¿Con música o sin música?

Cuando era niño y cuando pasaba por períodos donde percibía el mundo color rosa, me gustaba escuchar esa música que escapaba de la radio del auto, e imaginaba que afuera, esos hombres y mujeres que caminaban por las veredas atestadas de polvo, de trajín, de pobres perros vagos, también de alguna manera, si la escucharan, les gustaría mi música; o por último la reconocerían, y me reconfortaba imaginar que pronto, al escucharla nuevamente con detención, estarían de acuerdo: la música no estaba mala.

El auto se detenía en un semáforo, en la calle Alameda, en el centro de Santiago, y veía a la gente, a la muchedumbre avanzar a pasos agigantados para cruzar las calles. Las ropas que llevaban era siempre bien oscura, tonos grises, negros, a lo mejor por el invierno. Las esperas en los semáforos con sus luces rojas eran siempre parecidas, uno adentro, escondido en la burbuja, y mironeando a los de afuera que todavía parecían lejanos, que no era el mundo de uno todavía, pero que después, pronto, cuando fuera “grande”, podría aspirar a conocer. La bulla de esa calle presagiaba lo que penetraría vertiginosamente en nuestras vidas, la vida de estudiante en las secundarias del colegio San Ignacio, cuando surgía el movimiento popular de Salvador Allende y sus banderas. Ahí fuimos muchos los que quedamos descolocados y haciéndonos preguntas, incluidos los jesuitas, que abandonaron un poco sus tareas de guías nuestros, para avivarnos hacia nuestra propia suerte: ellos estaban demasiado enfrascados tratando de ver o de estudiar como reaccionar frente a esos “signos de los tiempos”, embebidos en sus propias revoluciones y discusiones internas. Así fue como quedamos inmersos y abandonados a nuestra propia suerte adentro de ese grupo que formaban nuestros compañeros de curso. Y ahí comprobé en carne propia cómo florecía el músculo de la tribu, y la importancia que tenía adentro de un grupo, donde los compañeros físicamente más poderosos y grandulones impusieron y organizaron la convivencia en los recreos y nuestra vida diaria. Todavía recuerdo con sorpresa la tremenda patada en el traste que me daría un compañero de colegio sin motivo alguno, poco antes de entrar a los comedores a la hora del almuerzo. No fue una patada dolorosa, pero sí bien humillante y todavía la recuerdo. Muchas veces la interacción con los mismos profesores la dominaban también ellos. Las autoridades del colegio, a lo mejor imaginando que sería bueno exponernos al mundo de la calle, de los trabajadores, ese que conocíamos tan poco, decidieron contratar a un profesor de rasgos indígenas. Recuerdo claramente su apellido: Morgado, se llamaba Rosendo Morgado Wong. Y con él mostramos descaradamente nuestro racismo al reírnos sin problemas cuando pronunciaba ciertas palabras claves de manera sospechosa, desenmascarando así su origen humilde, de barrio periférico: la “ch” era “sh”, de manera que “chiquillo” pasaba a ser “shiquillo”. Craso error, tremendo, un pecado capital que era celebrado con gran jolgorio y entusiasmo por la tribu. El pobre usaba también una casaca oscura, y a veces lucía una corbata. Los más vivos del curso, los mandamases de la tribu, los buenos para el combo, las patadas, aprovecharon esa ventana hacía otros mundos pidiéndole consejos sobre “asuntos de la vida” o más concretamente sobre “asuntos del amor”. Hábilmente, notaron que en los propósitos de las pasiones y el amor, nos parecemos demasiado y ya no importaba el apellido, la raza o los colores.

En los recreos también había música, y todo gracias al “galeno” Walker, que nos ayudaba a sobrepasar nuestros recreos con sus selecciones favoritas. Lo recuerdo con cariño en una oficina muy hedionda a cigarrillo (los cigarros de otro porque él me parece que no fumaba), rodeado de esos platillos de vinilo y equipo electrónico.

 

*****

 

….veo a mi padre acostado en su cama, en la cama donde pocos días después moriría solo. Percibo que siente angustia, algo de ansiedad, a lo mejor es lo que ocurre de manera natural cuando descubrimos que se nos aproxima el fin y ya no hay vuelta; partiremos pronto. Para tranquilizarlo le digo que estamos todos bien en la familia, que Alberto está bien, que mi hermano Gonzalo está bien, y que Mónica y Álvaro están bien.

