¿Trabajo? (II)

Mi hermano, Álvaro, me responde en la sección de los comentarios lo siguiente:

Hola, Cristián. Lamento si esto termina siendo cierto. No me lo esperaba…nadie se lo espera…recuerdo a Adriana Bráncoli –hermana de Valentina, la mejor amiga de Anita – y quien trabajaba en Tottus (empresa de Falabella) y me dijo hace ya muchos años: “Álvaro, el despido nuestro está anunciado..es un dato”…yo pensé que no dejaría de trabajar en Falabella…me imaginaba siempre ahí.

Entiendo que estarían cerrando la planta y que aún no está claro que sucederá con cada una de las personas.

Te deseo lo mejor. Un abrazo grande.

Tiene razón mi hermano y Adriana Bráncoli: “el despido nuestro está anunciado, es un dato.” Y eso es justamente lo que me está sucediendo ahora, en este instante.

Me acuerdo de Stan Ovshinsky, nuestro antiguo jefe en otra compañía. En las oportunidades difíciles, cuando tenía que hacer algo donde cambiaba las responsabilidades de los que trabajaban para él, pedía un gran almuerzo para apaciguar el dolor o las resistencias. Mientras mejor era la comida que él ordenaba a un restarán cercano, más cuidado había que tener porque se avecinaba un cambio grande y peligroso. Por eso ahora trato de comer bien, al menos en Finlandia. Así son las costumbres. Claro que me ha costado comer bien por el tremendo resfriado que me ha golpeado apenas me bajé del avión. A lo mejor es el resultado de las malas noticias que me han bajado las defensas. Siempre he sido sicosomático. Y me ha costado acostumbrarme al cambio de horario, me ha sido difícil. Ayer eran las dos de la mañana, o las 8 de la noche en Michigan, mi hora natural, y no podía conciliar el sueño. Por la ventana me consolé, o me acompañé como pude, al ver una pareja en la vereda que por largos minutos se abrasaban y se consolaban de algo, o sufrían juntos de algo. Ella lo abrazaba mientras él agachaba la cabeza. Así estuvieron por un largo rato, unos 15 minutos, hasta que lentamente se dejaron de abrazar para irse caminando por la vereda ya vacía. Por el celular escuchaba las radios de Chile y de USA, como la Bío-Bío y la National Public Radio. ¿Confusión?  Quién sabe. Ya se perdía la pareja por la vereda y todo quedaba desierto, terminado.

En mi Hotel todo está tranquilo; a lo mejor ha sido por mi insistencia en pedir un cuarto alejado de los elevadores y del ruido. ¿Insistencia de un viejito?

Mi amigo, Tyler, me comenta que en su industria, la de software, a los 50 años ya te consideran un viejito, un desechable. Si te quedas sin trabajo a los 49 ya estás jodido, terminado, consumido y sin un futuro laboral.

En un rato más bajaré a caminar por las veredas, veré como se ve todo desde el mismo lugar donde estaba la pareja de la madrugada. A lo mejor me sentaré ahí, por unos minutos. para ver como se siente la ciudad, la vereda, mi futuro.

¿Trabajo?

Parece que Cristián está definitivamente entrando en tierra derecha. Ya le comunicaron que su trabajo, o mejor dicho la pequeña planta que el maneja, está en la mira, se acaba, es decir se termina la fiesta. Al menos han tenido la gentileza de hacérselo saber, me contó el pobre, después de haberlo conversado con su jefe cuando lo llamaron de sorpresa a su oficina. Son los baches que se encuentran cuando se administra una planta que no sale barata, y que se amplifican todavía más cuando se mezclan con los problemas financieros de la casa matriz. Es simple, se necesita podar para disminuir los costos fijos. Pocos días antes de que Cristián partiera hacia Europa por asuntos de trabajo, su jefe le mandó un e-mail donde le pedía que lo fuera a ver a su oficina. Lo hizo, y no había alcanzado a sentarse cuando de repente, de un tirón, su jefe le contó la firme. Claro que al poco rato como que se frenó y le pidió disculpas, que no había logrado poner una defensa exitosa para salvarlos, le dijo. Y que probablemente en el futuro se necesitaría una planta como la de ellos, es cierto, y ahí vendrían todo tipo de recriminaciones, pero así son las cosas, así ocurren, y la decisión estaba ya tomada, había que cerrar la Planta.

 

Su oficina se notaba ordenada, pulcra, como la de un dentista, me contó, Cristian, y me dice que casi se cayó del asiento porque no esperaba una noticia como esa. Claro que su jefe no se dio cuenta, ya a estas alturas, Cristián finalmente a aprendido a disimular mejor las sorpresas, los desencantos. Hasta ese momento todo le iba resultando bien, incluso le habían pedido que fuera a prestar ayuda a Europa; por eso la desilusión tan grande. Su jefe después de pedirle nuevamente disculpas le dijo que se sentía como un sepulturero. Pero se notaba gentil, me cuenta Cristián, aunque había algo bastante cierto con esa caracterización, me dijo, porque tenía definitivamente algo de sepulturero, aunque él no se diera cuenta, no lo notara. Pronto y pasada la primera sorpresa, por breves momentos todo fueron tramites, firma aquí, le dijo, lee aquí, le dijo, para certificar de que ya lo habían informado, y donde se comprometía a no contarle nada a nadie todavía, a nadie de su grupo. Lo firmó. Su jefe respiró aliviado, como un dentista después de una faena dolorosa, ya había pasado lo peor. Después de eso hablaron poco, pero Cristian le preguntó si todavía lo necesitaban en Europa. Que sí, le dijo, de todas maneras tienes que ir, de manera que Cristian continuó con los preparativos del viaje. Antes de salir de la oficina, le dijeron que también habían posibilidades en otros lugares, en otras plantas, que no estaba todo perdido, pero desgraciadamente la Planta actual y que él operaba tenía que cerrar.

 

A los pocos días y en la casa de un amigo, de Tyler, Cristian contó lo que le estaba sucediendo. ¿Qué hacer? ¿Continuar con el viaje o simplemente cortar por lo limpio y cancelarlo todo, partir, no verlos más? No, le dijo Tyler, sigue, continúa, le contestó, de seguro ya tienen un plan para ti. Ellos también son previsibles, le recordó, en ese sentido tú también puedes considerarte como sentado en el asiento del chofer. Espera, mira, ve, le dijo, Tyler, un buen amigo y que en ese momento preparaba unas pizzas humeantes mientras ofrecía vino de La Rioja. Tienes que actuar con la cabeza fría, le aseguró, mientras le acercaba el vaso. Por suerte nuestras hijas, le contestó Cristián, ya crecieron y no les estamos pagando por la educación, o para mantenerlas, pero es complicada la sorpresa, el portazo, le dijo, eso duele.

 

Cuando llegó a su casa, Cristián sintió que le había ayudado el conversar el tema, tocarlo, mostrarlo para poder sorprenderse nuevamente o avergonzarse juntos. Por suerte las rutinas lo están ayudando, porque al poco rato de llegar, se puso a limpiar, a lavar platos, y a pasar la aspiradora. Los gatos le pedían comida y Copo, el perro regalón, lo esperaba para salir a caminar. Pero distraídamente se sentó en una mesa y se puso a ver un álbum de fotografías viejo, uno de tapas rojas y que se notaba trajinado. Entre las muchas fotos que tenía entre sus manos, vio una de sus padres sentados en la mesa de Algarrobo. Y notó con sorpresa que no se veían tan viejos como él los recordaba, y más bien parecían tener la edad de él ahora. Se acordó, contrariado, lo viejo que él sintió a sus padres en esos años, cuando los podía ver sentados en esa mesa de Algarrobo conversando, o terminando de comer para después ir a descansar. Trató de imaginarlos nuevamente de esa edad, y conversando con él ahora, todos juntos. Algo imposible, es cierto, pero que distinto habría sido, pensó, todos en la mesa y conversando como si hubieran tenido edades parecidas.

 

Tiempo atrás un amigo sorprendió a Cristián cuando sin motivo alguno le confesó a la pasada, que desde hacia tiempo que notaba que al llegar a una fiesta, a alguna reunión, a un encuentro, él era el más viejo de todos los presentes. Ahora ya notaba eso, y se lo confesó como mostrándole las curiosidades de este mundo.

 

Por la ventana del Hotel se ve una noche oscura aquí en Finlandia. Pilar me cuenta que antes de chutear definitivamente el tarro, le gustaría ver la aurora boreal.  Tenemos que hacerlo, alguno de estos días lo vamos a lograr.

La familia…o secretos de familia, o simplemente los secretos (V)

La nota siguiente no fue escrita por mí, pero me habría encantado haberlo hecho. Es un texto que escribió un amigo en respuesta a las notas anteriores referente a las familias y sus historias, sus secretos. Son recuerdos personales que parecerían muy ajenos, pero que de una manera bien especial los siento bien cercanos, casi míos; a lo mejor eso sucede por lo universales que son, por esa fibra humana que tocan donde se muestra un mundo, un universo personal, pero que también es nuestro por ese acercamiento tan entrañable hacia la vejez. Están editados mínimamente, y cuando lo hice, fue solamente para acercar ese recuerdo a la verdad emocional de esos momentos -aumentar “el eco”, como dice mi amigo-, que es lo que verdaderamente importa. Puede leerse mejor probando un cafecito sin apuro, o sentados frente al mar. Aquí va:

 

Cristián, leí tu relato y me quedó resonando, con eco, lo mismo que el relato anterior, el de una semana atrás. Pero no te preocupes, el que me provoquen eco es bueno, es positivo, no es como cuando escuché en una oportunidad poco feliz, el cuarto está mal amoblado, vámonos de aquí, se siente eco, me decían, y lo decían como un dictamen condenatorio, fulminante; así que nos fuimos, nos escabullimos raudamente como si el eco nos hiciera mal, nos enfermera.

