Afuera, a través de las ventanas de mi casa, la nieve se extiende como un manto blanco bajo el tímido sol del invierno en Michigan. Este paisaje impoluto me produce una mezcla de asombro y extrañeza; es distinto a lo que conocí en Chile, y sin embargo me abraza con una paz que me sorprende. Adentro, nuestros perros patagónicos, Maipo y Maule, se revuelcan inquietos, exudando esa energía que nos obliga a salir aún en los días más helados. Me conmueven sus ojos expectantes, ese lenguaje mudo me recuerda que más allá del desarraigo, siempre hay motivos para moverse, para buscar alegría en lo cotidiano. A veces, al abrir la puerta y sentir el golpe de aire crudo, siento que cada paseo con ellos es una forma de reconciliarme con este presente y con los recuerdos que insisten en acompañarme como fantasmas entre la nieve.
Esta distancia, el frío del invierno y este clima ajeno, me empujan a mirar a mi padre con lupas diferentes, con espejos donde los colores de la memoria se mezclan con matices de incertidumbre que lo dejan todo borroso. ¿Fue realmente un buen médico? ¿O, como a veces temo, solo fue una sombra moldeada por el marketing y la política que contamina y se cuela dentro de los hospitales y el ambiente médico? Lo pienso y me sacude una inquietud: siempre hubo conflicto en ese ambiente donde él intentaba abrirse paso a fuerza de voluntad. Abundaban los Superman dispuestos a imitar al jefe máximo, al doctor Alfonso Asenjo caminando por los pasillos del Instituto de Neurocirugía como si la rivalidad fuese el único idioma posible. Ese espectáculo de egos me molestaba; creo que sin quererlo, eso le impidió levantar una escuela propia y sembrar buenas raíces. Cuando fue director del Instituto, intentó dejar huella al expandir el programa de especialización hacia candidatos chilenos. Antes, la puerta se abría mucho hacia los médicos extranjeros; su decisión fue oportuna, pero también le costó enfrentarse a rivalidades que lo herían y lo dejaban preguntándose si todo ese esfuerzo realmente valía la pena.
En medio de las tormentas políticas y personales, sus acciones dejaron huellas, cicatrices y destellos que, sin que él lo supiera, con los años se han vuelto para mí tanto en un refugio como en amenazas. A veces me sorprendo preguntándome, qué habría sentido mi padre si hubiese vislumbrado, aunque fuera por un segundo, cómo esos recuerdos suyos —pequeños gestos, decisiones difíciles— se han ido entrelazando con mi presente, moldeando mi manera de estar en este mundo. ¿Se habría extrañado al saber que hoy muchos de esos fragmentos de su vida se han convertido en mi brújula emocional, en el faro que busco cuando la niebla de la duda amenaza con envolverlo todo? ¿Se habría sentido orgulloso, o acaso sorprendido, de descubrir que su presencia, aun en la distancia y el tiempo, muchas veces me guía y me sostiene? ¿Qué hubiese pensado de todo eso, de este diálogo íntimo que mantengo con él cada vez que el pasado se asoma y me invita a recordar?
Su mundo se dividía, de manera tajante y casi cruel, entre ganadores y perdedores. Y en ese esquema rígido, siempre sentí la presión de buscar mi lugar propio, preguntándome: ¿dónde estaban mis hermanos, dónde me ubicaba yo? Esas rutas marcadas, esas alternativas impuestas, siempre me incomodaron, me hicieron sentir como si caminara sobre una cuerda floja que no era la mía. Las rechacé desde el primer momento; por eso, con una mezcla de rebeldía, elegí conscientemente otro camino, uno menos transitado, aunque lleno de dudas porque nunca sobresalí en nada de importancia, me movía entre los promedios más comunes.
Recuerdo la expresión de asombro de mi padre cada vez que alguien, en una reunión o en medio de la familia, se interesaba por mis estudios. Respondía con un escueto y casi indiferente: “soy químico, estudié química”, ocultando deliberadamente el doctorado, como si fuera un secreto sin importancia; me sentía como un impostor. Tampoco mencionaba que mi puntaje logrado en las secundarias era bajo, y que esos números no me alcanzaban para ser aceptado en la escuela de medicina. En sus gestos, y en esa sonrisa apenas insinuada, podía detectar la pregunta que flotaba sobre nosotros: ¿cómo lo hará para sobrevivir y ganarse la vida este Pablito? Esa duda, dicha o no, me atravesaba como un recordatorio de todo lo que yo no era.
