Culpa

Este texto parece que ya lo mandé en una notita anterior, pero no importa repetirlo o reescribirlo otro poquito; es algo parecido a lo que ocurre con los platos de comida, o con las historias que a veces uno les cuenta a los amigos, cuentos que se distorsionan cada vez que uno los retoma, cada vez que uno las vuelve a recorrer para repasar ese pasado.

 

Estábamos en Chile en ese entonces, y me parece que estábamos terminando de probar un café con leche. Pero este último detalle la verdad es que da lo mismo, no importa, puedo haberlo inventado porque simplemente suena bien y en su tiempo me gustó, encaja con los recuerdos y no cambia la verdad de lo ocurrido. Muchas veces sucedió así, nos tomábamos un café en la mesa de diario, mientras los gatos pedían su comida en el patio vecino, y mientras el ruido de los autos empezaba a zumbar sobre la calles de Santiago. Repentinamente me mostraron unos cuadernos viejos, de mi época escolar, los que encontraron escondidos en el entretecho de la casa. Eran los tiempos del italiano Gianni Morandi y su grandes canciones como fueron -y todavía lo son- “Vagabondo,” “Zingara”, y “Ojos de Chiquilla”, todos éxitos de vinilo, grabados en esos platos negros que uno montaba sobre otro plato cilíndrico que giraba debajo de una aguja delicada. Esos mismos que recientemente se han puesto de moda nuevamente. En esos años más que nada escuchaba esas canciones por la radio.

 

En esos tiempos mi colegio, el San Ignacio, quedaba a pocas cuadras de la casa, de manera que siempre me iba caminando bien temprano por las mañanas. El año escolar se me aparecía de una eternidad insoportable y demasiado grande. Pero mirándolo ahora, y desde Michigan, dan unos deseos tremendos de volver, y de aburrirme tanto como me ocurría en esos años. Recuerdo que en las mañanas de invierno, se formaba una escarcha muy limpia y cristalina sobre los posones de agua encima de la arcilla, y era delicioso quebrar su superficie crujiente con la suela del zapato; era algo así como quebrar cristales, o parecido a caminar sobre cáscaras de huevos. A las pocas cuadras llegaba a la esquina de Avenida Los Leones con Pocuro, donde había una casa misteriosa y de muros amarillos, y donde se reunían ordenadamente muchos ciegos que parecían formar un grupo muy unido, solidario. Ellos esperaban silenciosos afuera de esa casona amarillenta a que alguien les abriera el portón de entrada. La casa tenía una placa de bronce brillante adosada al muro de entrada donde se anunciaba algo relacionado con los ciegos. Era raro el contrate de los autos que se movían rápidos en el trajín de la mañana frente a esa inmovilidad trágica de los ciegos esperando en esa esquina a que les abrieran el portón de entrada. Lo triste es que nunca los ayudé, y cuando entraban en apuros, cuando titubeaban, recuerdo que cruzaba los dedos para que fuera otro el que los asistiera a cruzar, los guiara, o los salvara de algo grave. Siempre quedé con esa sensación de no haberlos ayudado nunca, lo que es cierto, y es una deuda que siempre me renace cuando veo a un ciego por una calle de Michigan o donde quiera que me encuentre y veo un ciego: todavía no sé si prestarles ayuda o fugarme, correr, para que sea otro el que lo haga. Después seguía caminando y pasaba frente a una casa que a los pocos días del golpe militar del año 73 había quedado abandonada, y donde el pasto y los arbustos crecían como en una selva, o como en esos libros malos o película de terror barata. Siempre imaginaba a los antiguos habitantes de esa casa, y cada día me ofrecía una nueva posibilidad para imaginarlos. Un poco más adelante, y casi llegando al colegio, había un loco que vivía tirado en los jardines públicos y que tenía apenas cuatro dientes. Los matones del curso, o los más vivos, o los más grandes, o los que tenían pololas, se jactaban que por unas pocas monedas hacían que el mendigo les bailara y los entretuviera por un rato. Si la propina era suficiente también se masturbaba. Recuerdo que pasaba caminando al lado de ese espectáculo, pero ahí tampoco hice mucho, más bien me desentendía y cruzaba rápido hacia las clases del colegio, hacia los profesores…

…… y suma y sigue, porque uno cambia poco, y calla, calla demasiado. Como contaba en la nota anterior, por ejemplo, “primero llegaba el doctor Goic solitariamente a casa, entraba, se sentaba en el sofá café ubicado en el living de la casa y trataban –solos, siempre los dos solos- inútilmente de encajar con una buena cara en ese puzzle de muerte y de sangre y de traiciones, pero no les resultaba, ni a mi padre ni tampoco al doctor Goic.”

