¿Qué más se puede ofrecer?

Era fin de semana y por eso era también Algarrobo. Primero, durante los años iniciales, llegábamos a ese balneario de la costa central de Chile, cruzando Melipilla, Llolleo, y muchos otros poblados pequeños como Las Cruces y El Quisco. Al poco rato de bajarnos del auto, al estirar las piernas y sentir la brisa fresca en el rostro, y al comprobar la arcilla crujiente bajo los pies recién estirados, limpiábamos la casa, espantábamos a las arañas peludas y ventilábamos los cuartos pasados a la humedad de la playa y encierro. De ahí partíamos al Club de Yates del cual éramos socios, pero sin ser dueños de ningún bote; ni siquiera teníamos un flotador de goma para arrojar al mar, pero éramos socios. En ese tiempo sonaba bien proclamar que íbamos por el fin de semana a la playa, a Algarrobo. Ahora, imagino, suena mejor nombrar otros lugares. Nos arrancábamos felices de Santiago y sus calles polvorientas, su ruido, sus veredas atestadas de gente en el centro de Santiago. Camino a la playa nos deteníamos en los semáforos donde veíamos desfilar a la gente a través de las ventanas del auto; muchos bien trajinados por el trabajo, los horarios, la pega difícil, y que se apuraban también por llegar al descanso, a sus casas o departamentos distantes. Con el tiempo, celebraríamos la construcción del túnel Lo Prado que nos acortaría el viaje hacia la playa. Y ahí fue cuando cambiamos la ciudad de Melipilla por Casablanca; y de Casablanca a Algarrobo seguíamos por un camino de tierra y piedra floja, gredoso. Por esa camino, tiempo después se mató mi querido amigo Jaime Escobar en los años 90. Nunca había sido dueño de un auto y creo que eso lo traicionó, le faltó experiencia al volante. Se dio una vuelta de campana en una curva maldita donde se machacó la cabeza. Al poco rato llegó a las manos de mi padre, quien pese a que por breves momentos me dijo optimista, quizás, quizás se salva, mijito, a los pocos días murió y no hubo vuelta. Falleció tu amigo, mijito, me contó mi padre por la línea, bien parco, pocos días después, como escondiendo palabras, detalles.

Cuando ya creíamos que habíamos ventilado la casa, llegábamos al Club de Yates, donde sin subirnos a ningún bote, subíamos en cambio por una escalera de madera bien encerada, pasada a la humedad de la costa y a cera espesa, para sentarnos en el segundo piso que tenía unos ventanales bien grandes y un poco sucios por la sal y el agua de mar. Afuera se veía el océano moviéndose como un animal lento y tranquilo, y el típico muelle de metal oxidado y muchas gaviotas, cormoranes, pelícanos que volaban muy bajo, y algunas parejas y familias que se paseaban por la vereda que bordeaba la orilla del mar. Eran unas parejas que se paseaban hacia fuera, mirando hacia fuera y como buscando conocidos, amigos, tratando de encontrar a fulano de tal. Aquí en USA a lo mejor ocurre algo parecido en un balneario importante, pero en mi caso siempre me ha gustado pasear escondido, en el anonimato, o mirando hacia adentro, sin buscarle la cara a nadie, y sin tratar de reconocer a nadie tampoco, sin buscar a ese fulano de tal. Como que en Chile nunca encontré mi burbuja, o donde me pudiera sentir a gusto.

En el Club de Yates me gustaban los garzones, y el ruido que hacían, la crujidera de hielo que hacían cuando preparaban el pisco sour. En ese sentido como que ellos también pertenecían a una burbuja distinta y eso me atraía hacia ellos, nos parecíamos mucho. Al poco rato nos acercaban unos canapés de erizos, unos rectángulos olorosos que traían una torrejita de limón amarillo colocada estratégicamente sobre la lengua café. En esos momentos percibía breves instantes de felicidad, chispazos. Mi padre estaba conversador y los mozos –pese a pertenecer a otra burbuja- genuinamente se sentían a gusto porque el balneario resucitaba y cobraba vida cuando llegaban los santiaguinos como nosotros. A veces, cuando a mi padre se le acababa el tema, conversaba con ellos sobre el clima, la última marejada, o preguntaba sobre temas que apenas conocía, como por algún bote, pero en detalles bien vagos porque de eso entendía poco.

