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Los Mejores Días de mi Vida

El invierno nos cayó con crudeza tremenda este año, por eso con Pilar estábamos ansiosos de arrancarnos al campo para ver como llegaban las aves migratorias del sur. Queríamos planificar algo donde todo nos resultara como lo habíamos previsto, nada de sorpresas de última hora o cambios que nos golpearan de manera imprevista. Para eso ya sufrimos suficientes cambios de planes en el trabajo y en nuestra vida diaria. Por eso queríamos planificar unos días a futuro y ser totalmente dueños de esos días, de esa agenda, completamente en control; es decir, felices. Ya empezaba la primavera y, en el norte de Michigan se anunciaba la llegada anual de los pájaros que vienen volando de tierras lejanas, incluso desde Chile.

A Pilar siempre le han interesado las aves, y a mí también, pero creo que a mí me interesan incluso más por el grupo, por ver y conocer a ese grupo de gente que disfruta al ver esas aves que cuando tocan tierra, aturdidas después de una travesía tan larga, aplauden y gritan como si estuviesen viendo un partido de futbol.

La noche anterior salimos a caminar porque Pilar quería ver a un búho en su hábitat natural. Y quizás ahí estuvo el error, porque nos desviamos del plan original, planificado cuidadosamente la semana anterior. Decidimos a última hora encaminar nuestros pasos por un sendero de árboles nativos, buscando a ese búho que teníamos identificado por una foto que Pilar tenía en su mano. Subimos por la colina abriéndonos camino a través de la espesa vegetación hasta que bien a lo lejos pudimos ver algo de color rojo escondido cerca de un árbol. Y creo que ahí fue cuando cometimos el error final y definitivo, porque cambiando nuevamente de planes decidimos acercarnos para ver de qué se trataba todo eso. Después de caminar una hora divisamos claramente el bulto rojo. “Es una mochila”, exclamó, Pilar. Corrimos para ver de que se trataba. Al llegar comprobamos con estupor que era un tipo como de treinta años que no se movía, estaba muerto y tieso. De pura curiosidad abrí su mochila. Me topé con un chaleco, un sándwich de queso ya duro y añejo, y una postal que ya estaba lista para poner al correo. La tomé entré mis manos y la leí:

“Pasándolo de manera espectacular. Los mejores días de mi vida”

La Foto

Pocos meses antes de morir se sentó en una silla –¿en la cocina?- y comenzó a escribir notas breves en el reverso de algunas fotos recientes; de alguna manera supo que se iba a morir y que le quedaba poco tiempo. Se dio cuenta lo triste que resultaban las fotos antiguas, de antepasados lejanos que ya no nos pueden decir nada porque están muertos, vaporizados, idos para siempre y por eso quiso explicar algo escribiendo esas pequeñas reseñas. Después encontró un sobre y me las mandó certificadas a Cleveland, donde vivíamos en ese entonces.

En las fotos antiguas los personajes se quedan ahí, congelados en el tiempo, pero asumiendo su mejor pose. Nos miran desde el papel como tratando de contar algo, lo que hicieron o lo que dejaron de hacer, pero ya no sacan nada, están muertos, y nos están mirando desde el otro lado. Ni siquiera les recordamos por sus nombres. Cuando falleció mi abuela Oriana, por ejemplo, recuerdo que pusieron muchas fotos de la familia sobre una mesa destartalada para que los visitantes sacaran las que más quisieran. Las mejores se fueron con rapidez para, a lo mejor, terminar nuevamente escondidas en otra cajonera. Por supuesto que la parentela que llegó primero se llevó los mejores retratos, aumentando así las divisiones y rencores que, en nuestra familia, también se pasaban de mano en mano como si fueran monedas calientes. Recuerdo que mi abuelo, Augusto, el marido de Oriana y que falleció antes, le sacaba mejor provecho a las fotografías porque siempre tenía una en su bolsillo que mostraba orgulloso al que lo quisiera oír. Las guardaba en el bolsillo de su chaqueta y la sacaba tantas veces que ya parecían fotos de periódicos por el manoseo contante y los trajines. A lo mejor estaban salpicadas de saliva porque cuando las mostraba hablaba mucho y orgullosamente las apuntaba con los dedos.

Recuerdo que mi hermano Alberto me contó que un día fue a recorrer un departamento en Plaza Italia donde había vivido la hermana de mi padre. El lugar funcionaba como un hostal para estudiantes, pero lo invitaron a pasar sin ningún problema. Recorrió los cuartos, y parece que le creyeron la historia de su antigua familia porque al final le entregaron un álbum de fotos que había sido de nuestra tía. Eran muchas fotos y hasta el día de hoy alguien trata de darles nombre a esos antepasados que se ríen, que se sientan, que se abrasan. Cuando ella falleció a nadie se le ocurrió ofrecer sus fotos a la parentela.

En esos retratos a veces nos esforzamos por mostrar una gloria o alegría falsa, que a lo mejor existió de manera breve y muy fugaz. Quizás por eso mi padre escribió en el reverso de la foto donde también estaba él:

“Tus antepasados con cara de satisfacción. Los recuerdos penosos no se ven; los tratamos de olvidar poniendo caras alegres. Foto tomada desde nuestro departamento en Santiago. Abril 2001.”

La Primera Sepultura de Salvador Allende

Llegó el día viernes, y ahora nos tocaba visitar a mi querida tía Oriana, hermana de mi madre y que vive desde hace bastante tiempo en una casa de reposo. Para comunicarnos entre USA y Chile hemos usado el teléfono. Cuando la llamo desde USA siempre me espera con un listado de recuerdos que luego me trasmite por si yo los quisiera anotar en un papel; siempre me dice que tome notas sin problemas, que ella no sabe escribir, no quiere, que no le sale la “palabra hermosa”. El teléfono es un sistema que nos funcionó hasta hace poco, cuando ella todavía tenía uno en su cuarto.