 

A lo mejor esos recuerdos sobre los años de colegio volaron gracias al efecto del cuaderno que me mostraron mientras probábamos café, y que alguien encontró en el entretecho de la casa. A lo mejor fue eso, el café, o el aroma del café. O podría haber sido también el blog de Paul Krugman, que en el The New York Times y cada viernes, nos ofrece un video sacado de YouTube. En este caso fue de Peter Gabriel, “Don’t Give Up” . Y así fue como terminé en YouTube escuchando también a Gianni Morandi y a Leonardo Favio. Después disfruté algunos comentarios que la gente ha dejado al escuchar esas canciones del recuerdo. Qué deseos grandes de haber estado ahí presente, por ejemplo, en ese bus que se menciona en el siguiente comentario referente a una de las melodías:

 

“…pasando una vez por Tulúa, por el estadio, donde había un concierto de música de los 70`s y 80`s, el conductor del bus se estacionó por un rato y todos disfrutamos de la música de Piero: gran artista.”

 

“…Verano del 69. Mi paso a Secundaria. Esta y otras canciones acariciaban nuestros oídos y nuestros corazones. Otros tiempos, sin duda… difíciles en lo económico, pero a quién le importaba. La música nos transportaba a otro mundo, distinto, placentero… gracias a Leonardo, Sandro, Leo Dan, Piero, Roberto Jordán, Marco Antonio Vázquez, Enrique Guzmán, Roberto Carlos, Julio Iglesias y tantos otros. Gracias por esa canciones del alma.”

 

Ahora, en la madrugada de un sábado aquí en Michigan y en el año 2018, enciendo nuevamente el laptop con otro café en la mano, distinto, y releo el comentario generoso que me mandó en su tiempo mi amigo español, Ignacio Carrión, que en esos años todavía nos acompañaba a la distancia, desde Valencia, España. Me mandó su opinión por e-mail después de leer el texto de más arriba y donde enfatizaba la importancia que tiene la memoria… y también la culpa, la culpa. Esto es lo que me escribió:

 

“Llega de Michigan el correo electrónico de un buen amigo chileno que vive allí, en los EE UU, desde hace años. Me habla de otros tiempos en los que escuchaba canciones de Giani Morandi por la radio de Santiago (Vagabondo, Zingara, Ojos de chiquilla), y eso le lleva a recordar la infancia en su país… el texto contiene todo esto pero además contiene otra cosa: la culpa, esa sombra que nos acompaña a lo largo del tiempo y nos devuelve al instante preciso de su origen: cuando uno cree que debe hacer algo y no lo hace; cuando uno desea evitar una injusticia y no la evita. Sigues caminando hacia la escuela, o hacia donde sea, a sabiendas de que debiste de ayudar a un ciego a cruzar la calle, y que debiste impedir que unos muchachos abusaran de un vagabundo loco y tampoco actuaste. Y esto queda para siempre en la memoria, no se borra, sigue ahí y sabes que seguirá ahí hasta el final,  y sólo te queda el consuelo de escribirlo, aunque es un consuelo que a lo sumo mitiga la angustia –el remordimiento-  pero jamás la elimina. La imagen de los ciegos en espera de que alguien los ayude a cruzar la calle, la imagen del loco desdentado que divierte a los muchachos y sacia su crueldad, son indelebles. Cuando menos lo esperas, saltan. Cuanto más las recreamos más poderosas vuelven. En cierto modo nos intimidan mucho más aunque las arrastremos, por la fuerza, a un espacio llamado literatura.”

A lo mejor me habría ido del país

Después de escribir la nota anterior (“Los he visto”) quedé con los deseos grandes de levantar una alfombra más, o de remover una alfombra ya vieja, añosa, para que esos pobres pájaros de la memoria emprendan vuelo, salgan, vivan, respiren aire fresco.

