Archivo de la categoría: cuento

20. Asesinato de Eduardo Frei Montalva, ex presidente de Chile (1964-1970)

Al escribir la nota anterior, sentí un impulso profundo y personal por volver a mirar esos recuerdos ocultos, de atreverme a levantar una alfombra vieja—quizá una que lleva años cubriendo historias propias y ajenas—para que los pájaros de la memoria, esos recuerdos guardados y a veces olvidados, pudieran salir libres, respirar aire fresco y encontrar su propio vuelo. Cada recuerdo liberado revolotea por mi mente como un pájaro que busca su lugar en el cielo abierto del presente. Quisiera darles espacio para que vivan y se muestren tal como son, que dejen de estar encerrados bajo el peso del olvido. Animarme a enfrentar el pasado es también dejar que lo que he guardado en silencio salga a la luz, y encontrar alivio al ver que al liberar esos recuerdos, también yo puedo respirar mejor y reconciliarme con mi historia.

Todo comenzó una tarde cualquiera, cuando, navegando por Internet, me encontré con un artículo publicado en la revista Economía y Sociedad (abril – junio 2019). En ese texto, Álvaro Covarrubias Risopatrón—abogado, profesor universitario y militante democratacristiano—relataba, con una mezcla de solemnidad y respeto, su versión sobre la muerte de don Eduardo Frei Montalva, ex presidente de Chile, ocurrida en la Clínica Santa María en el año 1982. La muerte de Frei Montalva ha sido objeto de controversia en Chile durante décadas, generando debates sobre las circunstancias que la rodearon y su impacto político. Al leer esas palabras, sentí como si la historia cobrara vida propia y saltara desde el papel hacia el presente, obligándome a repensar el pasado y mi propio lugar dentro de él.

Según Covarrubias, el ex presidente Frei, inquieto pero también esperanzado, quería someterse a una operación en la Clínica Indisa. Justamente allí, mi padre se desempeñaba como presidente del Directorio, lo que le dio a la situación un matiz personal e inesperado. Al enterarme de que mi padre estuvo directamente involucrado en aquel momento crucial sentí temor. Por un instante vi que ese testimonio ajeno se entrelazaba de manera inevitable con mis propios recuerdos y emociones, conectando la historia pública con mi vivencia personal, dejando que los pájaros de la memoria volaran libres y a veces inquietos, por el cielo de mi conciencia:

Nunca le escuché a mi padre comentar la negativa de la Clínica Indisa para aceptar como paciente al ex presidente Eduardo Frei Montalva. En casa, bajo el peso de la dictadura, temas como ese quedaban sumergidos en un silencio espeso, casi ritual; cada palabra podía traducirse en amenaza, cada conversación familiar era vigilada por la sombra de lo prohibido. Por eso, lo que sé no surge de un recuerdo concreto, de una confidencia, sino de la lectura atenta de los gestos cautelosos y de las miradas que buscaban el suelo en vez de responder. Mi interpretación nace de ese silencio, de una ausencia de palabras que, al ser observado en retrospectiva, se convierte en advertencia: el peligro era real, y mi padre lo sabía. Marcado por años de vigilancia y amenazas, conocía de primera mano los métodos siniestros que utilizaba la dictadura para silenciar opositores. Sabía que las muertes rodeadas de misterio no eran leyendas, sino heridas abiertas en la memoria del país, y por eso su temor no era exagerado. El miedo era real, la tensión palpable, y la decisión de negar la operación a Frei, aunque nunca explicada abiertamente, fue un intento desesperado por retrasar, por cuidar su vida en medio de un régimen que hacía de la opresión su norma.

