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Los metametales

Cuando un escritor me gusta es como si me sacaran jugo. Primero me da una envidia sana, pero pronto recupero el equilibrio porque reconozco mis limitaciones, el barro en que me muevo. Sin embargo, pese a esos murallones que parecen insalvables, difíciles, de todas formas escribo, me largo, gateo y corrijo…. hasta que al final, y en contadas ocasiones, algo resulta porque duele. Me ocurre cuando leo los diarios de mi amigo Ignacio Carrión. O con Eduardo Halfon, que es otro de ellos. Cuando leo su libro de relatos, Signor Hoffman, me salpican los deseos por contar, por decir algo, por escribir lo que nos ocurrió el fin de semana pasado, por ejemplo, cuando fuimos a la casa de Roberto Merlin (originalmente de Argentina) en Ann Arbor, un profesor y miembro del Departamento de Física en la Universidad de Michigan.

En su casa me enteré sobre los metametales, unos compuestos que hacen que la luz se curve y esquive los objetos haciéndolos de hecho invisibles. Y esa es la especialidad de Roberto, una área de mucha actualidad y gran importancia en el campo de la óptica y electromagnetismo. Los metametales son mezclas de metal y materiales de placa con circuitos diminutos impresos como cerámicas. Y es ahí donde la Pili ayuda a los estudiantes porque esa es su especialidad: lo diminuto, lo pequeño, lo “nano”. Cuando escuchaba esas explicaciones, mientras las trataba de digerir, de hacerlas mías, pregunté si en unos años más se podría conseguir la invisibilidad nuestra, de los seres humanos, la invisibilidad mía o de Pilar…..

 

…..pero ahí si que lo miraron feo, al pobre. Fue divertido ver a Cristián como trataba de entender haciendo esas preguntas un tanto excéntricas; el pobre siempre cree que puede ser capaz de hacerlo, de entender. Se las da de vivo, de que “entiende”, de que “sabe”, que “conoce”, o que solo basta con “ponerle el hombro” y todo pasa, pero la verdad es que la realidad es más difícil y compleja, nada de fácil de entender.

 

La estudiante de Roberto, Meredith, se graduó en el programa de doctorado y por eso la celebración, el convite. También asistíamos para celebrar a otro estudiante suyo, uno nacido en Algeria, y que se había graduado hacía poco en el programa de doctorado. Llegamos a la casa adelantados así que la Pili me pidió que manejáramos por un rato más, que no me gusta llegar primero, o no me gusta llegar adelantada, parece que me dijo. Pasamos al frente de la casa que tenía un árbol grande y pelado por los efectos del invierno. Afuera todavía no había ningún auto y las casas vecinas se veían todavía más vacías. Tocamos el timbre finalmente, pero no esperamos a que nadie nos abriera la puerta. La empujamos y entramos, así nomás; o mejor dicho, Cristián empujó la puerta y entraron, así nomás. Adentro nos encontramos con la señora del profe, una señora francesa muy amable, gentil, y que hablaba castellano sin problemas. Trabaja como traductora, nos dijo. Pronto llegó Roberto y ahí me enteré que vivían hace muchos años aquí en USA, y cuando puso su música de fondo, su preferida, todo se confirmó porque los ritmos eran de mi tiempo, con Piero, Mercedes Sosa o Facundo Cabral. Este último asesinado por error -a balazos- hace poco tiempo, después de terminar su último concierto en Guatemala. Los estudiantes se reían porque no reconocían esos ritmos, pero los soportaban con esa típica resignación que muestran las visitas cuando están en la casa de un profe al que respetan. Pronto llegó Meredith, y un abrazo, y felicitaciones por ahí, felicitaciones por allá, y que sí, que estaba feliz porque pronto, en pocas semanas más, partiría hacia Barcelona para trabajar como posdoctora en un Instituto de la Comunidad Económica Europea. Cuando noto que Meredith se ha quedado sola, aprovecho para preguntarle sobre los metametales y la invisibilidad (aunque mi amigo, el que se reía al principio del relato, dice que uno lo trata de entender todo, que “sé”, que “conozco,” cuando lo que sucede es fácil y sencillo: simple curiosidad, eso es todo). Los metametales, me dice Meredith, pretenden conseguir la invisibilidad de los objetos (eso ya lo escuché). Son materiales, que al ser recubiertos por otro material especial, agrega, reorientan los rayos de luz que impactan sobre dichos objetos alterando el comportamiento natural de la luz, de modo que las ondas electromagnéticas rodean al objeto y este no las absorbe (ahí sí que me perdí); es decir ni absorbe ni refleja la luz y el objeto se vuelve invisible (ahi entendí mejor). Se usa y se estudia mucho para evadir radares, me confirma. Quedé intrigado, pero justo llega Roberto, y qué pasemos a probar la comida antes que se enfríe, nos dice. La señora del profe se pierde por un rato y cuando llega, que perdonen, nos dice, estaba fumando un cigarrillo, nos repite. Al final llega también el otro estudiante recién graduado (solo unos meses antes), originalmente de Argelia. Tiene los ojos profundos del que ha sufrido mucho, tristes, recaídos, diría que muy bellos, pero no lo digo para que nadie piense en otra cosa. Cuando te habla ya no pierde el tiempo como lo hacemos nosotros; pareciera que para él todo es importante, incluso los saludos convencionales de un extraño, o escuchar esa música andina poco familiar que nos facilitó Roberto, o saludar casi por última vez a su profe ahora que terminó su doctorado. Su padre se involucró en la vida pública de su país y pagó con su vida. Se “metió en política”, me cuenta la Pili alarmada: y lo mataron, por eso lo mataron. Y que no “meta las patas”, me sugiere, no se te ocurra preguntarle ni escribir sobre eso, me dice (se inquieta). La escuché con atención y después de su alerta fui disciplinado y no le pregunté por los motivos, no le consulté por qué habían asesinado a su papá, o cómo lo habían eliminado, cómo lo habían matado -¿lo ahorcaron? ¿Lo envenenaron? ¿Lo fusilaron? ¿Lo degollaron? ¿Recuperaron su cadáver?- pero él, su padre, estuvo siempre presente, ahí, entre nosotros, y también lo imaginé parecido al hijo, sobre todo cuando vi a su madre, la viuda, que estaba también ahí junto a sus dos hijas, (o con sus dos hermanas), que de seguro ahora lo extrañaban y pensaban en él, sobre todo en una ocasión tan importante como esta. ¿Por qué estamos aquí nosotros y no su padre?, pensé, ¿con qué derecho? Y Roberto feliz conversa en castellano. Ya me cansé nos dice a todos, me cansé de los estudiantes, me cansé de ustedes, declara con una sonrisa, pero ahora lo dice en inglés. Ya tengo 70 años y deseo sacar el pie del acelerador. Y todo eso lo dice mientras veo como su señora se ausenta nuevamente. ¿Otro cigarrillo? Y pronto llegan unas patatas de kubbat, rellenas con carne picada, pinches de pollo adornados con crema de yogurt y arroz con langostinos, comida que todos disfrutamos.

Su madre, la viuda, todavía se ve joven, vive en California, ya no regresan a Argelia. Las dos hermanas altas, (o las hijas) delgadas, hablan y conversan entre ellas, con los otros estudiantes, con su madre. El profe se levanta y ofrece un brindis, está contento, se le ilumina el rostro cuando habla de su trabajo, de sus años en la universidad, de sus más de treinta estudiantes que ha graduado en el programa de doctorado, pero ya está cansado y desea tomarse la vida de manera más liviana.

¿Y más Malbec? ¿Más arroz con langostinos? Y los padres de Meredith, que llegaron de Parma, Ohio, comparten una torta traída especialmente para la ocasión. Habla Meredith que da las gracias, y a los padres –esta vez los dos vivos- se les ilumina el rostro. Están contentos, algo así como misión cumplida, se apoyan, se les nota que ya son muchos años en que danzan juntos.