 

Era de noche y el doctor Goic, médico y amigo de mi padre, y amigo también de Eduardo Frei Montalva, ex presidente de Chile en los 60, llegaba a nuestra casa por la noche para conversar con mi padre. Desgraciadamente nunca pude estar presente (no me dejaron, me protegían), pero se notaba que lo que ocurría frente a ellos era algo importante. Y esto lo he escrito o lo he tratado de escribir en otras oportunidades, en borradores traspapelados, notas, sueños, pesadillas de otro tiempo, de manera que a lo mejor este texto sale repetido o regurgitado; pero como lo contaba en la nota anterior, uno a veces trata de correr alfombras, de moverlas, pero estas se niegan y vuelven a caer, se rebelan y vuelven a tapar la herida, la hendidura, a cubrirla, y entonces nada vuela. Como contaba, era de noche y transcurría el año 81, cuando lo primero que llegaba era una llamada telefónica, y que sí, te espero, le decía mi padre, no es ningún problema, le decía mi padre, ven y conversamos. Y clic, clic y colgaba el fono de plástico, ruidoso, y al poco rato llegaba el doctor Goic que venía de la Clínica Santa María donde atendían a Eduardo Frei Montalva antes de fallecer de una septicemia aguda, inexplicable, misteriosa, pero que con los años sería identificada como envenenamiento con talio y gas mostaza. Conversaban, pero todo en medio de un aire sigiloso, casi callados, casi mirando las palabras que se repetían y volaban sobre esa soledad de la noche en esa casa. Y afuera, en la calle Las Violetas, había siempre un auto estacionado donde una pareja parecía trabajar en sus cariños, sus besos de mentira, en sus falsedades, porque más que nada vigilaban, miraban y tomaban nota sobre los que llegaban y los que se iban de la casa. A lo mejor eran “compañeros de trabajo” de mi primo que también fue de la DINA (el servicio de inteligencia organizado por Pinochet).

 

Al ver a mi padre recibiendo al doctor Goic por la noche palpé la soledad con que uno a veces enfrenta las circunstancias de la vida, esa soledad que se fragmenta solo con el uso de una navaja filuda porque se ve sólida, pesada. Como nos cuenta Anne Lemott en un tweet reciente, los mayores, esos de los cuales confiábamos cuando pequeños, nunca nos contaron que la vida iba incluir a veces una soledad tan grande. Primero el doctor Goic tocaba el timbre, y uno corría a abrirle la puerta donde también se notaba el mundo exterior callado y silencioso, donde incluso los autos parecían desaparecer, o parecían moverse pero sin motor, sin ruido. Al poco rato entraba y se quedaban conversando en el living de la casa mientras uno se iba al segundo piso a descansar, era de noche.

 

Años después a mi padre no le quedarían dudas: Frei había sido envenenado, había sido asesinado en la Clínica Santa María. Incluso ese convencimiento lo ayudó a sortear con éxito otro envenenamiento posterior, cuando tiempo después, en la Clínica Indisa, él operaría a la hija de Frei Montalva, Mónica Frei, una mujer que nunca se metió en la vida pública del país, pero que aparentemente también había sido escogida como víctima. Ahí fue cuando mi padre enfrentó en carne propia un misterio parecido, y que él muy bien intuyó que se trataba de un envenenamiento con semejanzas que le resultaban familiares. A mi padre nunca le había ocurrido algo parecido, tan raro, donde después de una intervención quirúrgica inocua a la columna, se desarrollara una infección tremenda que tuvo al borde de la muerte a su paciente. Tiempo después supe, por mi madre, que mi padre le había confesado….”quieren amedrentar a los Frei, a la familia Frei, para que nunca más se metan en política”. En este nuevo caso, y debido al envenenamiento anterior de Eduardo Frei, mi padre sospechó algo raro y se preparó mejor. Mi padre había aprendido la lección y le salvó la vida. No sé cómo lo hizo finalmente, cómo se defendió, y nunca se lo pregunté en mis viajes de visita a Chile, pero me imagino que fue algo importante, como ubicarle un guardia a la entrada de su cuarto, o a lo mejor administrarle el mismo los medicamentos. Lo triste es que pese a que Mónica Frei salvó con vida, quedó indignada con mi padre. Y no sospechó nunca nada criminal, más bien creyó en la incompetencia de mi padre o de la Clínica como los causantes de haberla mantenido al borde de la muerte. Algo parecido le ocurrió también años después, cuando atendió a Jorge Lavandero después de una paliza que le dieron en la calle por investigar los movimientos de dinero de Augusto Pinochet. Recuerdo que le colocó guardias en el cuarto de la Clínica Indisa, y me imagino controló muy bien los medicamentos que le administraba.