Mi tía Oriana, la hermana de mi madre, lograba suavizar ese ambiente con su calidez, aunque a su modo, dejando caer sus propios anhelos sobre mis hombros. Solía preguntarme, con un toque de picardía: “¿Y cuándo vas a tener novia, Pablo?”, pero enseguida, con una mezcla de desilusión y desencanto, llegaba a la pregunta inevitable: “¿Y cuándo vas a ser un médico de verdad, Pablo?” Podía sentir en sus palabras el deseo de revivir, aunque fuera por reflejo, la gloria y el reconocimiento que mi padre había logrado. Era una expectativa que no compartía, que no buscaba ni tampoco deseaba encontrar; pero aun así, la sentía envolverme como un manto ajeno. Todo eso me hacía sentir aún más extranjero en mi propia familia.
Mientras tanto, Ximena, parecía moverse en un mundo paralelo, tan cercano y a la vez tan inalcanzable. Su distancia emocional no era solo la ausencia de palabras, sino un muro que se levantaba día tras día, hasta volver los momentos compartidos en una coreografía de silencios y miradas esquivas. La casa se llenaba de una quietud incómoda, como si cada gesto, cada intento de acercamiento, tropezara con una frontera que no me atrevía a cruzar. Su presencia, aunque constante, la sentía como una sombra fría. Escribir sobre ella, en contraste con mi padre, es más difícil, pues nuestras relaciones fueron finalmente marcadas por omisiones y tensiones no resueltas. Hubo en ella una sabiduría que no he llegado a valorar. Con el paso de los años, el espacio que nos separaba se volvió abismo; la distancia física se transformó en una herida emocional que intenté, tantas veces, atravesar sin lograrlo, dejando que la incertidumbre y la añoranza llenaran el vacío de lo que nunca llegamos a gozar juntos.
Recuerdo que en los momentos de mayor tensión, cuando la atmósfera de la casa se volvía irrespirable, mi padre encontraba la forma de tender un puente, de suavizar los roces con un gesto amable o una palabra sabia. En su silencio había un misterio que con el tiempo he aprendido a valorar. Su forma de afrontar la vida con pragmatismo y discreción me ha dejado una marca indeleble, fue una lección sobre resistencia que a veces la siento como un escudo, pero que me empuja a cuestionar su integridad en tiempos difíciles. Siento que tras su silencio, se escondía un universo de dudas, miedos y contradicciones que yo apenas logré intuir, y que hoy, al recordarlo, me dejan una nostalgia persistente.
Me pregunto a menudo, cómo hubiera visto mi padre nuestra vida aquí en Michigan, tan lejos del bullicio abrumador del Instituto de Neurocirugía, lejos de esas playas doradas de Algarrobo donde la brisa parecía curar cualquier herida; lejos también de las cenas en familia que a pesar de todo, nos mantenían unidos. ¿Habría sentido una paz profunda y desconocida al ver la nieve blanca cubrir nuestro jardín, transformando el paisaje en un lienzo mágico? Imagino su mirada, tal vez perpleja, ante la belleza fría que ahora nos envuelve en el invierno, y me duele no saber si hubiera encontrado en ella el descanso que tantas veces le negaron sus días más agitados. ¿Habría gozado de verdad sintiendo la calidez de Maipo y Maule al salir juntos en una mañana helada, compartiendo el simple gozo de sus saltos y carreras entre la escarcha y la nieve? O acaso, fiel a su naturaleza reservada, se habría refugiado aún más en los misterios de su pasado, guardando sus secretos como tesoros enterrados en su tierra natal. Me atraviesa la duda de si este nuevo mundo, hubiera sido para él un alivio o solo una nueva forma de soledad.
Tal vez es en esos momentos, entre las sombras de la mala memoria y el resplandor de las anécdotas, donde radica el verdadero significado de lo que somos. Hay ausencias que me atraviesan, que duelen, y sin embargo me acompañan día tras día como presencias casi palpables. Los recuerdos, esos hilos invisibles, nos atan a personas y lugares, incluso a aquellos que nunca terminamos de comprender del todo. En la figura de mi padre, a veces tan distante, tan enigmático, pero siempre presente en mi vida, encontré un refugio inesperado, un abrigo que no sabía que necesitaba, pero que ahora me cuesta aceptar, como si me quedara grande. Es como si sus actos hubiesen estado impregnados de un lenguaje que yo no lograba descifrar del todo, pero que ahora me habla directamente a mí.
