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Autoficción 45: ……el cura dice lo que no nos atrevemos a decir nosotros…

Todo comenzó cuando pasaron a dejar unos panfletos naranjos en el buzón de entrada en nuestra casa aquí en Michigan, y donde explicaban el test que me ofrecían. Nuestro perro, el Copo, ladraba como si nos fueran a asaltar, o como si fuéramos a perder algo. Salí corriendo a la calle y saqué el papelito del buzón, mientras veía como se retiraba una camioneta que también era de color naranja y con un chofer que hacía señas con las manos, y que se reía, estaba muerto de la risa. Parece que se hacían señas con mi vecino que también sonreía como celebrando el espectáculo. En el panfleto me explicaban en detalles de qué se trataba el ofrecimiento. Es un test donde me invitaban a donar un poco de sangre para realizar unos perfiles bioquímicos y genéticos. Después de firmar unos papeles y basados en los resultados del análisis, me visitarían nuevamente para explicarme los detalles, y predecirme con bastante certeza, según ellos, con un error de tan solo un año, mi “fecha de caducidad”, es decir la fecha en que me iba a morir. Explican que la medicina ya ha progresado mucho, demasiado, y que ha llegado la hora de utilizarla para el beneficio de todos, leía en el papel. Los accidentes, eso sí, no se pueden predecir, de manera que nada de eso se consideraba en el contrato.

Siempre me asombran estos gringos, la facilidad que demuestran para inventar negocios, nuevos trucos, y como le dan un barniz azucarado a las peores noticias. Cuando me echaron del trabajo, por ejemplo, y cerraron mi planta piloto, me indicaron que esa era simplemente “una reestructuración”

…….pero volvamos a la casa. Cuando se fue el tipo de la camioneta naranja, la Pili, que recién llegaba del trabajo, me preguntó asustada si acaso yo había firmado. ¿Firmaste?, me gritó sobresaltada, ¿firmaste? Le aseguré que todavía no, pero que siempre me ha intrigado poder conocer eso. ¿Qué?, me preguntó, aterrada, ¿conocer qué? El término de mi vida, le grité. Ahí se aterrorizó mucho más y me dijo que por qué me daba por hablar de eso, de mi muerte, o de la muerte de todos, en general, que ya estaba cansada de escucharme, y me dijo que cómo les creía, que ella había escuchado que cuando llegaba la fecha, y si todavía el cliente no ha caducado, si todavía no te has muerto, Cristián (y la pobre ya casi lloraba) te golpean la puerta otros tipos que te hacen otro examen. Y ahí el Copo nuevamente se puso a ladrar como si nos estuvieran robando algo……

 

Continuará….. Este es un experimento que puede terminar aquí, con esta nota o a lo mejor se extiende en el futuro, no lo sé.

 

Pero por ahora regresemos a las notas y cartas de esos años, en el Chile del 87. En las dos cartas siguientes, mi madre cuenta que los viajes de fines de semana a la zona central de Chile, se encaminaban cada vez menos hacia Algarrobo, donde tenían una casa, y mucho más hacia Viña y Valparaíso, donde una de las atracciones era disfrutar del típico plato de Machas a la Permasena, un hit que no desaparece y que no ha disminuido con los años. Añade, también, que el Chevrolet continúa con sus recalenturas y problemas. De la casa de Algarrobo me cuenta poco, pero me imagino que la casa permanecía con los problemas de siempre, lloviéndose periódicamente, y siendo asaltada por los lugareños que la veían invariablemente inhabitada.

En el área del debate público, el clima beligerante no decae. Menciona una entrevista de una conocida periodista de ese entonces, Raquel Correa, al Obispo Carlos Camus, donde:

 

“……el cura dice lo que no nos atrevemos a decir nosotros….”

 

Eran otros tiempos, una época donde la iglesia católica parecía resonar con los sufrimientos y problemas del hombre de la calle. Chile se preparaba para la venida del Papa Juan Pablo II:

 

“…..aunque la prensa del gobierno festeja la venida del Papa, no se siente un clima de interés real. Van a suspender Pudahuel desde el día antes de su llegada. Y por el San Cristóbal 4.000 personas lo recorrerán buscando terrorismo, y no habrá transito de autos desde muchas horas antes por donde el Papa pase….”

 

Mi hermana junto a Pato, su marido de ese entonces, continuaban su recorrido por Europa:

 

“….Mónica llamó hoy desde Florencia. El 1º estará en Roma y vuelta a seguir en sus recorridos. Llegarán peritos en monumentos y edificios….”

 

Al final menciona al “Pollo Ovalle”, un amigo de mi hermano mayor, Juan Alberto, en las secundarias del colegio San Ignacio. “El Pollo” le da a mi madre buena información sobre cómo conseguir pasajes baratos. Hay que recordar que en esa época la Internet todavía no se conocía:

 

 

Santiago, 9 de Marzo 87

 Cristiancito querido

 Recién llamaste como transmisión de pensamiento. Perdón, te escribo acostada de puro floja, es que ayer el viaje fue un poco agotador porque se nos volvió a recalentar el Chevrolet a pesar que donde Davis lo habían arreglado.

 Nadamos el sábado con Álvaro (hermano menor) y Marlene (su actual esposa) en la piscina del Miramar, pero el domingo amaneció muy nublado. Teníamos ganas de hartos mariscos y después de pagar el Hotel nos fuimos a un restorán en Valparaíso (dato del weekend Mercurial). Subimos a los comedores del 2º piso por unas escaleras negras de mugres, como para rasparlas con cuchillo. Había poca gente, pero a los 15 minutos estaba lleno y pasaban inmensos pescados fritos envueltos en grasa. Mis machas a la parmesana estaban duras, secas y casi sin queso. Juan no terminó el caldillo guardando lugar para el congrio frito que le llegó crudo. ¡Y eso costó $200 menos que en el Miramar! Di una vuelta por esa Caleta el Membrillo con el agua sucia de papeles y pobres chiquillos tratando de pescar.

 Hay hambre en los cerros de Valparaíso. Ahora con el camino a cuatro pistas, las empresas se trasladan a Santiago. Por menos de la mitad de $ de hace 3 años, aquí se pueden comprar casas, pero, ¿quién puede vivir tranquilo entre tanta pobreza?

 El sábado tuvimos un magnifico almuerzo en el Miramar, rodeados de mozos para entregar tumbonas,, toallas, ofrecer bebidas y poner quitasoles. Escandaliza vivir las diferencias con indiferencia. Dicen que con los fuegos artificiales de Valparaíso se podría no haber despedido a los 6.000 profesores… ¡Luego, luego, control de la natalidad!

 Como ves, aún estoy bajo el efecto de haber estado ayer en Valparaíso.

 Un gran abrazo

 Ximena

Stgo 13 Marzo 87

Queridos Cristián y Pilar

 Ayer estrené las pantys negras con bordado, se ven preciosas… ¡Gracias!

 Aquí estamos bastante entretenidos por una entrevista que le hizo Raquel Correa al Obispo Camus; pero mejor es que se las envíe….voy a buscar entre los diarios viejos…el cura dice lo que no nos atrevemos a decir nosotros.

 Aída (casada con Alberto, mi hermano mayor) va dos veces por semana a un policlínico en que trabaja Antonio Cavalla. Ayer y hoy, en El Mercurio, sale que fue interrogado por un juez que investiga la muerte de un carabinero. Harto que le dije a Aída….creo que persiguen a los ex exiliados para asustarlos.

                                                                                                 24 de Marzo

Y parece que olvidé aquí la carta.

 Ayer me llegó una tarjeta tuya y antes de Pilar con motivo de un día de (no legible)….gracias.

 Los diarios han desaparecido y las revistas Hoy no sé si te las envié. Ahora te pongo al correo el primer número del diario La Época y recortes.

 Aunque la prensa del gobierno festeja la venida del Papa, no se siente un clima de interés real. Van a suspender Pudahuel desde el día antes de su llegada. Y por el San Cristóbal 4.000 personas lo recorrerán buscando terrorismo, y no habrá transito de autos desde muchas horas antes por donde el Papa pase.

 Mónica (mi hermana) llamó hoy desde Florencia. El 1º estará en Roma y vuelta a seguir en sus recorridos. Llegarán peritos en monumentos y edificios….

 Jorge Ovalle (amigo de mi hermano Alberto en las secundarias), o “El Pollo Ovalle” desde NY sacó pasajes a poco más de US$ 600 en Lan Chile. En la Agencia Cóndor Travel. Toll free 1 800 4236686 Manhattan 501 5ª Avenida, Suite 115, Nueva York 10017. Esos datos me los envió la secretaria de Juan. Hay que re-chequear en la guía de teléfono. En casa de Juan Alberto estaba el Pollo y me contó que ellos compraban pasajes baratísimos en esa agencia. Ahora se vuelve el Pollo a Filadelfia por uno o dos meses, y de ahí sigue a Barcelona donde viven. Creo que les venden los pasajes a menos de 400 dólares a Europa.

 Un gran abrazo

 Ximena

Autoficción 43: ….como ardilla en su árbol…

Bajando al subterráneo de mi casa, este fin de semana, encontré la bofetada de la Agencia Carmen Balcells, que ahora y antes veo como bien justificada. Como expliqué antes, pese a las sugerencias de Guillermo Blanco creo que busqué el fracaso en ese texto que mandé, busqué el rechazo, cosa que finalmente llegó:

 

Agencia Literaria Carmen Balcells

 Estimado amigo:

 Transcurridos estos mese podemos ya darle noticias sobre la lectura de la versión revisada de El PROPOSITO DE LA LUZ MAS LUMINOSA.

 Lamentablemente los informes de la lectura no han sido muy favorables y a pesar de que hemos considerado detenidamente las posibilidades de esta obra en el mercado editorial español, creemos que hay algunos errores de estructura y de concepto, que nos han hecho desistir sobre su representación.

 Agradecemos nuevamente su confianza al dirigirse a nosotros y quedamos a la espera de sus instrucciones en cuando a los originales.

 Muy cordialmente

 Carina Pons

 

Recuerdo que tiempo después, varios años después, mandé unos cuentos a la agencia Carmen Balcells, la suprema jefa, la jueza de todo lo que es malo o bueno de lo que ocurría con la literatura y los escritores en esos años. Recuerdo que José Donoso sufría ataques de ansiedad esperando los derechos de autor que ella regularmente le mandaba. Lo interesante es que en la agencia me tomaron demasiado en serio, me contestaron las cartas y me trataron como alguien que todavía les podía ofrecer algo, una gran novela. Recuerdo que el título del texto anterior no sonaba mal: “Hablen con Mariana”. Un título que después cambie por: “El Propósito de la Luz más Luminosa”. Se acordaban de mí cuando les mandé los cuentos, y por teléfono me dijeron que no era la primera vez que les mandaba algo. A los pocos meses llamé nuevamente por teléfono para averiguar como andaba todo, y me alegré cuando me dijeron que los habían aprobado, que habían pasado “el turno de la lectura”. Pero sin embargo, en ese preciso instante me chanté, ahí nuevamente arranqué despavorido frente a la posibilidad de tener éxito, porque después de la felicidad inicial, de la copita con champagne, me asusté, me enfrié y no llamé nunca más y ellos tampoco hicieron nada. Creo que hasta me mudé de casa. A lo mejor pensaron, y correctamente, que un libro de cuentos apenas vendería, sería un fracaso comercial. Asunto que podía ser muy cierto porque siempre he sido malo para el marketing, algo que es tan importante para los días que nos comen. Como contaba antes, tuve susto de pasar miserias, pellejerías, y a lo mejor también le tuve temor al potencial fracaso, a ser un elegido que al final no producía nada de valor. ¿Bueno para escribir qué, Cristián? ¿Pendejadas?

Hace pocos días me llegó un lindo email en la sección de comentarios de este blog, de la viuda de mi amigo Ignacio Carrión que reproduzco más abajo:

 

Cristián he leído en tu página hasta la 42 y me atrapa. Estás haciendo un trabajo maravilloso. Tu amigo Ignacio estaría fascinado. Me hace gracia la expresión “como ardilla en su árbol”. No sé si se dice o lo inventó ella. Desde que sé que tu madre está viva me cambió el punto de mira. No por el hecho de que esté viva sino por lo que hizo con la herencia. La verdad no lo entiendo. ¿Qué tal os va todo? ¿Las chicas bien? Por aquí ya se acerca el final del colegio de los niños y hace mucho calor. Acabo de terminar la última novela de Antonio Muñoz Molina. Está bien. El título es muy bonito. Tus pasos en la escalera. Te mando un abrazo enorme.

María Jesus

 

Querida María Jesús (Chus)

 Gracias por tu comentario. Como te contaba siento que de alguna manera Ignacio todavía lee estas notas cuando tú mencionas algo y eso me llena de alegría, me salpica. Y tienes mucha razón cuando comentas las cartas de mi madre. Al igual que tú, encuentro que ella escribía muy bien, sabía desdoblarse y mirar, con esa mirada de vuelo de pájaro, sin amarras ni anclas, donde simplemente contaba lo que ella veía y sin inhibiciones. Pero eso le ocurrió solamente en las cartas, textos que ella presumía serían secretos y por eso soltaba su escritura y relegaba a su censor a la basura.

 Mi madre todavía está viva, todavía vive, pero después del desaguisado de la herencia, donde básicamente desheredó a sus hijos hombres por decreto supremo, sin conversar nada, simplemente la he desconocido y en gran medida ya se me murió, no está, partió; quizás por eso hablo de ella en el pasado. Pero en las cartas es claramente otra persona y ahí la recuerdo nuevamente con cariño, resucita, donde me río muchísimo y también la sufro. Con los años creo que la voy a perdonar, querida Chus, pero sé que será tarde, a destiempo, en cartas sin destinatarios y en otros espacios, bajo otras condiciones.

