Mi tata

Creo que lo que uno ha hecho en el pasado muchas veces ya no tiene vuelta, se queda ahí y esas es -creo yo- la poesía de la vida. Nuestros actos, nos guste o no nos guste, tienen consecuencias. Pero pese a eso, creo que cuando uno la embarra o escoge el camino aparentemente equivocado todavía hay salidas, a lo mejor no para cambiar las situaciones, o para reescribir la historia, pero al menos para decir elegantemente “la embarré”. Y eso también cuenta; y lo digo porque a mí también me ha pasado, también la he “embarrado”. A veces somos educados de una manera donde simplemente la programación a la que hemos sido sometidos desde pequeños es demasiado poderosa y la libertad o libre arbitrio que creemos poseer no es nada más que un sueño.

Siempre crecí fascinado por esa diferencia cultural que no sé cómo llamarla -¿de casta, de clase?- que percibía en la familia de mi padre al compararla con la de mi madre. Por eso en una ocasión, le pregunté a mi padre sobre el tata Augusto, el padre de mi madre que para mi fue una figura misteriosa y un poco trágica. Les pregunté a los dos que me hablaran del tata. La última vez que lo vi fue en el Hospital, me parece que era el Hospital Militar. Él ya estaba bien enfermo, en cama y me pidió la chata –así creo que se llamaba, una especie de botella chueca- útil para hacer pipi. Se la pasé y parece que al poco rato falleció. Iba entrando al ascensor del hospital para bajar al primer piso cuando al abrirse las puertas veo a mi madre que angustiada me vió y me dijo, “murió el papá”. Me sorprendió porque recién lo había visto y no pensé que nada extraordinario pudiera suceder. Así muere la gente, pensé, y seguí bajando por el ascensor y rodeado de muchos rostros serios que veía muy altos. Algo parecido me ocurrió cuando asesinaron a John Kennedy. Recuerdo que mi madre tocó el timbre de la casa –no usábamos llave-, salí corriendo a abrir y ella entró como un trompo mientras gritaba, “mataron a Kennedy, mataron a Kennedy”. Así también muere la gente, pensé.

Lo que sigue fue la respuesta que me dio mi padre donde se ríe un poco de su “status de aristócrata”. La verdad es que cuando estaba solo contaba más y se soltaba, daba su opinión aunque sabía que podía estar equivocado o siendo injusto. Lástima que no supe explorar más esa ruta que él me abrió. En esos años todavía lo percibía como un ser eterno. Pero al menos en una carta le consulté sobre mi tata Augusto. Esto es lo que escribió:

 

“En tu última carta haces preguntas precisas sobre tu abuelo, Augusto. Desconozco si tu mamá te va a contestar, pero de todas maneras yo quiero darte mis impresiones sobre él. A lo mejor son injustas, pero te lo cuento simplemente como yo lo creí vivir.

Don Augusto nació en Talca o Curicó, pero no se sabe con certeza cual fue la ciudad porque en esa época no había Registro Civil y las inscripciones o nacimiento se hacían en la parroquia o Iglesia cercana que la familia escogía como más apropiada. El fue inscrito como Augusto Correa Urzúa y tuvo once hermanos, uno de los cuales fue sordomudo y con el cual don Augusto se entendía muy bien.

