Eduardo Frei Montalva: anatomía de un asesinato

1 La clínica del miedo: Eduardo Frei Montalva y la medicina bajo la sombra de la dictadura                                                                                            2

2 Cuando la justicia nombró el crimen                                                         12

3 La construcción del enemigo interno                                                        17

4 Primera cirugía: la trampa de una recuperación que no fue       30

5 Segunda cirugía: el recambio médico que selló su destino          35

6 La medicina ante su propio juicio                                                               51

6.1 Sin obstrucción, sin justificación                                                51

6.2 La ausencia que delata                                                                   56

7 El silencio de los médicos leales                                                                59

  1. La clínica del miedo: Eduardo Frei Montalva y la medicina bajo la sombra de la dictadura

Una tarde común, mientras navegaba por Internet, leí un artículo en la revista Economía y Sociedad (abril–junio de 2019). Un periodista presentaba solemnemente su versión de los hechos sobre la muerte de don Eduardo Frei Montalva, expresidente de Chile, fallecido en 1982 en la Clínica Santa María. En el texto se mencionaba a mi padre, Juan Fierro, quien le habría negado al expresidente el uso de la clínica Indisa, donde él trabajaba. De inmediato dejé de leer y traté de levantarme del asiento para encender la tele. ¿Qué hacía mi padre ahí? ¿Conozco esa historia? ¿Qué personaje fue mi padre? ¿Fue responsable de su muerte? No quise saber más; necesitaba salir a la calle y correr. Me transpiraban las manos y tenía sed.

Me calma cuando escribo; me ordena, pero cuando escribía sobre Frei terminaba rompiendo los papeles o dejaba la historia atrapada en borradores dispersos, en apuntes sueltos que se perdían sin llegar a convertirse en un relato. El peso de lo no dicho me envolvía en el fracaso y corría a buscar la compañía de mis perros; sentía sed. Pero ahora es distinto: escribo y no dejo de escribir. No corro a romper mis papeles ni me da sed. Lo que ahora destruyo es lo que no suena bien o lo que parece literario, falso, mentiroso. Pero ¿cómo hablar de Frei sin traicionar a los amigos, a mi familia, a mi padre?

 El testimonio del periodista se mezcla con mis recuerdos y conecta la historia pública con mi experiencia personal. La muerte de Frei ha sido motivo de debate durante décadas, lo que ha generado discusiones sobre sus circunstancias y sus consecuencias políticas. Al leerlo, percibo que mi pasado cobra una nueva dimensión que me lleva a reevaluar mis vivencias personales y a enfrentar emociones que creía superadas.

Según el artículo, el expresidente Frei, preocupado pero optimista, quería someterse a una operación de hernia en la Clínica Indisa, donde mi padre se desempeñaba como presidente del Directorio:

Don Eduardo tenía 70 años y sufría de una enfermedad conocida como hernia al hiato, que le impedía hacer una vida normal. Muy molesto por esa dolencia, supo que había un famoso médico cirujano, llamado Augusto Larraín Orrego, quien operaba a los pacientes de esa dolencia, logrando erradicar el mal. Desesperado por esta molestia, don Eduardo decidió operarse con ese doctor, poniendo como condición, que la intervención quirúrgica debería efectuarse en la Clínica Indisa.

Presumo que la decisión de elegir esta clínica para la operación fue que, en esa época, en ella tenía gran influencia el Cardenal Raúl Silva Henríquez. La clínica era dirigida por los doctores: Juan Fierro Morales (presidente del Directorio y médico personal de don Patricio Aylwin), Alberto Lucchini Albertalli (Vicepresidente del Directorio y médico personal del Cardenal Silva) y Hugo Salvestrini Ricci (Director Médico); todos profesores universitarios de excelencia, de sobra conocidos de don Eduardo. Estos dos últimos habían sido recientemente exonerados de la Facultad de Medicina de la Universidad Católica, por no ser incondicionales al régimen del general Pinochet.

La razón por la que se tomó esa decisión, que se le comunicó al cirujano, fue que dicha operación era de alto riesgo, por lo que la clínica -velando por su prestigio- no quería exponerse a la posibilidad de que en ella se muriera un ex presidente de la República. La explicación técnica que me dio personalmente el Dr. Salvestrini acerca del riesgo de la operación, es que ese tipo de cirugía requería mucha manipulación en una gran zona del abdomen, por lo tanto, la posibilidad de infección es muy alta. Entiendo que, desde hace muchos años, esa operación ya no se realiza.

Recibida la notificación de rechazo, el Dr. Larraín procedió a reservar el pabellón quirúrgico en la Clínica Santa María, donde se realizó la operación el día 18 de noviembre de 1981.

Nunca escuché a mi padre mencionar que la Clínica Indisa se negó a atender al expresidente Eduardo Frei Montalva. Durante la dictadura, en casa, estos temas se trataban en silencio, ya que cada palabra podía representar una amenaza. Sabíamos que muchas conversaciones familiares eran vigiladas. 

Afirmar que ese tipo de cirugía ya no se realiza no es del todo exacto. En el ámbito médico, la hernia hiatal siempre se ha considerado una afección benigna, de tratamiento sencillo y con escasas complicaciones graves. Nunca fue una operación de alto riesgo, ni en el pasado ni en la actualidad. La técnica empleada era reconocida y el doctor Larraín contaba con una vasta experiencia. Sin embargo, la medicina ha evolucionado y hoy se privilegian los tratamientos farmacológicos tras la llegada de fármacos como el omeprazol y solo en situaciones excepcionales se opta por la cirugía, que se realiza mediante técnicas mínimamente invasivas como la laparoscopia (Dr. Alfonso Velasco). Tanto en hospitales públicos como en clínicas privadas, la norma es el control periódico, el ajuste dietético y, de ser necesario, una intervención quirúrgica que no implica riesgo vital. En el Hospital Clínico de la Universidad de Chile, en la Clínica Alemana y hospitales públicos, cientos de pacientes han sido operados con éxito y se han recuperado en pocos días. Es fundamental que la información médica sea precisa y actualizada para evitar confusiones y contribuir a un debate público informado.

Lo que sé sobre el caso Frei Montalva no se basa en un recuerdo concreto ni en una confidencia, sino en la observación cuidadosa de los gestos cautelosos y de las miradas dirigidas al suelo que observé durante esos años. Mi interpretación nace muchas veces del silencio, de esa falta de palabras que, al mirar atrás, se revelan como una advertencia: el peligro era real y mi padre lo sabía. Con años de vigilancia a sus espaldas, conocía de cerca los métodos que la dictadura empleaba para silenciar a sus opositores. Sabía que las muertes misteriosas no eran solo rumores; ocurrían. La tensión en el ambiente era intensa, y creo que la decisión de negar la operación a Frei, aunque nunca se explicó públicamente, fue una estrategia para protegerlo y garantizar su seguridad.

Fue así como tras la negativa de la Clínica Indisa, Frei optó por operarse en la Clínica Santa María. La reacción de mi padre ante las complicaciones posteriores a la cirugía fue de incredulidad; su rostro mostraba una mezcla de desconcierto, miedo y nerviosismo que no podía ocultar. Recuerdo cómo, al recibir la noticia del doctor Goic, amigo cercano y médico personal de Frei, mi padre no podía aceptar que una operación de rutina terminara en una complicación tan inexplicable. Era como si la lógica médica se hubiera roto de repente y el sentido común hubiera desaparecido, dejándolo con una sensación de extrañeza y vulnerabilidad sin precedentes.

En nuestra casa la atmósfera estaba cargada de preocupación. Entre mi padre y el doctor Goic, responsable del equipo médico que atendía a Frei, existía una confianza forjada a lo largo de los años, una complicidad construida mediante miradas, gestos y breves comentarios que decían más que las palabras. Cuando discutían temas delicados, relacionados con la ética médica y la salud de Frei Montalva, la voz calmada y pausada del doctor Goic, acompañada de largos silencios, transmitía una gravedad que aún recuerdo con claridad. Aunque nunca expresaba sus temores directamente, tras la muerte de Frei, su forma de caminar cambió: sus pasos se volvieron más lentos y sus hombros parecían encorvados por un peso que no se le veía. Cargaba con una culpa propia y ajena que le era imposible esconder.

En esos años, aún bajo la dictadura, no se podía sugerir que su muerte había sido un asesinato. El temor, que se traducía en sus gestos -en no tocar ni siquiera un vaso de agua- impregnaba las conversaciones entre mi padre y el doctor Goic. Las palabras, encarceladas, parecían buscar una salida en una habitación que se hacía cada vez más pequeña. Afuera, aunque parecían tranquilas, las calles ocultaban su propia tensión. En la esquina de Las Violetas con Avenida Suecia 1521, en nuestra casa, un automóvil oscuro permanecía estacionado noche tras noche, con las luces apagadas y los vidrios empañados. Dentro, una pareja fingía indiferencia mientras cumplía la orden de registrar los movimientos de quienes entraban y salían. Desde la ventana del living, con la luz apagada, se percibía la presión de esas miradas que no se apartaban de la casa.

Aquellos curiosos eran agentes del régimen militar vinculados a organismos como la DINA (Dirección de Inteligencia Nacional, oficialmente disuelta el 13 de agosto de 1977) o la CNI (Central Nacional de Informaciones, que la reemplazó en esa misma fecha), instituciones responsables de la represión. La sensación de control y miedo era profunda. Las conversaciones privadas entre mi padre y el doctor Goic no estaban a salvo de las escuchas; todo parecía moverse bajo la mirada de fuerzas que impedían cualquier descanso. Cada gesto, cada palabra, se hacía bajo la sospecha de estar siendo vigilado.

Imagino la tensión que oprimía a mi padre y a los médicos del directorio. Expertos en salvar vidas se vieron obligados a navegar entre el deber y el temor, entre la ética profesional y el instinto de supervivencia. La atmósfera del hospital, marcada por pasos sigilosos, camillas y sensores, se había transformado en un escenario de sospecha. Detrás de cada puerta, tras cada conversación breve, vibraba la conciencia de que las paredes escuchaban. En esas circunstancias, cualquier intento de advertir de los peligros que corría Frei debía disfrazarse mediante gestos o exageraciones calculadas del riesgo quirúrgico para evitar que se operara. El dilema era complejo: ¿cómo proteger a Frei sin traicionarse a sí mismo ni poner en riesgo su propia seguridad al advertirle que podía ser asesinado? Mencionar la sospecha de un envenenamiento o el temor de que alguien pudiera introducirle una toxina era impensable y estaba prohibido expresarlo en voz alta. Hacerlo significaba desafiar al régimen y exponerse a represalias inmediatas de los organismos de seguridad. Así, en ese mundo de vigilancia, mi padre y los médicos de la Clínica Indisa se vieron obligados a exagerar los peligros inherentes a la cirugía. Presentaron el procedimiento como una intervención de alto riesgo, no porque lo fuera desde el punto de vista médico, sino para evitar que el paciente se sometiera a la cirugía. Esa decisión se tomó como medida de protección, ocultando la verdadera amenaza que rondaba en sus pensamientos.

Juan identificó el peligro gracias a la experiencia de quien ha visto demasiado, alguien que conoce las grietas y recovecos donde se esconde la maldad. Quizás su habilidad, pulida en noches sin dormir, en quirófanos y en charlas sobre política y poder, le permitió entender lo que muchos evitaban o no querían ver: el riesgo de que Frei fuera una víctima más, un objetivo de maniobras clandestinas, y que cualquier complicación quirúrgica, inducida o no, fuera la excusa perfecta para silenciarlo y eliminar una voz incómoda.

Las figuras prominentes suelen pagar un alto precio por su exposición pública: pierden amigos y el aislamiento y la soledad se vuelven sus únicos acompañantes; las amistades verdaderas se distancian o desaparecen. Así, la vulnerabilidad aumenta cuando el círculo cercano se reduce y los pocos amigos terminan traicionándolo. Imagino a Frei en una cama fría de la clínica, dándose cuenta demasiado tarde de que el verdadero peligro no era la cirugía, sino quienes usaban la medicina como arma de represión. La «mano invisible del opresor» hacía de la clínica y del quirófano una trampa, dejando huellas difíciles de detectar.

            Me levanto de mi escritorio y bajo al sótano. Afuera hace frío y está oscuro; no hay nadie. Aquí guardo cartas y retratos de aquella época, de esos años en los que, por motivos que no entiendo, salí de Chile en busca de nuevos amigos. Me alejé sin entender por qué; necesitaba explorar, aprender de otras historias y conocer otros sabores. Tengo la esperanza de que, al escribir este relato, se me aclare y me dé pistas que me ayuden a entender por qué me fui.  Aquí encuentro cartas guardadas en carpetas polvorientas y en álbumes que apenas recordaba; siento que este viaje puede convertirse en una travesía hacia recuerdos reprimidos o hacia aquellos que inconscientemente evitaba. No estoy solo; los gatos me acompañan, me observan con sus grandes ojos y parecen ayudarme al compartir mi curiosidad en este descenso. Los imagino cuestionándose mientras bajamos por la escalera. Es un descenso cargado de neblina. Abro una caja y la memoria se despierta ante las fotos de reuniones familiares, de un cumpleaños celebrado en la casa que teníamos frente a la quebrada, en Algarrobo. En otra, veo a mi hermano soplando las velas de una torta y el retrato de nuestra primera y única perrita regalona. También encuentro recortes de periódicos, de la revista Hoy, en la que entrevistaban a Juan por algo relacionado con un curso que dictaba en la Clínica Indisa. Encuentro notas escritas en papeles frágiles que susurran historias al tocarlos. También están las setecientas páginas del fallo judicial sobre la muerte de Frei Montalva. Quizás ahora lo lea. La redacción no fue de las mejores; pareciera que el juez se desilusionó o le faltaron recursos. El texto se nota sobrecargado de evidencias, pero siento que puede servirme como una buena brújula para completar este relato. Lo ubico por encima de otras prioridades, con la esperanza de hallar alguna pista que me permita entender cómo ocurrió su asesinato. Hago un esfuerzo por revivir esos años; me transporto, aunque trate de encender la tele para evitar el tema y esconderme.

¿Cómo me enteré de su muerte? Ese instante permanece grabado en mi memoria. Era la mañana del 23 de enero de 1982, un día de frío intenso en Cleveland: el viento era cortante y las aceras estaban cubiertas de hielo. Caminaba por Euclid Avenue, frente a la Universidad Case Western Reserve, apenas unos días después de haber llegado de Chile. Me sentía extranjero en calles desconocidas. Apresurado por encontrar el edificio donde tendría la clase de química orgánica, me detuve frente a una vitrina de metal que exponía el periódico del día, cuyos vidrios estaban empañados y sucios. Allí, en la primera página del New York Times, leí la noticia: Eduardo Frei Montalva había fallecido el día anterior. Sentí que el país estaba lejos, como si los acontecimientos ocurrieran en otro mundo; mi desconcierto era intenso. La muerte de Frei no solo marcaba el fin de una persona, sino que también extinguía una esperanza colectiva, dejando tras de sí una sensación de orfandad. La desaparición de Frei simbolizó, para muchos, la pérdida de un futuro mejor.

Mientras la gente continuaba con su rutina, sin ser consciente del peso de la noticia que acababa de leer, recordé una conversación que tuve con mi padre. Ocurrió durante un viaje de regreso desde el balneario de Algarrobo, con el mar a nuestra espalda y una carretera que se extendía como una cinta negra entre pequeños poblados y parcelas. Pinochet y la dictadura estaban en su apogeo; dictaban las normas. Nos acompañaba el doctor Goic, amigo de Frei Montalva. Mi padre, con una voz entre curiosa y asintiendo, me pregunta: «¿Qué piensan los jóvenes de Eduardo Frei Montalva?» Sentí que su pregunta tenía un doble fondo, Juan buscaba una respuesta honesta, quizás para que Goic la escuchara. Le respondí transmitiendo la percepción de mis amigos, quienes veían en Frei demasiado silencio, cierta distancia y una falta de compromiso real para enfrentar al régimen de Pinochet. Era una crítica que flotaba en el ambiente, no solo entre los jóvenes, sino también en círculos que anhelaban una oposición más vigorosa. Tal vez opiniones parecidas influyeron en el ánimo de Frei, porque semanas después organizó el histórico acto en el Teatro Caupolicán -el Caupolicanazo-, donde, con una oratoria brillante, enfrentó abiertamente a Pinochet. En ese escenario, se fusionaron dignidad y riesgo; muchos aseguran que allí Frei selló su destino y se convirtió en blanco de la dictadura. Había demostrado que no tenía miedo.

En el subterráneo, mi gato huele un archivador con las tapas desgastadas. Lo abro con curiosidad y, entre las cartas, encuentro la que mi padre me envió tras la muerte de Frei. Sus cartas iban más allá de un simple relato; eran un vínculo que me mantenía conectado a mi hogar y a una realidad que, desde la distancia, se difuminaba. Lo importante era lo que no decía, lo que se reservaba; el correo estaba intervenido y cada palabra era vigilada. Para esquivar problemas, mi padre evitó referencias médicas sospechosas que pudieran dar lugar a una denuncia. La prudencia era esencial. Una leve insinuación podía ponerlo en peligro, tanto a él como a nosotros. Vivíamos bajo esa amenaza; cada palabra podía ser una condena.

La vigilancia penetraba incluso en las relaciones más cercanas. No era una sospecha abstracta ni una sombra lejana del régimen: tenía rostro, parentesco y rutina. Recuerdo a mi primo, que trabajaba para los organismos de seguridad y visitaba nuestra casa para comentar llamadas telefónicas que no debía conocer. «Así que son bien amigos de los Aylwin, tía», le decía a mi madre, como si dejara caer una advertencia en medio de una conversación familiar. Afuera, en la calle Las Violetas, el auto oscuro completaba la escena: permanecía estacionado frente a la casa, noche tras noche, con sus ocupantes fingiendo indiferencia mientras registraban nuestros movimientos. Entre mi primo adentro y ese vehículo afuera, la vigilancia dejaba de ser una idea política y se convertía en una presencia física, cotidiana, imposible de ignorar. Imagino que mis padres lo dejaban entrar a nuestra casa más que nada para conocer los riesgos, lo que se nos venía encima o lo que nos podría suceder en el futuro. En una de sus visitas, después de sus continuos comentarios sobre las llamadas telefónicas a la casa de los Aylwin y de otros personeros demócrata-cristianos, mi madre entendió que mi primo también necesitaba una explicación que pudiera llevar de vuelta a sus superiores. No una verdad, sino una coartada doméstica, trivial, desprovista de peligro político. Entonces, con esa mezcla de ironía, audacia y sentido práctico que la caracterizaba, le sugirió una salida fácil, casi absurda, pero eficaz:

-Cuéntales que yo soy la amante de Patricio Aylwin.