 

Siento nostalgia cuando escribo ahora, y también algo de pena, cobardía, tristeza. ¿Por qué cuesta tanto retirar alfombras? ¿Por qué cuesta tanto dejar que los pájaros emprendan vuelo? No lo sé. A lo mejor se parece a como evolucionan los traumas de abusos sexuales, por ejemplo; lentamente, con sigilo, acaso con algo de temor.

 

Intentémoslo de nuevo; acompáñame, siéntete solo, sola por un rato, no te asustes. Imagínalo así: era de noche y se respiraba soledad y casi abandono. El aire se notaba quieto y lleno de interrogantes filudas, dolorosas, de esas que muchas veces preferimos no tocar. Sonaba el timbre de la calle que se activaba al presionar un botón de bronce redondo y salías a abrir la puerta de la entrada. En la calle Las Violetas está el auto que vigila de costumbre. Estás solo y ves al doctor Goic que llega también solo. Le abres la puerta y lo dejas entrar así, solo y lleno de fantasmas. Lo saludas, pero lo notas apesadumbrado, cargando pesadas piedras sobre su espalda aunque no se le veían. Y después escuchas los pasos de mi padre que baja también solo del segundo piso de la casa –ya era tarde- para conversar callados, solos, y para decir eso que no se podía confesar: ¿Sería posible? ¿Sería posible que una simple operación inocua haya degenerado en algo así, una infección tan grave y que mataba a Eduardo Frei Montalva? ¿Acusar a quien y cómo, del envenenamiento? ¿Conseguir pruebas de donde y cómo del envenenamiento? ¿Mencionar algo en la prensa? ¿Una entrevista sobre el envenenamiento, para después ser acusado de médico incompetente, de tratar de encubrir los errores personales, propios, acusando a las autoridades de ese entonces u otros médicos y sin ninguna prueba? ¿Y por qué cuesta tanto decir algo ahora, o encontrar testigos? O por qué no decirlo ahora, claramente, y anunciar que al menos ocurrió algo inexplicable, y decir que sí, que muchos médicos tuvieron dudas. Pero esa alternativa, después de tantos años, tampoco parece funcionar; al hacerlo habría que reconocer que se tuvo miedo, mucho susto, temor a decir algo y que por eso se calló: ¿Cobardía? ¿Espanto?

 

Felizmente mi padre no estuvo entre los médicos tratantes, esa no fue su especialidad, pero se había convencido -sobre todo con el paso de los años- de que Frei había sido envenenado, había sido asesinado. Claro que nuevamente todo se complica porque nunca tuvo pruebas; solo tenía a su familia, hijos, hija a los que había que proteger porque “les podría pasar algo”…… como le ocurriría a la familia Frei, que tristemente fue agredida.

Recuerdo que me enteré de la muerte de Frei Montalva cuando caminaba por la Euclid Avenue, frente a la Universidad de Case Western Reserve, en Cleveland, y lo leí en primera plana. Era un 23 de Enero del año 82 y hacía un frío intenso en Cleveland. Había llegado hacía muy poco días de Chile. Crucé la calle porque por un cambio de horario, la clase de química orgánica a la que tenía que asistir sería en otro edificio, detrás de la biblioteca principal. En ese tiempo todavía no reconocía bien las calles, esas que pronto formaría parte de mi ciudad, mi nuevo entorno. En el titular del The New York Times, que pude leer detenido en la vereda, adentro de una vitrina de metal y a través de una ventanita de vidrio, anunciaban que Eduardo Frei Montalva había fallecido el día antes. Varias semanas después me llegaría una carta de mi padre contándome lo que había sucedido. Claro qué sin interpretaciones médicas sospechosas de ningún tipo porque el correo estaba interceptado. Decía así:

                                                                                                 26 de Enero, 1982

Cristiancito,

“Acá, como habrás sabido, el acontecimiento que ha impactado al país es el fallecimiento de Eduardo Frei Montalva. Realmente todo pasó como en una pesadilla. Cuando tú estabas en Chile, antes de partir a los Estados unidos, fue operado de una hernia del hiatos, que después se complicó en una serie de cosas increíbles y que terminaron por matarlo. A la distancia las cosas se ven más tranquilas, quizás en su verdadera dimensión, pero la repercusión que ha tenido su muerte aquí en Chile ha sido brutal. Eso de escuchar “murió Frei”, y oírlo bruscamente el viernes 22 a las 5 de la tarde, fue algo así como cuando escuchamos murió Kennedy. Yo no me di cuenta cuan hondo era su presencia entre todos los chilenos. Eso de ver y oír a un hombre en la plenitud de sus facultades físicas e intelectuales y de repente que deje de existir, da una sensación de caos y de incredulidad. Creo que todo el país se normalizó y se puso de pie y alerta. Incluso aquellos que días antes no cesaban de llamarlo un “político demagogo”, “ambicioso de poder”, “débil de carácter”, etc. No sé si sinceramente o hipócritamente decretaron tres días de duelo nacional; pero eso no impidió que todas las estaciones de televisión continuaran transmitiendo canciones y programas triviales; los goles de Cazelli tuvieron más difusión. La esposa de Frei, doña María y toda su familia, se portaron extraordinariamente bien. Nada de lágrimas. Cuando el gobierno negó el permiso para que Jaime Castillo, Fuentealba, Zaldívar y un diputado estuvieran presentes en los funerales, toda la familia le pidió a Pinochet que no se hiciera presente, que no fuera a la misa. Pero Pinochet sin una pizca de dignidad, asistió con todo el gabinete a su responso. No había nadie de la familia, excepto un hijo que lo hizo por respeto al cuerpo diplomático. La juventud debió ser convencida por el Cardenal Silva Henríquez para que durante el responso los restos no fueran sacados de la urna y llevados al Sagrario, para que no estuviera mientras Pinochet estaba en la Catedral. Los funerales se realizaron el Lunes 25 a las 16 horas. Cientos de miles de personas asistieron; durante tres días una cola de personas desfilaron frente al ataúd de Frei. A pesar de su calidad de ex-presidente constitucional la familia pidió que no se le rindieran honores militares. En fin, Cristián, querido, con los Mercurios que te mandó la mamá, te podrás dar una idea de lo que pasó. Podrás observar que en la primera página de ese diario del día 24, un poquito más abajo del anuncio de la muerte de Frei, está el anuncio de la clasificación del corredor Salazar en una carrera de autos. La mamá y todos tus hermanos te mandan saludos……”

Mi madre también me lo anunció brevemente en otra carta:

 

28 Enero, 1982

“Aquí casi no pasa nada; la gente llenó la Catedral y sus alrededores para ver a Frei y/o sentirse en grupo, en masa (estoy leyendo a Canetti, fascinante). Tú papá más viejo y regañón; escribe.”

 

