Qué hubiese pensado mamá de todo esto?

El día en que mamá murió, nunca imaginamos que su muerte nos traería tanto sufrimiento. El silencio se instaló en la casa, como si las paredes se hubieran detenido a escuchar lo que no nos atrevíamos a decir: después de tanta espera, el final parecía necesario. Durante meses, Luis había confiado en una recuperación milagrosa, pero esa esperanza se apagó con cada saludo sin respuesta y cada mirada de mamá que nos buscaba sin reconocernos. Cuando comenzó a deambular como una desconocida, a suplicarnos que nos fuéramos y a extraviarse entre su cuarto y la cocina, vi en los ojos de mi hermano el deseo de que todo terminara.

Era triste ver a mamá pasar sonámbula mientras conversábamos, o cuando tomábamos un pisco sour viendo las noticias en la tele. Luis, el mayor de los hermanos, llenaba un vaso de vidrio grueso y, con la voz triste y fatigada, nos decía que mamá ya no estaba con nosotros, que aunque la veíamos, ella vivía en otro lado. Entre tragos espaciados y sonoros nos aseguraba que ella debía descansar.

Y era cierto. Mamá caminaba sin reconocer la casa y, muchas veces, se orinaba en la entrada de su cuarto o muy cerca del baño. Recuerdo que, cuando eso sucedía, Pilar corría con un trapo café para limpiar el suelo y que Luís no se enterara.

Con Pilar siempre mantuvimos la esperanza de que mamá mejoraría; incluso abrigábamos la idea de verla levantarse de la cama para tomar ese desayuno que tanto le gustaba: pan amasado con mermelada de damasco y un café con leche descremada bien caliente.

Mientras nos escondíamos en la buhardilla a inventar juegos con el dominó incompleto, o con un ludo en un tablero patituerto, nos autoconvencíamos de que mamá se mejoraría y saldría con nosotros al cine. Lo triste fue que nunca imaginamos que esa enfermedad avanzaría de forma tan irreversible.

Poco antes de morir, mamá recobró algo de su lucidez original y le pidió a Pilar, nuestra hermana menor, en un susurro:

            -Los hermanos tienen que ser unidos, Pilarica, siempre unidos.

            El día en que murió, todos los hermanos sentimos un alivio intencional, casi voluntario, pero extraño, porque llegó acompañado de un raro malestar en los codos o en los hombros. Entre nosotros nos reconfortábamos pensando que tal vez era el cansancio o una dolencia que pronto pasaría. A mí, la aflicción se me transformó en una hinchazón en el pie derecho y, después, en el codo izquierdo, lo que atribuí, sin darle mayor atención, a una molestia de la artritis que florece en la familia.

Guardé reposo sin contárselo a nadie. Para no pensar en la muerte de mamá, me refugié en las noticias: seguí el asunto del petróleo y estudié el conflicto por unas islas en el sur de Chile. Mientras mantenía la mente ocupada, aquella incomodidad inusitada desaparecía.

            Mis hermanos tampoco dijeron gran cosa, pero también se enfermaron el día en que mamá murió. Tuvieron unos malestares que Luís, cuando estaba con un poco de trago, prefirió llamar -con un estilo ingenieril tan suyo-  como «los problemas de la asimetría». Lo curioso es que el médico de la familia, el doctor Mayerstein, nunca le corrigió esa definición tan inusual.