Todo bien, papá, parece que le dije, como asegurándole “misión cumplida”, para que él también pudiera partir algo más conforme, sin verse obligado a tener que seguir ayudándonos, guiándonos, asegurándose que nos encausábamos por una ruta bien segura. Y él entonces nota algo, se da cuenta que estaba tratando de “dorarle la píldora”, de calmarlo para que descansara, para que entregara las llaves, la antorcha, o para que no siguiera preocupado. Levantó los brazos y mostró las mangas del pijama que le llegaban hasta el codo. Estaba la ventana abierta y se filtraba el rumor de la ciudad febril de un día de semana santiaguino, de verano. Escuché unos bocinazos, un grito lejano, vi un gorrión que se paró en el filo del ventanal mientras él estiraba el borde de la sabana blanca que le llegaba hasta la barbilla. Y pese a lo disminuido que ya estaba, me dio una sorpresa, un gran mazazo cuando se detuvo, pensó y me preguntó bien serio, como cambiando el tema:

-¿Y tú? ¿A quien saliste tan inteligente, cristiancito?

Habría pagado para que me dijera a quien saliste tan pelotudo, mijito, o no hable huevadas, mijito, pero no había ocurrido así. Más bien comprobé las sorpresas que nos da el cerebro, donde pese a estar acosado por la enfermedad, las debilidades, los dolores, las confusiones, siempre nos puede sorprender con un relámpago de conocimiento cognitivo verdadero, genuino, algo así como un saludo a la bandera que nos muestra la fibra sana que todavía va quedando, que todavía resiste, ahogada en medio de toda esa maleza, es cierto, pero que todavía permanece pese a la enfermedad, la vejez y el deterioro.

No le contesté, no le dije nada, me hice el leso, y parece que murmuré algo así como “chuta”, pero solo para mí, solitario, calladito.

 

Cuando me mudé a este país cambiaron los colores y el color de los inviernos, que para aumentar el contraste fueron blancos, había nieve. Y con el tiempo me sigo subiendo a los autos y deteniéndome en los semáforos con luces rojas, donde todavía aprovecho para escuchar mi música, esa que escapa de los parlantes de la radio del auto. Ahora soy yo el que maneja y no mi padre, pero me importa mucho menos si a alguien no le gusta la música que escucho.

Han pasado los años y más que nada guardo mis músicas, guardo mis recuerdos, y los atesoro como esas conchitas de mar que coleccionaba cuando caminaba por la orilla de la playa cuando niño. Ya no importa si a alguien no le gustan, o si a nadie le interesan las conchitas que he coleccionado. En el fondo ya tampoco importa si incluso no escucho música cuando detengo el auto en un semáforo en la ciudad de Northville, aquí en Michigan, donde vivo ahora. Aunque siempre los prefiero con música (los semáforos).

 

Nota; Ex compañeros de colegio como Mauricio Valdivia (en la sección comentarios) y Claudio Barrios me corrigieron un error: el nombre de nuestro profesor era distinto. Con el permiso de Claudio aquí va su comentario:

“…..sólo aclarar que el nombre del profesor Morgado es Rosendo Morgado Wong, profesor de Técnicas Especiales. Lo poco que sé de instalaciones eléctricas se lo debo a él. Fue un destacado profesor del Colegio Andree, de La Reina, donde en sus últimos 20 años de profesión fue muy querido por todos. Jubiló recién, hace unos cinco años. Como apoderado de ese Colegio, me tocó seguir compartiendo con él, tenía una memoria increíble, se acordaba de muchos alumnos ignacianos, con su nombre y apellido, especialmente los de nuestra generación: todo un personaje. Finalmente en la vida te das cuenta que el verdadero valor de las personas está en su interior y terminas agradeciendo el privilegio de haberlas conocido”

 

Los metametales

Cuando un escritor me gusta es como si me sacaran jugo. Primero me da una envidia sana, pero pronto recupero el equilibrio porque reconozco mis limitaciones, el barro en que me muevo. Sin embargo, pese a esos murallones que parecen insalvables, difíciles, de todas formas escribo, me largo, gateo y corrijo…. hasta que al final, y en contadas ocasiones, algo resulta porque duele. Me ocurre cuando leo los diarios de mi amigo Ignacio Carrión. O con Eduardo Halfon, que es otro de ellos. Cuando leo su libro de relatos, Signor Hoffman, me salpican los deseos por contar, por decir algo, por escribir lo que nos ocurrió el fin de semana pasado, por ejemplo, cuando fuimos a la casa de Roberto Merlin (originalmente de Argentina) en Ann Arbor, un profesor y miembro del Departamento de Física en la Universidad de Michigan.

