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Los metametales

Cuando un escritor me gusta es como si me sacaran jugo. Primero me da una envidia sana, pero pronto recupero el equilibrio porque reconozco mis limitaciones, el barro en que me muevo. Sin embargo, pese a esos murallones que parecen insalvables, difíciles, de todas formas lo escribo, me largo, gateo y corrijo…. hasta que al final, y en contadas ocasiones, algo resulta porque duele. Me ocurre cuando leo los diarios de mi amigo Ignacio Carrión. O con Eduardo Halfon, que es otro de ellos. Cuando leo su libro de relatos, Signor Hoffman, me salpican los deseos de contar, o decir algo, por escribir lo que nos ocurrió el fin de semana pasado, por ejemplo, cuando fuimos a la casa de Roberto Merlin (originalmente de Argentina) en Ann Arbor, un profesor y miembro del Departamento de Física en la Universidad de Michigan.

En su casa me enteré sobre los metametales, unos compuestos que hacen que la luz se curve y esquive los objetos haciéndolos de hecho invisibles. Y esa es la especialidad de Roberto, una área de mucha actualidad y gran importancia en el campo de la óptica y electromagnetismo. Los metametales son mezclas de metal y materiales de placa con circuitos diminutos impresos como cerámicas. Y es ahí donde la Pili ayuda a los estudiantes porque esa es su especialidad: lo diminuto, lo pequeño, lo “nano”. Cuando le escuchaba esas explicaciones, y mientras las trataba de digerir, de hacerlas mías, pregunté si en unos años más se podría conseguir la invisibilidad nuestra, de los seres humanos, la invisibilidad mía o de Pilar…..

 

…..pero ahí si que lo miraron feo, al pobre. Fue divertido ver a Cristián como trataba de entender haciendo esas preguntas un tanto excéntricas; el pobre siempre cree que puede ser capaz de hacerlo, de entender. Se las da de vivo, de que “entiende”, de que “sabe”, que “conoce”, o que solo basta con “ponerle el hombro” y todo pasa, pero la verdad es que la realidad es más difícil y compleja, nada de fácil de entender.

 

La estudiante de Roberto, Meredith, se graduó en el programa de doctorado y por eso la celebración, el convite. También asistíamos para celebrar a otro estudiante suyo, uno nacido en Algeria, y que se había graduado hacía poco en el programa de doctorado. Llegamos a la casa adelantados así que la Pili me pidió que manejáramos un rato más por el vecindario, que no me gusta llegar primero, me dijo, o no me gusta llegar adelantada, parece que me reclamó. Pasamos al frente de la casa que tenía un árbol grande y pelado por los efectos del invierno. Afuera todavía no había ningún auto y las casas vecinas se veían todavía más vacías. Tocamos el timbre, pero la verdad es que no esperamos a que nadie nos abriera la puerta. La empujamos y entramos, así nomás; o mejor dicho, Cristián empujó la puerta y entraron, así nomás. Adentro nos encontramos con la señora del profe, una señora francesa muy amable, gentil, y que hablaba castellano sin problemas. Trabaja como traductora, nos dijo. Pronto llegó Roberto y ahí me enteré que vivían hace muchos años aquí en USA, y cuando puso su música de fondo, su preferida, todo se confirmó porque los ritmos eran de mi tiempo, con Piero, Mercedes Sosa o Facundo Cabral. Este último asesinado por error -a balazos- hace poco tiempo, después de terminar su último concierto en Guatemala. Los estudiantes se reían porque no reconocían esos ritmos, pero los soportaban con esa típica resignación que muestran las visitas cuando están en la casa de un profe al que respetan. Pronto llegó Meredith, y un abrazo, y felicitaciones por ahí, felicitaciones por allá, y que sí, que estaba feliz porque pronto, en pocas semanas más, partiría hacia Barcelona para trabajar como post-doctora en un Instituto de la Comunidad Económica Europea. Cuando noto que Meredith se ha quedado sola, aprovecho para preguntarle sobre los metametales y la invisibilidad (aunque mi amigo, el que se reía al principio del relato, dice que uno lo trata de entender todo, que “sé”, que “conozco,” cuando lo que sucede es fácil y sencillo: simple curiosidad, eso es todo). Los metametales, me dice Meredith, pretenden conseguir la invisibilidad de los objetos (eso ya lo escuché). Son materiales, que al ser recubiertos por otro material especial, agrega, reorientan los rayos de luz que impactan sobre dichos objetos alterando el comportamiento natural de la luz, de modo que las ondas electromagnéticas rodean al objeto y este no las absorbe (ahí sí que me perdí); es decir ni absorbe ni refleja la luz y el objeto se vuelve invisible (ahi entendí mejor). Se usa y se estudia mucho para evadir radares, me confirma. Quedé intrigado, pero justo llega Roberto, y qué pasemos a probar la comida antes que se enfríe, nos dice. La señora del profe se pierde por un rato y cuando llega, que perdonen, nos dice, estaba fumando un cigarrillo, nos repite. Al final llega también el otro estudiante recién graduado (solo unos meses antes), originalmente de Argelia. Tiene los ojos profundos del que ha sufrido mucho, tristes, recaídos, diría que muy bellos, pero no lo digo para que nadie piense en otra cosa. Cuando te habla ya no pierde el tiempo como lo hacemos nosotros; pareciera que para él todo es importante, incluso los saludos convencionales de un extraño, o escuchar esa música andina poco familiar que nos facilitó Roberto, o saludar casi por última vez a su profe ahora que terminó su doctorado. Su padre se involucró en la vida pública de su país y pagó con su vida. Se “metió en política”, me cuenta la Pili alarmada: y lo mataron, por eso lo mataron. Y que no “meta las patas”, me sugiere, no se te ocurra preguntarle ni escribir sobre eso, me dice (se inquieta). La escuché con atención y después de su alerta fui disciplinado y no le pregunté por los motivos, no le consulté por qué habían asesinado a su papá, o cómo lo habían eliminado, cómo lo habían matado -¿lo ahorcaron? ¿Lo envenenaron? ¿Lo fusilaron? ¿Lo degollaron? ¿Recuperaron su cadáver?- pero él, su padre, estuvo siempre presente, ahí, entre nosotros, y también lo imaginé parecido al hijo, sobre todo cuando vi a su madre, la viuda, que estaba también ahí junto a sus dos hijas, (o con sus dos hermanas), que de seguro ahora lo extrañaban y pensaban en él, sobre todo en una ocasión tan importante como esta. ¿Por qué estamos aquí nosotros y no su padre?, pensé, ¿con qué derecho? Y Roberto feliz conversa en castellano. Ya me cansé nos dice a todos, me cansé de los estudiantes, me cansé de ustedes, declara con una sonrisa, pero ahora lo dice en inglés. Ya tengo 70 años y deseo sacar el pie del acelerador. Y todo eso lo dice mientras veo como su señora se ausenta nuevamente. ¿Otro cigarrillo? Y pronto llegan unas patatas de kubbat, rellenas con carne picada, pinches de pollo adornados con crema de yogurt y arroz con langostinos, comida que todos disfrutamos.