Tu abuelo fue una buena persona, y creo que concientemente no le hizo daño a nadie; pero de la misma manera tampoco le hizo el bien a muchos. Como eran personas adineradas y de la sociedad de ese entonces, al casarme con tu mamá, no heredé un peso, pero si heredé la aristocracia que ellos pretendían tener…… aunque me hubiera gustado mucho más heredar algo de esa fortuna. Cuando uno de sus hermanos estaba en edad de estudiar, lo mandaban a Santiago y financiaban su estadía vendiendo un fundo cada año. Al final nunca exhibían certificado o título de Universidad alguna, y la carrera se prolongaba hasta que sus padres simplemente se aburrían y perdían las esperanzas. Esto se tradujo en que ninguno de ellos llegó a ser un profesional con título, y así fueron empobreciendo a la familia entera. Don Augusto, por supuesto, no estudió ninguna carrera universitaria y solo asistió algunos años al colegio lo que le permitió ingresar a la empresa de Ferrocarriles del Estado. Ahí no alcanzó una buena posición, y después de muchos años jubiló pobre y sin dinero. Como era aficionado a las carreras de caballos la poca plata que le dieron de desahucio la perdió y lo que le quedaba se la robó un juez de toda confianza y amigo de la familia. Él le prestó el dinero bajo palabra de honor, y con la promesa de que se lo devolvieran con un interés importante. Por supuesto, ese compromiso de palabra nunca se cumplió y el prestigioso juez falleció sin devolverle un peso a nadie. Dada la precaria situación económica, como tú lo sabes, la mamá se trasladó a vivir a una galería de la calle Siglo XX donde la conocí. Después de un tiempo nos casamos y vivimos con ellos durante algunos meses. De allí nosotros nos trasladamos a la casa de El Bosque y después a la de avenida Suecia, lugar donde nacieron la mayoría de tus hermanos. En realidad no nacieron en la casa, sino que en la Clínica Santa María, de acuerdo con mi status de aristócrata. El único que no nació en esa Clínica sino en el Hospital Salvador y en una pieza fue Alberto. Esa decisión fue tomada porque el doctor Tisne atendía en ese hospital y me dijo que no me iba a cobrar y nosotros por nuestra situación económica quisimos aparecer modestos y pagamos por una pieza fea, con ratones, baratas, catre despintado y muros rayados con frases de enfermas que habían estado ahí, aunque escritos sin obscenidades. Eso para nosotros era suficiente.

            Otro hecho que recuerdo ahora con indiferencia, pero que en su momento me dio mucho asco y repulsión, fue el fiasco de las aceitunas. Un cliente del norte, de la región del Huasco, me mandó agradecido y como reconocimiento al buen resultado y al modo cariñoso con que lo atendí, un barril inmenso con aceitunas de la mejor calidad. Conocedor de las aptitudes agrícolas de don Augusto, le consulté esperanzado con la siguiente pregunta: “Don Augusto, ¿y qué hacemos ahora?” Fue así como él tomó posesión del cargo y como primera medida decretó abrir el barril y vaciarlo en la piscina de nuestra casa que sin ser muy grande tenía como un metro de profundidad. Según él, había que “desaguar” las aceitunas por unos días. Yo pensé que el desagüe sería breve pero no fue así, me equivoqué, porque las aceitunas permanecieron en el agua de la piscina no solo días sino semanas y varios meses. Así empezó una franca putrefacción y a desprenderse un aroma nauseabundo que envolvió a nuestra casa y la casa del vecino. Decidí ponerle un punto final a esta situación sacando las aceitunas y terminar con el remoje. La operación, en un principio, me pareció una tarea fácil, pero cuando llegó el momento de activar el plan busqué voluntarios entre ustedes y ninguno se ofreció espontáneamente; todos se negaron pese a las amenazas que inventé para que ayudaran. Al fracasar todos los intentos no me quedó más remedio que intentarlo solo. Me sumergí en traje de baño pero como estaba todo tan mugriento, la descomposición de las aceitunas tenían el agua turbia, no pude encontrar el tapón. Hice varios intentos pero con el brazo estirado y la cabeza afuera no tocaba el fondo. Después de varias sumergidas me di por derrotado y cambié de estrategia sumergiéndome completamente en esa podredumbre. Nuevamente, después de varios intentos, toqué victorioso el tapón del fondo el que arranqué con mucha fuerza para evitar otra sumergida. Al salir, me toqué el pelo y noté que era una masa viscosa y maloliente; tanto, que cuando traté de salir de la piscina ninguno de ustedes me ayudó, arrancaron despavoridos por la fetidez y el aspecto monstruoso que mostraba. Me tuve que duchar varias veces para terminar con la excursión agrícola de don Augusto. Nunca más le pedí consejos sobre las labores del campo. Hasta pronto, son las 10:15 AM del 6 de Julio del presente.”

¿Y qué podemos hacer con los chalecos cuando son así?

Esa es la pregunta de mi primo, Nicolás Correa, en respuesta a la notita anterior. No sé, tengo que escribir otro poco para que se me aclare un poco la película. Otro amigo muy querido me escribe a la distancia lo siguiente: “lo que se acepta duele menos”.

 

Aquí van algunas interpretaciones al texto anterior que nadie debería estar obligado a leer. Son nada más que eso, interpretaciones, luces o el encendido de una lámpara que nos ayuda simplemente al diálogo. No es una venganza ni tampoco un griterío, pero encuentro que no hay nada más interesante que tratar de “ver” nuevamente la vida de nuestros padres con los anteojos que ya nos da la vida y los años transcurridos.