Y ahí entonces me acuerdo de nuestros amigos iraníes que conocimos en nuestros tiempos de estudiantes, en Cleveland. Al padre de nuestro amigo también lo habían eliminado cuando la revolución instauró al Ayatollah Khomeini como jefe supremo del país. Esa vez, pese a que la Pili no me dijo nada, tampoco consulté sobre los detalles de su muerte, pero parece que lo habían fusilado. Recuerdo que en el departamento donde vivían casi no habían adornos en las repisas o sobre las mesas y paredes; pero la foto del padre estaba ahí, sobre una chimenea limpia que nadie había usado nunca. Era una foto en blanco y negro, de carnet, de documento público, casi lo único que les quedaba de él. Lo más probable es que arrancaron apurados de Irán, pensé, arrancaron con la ropa puesta y pasaportes, y algunos anillos que guardan como recuerdos de familia. Desde ese entonces me fijo con gran atención en las fotos de carnet, que es casi lo único que sobrevive después de una tragedia. Aquí en Michigan tengo la foto de mi abuelo, por ejemplo, en un carnet de identidad que me regaló mi tía Oriana. Se ve muy serio, de corbata, y con sus arrugas en el rostro bien marcadas y trágicas, pese a que a él nadie lo mató; murió de viejo simplemente.

 

Al final regresamos a nuestra casa, en Northville. Podría jurar que me subí con la Pili al auto porque la vi acomodar la cartera negra bajo sus pies, en el suelo, pero ahora acabamos de llegar a casa y no la veo, no la encuentro por ninguna parte. Sé que tenemos que haber llegado juntos porque acabo de ver su cartera negra al lado del sofá amarillo, en el living, y justo cuando llegaban los gatos a recibirnos, y cuando el Copo se acerca a saludarnos moviendo la cola vigorosamente. Imagino por un instante breve, que a lo mejor la Pili se quedó conversando con Roberto sobre los metametales (supongo que ya está claro que ella conoce bastante sobre el tema, y la entusiasma); pero todavía no la veo. Siento algo parecido a la angustia, julepe, me siento solo, acordonado, y me dan unos deseos grandes de contarle intimidades, de hablar con ella sobre eso que nunca hemos podido conversar porque siempre nos ha faltado tiempo, de preguntarle sobre nuestras vidas…… pero uno siempre vive tan escaso de tiempo. Me habría gustado preguntarle si deberíamos, o mejor dicho, si podríamos haber hecho algo diferente durante todos estos años. O si nos arrepentimos de algo que hicimos, de algo que ocurrió en mi vida, en nuestras vidas, algo importante que duele y acaso da vergüenza.

Creo que uno percibe lo mucho que ha perdido cuando ya lo pierde, cuando todo cambia y ya no hay vuelta, como cuando la salud nos da un portazo, o cuando la muerte nos visita sin muchas notificaciones. Y siento nuevamente la urgente necesidad de saber, de preguntarle si valió la pena el que nos mudáramos a Ohio y después a Michigan en esos años iniciales, cuando las niñas estaban chiquititas; si valió la pena haber viajado juntos de visita a Santiago al final de los 80, en una época en que apenas nos resultaban los proyectos, pero de todas formas fuimos, viajamos, ……no, no te preocupes, nos resultará, le decía, mientras contemplábamos con preocupación el aterrizaje en una familia que apenas conocía…

Si valió la pena, me pregunto; si valió la pena haber vivido, haber luchado, llorado, haber celebrado todos estos años juntos….

…. y levanto la vista, enciendo luces, y solo veo a nuestros gatos, a nuestro perro patagónico, el Copo…… y su foto de carnet.

La Foto

Pocos meses antes de morir se sentó en una silla –¿en la cocina?- y comenzó a escribir notas breves en el reverso de algunas fotos recientes; de alguna manera supo que se iba a morir y que le quedaba poco tiempo. Se dio cuenta lo triste que resultaban las fotos antiguas, de antepasados lejanos que ya no nos pueden decir nada porque están muertos, vaporizados, idos para siempre y por eso quiso explicar algo escribiendo esas pequeñas reseñas. Después encontró un sobre y me las mandó certificadas a Cleveland, donde vivíamos en ese entonces.

En las fotos antiguas los personajes se quedan ahí, congelados en el tiempo, pero asumiendo su mejor pose. Nos miran desde el papel como tratando de contar algo, lo que hicieron o lo que dejaron de hacer, pero ya no sacan nada, están muertos, y nos están mirando desde el otro lado. Ni siquiera les recordamos por sus nombres. Cuando falleció mi abuela Oriana, por ejemplo, recuerdo que pusieron muchas fotos de la familia sobre una mesa destartalada para que los visitantes sacaran las que más quisieran. Las mejores se fueron con rapidez para, a lo mejor, terminar nuevamente escondidas en otra cajonera. Por supuesto que la parentela que llegó primero se llevó los mejores retratos, aumentando así las divisiones y rencores que, en nuestra familia, también se pasaban de mano en mano como si fueran monedas calientes. Recuerdo que mi abuelo, Augusto, el marido de Oriana y que falleció antes, le sacaba mejor provecho a las fotografías porque siempre tenía una en su bolsillo que mostraba orgulloso al que lo quisiera oír. Las guardaba en el bolsillo de su chaqueta y la sacaba tantas veces que ya parecían fotos de periódicos por el manoseo contante y los trajines. A lo mejor estaban salpicadas de saliva porque cuando las mostraba hablaba mucho y orgullosamente las apuntaba con los dedos.

Recuerdo que mi hermano Alberto me contó que un día fue a recorrer un departamento en Plaza Italia donde había vivido la hermana de mi padre. El lugar funcionaba como un hostal para estudiantes, pero lo invitaron a pasar sin ningún problema. Recorrió los cuartos, y parece que le creyeron la historia de su antigua familia porque al final le entregaron un álbum de fotos que había sido de nuestra tía. Eran muchas fotos y hasta el día de hoy alguien trata de darles nombre a esos antepasados que se ríen, que se sientan, que se abrasan. Cuando ella falleció a nadie se le ocurrió ofrecer sus fotos a la parentela.

En esos retratos a veces nos esforzamos por mostrar una gloria o alegría falsa, que a lo mejor existió de manera breve y muy fugaz. Quizás por eso mi padre escribió en el reverso de la foto donde también estaba él:

“Tus antepasados con cara de satisfacción. Los recuerdos penosos no se ven; los tratamos de olvidar poniendo caras alegres. Foto tomada desde nuestro departamento en Santiago. Abril 2001.”

La Primera Sepultura de Salvador Allende

Llegó el día viernes, y ahora nos tocaba visitar a mi querida tía Oriana, hermana de mi madre y que vive desde hace bastante tiempo en una casa de reposo. Para comunicarnos entre USA y Chile hemos usado el teléfono. Cuando la llamo desde USA siempre me espera con un listado de recuerdos que luego me trasmite por si yo los quisiera anotar en un papel; siempre me dice que tome notas sin problemas, que ella no sabe escribir, no quiere, que no le sale la “palabra hermosa”. El teléfono es un sistema que nos funcionó hasta hace poco, cuando ella todavía tenía uno en su cuarto.

Llegamos temprano a saludarla, y nos esperaba contenta y presta para aclarar las dudas de sus relatos anteriores. Nos saludamos, nos abrasamos y ya muy pronto me empuja por el despeñadero de anécdotas y reminiscencias:

-¿Te conté, Cristián, lo de Salvador Allende y su entierro en el cementerio Santa Inés?

-No, no me has contado nunca nada.

-Bueno, mira, tú sabes para el golpe militar lo que pasó en Chile, pues. Mira, en el cementerio Santa Inés, en Viña del Mar, están enterradas mi papá con mi mamá, por eso yo iba harto a pasearme por ahí. El nicho bóveda donde están ellos lo compré ya que la mamá nació en Viña del Mar y porque también están ahí enterrados mi abuelo Agustín Ramírez Gómez junto a mi abuela, doña Emma Ossa. Claro que ahora hay cementerios más modernos que no parecen cementerios, como uno que se llama Parque del Mar, me parece. Y con el tiempo ha cambiado todo porque los cementerios ya no pertenecen al Servicio de Salud como antes, aunque no entiendo porque esto de los cementerios mezclado con salud, cuando eso es pura muerte. En fin, en todo caso ahora pertenecen a la Municipalidad de cada sector.