Su madre, la viuda, todavía se ve joven, vive en California, ya no regresan a Argelia. Las dos hermanas altas, (o las hijas) delgadas, hablan y conversan entre ellas, con los otros estudiantes, con su madre. El profe se levanta y ofrece un brindis, está contento, se le ilumina el rostro cuando habla de su trabajo, de sus años en la universidad, de sus más de treinta estudiantes que ha graduado en el programa de doctorado, pero ya está cansado y desea tomarse la vida de manera más liviana.

¿Y más Malbec? ¿Más arroz con langostinos? Y los padres de Meredith, que llegaron de Parma, Ohio, comparten una torta traída especialmente para la ocasión. Habla Meredith que da las gracias, y a los padres –esta vez los dos vivos- se les ilumina el rostro. Están contentos, algo así como misión cumplida, se apoyan, se les nota que ya son muchos años en que danzan juntos.

Y ahí entonces me acuerdo de nuestros amigos iraníes que conocimos en nuestros tiempos de estudiantes, en Cleveland. Al padre de nuestro amigo también lo habían eliminado cuando la revolución instauró al Ayatollah Khomeini como jefe supremo del país. Esa vez, pese a que la Pili no me dijo nada, tampoco consulté sobre los detalles de su muerte, pero parece que lo habían fusilado. Recuerdo que en el departamento donde vivían casi no habían adornos en las repisas o sobre las mesas y paredes; pero la foto del padre estaba ahí, sobre una chimenea limpia que nadie había usado nunca. Era una foto en blanco y negro, de carnet, de documento público, casi lo único que les quedaba de él. Lo más probable es que arrancaron apurados de Irán, pensé, arrancaron con la ropa puesta y pasaportes, y algunos anillos que guardan como recuerdos de familia. Desde ese entonces me fijo con gran atención en las fotos de carnet, que es casi lo único que sobrevive después de una tragedia. Aquí en Michigan tengo la foto de mi abuelo, por ejemplo, en un carnet de identidad que me regaló mi tía Oriana. Se ve muy serio, de corbata, y con sus arrugas en el rostro bien marcadas y trágicas, pese a que a él nadie lo mató; murió de viejo simplemente.