La idea le pareció excelente. Una historia de amantes desplazaba el problema al terreno de los dramas pasionales, más universales, previsibles y menos peligrosos que la política. Si eran amantes, si se llamaban por deseo y no por conspiración, entonces no había nada que investigar. Mi primo respiró tranquilo: ahora podía presentarse ante sus superiores con una explicación simple, incluso risible, y decirles que su tía Ximena era la amante de don Patricio Aylwin; por eso hablaban tan seguido, no por razones políticas. Y así fue como mi madre, con una frase lanzada para desactivar una amenaza, terminó convertida en los archivos de inteligencia de Pinochet en la supuesta amante no solo de Patricio Aylwin, sino también de varios políticos de la oposición. La coartada había funcionado demasiado bien: reducía las llamadas, las visitas y las amistades políticas a un asunto privado, sentimental, casi vulgar; y, al hacerlo, volvía menos peligrosa la cercanía de mi familia a ese mundo vigilado. Tal vez esa clasificación absurda contribuyó a que nada peor ocurriera en nuestra casa. Pero también dejó una marca difícil de borrar. Años después, cuando esas versiones circularon o fueron descubiertas, la amistad de mi madre con Leonor Aylwin pareció resentirse. No sé si fue por una sospecha concreta, por una incomodidad antigua o por el eco venenoso de esos archivos, pero algo de aquella mentira defensiva terminó filtrándose en la vida real.

 26 de enero de 1982

Cristiancito,

Acá, como habrás sabido, el acontecimiento que ha impactado al país es el fallecimiento de Eduardo Frei Montalva. Todo pasó como en una pesadilla. Cuando tú estabas en Chile, antes de partir a los Estados Unidos, fue operado de una hernia de hiato, que después se complicó en una serie de cosas increíbles y terminó por matarlo. A la distancia, las cosas se ven más tranquilas, quizás en su verdadera dimensión, pero la repercusión que ha tenido su muerte aquí en Chile ha sido brutal. Eso de escuchar «Murió Frei» y oírlo bruscamente el viernes 22 a las 5 de la tarde fue como cuando escuchamos que murió Kennedy. Yo no me di cuenta de cuán honda era su presencia entre todos los chilenos. Eso de ver y oír a un hombre en la plenitud de sus facultades físicas e intelectuales y, de repente, que deje de existir, da una sensación de caos e incredulidad. Creo que todo el país se normalizó, se puso de pie y en alerta. Incluso aquellos que días antes no cesaban de llamarlo «político demagogo», «ambicioso de poder», «débil de carácter», etc. No sé si, sinceramente o hipócritamente, decretaron tres días de duelo nacional; pero eso no impidió que todas las estaciones de televisión continuaran transmitiendo canciones y programas triviales; los goles de Cazelli, jugando por Colo-Colo, tuvieron más difusión. La esposa de Frei, Doña María, y toda su familia se portaron extraordinariamente bien. Nada de lágrimas. Cuando el gobierno negó el permiso para que Jaime Castillo, Fuentealba, Zaldívar y un diputado estuvieran presentes en los funerales, toda la familia le pidió a Pinochet que no se hiciera presente ni asistiera a la misa. Pero Pinochet, sin una pizca de dignidad, asistió con todo el gabinete al responso. No había nadie de la familia, excepto un hijo que lo hizo por respeto al cuerpo diplomático. La juventud debió ser convencida por el cardenal Silva Henríquez para que, durante el responso, los restos no fueran sacados de la urna ni llevados al Sagrario, para que no estuviera presente mientras Pinochet estaba en la Catedral. Los funerales se realizaron el lunes 25 a las 16 horas. Cientos de miles de personas asistieron; durante tres días, una fila de personas desfiló frente al ataúd de Frei. A pesar de su condición de expresidente constitucional, la familia pidió que no se le rindieran honores militares. En fin, Cristián, querido, con los Mercurios que te mandó la mamá, podrás hacerte una idea de lo que pasó. Podrás observar que en la primera página de ese diario del día 24, un poquito más abajo del anuncio de la muerte de Frei, está el anuncio de la clasificación del corredor Salazar en una carrera de autos. 

La mamá y todos tus hermanos te mandan saludos……

Juan

Mi madre también lo anunció brevemente en otra carta:

28 de enero de 1982

Aquí casi no pasa nada; la gente llenó la Catedral y sus alrededores para ver a Frei y/o sentirse en grupo, en masa (estoy leyendo a Canetti, fascinante). Tu papá, más viejo y regañón, escribe.

2. Cuando la justicia nombró el crimen

En Michigan, hay mañanas en las que la nieve cubre el alféizar y el escritorio se me llena de carpetas, informes médicos y testimonios contradictorios recabados por el juez Alejandro Madrid durante su investigación sobre la muerte de Frei Montalva. No fue hasta el 20 de enero de 2019, treinta y ocho años después de su fallecimiento, ocurrido el 22 de enero de 1982, que la duda sobre los hechos tomó forma. Ese día, tras una investigación judicial iniciada en el año 2003, un fallo de primera instancia (que luego sería apelado ante la Corte de Apelaciones) declaró que la muerte de Frei Montalva había sido un homicidio. El caso ha sido uno de los episodios más complejos y polémicos de la historia reciente de Chile. Su investigación, que se extendió durante casi dos décadas, concluyó que Frei Montalva había sido asesinado mediante la administración de sustancias tóxicas durante su hospitalización, lo que reveló la existencia de una vasta conspiración que involucró a militares y a médicos de la época. El fallo marcó un hito en la memoria histórica chilena al condenar como coautores del delito de homicidio al doctor Patricio Silva Garín, a Raúl Lillo Gutiérrez y a Luis Becerra Arancibia. Como cómplices, al doctor Pedro Samuel Valdivia Soto y como encubridores, a los doctores Helmar Egon Rosenberg Gómez y Sergio Javier González Bombardiere.

Aunque han pasado más de cuarenta años desde la cirugía del 18 de noviembre de 1981, esa historia permanece en mi memoria. Cada dato, cada testimonio ante el juez, cada nuevo artículo de prensa que se publica revive en mí una sensación de asombro y desazón que he sentido desde entonces. La investigación judicial me enfrentó a  emociones e interrogantes que siempre me persiguen.

Durante años, me costó poner en palabras lo que presencié; la neblina de los recuerdos parecía ocultar la verdadera dimensión de lo vivido. Sin embargo, el tiempo transcurrido me ha permitido ver el pasado con mayor claridad. Ahora percibo detalles que antes pasaban desapercibidos o me resultaban fáciles de ignorar, como las conversaciones en voz baja entre mi padre y el doctor Goic, sus miradas y la tensión que permeaba los rincones de nuestra casa durante sus visitas nocturnas. Eduardo Frei Montalva aún no había muerto a causa de una septicemia aguda, cuyo origen permaneció en la penumbra durante décadas, envuelta en misterio y controversia. Como líder opositor a Pinochet, la muerte lo acechaba como una amenaza constante. Goic lo atendía y, al caer la noche, pasaba a ver a mi padre para conversar o para lamerse las heridas; no lo tengo claro. Pero hoy veo con claridad que fui testigo de encuentros más serios de lo que había  imaginado. Al juntar los fragmentos de esos recuerdos, se me asienta la certeza de que lo ocurrido no fue una cirugía desastrosa, sino una conspiración que atentó contra la vida de Frei, forzándolo a luchar en una batalla que perdió. Lo que antes parecía confuso ahora lo veo como un complot muy bien preparado, una intervención tan bien planificada que desconcertó a los médicos amigos, que nunca lograban entender de dónde provenía la amenaza.

Era de noche y la oscuridad cubría el barrio. Las calles se veían vacías; nadie caminaba entre las sombras. Solo el timbre del teléfono rompía el silencio que resonaba en cada habitación y nos despertaba. Mi padre respondía con voz tranquila: «Sí, te espero». Nada se movía. Él seguía en cama, tendido. «No hay problema», le escuchábamos, como si tratara de convencer de que todo andaba bien, bajo control. «Ven y conversamos», se despedía antes de colgar, devolviendo la casa al silencio de antes. Pronto escuchábamos el timbre, un sonido de campanilla que rompía la quietud; un perro ladraba, un libro se caía al suelo y yo salía a recibir al doctor Goic. Por unos segundos, antes de abrir la puerta, el mundo exterior se me desvanecía, inmóvil y en sombras. Entraba a la casa con el ceño fruncido y el rostro cansado después de sus largas jornadas en la Clínica Santa María, donde luchaba por salvarle la vida a su amigo, ahora su paciente. Venía de las juntas médicas que se llevaban a cabo en la clínica. Al poco rato, mi padre bajaba del segundo piso y se sumergía en una conversación urgente en el living, bajo una luz tenue, amarillenta. Cada palabra encendía temores. Al verlos hablar, recordaba lo frágiles que somos ante las adversidades. Yo me retiraba en puntillas al segundo piso, con cautela, como si un crujido pudiera atraer una desgracia. Buscaba refugio entre las sábanas, sintiendo que la noche era la única barrera entre nosotros y la amenaza. Antes de dormirme, acurrucado en la cama, debajo de las frazadas, recordaba el auto que nos vigilaba al otro lado de la calle. Sabía que en ese momento no se podía hablar ni respirar con fuerza, porque hasta un susurro podía convertirse en un peligro. El descanso era una breve pausa que nos ayudaba a prepararnos para lo que el día siguiente pudiera traernos.

La periodista Lilian Olivares menciona en su libro (La Verdad sin Hora, Ed. Catalonia 2020) que todos los días, como a las 20 horas, alrededor de doce médicos se reunían en una junta médica para discutir cómo continuar con el tratamiento. Incluían asesoría de médicos del extranjero, de la Cleveland Clinic, incluso del médico que había atendido al papa Juan Pablo II.

A lo largo de los años y con el avance de las investigaciones, la muerte de Frei Montalva se convirtió en un símbolo de la lucha por la justicia. Lo ocurrido con Frei inspiró marchas y debates. Para muchos, fue impactante ver cómo esa tragedia se convertía en una bandera de las demandas ciudadanas, lo que amplificaba su resonancia en la conciencia del país y nos enfrentaba a un debate público imprevisto.

En agosto de 2023, la Corte Suprema dictaminó de forma definitiva, revocando las condenas anteriores, argumentando que no había pruebas suficientes para acreditar el homicidio y estableciendo que la muerte se debió a septicemia derivada de complicaciones tras una cirugía. Esta decisión impactó en la opinión pública y reabrió el debate sobre la búsqueda de la verdad y los desafíos para lograr una justicia plena en casos emblemáticos. La historia de Frei Montalva sigue siendo un símbolo de la lucha por esclarecer el pasado y encontrar a los culpables.

Con el tiempo, mi padre se convenció de que Eduardo Frei Montalva había sido envenenado en la Clínica Santa María. Esa creencia nunca lo abandonó y le sirvió de escudo psicológico para enfrentar otros retos peligrosos. Uno de esos desafíos surgió todavía viviendo en dictadura, cuando tuvo que operar a una de las hijas de Frei Montalva en la Clínica Indisa; finalmente, un Frei operándose en Indisa. Ella, ajena a la política y los conflictos públicos, también parecía estar bajo amenaza, como si el peligro alcanzara a toda la familia solo por llevar el apellido. Mi padre vivía en estado de alerta, con la sensación de que cualquier descuido podía ser importante. Tras la cirugía, notó que los síntomas y el avance de una infección inesperada le recordaban el caso de Frei Montalva. El pasado regresaba para repetirle el mismo patrón de fiebre inexplicable, malestares indefinidos, y dolores que ponían en riesgo la vida de la paciente.

En esta segunda emergencia, y tras la experiencia adquirida con la muerte de Frei Montalva, mi padre actuó con cautela. Basándose en su instinto, logró salvar la vida de su paciente, aunque nunca supe exactamente cómo lo hizo; no hablaba de ello y nunca se lo pregunté, incluso después de haber viajado tantas veces a Chile con la duda. Creo que debió tomar medidas excepcionales: quizás hizo poner guardias en la puerta para evitar visitas, o supervisaba personalmente cada medicamento, vigilaba cada detalle para que ningún descuido representara un riesgo. Hacía de enfermero y médico; la amenaza se le colaba por todos los rincones. ¿Con quién hablar, con quién compartir sus dudas? ¿Conversar con Goic? ¡No, nunca, eso le traería mala suerte! ¿Qué carajo iba a ocurrir ahora?

Tal vez Juan no se permitió decirlo en voz alta porque hablar era abrir una puerta que no volvería a cerrarse. Hablar era poner en peligro a su familia, a sus colegas, a sí mismo. Mejor callar. Mejor mirar al suelo, cambiar de tema, dejar que la sospecha circulara como un animal encerrado. Pero el silencio no lo liberaba. Lo seguía de noche, se sentaba con él a la mesa, bajaba con él las escaleras. No, no podía decirlo. No entonces. No con el auto oscuro afuera, no con los teléfonos intervenidos, no con los hijos repartidos por el mundo y el miedo sentado a la mesa. ¿Fue cobardía? ¿Fue amor? ¿Fue simplemente sobrevivir?

Más tarde, mi madre me confesó que Juan, agotado, le dijo en voz baja: «Quieren intimidar a los Frei, quieren destruir a la familia para que nunca más participen en política.» Esa frase se me quedó grabada; el peligro era real.

Años después, también en plena dictadura, mi padre tuvo que atender al exsenador Jorge Lavandero, quien había sido brutalmente golpeado en la calle por investigar y denunciar públicamente las transferencias de dinero de Augusto Pinochet al extranjero. Recuerdo a mi padre en ese momento: nervioso, siempre en alerta y con las manos tensas, preparado para cualquier contingencia. No bajaba la guardia y, como medida de protección, colocó custodias en la puerta de la habitación y se aseguró de que Lavandero nunca quedara solo. Observaba con atención la labor de los enfermeros, convencido de que el peligro podía ocultarse en los detalles rutinarios. La experiencia le había enseñado que en los hospitales lo cotidiano podía convertirse en amenaza.

3. La construcción del enemigo interno

Andrés Zaldívar, exsenador y dirigente demócrata cristiano, en una entrevista cargada de autocrítica, recuerda cómo él, Frei y muchos miembros de su partido, guiados por una ingenua esperanza, creyeron que el golpe de Estado del 11 de septiembre de 1973 sería solo un breve paréntesis en la historia del país. Pensaban que la tormenta pasaría y que la democracia se restablecería sin contratiempos. Por ese motivo, decidieron no firmar la emblemática “Carta de los Trece”, un documento histórico redactado y firmado dos días después del Golpe (13 de septiembre de 1973) por 13 destacados miembros de la Democracia Cristiana como Radomiro Tomic, excandidato presidencial en las elecciones de 1970. En la carta se condenaba la intervención militar y la ruptura del orden constitucional. En su primer punto declaraba:

Fue una carta breve en la que, en seis puntos, se trazó una frontera clara entre quienes, arriesgando sus vidas, se atrevieron a oponerse públicamente a la naciente dictadura y quienes, por temor, por cálculo político o por la esperanza de una pronta normalización, optaron por el silencio y una postura ambigua. Mi padre estuvo entre estos últimos. En un principio creyó que el cambio sería un paréntesis, un desorden menor, y que la democracia pronto llegaría. No la firmaron ni el expresidente Eduardo Frei ni Patricio Aylwin, quien llegaría a ser el primer presidente democrático de Chile tras el golpe de Estado. Bernardo Leighton, el organizador de la carta, que firmaron en su casa, fue baleado posteriormente en Roma el 6 de octubre de 1975, pero sobrevivió.

Con el tiempo, no firmar la carta de los 13 resultó ser una carga para quienes eligieron guardar silencio. Esa omisión se convirtió en una espina que los acompañó durante años, entre reproches internos y el juicio social. Para muchos demócratas cristianos que habían puesto sus esperanzas en una firme defensa de la democracia por parte de sus líderes, la falta de una condena clara del régimen militar generó una gran decepción. Interpretaron esa tibieza como una complicidad involuntaria con la represión y los atropellos a los derechos humanos, lo que contribuyó a prolongar una dictadura que duró casi diecisiete años.

Pero quizás existía una razón más profunda y menos confesable para quienes no firmaron: que poner su nombre en esa carta habría implicado aceptar desde el principio que Chile ya no era el mismo país; que la República, con sus reglas, equilibrios y rituales democráticos en los que creían, había sido irremediablemente destruida. No firmar pudo ser una forma de postergar esa aceptación, de aferrarse a la esperanza de que el golpe sería un paréntesis y no una transformación radical del orden político y moral del país. En esa negativa había miedo y cálculo, pero también una incapacidad para mirar de frente la magnitud del cambio: aceptar la carta era aceptar que la democracia había terminado y que empezaba otra época, gobernada por la fuerza, la vigilancia y el temor.

La periodista Mónica González, conocida por su investigación sobre la muerte de Frei Montalva y otros crímenes de la dictadura, relató ante el juez Madrid que en mayo de 1975 el expresidente vivió un punto de inflexión. Hasta entonces, Frei se mantenía reservado y distante, observando los acontecimientos desde fuera y tratando de adaptarse a la nueva realidad impuesta por el régimen. Sin embargo, ese año decidió dejar atrás la prudencia y enfrentarse públicamente al conceder una entrevista al semanario colombiano Nueva Frontera. Rompió su silencio y denunció con firmeza la situación que atravesaba Chile, marcada por la represión y el miedo. Frei fue transformándose de un espectador a convertirse en el líder indiscutido de la oposición a Pinochet. Su voz iluminó a quienes buscaban recuperar la democracia, convirtiéndose en una amenaza para el régimen y en una chispa de esperanza para la sociedad chilena, dando inicio a un proceso de movilización colectiva que no se detendría.

El desarrollo de los eventos recuerda a una tragedia griega, con cada episodio añadiendo nuevas tensiones. Según Mónica González, en 1977, cuando fue invitado a integrarse a la Comisión Norte-Sur liderada por el excanciller alemán Willy Brandt, Frei alcanzó un reconocimiento internacional de gran prestigio, lo que lo consolidó como un referente ético y político en toda América Latina. Desde los foros internacionales, su voz se levantó en defensa del diálogo entre países desarrollados y en vías de desarrollo, promoviendo la justicia social y los derechos humanos en medio de la Guerra Fría. Su condición de único representante latinoamericano en esa Comisión fortaleció su liderazgo y lo convirtió en un faro de esperanza para quienes, tanto en Chile como en el exilio, soñaban con un futuro en libertad.

En 1980, ante la creciente oposición internacional y una oposición cada vez más unificada, Augusto Pinochet promovió un plebiscito para validar una nueva Constitución y mantener su poder. En ese momento, Frei Montalva alcanzó su mayor proyección política. Esa farsa democrática pretendía camuflar el autoritarismo bajo una apariencia de participación popular. Como parte de esta estrategia, el régimen permitió, bajo estricta vigilancia, un acto público el 27 de agosto en el Teatro Caupolicán de Santiago, un lugar emblemático de las luchas sociales. Esa noche prevaleció un ambiente de fiesta y libertad: miles de personas desafiaron el miedo y llenaron el recinto. La presencia de agentes de seguridad, la vigilancia y el riesgo crearon una atmósfera de desafío y valentía.