-Como te contaba por esto de la compra yo conocía y conversaba mucho con el administrador del cementerio, un hombre chico, bien metido y copuchento de apellido Carrasco. Tú entrabas al cementerio y a un lado se ubicaba la casa del administrador, una casona antigua, una puerta, ventanas, poco lujo, y que por la parte de atrás daba al cementerio, ¿me entiendes, tú? Al frente estaban las oficinas donde ibas a preguntar, inscribías los fallecimientos y hacías tus trámites. Así fue como un día fui a ponerle flores a mi mamá cuando este hombre me cuenta que una noche le inundaron el cementerio con autos policiales, camiones y fusiles de batalla. Salió de la casa con lo que llevaba puesto a cumplir con su deber de administrador. Apenas se topó con el grupo militar, se estiró la chaqueta tratando de cumplir con sus obligaciones y pidió el certificado de defunción; así, bien plantado, pese a estar rodeado de armamentos y pelotera. Pero este pobre hombre no había terminado de hablar cuando le gritaron “pa’dentro, pa’dentro, este es un entierro político, me entiende, político, señor, qué certificado ni nada, váyase a acostar.” Así que el pobre hizo caso pero a medias, porque con los pocos empleados del cementerio que tenía cerca se metieron para adentro y mironearon por detrás de las cortinas; ahí mismo, desde su casa al fondo.

-Al final no sé quien daría el certificado de defunción, pero ellos de todos modos presenciaron el entierro. Y era Allende, fíjate, y por los cálculos que hicieron ahí escondidos, detrás de las cortinas, lo depositaron en la sepultura de su cuñado de apellido Grove, que me parece también era político porque cuando yo estaba interna en la monjas francesas de Valparaíso –tenía como 11 años nomás- oía desde el dormitorio, acostadas ya para dormirnos, el griterío que nos llegaba de la calle:

…queremos ver a Grove

colgando de un farol

con media lengua afuera

y pidiéndonos perdón!

-Imagínate la canción de cuna que escuchábamos. El colegio estaba en la calle Independencia esquina con Manuel Rodríguez. Lo que escuchaba yo era el griterío y la trifulca que venía de la calle Manuel Rodríguez. Y ahí, en una esquina, había también una botillería que escupía curaditos todas las noches tambaleándose por las veredas. ¿Y sabes como se llamaba esa botillería, sabes tú como la llamaban? ¡Santa Teresita!, imagínate, una santa y protectora de los que tomaban tanto.

-Bueno, pero la sepultura de Grove está a ras del suelo y separada por un caminito muy chiquito de la sepultura de mis abuelos. Yo en esos tiempos iba al cementerio, llevaba ropa para lavar, les ponía flores y me quedaba varias horas. Y en esa ocasión pasé a la sepultura del tata y la abuelita porque había un rosal muy viejo y lindo que me gustaba regar. Estaba llenando un tarro de latón gris con agua helada cuando me topé con el jardinero, y muy cerca de donde estaba enterrado Allende, así que haciéndome la lesa no me pude aguantar y le consulté bien calladita: oiga, le dije, ¿y por aquí está el Chicho? Porque ese era el sobrenombre que tenía Allende: Chicho. Y me creerás tú que al pobre hombre se le dio vuelta la carreta, tiritó de susto y me gritó: “No se na’yo, señora, no se na”, antes de echar todas sus palas, picotas y herramientas sucias adentro de su carretilla para arrancar a toda carrera perdiéndose entre las tumbas solitarias.

Momento 22

Pasa el tiempo y las situaciones que uno ha vivido y que en otro tiempo parecían insignificantes, se agrandan y cobran otra intensidad y nuevos colores. Es ahí cuando uno repasa esos momentos, como fotos o fragmentos del pasado, tratando de encontrar nuevas interpretaciones, pero no resulta. No resulta porque el tiempo es otro y los lugares y los afanes de la gente son distintos; a veces solo florece un amago de relato y los deseos grandes de estar mejor preparados para cuando otros momentos parecidos nos vuelvan a sacudir; es importante estar alertas, atentos. para atraparlos bien en un rincón de la memoria. Esos son los momentos especiales que se pueden catalogar como los momentos 22, donde la suma ya no importa. Son momentos que obedecen a otras leyes, momentos para colocar uno al lado del otro.

Recuerdo que me enteré cuando caminando por la Euclid Avenue, frente a la Universidad, en Cleveland, leí sobre su muerte. Era un 23 de Enero del año 82 y hacía un frío intenso en Cleveland. Crucé la calle porque por un cambio de horario, la clase de química orgánica sería en otro edificio, detrás de la biblioteca. En ese tiempo todavía no reconocía bien las calles que pronto formaría parte de mi ciudad, mi nuevo suburbio. En el titular del New York Times, que pude leer parado en la vereda, adentro de una vitrina de metal y a través de una ventanita de vidrio, anunciaban que Eduardo Frei Montalva había fallecido el día antes. Y justamente ahora, ya transcurridos más de treinta años, todavía voy al Google para releer los distintos episodios, para tratar de entender un poco más lo sucedido en ese entonces. A uno le enseñan que 2 + 2 son 4….. pero a veces resulta un 22, y es difícil darse cuenta de ello. Los momentos de 2 + 2 son 4 son aburridos y muchas veces previsibles, por eso uno los larga y los olvida para siempre. Los momentos interesantes ocurren cuando 2 + 2 son 22, pero cuesta darse cuenta de ellos, en general se esconden y no se dejan ver, son tímidos, pero cuando uno los descubre nos dicen mucho más. Cuando uno los descubre y les saca cruelmente las caretas, ellos gruñen y se defienden pero al final algo les gusta, y fielmente rebrotan y te gritan para que los veas otra vez y a lo mejor los muestres, es ahí cuando se dejan ver; quieren desesperadamente que los vean.

Un fragmento 22 que tengo claramente instalado en la memoria ocurrió en la playa, en Punta de Tralca, en el Meeting Anual de la Sociedad de Química de Chile. Corría el año 81, en esos años terminaba mi licenciatura en química y me preparaba para continuar mis estudios fuera de Chile, en la Universidad de Case Western Reserve, en Cleveland, Ohio. Todavía no sé por qué lo hice, pero así ocurrió, me fui, terminé partiendo. A lo mejor es un tema para otra nota. Estábamos en el estacionamiento del recinto de vacaciones del Banco Central donde se efectuaban las Jornadas de Química, cuando el amigo de un amigo, Eugenio, abrió la maleta de su Fiat 125 y con orgullo mostró el botellón de Chivas Regal que le habían regalado hacía poco. Lo elevó a las alturas como si fuera un cáliz consagrado y largó una carcajada pegajosa, amistosa, invitando a compartir. El tipo era realmente simpático y bonachón, alegre. Venía llegando del puerto de San Antonio donde había almorzado con “El Mamo” en un restorán que en ese entonces era una de sus picadas favoritas: el restorán “La Margarita”, “donde La Margarita,” el predilecto del Mamo. Al menos eso lo recuerdo bien. En ese entonces no tenía la menor idea de que “El Mamo” era nada menos que el general Manuel Contreras, a cargo de los servicios de inteligencia de Pinochet. Como decía, en ese entonces 2 + 2 todavía daba 4. Tampoco sabía que ese tipo simpático y bonachón, muy hablador, era nada menos que Eugenio Berríos, y trabajaba en el Proyecto Andrea, donde sintetizaba armas químicas como el fatídico y mortífero gas sarín. Estábamos en Punta de Tralca, admirándole el botellón de whisky a Berríos. En el horizonte se veía claramente el choque del océano y el cielo, mientras las gaviotas ruidosas pasaban por sobre nuestras cabezas y esos grandes roqueríos. Al poco rato y después de sujetar ese botellón de whisky como un gran trofeo, terminamos todos en mi casa de Algarrobo probándolo con hielo mientras algunos colegas, en ese entonces profes de la universidad, conversaban sobre la boldina. Como nos explicaba Berríos –moviéndose como un director de orquesta- y sentado en la cabecera de nuestra mesa de vidrio trasparente, la boldina era el químico que él había estudiado durante su tesis de grado, era el componente principal del boldo, que tanto se disfruta como “la agüita de boldo” y que se consume en Chile después de las comidas suculentas. Él quería transformar la boldina en un negocio. Y a cada rato largaba nombres de personajes importantes que a veces nos dejaban mudos y otras veces asustados. Regularmente hablaba del “tata” (Pinochet), como si este fuera su compadre o su papá. Y nos miraba para medir el efecto que habían tenido sus palabras. Hablaba mucho y le gustaba impresionar, farsanteaba hablando de sus contactos. Había bastante histrionismo en todo lo que hacía. Eugenio buscaba caer bien y que lo escucharan……. y hablaba demasiado.