 

Al final regresamos a nuestra casa, en Northville. Podría jurar que me subí con la Pili al auto porque la vi acomodar la cartera negra bajo sus pies, en el suelo, pero ahora acabamos de llegar a casa y no la veo, no la encuentro por ninguna parte. Sé que tenemos que haber llegado juntos porque acabo de ver su cartera negra al lado del sofá amarillo, en el living, y justo cuando llegaban los gatos a recibirnos, y cuando el Copo se acerca a saludarnos moviendo la cola vigorosamente. Imagino por un instante breve, que a lo mejor la Pili se quedó conversando con Roberto sobre los metametales (supongo que ya está claro que ella conoce bastante sobre el tema, y la entusiasma); pero todavía no la veo. Siento algo parecido a la angustia, julepe, me siento solo, acordonado, y me dan unos deseos grandes de contarle intimidades, de hablar con ella sobre eso que nunca hemos podido conversar porque siempre nos ha faltado tiempo, de preguntarle sobre nuestras vidas…… pero uno siempre vive tan escaso de tiempo. Me habría gustado preguntarle si deberíamos, o mejor dicho, si podríamos haber hecho algo diferente durante todos estos años. O si nos arrepentimos de algo que hicimos, de algo que ocurrió en mi vida, en nuestras vidas, algo importante que duele y acaso de vergüenza.

Creo que uno percibe lo mucho que ha perdido cuando ya lo pierde, cuando todo cambia y ya no hay vuelta, como cuando la salud nos da un portazo, o cuando la muerte nos visita sin muchas notificaciones. Y siento nuevamente la urgente necesidad de saber, de preguntarle si valió la pena el que nos mudáramos a Ohio y después a Michigan en esos años iniciales, cuando las niñas estaban chiquititas; si valió la pena haber viajado juntos de visita a Santiago al final de los 80, en una época en que apenas nos resultaban los proyectos, pero de todas formas fuimos, viajamos, ……no, no te preocupes, nos resultará, le decía, mientras contemplábamos con preocupación el aterrizaje en una familia que apenas conocía…

Si valió la pena, me pregunto; si valió la pena haber vivido, haber luchado, llorado, haber celebrado todos estos años juntos….

…. pero no la veo y la Pili todavía no aparece, pero levanto la vista, enciendo luces, y solo veo a nuestros gatos, a nuestro perro patagónico, el Copo…… y su foto de carnet arriba de la chimenea.

Los Mejores Días de mi Vida

El invierno nos cayó con crudeza tremenda este año, por eso con Pilar estábamos ansiosos de arrancarnos al campo para ver como llegaban las aves migratorias del sur. Queríamos planificar algo donde todo nos resultara como lo habíamos previsto, nada de sorpresas de última hora o cambios que nos golpearan de manera imprevista. Para eso ya sufrimos suficientes cambios de planes en el trabajo y en nuestra vida diaria. Por eso queríamos planificar unos días a futuro y ser totalmente dueños de esos días, de esa agenda, completamente en control; es decir, felices. Ya empezaba la primavera y, en el norte de Michigan se anunciaba la llegada anual de los pájaros que vienen volando de tierras lejanas, incluso desde Chile.

A Pilar siempre le han interesado las aves, y a mí también, pero creo que a mí me interesan incluso más por el grupo, por ver y conocer a ese grupo de gente que disfruta al ver esas aves que cuando tocan tierra, aturdidas después de una travesía tan larga, aplauden y gritan como si estuviesen viendo un partido de futbol.

La noche anterior salimos a caminar porque Pilar quería ver a un búho en su hábitat natural. Y quizás ahí estuvo el error, porque nos desviamos del plan original, planificado cuidadosamente la semana anterior. Decidimos a última hora encaminar nuestros pasos por un sendero de árboles nativos, buscando a ese búho que teníamos identificado por una foto que Pilar tenía en su mano. Subimos por la colina abriéndonos camino a través de la espesa vegetación hasta que bien a lo lejos pudimos ver algo de color rojo escondido cerca de un árbol. Y creo que ahí fue cuando cometimos el error final y definitivo, porque cambiando nuevamente de planes decidimos acercarnos para ver de qué se trataba todo eso. Después de caminar una hora divisamos claramente el bulto rojo. “Es una mochila”, exclamó, Pilar. Corrimos para ver de que se trataba. Al llegar comprobamos con estupor que era un tipo como de treinta años que no se movía, estaba muerto y tieso. De pura curiosidad abrí su mochila. Me topé con un chaleco, un sándwich de queso ya duro y añejo, y una postal que ya estaba lista para poner al correo. La tomé entré mis manos y la leí:

“Pasándolo de manera espectacular. Los mejores días de mi vida”

La Primera Sepultura de Salvador Allende

Llegó el día viernes, y ahora nos tocaba visitar a mi querida tía Oriana, hermana de mi madre y que vive desde hace bastante tiempo en una casa de reposo. Para comunicarnos entre USA y Chile hemos usado el teléfono. Cuando la llamo desde USA siempre me espera con un listado de recuerdos que luego me trasmite por si yo los quisiera anotar en un papel; siempre me dice que tome notas sin problemas, que ella no sabe escribir, no quiere, que no le sale la “palabra hermosa”. El teléfono es un sistema que nos funcionó hasta hace poco, cuando ella todavía tenía uno en su cuarto.