En ese escenario cargado de simbolismo, Frei Montalva, con serenidad, pronunció un discurso histórico que marcaría un antes y un después en su lucha contra la dictadura. Con firmeza, ante una multitud expectante, exigió iniciar una transición democrática, reclamó el respeto a la dignidad del pueblo y denunció la ilegitimidad del plebiscito. Sus palabras, además de ser una arenga política, hicieron un llamado urgente a la unidad y a la movilización, invitando a romper el círculo del miedo. Esa noche, la voz de Frei encendió una chispa de esperanza en la sociedad chilena: dejó de ser solo un expresidente respetado para convertirse en el símbolo indiscutible de la oposición, el “enemigo interno” que la dictadura debía silenciar para evitar que la esperanza se convirtiera en un incendio de libertad incontrolable. El periodista Hernán Millas, en su libro La Sagrada Familia: la historia de las diez familias más poderosas de Chile (Ed. Planeta, 2005), comparte algunos pasajes de su discurso:

Mary Figueroa, exdirectora de la Policía de Investigaciones, explicó en su testimonio ante el juez Madrid la importancia del llamado «Caupolicanazo». Esa noche, expresó, la figura de Frei se convirtió en el principal objetivo de la represión y de la atención de los servicios de inteligencia militar. Cada palabra de su discurso fue escrutada con cuidado, ya que las autoridades creían que podía provocar una rebelión y revivir la esperanza en una población que llevaba mucho tiempo doblegada por el miedo. Según su testimonio, el discurso de Frei Montalva provocó cincuenta y nueve ovaciones; cada aplauso y cada grito mostraron apoyo y rompieron el silencio impuesto por la dictadura, generando un clamor colectivo por el cambio. Frei exigió el fin de la intervención militar en las universidades, defendió su autonomía y reivindicó el papel moral de la Iglesia Católica en la defensa de los derechos humanos. La respuesta del público fue inmediata: una ola de aplausos, abrazos y gestos de hermandad recorrió el recinto, unificando a todos en torno a la causa de la democracia. Como afirmó Mary Figueroa, el Caupolicanazo fue más que una manifestación política; fue un punto de inflexión que movilizó a la ciudadanía y determinó el destino de Frei Montalva, quien desde entonces quedó identificado como el principal enemigo de la dictadura.

Al terminar el evento, se produjo tal jolgorio que su hija, Carmen Frei, recuerda cómo su padre, rodeado por la muchedumbre y perdido entre gritos y banderas, preguntaba por su esposa: «¿Dónde está Maruja? Yo no me voy sin la Maruja».

La amenaza contra Frei no fue un incidente aislado, sino un reflejo de un ambiente de represión que vulneraba a todos los opositores. Solo unas semanas antes, en julio de 1980, la Coordinadora Nacional Sindical, liderada por Tucapel Jiménez y en conjunto con las principales fuerzas políticas opositoras, había firmado un acuerdo histórico. Ese pacto, nacido de la necesidad de unir fuerzas frente a la dictadura, buscaba convocar a un gran paro nacional para marzo de 1983. La movilización pretendía paralizar el país y presionar al régimen para que abriera espacios de participación política. También convirtió a Frei en un símbolo de la resistencia contra el autoritarismo a través de medios democráticos.

Ambos hitos, el emotivo discurso del Caupolicán y la planificación del paro nacional, determinaron el destino de Frei Montalva. A partir de entonces, el régimen lo vio como el mayor impedimento para conservar el poder. Los servicios de inteligencia intensificaron su vigilancia sobre él y su entorno, invadiendo cada aspecto de sus vidas. Las amenazas se convirtieron en una presencia cotidiana para los opositores. Sin embargo, la firmeza de Frei y sus seguidores -expresada en gestos de liderazgo, llamados a la unidad y acciones de desafío público- mostraba que, en medio de la brutalidad, se podían abrir brechas de luz y trazar caminos hacia la recuperación de la democracia. El sueño era posible.

A finales de septiembre de 1980, tras la victoria del referéndum que aprobó la nueva Constitución con casi el 67% de los votos, la tensión aumentó cuando el general Pinochet, con una voz fría y calculada, hizo una amenaza pública en el Salón Azul del Club de la Unión. Frente a una audiencia expectante, señaló a Zaldívar, Eduardo Frei y Tucapel Jiménez, como antipatriotas, acusándolos de traicionar los valores más profundos de la nación y considerándolos los principales enemigos del país. Sus palabras, llenas de resentimiento, sonaron con fuerza, dando la impresión de que vendrían importantes represalias. Afirmó que conocía las intenciones del grupo, que estaba al tanto de sus movimientos y de la arriesgada iniciativa de unir fuerzas políticas y sindicales en su contra. ¡Esos traidores serán castigados sin piedad! Conocía el plan para convocar un paro nacional: ¡Anímense y verán!

En su declaración ante el juez Madrid, Andrés Zaldívar detalló la relevancia del Caupolicanazo y el entorno de amenazas peligrosas que rodeaba a Frei Montalva en esos meses. En su relato, Zaldívar mencionó la presencia constante de amenazas y la sensación de que el destino de Frei pendía de un hilo frágil. Recordó que, tras el plebiscito de 1980 y por iniciativa de Frei Montalva, realizó una gira política internacional invitado por la Democracia Cristiana italiana. Cada salida de Chile era una apuesta peligrosa, un recorrido por zonas donde el exilio siempre estaba presente. El temor a no poder volver a su país lo acompañaba tras cada reunión y discurso.

Tras sus visitas a Italia, Zaldivar aceptó una invitación que consideraba una tabla de salvación en medio del desastre y partió a Israel el 16 de octubre de 1980. En ese país lejano, rodeado de desconocidos, recibió la noticia que le impactó como una sentencia: le prohibían regresar a Chile. Genaro Arriagada le dijo, desde el otro lado de la línea telefónica, que se había oficializado un decreto de exilio firmado por el general Pinochet y el ministro del Interior, Sergio Fernández. Cada palabra sonó como un portazo, dejándole claro que denunciar públicamente la ilegitimidad del plebiscito -en nombre de un partido proscrito como la Democracia Cristiana, del cual él era su presidente- costaba la expulsión y el desarraigo. La injusticia se intensificó al descubrir, a través de un artículo en la revista mexicana “1 + 1”, que se le acusaba falsamente de intentar formar una alianza con militares para derrocar a Pinochet. Esa desinformación no solo buscaba aislarlo internacionalmente, sino también convertirlo en un enemigo irreconciliable del régimen.

En ese mismo contexto de terror, Zaldívar recordó que Tucapel Jiménez vivía preocupado: sabía que las amenazas de Pinochet no eran solo advertencias, sino sentencias de muerte. Su destino quedó sellado un mes y tres días después de la muerte de Frei Montalva. Tres días antes de su asesinato, se atrevió a convocar una protesta pacífica, como si supiera que cada acto de resistencia podría costarle la vida, pero también regalarle unos días más. Esa pausa pareció un guiño del destino, pues su asesino, Carlos Alberto Herrera Jiménez, reconoció más tarde que ya lo tenían marcado para morir días antes de la protesta, pero que esperaron hasta que ésta terminara para darle muerte:

Tucapel Jiménez era un hombre que vivía aferrado a sus hábitos, como si cada repetición diaria tejiera una red protectora capaz de resguardarlo del peligro. Su rutina, meticulosamente repetida, era su escudo frente a un mundo hostil. Sin embargo, esa misma previsibilidad que alguna vez fue su aliada terminó convirtiéndose en la grieta por la que sus atacantes se infiltraron. Los agentes habían memorizado sus recorridos y lo acechaban desde la penumbra con paciencia. Cada viaje diario en su taxi -ese pequeño refugio móvil donde encontraba un respiro y un toque de normalidad- se convirtió en un recorrido rastreado, un laberinto sin salida supervisado por el régimen. Lo que antes representaba libertad, su coche, terminó siendo su celda móvil, y escenario de una emboscada planificada. Así, cuando llegó el día indicado, cumplir la orden fue inevitable; no hubo duda: cinco disparos sellaron el destino de Tucapel.

Frei tampoco estaba exento a las vigilancias. Las investigaciones dirigidas por el juez Alejandro Madrid revelaron que Becerra, considerado por la familia como un hombre de plena confianza y su chófer, jugó un papel importante en el seguimiento de Eduardo Frei. Para ese entonces, ya era un informante remunerado de la CNI. En una entrevista con la periodista Lilian Olivares, Raúl Lillo, encargado del seguimiento a los miembros del partido Demócrata Cristiano, dijo que se enteraba de las actividades de Frei porque “…tenía una buena capacidad para realizar pinchar telefónicamente y enviaba siempre a la misma gente a escuchar”, sin necesidad de usar los servicios de Becerra. Probablemente, Lillo trataba de proteger a Becerra. Su colaboración no fue voluntaria, sino impuesta por su situación personal, ya que la relación amorosa de su hija con un miembro del Frente Patriótico Manuel Rodríguez sirvió como pretexto para que la CNI lo presionara y lo obligara a actuar contra quienes confiaban en él. Tenía fácil acceso a todos los espacios de la casa y mantenía cercanía con la familia Frei, hasta el punto de que, tras su muerte, se le encargó atender a quienes llegaban para expresar sus condolencias. Después de la muerte de Frei, y gracias a las buenas recomendaciones de la familia, comenzó a trabajar para Andrés Zaldivar.

El conocimiento del deseo de operarse por parte de los servicios de inteligencia se remontaba a cinco meses antes, gracias a las aportaciones de Becerra y a las escuchas en su domicilio, que probablemente él mismo había instalado. Esos cinco meses fueron fundamentales para planificar cada fase del crimen. Se analizaron minuciosamente los detalles químicos y bioquímicos de los venenos, como sus dosis y frecuencia, para garantizar que el resultado final no fuera al azar, sino el producto de un proceso cuidadosamente montado con precisión, evitando levantar sospechas.

El juez Madrid, en su sentencia, puso al descubierto la compleja red de coerción que marcó los últimos días de Frei Montalva:

Junto a Frei, también llegó a la clínica un grupo del ejército que se distribuyó discretamente en sitios estratégicos, ocultos tras diversos roles, desde camilleros hasta administrativos, formando una red de vigilancia de cincuenta y seis personas, cada una con una misión específica, no relacionada con el cuidado médico. Durante el día, la clínica parecía normal, pero por la noche se convertía en un enclave bajo control de la CNI, donde la represión se escondía bajo una apariencia de normalidad.

En las declaraciones de Andrés Zaldívar ante el juez, destaca una verdad indiscutible: para Frei, la amenaza no era excepcional, sino la rutina cotidiana de los opositores al régimen. Durante su exilio, Zaldívar tuvo varios encuentros con Frei en Europa: breves momentos de camaradería en medio del desarraigo, en los que la fraternidad buscaba calmar la frialdad de la distancia. Recuerda especialmente un encuentro en Roma, en noviembre de 1980, en el Hotel Edén, donde Frei solía alojarse. Esa noche, la intuición de Frei se convirtió en certeza: vio a dos hombres cuya presencia le resultaba amenazante. “Son de la CNI”, le dijo en susurros a Zaldívar, lo que mostraba que ni siquiera en el exilio lograba escapar de la vigilancia.

La percepción de Frei no era simplemente paranoica, sino un reflejo de una realidad respaldada por la constante persecución de políticos, exfuncionarios y opositores a la dictadura. En su oficina, tenía que aumentar el volumen de la música para enmascarar los micrófonos ocultos y evitar la interceptación de sus palabras. Las escuchas ilegales, tanto en residencias como en hoteles y oficinas, formaban una red de control muy eficaz. Tanto Frei como Zaldívar asumían esa carga: una libertad frágil y siempre en riesgo.

Carmen Frei testificó ante el juez que la casa de su padre, que debía ser un refugio, se había convertido en una prisión, rodeada de dispositivos de escucha que eliminaban cualquier posibilidad de privacidad. Relató una escena particularmente reveladora: un día, mientras unos obreros construían una estantería y martillaban, sonó el teléfono. Al otro lado de la línea, estaba el general Manuel Contreras, director de la CNI, preguntando si había ocurrido un incidente. Eso demuestra la vigilancia a la que estaba sometido: cada movimiento y cada sonido, incluso un golpe de martillo, activaban las alarmas de un Estado vigilante. En ese momento, su padre intentó mantener la calma y dijo que lo único fuera de lo común era el ruido de los martillos, esforzándose por mantener una fachada de normalidad y proteger los últimos fragmentos de intimidad que le quedaban.

Zaldívar declaró ante el juez que siempre sospechó que al expresidente podría ocurrírsele un atentado y que, incluso, él no estaba exento de sufrirlo. Su relación con Frei no era solo política: era una amistad sincera, enriquecida por el afecto, lo que hacía que sus temores también fueran personales. Cuando Frei fue a Madrid antes de la operación, Zaldívar recuerda con claridad una conversación que, con el tiempo, resultó premonitoria. En ese encuentro, Frei le explicó que la intervención le aliviaría el malestar causado por una hernia en el hiato, que lo incomodó durante una importante reunión internacional de la Comisión Norte-Sur. Zaldívar le advirtió: “¡Es una locura operarse en Chile!” y sugirió que considerara operarse en el extranjero, lejos del control de la dictadura y de posibles maniobras en la clínica. Sin embargo, Frei, con su carácter sobrio, trató de tranquilizarlo, asegurándole que estaría en buenas manos con uno de los mejores cirujanos, el doctor Augusto Larraín, quien además era primo de Zaldívar. Para Frei, esa relación familiar parecía una garantía de seguridad. Zaldívar, sin embargo, no se calmó; insistió en que el verdadero peligro no era la competencia médica, sino la extrema vulnerabilidad que enfrentaría tras la operación. A pesar de las advertencias, Frei minimizó el riesgo y rechazó viajar al extranjero para ahorrar gastos, confiando en la honestidad de quienes lo rodeaban: “No quiero provocar un gasto inútil”, dijo, restándole importancia al peligro. Esa conversación, marcada por la gravedad de la amenaza, dejó a Zaldívar preocupado de que el destino de su amigo ya estuviera sellado y con la sensación de no haber logrado reducir el peligro. Días después de la cirugía, Frei le llamó para contarle que la recuperación iba bien, lo que le brindó a Zaldívar una esperanza momentánea. Sin embargo, esa tranquilidad se esfumó rápidamente: dos días después, recibió la noticia que tanto temía. Frei había tenido que regresar con urgencia a la clínica, lo que confirmó sus peores temores.

Aunque el expresidente trataba de mantener una sensación de seguridad, creyendo que una muerte violenta no era su destino, esa confianza terminó siendo una ilusión peligrosa. Los asesinatos de destacados opositores emblemáticos -como el general Carlos Prats y su esposa en Buenos Aires (1974), Orlando Letelier en Washington D.C. (1976) y el atentado contra Bernardo Leighton y su esposa en Roma (1975)- demostraban que el aparato represivo de la dictadura no tenía límites geográficos ni de violencia. Inicialmente, consideraron eliminar a Letelier mediante el gas sarín, un agente químico desarrollado durante la Segunda Guerra Mundial y fabricado en Chile por Eugenio Berríos, conocido como “el químico de Pinochet”. Michel Townley, exagente de la DINA, declaró esto ante el fiscal estadounidense Eugene Propper. Viajó a los Estados Unidos con el gas sarín en un frasco de perfume Chanel No. 5, pero no lo utilizó. Townley, experto en bombas y electrónica, probablemente prefirió usar un explosivo porque se sentía más seguro con él. Esas muertes y ataques generaron un escándalo internacional que probablemente llevó a pensar que no correría la misma suerte. Sin embargo, se equivocó; no tenía idea del nivel de sofisticación con el que intentarían silenciarlo. Tampoco pudo prever la magnitud de la traición, en la que amigos, excolaboradores del gobierno y personas de extrema confianza, como su chófer y algunos médicos, colaboraron con los aparatos represivos, ya sea por acción u omisión. El peligro no solo provenía del exterior, sino que también se infiltraba en los ámbitos más cercanos a su vida. La confianza de Frei en su entorno y su aparente ausencia de temor ante la violencia se convirtieron en su mayor vulnerabilidad; las lealtades que creía firmes demostraron ser frágiles.

A continuación, presento un resumen cronológico basado en los antecedentes judiciales recopilados por el juez Madrid. Incluye declaraciones de testigos y aportaciones de quienes participaron en el crimen. También se detallan las cirugías, especialmente la segunda, que consumó el delito. El objetivo del resumen es ofrecer una visión estructurada de los procedimientos médicos realizados, las circunstancias en las que se llevaron a cabo y los equipos involucrados, para facilitar una mejor comprensión del contexto clínico y humano que influyó en su fallecimiento.

4. Primera cirugía: la trampa de una recuperación que no fue

Primera cirugía – 18 de noviembre de 1981

Motivo: hernia hiatal (gastroesofágica).

Lugar: Clínica Santa María.

Cirujano: Dr. Augusto Larraín Orrego.

El 18 de noviembre de 1981, el doctor Augusto Larraín realizó la primera cirugía para corregir la hernia hiatal. Debido a la confianza que Larraín y la familia Frei tenían en él, Silva Garín pidió permiso para observar la operación y se lo concedieron; Larraín aceptó y lo colocó a su izquierda.

Pero Frei también estaba acompañado por otros actores. La presencia de agentes de la CNI en la Clínica Santa María y en otros hospitales de la época está ampliamente documentada. La infiltración fue posible en parte porque muchos médicos suelen trabajar a tiempo parcial en múltiples centros de salud. Es decir, comparten sus horas de trabajo en hospitales militares y en centros de salud públicos y privados. En ese período, la situación era más complicada porque existían clínicas gestionadas por la CNI, como la Clínica London, de las que muy pocos tenían conocimiento; en otras palabras, los médicos podían trabajar también en clínicas semiocultas controladas por los organismos de inteligencia. Se sabe que días antes de la cirugía a Frei Montalva, personal externo ajeno al equipo médico habitual de la Clínica Santa María tomó el control de áreas clave, como el quirófano y la bodega de insumos médicos. El quirófano fue cerrado de manera inusual: se selló y restringió el acceso durante varios días antes de la cirugía, permitiendo, supuestamente, solo la entrada del expresidente y del equipo designado. Esta medida excepcional facilitó el acceso directo de personas externas a los materiales quirúrgicos.

Carmen Frei, en su libro (Magnicidio: La historia del crimen de mi padre, Ed. Aguilar, 2017), indica que cuatro enfermeras de la Clínica Santa María recordaron haber visto, durante esos días, a Eliana Carlota Bolumburu, jefa de enfermeras de la Clínica London, conocida por ser clandestina y siniestra, donde llegaban torturados opositores. Bolumburu, mano derecha del general Manuel Contreras, ha estado involucrada en numerosos casos de violaciones de derechos humanos. La enfermera que atendió a Frei el 18 de noviembre, María Araneda, era enfermera de guerra de la Fuerza Aérea y también mantenía vínculos con los servicios de inteligencia. Antes, fue obligada a declarar sobre la muerte de Pablo Neruda, quien, agotado por el viaje desde Isla Negra a Santiago y esperando un avión con destino a México en la Clínica Santa María, falleció tras una inyección en el estómago administrada por un supuesto médico llamado el doctor Price, cuya identidad nunca ha sido confirmada. Neruda, que parecía dispuesto a ser una de las voces más importantes de la oposición a Pinochet en el extranjero, fue víctima de una muerte misteriosa.

La operación duró menos de treinta minutos y transcurrió sin incidentes. En una entrevista antes de su fallecimiento el 21 de octubre de 2021, Larraín mencionó que Silva Garín lo felicitó con numerosos elogios al finalizar la cirugía: 

-Doctor, déjeme darle un abrazo porque estoy muy impresionado con la belleza de la operación.

Al día siguiente, los registros oficiales y el ambiente de la clínica transmitían normalidad: los informes médicos indicaban una evolución favorable y todo transcurría sin sobresaltos. Incluso, Frei llamó a su casa para pedirle a Isabel Díaz que le preparara su plato favorito, lo que reforzó la idea de que todo iba bien encaminado y que la vida cotidiana volvía a la normalidad.