En su casa me enteré sobre los metametales, unos compuestos que hacen que la luz se curve y esquive los objetos haciéndolos de hecho invisibles. Y esa es la especialidad de Roberto, una área de mucha actualidad y gran importancia en el campo de la óptica y electromagnetismo. Los metametales son mezclas de metal y materiales de placa con circuitos diminutos impresos como cerámicas. Y es ahí donde la Pili ayuda a los estudiantes porque esa es su especialidad: lo diminuto, lo pequeño, lo “nano”. Cuando escuchaba esas explicaciones, mientras las trataba de digerir, de hacerlas mías, pregunté si en unos años más se podría conseguir la invisibilidad nuestra, de los seres humanos, la invisibilidad mía o de Pilar…..

 

…..pero ahí si que lo miraron feo, al pobre. Fue divertido ver a Cristián como trataba de entender haciendo esas preguntas un tanto excéntricas; el pobre siempre cree que puede ser capaz de hacerlo, de entender. Se las da de vivo, de que “entiende”, de que “sabe”, que “conoce”, o que solo basta con “ponerle el hombro” y todo pasa, pero la verdad es que la realidad es más difícil y compleja, nada de fácil de entender.

 

La estudiante de Roberto, Meredith, se graduó en el programa de doctorado y por eso la celebración, el convite. También asistíamos para celebrar a otro estudiante suyo, uno nacido en Algeria, y que se había graduado hacía poco en el programa de doctorado. Llegamos a la casa adelantados así que la Pili me pidió que manejáramos por un rato más, que no me gusta llegar primero, o no me gusta llegar adelantada, parece que me dijo. Pasamos al frente de la casa que tenía un árbol grande y pelado por los efectos del invierno. Afuera todavía no había ningún auto y las casas vecinas se veían todavía más vacías. Tocamos el timbre finalmente, pero no esperamos a que nadie nos abriera la puerta. La empujamos y entramos, así nomás; o mejor dicho, Cristián empujó la puerta y entraron, así nomás. Adentro nos encontramos con la señora del profe, una señora francesa muy amable, gentil, y que hablaba castellano sin problemas. Trabaja como traductora, nos dijo. Pronto llegó Roberto y ahí me enteré que vivían hace muchos años aquí en USA, y cuando puso su música de fondo, su preferida, todo se confirmó porque los ritmos eran de mi tiempo, con Piero, Mercedes Sosa o Facundo Cabral. Este último asesinado por error -a balazos- hace poco tiempo, después de terminar su último concierto en Guatemala. Los estudiantes se reían porque no reconocían esos ritmos, pero los soportaban con esa típica resignación que muestran las visitas cuando están en la casa de un profe al que respetan. Pronto llegó Meredith, y un abrazo, y felicitaciones por ahí, felicitaciones por allá, y que sí, que estaba feliz porque pronto, en pocas semanas más, partiría hacia Barcelona para trabajar como posdoctora en un Instituto de la Comunidad Económica Europea. Cuando noto que Meredith se ha quedado sola, aprovecho para preguntarle sobre los metametales y la invisibilidad (aunque mi amigo, el que se reía al principio del relato, dice que uno lo trata de entender todo, que “sé”, que “conozco,” cuando lo que sucede es fácil y sencillo: simple curiosidad, eso es todo). Los metametales, me dice Meredith, pretenden conseguir la invisibilidad de los objetos (eso ya lo escuché). Son materiales, que al ser recubiertos por otro material especial, agrega, reorientan los rayos de luz que impactan sobre dichos objetos alterando el comportamiento natural de la luz, de modo que las ondas electromagnéticas rodean al objeto y este no las absorbe (ahí sí que me perdí); es decir ni absorbe ni refleja la luz y el objeto se vuelve invisible (ahi entendí mejor). Se usa y se estudia mucho para evadir radares, me confirma. Quedé intrigado, pero justo llega Roberto, y qué pasemos a probar la comida antes que se enfríe, nos dice. La señora del profe se pierde por un rato y cuando llega, que perdonen, nos dice, estaba fumando un cigarrillo, nos repite. Al final llega también el otro estudiante recién graduado (solo