            El doctor Mayerstein fue un fiel apoyo para todos nosotros. Había sido un buen amigo de la mamá, pero a pesar de los múltiples llamados de Luís para preguntarle por las extrañas dolencias y dolores, no supo decirnos qué sucedía, pese a sus largos años de especialización en medicina interna en Alemania. Con insistencia tratamos de explicarle lo que sentíamos. A pesar de mi juventud y del respeto que imponía la presencia de quien había sido colega y amigo de mi papá, le dije, ya irritado, las veces que Pilar había llorado mientras se le  hinchaba el pie derecho o le dolía el lado izquierdo (pero nunca  los dos juntos, como descubrió mi hermano Luís: siempre había «asimetría»). Le conté cómo nos afanábamos por quitarle el zapato para que no se le produjera una gangrena. Le confesé que a mí también me dieron dolencias similares y le conté en detalle lo que sucedió al día siguiente de la muerte de mamá. Pero lo único que hizo fue tomarme de los hombros, abrazarme y empezar a hablar de mujeres. Me decía que me buscara una noviecita o que viajara, que me juntara con amigos e inventara panoramas nuevos… y la verdad es que de inmediato me sentía mejor: el absceso de mi hombro derecho se achicaba, Luis podía ver sin lentes pese a su ojo izquierdo tumefacto, y Pilar corría buscando candidatos para que jugaran con ella en el jardín.

Luis intuyó desde el principio que nuestras dolencias estaban ligadas al recuerdo de mamá. Cada vez que evocábamos su caminar apagado por los pasillos, su mirada perdida o las noches de sábanas empapadas, el dolor se apoderaba de nuestros cuerpos: una punzada, una hinchazón, siempre en un solo lado. Él llamó a ese patrón «los problemas de la asimetría», como si ponerle nombre pudiera ayudarnos a soportarlo más.

            Así fue como llegó el día en que Luis nos propuso la fase de los experimentos. Estos consistían en recordar intensamente un gesto de mamá, cómo tomaba un vaso de agua, por ejemplo, o cómo masticaba un trozo de pan que le hacía crujir la mandíbula. Había que acordarse hasta casi tocarla al lado de uno, para luego olvidarla velozmente, jugando al ajedrez o sumergiéndonos en las tareas de la casa.

            Fue raro confirmarlo, pero Luís tenía razón; él mejoraba y reía a carcajadas. Por eso, después de la fase de los experimentos, nos quedaron pocas dudas: los recuerdos y las molestias que sentíamos estaban de alguna manera entrelazados con mamá. Así me lo contó Luis en el último cumpleaños que le celebraríamos a Pilar. Mientras comíamos torta de chocolate, se arrimó a un costado y me explicó su teoría. Fue un análisis que me pareció siniestro, tanto que me enojé y le sugerí que inventara otras calumnias para vengarse de mí por no haber sido el hijo preferido de mamá.

            Pero Luis tenía razón y, de alguna manera, así nos defendíamos de la enfermedad. Pensábamos en las vacaciones o imaginábamos una visita a Buenos Aires y nos mejorábamos, aunque nunca cumpliéramos esos sueños.

            Con Pilar, el proceso fue distinto: las distracciones solo funcionaban por un tiempo. Cuando su estado empeoró tras una arritmia repentina y dolorosa, nos reunimos alrededor de la mesa de patas combadas del comedor. Con voz grave, Luis dijo lo que todos pensábamos, pero nadie se atrevía a admitirlo: debíamos olvidar todo cuanto nos recordara a mamá. Los malestares reaparecieron de inmediato. Pilar sintió una punzada en el pecho y a mí me dolió tanto el codo izquierdo que apenas podía estirar el brazo. Entonces, con notable sangre fría, Luis demostró que tenía razón: corrió a encender el televisor y puso el canal de noticias diarias. En esos momentos de dolor, lo esencial era cambiar de tema y hablar de cualquier cosa que nos distrajera. Y funcionaba: poco a poco nos sentíamos mejor.

Entonces acordamos destruir las fotos de mamá. Era lo último que conservábamos de ella: sus abrigos de pieles, sombreros de colores, anteojos y libros preferidos ya estaban en manos de amigos y familiares. Al principio se lo ocultamos a Pilar, temerosos de agravar la puntada casi crónica en su pecho y esa arritmia que, según Mayerstein, podía volverse peligrosa. Sin embargo, ella se enteró y nos sorprendió: abrió el primer álbum, arrancó los retratos de mamá y los arrojó al fuego sin una mueca de remordimiento. Aun así, acordamos seguir viviendo juntos, unidos como mamá había querido.