Al volver a su casa, Frei parecía recuperado, disfrutó de la comida y retomó su rutina. Nadie notó que el complot había comenzado, ya que los síntomas aún no se manifestaban. La aparente tranquilidad ocultaba el desarrollo de un plan meticuloso que lo obligaría a regresar a la clínica bajo la apariencia de una complicación médica.

Transcurridas varias décadas, una revelación significativa surgió de la investigación judicial: en la primera cirugía, alguien contaminó las compresas quirúrgicas con un veneno altamente tóxico. Se usó una dosis reducida para evitar síntomas evidentes que pudieran activar alarmas, lo que permitió que el acto pasara desapercibido en ese momento crucial. La intención era que Frei tuviera que volver a la clínica y eso sucedió:

Solo ocho días bastaron para que la trampa se cerrara. De regreso en su casa, empezó a experimentar molestias persistentes, lo que indicaba una posible obstrucción intestinal. Esa complicación fue meticulosamente diseñada para aislar a Frei de su familia y volver a ponerlo bajo el control de quienes deseaban su muerte. La sensación de confianza y rutina ocultaba un peligro que acabaría por destruir la falsa ilusión de recuperación.

Disfrutó de su cazuela de ave y volvió a su rutina, pero la calma aparente ocultaba un plan elaborado para que regresara a la clínica. Los responsables de esta fase inicial no buscaban matarlo de inmediato, ya que una muerte súbita habría causado un escándalo difícil de disimular.

La contaminación provocó el efecto esperado en Eduardo Frei, con síntomas como dolor abdominal, vómitos y malestar general, lo que indicaba una posible obstrucción intestinal y lo llevó a su reingreso.

Tras las investigaciones toxicológicas ordenadas por el juez, se descubrió que la primera contaminación desempeñó un papel crucial: dificultó la eliminación renal del veneno administrado tras la segunda cirugía. Este primer tóxico sirvió como coartada médica, facilitando su regreso y preparando el cuerpo para ser más vulnerable a los efectos del segundo tóxico, lo que aseguró un desenlace fatal. El plan se llevó a cabo sin problemas.

Silva Garín también utilizó la complicación postoperatoria para acusar al doctor Larraín de incompetencia y justificar su reemplazo. Trabajando en estrecha colaboración con otros médicos de la CNI, como el doctor Valdivia, Silva Garín desempeñó un papel destacado en el envenenamiento.

5. Segunda cirugía: el recambio médico que selló su destino

Segunda cirugía – 4 de diciembre de 1981

Motivo: probable obstrucción intestinal

Lugar: Clínica Santa María.

Cirujano: Dr. Patricio Silva Garín

El expediente médico de Eduardo Frei Montalva comenzó de forma normal, con diagnósticos, recetas y notas de seguimiento comunes a cualquier paciente hospitalizado en esa clínica. Sin embargo, esa sensación de rutina pronto cambió tras la intervención y control de la autoridad cívico-militar que gobernaba en Chile.

 Como indica la periodista Mónica González en su artículo publicado en The Clinic, cuando Frei regresó a la clínica, no lograron localizar al doctor Larraín y aceptaron la ayuda del médico de turno, el doctor Pedro Valdivia, miembro de la CNI. Pero esa coincidencia solo era aparente. Valdivia no estaba allí por azar ni fue un médico disponible en el momento oportuno: estaba en el lugar y en el turno precisos, a la espera de la llegada de Frei. Gracias a las escuchas instaladas en la casa del expresidente y a la colaboración de su chófer de confianza, la CNI sabía que Frei acudiría a la clínica a esa hora y que Larraín se encontraba fuera de Santiago:

El doctor Augusto Larraín, un reconocido cirujano y muy confiable para la familia Frei, fue desplazado de su cargo tras una maniobra planificada por Patricio Silva Garín, exmiembro de su gobierno, quien asimismo inspiraba gran confianza. Silva Garín, cuyo padre había sido primo del cardenal Raúl Silva Henríquez -un incansable defensor de los derechos humanos durante la dictadura-, aprovechó la situación. Según la periodista Lilian Olivares, durante esos días falleció su primo y el cardenal ofició la misa de despedida en su capilla privada. Silva Garín también formaba parte del círculo cercano de médicos consultores del exmandatario y asistía a las juntas médicas. Así, durante la emergencia, no le costó mucho convencer a la familia y al doctor Goic de que él era la persona indicada para tomar el control del tratamiento, argumentando que Larraín no podía seguir y que había cometido errores. Mientras Larraín regresaba apurado desde el balneario de Santo Domingo, Garín se acercó a la familia Frei y al doctor Goic para calificar la operación previa como una “intervención sucia”, lo que sugería negligencia y falta de cuidados esenciales, y generó dudas y estupor entre quienes confiaban plenamente en Larraín. Todo sucedió tan rápido que, cuando Augusto Larraín llegó a la clínica, convencido de que iba a retomar el control de su paciente, la noticia de su despido le cayó como una sentencia inesperada. Le comunicaron, sin posibilidad de apelación, que ya no formaba parte del equipo médico, aunque le permitieron continuar como observador durante la segunda cirugía. Así fue como durante el breve lapso de su ausencia, en pocas horas, otros habían decidido por él, habían cuestionado su trabajo (sin que él lo supiera) y lo habían convertido en un extraño ante su propio paciente:

Así fue como el cirujano que operó a Frei, quien lo visitaba diariamente en su casa tras la primera cirugía y conocía bien su recuperación, se convirtió en un espectador sin voz ni voto. La maniobra de Silva Garín rompió el círculo de protección del expresidente y dejó a Larraín sin un espacio adecuado para explicar, cuestionar o defender el diagnóstico de que claramente no había obstrucción intestinal. Quizá habló con Goic al respecto, pero no se sabe; no se le informó al juez.

El cuestionamiento que Silva Garín dirigió sobre la idoneidad del doctor Larraín lo expresó solo ante la familia Frei y ante el doctor Goic, porque frente a Larraín, mostraba una actitud diferente: reconocía su habilidad quirúrgica y elogiaba abiertamente su conducta. Esta dualidad deliberada buscaba manipular la percepción de la familia y minar la confianza de Goic en Larraín, pero también mantener a Larraín en la periferia, impidiéndole conocer de qué se le acusaba y privándolo de la posibilidad de defender con firmeza su labor. De esta manera, Larraín, quien solía jugar golf y mantenía una amistad con Frei Montalva, quedó en un papel secundario y sin capacidad para proteger a su paciente y amigo.

Ese recambio modificó de manera irreversible el curso de la salud de Frei y selló su destino; marcó un punto de inflexión en la evolución clínica del expresidente. La deliberada contaminación de las compresas no solo provocó la emergencia anticipada, sino que también permitió la intervención decisiva de Silva Garín -funcionario del Hospital Militar con grado de coronel- y de médicos vinculados a la CNI, como Pedro Valdivia y Wainstein. Ni el doctor Goic ni la familia Frei estaban al tanto de que esos profesionales mantuvieran vínculos con los organismos represores del régimen.

Carmen Frei relata en su libro lo vivido por su familia y deja un testimonio que trasciende lo personal:

El doctor Goic, un internista gastroenterólogo sin experiencia en cirugías, fue vulnerable a las manipulaciones de Silva Garín y aceptó la exclusión de Larraín. Pronto enfrentaría dilemas éticos y presiones que pondrían en riesgo su verdadera vocación. Como Larraín, tuvo que aprender a sobrevivir en un entorno hostil, donde su lealtad a Frei Montalva era constantemente puesta a prueba por fuerzas externas vinculadas al poder y la represión. Su deber de proteger a Frei chocaba con el riesgo de que cualquier palabra o gesto atrajera la atención de los organismos represivos. La tentación de discutir, denunciar o contar lo que sospechaba era fuerte, pero probablemente su relación con Larraín ya no era fluida, pues él había sido fundamental en su salida del equipo médico. También se enfrentaba al temor y a la duda: ¿Y si lo acusaran de incompetencia o de ocultar errores y, en ese proceso, lo denunciaran ante las autoridades? ¿A quién está culpando este médico de pacotilla? ¿Por qué no se calla? Y por otro lado, ¿por qué, después de tantos años, sigue siendo tan difícil hablar y encontrar testigos? ¿Por qué, a cuarenta años del complot, nos cuesta admitir que hubo una sofisticada maniobra para asesinar al expresidente y que muchos médicos sospecharon y callaron? Intentar romper ese silencio revela otra verdad incómoda: que hubo miedo y que ese temor los mantuvo inmóviles. El silencio fue una estrategia para sobrevivir bajo la dictadura. ¿Fue solo silencio o un encubrimiento involuntario? ¿Culpabilidad? ¿Cobardía, pavor o necesidad de protección? Todo eso y quizás más.

Años después, cuando el juez empezó a desenterrar las pruebas y la amenaza de la dictadura ya no existía y expresarse dejó de representar un peligro inminente, el doctor Goic empezó a compartir públicamente sus sospechas sobre el destino de Frei Montalva. Aunque esa confesión fue liberadora, llegó tarde; la verdad se iba revelando, pero a empujones tímidos. El tiempo perdido resultó crucial.

No resulta difícil imaginar las madrugadas del doctor Goic. Despertaba sin haber descansado, con la sensación de no reconocer del todo la pieza, la cama, los zapatos junto al borde de la alfombra. ¿Había dormido? ¿Cuánto? Esperaba que alguien -su mujer, un hijo- lo sacara de ese sopor con una palabra, un gesto, un abrazo que lo devolviera al día. Pero el día empezaba antes que él. Sentado en la penumbra, repasaba los rostros de las enfermeras, de los médicos de turno, de Valdivia, de Silva Garín. Silva. ¿Médico o militar? ¿Colega o custodio? ¿No lo estaría cagando el muy cretino? Había sido camarada en el gobierno de Frei; había construido parte de su carrera gracias a ese mundo de confianzas, favores y nombres conocidos. ¿Y si ahora estaba allí para otra cosa? ¿Y si todo ese aplomo, esa autoridad, esa eficiencia súbita, no fueran más que la máscara de una operación ya decidida?

Valdivia tampoco encajaba. Demasiado solícito, demasiado disponible por las noches, siempre en el lugar preciso. ¿Qué buscaba? ¿Quedarse bien con todos? ¿Abrirse paso por si Frei volvía algún día al poder? ¿O cumplir una tarea que nadie se atrevía a nombrar? Cada mañana, al cruzar el umbral brillante de la clínica con el café quemándole la mano, Goic sentía que regresaba a una infancia remota, a las calles polvorientas de Antofagasta, cuando todavía era posible perderse sin miedo. Pero ya no era un niño ni estaba en Antofagasta. Estaba en la Clínica Santa María, frente a un paciente que no mejoraba, frente a una operación sencilla convertida en un desastre. ¿Cómo pudo pasar esto? ¿Cómo acusar? ¿A quién? ¿Con qué pruebas? La verdad debía estar en alguna parte: en una ficha, en una ampolla, en una mirada esquiva, en una puerta abierta de madrugada. ¿Y si la encontraba? ¿Y si encontrarla era precisamente lo peligroso?

 Sabía que desenredar ese complot podía costarle la carrera, tal vez la vida, quizás la seguridad de su familia. ¡Qué se puede hacer, carajo! Mejor seguir con los antibióticos, aferrarse a la medicina, a los cultivos, a los fármacos prometidos, a esa esperanza técnica que todavía permitía no decir la palabra prohibida. Esto se ganaría con medicamentos de última generación. Había que creerlo. Había que repetirlo. El complot sería derrotado, sí, pero ¿qué complot?, ¿quién lo dijo?, ¿quién se atrevería a escribirlo? Goic avanzaba por los pasillos con la cautela de quien camina sobre una línea demasiado fina: de un lado, la dignidad; del otro, la sumisión. Y en medio, solo él, más solo que nunca, sosteniendo una lucha que todavía no podía nombrar.

La experiencia militar de Silva Garín y su liderazgo durante el gobierno de Frei Montalva fortalecieron su control sobre el equipo médico y las decisiones más importantes. Augusto Larraín, rodeado de sorpresa y la maquinaria represiva del régimen, eligió guardar silencio, consciente del peligro de resistirse demasiado. De esta manera, los responsables del complot actuaron con gran impunidad; Silva Garín, con autoridad tanto en el ámbito médico como en el militar, daba órdenes con la misma confianza y dureza que un oficial en medio de un combate. ¡Hay que operar, hay que operar, esto se ve muy grave!

Como explicó ante el juez Alejandro Madrid, el cabo segundo (R) Juan Adolfo Cabello Leiva, que sirvió en el Hospital Militar y observó esta dualidad de Silva Garín: 

Una vez a cargo del paciente, el diagnóstico del doctor Silva Garín indicaba una obstrucción intestinal que requeriría una cirugía inmediata, lo que aumentaba el riesgo para el paciente. Años después, la investigación judicial de Alejandro Madrid reveló que esa condición nunca fue clínica. La segunda cirugía mostró una inflamación aguda sin obstrucción. Pero cada decisión parecía crucial, y el temor a complicaciones graves generaba una percepción de peligro que alimentaba sospechas externas que nadie investigó. Durante esa segunda hospitalización, como veremos más adelante, quienes planearon el complot administraron un agente químico en dosis bajas, que resultó especialmente eficaz cuando el organismo estaba previamente contaminado con el tóxico de las compresas, lo que debilitó su sistema inmunológico. La nula familiaridad del personal médico no implicado en el complot con los síntomas de esos venenos de acción lenta, suministrados en pequeñas dosis, complicó el diagnóstico y la respuesta oportuna. Ese desconocimiento permitió que alguien -¿varios?- disfrazado de un proceso clínico habitual envenenara al paciente sin generar sospechas inmediatas.

En su declaración ante el juez Madrid, Augusto Larraín explicó que el día antes de su rehospitalización, fue a la casa de Frei y le realizó un examen con sonda nasogástrica, en el que descartó una obstrucción: el líquido extraído del estómago era claro y no presentaba signos de alarma. Poco antes de fallecer en octubre de 2021, en una entrevista en Canal 21 (que fue la última del Dr. Augusto Larraín en YouTube), contó la verdad en un video. Sentado en una silla de ruedas, anciano, con cáncer terminal y derrotado por los años y las controversias, por petición de su familia, reveló lo que nunca había declarado antes:

-Yo me quedé paralizado cuando Silva Garín me dijo: «¡Esta es una obstrucción intestinal y, como bien sabe usted, doctor, las obstrucciones intestinales se operan!»… y no estaban dadas las condiciones para decirle: «no, usted está mintiendo”». Yo estaba completamente choqueado.

La aparente sumisión de Larraín no fue solo debilidad, sino también una estrategia de supervivencia:

Bajo la apariencia de una intervención destinada a salvarle la vida y resolver una obstrucción, Silva Garín actuó con un doble objetivo: por un lado, magnificó deliberadamente la gravedad de la situación para instalar en la opinión pública la idea de que, si se producía la muerte de Frei, esta sería consecuencia de complicaciones médicas, descartándose la intervención de terceros. Por otro lado, la rehospitalización del paciente le permitió crear el escenario adecuado para, bajo la fachada de procedimientos médicos convencionales, llevar a cabo una acción definitiva que terminara con la vida del expresidente. En ese entorno y bajo la autoridad de Silva Garín, el otro médico que podría haber rescatado a Frei, el doctor Alejandro Goic, carecía de experiencia quirúrgica y quedó relegado a un papel testimonial, mientras Larraín, injustamente excluido, se convirtió en un espectador. Ambos médicos guardaron silencio sin contradecir la voluntad del militar.

Durante la cirugía, al menos dejaron que el doctor Larraín participara como observador en el quirófano. Vio una mesenteritis hipertrófica localizada sin signos de obstrucción intestinal, pero permaneció en silencio. La inflamación estaba en una sección del intestino que no se manipuló en la primera operación, pero coincidía con la zona donde colocó compresas quirúrgicas para sostener una porción del intestino. La lesión atípica no presentaba signos de infección bacteriana, que suelen acompañar una obstrucción por necrosis debida a la falta de irrigación sanguínea. Su aspecto sugería contaminación química, como si un tóxico de acción lenta hubiese sido introducido intencionalmente durante la primera cirugía a través de las compresas. Entre su deber profesional y la amenaza, Larraín no se atrevió a expresar su desacuerdo. Sin embargo, en su última entrevista afirmó:

-Si yo hubiese sido su médico, no lo habría operado (la segunda vez); no lo habría operado nuevamente sin ponerle una sonda antes -como él lo había hecho cuando lo visitó en su domicilio y diagnosticó que no tenía obstrucción.

Debe haber sido duro para el juez Madrid comprobar cómo los médicos leales recordaban tarde, a medias, casi de mala gana, siempre después de que él avanzaba con nuevos antecedentes. Cada declaración parecía abrir una puerta y, al mismo tiempo, cerrarle otra. Había sospechas, había silencios, había frases incompletas; pero cuando llegaba el momento de decirlo todo, los testigos retrocedían. Caminaba desanimado por los pasillos del tribunal, con la carpeta bajo el brazo y la sensación de estar persiguiendo una verdad que todos conocían y nadie quería sostener. ¿Por qué seguía en ese caso? ¿Qué fuerza lo obligaba a continuar?

La última entrevista del doctor Augusto Larraín fue tan tardía que sus palabras quedaron relegadas a la zona de las anécdotas.

El doctor Goic, aunque no era cirujano, tampoco cuestionó la cirugía; podría haberlo hecho por su experiencia y posición, pero decidió no hacerlo. Así fue como la operación fue realizada por Silva Garín, acompañado de Eduardo Wainstein, un cirujano gastroenterólogo y cancerólogo que en ese entonces era jefe de Cirugía en el Hospital Militar, además de médico de la CNI, y de Rodrigo Vélez Fuenzalida, cirujano de emergencia del Hospital Militar y también médico de la CNI.

En 1983, Andrés Zaldívar Larraín recibió autorización para regresar al país durante cinco días debido a una enfermedad de su padre. Durante su visita, se reunió con su primo, el doctor Augusto Larraín, quien estaba muy afectado profesionalmente por su participación en la cirugía a Frei y nadie le mandaba pacientes. Todavía le tenían respeto profesional, pero en el extranjero. Larraín le aseguró que realizó una operación “limpia” y sin errores, y que, en su opinión, lo ocurrido a Frei se debió a factores externos. Cuando se abrió la investigación judicial por la muerte de Frei Montalva, Andrés Zaldívar alentó a su primo a declarar con sinceridad y a proporcionar información sobre las irregularidades que había observado. Sin embargo, resulta llamativo que, ante el juez, Larraín no cuestionara la resección intestinal y describiera la cirugía  como “operación adecuada y realizada correctamente”, lo cual contradecía su propio diagnóstico. Lo más sorprendente fue lo que declaró después, en su última entrevista, una información grave que nunca le había contado al juez y que contradice su opinión anterior sobre una operación correcta y bien ejecutada. Sus palabras fueron más bien una confesión que una entrevista. Ya había pasado por todo; su carrera ya había concluido y le quedaba poca vida:

-Silva Garín rompió el intestino y después lo unió; lo vi yo y lo vio Wainstein.

Es decir, Silva Garín seccionó un tramo del intestino, pero primero lo perforó para contaminar la cavidad abdominal y continuar con las emergencias. Este dato tan clave allanaría el camino para lo que vendría después, cuando le administraran el tóxico que destruiría su sistema inmunológico.