Eran fines de semana tranquilos porque todavía no había llegado Steve Jobs a cambiarnos el mundo. De celulares no sabíamos nada, y Santiago era una ciudad que ahí, frente al mar, rápidamente nos parecía ajena y distante. Siempre me gustó comprobar que pese a ser uno un mocoso callado y bastante mirón, que contribuía en nada a la conversación, me dejaran probar sin problemas esos canapés que disfrutaba en silencio estirando la mano, y que compartía junto a ese olor a cera, a humedad y encierro de las maderas en esa casa-refugio a la orilla del mar. De las murallas colgaban cuadros manchados y chuecos que nos mostraban un buque en medio de una batalla, o enfrentado a una tormenta tremenda. Imaginaba esos desastres y disfrutaba al estirar la mano nuevamente para probar otro canapé de erizos. Nadie me detenía, nadie me decía nada. Había felicidad aunque en eso tiempo yo no lo sabía.

Y ahora que ya pasado el tiempo, ya grandulón, con trabajo, salario, y mi propia familia, podría perfectamente comprarme los bocados más ricos y caros del mundo, pero noto que ninguno de ellos me llegará con esa magia y con esa intensidad inicial, no serán nunca tan ricos como los que probé en ese entonces, respirando ese olor a madera encerada frente al mar y frente a esos mozos felices de ese trabajo de fin de semana. Todo eso se terminó, se esfumó, se vaporizó. Creo que a eso me refería la semana pasada cuando escribía que ya no siento como lo hacía antes. Y por eso escribo también estas notas; para recuperar un poco eso que un día dejé, cuando abandoné mis calles, mis veredas, mi casa……. y que en ese entonces me parecían de todas maneras un tanto ajenas. Viviendo en otro lugar ya la situación se regularizó, porque se hizo normal sentirme ajeno a tantas cosas, viviendo en un país ajeno como este, o que tampoco ha sido el mío.

Creo que a mis hijas, en unos años más y cuando ya no estemos –es decir, cuando ya estemos todos muertos- les gustará también escuchar la crujidera de hielo que genera la preparación del pisco sour, porque ellas me observan con mucha atención cuando agrego el hielo, cuando agrego el pisco, el azúcar; me interrogan, me hacen preguntas. A lo mejor ahí se darán cuenta que por breves momentos también fueron felices. ¿Qué más se puede pedir? ¿Qué más se puede ofrecer?

Frente a un semáforo con luz roja

Voy a buscar al Copo donde una vez por semana lo dejamos todo el día para que juegue con otros perros, ahí es donde se hace de amigos y conversan. En mi bolsillo encuentro un papelito donde alcanzo a escribir algo rápido durante la espera de la luz verde del semáforo. Lo escribo apurado antes de olvidarlo, o antes de que me cambien la música, o me den la luz verde y me transporten hacia otro lugar y todo se acabe. En el sitio donde me encuentro ahora, detrás de una camioneta café que se demora en arrancar y que me da más tiempo, anoto: “escribo buscando sentir como lo hacía antes, cuando era joven”.

Lo que me sucede es que a veces entro en resonancia y me acuerdo de esos años; es algo que me ocurre cuando escucho música, o cuando algo me sucede con nuestras hijas, un algo que me transporta a cuando yo tenía la edad de ellas y actuaba de la misma manera frente a mis padres. Así es como me recuerdan mi infancia pero desde otro ángulo, desde el otro lado de la moneda, desde una trizadura en nuestra realidad cotidiana.