Pilar, a quien hasta entonces habíamos apartado de nuestras decisiones, pasó a participar en ellas. Tal vez era inevitable: había sido la primera en descubrir la muerte de mamá. Aquella mañana, Luis oyó ruidos en su cuarto y me pidió que fuera a ayudarla a levantarse. Me puse la bata y corrí. Encontré a Pilar jugando a los enfermos sobre el cuerpo rígido de mamá, cuyo rostro tenía el color de una aceituna fría. Al verme en la puerta, me explicó que mamá se había ido de viaje por un túnel gris y que ella la cuidaría mientras regresaba. Como no le respondí, dejó de saltar y se refugió en mis brazos. En pocos minutos dejó de ser una niña.

            Pese a los esfuerzos que desplegamos, siempre nos encontrábamos con cosas de mamá en la casa. Situación que le aumentaba el dolor en el pecho a mi hermana. Frente a esos sufrimientos, decidimos seguir quemando todo lo que nos recordara a ella. Y para asegurarnos de que el proceso avanzara bien, le pedimos a nuestra tía Carmen que se hiciera cargo de Pilar durante unos meses. Su respuesta fue inmediata: ¡Ningún problema! Y para dejarla mejor recomendada, le contamos las dificultades de salud que tenía.

Luego de la despedida de Pilarica, Luis y yo nos abrazamos. Ahora todo sería distinto; nos estábamos separando, le dije. Él me apretó fuerte entre sus hombros, me miró a los ojos y con su aliento a pisco sour, me aseguró que mamá hubiese hecho lo mismo en una circunstancia parecida.

            Cada vez que hablaba por teléfono con Pilar, terminábamos hablando de mamá. Le costaba dormirse por las noches, me decía. Pero le habíamos prometido un poodle y eso la hacía feliz. En un día lluvioso, con fuertes temporales en Santiago, me llamó a la oficina y, después de una conversación intrascendente, me preguntó qué habría pensado ella.

            -¿Quien? -le pregunté.

            -Mamá. ¿Qué hubiese pensado mamá de todo esto?

            Una puntada profunda se me clavó en el costado izquierdo del abdomen. Tuve que contestar cualquier mentira y colgar. Tomé aire, traté de meditar y estaba en eso, respirando profundo, ensayando la fase de las distracciones, cuando me llamó nuevamente. Me pidió disculpas, que la perdonara, me dijo, pero ya no la podía olvidar, y la única manera que tenía era llamarme a mí, no a Luis, pues Luis ya no la entendía. Le expliqué que la situación se estaba tornando crítica y que, por favor, se inventara panoramas, que fuera al cine, no sé, algo que la distrajera. No le colgué hasta que me juró que lo intentaría, que le dolía mucho, pero que Luis tenía razón, había que dejar de recordarla.

            Al despedirse, volvió a llorar y me preguntó de nuevo qué habría pensado mamá de todo esto. Me dañé los puños al golpear el escritorio cuando la escuché consultar lo mismo. Insulté al mundo, a mi hermano, a todos. Solo me calmé cuando vi entrar a Carola, mi secretaria de entonces, quien se asustó al verme con los ojos vidriosos y la vista cansada; apenas podía mover el brazo izquierdo.  

            Jamás imaginé que esa sería la última conversación que tendría con Pilarica, mi querida hermana. A las pocas horas traté de llamarla, pero nadie contestó.  Al día siguiente, nos telefoneó tía Carmen, quien, entre sollozos y gritos, nos suplicó que fuéramos pronto a su casa. Nos subimos al Fiat 600 de mi hermano y arrancamos sin fijarnos en nada; mirábamos hacia la calle a través de las ventanas mugrientas del auto como si estuviéramos dentro de un acuario de aguas turbias.

            Cuando llegamos a la casa, el vecindario se veía tranquilo. Tocamos el timbre y tía Carmen nos abrió la puerta. Tenía una toalla húmeda que frotaba frenéticamente entre sus manos frías y coloradas. Al entrar a la casa, en el zaguán oscuro, de inmediato me dolió un hombro y a Luis le dolió un pie y el oído izquierdo. El ojo derecho estaba inflamado. Nos dimos cuenta de que a Pilar le había sucedido algo.