A veces pienso en los lazos de familia como si fueran burbujas frágiles pero persistentes. Por más que los años pasen y las distancias se alarguen, hay instantes en los que un aroma inesperado, una frase perdida en el aire me sacuden y me transportan casi sin aviso, a esas escenas que creía olvidadas pero que arden vivas en algún recoveco de mi vida. Juan y Ximena, cada uno a su manera, me dejaron marcas imborrables, aunque a menudo esas huellas las siento como piezas de un rompecabezas imposible de resolver. Ambos, en su contraste, me enseñaron que la vida no es lineal, que está tejida de matices, de contradicciones y de emociones intensas. El verdadero valor, está en no dejarse vencer por esas contradicciones, en aprender a abrazarlas aunque nos quemen. En el fondo, creo que todos llevamos a cuestas ese cúmulo de emociones no resueltas, y es ahí donde finalmente encontramos nuestro reflejo más sincero.
Noto que ni memoria es caprichosa. A veces me regala imágenes tan vívidas que parece que puedo llegar a tocarlas, sentir su peso y su calor en la palma de la mano, mientras otras se diluyen en la penumbra, dejándome con la frustración de perseguir fragmentos que se me escapan. Hay días en que cierro los ojos y el pasado me abraza con fuerza, trayendo aromas, voces y gestos, pero también hay noches donde todo se vuelve bruma, y en esa niebla busco algo que me devuelva un sentido. Esas sombras, que a veces me confunden, son parte esencial de lo que me hace humano: ese anhelo interminable de entender lo que me duele, de buscar respuestas, de reconciliar lo irreconciliable. En cada intento de recordar, de conectar aquello que parece imposible, se esconde una emoción: el vértigo de saberse frágil, y el consuelo de saber que seguimos buscando.
En esos años, las esposas también ayudaban a sus maridos en esa escabrosa ruta diseñada para hacer carrera, para escalar posiciones, para subir en la organización hacia cargos de mayor relevancia. Recuerdo cómo en los pasillos llenos de murmullos y ambiciones, la imagen de la esposa perfecta —bella, discreta, siempre dispuesta a sostener el sueño ajeno— era una exigencia ineludible. Sobre todo si eran buenas mozas como mi madre, una “esposa-trofeo” que parecía encarnar aquel destino impuesto por la época. Pero ahí también tomé otro rumbo, rompiendo con esas expectativas que nunca terminaron de convencerme ni de hacerme sentir parte de ese mundo. Me casé con una mujer de esfuerzo como le escuché un día a Ximena, me casé con Pilar, y confieso que al ver su mirada sincera y su risa franca sentí, por primera vez, que podía respirar sin miedo al juicio ajeno. Recuerdo con nitidez cuando mi madre me lo dijo, casi con un suspiro que parecía pesarle, como si mi elección fuese una traición a sus propios anhelos o a las normas que regían nuestra familia. “Es una mujer de trabajo”, murmuró. En ese instante percibí en su voz algo de resignación, como si hubiera perdido algo irrecuperable en ese cruce de caminos. Cada vez que observo a Pilar enfrentándose a la vida, siento que a su lado he aprendido lo que significa forjar un camino propio, uno en el que la autenticidad y el esfuerzo cotidiano valen infinitamente más que cualquier apariencia.
A menudo recuerdo aquellos viajes de fin de semana, cuando nuestro destino era el balneario de Algarrobo. El auto avanzaba por la carretera angosta, envuelto en el ronroneo constante del motor y bajo los acordes nostálgicos de Leonardo Favio o Leo Dan que brotaban de la radio, llenando el espacio con una melancolía dulce y pegajosa. Eran días en que el mundo parecía detenerse, suspendido entre la rutina y la aventura; cada kilómetro recorrido nos alejaba de las preocupaciones cotidianas, acercándonos a una felicidad sencilla y fugaz. A nuestro paso, Melipilla nos recibía con su aire de pueblo detenido en el tiempo. Cerca de la casa Pelá, el paisaje cambiaba súbitamente con los vendedores que ofrecían liebres y conejos a la vera del camino. Un mercado artesanal desplegaba sus colores y aromas, como si el propio Neruda hubiera tejido un poema con cada puesto y cada rostro curtido por el sol. Esos instantes, efímeros pero intensos, me llenaban de una extraña emoción. El descanso obligado era en La Montina, donde el bullicio de los viajeros se mezclaba con el perfume irresistible de los fiambres recién cortados detrás de la vitrina. Allí, mi padre muchas veces nos compró lomitos y, sobre todo esos montinos; un hot-dog envuelto en una delgada masa tibia y aromática que al romperse liberaba una pequeña nube de vapor fragante, capaz de calentarme el corazón hasta en los días más grises. Recuerdo esa ilusión infantil al recibir la porción tibia entre mis manos, el placer sencillo de saborearlo junto a la familia. Por un instante, el mundo entero cabía en un bocado.