unos meses antes), originalmente de Argelia. Tiene los ojos profundos del que ha sufrido mucho, tristes, recaídos, diría que muy bellos, pero no lo digo para que nadie piense en otra cosa. Cuando te habla ya no pierde el tiempo como lo hacemos nosotros; pareciera que para él todo es importante, incluso los saludos convencionales de un extraño, o escuchar esa música andina poco familiar que nos facilitó Roberto, o saludar casi por última vez a su profe ahora que terminó su doctorado. Su padre se involucró en la vida pública de su país y pagó con su vida. Se “metió en política”, me cuenta la Pili alarmada: y lo mataron, por eso lo mataron. Y que no “meta las patas”, me sugiere, no se te ocurra preguntarle ni escribir sobre eso, me dice (se inquieta). La escuché con atención y después de su alerta fui disciplinado y no le pregunté por los motivos, no le consulté por qué habían asesinado a su papá, o cómo lo habían eliminado, cómo lo habían matado -¿lo ahorcaron? ¿Lo envenenaron? ¿Lo fusilaron? ¿Lo degollaron? ¿Recuperaron su cadáver?- pero él, su padre, estuvo siempre presente, ahí, entre nosotros, y también lo imaginé parecido al hijo, sobre todo cuando vi a su madre, la viuda, que estaba también ahí junto a sus dos hijas, (o con sus dos hermanas), que de seguro ahora lo extrañaban y pensaban en él, sobre todo en una ocasión tan importante como esta. ¿Por qué estamos aquí nosotros y no su padre?, pensé, ¿con qué derecho? Y Roberto feliz conversa en castellano. Ya me cansé nos dice a todos, me cansé de los estudiantes, me cansé de ustedes, declara con una sonrisa, pero ahora lo dice en inglés. Ya tengo 70 años y deseo sacar el pie del acelerador. Y todo eso lo dice mientras veo como su señora se ausenta nuevamente. ¿Otro cigarrillo? Y pronto llegan unas patatas de kubbat, rellenas con carne picada, pinches de pollo adornados con crema de yogurt y arroz con langostinos, comida que todos disfrutamos.

Su madre, la viuda, todavía se ve joven, vive en California, ya no regresan a Argelia. Las dos hermanas altas, (o las hijas) delgadas, hablan y conversan entre ellas, con los otros estudiantes, con su madre. El profe se levanta y ofrece un brindis, está contento, se le ilumina el rostro cuando habla de su trabajo, de sus años en la universidad, de sus más de treinta estudiantes que ha graduado en el programa de doctorado, pero ya está cansado y desea tomarse la vida de manera más liviana.

¿Y más Malbec? ¿Más arroz con langostinos? Y los padres de Meredith, que llegaron de Parma, Ohio, comparten una torta traída especialmente para la ocasión. Habla Meredith que da las gracias, y a los padres –esta vez los dos vivos- se les ilumina el rostro. Están contentos, algo así como misión cumplida, se apoyan, se les nota que ya son muchos años en que danzan juntos.

Y ahí entonces me acuerdo de nuestros amigos iraníes que conocimos en nuestros tiempos de estudiantes, en Cleveland. Al padre de nuestro amigo también lo habían eliminado cuando la revolución instauró al Ayatollah Khomeini como jefe supremo del país. Esa vez, pese a que la Pili no me dijo nada, tampoco consulté sobre los detalles de su muerte, pero parece que lo habían fusilado. Recuerdo que en el departamento donde vivían casi no habían adornos en las repisas o sobre las mesas y paredes; pero la foto del padre estaba ahí, sobre una chimenea limpia que nadie había usado nunca. Era una foto en blanco y negro, de carnet, de documento público, casi lo único que les quedaba de él. Lo más probable es que arrancaron apurados de Irán, pensé, arrancaron con la ropa puesta y pasaportes, y algunos anillos que guardan como recuerdos de familia. Desde ese entonces me fijo con gran atención en las fotos de carnet, que es casi lo único que sobrevive después de una tragedia. Aquí en Michigan tengo la foto de mi abuelo, por ejemplo, en un carnet de identidad que me regaló mi tía Oriana. Se ve muy serio, de corbata, y con sus arrugas en el rostro bien marcadas y trágicas, pese a que a él nadie lo mató; murió de viejo simplemente.