Me gusta atrapar esos momentos adentro de una notita breve, y detenido frente al semáforo. Pero compruebo que ahora, con los años, no siento como lo hacía antes, o a lo mejor es parecido pero de manera distinta, de una manera más atenuada, siento con menos intensidad, o con una luz más apagada y con filtros. Como me dijo por email un amigo hace pocas semanas, mis notas salen nostálgicas. Quizás la nostalgia brota de ahí, de ese recuerdo a como sentía en ese entonces y como una manera de recuperarme. Puede que esa atenuación se relacione con las neuronas que después de tanto trajín tienen todo el derecho a ponerse lentas. Por ahí leo que a medida que pasa el tiempo las neuronas pierden plasticidad y les disminuye esa capacidad para construir nuevas interacciones entre ellas. Creo que escribir puede servir para eso, como un intento fallido por recuperar esa plasticidad, esa condición que ya parece disminuida por el efecto del tiempo. Y una luz me ilumina brevemente y me empuja a escribir como un “viejo prematuro”, como me dice mi tío Lalo.

A lo mejor esa transformación hacia el “viejo verde”, que a veces escuchamos y vemos, no es más que otra manera de combatir el mismo fenómeno. Creo que tristemente eso fue lo que le sucedió a nuestro amigo Scott, quien repentinamente y casi llegando a los 60 años de edad, y después de una buena vida, nos sorprendió a todos redescubriendo el sexo cuando le propuso a su señora –nuestra amiga- que de ahora en adelante iban a cambiar las reglas del juego porque él deseaba tener una relación “abierta”. Así se lo dijo, “open”, “abierta”. Ella lo pensó, hizo el esfuerzo, pero no lo pudo aceptar. Le dio plazos, contó los números, uno-dos-tres, y a la tercera le dio un ultimátum que terminó con su matrimonio. Él ya estaba tan “abierto” que se había inscrito en una sociedad secreta donde hombres y mujeres se juntaban para tener aventuras, pero totalmente clandestinas porque nadie deseaba realmente romper su respectivos matrimonios.

Ella interpretó la actitud de su marido, como su terror a la vejez y la decrepitud, y que por eso le había nacido esa necesidad tan grande de comportarse como si recién hubiese descubierto el sexo, el placer veinteañero. A lo mejor mi primo Nicolás dirá que Scott simplemente combatía una mortalidad galopante, recién descubierta. Creo que pudo ser todo eso y mucho más; y que a lo mejor Scott, al igual que yo, descubrió que ya no sentía como antes, y entonces desesperadamente se largó hacia esa sopa de dopamina y placeres que le entregaba ese re-descubrimiento.

Creo que a mi me ocurrió algo parecido. La diferencia está en que lo combato de otra manera, o como dice mi tío Lalo, reconozco y abrazo mi vejez prematura, no la expulso de la casa.

Lo triste es que justo cuando nuestra amiga luchaba por reconstruir su vida después del divorcio, le vino un cáncer fulminante que la mandó hacia otro cuarto, y sin regalarle siquiera la posibilidad de despedirse de tantos amigos. Una vez fallecida, y en la ceremonia que le organizó la universidad para despedirla (donde ella había trabajado), el pobre Scott se paseó como una alma errante e invisible, rogando saludos, un reconocimiento. Yo probaba los bocadillos, el café que nos ofrecían para compartir todos juntos mientras la recordábamos, mientras celebrábamos lo que había sido su vida, pero se me atarantaba la comida en la boca; parecía que mordía arena mojada. Por ahí pasaba el Scott, todo colorado, envejecido, y con desesperación trataba todavía de verse joven adentro de un estupendo Porsche rojo, con sus dientes recién arreglados, y con su nuevo par de lentes de sol.

El auto de atrás me pitea. La camioneta café de adelante ya se esfumó.

De cosas así me acuerdo en los semáforos con luz roja.

Dulces de colores

Mi hermano me cuenta por email desde Santiago, en Chile, que Eliana Godoy, la poeta mencionada en la nota anterior, siguió escribiendo y editando sus libros artesanales y fotocopiados desde una población en Talcahuano hasta el día que murió. Enrique Lafourcade escribió sobre ella en el Mercurio, el domingo 8 de Octubre del año 2000 donde incluso divulgó su número de teléfono por si alguien la llamaba. Cuenta que escribió 5.455 haikus, pequeños poemas de solo tres versos que fueron su especialidad. Termina su crónica de manera cariñosa dedicándole un haikus:

 

Cae la lluvia

Eliana está escribiendo

Todo está bien.