Imagino, desde la distancia y la intuición, la tensión que oprimió a mi padre y a los médicos del directorio. Ellos, expertos en salvar vidas, fueron forzados a navegar entre el deber y el temor, entre la ética profesional y el instinto de supervivencia. La atmósfera del hospital, esa rutina marcada por el sonido de los pasos en los pasillos, el tintinear de las camillas, los sensores de los equipos que marcan el ritmo de la vida, se transformaron en escenario de sospecha y alerta. Detrás de cada puerta, tras cada conversación breve, vibraba la conciencia de que las paredes tenían oídos. Bajo esas circunstancias, cualquier intento de advertencia hacia los peligros que corría Frei debía ser disfrazado, comunicado en gestos, en exageraciones calculadas sobre el riesgo quirúrgico para que este no se realizara. El dilema era difícil: ¿cómo proteger a Frei sin traicionarse a sí mismo ni poner en peligro la seguridad propia anunciándole que podía ser asesinado? Mencionar abiertamente la sospecha de un posible envenenamiento premeditado, o el temor de que alguien le introdujera una toxina letal en el cuerpo de forma oculta y con la intención de asesinarlo, era algo impensable y prohibido de expresar. Hacerlo significaba desafiar directamente al régimen y exponerse a represalias inmediatas y brutales por parte de los organismos represivos de la dictadura. Así fue como en ese mundo de incertidumbre y vigilancia, mi padre y los médicos de la Clínica Indisa se vieron obligados a exagerar los peligros inherentes a la cirugía. Presentaron el procedimiento como una intervención de alto riesgo, no porque realmente lo fuera desde el punto de vista médico, sino para evitar que el paciente se operara. Esa decisión fue tomada como una medida de protección, y justificaron su negativa ante la opinión pública, ocultando la verdadera amenaza que rondaba en sus pensamientos. Mi padre percibió el peligro con la experiencia de quien ha visto demasiado, de quien conoce las grietas y los rincones donde acecha la maldad y la traición. Su habilidad —tejida en noches sin dormir, en quirófanos y en conversaciones susurradas sobre política y poder— le permitieron descifrar lo que otros se negaban a ver: el peligro inminente de que Frei se transformara en una víctima más, en el blanco de maniobras oscuras, y de que cualquier mínima complicación quirúrgica -inducida o no- se convirtiera en la excusa para silenciarlo, para borrar una voz incómoda, un enemigo interno.

Me pregunto si fue la incredulidad, la imposibilidad de creer en tanta maldad disfrazada de ciencia y precisión, lo que llevó a Frei Montalva a confiar en personas equivocadas. El doctor Patricio Silva Garín, que hizo su carrera basada en el cargo de subsecretario de salud que le ofreció Frei Montalva en su gobierno, ahora parecía obedecer a otro amo y a otros intereses. Lo mismo el doctor Patricio Rojas. Personas como Frei Montalva, figuras de alta notoriedad, suelen pagar un precio alto por su exposición: el aislamiento y la soledad se vuelven sus compañeros de vida y, poco a poco, se quedan sin amigos verdaderos. Así, la vulnerabilidad se agudiza cuando el círculo cercano se le reduce, y los pocos amigos que le van quedando lo traicionan. Imagino su horror al descubrir desamparado y demasiado tarde, tendido sobre una cama helada de la clínica, que el verdadero peligro no venía de la cirugía, sino de quienes usaban la medicina como instrumento de represión. La “mano invisible del opresor” había transformado una clínica, un quirófano, en una trampa mortal, con huellas difíciles de detectar.

La “mano invisible del opresor”, fue ese conjunto de fuerzas y poderes ocultos que durante la dictadura cívico-militar, operaron tras las bambalinas para reprimir, silenciar o eliminar a quienes consideraba una amenaza. No era una presencia evidente, sino una amenaza latente que se infiltraba en la vida cotidiana, en las instituciones civiles como las clínicas y los hospitales. No era necesario pernoctar en un regimiento para sentirse amenazado.