Otros fragmentos 22 me ocurrieron por la noche, al morir el día, y cuando veía llegar a mi casa al doctor Alejandro Goic. Tocaba el timbre de la puerta de afuera y entraba con cara de circunstancia, como un escolar cualquiera, para hablar con mi padre, también médico. La verdad es que esas consultas eran habituales. Era común que algún accidentado llamara tarde por la noche buscando socorro y atención médica. Y uno escuchaba calladito las preguntas y respuestas. ¿Perdió el conocimiento? ¿Vomitó? Mándenlo de inmediato al Instituto. Y al poco rato era el turno de la llamada de mi padre al Instituto dando cuenta de la situación. Déme con el médico de turno, empezaba…… y pobre si la telefonista que salía era muy lenta y despistada porque entonces quedaba la cagada. Pero en el living de nuestra casa hablaban con el rostro preocupado sobre como iba evolucionando la salud de Eduardo Frei Montalva, recientemente operado en la Clínica Santa María de una hernia que había inexplicablemente desembocado en una infección tremenda. Los médicos ya no sabían qué hacer. Mi padre no estaba en el equipo médico que lo atendía, pero Goic le consultaba; se conocían, eran amigos. Recuerdo que en un momento cifraron las esperanzas en un nuevo antibiótico que les mandarían desde los Estados Unidos. Sentados en el sofá del living de mi casa conversaban y discutían las evidencias médicas un poco incrédulos, y también asustados, como explorando un terreno que les era completamente ajeno.

La noche empezaba con la llamada telefónica de Goic, y luego su llegada presurosa, preocupante. No probaban nada, no comían nada, simplemente conversaban callados, y uno apenas los podía oír. Mi gato me esperaba a los pies de la escalera

Y claro, vuelvo al Google y en Wilkipedia leo los detalles de cómo terminó Berríos. En esos años, los 90, la justicia lo buscaba para que fuera a declarar por el asesinato de Orlando Letelier, en Washington. Todavía no lo buscaban por la muerte de Frei Montalva, su nombre en ese caso solo lo mencionarían años después, cuando ya lo habían muerto. En los 90 los servicios de inteligencia se lo llevaron escondido al Uruguay bajo la “protección” de la inteligencia de ese país y Chile. Leo en la Internet lo publicado en el diario La Nación del 1 de Noviembre del año 2009, cuando se investigó su muerte:

“Los últimos días de noviembre de 1992, arrodillado y atado por los brazos, al químico lo obligaron a bajar la cabeza. Arturo Silva le dio el primer tiro. El otro lo disparó uno de los tres militares uruguayos bajo arraigo en Chile. Fue un pacto de honor y silencio. Una bala por cada país”

Varios años después, en abril del año 95, finalmente encontraron las osamentas de Berríos enterradas en la arena, en la playa de El Pinar, cerca de Montevideo……..Berríos no solo trabajó con fuego, pero hablaba demasiado y conocía mucho.

Con los años me sigo topando con amigos de Chile, con profes de la universidad ya retirados. Incluso una vez me topé con uno en un aeropuerto, en Washington. No había terminado de saludarme, de preguntarme cómo estaba, cuando de improviso, casi agarrándome del cuello, lo primero que me preguntó era si acaso me acordaba:

-¿De qué? –le pregunté de vuelta, preocupado.

-¡De Berríos! –contestó. Y casi me lo suplicó- ¿te acuerdas cuando estuvimos con Berríos, te acuerdas cuando estuvimos con Berríos en tu casa de Algarrobo?

Dudé un minuto mientras sus ojos parecían escarbar en su memoria pidiendo ayuda. Hasta que le dije sí, que me acordaba. Y decididamente noté que me creía y se calmaba, había sido cierto, no cabían dudas, no estaba imaginándose eventos misteriosos. Me di cuenta que ese incidente, ese whisky en mi casa de Algarrobo, también había sido un momento 22 para Fernando. Llegué a sentir los roqueríos y las gaviotas, y la playa de Punta de Tralca.

¿Y cual es el tuyo? ¿Cual es tu momento 22?