 

En el The New York Times de hoy día publican una noticia que parece demasiado familiar: Elizabeth Holmes, fundadora de la compañía Theranos, que hace poco llegó a ser evaluada en 9 billones de dólares, finalmente la han culpado de fraude. Desde sus inicios, su negocio tenía todos los ingredientes de un gran fraude, de un esquema de la pirámide en el área tecnológica….. con los años ya puedo olfatear esos esquemas: todo empieza con un buen comunicador al volante de la compañía, alguien que sabe convencer a personajes importantes, y que también sabe conversar con periodistas conocidos que te promuevan en los periódicos y revistas de gran circulación. De ahí para adelante todo se hace más fácil porque este comunicador, después de esa agresiva promoción, finalmente estira el sombrero frente a inversionistas importantes, que asustados, piensan que quedarán atrás, descolocados frente a una nueva Apple en plena gestación que tienen ahí, frente a sus ojos. Así es como este organizador acumula milloncitos (sin mostrar nada contundente), pega su feroz mordisco…… para después, cuando la empresa no resulta, alegar que simplemente fue demasiado optimista, muy agresivo con esas ideas que todavía son presentadas como fabulosas, adelantadas a su tiempo; la culpa es siempre de otro. De ahí saltan hacia el lado, y simplemente encaminan sus pasos hacia una nueva aventura con los bolsillos repletos de dinero. Los organizadores del esquema nunca pierden su dinero. Felizmente a Elizabeth no le resultó tan fácil porque se le pasó la mano; prometió demasiado. Lo estaba haciendo bien: primero cultivó una imagen a la Steve Jobs frente a los medios de comunicación, donde lucía una clásica polera negra. Después no perdió oportunidad como para cultivar una leyenda de empresaria genial, una estudiante legendaria, inteligente, y que tan solo con 19 años de edad había abandonado una promisoria carrera en la Universidad de Stanford para fundar Theranos. Ahí prometió que tan solo con una miserable gotita de sangre, podían detectar todo tipo de enfermedades, desde el sida a la diabetes. No perdió ocasión como para promoverse y producir ruido….. y lo curioso es que los millonarios quedaron tan impresionados con las entrevistas que leían en los periódicos más respetables que varios picaron, picaron y apostaron por Theranos como si visitaran un Casino. Entre los conocidos que pincharon están la familia Walton, dueños de Walmart, el conocido Rupert Murdoch, y la familia de Betsy Devos, actual ministra de educación.

Elizabet fue astuta, cultivó una imagen dinámica, fotogénica, genial, que logró convencer al mismísimo Henry Kissinger, George Schultz y Jimm Mattis, actual ministro de defensa, para que formaran parte del Board of Directors de su compañía. Pero por supuesto su empresa vivía en una realidad alternativa, una realidad tan bien presentada que para muchos fue una realidad completa, hasta el día en que despertaron del gran sueño y descubrieron sus bolsillos repletos de dulces de colores.

…..en el mundo de las baterías ocurre algo parecido.

Las cartas al crítico Alone

Qué chico el mundo, me repite un amigo. Y tiene razón, pareciera que todos de alguna manera estamos relacionados, y que casi no necesitamos ser parientes porque buscando siempre encontramos algo que nos relaciona. Un buen amigo me comentó por e-mail que había leído el libro de Ágata Gligo que mencioné en la nota pasada, uno sobre María Luisa Bombal, y me dice que le gustó mucho, y que incluso asistió a su funeral.

Otro buen amigo me comentó lo sanguinario que podía llegar a ser Alone cuando criticaba. Por e-mail me escribió lo siguiente:

 

“A propósito de Alone y del Topaze, famoso semanario por décadas, una vez escribió, con ese estilo mordaz, irónico, agudo, refiriéndose a Conrado Ríos Gallardo, quien era vecino nuestro:

Viendo a Conrado humbardo,

su impresión así escribía,

si a esto llaman gallardo,

me cago en la gallardía.

 

En otra oportunidad se refirió a Malaquías Concha:

 

Hay conchas que son de perla

y conchas que son de mar,

pero esta concha de Malaquías,

es concha de pura mierda”.