¿Y con los años, qué ocurrió con el amigo de mi padre, el doctor Goic? Parece que lo cubrió todo con escritos, con sus libros, con sus premios, como el Premio Nacional de Medicina del año 2006. A lo mejor esa fue su alfombra, aunque de todas maneras, tristemente, todos terminaríamos salpicados por el barro –y por qué no decirlo ahora, después de tantos años- salpicados con barro, ¿y qué más?, con barro, ¿y qué más? Sangre, o sangre y légamo, o sangre con sangre. Pero, ¿se podría haber hecho algo diferente? No lo sabremos nunca; el efecto sorpresa y la audacia de los asesinos fue muy grande. Las traiciones, de incluso médicos amigos de Frei, como Patricio Silva, o médicos de la Universidad Católica donde Frei había estudiado, como Helman Rosenberg y Sergio González Bombardiere –que le hicieron una “autopsia” completamente fuera de protocolo, totalmente fuera de lugar, colgándolo de una escalera, de los pies, para robarle sus entrañas y borrar las pruebas del asesinato- jugarían un papel muy importante. Ocurrió algo parecido a lo que sucede en el abuso sexual, o con una violación, donde la víctima en un principio cree que sueña, cree que eso no es posible, que está fantaseando y que eso no le está ocurriendo de verdad, es inventado, o que es otra realidad que se desplaza en un mundo alternativo, paralelo. Pero así ocurrió, ocurrió tal cual. Y todavía lo veo, todavía lo toco: primero llegaba el doctor Goic solitariamente a casa, entraba, se sentaba en el sofá café ubicado en el living de la casa y trataban –solos, siempre los dos solos- inútilmente de encajar con una buena cara en ese puzzle de muerte y de sangre y de traiciones, pero no les resultaba, ni a mi padre ni tampoco al doctor Goic.

Y noto que retiro mi alfombra, la levanto otro poquito aquí, desde Michigan y donde vivo ahora, y en una madrugada de un 20 de Julio del año 2018 pero se me cae nuevamente, se me suelta de la mano y atrapo y encierro nuevamente esos pájaros que trataban de volar. Pero al menos logro verte a ti, veo tu sigilo, tus dudas, tus sustos, tus temores, y toco mi propia cobardía…..y compruebo que al final yo tristemente habría hecho algo parecido, papá, habría guardado silencio y a lo mejor habría escrito mucho, demasiado, para cubrirlo con una alfombra de escritura y libros y concursos literarios, y notitas semanales que ahora mando para colgar en la Internet.

….. o a lo mejor me habría ido del país.

Los he visto

Siempre recuerdo unas maderas rotas en el suelo de nuestra casa de Santiago, en el pasillo del segundo piso que daba al cuarto de nuestros padres. Era un hueco donde las maderas largas, estiradas como tallarines sobre el suelo, no empalmaban bien. Eran de color café, o teñidas de café, y parecían maderas rotas y a veces sucias, que encajaban mal; pero todos nosotros, los que vivíamos en la casa y pasábamos por ahí todos los días, caminábamos sobre ese desperfecto que crujía y que a veces se quejaba sin que lo notáramos demasiado, o sin decir mucho para arreglarlo, o sin decir una palabra sobre esa pequeña rendija que acumulaba suciedad y que se mostraba como una herida abierta sobre el pasillo del suelo de la casa. Con el tiempo lo cubrimos con una alfombra roja instalada por una compañía que no hizo un buen trabajo porque pronto se desgastó y tampoco hubo recambio, o no hubo ningún otro arreglo adicional.

 

Por la Internet escucho a menudo radios que transmiten desde Chile. Ahora escucho una que cuenta algo sobre la actitud, el desarrollo personal y niveles de energía. Es uno de esos programas de autoayuda donde le consultan a un experto que no para de dar explicaciones y de usar una pseudo ciencia que también le cubre hoyos, desperfectos. Y lo hace tan convencido de lo que dice, lo que hace, que se le nota algo parecido a la fe en su discurso, en sus palabras, y cuando habla del éxito y sus símbolos, el dinero y el poder para pronto saltar al latín y discutir el significado de las palabras, sus raíces, donde el experto se nos presenta con un barniz de cultura; pero pronto nos damos cuenta que lo importante para él ha sido la imagen, las apariencias, o algo así como tapar esa hendidura en los maderos del pasillo de mi casa que estaban siempre expuestos, abiertos, mostrándose y como pidiendo ayuda, una mejora.

 

Como contaba más arriba, recuerdo que en algún momento cubrimos el pasillo con una alfombra roja, pero una alfombra roja que quedó mal colocada, poco tirante y floja, y sin ninguna tela sólida y resistente entre la madera y la textura gruesa de la alfombra. A lo mejor en esos años no la sabían instalar, quien sabe; pero sobre los escalones de la escalera que subía hacia el segundo piso de la casa, la famosa alfombra roja se gastó por el uso nuestro, mostrándonos una triste tela plástica de color blanco; ahí nuevamente ninguno de nosotros dijo nada, me imagino que lo encontrábamos normal. A mí me gustaba mucho más –y todavía me gusta mucho más- la presencia de esa madera gastada en los peldaños, con sus imperfecciones inevitables, con esas hendiduras que poco a poco asoman por el uso, el desgaste, el deterioro digno que parece mucho menos atemorizante que ese deterioro moderno de una alfombra roja un poco artificial, y que muestra un plástico barato de color blanco.

