¿Qué sucedió con esos conocidos que alguna vez vi cuando era niño? ¿Qué ocurrió con el coronel Sudí, del cuerpo carabineros? Llegaba a nuestra casa entonando una canción folclórica chilena, con su voz retumbando con una alegría que hacía vibrar las paredes y despertar sonrisas entre quienes estebábamos ahí. Bonachón genuino, se sentía amigo de mi padre, pero no estoy seguro si mi padre lo sentía amigo suyo; había entre ellos una distancia, como si compartieran momentos pero nunca confesaran sus secretos. Me pregunto dónde se quedó ese hombre alegre, ese coronel que llenaba el comedor de diario con melodías y sonrisas. ¿Dónde se perdió?. ¿Se apagó su voz? Siento curiosidad y vacío al recordar su estampa que ahora solo sobrevive en mi memoria. Hubo como un cambio de escena -crecí- donde muchos rostros desaparecieron, se evaporaron como goteras, desperdigándose por caminos diferentes. Nunca supe que algo así ocurría, nadie me había hablado de eso, nadie lo cuenta, no se conversa, pero ocurre.
Recuerdo cuando en uno de mis primeros viajes de visita a Chile, fui a buscar a mi padre a la Clínica Indisa donde trabajaba entonces. Fue triste, porque lo encontré junto al afamado doctor Luccini, a quien no conocía. Luccini se notaba viejo, enfermo y mentalmente disminuido por un problema vascular. Ya no le quedaba esa imagen del médico exitoso de otros años, el presidente del directorio de la clínica. Frente a mí solo había un hombre frágil que deambulaba en la antesala a la oficina de mi padre que antes había sido suya. Se movía como si fuera el portero de la clínica, como si esperara a alguna autoridad, o como si aún buscara en medio de su soledad, un propósito que lo atara a la vida y las obligaciones. Me costó mirarlo a los ojos, porque en ellos se adivinaba el cansancio de los años, la dignidad herida por el tiempo y el abandono. Fue imposible no sentir el fin, ver como las vidas se terminan. Vi que los lugares de antes ya no le pertenecían, donde las persona pueden seguir ahí, hacer acto de presencia, pero ya habitan otros horizontes.
Mi padre no me dijo nada, pero percibí una tensión en su rostro. Noté que al doctor Luccini lo dejaban vagar con libertad y cierta deferencia, como si la clínica, todavía le perteneciera de alguna manera, aunque ya no tuviera poder ni voz en ella. Me impactó verlo moverse despacio, como una sombra entre los corredores, envuelto en una dignidad herida que parecía impregnarlo todo. Por un instante, sentí que le faltaba poco para que lo invitaran a limpiar las oficinas, como si su prestigio anterior se hubiera diluido en las tareas más simples. Mi padre, visiblemente contrariado, evitaba mirar a su viejo colega a los ojos buscando una salida rápida, apurando el paso con incomodidad. Nos fuimos dejando atrás un ambiente cargado de una sensación amarga que me acompañó durante un tiempo.
En otra ocasión, nuevamente en la clínica, nos encontramos con una doctora que había almorzado en nuestra casa de Algarrobo junto a su esposo, también médico. Me reconoció al instante, y cuando intenté saludarla con entusiasmo, mi padre, con un gesto brusco, me empujó ligeramente hacia un costado. Obligándome a seguir, la esquivó, y en ese mismo acto la transformó en una desconocida: había que moverse rápido, como si el pasado fuera un sitio peligroso del que debíamos huir. Vi cómo ella estiraba sus manos, cómo la felicidad le iluminó su rostro por un brevísimo momento, un destello cálido que se apagó enseguida, reemplazado por la sombra de la desilusión. Mientras nos alejábamos, apurados, sentí como si hubiera traicionado un lazo de otros tiempos.