Los ecos respecto a los recuerdos, que de por sí son imperfectos, de poca fidelidad, pueden no coincidir perfectamente con los hechos o las percepciones atesoradas, pero construyen nuestra vida. Siempre he tenido buena memoria, lo he sabido continuamente y lo he podido confirmar en mi vida diaria; de hecho hasta los 30 o más años padecí de una híper-memoria, una desagradable manía o capacidad de guardar todos los detalles de algo que me había sucedido. Y más que evocar, después me transportaban de cuerpo presente al instante vivido previamente, y dado que cuando chico era tímido, callado, me empujaban de regreso a esas “planchas” o momentos difíciles, pero también hacia la alegría. Eran fuentes que me ayudaban a revivir las emociones. Esa conciencia tan vivaz de los momentos pasados debí trabajarla incluso con algo de terapia, ya que episodios de culpa mínima hacían recriminarme varias veces el mismo hecho hasta el atontamiento. Logré sobrepasar esos temas, pero los hechos se han quedado siempre ahí, siguen vivos, y los busco y saco a voluntad cuando deseo.

Trataré de contarte algunos episodios que ilustran como los recuerdos soportan nuestras vidas cual andamios o hilos firmes que nos posicionan en lo que somos.

Mi madre tiene 89 años y ha estado enferma en estos días. Siempre ha sido hipocondríaca. Creo que hace unos 30 años que no sale de su casa por más de cuatro horas. Ayer sábado, mi hermana y mi padre la llevaron a la Clínica después de averiguar si podían hacerle imágenes con equipos de campaña, es decir con rayos-X’s portátiles, ecógrafos, etc. Se enteraron de que no es posible, y de serlo sería caro y bien poco común. Pero al menos aprovecharon de pasearla por Valdivia. Me enviaron una fotos donde se ve feliz, casi como descubriendo por primera vez esa ciudad y sus calles que fueron sus dominios durante tantos años, cuando manejaba su auto junto a ese carácter fuerte y complejo heredado de sus abuelos, esos de rancia aristocracia y donde se “roteaba” sin miramientos a quien no fuera “como uno”. En un momento, la discusión más enredada se centró en como bajarla del auto y subirla a una silla de ruedas. Me cuentan que los dejó a todos mudos cuando zanjó la discusión con un…. “no, por favor, no; que todo Valdivia creerá que soy vieja. Pásenme un sombrero grande y con anteojos”. ¿Qué percepción tendrá de ella misma? ¿La de cuarenta años atrás? He conversado largamente sobre estos temas con ella, sobre el paso de los años y donde le gustaría vivir en el futuro. Me ha dicho que le gusta estar donde están sus cosas, sus revistas, sus recuerdos; al final ese es su mundo, el suyo propio. Y siempre me agrega como para convencerme, ¡en otros lugares no sabría donde está el baño, mijito! ¿Cómo lo hago si necesito el baño? Dime, dime: ¿cómo lo hago? El baño, ¿me entiendes, mijito? ¡Tanto te cuesta entender a tu propia madre, la que te parió!

¿Qué puedo explicarle a mi madre? ¿Imaginará que muchos lugares ya no tienen baño, o que los baños ahora los esconden, los mueven, son portátiles, los cambian de lugar? Realmente no lo sé.

Mientras conversábamos sobre los baños traté de ordenar una rima de revistas polvorientas que a todas luces nadie había leído en décadas. Pero de improviso y de una esquina del dormitorio, como si me llegaran ecos de un país lejano, me ordenó afligida, deja mis cosa ahí, no revises nada, no muevas nada, no cambies nada. Me levanté titubeado, -sin moverle nada, por supuesto- pero recordando, repasando todos esos años que vivimos juntos, cuando de sorpresa vi sobre su velador las cartas que le escribí cuando nos fuimos becados a Rumania, por ahí en el año 86-87. Las tenía delicadamente abiertas como recién llegadas por correo, con esos sobres y papeles crujientes y translucidos de bordes tricolores. Las había releído y vuelto a releer y vuelta a sorprenderse con las noticias de mi juventud como si las cartas le hubiesen llegado una semana atrás. Tampoco se las cambié de lugar, no se las toqué, pero noté con pena que esa realidad, la de mi madre, y esa percepción tan vívida de su entorno cercano y su cobijo, la hacen sentirse segura; ese es su espacio, es lo conocido, ese es su hábitat. Noté que sus recuerdos le permiten afirmarse en ellos como muletas, como “burritos”, para seguir, para continuar hacia adelante con su vida.

Mientras te escribo este correo me avisan que murió su perro, el Chopo, esta mañana a las 3:30 AM. Lo enterraron a las 7:30 en el jardín; creo que será un golpe fuerte para ella; fueron 16 años de un fiel compañero que la escuchaba y no la contradecía, no la contrariaba. Mi padre me confiesa que ese estado de máxima dependencia en que se encuentra ahora, lo obliga a estar anclado en la casa y sin poder moverse.

Salgo de su cuarto mientras la escucho todavía lejana, todavía distante; y que no le toque las cartas, me recuerda, deja mis cosas ahí, me pide, no revises nada, no muevas nada, no cambies nada…..

Me quedé levitando afuera de su cuarto y esperando algo (¿a alguien?), sin moverme; esta vez era yo el que no movía nada. Toda la casa y los pasillos estaban en silencio y creo que llegué a palpar el aroma de las alcayotas. ¿Qué edad tendría en ese entonces? ¿Qué edad habré tenido? Corría el año 66 o 67 cuando llegamos a este sitio que nos parecía tan lejano, húmedo y desconocido, con olor a pinos y a ese barro hediondo que rodea a las alcayotas. Llegamos en un auto de color granate y con olor a tapiz nuevo. Y con mis 10 años me preguntaba si mi padre sabía lo que estaba haciendo. Y ahora, frente al implacable paso de los años, puedo decir que sí, me he dado cuenta que invariablemente supo lo que estaba haciendo; y nos hizo partícipe de sus sueños y también de sus locuras, esas que se han quedado conmigo para siempre. Son recuerdos que como el burrito de mi madre, todavía me acompañan y ayudan a moverme en esta vida.

 

Y mi amigo termina el texto con evocaciones que parecen oraciones, lágrimas, o simplemente eso: recuerdos de familia…… pero ya sin los secretos:

-¿Te acuerdas de la alfombra roja, en tu casa de Avenida Suecia?

-¿Lo potente del sol que se acrecentaba y crecía por las rendijas de los postigos a medida que avanzaba el día, en tu casa de Avenida Suecia?

-¿La crujidera de las maderas del pasillo, en el segundo piso, en tu casa de Avenida Suecia?

-¿El olor del baño de la Guillermina, la empleada, siempre con filtraciones y humedad, en tu casa de Avenida Suecia?

-¿El portazo que daba tu padre al llegar o al irse al hospital, en tu casa de Avenida Suecia?

-¿Esa bodeguita/bar, bajo la escalera, llena de arañas y polvo y más arañas, en tu casa de Avenida Suecia?

Sí, me acuerdo; me acuerdo de todo eso y mucho más.

La familia… o secretos de familia, o simplemente los secretos (IV)

¿Por qué escribo estas notas? A veces siento que lo hago y las escribo pensando en los amigos, los sobrinos, sobrinas y amigos especiales, esos amigos que son casi parientes, y otros que ya están en otra parte, que han partido lejos, como Ignacio Carrión, que falleció, murió, pero que de todas maneras imagino leyendo por ahí, en España. Imagino que si ya no puede leer, al menos le abría gustado leer una de estas notas, algo así como un saludo tardío, trasnochado. A lo mejor por eso todavía se las mando por e-mail a Chus, su viuda.

 

Mi tío Lalo, tío por lo amigo, tío por lo cercano, tío por los e-mail que nos escribimos, y tío porque somos parientes por el lado de la Pili, me manda mensajes y cometarios a las notas que a veces lee. Tiene un grupo de buenos amigos que se juntan en un supermercado Jumbo para conversar y verse y contarse historias frente a un cafecito, un pastel de choclo o un sándwich de pernil. La última vez que fui a Chile me invitaron a compartir con ellos. Me encantó escucharlos en ese juego de mirar hacia atrás como riéndose del mundo, para después mirar hacia delante pero ya con más reticencia; todavía alegres, optimistas, y como si todavía tuvieran ese horizonte amplio, infinito, de un tipo de veinte años. Recuerdo que me gustó saber de un amigo de mi tío Lalo, un buen amigo de su grupo, que ya en el Hospital, en su lecho de muerte, se alegraba cuando mi tío le leía las notitas que le llegaban por e-mail. Me llenó de felicidad saber que se las llevaba a su amigo enfermo. Me lo imaginaba sentado en una silla, en un cuarto de hospital, leyendo, y ese amigo escuchando, y a lo mejor en sus buenos momentos, todavía transportándose hacia otros mundos por intermedio de la imaginación y las palabras. En un mensaje de hace pocos días, mi tío, me escribió….. “estás recreando una vejez interior hermosa acorde a tu “mate”, y eso es bueno. Yo me demoré demasiado en lo mismo. Cuando conversamos con los viejos (que tú conoces) coincidimos con lo tuyo. Por lo tanto es fácil deducir que llegando a los 60 afloran los análisis y los recuerdos maravillosos. No se te ocurra perder la memoria; es morir y caminar como un zombie. Tengo grandes amigos que están en esa situación horrible. La torta de la juventud ya la comimos, y ahora sin retorno, no queda otra que comernos la de la vejez, que tiene sus ventajas mientras no haya dolor y soledad. Un abrazo. Lalo”

 