En 1981, Larraín optó por guardar silencio porque había sido desplazado y Silva Garín había establecido su autoridad médica y militar; resistirse en ese momento significaba desafiar una maquinaria mucho más poderosa que un equipo médico. Sin embargo, su silencio posterior, ya en presencia del juez y en democracia, resulta más difícil de entender. Para entonces, haber reconocido que había sido testigo de la resección intestinal, haber presenciado una perforación intestinal y no haber mencionado nada habría supuesto reconocer que había guardado silencio pese a haber sido testigo de un daño físico importante. Ese reconocimiento, o esa confesión, lo habría enfrentado a una pregunta aún más incómoda: ¿por qué no dijo nada cuando aún tenía importancia para su paciente? 

Lilian Olivares, la periodista, menciona en su libro que en agosto de 2018, mientras trabajaba en El Mercurio, recibió una llamada urgente de alguien que solo quería hablar con el director. Era Augusto Larraín, quien, con la voz cansada y sin dormir, insistía en hablar únicamente con el director. Ella corrió a informarle al director, quien sugirió presentarlo en el plenario, lo cual nunca se concretó. No se tomó ninguna acción. Olivares relata que, un año después, cuando el juez Madrid anunció su fallo, al revisar su libreta en la que había anotado el número de Augusto Larraín, encontró una nota que decía ‘Valdivia’, que era justamente el apellido del médico condenado a cinco años de prisión por complicidad en el crimen.

Resulta difícil comprender por qué el juez no le preguntó cómo la obstrucción intestinal llegó a constar en la historia clínica oficial, si él mismo se había opuesto a ese diagnóstico. ¿Qué impidió que el juez preguntara sobre ese cambio en la opinión de Larraín, considerando que la operación fue perfectamente realizada y ni siquiera necesaria?:

El uso habitual de la compresa en cirugías, como instrumento para limpiar, absorber fluidos o proteger tejidos, se convirtió en un elemento clave en la sospecha del caso Frei Montalva. Aunque tradicionalmente se la consideraba inofensiva, décadas después se la consideró potencialmente dañina. La inflamación del tejido del paciente, con signos de agresión por un agente no bacteriano, llevó a que esta herramienta, siempre considerada segura, pasara a ser objeto de atención, lo que respaldó la hipótesis de una agresión intencional.

No hay claridad sobre si el juez Alejandro Madrid pudo examinar en detalle los protocolos de seguridad y la cadena de custodia relacionados con las cirugías del expresidente Eduardo Frei Montalva. Por ejemplo, se desconoce dónde y cómo se almacenaron las compresas y otros insumos quirúrgicos, quiénes eran los responsables de su custodia y cuántas personas tenían acceso a ellos. Estas interrogantes son cruciales, ya que en un contexto de vigilancia ilimitada y de procedimientos poco transparentes, resultaba fácil que alguien con malas intenciones actuara sin ser detectado. Esta vulnerabilidad se agravó por la falta de una alerta temprana por parte del equipo médico cercano a Frei.

Años después, durante su comparecencia ante el juez Madrid, el doctor Silva Garín modificó su discurso y evitó culpar a Larraín y no calificó públicamente la primera operación como “sucia”. Sin embargo, afirmó espontáneamente, sin que el juez se lo pidiera, que uno de los miembros del equipo médico había cometido un error en la sutura y que le habían perforado el intestino. Aunque carecía de pruebas concretas, su intención era clara: lanzar ideas al aire para apoyar la narrativa según la cual solo la ineptitud médica podía explicar lo ocurrido con Eduardo Frei. Silva Garín consolidaba ante la justicia y la opinión pública la versión de una fatalidad quirúrgica, desestimando otras hipótesis sobre las causas reales de los problemas del paciente. El juez registra textualmente este testimonio en el expediente, destacando la insistencia de Silva Garín en atribuir la tragedia a un supuesto error médico:

Durante la cirugía, Silva Garín, con la ayuda de Wainstein y Vélez, mantuvo una actitud fría y decidida al extraer una sección de intestino de 35 centímetros, como si se tratara de tejido muerto. Esta resección elevaba el procedimiento a un nivel superior y permitía una explicación médica plausible: si el paciente moría, su fallecimiento podría atribuirse a la gravedad del cuadro abdominal, a una infección postoperatoria o a una septicemia, y no a la intervención de terceros. En esa lógica, la operación no solo atendía una supuesta emergencia, sino que también creaba el marco clínico para que el desenlace fatal pareciera una consecuencia natural. 

Augusto Larraín, casi al final de su entrevista, cuenta lo que le dijo Silva Garín al reemplazarlo:

-Doctor, yo lo he heredado porque la familia me lo solicitó.

Así se despidió este renombrado cirujano, condenado en Chile como “el médico que mató a Frei”. En el extranjero, todavía se le recuerda por la técnica quirúrgica que lleva su nombre, “Hill-Larraín”, utilizada en numerosos hospitales del mundo. Luego, baja la cabeza, mira sus manos y dice: “Y punto”. Después, las mueve, las junta como si tratara de arrullar un pajarito, mira hacia abajo como si rezara, levanta el rostro y añade mientras mira a la cámara:

            -Y me cagaron la vida…

6.0 La medicina ante su propio juicio

Como consecuencia directa de esa cirugía, el paciente quedó en una situación de gran vulnerabilidad, susceptible de infecciones graves y de complicaciones postoperatorias. Investigaciones posteriores revelaron que durante el tratamiento se emplearon sustancias tóxicas que dañaron gravemente su sistema inmunológico. Este debilitamiento dejó al paciente vulnerable a microorganismos que, en condiciones normales, no serían peligrosos. Por lo tanto, no fue necesario recurrir a bacterias especialmente dañinas para eliminarlo: la combinación de una cirugía innecesaria y la exposición a agentes tóxicos fue suficiente para causar un daño irreversible:

7. El silencio de los médicos leales

¿Por qué los médicos más cercanos a Frei Montalva mostraron tan poca iniciativa para investigar momentos clave? La respuesta parece residir en el ambiente que predominaba tanto en el ámbito médico como en el político durante la dictadura. Los órganos represivos del régimen, como la CNI, vigilaban constantemente las decisiones médicas y la operación de la Clínica Santa María, creando un clima de temor y autocensura que limitaba la acción profesional y humana de los médicos. En ese contexto, indagar en exceso o cuestionar podía conllevar graves consecuencias, lo que explica la falta de curiosidad y el silencio que rodeó el caso. La lealtad estaba atrapada por el miedo, la autocensura y la vigilancia.

En contraste, el panel de especialistas que revisó el caso en tiempos de democracia analizó los antecedentes sin presiones ni amenazas externas, lo que permitió una revisión abierta y transparente. Todos coincidieron unánimemente en señalar las graves irregularidades y errores, sustentados en criterios científicos y objetivos. La ausencia de miedo y presión política permitió un análisis riguroso y honesto de los hechos, destacando que el diagnóstico inicial de obstrucción intestinal no tenía fundamento y que la segunda cirugía estuvo marcada por irregularidades. Este contraste muestra cómo la dictadura influyó en la conducta de los médicos y cómo, en un entorno libre, la profesionalidad y la unanimidad aumentaron, dejando al descubierto las contradicciones y los silencios del pasado.

Paralelamente, existía una hipótesis alternativa: que la inflamación localizada fuera causada por un agente externo. Larraín declaró posteriormente ante el juez que sospechaba que una compresa usada en la primera cirugía podría haber estado impregnada de algún químico, lo que explicaría la lesión. Sin embargo, ni él ni ningún otro médico propusieron esa hipótesis durante la segunda intervención, en la que observaron inflamación. Aunque su experiencia y reputación estaban siendo cuestionadas, Larraín eligió guardar silencio, sin defender su diagnóstico ni analizar el fragmento extirpado para respaldar su postura. Es posible que, tras terminar la cirugía, examinara ese trozo de intestino y no hubiera hallado evidencia de obstrucción ni de tejido necrótico, pero prefirió guardar silencio. También guardó silencio, como mencionó en su última entrevista, poco antes de morir y en silla de ruedas, cuando observó cómo Silva le había perforado el intestino a Frei.

En el libro de Lilian Olivares, el doctor Augusto Larraín plantea la posibilidad de que durante la primera operación se haya producido una contaminación intencional de las compresas. Larraín indica que alguna de ellas pudo haber sido impregnada con una sustancia tóxica en pequeñas gotas, lo que habría provocado complicaciones clínicas y la necesidad de una segunda cirugía. Afirma que el veneno empleado era extremadamente potente, similar al utilizado en envenenamientos de origen ruso, aunque también sugiere que pudo tratarse de un químico más simple, en dosis bajas, capaz de causar, en algunos días, síntomas similares a los de una obstrucción intestinal.

Es probable que el miedo haya restringido la capacidad de respuesta de Larraín en esos momentos cruciales. Pero lo sorprendente es que, incluso años después y en democracia, cuando la amenaza del régimen ya había desaparecido, no aprovechara la oportunidad para explicar lo sucedido ante el juez Madrid. Ese temor, sembrado durante años de represión, pudo haber permanecido en su memoria e influir en su comportamiento incluso en un entorno democrático. También pudo ocurrir que el miedo al juicio social, por no haberse defendido con más fuerza en esos años, lo llevara a evitar dar explicaciones. En dictadura, callar pudo haber sido una forma de sobrevivir; en democracia, en cambio, su silencio parece haber cumplido otra función: protegerse del juicio sobre su propia conducta. Hablar con claridad habría significado reconocer que, cuando tuvo la oportunidad de defender su diagnóstico y advertir sobre una posible contaminación, no lo hizo. Permaneció en silencio durante veinte años y solo cuando el caso de Eduardo Frei Montalva estaba archivado en los expedientes judiciales decidió expresar, tímidamente, una opinión parcial. Para entonces, muchas evidencias estaban ocultas y la versión oficial, que atribuía la muerte de Frei a causas naturales o a complicaciones quirúrgicas comunes, seguía vigente, en parte gracias al silencio de profesionales como él.

Por otro lado, el doctor Goic formaba parte del equipo médico, participaba en las juntas médicas, pero su escasa experiencia quirúrgica lo relegaba a un rol secundario. Sin embargo, eso no justifica su limitada participación, ya que, aunque no era especialista, podría haberse involucrado más activamente consultando a los cirujanos principales o solicitando explicaciones más detalladas a los especialistas. El ambiente de temor, sumado a su inseguridad profesional, lo llevó a mantenerse al margen y a dejar pasar oportunidades en las que pudo demostrar un mayor compromiso y responsabilidad en situaciones delicadas y atípicas. Su actitud pasiva restringió su aporte y amplificó el poder de decisión de Silva Larraín para ejecutar su plan sin mayores contratiempos. 

El doctor Goic, sin buscar protagonismo ni ambiciones políticas, ejercía su vocación médica en medio de una situación peligrosa. Caminaba por los pasillos de la clínica con sencillez, cargando con un secreto que no había elegido. Las noches de insomnio le dejaban una sombra fija en la mirada; las conversaciones interrumpidas y las miradas esquivas de quienes lo rodeaban aumentaban su inseguridad. Navegaba entre la responsabilidad profesional y el temor, consciente de que un paso en falso podía arrastrarlo a él y también a los suyos. Organizaba juntas médicas, llamaba a especialistas extranjeros, revisaba exámenes, buscaba una explicación que no llegaba. ¿Por qué este caso se había vuelto tan difícil? ¿Qué se le escapaba? Había hecho lo que debía hacer, ¿o no? Y, sin embargo, cada decisión parecía llegar tarde, cada tratamiento parecía insuficiente, cada silencio a su alrededor lo dejaba más solo. ¿En qué momento había empezado a sentirse un gran inútil?

El caso de Frei Montalva fue extraordinario por la importancia del paciente y por los síntomas extraños y persistentes que presentó. Después de la segunda operación, Goic notó signos clínicos que no coincidían con las complicaciones habituales: fiebre constante e incontrolable, ampollas en la piel -inusuales tras una cirugía, pero compatibles con un envenenamiento por sustancias tóxicas- , y una inflamación abdominal inexplicada. Estos indicios lo llevaron a sospechar que no se trataba de un cuadro clínico común, sino de una intervención organizada para causarle daño. Aunque debió haber expresado sus preocupaciones y advertido sobre la posibilidad de un proceso provocado por un químico, el entorno represivo y el miedo a represalias lo llevaron a actuar con cautela. Sin embargo, anotó en la ficha clínica sus inquietudes con solo dos palabras: “¿metabólico o tóxico?” Dejó constancia de una sospecha de intoxicación, pero sin señalar responsables ni mecanismos. ¿Lo discutió en las juntas médicas que él organizaba a diario en la clínica? Probablemente no, aunque un agente tóxico era un elefante blanco que todos los médicos veían, no se atrevían a nombrarlo. La ambigüedad de los síntomas y la dificultad para clasificarlos como cuadros médicos comunes lo llevaron a adoptar una postura defensiva y a tratar al paciente como si tuviera una grave infección bacteriana, administrando antibióticos de última generación y de amplio espectro. Sin embargo, esa medida no abordó el problema: la causa verdadera era la supresión intencional de su sistema inmunológico. El temor y la complejidad del caso lo llevaron a interpretarlo desde la medicina convencional, sin detectar ni detener a tiempo su deterioro, además de su inexperiencia en intoxicaciones poco comunes. Aunque temía que algo grave estuviera ocurriendo, prefirió no profundizar en esas sospechas, limitándose a actuar estrictamente desde lo médico y a evitar exponer su posición, incluso en las decisiones terapéuticas. La presión externa lo atrapó entre su deber profesional y el miedo, lo que derivó en una prudencia forzada.

Los análisis de sangre confirmaban sus sospechas: el sistema inmunológico de Frei se venía abajo, como si una toxina invisible actuara desde dentro. En ese entorno hostil, Goic debió convencerse de que el deterioro no respondía a una complicación común, sino a un ataque deliberado, difícil de probar, casi imposible de nombrar. ¿Con qué palabras decirlo? ¿A quién? ¿Con qué pruebas? La impotencia debió de invadirlo. Lo imagino caminando por los pasillos de la clínica con el rostro cuidadosamente sereno, aunque por dentro todo se le desordenara. Tal vez, una tarde, al salir de una junta médica o al refugiarse unos minutos en su automóvil, encendió la radio y oyó la voz de Mercedes Sosa cantándole a la libertad. Esa música, que alguna vez le había devuelto el entusiasmo, le trajo de golpe la juventud, las promesas y la confianza en un país posible. Pero ahora la canción chocaba contra la clínica, contra los informes, contra el cuerpo de Frei que no mejoraba. No, no podía escuchar eso. No ahí. No mientras todo se hundía. Bajó el volumen casi con rabia, como si también la música lo acusara. ¡Ya ni siquiera podía escuchar música!

A medida que la investigación avanzaba, el juez Madrid no solo descubrió las maniobras contra Frei, sino también la vulnerabilidad de quienes debieron protegerlo. En los testimonios de los médicos leales surgió una incómoda verdad: muchos habían sospechado y detectado señales anómalas, pero ninguno se atrevió a mencionarlas mientras aún eran relevantes. Esa revelación probablemente le causó una gran desilusión al juez. No era solo cuestión de identificar a los culpables, sino también de lograr que los testigos, aliados de la familia Frei, colaboraran. Aunque pasaron muchos años, seguían atrapados por la dificultad de reconocer su propio silencio.

La luz en la habitación 401 era tan intensa y fría que parecía borrar cualquier rastro del tiempo o de la presencia humana. Allí, el expresidente Eduardo Frei, conocido como el “enemigo interno”, descansaba en una cama que, por su solemnidad, más parecía un altar que una cama de hospital. Su piel, que antes brillaba al sol de las campañas y eventos públicos, ahora se veía grisácea y apagada, reflejando el avance de un envenenamiento que lo consumía. Aunque no mostraba signos evidentes de dolor físico, su condición indicaba una pérdida constante de fuerzas y un desgaste que lo debilitaba día a día. 

La aparición de ampollas en la piel resultaba especialmente preocupante. Esas lesiones son raras en pacientes con complicaciones postquirúrgicas habituales y, al presentarse junto con otros síntomas poco claros, llevaron a pensar en una posible exposición a sustancias tóxicas. Sin embargo, las dosis bajas administradas no provocaron los signos típicos de intoxicación, como dolor en los tobillos o pérdida de cabello, lo cual generó confusión. Goic, ante esas manifestaciones clínicas atípicas y una inflamación abdominal inexplicable, no encontró respuesta en los exámenes ni en la evolución habitual del paciente. 

Aquí surge una duda: ¿compartió el doctor Goic con mi padre sus sospechas durante las visitas a nuestra casa? ¿Alguna vez, aunque fuera en susurros, mencionó la posibilidad de un envenenamiento o prefirió guardar silencio? ¿Qué palabras intercambiaron en esos momentos? Seguro que el doctor Goic le pidió que formara parte de la junta de médicos que se reunía todos los días en la clínica. Pero si él había evitado involucrarse antes, al negarle el permiso en la clínica Indisa, no dejaría de hacerlo ahora, cuando sus peores pesadillas se estaban concretando. Como un consuelo distante, probablemente aceptaba que Goic pasara por la casa para brindarle apoyo, animarlo o ayudarlo a que se lamiera las heridas, pero eso sería todo.

Cada día me interrogo, con una inquietud creciente, sobre si mi padre llegó a comprender lo que ocurría. Lo imagino en el living de nuestra casa, después de una de esas conversaciones con Goic, sentado bajo la luz tenue, con el cuerpo inclinado hacia adelante y las manos quietas sobre las rodillas. La noticia de la clínica Santa María no era solo una noticia; era una advertencia. Si Frei se hubiera operado en Indisa, ¿habría pasado lo mismo? ¿Habrían entrado también por la puerta lateral, con nombres falsos, con delantales impecables, con órdenes que nadie se atrevería a discutir? Indisa pudo haber sido el escenario del crimen. Su clínica, su responsabilidad, su nombre. ¿Y si negar la operación no hubiera sido una exageración prudente, sino el único modo de salvarlo? ¿Y si aun así no hubiera servido de nada? Tal vez Juan no se permitió decirlo en voz alta. Hablar era abrir una puerta que no volvería a cerrarse. Hablar era poner en peligro a su familia, a sus colegas, a Goic, a sí mismo. Mejor callar. Mejor mirar al suelo, cambiar de tema, dejar que la sospecha circulara entre ambos como un animal encerrado. Pero el silencio no lo liberaba. Lo seguía de noche, se sentaba con él a la mesa, bajaba con él las escaleras, envejecía con él. ¿Fue miedo, prudencia, culpa, cariño, supervivencia? Tal vez todo a la vez. No, no podía decirlo. No entonces. No con el auto oscuro afuera, no con los teléfonos intervenidos, no con los hijos repartidos por el mundo y el miedo sentado a la mesa. ¿Fue cobardía? ¿Fue amor? ¿Fue simplemente sobrevivir?

