6. Qué más podemos ofrecer?

Era un fin de semana largo y estábamos en Algarrobo. En aquellos años, el viaje comenzaba con el cruce de Melipilla, Llolleo, la casa Pelá y los poblados pequeños de la costa central chilena -Las Cruces, El Quisco, El Tabo- donde cada kilómetro era una promesa de aventuras y de libertad. Al llegar, nos bajábamos del auto con las piernas entumecidas y el corazón acelerado, ansiosos por descubrir lo que nos esperaba. La brisa fresca nos golpeaba el rostro como un suave abrazo, trayendo consigo el olor salino y el recuerdo de otros veranos. Bajo nuestros zapatos, la arcilla crujía con un sonido cálido, casi festivo, como si el suelo mismo celebrara nuestra llegada y nos diera la bienvenida a ese rincón donde volvíamos a ser niños, envueltos en la magia de lo simple y lo auténtico.

La rutina era siempre parecida, pero cada vez tenía su propio pulso. Al llegar, limpiábamos la casa como quien desentierra recuerdos dormidos, espantando arañas peludas que huían despavoridas entre rincones oscuros, mientras el olor denso y salobre de los cuartos cerrados se aferraba a la piel y despertaba expectativa. Abríamos ventanas de par en par, dejando que el aire marino barriera la humedad y trajera consigo promesas de libertad. Después, sin contener la ansiedad, salíamos apurados hacia el Club de Yates, ese lugar donde éramos socios aunque no poseíamos más que sueños y ganas de pertenecer; ni siquiera nos pertenecía un flotador de goma, pero el simple hecho de decir que éramos parte de algo nos llenaba de orgullo y de una felicidad pequeña, casi infantil, suficiente para sentirnos dueños de un mundo inventado solo para nosotros.

En esos años, decir que íbamos a la playa por el fin de semana era como pronunciar una contraseña mágica, un pasaporte a la felicidad. Nos escapábamos de Santiago con el corazón palpitando de anticipación, dejando atrás ese aire espeso que parecía ahogar los sueños, sus calles estruendosas y el bullicio interminable que devoraba la calma. Desde el auto, detenidos en los semáforos, mirábamos las multitudes: hombres y mujeres atrapados por la rutina, arrastrando los pies entre horarios implacables y una prisa que devoraba los días, apurados por llegar a casa antes de que la noche los envolviera y los venciera el cansancio.

Nosotros, en cambio, huíamos como quien se libera, como quien atraviesa una frontera hacia un mundo de promesas y optimismo. Nos sentíamos afortunados celebrando cada kilómetro ganado mientras detrás quedaba todo lo gris y lo pesado. Era nuestra pequeña revolución, nuestro modo de aferrarnos a la vida con la esperanza de encontrar, aunque fuera por unos días, la magia perdida en medio del ruido cotidiano de Santiago.

En la playa de Algarrobo, donde el viento parecía susurrar promesas de infancia, estábamos juntos mi hermano mayor, Juan Felipe, con su rostro medio oculto como si guardara secretos del verano; yo frente a él, con la mirada ansiosa de quien quiere atrapar cada instante; y mi hermano Sebastián, quien siempre encontraba la forma de hacerme reír hasta que me dolía la panza. A la derecha, la sonrisa tímida de mi hermana Francisca iluminaba la arena, mientras detrás de nosotros, parado con su energía indomable, mi hermano menor, Cristóbal (Plito), parecía listo para una nueva travesura. A la derecha, la carpa que usábamos para ajustarnos el traje de baño era más que un refugio: era nuestro fuerte, testigo de juegos y complicidades. En ese rincón del mundo, entre risas, carreras y el olor salado de la playa, sentíamos que nada podía lastimarnos, que éramos invencibles y que la felicidad era tan simple como compartir el sol y la arena con quienes más queríamos.