 

Al final regresamos a nuestra casa, en Northville. Podría jurar que me subí con la Pili al auto porque la vi acomodar la cartera negra bajo sus pies, en el suelo, pero ahora acabamos de llegar a casa y no la veo, no la encuentro por ninguna parte. Sé que tenemos que haber llegado juntos porque acabo de ver su cartera negra al lado del sofá amarillo, en el living, y justo cuando llegaban los gatos a recibirnos, y cuando el Copo se acerca a saludarnos moviendo la cola vigorosamente. Imagino por un instante breve, que a lo mejor la Pili se quedó conversando con Roberto sobre los metametales (supongo que ya está claro que ella conoce bastante sobre el tema, y la entusiasma); pero todavía no la veo. Siento algo parecido a la angustia, julepe, me siento solo, acordonado, y me dan unos deseos grandes de contarle intimidades, de hablar con ella sobre eso que nunca hemos podido conversar porque siempre nos ha faltado tiempo, de preguntarle sobre nuestras vidas…… pero uno siempre vive tan escaso de tiempo. Me habría gustado preguntarle si deberíamos, o mejor dicho, si podríamos haber hecho algo diferente durante todos estos años. O si nos arrepentimos de algo que hicimos, de algo que ocurrió en mi vida, en nuestras vidas, algo importante que duele y acaso da vergüenza.

Creo que uno percibe lo mucho que ha perdido cuando ya lo pierde, cuando todo cambia y ya no hay vuelta, como cuando la salud nos da un portazo, o cuando la muerte nos visita sin muchas notificaciones. Y siento nuevamente la urgente necesidad de saber, de preguntarle si valió la pena el que nos mudáramos a Ohio y después a Michigan en esos años iniciales, cuando las niñas estaban chiquititas; si valió la pena haber viajado juntos de visita a Santiago al final de los 80, en una época en que apenas nos resultaban los proyectos, pero de todas formas fuimos, viajamos, ……no, no te preocupes, nos resultará, le decía, mientras contemplábamos con preocupación el aterrizaje en una familia que apenas conocía…

Si valió la pena, me pregunto; si valió la pena haber vivido, haber luchado, llorado, haber celebrado todos estos años juntos….

…. y levanto la vista, enciendo luces, y solo veo a nuestros gatos, a nuestro perro patagónico, el Copo…… y su foto de carnet.

Juan Ernesto Riquelme: chofer de Neruda por un día

Tenía una gotita sangre adosada sobre el número cuatro. Era un reloj pulsera, que en el vidrio ya amarillento mostraba la salpicadura de una gotita de sangre roja; era el reloj de mi padre. Ese día venía llegando del hospital y probablemente había operado a un paciente. ¿Operaste?, le pregunté. ¿Por qué, mijito? Pero no le contesté, fueron como dos preguntas que se anulaban. Tiempo después ese mismo reloj casi nos mata, cuando le pregunté por la hora mientras íbamos de regreso a Santiago y con él al volante. Fue un segundo de distracción donde casi se sale del camino y nos metemos en la línea contraria. Vi luces, sentí ruidos, algún grito y registré el tremendo susto por lo que nos podría haber pasado a todos. No vi sangre, pero la imaginé; imaginé un golpe en la cabeza donde Cristián rompía el parabrisas y ya no se acordaba de nada, quedaba babeando a la orilla del camino. No me acuerdo si le pregunté algo después de que me indicara la hora; pero con o sin el accidente, lo recuerdo como algo que casi nos cambió la vida.