Llegamos temprano a saludarla, y nos esperaba contenta y presta para aclarar las dudas de sus relatos anteriores. Nos saludamos, nos abrasamos y ya muy pronto me empuja por el despeñadero de anécdotas y reminiscencias:

-¿Te conté, Cristián, lo de Salvador Allende y su entierro en el cementerio Santa Inés?

-No, no me has contado nunca nada.

-Bueno, mira, tú sabes para el golpe militar lo que pasó en Chile, pues. Mira, en el cementerio Santa Inés, en Viña del Mar, están enterradas mi papá con mi mamá, por eso yo iba harto a pasearme por ahí. El nicho bóveda donde están ellos lo compré ya que la mamá nació en Viña del Mar y porque también están ahí enterrados mi abuelo Agustín Ramírez Gómez junto a mi abuela, doña Emma Ossa. Claro que ahora hay cementerios más modernos que no parecen cementerios, como uno que se llama Parque del Mar, me parece. Y con el tiempo ha cambiado todo porque los cementerios ya no pertenecen al Servicio de Salud como antes, aunque no entiendo porque esto de los cementerios mezclado con salud, cuando eso es pura muerte. En fin, en todo caso ahora pertenecen a la Municipalidad de cada sector.

-Como te contaba por esto de la compra yo conocía y conversaba mucho con el administrador del cementerio, un hombre chico, bien metido y copuchento de apellido Carrasco. Tú entrabas al cementerio y a un lado se ubicaba la casa del administrador, una casona antigua, una puerta, ventanas, poco lujo, y que por la parte de atrás daba al cementerio, ¿me entiendes, tú? Al frente estaban las oficinas donde ibas a preguntar, inscribías los fallecimientos y hacías tus trámites. Así fue como un día fui a ponerle flores a mi mamá cuando este hombre me cuenta que una noche le inundaron el cementerio con autos policiales, camiones y fusiles de batalla. Salió de la casa con lo que llevaba puesto a cumplir con su deber de administrador. Apenas se topó con el grupo militar, se estiró la chaqueta tratando de cumplir con sus obligaciones y pidió el certificado de defunción; así, bien plantado, pese a estar rodeado de armamentos y pelotera. Pero este pobre hombre no había terminado de hablar cuando le gritaron “pa’dentro, pa’dentro, este es un entierro político, me entiende, político, señor, qué certificado ni nada, váyase a acostar.” Así que el pobre hizo caso pero a medias, porque con los pocos empleados del cementerio que tenía cerca se metieron para adentro y mironearon por detrás de las cortinas; ahí mismo, desde su casa al fondo.

-Al final no sé quien daría el certificado de defunción, pero ellos de todos modos presenciaron el entierro. Y era Allende, fíjate, y por los cálculos que hicieron ahí escondidos, detrás de las cortinas, lo depositaron en la sepultura de su cuñado de apellido Grove, que me parece también era político porque cuando yo estaba interna en la monjas francesas de Valparaíso –tenía como 11 años nomás- oía desde el dormitorio, acostadas ya para dormirnos, el griterío que nos llegaba de la calle:

…queremos ver a Grove

colgando de un farol

con media lengua afuera

y pidiéndonos perdón!

-Imagínate la canción de cuna que escuchábamos. El colegio estaba en la calle Independencia esquina con Manuel Rodríguez. Lo que escuchaba yo era el griterío y la trifulca que venía de la calle Manuel Rodríguez. Y ahí, en una esquina, había también una botillería que escupía curaditos todas las noches tambaleándose por las veredas. ¿Y sabes como se llamaba esa botillería, sabes tú como la llamaban? ¡Santa Teresita!, imagínate, una santa y protectora de los que tomaban tanto.

-Bueno, pero la sepultura de Grove está a ras del suelo y separada por un caminito muy chiquito de la sepultura de mis abuelos. Yo en esos tiempos iba al cementerio, llevaba ropa para lavar, les ponía flores y me quedaba varias horas. Y en esa ocasión pasé a la sepultura del tata y la abuelita porque había un rosal muy viejo y lindo que me gustaba regar. Estaba llenando un tarro de latón gris con agua helada cuando me topé con el jardinero, y muy cerca de donde estaba enterrado Allende, así que haciéndome la lesa no me pude aguantar y le consulté bien calladita: oiga, le dije, ¿y por aquí está el Chicho? Porque ese era el sobrenombre que tenía Allende: Chicho. Y me creerás tú que al pobre hombre se le dio vuelta la carreta, tiritó de susto y me gritó: “No se na’yo, señora, no se na”, antes de echar todas sus palas, picotas y herramientas sucias adentro de su carretilla para arrancar a toda carrera perdiéndose entre las tumbas solitarias.

Momento 22

Pasa el tiempo y las situaciones que uno ha vivido y que en otro tiempo parecían insignificantes, se agrandan y cobran otra intensidad y nuevos colores. Es ahí cuando uno repasa esos momentos, como fotos o fragmentos del pasado, tratando de encontrar nuevas interpretaciones, pero no resulta. No resulta porque el tiempo es otro y los lugares y los afanes de la gente son distintos; a veces solo florece un amago de relato y los deseos grandes de estar mejor preparados para cuando otros momentos parecidos nos vuelvan a sacudir; es importante estar alertas, atentos. para atraparlos bien en un rincón de la memoria. Esos son los momentos especiales que se pueden catalogar como los momentos 22, donde la suma ya no importa. Son momentos que obedecen a otras leyes, momentos para colocar uno al lado del otro.

