Me acuerdo de ella y comparo

Es Rada que llama llorando desde Washington. Es un viernes 12 de agosto, y Peter Faguy, su marido, mi querido amigo, acaba de fallecer. Cuesta acomodar las preguntas. Fue un paro cardíaco, temprano por la mañana, me dice. Lo alcanzaron a sacar de la cama para llevarlo al hospital, pero ya iba muy débil, cayendo, saltando al vacío. Rada y su hija, Anna, de la misma edad que nuestra hija Sofía, lo llevaron en auto a la emergencia del hospital. El viaje fue uno de esos que nunca terminan, que parecen interminables. No pude recordar ni preguntar por los detalles. No supe qué hacer, qué preguntar. Me alcanza a contar que ella ahora tiene que ser fuerte para salir adelante. Anna que está escuchando y salpicada de lágrimas me saluda, dice algo, como buscando la compañía para no llorar sola; aunque está sola, tremendamente sola enfrentando esa tragedia porque solamente ella sabe cómo se siente, cómo lo sufre.

A Peter lo recordaré con cariño. Lo veo en el laboratorio de Case Western Reserve donde estudiábamos juntos. En esos años, los ochenta, los dos éramos estudiantes y nos sentíamos inmortales. Cada día era una fiesta repleta de experimentos por intentar, por celebrar y explorar. Recuerdo que cuando Yeager, nuestro director de tesis, se acercaba por el pasillo, seguíamos hablando sin cambiar de tono; y no había un giro porque en esa área, en el laboratorio, nuestro director de tesis también era un niño, un niño inmortal y viviendo hasta la eternidad.

Todavía no entiendo por qué, al fallecer mi madre, apenas lo sentí. Pero siempre, cuando muere un amigo, me acuerdo de ella y comparo.

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