Y ahora en Northville, imagino que nuevamente caminamos sobre la superficie de hielo que se había formado sobre el río congelado de Turku, en Finlandia, mientras Juan Ernesto me habla sobre el día en que ofició como chofer de Pablo Neruda cuando visitaba Arica. Al principio no le creía mucho lo que me contaba, no lo registré, pero cuando llegué de regreso a Northville, aquí en Michigan y de madrugada, junto a los gatos que me acompañaban a esa hora y me pedían comida, y junto a las ardillas que pedían semillas a través de la ventana, hice un click y ahí estaba el texto, el relato de Óscar Hahn en la Internet, donde nos cuenta de él, de Neruda y Juan Ernesto Riquelme. Me confirmaba lo que Juan Ernesto me había contado en Finlandia mientras caminábamos sobre el hielo en Turku.

En esos años se iniciaba la campaña presidencial del año 70 (Octubre del 69) y Pablo Neruda visitaba Arica y necesitaba transporte, necesitaba un auto. Según cuenta Óscar Hahn, Juan Ernesto lo fue a ver, “deslizó una mirada sobre mi jeep” y le anunció sin pestañar:

-No podemos andar con el vate de auto en auto. Alguien va a tener que sacrificarse por la poesía.

Óscar Hahn aceptó sin chistar; pero antes agarró algunos poemas que había escrito y le soltó el jeep sin contratiempo. Así comenzó la aventura de Juan Ernesto como chofer de Pablo Neruda en la ciudad de Arica.

Mientras Juan Ernesto me contaba sobre esos detalles, no lo registré con mucha atención porque el hielo y el frío me mantenían en otro lugar, en otro sitio. Me contó que paseó a Neruda por todos los sectores donde se requería su presencia. Y Óscar Hahn agrega en su texto, que al llegar la hora de almuerzo, Neruda le pidió a Juan Ernesto que fueran a ver a Óscar para invitarlo a almorzar. ¿A qué restorán habrán ido? No lo sé, pero todo eso queda pendiente para la próxima visita porque ahora sí que le creo a Juan Ernesto.

Así fue como llegaron a golpearle la puerta a las doce del día para invitarlo a almorzar:

“Salí del baño en pijamas y abrí –cuenta Óscar Hahn-. Pensé que estaba sufriendo alucinaciones. Allí, parado frente a mí, con una ancha sonrisa en el rostro, se erguía Pablo Neruda. Me puse a tartamudear tratando de expresar algo. Vístete rápido, te espero en el jeep, me dijo.”

 

Con Juan Ernesto esquivábamos los desperfectos del hielo para no caernos al agua helada. Y mientras se reía me contaba que Óscar Hahn en ese tiempo era muy enamoradizo; estaba claro que como poeta trabajaba mucho en ese rubro y le dedicaba tiempo.

No le pregunté cuan larga había sido la visita de Neruda, pero le dio suficiente tiempo como para moverse por toda la ciudad, y como cuenta Órcar Hahn, al final dio un tremendo recital en un auditorio universitario. Entre los poemas que leyó, uno fue “Mi padre” y otro “Oda a un Elefante”. En el primero estremeció a toda la audiencia cuando lo terminó con “El conductor José del Carmen Reyes / subió al tren de la muerte y hasta ahora no ha vuelto.“ Antes de terminar, los concurrentes le pidieron a gritos “El poema 20”, y lo hicieron como si asistieran a un concierto rock.

El último día de su visita, Juan Ernesto me contó que entre las movidas y recitales, le pidió al poeta que le firmara un libro para mandárselo a su polola, a la Ana María MacDonald. Con esa voz gangosa y sin ceremonia, le preguntó por el nombre para dedicárselo. Pocos días después Juan Ernesto fue al correo, puso ceremoniosamente el libro adentro de un sobre y lo despachó a Santiago. Lo triste es que el libro nunca le llegó. Y después de ese encontrón con la poesía, con los años fue la broma recurrente de Óscar Hahn, que cuando se veía con Juan Ernesto, le preguntaba si ya había llegado a su destino el libro del poeta….”cagado de la risa el muy lacho”, me contaba Juan Ernesto.