 Aquí en Michigan estamos bien, y nuestras dos hijas, Camila y Sofía, están bien, viven en Seattle. Yo aquí me he matriculado con estas cartas y algunos libros y algunas otras ocupaciones que no tienen nada de espacial. Jugamos con nuestro perro, el Copo, nuestros gatos (me encanta el Luca, el gato hondureño que se trajo Camila cuando estuvo ahí), y a veces escribo una notita y recuerdo a los amigos. Y claro, ahí está y estará siempre Ignacio Carrión. Siento que gané mucho al conocerlo, siento que me liberé, sacudí la censura, la inhibición en las palabras, y su ejemplo me empujó a tomarme esto, la escritura, de manera mucho más seria que antes, como lo hizo siempre él; aunque uno a veces lo haga mal, no lo pueda hacer o no resulte. No es tarea fácil, querida Chus, porque como nos recuerda el escritor chileno, Jorge Edwards, en Chile somos buenos para las intimidades, las confidencias, los copucheos, pero solo cuando nos tomamos un cafecito, un traguito, y en la privacidad y los encierros de los restoranes. Ahí usamos mucho la broma, la anécdota, el chiste, y todo se hace muy entretenido. Lo triste es que tan pronto se acaba el cafecito, se acaba la fiesta y quedan las botellas vacías en medio del desorden, junto a un sándwich mal comido, todo eso se olvida y se pierde, y al final es como si nada de eso hubiese sucedido, nada se hubiese conversado……eso me lo enseño también Ignacio, querida Chus…..

 ¡Otro abrazo igual de enorme desde Michigan!

 Cristian

 

Le mencionaba a Chus que en Chile conversamos y nos abrimos solamente en la casas de los amigos. Me acuerdo, por ejemplo, del “Chatito Frías”, un retirado general del Cuerpo de Carabineros de Chile y sus innumerables anécdotas que contaba en la casa de mi padre, en Algarrobo. El Chatito Frías conocía bien el arte de la conversación, y a veces pienso que era algo muy cercano a la literatura, o al teatro, un destilado puro, porque a veces hasta se paraba del asiento para actuar, para explicar mejor una ocurrencia, o algo que le había sucedido en una cuartel de un pueblo chico, retirado, y todo eso contado con mucha humanidad.

En la escritura es fácil chantarse; a veces se cuenta algo, sale algo, pero muy acotado, poco y mal. Nos cuesta mucho escribir y contarlo claramente, sacarlo a la luz. Jorge Edwards creo que solo ahora, con la edad y casi al término de una larga vida, ha cambiado y se liberó bastante del censor interno. Eso se nota sobre todo en su segundo libro de memorias (Esclavos de la Consigna, 2018). Creo que esa liberación lo deja ver como un personaje mucho más humano, porque nos muestra claramente que se equivocó en muchas ocasiones, pero no tiene problemas en reconocerlo, y el texto se hace entretenido y fácil de leer, atrae. Las únicas secciones que podrían pasar como añejas en su último libro, un poco fuera de época –creo- son las secciones donde celebra o cuenta en forma graciosa la tendencia al alcohol de ciertos escritores y poetas. A lo mejor me equivoco, pero creo que en el futuro esas celebraciones serán vistas como algo de mal gusto, percibidas como un aplaudir y vitorear cierto tipo de enfermedades serias. Me gusta que cuente sin mucha censura, pero no tiene para qué agregarle ese toque celebratorio a las tomateras excesivas. También son entretenidas las confidencias sobre Neruda. Menciona también varias veces al famoso crítico literario de esos años, Alone, o Hernán Díaz Arrieta (amigo de mis padres, y sobre todo de mi madre, fallecido ciego y mudo el año 84 al los 92 años de edad), y a Gabriel Valdés Subercaseaux (amigo de mi padre, fallecido en el año 2011), que fue jefe de Edwards cuando él trabajó en el Ministerio de Relaciones Exteriores de Chile. El mismo Gabriel Valdés que llamó ocho veces al embajador italiano en Chile, en el 87, para que le dieran la beca a Italia a mi hermana Mónica y a Pato, su marido en ese entonces (Autoficción 42). Jorge Edwards nuevamente habla bastante de Neruda en su último libro, y en otro anterior, en “Adiós Poeta”, donde toca el tema de su entierro.…….y menciona a mi madre pero en clave, como “una amiga”, o “la amiga común”, sin mencionar jamás su nombre: ¿Nuevamente el susto, el terror al “qué dirán” de mi madre? Así es como lo escribe Jorge Edwards en Adiós Poeta: (Tusquets Editores, 1990):

 

“Una de las versiones de su entierro me llegó, curiosamente, del lado más conservador que uno habría podido imaginarse, del lado de Hernán Díaz Arrieta, Alone, el eterno crítico dominical de El Mercurio que se había convertido en sus últimos años en un incesante fustigador de nuestra izquierda no solo literaria, sino también política. Recibí el testimonio, precisamente, durante el funeral suyo, algunos años después, y por boca de una amiga que lo había acompañado al del Poeta. Hernán Díaz, en el mundo literario chileno de comienzos de siglo, fue uno de los primeros en reconocer el genio poético del joven Neftalí Ricardo Reyes, que ya había empezado a firmar como Pablo Neruda. Se sabe que le prestó quinientos pesos de entonces para que pudiera financiar la publicación de Crepusculario, su primer libro. Se respetaron y fueron amigos siempre, a pesar de que no dejaban de propinarse algún arañazo o picotazo periodístico. Para definir al beligerante Alone de la década del sesenta, Pablo utilizó una expresión que venía del parlamento español de épocas anteriores a Franco: “Insigne escritor y extravagante ciudadano”.

 Pues bien, la amiga común a la que me he referido antes me contó que Alone supo la noticia de la muerte de Neruda y partió de inmediato a visitar a Matilde. Entró a la casa del costado del cerro San Cristóbal llorando, detalle que Matilde me confirmó. Al día siguiente, acompañado por la misma amiga, partió al entierro. Cerca de la tumba, ese mausoleo prestado en los comienzos por una familia burguesa, los miembros de las Juventudes Comunistas, que estaban rodeados de soldados con ametralladoras, levantaron los puños y rompieron a cantar la Internacional. “Hasta aquí nomás llego”, dijo, con tranquilidad, Hernán Díaz, que quizás, después de todo, no era una ciudadano tan extravagante como pretendía creer el Poeta, y regresó a su casa de una de las orillas del Parque O’Higgins.”

Todavía recuerdo que fui yo el que contestó la llamada de Alone el día del entierro de Neruda. Era temprano y se escuchaba el zumbido de los autos en las calles, lo que apagaba todavía más su voz frágil y afectada, y le pidió a mi madre que lo acompañara a la ceremonia del entierro. Rogué para que me dejaran ir con ellos, pero no me dejaron, sería peligroso, me dijeron, habría protestas, gritos, así que mejor sería me quedara en casa. Fue una pérdida, pero ya la perdoné.

Creo que frente al papel, o la pantalla en blanco, nos frenamos porque le tenemos terror al “qué dirán”. Mi madre, por cierto, le tenía mucho susto, y me parece que eso le impidió desarrollar su escritura plenamente. Pero creo que felizmente esa tranca, esa dificultad, ahora, en el 2019, está cambiando y se están abriendo las puertas del closet donde los asuntos íntimos, secretos, incluso aparentemente vergonzosos –sobre todo en las nueva generaciones- se conversan con menos rodeos y con más autenticidad, como lo hizo mi querido amigo Ignacio Carrión hasta el agotamiento, y literalmente hasta el último suspiro. Él lo supo hacer hasta hundirse en el dolor, donde se quemó las manos (y donde también se las quemó a otros), se hirió los ojos, y hasta rasguñó el papel de sus cuadernos donde lo contaba todo.

Pero regresemos al 87. Ese año fuimos a Chile de visita y recuerdo que con Pilar nos acostamos en cada una de las camas que antes habían sido solamente mías. Fue como un acto de purificación, de lucha, de borrón y cuenta nueva. O a lo mejor pudo haber sido todo lo contrario, a lo mejor fue como un renacer, pero sobre las cenizas todavía tibias de otros años, no lo sabré nunca. Fue un proceso bien curioso, como de reconquista.

Mi entrevista en la IBM –lo veo en las cartas que he escondido “como ardilla”- parece que causó revuelo en mis padres. Ahora recuerdo mejor como ocurrió todo. Sucedió en Nueva York entre parques de árboles frondosos y laboratorios que parecían sacados de algún sueño. Me entrevistaron varios tipos, pero mi suerte estaba echada. Recuerdo a un tipo joven, un poco extravagante, muy trabajador, y que era algo así como una leyenda en los círculos electroquímicos. Me hizo varias preguntas pero más que nada para salir del trámite, para cumplir. Después me entrevistó un tipo más joven, buena facha, al que se le notaba un futuro resplandeciente por adelante, y él lo mostraba en su desplante, tenía la seguridad para mostrarlo. Había pasado por universidades importantes, y por cada uno de los laboratorios adecuados, o por los que había que transitar para ser considerado como miembro de ese círculo dorado de las nuevas generaciones que prometían. Yo también prometía, venía del laboratorio de Yeager, que en esos años era una leyenda. Pero nunca he actuado bien, y uso mal el marketing, y cuando me ocurre eso, dejo de ser técnico, científico, y observo, comienzo a mirar a esos actores, a buscar que fotos tienen sobre su escritorio, por ejemplo, o qué libros guardan en una estantería. Pero como contaba en la nota anterior, mi suerte ya estaba sellada después de haberle dado un no rotundo al doctor Bindra. Había dejado pasar esa oportunidad y ahora estábamos en ese tiempo donde había que pagar la deuda. Años después me enteré que el primer tipo que me entrevistó ese día había fallecido de SIDA. Del segundo no supe nunca nada. Espero le haya ido bien; creo que a él lo contrataron cuando inicialmente rechacé la oferta por mi viaje hacia Berlín.

En la siguiente carta, mi querido padre, con metodología de cirujano, recorre brevemente la situación de mi madre y lo que ocurre con las vidas de mis hermanos y hermana. Al final menciona lo que le sucedió cuando un amigo mío, Javier de Ferari, llevó a su madre a su consulta. Mi padre tiene que haberle pegado “un palo” feroz, porque al día siguiente, cuando se dio cuenta de que Javier era el Javier amigo mío, le devolvió la plata de la consulta hasta con intereses:

 

“…..vi a la mamá de Javier de Ferari y como la secretaria le había cobrado la consulta le devolví el dinero al otro día…..”

 

Santiago, Febrero 17 de 1987

Queridos Cristián y Pilar

Espero que se encuentren bien de salud y que los proyectos se vayan concretando. Ojalá que Pilar termine la parte experimental de su tesis y obtenga el próximo año definitivamente su doctorado. Me alegró mucho que estés conforme con la entrevista de la IBM. Estoy conciente que lograr un contrato es muy difícil pero en todo caso es una buena experiencia. Si no es eso ya se presentarán otras oportunidades. Vuestra estada en Chile nos pareció un sueño y el mes se hizo muy, muy corto. Lástima que nuestra casa no sea lo suficientemente grande donde hubiésemos podido atender en mejor forma a la familia de Pilar, nuestras intenciones habrían sido brindarles mayores atenciones.

Acá las cosas tienen la rutina del tiempo y las novedades que tu debes conocer quizás mejor que nosotros por la prensa de los Estados Unidos.

La mamá bien de salud y el próximo fin de semana iremos a Viña.

Álvaro (hermano menor) está armando una sociedad constructora de viviendas.

Gonzalo (hermano que finalmente terminó viviendo en Canadá) feliz con su nuevo puesto en la Unicef, cuyo sueldo de $250.000 libres es un buen sueldo para Chile.

La Mónica (hermana) y Pato recorriendo Europa y logrando nuevas experiencias.

Alberto (hermano mayor) trabajando en buenas condiciones.

Yo también trabajando en Indisa muy a gusto. Acá el clima está siendo menos caluroso por lo que creo que ustedes irán teniendo menos fríos. Vi a la mamá de Javier de Ferari y como la secretaria le había cobrado la consulta le devolví el dinero al otro día. Recibe tú y Pilar un cariñoso abrazo y beso de la mamá, hermanos y mío.

Juan

 

Aquí sigue una carta de mi hermana Mónica, donde cuenta las vicisitudes de su nueva vida en Roma y en Europa. Estaban recién casados:

 

Roma, 16 de Febrero 1987

Queridos Cristián y Pilar

Hola! ¿Cómo están? Ojalá súper bien y un poco más estables después del viaje a Chile. También supe por los papás que tuviste una entrevista en NY para la IBM y que te contestan a fines de este mes o principios de Marzo. En todo caso, de verdad te deseamos suerte.