Años después, en 1998, la historia pareció invertirse. Augusto Pinochet, el ex dictador, enfrentó la necesidad de una operación a la columna. Sin embargo, no se atrevió a realizarla en Chile. Con el instinto de quien conoce los riesgos ocultos del poder, decidió viajar a Londres. Temía que el quirófano chileno pudiera convertirse en un escenario de venganza o ajuste de cuentas. En Londres, el destino le preparó una sorpresa: fue detenido, y por un momento, muchos creyeron que se haría justicia. Pero el desenlace fue inesperado y doloroso. Pinochet fue liberado gracias a las gestiones diplomáticas del propio Frei Ruiz-Tagle, entonces presidente de Chile e hijo del ex mandatario asesinado. Aquella decisión enfrentó a Frei Ruiz-Tagle con un conflicto desgarrador: por un lado, la “razón de Estado” le exigía actuar como jefe de gobierno y proteger la soberanía nacional; por otro, la memoria de su padre le recordaba la deuda de justicia pendiente.

La “razón de Estado” es un concepto que justifica decisiones difíciles tomadas por un gobierno en nombre del interés nacional, aunque estas contravengan principios éticos o personales. Es la lógica fría del poder, que a menudo exige sacrificar lo íntimo en pos de la estabilidad o la gobernabilidad. Imagino la escena: Frei Ruiz-Tagle sentado en su despacho, revisando los informes legales y las cartas de organismos internacionales. Afuera, la ciudad murmura, dividida entre quienes exigen justicia y quienes temen por la estabilidad democrática. Sobre el escritorio, una foto familiar le recuerda la ausencia de su padre. En la soledad de la madrugada, debe decidir entre el dolor personal y el deber institucional. No había una decisión correcta, solo caminos con cicatrices. Tiene que haber sentido la carga emocional de su decisión. Probablemente caminó por los jardines de La Moneda evitando los ojos de sus colaboradores, consciente de que cualquier gesto podía ser interpretado como una debilidad o una traición. No podía traicionar la memoria de su padre, pero también sabía que, como presidente, debía proteger la institucionalidad de su país. Este episodio, marcado por la paradoja y la tensión emocional, revela hasta qué punto la justicia y la democracia pueden verse enfrentadas a decisiones imposibles.

Estos dramas no solo afectan a los protagonistas, sino que dejan huellas profundas en la percepción pública de la justicia y la democracia. Cuando intereses de Estado prevalecen sobre la justicia individual, se instala la sospecha de que el poder protege a los poderosos y posterga las demandas de verdad y reparación. En Chile, la liberación de Pinochet provocó indignación en parte de la sociedad, que sintió que la transición democrática evitaba enfrentar el pasado con toda su crudeza. Ese dilema no fue exclusivo de Chile. En Argentina, durante la presidencia de Raúl Alfonsín, la aprobación de las leyes de Punto Final y Obediencia Debida buscó cerrar los juicios contra militares acusados de violaciones a los derechos humanos en nombre de la gobernabilidad. En Sudáfrica, la Comisión de la Verdad y Reconciliación ofreció amnistía a cambio de confesiones, priorizando la paz social sobre la sanción penal. En ambos casos, la sociedad quedó dividida: algunos valoraron la estabilidad lograda, otros lamentaron la falta de justicia plena.

Mencionar que ese tipo de cirugía ya no se realiza, como escribe Álvaro Covarrubias, tampoco se ajusta a la verdad. En el ámbito médico, la hernia al hiato ha sido tradicionalmente percibida como una afección benigna, de tratamiento sencillo y rara vez asociada a complicaciones graves. Nunca fue una operación de alto riesgo, ni antes ni tampoco ahora. La técnica quirúrgica que se usó en Frei Montalva era sólida y probada. El doctor Larraín era un experto con cientos de operaciones realizadas con éxito. Sin embargo, actualmente esa técnica no se usa porque se ha desarrollado una cirugía menos invasiva. Hoy, los profesionales de la salud suelen considerar que basta con un manejo farmacológico, especialmente tras la llegada de medicamentos como el omeprazol, y solo en casos excepcionales se recurre a la cirugía, la cual hoy se realiza mediante técnicas mínimamente invasivas como la laparoscopía.  En hospitales públicos y clínicas privadas de Chile y otros países, la norma es que el paciente se somete a controles periódicos, ajuste su dieta y, si fuera necesario, a una intervención quirúrgica que no conlleva un riesgo vital. Por ejemplo, en el Hospital Clínico de la Universidad de Chile y en la Clínica Alemana, cientos de pacientes han sido operados de hernia al hiato sin mayores incidentes, recuperándose en pocos días.