Llegamos temprano a saludarla, y nos esperaba contenta y presta para aclarar las dudas de sus relatos anteriores. Nos saludamos, nos abrasamos y ya muy pronto me empuja por el despeñadero de anécdotas y reminiscencias:

-¿Te conté, Cristián, lo de Salvador Allende y su entierro en el cementerio Santa Inés?

-No, no me has contado nunca nada.

-Bueno, mira, tú sabes para el golpe militar lo que pasó en Chile, pues. Mira, en el cementerio Santa Inés, en Viña del Mar, están enterradas mi papá con mi mamá, por eso yo iba harto a pasearme por ahí. El nicho bóveda donde están ellos lo compré ya que la mamá nació en Viña del Mar y porque también están ahí enterrados mi abuelo Agustín Ramírez Gómez junto a mi abuela, doña Emma Ossa. Claro que ahora hay cementerios más modernos que no parecen cementerios, como uno que se llama Parque del Mar, me parece. Y con el tiempo ha cambiado todo porque los cementerios ya no pertenecen al Servicio de Salud como antes, aunque no entiendo porque esto de los cementerios mezclado con salud, cuando eso es pura muerte. En fin, en todo caso ahora pertenecen a la Municipalidad de cada sector.

-Como te contaba por esto de la compra yo conocía y conversaba mucho con el administrador del cementerio, un hombre chico, bien metido y copuchento de apellido Carrasco. Tú entrabas al cementerio y a un lado se ubicaba la casa del administrador, una casona antigua, una puerta, ventanas, poco lujo, y que por la parte de atrás daba al cementerio, ¿me entiendes, tú? Al frente estaban las oficinas donde ibas a preguntar, inscribías los fallecimientos y hacías tus trámites. Así fue como un día fui a ponerle flores a mi mamá cuando este hombre me cuenta que una noche le inundaron el cementerio con autos policiales, camiones y fusiles de batalla. Salió de la casa con lo que llevaba puesto a cumplir con su deber de administrador. Apenas se topó con el grupo militar, se estiró la chaqueta tratando de cumplir con sus obligaciones y pidió el certificado de defunción; así, bien plantado, pese a estar rodeado de armamentos y pelotera. Pero este pobre hombre no había terminado de hablar cuando le gritaron “pa’dentro, pa’dentro, este es un entierro político, me entiende, político, señor, qué certificado ni nada, váyase a acostar.” Así que el pobre hizo caso pero a medias, porque con los pocos empleados del cementerio que tenía cerca se metieron para adentro y mironearon por detrás de las cortinas; ahí mismo, desde su casa al fondo.

-Al final no sé quien daría el certificado de defunción, pero ellos de todos modos presenciaron el entierro. Y era Allende, fíjate, y por los cálculos que hicieron ahí escondidos, detrás de las cortinas, lo depositaron en la sepultura de su cuñado de apellido Grove, que me parece también era político porque cuando yo estaba interna en la monjas francesas de Valparaíso –tenía como 11 años nomás- oía desde el dormitorio, acostadas ya para dormirnos, el griterío que nos llegaba de la calle:

…queremos ver a Grove

colgando de un farol

con media lengua afuera

y pidiéndonos perdón!

-Imagínate la canción de cuna que escuchábamos. El colegio estaba en la calle Independencia esquina con Manuel Rodríguez. Lo que escuchaba yo era el griterío y la trifulca que venía de la calle Manuel Rodríguez. Y ahí, en una esquina, había también una botillería que escupía curaditos todas las noches tambaleándose por las veredas. ¿Y sabes como se llamaba esa botillería, sabes tú como la llamaban? ¡Santa Teresita!, imagínate, una santa y protectora de los que tomaban tanto.

-Bueno, pero la sepultura de Grove está a ras del suelo y separada por un caminito muy chiquito de la sepultura de mis abuelos. Yo en esos tiempos iba al cementerio, llevaba ropa para lavar, les ponía flores y me quedaba varias horas. Y en esa ocasión pasé a la sepultura del tata y la abuelita porque había un rosal muy viejo y lindo que me gustaba regar. Estaba llenando un tarro de latón gris con agua helada cuando me topé con el jardinero, y muy cerca de donde estaba enterrado Allende, así que haciéndome la lesa no me pude aguantar y le consulté bien calladita: oiga, le dije, ¿y por aquí está el Chicho? Porque ese era el sobrenombre que tenía Allende: Chicho. Y me creerás tú que al pobre hombre se le dio vuelta la carreta, tiritó de susto y me gritó: “No se na’yo, señora, no se na”, antes de echar todas sus palas, picotas y herramientas sucias adentro de su carretilla para arrancar a toda carrera perdiéndose entre las tumbas solitarias.