Le consulté a mi primo Nicolás y me dio autorización para compartir sus opiniones, conjeturas que provienen de esa bella profesión que es la siquiatría. Cuando niño, en mi familia se diseminaba esa opinión de que los psiquiatras eran todos locos. No estoy de acuerdo. La siquiatría no es una profesión tan precisa como la física o la matemática, pero no por eso llega a ser una profesión menor que estudia fenómenos poco interesantes.

Y aquí viene mi primo. Los subtítulos fueron agregados por mi:

¿Creciste?

En parte sí, pero el matiz es que el “crecimiento” implica dejar atrás una suerte de “configuración de infancia” en la que los padres no eran cuestionados. Dejas atrás a Chile (las canciones folklóricas) que es la “Patria” y por extensión, los padres (de infancia).

¿Qué me pesa?

Me atrevo a plantearte que lo que “pesa” tiene que ver con que la señora Sotomayor que se te evoca frecuentemente porque está asociada a tu mamá en esos aspectos “locos” de ella, recordados como verte “mocito”, desvalorizado, de algún modo como esa mujer que te tomaba las mejillas como a un niño. Ésa es una madre frustradora (los ojos negros que pagan mal); el resentimiento por esa frustración quizá impide darle más espacio a los otros aspectos de ella que quedan entonces relegados “como un suspiro”.

Una interpretación interesante: ¿Frustraciones inducidas por quien?

El lapsus “primeras viajes” podría apuntar a confusiones en variados sentidos, si el conflicto “mayor” tiene que ver con frustraciones, son claras para ti las que provocó tu madre, que en la realidad pudo ser muchísimo más frustradora que tu padre, y por lo mismo opacar las frustraciones que él pudo provocar, por ejemplo al impedir acercarte al abrazo de la doctora con Alzheimer, porque qué de malo tendría haberlo hecho, hubiera sido bueno para ella y también para ti, por lo que la negativa del papá parece más bien la expresión de una defensa de él como negando el deterioro de esa mujer. Entonces, tu lapsus podría estar comunicando que tanto mamá (femenino) como papá (masculino) han sido frustradores.

¿Donde habito? ¿En Chile o en los Estados Unidos?

Dice “primeras viajes” debiendo decir “primeros viajes” o quizá “primeras visitas”, si consideramos a este error como un lapsus, podría indicarnos una cierta confusión, tal como lo desarrollas más adelante cuando explicas que no es claro si ibas o venías, en el fondo la duda es cuál país es más tuyo, más propio, si Chile-los padres o EEUU-tú mismo. Y dado que hay una discordancia de género (últimas=femenino, viajes=masculino) se podría considerar una posible confusión mucho más inconciente, entre mujer-hombre, que en el contexto pudiera ser entre padre y madre, por cuanto en el texto aparece primero un hombre venido a menos (el Dr. Luccini que podría representar a tu papá) aunque luego en el relato te “matriculas” con la mujer venida a menos (la doctora del chaleco, la señora Sotomayor y finalmente tu madre).

Ahora, negar el deterioro es negar el dolor por lo que quedó atrás, por lo perdido y desde este vértice podría el lapsus expresar otra confusión, en el sentido de dónde habitas: en Chile, es decir el mundo de tus padres, ése en el que se niega el dolor, o EEUU, tu mundo adulto, donde te asomas a poder vivirlo a fondo.

Tu relato te muestra en ambos mundos (en ese sentido, confundido), porque te duele el chaleco “olvidado” pero algo te “pesa” respecto de tu madre, que desde la metáfora del chaleco podemos preguntarnos si no será que te pesa el conservarlo (predominantemente) en ese clóset “abandonado”. El chaleco “quedó” abandonado por su dueña pero TAMBIÉN por sus custodios que lo confinaron a un lugar “pasado a encierro” y húmedo. Cabe preguntarse si esa doctora llamó alguna vez para recuperar su prenda o si hubo algún intento de tus padres o de alguien de la familia por devolvérselo.