Detroit: La Aventura de un Jurado

Habían más de cien personas reunidas en una sala con sillas metálicas pero acolchonadas, buenas para resistir un día completo de espera. Nos habían citado como potenciales jurados a la Corte de Justicia de Detroit, en el centro mismo de la ciudad. Antes ya nos habían obligado a vaciar nuestras carteras y forzados a pasar por un detector de metales. Un cartel adosado a un muro anunciaba que no se puede entrar con celulares o aparatos electrónicos. Una vez adentro, vemos gentes de todos los colores y razas dispuestos a leer y a conversar de su familia y amigos mientras esperábamos; estamos resignados a pasar un día entero trabajando en este servicio público al que hemos sido convocados por correo. Algunos esperan felices a que los elijan finalmente como jurado. Otros, lo único que desean es que los dispensen pronto para poder partir al trabajo o a sus casas. Después de pasar por la seguridad y presentar los papeles, nos pegan una estampa roja en el pecho que lee claramente: “Jurado”. Pronto nos indican donde están ubicados los baños y una sala pequeña donde podemos comprar algo para comer, tomar café y aminorar la espera. A la media hora llegan instrucciones para los que tiene sus autos mal estacionados, o en parquímetros con monedas, para que los muevan a un estacionamiento más seguro y pagado; anuncian que el proceso al que hemos sido convocados puede tomar el día entero. El ticket que les dará la policía, nos amenazan, es imperdonable y les costará como 45 dólares, y hasta les pueden extirpar el auto con una grúa rápida y mortifera.
Como no se aceptan celulares, estoy sin email y casi desconectado del mundo. Solo me acompaño de dos libros y unas pocas páginas en blanco donde escribo esta breve nota como entretención. Sobre todo me interesa leer un libro de Eduardo Halfón, que me compré hace poco.
Ya han comenzado a llamar a los potenciales jurados, en grupos de a veinte, para distribuirlos en los distintos casos que están agendados para el día de hoy. Los grupos son grandes ya que muchos son descartados y los mandan de regreso a casa. Finalmente escuché mi nombre que pronunciaron bastante bien pese a las ruidosas “eres” que tiene el apellido Fierro. Subimos al octavo piso, donde está la sala 803 donde nos han citado. Antes de subir reconocí a un amigo, Richard, que vive cerca nuestro y a quien también habían llamado para que se presentara. No es la primera vez, me dice, años atrás participó como jurado en un juicio relacionado con un asesinato. No le alcancé a preguntar cual había sido el veredicto porque ya nos llamaban, pero alcanzamos a intercambiar algunas palabras sobre sus casas. Richard vive comprándose casas y cambiándose a otras casas nuevas. A veces hasta se le incendian, pero la arregla y se muda a otra como cualquier conejo acostumbrado a esa vida de conejo. Me dijo que ahora tenía pensado construirse una casa en Sheldon Rd, que está cerca de donde vivimos nosotros. Me cuenta que ya se mudó de la última casa que le habíamos conocido. Siempre cuando habla de casas y más casas lo escucho con horror y espanto. Nosotros tenemos tanto cachureo maldito en nuestra casa, que sería un verdadero castigo mudarnos; aunque pronto, muy pronto lo tendremos que hacer porque ya sin hijas y ellas esparcidas en distintas direcciones, nos queda demasiado grande.
Nos despedimos y cruzo los dedos para que el mío sea un caso simple, algo donde con solo llegar a la sala el conflicto ya se haya resuelto. Llegamos al octavo piso y comienza la otra espera. Nos anuncian que el Juez se llama Craig Smith. Se escucha el abrir y cerrar de puertas. Vemos pasar abogados serios, cargados de pesados maletines negros. A veces notamos a un policía y más papeles que entran y salen. Ya son como las 10 de la mañana y todavía esperamos a que nos inviten a pasar. Vemos entrar policías y más abogados y aumenta el movimiento y el ajetreo. Ellos si pueden usar celulares. A lo mejor están negociando, no lo sé, pero se demoran. Para matar el tiempo sigo leyendo a Eduardo Halfón, un escritor joven y guatemalteco. Me gusta como mezcla su propia vida con la ficción, es algo entre memoria y novela, un hibrido bien interesante. Me atrae su lenguaje poco rebuscado y sencillo. Si este es un crimen, me pregunto –no la novela, sino el juicio- creo que se resolverá bien pronto. Entra más gente a la sala, a lo mejor son los tipos enfrascados en la disputa; imposible saber nada.
Son las 10:10 de la mañana y todavía ocurre poco, pero los potenciales jurados al menos ya esperamos a la entrada de la sala donde se llevará a cabo el juicio. Son muchos los que ya conversan en voz alta, salpicando de ruidos y carcajadas nuestra espera. Una señora no deja de celebrar una broma que una amiga reciente le cuenta, y saca un pañuelo para secarse las lágrimas que le brotan del gozo, de la carcajada estridente, pero igual nadie nos llama. Se sigue riendo porque parece que se vuelven a recontar la misma historia pero de otra manera, con una pequeña variación que nuevamente las hace estallar, y las obliga a sacarse los anteojos y pañuelos para secarse los ojos. Luego, como en el mar, después de varios minutos llega otro silencio que se interrumpe brevemente por el recuerdo del chiste y las risas que florecen como gorgoritos, como una ola a la orilla de ese mar. Que envidia más grande, que ganas de volver a reírme de esa manera, sacándome unos anteojos que no tengo, para entonces secarme las lágrimas (lágrimas que a lo mejor tengo). No se sientan y permanecen paradas a la entrada de la sala. Ahora se ríen de una señora que entró enojada por algo. Ya no es un chiste o una broma, es una señora de chomba rozada que entra como un trompo, casi de portazo, a la sala vecina. Escucho que mi vecina ya había sido jurado antes, y le dice a otra vecina que ella siempre aconseja a sus nietos que “cuesta un segundo meterse en problemas y después una vida entera para salir de ellos”. Las tres vecinas apoyadas en la puerta todavía se ríen y no escuchan nada.
Finalmente nos llaman y entramos a la sala 803. A la izquierda vemos a un tipo de raza negra con facha de verdulero sentado junto a su abogado, un joven de anteojos de marcos negros, que pronto ejercerá de fiscal acusador. Todavía no nos cuentan los detalles, pero el juez lee los cargos donde se menciona que hubo uso de armas de fuego en contra del policía de raza negra –que tenemos enfrente, ese con facha de verdulero- y con intento de asesinato. En esta Corte las apariencias cobran toda su importancia. El policía tiene que presentarse como un tipo bonachón, mientras el acusado tiene que presentarse como un niño que recién viene saliendo de una clase de música o de un coro. Al otro lado, a la derecha, vemos a la defensa, al que están acusando, un adolescente flaco, de raza blanca, rubio, bien asustado, vestido de corbata y camisa clara. Y es cierto, parece un recién salido de una clase de piano. Su abogado lo acompaña, es un tipo ya mas viejo y sazonado. Más atrás vemos a los padres del acusado que no necesitan aparentar nada, se notan desvastados, tristes y mal vestidos, y desparramados sobre la banqueta de madera dura, perdidos entre toda esta ceremonia nueva que a lo mejor recién comienzan a conocer.
Lo primero que hay que entender en un juicio como este, es la importancia que tiene la composición del jurado. Las dos partes involucradas desean vender la propia versión de los hechos, sea la defensa o la parte acusadora, de manera que lo ideal es tener a un grupo, a un jurado, compuesto de personas fáciles de influenciar, un grupo emocionalmente maleable y proclive a tragarse con facilidad las primeras impresiones, los gestos, las “dudas” y la actuación de los distintos personajes en escena. A los abogados les interesa tener las manos libres para presentar e incluso actuar su propio caso. Por eso el juez comienza a hacer las primeras consultas para que las respectivas partes –los dos abogados, el acusador y la defensa- comiencen a hacerse una idea de “quien es quien” en ese potencial jurado que todavía no ha sido escogido al azar. Más adelante, pero antes de empezar el juicio, los abogados podrán sin problema y sin darle explicación a nadie, pedirle al juez que reemplace a cualquiera de nosotros por otro miembro del grupo que todavía está en la sala y que no ha sido escogido. Incluso después de seleccionar a las doce personas, el juez le seguirá dando oportunidad a los miembros de ese jurado a que hablen y se expresen libremente. Al grupo de más de veinte personas, el juez nos interroga y nos invita a expresarnos al preguntar si tenemos algún problema para actuar como jurado. Pero antes nos hace jurar que diremos la verdad y nada más que la verdad. Es ahí cuando uno se levanta con cara de despistado y le dice al juez que él tiene problemas graves, no entiende el inglés y apenas lo habla. El juez no le hace ningún test, simplemente le dice que se retire, que está bien, que se vaya. Una señora sentada detrás mío, dice que no puede ser jurado porque el próximo jueves tiene hora al médico por un hijo diagnosticado con cáncer. El juez casi se molesta, y no la invita a salir y le pide que se siente. Otra señora le dice que apenas escucha, que no puede oír. El juez le hace una pregunta y ella le contesta, ¿qué?…. no le escucho señor juez, que no escucha nada, le dice. El juez le pide que se retire, está dispensada, que se vaya. Otra se levanta y le dice que es maníaca depresiva, y que todavía no le han podido recetar los medicamentos, que no sabe qué tomar. El juez la invita a salir. Otra señora le dice que no puede faltar al trabajo. Esta vez el juez se molesta y le dice que este es un servicio público, cuantos de ustedes han sido llamados a hacer el servicio militar, nos pregunta. Y varios levantan la mano. El juez le dice que tome asiento.
Finalmente, después de todos estos preeliminares, el juez nos explican como funciona el sistema. En este país la parte acusadora, o el fiscal acusador, es el que tiene el trabajo difícil, es el que tienen que probarle al jurado su caso y más allá de toda “duda razonable” de que el acusado es realmente culpable. En otros países ocurre todo lo contrario, donde es el acusado el que tiene todo el peso de las pruebas y necesita demostrar que es inocente. Aquí, si el fiscal acusador acusa de A, B o C, el jurado lo tiene que encontrar culpable -al acusado- “más allá de toda dura razonable”, culpable de A, B y C. Si prueba solo A y B y falla en probar C, el tipo es inocente, así de simple. Se necesita unanimidad. ¿Entienden las reglas?, nos pregunta el juez. Uno de los posibles jurados arruga el rostro y no se muestra convencido. Fue ahí cuando el juez nos repite que no nos está preguntando si las reglas nos gustaban, simplemente les pregunto, nos dijo, si las entienden y si están dispuestos a respetarlas y a seguirlas. Así es, le respondemos todos. Y el tipo que antes arrugaba el rostro se quedó serio y asintió. Todos estos preliminares son importantes para que el jurado entienda como se administra la justicia, y para que los respectivos abogados puedan descartar a algunos jurados que pueden ser percibidos como poco favorables a su causa.
De nuestro grupo finalmente eligen a las doce personas que conforman el jurado. Entre ellos me tocó a mí, junto a la vecina que antes celebraba chistes, pero que ya no se reía. Los que no fueron escogidos son invitados a quedarse porque todavía el proceso de selección no ha terminado. El juez los pueden llamar si uno de nosotros es retirado a petición de uno de los abogados. Uno por uno nos presentamos y damos a conocer nuestra profesión y en que trabaja nuestra esposa o esposo (solo si están casados o casadas). A Pilar, semanas antes, un fiscal acusador la descartó sin explicaciones. Ella poco antes se había presentado como PhD en química, algo poco común, y al poco rato y sin explicaciones fue dispensada por el fiscal acusador. Probablemente este la percibió como peligrosa, potencialmente dura y difícil de convencer. Por eso intuí que los abogados prefieren a los jurados más “normales”, gente con menos educación que es percibida como maleable, más fácil de moldear hacia una u otra dirección. Por eso, cuando el juez me preguntó sobre mi profesión, no mentí, y le confesé que era científico, y que mi señora también era científica. Noté que pese a todos mis cuidados, mi respuesta despertó luces de alarma en el abogado acusador que tomaba notas febrilmente y se ajustaba los lentes. A lo mejor como “científico”, también fui percibido como una persona demasiado critica frente a las evidencias que él iba a presentar, levantando así la barra de lo qué se considera “duda razonable”. Como le respondí de manera demasiado general al juez -no le quise “confesar” mi doctorado en química-, me preguntó en qué área de la ciencia trabajaba. La química, le contesté, soy químico. Estoy seguro que eso tampoco aterrizó bien en el fiscal acusador porque seguía tomando notas febrilmente. Para ubicarse mejor, el juez entonces nos pregunta si alguien ha sido acusado o condenado de algún crimen. Una señora joven, afroamericana como de treinta años sentada a mi lado, levanta la mano y cuenta que no la han condenado de ningún crimen, pero que la acaban de violar. La acaban de violar hace pocas semanas, le cuenta al juez, y le dice que piensa ir a terapia. El juez le pregunta si eso que ha sufrido, esa violación, la imposibilita o la hace tener sentimientos negativos contra La Corte, o contra el policía (que todavía parece un tranquilo verdulero), y ella le dice que no, que será perfectamente imparcial. El juez entonces le dice que se quede. Otro jurado, el número 9, le dice al juez que él había sido condenado por un asalto a mano armada, y que ya había cumplido su condena. Nuevamente el juez le consulta sobre su imparcialidad. Que sí le responde el tipo, que será imparcial.
Y ahora le llega el turno a los abogados. El fiscal acusador nos presenta un caso hipotético para asegurarse de que entendemos bien el concepto de “duda razonable”. Imagínense, nos dice, que ustedes están en un estacionamiento y ven a dos niños que corren con los brazos abiertos, estirados y sonrientes, para chocar de frente, uno contra el otro. ¿Hubo mala intención en eso?, nos pregunta. No, le dice un jurado, todo indica, que iban felices a encontrarse. Es casi seguro, “más allá de toda duda razonable”, de que no hubo mala intención. Y si ahora, pregunta el abogado, ya no van riéndose al encuentro, y sobre todo uno de ellos muestra claramente una mueca de rabia en el rostro, ¿hay mala intención en ese individuo? Probablemente sí, le contesta otro. “Más allá de toda duda razonable”, uno de esos individuos tenía malas intenciones, repitió. Y fue aquí, para tentar suerte y confirmar mis sospechas, fue ahí cuando largué una pregunta que el fiscal no me contestó. Y en el primer caso, le pregunté, ¿cuan seguro, está usted, de que se están riendo? El fiscal me miró con una sonrisa y no me dijo nada. Estaba claro que me había registrado como jurado problemático, uno que constantemente le buscará “las cinco patas al gato” haciendo su trabajo más difícil. Si mi teoría sobre un jurado emocional y dócil, tiene fundamento, mi suerte estaba echada, el requeriría mi reemplazo.
Después le tocó el turno al abogado defensor. Él se esforzó por hacernos entender que todo el peso de la prueba caía en la parte acusadora. Espero que ustedes lo entiendan, nos dijo, pero nosotros, como defensa, podemos perfectamente no hacer nada, ni siquiera defendernos, para dejarle todo el peso de la prueba a la parte acusadora. ¿Entienden eso y lo aceptan?, nos preguntó. Otro jurado, un hombre ya retirado, le dijo que no le gustaba la idea, pero que bueno, la aceptaba. Y el abogado entonces insistió preguntando si castigarían a su cliente si él decide incluso no declarar, no decir una palabra. Otro jurado contestó diciendo que eso sí le molestaba. Entiendo que eso le puede molestar, le dijo entonces el abogado, pero le pregunto si usted acepta esa regla y por lo tanto no considerará esa inacción nuestra como un motivo válido que pueda influenciar su decisión sobre mi cliente. Y a regañadientes el jurado lo aceptó.
Al final, sorpresivamente, cuando ya creíamos que estábamos preparados para conocer los detalles del juicio y ponernos a trabajar, el abogado acusador me descartó sin explicaciones y terminantemente. Pidió que me retirara junto al jurado 9, que había sido condenado en un juicio previo. Al escuchar mi número -jurado número 8-, me levanté sorprendido de mi asiento, aunque no me debería haber sorprendido, -eso confirmaba lo que veníamos diciendo- y miro al juez, al acusado, y salgo de la sala torpemente mientras el fiscal acusador escribe una nota rápida sentado en su escritorio. Me siento desolado, sorprendido, triste, sin embargo, ¿no era justamente esto lo que realmente buscaba? Nos subimos con el 9 al ascensor. No le pregunto nada del robo, nada de su vida o de su juicio; pero pese a que no intercambiamos una sola palabra, ni un solo saludo, me empecé a sentir acompañado por el 9, silenciosamente acompañado a medida que el ascensor descendía hacia la calle. Salimos afuera y tampoco nos despedimos, simplemente nos volvimos a mirar, levantamos los hombros y salimos hacia la ventisca de Detroit. Afuera, el ruido de la ciudad era grande y el sol se colaba parpadeando por entre las nubes y los edificios altos de una ciudad que sufre, que está en quiebra, pero que trata de levantarse del polvo, el desempleo y la miseria: Detroit.