Es interesante eso que muchas veces nos ocurre, esas vivencias o sufrimientos o soledades que percibimos como tan privados, son en realidad bien universales. Otro amigo me comentaba lo siguiente….” Veo la nota que escribiste respecto de tu familia que también es un poco mí familia. Son cosas que nos pasan a todos y las contamos poco. Así creemos que somos los únicos sufrientes en este drama humano. Me cuenta un amigo que perdió a su padre hace como un mes, que varias veces lo ha visto caminar por el centro, por las calles por donde iba a almorzar o a tomarse un café. Ha corrido a hablarle, ha corrido a saludarle y se ha dado cuenta en un flash amargo, que su padre ya murió hace pocos días.” Y, Patricio, otro amigo, me cuenta lo siguiente…. “curioso lo del departamento de Vicuña Mackenna en sus primeras cuadras, donde se ubican hasta hoy las dos edificaciones en las que transcurre tu relato. La Facultad de Química y el departamento de tía Maruza. Esas áreas han sido defendidas férreamente por el plano regulador de Providencia; tanto Vicuña Mackenna como el Parque Bustamante, que se ubica al oriente de este. El área esta tal cual y debes recordarla, nada se ha demolido ya que solo se puede reconstruir lo mismo, no hay riesgo de que eso se caiga. Han desaparecido tus tíos y nana, no así su entorno, menos tu recuerdo. Quizás otra pareja de viejos y su antigua nana viven en un departamento de parqué rojo-oscuro brillante, de cortinas pesadas y esa luz que solo dan las primeras construcciones de hormigón armado, de ventanas pequeñas y rasgos de muros anchos. Ahí cerca de una callejuela transversal, Almirante Simpson, hay un antiguo restarán/prostíbulo llamado “Casa de Cena” donde van viejos contadores e hípicos quebrados, algunos de la construcción. Cuentan que es otro mundo, su mundo, donde hay otro tiempo y otras costumbres; es como ir al caminito de Buenos Aires, locales con luz de tango. Voy con eso de que la memoria nos ayuda a mantener el rumbo de la vida, y que uno completa muchas veces lo faltante. Cuando los padres no están, uno vive una vida proyectada, haciéndolos vivir a ellos, acompañándonos, como viendo fotos antiguas de cuando éramos pequeños; ¿cuanto de recuerdo hay ahí, y cuanto es pura construcción de nuestra realidad? De seguro mi hija, hijos deben cruzarse con varias Maruzas y Pepes y nanas Teresas luciendo delantales mojados y lunares carnudos y peludos. Muchos de ellos buscarán aún a alguien conocido o parientes entre sus recuerdos que seguramente también han ido perdiendo poco a poco.

Un abrazo, ¡sigamos buscando!”

 

O a lo mejor es uno el que terminará paseando por esas calles, Patricio, o por otras calles,  Patricio, viviendo en un país lejano y de otro clima, buscando y regresando a sus orígenes a medida que se quema el tiempo, a medida que se acorta el tiempo, transportándonos hacia esos tomates jugosos que un día me ofrecieron en el departamento de mi tía Maruza, empujándome hacia otro abrazo con Teresa, la empleada bigotuda que me apreciaba tanto, la empleada bigotuda que fumaba tanto, y a lo mejor en veinticinco años más –con suerte, con bastante suerte-, ya completamente trasnochado y rodeado solo de recuerdos, y leyendo unas notitas semanales que me manda alguien por e-mail, un amigo, ya rodeado de fotos viejas, desteñidas, rodeado de fotos torcidas donde veo a alguien que se parece a mi padre cuando chico, o a uno de mis hermanos cuando éramos pequeños, fotos robadas a tirones de algún álbum, me acercaré a darle un abrazo a un joven de 20 años, aquí en Michigan, en Ann Arbor, que encuentro parecido a alguien “de mi tiempo”, a alguien que veo en esa fotos, para hablarle de Teresa o de mi tía, para darle un abrazo sin notar que eso no se hace, que eso no es necesario porque el mundo se ha movido hacia otros horizontes, hacia las nuevas generaciones que lo intentan hacer mejor que uno -espero- o igual que uno –espero que no- . Pero el joven de chaleco de lana blanca, patagónica, se asustará al chocar contra mi lunar carnoso y peludo que ya no puedo disimular sobre mi rostro, que ya no me puedo afeitar, y dejará su celular a un lado para preguntarme bien nervioso, para preguntarme bien asustado, qué deseo, qué busco, qué me pasa. A lo mejor ahí me daré cuenta que he llegado al tiempo de la despedida, y que hay que darle el turno a otro.

La familia…o secretos de familia, o simplemente los secretos (III)

Todavía recuerdo mi entusiasmo; porque llegué tarde a eso, al entusiasmo; me costó esfuerzo descubrirlo, pero una vez que me tocó, se quedó conmigo y se ha demorado en emprender su vuelo, en abandonarme. Noto, eso sí, que con los años el entusiasmo se opaca poco a poco y pierde altura, noto que ya me cuesta más esfuerzo interesarme en algo que descubro, por ejemplo, en algo que aprendo, pero felizmente el entusiasmo no ha desaparecido del todo, no completamente.

 

Mi último entusiasmo en esta “fase de los entusiasmos” ha sido la memoria. Encuentro que es justamente ahí, lo que hemos vivido a través de los años, lo que hemos conocido a través de los años, lo que hemos sufrido y gozado a través de los años, eso es lo que nos hace verdaderamente únicos y distintos….. pero siempre que lo recordemos. Si en algún momento pierdo un brazo, creo que seguiré siendo el mismo de antes, pero si pierdo mi memoria, mis recuerdos, ahí creo que es grave, ahí empiezo a ser otro.

 

Son curiosas las escenas, las conversaciones, los actos que a uno se le fijan para siempre; no conozco cómo funciona ese mecanismo en el cerebro por el cual uno los selecciona y guarda. El departamento de ellos, por ejemplo, quedaba bien cerca de la antigua Facultad de Química y Farmacia donde yo estudiaba en ese entonces, casi vecinos, por eso mi padre concertó una visita mía, por qué no los vas a ver, vas a almorzar, me dijo. Y así lo hice, fui a ver a su hermana, a mi tía Maruza a su departamento para comer algo y saludarlos. En ese tiempo estudiaba química y me resultaba fácil ir a verlos, y por eso fui; además deseaba verlos. Terminé una clase de química en uno de esos auditorios de madera bien usada, antiguos, y pasé a verlos. Lo curioso es que el único que almorzó en ese momento fui yo, porque el único que se sentó en una mesita fui yo, el único que probó un pan con tomate y jamones fui yo. Mi tía Maruza estuvo ahí, se movía y conversaba pero nunca se sentó a la mesa, y los pobres me atendieron como si estuvieran rindiendo un examen de grado fulminante. Recuerdo que me ofrecían unos tomates lindos, rojos y jugosos, eso lo recuerdo bien; y que no paraban de rebanar tomates, de producir torrejas de tomate jugosas para que no me fuera a faltar nada. Nos dijimos poco a través de las palabras o en lo conversado, pero nos dijimos mucho en nuestros gestos, donde lo más importante fue encontrar un hueco donde pudiéramos poner las manos, o donde las pudiéramos dejar quietas o escondidas. El tío Pepe no estuvo presente, pero su figura la sentíamos sobrevolar sobre el departamento como una sombra grande. Además de mi tía Maruza, estaba su empleada, Teresa, la empleada de “puertas adentro” que tuvieron siempre. Ella lucía un delantal de cuadritos azules un poco sucio y donde se sobaba las manos y se las secaba. Fumaba mucho, y tenía los dientes cafés y picados de tanto fumar. Cuando uno la saludaba, siempre me fijaba en sus dientes. Y sobre su rostro lucía impunemente una barba y unos pelos negros, largos, o blancos, como canas, y que nunca se afeitó. Pero cuando ella me veía dejaba de fumar para abrazarme como si hubiese sido un hijo suyo. Genuinamente creo que me apreciaba, y la recuerdo con cariño. La última vez que la vi, iba saliendo del Hospital del Salvador. A lo mejor fue en una de sus visitas rutinarias poco antes de morir.

 

Me he dado cuenta que muchos de los mayores de esos años estaban más perdidos que uno, algo así como si el trabajo de ellos hubiese sido mostrarse invulnerables, aunque fueran vulnerables, fuera dar la impresión de que lo sabían todo aunque eso no fuera realmente cierto, porque pese a sus años sabían poco, y conocían incluso menos.

 

Es interesante poder llegar a la edad de uno para mirar hacia atrás, y hacerlo con los anteojos de padre, es decir uno mismo y después de transcurridos varios años como padre, padre de dos hijas. Y después lo veo a él –mi padre- y su misterio crece, a lo mejor porque fuimos “fabricados” en generaciones diferentes y con problemas distintos. Su historia no fue nunca mi historia, y tampoco se la conocí completamente. Se que  trató de hacerlo lo mejor que pudo, como lo he tratado de hacer yo, y también sé que se enfrentó incógnitas tremendas, abandonos que yo no conocí. Lo veo caminar, muchas veces lo imagino caminando, pero lo veo caminar solito.

 

 

¿Y cómo podría terminar esta notita, ahora, en un día de agosto, en una noche de agosto, en el 2018? ¿Cómo hacerlo ahora en Míchigan, cuando mi tía Maruza y Teresa y mi padre y N. N. y tantos otros ya se han evaporado? Me gustaría hacerlo imaginando a Teresa, la barbuda, la de pelos negros y largos sobre el rostro, o blancos, canosos sobre el rostro, elevando volantines o jugando con el avión del tío Pepe, y el tío Pepe cortándome más torrejas de tomate y riéndose, finalmente riéndose y ofreciéndomelas en el almuerzo, y a mi padre en el auto, de regreso a casa, contándome que un día se sintió muy solo, eso que los adultos nunca nos confesaron o nos dejaron ver porque estaba casi prohibido hacerlo, o porque uno a lo mejor les pedía que supieran de todo, o que entendieran de todo y nos hablaran de lo bueno y lo bonito. Y uno entonces dejaba de mirar por las ventanas del auto, dejaba de mirar hacia afuera, hacia los edificios altos que parecían moverse a gran velocidad, para mirarlo a él.

La familia… o secretos de familia, o simplemente los secretos (II)

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“Corría Marzo del 2002 y a insistencia de tu padre, Cristián, fui a ver el mausoleo familiar en el Cementerio General. Está en la puerta de Recoleta, cerca del acceso y mirando al Cerro Blanco, desde el ingreso hacia la derecha. Fue comprado por Adelaida Puelma el año 1945. Es una edificación de color mortero gris, cubierta a dos aguas y rejas de fierro pintadas de color verde. Te adjunto las notas que tomé mientras tu padre, recostado, me dictaba los nombres. También te adjunto la ficha del mausoleo, donde se ven los sepultados. Está tu bisabuela, un Agliati, que pensé era el niño de la foto, pero no cuadrarían las fechas. Hay dos tíos tuyos, Juan A. Morales Puelma e Isabel del Carmen Morales Puelma. ¿Los conociste?”