Bueno, ahora paso a contarles hartas y nuevas noticias. Como me imagino, se habrán enterado en Chile, que el curso al cual vinimos no existe, y la única posibilidad de algo en la universidad era un curso “singolo”, es decir, uno cualquiera de la carrera….nada de posgrado ni importante, y aunque lo fuese a tomar yo (no Pato), no tenía los papeles, ya que aunque se suponía que debían estar en la universidad el 1º de Noviembre, no llegaron hasta el 23 de Enero. Estos italianos son un despelote únicos y solo te contestan con un “boh”. Llevé mis fotocopias necesarias, pero nada de eso podían ser usadas, debían ser los originales y mandados y visados por la embajada de Italia en Chile, y de ahí al Ministerio de Relaciones Exteriores en Italia, luego a la embajada de Chile en Roma, y de ahí, finalmente, a la universidad. Como se imaginan, un círculo imposible, casi, de seguir; ah, y además, hay que agregarle que debíamos dar un examen de italiano el 12 de Diciembre para tener los resultados supuestamente en la semana…. pero solo los tuvimos como el 15 de Enero. Y algo divertido, se cerraban las inscripciones en Diciembre; pero prerrequisito, debíamos haber aprobado el examen. Como ven, una sola locura. Para qué les digo lo desesperados y angustiados que estábamos, sumándole que aquí no hay donde vivir, y encontrar una pieza ya es un milagro. Ya en Año Nuevo y antes de Pascua, nos salió esto del Vaticano, pero después de 20, aunque no lo crean, 20 entrevistas y conversaciones pospuestas, supimos de que se trataba realmente el curso (antes solo era una idea general, a lo italiano…) y era “Biblioteconomía, con Mención en Arquitectura Religiosa del Renacimiento a Nuestros Días”…. Por lo cual, aunque ya estábamos inscritos, lo pensamos seriamente, y sumamos el otro gran problema, el dónde vivir. Aunque por medio de unos chilenos encontramos un departamento (¿departamento?), que de verdad eran dos piezas sin cama, con cocina (pero sin cocina ni refrigerador), el baño lleno de hongos por la humedad, sin rejas, en plano terra (nivel calle) y por 500 dólares al mes. Sacamos cuenta de cuanto nos iba a costar en arreglarlo, solo por 4 meses, y era todo una locura. Iba a ser una inversión para botar. No encontramos ni siquiera residenciales.

A Pato le empezaron los dolores de guata (quizás de nuevo úlcera).

Entonces, Cristian y Pilar, dado que los estudios no eran los indicados para nosotros, las condiciones del departamento ($ en general) y por tan poco tiempo y viendo que la beca es independiente al estudio, cambiamos de planes y nos replanteamos todo, no esperar el fin de la beca para empezar a conocer y viajar, sino empezar ahora desde marzo, y ocupar el tiempo y las $ con que disponemos por la beca.

Aunque parezca una locura, no lo es. Creo que vamos a aprender mucho más viajando y “viendo arquitectura”, que por medio de libros en una biblioteca.

Es por esto, que durante el mes de Febrero nos hemos dedicado a ver precios de trenes, ofertas, etc., como también los carnet de estudiantes para tener derecho a albergues. Nos hicimos socios de los dos que hay (y que podemos) uno es el ICTUS, y YHF. Los dos nos dan posibilidades de albergue dentro de toda Europa y el mundo (¡hasta hay en Chile! ¿Cómo será?). También ofrecen billetes de avión a todas partes y súper económicos. ¡Con esto Pato quiere ir hasta Egipto! (no me lo imagino arriba de un camello).

Con esto y el tiempo que disponemos, cree que de verdad se hace mucho más factible el que nos podamos ver. Escriban y dígannos (¿?) como sería, si ustedes pueden y quieren, y así nos ponemos de acuerdo.

Ya tenemos listas las mochilas y sacos de dormir. Nuestro viaje va a empezar, esperamos el 1º de Marzo a España, ya que ahí Pato tiene un primo hermano (no de los que viven en su casa por años) que se casa. Tenemos pensado quedarnos mas o menos hasta el 15 ahí, y luego volver a Italia recorriendo el norte, llegando finalmente el 1º de Abril a Roma donde cobramos la beca (la cual vendremos a buscar cada 1º de cada mes, hasta Junio incluido). Después tenemos planeado comprarnos el Europass por 2-3 meses y recorrer hasta quedar “lona”.

Bueno, ahora ya tienen una idea más o menos de toda la “película”, así que paso a contarles que de verdad en algunos momentos creo nos “tiramos al agua pato”,  ya que ni Pato ni yo tenemos experiencia en viajar así, pero si no lo hacemos ahora, ¿cuándo?  Será toda una aventura, tenemos “planeado” hasta cuanta ropa llevar, pero todo en teoría. ¿Cómo será la práctica?

Ah, y Cristián y Pilar, porfa’ les pido (pero no se rían) que como se me perdió un libretín donde anotaba algunas cosas (como los cumpleaños), se me perdió y necesito, si tu tienes, las fechas de los cumpleaños de todos ya que sé que las debes de tener y sabes, porque siempre llegan tarjetas en las fechas. A mí me encanta mandar, pero sin saber exactamente las fechas estoy perdida (pedirlos a la casa, me da plancha!!). Porfa’ mandalas a:

Sra. Mónica Fierro

Caulonia 10, int 32

00183 Roma

Italia

Si puedes lo antes posible para así tenerlas antes de irnos de viaje el 1º de Marzo.

Bueno, escríbannos y cuenten como están, y todo lo que quieran. ¿Y cómo está el frío allá?

Bueno ya es súper tarde (12) y prefiero cerrarlo de una vez y mandarlo mañana a primera hora.

Reciban un gran abrazo y espero sus noticias

Mónica

Autoficción 42: Que raro es vivir. Demoran tanto en llegar los acontecimientos y se terminan tan luego..

Al leer las cartas de esos años siento que mis padres vivieron demasiado en función nuestra, dependiendo excesivamente de nosotros, de lo que hacíamos, de lo que estudiábamos o no estudiábamos. Todo eso fue bueno, fue muy generoso, pero también, creo, fue desgastador para ellos porque por mucho que uno a veces quiera ayudar, simplemente no se puede, o no se sabe cómo hacerlo o se hace mal, proponiendo soluciones a la medida de uno, a los estándares de uno, al mundito de uno……y uno se puede equivocar tremendamente. Los trabajos de nosotros, los hijos, las oportunidades evolucionaban lentamente, a golpes, con saltos y caídas, y tengo la impresión que a veces lo mejor es no intervenir, o intervenir apenas. Recuerdo que a mí me ocurrió algo que no supe aprovechar. Estaba recién recibido y ya con planes de partir hacia Berlín, cuando llego al laboratorio de Yeager un tipo de la IBM preguntando por Fierro, que donde estaba Fierro. Salí apurado de mi oficina para presentarme, era el Dr. Bindra que recorría universidades reclutando para la IBM. ¿Me interesaría trabajar para ellos? Yeager, que tenía muy buenos contactos con la industria, me tenía bien recomendado. Una respuesta positiva de mi parte y era un caso cerrado, estaría contratado. Pero como ya tenía todo encaminado hacia Berlín, le dije que no, pero que a la vuelta me interesaría mucho explorar esa oferta. Ingenuamente pensé que con un entrenamiento adicional en Alemania, me sería incluso más fácil aceptar ese trabajo en la IBM. Grueso error. Cuando regresé Bindra yo no estaba a cargo de esas búsquedas de candidatos y apenas me contestaron con una carta de gentileza, nada más. Muchas veces las oportunidades se presentan y después simplemente se van, desaparecen. Aprendí cayéndome del décimo piso, solito.

 

Pero volvamos a las cartas. Es cierto lo que dice mi hermano sobre como se trasparentan nuestros padres en ellas. Noto que al leerlas a mí también me ocurre algo parecido, donde creo que revive más fidedignamente mi padre. Mi madre no tanto, más bien sobresale el recuerdo de una madre que observa y cuenta historias y que escribe, pero me parece que no sobresale la madre de todos los días. Pareciera que se recupera solo una faceta de ella, de la persona que escribe. Y resalta mucho el fantasma del cáncer y las enfermedades, o el cáncer y las hormigas, como en esta carta. En esta nueva carta nuevamente nos cuenta de esa enfermedad maldita que ya la tenía agarrada de un pie, tocada, aunque todavía la dejaba moverse por los supermercados, librerías y casas. Incluso todavía la dejaba ir a tomarse una variedad de exámenes médicos que salían buenos, y que indicaban que ya no tenía la salud comprometida. Pero ella internamente, sabía que el jueguito había comenzado y que, cuando eso ocurre, nunca se termina, o nunca se cancela. Llegan solo algunos intermedios, porque el Pac-Man, el juego del cáncer, no se puede abandonar. Ese año, por dos meses, sufre dolores de cabeza que ella interpreta como una vuelta al juego activo, al Pac-Man juguetón que la invitaba a jugar; aparentemente le tocaba nuevamente el turno a ella:

 

“….hemos pasado un poco de susto, mejor dicho se nos terminó el susto. Desde mediados de Diciembre tenía dolor de cabeza al despertar. Pensando en sinusitis, la semana pasada me hicieron una radiografía. Un lado tenía los contornos de los huesos medio borrosos, y el radiólogo aconsejó hacer un cintigrama óseo….”

 

Regresan a la casa en auto, los dos solos, pero la verdad que no tan solos porque van acompañados por el elefante hediondo del cáncer, el monstruo del cáncer, que como en ese juego del Pac-Man quería jugar de nuevo con ella. Imagino las conversaciones y reproches adentro de ese auto. Mi padre por un lado pidiéndole que por favor se hiciera los exámenes médicos y ella que rigurosamente se opone, se niega, porque no desea quedar inutilizada por los tratamientos médicos, las drogas, las jeringas, o las oscultaciones y fantasmas. Al final ella se baja del auto, ¿habrá dado un portazo? ¿Se habrá despedido?:

 

“….ya Juan quería que pidiéramos la hora y estaba tan aterrorizado cuando volvíamos que después de decirle que yo no quería ningún examen más le pedí me dejara en la esquina de la librería francesa en Costanera. Haciendo algo, como que el miedo se esquiva. Total, compré unas revistas añejas que quedaban de la liquidación pasada, y volví a casa en taxi….”

 

Y mi padre continúa solo a casa en busca de los exámenes previos, de otros años, para saber si esos “huesos medios borrosos” que habían visto era algo nuevo, algo que recién se estaba presentando. Se toma primero un calmante, o a lo mejor, un whisky, y busca y escarba, se mete adentro de un closet para indagar, abre cajas, tose por el polvo:

 

“…Juan, mientras tanto, había rebuscado otras radiografías de Febrero, cuando tú viniste, años atrás. Y donde también se veían los contornos borrosos. Así es que muy contentos, desaparecida la idea del cáncer, nos fuimos a festejar al Lomitón…”

 

Es decir el Pac-Man todavía no ganaba. Estaba ahí, le hacía rosquillitas en un pie, se lo mordía, pero la dejaba moverse, la dejaba arrancarse para jugar otro poco más en el futuro. El juego no concluía todavía:

 

“…..una vez pensé formar una sociedad de ex cancerosos…..”

 

Pese a la precariedad en los trabajos. los hermanos se reproducían, crecía la familia y la vida continuaba. Anita, esposa de mi hermano Gonzalo, y hoy fallecida después de un cáncer fulminante, acababa de dar a luz a Catalina. El nacimiento había coincidido con una mejora en el trabajo de mi hermano, de manera que Anita contaba graciosamente:

 

“…..esta niña trajo un pan de molde bajo el brazo…..”

 

 

Febrero 1987

Cristiancito querido

Aquí estoy, en la pieza que ocupaste con Pilar. Todo Igual. El mismo bergere que compré días antes que ustedes llegaran, los cubrecamas café con amarillo, y el mismo calor. Son las tres de la tarde, estoy sola en la casa. Hasta la Guillermina salió a regañadientes por unos trámites para conseguirse una de las casas de Caritas.

Esos días pasaron tan rápido….ahora los echo de menos, hasta extraño los telefonazos y las entradas y salidas repentinas…hemos vuelto a la rutina. Y no sé qué fin de semana tendremos. Vamos a Jahuel, Juan y yo. Y anoche Juan Alberto también quiso ir con su familia. Me gusta mucho estar con los niños. No tanto Juan, mejor dicho que a Juan le espanta la idea. Alegando que los niños me pueden cansar, los aleja rápidamente. Ahora me doy cuenta por qué me recalcaba años ha: te cuidé los niños dos horas….Juan es demasiado adulto, no sabe hacer su vida con niños cerca.

Aída está con siete semanas de embarazo. Me pidieron le consiguiera otra empleada. Clara, la actual, maneja a Francis por el terror…

Anita, siempre muy serenamente tuvo su niña (Catalina). Una preciosa niña. Y esta tarde sabremos el nuevo sueldo y el nuevo puesto de Gonzalo (hermano). Como dice Anita, esta niña trajo un pan de molde bajo el brazo…..y su hermana (Godi) la recibió muy bien, con besitos por todas partes.

Pasando a otra cosa. Invitamos al matrimonio que le prestó su departamento este mes a Mónica (hermana) y Pato en Roma, al restarán giratorio. Todo perfecto, un matrimonio encantador con el idealismo de los años 70 vivito…ex exiliados, quieren volver a cultivar un fundito cuando junten plata. Con unas vainas, machas o erizos y corvina, postre y café, más tres botellas….me sentí quince años más joven. La cuenta fueron $17 mil más la propina….Con eso, encuentro regalado ir dos personas a Jahuel, todo incluido por 9 mil el weekend.

Me gusta Santiago en verano sin la obligación de tener que veranear. Las mañanas son agradables y si no se sale después de almuerzo, esta pieza tuya es fresca. Álvaro (hermano menor) está con Marlene y amigos hasta el domingo, supongo, en Algarrobo, después se va Aída y niños, y los últimos días de Febrero, Anita con sus niñas y su hermana. Su mamá vino para el parto y se vuelve al sur mañana. Me tejí una polera, casi entera, esperando en la Clínica que naciera la niña. Tanto llamaban por teléfono …que hasta yo me empecé a asustar, y me pasé las mismas películas de mis embarazos, que si el niño viene mal, que por qué no sale luego. Al fin apareció Gonzalo en la puerta de la pieza, todo transpirado….yo había dejado mal colocado el teléfono y no recibía llamadas….después de haber estado a cada rato tranquilizando a la mamá de Anita que estaba cuidando a la Godi en casa… en fin, que todo fue bien y madre e hija están en casa. Gonzalo estaba muy emocionado, muy agradecido de tu llamada nocturna.