Una Confesión

 

Junio 14 14

Aquí tienen a Esperanza, nuestra gata pianista.

En ese tiempo Rita Pavone causaba a furor en las radioemisoras chilenas con su popular “Ay, muchacho, si no cambias pronto…” mientras Marie Laforet cantaba “Ven, Ven, todo está dispuesto, ven …..Y en los recreos del colegio, Patricio Walker (el “Galeno” Walker) nos deleitaba con la música proveniente de unos platillos de vinilo que el organizaba desde una oficina de olor insoportable gracias a una combinación mortífera de cigarrillos y ventanas clausuradas. “El Galeno” Walker luchaba y se entretenía combatiendo la electrónica de esos tocadiscos que a veces lo dejaban “marcando ocupado”. Y en el patio, Bustamante nos vendía unos sándwiches de jamón-palta deliciosos y que él, transpirado y bañado en sudor, nos entregaba frente al griterío de manos hambrientas que lo asaltaban pidiéndole bebidas, dulces y más sándwiches. Por supuesto que no había mucha higiene, y con los mismos dedos salpicados con palta y mayonesa te pasaba los billetes arrugados y las monedas sucias.

A veces, en los recreos y en ocasiones especiales, veíamos a Milon, el profe de matemáticas, sentado a pleno sol jugando una partida de ajedrez con un despistado que lo había desafiado sin saber quien era. Y ahí también fumaba otro poquito, hundiendo su cabeza debajo de su mano derecha y rebalsando humo por todos los rincones. Recuerdo que una vez le pedí ayuda en matemáticas, que para mí resultaba indescifrable, y él, sin problemas, me ayudó, se sentó a mi lado y en una hoja de papel y con trazos precisos me explicó pacientemente lo que todavía parecía chino. Lo triste fue que en otra ocasión le pedí ayuda a otro profe, y Milon se molestó (?). En esos años recién me iniciaba en las convenciones adultas, en las alianzas de grupos y que en ese entonces entendía todavía menos que las matemáticas ….. solo con el paso del tiempo noto que aprendo un poco más. (……. y aquí alguien podrá decir que me está escaseando el tiempo!). En todo caso, así somos a veces, un poco melodramáticos y dispuestos a sacar conclusiones fáciles, a cerrar las puertas de portazo cuando a veces las podríamos haber dejado entreabierta hacia otras posibilidades. Bueno, lo tremendo fue que en un día fatídico le vino un tremendo ataque cerebral a Milon, y que lo dejó agónico por varios días hasta que finalmente murió. Durante esos días de agonía, me llamó su señora. Yo era su alumno, él había sido mi profe, ¿podría mi padre, médico, hacer algo, “salvarlo”? No le supe contestar, mi padre ya lo sabía y trato de hacer algo (creo!), pero estaba en manos de otro médico y en ese preciso instante no le supe contestar, o no supe qué decirle. Ella colgó el fono y siempre me quedé con la sensación de que mi pobre respuesta quedó registrada como una venganza, una cruel retribución. Recuerdo que a los pocos días fui a la capilla del colegio, donde lo velaban. Estaba sólo, y al poco rato llegó otro profe de matemáticas, “el Lagarto” como le decíamos. Me senté un rato y después me fui…….. pero esa llamada y esos recuerdos no se quedaron simplemente ahí, y me acompañan siempre.