                              Morales Puelma

 

Sí, a mi tía Isabel la conocí, Pato. Pero fueron saludos rápidos, donde uno se miraba a los ojos pero era poco lo que se podía decir, o era poco lo que se estaba permitido expresar. Mi hermano, Gonzalo, en la sección de comentarios de la nota anterior, menciona:…..”yo acompañé al papá a verla unas tres o cuatro veces cuando era niño. Ella estaba enferma de algo, y él la pasaba a chequear. Vivía en una casa de Ñuñoa. Yo veía que no había cariño entre ellos, y un día le pregunté al papá la razón de esa lejanía. Me contestó que cuando era niño chico él había tenido que irse a vivir con ella, y que siempre lo habían tratado de allegado, sin cariño, como una molestia. La tía Isabel nos ofrecía tomar once, y ofrecía jamón. El papá nunca lo probó o tocó. Yo tampoco, siguiendo lo que él hacía. Me contó que solo desde que se había recibido de médico el trato hacia él se mejoró; pero él nunca pudo olvidar las humillaciones que pasó. Cuando le mencioné que ella me parecía pobre, me respondió que tenía mucho, pero que no gastaba en nada. No supe nunca cuando murió.”

La ficha de sepultaciones que no miente:

Ficha mausoleo cara 1

Según la ficha de sepultaciones que muestro más arriba, Isabel del Carmen Morales Puelma -tía Isabel- falleció el 20 de Enero de 1992. Y yo también fui con mi padre (Juan Luis Fierro Morales) a verla varias veces a su casa, ahí en Ñuñoa, una casona de un piso, blanca y de jardín descuidado, con matas polvorientas; pero nunca hubo una visita como para sentarse o me ofrecieran café o un chocolate caliente. Tampoco percibí ese trato frío que describe mi hermano, Gonzalo. Creo, más bien, que ella me miraba sorprendida porque a lo mejor veía a mi padre, porque físicamente me parecía a mi padre, me parezco mucho a él. Pero verdaderamente “a ellos” no los conocí. Para mí esos parientes estaban vedados, había misterio, mucha lejanía, guantes. A veces los notaba, sobre todo a mi tía Maruza; pero fueron contactos esporádicos y bien medidos, como visitas legales y donde mi tía Maruza, la hermana de mi padre, se sobaba mucho las manos como para sentir otro cariño, ese cariño y afecto que tanto le faltó. Al final, cuando yo le cerraba la puerta de entrada –las pocas veces que nos visitó- se fue también apresurada y calladita a tomar la micro de regreso a su departamento ubicado en Plaza Italia, escondido en Plaza Italia.

 

“¿El de terno cruzado no será un Agliati, Cristián? El cadáver de N. N. Schwerter Warner es digno de ser investigado, según la cuidadora. Al visitarlo y hablar largamente con ella, que sabía mucho de quienes “están” ahí, me abrió el mausoleo y bajé incluso a la cripta. Capaz que lo hayas visitado y lo conozcas y estoy contándote una noticia antigua?”

 

No, no conocí nada de eso, Pato, y tampoco nada de lo que me cuentas es noticia antigua. Creo que el hombre tieso, a la izquierda de la foto, de terno cruzado es un Agliati, el que molestaba a mi padre, pero como dices tú es difícil saberlo ahora, cuando ya casi todos están muertos, y mezclados con un N. N. Schwerter Warner que también nadie conoce.

 

La cuidadora de nombre María Teresa, se enorgullecía de conocer las historias de los muertos de “su calle”. En ese entonces se veía de unos 65 años, y ya marchita. Al hablar con esa mujer -vestida con una “pintora cuadrille” azul y blanco, y sobre esa prenda un delantal blanco- dijo que N. N. era un niño. N. N. Schwerter Warner, y que murió en el 46; era un niño.

Estos cuidadores tienen encargados los sepulcros por calles, y a ella le correspondía la tercera de Tilo. Viven de un mísero sueldo y cobran a los deudores y visitantes para mantener limpio el lugar. Me sacó la cuenta y pagué algún monto. Ella me dijo, después de preguntarme quien era yo, que soy Patricio, le dije, yerno de Juan Fierro, hermano de Maruza. Ah, María, me contestó, “la más nueva” de aquí, insistió como sacando cuentas. Sí, Juan hace tiempo que no viene, y agregando en seguida, que averigüe, señor, averigüe sobre “el alemancito N. N”. Es un olvidado. Que averiguara bien quien era N. N. si estaba interesado en la familia. Imagino que quiso decir que debía develarse su historia y al menos saberse quien era, sacarle el N. N. Ahora algo más de 16 años después lo podemos hablar, en su momento lo pensé y al dejar la reja del “General” como le dicen aquí al camposanto, preferí callarlo y ni tocar el tema con tu padre. Nadie hasta ese momento había revisado el documento que te mando.”

Acabo de ver el día de otra visita –cuando lo hice solo- fue un viernes. Yo estaba vestido de terno. Le avisé a tu padre…pero me dijo que fuera solo, que le contara después.

 

El único que está enterrado ahí y que no es de la familia es María Teresa del Carmen Yordi de la Fuente, y claramente, al final de la página, se lee el permiso y una explicación….. “desde luego se autoriza la sepultación de María Teresa del C. Yordi de la Fuente”. ¿Y donde está la autorización para sepultar a N. N. Schwerter Warner? ¿Donde está esa explicación que llora a gritos? ¿Donde se puede leer…….”desde luego se autoriza la sepultación de N. N. Schwerter Warner?”

En ese momento Pato tampoco le consultó a mi padre sobre N. N. Schwerter Warner. A lo mejor no lo hizo porque mi padre ya se había levantado desde donde le dictaba, o a lo mejor porque lo notó más triste al recordar su vida, o a lo mejor se coló ese dicho de mi madre y le creyeron, le creyeron esa historia de que a los muertos no hay que molestarlos, “……hay que dejarlos tranquilos, Cristiancito”. Pato ya había conversado con la cuidadora pero no alcanzó a preguntarle nada más.

La cuidadora, María Teresa, fue un personaje bien pintoresco. Como nos cuenta más abajo, Pato, trabajó toda su vida en eso. Llegaba al abrir el cementerio y se iba por la tarde, aún está un kiosco de dos por dos metros, atrás de los mausoleos y cerca de una llave de agua y una acequia. Llegaba bien temprano por las mañanas y así lo hizo hasta pocos días antes de morir, cuando terminó juntándose con todos ellos, y donde finalmente llegaría a ser “la nueva de aquí”, “la nueva del lugar”, aunque fuera solo por un rato. Finalmente entró a ese lugar donde también hay casitas pequeñas, calles reducidas y rejas de entrada, y donde la gente los visita y se prepara para cuando los sorprenda el turno, el turno de ser “nuevos” por un rato.

 

Hola, Cristián, estoy trabajando en un monumento, postulo al monumento en honor a Patricio Aylwin. Es un proyecto complejo y multidisciplinario. Curioso; de los que estamos en este concurso, el único que lo vio de cerca soy yo. Almorcé varias veces con él en Algarrobo, cuando se juntaba con tu padre. Estoy estudiando los pliegues de los ropajes de las estatuas en el cementerio. Aproveché de pasar a ver a la señora del mausoleo Morales Puelma pero se murió. Se llamaba María Teresa. Ahora su hijo, Luis, está a cargo de todo, y solo los fines de semana. Me contó que una señora María Luisa es la única heredera que visita el mausoleo cada tres meses. Ella le da diez mil pesos cada vez que va y le deja el vuelto. Tiene su sepulcro reservado en la cripta, el de la izquierda superior. Es pariente de un Morales, según dice, Luis. Me dio su número de teléfono para que la llamara y sepa de ella. Es muy viejita, según dichos de Luis. Al preguntarme por qué venía al mausoleo, le dije que por Juan, hermano de María Josefa (mi tía Maruza). Se ubicó inmediatamente.

 

Uno llega a una edad donde las explicaciones más descabelladas ya tienen sentido. Y creo que he llegado a puerto, creo que llegué finalmente a tierra firme. Ya se me han quitado los mareos, tantas dudas y el misterio. Saquemos la cuenta, juguemos con los números. Según las fechas que nos muestran las tumbas, mi tía Maruza nació el 6 de abril de 1915. Imaginemos que ella tuvo ese hijo prohibido, un borrón, a los 18 años. Eso nos trasladaría al año 1933. Sabemos que N. N. Schwerter Warner murió en el 47, y cuando todavía era un niño. ¿Qué edad tendría N. N? Aproximadamente 14 años (1947-1933 = 14). Es decir un niño; la sugerencia de la cuidadora calza, llora, y adquiere nombre y apellido.

 

Al conocer todo esto, noto que la amargura de mi tía Maruza ahora alcanza un sentido nuevo, y la entiendo, como que todo se me aclara con N. N. atribuido a ella, “el alemancito” N. N. Schwerter Warner abandonado ahí; probablemente un primo mío. Ahora entiendo por qué nunca hubo una Navidad juntos, nunca un paseo juntos….. y nunca una visita a la rápida y sin juicios certeros, lapidarios. Mi tío Pepe Agliati (marido de mi tía Maruza), por ejemplo, jamás entró a nuestra casa, ninguna vez. Y la abuelita María, la mamá de mi padre, tampoco, nunca nos visitó, jamás entró a nuestra casa. Yo era niño y simplemente acompañaba a mi padre y la pasábamos a ver a su departamento ubicado cerca de Plaza Italia, eso fue todo. Tampoco nunca recuerdo a mi madre tocando el botón de entrada en ese departamento. Recuerdo que al entrar, el brillo del parqué y el silencio de los cuartos contrastaba con el bullicio y el polvo de la calle, en Avenida Vicuña Mackenna al llegar a Plaza Italia. Ella siempre estaba en cama y le contestaba a mi padre todas las consultas relacionadas con los remedios que estaba tomando, o las horas en que se los tomaba. Su cama era alta, enorme para un niño chico como uno. Estaba construido de una madera oscura y que brillaba (ahí adentro muchos objetos brillaban). Tenía una cómoda robusta y lustrosa, y cubierta con más remedios y más adornos chispeantes. Mi hermano Alberto me cuenta que ahí guardaban unas castañuelas que ella, en sus buenos días, supo usar como una experta. Me encantaba una ardillita enana de piel café, que después de muchos años y algunas visitas, me la puso entre mis manos para regalármela. A veces también veíamos a la hermana del papá, mi tía Maruza, que como escribía antes, cuando me veía me hablaba de Dios, del niño Jesús y me saludaba haciéndome la señal de la cruz sobre mis labios y la frente. ¿Habré tenido algún parecido físico con N. N. Schwerter Warner? ¿Se lo recordaba? En contadas ocasiones estaba presente el tío Pepe, el marido de mi tía Maruza, porque los dos vivían ahí, ahí se movían, ahí “se topaban”, pero no eran realmente un matrimonio. Él fue un tipo misterioso que nunca me habló, que jamás me dijo una palabra, y que me miró siempre desde sus alturas. Fumaba mucho. Al regresar a casa después de una de esas visitas, cuando ya íbamos en el auto, recuerdo que mi padre me comentó, con algo de sorpresa, que mi tío Pepe había estado simpático. Pero me lo dijo con alivio, acaso imaginando que felizmente no había sucedido nada malo, ningún incidente, ningún drama o griterío en ese departamento silencioso, limpio y de parqué brilloso y crujiente. Creo que le dije algo, pero no recuerdo bien, había mucho misterio, silencios, había muy poca felicidad escondida entre los muros de ese departamento, sobre ese parqué lustroso que engañaba, y yo me quedaba mirando a través de las ventanas del auto sin saber cómo explicar todo eso. Pero ahora encaja, me lo explico, finalmente ensambla la tristeza de esa tía mía.