Y todo eso me lo decía sobre el hielo que se veía como un espejo, y donde una niñita, al frente nuestro, caminaba junto a su perro, y una pareja de enamorados se abrasaban y se decían algo. Ahí noté, cuando Juan Ernesto me preguntó por la hora, que traía en mi muñeca izquierda el mismo reloj que me había regalado mi padre; pero esta vez sin la mancha, sin esa gotita de sangre. Y me la preguntó porque Ana María nos esperaba y él no quería que llegáramos atrasados. No le contesté -eso creo- o le respondí pero con otra pregunta que pareció cancelar la anterior y ya no pasaba nada. ¿Quieres que sigamos caminando?, le pregunté. A lo mejor ensimismado no dijo nada, se había quedado mudo recordando esos días en la ciudad de Arica junto a Neruda en el jeep prestado de Óscar Hahn. Me fijé nuevamente en el reloj que llevaba en mi muñeca izquierda y me pareció ver esa gotita de sangre. Imaginé entonces a Neruda leyendo “El poema 20” en ese auditorio atestado de estudiantes que lo escuchaban ensimismados, absorbiendo poesía. Imaginé también un día de sol, de menos frío, y sin ningún accidente, donde alguien nos esperaba para almorzar, y donde Ana María finalmente –¿por qué no?-recibía ese libro de poesía dedicado a ella y firmado por Neruda pero que no le ha llegado todavía.

La última conferencia de Ernest Yeager (5)

Veo a mi antiguo profesor reclinarse sobre su asiento –y lo veo nuevamente ahora que escribo- remece su cabeza como despertando del sopor de un sueño, para levantar su mano derecha donde hace una pregunta que pareciera se la hubiesen dictado al oído. El conferenciante escucha y le responde con cuidado porque de alguna manera Yeager trasmite cierta honestidad; claramente no hace la pregunta para lucirse o para poner en aprietos a nadie. Yeager se come las uñas y como un niño pícaro escucha y levanta nuevamente la mano para continuar un diálogo que muchos siguen con cierta reverencia, como si Yeager estuviera divulgando secretos, intimidades. Las opiniones científicas de Yeager eran consideradas cuidadosamente por todos los presentes que tenían en gran estima a uno de los padres de la Electroquímica de este país. Cuando terminan de hablar, Yeager se levanta del asiento con un atado de papeles en las manos porque ahora le toca el turno a él. Gana altura, pero pareciera que siguiera encorvado en su asiento: es la costumbre y desgraciadamente también eso, el Parkinson. Era un Simposio organizado en su honor, cuando ya el Parkinson le estaba causando estragos; y esta vez se había levantado de su asiento con más dificultad que antes. Persiste un ambiente de despedida en el auditorio, de recambio generacional; el profesor destacado que parte, mientras llegan los nuevos que se pelotean el hueco vacío que deja el más viejo. La señora Hovorka, viuda del mentor de Ernest Yeager, también asiste a la última conferencia. Tiene bastante dinero que dona generosamente a esta universidad, Case Western Reserve University, en Cleveland, Ohio. Siempre la vemos empolvada y atenta con Yeager a quien, desde que falleció Hovorka, cuida y se preocupa de su salud. No sé qué será de ella ahora que la recuerdo, en el año 2018. ¿Habrá fallecido? Yeager termina de hablar y se ve contento; debe haberse preparado tomando sus pastillas a la hora adecuada para salir bien del desafío. A lo mejor antes, se dejó poner varios electrodos en la espalda ayudado de un post doctor que trabajaba en su grupo. Lo hacía para ejercitar los músculos de la espalda con pequeñas descargas eléctricas. Lo aplauden, contesta algunas preguntas y pronto se retira. Afuera nos esperaban un cocktail y más reencuentros.

Ernest Yeager vistió siempre la misma ropa; camisa blanca, corbata oscura y pantalones de tela azul. A la hora del almuerzo simplemente abría un sobre de comida seca, en polvo, y le agregaba agua caliente. En esa misma taza y mal enjuagada, seguía más tarde con sus cafés del día. Recuerdo que cuando terminé mis estudios lo invitamos con Pilar a nuestro departamento. Teníamos de todo preparado. Para tomar le teníamos vinos y jugos, pero cuando le preguntamos qué le gustaría beber, desgraciadamente pidió jugo de tomates. Nunca se me va ha olvidar; ni siquiera sabía que algo así existía y que se podía beber.