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Nuestro ex-compañero de curso, Juan Pablo Molestina, a empujones, me está enseñando a apreciar los objetos funcionales, y a entender de donde sale esa belleza estética que uno la percibe de manera general y borrosa, pero que no entiende y no sabe de donde realmente proviene. Como lo demuestra Juan Pablo, analizando bien el objeto, uno finalmente puede ver o entender mejor de donde viene, de donde florece esa belleza estética…… y por lo general –y como ocurre siempre- viene del estudio, esfuerzo y dedicación:

Tu radio: Si te fijas, la parte abrible de tu radio es un cuadrado, la radio en su totalidad de fachada es la golden section (sección áurea?) de ese cuadrado. El cuadrado está dividido en dos franjas iguales, una obscura y una clara, que en sí son también dos cuadrados. En la franja clara la posición de los botones (círculos) enfatiza el cuadrado izquierdo. En la foto de Rams, el buscador de ondas también está colocado de manera que un cuadrado sea visible en la parte obscura. El cuadrado y el número cuatro están representados en todos los botones, a veces como una repetición de cuatro botones idénticos, a veces como tres botones idénticos y uno parecido. Este ultimo conecta visualmente con otros grupos de cuatro Es divertido si te fijas bien, es como música visual!

Es divertido que esa época que idealizaba los primeros aparatos técnicos de uso domestico (como tu radio) en manos de Rams convierta éstos en objetos platónicos, metafísicos. Gracias a un cuidado obsesivo en el diseño se comunican dos calidades casi opuestas: pasión y disciplina. La consideración al usuario, a la persona, se nota en el uso de materiales funcionales y formas redondeadas, sin esquinas abruptas que puedan ser desagradables al tacto. Pero las proporciones implacables, los juegos de números y sus transparencias, los colores nobles y los materiales en el mismo tono, ponen a este objeto cotidiano en un plano sublime: la radio es casi un objeto místico (un altar para quien?) Por eso me encanta Rams. Que suerte que tengas una de sus radios!

Tengo la impresión que Steve Jobs conocía a Rams, o al menos conocía el trabajo de Rams. Cuando uno mira los productos Apple, nota sin dificultad ese cuidado obsesivo, esa pasión por el diseño que nos menciona Juan Pablo, y el uso de “materiales funcionales y formas redondeadas”, incluso tengo la impresión que la aleación que Rams usó en la radio, y el lustre de su superficie metálica, es casi idéntico al que podemos encontrar -y que fue entonces copiada- en muchos computadores Apple. Y Steve Jobs definitivamente comunicó esa pasión y disciplina, que nos menciona Juan Pablo. ……. ¿un Apple como un nuevo objeto místico, Juan Pablo? Claro qué Steve Jobs empujó el sistema hacia otros horizontes. Sí uno recuerda como Jobs anunciaba sus nuevos productos, por ejemplo, es fácil ver que estos eran programados como servicios religiosos, donde incluso la vestimenta que él usaba tenía un especial significado, como fueron su polera negra y jeans, que fueron siempre iguales (para la ceremonia y que él incluso usaba como vestimenta de sacerdote, es decir todo el tiempo). Y los nuevos productos los anunciaba frente a unos fervorosos seguidores que lo admiraban extasiados….

Junio 14 2014

Mironeando desde una escalera

 

Marzo 28 14

Un elefante huérfano –le mataron a los padres para robarle el marfil- sale a recibir cariñosamente a su cuidador.

Era una escalera que subía como un caracol hacia el segundo piso de mi casa. Los peldaños de ladrillo rojo eran cortos, pero continuaban con otros de madera largos y altos. Daba gusto correr y saltarse varios peldaños a la vez, brincar, colgarse de las paredes para ir a ver quien tocaba el timbre en la puerta de entrada. Muchas veces fue mi padre y corríamos a saludarlo al final del día. Ahora que ya tengo los años que el tenía en ese entonces, veo que esas carreras tienen que haberle gustado mucho. Otras veces nos asomábamos sin correr, y simplemente lo hacíamos para ver quien llegaba. Una noche, ya tarde, cuando estábamos todos en la cama, acostados, sonó el  teléfono y luego el timbre de la casa. Corrí en pijamas para ver quien llegaba, pero no bajé. Era nuestro pariente, el Tatín, (Agustín Ramírez Zepeda) que venía a buscar a mi padre, médico, porque habían atropellado a su papá, el hermano de mi abuela, el tío Pepe.  Me acuerdo bien por la cara de angustia de Tatín, la manera en que apoyaba su mano en la baranda de la escalera, afirmándose fuerte, protegiéndose de todo lo que se le venia encima. Con los años, todavía veo ese rostro de angustia y de esperanza que afloraba cuando hablaba con mi padre; habían atropellado al tío Pepe y lo venía a buscar para ver si se podía hacer algo, salvarlo.

Al  tío Pepe lo recuerdo como uno de los pocos adultos que frente a uno se portó sin susto de parecer abuelo, se reía frente a un pendejo tan chico como uno y me hacía magia con sus manos. Pero esa noche mi padre no pudo hacer mucho y el tío Pepe desgraciadamente falleció, dejó de hacer magia, chuteo el tarro y partió hacia otro lado. En la bruma de los recuerdos, lo guardo como un hombre cariñoso que siempre trató de entablar una conexión amistosa con un niño chico como uno y que nada sabía de la vida. Después, con el tiempo, ya viviendo en USA, nos enteramos que a Tatín, el primo de mi madre, lo habían acusado de abusos sexuales unas actrices de apellido Prieto, sus hijastras.

“¿Y abusó?” Le pregunté un día a mi madre. Y ella dándose vueltas como una cuncunita me explicó que los viejos a veces se “ponen” verdes, y que ese es un tema que se habla poco entre la familia…… de manera que lo más probable es que todo fue cierto, le gustaban jovencitas y bien tiernas. Abusó, les tocó las pechugas, y a lo mejor hasta bailó con ellas como si hubiesen sido sus pololas.  Parece que Tatín todavía está en la cárcel, y ni siquiera los problemas al corazón le han permitido librarse de ese encierro. Dicen que uno que otro pariente lo visita, los más fieles (a lo mejor se acuerdan del tío Pepe y por eso lo visitan). Yo siempre lo recuerdo cuando leo algo de Tatín en el diario electrónico que me trae la Internet desde Santiago, Chile, y escriben que está pidiendo una rebaja, o que le han aumentado la condena.

Y pasan los años y sigo mirando, pero no desde la escalera de mi casa; ya la demolieron. Estamos en el año 2014 y cuando llego del trabajo el único que corre a recibirme es el Copo, nuestro perro patagónico (las dos hijas ya abandonaron este nido). Como siempre no hablo mucho. Pasan los años y pese a todos los disfraces, los títulos, los éxitos, las derrotas, los fracasos, -sobre todo los fracasos-, creo que uno sigue siendo el mismo, sigo mironeando, pero desde otras escaleras….