Con mis padres siempre me sentí como navegando entre dos aguas, pero siempre le creía más a mi padre, sobre todo cuando estaba solo y sin la influencia de mi madre a su costado.

A lo mejor si voy de visita a Chile, al Cementerio General, y me recuesto donde se recostó mi padre cuando lo visitó junto a Pato, cuando ya su propia muerte le hacía rosquillitas y lo saludaba, y si uso nuevamente el celular para calcular el número 14 como lo acabo de hacer ahora en Michigan, a lo mejor me sorprenderá otro número, o a lo mejor no me resulta….. pero no lo creo, no es posible, no veo otra explicación viable.

¿De qué murió el “alemancito” N. N. Schwerter Warner? Eso nunca lo sabremos. Pero esta tragedia de un niño desconocido, forzado a ser abandonado en un rincón, transformado en un borrón sin nombre, solo con dos apellidos extranjeros, y sin fecha de nacimiento para ocultar que era todavía un niño, explica la tremenda tristeza de esa pobre tía mía. Eso explicaría también sus llegadas apuradas a nuestra casa, como pidiendo permiso para entrar de improviso, iba pasando y se me ocurrió venir a verlos, me decía. Siento que si me hubiese ocurrido algo parecido a mí, parecido a lo que le ocurrió a mi tía, habría hecho lo mismo que ella, me habría comportado igual que ella, habría tratado de ir porfiadamente a la casa de Avenida Suecia 1521 aunque nadie me convidara, y habría apretado con el dedo índice el timbre de bronce sobre el muro, en la entrada de esa casa, aunque nadie me hubiese invitado, y me habría sobado las manos como lo hacía ella, y abría entrado como lo hacía ella, aunque no me recibieran, aunque no me miraran, y a lo mejor lo habría hecho con la esperanza de que alguien -parecido a Juan, ¿parecido a N. N?- me abriera la puerta de entrada, y me recibiera en esa casa, me invitaran a pasar. Y a lo mejor a mi padre, adentró del auto y cuando íbamos de regreso a casa, le habría comentado que no, que el tío Pepe no me habló, nunca me habló, papá, y que algo no encajaba bien. ¿Qué le pasó, papá? ¿Qué ocurrió? Cuéntame sobre el N. N. Pero a esa edad uno no se lo imagina, no lo cree posible……… y “el alemancito” N. N. Schwerter Warner todavía no se había aparecido –después de tantos años- para mezclase en nuestras vidas.

La familia …o secretos de familia, o simplemente los secretos

 

Tuve que tomar una calculadora para confirmar los años de la carta que mi padre le escribió a mi hermano Gonzalo, que me parece estudiaba en USA en esos años, hace cuarenta años atrás. La reproduzco más abajo sin recordar cómo llegó realmente a mis manos. Al verla, me dio vértigo comprobar que mi padre la escribió cuando era menor que yo en este momento, en el 2018 y aquí en Michigan. Al leerla fue como introducirme en una cápsula de tiempo, de una época ya vaporizada y caput.

Algo parecido a mi hermano, yo salí también bien joven hacia mi propia aventura en los Estados Unidos, dejando atrás las seguridades de mi casa de Santiago, mis padres, mi familia, mis amigos, para perder definitivamente algo importante, pero ganando también la huella de esas cartas que nos escribimos y que me vuelven a mostrar –en cualquier momento, donde sea que me encuentre- el barniz de una época sin celulares, sin e-mails, sin los Twist y esa comunicación tan rápida que nos está invadiendo desde todos los rincones.

 

A la distancia y en esas cartas que nos escribimos percibo nítidamente la marcada diferencia que había entre mis padres. Ella, mi madre, se muestra bien copuchenta y entretenida cuando habla de sus conocidos, cuando cuenta de sus antepasados y de nuestras costumbres sociales. Él, mi padre, se muestra con menos análisis sociales y se concentra más en su familia y en que nosotros estuviéramos bien, fuera de peligro y demostrando un gran interés por su familia, por nosotros (que en su carta el marca entre comillas: “la familia”).

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De mi padre recuerdo que cuidaba con especial cariño dos o tres fotos que él colgó en el muro de su cuarto. Tengo aquí la copia de una de ellas, y que él conservó en su cuarto durante los últimos años de su vida. A la derecha y sentada está su madre, sentada en una silla de madera. Detrás y de pie, está mi padre como de 17-18 años y de corbata. Se parece tanto a mí que a veces me da susto; ríe poco y en la foto simplemente mira hacia delante, sin sonrisas. Se parece tanto a mí, cuando yo era joven y tenía 18 años, que lo veo y siento que invado su privacidad, su intimidad, al imaginar lo que pensaba en ese entonces, o lo que hacía cuando le tomaron esa foto. A la derecha de su madre, vemos a una señora de más edad que a lo mejor ya se ha terminado de morir porque no creo que nadie la recuerde o la reconozca  (agregado de última hora. La han reconocido. Patricio Peralta, hace pocos minutos, me cuenta que “…..probablemente se trata de su abuela María Morales Puelma, o quizás su tía Eduviges Fernández Valdivia”.  Me cuenta “que corría Marzo de 2002 y a insistencia de tu padre fui a ver el mausoleo familiar Fierro en el Cementerio General. Está en la puerta de Recoleta, cerca del acceso y mirando al Cerro Blanco, desde el ingreso hacia la derecha. Fue comprado por Adelaida Puelma Vergara, tú bisabuela, el año 1945. Es una edificación de color mortero gris, cubierta a dos aguas y rejas de fierro pintadas de color verde. Te adjunto las notas que tomé mientras tu padre, recostado, me dictaba. Te adjunto también ficha del mausoleo, donde se ven los sepultados. Está tu bisabuela, un Agliati, que pensé era el niño de la foto, pero no cuadran las fechas. Hay dos tíos tuyos, Juan A. Morales Puelma e Isabel del Carmen Morales Puelma, los conociste? El de terno cruzado no será un Agliati. El N.N. Schwerter Warner es digno de ser investigado, según la cuidadora. Al visitarlo y hablar largamente con ella, que sabía mucho de quienes “están” ahí, me abrió el mausoleo y bajé incluso a la cripta).

Ya van quedando pocos seres vivos de esa época. Ella tiene un niñito sentado en sus rodillas a quien tampoco reconozco. A la izquierda y también sentada, creo que reconozco a la hermana de mi padre, mi tía Maruza, pero con una sonrisa que nunca le pude conocer, una sonrisa linda, acogedora, que después se le murió, se la arrancaron a jirones: ¿abuso sexual? ¿Engaños? ¿Torturas del amor? Lo bueno es que ella todavía parece vivir otro poquito porque la recuerdo, la reconozco en esa foto; aunque nunca la pude conocer verdaderamente y compartir con ella, saber de sus sustos, lo que le gustaba, qué leía. Cuando me saludaba me hacía la señal de la cruz sobre mi frente, sobre mis labios. Al lado de mi padre y también de pie, veo a una señora a quien nunca conocí. Después la sigue otro hombre de terno y de corbata que se esfuerza por aparecer bien distinguido. Tiene los brazos cruzados atrás, como mostrando el pecho, la pinta, y tampoco nos sonríe. Mi padre felizmente tiene su mano derecha tocando la silla de su madre, como apoyándose, quizás mostrando algo de vulnerabilidad. Como escribía más arriba la única que sonríe en esta foto es mi tía Maruza, la que después perdió su sonrisa y tantos sueños. Recuerdo a mi madre, que al ver esa foto un día de verano en Chile, en su departamento, me dijo que ese señor de corbata y de brazos escondidos, molestó mucho a mi papá. ¿Qué le hizo? ¿Con que lo molestaba? ¿Abusó también de mi tía Maruza? ¿La ninguneó?

El padre de mi papá no está por ningún lado y nunca lo conocí. Hace pocos años mi madre también me confesó -en su departamento y en un día de verano en Chile- como abriendo la puerta de un gran closet, que ella pensaba que había sido gay.

Creo que mi padre se esforzó para que nunca nos tomáramos una foto así. Viendo esa foto ahora, desde Michigan, creo ver a mi padre buscando con mucho esfuerzo lograr tener y mantener una familia unida. Para él esa fue su gran misión y de mucha importancia. Rebuscando en ese pozo de cuarenta años atrás, veo y reconozco que él siempre estuvo ahí para nosotros, a su manera, pero ahí presente, y dispuesto a tendernos su mano frente a una emergencia. Aquí va la carta. Un comprimido de hace cuarenta años que a lo mejor le escribí hoy a una de mis hijas:

 

Querido Gonzalito:                                                        Santiago 9 de Mayo, 1978 

Mañana es tu cumpleaños, ese día hermoso en que naciste, y todos en tu casa te estaremos recordando. Esta noche te llamaremos por teléfono, porque si lo hacemos mañana 10 de Mayo, tenemos temor que no estés. Ojalá celebres tu cumpleaños con una rica cena en algún lugar agradable y si es posible con buenas amistades.  