Con el tiempo, celebramos con una alegría casi infantil la construcción del túnel Lo Prado, una obra inaugurada con todo el boato y el bullicio propio de aquella época por el gobierno de Eduardo Frei Montalva en 1970. La noticia cayó en nuestras vidas como una promesa de futuro: el viaje a la playa, ese anhelo que nos mantenía despiertos todas las vacaciones, se volvió de pronto más corto, más sencillo, casi mágico. Ya no atravesábamos la tierra polvorienta de Melipilla o el letargo de Llolleo; Las Cruces, El Quisco, El Tabo empezaron a quedarse atrás como recuerdos borrosos, envueltos en lo antiguo. Nos ahorrábamos horas de incomodidad, de caminos estrechos bordeados de curvas infinitas donde la ansiedad y el cansancio se mezclaban con la esperanza de llegar, ¿cuanto falta para que lleguemos?. Casablanca tomó el lugar de Melipilla en nuestro mapa interior, y desde allí, el trayecto hacia Algarrobo siguió siendo esa arcilla roja y gredosa que, al verla, nos volvía a encender esa señal de que la playa, la libertad y los días felices estaban cada vez más cerca. Aquella ruta no solo nos acortó distancias, también hizo que el sueño de cada verano pareciera más alcanzable, llenándonos de emoción ante cada escapada, como si cada kilómetro ganado fuera una victoria contra el paso del tiempo y la rutina.

Por ese camino, tiempo después, se mataría Jaime Escobar. Nunca había sido dueño de un auto, y su inexperiencia lo traicionó cuando en una curva maldita su vehículo dio una vuelta de campana. Tras el golpe en la cabeza jamás volvería a abrir los ojos. A las pocas horas, llegó como paciente a las manos de mi padre, quien, por breves momentos, me confesó, con la voz temblorosa por la línea: “Quizás… quizás se salva, mijito.” Esa esperanza minúscula se aferró a mí como una última chispa de fe, pero a los pocos días de todas maneras falleció. Por teléfono y desde otro continente, Juan me dio el golpe final: “Falleció tu amigo, mijito.” Me lo dijo sin adornos, sin pausas; su voz estaba contenida, como si intentara esconder algo en el auricular, barriendo los detalles de una derrota inapelable. Sentí que el mundo se detenía, que los recuerdos de Jaime -su risa, sus sueños truncos- se esfumaban como la bruma salina de una mañana en la playa de Algarrobo. Nunca supe cómo llorar esa pérdida; solo me quedó su ausencia y el peso de una despedida que jamás aprendí a poner en palabras.

Después de ventilar la casa, salíamos hacia el Club de Yates, donde nunca abordábamos ninguna embarcación, pero la emoción nos invadía al subir por aquella escalera de madera oscura y bien encerada, impregnada de humedad y sal marina. Cada paso resonaba en mi anticipando la aventura, y el aroma denso del mar me envolvía, despertando recuerdos y sensaciones de otros años. En el segundo piso, nos acomodábamos en sillones gastados, cuyos tejidos parecían guardar conversaciones y sonrisas de veranos pasados, mientras el sol se filtraba tímidamente por los ventanales grandes y sucios, empañados por la sal y el agua del océano que los salpicaba. Desde allí, contemplábamos el mar que se extendía ante nosotros como un animal lento y tranquilo, acariciando los pilares de hierro del muelle corroído. Sentía una paz que me empujaba a quedarme ahí por unos días.

Sobrevolaban gaviotas, cormoranes y pelícanos, rozando la superficie del océano en vuelos precisos, donde sus gorjeos se mezclaban con el murmullo de las olas, creando una sonoridad que me hacía sentir parte de ese mundo. Afuera, en la vereda que bordeaba la orilla de la playa, paseaban parejas y familias, sus rostros entrelazados con la esperanza de encontrar a conocidos, tratando de descubrir si fulano de tal había llegado también ese fin de semana en busca de refugio. Pero yo, perdido en mi propia burbuja, siempre miraba hacia adentro. Nunca buscaba rostros ni traté de reconocer a nadie; me gustaba el anonimato, la certeza de que no debía encontrar a nadie, que podía caminar sin que mi presencia le importara a nadie. El Club era mi escape, mi rincón de calma en medio del bullicio, donde el silencio me abrazaba y podía ser simplemente yo, sin máscaras ni expectativas. Fue así hasta que llegaron los amigos de mis padres y con ellos, Francisca. Ahí todo cambió, y sentí que el mundo se me iluminaba. Ella era como un rayo de sol colándose entre las cortinas, capaz de transformar el aire del club en una ráfaga cálida y nueva. Me pareció que el atardecer entraba con más fuerza, los rayos tibios se filtraban como si antes la luz no hubiera sabido entrar del todo. Y ahí, sin darme cuenta, aprendí a caminar de otra manera, mirando hacia afuera, buscando, deseando encontrarla a ella entre los rostros que veía en la orilla de la playa. Francisca era mi brújula en ese mar de incertidumbres, la chispa que rompía mi rutina de soledad y anonimato.