Para mí, esos fines de semana en la playa no solo fueron un respiro de la rutina, sino una ventana a las facetas más humanas de mi padre. Mientras Ximena, sin levantarse de su cama, soñolienta se perdía en sus propios pensamientos, Juan se aseguraba de que cada momento en familia fuera significativo. Podía pasar horas sentado en el Club de Yates de Algarrobo, observando el vaivén de las olas y hablando de temas que iban desde lo mundano hasta lo filosófico. Era en esos instantes, los que me reconciliaban con el caos que a veces dominaba nuestras vidas. A pesar de la tensión política y de su vida profesional plagada de rivalidades, mi padre encontraba la manera de brindarnos un sentido de normalidad, una constancia que parecía milagrosa.
Mientras tanto, mi presente se entrelaza con los hilos vibrantes de ese pasado, recordándome que la vida es mucho más que una simple sucesión de días: es un tejido de influencias de familia, decisiones personales y la inevitable marcha del tiempo que se me hace más urgente con el paso de los años. Noto que mis dos hijas, tan ajenas a esa herencia mía, miran el mundo con una luz distinta en sus ojos, libre de las sombras que a menudo me persiguen. Tal vez ahí, justo ahí, está la clave que busco, un puente que no solo conecte el pasado con el presente, sino que también permita a las nuevas generaciones caminar hacia el futuro, ligeras, sin el peso de nuestros errores, sin las expectativas que alguna vez nos ataron. Quiero que ellas avancen con la libertad que yo soñé, y que el futuro se les abra como un horizonte cálido, donde puedan reír y soñar sin miedo al ayer.

En el retrato, veo a mi padre y a mi hermano Juan Felipe en los años 60, parados frente al mostrador de La Montina. ¿Sobre qué conversaban? Ese fue un boliche mágico donde muchas veces nos detuvimos a saborear los sabrosos montinos, mientras el camino hacia Algarrobo se desplegaba ante nosotros como una línea interminable. Cada vez que cumplíamos con esa pausa, mi padre recorría el local caminando de una manera especial, con las llaves del auto colgando de su mano derecha como si fueran campanillas, como si ese simple gesto escondiera la llave maestra, el secreto de todos nuestros viajes. Recuerdo el brillo en sus ojos al vernos disfrutar el montino, la forma en que su presencia llenaba el espacio de una calidez inconfundible. Ese era más que un descanso en la ruta, era el instante en que la familia se reunía y el mundo parecía detenerse solo para nosotros. El aroma de los lomitos, la efervescencia de las conversaciones y el sonido metálico de esas llaves me acompañaban en ese momento fugaz, donde la felicidad se colaba entre lo cotidiano y me dejaba huella. Hoy, al mirar aquel retrato, siento que la vida de esos instantes todavía vibra en mi interior.
Esos recuerdos, a menudo entremezclados con aromas y sonidos que parecen salir de un escondite, me atraviesan con una mezcla agridulce que a veces me consuela y otras veces duele. Es curioso cómo pequeños detalles —como esos montinos envueltos en vapor, el roce fresco y salado del aire sobre la carretera, o una canción nostálgica que alguna vez escuchamos en el auto de la familia— pueden abrir de golpe las puertas hacia un pasado que creía sellado. Es en esos instantes cuando siento que el pasado no solo sobrevive en los grandes acontecimientos, sino sobre todo en los matices, en esa luz dorada de una tarde cualquiera, en la risa espontánea de mis hermanos, o en los gestos sencillos que en su momento me parecieron insignificantes, pero que hoy se transforman en tesoros. Esos fragmentos, tan vivos y persistentes, me recuerdan que fue justamente en lo cotidiano donde la vida me regaló sus emociones más auténticas.
Durante esos viajes, las conversaciones con mi padre, aunque breves, me dejaron un impacto que tardé años en reconocer. No fueron diálogos profundos ni confesiones reveladoras; más bien fueron frases sueltas, reflexiones espontáneas que sin buscarlo, sembraron en mí preguntas que con el tiempo se hicieron más complejas y crecieron. Había un cariño contenido en sus palabras , algo que lograba entreverse en la curva de su sonrisa o en el modo en que miraba hacia la carretera. Mi madre, en contraste, hablaba menos durante esos trayectos, o tal vez hablaba lo mismo que Juan, pero el transcurso del tiempo con su mano caprichosa, me ha ido desdibujando el sonido de su voz. Entre Melipilla y Algarrobo, entre los mercados a la vera del camino y las risas de mis hermanos, aprendí que la vida no es un destino fijo, sino un recorrido lleno de sorpresas, de giros inesperados, y de remansos en el camino.