Momento 22

Pasa el tiempo y las situaciones que uno ha vivido y que en otro tiempo parecían insignificantes, se agrandan y cobran otra intensidad y nuevos colores. Es ahí cuando uno repasa esos momentos, como fotos o fragmentos del pasado, tratando de encontrar nuevas interpretaciones, pero no resulta. No resulta porque el tiempo es otro y los lugares y los afanes de la gente son distintos; a veces solo florece un amago de relato y los deseos grandes de estar mejor preparados para cuando otros momentos parecidos nos vuelvan a sacudir; es importante estar alertas, atentos. para atraparlos bien en un rincón de la memoria. Esos son los momentos especiales que se pueden catalogar como los momentos 22, donde la suma ya no importa. Son momentos que obedecen a otras leyes, momentos para colocar uno al lado del otro.

Recuerdo que me enteré cuando caminando por la Euclid Avenue, frente a la Universidad, en Cleveland, leí sobre su muerte. Era un 23 de Enero del año 82 y hacía un frío intenso en Cleveland. Crucé la calle porque por un cambio de horario, la clase de química orgánica sería en otro edificio, detrás de la biblioteca. En ese tiempo todavía no reconocía bien las calles que pronto formaría parte de mi ciudad, mi nuevo suburbio. En el titular del New York Times, que pude leer parado en la vereda, adentro de una vitrina de metal y a través de una ventanita de vidrio, anunciaban que Eduardo Frei Montalva había fallecido el día antes. Y justamente ahora, ya transcurridos más de treinta años, todavía voy al Google para releer los distintos episodios, para tratar de entender un poco más lo sucedido en ese entonces. A uno le enseñan que 2 + 2 son 4….. pero a veces resulta un 22, y es difícil darse cuenta de ello. Los momentos de 2 + 2 son 4 son aburridos y muchas veces previsibles, por eso uno los larga y los olvida para siempre. Los momentos interesantes ocurren cuando 2 + 2 son 22, pero cuesta darse cuenta de ellos, en general se esconden y no se dejan ver, son tímidos, pero cuando uno los descubre nos dicen mucho más. Cuando uno los descubre y les saca cruelmente las caretas, ellos gruñen y se defienden pero al final algo les gusta, y fielmente rebrotan y te gritan para que los veas otra vez y a lo mejor los muestres, es ahí cuando se dejan ver; quieren desesperadamente que los vean.

Un fragmento 22 que tengo claramente instalado en la memoria ocurrió en la playa, en Punta de Tralca, en el Meeting Anual de la Sociedad de Química de Chile. Corría el año 81, en esos años terminaba mi licenciatura en química y me preparaba para continuar mis estudios fuera de Chile, en la Universidad de Case Western Reserve, en Cleveland, Ohio. Todavía no sé por qué lo hice, pero así ocurrió, me fui, terminé partiendo. A lo mejor es un tema para otra nota. Estábamos en el estacionamiento del recinto de vacaciones del Banco Central donde se efectuaban las Jornadas de Química, cuando el amigo de un amigo, Eugenio, abrió la maleta de su Fiat 125 y con orgullo mostró el botellón de Chivas Regal que le habían regalado hacía poco. Lo elevó a las alturas como si fuera un cáliz consagrado y largó una carcajada pegajosa, amistosa, invitando a compartir. El tipo era realmente simpático y bonachón, alegre. Venía llegando del puerto de San Antonio donde había almorzado con “El Mamo” en un restorán que en ese entonces era una de sus picadas favoritas: el restorán “La Margarita”, “donde La Margarita,” el predilecto del Mamo. Al menos eso lo recuerdo bien. En ese entonces no tenía la menor idea de que “El Mamo” era nada menos que el general Manuel Contreras, a cargo de los servicios de inteligencia de Pinochet. Como decía, en ese entonces 2 + 2 todavía daba 4. Tampoco sabía que ese tipo simpático y bonachón, muy hablador, era nada menos que Eugenio Berríos, y trabajaba en el Proyecto Andrea, donde sintetizaba armas químicas como el fatídico y mortífero gas sarín. Estábamos en Punta de Tralca, admirándole el botellón de whisky a Berríos. En el horizonte se veía claramente el choque del océano y el cielo, mientras las gaviotas ruidosas pasaban por sobre nuestras cabezas y esos grandes roqueríos. Al poco rato y después de sujetar ese botellón de whisky como un gran trofeo, terminamos todos en mi casa de Algarrobo probándolo con hielo mientras algunos colegas, en ese entonces profes de la universidad, conversaban sobre la boldina. Como nos explicaba Berríos –moviéndose como un director de orquesta- y sentado en la cabecera de nuestra mesa de vidrio trasparente, la boldina era el químico que él había estudiado durante su tesis de grado, era el componente principal del boldo, que tanto se disfruta como “la agüita de boldo” y que se consume en Chile después de las comidas suculentas. Él quería transformar la boldina en un negocio. Y a cada rato largaba nombres de personajes importantes que a veces nos dejaban mudos y otras veces asustados. Regularmente hablaba del “tata” (Pinochet), como si este fuera su compadre o su papá. Y nos miraba para medir el efecto que habían tenido sus palabras. Hablaba mucho y le gustaba impresionar, farsanteaba hablando de sus contactos. Había bastante histrionismo en todo lo que hacía. Eugenio buscaba caer bien y que lo escucharan……. y hablaba demasiado.