Mi padre se inclinó y me confesó al oído, con voz queda y temblorosa: “Tiene Alzheimer, mijito”. Aquel susurro me hizo comprender que la enfermedad le había arrebatado los recuerdos inmediatos, pero no la emoción del reencuentro. En su cara, al transformarse abruptamente, reconocí por un instante a la mujer sana de otros tiempos, un ser que luchaba por salir a la superficie y gritar que aún estaba ahí, ¿no me recuerdas? Con una claridad devastadora vi el rostro de una señora condenada a un exilio inapelable, prisionera en la niebla de su memoria.
Quise hablar con ella, tenderle unas palabras que pudieran rellenar esos huecos que la estaban asediando, lagunas que se le abrían como grietas, pero mi padre me detuvo. Me quedé afrontando la impotencia de no poder rescatarla un poco del vacío, comprobando cómo sus ojos buscaban eso que ya no estaba ahí. Su recuerdo regresa a mí con insistencia; la veo a la distancia, en ese instante preciso cuando trató de saludarme, cuando levantaba sus brazos articulando unas palabras, mientras mi padre la observa con extrañeza y nerviosismo, y me empuja a seguir, había que marcharse rápido. ¡Tu mamá nos espera, mijito!
Recuerdo ese fin de semana en Algarrobo, cuando nos visitó y olvidó un chaleco de lana café. Por mucho tiempo lo vi colgado en un armario, impregnándose del aroma a encierro y absorbiendo la humedad salina de la playa. ¿Lo habrá recuperado? Poco importa, porque a veces la gente que se va quedando abandonada en el camino es como un chaleco perdido en la casa de un amigo: permanece allí, testigo de lo que ocurrió, y a la espera de un regreso que nunca llega. Y el chaleco, como su recuerdo, se convierte en un símbolo de todo eso que no supimos abrazar a tiempo.

Recuerdo también a la señora Marta Sotomayor. Todavía la veo llegar, como si el tiempo no hubiera pasado, a nuestra casa de Avenida Suecia 1521, esa misma casa que ya he mencionado antes y que guardaba el calor de tantas historias. Marta siempre llegaba tarde, cuando el día ya había caído sobre la ciudad y las luces anaranjadas jugaban a dibujar sombras en las paredes del living. Su silueta aparecía antes de que ella fuera a ver a unos parientes que vivían a una cuadra, en la esquina de Pocuro con avenida Suecia. Recuerdo el sonido del timbre, ese pequeño estallido de expectativa que anunciaba su presencia. Yo corría a abrir la puerta y apenas cruzaba el umbral, ella me envolvía entre sus brazos, me sujetaba las mejillas con ternura y, sin previo aviso, se largaba a cantar su alegría contagiosa:
Yo vendo unos ojos negros, ¿quién los querrá comprar? Los vendo por hechiceros, porque me han pagado mal.
Su voz, a veces quebrada, llenaba el hueco de la aire. Cada palabra parecía acariciar mis recuerdos y dejar una huella pequeña pero imborrable. Nunca supe qué fue de ella, cómo terminó su historia, tampoco supe si alguna vez sintió el mismo vacío al despedirse de nosotros. Pero al menos recuerdo su nombre y su apellido, y en mi memoria sigue viva, cantando, iluminando con su presencia los rincones de mi infancia. A veces pienso que hay personas que se quedan habitando para siempre encima de las letras y la melodía.
A menudo veo a otra mujer que nunca conocí, porque jamás intercambiamos una palabra ni tampoco un gesto. Me tomaba un café en el aeropuerto JFK, en Nueva York, cuando la vi llorar. Tenía un café frente a ella, que se le enfriaba y nunca probó. Tal vez la recuerdo porque se parecía a mi abuelita Oriana. Eran mis primeros viajes en que regresaba de una visita a Chile, cuando abordaba el avión con la sensación de que mis partidas -¿mis llegadas?- eran solo un paréntesis, porque pronto regresaría a vivir en mi país. Eso lo pensaba entonces, y salía de Santiago en un estado frágil, quizás con mis neuronas más atentas, más receptivas al sufrimiento de los demás. La señora no movía ni un solo músculo de su rostro. Su llanto era contenido, invisible para el ruido del aeropuerto. Mirando hacia un pasillo dejaba que las lágrimas se le resbalaran sobre sus mejillas de porcelana helada, mientras el café seguía enfriándose, intocado, ignorado sobre su mesita circular.