Mi papá se parecía mucho a tu mamá en lo egocéntrico y, por lo tanto, desvalorizador. (Digo “por lo tanto”, porque cuando predomina lo egocéntrico (narcisístico es el término técnico) se necesita ubicar al otro en una posición inferior para poder sentirse superior y he aquí el punto: el otro puede aceptarlo (las más de las veces inconcientemente) sintiéndose inferior y quedándose en ese lugar o enojarse y entrar a pelear por el propio valor mancillado -manteniéndose el conflicto (uno superior al otro) si se queda en una u otra posición- o “salirse” de la “oferta” de superioridad-inferioridad que hace el egocéntrico, enfrentando la relación desde otra perspectiva).

Otra perspectiva

La digresión tiene que ver con esta posibilidad; en el relato, con abrir uno el clóset para darle un destino diferente a ese chaleco abandonado, como creo que lo estás intentando hacer, primo: ir a visitar ese lugar de “exilio implacable”, lo que tiene el costo de contravenir la posición también “implacable” del padre interno, de negar a la figura deteriorada (con Alzheimer) que encierra una pena. ¿Será que este modo de enfrentar el dolor -negando, desvalorizando a la sufriente- predominaba en tu papá y por eso tiendes a vivir a tu mamá “añejada”? Sin embargo, es claro también tu deseo de poder conocer finalmente a la mujer que llora en el aeropuerto para dejar de ver sus mejillas como de yeso y poder verlas de carne y hueso: vivas, sufrientes y también alegres.

¿Tomar distancia o desquite?

Mi moción es a no resignarse cuando aún podría quedar alguna posibilidad, aunque también es cierto que a veces es necesario tomar distancia de aquello que a uno lo daña tanto. Aquí habría que intentar hacer el distingo entre tomar distancia y desquitarse abandonando al otro tal como uno se sintió abandonado por él (o ella). Es decir que los “ojos negros traicioneros” son del otro cuando a uno lo inferiorizan abandonándolo (tu madre te abandonó cuando desvalorizó tu matrimonio) pero también son propios cuando uno abandona por venganza.

En suma, la idea es que podríamos “leer” en el título “Así son a veces los chalecos”, una opción como “y qué podemos hacer con los chalecos cuando son así”.

Así son a veces los chalecos

¿Qué ha sucedido con esos conocidos que alguna vez vi cuando pequeño? ¿Qué habrá ocurrido con el coronel Sudi, por ejemplo, de carabineros? Llegaba a casa, y siempre lo hacía entonando una canción del folklore chileno. Era bonachón y realmente quería y se sentía amigo de mi padre; pero no estoy muy seguro si mi padre fue realmente amigo suyo. ¿Qué ocurrió con él? Siento como que repentinamente hubo un cambio de escena –¿crecí?- y muchos de esos conocidos desaparecieron y no los volví a ver nunca más.

Como goteras esos seres repentinamente se fueron evaporando, desperdigándose al tomar otros caminos. Recuerdo cuando en una de mis primeras viajes de visita a Chile, fui a buscar a mi padre a la Clínica Indisa donde trabajaba en ese entonces. Fue triste porque me encontré con el doctor Luccini, a quien no conocía, pero que se veía enfermo, viejo y disminuido. Ya no era ese médico prestigioso de otros años, y se paseaba en la antesala a la oficina de mi padre como si fuera el portero de la Clínica. Mi padre no me dijo nada, pero como deferencia tengo la impresión que lo dejaban deambular con libertad total por todos los rincones. Mi padre se notaba contrariado, y buscó a que nos fuéramos pronto hacia la casa.

En otra ocasión, y nuevamente en la Clínica, me encontré con una doctora que había estado en la casa nuestra, en Algarrobo, con su marido que también fue médico. Ella me reconoció de inmediato, pero cuando feliz traté de saludarla para conversar con ella, mi padre me movió hacia un costado para que siguiéramos nuestro camino. La vi estirar las manos, su felicidad en el rostro y luego su tristeza, la desilusión cuando mi padre, implacable, me indujo a seguir nuestro camino. Al poco rato me confesó al oído: “tiene Alzheimer, mijito”. Estaba enferma, era cierto, y algo muy profundo no le funcionaba bien, pero cuando mostró ese rostro tremendamente triste reapareció en ella la persona sana, y reveló los rasgos de una mujer condenada a un exilio implacable. ¿Acaso no es eso justamente el Alzheimer y muchas enfermedades incurables? ¿Ser condenado a un sitio que nadie conoce, que muchos imaginan, pero que se hace necesario visitar y vivirlo para saber de qué se trata?