Yeager viajaba mucho y trabajaba como consultor para distintas compañías como la IBM, GM, Eveready, etc. Llegaba al trabajo y se iba de la universidad todos días como si llegara o partiera de un largo viaje, porque lo hacía cargado de dos feroces maletines repletos de papeles y libros. Probablemente cuando llegaba a su casa, se calentaba otra comida rápida porque vivía solo. Con el tiempo se mudó hacia un departamento con linda vista al lago Erie y donde, para las navidades, invitaba generosamente a los que trabajaban en su grupo. Ahí se animaba con un piano que tristemente tocaba cada año peor. Pero igual cantábamos y lo pasábamos bien, se lo agradecíamos; era un tipo genuinamente de los buenos. En la misma ciudad, Cleveland, vivía su hermano que trabajaba para la Eveready. Gracias a él y gracias Yeager casi me contratan, pero nada ocurrió porque al tipo que me vino a entrevistar ese día, no le supe explicar que todavía no tenía tarjeta de residencia (la famosa tarjeta verde en este país), y se me evaporó esa excelente alternativa; pensó que yo simplemente no quería trabajar para ellos.

Yeager siempre me ayudó. Gracias a él y sus contactos con muchas empresas conseguí trabajo en Cleveland y luego en Michigan. Recuerdo que cuando llegué a este país asistí a un meeting de la Electrochemical Society, donde José Zagal, el profesor chileno que me ayudó muchísimo (ex alumno de Yeager), me lo presentó. Yeager estaba rodeado de chinos que él recientemente estaba aceptando en su laboratorio (lo que después hizo conmigo).

La última vez que lo vi fue cuando José Zagal, que estaba de visita en USA en ese entonces, concertó una entrevista para ir a saludarlo. En esos años ya vivía en un edificio de vida asistida, cercano a la universidad. Cuando llegamos, lo fuimos a buscar a su cuarto y me impresionó lo pequeño, lo reducido, lo mínimo en todo su entorno. Recuerdo que lo más grande que tenía en su cuarto era una televisión a tubos donde escuchaba a un predicador ruidoso porque era día domingo. El Parkinson ya lo tenía avanzado, pero él, heroicamente, nos esperaba con su camisa blanca de siempre, su corbata oscura, y sus pantalones de tela azul. Al salir de su departamento, nos acercamos al ascensor donde al encontrarnos con sus vecinos, estos lo saludaban con reverencia: “buenas tardes profesor”, “cómo está profesor”. Él aguzaba la vista para caminar vacilante hasta llegar al comedor donde nos esperaban. Cuando nos sentamos recordó antiguos tiempos, pero ya había perdido la pasión por todo lo novedoso, por lo que se venía en un horizonte futuro. José le explicaba lo que estaba investigando en su laboratorio, pero Yeager más que nada trataba de no atorarse con el pan o la ensalada que se llevaba a la boca. Ya no se podía comer las uñas y estas le habían crecido largas, como tomando revancha por todos esos años en que no habían podido crecer. Fue atento y creo que le gustó que lo arrancáramos de su rutina, de su encierro.

Poco tiempo después de esa visita, falleció. Recuerdo que fui a su entierro donde me topé con un profesor de química orgánica, Sayre, que se alegró mucho al verme porque habían pocos ex-alumnos suyos asistiendo. Recuerdo bien su sonrisa y el saludo caluroso de Sayre (lo recuerdo como el jugo de tomates de Yeager: ¿por qué ocurre así?). Al poco tiempo, desgraciadamente, a él también le bajarían el telón de fondo al ser atacado con un fulminante accidente vascular. Quedó tumbado por varios años antes de fallecer en un cuarto de hospital.

Examino ahora el sitio Internet del Departamento de Química de la Universidad de Case Western Reserve y compruebo que ya no queda casi nadie de mi tiempo. Una voz interna me trampea y me miente, y repite y me hace creer que somos los mismos de antes, que nada ha cambiado y que el reloj de arena que llevamos adentro sigue igualito; pero reviso las evidencias y tristemente compruebo que el Departamento de Química está completamente renovado -¿desbastado?- donde solo quedan dos profesores activos de esos años, cuatro retirados y todos los otros ya muertos.

 

No sé por qué lo siento tanto ahora que lo escribo en esta notita; escuchando música y rodeado de gatos. A lo mejor a eso también se refería mi querido amigo Ignacio Carrión cuando decía que había que contarlo porque algo florece entre ese cultivo de palabras, algún sentimiento queda, algo perdura…. algo al menos.