También hemos pasado un poco de susto, mejor dicho se nos terminó el susto. Desde mediados de Diciembre tenía dolor de cabeza al despertar. Pensando en sinusitis, la semana pasada me hicieron una radiografía. Un lado tenía los contornos de los huesos medio borrosos, y el radiólogo aconsejó hacer un cintigrama óseo …ya Juan quería que pidiéramos la hora y estaba tan aterrorizado cuando volvíamos que después de decirle que yo no quería ningún examen más le pedí me dejara en la esquina de la librería francesa en Costanera. Haciendo algo, como que el miedo se esquiva. Total, compré unas revistas añejas que quedaban de la liquidación pasada, y volví a casa en taxi. Juan, mientras tanto, había rebuscado otras radiografías de Febrero, cuando tú viniste, años atrás. Y donde también se veían los contornos borrosos. Así es que muy contentos, desaparecida la idea del cáncer, nos fuimos a festejar al Lomitón….Bromas aparte, pasé Diciembre y Enero con dolores de cabeza al despertar, creo que de puro miedo al cáncer. Debiera inventarse un tratamiento post-cáncer que incluyera al cónyuge….Una vez pensé formar una sociedad de ex cancerosos, de los que pensamos….sólo queda viva la Yelma Mella y Anita Coll de Zepeda….

El sábado pasado, nos juntamos en la casa de Oriana (hermana mayor de mi madre), con el marido de Silvia Correa que es abogado. Por una hora dimos vueltas sobre las conveniencias e inconvenientes de la separación de bienes. Son más los inconvenientes. Llegamos a la conclusión que si la Clínica iba mal, como Juan sería el primero en saberlo, este abogado haría la separación de bienes en un día….Oriana nos tenía bebidas y canapés de casa impecable, se sentía nerviosa como la gente que recibe poco…pero contenta también. Claro que ayer me llamó porque cree que debo pagarle al abogado y Juan cree que no, sino cuando haga algo tangible….porque no le dijo nada nuevo.

Mándame la carta de la española sobre tu libro. ¿Cuánto tiempo crees necesitar para las últimas correcciones? Yo le alargaría un poco el final y le daría más protagonismo a los de la revista. Claro que con la entrevista habrá un lote de días sin escribir. Si puedes mándame prospectos de computadoras, podríamos comprar una entre Álvaro y yo.

Que raro es vivir. Demoran tanto en llegar los acontecimientos y se terminan tan luego. Así, ya pasaron los días tan esperados en que ustedes estarían aquí….y siento como si no hubiesen estado. Tengo que sentarme en esta pieza tuya para saber que viniste con Pilar. Esta casa, tan igual a cuando ustedes eran chicos, y ya veo las líneas en la cara de Juan Alberto, tan parecido a mi padre cuando joven.

A veces pienso que a Pilar le debemos haber caído como gente muy complicada, llena de normas. Creo que todas las familias tienen códigos desconocidos para la gente de afuera, demora algún tiempo interiorizarse en la otra familia para aceptarla sin reticencias. Espero que con Pilar y familia nos aceptemos recíprocamente sin críticas. Cuestión de tiempo. Sé que Pilar llegará a querernos y nosotros a ella y su familia. Lo único que a mi me importa es que tu vivas contento con ella. Lo demás, las infaltables diferencias, se van limando con la diaria convivencia y los proyectos que van formando ustedes en común. Eso sí que espero conocer el primer hijo tuyo y mejor aún, varios hijos. Si Pilar era grande y ayudó a cuidar a su hermana menor, no le debería gustar repetirse desvelos. A la Esperanza Matas le pasó así. Tuvo que cuidar, ya adolescente a su hermanito y ya perdió el interés de tener hijos propios. Por eso solo tuvo dos. Ahora, al medio siglo, cuando miro a las mujeres de mi tiempo, no hay mucha diferencia, casi todas están gustando del tiempo libre que les queda, y ninguna es buena abuela. Unas, por haber criado muchos niños, y otras, por falta de práctica en eso, ya que se dedicaron a trabajar fuera de casa. Yo, personalmente me siento como una ardilla en su árbol, contenta de estar viva y mirando vivir a los demás, me da una sonrisa interior…se sacrifican corriendo de allá para acá, a veces sin sentido….

Anoche fue la última llamada desde EE.UU del chico de los cheques. Su mamá vino hoy a buscarlos.

Y como ya debes estar bien cansado con esta larga carta, la termino. Además me duele la espalda y en el colegio de enfrente tienen un festival demasiado ruidoso, y han llegado hormigas a tu sillón…

Además te tengo que felicitar por Pilar, me gusta lo sincera y espontánea que es. Me hubiera gustado estar algunas horas con ella, conversando tranquilamente. Pero ya habrá tiempo para eso más adelante.

Creo que con la Diet-Cola llegaron las hormigas, las siento en el cogote….

Te quiero de aquí a Cleveland y hasta el Más Allá…

Ximena

Descubrí que el dolor de cabeza es por deshidratación, ahora tomo agua todo el día y no me duele al despertar..

Autoficción 40: la inmensa mayoría no quiere extremos, pero Pinochet mientras tenga el apoyo de EE.UU. se va a mantener

Lo bueno de la época por la que estoy viviendo, mi último tercio, es que ya llegué a una edad donde no necesito alcanzar nada extraordinario en lo profesional; tampoco necesito ser un buen ajedrecista, ni tampoco un escritor, o un gran científico, no necesito ser nada de eso ni probar nada tampoco. Si me alcanzan los deseos de escribir, simplemente escribo, pero teniendo siempre presente, imaginando como lo hacía mi amigo Ignacio, que estamos todos listos, moribundos o muertos, y llegando sin sorpresas a la edad de las verdades, de las definiciones, donde ya no vale la pena reescribir la historia porque por muy triste que esta sea, se parece a las historias familiares de cada uno de nosotros. La regla es escribir sin censuras, ese es el único norte y sálvese quien pueda.

Después de los preparativos anunciados en las cartas anteriores parece que mis padres partían finalmente de viaje a Europa, a Palma de Mallorca. Poco antes, mi madre me manda la dirección de la famosa agente literaria de esos años, Carmen Balcells. La todopoderosa agente literaria española que cuidaba como a sus cachorros a escritores como Carlos Fuentes, Gabriel García Márquez, Cortázar, José Donoso y tantos otros. Recuerdo que pocos meses después de la carta de mi madre, le mandé a su agencia el mismo texto que me había criticado don Guillermo Blanco (ver autoficción 36), el escritor chileno fallecido en el año 2010. Lo curioso es que pese a ser un perfecto desconocido en esa área, fueron extremadamente gentiles conmigo y lo leyeron, le prestaron atención. Por supuesto que el comentario me dejó con un ojo en tinta, pero fue una experiencia interesante. Tuve miedo, siempre he sido bastante miedoso, apuesto poco, busco siempre tierra firme, y me faltaron los deseos grandes de llegar a ser un escritor. No sé si tuve talento. Me gustaba escribir, y todavía me gusta; pero en esa época me dio susto y no insistí. Por eso nunca corregí ese texto largo. Imaginé que si trataba de ganarme la vida de ese modo, terminaría de allegado sobreviviendo en la casa de un amigo, o de algún hermano, o en una autopista, arranchado sobre un colchón usado a los pies de un paso bajo nivel con ruido de autos y camiones.

Creo que gracias a no haber sido un elegido, logré una buena vida, un buen techo, y dos hijas que ya emprendieron su vuelo propio. Y dentro de todo, en mi trabajo diario no necesité besar demasiados pasamanos a lo largo de estos años. Solo un poco, a veces, un poquito, en escenas que trato de olvidar, o de reírme. Todavía recuerdo, por ejemplo, con un poco de vergüenza cuando tuve que promover “el desorden”, o las estructuras amorfas frente a unos visitantes, inversionistas y amigos de Stan Ovshinsky (Héroe del Planeta según la revista Time de esos años, en el 99). Esos ejecutivos, periodistas, actores como Alan Alda, científicos de renombre como Edward Teller (padre de la bomba de hidrógeno) recorrían periódicamente nuestro laboratorio para enterarse sobre las últimas novedades de ese reconocido inventor. Stan adoraba la atención, y notó desde el primer momento, que ese concepto era llamativo, de manera que utilizó el desorden hasta sus últimas consecuencias. Era un concepto que atraía la curiosidad del que escuchaba, porque todos de alguna manera batallamos contra el desorden, con los papeles importantes desordenados y que se pierden, los documentos que se pierden. Stan parecía buscarlo, lo vivía, lo adoraba, pero en otras dimensiones, en el desorden a escala atómica. Buscó ese desorden en los átomos, en la estructura atómica, algo que le había dado buenos resultados cuando trabajó con la sílica amorfa (opuesta a la sílica cristalina, donde los átomos están bien ordenados y ubicados en el espacio en una estructura definida claramente) y que promovió exitosamente en las celdas fotovoltaicas (solares). Mostró que las celdas solares de silica amorfa eran más eficientes para captar la energía solar que las cristalinas. Y desde esa época Stan no soltó el desorden, y lo transformó en el motivo de su vida, fue su inspiración. Desde ese día original, Stan trató de aplicar ese concepto sobre todos los potenciales avances tecnológicos. Si el uso de sílica amorfa en la celdas fotovoltaicas (solares) le había dado tan buenos resultados, ¿por qué no intentarlo entonces en otras áreas, con otros materiales como los que se usan en las baterías? Y así fue como, dando un salto de buen equilibrista, apostó por “el desorden” en los materiales que se usan en las baterías, se las jugó por “el desorden” y buscó, con su excelente marketing, transformarse en el rey “del desorden”, el inventor del desorden, donde los materiales, para que funcionaran mejor, más exitosamente, al limite de sus capacidades en el nuevo mundo tecnológico, debían poseer estructuras atómicas desordenadas, amorfas. Según Stan, lo fundamental era encontrar el elemento químico que indujera ese desorden en un material específico. Y así fue como al buscar nuevos componentes para el cátodo de las baterías, Stan simplemente decretó que había que “inducir desorden” en la estructura de ese material, ahí se escondía la solución. ¿Y cómo se inducía el “desorden”? Según él, con el simple acto de agregar mínimas cantidades de otros elementos (escogidos de la Tabla Periódica), en el momento en que esos materiales se formaban o sintetizaban en el laboratorio. Y así fue como muchas veces terminé predicando “desorden” frente a impecables visitantes que escuchaban maravillados las bondades de las estructuras amorfas, desordenadas, que propiciaba Stan. Uno tenía que explicar -como en un acto de fe- el camino por el cual esos materiales, los amorfos, llegaban a ser mejores que los cristalinos. Es sabido, por ejemplo, lo importante que es para una batería su capacidad, sobre todo si son diseñadas para su uso en un auto eléctrico. ¿Cómo aumentar o maximizar su capacidad? Stan prometía, con la fe de un predicador fundamentalista, que eso se lograría induciendo desorden en la estructura atómica de los cátodos. Todavía recuerdo ese día loco, en que después de agotar la Tabla Periódica de los elementos buscando ese desorden, cansados de tirarle dardos a esa maldita Tabla, investigando qué elementos agregar para “estimular desorden” y que Stan fuera feliz, nos pidió después de un largo silencio, de una pausa de hielo, que usáramos uranio -¡uranio miéchica!- un elemento radioactivo. ¡Y saltamos de nuestros asientos para conseguir uranio, a comprar uranio, a comprarlo antes de que el mundo se fuera a terminar! Lo curioso es que casi nadie, y solo los más avezados, los que Stan había conocido desde hacía muchos años antes, se atrevían a contrariarlo.

Y es así como hasta el día de hoy me topo frecuentemente con gente que ha escuchado hablar del legendario Stan Ovshinsky, el Héroe del Planeta, el genial inventor, el Edison moderno, y donde lo único que desean oír se relaciona con las hazañas y proezas de ese hombre magnífico y extraordinario. Es como si sentados frente a una chimenea, con un trago en la mano, esperaran a que uno les cuente historias deslumbrantes para confirmar las hazañas de Stan, sus conquistas. En el fondo, de una manera casi infantil, buscan escuchar de un Batman nuevamente, porque Batman existió, en algún momento parece que vivió. Lo triste es que cuando cuento la firme, cuando digo que Stan era como un emperador sin ropas, que caminaba en cueros sin que él se diera cuenta, como un niño a pie pelado en busca de reconocimiento, como un huérfano en busca de cariño, por lo general quedo mal parado y ya no buscan averiguar nada, me largan y dirigen la atención hacia otros derroteros como si repentinamente se apagara la chimenea o se acabara el trago -el Cabernet chileno, el tinto, el tintito- y me hacen callar o exploran otro tema; ya no les interesa que les cuente nada más. Lo interesante es que usando ese esquema Stan y todos sus parientes ganaron mucho dinero, sobre todo cuando la compañía  (ECD) se hizo pública y vendió acciones en New York. Lamentablemente a mí no me tocó nada. Pero lo llamativo es que Stan, basado en su magia, en sus contactos, en su marketing atraía a mucha gente que hacían cola para abrirle la chequera.