A veces me pesa ese silencio, ese vacío del que no llegan respuestas. Queda en mí el deseo tardío de haber estado allí con él. Releo la carta que me envió tras la muerte de Frei, toco su reloj de pulsera que me regaló antes de mi regreso a Michigan y subo al primer piso de mi casa. No hay reproches. Solo me pregunto si calló para protegerme. Quizás pensó que era demasiado joven, o tal vez creyó que nombrar el horror lo hacía más tangible, como si abriera una puerta que no podríamos cerrar jamás después de eso. Hoy, como hijo, no sé si reclamarle por su silencio o agradecerle que haya intentado preservar en mí una inocencia que el país ya había perdido. Le habría preguntado si tuvo miedo, si por las noches sintió culpa y si conversó con Goic sobre aquello que ambos intuían pero no podían nombrar con un apellido claro. Le habría contado que heredé sus interrogantes. Que su silencio no me dejó fuera de la historia; todo lo contrario, me dejó dentro de ella y me hizo buscar las palabras que él no pudo pronunciar. Quizás eso es lo que duele: no saber si su silencio fue una forma de cariño, de miedo o de supervivencia. Quiero acercarme a ese hombre que fue mi padre, a Juan, no al médico ni al testigo cauteloso de una época oscura, sino al hombre que quizá sintió miedo y no pudo nombrarlo. Sigo buscando en el sótano de mi casa esa conversación que nunca tuvimos. Busco al padre que no alcancé a conocer del todo, al hombre que a lo mejor se protegió callando y que, en ese silencio, también me dejó una distancia imposible de acortar.

8. La medicina bajo el mando militar

Muchos infiltrados, junto a médicos y empleados de la salud con jornada parcial en la clínica, tenían vínculos laborales y personales con médicos asociados al régimen, como Patricio Silva Garín, Wainstein y Valdivia. Estos profesionales, además de trabajar habitualmente en el Hospital Militar, tenían un pasado marcado por la represión. Mónica González contó al juez que siempre le resultó inquietante y difícil de entender cómo Silva Garín, quien realizó un curso en la Escuela de las Américas en Panamá, ese oscuro centro donde Estados Unidos instruyó a militares latinoamericanos en tácticas brutales y doctrinas anticomunistas, pudo llegar a ser subsecretario de Salud bajo el gobierno de Frei.

El doctor Goic y Larraín no tenían conocimiento del nivel de infiltración y control que los organismos represivos ejercían en hospitales y clínicas en ese momento. La presencia de médicos como Wainstein y Valdivia, vinculados a la CNI y colaboradores de centros de tortura como la Clínica London y el Hospital de Campaña del Estadio Nacional, era un secreto para ellos. Estaban completamente ajenos al rol que Silva Garín desempeñó en la organización de ese hospital de campaña, donde se torturó y asesinó a partidarios de Allende. Solo años después, mediante investigaciones judiciales y testimonios de sobrevivientes, comprendieron la magnitud de los abusos cometidos a sus espaldas:

La enfermera Eliana Bolumburu, quien trabajó en la controvertida Clínica London, ratificó ante el juez que el doctor Pedro Valdivia ejercía funciones médicas en dicho establecimiento:

En ese entorno opresivo, creció la brecha ética y profesional entre médicos como Goic y figuras como Silva, Waistein y Valdivia. Aunque Goic, a pesar de sus limitaciones quirúrgicas, intentaba preservar la dignidad y mantener su compromiso con su paciente, siguiendo protocolos médicos y priorizando una atención humanizada, otros médicos y enfermeros, bajo la presión constante de las fuerzas represivas, actuaban o terminaron actuando en favor de intereses ajenos a la salud. Rechazaron el juramento hipocrático y adoptaron conductas que, aunque no siempre claramente negligentes, evidenciaban una falta de compromiso con la transparencia y el bienestar del paciente.

Después de la segunda operación, cuando la condición de Frei Montalva mejoraba, la esperanza pronto se evaporaba ante nuevas recaídas. Los síntomas surgían sin una explicación clara, lo que daba lugar a un patrón de intervenciones y aislamiento repetitivos. Este proceso deterioró la confianza en el equipo médico y en el entorno hospitalario, lo que hizo que Frei Montalva se sintiera cada vez más vulnerable y perdiera su sentido de seguridad y su cercanía con quienes lo rodeaban.

La estrategia del coronel Silva Garín fue clara: en lugar de centrarse en la recuperación del paciente, su objetivo fue aislarlo de sus familiares y seres queridos, privándolo del apoyo emocional esencial en momentos críticos y haciéndolo cada vez más vulnerable, sin posibilidad de expresar su voluntad. Esto último pudo ser decisivo en la etapa final, cuando Frei empezó a sospechar que algo más oscuro se movía a su alrededor, pero ya le resultaba difícil comunicarse y pedir ayuda. Tras la segunda operación, fue trasladado a una habitación que no cumplía con las medidas de seguridad adecuadas, lo que permitió que se lo envenenara sin que nadie se diera cuenta. En ese entorno, la sensación de abandono se agravó: estaba solo, rodeado de voces bajas, pasos que se detenían en la puerta, miradas que se apartaban demasiado pronto. Entraba gente que ya no lo miraba a los ojos. Silva Garín apenas le consultaba lo necesario, como si el paciente ya no fuera un hombre con voluntad propia, sino un cuerpo administrado por otros. ¿Desde cuándo hablaban de él sin hablarle a él? ¿Por qué nadie le explicaba nada? ¿Sería posible que Silva también formara parte de esa trama destinada a silenciarlo? ¿A quién podía decírselo? ¿Con quién hablar si incluso las palabras parecían vigiladas? Cada día era una lucha constante, no solo contra el dolor físico y la impotencia, sino también contra la incomprensión y la indiferencia que lo rodeaban. Como señala Carmen Frei en su libro, ese ambiente hostil y desprotegido fue decisivo para que su padre quedara expuesto y sin defensa durante el período postoperatorio:

9. La habitación sin salida

A lo largo de los días, hubo momentos en que parecía que Frei lograba recuperarse, pero las recaídas repentinas destruían rápidamente cualquier esperanza. Su sistema inmunológico se encontraba debilitado debido al uso de sustancias tóxicas que le administraron. En un momento de plena claridad, debe haber entendido que la clínica había dejado de ser un refugio seguro y se había convertido en un lugar hostil, donde la recuperación era imposible y el encierro ineludible. El doctor Osvaldo Bernal relata que Frei Montalva le pidió, en una de sus recaídas, que lo desconectaran de los equipos médicos:

Frei confiaba en el doctor Goic; era  su amigo, su camarada en el partido, pero Goic nunca declaró haber conversado con Frei sobre ningún tema. Pronto, la intubación y la vigilancia le impidieron comunicarse, rodeado de personas que evitaban mirarlo por miedo o por complicidad. Frei comprendió que su voz había sido silenciada, que su destino le había sido arrebatado y que ningún grito de ayuda podía atravesar el muro que lo rodeaba. “¡Sáquenme de aquí!”, fue su última expresión consciente antes del inminente final:

Carmen Frei recuerda que, tras escuchar a su padre confesarle su temor a no sobrevivir en la clínica, intentó animarlo y darle fuerzas, aunque no se atrevió a profundizar en ese tema. Su principal objetivo era sostenerlo, no aumentar su angustia. Cuando salió de la habitación, contó a otros lo que su padre le había dicho, y aquello, quizá sin saberlo, terminó por cerrar aún más el cerco: desde entonces, su acceso a la habitación se volvió cada vez más difícil. En las pocas ocasiones en que logró entrar, encontró a su padre profundamente sedado, incapaz de sostener una conversación sincera. Frei, mientras tanto, debió de mirar a su hija con una mezcla de ternura y derrota. No podía cargarla con sus sospechas. No a ella. No con esa mirada de hija que todavía esperaba salvarlo. Mejor hablar con Goic. Goic entendería. Goic tenía que entender. A Carmen solo podía dejarle una frase, una advertencia mínima, algo que no la destruyera del todo. Después habría tiempo. Cuando bajara la fiebre, cuando lo dejaran solo con su médico, cuando la cabeza volviera a ordenarse. Otro día. Mejor mañana.

2026: de Pinochet a Trump

El tiempo se nos había evaporado desde la última vez que nos habíamos visto, como si los años hubieran sido meras estaciones que se deslizaban sin detenerse. Ahora, sentados frente a frente, las palabras parecían buscar la forma de volver a la superficie.

Aquel reencuentro con Felipe, mi hermano mayor, marcaba el final de tres décadas de distancia. Nos vimos por última vez en Santiago de Chile en 2003, obligados por la repentina muerte de nuestro padre. Recuerdo el frío cortante, los pasos apresurados por los pasillos del hospital y el peso al ver a mi padre a través del cristal del ataúd. Fue una reunión en la que compartimos silencios y miradas más que palabras.

En la iglesia, el murmullo de los asistentes y el aroma a madera encerada se mezclaban con la confusión de los recuerdos. Me costaba reconocer a algunos amigos de la infancia, lo que me provocó una extraña nostalgia. Sus rostros, surcados por líneas y cicatrices invisibles, eran mudos testigos del tiempo; sentí el peso de los años. Francisco, fiel compañero de secundaria, tenía la mirada opaca, marcada por recientes dificultades económicas; percibí en él una tristeza nueva. Tío Fernando, entrañable figura de tardes de pesca, me regaló un cálido saludo desde lejos, gesto que me hizo sonreír por un rato, pero luego desapareció entre los bancos antes de que pudiera abrazarlo. La viuda de Alejandro, con quien compartí años en la facultad de derecho, me saludó con esa extraña familiaridad que tiene el reencuentro cuando los años han difuminado la importancia del tiempo. Noté, en nuestro breve intercambio, una mezcla de afecto y distancia.

Pienso en 2003 y no puedo evitar la mirada perdida de mi padre. Su cuerpo frágil acurrucado en aquel departamento alto, desde donde se veía la cordillera reluciente tras la lluvia. Antes de despedirme y volver a Michigan, se levantó con esfuerzo y me abrazó con una fuerza inesperada. Sentí el temblor de sus manos y el olor a medicamento y ropa limpia. Al soltarme, me susurró con voz quebrada: “Te vas a morir allá, mijito”. En esas palabras, cargadas de interrogantes y cariño, percibí que se despedía no solo de mí, sino también de su propia vida. Quería decírmelo; necesitaba ser escuchado, como si hablarlo aliviara la carga.

Regresé a Michigan con esa frase en la cabeza, mientras el avión surcaba las nubes y el frío se colaba por las ventanas. En 2026, cuando por fin vi a Felipe, lo reconocí enseguida: caminaba con los mismos pasos lentos y la misma postura erguida que los de nuestro padre. Dudé al acercarme, pero al abrazarlo sentí alivio y alegría, como si pudiera recuperar los años que la distancia nos había robado. Carola, siempre atenta, vigilaba los autos y el equipaje. Noté la mano temblorosa de Felipe sujetando la mochila, pero sus ojos brillaban de entusiasmo. Compartimos sonrisas nerviosas y palabras atropelladas, apurados por ponernos al tanto en tan solo unos minutos.

Ya en el auto, mientras la ciudad pasaba, las luces parpadeaban en el parabrisas. El zumbido del motor marcaba el ritmo del reencuentro. Me animé a hablar de Juan, nuestro hermano mayor fallecido. “Ojalá hubiéramos podido conversar con él como papá quería”, murmuré. Felipe asintió. Juan, conservador, había celebrado los éxitos de Pinochet, lo que provocó discusiones dolorosas y confusión en nuestro padre, quien buscaba la unidad. “Tenemos que ser como los Kennedy, mijito, siempre juntos, siempre ayudándose”, repetía ya en pijama, mientras limpiaba migas del mesón de greda roja. Pero ni esas palabras evitaron la fractura. Felipe, cercano a Allende, debió exiliarse tras el golpe de Estado de 1973, primero en Alemania y luego en España. Yo, menos interesado en política, también me fui de Chile por motivos que aún no termino de entender.

A veces, quienes me rodean insisten en que sigo atado a aquel país, a esa época. Dicen que, aunque viva en Michigan, mi corazón siempre vuelve a las canciones de Inti-Illimani, a la voz de Eduardo Gatti y a los recuerdos de mi juventud. Es cierto: cada melodía despierta sensaciones olvidadas. El aroma del pan tostado por la mañana o el sonido de una guitarra a lo lejos puede transportarme en el tiempo. Me doy cuenta de que esas raíces nunca desaparecen: siguen ahí, moldeando quién soy, recordándome el lugar al que pertenezco.

Ya en casa, con el aroma de café llenando la cocina, discutimos planes para aprovechar la visita. Alicia y yo habíamos preparado un itinerario: recorrer el Museo de Arte de Detroit, admirar el mural de Diego Rivera, explorar edificios art déco y descubrir una ciudad que simbolizó el auge automotriz. En la cena, entre amigos y risas, el ambiente se tensó cuando Patricio, un compatriota chileno, llevó la conversación a la política. Las sonrisas se apagaron. Patricio, con un pisco sour en la mano, preguntó a Felipe por qué habíamos dejado Chile. La incomodidad fue palpable: Felipe tragó saliva, retorció la servilleta y eligió sus palabras con cuidado. Explicó que regresó tras la democracia, pero que yo seguía fuera. Patricio insistió en Trump y en las próximas elecciones, lo que acentuó la tensión. Noté cómo Felipe bajó la mirada y le temblaban las manos, atrapado entre la presión y su propia historia.

-Preferiría no hablar de eso. Aquí no es sencillo opinar, especialmente contra alguien como Trump —musitó, su voz apenas un susurro, y miró hacia la puerta, como temiendo ser escuchado.

Patricio replicó con firmeza, recordando los riesgos que asumió durante la campaña del No contra Pinochet. Mencionó el ojo desviado como prueba de esas heridas. El ambiente se tensó; todos guardaron silencio. Alicia intervino con calidez, desviando la conversación hacia el arte y los paseos que nos esperaban. “Felipe ahora pinta, ¿sabías? Se jubiló y por fin puede dedicarse a lo que le gusta”. Felipe esbozó una sonrisa: “Ya soy invisible y libre; entro a una tienda y ni me ven. Hace poco fui a comprar clavos; cuando el tendero preguntó para qué los quería, le dije que para comérmelos”, bromeó, intentando relajar el ambiente. Sin embargo, la incomodidad persistía. Ni el arte logró arrancarle palabras a esa noche.

Más tarde, mientras saboreábamos duraznos en conserva con crema Nestlé, la televisión anunciaba los últimos escándalos de Trump: insultaba al Papa por rechazar una guerra inútil y posaba disfrazado de Jesucristo en TrueSocial. Sugerí apagar el televisor, como hacía en la época de Pinochet para no verlo. Patricio propuso ir juntos a la marcha de No King Day al día siguiente. Estaba seguro de que sería valioso para Felipe. Esta vez, él ni siquiera se opuso.

Durante la comida, mientras recogía platos y migas, sentí que muchos momentos esenciales de nuestras vidas se habían escapado sin ser compartidos. Hijos, nietos, alegrías y accidentes tejían recuerdos imposibles de descifrar. Esa noche, con el murmullo de las conversaciones apagado y envueltos en la luz cálida de la cocina, hablé con Felipe sobre Juan. El vacío con Juan había sido tan grande como la distancia entre continentes. Nunca llegamos a comprendernos. Bajé la voz, avergonzado, y pregunté: “¿De qué murió?” Felipe, cabizbajo, admitió que tampoco lo sabía ni quería averiguarlo. Solo recordaba que Juan vivía solo, coleccionando diarios y suplementos de la época de Pinochet hasta cubrir cada rincón de su departamento. Según papá, su casa olía a papel viejo y encierro. Murió solo, descubierto solo por el olor que alertó a los vecinos días después. Reflexionamos, empanada en mano, sobre cómo las familias, antes unidas, pueden fragmentarse y volverse desconocidas. Así terminó nuestro hermano mayor. Un peso cayó sobre la mesa. “No, ya no puedo comer más”, murmuró Felipe, devolviéndome el plato.

Recuerdo los años en que Felipe luchaba contra la dictadura de Pinochet. Salía al anochecer para pintar murallas con consignas y se reunía en secreto con quienes soñaban con un país mejor. El miedo era constante. La desaparición de un amigo cercano nos marcó para siempre. Juan, en cambio, prosperaba bajo el régimen. Cuando Felipe, desesperado, lo llamó para pedir ayuda por el amigo detenido, el momento fue breve: del otro lado solo se oían risas y festejos. “No hay ningún papel, ninguna constancia. Solo los vecinos lo vieron y nadie se atreve a hablar”, explicaba Felipe. Juan respondió con frialdad.

Al día siguiente, la ciudad amaneció cubierta de niebla y del rumor de las sirenas. Nos preparamos para la manifestación de No Kings Day en Detroit. El aire estaba impregnado de tensión y expectativa; banderas y carteles flotaban sobre nuestras cabezas y cánticos se mezclaban con el latido de los que marchaban a nuestro lado. Vi en la mirada de Felipe un brillo decidido, el mismo de otras épocas. Sus puños se cerraron y, por un instante, pasado y presente se fundieron en un solo acto.

De repente, un agente del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE), con el rostro cubierto, vestido de civil y equipado con un casco balístico, se abrió paso entre los manifestantes. Me agarró con fuerza del brazo, empujándome hacia una patrulla estacionada en la esquina y, acto seguido, destrozó con una patada mi cartel que decía: “al menos la guerra contra el medioambiente la vamos ganando”. Lo había diseñado Alicia. Otros manifestantes mostraban pancartas con mensajes aún más provocadores, como una mujer de falda ajustada y voz estridente que sostenía una pancarta con la frase: «Querido Canadá, nosotros también lo odiamos». Un estudiante a su lado agitaba una pancarta que simplemente decía «resiste ».

Entre el bullicio de la manifestación, logramos divisar a Patricio, quien llevaba un letrero con letras rojas, difícil de leer entre el movimiento y la multitud. Intentamos acercarnos para leer su mensaje, pero Patricio se escabulló rápidamente entre la gente y se nos perdió de vista. En medio de ese caos, sentí miedo cuando el guardia enmascarado que me seguía volvió a acercarse, mostrando indiferencia ante los carteles y consignas de los manifestantes. Sin decir palabra, se ensañó conmigo, agarrándome y empujándome, transmitiéndome el terror.

Antes de que pudiera reaccionar, Felipe irrumpió en escena, gritando y forcejeando con el guardia. Fue como si de pronto se despertara en él aquel espíritu rebelde e idealista de sus mejores años, forjado al luchar contra la brutalidad del régimen de Pinochet. Sin dudarlo, se interpuso ante el guardia y vociferó: “¡Suéltalo! ¡Está aquí por sus derechos!” Se colocó delante de mí y empujó al guardia hablándole en castellano. El guardia, sorprendido, vaciló por un instante y también le respondió en castellano, revelando su origen hispano pese a trabajar para el ICE. “Aquí hablamos inglés, mister. Así hablamos en América”, insistió mientras inmovilizaba a Felipe contra la pared. Pero Felipe no cedió y le gritó con firmeza: “Yo también soy de América; yo también soy americano”. El guardia, irritado, le contestó con más violencia: “¡Eres un infiltrado!”