Mientras el auto avanzaba por caminos bordeados de eucaliptos que parecían abrazar el cielo, me sorprendía ver cómo los silencios podían llegar a pesar tanto. Sentía que mi padre, en su papel de conductor firme al volante, a veces se perdía en pensamientos lejanos, mientras yo deseaba descifrar ese universo que habitaba. Mi madre, por su parte, a veces distraída, dejaba escapar su mirada hacia la ventana, perdida entre las copas de los árboles y los recuerdos que nunca compartió del todo. Parecía vivir en un mundo paralelo, donde la nostalgia y la esperanza se entrelazaban en otra coreografía. No sé si alguna vez llegaron a compartir esos mundos, si en algún punto sus miradas se cruzaron con la misma intensidad con la que el sol caía sobre la carretera. Quizás, en algún rincón del pasado, antes de que la rutina y los desencuentros tejieran distancia entre ellos, existió ese instante perfecto en el que ambos mundos coincidieron, aunque más tarde el tiempo se encargara de alejarlos. Hoy, al recordar esos viajes, me invade cierta gratitud: la certeza de que, aun en medio de las palabras no dichas, hubo cariño, y aunque a veces dolía era el verdadero motor que nos impulsaba hacia adelante.
El viaje parecía eterno, inmutable, y mi padre conducía con rumbo seguro, como un chofer convincente, firme en control de su vehículo. Cada kilómetro era una sinfonía de expectativas y nerviosismo: el murmullo del motor, el vaivén de los recuerdos y la promesa de la aventura. Casi al llegar, cruzando el Quisco —ese balneario vecino que siempre nos recibía con el aroma salado del mar y la brisa fresca que acariciaba nuestras mejillas—, sentados sobre el asiento trasero del Chevrolet rojo, aletudo, junto a mis hermanos gritábamos cada vez más fuerte, como si quisiéramos que nuestra alegría rompiera la monotonía del trayecto. El corazón nos latía rápido, y la emoción nos hacía olvidar todo lo demás, como si el mundo se redujera a ese instante de alboroto y complicidad. Nos acercábamos a la línea imaginaria que marcaba los límites de Algarrobo, ese destino soñado que deseábamos durante toda la semana; la línea estaba señalada por una piedra negra ubicada a la entrada, a los pies de un glorioso túnel de eucaliptos añosos. Con los años, alguien robaría esa piedra, y poco tiempo después vendría la destrucción de una pequeña isla que protegía a los pingüinos de Humboldt, catalogados como especies vulnerable, con alto riesgo de extinción y los pingüinos de Magallanes. Ese recuerdo me acompaña siempre. La pérdida de la piedra y la unión de la isla a un roquerío contiguo, me han dejado un vacío en lo que alguna vez fue un mundo armonioso.
A la distancia, percibo con intensidad que una de las cualidades más profundas de mi padre fue esa seguridad incondicional que supo regalarnos sin reservas ni titubeos. Jamás nos defraudó, nunca se rindió ante las adversidades; su presencia fue constante, sólida como una roca en la orilla de la playa, siempre lista para acogernos, para ser ese refugio cálido cuando el mundo se volvía inhóspito. Sentir que podíamos contar con él, me llenaba de una paz que hoy reconozco como un lujo. Su fortaleza era grande, aun cuando mundo se desmoronaba a mi alrededor, bastaba con mirarlo para saber que todo estaría bien.
Como médico, conoció a cientos de hombres y mujeres que, con el tiempo, se convirtieron en piezas clave en la vida pública y administrativa de Chile; y si alguno de nosotros necesitaba un favor, un trámite, algún papel firmado o un timbre notarial, él lo resolvía con una eficacia generosa. Recuerdo la mezcla de alivio y gratitud al volver a casa después de una de esas gestiones y me encontraba con su pregunta inevitable: “¿Y cómo te atendieron, Pablito? Cuéntame, ¿cómo te recibieron?” Era más que curiosidad: era la manera en que sostenía nuestra confianza, cuando tejía ese hilo invisible que nos unía a su mundo. Y uno, un tanto avergonzado, le respondía: “Todo salió bien, muy bien, papá… no joda.” Nunca agregué ese final; ese “no joda” me lo guardaba, pero se lo transmitía en la mirada, en los gestos. Lo veía allí sentado, y me imaginaba que en algún momento de su vida él sufrió, enfrentó tristezas y rechazos. Nunca me atreví a preguntárselo, pero intuía que detrás de su temple había historias de soledad y desencuentros.