 

Recuerdo que varias veces Alone le regaló a mi madre enormes cajas de cartón repletas con esos libros que le llegaban buscando su crítica, implorando su apoyo, aunque sea una palabrita. Muchos de ellos terminaron en nuestra casa de Algarrobo, en una escalera que bajaba hacia un primer piso, de donde después salieron donados a la Biblioteca Nacional cuando el padre de mi compañero de curso, Andrés Hübner, era su director. Siempre intrusé esos libros porque me sentía parte de ese grupito, muchos de ellos seres anónimos, periféricos, desconocidos, y me impresionaba ver la manera tan deferente con que esos autores le pedían comentarios a Alone con unas dedicatorias breves escritas en las primeras páginas del libro y después en extensas cartas escondidas entre sus páginas; me costaba entender esa manera con que le imploraban unas palabras al venerable crítico. Me gustaba encontrar y leer esos libros, muchos de ellos de poca calidad literaria, porque me identificaba con esos autores, me gustaban esos hombres y mujeres que escribían con tanto esfuerzo, que lo intentan casi sin medios, para casi inevitablemente caerse, fracasar, darse de costalazos; pero los leía guardando siempre la secreta esperanza de que pronto progresarían, de que finalmente les iría bien porque usaban casi el único método que uno conoce para aprender: embarrándola, cometiendo errores, cayéndose del décimo piso. Muchos aprenden a sacudirse esas humillaciones, esas caídas, y logran pararse como un monito porfiado; pero creo que uno de los problemas con ese método de aprendizaje, es que cuando uno finalmente aprende algo, cuando lo domina, mira para el lado porque todavía sientes que no sabes nada, y te sorprendes genuinamente cuando alguien te dice que has logrado algo, que has hecho algo importante.

Cuando me vine a USA, o en una de mis visitas a Chile, me traje uno de esos libros, el de una poetisa, Eliana Godoy Godoy. Me impresionó esa desesperación por conseguir aunque sea una palabrita de ese legendario crítico. En la contratapa le escribió lo siguiente:

 

“A Alone con aprecio y admiración:

He aquí el comienzo de una tarea que con paciencia y tesón puede dar frutos positivos y para esta HUMILDE OBRA, en forma especial ruego comentario. En ella está latente el milagro de la unión en común de ideales y su valor reside en eso; cuando reina la envidia, el egoísmo y la fatuidad, nada se obtiene.

Actualmente se me encomendó una antología internacional de asociados que estoy preparando.

Eliana Godoy 29/III/1960″

El libro venía con una bastante carta, donde Eliana Godoy Godoy se extendía rogando un comentario que parece nunca le llegó. Empieza así:

 

“Distinguido y respetable crítico:

Hoy, por un impulso superior y para quedar en paz con mi conciencia, golpeo a su puerta de hombre responsable para suplicar LEA, Guirnaldas de Luciernagas y Cascada Lirica, ambas obritas que necesita un venerable comentario…..

……Perdóneme; pero tengo fé, una fe tremenda en su justicia. No entrego maravillas; aun no he llegado a la meta, me falta mucho….. Lo sé y estoy dispuesta a seguir con tesón. Esos títulos que figuran en Cascada Lirica , no son para darme ínfulas, sino se publicaron tras divulgación de entidades que me han honrado con su estímulo, además el poemario llegará a Europa, surcará las Américas y en todas partes hay colegas.

Felicito a usted, por su tarea de tremenda responsabilidad, y al despedirme confío en que esos dos libros que a simple vista son pobres, pero que han costado enormes sacrificios no caerán al vacío. QUE AMARGO es eso. ¿Verdad?

Reciba un respetuoso saludo, junto con los mejores anhelos. Su desde ya altamente agradecida.

Eliana Godoy Godoy

Casilla 1894 Concepción, Chile.”

