorio:
Después de la segunda operación, fue devuelto a su habitación del cuarto piso. No lo llevaron a la UTI por orden del doctor Silva Garín, y no ‘por decisión de la familia’, como él afirmó ante el juez. Desde ese momento, mi padre estuvo tres días completos bajo el cuidado de personas desconocidas, sin que el personal de la clínica ni la familia lo supieran. Todo indica que las mujeres que lo atendieron en ese momento jugaron un papel decisivo en la inoculación de los tóxicos. Durante esos tres días, esas enfermeras o agentes encubiertos tuvieron todo el tiempo del mundo para hacer lo que quisieran.
9. La habitación sin salida
Los traspiés que sufrió Eduardo Frei bajo la atención de Silva Garín no fueron un caso aislado en su trayectoria médica; ya existían antecedentes similares en los que Silva había aplicado su método. Antes, había atendido al general Augusto Lutz Urzúa en una emergencia médica en la que presentó complicaciones graves e inexplicables en su historial clínico, como la mala gestión de sondas, errores en la administración de medicamentos y negligencias en la recuperación postoperatoria. Silva Garín atribuyó esas complicaciones al médico Cerda, responsable de la salud del general, desplazándolo del caso para asumir el control total del paciente. Así fue como Lutz falleció de septicemia en noviembre de 1974, en el Hospital Militar de Santiago, bajo la atención de Silva Garín, en circunstancias que generaron dudas y sospechas que nunca se esclarecieron.
En ambos casos, lo que estaba en juego no era el bienestar del paciente, sino una red intrincada de intrigas políticas y rivalidades personales que afectaba cada decisión médica. Las familias de las víctimas quedaron atrapadas en un ambiente de desconfianza, donde la manipulación y la imposición de la voluntad de Silva Garín eran comunes:
Declaración judicial de GLORIA PATRICIA LUTZ HERRERA, en la que ratifica su declaración policial de fojas 1515 y siguientes, indicando que su padre, AUGUSTO LUTZ URZUA, se adhirió al grupo de generales que planearon el golpe de Estado en Chile. En ese tiempo era director del Servicio de Inteligencia Militar; después fue nombrado Director de Institutos Militares y, además, Secretario de la Junta de Gobierno. Señala que él compartía sus ideas con otros generales de inspiración democrática, como el general OSCAR BONILLA, y pensaba, junto a él, denunciar ante la Junta de Generales las actuaciones del coronel CONTRERAS; sin embargo, en el año 1974 el general PINOCHET lo destinó como intendente de la ciudad de Punta Arenas, a mi entender, como una forma de alejarlo del centro de toma de decisiones debido a la influencia que él tenía. Fue algo muy extraño que se realizó a mitad de año, lo cual es inusual. Indica que ella se quedó en Santiago y, tiempo después, recibió un llamado de su madre, de Punta Arenas, anunciando que su padre estaba enfermo e internado en el Hospital Regional, con diagnóstico de várices esofágicas, y que fue operado por esa causa por un doctor de apellido CERDA, a cargo del equipo médico del Ejército. Sin embargo, se agravó, por lo que se solicitó su traslado al Hospital Militar de Santiago mediante gestiones realizadas por su madre con doña Lucía Hiriart de Pinochet. Por ello, viajaron en avión para buscar a su padre, y el doctor PATRICIO SILVA estuvo a cargo del equipo médico. Su padre llegó consciente y, en Santiago, fue intervenido por el doctor SILVA debido a una úlcera gástrica. Recuerda que el doctor SILVA le echaba la culpa al doctor CERDA, de Punta Arenas, quien habría hecho un diagnóstico equivocado. Afirma que luego el general de Sanidad Militar de apellido DÍAZ les comentó que abriría un sumario para investigar las causas de tantos errores, pero su madre, al ir tiempo después a preguntar, le contestó: «¡Olguita, qué sumario!». Señala que el día que falleció su padre, recibieron una serie de llamados anónimos que decían «Este es el primer general traidor muerto, muy pronto morirá otro». Cuatro meses después, murió el general don OSCAR BONILLA en un accidente de helicóptero.