 

Afuera el sol alumbraba de oblicuo y por las ventanas de la cocina, que daban a la casa de los Mandiola, nuestros vecinos de ese entonces, veía que habían caído, repentinamente, unos pajaritos desde un nido alto que apenas se sostenía arriba de los árboles, esos que separaban las dos propiedades en la avenida Suecia de ese entonces. Las dos empleadas (así les decíamos en ese tiempo, “empleadas” porque ahora han pasado a ser “nanas”) se reían en la cocina contándose chistes y dándose consejos. Al ver mi cara de desesperación por los pajaritos que se movían y corrían desamparados muy cerca del murallón blanco, me dijeron entre muchas risas que “anda, corre con una manguera y chorréalos con agua: volarán. Ya verás”. Con apuro y mientras ellas seguían contándose secretos y celebrando seguí sus instrucciones, conecté apurado la manguera y me apresuré en ver salir un chorro de agua helada. Apunté con precisión y noté que corrían, escapaban….. y que no llegaban a volar, no emprendían nunca un vuelo, nada. No recuerdo bien qué sucedió después de eso. Creo que no lo quise recordar. A lo mejor largué la manguera hacia un costado, salí corriendo y coloqué otra alfombra, más alfombra roja, pero esta vez sobre esos recuerdos, sobre esos pájaros que no emprendieron nunca un vuelo.

Entré nuevamente corriendo a la cocina, donde las empleadas se reían y celebraban como antes. ¿Qué edad habré tenido en ese entonces? ¿6, 7 años? No lo sé, pero al menos no reí.

 

….y algo me dijo,

alguien me contó desde muy adentro que estaba haciendo mal

que algo no funcionaba bien pese a las risas

o sobre las risas

o a pesar de las risas

mientras destapaban ollas

mientras celebraban y reían otro poco en medio del vapor de cacerolas

Y la verdad que mirando hacia atrás -que con el tiempo se hace más grande y duro y urgente que el mirar hacia delante- noto que en mi vida he usado muchas alfombras, de otros colores, pero han sido alfombras que después he tratado de sacar, de levantar… y a veces esos pajaritos han logrado emprender vuelo.

Los he visto.