Recuerdo que con mis manos sudorosas, le presté un libro que tiempo después me devolvió junto con una barra de chocolate con almendras y una sonrisa de esas que me iluminaron el mundo entero. Me quedé paralizado ante su gesto, incapaz de articular palabra; la emoción era intensa y me nublaba la voz y la razón. No supe qué decirle, no aprendí a decirle que la quería, y cuando lo intenté después de haberlo ensayado varias veces, mi torpeza se impuso, mis manos temblaron y apenas pude sostener un vaso de agua frente a ella: la asusté. Sentí la vergüenza de quien quiere darlo todo pero no sabe cómo hacerlo. Tuvieron que pasar los años hasta que Pilar, mi esposa, me enseñara—casi a empujones—a querer, a expresar lo que sentía sin miedo a la vulnerabilidad, a caminar sin ropa. En Chile, nunca encontré mi burbuja, nunca hallé ese rincón donde pudiera sentirme en casa, amado y aceptado tal como era.

Tal vez esa fue otra de las razones de mi huida: la búsqueda incansable de un refugio, de un espacio donde mis emociones pudieran ser libres y donde pudiera descansar.

Me fascinaban los garzones del Club de Yates; su presencia tenía algo que me hacía sentir parte de una historia secreta. Cada vez que escuchaba el sonido crujiente del hielo al caer dentro de los vasos, sentía una mezcla de expectación y placer, como si ese instante anunciara algo extraordinario. El golpe seco del pisco sour al servirlo resonaba en el ambiente como si fuera una campanada de alegría que marcaba el comienzo de una fiesta. Los garzones, pese a estar envueltos en su propia burbuja de historias y costumbres tan diferentes a las mías, los sentía parte de mi vida y me empujaban a encontrar cierta alegría en los pequeños rituales cotidianos.

Al llegar nos ofrecían canapés de erizos: pequeños rectángulos olorosos, coronados por una torrejita de limón amarillo que descansaba sobre una lengua cruda del erizo. El primer bocado era siempre un viaje; el sabor intenso y marino inundaba mi boca, y yo cerraba los ojos para que nadie percibiera esa felicidad simple que me provocaba probar algo tan distinto. Me despertaba curiosidad comprobar que pese a ser un mocoso callado, un observador discreto, apartado de la conversación adulta, los mayores me dejaban participar de ese festín. Estiraba la mano tímidamente, y recogía un canapé con el temor de interrumpir, pero también con el gozo de ser incluido en el mundo de los adultos. El olor a cera espesa y madera encerrada se fundía con la humedad de la costa, y yo sentía que la memoria se impregnaba de esos aromas y sabores, llenándome de gratitud, como si cada instante se volviera eterno.

En esos momentos experimentaba destellos efímeros de felicidad, como relámpagos que me iluminaban por un segundo y luego se desvanecían dejando una tibieza suave. Veía a mi padre conversar con los mozos—pese a que él pertenecía a otra burbuja, a otro mundo—en charlas sencillas que parecían tender puentes. Los mozos, con una alegría genuina, le respondían a sus comentarios con entusiasmo; se notaba que celebraban la llegada de los santiaguinos a la playa, porque el balneario regresaba a la vida y el aire se impregnaba de vitalidad. Yo observaba el brillo en los ojos de mi padre, ese gesto sutil de sentirse parte de algo, aunque fuera por un rato. Cuando la conversación languidecía, él sacaba a relucir temas cotidianos: el clima, la última marejada, o la tormenta feroz que había azotado la costa. Preguntaba por detalles que apenas conocía, como si quisiera apropiarse de ese universo marítimo que le era tan ajeno, y entonces, de pronto, señalaba el yate de dos mástiles que veíamos anclado al frente nuestro, el Santa María. Pero sus preguntas resultaban vagas, imprecisas, y yo percibía en su voz una mezcla de curiosidad y cariño, el deseo torpe de pertenecer a ese mundo marino que se le escapaba entre los dedos, igual que la arena fina de la playa. Sin entender ese instante, yo sentía que allí, en medio de la torpeza y la calidez, se escondía una forma de camaradería.