Descubro que a la gente, a muchos conocidos y amigos, les gusta escuchar de grandes conquistas, de ejemplos vivificantes, como si buscaran guías espirituales que nos pudieran salvar de algo, o de alguien. Pero la verdad es que a pesar de los años, yo también extraño eso, todavía existe una parte de mí, escondida en algún lugar de mi cerebro, que todavía está bajo el influjo magnético de Stan, bajo la magia de Stan, y que busca conocer estructuras amorfas, y que todavía quiere explicar (¿o encontrar?) esos lugares exóticos, míticos y especiales donde todo es posible, donde los sueños más intricados son ciertos, una realidad que puede tocarse con los dedos….pero he perdido la fe, ya no creo, en este último tercio de mi vida me cuesta demasiado creer en algo, en alguien. He dejado de creer. Ya no me puede salvar nadie.

…pero estábamos hablando de Carmen Balcells que parece no fue muy diferente al Héroe del Planeta. Aquí recuerdo lo que mencionó María Jesús Duato, viuda de mi querido amigo Ignacio Carrión, cuando se refirió a ella:

 

“¡menudo personaje! ¡Consultaba con una vidente a qué escritores representar! “

Finalmente aquí llegan las dos cartas de mi madre:

 

 

Cristiancito

 Siento no haber estado anoche cuando llamaste. La dirección es

 Señora Carmen Balcells

Agencia Literaria Carmen Balcells

Diagonal 580

Barcelona 21

España

 Un montón de cariño a los dos. Gracias por lo recortes. Aquí se publica todo, casi.

 El 16 de Agosto parto a Madrid, quizás vaya a París. Nos encontraremos con Juan el 31 en el Hotel Cala Fornells. Justo iré por el océano el día de tu cumpleaños. Naciste a las 11 de la noche del día 16 de Agosto.

 Ximena

 …te quiero p’al mundo. Escriban –escriban- escriban a American Express, Palma de Mallorca, España.

 

 

 

 Lunes primero de Sept 86

 Despertando de la siesta

 Cristian y Pilar

 El otro día te envíe certificado un libro de García Márquez y otro sobre gramática española. Juan me pide que no lleve el libro sobre Littín a Chile (La Aventura de Miguel Littín Cladestino en Chile, Editorial Oveja Negra, Mayo 1986).

 Terminé hace justo una semana “La Insoportable Levedad del Ser”, así que te lo pondré al correo (junto a un amasijo de recortes de revistas y diarios españoles). Juan ha tratado de leerlo (la Levedad del Ser) pero no logra interesarse, prefiere los diarios y revistas. Está de vacaciones. No me interesó mucho como novela. También en Chile es “best seller”. Creo que lo promocionan por su suave antimarxismo.

 Son las 5 pm y de repente el cielo se oscureció y llegaron truenos, relámpagos y lluvia. Más rato iremos a Portol donde los Matas a comer. Otro día desde Palma te llamaré con los números de teléfono.

 España está un 30% más caro que el año pasado con su entrada al Mercado Común Europeo y el IVA. Ahora cualquier cosa vale 200 pesetas (una Coca-Cola) y el dólar está a 130 pesetas. Así es que hay menos norteamericanos de turistas.

 Un gran abrazo a los dos

 Ximena

 …llévame a Chile comprándolo con American Express un juego de sábanas y, si puedes apretarlo, un cubrecama acolchado igual al juego. Desde Chile te enviaré un pedazo de mi papel mural medio celeste-gris para que haga juego. ¡Gracias!

 

 

Y me despido con una carta de mi padre, con una nota de mi padre que siempre habló de variados temas con nosotros, que nos contaba mucho, pero que siento se guardaba también mucho. Con los padres a veces ocurre eso, creo, aunque uno trate lo contrario; no son los típicos amigos de uno porque son los padres, no son nuestros compadres, y además pertenecemos a generaciones diferentes. Ahí siempre me topé con una barra alta. Miro hacia atrás y noto que con él a veces 1 + 1 daba 3. Lo veo a la distancia, a mi padre, como una especie de padrino benévolo, indulgente, conciliador, un hombre que sabía relacionarse con la gente, con mucha gente, y que como en un juego de carambolas, si no conocía a alguien que necesitaba para solucionar un entuerto, sabía encontrar a otro personaje usando una llave maestra que de conocidos lo llevaban a otro conocido, (porque en el fondo todos estamos relacionados con todos), que al final le llevaban a buen término la iniciativa, a solucionar un trámite, obtener un documento, una firma. Creo que a eso lo ayudó la escasez de neurocirujanos chilenos que habían en ese tiempo en Chile. Por ahí escuché que Asenjo se involucraba mucho educando a neurocirujanos de otros países, y que le ponía bastante menos interés al formar médicos chilenos; estaban ahí, existieron (como mi padre), pero siempre la oferta fue menor que la demanda. Eso creo que favoreció a mi padre al limitar la competencia y transformarlo en un médico más indispensable. Los que ayudaban a mi padre, lo hacían gustosos porque sabían que en el futuro, si les ocurría algo, si sufrían un accidente, como un golpe en la cabeza, una caída, lo necesitarían como médico y ahí estaría él. Y como médico, al igual que los curas (“los médicos son como los curas, mijito”), se enteraba también de muchos asuntos poco conocidos, íntimos, de variados personajes que muchas veces llegaban a golpear su puerta por problemas de salud. Eso lo ayudó muchísimo a sobrevivir en una época difícil, y por añadidura nos ayudó también a todos. Así es como Gabriel Valdés (fallecido en el año 2011), político chileno, opositor a Pinochet y figura clave en la transición hacia la democracia, lo ayudó (pese a que no le machucaron la cabeza en las protestas y no terminó en las manos de mi padre) a conseguir el viaje de mi hermana y su marido de ese entonces, Patricio, a Italia:

 

“…tú sabes que Moniquita y Pato lograron una beca por ocho meses a Italia. Apoyo muy importante para lograr esto fue Gabriel Valdés que habló ocho veces con el embajador de Italia, Caruso, sobre el asunto. Era difícil porque Italia, por razones políticas, no concede becas a chilenos. Esta fue una gestión directa de la embajada para Mónica y Pato…”

 

Por otro lado la situación política de Chile evolucionaba lentamente, no cambiaba demasiado:

 

“….en Chile las cosas siguen iguales, un país ocupado por su propio ejército. La inmensa mayoría no quiere extremos, pero Pinochet mientras tenga el apoyo de EE.UU. se va a mantener….”

 

Finalmente los dejo con la carta de mi padre:

 

 

Palma 8 de Septiembre 86

 Querido Cristián

 Espero que tú y Pilar se encuentren bien de salud y les vaya bien en sus estudios y trabajo. Yo hace una semana que estoy con mamá en Palma que como ustedes la conocen es una isla muy hermosa. Estaremos aquí hasta el último fin de semana de Septiembre.

 La mamá bien de salud y recordándolos a todos ustedes. Hace tres días fuimos al Hotel Lido donde estuvieron ustedes el año pasado. Me gustó verlo y imaginarlo que ahí ustedes lo pasaron bien. En verdad que sería bueno que próximamente nos reuniéramos en Palma en lugar de veranear en Chile. A lo mejor a ustedes les sale incluso más barato venir acá que a Chile. Eso es más realizable si con tiempo se toman las reservas a las casas de turismo, que ofrecen en un paquete traslados y hotel a precios a veces irascibles. Ayer la mamá trató de ocupar la tarjeta, pero algo no funcionó bien; seguramente no conocen un detalle que permita la comunicación.

 Me alegro que sigas buscando trabajo en el área privada, porque el dinero sin ser lo más importante, es fundamental para vivir tranquilo. ¿Cómo le va a Pilar en su doctorado? Cuando se reciba ella y trabajen ustedes dos, van a ser personas privilegiadas. Preocúpense de la residencia en USA; no les vaya a pasar lo de Gonzalo (hermano que vive actualmente en Canadá), que por no haberse preocupado mientras estudiaba ahí, ahora no puede regresar. Si es necesario contraten un abogado especialista en residencia y pagarlo, eso bien vale la pena hacerlo.

 En Chile las cosas siguen iguales, un país ocupado por su propio ejército. La inmensa mayoría no quiere extremos, pero Pinochet mientras tenga el apoyo de EE.UU. se va a mantener.

 Tú sabes que Moniquita (hermana) y Pato (su esposo en ese entonces) lograron una beca por ocho meses a Italia. Apoyo muy importante para lograr esto fue Gabriel Valdés que habló ocho veces con el embajador de Italia, Caruso, sobre el asunto. Era difícil porque Italia, por razones políticas, no concede becas a chilenos. Esta fue una gestión directa de la embajada para Mónica y Pato. Deben estar en Italia el 1º de Noviembre hasta el 30 de Junio de 1987. Es una beca de 400 dólares cada uno, es decir 800 dólares los dos. Tienen además seguro de salud y viaje en avión de ida y vuelta. Lo único que Moniquita tenía pena en no verte cuando ustedes vayan el 7 de Diciembre a Chile.

 Aquí todo está precioso, con un clima magnifico. El Hotel es muy cómodo. Tenemos la piscina en el mismo piso cuarto de nuestra habitación, y disponeos de una playa a 15 metros del Hotel.

 Mi querido y tierno Cristiancito, ustedes nos hacen muy felices, y tus cartas y llamadas telefónicas y otras delicadezas son la felicidad de la mamá y nosotros. Cuéntame en tus cartas en que estás trabajando, si estas escribiendo un “paper” porque eso es muy importante para tu carrera.

 Un cariñoso abrazo y beso de la mamá y mío, para Pilar y para ti.

 Juan

 

 

Me despido con una humorada que mi padre me mandó para mi cumpleaños, es una tarjeta que a pesar de los años todavía me arranca una sonrisa:

 

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Los metametales

Cuando un escritor me gusta es como si me sacaran jugo. Primero me da una envidia sana, pero pronto recupero el equilibrio porque reconozco mis limitaciones, el barro en que me muevo. Sin embargo, pese a esos murallones que parecen insalvables, difíciles, de todas formas escribo, me largo, gateo y corrijo…. hasta que al final, y en contadas ocasiones, algo resulta porque duele. Me ocurre cuando leo los diarios de mi amigo Ignacio Carrión. O con Eduardo Halfon, que es otro de ellos. Cuando leo su libro de relatos, Signor Hoffman, me salpican los deseos por contar, por decir algo, por escribir lo que nos ocurrió el fin de semana pasado, por ejemplo, cuando fuimos a la casa de Roberto Merlin (originalmente de Argentina) en Ann Arbor, un profesor y miembro del Departamento de Física en la Universidad de Michigan.

En su casa me enteré sobre los metametales, unos compuestos que hacen que la luz se curve y esquive los objetos haciéndolos de hecho invisibles. Y esa es la especialidad de Roberto, una área de mucha actualidad y gran importancia en el campo de la óptica y electromagnetismo. Los metametales son mezclas de metal y materiales de placa con circuitos diminutos impresos como cerámicas. Y es ahí donde la Pili ayuda a los estudiantes porque esa es su especialidad: lo diminuto, lo pequeño, lo “nano”. Cuando escuchaba esas explicaciones, mientras las trataba de digerir, de hacerlas mías, pregunté si en unos años más se podría conseguir la invisibilidad nuestra, de los seres humanos, la invisibilidad mía o de Pilar…..

 

…..pero ahí si que lo miraron feo, al pobre. Fue divertido ver a Cristián como trataba de entender haciendo esas preguntas un tanto excéntricas; el pobre siempre cree que puede ser capaz de hacerlo, de entender. Se las da de vivo, de que “entiende”, de que “sabe”, que “conoce”, o que solo basta con “ponerle el hombro” y todo pasa, pero la verdad es que la realidad es más difícil y compleja, nada de fácil de entender.

 