Tanto en el caso de Frei como en el de Lutz, ambos pacientes, intubados y sin capacidad de comunicarse verbalmente, tuvieron que recurrir a la escritura como su principal medio de expresión para alertar a sus familiares. Con manos temblorosas y en medio de la urgencia, lograron plasmar frases como «Sáquenme de aquí”» o «Sáquenme de aquí que me están matando». Más que súplicas de ayuda, esas palabras fueron un testimonio del peligro que percibían ante decisiones médicas y fuerzas externas ajenas a su control. Esas palabras, escritas en la soledad de una cama de hospital, constituyen actos de denuncia que dejan constancia de la falta de protección:
Declaración judicial de ALEJANDRO PATRICIO LUTZ HERRERA, en la que ratifica su declaración policial de fojas 4.717 y señala los hechos relacionados con el fallecimiento de su padre, el General AUGUSTO LUTZ URZÚA, ocurrido el día 28 de noviembre de 1974, quien, a fines de octubre de 1974, asistió a un cóctel oficial en alguna rama de las Fuerzas Armadas. Amaneció al día siguiente muy enfermo y con sangre, y fue atendido por el Dr. MIGUEL CERDA, médico jefe de Sanidad Militar de la Quinta División del Ejército en Punta Arenas. Él indicó que una úlcera gástrica que había tenido años atrás le estaba causando el problema y propuso una laparotomía exploratoria, que consiste en una cirugía para localizar el punto de sangrado. Este doctor recibió ofertas de ayuda por parte del Dr. REYES, cirujano del Hospital Regional de Punta Arenas, para colaborar con un equipo quirúrgico, dado que este tenía más experiencia en estos casos y mejor infraestructura. Además, los médicos navales le ofrecieron ayuda para realizar un diagnóstico adecuado mediante técnicas endoscópicas no invasivas. Ambos ofrecimientos fueron rechazados por el Dr. CERDA. La madre le solicitó trasladarlo al Hospital Militar de Santiago, pero él tampoco aceptó y le dijo que no le daría el pase para ese traslado. Señala que, al realizar la cirugía, no encontró el punto sangrante, lo cual ahora entiende que era obvio, pues en su interior debe haber habido mucha sangre. Después de la cirugía, su padre presentó un cuadro séptico secundario. A las 48 horas, fue trasladado al Hospital Militar de Santiago, por orden del Dr. PATRICIO SILVA GARÍN, quien concurrió personalmente a buscarlo en un avión LAN-Chile, adaptado en su parte posterior como avión-ambulancia. Vino con un equipo completo de su confianza para atender a su padre y trasladarlo, y fue operado al día siguiente por el Dr. PATRICIO SILVA, quien debió practicarle una resección estomacal (sacar el estómago); no recuerda si fue total o parcial. Agrega que en esta cirugía se resecó la zona de sangrado, lo que detuvo la hemorragia, y se observó una mejoría importante en los primeros días. El cuadro séptico fue controlado con antibióticos. Que habían pasado aproximadamente cinco días desde esa notable mejoría, cuando recuerda que estaba con su madre en el hospital y vieron salir al Dr. SILVA de la sala de su padre, notablemente molesto y desencajado, y le dijo a su madre que las sondas del drenaje que le había instalado durante la cirugía estaban fuera del cuerpo, comenzando a reagudizarse la infección ya controlada, debido a que los líquidos que debía eliminar por la sonda se acumulaban. Indica que, por esta situación, debió intervenirse de inmediato y que hubo complicaciones, entre ellas las respiratorias, por lo que se solicitó la asistencia de un grupo de médicos de la Universidad Católica, donde también se facilitó un respirador de mejor tecnología que el del Hospital Militar. Afirma que después de esa cirugía, su padre tuvo una leve mejoría. A los tres o cuatro días, a su padre se le inyectó una alta dosis de un antibiótico llamado «gentamicina», que figura en la ficha, pero luego los médicos se preguntaron quién la había prescrito en esa dosis, ya que era superior a la recomendada