Juan vivía para su trabajo, y cuando llegaba a casa al final del día, la comida tenía que estar preparada como si en ese instante fuera a marchar hacia la guerra: esa energía arrolladora, esa necesidad de recuperar fuerzas y reconectar, nos hacía sentir que la rutina era un rito cargado de significado. Los fines de semana, nos sorprendía con panoramas inesperados, como esas jornadas de cabalgata en la parcela del teniente Carmona.
En aquellos días de la infancia, el mundo brillaba con sencillez, y todo parecía menos fragmentado, menos herido por la prisa y la incertidumbre. Las familias giraban en torno a un círculo íntimo, donde las tradiciones y los roles tenían un peso irrefutable, pero dentro de esa aparente claridad se ocultaban infinitos matices, grietas que, sin saberlo, forjaron el rumbo de nuestras vidas. La nostalgia hoy no me invade solo por los grandes acontecimientos, sino sobre todo por esas pequeñas rutinas: el aroma a pan tostado y café colándose desde la cocina durante la primera luz de la mañana, junto el crepitar de una radio que usaba la Guille, con sus rancheras que parecían narrar nuestra historia, y que envolvían la casa con una calidez inigualable.
Los vínculos familiares eran un tejido complicado, trenzado con enseñanzas que se iban quedando ancladas en nosotros. Aprendí de la vida con gestos mínimos: la delicadeza con que alguien regaba el filodrendo en la sala de estar, la forma en que Ximena daba vida a la mesa con sus historias desbordantes de imaginación, o cómo las reflexiones pausadas de Juan me traían una calma serena después de un día largo. En esas interacciones, a veces llenas de risas y otras de silencios cargados, se dibujaba un mapa emocional que, aún hoy, sigue guiando y a la vez desorientando mis pasos. La verdadera vida estaba hecha de esos retazos sencillos, de esos instantes suspendidos en el calor de un hogar que ya no existe, salvo en la memoria.
La nostalgia por los días pasados a veces me sacude con una fuerza inesperada, y es entonces cuando me descubro perdido en recuerdos que laten con intensidad. Noto que esos pequeños momentos de conexión y las rutinas fueron los hilos invisibles que tejieron la relación con mis padres. Hay algo profundamente humano en esas idas y venidas, en los caminos recorridos juntos, aunque las palabras a menudo se desvanecieran, dejándonos sólo el lenguaje de las miradas y los gestos. Mi padre, con su forma metódica, su rigor casi solemne y esa obsesión por los detalles prácticos, era el ancla de la familia; su presencia transmitía una tranquilidad que me envolvía y me hacía sentir a salvo, incluso cuando el mundo parecía desmoronarse. En cambio, Ximena giraba a su propio ritmo, habitando una órbita de emociones desbordantes y creatividad chispeante, a veces desconcertante y casi siempre excéntrica, como un cometa impredecible que llenaba de color y asombro nuestro universo. En ese contraste se dibujaba la melodía imperfecta y única de nuestra familia, una melodía que aún hoy me resuena con fuerza en Michigan.
Las decisiones cotidianas, que a simple vista parecían insignificantes, con el paso del tiempo se transformaban en piedras angulares de nuestra historia familiar. Cada gesto, ya fuera un comentario espontáneo, tejía un lenguaje que narraba la intrincada red de emociones que nos unía, pero que también podía desgarrarnos en momentos inesperados. Había días en que la distancia emocional se volvía un abismo, donde la soledad calaba hondo, y sin embargo, esos pequeños actos de cariño, una caricia al pasar, una sonrisa, se convertían en puentes que nos recordaban que seguíamos vinculados, que el cariño persistía a pesar de todo. En esos instantes, la esperanza se colaba entre las grietas, renovando la certeza de que, incluso en medio de la fragilidad y el desencuentro, aún éramos familia.