La multitud se fue acercando, formando una barrera humana que rodeaba a los agentes y a los manifestantes. Los flashes de los teléfonos móviles iluminaban la escena, capturando cada instante mientras el caos se multiplicaba y la tensión aumentaba entre gritos y empujones. En medio de ese tumulto, logré ver a Patricio, quien se mantenía al margen, sin pronunciar palabra y paralizado. Bajó la cabeza y comenzó a jugar nerviosamente con la correa de su cartel, que decía «Silencio es complicidad». Sus manos temblaban visiblemente y evitaba cualquier contacto visual, como si temiera cruzar miradas que le pudieran acarrear consecuencias. Los gritos de “¡Déjenlo en paz!” se entremezclaban con los de Felipe, quien, ignorando el peligro, se defendía con la misma entrega y fuerza que había mostrado durante los años de lucha contra la dictadura. Era como si la esencia combativa de su pasado resurgiera, pero en un país y en un tiempo distintos. La presión de la gente y la determinación de Felipe abrumaron al guardia enmascarado, quien finalmente me soltó, pero se dirigió a Felipe, exigiéndole el pasaporte con voz agresiva: “¡Muéstreme el pasaporte, carajo!”. En ese momento llegaron refuerzos de agentes enmascarados del ICE, quienes rodearon a Felipe, lo redujeron rociándole los ojos con gas pimienta y lo aplastaron contra el suelo, ignorando los reclamos de la multitud.

En medio del tumulto de la manifestación, otro agente golpeó a Felipe con brutalidad: primero en la espalda y luego en el rostro, dejándolo ensangrentado y aturdido. Rodeado por la multitud, que gritaba indignada, Felipe apenas lograba incorporarse, pero los hombres enmascarados lo arrastraron hacia una patrulla, ignorando por completo los reclamos de los presentes. Intenté seguirlos, corriendo y gritando, pero ya no los soltaron.

La noche que siguió fue larga. Pudimos averiguar que el centro de detención de ICE en Michigan estaba a una hora en auto de nuestra casa, en Battle Creek. Al día siguiente tuvimos que ir, pues nos informaron que Felipe sería expulsado a Honduras junto con Carola. Intentamos explicarles que Felipe y Carola no eran hondureños, pero nos respondieron que desde allí podrían tomar un avión rumbo a Santiago. Tras varias horas de espera, me permitieron despedirme de Felipe a solas; estaba en una celda húmeda y oscura. Carola esperaba en otra celda y, al principio, no nos permitieron verla, pero después de un rato le permitieron entrar a la celda de Felipe. Se mostró muy entera y valiente, sin miedo. Al ver a Felipe, noté que tenía un ojo hinchado. Me acerqué y lo abracé. En ese momento sentí los recuerdos de nuestra infancia, la imagen de mi hermano pintando murallas para burlar el miedo durante la dictadura; todo se superpuso en mi mente. Sentí que, por breves momentos, nuestro padre nos miraba; estaba ahí, abrazándonos en esa banca helada dentro de la celda oscura y maloliente. Nos dijimos pocas palabras y, como si habláramos en clave, le susurré con voz temblorosa:

-Píntalo, hermano, píntalo todo. Dibuja lo que te asusta, lo que no entiendes, lo que no puedes decir. No tengas miedo. Que nada se borre.

Felipe me miró con sus ojos cansados, pero agradecidos, y asintió suavemente, con un gesto al mismo tiempo frágil y resuelto. “Así lo hago, así lo he hecho siempre”, respondió. Sentí en esa afirmación una promesa entre quienes sólo pueden resistir a través de la memoria y la creación.

Mientras Felipe y Carola se alejaban más tarde entre los pasillos fríos del centro de detención, el olor acre a pintura vieja y el resplandor mortecino de la luz blanca quedaron grabados en mi memoria. Afuera, la noche seguía y el futuro era incierto, pero comprendí que, aunque el exilio nos arranque de la tierra y de los amigos, las líneas de lo vivido no pueden borrarse del todo: alguien, en algún lugar, seguirá pintando, siempre lo hará.

23. Último capítulo (Hui también de ese paisaje) de la novela no ficción «Las huellas de una huida.»

Fueron otros tiempos, épocas que ahora me asaltan en ráfagas de nostalgia y ternura, como postales borrosas que guardo en el fondo de mi memoria. Eran días de series ingenuas —Bonanza, Hawái 5-0, El Santo— que veíamos aferrados a la esperanza de que el mundo fuera tan sencillo como el que nos mostraba la pantalla. Recuerdo la Enciclopedia Salvat, con sus páginas brillando bajo la luz tímida en la entrada de nuestra casa de Santiago, testigos mudos de mis primeras preguntas y sueños. Los juguetes a cuerda made in Japan parecían tesoros exóticos, aunque algunos los miraran con desdén; para mí fueron compañeros leales en aquellas tardes interminables de aburrimiento, cuando el tiempo se arrastraba pesado y crecer parecía una hazaña lejana, casi imposible. Así, en medio de esa eternidad infantil, aprendí a presentarme como un bellaco, pero era el bellaco de mi propio universo, rebelde frente a la monotonía y la espera. En ese tiempo de los bellacos, mi corazón latía con una mezcla de temor y expectación, buscando siempre algún destello de alegría en la rutina, sin imaginar que un día esos recuerdos arderían de nuevo con la misma intensidad con la que nacieron.

He llegado al final de este relato. Ya no quedan cartas por rescatar del subsuelo de mi casa: la Internet arrasó con esa costumbre y dejó solo el eco de las palabras escritas a mano, en la soledad de un cuarto. Las cartas se extinguieron como hojas secas llevadas por el viento del olvido. Todo lo que pude preservar ya ha visto la luz, pero aún persiste una duda enorme, un nudo de incertidumbre latiendo. A veces siento que alguien —con voz temblorosa pero decidida— me la arroja una interrogante que me despierta:

—¿De verdad… se te fue la vida muy rápido, Pablo?

—¿Cómo dices…?

—El tiempo… ¿se te escapó así, sin avisar?

Siento que mis hijas, Camila y Sofía, me toman de la mano por un instante y luego las dejo ir, como si el futuro mismo me pidiera soltarlas y dejarlas escapar. Caminamos por el vecindario y el aire se vuelve liviano, cargado de fragilidad. Me viene a la memoria una pregunta de mi tía Oriana, que con su letra antigua, me escribió en una carta inesperada:

—Aunque tú estás comenzando tu vida, ¿me podrías dar una idea para el final de la mía?

Un vacío me envuelve y me invita a quedarme quieto, viendo cómo un picaflor atraviesa la tarde, suspendido entre el pasado y el presente. Repaso mis decisiones: el amor por Pilar, el salto hacia otro país, las risas —y las sombras— de Camila y Sofía; lo no dicho, que a veces pesa más que las palabras. Como una música de fondo, escucho la melodía lejana de una canción de Leo Dan, pero ahora me llega de otra manera, despojada de intensidad, porque ya no está mi madre al lado, al volante de ese Chevrolet rojo entrañable. La recuerdo a ella, a Ximena, envuelta en su propia soledad, buscando consuelo en una taza de café con leche tibia, tendida sobre su enorme y fría cama, en lo alto de un Santiago ruidoso que se colaba por los ventanales de su departamento. Vienen a mi mente sus enfermedades, su piel delgada, casi transparente, sus guantes, el brillo apagado de su anillo, y esa soledad final que terminó por devorarla. Lo que más me duele, lo que todavía me atraviesa, es ese descariño último, ese silencio final, ese desencuentro que se instaló entre nosotros y nunca más se pudo ir.

Veo a mis hijas alejándose con el Copo, nuestro perro; sus risas flotan en el aire como ecos de un tiempo, de un futuro que ya no me pertenece por completo. Al verlas caminar despreocupadas por el barrio, me pregunto si sus manos aún guardan ese calor inconfundible que alguna vez fue el legado secreto de mi padre. De mi madre, de Ximena, heredé el lenguaje, la escritura, ese refugio en el que me escondo cuando el mundo pesa demasiado; pero de mi padre, siempre me quedan sus manos tibias, ese rincón seguro al que vuelvo en la memoria durante esos días grises en que me falta luz o aliento. Cierro los ojos y, si lo intento con fuerza, logro abrir una puerta que me lleva a ese instante: sentir otra vez el roce apacible de sus manos, regresar a ese calor. Es un ejercicio íntimo, un salvavidas que me rescata del fracaso cuando las sombras se alargan y la nostalgia amenaza con tragarme.

Veo a mi padre recostado en su inmensa cama, envuelto en un pijama que se le pegaba a la piel como si intentara retenerlo unos días más, antes de que la vida se le fuera sin avisar. Sobre la mesa, su radio portátil amarilla lanza tangos y noticias, mientras él, con los ojos entrecerrados, sigue esperando una buena nueva sobre Chile, como si la esperanza fuera la única frecuencia que no se apaga. Me quedo sin palabras, y lo único que se me escapa es un susurro apenas audible:

—Como un suspiro…

La sensación de que nadie escucha se me hace real. ¿De verdad me lo preguntaron? Mis hijas, lejos, pasean con el Copo, y yo, quieto, hago más ruido con los recuerdos que con cualquier pregunta.

¿Qué más puedo decir ahora que llego al final de este relato? Al buscar respuestas descubro que el ciclo se repite una y otra vez, y que en el fondo, cambiamos poco. Hace apenas unos meses, en el 2022, otro plebiscito agitó Chile, como si la historia insistiera en regresar para preguntarnos de nuevo quiénes somos y qué queremos ser.

¿Extraño Chile?

Poco, a veces casi nada, pero cuando la nostalgia me atrapa y el corazón se encoge, extraño el murmullo del oleaje a la orilla de la playa de Algarrobo, esa música paciente que me abrazaba al caer la tarde mientras mis pasos se hundían en la arena blanda y húmeda. Recuerdo la tibieza del aire, la luz que se despedía mientras el cielo se llenaba poco a poco de estrellitas titilantes, como promesas lejanas. Caminaba sin prisa, sabiendo que en cualquier instante podía descubrir que estaba completamente solo, irremediablemente solo, aunque voces queridas me rodearan. Era una soledad que no dolía, más bien me envolvía, y sólo entonces sentía que pertenecía a ese paisaje, a ese país que a ratos me parecía tan distante, pero que permanece, fiel, en lo más profundo de mi memoria.

A Ximena la intento recordar sin rabia, aunque a veces se me acumula el descariño, esa mezcla de tristeza y añoranza que desborda. Me pregunto si algún día eso se transformará en enojo, y me aferro a la esperanza de que no sea así, porque detrás de todo queda un cariño que persiste, aunque a veces duela. Ella es Algarrobo, ese refugio entre pinos y brisas salinas, y también la vieja televisión familiar, corazón palpitante de nuestras tardes. Como lo escribí antes —y nunca está de más intentarlo con otras palabras—, partíamos los fines de semana en ese Chevrolet rojo, testarudo y lento, que hoy es sólo un recuerdo vibrante en mi memoria. El viaje era largo, casi interminable, y entre los baches y curvas y La Montina, el corazón latía con anticipación: al final, nos esperaba la casa, la playa, la promesa de días felices. Al pasar por Isla Negra, los recuerdos se mezclan: la casa vecina a la de Neruda, donde reíamos y corríamos sin miedo al tiempo, antes de que mis padres construyeran nuestro propio refugio. Me veo niño aún, maravillado por los patos que cruzaban la cerca por un hoyo en el enrejado, como si tuvieran una clave secreta para atravesar mundos distintos. Entonces, Neruda era solo un vecino distante, un hombre que garabateaba versos en silencio, sin el peso del Nobel sobre los hombros. Todo era más simple, más luminoso, y cada instante, una chispa de felicidad destinada a brillar en la memoria, aunque los años y la distancia ahora intenten apagarla.

Al llegar a nuestra casa, la sensación de lejanía se volvía abrumadora. Encendíamos la televisión, aquel aparato de plástico desvencijado, un Motorola que luchaba por aferrarse a cualquier fragmento de señal. La pantalla gris se llenaba de puntitos blancos, como copos de nieve suspendidos en la incertidumbre, y todo quedaba envuelto en misterio. Esa señal débil, casi fantasmal, me inundaba de una felicidad inexplicable, una alegría mezclada con la melancolía de sentirse lejos, aislado, como si el mundo se desvaneciera y solo existiéramos nosotros en ese rincón perdido. La felicidad se colaba por resquicios mínimos. En aquellos días, mi madre aún no se había perdido en el laberinto de la vejez, era joven, sus gestos irradiaban ternura y extravagancia, su risa iluminaba el día. Vestía con sencillez, pero su calidez nos protegía. Cuando reíamos juntos, su mirada brillaba de orgullo. El cariño era palpable y los instantes parecían suspendidos sobre la luz dorada de la tarde en la arena.

Una amiga de aquel tiempo, conmovida por este recuerdo, me escribió tras leer la parte más triste del relato, donde cuento de mi madre ya anciana, marchita bajo el peso del tiempo y el desánimo. Su mensaje me devolvió la imagen luminosa de Ximena en su plenitud:

…me acuerdo de nosotras muy chicas en la playa de Algarrobo Norte. Nos llevó tu mamá. Ella vestía una túnica o caftán y, en la playa, con los brazos abiertos y el viento alborotando su cabello, gritaba: ‘quiero ser feliz’, mientras nosotras saltábamos de alegría sobre la arena. Qué feroz es la vejez y la muerte de los padres.

Con los años, eso se fue desvaneciendo como un castillo de arena. Crecimos, nos hicimos adultos y la distancia se instaló como una sombra persistente. Nuevas amistades y afectos cruzaron nuestro camino, levantando barreras invisibles que ella nunca pudo derribar ni aceptar del todo. Pronto, tal vez demasiado pronto, la amargura se apoderó de su espíritu; la vejez la fue alejando, robándola poco a poco, como si la vida misma la empujara hacia una orilla distante. Hay días en que siento que los recuerdos felices apenas sobreviven como destellos en una niebla fría, y cuesta aceptar que lo que fue cariño y alegría terminó envuelto en una tristeza callada, esa que aún me acompaña.

Desde Michigan, cuando la tormenta arrecia y las nubes lo cubren todo, la señal en nuestra televisión titubea, se apaga bajo la lluvia interminable de la estática. Mis hijas protestan, Camila se desespera, Sofía se suma al reclamo y llaman al servidor con la urgencia de quien cree que el mundo se detiene por un error en la pantalla. Yo, en cambio, siento una nostalgia dulce, un gozo secreto al reencontrar esa señal errática, esa imperfección que me transporta—sin aviso—a los días remotos de Algarrobo. Mientras ellas intentan arreglar lo que consideran una falla grave, yo me pierdo en el placer de lo imperfecto, saboreando la memoria como un relámpago, y por un instante, la distancia se evapora. Cierro los ojos y me veo niño aún, cruzando el umbral de la casa familiar, sencilla, hecha de refugios sagrados. Allí está mi madre, anciana y frágil, sentada en una silla roja, pero en sus ojos brilla una alegría inesperada al verme. Siento el temblor de su emoción, el eco de antiguas felicidades que sobreviven al tiempo. Salimos en su viejo Mitsubishi gris, y el trayecto hacia Algarrobo Norte es un viaje a través de los años, donde pasado y presente se funden en una sola emoción. Al llegar, la veo descalzarse con gesto travieso y, desafiando su edad y el viento que juega con su cabello, salta frente al mar, ríe como niña y grita: “¡He sido feliz, Pablo, he sido feliz!” El viento arrastra sus palabras, las expande sobre la playa, y siento gratitud, felicidad y nostalgia puras.

Los patos de Isla Negra atraviesan el enrejado nuevamente, abriendo portales invisibles entre el ayer y el ahora. Me quito los zapatos, corro a su lado, dejo atrás las dudas y el peso de los años. El agua fría sube por mis piernas, la ropa se adhiere a mi piel, y con el corazón desbordado grito que también deseo ser feliz. Es un instante fugaz y eterno, donde dolor y alegría se abrazan y las pérdidas dejan de doler, al menos por un momento, porque en ese grito, en ese salto, volvemos a ser quienes fuimos siempre: libres, luminosos, frente al mar infinito.

A pesar de todo, los recuerdos perduran. Las imágenes de Ximena joven en la playa, buscando la felicidad, contrastan con la mujer anciana que se volvió distante. Nostalgia y melancolía se amalgaman en la memoria, creando un sentimiento agridulce que me acompaña siempre. Y aunque las relaciones se hayan quebrado, las memorias de alegría pura en Algarrobo Norte permanecen intactas, como fotografías vivas en el corazón.

¿Hui también de este paisaje?

Quizás en el fondo, huir no es más que buscar otro modo de regresar. Porque en algún rincón, entre la brisa y el recuerdo, sigo habitando aquel paisaje que me enseñó la felicidad y el duelo; y en esa frontera, donde la playa se disuelve en la memoria, acepto que pertenecer a un lugar es también aprender a soltarlo.

FIN

Cristian Fierro

22. Culpa

Este texto lo he reescrito varias veces, pero no me preocupa la repetición; es parecido a lo que me sucede con mis platos de comida favoritos o las historias que comparto entre amistades. Cada vez que las relato, surgen matices nuevos, detalles que se exageran o se desvanecen, y las versiones se entrelazan, como si el pasado nunca fuera fijo sino una suma de voces que lo reinterpretan. Incluso mi hermano suele corregir o añadir elementos cuando escucha mis relatos, y mis antiguos compañeros de colegio –siempre atentos y algo burlones– aportan sus propias versiones, enriqueciendo o desafiando mi memoria. De alguna manera, el acto de narrar nos une y nos diferencia, y esos relatos repetidos se convierten en una especie de ritual donde todos participamos.

Durante una visita a Chile, tomaba mi café con leche tibia —aunque ese detalle podría ser inventado, lo importante es la atmósfera— mientras los gatos de mi hermana pedían comida desde el patio trasero de la cocina y el bullicio de los autos nos llegaba desde las calles de Santiago. Mi hermana, siempre con esa mirada curiosa, me mostró unos cuadernos antiguos de mi época escolar que encontró en el entretecho de su casa. Fue ella quien, con una sonrisa nostálgica, recordó cómo también escuchábamos juntos las canciones de Gianni Morandi, y cómo ese ritual de girar vinilos bajo una aguja delicada era parte de nuestra infancia. Eran los años de Gianni Morandi y sus canciones inolvidables, como “Vagabondo”, “Zingara” y “Ojos de Chiquilla”, éxitos grabados en vinilos que hacíamos girar bajo una aguja delicada, o escuchábamos por radio. Hoy, esos mismos discos han vuelto a estar de moda, pero en esos días resonaban en la cotidianidad de nuestros hogares y, según mi hermano, marcaban pequeños instantes de felicidad familiar, un refugio frente a la agitación de la ciudad.

Mi colegio, el San Ignacio, era una mezcla de tradición y modernidad. Sus muros de ladrillos de colores y techos altos guardaban secretos y ecos de generaciones de estudiantes, entre los que deambulábamos cada mañana, cargado de libros y dudas. Allí, la figura de los profesores —serias, cansadas, a veces dulces— nos guiaba a tientas por los misterios de la vida adulta. Uno de ellos, el profesor de historia, acostumbraba a detenerse en la puerta del aula y preguntar con voz profunda: “¿Quién se atreve a cuestionar el pasado?”; esa frase, que repetía cada semana, se convirtió en parte de nuestro mito escolar. En los recreos, mis compañeros debatían sobre asuntos triviales, como el mejor sabor de merienda o el próximo partido, pero a veces, en una esquina, la hermana de uno de ellos se acercaba y nos preguntaba sobre las notas o nos ofrecía dulces, gestos pequeños que, vistos hoy, adquieren una dimensión especial en mi memoria. El aroma de la cera fresca en los pisos se mezclaba con la humedad de las mañanas frías, y a veces sentía que ese perfume era lo único que me anclaba al presente. Los pasos resonaban en los pasillos, y las voces de los profesores nos guiaban a tientas por los misterios de la vida adulta. Aquel lugar era un refugio, pero también era un espejo amplificado de un Santiago inquieto, lleno de heridas y violencias. Vivía a pocas cuadras, así que durante las mañanas recorría ese trayecto a pie, sintiendo que el año escolar era un abismo interminable. Visto desde la distancia —desde Michigan, desde esta otra vida— me invade una melancolía vibrante, un anhelo de regresar aunque solo sea para perderme en la rutina de esos días santiaguinos. Todavía siento la magia de esas mañanas de invierno, cuando la escarcha cubría los charcos y uno al pisarla, el crujido nítido parecía romper no solo el hielo sino también el silencio íntimo que me acompañaba. Era como pisar cristales diminutos, un pequeño placer secreto, un instante de poder entre la fragilidad que me invadía.