El baúl de tía Carmen

El televisor que teníamos en ese entonces era de los iniciales, en blanco y negro y pesado. Periódicamente nos visitaba un técnico bajito, que llegaba cojeando a la casa junto a un bolsón con utensilios y cables, tubos y luces. El televisor era un Motorola de plástico café que él ceremoniosamente ubicaba boca abajo, sobre una mesa amarilla que teníamos en nuestro cuarto y lo inspeccionaba. Mientras usaba unos destornilladores largos nos interrogaba sobre la familia, sobre cómo estábamos nosotros, cómo estaba mi hermano, nuestro gato y nuestros padres. En ese tiempo todavía no existía el control remoto y tampoco habían demasiados canales, así que nos quedábamos pegados con más naturalidad a un canal determinado. Para cambiar de canal había que levantarse de la silla o de la cama y hacíamos crujir un dial mecánico que brevemente llenaba la pantalla chica de líneas oblicuas, gruesas bandas, y un salpicado de puntitos blancos que no dejaban ver ni escuchar nada. A veces cuando llegábamos al canal buscado, las bandas gruesas todavía continuaban como banderas titilantes que cruzaban la pantalla; ahí le dábamos una fuerte manotazo en un costado, una especie de reproche, que el aparato a veces aceptaba corrigiéndonos la imagen de inmediato. Cuando eso no ocurría, llamábamos nuevamente al técnico que llegaba con la misma ceremonia de siempre, la misma ropa y las mismas preguntas, qué cómo estaba el gato, cómo estaba mi hermano y nuestros padres. Daba vuelta el aparato y empezaba nuevamente el proceso de revisarle las entrañas a ese animal entretenido que teníamos en casa. Recuerdo que ahí vimos la llegada del hombre a la luna, y poco tiempo después la antevista a Carmen Machado, amiga de nuestros padres (sobre todo de mi madre), junto a Joan Manuel Serrat en una de sus primeras visitas a Chile. Los recuerdo a los dos sentados en unas sillas altas recordando al poeta Antonio Machado, su tío, y respondiendo a las preguntas del periodista. Ella fue la hija del pintor José Machado, hermano de Antonio. Carmen es periodista y fue directora de la revista Eva, publicada en Chile durante muchos años. Estoy seguro que esa entrevista que le hicieron en la tele se perdió; en ese tiempo nadie guardaba nada y eran escasos los recursos. Ella parece que todavía sobrevive en algún lugar de Santiago, pero quedó tan traumatizada con todo lo que le ocurrió, su escapada hacia la Unión Soviética durante la guerra civil española de ese entonces, que no ha querido escribir nada. Cuando nos visitaba nunca le consulté sobre su vida, nada; era la “tía” Carmen y eso era suficiente. Después supe que formó parte de los llamados “niños de la guerra”, todos menores de edad enviados a la Unión Soviética por las autoridades republicanas. Tía Carmen –así le decíamos- se reunió después de siete largos años con su padre en Chile. Estoy seguro que la vida de toda esa familia no fue fácil. Un hermano de Antonio, otro poeta que poco recordamos ahora, Manuel Machado, fue también poeta y bastante conocido en ese entonces, y creo que partidario de Franco (no tuvo que arrancar); es decir los dos hermanos ubicados en bandos diferentes y opuestos. Por ahí escuché que la guerra “pilló” a los hermanos en distintos territorios de España, uno dominado por los republicanos y el otro por los partidarios de Franco, y que por eso habían terminado separados. No creo demasiado en esa explicación. Todo lo contrario, tiene que haber sido una división bien dramática y dolorosa adentro de la familia, algo triste que ellos no quisieron recordar. Ha sido una pena no haber logrado conocer los pormenores de esa tragedia. Recuerdo a “tía” Carmen en la casa nuestra, en Santiago, conversando sobre asuntos cotidianos, del día a día, pero nunca sobre esos temas más complicados y serios. Estoy seguro que casi todos los asuntos de familia, esos que ahora consideramos como “íntimos”, “privados”, en un tiempo más no serán nada del otro mundo, nada extravagante.

José, el pintor y padre de Carmen Machado, acompañó a su hermano Antonio cuando escapaban hacia el exilio en Francia junto a su madre, y lo acompañó hasta el día de su muerte, la que ocurrió en el pueblito de Collioure, en Francia, muy cerca de la frontera con España. Hasta ahí alcanzó a llegar el poeta, ya enfermo, con 63 años y cargando su maleta. Lo enterraron en un nicho cedido por una vecina y después de haber vendido su reloj para sobrevivir un poco más. Ahí también fallecería tres días después su madre, a los 84 años de edad. José Machado escribió esos recuerdos en un manuscrito que encontraron en un baúl que él dejó al morir en el año 1958, en Santiago, Chile. Habían llegado como exiliados en el año 40. Primero vivió junto a su hermano Joaquín y su familia, en una casa ubicada frente al Museo de Bellas Artes. Lo triste es que la casa se incendió en el año 1944 y donde perdieron casi todo. Ahí un médico los ayudó y al poco tiempo les cedieron una casa en Peñaflor. Con el tiempo terminarían viviendo en Matucana 526, en el barrio de Quinta Normal. Cuando vaya a Chile tengo que ver si todavía existe algo en esa dirección. Nunca regresarían a España y serían enterrados en Chile (y me imagino que ya no en una tumba prestada). Sobre el libro que escribió José Machado, se publicó una edición bien limitada hace pocos años, en el año 2005, para una celebración organizada en Chile, en el Centro Cultural de España. Antes, en el año 1957, Carmen Machado junto a su marido lo habían publicado también en una edición bien reducida; se llamó “Las Últimas Soledades del Poeta Antonio Machado.”

¿Tendrá un baúl, por ahí escondido, su hija Carmen?