Así fue como después de la negativa de la Clínica Indisa, Frei no desistió y llegó a operarse a la Clínica Santa María. La reacción de mi padre ante las complejidades surgidas después de la operación fue de incredulidad absoluta; en su rostro se dibujaba una mezcla de desconcierto y temor. El doctor Goic, amigo cercano de Frei y su médico personal, le comunicó las complicaciones inesperadas. Mi padre, con décadas de experiencia, nunca llegó a comprender cómo una intervención rutinaria pudo derivar en un desenlace tan inusual; era como si la lógica médica se hubiera quebrado y el sentido común se hubiera perdido.

Recuerdo vivamente la atmósfera de preocupación y nerviosismo que reinaba en nuestro hogar. Mi padre mantenía una relación de amistad con el doctor Goic; era una confianza forjada con el tiempo, que no requería palabras para manifestarse. Entre ellos existía una comunicación hecha de miradas, gestos y complicidad, que permitía entenderse sin explicaciones. Cuando conversaban sobre temas delicados, especialmente cuestiones de ética médica o relacionadas con la salud de Frei Montalva, la voz pausada del doctor Goic y sus prolongados silencios transmitían una seriedad que aún hoy permanece viva en mi memoria. Al doctor Goic no le escuché expresar abiertamente las preocupaciones que lo atormentaban, pero tras la muerte de Frei, noté un cambio profundo en su forma de caminar, que se volvió más lenta y sus hombros parecían encorvados bajo un peso que parecía aplastarlo. Era evidente que cargaba con una culpa que no le pertenecía, pero que sentía como propia y no lograba liberarse de ella. En ocasiones, al ver como se alejaba, percibía como si una sombra lo siguiera y le impidiera encontrar alivio, dejando a su paso un vacío que nadie podía rellenar.

Después de transcurridos muchos años, resido ahora en Michigan. Hay mañanas de invierno en que al despertar, encuentro la nieve acumulada en el alféizar y la mesa cubierta de documentos, informes escaneados, datos clínicos y testimonios contradictorios desenterrados por el juez Alejandro Madrid, que investigó la muerte de Frei Montalva durante dos largas décadas. Aunque ya han pasado más de cuarenta años desde aquella cirugía ocurrida el 18 de noviembre de 1981, sigo experimentando cómo esa historia regresa a mi memoria con una fuerza abrumadora que me envuelve y me sacude con una claridad imposible de apartar, como si el tiempo no hubiera logrado borrar por completo el peso de aquellos acontecimientos que me dejaron huellas.

Durante años me resultó difícil poner en palabras lo que presencié; era como si el paso del tiempo y la niebla de los recuerdos se encargaban de desdibujar la verdad de lo vivido. Sin embargo, hoy, con la distancia que me da una vida entera y tras haber reflexionado largamente, me atrevo a mirar hacia atrás y comprender con mayor claridad lo que sucedía en mi entorno. Ahora puedo reconocer detalles que antes se me escapaban o no quería ver, como esas conversaciones en voz baja entre mi padre y el doctor Goic, las miradas nerviosas que intercambiaban, la tensión invisible pero palpable que llenaba cada rincón de nuestra casa durante sus visitas. Atendía a Frei Montalva y llegaba por la noche a conversar con mi padre. El ambiente familiar se volvía denso; el silencio no era solo ausencia de sonido, sino un muro que contenía miedos y secretos. Ahora comprendo que fui testigo de algo mucho más grave de lo que pude imaginar entonces. Hoy, al unir las piezas de esos recuerdos, puedo ver con nitidez que lo ocurrido no fue una simple intervención médica a Frei Montalva, el ex presidente, no solo enfrentó una dolencia, sino que fue víctima de una conspiración que atentó contra su vida, obligándolo a librar una batalla desesperada que perdió. Aquello que en su momento parecía confusión e incertidumbre, hoy aparece ante mí como una tragedia de enormes proporciones donde la vida de un líder nacional se extinguió lentamente ante nuestros ojos, mientras su familia y quienes lo rodeaban apenas alcanzaron a intuir la gravedad y la profundidad del abismo que los amenazaba.