Gonzalito, muchas gracias por todos los esfuerzos que realizas que nos llena de orgullo y felicidad y que estoy absolutamente seguro que llegarás a conseguir lo que te has propuesto. Tu cariño “por la familia” es la mejor recompensa que podemos esperar los padres de un hijo.

Mamá con alternativos días buenos y regulares, feliz cuando recibe carta tuya. La Moniquita (hermana) está bastante acostumbrada en Viña del Mar y cada día le gusta más su carrera. La dirección de ella es la siguiente : Av. Matta 53 Recreo, Viña del Mar, Chile. Si tienes tiempo escríbele algunas líneas que estoy seguro la ayudarán mucho. Cristián estudiando como siempre, muy disciplinado y le va bien. Álvaro (hermano) también estudiando con mucha responsabilidad. A ti, si no te va bien en tus estudios, trata de ayudarte con algún tutor o profesor o pasante; no te preocupes de ahorrar. Tampoco te preocupes si no tienes beca, porque gracias a Dios, puedes estudiar sin necesidad de ella. Lo importante es no perder el rumbo y continuar con esfuerzo, hasta conseguir el fin que te has propuesto. No estudies en forma exagerada tampoco, es mucho mas importante la salud física y síquica y que las cosas se vayan arreglando en forma programada.

 Gonzalito muchas gracias por toda la felicidad que nos das. Recibe un cariñoso beso de mamá, Cristián, Mónica, Álvaro y mío.

 Juan

 

Nota de última hora:

¿Quien era ese N.N. Schwerter Warner? ¿Por qué ese secreto, por qué ese ocultamiento en los corredores de nuestra familia?  ¿Habrá sido un querido amigo de mí tía Maruza. pero que nadie le aceptó por extranjero, o por mala facha, o por gay? ¿Fue -a lo mejor- el padre de ese niño que sale en el retrato, un hijo no reconocido de un amor furtivo, ilícito entre mi querida tía -la que entraba en puntillas a nuestra casa- y un N.N.?

……..SECRETOS DE FAMILIA

¿Será por eso que mi padre se paseó por está vida escondiendo sus raíces, como escondiendo una vergüenza? Que triste no haberlo conocido mejor, que pena no haberlo acompañado a ese cementerio para que me hablara libremente de ellos, sus antepasados y su vida…. No tuvimos tiempo; así de simple, nos faltó tiempo, crecer, madurar otro poquito.

SECRETOS DE FAMILIA II

Me acabo de enterar que N. N. era un niño, N. N. Schwerter Warner era un niño. El olfato me indica que pudo haber sido un hijo de mi tía Maruza, pero un hijo fuera del matrimonio y que todos escondieron. Al fallecer a temprana edad lo condenaron a morir como un N. N., pero al menos con los apellidos, o con apellidos falsos para despistar. Este drama explica con mucha claridad el posterior matrimonio de ella con un hombre “respetable”, pero claramente un matrimonio sin amor, helado, misterioso, que a mí siempre me chocó, fue simplemente un contrato de trabajo, una firma para acomodarse a las convenciones sociales de su tiempo. Eso explica el sigilo de ella, de mi tía Maruza, cuando llegaba a nuestra casa. El poco cariño de mi madre hacia ella, el tratamiento de guantes que le daba. Y más que nada explica de manera cristalina el por qué esa tía mía perdió para siempre la sonrisa de esa foto, su felicidad. Explica la tremenda infelicidad que la envolvía, esa tremenda pena, esa tristeza que siempre la acompañó hasta el día de su muerte.

Culpa

Este texto parece que ya lo mandé en una notita anterior, pero no importa repetirlo o reescribirlo otro poquito; es algo parecido a lo que ocurre con los platos de comida, o con las historias que a veces uno les cuenta a los amigos, cuentos que se distorsionan cada vez que uno los retoma, cada vez que uno las vuelve a recorrer para repasar ese pasado.

 

Estábamos en Chile en ese entonces, y me parece que estábamos terminando de probar un café con leche. Pero este último detalle la verdad es que da lo mismo, no importa, puedo haberlo inventado porque simplemente suena bien y en su tiempo me gustó, encaja con los recuerdos y no cambia la verdad de lo ocurrido. Muchas veces sucedió así, nos tomábamos un café en la mesa de diario, mientras los gatos pedían su comida en el patio vecino, y mientras el ruido de los autos empezaba a zumbar sobre la calles de Santiago. Repentinamente me mostraron unos cuadernos viejos, de mi época escolar, los que encontraron escondidos en el entretecho de la casa. Eran los tiempos del italiano Gianni Morandi y su grandes canciones como fueron -y todavía lo son- “Vagabondo,” “Zingara”, y “Ojos de Chiquilla”, todos éxitos de vinilo, grabados en esos platos negros que uno montaba sobre otro plato cilíndrico que giraba debajo de una aguja delicada. Esos mismos que recientemente se han puesto de moda nuevamente. En esos años más que nada escuchaba esas canciones por la radio.

 

En esos tiempos mi colegio, el San Ignacio, quedaba a pocas cuadras de la casa, de manera que siempre me iba caminando bien temprano por las mañanas. El año escolar se me aparecía de una eternidad insoportable y demasiado grande. Pero mirándolo ahora, y desde Michigan, dan unos deseos tremendos de volver, y de aburrirme tanto como me ocurría en esos años. Recuerdo que en las mañanas de invierno, se formaba una escarcha muy limpia y cristalina sobre los posones de agua encima de la arcilla, y era delicioso quebrar su superficie crujiente con la suela del zapato; era algo así como quebrar cristales, o parecido a caminar sobre cáscaras de huevos. A las pocas cuadras llegaba a la esquina de Avenida Los Leones con Pocuro, donde había una casa misteriosa y de muros amarillos, y donde se reunían ordenadamente muchos ciegos que parecían formar un grupo muy unido, solidario. Ellos esperaban silenciosos afuera de esa casona amarillenta a que alguien les abriera el portón de entrada. La casa tenía una placa de bronce brillante adosada al muro de entrada donde se anunciaba algo relacionado con los ciegos. Era raro el contrate de los autos que se movían rápidos en el trajín de la mañana frente a esa inmovilidad trágica de los ciegos esperando en esa esquina a que les abrieran el portón de entrada. Lo triste es que nunca los ayudé, y cuando entraban en apuros, cuando titubeaban, recuerdo que cruzaba los dedos para que fuera otro el que los asistiera a cruzar, los guiara, o los salvara de algo grave. Siempre quedé con esa sensación de no haberlos ayudado nunca, lo que es cierto, y es una deuda que siempre me renace cuando veo a un ciego por una calle de Michigan o donde quiera que me encuentre y veo un ciego: todavía no sé si prestarles ayuda o fugarme, correr, para que sea otro el que lo haga. Después seguía caminando y pasaba frente a una casa que a los pocos días del golpe militar del año 73 había quedado abandonada, y donde el pasto y los arbustos crecían como en una selva, o como en esos libros malos o película de terror barata. Siempre imaginaba a los antiguos habitantes de esa casa, y cada día me ofrecía una nueva posibilidad para imaginarlos. Un poco más adelante, y casi llegando al colegio, había un loco que vivía tirado en los jardines públicos y que tenía apenas cuatro dientes. Los matones del curso, o los más vivos, o los más grandes, o los que tenían pololas, se jactaban que por unas pocas monedas hacían que el mendigo les bailara y los entretuviera por un rato. Si la propina era suficiente también se masturbaba. Recuerdo que pasaba caminando al lado de ese espectáculo, pero ahí tampoco hice mucho, más bien me desentendía y cruzaba rápido hacia las clases del colegio, hacia los profesores…

…… y suma y sigue, porque uno cambia poco, y calla, calla demasiado. Como contaba en la nota anterior, por ejemplo, “primero llegaba el doctor Goic solitariamente a casa, entraba, se sentaba en el sofá café ubicado en el living de la casa y trataban –solos, siempre los dos solos- inútilmente de encajar con una buena cara en ese puzzle de muerte y de sangre y de traiciones, pero no les resultaba, ni a mi padre ni tampoco al doctor Goic.”

 

A lo mejor esos recuerdos sobre los años de colegio volaron gracias al efecto del cuaderno que me mostraron mientras probábamos café, y que alguien encontró en el entretecho de la casa. A lo mejor fue eso, el café, o el aroma del café. O podría haber sido también el blog de Paul Krugman, que en el The New York Times y cada viernes, nos ofrece un video sacado de YouTube. En este caso fue de Peter Gabriel, “Don’t Give Up” . Y así fue como terminé en YouTube escuchando también a Gianni Morandi y a Leonardo Favio. Después disfruté algunos comentarios que la gente ha dejado al escuchar esas canciones del recuerdo. Qué deseos grandes de haber estado ahí presente, por ejemplo, en ese bus que se menciona en el siguiente comentario referente a una de las melodías:

 

“…pasando una vez por Tulúa, por el estadio, donde había un concierto de música de los 70`s y 80`s, el conductor del bus se estacionó por un rato y todos disfrutamos de la música de Piero: gran artista.”

 

“…Verano del 69. Mi paso a Secundaria. Esta y otras canciones acariciaban nuestros oídos y nuestros corazones. Otros tiempos, sin duda… difíciles en lo económico, pero a quién le importaba. La música nos transportaba a otro mundo, distinto, placentero… gracias a Leonardo, Sandro, Leo Dan, Piero, Roberto Jordán, Marco Antonio Vázquez, Enrique Guzmán, Roberto Carlos, Julio Iglesias y tantos otros. Gracias por esa canciones del alma.”