            Mientras caminaba por el cuarto de tía Carmen, mi molestia artrítica se hizo insoportable, y fue como una ventisca helada cuando vi a Pilar tendida sobre una cama, en la misma posición en la que había terminado la mamá: con los brazos cruzados y unos dedos que parecían aferrarse a un pañuelo rojo. Luis la vio y salió corriendo. Salió apurado hacia el garaje para romper botellas de licor vacías, mientras gritaba que ya era demasiado, que ya no soportaba vivir de esa manera.

            Decidimos no asistir a la ceremonia religiosa. Habíamos quedado sin energías tras limpiar el cuarto de Pilar. Al escarbar entre sus papeles, las servilletas y la filatelia que coleccionaba, recuerdo que el corazón nos dio un vuelco al abrir un cajón y ver el álbum de fotografías con cientos de retratos de mamá. No podíamos creer que fuera hasta ese extremo testaruda. Luis me juró que había hecho desaparecer todas las fotos, incluso los álbumes vacíos. ¿Quién te ayudó?, le grité frente a tía Carmen que todavía no entendía nada de lo que sucedía.

            – ¿Quién te ayudó?, le repetí.

            – ¡Pilar! -me respondió-, con Pilar lo hicimos. Era la más convencida. Ella era quien mejor arrancaba los retratos y luego los arrojaba al fuego. Tú la viste. Tú la viste, me repitió con un llanto nasal.   

Después de esta segunda muerte, volvimos a reunirnos alrededor de la misma mesa coja del comedor. Esta vez decidimos separarnos y vender la casa. Nos abrazamos antes de partir: Luis se iría a Valparaíso y yo me quedaría en Santiago. Al verlo alejarse con sus lentes ahumados, comprendí que no estábamos curándonos. Nos arrancábamos el uno del otro mediante un procedimiento limpio y quirúrgico.

            Ya han pasado casi veinte años desde que partió Pilarica y, pese a lo que imaginaba, a Luis le ha ido bien, aunque continúa tomando mucho whisky (casi no prueba pisco sour) y cambia de pareja constantemente. Primero vivió con Iris, una colombiana con quien no tuvo hijos. Ahora sale con una maltesa, según me cuentan algunos conocidos, porque no me atrevo a contactarlo.

Desde que vivimos lejos, hemos perdido la confianza. Lo único que sé con certeza es que Luis es el presidente de una empresa de vapores importante -la Stanley Vapor, creo que se llama-, y su vida transcurre entre viajes interminables por asuntos de trabajo y descansos en Valparaíso. De vez en cuando, me envía postales desde rincones recónditos: el bullicio del Cairo o la selva de Camerún. En todas las fotos aparece comiendo, siempre rodeado de mesas rebosantes y con ese cuerpo que no deja de engordar, como si intentara llenar un vacío que nunca puede saciar del todo.

Desde que nos separamos, mi vida ha seguido un curso predecible, casi monótono. Podría considerarme un hombre exitoso: tengo cierto poder en el trabajo, vivo con Carola, una mujer luminosa, y juntos hemos tenido una hija vivaracha y tierna, cuyos besos me devuelven la esperanza. Sin embargo, ni siquiera esa felicidad logra disipar el fantasma de mi memoria. Sé que algún día, quizá pronto y sin previo aviso, ordenaré mis papeles, cancelaré mis compromisos y llamaré a mi hermano con la billetera abierta sobre el gran mesón de mi escritorio.

Hay una pregunta que me quema. Sé que no debo hacerla; Luis y yo lo hemos hablado y siempre llegamos a la misma conclusión. Sin embargo, algún día abriré la billetera, miraré fijamente la foto de mamá y, con los puños apretados, reuniré el valor para llamar a mi hermano y formularle la pregunta prohibida:

—¿Qué hubiese pensado mamá de todo esto?

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