Otros fragmentos 22 me ocurrieron por la noche, al morir el día, y cuando veía llegar a mi casa al doctor Alejandro Goic. Tocaba el timbre de la puerta de afuera y entraba con cara de circunstancia, como un escolar cualquiera, para hablar con mi padre, también médico. La verdad es que esas consultas eran habituales. Era común que algún accidentado llamara tarde por la noche buscando socorro y atención médica. Y uno escuchaba calladito las preguntas y respuestas. ¿Perdió el conocimiento? ¿Vomitó? Mándenlo de inmediato al Instituto. Y al poco rato era el turno de la llamada de mi padre al Instituto dando cuenta de la situación. Déme con el médico de turno, empezaba…… y pobre si la telefonista que salía era muy lenta y despistada porque entonces quedaba la cagada. Pero en el living de nuestra casa hablaban con el rostro preocupado sobre como iba evolucionando la salud de Eduardo Frei Montalva, recientemente operado en la Clínica Santa María de una hernia que había inexplicablemente desembocado en una infección tremenda. Los médicos ya no sabían qué hacer. Mi padre no estaba en el equipo médico que lo atendía, pero Goic le consultaba; se conocían, eran amigos. Recuerdo que en un momento cifraron las esperanzas en un nuevo antibiótico que les mandarían desde los Estados Unidos. Sentados en el sofá del living de mi casa conversaban y discutían las evidencias médicas un poco incrédulos, y también asustados, como explorando un terreno que les era completamente ajeno.

La noche empezaba con la llamada telefónica de Goic, y luego su llegada presurosa, preocupante. No probaban nada, no comían nada, simplemente conversaban callados, y uno apenas los podía oír. Mi gato me esperaba a los pies de la escalera

Y claro, vuelvo al Google y en Wilkipedia leo los detalles de cómo terminó Berríos. En esos años, los 90, la justicia lo buscaba para que fuera a declarar por el asesinato de Orlando Letelier, en Washington. Todavía no lo buscaban por la muerte de Frei Montalva, su nombre en ese caso solo lo mencionarían años después, cuando ya lo habían muerto. En los 90 los servicios de inteligencia se lo llevaron escondido al Uruguay bajo la “protección” de la inteligencia de ese país y Chile. Leo en la Internet lo publicado en el diario La Nación del 1 de Noviembre del año 2009, cuando se investigó su muerte:

“Los últimos días de noviembre de 1992, arrodillado y atado por los brazos, al químico lo obligaron a bajar la cabeza. Arturo Silva le dio el primer tiro. El otro lo disparó uno de los tres militares uruguayos bajo arraigo en Chile. Fue un pacto de honor y silencio. Una bala por cada país”

Varios años después, en abril del año 95, finalmente encontraron las osamentas de Berríos enterradas en la arena, en la playa de El Pinar, cerca de Montevideo……..Berríos no solo trabajó con fuego, pero hablaba demasiado y conocía mucho.

Con los años me sigo topando con amigos de Chile, con profes de la universidad ya retirados. Incluso una vez me topé con uno en un aeropuerto, en Washington. No había terminado de saludarme, de preguntarme cómo estaba, cuando de improviso, casi agarrándome del cuello, lo primero que me preguntó era si acaso me acordaba:

-¿De qué? –le pregunté de vuelta, preocupado.

-¡De Berríos! –contestó. Y casi me lo suplicó- ¿te acuerdas cuando estuvimos con Berríos, te acuerdas cuando estuvimos con Berríos en tu casa de Algarrobo?

Dudé un minuto mientras sus ojos parecían escarbar en su memoria pidiendo ayuda. Hasta que le dije sí, que me acordaba. Y decididamente noté que me creía y se calmaba, había sido cierto, no cabían dudas, no estaba imaginándose eventos misteriosos. Me di cuenta que ese incidente, ese whisky en mi casa de Algarrobo, también había sido un momento 22 para Fernando. Llegué a sentir los roqueríos y las gaviotas, y la playa de Punta de Tralca.

¿Y cual es el tuyo? ¿Cual es tu momento 22?