Al llegar a la esquina de Los Leones con Pocuro, debía cruzar frente a una casa amarilla. Allí, cada mañana, un grupo de ciegos esperaban, en un silencio que me dolía, a que les abrieran el portón de entrada. El contraste era brutal: los autos pasaban veloces, indiferentes, mientras ellos permanecían quietos, sostenidos en la paciencia y la vulnerabilidad. A veces, su espera me llegaba con una punzada de culpa, porque nunca reuní el valor para ayudarles. Me refugiaba en la esperanza secreta de que otra persona lo hiciera mientras yo apuraba el paso, cobijado en mi propia timidez y miedo. Esa deuda, esa omisión, todavía me acompaña, y cada vez que veo a un ciego en cualquier ciudad del mundo, la herida se reactiva: no sé si acercarme, si intervenir, o si la cobardía volverá a vencerme. En más de una ocasión, mi hermano—que a veces caminaba conmigo—me sugería que les ayudáramos, pero yo me negaba, y su mirada, mezcla de reproche y compasión, aún pesa en mis recuerdos.

Más adelante, pasaba frente a una casa de dos pisos, de muros blancos, abandonada poco después del Golpe de Estado. El jardín, antes ordenado, era ahora una jungla desbordada donde las plantas avanzaban salvajes, como si reclamaran su espacio ante el olvido. Imaginaba a quienes vivieron allí, sus festejos, sus miedos, y sentía una mezcla extraña de nostalgia y desasosiego. Me detenía unos segundos en el umbral de esa casa, casi podía oler el perfume a madera vieja y tierra húmeda que se filtraba desde el jardín. ¿Hay, en ese abandono, algún gesto que redima el dolor? Quizá en el recuerdo de una fiesta, en la risa de un niño, queda flotando una luz que compensa el vacío. En medio de la maleza, una flor solitaria, ajena a la violencia del tiempo, abría sus pétalos con obstinación: ese detalle, tan mínimo, basta para que el pasado no sea solo condena.

Poco antes de cruzar la verja del colegio, solía toparme con el loco del barrio, ese hombre de apenas cuatro dientes y ojos extraviados, tendido entre la maleza de los jardines públicos. Recuerdo, con una mezcla de pudor y rabia, cómo para algunos de mis compañeros él no era más que un personaje de burla, un blanco fácil disfrazado de juego. Por unas monedas lo hacían bailar, reír, y en ocasiones, llevaban la broma al límite de lo insoportable, empujándolo a la humillación cuando le ofrecían unas monedas extras para que se masturbara, celebrando entre risas los gestos que hoy me resultarían intolerables. Yo pasaba rápido, simulando indiferencia—o intentándolo—, pero en realidad me acompañaba siempre un nudo en la garganta y la sensación áspera de quien ve demasiado y calla.

Hay en ese recuerdo una pausa, donde percibo la ambivalencia de la infancia: la inocencia y la ternura se mezclaban con el miedo al grupo y la vergüenza del silencio. Recuerdo haber cruzado la mirada con el loco del barrio, sentir una compasión súbita que nunca llegó a traducirse en acción, pero dejó en mí una fisura, una pequeña grieta en la coraza de la indiferencia. Quedó flotando la pregunta: ¿Y si me hubiera atrevido a acercarme, aunque solo fuera para apartarle una hoja del cabello o devolverle una mirada limpia?

La infancia, lo veo ahora, es ambigua y desarmada: la inocencia convive con el miedo al grupo, la ternura con la vergüenza, y de ese revoltijo nacen pequeñas piedras que sigo cargando en los bolsillos.

¿De qué huía? Tal vez de enfrentar mi propia mirada, de admitir la fisura que los silencios iban dejando. La culpa es persistente, se instala con sigilo y no se borra; al contrario, se transforma con los años en relato, en memoria, pero nunca se disuelve del todo. El dolor de no haber actuado, de no haber dicho nada, es un eco que sigue vibrando bajo la piel, y aunque intento narrarlo, la herida no desaparece; solo cambia de forma, se vuelve palabra, susurro, pero continúa ahí, doliendo.

Y así sigo, porque el tiempo pasa y apenas mudo de piel: callo, me enmudezco ante lo que duele. Lo mismo ocurrió con el asesinato de Frei Montalva—esa muerte solapada que se coló en mi casa sin avisar—. Recuerdo al doctor Goic entrando en silencio al living de nuestra casa, sentándose junto a mi padre en el viejo sofá de felpa café. Eran dos hombres mayores, ensayando consuelos a medias, esforzándose por armar un puzle de muerte, traición y cobardía. Pero la angustia flotaba, densa como el aire antes de la tormenta, y el intento de consolarse era torpe, insuficiente: solo lograban multiplicar el peso de los secretos.

En aquellos silencios de la casa, en las conversaciones truncas y las sombras cruzando el pasillo, aprendí a evadir el conflicto, a sobrevivir callando. ¿Es esa la herencia más profunda que recibimos de nuestros mayores? ¿La estrategia de esquivar el dolor, de dejar las preguntas en suspenso, transmitida de generación en generación?

Me pregunto, a la distancia, si hay redención posible en el recuerdo, si narrar el pasado basta para aliviar el peso de la culpa, o si solo perpetuamos el ciclo de las omisiones y el miedo. Tal vez, al menos, la memoria nos deja la posibilidad de mirar atrás y, aunque sea por un instante, intentar romper el silencio.

Quizá la culpa tiene esa curiosa habilidad de trazar hilos invisibles entre escenas distantes, uniendo el asesinato de Frei Montalva, el temor paralizante ante los ciegos en la esquina, y la pasividad ante la crueldad de mis compañeros con el mendigo frente al colegio. Todas comparten la raíz de la evasión, ese impulso de cerrar los ojos frente a lo que duele. Me detengo aquí, en medio de esas imágenes, y me pregunto si algún gesto, por mínimo que haya sido, podría apaciguar ese desasosiego: a veces basta una mirada, una palabra, para que la memoria no sea solo condena.

Tal vez intenté refugiarme en la inercia, en la distancia, pensando que el dolor sería menos real si callaba. Pero la culpa, incansable, regresa siempre, se cuela por los pliegues de la vida y me recuerda que el verdadero escape es imposible. Ahora sé que, al final, la única salida está en reconocer esas ausencias, en aceptar la fragilidad con la que cargamos nuestras decisiones y omisiones, y en abrir espacio para esa humanidad compartida que late bajo la memoria.

A lo mejor estos recuerdos sobre los años de colegio emergieron hacia la luz gracias al aroma de la cera fresca en el piso lustroso de la casa de mi hermana, junto al café que ella nos servía en la mesa, ritual sencillo que abría la puerta a los años en que San Ignacio era refugio y espejo de una ciudad convulsa. Los ladrillos multicolores, los techos altos, las voces de los profesores y el eco de nuestros pasos componían el escenario donde aprendíamos a mirar el peso de la historia y, a veces, a intuir la posibilidad de redención en los recuerdos: en una risa, un gesto amable, una flor solitaria abriéndose en medio de la maleza.

O quizá fue el blog de Paul Krugman, en The New York Times, que cada viernes ofrecía un video de YouTube. Esa vez fue Peter Gabriel con su Don’t Give Up. De ahí salté a Gianni Morandi y a Leonardo Favio, y me detuve en los comentarios de quienes escuchaban esas canciones del recuerdo. Al leerlos, me invadió el deseo de haber estado ahí, en ese bus que se menciona en el siguiente comentario, compartiendo la música y el alivio momentáneo que trae:

 

Pasando una vez por Tulúa, por el estadio donde había un concierto de música de los 70’s y 80’s, el conductor del bus se estacionó por un rato y todos disfrutamos de la música de Piero: gran artista. Por un instante, sentí que el tiempo se suspendía y la alegría flotaba entre nosotros, desconocidos unidos por las notas y las letras que nos remitían a épocas en que la vida parecía más sencilla, o al menos, menos pesante. Ese pequeño gesto del conductor —detenernos para escuchar— fue un respiro, una pausa luminosa en medio de la rutina, y sigo pensando que a veces basta tan poco para reconciliarnos con el presente.

Verano del 69. Mi paso por la secundaria. Esta y otras canciones acariciaban nuestros oídos y nuestros corazones. Otros tiempos, sin duda… difíciles en lo económico, pero a quién le importaba. La música nos transportaba a otro mundo, distinto, placentero. Recuerdo las risas de mis compañeros, la complicidad en las miradas furtivas, la algarabía tras el timbre de salida. Gracias a Leonardo, Sandro, Leo Dan, Piero, Roberto Jordán, Marco Antonio Vázquez, Enrique Guzmán, Serrat, Roberto Carlos, Julio Iglesias y tantos otros, aprendimos que la belleza podía colarse incluso en las jornadas más grises, y que a veces la memoria del sonido es un refugio ante las ausencias y las pérdidas. Gracias por esas canciones del alma, por hacer de la nostalgia no solo un lamento, sino una posibilidad de ternura compartida.

Y así, entre aromas y melodías, la memoria se transforma unos segundos en un territorio donde es posible reconciliarse con el pasado, aunque sea por instantes. El eco de la música, el perfume del café, el brillo de la escarcha bajo el zapato: imágenes simples que, al contrastar con la culpa y el auto-reproche, traen una luz breve y honesta, recordándome que aún en la fragilidad se puede encontrar sentido y consuelo.

Al cerrar este viaje por el pasado, quisiera experimentar con una apertura final: ¿Hasta qué punto nuestras omisiones definen quiénes somos? ¿Es la culpa solo el reflejo de aquello que decidimos callar? Quizá la memoria solo encuentra redención en gestos mínimos, como ese instante compartido en el bus o una palabra amable lanzada al aire. Tal vez la respuesta se encuentre en una imagen persistente: en el crujir de la escarcha bajo mi zapato en las mañanas de invierno, en el aroma del café mezclado con la cera, o en el eco de las voces que me invitan a enfrentar, sin huir, el peso de mis decisiones. Así, la historia no concluye, sino que se transforma en una pregunta abierta que acompaña cada paso que doy, y donde sigue resonando la música de mi infancia y mis recuerdos. Y en esa resonancia, a veces, el dolor se atenúa y aparece la esperanza de reconciliarnos con lo vivido.

En la madrugada de un sábado cualquiera aquí en Michigan, en el año 2015 o 25, eso importa poco, enciendo el laptop con otro café caliente entre mis manos, y releo el comentario generoso que me mandó mi amigo español, Ignacio Carrión, que en esos años todavía nos acompañaba a la distancia, desde Valencia, España. Me mandó su opinión por un e-mail después de leer el texto de más arriba y donde enfatizaba la importancia que tiene la memoria, y también la culpa. En sus palabras encuentro eco y compañía: recordar es, finalmente, un modo de buscar consuelo, aunque sea imperfecto; es intentar reconciliarse no solo con el pasado, sino con la propia fragilidad. La culpa persiste, sí, pero también lo hace la posibilidad de transformar el recuerdo en palabra y, quizás, en una forma de redención compartida:

Llega de Michigan el correo electrónico de un buen amigo chileno que vive allí, en los EE. UU., desde hace años. Me habla de otros tiempos en los que escuchaba canciones de Gianni Morandi por la radio de Santiago (Vagabondo, Zingara, Ojos de Chiquilla), y eso le lleva a recordar la infancia en su país. El texto contiene todo eso pero además contiene otra cosa: la culpa, esa sombra que nos acompaña a lo largo del tiempo y nos devuelve al instante preciso de su origen: cuando uno cree que debe hacer algo y no lo hace; cuando uno desea evitar una injusticia y no la evita. Sigues caminando hacia la escuela, o hacia donde sea, a sabiendas de que debiste ayudar a un ciego a cruzar la calle, y que debiste impedir que unos muchachos abusaran de un vagabundo loco y tampoco actuaste. Y esto queda para siempre en la memoria, no se borra, sigue ahí y sabes que seguirá ahí hasta el final, y sólo te queda el consuelo de escribirlo, aunque es un consuelo que a lo sumo mitiga la angustia —el remordimiento— pero jamás la elimina. La imagen de los ciegos en espera de que alguien los ayude a cruzar la calle, la imagen del loco desdentado que divierte a los muchachos y sacia su crueldad, son indelebles. Cuando menos lo esperas, saltan. Cuanto más las recreamos, más poderosas vuelven. En cierto modo, nos intimidan mucho más, aunque las arrastremos por la fuerza a la escritura. Pero a veces, en medio de esa inquietud, se cuela una brizna de ternura: el recuerdo de una melodía, el vapor del café, la risa inesperada de un amigo, nos recuerdan que en la memoria también anida la promesa de reparar, aunque solo sea un poco, la herida.

Y quizá, justo hoy, decido dejar el laptop encendido y salir a la calle. Veo a un anciano esperando en la esquina, y sin pensarlo, me acerco y le ofrezco mi brazo para cruzar juntos. No es un gesto grandioso, pero es en ese instante cuando espero que la memoria se reconcilie con el presente y la culpa se transforme en acción. Es un acto simple y sencillo, donde podemos elegir enfrentar la sombra y vislumbrar la luz.

19. Vuelos truncos

Siempre recordaré las maderas rotas y agrietadas del pasillo del segundo piso de mi casa en Santiago, un trayecto que llevaba directo al cuarto de mis padres. Era como una herida viva: una hendidura por donde las largas tablas, marrones y envejecidas, nunca lograban encajar del todo. Cada paso hacía que el piso protestara, soltando crujidos y quejidos que parecían guardar la memoria de quienes lo habitamos. La madera, a veces de un café intenso, a veces deslucida, estaba marcada por el tiempo y el uso, y esas tablas apolilladas —a menudo sucias y desajustadas— parecían piezas de un rompecabezas imposible.

Los que vivíamos ahí cruzábamos ese pasillo todos los días, caminando sobre esa herida abierta sin enfrentarla, sin hablar de ella, como si ignorarla nos librara de la responsabilidad de remediarla. Nadie mencionaba la rendija que acumulaba polvo y suciedad, expuesta y vulnerable. Finalmente, mi padre decidió cubrirla —uno de nosotros al fin se atrevió— y la tapó con una alfombra roja. Pero la alfombra, instalada a medias, pronto perdió su brillo; nunca fue reemplazada ni tensada correctamente. Así la herida siguió allí, latente bajo el velo rojo, esperando quizá a ser sanada de verdad. La alfombra estaba mal puesta, floja y sin protección firme entre la madera y la superficie textil. Sobre la escalera alfombrada también, el uso desgastó la tela hasta mostrar una fibra plástica blanca, como una venda deshecha, incapaz de ocultar la memoria viva de la madera. Nadie dijo nada. Quizás el silencio ante esas carencias era un hábito heredado.

A mí siempre me atrajo esa madera gastada de los peldaños sin cubrir, con sus imperfecciones y cicatrices. Sus hendiduras contaban historias, susurraban recuerdos a cada crujido. Ese deterioro auténtico me parecía menos doloroso que la artificialidad de la alfombra roja, cuyo desgaste dejaba al descubierto una fibra plástica sin vida. Lamento no haber salvado un peldaño al demoler la casa; habría querido sostenerlo en mis manos, sentir que en ese trozo seguía latiendo algo importante de mi historia.

Recuerdo especialmente aquel día en que los pajaritos cayeron al jardín. Afuera, el sol atravesaba las ventanas de la cocina y se colaba en la casa de los Mandiola, nuestros vecinos. De repente, la quietud del mediodía se rompió: esos pajaritos diminutos y frágiles habían caído de un nido precario, apenas sostenido entre las ramas que separaban nuestro jardín. Los vi desorientados sobre la tierra, vulnerables junto al murallón blanco que marcaba el límite entre los dos hogares.

En la cocina, las empleadas —entonces llamadas así, mucho antes de ser “asesoras del hogar”— reían compartiendo trabajo y chistes, como si la vida no pesara. Entre carcajadas, mientras preparaban tallarines, gritaban aquel refrán que nunca olvidé: “Entra duro y tieso, sale lacio y mojado.” Solo años después entendí su doble sentido. Sus voces llenaban el aire, pero mi atención estaba en los pajaritos heridos. Sin dejar de reír, me animaron: “Anda, corre con una manguera y chorréalos con agua: volarán. Ya verás.”

Obedecí con ese apuro de quien quiere salvar lo irremediable. Tembloroso, conecté la manguera deseando el milagro: que el agua diera alas y los salvara. Apunté con todo el cuidado de mi infancia y los vi correr, tropezar y agitar sus pequeñas alas, pero nunca lograron alzar el vuelo. Me invadió una tristeza profunda y aparté la manguera, incapaz de enfrentar el fracaso.

Quizá ese día cubrí con otra alfombra roja la memoria, esta vez sobre los pajaritos que no lograron volar. Tapé el recuerdo, como tantas veces, esperando que el dolor se disolviera bajo el velo del olvido, imaginando que aquellos pajaritos seguirían aleteando en algún rincón de mi historia.

Volví corriendo a la cocina, buscando consuelo entre el bullicio y la alegría de las empleadas, que seguían celebrando como si nada. Para mí, sus risas sonaban lejanas, como si una puerta gruesa me separara de esa fiesta. Repetían el refrán, entre lágrimas de risa y vapor de cacerolas, “entra duro y tieso, sale lacio y mojado”, y la cocina se transformaba en un escenario de alegría que yo miraba desde el umbral de la tristeza.

¿Qué edad tenía entonces? ¿Ocho, nueve años? No lo recuerdo bien. Pero sí recuerdo la imposibilidad de sumarme a ese jolgorio. Algo en el aire me susurraba que esa felicidad era solo una capa frágil sobre una tristeza sin nombrar. El eco de sus carcajadas parecía querer tapar un dolor que se filtraba entre el vapor y las ollas. Tal vez ese fue el primer “poema” que aprendí. Quizá hui de ese recuerdo buscando protegerme de una tristeza que no sabía darle un nombre.

Con el tiempo he descubierto que he usado muchas alfombras: de todos los colores y tamaños. Las he colocado sobre heridas viejas, tapando recuerdos difíciles, y en ocasiones he intentado levantarlas para liberar lo que tanto traté de olvidar. A veces, he presenciado cómo algunos pajaritos —frágiles, temblorosos— han logrado reunir valor y emprender un vuelo inesperado, liberándose del peso de la memoria. Verlos elevarse, aunque sea solo en mi recuerdo, se vuelve un pequeño milagro, una victoria íntima que me reconcilia con el pasado y me recuerda que la resiliencia es también un vuelo posible.