Marzo 28 14

Un desayuno bien conversado

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No se si a ti, que estás leyendo, te ha ocurrido lo mismo; pero a mí muchas veces me pasa que las semanas y meses, incluso las estaciones del verano y los inviernos, se me consumen como si fueran miserables días de pocas horas, casi minutos, como en la vida de esa mosca que revolotea en el ventanal de mi casa. Y así fue que hoy por la mañana, tratando de parar y detener esa vorágine de acontecimientos y fechas, obligaciones, me fui a tomar un desayuno reposado y tranquilo a un restorán olvidado, el Northville Crossing-Home Coking, ubicado a pocas cuadras, al lado de la línea del tren y vecino a una lavandería de autos (ver la foto de arriba). Me gusta el restarán porque los parroquianos entran y se saludan como si fueran vecinos o parientes cercanos. Se tutean y se conocen los nombres como si fueran miembros de un club con tradición. Entro como el único forastero que no ha sido formalmente invitado –algo que ocurre más a menudo de lo que uno deseara- para sentarme en una mesa, al lado de una ventana con persianas de plástico. Se acerca una señora de edad que me atiende con una cuadernillo de papel arrugado donde lo anota todo. Le pido dos huevos fritos, mientras recuerdo a nuestra hija, Sofía, que cuando niña jugaba a dárselas de mesonera con una libretita parecida, y donde tomaba notas con un lapicero tan grande como su mano.

-¿Y cómo los quiere?

-Frito por los dos lados, con torrejas de corned beef y tostadas con mantequilla.

-¿Coffee?

-Yes, coffee, please.

Mientras tanto llegan más parroquianos con sus periódicos del día, sus bultos, a leer, a conversar y claro, a tomar desayuno. Se sacuden ruidosamente la nieve de sus abrigos y comentan las inclemencias del tiempo y el frío, antes de escoger y sentarse a la mesa. Lo complicado es que cuando se sientan, conversan despacio y cuesta escuchar lo que se hablan; pero en sus gestos noto que muchas veces son sabrosos comentarios sobre algunos amigos y familiares. Ella le dice algo bien seria y él, mientras prueba el café y se quema la boca, escucha y se queda quieto. Al poco rato, cuando ya ha dejado la taza sobre el plato, le contesta, pero con algo de resignación y una espera distante. Desde un parlante embutido en el cielo se escucha una melodía de Roy Orbison, pero también muy quieta, y simplemente se mezcla con el ruido del lavado de platos que llega de la cocinería. Los comensales se pasan el periódico unos a otros como si fuera una carta con buenas noticias. Una vecina de jeans y polera blanca se levanta y le ofrece el suplemento del sábado a un conocido que acaba de llegar, y a quien saluda de nombre: John. John se sienta, acepta el periódico y le pide a la camarera de edad que le traiga “lo de siempre”.

Me levanto de la mesa para cancelar mi desayuno y ahí arranca la conversa que estaba extrañando. Ella me hace sentir como invitado al gran banquete importante, finalmente aceptado. Antes de pasarme la cuenta me pregunta por mi nombre. Cristián, le contesto. Y usted, ¿de donde es? De Chile, le contesto. Claro, como no , un país bien largo, me repite. Y sin darnos cuenta, empezamos a conversar largo y tendido. Vemos pasar a los clientes, desfile de nuevos parroquianos, pero seguimos inmutablemente involucrados con nuestras preguntas y respuestas. Y no lo van a creer, pero como ocurre en los relatos malos, tontos, de coincidencias fáciles –pero este no es un relato, así que todo está permitido-, me contó que su madre había trabajado para “Paulo Nerruda”, cuando este había estado a cargo del consulado chileno en Rangún. Por eso conocía mucho de Chile; pero a su mamá no le cayó nunca bien ese “Nerruda,” lo consideraba un glotón, demasiado bueno para comer y tomar vino con sus amigos. Notamos que a veces oscurecía, pero pronto aclaraba y salía nuevamente el sol. Se nos ocurrió que a lo mejor habíamos estado conversando por semanas, pero no nos sentíamos cansados, no nos dolían los pies. A veces, al interrumpir la conversación, notábamos que ya nadie entraba sacudiéndose la nieve. Incluso una señora se molestó cuando le dije que cómo se vestía de esa manera en un día de invierno.
Pero al salir a la calle, un calor de verano furioso me abofeteó el rostro. Y al instante me piteó el celular con urgencia. Era Pilar, la Pili que perentoriamente me decía que me apurara, Camila y Sofía, nuestras dos hijas, ya estaban por llegar en una visita de verano…….

Silencié el celular asustado; nuevamente me había ocurrido, el tiempo y las horas, semanas y meses, se me habían comprimido como en la vida de esa mosca en el ventanal de mi casa.

Febrero 22 14

MexicanTown, Detroit

Marzo 8 14

En el restarán “Parrilladas Patagonia” ubicado en Vernon Street en el corazón mismo del Mexican Town, en Detroit. Este cliente está comprando cuatro empanadas (que se ven envueltas en ese plástico). El es uno de los artistas del Mexican Town. Sus cuadros se pueden ver colgados sobre las murallas del restorán. Son dibujos pintados sobre género y sobre poleras.
Mientras manejaba por la autopista I-75, hacia el sur, llamé a Álvaro por teléfono para que me tuviera listas una docena de empanadas –a cuatro dólares cada una. “Las tuve que suprimir” me confidenció al poco rato en su restorán – y un arrollado “a la chilena” por $20. Eran las 5 de la tarde de un día Martes y no había casi nadie en el restarán, el lugar estaba completamente vacío. Me demoré en pagarle porque ya no aceptaba tarjeta de crédito. “Le tengo que pagar como 120 dólares al mes al banco si quiero aceptar tarjetas de crédito. Una estafa. Lo mismo me pasa con estas maquinitas para las bebidas. No vale la pena.”
-¿Y qué pasó con tu mamá que te vino a ayudar desde Chile? –le pregunté
-No me digas nada. Partió de regreso, me espantaba a los clientes. Imagínate, me vas a creer que un día llegó este mexicano, amigo, chorreado de espuelas, botas, sombrero enorme, y mi madre, mi pobre madre, se le planta al frente, se le cruza de brazos, y le dice que aquí no se sirve comida mexicana (!). Me lo contaba y yo no lo podía creer. Y él es el dueño del mejor restarán mejicano que tenemos aquí.
Y Álvaro me lo repetía sujetándose la cabeza con las dos manos.
-Y las empanadas son el negocio del “oso”, -me dijo- yo se las vendo y nada más, es demasiado trabajo. Ahora le hago a lo mejicano. Fíjate que tenía un amigo que a cada rato me decía “contrata a la señora Lucia, contrata a la señora Lucia”. Y uno, el muy pelotudo, el muy huevón no lo escuchaba. Y no lo escuchaba porque todavía insistía que mi restorán tenía que ser un restarán chileno y que vendiera solo comida chilena….. pero aquí estamos en el Mexican Town; ……pero si soy muy pelotudo. Y sentémonos, a conversar, compadre, aquí tengo una Coca-Cola abierta, aquí tienes un vasito- y como te contaba, así es como uno aprende, cagándola y dándose de cabezazos contra una muralla. “Contrata a la señora, Lucía. Contrata a la señora, Lucía,” me decía mi amigo. Y como te contaba, yo no lo escuchaba. Pero como te contaba, se fue mi querida madre….. si me escuchara, la pobre, pero tuve que cerrar el restorán como por tres semanas para que ella se fuera, -imagínate- para que ella se diera cuenta que esto ya se había terminado y no había más restorán y se fuera con tu su ayuda a Chile. ¡Si me escuchara, mi querida madre! Bueno, pero cuando partió, contraté finalmente a la señora, Lucía, y santo remedio, me trajo a toda la clientela mejicana del Mexican Town y ahora no estoy en el rojo. Y comen puras huevadas, todos se las arreglan con las famosas salsitas. Por eso te digo que las empanadas son complicadas, mucho trabajo, pero las sigo vendiendo, aunque ese es el negocio del “oso”. Y se me llena bastante el lugar, al almuerzo tengo como 7 mesas repletas. Y cuando llegan yo me escondo, fíjate, me voy para atrás y la dejo a ella solita que maneje todo el asunto. A ellos no les gusta verme con esta facha de chileno como la tuya o la mía, se asustan, así que yo me voy para atrás a barrer o a limpiar platos, mientras ella los recibe y los atiende. Y cocina muy rico.
-Oye, pero si quieres nos vamos atrás, yo también se barrer –le insinúo.
-No, como se te ocurre, si ahora no hay nadie. ¿Más Coca-Cola?
Marzo 9 14