Como decía, me habría gustado conversar con ella, pero no se pudo. Y no entiendo por qué la recuerdo tan seguido. La veo a la distancia cuando me trata de saludar al lado de mi padre, que nervioso, la mira como un extraño y me empuja para partir pronto. Recuerdo que cuando nos vino a ver ese fin de semana, en Algarrobo, olvidó un chaleco de lana café que después por mucho tiempo, vi colgado en un closet pasado a encierro y a la humedad de la playa. ¿Lo habrá recuperado? Poco importa, pero la impresión que tengo es que así sucede a veces con la gente que he conocido, se han ido quedando en el camino parecido a ese chaleco que alguien deja abandonado en la casa de un amigo.

Me acuerdo también de la señora Sotomayor. Nos iba a ver a la casa de Avenida Suecia 1521, ya tarde, al terminar el día y antes de pasar por la casa de unos parientes que vivía a una cuadra, en Pocuro con avenida Suecia. Tocaba el timbre, uno le abría y se ponía a cantar de inmediato mientras me agarraba de las mejillas:

“…..yo vendo unos ojos negros quien los querrá comprar, los vendo por hechiceros porque me han pagado mal..”

Tampoco sé qué habrá sido de ella; pero al menos recuerdo su apellido.

A menudo se me viene a la mente otra señora que nunca conocí porque jamás hablé con ella. Estábamos en un café, en el aeropuerto JFK de Nueva York, y ella lloraba silenciosamente mientras no probaba nada. A lo mejor la recuerdo porque se parecía a la abuelita Oriana. Era uno de mis primeros viajes en que volvía de una visita a Chile, y donde todavía tomaba el avión de salida (¿o de regreso?), como si mis partidas fueran solo un paréntesis porque pronto regresaría “a vivir en mi país”. Al menos eso pensaba en ese entonces. Salía de Santiago en un estado frágil y a lo mejor por eso las neuronas estaban más atentas y receptivas al sufrimiento, al entorno. El llanto de la señora era contenido, y no movía un solo músculo del rostro mientras se le enfriaba su café. Simplemente le rodaban unas lágrimas tibias, móviles y transparentes, sobre unas mejillas que parecían de yeso pintado.

En otras ocasiones, cuando paseo con el Copo por el vecindario, o cuando circulo por un supermercado, veo a tantos otros amigos que he tenido pero que ahora, en este preciso minuto, sufren los efectos devastadores de una enfermedad. ¿Cuando me tocará el turno a mí?

Al escribir esta nota veo que menciono a varios conocidos, pero no he hablado todavía de mi madre que anciana y enferma ahora también sufre. Pero con mi madre, ya enferma y débil, siento una gran indiferencia. En la nota anterior (Como un suspiro) contaba un recuerdo feliz de ella; pero eso ocurrió hace muchos años, y creo que tristemente esa madre ya partió. Y la que se quedó firmemente apernada con nosotros, y sobre todo en mí interior, añejó como los vinos malos, y esa es la memoria de ella que me acompaña ahora. El recuerdo que me queda es el de una madre que me consideró siempre como un niño, y que se negó porfiadamente a tratarme como adulto. Mis opiniones, mis actos fueron siempre los de un mocito; como mi matrimonio, que también fue el matrimonio de un pendejo, pero jamás el de un adulto. Siento que eso nos causó daño porque en lugar de apoyo, escuché opiniones lacerantes que no respetaban nuestra vida de seres ya formados. La manera en que se atornilló en nuestra intimidad de adulto siento que me causó daño. Pero como me explicó en su día mi querido amigo José, cuando transcurre mucho tiempo y se llega a la ancianidad, ya se pierde la oportunidad y no se puede y no se debe “pasar la cuenta”. Pero al menos -pienso- ella debería leerla, “leer la cuenta”, enterarse, saber lo que ocurrió. ¿Alguien se la leerá algún día?

Con mi padre por otro lado, me ocurrió todo lo contrario. Cuando falleció lloré, lo extrañé. Me bajaba del auto y sentía que había perdido algo importante, que algo fuerte me faltaba. Con mi madre, en cambio, ahora anciana y enferma, débil, amargamente siento una gran indiferencia que me pesa.

Es triste, pero así son a veces los chalecos.