varias veces. Esto agravó su insuficiencia renal. Debido a la infección, que se agravaba, se le realizó al menos un aseo quirúrgico para reducirla por medios mecánicos, pero tampoco resultó. También se consiguieron antibióticos de última generación en otros países, como Estados Unidos y Panamá, que tampoco lograron controlar la infección. Además, la familia siempre llamó la atención sobre otra situación relacionada con la custodia permanente que su padre tenía en un área aislada de la UCI del hospital. Esta seguridad excesiva impidió que él entrara ni una sola vez a verlo. Cuando su madre consiguió entrar autorizada, su padre, que no podía hablar por estar entubado, pero estaba consciente y usaba una pizarra en la que escribió «Sácame de aquí, que me están matando», le impresionó mucho y lo comentó con quienes estaban allí. El Dr. SILVA dijo que su padre estaba en un estado de perturbación mental debido a la infección y al uso de medicamentos que alteraban su conciencia, lo que hacía pensar que le estaban haciendo daño, y por eso escribió eso. Finalmente, su padre falleció a causa de una falla multisistémica. Relata que años después, cuando trabajó en el Hospital Militar, intentó obtener la ficha médica, los exámenes o cualquier registro de la hospitalización de su padre, pero nunca lo logró; siempre le respondían que no había registros de su padre en el hospital. También dice que siempre le llamaron la atención los errores y negligencias cometidos con su padre, que finalmente llevaron a su muerte, aunque la patología que lo enfermó en Punta Arenas fue tratada con éxito.
Tanto el general Lutz como Frei, figuras de reconocido prestigio, enfrentaron la soledad y el desamparo tras ocupar cargos importantes, desafiar al régimen y combatir los abusos de poder. Ambos, un día influyentes y respetados, terminaron aislados en un entorno hospitalario donde la cautela y el silencio eran la norma. La protección que los rodeaba desapareció, convirtiéndolos en pacientes sin defensa que debían recurrir a la escritura para pedir auxilio: frases como «Sáquenme de aquí» y «Me están matando» reflejan su lucidez. En un contexto de indiferencia y control riguroso por parte del poder, la red de silencio y represión fue cerrándose, bloqueando toda posibilidad de comunicación o de auxilio, sumiéndolos en una vulnerabilidad irreversible.
10 El ensayo del veneno
El complot cometido en la clínica, ya sea por negligencia o descuido, también pudo haber afectado a otros pacientes. Un ejemplo es el de Patricio Yáñez, un hombre de 36 años que murió el 26 de enero de 1982, solo cuatro días después de Frei Montalva. Yáñez fue operado por diverticulitis aguda y, tras la cirugía, presentó una evolución clínica muy similar a la de Frei: inmunosupresión e infecciones graves y persistentes que finalmente le causaron la muerte. La similitud de los síntomas llevó a sospechar una infección intrahospitalaria; sin embargo, dada la preparación demostrada por los servicios de inteligencia implicados y la complejidad del envenenamiento, es muy probable que las complicaciones de Yáñez hayan sido el resultado de un acto premeditado. Una compresa contaminada, utilizada por descuido durante la cirugía en este paciente, no basta para explicar los mismos síntomas clínicos que presentó Patricio Yáñez. Lo más probable es que Yáñez haya sido escogido para un experimento paralelo, o paciente paralelo, en el que se probaron y ajustaron las dosis de los agentes químicos del envenenamiento. Se eligió a un individuo más joven, capaz de defenderse mejor frente a las infecciones, para asegurar la letalidad del método. Así, este envenenamiento podría haber sido un «ensayo criminal» para calibrar el procedimiento. La coincidencia temporal y la similitud clínica entre ambos fallecimientos refuerzan esta hipótesis, lo que refleja la meticulosidad y el cálculo de quienes planearon estos crímenes.