Recuerdo que me enteré cuando caminando por la Euclid Avenue, frente a la Universidad, en Cleveland, leí sobre su muerte. Era un 23 de Enero del año 82 y hacía un frío intenso en Cleveland. Crucé la calle porque por un cambio de horario, la clase de química orgánica sería en otro edificio, detrás de la biblioteca. En ese tiempo todavía no reconocía bien las calles que pronto formaría parte de mi ciudad, mi nuevo suburbio. En el titular del New York Times, que pude leer parado en la vereda, adentro de una vitrina de metal y a través de una ventanita de vidrio, anunciaban que Eduardo Frei Montalva había fallecido el día antes. Y justamente ahora, ya transcurridos más de treinta años, todavía voy al Google para releer los distintos episodios, para tratar de entender un poco más lo sucedido en ese entonces. A uno le enseñan que 2 + 2 son 4….. pero a veces resulta un 22, y es difícil darse cuenta de ello. Los momentos de 2 + 2 son 4 son aburridos y muchas veces previsibles, por eso uno los larga y los olvida para siempre. Los momentos interesantes ocurren cuando 2 + 2 son 22, pero cuesta darse cuenta de ellos, en general se esconden y no se dejan ver, son tímidos, pero cuando uno los descubre nos dicen mucho más. Cuando uno los descubre y les saca cruelmente las caretas, ellos gruñen y se defienden pero al final algo les gusta, y fielmente rebrotan y te gritan para que los veas otra vez y a lo mejor los muestres, es ahí cuando se dejan ver; quieren desesperadamente que los vean.

Un fragmento 22 que tengo claramente instalado en la memoria ocurrió en la playa, en Punta de Tralca, en el Meeting Anual de la Sociedad de Química de Chile. Corría el año 81, en esos años terminaba mi licenciatura en química y me preparaba para continuar mis estudios fuera de Chile, en la Universidad de Case Western Reserve, en Cleveland, Ohio. Todavía no sé por qué lo hice, pero así ocurrió, me fui, terminé partiendo. A lo mejor es un tema para otra nota. Estábamos en el estacionamiento del recinto de vacaciones del Banco Central donde se efectuaban las Jornadas de Química, cuando el amigo de un amigo, Eugenio, abrió la maleta de su Fiat 125 y con orgullo mostró el botellón de Chivas Regal que le habían regalado hacía poco. Lo elevó a las alturas como si fuera un cáliz consagrado y largó una carcajada pegajosa, amistosa, invitando a compartir. El tipo era realmente simpático y bonachón, alegre. Venía llegando del puerto de San Antonio donde había almorzado con “El Mamo” en un restorán que en ese entonces era una de sus picadas favoritas: el restorán “La Margarita”, “donde La Margarita,” el predilecto del Mamo. Al menos eso lo recuerdo bien. En ese entonces no tenía la menor idea de que “El Mamo” era nada menos que el general Manuel Contreras, a cargo de los servicios de inteligencia de Pinochet. Como decía, en ese entonces 2 + 2 todavía daba 4. Tampoco sabía que ese tipo simpático y bonachón, muy hablador, era nada menos que Eugenio Berríos, y trabajaba en el Proyecto Andrea, donde sintetizaba armas químicas como el fatídico y mortífero gas sarín. Estábamos en Punta de Tralca, admirándole el botellón de whisky a Berríos. En el horizonte se veía claramente el choque del océano y el cielo, mientras las gaviotas ruidosas pasaban por sobre nuestras cabezas y esos grandes roqueríos. Al poco rato y después de sujetar ese botellón de whisky como un gran trofeo, terminamos todos en mi casa de Algarrobo probándolo con hielo mientras algunos colegas, en ese entonces profes de la universidad, conversaban sobre la boldina. Como nos explicaba Berríos –moviéndose como un director de orquesta- y sentado en la cabecera de nuestra mesa de vidrio trasparente, la boldina era el químico que él había estudiado durante su tesis de grado, era el componente principal del boldo, que tanto se disfruta como “la agüita de boldo” y que se consume en Chile después de las comidas suculentas. Él quería transformar la boldina en un negocio. Y a cada rato largaba nombres de personajes importantes que a veces nos dejaban mudos y otras veces asustados. Regularmente hablaba del “tata” (Pinochet), como si este fuera su compadre o su papá. Y nos miraba para medir el efecto que habían tenido sus palabras. Hablaba mucho y le gustaba impresionar, farsanteaba hablando de sus contactos. Había bastante histrionismo en todo lo que hacía. Eugenio buscaba caer bien y que lo escucharan……. y hablaba demasiado.

Otros fragmentos 22 me ocurrieron por la noche, al morir el día, y cuando veía llegar a mi casa al doctor Alejandro Goic. Tocaba el timbre de la puerta de afuera y entraba con cara de circunstancia, como un escolar cualquiera, para hablar con mi padre, también médico. La verdad es que esas consultas eran habituales. Era común que algún accidentado llamara tarde por la noche buscando socorro y atención médica. Y uno escuchaba calladito las preguntas y respuestas. ¿Perdió el conocimiento? ¿Vomitó? Mándenlo de inmediato al Instituto. Y al poco rato era el turno de la llamada de mi padre al Instituto dando cuenta de la situación. Déme con el médico de turno, empezaba…… y pobre si la telefonista que salía era muy lenta y despistada porque entonces quedaba la cagada. Pero en el living de nuestra casa hablaban con el rostro preocupado sobre como iba evolucionando la salud de Eduardo Frei Montalva, recientemente operado en la Clínica Santa María de una hernia que había inexplicablemente desembocado en una infección tremenda. Los médicos ya no sabían qué hacer. Mi padre no estaba en el equipo médico que lo atendía, pero Goic le consultaba; se conocían, eran amigos. Recuerdo que en un momento cifraron las esperanzas en un nuevo antibiótico que les mandarían desde los Estados Unidos. Sentados en el sofá del living de mi casa conversaban y discutían las evidencias médicas un poco incrédulos, y también asustados, como explorando un terreno que les era completamente ajeno.