 

Busco en la Internet, en Michigan, ya en el año 2018 y veo que Eliana Godoy Godoy falleció hace pocos años, y que no se vaporizó por completo, al menos la encuentro en ese mundo virtual donde veo que figuró en algo, escondida en un pueblo pequeño de provincia, y que siguió porfiadamente escribiendo. Por lo que leo, aparentemente siguió empujando su poesía desde el sur de un Chile lejano, pero desgraciadamente sin florecer como ella anhelaba. Leo alguno de sus poemas y me parece que su poesía no alcanzó a tomar vuelo, pero admiro el empuje que tuvo durante toda su vida, donde no se amilanó por completo; encuentro que ahí también hay poesía, ahí también existió algo. Por otro lado creo que en pocos años más nadie se acordará de Alone …….de la misma manera que ahora nadie sabe quien fue Eliana Godoy Godoy.

Ser desheredado es más de lo mismo (I)

Voy manejando nuestro Prius blanco cuando sorpresivamente diviso desde la carretera, aquí en Michigan, un pino tumbado y seco, cerca de la autopista. Me detengo, estaciono y me bajo del auto, y toco el tronco con mis dedos, refriego mis manos contra la corteza dura pero no es igual que antes, no es el mismo pino seco y tumbado que conocí en la zona central de Chile, cuando corría un viento fresco, y a lo lejos se escuchaba el oleaje del mar y un aleteo de pájaros. No es la misma temperatura de antes, la misma brisa, o el mismo aroma de eucaliptos frente al sol del verano. Pero ese es mi pasado, mi historia, mi memoria que todavía sobrevive, y que pese a todo lo que ocurra nadie me podrá quitar. A lo mejor por eso escribo, para que todo eso sobreviva otro poquito y dure un poco más.

En esos años vivíamos bajo un mismo techo, nos duchábamos en el mismo baño, y nos sentábamos en la misma mesa coja para compartir una comida…… y por eso lo creí, creí que verdaderamente me apreciaban; pero los años y la distancia parece que nos cambian y muchas cosas importantes ya no se conversan y se esconden, no se mencionan. Simplemente te llega un portazo helado, donde para todos los efectos prácticos te desheredan como si todo eso hubiese sido de mentira, como si todo eso no hubiese ocurrido, como si la mesa coja no hubiese existido nunca. A lo mejor por eso escribo estas notitas.

 

A lo mejor por eso escribo también estas notitas, porque ella, mi madre, escribía muy bien, y quizás por eso la trato de imitar, aunque nunca lo sabré con certeza. Siempre se rodeaba de escritores y participó en los talleres literarios con Guillermo Blanco, Martín Cerda, Enrique Lafourcade, Edmundo Concha. También conocía a varios escritores, como José Donoso y Alone, el famoso y temido crítico literario de esos años, que escribía muy bien, pero solo cuando criticaba a otros escritores en sus célebres críticas literarias de El Mercurio en el suplemento del domingo, porque en sus textos personales encuentro que era de una siutiquería aberrante, poco auténtico, sentimental, un poco como fue su vida personal, donde no supo afrontar su verdadera sexualidad. Fue “choro” con los otros, pero no consigo mismo. Era divertido ver a mi padre cómo los toleraba a todos ellos, cómo los saludaba al llegar del trabajo, cómo los miraba, cómo les daba la mano….. pero ahí nomás, de lejitos. Creo que los consideraba como los mejores perdedores de un grupo de fracasados y ociosos. Y los que nombré más arriba fueron simplemente los que habían tenido suerte, los que habían sido favorecidos por un destino oscuro y misterioso.

La amistad con Alone fue interesante, iban a pasear al Cerro San Cristóbal y se tomaban fotos frente a esas cámaras de cajón, casi artesanales, en la punta del cerro. En varias ocasiones Alone le ofreció enseñarle a escribir a mi madre invitándola a “Piedra Roja,” el refugio suyo y donde se encerraba a escribir sus temidos artículos que fulminaban o creaban autores de renombre. Aquí en mi casa todavía conservo un libro autografiado por su autor, Miguel Ángel Asturias, cuando todavía no era premio Nobel, pidiéndole, rogándole un comentario a su majestad Alone, el “ilustre crítico literario chileno”. Varias veces lo fui a dejar a su casa, en el Parque Cousiño, pero nunca le consulté sobre libros o autores, en ese tiempo no me interesaban, era puro glamour, eran “famosos” y, ¿por qué no saludarlos?