La estudiante de Roberto, Meredith, se graduó en el programa de doctorado y por eso la celebración, el convite. También asistíamos para celebrar a otro estudiante suyo, uno nacido en Algeria, y que se había graduado hacía poco en el programa de doctorado. Llegamos a la casa adelantados así que la Pili me pidió que manejáramos por un rato más, que no me gusta llegar primero, o no me gusta llegar adelantada, parece que me dijo. Pasamos al frente de la casa que tenía un árbol grande y pelado por los efectos del invierno. Afuera todavía no había ningún auto y las casas vecinas se veían todavía más vacías. Tocamos el timbre finalmente, pero no esperamos a que nadie nos abriera la puerta. La empujamos y entramos, así nomás; o mejor dicho, Cristián empujó la puerta y entraron, así nomás. Adentro nos encontramos con la señora del profe, una señora francesa muy amable, gentil, y que hablaba castellano sin problemas. Trabaja como traductora, nos dijo. Pronto llegó Roberto y ahí me enteré que vivían hace muchos años aquí en USA, y cuando puso su música de fondo, su preferida, todo se confirmó porque los ritmos eran de mi tiempo, con Piero, Mercedes Sosa o Facundo Cabral. Este último asesinado por error -a balazos- hace poco tiempo, después de terminar su último concierto en Guatemala. Los estudiantes se reían porque no reconocían esos ritmos, pero los soportaban con esa típica resignación que muestran las visitas cuando están en la casa de un profe al que respetan. Pronto llegó Meredith, y un abrazo, y felicitaciones por ahí, felicitaciones por allá, y que sí, que estaba feliz porque pronto, en pocas semanas más, partiría hacia Barcelona para trabajar como posdoctora en un Instituto de la Comunidad Económica Europea. Cuando noto que Meredith se ha quedado sola, aprovecho para preguntarle sobre los metametales y la invisibilidad (aunque mi amigo, el que se reía al principio del relato, dice que uno lo trata de entender todo, que “sé”, que “conozco,” cuando lo que sucede es fácil y sencillo: simple curiosidad, eso es todo). Los metametales, me dice Meredith, pretenden conseguir la invisibilidad de los objetos (eso ya lo escuché). Son materiales, que al ser recubiertos por otro material especial, agrega, reorientan los rayos de luz que impactan sobre dichos objetos alterando el comportamiento natural de la luz, de modo que las ondas electromagnéticas rodean al objeto y este no las absorbe (ahí sí que me perdí); es decir ni absorbe ni refleja la luz y el objeto se vuelve invisible (ahi entendí mejor). Se usa y se estudia mucho para evadir radares, me confirma. Quedé intrigado, pero justo llega Roberto, y qué pasemos a probar la comida antes que se enfríe, nos dice. La señora del profe se pierde por un rato y cuando llega, que perdonen, nos dice, estaba fumando un cigarrillo, nos repite. Al final llega también el otro estudiante recién graduado (solo unos meses antes), originalmente de Argelia. Tiene los ojos profundos del que ha sufrido mucho, tristes, recaídos, diría que muy bellos, pero no lo digo para que nadie piense en otra cosa. Cuando te habla ya no pierde el tiempo como lo hacemos nosotros; pareciera que para él todo es importante, incluso los saludos convencionales de un extraño, o escuchar esa música andina poco familiar que nos facilitó Roberto, o saludar casi por última vez a su profe ahora que terminó su doctorado. Su padre se involucró en la vida pública de su país y pagó con su vida. Se “metió en política”, me cuenta la Pili alarmada: y lo mataron, por eso lo mataron. Y que no “meta las patas”, me sugiere, no se te ocurra preguntarle ni escribir sobre eso, me dice (se inquieta). La escuché con atención y después de su alerta fui disciplinado y no le pregunté por los motivos, no le consulté por qué habían asesinado a su papá, o cómo lo habían eliminado, cómo lo habían matado -¿lo ahorcaron? ¿Lo envenenaron? ¿Lo fusilaron? ¿Lo degollaron? ¿Recuperaron su cadáver?- pero él, su padre, estuvo siempre presente, ahí, entre nosotros, y también lo imaginé parecido al hijo, sobre todo cuando vi a su madre, la viuda, que estaba también ahí junto a sus dos hijas, (o con sus dos hermanas), que de seguro ahora lo extrañaban y pensaban en él, sobre todo en una ocasión tan importante como esta. ¿Por qué estamos aquí nosotros y no su padre?, pensé, ¿con qué derecho? Y Roberto feliz conversa en castellano. Ya me cansé nos dice a todos, me cansé de los estudiantes, me cansé de ustedes, declara con una sonrisa, pero ahora lo dice en inglés. Ya tengo 70 años y deseo sacar el pie del acelerador. Y todo eso lo dice mientras veo como su señora se ausenta nuevamente. ¿Otro cigarrillo? Y pronto llegan unas patatas de kubbat, rellenas con carne picada, pinches de pollo adornados con crema de yogurt y arroz con langostinos, comida que todos disfrutamos.

Su madre, la viuda, todavía se ve joven, vive en California, ya no regresan a Argelia. Las dos hermanas altas, (o las hijas) delgadas, hablan y conversan entre ellas, con los otros estudiantes, con su madre. El profe se levanta y ofrece un brindis, está contento, se le ilumina el rostro cuando habla de su trabajo, de sus años en la universidad, de sus más de treinta estudiantes que ha graduado en el programa de doctorado, pero ya está cansado y desea tomarse la vida de manera más liviana.

¿Y más Malbec? ¿Más arroz con langostinos? Y los padres de Meredith, que llegaron de Parma, Ohio, comparten una torta traída especialmente para la ocasión. Habla Meredith que da las gracias, y a los padres –esta vez los dos vivos- se les ilumina el rostro. Están contentos, algo así como misión cumplida, se apoyan, se les nota que ya son muchos años en que danzan juntos.

Y ahí entonces me acuerdo de nuestros amigos iraníes que conocimos en nuestros tiempos de estudiantes, en Cleveland. Al padre de nuestro amigo también lo habían eliminado cuando la revolución instauró al Ayatollah Khomeini como jefe supremo del país. Esa vez, pese a que la Pili no me dijo nada, tampoco consulté sobre los detalles de su muerte, pero parece que lo habían fusilado. Recuerdo que en el departamento donde vivían casi no habían adornos en las repisas o sobre las mesas y paredes; pero la foto del padre estaba ahí, sobre una chimenea limpia que nadie había usado nunca. Era una foto en blanco y negro, de carnet, de documento público, casi lo único que les quedaba de él. Lo más probable es que arrancaron apurados de Irán, pensé, arrancaron con la ropa puesta y pasaportes, y algunos anillos que guardan como recuerdos de familia. Desde ese entonces me fijo con gran atención en las fotos de carnet, que es casi lo único que sobrevive después de una tragedia. Aquí en Michigan tengo la foto de mi abuelo, por ejemplo, en un carnet de identidad que me regaló mi tía Oriana. Se ve muy serio, de corbata, y con sus arrugas en el rostro bien marcadas y trágicas, pese a que a él nadie lo mató; murió de viejo simplemente.

 

Al final regresamos a nuestra casa, en Northville. Podría jurar que me subí con la Pili al auto porque la vi acomodar la cartera negra bajo sus pies, en el suelo, pero ahora acabamos de llegar a casa y no la veo, no la encuentro por ninguna parte. Sé que tenemos que haber llegado juntos porque acabo de ver su cartera negra al lado del sofá amarillo, en el living, y justo cuando llegaban los gatos a recibirnos, y cuando el Copo se acerca a saludarnos moviendo la cola vigorosamente. Imagino por un instante breve, que a lo mejor la Pili se quedó conversando con Roberto sobre los metametales (supongo que ya está claro que ella conoce bastante sobre el tema, y la entusiasma); pero todavía no la veo. Siento algo parecido a la angustia, julepe, me siento solo, acordonado, y me dan unos deseos grandes de contarle intimidades, de hablar con ella sobre eso que nunca hemos podido conversar porque siempre nos ha faltado tiempo, de preguntarle sobre nuestras vidas…… pero uno siempre vive tan escaso de tiempo. Me habría gustado preguntarle si deberíamos, o mejor dicho, si podríamos haber hecho algo diferente durante todos estos años. O si nos arrepentimos de algo que hicimos, de algo que ocurrió en mi vida, en nuestras vidas, algo importante que duele y acaso da vergüenza.

Creo que uno percibe lo mucho que ha perdido cuando ya lo pierde, cuando todo cambia y ya no hay vuelta, como cuando la salud nos da un portazo, o cuando la muerte nos visita sin muchas notificaciones. Y siento nuevamente la urgente necesidad de saber, de preguntarle si valió la pena el que nos mudáramos a Ohio y después a Michigan en esos años iniciales, cuando las niñas estaban chiquititas; si valió la pena haber viajado juntos de visita a Santiago al final de los 80, en una época en que apenas nos resultaban los proyectos, pero de todas formas fuimos, viajamos, ……no, no te preocupes, nos resultará, le decía, mientras contemplábamos con preocupación el aterrizaje en una familia que apenas conocía…

Si valió la pena, me pregunto; si valió la pena haber vivido, haber luchado, llorado, haber celebrado todos estos años juntos….

…. y levanto la vista, enciendo luces, y solo veo a nuestros gatos, a nuestro perro patagónico, el Copo…… y su foto de carnet.

Hasta Aquí Llegamos Juntos

Historia que relata los últimos años de la relación entre un padre y su hijo (el autor), al emigrar este último a los Estados Unidos. Por intermedio de cartas y visitas periódicas al país de origen se repasa la vida de ellos mostrando la vida del padre, sus logros, su actuar en una época dicicil para la sociedad chilena bajo Pinochet, junto a la búsqueda que emprende el hijo por reencontrarse con sus raíces al visitar continuamente Chile. Ese intercambio, esa despedida entre un padre y su hijo, a medida que transcurren los años, se mueve en paralelo con las vivencias del hijo al asimilarse a su nueva vida en los Estados Unidos, desligándose paso a paso y lentamente de la vida que transcurre sigilosamente en Chile. El relato explora las dificultades paralelas que s le presentan al autor al despedirse simultáneamente de su padre, cuando este finalmente fallece, y un país, Chile, que finalmente también abandona, pero sin perder completamente sus raíces y su identidad.

El Libro se encuentra en Amazon (amazon.com). Se puede buscar buscando por autor.

 

Prólogo………………………………..3

 

Adiós Hijos……………………….…5

Querido hijo   ……………………….5

Cuando era niño………………………6

Nuestro barrio……………………….7

Como viajábamos…………………………8

Estudiante en el Instituto Nacional…10

Mis primeros años de hospital………11

El primer edificio del Instituto de Neurocirugía…12

Victoriano falleció cuando murieron los muertos..16

El edificio actual……………..………17

Nuestra rutina……………..………….18

Elena Tapia………………..……………19

La tesis…………………..…………….20

Las tertulias literarias……..………..…21

Nos sentíamos pioneros de algo grande..22

El Dr. Valladares…………….………..24

El Dr. Mario Contreras………….……..25

El Dr. Carlos Villavicencio….………….26

El maestro Barraza…..…….…………..27

Los becados……………..……………..29

Una flor para Corales…..….……………31

El golpe de estado del 73 y sus preparativos..33

Una bandera y una joya…………………36

Un hijo en silla de rueda…….……………37

 

Adiós Papá…………… ………………..39

No encuentras todo tan viejo……………39

Te tengo la carta……………….………..43

Sabes tú que me perdí……………………44

Tía Euligia y el mar………………………45

A concho a concho…………………………46

Están destruyendo todo lo que creía permanente…51

Yo ya estoy en otra…………..…………..52

 

 

 

Prólogo:

 

A los Estados Unidos llegué como estudiante el año 82. En ese entonces todavía me sentía inmortal y permanente, donde la edad, el transcurso del tiempo y la vejez no me preocupaban, por eso jamás imaginé que veinte años, los veinte años que he vivido en el extranjero se resbalarían fáciles, como por un colador desportillado.

Acortamos las distancias abonando esos lazos que todavía nos unen fuertemente a Chile viajando cada dos o tres años para ver a nuestros padres, hermanos, hermana, y los amigos fieles. Y estábamos en eso, habíamos regresado hacía pocas horas en un viaje largo y pesado de Santiago, estaba de pie frente a la ventana de la cocina, intruseando en el refrigerador con la secreta esperanza de encontrar sorpresas, quizás una mermelada chilena, un poco de manjar blanco, acostumbrándome a ese invierno crudo de Míchigan que nos recibía sin demora, cuando sonó el teléfono. Al contestarlo una voz conocida me despabiló:

-Tu papá murió, Cristián, acaba de morir.

No entendí bien el motivo, pero al escuchar a mi madre anunciándome: “tu papá murió, Cristián, acaba de morir,” imaginé a mi padre muriéndose de a poco, tomándose su tiempo para perderse lentamente en un túnel de años y recuerdos, de tangos; zambulléndose en esa vejez que le llegó como un piedrazo, un capote negro que no lo soltó más. Finalmente nuestra despedida en Santiago había sido nuestra última y él lo supo, lo supo en el abrazo que nos dimos esa noche hacía pocos días, lo notó en esos temblores que nos recorrieron los huesos mientras me agachaba sobre su cama para despedirnos. Recuerdo que lo estaba tocando con mis manos cuando nuevamente me hice la pregunta con que siempre había terminado mis visitas previas: ¿Sería esta la última vez que lo abrazaba, la última vez que lo veía? Mientras me acercaba vi como sus brazos se extendían, los vi largos y delgados, como las dos extensiones de un pulpo que trataban de alcanzarme, que trataban de acortar distancias para encontrarse con los míos.

Y ahora estábamos de regreso en Santiago, asistiendo a su funeral en la Iglesia Nuestra Inmaculada Concepción. Nos costaba mirarnos a la cara para comprobar el rostro de sorpresa, de dolor y desencanto; pero fue reconfortante ver a los amigos, ver a Pedro, a Javier, Juan Pablo, Francisco, Andrés, y a los amigos de mi padre, a don Fernando, a Jorge, a Román, Alejandro, Guillermo, y también a sus pacientes y a nuestros tíos y tías, primos, Nicolás, familiares que no veíamos hacía tiempo. Debería haber conversado con ellos, sobre todo con los pacientes de mi padre que nunca conocí para que me contaran de él, para que habláramos, pero teníamos que continuar, ya estábamos atrasados después de recordarlo durante el servicio religioso. La ceremonia fue larga, tanto que al final lo sacamos de la Iglesia acompañados por el estrépito del campanario que llamaba a misa de doce.

Habíamos participado de esa misa inusual donde hablamos de mi padre como celebrándole un aniversario. Pero ahora, en este minuto preciso, empujábamos su féretro y costaba darnos cuenta que ya no lo tendríamos, que ya no estaría compartiendo entre nosotros. La chaqueta me apretaba y me sentía gordo, hinchado, el sol de un día de enero, a la salida de la Iglesia, me chicoteaba el rostro trasnochado y acostumbrado al frío del invierno en Míchigan.