Aurora Bernárdez y el gran Julio

Noviembre 8 14

 La tumba de Julio Cortázar en el cementerio de Montparnasse, en París
Que pena que muriera, a los 94 años, la primera esposa de Julio Cortázar, Aurora Bernárdez, que se hizo también su propio y prestigioso nicho profesional no como la primera mujer de Cortázar sino que como una gran traductora. No sé cómo lo hizo el tal Julio para que su primera mujer lo quisiera tanto, porque después de Aurora, tuvo a otra mujer y después a Carol Dunlop, una escritora que falleció el año 82, muy joven y poco antes que él. Cuentan que cuando murió Carol –parece que de SIDA, el mismo que poco después mató a Cortázar- Aurora lo cuidó y lo acompañó en su lecho de muerte. Recuerdo que le escuché eso del SIDA a la señora de José Donoso, Pilar Donoso, en el jardín de su casa, en Santiago de Chile por ahí por el año 92. Según ella, Cortázar se habría contagiado en uno de sus tantos viajes a Nicaragua. Pero leyendo las cartas póstumas de Cortázar que se han publicado después (gracias a los esfuerzos de Aurora), no creo que eso haya ocurrido así. Lo más probable –y aquí estoy elucubrando- es que Cortázar se contagió de SIDA después de las enormes transfusiones de sangre que le hicieron por una hemorragia debido a una úlcera que sufrió en Francia (eso es lo que dice también la escritora Uruguaya, Cristina Pier Rossi). Como cuenta él en sus cartas, las úlceras le florecieron por su gran afición a las aspirinas que a veces consumía en abundancia. Ese día –el de la hemorragia- fue Carol quien lo encontró tumbado y casi agónico en el suelo de la cocina, en su casa de veraneo en el sur de Francia. Al final los dos se enfermaron –y aquí sigo elucubrando- es decir él la contagió, aunque fue ella la que murió primero, como un año antes que él. Antes de fallecer, los dos ya enfermos y sufriendo de fatigas persistentes (eso se nota claramente en sus cartas) escribieron un libro juntos, “Los Cosmonautas de la Cosmopista”, que él se encargaría de terminar poco después de que ella muriera.
Cuando fuimos a París hace ya varios años recuerdo que recorrimos el cementerio donde están los dos enterrados, uno al lado del otro. Encima, sobre la losa de piedra, descubrimos con sorpresa que mucha gente le deja poemas y notas como recuerdo o un pequeño homenaje. Nos quedamos un rato intruseándolos y leyéndolos antes de seguir con la caminata reconociendo a otros ilustres personajes. Camila y Sofía no podían creer que estuviéramos recorriendo un cementerio en el mismísimo París; pero no éramos los únicos, son muchos los visitantes que lo van a saludar aunque ya esté muerto.
La compañía de Aurora parece una linda historia de amor, mezclada con malos entendidos y desencuentros –se separaron-, pero finalmente y de todas maneras, una historia donde parece que ese amor original los encuentra y los une hasta el fin. Después, con el transcurso del tiempo, fue ella, como heredera única de la obra de Cortázar, la que siguió publicándole papelitos, postales, relatos, encontrados debajo de una cama, en un escritorio, y recientemente el último libro que me traje de Chile, y que viene con recortes de diarios, fotos, etc., “Cortázar de la A a la Z”. Es como un libro almanaque que se puede abrir en cualquier página para leer un rato.
Y aquí termino esta nota dominguera, en la librería Barnes & Noble, no muy lejos de la casa y con una nueva cosecha. Un libro de un inmigrante ruso (Dmitry Samarov, A Hack Memoir), un taxista, que acaba de publicar una memoria sobre su trabajo de taxista que comenzó cuando tenía 23 años en Boston y que termina cuando ya tiene 41, y trabajando en Chicago. El libro tiene incluso los propios dibujos del autor creados en sus distintas esperas en aeropuertos, estaciones de trenes, hoteles. Cuenta anécdotas sobre los distintos pasajeros que le han tocado. Me imagino que será interesante porque me parece que el tipo escribió el libro de puras ganas, de sus grandes deseos de contarse, de explicarse a si mismo, y a lo mejor, gracias a eso, gracias a la palabra escrita, levantarse por sobre ese mundillo de viajeros y trabajo extenuante para darle otro sentido a su propia vida…… ¡A lo mejor a Cortázar le habría gustado!
Noviembre 8 14

Una radio con recuerdos

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        Nuevamente salimos en hacia una caminata larga por el barrio junto a nuestro perro Copo. Nuestro vecino, ya viejo y solitario, ha logrado entablar una amistad bien correspondida por el Copo. Apenas pasamos por su casa, Copo tira de la correa, olfatea, tira nuevamente y se mete sin permiso a su garaje para saludarlo y exigirle el pequeño regalito que él siempre le tiene por ahí escondido. A esta hora de la mañana él ya está instalado frente a una improvisada mesa destartalada, junto a su café, y en espera de ese nuevo día donde probablemente es poco lo que hará aparte de hundirse en recuerdos y conversaciones ya olvidadas. Hoy esperaba a Copo con una bolsita de galletas que este le aceptó gustoso. Por un momento se saludan, -Copo le mueve la cola, mientras él le mueve y le sacude el rostro- y por un momento los dos se encierran en su propia burbujita hermética que uno respeta con cuidado para no romperla. Nos despedimos, mientras él le sigue mandando piropos a la lejanía.