Probablemente Augusto Pinochet nunca se enteró de Patricio Yáñez porque jamás necesitó ensuciarse las manos ni trazar personalmente los detalles más oscuros de los crímenes cometidos bajo su régimen. Bastaba con su presencia, esa sombra omnipresente que exigía informes diarios y detallados sobre el estado de salud de Frei Montalva. Incluso el gesto de ofrecer un respirador, ajeno a cualquier acto de compasión, sirvió para subrayar su dominio y vigilancia constantes, recordándoles a todos quién tenía el verdadero poder. Pinochet delegaba la ejecución, pero nunca soltaba el control: desde la penumbra, manipulaba cada movimiento, impartía instrucciones solapadas y se aseguraba de no dejar huellas directas de su intervención. En sus reuniones diarias con el general Contreras, no hacía falta una orden explícita. Bastaban sus palabras, cargadas de veneno, para señalar el camino: «¿A Prats? No deseo volver a verle más la cara»; «¿Tucapel Jiménez? Un taxista ambicioso de poder»; «¿Orlando Letelier? Un ser despreciable, cuánto daño me ha causado ese hijo de puta en Washington. Gracias a sus mentiras, nos han negado la compra de armamento»; «¿Bernardo Leighton? Un traidor hablando mal de Chile en Roma, un perfecto vendepatria». Frases gélidas, calculadas, que no necesitaban explicación y dejaban claro el destino de quienes caían bajo su desprecio.
Contreras, atento y silencioso, comprendía la gravedad de cada palabra. Tomaba notas, disfrutaba del café caliente y captaba el mensaje subyacente: cualquier error o desobediencia podía resultar muy costoso. Así, el verdadero horror no residía en un mandato explícito, sino en la atmósfera opresiva de control y miedo que Pinochet imponía, donde bastaba con un silencio o una insinuación para activar la maquinaria de la muerte. En ese ambiente, el control era total:
Declaración judicial de MARÍA VICTORIA DE LARRAECHEA BOLÍVAR, enfermera, quien ratifica su declaración policial de fecha 3 de junio de 2003, la cual señala lo siguiente: que se tituló como enfermera universitaria en el año 1979 en la Universidad Católica de Santiago, desarrollando sus actividades profesionales en la Clínica Santa María, como enfermera de piso y de UTI (unidad de tratamiento intensivo).
Finalmente, quiere señalar que tenían la orden del doctor DUVAL, director de la clínica, de que en caso de la muerte de EDUARDO FREI MONTALVA, lo primero que se debía informar (antes que a la familia) era a don AUGUSTO PINOCHET. Por tanto, había que marcar su número telefónico que constaba en la UCI.
Esa directriz, que requería informar primero a Pinochet sobre la muerte de Frei Montalva, revela no solo el interés personal y político del dictador en el resultado final, sino también su obsesión por controlar cada aspecto del flujo de información y decidir cuándo y cómo se divulgaría. Se le informaba diariamente sobre la evolución de Frei. Para la familia, este mandato suponía la pérdida total del derecho a enterarse primero de la muerte de su ser querido, lo que demostraba que el destino de Frei dependía de los intereses del poder y no de la voluntad de su familia. El ambiente hospitalario estaba impregnado de una sensación de vigilancia y manipulación.