Ya no estaba con nosotros pero de alguna manera todavía lo sentíamos presente, sobre todo porque muchas veces nos habló de este día, cuando lo fuéramos a despedir, y nos indicaba el lugar preciso donde lo íbamos a depositar apuntándolo con los dedos: ahí, en el Parque del Recuerdo. Y nosotros le escuchábamos, pero no le creíamos o no se lo tomábamos en serio, todavía pensábamos que a los padres, esos seres que un día conocimos vibrantes de salud, vigorosos, no les sucedía eso, no morían, eran inmortales. Pero ahora terminaba la misa y nos levantábamos apresurados, atropellándonos para encontrar un sitio al lado suyo para sacarlo hacia la calle. Nos daban ganas de llorar, pero ya lo habíamos hecho antes. Lo empujábamos con los pies apuntando hacia el altar, pero pronto alguien nos corrige. La gente silenciosa nos miraba y costaba creer que sí, que había fallecido. Desfilaban los rostros de algunos conocidos, amigos, mientras todavía lo sentíamos hablar, quizás reírse, conversar con ellos. Al empujar su féretro pensé en sus cartas, las cartas que nos escribimos y que estábamos organizando como en una larga historia. Fueron cartas donde se presentó casi desnudo, con una naturalidad que pocas veces floreció cuando estuvimos los dos juntos, sanos, radiantes de salud, en un cuarto de la casa y frente a frente. Al escribirnos fue como si inventáramos otra realidad que manteníamos distante, protegida de la vida diaria y sus trajines. Sujeté con fuerza la manija helada de su féretro y recordé también nuestras conversaciones telefónicas, esos encuentros donde tuvimos la posibilidad de despedirnos y mirar hacia atrás, la posibilidad de abrazarnos y decir hasta aquí llegamos juntos.

En Chile y en Europa, Asia o Latinoamérica han sido muchos los que partieron sin poder hacerlo, sin poder despedirse y hacer un recuento de sus vidas. Lo que sigue es un inventario de esa despedida, de esas cartas y conversaciones que nos acompañaron a través de la distancia que hay entre Santiago y Northville, y que ahora me acompañan mientras lo llevamos a su último reposo. No hay sentimiento más tremendo y triste que el olvido; estas pocas líneas son sólo un intento, un modesto borrador que trata de rescatar recuerdos, imágenes que acompañaron a mi padre, y que ahora, un poco desteñidas, perdidas por una memoria que flaquea, me hacen compañía cuando cruzo la autopista 696 en Northville y manejo hacia el trabajo. Espero que a ti -tú que estás leyendo- y pese a que vivas en otra geografía, en otro tiempo y haciendo tareas aparentemente tan distintas, en algún momento también logres convivir con ellos, con alguno de los personajes, y espero que de alguna manera todavía los sientas vivos y despiertos y te acompañen cuando vayas temprano a tus trajines.

Mi padre falleció, hace ya meses, años, lo dejamos en El Parque del Recuerdo; ese oso grande que uno creía indestructible ya no está, pero al menos nos dejó emociones, chispas, fuegos que en su época ocuparon toda su existencia y que ahora tú puedes leer, aunque acaso distorsionados por los años y desfigurados por las letras que muchas veces tiemblan y se niegan a salir.

Estados Unidos, Northville, Octubre 2002

Patricio Aylwin

Me llama mi hermano Gonzalo por teléfono para preguntarme si me he enterado de la noticia. Sí, le digo, murió Patricio Aylwin. Al día siguiente hablo con mi hermana, Mónica. Me dice que tratará de ir a alguna de las ceremonias. Me acuerdo del papá, le digo. Yo también, me dice.

…..y es como si nuestro propio padre continuara muriéndose poquito a poco, una etapa más, otro año más y otro amigo, un contemporáneo, que también desaparece. Veo homenajes y recuerdos por la radio y los periódicos, pero siento que Aylwin también será olvidado. Lo pienso, pero no lo digo. Al poco rato florecen los recuerdos, los momentos de otros años que la memoria todavía guarda de manera selectiva. Ese día era un fin de semana veraniego y la ocasión no era especial. Simplemente la intención era similar a las otras; juntarse periódicamente los fines de semana para hablar sobre lo que sucedía en el Chile de ese entonces. Uno, al oírlos conversar, los imaginaba practicando la oratoria, argumentos que pronto usarían en los debates públicos porque este solo era un receso temporal, un paréntesis en la actividad política tradicional porque en cualquier momento todo volvería a ser igual que antes, y los volverían a llamar para ocupar un cargo público. Por supuesto que eso no sucedería así de fácil, pero ellos todavía se lo imaginaban, y no sabían que tendrían que pasar largos años para que algo así ocurriera. Muchos de ellos todavía anidaban esa esperanza; un regreso rápido a la vida política chilensis que antes habíamos conocido con tanta naturalidad.

Creo que a mi padre le gustaban esas juntas de fin de semana en la playa, porque ellos, esos políticos amigos, hacían cosas tan distintas a las de él. Recuerdo un fin de semana particular donde, frente a la chimenea de nuestra casa en Algarrobo, Patricio Aylwin, Lucho Pareto y otros ‘políticos en receso’, recordaban a Salvador Allende, que también había tenido una casa en el balneario. Todavía estaba fresca la tragedia y resonaba el fuego, el humo, y el bombardeo a La Moneda, y a lo mejor, sin poder convencerse de que su antiguo colega, ese Salvador Allende que ellos habían conocido durante tantos años de chuchoqueo político había entrado ya en los libros de historia, conversaban sobre él y comentaban episodios de su vida junto a anécdotas sabrosas; como que no querían convencerse de que ya no estaba ahí con ellos. En un momento le tocó la palabra a Héctor Valenzuela Valderrama, que hasta hacia poco había sido diputado. Mientras me dormía entre esas sábanas impregnadas con la humedad de la costa, -ya era tarde-, contó que Allende había sido un político hábil y rápido. Recordó cómo en una ocasión, cuando se encontró con él en los pasillos del Senado (todavía no llegaba a ser Presidente de la República) le recomendó un libro que recién había leído y que le había gustado, indicándole un poco la trama y el desenlace del relato. Cuan sería la sorpresa de Valderrama, cuando esa misma tarde, a las pocas horas, Allende se largó con un florido discurso donde citó el libro, y trató al autor del relato como si hubiese sido su compadre o uno de sus autores entrañables (!).

Como decía, en esos años uno los veía hablar y conversar sin imaginar jamás que uno de ellos llegaría a ser nuevamente una figura relevante en el futuro de Chile. “Voy a ver a Patricio”, me decía mi papá. O de repente era Patricio que llegaba a verlos con su señora. Sin entender mucho de la vida, uno los percibía como perdedores, con algo de linaje y un poco de historia, pero unos fracasados, sin futuro. Recuerdo claramente el día en que me encontré con Patricio Aylwin en la verdulería de Algarrobo, y recuerdo que hicimos cola juntos, antes de pagar. Por timidez no lo saludé y no le di mucha pelota, pero él me miraba intrigado. La verdad es que no sabía cómo saludarlo, “hola tío” o “cómo está, don Patricio”. El tenía un billetito arrugado en su mano igual que yo.

Pero dentro de todo ese ambiente de “políticos retirados” ocurrían hechos esporádicos que insinuaban un potencial cambio en el “status” de estos aparentes fracasados. Recuerdo, por ejemplo, cuando un amigo de mi padre, un gringo del Servicio Exterior de USA (amigo de Ken Guenther, un antiguo paciente de mi padre) lo llamó por teléfono porque estaba de paso en Chile y quería conversar con “políticos”. “¿Conocía a alguien, con que le pudiera conversar, para informarse mejor de la realidad chilena?” Y así fue como llegó Patricio Aylwin a la casa a conversar con el gringo. No recuerdo su nombre. Mi padre simplemente los dejó conversar por varias horas solos en el living….. de manera que desgraciadamente tampoco me pude enterar sobre lo conversado.

Y así fue como Aylwin continuó siendo y portándose como siempre, incluso cuando ya era presidente. En uno de mis viajes a Chile, recuerdo que era Noviembre del 92, fuimos por el día a Algarrobo. Siempre me ha gustado ver o caminar por esos lugares que un día tanto conocí para compararlo con lo actual. Ese día en Algarrobo estaba casi todo vacío, era un día de semana, y esas calles de arcilla, los eucaliptos, la Iglesia, los boliches del pueblo se parecían a lo de antes, a lo mejor por el efecto de la poca gente de ese día. Y ahí fue cuando manejando por esas calles pasamos a ver la casa de “Patricio”……. y como estaba abierta, entramos. Afuera había solo un auto de carabineros. Era el día de su cumpleaños y estaba celebrándolo con su señora, alejados del ajetreo de la Moneda. Me dejó filmarlo con una cámara de video, pero fui yo el que me puse nervioso y no supe qué decirle. Ni siquiera le deseé feliz cumpleaños…. pero al menos, esta vez lo saludé. Pocos días después mi padre me diría: “Con Patricio, mijito, Chile saldrá del subdesarrollo,” recuerdo que me lo volvió a repetir mientras caminábamos por la vereda vacía. Ya se había cruzado el chaquetón y yo lo seguía a su lado. Casi le creí cuando lo escuché, o tuve grandes deseos de creerle. Tiempo después supe que su amigo, Aylwin, lo pensaba nombrar ministro de salud, algo que no ocurriría porque fue vetado por el partido socialista y por la responsabilidad que le atribuyeron por el trato dado al doctor Asenjo, su antiguo mentor y jefe, al ser despedido con una patada en el trasero el 11 de Septiembre del 73. Años después, en el ocaso de su vida, y mientras Chile continuaba construyéndose trabajosamente un futuro promisorio, mi padre confesaría con tristeza:

-¡Pinochet nos jodió a todos!

 

Recuerdo que cuando Aylwin ya había terminado su mandato, llamaba como un ciudadano cualquiera a mi padre, sin intermediarios de secretarias o ayudantes. Muchas veces le contestó un despistado que cuando escuchaba que un tal Patricio Aylwin llamaba por teléfono, simplemente le cortaba después de largarle una pachotada graciosa ….. o a veces insultante.

Me he acordado de esos años ahora que murió Aylwin. ¿Qué es lo que aprendí de todo eso que me tocó vivir? Entre muchas otras cosas prendí y comprobé en carne propia “las vueltas que nos da la vida”. Lo importante que es saludar y darle la mano a alguien sin fijarse en los cargos, en su importancia o rango. Lo importante que es conversar y genuinamente interesarse en esos aparentes fracasados de turno, a los que aparentemente viven en los márgenes, a los poco exitosos que uno se topa en los trajines de la vida…….. como me ocurriría a mi en esa tarde veraniega de Algarrobo, en una verdulería vacía y desamparada. En cada uno de ellos hay un poco de Aylwin escondido.

Las Goteras

Parece que me aviejo irreversiblemente al notar la poca paciencia que guardo frente a situaciones que antes me habría mamado sin chistar. En ocasiones como esa me acuerdo de mi abuelo, el tata Augusto, cuando se quejaba del mundo moderno recordando sus años de juventud donde todo había sido mejor y distinto. Una muestra clara de esa modernidad sin rumbo se la daban las braguetas de los pantalones de hombre donde ya no se usaban botones y venían con cierres; un invento para mujeres, como nos decía. Cuando vaya de visita a Chile tengo que ir a la casa donde vivían antes, cerca de la Escuela de Derecho de la Universidad de Chile y donde ahora parece que funciona un bar que casi no tiene luz. A la calle le cambiaron el nombre, antes se llamaba Siglo XX y por eso no la pudimos ubicar cuando la buscamos en una de mis visitas a Chile. Recuerdo que en el centro de la casa había un tejado de vidrio bien alto, y que durante los días de lluvia chorreaba agua sobre tiestos y ollas que mi abuelo distribuía sobre un suelo de madera y baldosas. Por las tardes de primavera y verano sacaba una silla de madera para sentarse en la vereda y ver pasar a la gente y los autos. Era una rutina que guardaba misterio y que yo encontraba de locos, no entendía. A veces los íbamos a ver –al tata y a mi abuelita Oriana- y mi madre le entregaba a ella unos billetes arrugados como si también fueran goteras, y que ella recibía rozándole las manos, confundiendo esas entregas con saludos o despedidas. Nadie decía mucho ni se hablaba de números, pero uno, un pendejo chico, presenciaba esa transacción sin entender mucho de lo que se trataba. Pese a mi niñez, en variadas oportunidades creo que logré olfatear entre ellos una antigua gloria y un linaje de capa caída, de familias grandes y mucha historia, pero con apellidos que ya se hacían inútiles, que ya no habrían ninguna puerta. Muy cerca de la entrada, pasando por una tragaluz alto y estrecho, había un piano destartalado que alguna vez le vi tocar a mi abuela como recordando sus mejores tiempos, o a lo mejor rememorando bailes de salón, como de aceptación hacia esa sociedad santiaguina de antes. Estaba claro que no tenían mucho dinero y que esos tiempos mejores ya se habían pasado, pero ella no perdía oportunidades para contarnos historias y chismes de gente con apellido a los cuales ella les  “conocía la historia”. En esos años mis padres eran furibundos partidarios de Eduardo Frei Montalva, pero entones mi abuelita Oriana, como ordenando las cosas para ponerlas en su lugar y darles su perspectiva, les recordaba a viva voz y levantando la vista de su tejido a palillos, el día que había visto al padre de Eduardo Frei Montalva, sí el mismísimo padre del Presidente de la República, vendiendo peinetas; sí señor, peinetitas de plástico y en la calle, como recordándonos a todo volumen que ahora el hijo se las podía dar de Presidente de la República o lo que quisiera, pero a ella no le contaban historias, no la engañaban, no le contaban cuentos, lo había visto vendiendo peinetitas de plástico en el mercado. Y creo que tiene que haber sido cierto porque mis padres no se lo discutían y se quedaban callados.