            Pronto parto nuevamente hacia Alemania por asuntos de trabajo. Luego nos tomaremos una semana de vacaciones con Pilar que vendrá de Detroit, junto a Sofía que vendrá de Vermont, y Camila desde Nueva York. Después de mi trabajo nos quedaremos una semana extra donde visitaremos Colonia, Berlín y Praga; todavía nos falta arrendar el auto. Y en un experimento que no habíamos intentado nunca nos juntaremos con un excompañero de colegio, Juan Pablo Molestina, en Colonia. Desde mi época de los 70, más de 40 años, que no nos vemos. Será como un viaje “atemporal” a las cavernas de otro tiempo, hacia una época que ya se fue y que tanto nos marcó. Por lo general creo que recuerdo poco, soy débil para recordar nombres, apellidos, pero repentinamente, mientras lavo un vaso de vidrio, ordeno mi oficina, tropiezo con una radio antigua que me sorprende con la melodía de una canción añeja, o una foto del patio de mi casa de esos años, saltan los recuerdos como si se rompieran una represa. Para mí los 70, fueron años de tensión, sobre todo para un niño (?), un joven (?), mirón, tímido, y que se despaliba lentamente para entrar a regañadientes al mundo adulto.

            Al poco rato de llegar del paseo junto a Copo, bajé al subterráneo de la casa donde me topé con esa radio de la foto, y que me abrió las compuertas del recuerdo. Por las noches chilenas, cuando ya se hacía tarde y me acostaba rendido sobre la cama junto a mi gato regalón, encendía esa radio onda corta y sintonizaba el programa que llegaba de Moscú, Escucha Chile. La recepción no era buena porque los servicios de inteligencia interferían la señal para que no la pudiera escuchar nadie. La radio era una Grundig que le compré al padre adoptivo de otro amigo de colegio, Luis Nieto. Ahora es una reliquia que todavía sobrevive a los años y los cambios de continentes, pero en esos años la recepción de ondas lejanas era excelente. Es una radio que me acompaña fielmente a través de mis trasteos por el mundo. Recuerdo claramente esa noche en nuestra casa de Santiago. Ya casi todos dormían cuando por la Grundig y en le programa Escucha Chile, nombraron a mi padre por algo relacionado con el Instituto de Neurocirugía de Santiago. Me levanté al baño donde me topé con mi papá que caminaba a paso lento por el pasillo de la casa. Ahí le conté nerviosamente lo que había oído por la radio, y que mencionaron su nombre y lo insultaban. Se quedó callado, silencioso, y como estaba oscuro no le pude ver el rostro para descifrar alguna huella, algún dolor, alguna rabia, y no me dijo mucho; más que nada me escuchó pero sin decir nada. La noche me pareció entonces más pesada que antes, silenciosa, algo que solo interrumpió la tranquilidad de mi gato que se movía frente a nuestros pies. Al poco rato, y después de tratar de escuchar la radio nuevamente, nos fuimos a la cama; la onda radial ya se había evaporado y solo nos llegaba el ruido de la estática como si nos invadieran los marcianos. Afuera, Santiago se sumía en la tranquilidad del toque de queda, y la noche se hacía silenciosa y oscura, y cubría los sustos y sobresaltos con la ventisca fresca que barría el smog diario.

            Como contaba, en esos años a mi padre le llegaban palos desde muchas direcciones. Había tensión en nuestra casa. Y ahora con el paso del tiempo siempre me pregunto, ¿qué habría hecho yo en una encrucijada semejante? Un primo nuestro, que trabajaba en el servicio de inteligencia, se divertía cuando pasaba a nuestra casa y le servíamos tecito. Ahí, mientras probaba galletitas y se limpiaba la boca con una servilleta blanca, pasaba revista a todas las conversaciones telefónicas que había escuchado de mis padres durante esa semana. “Así que son conocidos de los Aylwin, tía?,” le decía a mi mamá muriéndose de la risa, haciéndose el pícaro, el inteligente, y escupiendo por casualidad restitos de galletas. “Y habla harto con la señora Olaya (Tomic), tía, ¿cierto?….. y para qué decir algunos curas jesuitas.” Y uno lo miraba casi sin creer que eso se pudiera hacer. En el año 2014 -en el ahora- me pregunto si yo le habría servido también tecito con galletas a mi primo. No tengo pasta de héroe; y lo más probable es que le habría ofrecido no solo tecito, pero un asado con tecito, torta con tecito, lo que venga. Imagino que lo dejábamos entrar más que nada para conocer qué era lo que nos podría ocurrir en el futuro.

Y ahí tiene la foto de la radio, algunos años, y los futuros planes de una corta vacación.

¡Feliz día a las mamás!