Era de noche, corría el año 1981 y la oscuridad cubría mi barrio como un telón pesado. El silencio era profundo cuando el estrépito del teléfono interrumpía la calma. Era un timbrazo seco y metálico que hacía eco en los distintos cuartos. Mi padre respondía con voz serena, aunque percibía la tensión contenida detrás de sus palabras. “Sí, te espero”, le decía, esforzándose en sonar tranquilo, aunque el nerviosismo era evidente en el ambiente y en sus gestos. “No hay problema”, repetía, quizás intentando convencerse más a sí mismo que al que estaba al otro lado de la línea, como si necesitara reafirmar que todo estaba bajo control. “Ven y conversamos”, murmuraba finalmente antes de colgar el auricular, devolviendo la casa a la penumbra y al peso de la noche. Poco rato después llegaba el doctor Goic. Siempre lo hacía con el ceño fruncido y el rostro reflejando un gran cansancio, fruto de largas jornadas en la Clínica Santa María, donde se esforzaba por salvar a su amigo y paciente, Eduardo Frei Montalva. Al verlos conversar sentía una soledad que parecía envolverme por entero, como si la vida misma se empeñara en recordarme cuán desamparados podemos quedar frente a sus embates. Era una soledad donde primero, el doctor Goic tocaba el timbre —ese sonido abrupto, que hiere la quietud y anuncia que algo está por ocurrir— y yo corría a recibirlo. En esos segundos suspendidos al abrir la puerta, el mundo exterior se desvanecía, se quedaba paralizado, donde los autos parecían desaparecer y las luces se apagaban, todo detenido en un instante de irrealidad y sombras. El espacio se volvía obscuro, sin motor ni ruidos, apenas habitado por presencias fantasmales.  A los pocos minutos, ellos quedaban sumidos en una conversación baja y urgente en el living de la casa, bajo una luz débil y amarilla. Cada palabra era como una chispa que encendía temores, y los silencios se expandían hasta ocupar todo el espacio. Yo me retiraba en puntillas al segundo piso, suave y cauteloso, como si un mínimo crujido pudiera desencadenar una desgracia. Buscaba refugio en la calidez de las sábanas, sintiendo que la noche era el único muro entre nosotros y la incertidumbre. Sabía que allí, en esa casa y en ese tiempo, no se podía hablar, no se podía respirar muy fuerte, porque hasta un susurro podía traer consigo el peso de una amenaza. Sentía que el descanso era una tregua frágil ante lo que el día siguiente pudiera traer.

He intentado escribir sobre esos recuerdos en otras ocasiones, pero siempre he terminado dejando los intentos inconclusos, donde la historia quedaba atrapada en borradores dispersos, en notas sueltas o en sueños inquietos que se repetían noche tras noche. Cuando me armaba de valor para enfrentar la historia, cuando levantaba las alfombras que ocultaban la verdad, el peso de lo no dicho siempre regresaba, cubriendo de nuevo las heridas para dejarme envuelto en el fracaso; la esperanza se desvanecía, el ánimo se me resquebrajaba y la verdad —esa verdad que tanto me costaba nombrar— seguía rondando mis pensamientos y desvelos, sin darme tregua ni descanso.