 

Afuera, en abril y en el año 2016, ya nuevamente empieza la primavera en Michigan…. pero tenemos nieve. Enciendo la tele y entre los candidatos a la presidencia del partido Republicano el tema del cambio climático simplemente se ignora. Es un verdadero desastre y Trump, el candidato que ahora lidera el grupo, trata en lo posible de discutir asuntos personales y mundanos basado en slogans, en frases prefabricadas y rápidas. Es bien triste el espectáculo. En el New York Times ya le pusieron un nombre: el candidato zombie, es decir un candidato dañado, que ya no puede vencer pero que nadie sabe como detener. A medida que pasan las semanas, Trump se ha visto forzado a tratar temas que no conoce, que no le son familiares y por eso comete errores tremendos.

No sé, es triste, pero cada día que pasa me convence que los políticos de antes eran mejores, estaban mejor preparados. Frei Montalva, Alessandri y tantos otros. Por otro lado mi apellido aquí tampoco abre puertas, pero en mi casa al menos no tengo goteras y los pantalones no me molestan con cierres. Sé que en mi barrio, aquí en Michigan, nadie lo hace y Pilar creerá que estoy loco, pero un día de estos, muy pronto, y pese a que no tenemos vereda, sacaré una silla de madera para sentarme en el pasto, afuera de la casa, para ver pasar la gente y los autos….

Cuando El Aliento se Torna Aire

¿Y cómo es el libro?, ese que mencioné en la notita pasada, (When Breath becomes Air, o “Cuando el Aliento se Torna Aire”, de Paul Kalanithi), me pregunta por email un querido amigo, ex compañero de colegio.

En el libro, Paul nos cuenta que primero sintió dolores, y que perdía peso de manera alarmante. Paul era médico y por eso mismo sabia lo que le estaba ocurriendo, pero no se atrevían a conversarlo con su señora….. hasta que llegó ese día fatídico donde no les quedó más remedio que romper la burbuja, afrontar la situación y tocarla. Con los exámenes en su mano y sin perder la calma ya tenía la sentencia ahí enfrente: padecía de un cáncer al pulmón y le quedaba poco tiempo.

Paul y su señora estaban recién empezando a construir una vida juntos, una familia, una profesión –él como neurocirujano y ella como doctora en otra especialidad-, cuando los exámenes y los datos que tenía entre sus manos y en la pantalla del computador, le anunciaban de manera inapelable que se había quedado sin tiempo, se le acababa un proyecto de vida porque se iba a morir bien pronto, y con apenas 36 años de edad. No sabía mucho de fechas, nadie le prometía plazos ciertos, pero intuía que sería bien rápido. Al final duró como dos años, un tiempo precioso donde logró tener una hija y terminar su libro.

A Paul siempre le había gustado la literatura y por eso había obtenido un master en la Universidad de Yale. Pensó continuar con un doctorado, pero después imaginó que podría aprender más de la vida y sobre nuestra mortalidad, estudiando medicina en Stanford. Cuando se enteró de su suerte ya era un flamante neurocirujano y junto a su señora planificaban un promisorio futuro. Sin embargo, al conocer el diagnóstico médico, dejó a un lado los gruesos volúmenes técnicos relacionados con su especialidad y volvió a reencontrarse con sus novelas y cuentos de su impulso inicial. Su viuda cuenta que antes de partir por primera vez al hospital, buscó las novelas y cuentos más queridos para refugiarse entre ellos. Eso lo dice en una entrevista que le concedió al The New York Times hace pocos días. Ahí también da opiniones generales sobre la medicina y la muerte. Opina que hemos llegado a un punto donde tenemos mucha tecnología a nuestra disposición, y los impulsos nos mueven a seguir usándola, incluso cuando a veces no sea más que para generarnos sufrimientos adicionales. Dice –y me imagino que basada en su propia experiencia- que en esas enfermedades terminales pronto se llega a un punto donde la muerte no es un evento médico, pero desgraciadamente nosotros lo seguimos tratando como si así lo fuera.

Bueno, pero, ¿y cómo es el libro?, me pregunta mi querido amigo, ex compañero de colegio, Antonio. La verdad es que todavía no lo termino, Antonio, tú sabes que leo despacio, pero la primera parte, donde Paul habla de su infancia y adolescencia, despega floja y me desilusionó un poco. Por suerte lo seguí leyendo y no me arrepiento; de no haberlo hecho así, me habría perdido lo que menciona un crítico literario (reseñado por su viuda)… me habría impedido conocer esas páginas “salpicadas de vida” y tanta valentía. Y lo curioso es que pese a que Paul se estaba muriendo, pese a que su señora le conseguía guantes especiales para protegerlo del dolor en sus manos y pudiera seguir escribiendo (la piel la tenía destruida por los tratamientos), en el libro se respira vida, mucha vida, coraje, y más que nada una tremenda valentía y honestidad. Ella recuerda que fue increíble ver como su marido, pese a que se le iba y moría, y que apenas lograba arrastrarse frente a su computador encendido, consiguió mostrarnos tanta vida, ese “salpicón de vida” entre las páginas del libro.

Hace pocos días leí otra entrevista que nuevamente le hicieron a su viuda porque el libro, en pocas horas, se ha transformado en un superventas; número uno en el listado del The New York Times. Ahí entendí por que la primera sección del libro, donde menciona sus años de infancia, ahí flaquea un poco. Ella nos cuenta que esa sección, Paul la escribió al final, cuando ya tenía casi todo el texto del libro terminado…. y cuando la metástasis le invadía el cerebro y le impedía concentrarse. Pero de este lado y desde Michigan, me aventuro a pensar que al escribir esa primera sección, Paul se acordó de su hija, esa que no podría ver crecer y tocar, y se decidió a narrarle a ella sus primeros años, hablarle sobre sus padres y compañeros de colegio…. a pesar de la metástasis, la fatiga y el desamparo. Pero como nos dice su viuda y hablando de su experiencia…… “la vida no consiste en evitar el sufrimiento, se trata más bien de crear un significado.” Y creo que Paul definitivamente lo hizo. Una vez enfermo, decidieron tener una hija y lo hicieron, y él, heroicamente, le dejó ese texto escrito con tanta vida y anécdotas. Quizás ahora me ocurra, después de conocer la verdadera historia de cómo escribió la primera sección del relato, que al releerla de nuevo le encuentre otro ángulo…. y la redescubra como la mejor sección de su libro (¡). Se las mandó el Paul, realmente.

Afuera es invierno, en Michigan hace frío. Una ardilla come frente a nuestra ventana mientras salen los primeros rayitos del sol del invierno. Toco su libro, veo su foto en la contratapa…… y realmente no entiendo cómo, cómo a veces surgen esos seres tan capaces, valientes y honestos. Refrescante, realmente refrescante.

¿Cómo leerá el libro, su hija?

Mi Disculpa

Estuvo bueno el libro de Mary Karr (The Art of Memoir). Termina mencionando la biografía de G. H. Hardy, un matemático inglés, de Cambridge, que de manera muy honesta escribió sobre “su arte”, su profesión, su matemática, publicando un libro en el año cuarenta, titulado “La Disculpa de un Matemático”. El gran problema se le presentó cuando a los 60 años notó que lo mejor de si mismo, en el campo de la matemática, ya se le había terminado. Desolado comprobó que pese a ser un matemático reconocido, de los mejores en su tiempo, no logró encumbrarse y sentarse a la mesa con los gigantes… y fue entonces cuando trató de suicidarse, de terminarlo todo ahí mismo. Por suerte no tuvo éxito, sobrevivió, y un amigo suyo, C. P. Snow, (un profe bien conocido, de Cambridge, y que escribió un libro importante, “Las dos Culturas”, que trata sobre el aparente choque entre el campo humanístico y el científico) lo fue a ver al hospital, lo reconfortó y lo animó a que escribiera una pequeña memoria para explicarse. Eso fue lo que hizo, y como dice Karr, lo que resultó es una verdadera joyita, un tesoro de honestidad al contar su realidad (¿la realidad de un artista?) sin censura y sin egos.
A los 60 años la suerte de un matemático ya está dada, nos dice, Hardy, y el juego ya se ha terminado. Menciona que Newton descubrió la ley de la gravedad cuando tenía 24 años, Ramanujan cuando tenía 33. Y que el mismo Newton reconoció que a los 40, sus años creativos ya estaban terminados. Después de eso Newton simplemente pulió sus ideas, y a los 50 ya había abandonado la matemática por completo. En Wikipedia leo que uno de los hechos importantes en la vida de Hardy fue el descubrimiento de un indio, Ramanujan, un gran matemático autodidacta que logró importantes avances en la matemática moderna. Me imagino que Hardy siempre se comparó con él, un pobre tipo casi sin educación formal que desde una abandonada aldea en India lo aventajaba en el área de la matemática. Hardy fue el que lo invitó a Cambridge para que trabajaran juntos… me imagino que lo único que hizo Hardy fue mirarlo….
Karr nos cuenta que pese a que Hardy no se pudo sentar a la mesa de los gigantes, junto a Newton, Rieman, Ramanujan –a eso aspiró cuando joven- al menos perteneció a esa raza de grandes, de hombres y mujeres, que en el fondo fueron del mismo tipo, de la misma especie. Hardy no logró ese éxito medido a la manera nuestra, pero estuvo en la misma arena de Newton y Ramanujan, su esfuerzo fue similar, y solo se diferenciaron en grados menores.
Karr nos cuenta que cuando sus estudiantes se gradúan, ella les regala unos párrafos escogidos del libro de Hardy, y sobre todo a esos estudiantes que están embarcados en un gran sueño y ambición. Ella cuenta que les menciona a Hardy porque el solo hecho de intentar algo así de grande, y tremendamente ambicioso, ya los pone en buena compañía, junto a la mejor tradición del espíritu humano, independiente del éxito que pudieran alcanzar en el mercado.
En esos años, cuando ya terminaba mis secundarias, simplemente no sabía cual era mi fuerte. Mas bien conocía y detectaba mis debilidades… donde realmente no era bueno para nada. A mi padre le hubiese gustado que estudiara medicina, por ejemplo, pero yo me disculpaba diciendo que le tenía miedo a la sangre, sin reconocer jamás que la explicación era mucho mas sencilla y práctica: con mis notas y rendimiento el puntaje no me alcanzaba ni para portero en una clínica de pueblo chico. Pero al final estudié química, y en el fondo la estudié no porque fuera bueno para la química, la verdad es que podría haber estudiado cualquier cosa, cualquier carrera que no necesitara puntajes demasiados altos. Lo raro es que pese a todo eso, pese a toda esa sequedad y miseria tuve ambición, y al principio fue solo de la buena, no ese tipo de ambición mal entendida donde uno se ubica como jefe o millonario. Fue una ambición ingenua (?) y que iba a galope con mi edad, era un tratar de poder cambiar las cosas y contribuir hacia un mundo mas igualitario, mejor. Con el tiempo, y cuando me vine a USA y me empezó a ir bien –aprobaba mis cursos- empecé a despertar, y la ambición se concentró más en mi carrera, en mi profesión, y mi apetito fuerte se concentró en curiosidad intelectual, en encontrar, descubrir como funcionaban ciertos mecanismos químicos, y todo eso mezclado con lograr cierto reconocimiento profesional, cierto “status” que también se tradujera con lograr algo de poder de decisión y claro, dinero, reconocimiento, fama…. que por lo demás también estuvo presente en Hardy. Como nos dice Hardy en su pequeño libro, el que no reconoce eso no está contando la verdad. Y ese es uno de los motivos por lo que aprecio su libro, un texto que a lo mejor podría haber escrito con una prosa mas entretenida, pero al menos el tipo no mintió y uno como lector se lo agradece; recuperándose de su suicidio fue honesto y derecho, y ese es el gran valor del libro.
En algún momento de mi carrera –¡y aquí intento mi disculpa!- en mis inicios, tuve la osadía, imaginé que a lo mejor podía llegar a ser un gran científico, un miembro de alguna facultad importante descubriendo cosas nuevas. Pero esa idea realmente no prosperó, y creo que no ocurrió así porque tempranamente y con objetividad veía lo difícil que eso podía llegar a ser; y además notaba que me faltaba algo. A veces, cuando un profe quedaba contento con algún resultado que obtenía en el laboratorio -por ahí me salieron unos pedos meritorios, bastante olorosos, pero nunca el tope máximo- o cuando en la industria hacía avances que alguien consideraba dignos, loables, como que los miraba con incredulidad y decía, de qué cresta están hablando.
Y aquí recuerdo a mi tía Oriana que en cada uno de mis viajes a Chile, cuando iba de visita por unas pocas semanas, me obligaba a pensar en la fama y el reconocimiento cuando incrédula me preguntaba sin entender bien, en qué consistía ser doctor en química: ¿Qué es eso, Cristián? Y ahí le trataba de explicar algo, como disculpándome, y entonces ella intentaba otra pregunta: “Pero, y entonces, Cristián, ¿cuando vas a ser un médico de verdad?” Y ahora que lo escribo, ahora que recuerdo sus interrogantes, tengo que reconocer que me gustaba que lo hiciera, porque me recordaba que el status todavía no llegaba, y me empujaba a verme nuevamente en la sala de clases del colegio, en mis secundarias, cuando todo me sobrepasaba y los edificios, los profes, incluso mis compañeros de curso me quedaban grandes. Pero algo bueno –creo- me ha sucedido con los años, y es que siento que nunca me ha abandonado la curiosidad, siempre me acompaña una maquinita incomoda que me muestra y me recuerda y me empuja hacia todo eso que no entiendo y que a lo mejor puedo aprender mejor. Creo que de eso se trata.
Durante mis 60 años tuve sueños grandes donde traté de entender muchas cosas… aunque no llegara ni siquiera a las patas de esa mesa donde estaba Newton (!). Sin embargo, espero, imagino, que la Karr me habría regalado uno de sus párrafos cuando terminaba un curso de química. Creo que me dice -y la escucho hablar- que al menos lo intenté.