La noche empezaba con la llamada telefónica de Goic, y luego su llegada presurosa, preocupante. No probaban nada, no comían nada, simplemente conversaban callados, y uno apenas los podía oír. Mi gato me esperaba a los pies de la escalera

Y claro, vuelvo al Google y en Wilkipedia leo los detalles de cómo terminó Berríos. En esos años, los 90, la justicia lo buscaba para que fuera a declarar por el asesinato de Orlando Letelier, en Washington. Todavía no lo buscaban por la muerte de Frei Montalva, su nombre en ese caso solo lo mencionarían años después, cuando ya lo habían muerto. En los 90 los servicios de inteligencia se lo llevaron escondido al Uruguay bajo la “protección” de la inteligencia de ese país y Chile. Leo en la Internet lo publicado en el diario La Nación del 1 de Noviembre del año 2009, cuando se investigó su muerte:

“Los últimos días de noviembre de 1992, arrodillado y atado por los brazos, al químico lo obligaron a bajar la cabeza. Arturo Silva le dio el primer tiro. El otro lo disparó uno de los tres militares uruguayos bajo arraigo en Chile. Fue un pacto de honor y silencio. Una bala por cada país”

Varios años después, en abril del año 95, finalmente encontraron las osamentas de Berríos enterradas en la arena, en la playa de El Pinar, cerca de Montevideo……..Berríos no solo trabajó con fuego, pero hablaba demasiado y conocía mucho.

Con los años me sigo topando con amigos de Chile, con profes de la universidad ya retirados. Incluso una vez me topé con uno en un aeropuerto, en Washington. No había terminado de saludarme, de preguntarme cómo estaba, cuando de improviso, casi agarrándome del cuello, lo primero que me preguntó era si acaso me acordaba:

-¿De qué? –le pregunté de vuelta, preocupado.

-¡De Berríos! –contestó. Y casi me lo suplicó- ¿te acuerdas cuando estuvimos con Berríos, te acuerdas cuando estuvimos con Berríos en tu casa de Algarrobo?

Dudé un minuto mientras sus ojos parecían escarbar en su memoria pidiendo ayuda. Hasta que le dije sí, que me acordaba. Y decididamente noté que me creía y se calmaba, había sido cierto, no cabían dudas, no estaba imaginándose eventos misteriosos. Me di cuenta que ese incidente, ese whisky en mi casa de Algarrobo, también había sido un momento 22 para Fernando. Llegué a sentir los roqueríos y las gaviotas, y la playa de Punta de Tralca.

¿Y cual es el tuyo? ¿Cual es tu momento 22?

Aurora Bernárdez y el gran Julio

Noviembre 8 14

 La tumba de Julio Cortázar en el cementerio de Montparnasse, en París
Que pena que muriera, a los 94 años, la primera esposa de Julio Cortázar, Aurora Bernárdez, que se hizo también su propio y prestigioso nicho profesional no como la primera mujer de Cortázar sino que como una gran traductora. No sé cómo lo hizo el tal Julio para que su primera mujer lo quisiera tanto, porque después de Aurora, tuvo a otra mujer y después a Carol Dunlop, una escritora que falleció el año 82, muy joven y poco antes que él. Cuentan que cuando murió Carol –parece que de SIDA, el mismo que poco después mató a Cortázar- Aurora lo cuidó y lo acompañó en su lecho de muerte. Recuerdo que le escuché eso del SIDA a la señora de José Donoso, Pilar Donoso, en el jardín de su casa, en Santiago de Chile por ahí por el año 92. Según ella, Cortázar se habría contagiado en uno de sus tantos viajes a Nicaragua. Pero leyendo las cartas póstumas de Cortázar que se han publicado después (gracias a los esfuerzos de Aurora), no creo que eso haya ocurrido así. Lo más probable –y aquí estoy elucubrando- es que Cortázar se contagió de SIDA después de las enormes transfusiones de sangre que le hicieron por una hemorragia debido a una úlcera que sufrió en Francia (eso es lo que dice también la escritora Uruguaya, Cristina Pier Rossi). Como cuenta él en sus cartas, las úlceras le florecieron por su gran afición a las aspirinas que a veces consumía en abundancia. Ese día –el de la hemorragia- fue Carol quien lo encontró tumbado y casi agónico en el suelo de la cocina, en su casa de veraneo en el sur de Francia. Al final los dos se enfermaron –y aquí sigo elucubrando- es decir él la contagió, aunque fue ella la que murió primero, como un año antes que él. Antes de fallecer, los dos ya enfermos y sufriendo de fatigas persistentes (eso se nota claramente en sus cartas) escribieron un libro juntos, “Los Cosmonautas de la Cosmopista”, que él se encargaría de terminar poco después de que ella muriera.
Cuando fuimos a París hace ya varios años recuerdo que recorrimos el cementerio donde están los dos enterrados, uno al lado del otro. Encima, sobre la losa de piedra, descubrimos con sorpresa que mucha gente le deja poemas y notas como recuerdo o un pequeño homenaje. Nos quedamos un rato intruseándolos y leyéndolos antes de seguir con la caminata reconociendo a otros ilustres personajes. Camila y Sofía no podían creer que estuviéramos recorriendo un cementerio en el mismísimo París; pero no éramos los únicos, son muchos los visitantes que lo van a saludar aunque ya esté muerto.
La compañía de Aurora parece una linda historia de amor, mezclada con malos entendidos y desencuentros –se separaron-, pero finalmente y de todas maneras, una historia donde parece que ese amor original los encuentra y los une hasta el fin. Después, con el transcurso del tiempo, fue ella, como heredera única de la obra de Cortázar, la que siguió publicándole papelitos, postales, relatos, encontrados debajo de una cama, en un escritorio, y recientemente el último libro que me traje de Chile, y que viene con recortes de diarios, fotos, etc., “Cortázar de la A a la Z”. Es como un libro almanaque que se puede abrir en cualquier página para leer un rato.
Y aquí termino esta nota dominguera, en la librería Barnes & Noble, no muy lejos de la casa y con una nueva cosecha. Un libro de un inmigrante ruso (Dmitry Samarov, A Hack Memoir), un taxista, que acaba de publicar una memoria sobre su trabajo de taxista que comenzó cuando tenía 23 años en Boston y que termina cuando ya tiene 41, y trabajando en Chicago. El libro tiene incluso los propios dibujos del autor creados en sus distintas esperas en aeropuertos, estaciones de trenes, hoteles. Cuenta anécdotas sobre los distintos pasajeros que le han tocado. Me imagino que será interesante porque me parece que el tipo escribió el libro de puras ganas, de sus grandes deseos de contarse, de explicarse a si mismo, y a lo mejor, gracias a eso, gracias a la palabra escrita, levantarse por sobre ese mundillo de viajeros y trabajo extenuante para darle otro sentido a su propia vida…… ¡A lo mejor a Cortázar le habría gustado!
Noviembre 8 14