 

Ahora, en la madrugada de un sábado aquí en Michigan y en el año 2018, enciendo nuevamente el laptop con otro café en la mano, distinto, y releo el comentario generoso que me mandó en su tiempo mi amigo español, Ignacio Carrión, que en esos años todavía nos acompañaba a la distancia, desde Valencia, España. Me mandó su opinión por e-mail después de leer el texto de más arriba y donde enfatizaba la importancia que tiene la memoria… y también la culpa, la culpa. Esto es lo que me escribió:

 

“Llega de Michigan el correo electrónico de un buen amigo chileno que vive allí, en los EE UU, desde hace años. Me habla de otros tiempos en los que escuchaba canciones de Giani Morandi por la radio de Santiago (Vagabondo, Zingara, Ojos de chiquilla), y eso le lleva a recordar la infancia en su país… el texto contiene todo esto pero además contiene otra cosa: la culpa, esa sombra que nos acompaña a lo largo del tiempo y nos devuelve al instante preciso de su origen: cuando uno cree que debe hacer algo y no lo hace; cuando uno desea evitar una injusticia y no la evita. Sigues caminando hacia la escuela, o hacia donde sea, a sabiendas de que debiste de ayudar a un ciego a cruzar la calle, y que debiste impedir que unos muchachos abusaran de un vagabundo loco y tampoco actuaste. Y esto queda para siempre en la memoria, no se borra, sigue ahí y sabes que seguirá ahí hasta el final,  y sólo te queda el consuelo de escribirlo, aunque es un consuelo que a lo sumo mitiga la angustia –el remordimiento-  pero jamás la elimina. La imagen de los ciegos en espera de que alguien los ayude a cruzar la calle, la imagen del loco desdentado que divierte a los muchachos y sacia su crueldad, son indelebles. Cuando menos lo esperas, saltan. Cuanto más las recreamos más poderosas vuelven. En cierto modo nos intimidan mucho más aunque las arrastremos, por la fuerza, a un espacio llamado literatura.”

A lo mejor me habría ido del país

Después de escribir la nota anterior (“Los he visto”) quedé con los deseos grandes de levantar una alfombra más, o de remover una alfombra ya vieja, añosa, para que esos pobres pájaros de la memoria emprendan vuelo, salgan, vivan, respiren aire fresco.

 

Era de noche y el doctor Goic, médico y amigo de mi padre, y amigo también de Eduardo Frei Montalva, ex presidente de Chile en los 60, llegaba a nuestra casa por la noche para conversar con mi padre. Desgraciadamente nunca pude estar presente (no me dejaron, me protegían), pero se notaba que lo que ocurría frente a ellos era algo importante. Y esto lo he escrito o lo he tratado de escribir en otras oportunidades, en borradores traspapelados, notas, sueños, pesadillas de otro tiempo, de manera que a lo mejor este texto sale repetido o regurgitado; pero como lo contaba en la nota anterior, uno a veces trata de correr alfombras, de moverlas, pero estas se niegan y vuelven a caer, se rebelan y vuelven a tapar la herida, la hendidura, a cubrirla, y entonces nada vuela. Como contaba, era de noche y transcurría el año 81, cuando lo primero que llegaba era una llamada telefónica, y que sí, te espero, le decía mi padre, no es ningún problema, le decía mi padre, ven y conversamos. Y clic, clic y colgaba el fono de plástico, ruidoso, y al poco rato llegaba el doctor Goic que venía de la Clínica Santa María donde atendían a Eduardo Frei Montalva antes de fallecer de una septicemia aguda, inexplicable, misteriosa, pero que con los años sería identificada como envenenamiento con talio y gas mostaza. Conversaban, pero todo en medio de un aire sigiloso, casi callados, casi mirando las palabras que se repetían y volaban sobre esa soledad de la noche en esa casa. Y afuera, en la calle Las Violetas, había siempre un auto estacionado donde una pareja parecía trabajar en sus cariños, sus besos de mentira, en sus falsedades, porque más que nada vigilaban, miraban y tomaban nota sobre los que llegaban y los que se iban de la casa. A lo mejor eran “compañeros de trabajo” de mi primo que también fue de la DINA (el servicio de inteligencia organizado por Pinochet).

 

Al ver a mi padre recibiendo al doctor Goic por la noche palpé la soledad con que uno a veces enfrenta las circunstancias de la vida, esa soledad que se fragmenta solo con el uso de una navaja filuda porque se ve sólida, pesada. Como nos cuenta Anne Lemott en un tweet reciente, los mayores, esos de los cuales confiábamos cuando pequeños, nunca nos contaron que la vida iba incluir a veces una soledad tan grande. Primero el doctor Goic tocaba el timbre, y uno corría a abrirle la puerta donde también se notaba el mundo exterior callado y silencioso, donde incluso los autos parecían desaparecer, o parecían moverse pero sin motor, sin ruido. Al poco rato entraba y se quedaban conversando en el living de la casa mientras uno se iba al segundo piso a descansar, era de noche.

 

Años después a mi padre no le quedarían dudas: Frei había sido envenenado, había sido asesinado en la Clínica Santa María. Incluso ese convencimiento lo ayudó a sortear con éxito otro envenenamiento posterior, cuando tiempo después, en la Clínica Indisa, él operaría a la hija de Frei Montalva, Mónica Frei, una mujer que nunca se metió en la vida pública del país, pero que aparentemente también había sido escogida como víctima. Ahí fue cuando mi padre enfrentó en carne propia un misterio parecido, y que él muy bien intuyó que se trataba de un envenenamiento con semejanzas que le resultaban familiares. A mi padre nunca le había ocurrido algo parecido, tan raro, donde después de una intervención quirúrgica inocua a la columna, se desarrollara una infección tremenda que tuvo al borde de la muerte a su paciente. Tiempo después supe, por mi madre, que mi padre le había confesado….”quieren amedrentar a los Frei, a la familia Frei, para que nunca más se metan en política”. En este nuevo caso, y debido al envenenamiento anterior de Eduardo Frei, mi padre sospechó algo raro y se preparó mejor. Mi padre había aprendido la lección y le salvó la vida. No sé cómo lo hizo finalmente, cómo se defendió, y nunca se lo pregunté en mis viajes de visita a Chile, pero me imagino que fue algo importante, como ubicarle un guardia a la entrada de su cuarto, o a lo mejor administrarle el mismo los medicamentos. Lo triste es que pese a que Mónica Frei salvó con vida, quedó indignada con mi padre. Y no sospechó nunca nada criminal, más bien creyó en la incompetencia de mi padre o de la Clínica como los causantes de haberla mantenido al borde de la muerte. Algo parecido le ocurrió también años después, cuando atendió a Jorge Lavandero después de una paliza que le dieron en la calle por investigar los movimientos de dinero de Augusto Pinochet. Recuerdo que le colocó guardias en el cuarto de la Clínica Indisa, y me imagino controló muy bien los medicamentos que le administraba.

 

Siento nostalgia cuando escribo ahora, y también algo de pena, cobardía, tristeza. ¿Por qué cuesta tanto retirar alfombras? ¿Por qué cuesta tanto dejar que los pájaros emprendan vuelo? No lo sé. A lo mejor se parece a como evolucionan los traumas de abusos sexuales, por ejemplo; lentamente, con sigilo, acaso con algo de temor.

 

Intentémoslo de nuevo; acompáñame, siéntete solo, sola por un rato, no te asustes. Imagínalo así: era de noche y se respiraba soledad y casi abandono. El aire se notaba quieto y lleno de interrogantes filudas, dolorosas, de esas que muchas veces preferimos no tocar. Sonaba el timbre de la calle que se activaba al presionar un botón de bronce redondo y salías a abrir la puerta de la entrada. En la calle Las Violetas está el auto que vigila de costumbre. Estás solo y ves al doctor Goic que llega también solo. Le abres la puerta y lo dejas entrar así, solo y lleno de fantasmas. Lo saludas, pero lo notas apesadumbrado, cargando pesadas piedras sobre su espalda aunque no se le veían. Y después escuchas los pasos de mi padre que baja también solo del segundo piso de la casa –ya era tarde- para conversar callados, solos, y para decir eso que no se podía confesar: ¿Sería posible? ¿Sería posible que una simple operación inocua haya degenerado en algo así, una infección tan grave y que mataba a Eduardo Frei Montalva? ¿Acusar a quien y cómo, del envenenamiento? ¿Conseguir pruebas de donde y cómo del envenenamiento? ¿Mencionar algo en la prensa? ¿Una entrevista sobre el envenenamiento, para después ser acusado de médico incompetente, de tratar de encubrir los errores personales, propios, acusando a las autoridades de ese entonces u otros médicos y sin ninguna prueba? ¿Y por qué cuesta tanto decir algo ahora, o encontrar testigos? O por qué no decirlo ahora, claramente, y anunciar que al menos ocurrió algo inexplicable, y decir que sí, que muchos médicos tuvieron dudas. Pero esa alternativa, después de tantos años, tampoco parece funcionar; al hacerlo habría que reconocer que se tuvo miedo, mucho susto, temor a decir algo y que por eso se calló: ¿Cobardía? ¿Espanto?

 

Felizmente mi padre no estuvo entre los médicos tratantes, esa no fue su especialidad, pero se había convencido -sobre todo con el paso de los años- de que Frei había sido envenenado, había sido asesinado. Claro que nuevamente todo se complica porque nunca tuvo pruebas; solo tenía a su familia, hijos, hija a los que había que proteger porque “les podría pasar algo”…… como le ocurriría a la familia Frei, que tristemente fue agredida.