Eduardo Frei Montalva aún no había fallecido a causa de una septicemia aguda, cuyo origen resultó enigmático y controvertido durante muchos años. Pero la muerte lo rondaba como una amenaza constante. No fue sino hasta el 20 de enero de 2019 —treinta y ocho años después de su fallecimiento, ocurrido el 22 de enero de 1982— cuando la sombra finalmente se definió. El juez Alejandro Madrid, tras una extensa investigación judicial, declaró oficialmente en un fallo de primera instancia (un fallo que fue apelado ante la Corte de Apelaciones) que la muerte de Frei Montalva no había sido producto de una enfermedad inevitable, sino el resultado de un asesinato, transformando el caso en uno de los episodios más complejos y polémicos de la historia reciente de Chile. Su exhaustiva investigación de casi dos décadas, encontró que Frei Montalva había sido asesinado mediante la administración de sustancias tóxicas durante su hospitalización, desenmascarando así la existencia de una conspiración en el entorno político y médico de la época. Ese fallo representó un hito en la memoria histórica chilena al dar voz y validez a los testimonios que durante años permanecieron escondidos.

En los años previos y todavía en dictadura, la posibilidad de atribuir su muerte a un asesinato era peligroso y apenas podía ser nombrado. En ese tiempo, el temor y el silencio dominaban las conversaciones entre mi padre y el doctor Goic; sus diálogos se prolongaban en medio de una atmósfera marcada por el secreto y la cautela. Las palabras parecían prisioneras, como pájaros atrapados en una habitación cerrada. Afuera, las calles aparentemente tranquilas, también guardaban su propia historia de tensión. En la esquina de Las Violetas con Avenida Suecia 1521, nuestra casa, un automóvil oscuro permanecía estacionado noche tras noche, con las luces apagadas y los vidrios empañados, evidenciando una vigilancia discreta pero persistente. En su interior, una pareja se besaba simulando indiferencia mientras cumplían la orden de observar cada movimiento de quienes entraban y salían de la propiedad. Desde la ventana del living y con la luz apagada, yo veía la presión de esas miradas que nunca se apartaban de la casa. La vigilancia no daba respiro.

Aquellos observadores eran claramente agentes del régimen militar vinculados a organismos como la DINA (Dirección de Inteligencia Nacional, oficialmente disuelta el 13 de agosto de 1977) o la CNI (Central Nacional de Informaciones que la reemplazó en esa misma fecha), instituciones responsables de la represión política bajo Pinochet. Esa sensación de control y miedo era tan profunda que ni siquiera las conversaciones privadas entre mi padre y el doctor Goic estaban realmente a salvo; todo parecía estar bajo la mirada acechante de fuerzas que impedían cualquier descanso, paz o posibilidad de olvido.

Con el paso de los años y el avance de las investigaciones, la historia de Frei Montalva dejó de ser únicamente un drama personal y familiar para convertirse en un símbolo nacional de la lucha por la verdad y la justicia en Chile.

En agosto de 2023, la Corte Suprema emitió un dictamen definitivo que revocó las condenas previas y concluyó que no existían pruebas suficientes para acreditar el homicidio, estableciendo la causa de muerte como una septicemia derivada de complicaciones postoperatorias. Esa decisión reabrió el debate público sobre la verdad histórica, la persistencia de dudas y la dificultad de alcanzar justicia plena en casos emblemáticos. Así, la historia de Frei Montalva continúa siendo un símbolo de la lucha por esclarecer el pasado y exigir responsabilidades en la búsqueda de la verdad nacional.

Con los años, la certeza de lo ocurrido se instaló en mi padre con una fuerza abrumadora: Eduardo Frei Montalva había sido envenenado de manera deliberada en la Clínica Santa María. Ese convencimiento nunca lo abandonó; se convirtió en una especie de protección psicológica que lo ayudó a enfrentar otros desafíos igualmente peligrosos. Uno de esos desafíos surgió cuando todavía en dictadura, tuvo que operar a una de las hijas de Frei Montalva en la Clínica Indisa. Aunque ella no estaba involucrada en la vida política y parecía ajena a los conflictos públicos, mi padre percibió que también estaba en peligro, como si fuera un blanco para quienes querían silenciar a la familia Frei.