Con mi madre tengo historias más bien estrambóticas y descabelladas, como si viviera en una dimensión paralela, donde lo absurdo se mezclaba con lo imposible y lo cotidiano se convertía en un escenario de tragicomedia. Recuerdo con nitidez, cuando en uno de mis tantos viajes de regreso a Chile, ya después de haber partido a EE. UU., mi madre me recibió con el rostro desencajado, los ojos grandes, desbordados de angustia. Me dijo que había tenido una pesadilla, una de esas que la despertaban en medio de la noche temblando, atrapada por el miedo. En su sueño, yo llegaba de visita a Santiago, caminaba por sus calles, me cruzaba con familiares, pero no los saludaba. Y lo peor, lo más tremendo, Pablito, es que claramente me evitabas a mí, a tu madre. ¡Qué tremendo!,
Nos pareció ridícula esa pesadilla, y era tan disparatada esa escena, que ella misma dejó de explicarla, incapaz de ponerle palabras al desconcierto. Preferí no preguntarle por los detalles, como si temiera desenterrar la pesadilla. ¿Estaba su inconsciente gritándole verdades, traicionándola con imágenes de un rechazo irreparable? ¿Por qué la rechazaba, por qué me alejaba de ella? Descubro que ese desencuentro fue lo que sucedió años después, cuando su vida se apagaba lentamente -ya anciana y frágil- y yo, incapaz de enfrentarla, ni siquiera la visité. Después de ocurrido lo peor, tampoco visité su tumba: nada, no hubo ningún saludo final, tampoco una caricia, todo ocurrió sin una despedida. Simplemente hui, como si mi propia cobardía fuera más grande que el amor y el cariño de otros años.
Pero no logro encontrar los detalles, las cifras exactas, los olores, la música de los semáforos ni la luz roja anunciándome el peligro. Salgo a caminar por calles que ya no me pertenecen, buscando algo que me devuelva la memoria, y tampoco me resulta: no logro penetrar en los aromas de esos días engorrosos. Pero queda un vacío, una culpa que me acompaña siempre. Esos recuerdos son como fantasmas que me rozan, me sacuden, pero que nunca logro atrapar del todo.
Esa mezcla de generaciones, recuerdos y secretos de familia me enseñó que la historia personal no es más que un espejo fracturado donde en cada reflejo brota una emoción distinta: el asombro, la tristeza por lo que nunca se dijo, la ternura por lo compartido. Cada fragmento revela una perspectiva olvidada, y al mirar esas fisuras he aprendido no solo a aceptar esas fracturas, sino a abrazarlas como parte esencial de una identidad que narra mi existencia.
Las conversaciones ocasionales con mi padre, se convertían en refugios donde la importancia de ser buenos hermanos resonaba viva. Sus reflexiones, a veces entrecortadas por el cansancio, parecían intentos de remendar el manto de unidad que cubría nuestra familia que por momentos parecía deshilacharse. Pero, como todos los mantos, también tenían su lado más áspero, ese que rozaba la piel y provocaba una incomodidad imposible de ignorar, y que yo no supe cómo abordar. Me dolía ver a mi padre enfrentando sus propias grietas, esforzándose por acercarnos, mientras yo deseaba poder tenderle un puente hacia ese entendimiento que parecía siempre esquivo.
Nuestras historias se entrelazaban también con mi madre, quien muchas veces prefería desviar la mirada cuando el pasado se volvía demasiado complicado, como si el miedo a revivir viejas rencillas fuera más fuerte que el deseo de sanar. La relación con los parientes Ramírez, marcada por altibajos y emociones contradictorias, se convirtió en un espejo donde aprendí que pertenecía a un tejido familiar complejo.
Años después, entendí con una mezcla de sorpresa y asombro que nuestras historias familiares, a menudo confusas y fragmentadas, eran como un rompecabezas imposible de completar. No eran solo piezas dispersas, porque cada relato, cada anécdota, guardaba un latido propio. Cuando intentaba encajar esas piezas en un todo más grande, deseando encontrarle un sentido, siempre aparecían espacios vacíos, bordes deshilachados que se negaban a encajar. La relación de mis padres con sus respectivas familias fue un reflejo vivo de esos matices, de esas fisuras que, por más que lo intentara, jamás logré cerrar. A veces me preguntaba si acaso no sucede lo mismo en otras familias: nos enseñan a disimular los bordes irregulares, a fingir que nada falta, mientras repetimos la narrativa de que todo está bien, con todo en su lugar.
Esa falta de conexión, esa distancia que a veces parecía insalvable, se materializaba en momentos pequeños y sutiles. Una llamada que no se hacía, una visita que se postergaba, o una carta que nunca llegó. Y mientras más reflexiono sobre esas ausencias, me doy cuenta de que eran más que simples vacíos. Siento cómo el peso de lo no vivido y lo no compartido se instala en rincones importantes de mi memoria, preguntándome una y otra vez, si alguna vez podré tender un puente sobre ese abismo o si me quedaré contemplando desde lejos los fragmentos de la historia.