Al escribir esto, me doy cuenta de que nombro a muchos conocidos, pero todavía no he tenido el valor de hablar sobre mi madre, esa mujer que envejeció y se enfermó rodeada de escondites y dolores, y que también sufrió. Su recuerdo me arde, aunque a veces lo cubro con una indiferencia trágica que asusta. Con Ximena, siento una distancia que parece abismo, una ausencia que ni siquiera me hiere como debería, pero sé que no siempre fue así. En cambio, con mi padre todo fue distinto, diferente. Cuando falleció en el año 2002, el mundo se quebró bajo mis pies, se me derrumbaba. Lloré en silencio y lo extrañé en cada gesto cotidiano. Al bajarme del auto sentía como si me hubieran arrancado una parte de mi ser, algo cálido que me sostenía, tal vez sus manos tibias, tal vez su mirada protectora. Con Ximena, en cambio, cuando murió, sentí apenas una punzada, un vacío breve, y me avergüenza escribirlo. Pero no siempre fue así. Recuerdo que tendría unos cinco años cuando los vidrios de los ventanales comenzaron a vibrar como si el corazón de la casa estuviera por saltar. Era el terremoto de 1960, ese monstruo que sacudió al país. Supe que era grave porque corrimos despavoridos hacia el jardín de entrada. No estábamos en nuestra casa de Santiago, ni tampoco en Algarrobo; estábamos en Valparaíso, en una hostería desconocida. Con el miedo apretándome el estómago, hice lo que siempre hacía cuando llegaban los temblores: correr levantando los brazos y gritando a todo pulmón: ¡temblor, temblor! Solo entendí la magnitud de lo que ocurría cuando vi a mis padres llegar tocando la bocina del Chevrolet y sacando los brazos por la ventanilla como dos náufragos en busca del rescate. En ese instante, sentí que me querían, que sus miedos eran reales, eran por nosotros. Se les notaba el susto en el rostro, en los movimientos torpes, en el apuro con que nos abrasaron. Con el tiempo, los temblores continuaron y también los terremotos, pero algo esencial se transformó. Ya no se preocuparon de igual forma, sus preguntas fueron otras, y más distantes, más formales: ¿cómo estás?, ¿te asustaste? Las palabras se volvieron lejanas y la calidez se fue desvaneciendo. Dudo si ese cariño que mostraban antes era real, o si fue solo una ilusión que el tiempo se encargó de borronear. Tal vez eso fue crecer, huir de los recuerdos que nos duelen y que no sabemos cómo abrazar.
Es triste, pero así son a veces los chalecos olvidados: prendas útiles, pero abandonadas, testigos mudos de lo que no pudimos retener, símbolos de todo lo que dejamos ir sin darnos cuenta.
Hola Cristian. Gracias por rus escritos. Dan gusto muchos de tus recuerdos, y ver como son desempolvados del olvido. No recuerdo la cara ni las conciones del coronel Sudi, pero si recuerdo perfectamente su nombre y que era amigo del papá. Cada uno ve y retiene de manera muy distinta la historia pasada. Yo por lo general difiero de la manera en que rellenas aquella parte de la historia que desconocemos, como la de nuestro abuelo paterno y el origen de nuestro papá. No tengo esa nostalgia de una niñez mágica que se fuera. Recuerdo peleas y discuciones entre nuestros padres, situaciones que nublaban el ambiente.
El terremoto que cuentas fue del año 1965. Estabamos cerca de Quilpue o Quillota, en un lugar campestre, en el epicentro, con la abuelita Oriana. El edificio donde alojamos se agrietó. Recuerdo a la abuelita llamándome a juntarnos en torno a un arbol de tronco grueso y mientras corro hacia ella se abre una grieta en la tierra. Me demoré 20 años en perderle el susto a los temblores.
Un abrazo
Alvaro
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