Detroit: La Aventura de un Jurado

Habían más de cien personas reunidas en una sala con sillas metálicas pero acolchonadas, buenas para resistir un día completo de espera. Nos habían citado como potenciales jurados a la Corte de Justicia de Detroit, en el centro mismo de la ciudad. Antes ya nos habían obligado a vaciar nuestras carteras y forzados a pasar por un detector de metales. Un cartel adosado a un muro anunciaba que no se puede entrar con celulares o aparatos electrónicos. Una vez adentro, vemos gentes de todos los colores y razas dispuestos a leer y a conversar de su familia y amigos mientras esperábamos; estamos resignados a pasar un día entero trabajando en este servicio público al que hemos sido convocados por correo. Algunos esperan felices a que los elijan finalmente como jurado. Otros, lo único que desean es que los dispensen pronto para poder partir al trabajo o a sus casas. Después de pasar por la seguridad y presentar los papeles, nos pegan una estampa roja en el pecho que lee claramente: “Jurado”. Pronto nos indican donde están ubicados los baños y una sala pequeña donde podemos comprar algo para comer, tomar café y aminorar la espera. A la media hora llegan instrucciones para los que tiene sus autos mal estacionados, o en parquímetros con monedas, para que los muevan a un estacionamiento más seguro y pagado; anuncian que el proceso al que hemos sido convocados puede tomar el día entero. El ticket que les dará la policía, nos amenazan, es imperdonable y les costará como 45 dólares, y hasta les pueden extirpar el auto con una grúa rápida y mortifera.
Como no se aceptan celulares, estoy sin email y casi desconectado del mundo. Solo me acompaño de dos libros y unas pocas páginas en blanco donde escribo esta breve nota como entretención. Sobre todo me interesa leer un libro de Eduardo Halfón, que me compré hace poco.
Ya han comenzado a llamar a los potenciales jurados, en grupos de a veinte, para distribuirlos en los distintos casos que están agendados para el día de hoy. Los grupos son grandes ya que muchos son descartados y los mandan de regreso a casa. Finalmente escuché mi nombre que pronunciaron bastante bien pese a las ruidosas “eres” que tiene el apellido Fierro. Subimos al octavo piso, donde está la sala 803 donde nos han citado. Antes de subir reconocí a un amigo, Richard, que vive cerca nuestro y a quien también habían llamado para que se presentara. No es la primera vez, me dice, años atrás participó como jurado en un juicio relacionado con un asesinato. No le alcancé a preguntar cual había sido el veredicto porque ya nos llamaban, pero alcanzamos a intercambiar algunas palabras sobre sus casas. Richard vive comprándose casas y cambiándose a otras casas nuevas. A veces hasta se le incendian, pero la arregla y se muda a otra como cualquier conejo acostumbrado a esa vida de conejo. Me dijo que ahora tenía pensado construirse una casa en Sheldon Rd, que está cerca de donde vivimos nosotros. Me cuenta que ya se mudó de la última casa que le habíamos conocido. Siempre cuando habla de casas y más casas lo escucho con horror y espanto. Nosotros tenemos tanto cachureo maldito en nuestra casa, que sería un verdadero castigo mudarnos; aunque pronto, muy pronto lo tendremos que hacer porque ya sin hijas y ellas esparcidas en distintas direcciones, nos queda demasiado grande.
Nos despedimos y cruzo los dedos para que el mío sea un caso simple, algo donde con solo llegar a la sala el conflicto ya se haya resuelto. Llegamos al octavo piso y comienza la otra espera. Nos anuncian que el Juez se llama Craig Smith. Se escucha el abrir y cerrar de puertas. Vemos pasar abogados serios, cargados de pesados maletines negros. A veces notamos a un policía y más papeles que entran y salen. Ya son como las 10 de la mañana y todavía esperamos a que nos inviten a pasar. Vemos entrar policías y más abogados y aumenta el movimiento y el ajetreo. Ellos si pueden usar celulares. A lo mejor están negociando, no lo sé, pero se demoran. Para matar el tiempo sigo leyendo a Eduardo Halfón, un escritor joven y guatemalteco. Me gusta como mezcla su propia vida con la ficción, es algo entre memoria y novela, un hibrido bien interesante. Me atrae su lenguaje poco rebuscado y sencillo. Si este es un crimen, me pregunto –no la novela, sino el juicio- creo que se resolverá bien pronto. Entra más gente a la sala, a lo mejor son los tipos enfrascados en la disputa; imposible saber nada.
Son las 10:10 de la mañana y todavía ocurre poco, pero los potenciales jurados al menos ya esperamos a la entrada de la sala donde se llevará a cabo el juicio. Son muchos los que ya conversan en voz alta, salpicando de ruidos y carcajadas nuestra espera. Una señora no deja de celebrar una broma que una amiga reciente le cuenta, y saca un pañuelo para secarse las lágrimas que le brotan del gozo, de la carcajada estridente, pero igual nadie nos llama. Se sigue riendo porque parece que se vuelven a recontar la misma historia pero de otra manera, con una pequeña variación que nuevamente las hace estallar, y las obliga a sacarse los anteojos y pañuelos para secarse los ojos. Luego, como en el mar, después de varios minutos llega otro silencio que se interrumpe brevemente por el recuerdo del chiste y las risas que florecen como gorgoritos, como una ola a la orilla de ese mar. Que envidia más grande, que ganas de volver a reírme de esa manera, sacándome unos anteojos que no tengo, para entonces secarme las lágrimas (lágrimas que a lo mejor tengo). No se sientan y permanecen paradas a la entrada de la sala. Ahora se ríen de una señora que entró enojada por algo. Ya no es un chiste o una broma, es una señora de chomba rozada que entra como un trompo, casi de portazo, a la sala vecina. Escucho que mi vecina ya había sido jurado antes, y le dice a otra vecina que ella siempre aconseja a sus nietos que “cuesta un segundo meterse en problemas y después una vida entera para salir de ellos”. Las tres vecinas apoyadas en la puerta todavía se ríen y no escuchan nada.