Años más tarde, el 16 de octubre de 1998, la historia pareció dar un giro inesperado. Augusto Pinochet, el exdictador, se vio obligado a someterse a una operación de columna, pero no se atrevió a someterse a ella en Chile. Con el instinto de quien conoce los riesgos ocultos del poder, prefirió viajar a Londres, temiendo que un quirófano chileno pudiera convertirse en un escenario de venganza o ajuste de cuentas; él ya conocía el uso creativo que se le podía dar. En la capital británica, el destino le reservó una sorpresa: fue detenido por Scotland Yard al ser requerido por la justicia española, a través del juez Baltasar Garzón, quien había dictado una orden internacional de arresto contra él por genocidio, terrorismo, torturas y desaparición de personas. Por un instante, muchos creyeron que se haría justicia. Sin embargo, el desenlace fue decepcionante; Pinochet fue liberado en marzo de 2000 gracias a las gestiones diplomáticas del entonces presidente de Chile, Frei Ruiz-Tagle, hijo del exmandatario asesinado. Existían sospechas sobre su muerte, pero no se sabe hasta qué punto su hijo estaba al tanto. Aquella decisión pudo haber enfrentado a Frei Ruiz-Tagle a un conflicto interior desgarrador: por un lado, la “razón de Estado” exigía actuar como jefe de gobierno y salvaguardar la soberanía nacional; por otro, la memoria de su padre le recordaba la deuda de justicia aún pendiente.
Tal vez esa misma tensión explique otra ausencia más difícil de nombrar: durante su presidencia, Frei Ruiz-Tagle no impulsó con fuerza una investigación sobre la muerte de su padre. No necesariamente por indiferencia, ni por falta de dolor, sino porque hacerlo habría significado abrir una grieta profunda en la transición democrática que él mismo debía administrar. Investigar a fondo la muerte de Frei Montalva como un posible asesinato de Estado implicaba tocar a las Fuerzas Armadas, a los servicios de inteligencia, a médicos con poder y a antiguos equilibrios políticos todavía frágiles. Era pedirle al presidente que actuara como un hijo, cuando el cargo le exigía comportarse como garante de una estabilidad precaria. Quizás allí estuvo su tragedia íntima: para proteger la transición, pudo haber postergado la verdad familiar; para gobernar el país, tuvo que dejar en suspenso la pregunta más dolorosa de su propia casa.
Imagino a Frei Ruiz-Tagle en su despacho, rodeado de expedientes legales, informes diplomáticos y cartas de organismos internacionales, mientras la ciudad, dividida, murmuraba afuera: unos reclamaban justicia; otros temían que la frágil democracia volviera a quebrarse. ¿Y si los militares salían a la calle? ¿Cómo llamarlo? ¿Presión institucional, amenaza velada, sublevación? En su escritorio, una fotografía familiar le recordaba la ausencia de su padre. No era solo el presidente de Chile quien debía decidir; también lo era el hijo de un hombre cuya muerte seguía rodeada de sospechas. Pero gobernar exigía tragarse la rabia, ordenar el miedo, hablar en nombre del Estado incluso cuando el cuerpo pedía otra cosa. ¿Llamaba a su hermana Carmen para consultarle? No. No, esa noche. Mañana, tal vez. A lo mejor ella le pediría que lo dejara pudrirse en Inglaterra.
11 Las noches en que se quedó indefenso
Tras la segunda cirugía, un hecho crucial afectó gravemente la recuperación de Frei Montalva. Las investigaciones indicaron que, en momentos en que el paciente estuvo solo en su habitación, sin familiares ni supervisión médica habitual, recibió visitas de personas desconocidas. Entre estas, se detectó la presencia de enfermeras cuya relación oficial con la clínica no pudo verificarse, lo que suscitó dudas sobre su papel y su participación en los sucesos.
Al finalizar la cirugía, se cometió una grave negligencia médica al trasladar a Frei a una habitación común. La Unidad de Terapia Intensiva (UTI) era la opción adecuada, dado su delicado estado de salud. Esa decisión redujo significativamente la atención y los cuidados postoperatorios, lo que lo dejó más vulnerable. El acceso restringido y el monitoreo constante en la UTI habrían limitado la intervención externa; al trasladarlo a una sala convencional, se facilitó la entrada de médicos ajenos y de agentes de represión. Estos tenían privilegios para moverse por las áreas críticas de la clínica, como las puertas de entrada, los accesos a los quirófanos y las zonas de recuperación.