Lo triste y extraño con mi madre, es que cuando algo le resultaba en su escritura –y esto no lo entiendo- cuando le resultaba un buen relato, cuando percibía algo de carne viva, se asustaba y ya no quería tocar más el tema. Creo que ella vio la escritura como una distracción, o como una oportunidad donde se podía topar con gente inteligente y con algo de glamour, como José Donoso, o su señora, Pilar Serrano, que siempre y con mucho encanto hablaba de Mario Vargas Llosa, Gabriel García Márquez, Carlos Fuentes, o de Cortázar como si fueran sus vecinos. Para mi madre la escritura fue importante, pero creo que le tuvo terror porque descubrió que muchas veces se llega a un punto donde ya no hay vuelta y se necesita contar la firme, sin rodeos, y sin los fuegos artificiales de una palabrería fácil. En todo caso, mi madre estuvo en buena compañía porque Alone tampoco se la pudo; se le doblaron las piernas y fracasó, se quedó en la periferia y comentando lo que leía, el último libro que le llegaba, pero nada más, se trancó. Lo otro que inhibió muchísimo a mi madre, lo que marchitó su escritura, fue el terror visceral que le tenía a la crítica porque no la soportaba, no sabía qué hacer frente a ella; y pobre el que con mucha valentía la enfrentara y le hiciera ver un potencial error (……y aquí me acuerdo de mi padre al que francamente habría que levantarle un monumento). Nunca, jamás, vi a mi madre reconocer algún error en uno de sus juicios certeros, perentorios, inapelables que largaba al grupo como carne cruda.

Recuerdo que mi madre también participó del taller literario organizado por la escritora Ágata Gligo, fallecida de un cáncer fulminante en los 90. Ella se había hecho conocida por una biografía que escribió sobre María Luisa Bombal. Ella caló muy bien a mi madre, la conoció muy bien, y la menciona en su libro póstumo titulado “Diario de una Pasajera” (editorial Alfaguara 1997). Como a mí me interesa mucho leer diarios personales –pero de los auténticos, donde se palpita sangre, sueños destruidos, emociones fuertes, y no esas siutiquerías personales de Alone- me topé por casualidad con el libro de Ágata, que me gustó mucho, porque es íntimo, es un libro verdadero, auténtico –y no le quedaba otra, a la pobre, si se moría poco a poco- donde en la página 187 escribió lo siguiente sobre mi madre y otras participantes de su taller literario (Ximena, es mi madre):

 

Miércoles 21 de Septiembre de 1994

Ayer Martes, al terminar la clase, las alumnas hicieron todo tipo de declaraciones positivas. Encuentran maravillosas las sesiones, la dinámica y a la profesora. Fedora y Ximena sostienen que su opinión es fundamentada, ya que han pasado anteriormente por conocidos talleres literarios: el nuestro sería algo extraordinario. Fedora, que solo se integró en el segundo semestre al taller que ahora desarrollo en mi casa, dice que en estas seis clases ha aprendido más que en toda su vida, que doy mucho, que ilumino y comunico mucho en lo literario y que hago aflorar el sentido filosófico del trabajo. Las demás confirman. Se las ve convencidas. Yo siento que me entrego de verdad a esa tarea. Jamás hubiera pensado que, con todas mis dificultades para escribir, iba a ser capaz de ayudar a otros. Es emocionante. El grupo se ha consolidado muy bien. Me sorprende Ximena. Tiene talento e imaginación, pero carece totalmente de pasión por escribir y, aunque no lo diga, es la única escéptica respecto al propio progreso literario. Intuyo que viene solo para entretenerse.

 

La verdad es que ser desheredado es más de lo mismo. Uno diariamente gana y pierde, y muchas veces más pierde que gana, estoy acostumbrado a eso; pero siento que aquí, en ese gusto por escribir, por los libros, por las palabras, y que a lo mejor heredé de mi madre, no me lo podrá quitar jamás. Es un testamento válido que ya no tiene vuelta. Es decir, la mesa coja fue una realidad, pero hay que continuamente recordarla con palabras, en textos que transmiten y te presentan esa mesa para que dure un poco más.