Finalmente nos llaman y entramos a la sala 803. A la izquierda vemos a un tipo de raza negra con facha de verdulero sentado junto a su abogado, un joven de anteojos de marcos negros, que pronto ejercerá de fiscal acusador. Todavía no nos cuentan los detalles, pero el juez lee los cargos donde se menciona que hubo uso de armas de fuego en contra del policía de raza negra –que tenemos enfrente, ese con facha de verdulero- y con intento de asesinato. En esta Corte las apariencias cobran toda su importancia. El policía tiene que presentarse como un tipo bonachón, mientras el acusado tiene que presentarse como un niño que recién viene saliendo de una clase de música o de un coro. Al otro lado, a la derecha, vemos a la defensa, al que están acusando, un adolescente flaco, de raza blanca, rubio, bien asustado, vestido de corbata y camisa clara. Y es cierto, parece un recién salido de una clase de piano. Su abogado lo acompaña, es un tipo ya mas viejo y sazonado. Más atrás vemos a los padres del acusado que no necesitan aparentar nada, se notan desvastados, tristes y mal vestidos, y desparramados sobre la banqueta de madera dura, perdidos entre toda esta ceremonia nueva que a lo mejor recién comienzan a conocer.
Lo primero que hay que entender en un juicio como este, es la importancia que tiene la composición del jurado. Las dos partes involucradas desean vender la propia versión de los hechos, sea la defensa o la parte acusadora, de manera que lo ideal es tener a un grupo, a un jurado, compuesto de personas fáciles de influenciar, un grupo emocionalmente maleable y proclive a tragarse con facilidad las primeras impresiones, los gestos, las “dudas” y la actuación de los distintos personajes en escena. A los abogados les interesa tener las manos libres para presentar e incluso actuar su propio caso. Por eso el juez comienza a hacer las primeras consultas para que las respectivas partes –los dos abogados, el acusador y la defensa- comiencen a hacerse una idea de “quien es quien” en ese potencial jurado que todavía no ha sido escogido al azar. Más adelante, pero antes de empezar el juicio, los abogados podrán sin problema y sin darle explicación a nadie, pedirle al juez que reemplace a cualquiera de nosotros por otro miembro del grupo que todavía está en la sala y que no ha sido escogido. Incluso después de seleccionar a las doce personas, el juez le seguirá dando oportunidad a los miembros de ese jurado a que hablen y se expresen libremente. Al grupo de más de veinte personas, el juez nos interroga y nos invita a expresarnos al preguntar si tenemos algún problema para actuar como jurado. Pero antes nos hace jurar que diremos la verdad y nada más que la verdad. Es ahí cuando uno se levanta con cara de despistado y le dice al juez que él tiene problemas graves, no entiende el inglés y apenas lo habla. El juez no le hace ningún test, simplemente le dice que se retire, que está bien, que se vaya. Una señora sentada detrás mío, dice que no puede ser jurado porque el próximo jueves tiene hora al médico por un hijo diagnosticado con cáncer. El juez casi se molesta, y no la invita a salir y le pide que se siente. Otra señora le dice que apenas escucha, que no puede oír. El juez le hace una pregunta y ella le contesta, ¿qué?…. no le escucho señor juez, que no escucha nada, le dice. El juez le pide que se retire, está dispensada, que se vaya. Otra se levanta y le dice que es maníaca depresiva, y que todavía no le han podido recetar los medicamentos, que no sabe qué tomar. El juez la invita a salir. Otra señora le dice que no puede faltar al trabajo. Esta vez el juez se molesta y le dice que este es un servicio público, cuantos de ustedes han sido llamados a hacer el servicio militar, nos pregunta. Y varios levantan la mano. El juez le dice que tome asiento.
Finalmente, después de todos estos preeliminares, el juez nos explican como funciona el sistema. En este país la parte acusadora, o el fiscal acusador, es el que tiene el trabajo difícil, es el que tienen que probarle al jurado su caso y más allá de toda “duda razonable” de que el acusado es realmente culpable. En otros países ocurre todo lo contrario, donde es el acusado el que tiene todo el peso de las pruebas y necesita demostrar que es inocente. Aquí, si el fiscal acusador acusa de A, B o C, el jurado lo tiene que encontrar culpable -al acusado- “más allá de toda dura razonable”, culpable de A, B y C. Si prueba solo A y B y falla en probar C, el tipo es inocente, así de simple. Se necesita unanimidad. ¿Entienden las reglas?, nos pregunta el juez. Uno de los posibles jurados arruga el rostro y no se muestra convencido. Fue ahí cuando el juez nos repite que no nos está preguntando si las reglas nos gustaban, simplemente les pregunto, nos dijo, si las entienden y si están dispuestos a respetarlas y a seguirlas. Así es, le respondemos todos. Y el tipo que antes arrugaba el rostro se quedó serio y asintió. Todos estos preliminares son importantes para que el jurado entienda como se administra la justicia, y para que los respectivos abogados puedan descartar a algunos jurados que pueden ser percibidos como poco favorables a su causa.