En ese ambiente de escasa cautela y aprovechando la ausencia de testigos, los doctores Pedro Valdivia y Silva Garín pudieron administrar a Frei Montalva pequeñas dosis de agentes químicos que, poco a poco, destruyeron su sistema inmunológico. Según los antecedentes recabados, estas sustancias fueron suministradas durante la noche, cuando la actividad en la clínica era mínima. La declaración de Carmen Valenzuela, auxiliar de enfermería, resulta reveladora:
Declaración judicial de LUZ DEL CARMEN VALENZUELA BASSALET, auxiliar de enfermería, quien ratifica su declaración policial de fecha 19 de marzo de 2009 rendida ante la Policía de Investigaciones de Chile, la cual fue otorgada señalando lo siguiente: que trabajó en la casa de don ARTURO FREI MONTALVA desde el año 1966 como auxiliar de enfermería de su madre, doña MARÍA VICTORIA MONTALVA, quien falleció el 16 de octubre de 1972, y después continuó trabajando de forma esporádica con la familia FREI MONTALVA. Indicó que comenzó en enero de 1982. No recuerda la fecha exacta en que la hija mayor de don EDUARDO FREI MONTALVA, IRENE, acompañada de la asesora del hogar, MARÍA ISABEL DÍAZ DELGADO, llegó a su domicilio, a solicitud del expresidente, para brindarle el cuidado postoperatorio al señor FREI, a lo cual accedió de inmediato. Fue por ello que acudió directamente a la clínica Santa María, donde se encontraba internado. Entró a su habitación, donde lo acompañaba una enfermera, a quien el señor FREI hizo salir. Fue así que conversó con él; aún se encontraba lúcido, pero atravesaba momentos de dolor y decaimiento. Le habló textualmente del médico de cabecera, pero no le entregó su nombre ni pudo entender si quería hablar con él o decirle algo al respecto, lo cual lamentablemente no logró comprender. Afirma que también le habló de una enfermera que ingresaba todas las noches para inyectarle un medicamento que le causaba mucho dolor, y tampoco pudo dar muchos detalles; no quiso preguntarle más antecedentes, ya que en ese momento jamás pensó que algo malo le podría pasar. Que su impresión fue que lo encontró muy triste y que quería salir de esa clínica, y que le pidió que, una vez que saliera de la clínica, la compareciente lo cuidara por la confianza que existía desde hacía años. En dicha visita, estuvo durante un cuarto de hora y decidió retirarse porque estaba muy cansado.
… si ella hubiera sabido lo que ahora se sabe o se presume, habría puesto más atención a los detalles de lo que le decía sobre su médico, pues quizá ahora sería importante, pero no lo hizo en su momento.
Si Frei fue capaz de confiarle sus temores a Carmen Valenzuela, una auxiliar que conocía desde hacía años -había cuidado a su madre- resulta difícil imaginar que no buscara también al doctor Goic, su médico, amigo y confidente. Goic era, en principio, la persona más indicada para escuchar una sospecha de esa importancia: podía comprender los síntomas, evaluar el peligro y, eventualmente, intervenir. Su silencio resulta inquietante: o bien Frei había dejado de confiar en él, lo que revelaría hasta qué punto se sentía aislado, o bien había hablado con Goic sobre lo que ocurría por las noches, pero Goic nunca lo contó ni lo declaró ante el juez. En cualquiera de los dos casos, la ausencia de ese testimonio deja una zona gris: una conversación probable, quizás decisiva, que quedó sepultada por el miedo, la prudencia o la necesidad de sobrevivir.
En medio de esa escasa comunicación, Frei pudo haber sentido que incluso sus aliados más cercanos lo abandonaban. El silencio se convirtió en su único apoyo, mientras esperaba que alguien, cualquier persona, se atreviera a romper el cerco; pero nadie lo hizo. Así, sin protección ni posibilidad de defenderse, se convenció de que la vida se le escapaba sin amigos.