Con el paso de los años, la dinámica de la familia se fue transformando. Los recuerdos se entrelazaron con emociones intensas y contradictorias: amor ardiente y resentimiento, orgullo que iluminaba y otras veces enturbiaba la mirada. La fragilidad de nuestros vínculos se convirtió en una constante, como una cuerda tensa que amenazaba con romperse frente a cualquier descuido. Durante las comidas en familia, el ambiente se llenaba de electricidad: las conversaciones, a veces disfrazadas de trivialidad, se transformaban en escenarios donde cada palabra podía abrir una herida, donde cada mirada era capaz de desnudar un secreto, diciéndolo todo sin necesidad de un sonido.
La figura de mi padre continuaba siendo un pilar fundamental, pero también una fuente inagotable de preguntas que me desvelaban por las noches. ¿Qué secretos se escondían tras sus gestos precisos y casi rituales? ¿Qué pesares arrastraba que a veces lo hacían caminar más lento? Había días en los que una sombra opacaba su sonrisa, y que él luchaba por disimular; eso me calaba hondo. Sentía que su fortaleza era una armadura frágil, y me dolía no poder romper ese silencio que nos separaba.
Por otro lado, mi madre enfrentaba los conflictos con una creatividad desbordante: era capaz de transformar cualquier disputa doméstica en una escenificación digna de los antiguos teatros, donde el dolor se disfrazaba de comedia y lo absurdo se volvía indispensable para sobrellevar el día a día. Bastaba que surgiera un desacuerdo para que ella desplegara su talento, exagerando voces, gestos y expresiones hasta arrancarnos carcajadas, incluso cuando las lágrimas amenazaban con desbordarse. Sus relatos, siempre impregnados de una mezcla de locura entrañable, lograban que las heridas parecieran menos profundas y que lo insignificante cobrara una dimensión inesperada, casi mítica, como si cada anécdota pudiera salvarnos del desencanto. Era su manera de resistir el caos: ponerle color a la tristeza, hacer de la rutina una obra improvisada donde cada uno tenía un papel que representar. Nos contagiaba esa energía, esa capacidad de encontrar belleza en lo roto, hasta el punto de que el dolor se volvía más llevadero y la risa más sanadora. En ese vaivén de emociones, entre carcajadas que terminaban en suspiros, comprendí que la verdadera fortaleza de mi madre estaba en su vulnerabilidad. Aprendí a amar la imperfección, y a ver en cada grieta una historia valiosa.
Mientras tanto, en los rincones de nuestra casa, el pasado seguían resonando con intensidad: las historias de los parientes distantes flotaban como fantasmas benévolos entre las paredes, mientras las fotografías en blanco y negro, revelaban apenas fragmentos de vidas que nunca llegamos a conocer, vidas envueltas en misterio. Las cartas acumulaban polvo en cajones olvidados, guardando palabras que alguna vez ardieron en el pecho de quienes las escribieron. Hubo un importante closet en nuestra casa de Avenida Suecia 1521, donde en un bolsón de plástico se escondían las cartas de amor que un día mi padre le escribió a Ximena. Recuerdo haberlas tocado con curiosidad, haber intentado leer algo, para después doblar el papel y dejarlo escondido dentro de la bolsa: no lograba descifrar su letra. Las cartas de mi madre no estaban, no había ninguna. Esa fue una ceremonia que repetí muchas veces. Ese universo secreto constituía un legado emocional vasto, que me enseñó que la familia no es solo un lazo de sangre, sino un entramado de recuerdos que nos moldean y a veces nos desbordan. Aunque nunca pude leer nada, sentía tranquilidad cuando abría esa bolsa de nylon transparente para meter mis manos y tocarlas.
Trato de entender lo que he vivido; pero no sé cómo detenerme ante el vértigo de los recuerdos, siento que se me esconde el código y entonces huyo de la confusión y del peso de lo heredado como quien corre por un pasillo buscando una puerta que jamás se abre, o una ventana que se cierra.
¿Dónde quedó esa roca firme a la orilla de la playa, ese pedazo de eternidad donde solía apoyarme cuando el mundo me resultaba incierto? ¿Quién la movió robándome la seguridad que creía permanente? A veces me ahoga el vacío de no saber dónde pertenezco, y me pierdo entre las olas del recuerdo y la añoranza.
¿Qué hubiese pensado mi papá de todo esto? ¿Qué hubieses pensado tú, mamá? ¿Habrías comprendido mis dudas y mi nostalgia, habrías sentido orgullo o decepción por los caminos que tomé?
La ausencia de mi padre me acompaña, y en cada incógnita siento el peso de su mirada, como si su voz guiara mis pasos aún en medio de la incertidumbre.