De nuestro grupo finalmente eligen a las doce personas que conforman el jurado. Entre ellos me tocó a mí, junto a la vecina que antes celebraba chistes, pero que ya no se reía. Los que no fueron escogidos son invitados a quedarse porque todavía el proceso de selección no ha terminado. El juez los pueden llamar si uno de nosotros es retirado a petición de uno de los abogados. Uno por uno nos presentamos y damos a conocer nuestra profesión y en que trabaja nuestra esposa o esposo (solo si están casados o casadas). A Pilar, semanas antes, un fiscal acusador la descartó sin explicaciones. Ella poco antes se había presentado como PhD en química, algo poco común, y al poco rato y sin explicaciones fue dispensada por el fiscal acusador. Probablemente este la percibió como peligrosa, potencialmente dura y difícil de convencer. Por eso intuí que los abogados prefieren a los jurados más “normales”, gente con menos educación que es percibida como maleable, más fácil de moldear hacia una u otra dirección. Por eso, cuando el juez me preguntó sobre mi profesión, no mentí, y le confesé que era científico, y que mi señora también era científica. Noté que pese a todos mis cuidados, mi respuesta despertó luces de alarma en el abogado acusador que tomaba notas febrilmente y se ajustaba los lentes. A lo mejor como “científico”, también fui percibido como una persona demasiado critica frente a las evidencias que él iba a presentar, levantando así la barra de lo qué se considera “duda razonable”. Como le respondí de manera demasiado general al juez -no le quise “confesar” mi doctorado en química-, me preguntó en qué área de la ciencia trabajaba. La química, le contesté, soy químico. Estoy seguro que eso tampoco aterrizó bien en el fiscal acusador porque seguía tomando notas febrilmente. Para ubicarse mejor, el juez entonces nos pregunta si alguien ha sido acusado o condenado de algún crimen. Una señora joven, afroamericana como de treinta años sentada a mi lado, levanta la mano y cuenta que no la han condenado de ningún crimen, pero que la acaban de violar. La acaban de violar hace pocas semanas, le cuenta al juez, y le dice que piensa ir a terapia. El juez le pregunta si eso que ha sufrido, esa violación, la imposibilita o la hace tener sentimientos negativos contra La Corte, o contra el policía (que todavía parece un tranquilo verdulero), y ella le dice que no, que será perfectamente imparcial. El juez entonces le dice que se quede. Otro jurado, el número 9, le dice al juez que él había sido condenado por un asalto a mano armada, y que ya había cumplido su condena. Nuevamente el juez le consulta sobre su imparcialidad. Que sí le responde el tipo, que será imparcial.
Y ahora le llega el turno a los abogados. El fiscal acusador nos presenta un caso hipotético para asegurarse de que entendemos bien el concepto de “duda razonable”. Imagínense, nos dice, que ustedes están en un estacionamiento y ven a dos niños que corren con los brazos abiertos, estirados y sonrientes, para chocar de frente, uno contra el otro. ¿Hubo mala intención en eso?, nos pregunta. No, le dice un jurado, todo indica, que iban felices a encontrarse. Es casi seguro, “más allá de toda duda razonable”, de que no hubo mala intención. Y si ahora, pregunta el abogado, ya no van riéndose al encuentro, y sobre todo uno de ellos muestra claramente una mueca de rabia en el rostro, ¿hay mala intención en ese individuo? Probablemente sí, le contesta otro. “Más allá de toda duda razonable”, uno de esos individuos tenía malas intenciones, repitió. Y fue aquí, para tentar suerte y confirmar mis sospechas, fue ahí cuando largué una pregunta que el fiscal no me contestó. Y en el primer caso, le pregunté, ¿cuan seguro, está usted, de que se están riendo? El fiscal me miró con una sonrisa y no me dijo nada. Estaba claro que me había registrado como jurado problemático, uno que constantemente le buscará “las cinco patas al gato” haciendo su trabajo más difícil. Si mi teoría sobre un jurado emocional y dócil, tiene fundamento, mi suerte estaba echada, el requeriría mi reemplazo.
Después le tocó el turno al abogado defensor. Él se esforzó por hacernos entender que todo el peso de la prueba caía en la parte acusadora. Espero que ustedes lo entiendan, nos dijo, pero nosotros, como defensa, podemos perfectamente no hacer nada, ni siquiera defendernos, para dejarle todo el peso de la prueba a la parte acusadora. ¿Entienden eso y lo aceptan?, nos preguntó. Otro jurado, un hombre ya retirado, le dijo que no le gustaba la idea, pero que bueno, la aceptaba. Y el abogado entonces insistió preguntando si castigarían a su cliente si él decide incluso no declarar, no decir una palabra. Otro jurado contestó diciendo que eso sí le molestaba. Entiendo que eso le puede molestar, le dijo entonces el abogado, pero le pregunto si usted acepta esa regla y por lo tanto no considerará esa inacción nuestra como un motivo válido que pueda influenciar su decisión sobre mi cliente. Y a regañadientes el jurado lo aceptó.
Al final, sorpresivamente, cuando ya creíamos que estábamos preparados para conocer los detalles del juicio y ponernos a trabajar, el abogado acusador me descartó sin explicaciones y terminantemente. Pidió que me retirara junto al jurado 9, que había sido condenado en un juicio previo. Al escuchar mi número -jurado número 8-, me levanté sorprendido de mi asiento, aunque no me debería haber sorprendido, -eso confirmaba lo que veníamos diciendo- y miro al juez, al acusado, y salgo de la sala torpemente mientras el fiscal acusador escribe una nota rápida sentado en su escritorio. Me siento desolado, sorprendido, triste, sin embargo, ¿no era justamente esto lo que realmente buscaba? Nos subimos con el 9 al ascensor. No le pregunto nada del robo, nada de su vida o de su juicio; pero pese a que no intercambiamos una sola palabra, ni un solo saludo, me empecé a sentir acompañado por el 9, silenciosamente acompañado a medida que el ascensor descendía hacia la calle. Salimos afuera y tampoco nos despedimos, simplemente nos volvimos a mirar, levantamos los hombros y salimos hacia la ventisca de Detroit. Afuera, el ruido de la ciudad era grande y el sol se colaba parpadeando por entre las nubes y los edificios altos de una ciudad que sufre, que está en quiebra, pero que trata de levantarse del polvo, el desempleo y la miseria: Detroit.