Sus defensas flaqueaban; los linfocitos eran escasos. Parecía que la segunda cirugía provocó un envenenamiento progresivo que destruía su sistema inmunológico. Aparentemente, los responsables optaron por no utilizar bacterias peligrosas, como Salmonella Typhi o Enterococcus faecium, para evitar levantar sospechas. En cambio, implementaron una estrategia indirecta: debilitar su sistema inmunológico, de modo que cualquier infección común pudiera volverse mortal y pasar desapercibida como una complicación postoperatoria.
Un hecho clave que evidencia el daño al sistema inmunológico de Frei fue la aparición de una linfocitopenia severa, es decir, una reducción significativa de linfocitos, células vitales para defenderse de virus y bacterias. El agente químico utilizado parecería actuar a un nivel más profundo que el de una infección común. Era como si los tejidos de rápida renovación -como la médula ósea, las mucosas, la piel y las células del sistema inmunológico- no se renovaran. Células de gran importancia dejaron de proliferar y se dañaron; la producción de glóbulos blancos disminuyó y los linfocitos, esenciales para coordinar la defensa del organismo, cayeron drásticamente. Normalmente, los linfocitos T y B detectan y eliminan patógenos y generan memoria inmunológica frente a futuras amenazas. Pero cuando estos linfocitos son escasos o no funcionan bien, como sucedió en su caso, cualquier germen puede provocar una infección generalizada y mortal. Esto explica por qué, tras la segunda cirugía, nunca mejoró y su estado empeoró de forma irreversible. El doctor Goic, en una entrevista, sintetizó la situación al afirmar que Frei «nunca despegó», es decir, jamás mostró signos de mejoría ni logró recuperarse, precisamente porque su sistema inmunológico había sido destruido.
De acuerdo con las investigaciones del juez, durante el período postoperatorio Frei fue deliberadamente envenenado por el doctor Valdivia, Silva Garín, o indirectamente a través de una enfermera:
Declaración judicial DE EDUARDO ALFREDO JUAN FREI RUIZ TAGLE. Está el tema de las fichas que se perdieron en la clínica y que tardaron años en recuperarlas. En estas fichas constan registros de que SILVA GARÍN entraba de noche con personal del Hospital Militar para realizar procedimientos. …podría agregar muchas más dudas porque está lleno de ellas: la autopsia ilegal, por qué no se hizo una como corresponde, y que ninguno de los médicos tuvo la capacidad para pedirla. Podrían referirse al caso de LUTZ, pero lo que más me duele es que mucha de esa gente contó con la confianza del presidente FREI, como BECERRA, el doctor SILVA y el doctor PATRICIO ROJAS, a quienes les inyectaron cantidades gigantescas de un medicamento que él ordenó traer. ¿Quién responde?
Declaración judicial de NELSON HUGO JOFRE CABELLO, (Policía de Investigaciones),
… hubo un daño provocado intencionalmente por parte del doctor SILVA cuando ingresa en altas horas de la madrugada con su equipo de confianza del Hospital Militar para hacerle lavados peritoneales al paciente, sin utilizar funcionarios de la clínica Santa María, por lo que se puede concluir policialmente que hubo un daño inmunológico provocado e intencional.
Declaración de FRANCISCO JAVIER FREI RUIZ TAGLE.
…..Consultado sobre cómo le consta que PATRICIO SILVA era uno de los médicos que ingresaba extemporáneamente a la UTI, se le informó por una enfermera de la Clínica Santa María, pero no recuerda el nombre.
Declaración judicial DE EDUARDO ALFREDO JUAN FREI RUIZ TAGLE, quien ratifica su declaración prestada por oficio a este Tribunal, y además señala:
Está el tema de las fichas que se perdieron en la clínica y que tardaron años en recuperarse. Hay registros en esas fichas de que SILVA GARÍN entraba de noche con personal del Hospital Militar para realizar procedimientos.