Eran fines de semana tranquilos, antes de que Steve Jobs nos cambiara la forma de vivir. Los celulares no existían, y desde ahí, frente al mar, Santiago parecía ajeno, lejano, casi un mundo aparte, irreal y difuso tras la bruma. En las murallas del Club de Yates colgaban cuadros torcidos, manchados por la humedad de la playa, donde galeones luchaban contra tormentas feroces o se enfrentaban en batallas primitivas; yo me perdía en esas escenas como quien se sumerge en un sueño. Veía los mástiles quebrarse bajo la furia de los vientos y sentía un temblor, una mezcla de miedo y fascinación, como si por un momento estuviera ahí, a bordo de aquellos barcos, enfrentando la oscuridad y los relámpagos que desgarraban el cielo y golpeaban el agua sin compasión.

Y mientras todo eso sucedía en mi imaginación, yo estiraba la mano para probar otro canapé de erizo. Nadie me detenía, nadie me decía nada; era como si el tiempo se suspendiera para darme permiso de existir a mi manera. El sabor intenso y salado llenaba mi paladar. Llegué a sentir una alegría difusa, pero que en ese entonces no supe identificarla como la felicidad. Ahora sé lo era: una felicidad sencilla, tímida, que se colaba entre los rincones de un club húmedo y gastado, mientras la vida de afuera seguía lejana y sin urgencia. En esos instantes, aunque no lo supiera, estaba recolectando memorias, destellos que hoy me abrigan cuando cierro los ojos y regreso a ese rincón.

Y ahora que el tiempo ha pasado—ya adulto, con trabajo, salario y mi propia familia—podría permitirme los bocados más exquisitos, los más caros del mercado, los que el mundo entero considera inigualables. Pero sé con certeza, que ninguno de ellos traerá consigo la misma magia, ni rozará siquiera la intensidad de aquellos primeros sabores. Ninguno tendrá el gusto de los canapés que probé alargando la mano tímidamente, respirando el aroma de la madera recién encerada, rodeado por el murmullo constante del mar y la contagiosa felicidad de los mozos, animados por el trabajo del fin de semana. Ese universo se esfumó, se evaporó como la bruma de la costa al mediodía. Lo sentí desvanecerse y, en ese instante, sentí que una parte de mí se alejaba para siempre.

A eso me refería cuando escribí que ya no siento como lo hacía antes. Esos sabores eran más que alimento: fueron destellos de un mundo que hoy está lejano, irrepetible, fragmentos de una felicidad que se escondía en los detalles más pequeños y que ahora busco y rescato entre los recuerdos. Por eso escribo, por eso vuelvo una y otra vez a esas calles, a esas veredas, a esa casa que en ese entonces ya sentía ajena. Escribir es mi forma de reconstruir lo perdido, de juntar los pedazos de un pasado que me duele y me consuela al mismo tiempo.

Al vivir en otros continentes, en un país como este—en USA, que tampoco ha sido mío—esa sensación de extrañeza se volvió rutina. Sentirme ajeno en tantos rincones dejó de ser solo una herida: se convirtió en mi paisaje cotidiano, en la norma que me acompaña en cada paso que doy. Y desde mi presente, ya no busco la puerta de salida, ya no huyo. Acepto el peso de esas pérdidas, y me dejo envolver por ella ssabiendo que solo me queda escribir para no olvidar lo que un día me hizo sentir verdaderamente vivo.

Tal vez en unos años, cuando mi generación haya desaparecido por completo y el recuerdo de nuestras risas se haya diluido, siento que mis hijas también disfrutarán del sonido crujiente de los cubos de hielo al preparar un pisco sour. Siempre me observan con ojos curiosos y chispeantes cuando lo hago, como si estuvieran descifrando un secreto de familia, atentas a cada gesto mío: cuando agrego el hielo, el pisco, el azúcar, cuando explico la mezcla de los ingredientes y les cuento que en cada vaso se esconde un pedazo de nuestra historia. A veces percibo en sus miradas una mezcla de asombro y ternura, como si intuyeran que esos pequeños rituales nos unen y nos regalan instantes fugaces de felicidad. Quizás, en un día del futuro, sorpresivamente y sin aviso reconocerán el aroma dulce del pisco sour que alguien les prepara, y recordando nuestras voces se darán cuenta que por breves momentos también fueron felices, aunque entonces no supieran darle un nombre a esa emoción.

¿Qué más podemos ofrecer? Qué más podemos dar, sino recuerdos, gestos sencillos, y la certeza de que en aquellos rituales cotidianos es donde se esconde la magia de la vida, y donde aprendemos a abrazar la felicidad, aunque por un instante breve.

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