Recuerdo que me enteré de la muerte de Frei Montalva cuando caminaba por la Euclid Avenue, frente a la Universidad de Case Western Reserve, en Cleveland, y lo leí en primera plana. Era un 23 de Enero del año 82 y hacía un frío intenso en Cleveland. Había llegado hacía muy poco días de Chile. Crucé la calle porque por un cambio de horario, la clase de química orgánica a la que tenía que asistir sería en otro edificio, detrás de la biblioteca principal. En ese tiempo todavía no reconocía bien las calles, esas que pronto formaría parte de mi ciudad, mi nuevo entorno. En el titular del The New York Times, que pude leer detenido en la vereda, adentro de una vitrina de metal y a través de una ventanita de vidrio, anunciaban que Eduardo Frei Montalva había fallecido el día antes. Varias semanas después me llegaría una carta de mi padre contándome lo que había sucedido. Claro qué sin interpretaciones médicas sospechosas de ningún tipo porque el correo estaba interceptado. Decía así:

                                                                                                 26 de Enero, 1982

Cristiancito,

“Acá, como habrás sabido, el acontecimiento que ha impactado al país es el fallecimiento de Eduardo Frei Montalva. Realmente todo pasó como en una pesadilla. Cuando tú estabas en Chile, antes de partir a los Estados unidos, fue operado de una hernia del hiatos, que después se complicó en una serie de cosas increíbles y que terminaron por matarlo. A la distancia las cosas se ven más tranquilas, quizás en su verdadera dimensión, pero la repercusión que ha tenido su muerte aquí en Chile ha sido brutal. Eso de escuchar “murió Frei”, y oírlo bruscamente el viernes 22 a las 5 de la tarde, fue algo así como cuando escuchamos murió Kennedy. Yo no me di cuenta cuan hondo era su presencia entre todos los chilenos. Eso de ver y oír a un hombre en la plenitud de sus facultades físicas e intelectuales y de repente que deje de existir, da una sensación de caos y de incredulidad. Creo que todo el país se normalizó y se puso de pie y alerta. Incluso aquellos que días antes no cesaban de llamarlo un “político demagogo”, “ambicioso de poder”, “débil de carácter”, etc. No sé si sinceramente o hipócritamente decretaron tres días de duelo nacional; pero eso no impidió que todas las estaciones de televisión continuaran transmitiendo canciones y programas triviales; los goles de Cazelli tuvieron más difusión. La esposa de Frei, doña María y toda su familia, se portaron extraordinariamente bien. Nada de lágrimas. Cuando el gobierno negó el permiso para que Jaime Castillo, Fuentealba, Zaldívar y un diputado estuvieran presentes en los funerales, toda la familia le pidió a Pinochet que no se hiciera presente, que no fuera a la misa. Pero Pinochet sin una pizca de dignidad, asistió con todo el gabinete a su responso. No había nadie de la familia, excepto un hijo que lo hizo por respeto al cuerpo diplomático. La juventud debió ser convencida por el Cardenal Silva Henríquez para que durante el responso los restos no fueran sacados de la urna y llevados al Sagrario, para que no estuviera mientras Pinochet estaba en la Catedral. Los funerales se realizaron el Lunes 25 a las 16 horas. Cientos de miles de personas asistieron; durante tres días una cola de personas desfilaron frente al ataúd de Frei. A pesar de su calidad de ex-presidente constitucional la familia pidió que no se le rindieran honores militares. En fin, Cristián, querido, con los Mercurios que te mandó la mamá, te podrás dar una idea de lo que pasó. Podrás observar que en la primera página de ese diario del día 24, un poquito más abajo del anuncio de la muerte de Frei, está el anuncio de la clasificación del corredor Salazar en una carrera de autos. La mamá y todos tus hermanos te mandan saludos……”

Mi madre también me lo anunció brevemente en otra carta:

 

28 Enero, 1982

“Aquí casi no pasa nada; la gente llenó la Catedral y sus alrededores para ver a Frei y/o sentirse en grupo, en masa (estoy leyendo a Canetti, fascinante). Tú papá más viejo y regañón; escribe.”

 

¿Y con los años, qué ocurrió con el amigo de mi padre, el doctor Goic? Parece que lo cubrió todo con escritos, con sus libros, con sus premios, como el Premio Nacional de Medicina del año 2006. A lo mejor esa fue su alfombra, aunque de todas maneras, tristemente, todos terminaríamos salpicados por el barro –y por qué no decirlo ahora, después de tantos años- salpicados con barro, ¿y qué más?, con barro, ¿y qué más? Sangre, o sangre y légamo, o sangre con sangre. Pero, ¿se podría haber hecho algo diferente? No lo sabremos nunca; el efecto sorpresa y la audacia de los asesinos fue muy grande. Las traiciones, de incluso médicos amigos de Frei, como Patricio Silva, o médicos de la Universidad Católica donde Frei había estudiado, como Helman Rosenberg y Sergio González Bombardiere –que le hicieron una “autopsia” completamente fuera de protocolo, totalmente fuera de lugar, colgándolo de una escalera, de los pies, para robarle sus entrañas y borrar las pruebas del asesinato- jugarían un papel muy importante. Ocurrió algo parecido a lo que sucede en el abuso sexual, o con una violación, donde la víctima en un principio cree que sueña, cree que eso no es posible, que está fantaseando y que eso no le está ocurriendo de verdad, es inventado, o que es otra realidad que se desplaza en un mundo alternativo, paralelo. Pero así ocurrió, ocurrió tal cual. Y todavía lo veo, todavía lo toco: primero llegaba el doctor Goic solitariamente a casa, entraba, se sentaba en el sofá café ubicado en el living de la casa y trataban –solos, siempre los dos solos- inútilmente de encajar con una buena cara en ese puzzle de muerte y de sangre y de traiciones, pero no les resultaba, ni a mi padre ni tampoco al doctor Goic.

Y noto que retiro mi alfombra, la levanto otro poquito aquí, desde Michigan y donde vivo ahora, y en una madrugada de un 20 de Julio del año 2018 pero se me cae nuevamente, se me suelta de la mano y atrapo y encierro nuevamente esos pájaros que trataban de volar. Pero al menos logro verte a ti, veo tu sigilo, tus dudas, tus sustos, tus temores, y toco mi propia cobardía…..y compruebo que al final yo tristemente habría hecho algo parecido, papá, habría guardado silencio y a lo mejor habría escrito mucho, demasiado, para cubrirlo con una alfombra de escritura y libros y concursos literarios, y notitas semanales que ahora mando para colgar en la Internet.

….. o a lo mejor me habría ido del país.

Los he visto

Siempre recuerdo unas maderas rotas en el suelo de nuestra casa de Santiago, en el pasillo del segundo piso que daba al cuarto de nuestros padres. Era un hueco donde las maderas largas, estiradas como tallarines sobre el suelo, no empalmaban bien. Eran de color café, o teñidas de café, y parecían maderas rotas y a veces sucias, que encajaban mal; pero todos nosotros, los que vivíamos en la casa y pasábamos por ahí todos los días, caminábamos sobre ese desperfecto que crujía y que a veces se quejaba sin que lo notáramos demasiado, o sin decir mucho para arreglarlo, o sin decir una palabra sobre esa pequeña rendija que acumulaba suciedad y que se mostraba como una herida abierta sobre el pasillo del suelo de la casa. Con el tiempo lo cubrimos con una alfombra roja instalada por una compañía que no hizo un buen trabajo porque pronto se desgastó y tampoco hubo recambio, o no hubo ningún otro arreglo adicional.

 

Por la Internet escucho a menudo radios que transmiten desde Chile. Ahora escucho una que cuenta algo sobre la actitud, el desarrollo personal y niveles de energía. Es uno de esos programas de autoayuda donde le consultan a un experto que no para de dar explicaciones y de usar una pseudo ciencia que también le cubre hoyos, desperfectos. Y lo hace tan convencido de lo que dice, lo que hace, que se le nota algo parecido a la fe en su discurso, en sus palabras, y cuando habla del éxito y sus símbolos, el dinero y el poder para pronto saltar al latín y discutir el significado de las palabras, sus raíces, donde el experto se nos presenta con un barniz de cultura; pero pronto nos damos cuenta que lo importante para él ha sido la imagen, las apariencias, o algo así como tapar esa hendidura en los maderos del pasillo de mi casa que estaban siempre expuestos, abiertos, mostrándose y como pidiendo ayuda, una mejora.

 

Como contaba más arriba, recuerdo que en algún momento cubrimos el pasillo con una alfombra roja, pero una alfombra roja que quedó mal colocada, poco tirante y floja, y sin ninguna tela sólida y resistente entre la madera y la textura gruesa de la alfombra. A lo mejor en esos años no la sabían instalar, quien sabe; pero sobre los escalones de la escalera que subía hacia el segundo piso de la casa, la famosa alfombra roja se gastó por el uso nuestro, mostrándonos una triste tela plástica de color blanco; ahí nuevamente ninguno de nosotros dijo nada, me imagino que lo encontrábamos normal. A mí me gustaba mucho más –y todavía me gusta mucho más- la presencia de esa madera gastada en los peldaños, con sus imperfecciones inevitables, con esas hendiduras que poco a poco asoman por el uso, el desgaste, el deterioro digno que parece mucho menos atemorizante que ese deterioro moderno de una alfombra roja un poco artificial, y que muestra un plástico barato de color blanco.

 

Afuera el sol alumbraba de oblicuo y por las ventanas de la cocina, que daban a la casa de los Mandiola, nuestros vecinos de ese entonces, veía que habían caído, repentinamente, unos pajaritos desde un nido alto que apenas se sostenía arriba de los árboles, esos que separaban las dos propiedades en la avenida Suecia de ese entonces. Las dos empleadas (así les decíamos en ese tiempo, “empleadas” porque ahora han pasado a ser “nanas”) se reían en la cocina contándose chistes y dándose consejos. Al ver mi cara de desesperación por los pajaritos que se movían y corrían desamparados muy cerca del murallón blanco, me dijeron entre muchas risas que “anda, corre con una manguera y chorréalos con agua: volarán. Ya verás”. Con apuro y mientras ellas seguían contándose secretos y celebrando seguí sus instrucciones, conecté apurado la manguera y me apresuré en ver salir un chorro de agua helada. Apunté con precisión y noté que corrían, escapaban….. y que no llegaban a volar, no emprendían nunca un vuelo, nada. No recuerdo bien qué sucedió después de eso. Creo que no lo quise recordar. A lo mejor largué la manguera hacia un costado, salí corriendo y coloqué otra alfombra, más alfombra roja, pero esta vez sobre esos recuerdos, sobre esos pájaros que no emprendieron nunca un vuelo.

Entré nuevamente corriendo a la cocina, donde las empleadas se reían y celebraban como antes. ¿Qué edad habré tenido en ese entonces? ¿6, 7 años? No lo sé, pero al menos no reí.

 

….y algo me dijo,

alguien me contó desde muy adentro que estaba haciendo mal

que algo no funcionaba bien pese a las risas

o sobre las risas

o a pesar de las risas

mientras destapaban ollas

mientras celebraban y reían otro poco en medio del vapor de cacerolas

Y la verdad que mirando hacia atrás -que con el tiempo se hace más grande y duro y urgente que el mirar hacia delante- noto que en mi vida he usado muchas alfombras, de otros colores, pero han sido alfombras que después he tratado de sacar, de levantar… y a veces esos pajaritos han logrado emprender vuelo.

Los he visto.

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