En esos años

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Luca, el gato hondureño de nuestra hija Camila, me acompaña mientras escribo esta notita.        

         En esos años –Máximo hijo o junior- era un joven alegre, juguetón y recién casado que junto a todos sus hermanos y hermanas –nueve en total-a veces iban a pasar unos días a nuestra casa de Algarrobo, en la playa. Escaseaba el dinero pero ellos vivían felices y achoclonados, se reían y bromeaban cuando nos sentábamos a la mesa durante las horas de comida. Su padre, Máximo Pacheco, había sido ministro de educación en el gobierno de Eduardo Frei Montalva en los años 60. En los 90, cuando iba a nuestra casa, estábamos en la época de Pinochet y él simplemente sobrevivía –me imagino que con un salario bien estrecho- como profesor en la Escuela de Derecho, en la U de Chile. Tenía un fuerte espíritu de educador. Recuerdo un día en especial, cuando llegó temprano a nuestra casa de Santiago y mientras esta se llenaba de humo –nuestra chimenea nunca funcionó, siempre habían cosas más importantes que hacer o que arreglar- me empezó a recomendar Films de importancia que me podrían servir y educar. Recuerdo que a nuestra casa de Algarrobo nunca fue, ahí largaba a su inmensa tribu mientras él con su señora se quedaban en Santiago tomando unas verdaderas vacaciones. Recuerdo a uno de los hermanos menores de Máximo junior, y las bromas que hacía cuando durante las noches estrelladas de Algarrobo, se acurrucaba afuera del cuarto de su hermano mayor para ver si lograba escuchar algún quejido que brotara del amor. Recuerdo que al escuchar esas bromas en la mesa mi imaginación simplemente reventaba. Años después, en una visita a Chile, recuerdo que caminando por la playa de Algarrobo divisé al hermano menor y nos saludamos. Bromeaba menos, se veía serio, pero parecía tener un gran futuro. Desgraciadamente a los pocos años me enteré que se había suicidado largándose al vacío desde un edificio alto y largo.

         Y siguen pasando los años y ahora me entero que Máximo junior está de ministro de energía en el gabinete del nuevo gobierno de Michelle Bachelet. Y las noticias también cuentan que ahora es millonario, y que tiene un patrimonio acumulado de más de 20 millones de dólares. En todas partes del mundo la política ha cambiado. Pareciera que ahora hay que tener dinero, y mucho, para inmiscuirse en el servicio público. Años antes era distinto, y participar en política era prácticamente un apostolado donde muchas veces los presidentes, al terminar su mandato, como Alessandri o Frei, volvían a la misma casita que tenían antes. Nostálgicamente miro hacia el pasado y me gusta recordar a Bernardo Leighton, -el “hermano” Bernardo, como le decían- otro ex ministro de Eduardo Frei Montalva, que cuando asumió el primer gobierno democrático, en los 90, entre sus amigos le regalaron anónimamente un flamante terno oscuro para que se viera bien en las celebraciones iniciales del nuevo gobierno.

         Miro hacia el pasado y lo prefiero. Tengo la impresión –y aquí puedo equivocarme- que Máximo junior no tiene la menor idea, no conoce nada de energías alternativas, a lo sumo conoce que la energía “solar” viene del “sol”, pero no conoce nada más. Y lo triste es que quizás eso sea suficiente. Vivimos en una época donde lo importante son las percepciones, la imagen, los brillos. Por eso me quedo con esas risas en la casa de la playa, donde las imágenes nos importaban un carajo.

         A veces, cuando vuelvo de visita a Santiago de Chile, camino por la capital, veo las tremendas construcciones del progreso y me pregunto por el edificio que escogió, ¿cuan alto era?, ¿le costaría entrar?, ¿lo visitó varias veces?, ¿cuantas veces se asomó?…. ¿tuvo susto?

                                                                                                                                                                         Abril 12, 2014