Después de la cirugía, mi padre notó algo inquietante: los síntomas y el desarrollo de una infección que atacaba a la paciente le hicieron recordar -por lo inesperado- el caso Frei Montalva. Era como si la historia se repitiera y el pasado se manifestara ahora en los pasillos de otra clínica, amenazando con cobrarse otra vida. La cirugía, que en principio era sencilla y de rutina, terminó en una infección grave y peligrosa que mantuvo a la paciente al borde de la muerte. Más adelante, mi madre me contó que mi padre, exhausto y superado por la situación, le confesó en voz baja: «Quieren intimidar a los Frei, quieren destruir a la familia para que nunca más se atrevan a participar en política.» Esa revelación me dejó impactado; sentí impotencia y rabia al comprender que el peligro era real y constante, siempre presente y acechando.

En este segundo episodio médico, tras haber vivido el horror del envenenamiento de Frei Montalva, mi padre actuó con suma precaución. Se apoyó en su experiencia y en el instinto que se le había fortalecido con los años para lograr salvar la vida de la paciente, aunque nunca supe exactamente cómo lo hizo. Jamás me atreví a preguntarle, a pesar de que viajé muchas veces a Chile con la interrogante en una mano. Imagino que tomó medidas extremas: tal vez puso guardias en la puerta de la habitación, tal vez él mismo supervisó personalmente cada medicamento y cada procedimiento, vigilando los detalles para evitar cualquier descuido. Es posible que la diferencia crucial fue que la paciente no estaba internada en la Clínica Santa María, un lugar donde la muerte parece estar siempre presente.

Lo triste fue que a pesar de haber sobrevivido, la hija de Frei Montalva quedó molesta con mi padre. Ella nunca sospechó que había estado en peligro mortal ni tampoco imaginó que existían fuerzas oscuras detrás de lo sucedido; pensó que todo se debía a una incompetencia médica, al azar o los problemas habituales de una clínica, sin darse cuenta de la gravedad real de lo que había sucedido.

Un episodio médico similar se repitió años después, todavía en dictadura, cuando mi padre tuvo que atender al ex senador Jorge Lavandero tras haber sufrido una brutal golpiza en plena calle. El motivo de la agresión fue su decisión de investigar y exponer públicamente las transferencias de dinero realizadas por Augusto Pinochet en el extranjero. Recuerdo claramente la imagen de mi padre en ese entonces: estaba visiblemente alterado, sus nervios a flor de piel, la mirada siempre alerta y las manos tensas, como para anticiparse a las sorpresas. No bajó la guardia, y para protegerlo tomó medidas extremas, como colocar guardias en la puerta de su habitación, no dejarlo solo, intentando así crear una barrera física que impidiera cualquier intento malicioso. Además, supervisó personalmente cada medicamento, revisó cada ampolla y observó atentamente el trabajo de los enfermeros, convencido de que el peligro podía esconderse en los detalles cotidianos y que la muerte podía aparecer en cualquier momento a través de los descuidos. Sabía, por la experiencia acumulada, que lo rutinario en el ambiente hospitalario podía convertirse en amenaza. En casa, la sensación de alerta constante era palpable, vivíamos atentos a cualquier ruido, al crujido de una puerta o a un susurro inesperado. La percepción del peligro era intensa, y nunca nos sentíamos completamente a salvo.

Siento nostalgia al escribir sobre esos años. Al mismo tiempo, percibo cierta cobardía, una dificultad interna para enfrentar ciertos recuerdos. Me pregunto porque resulta tan difícil destapar esos secretos que permanecen tan ocultos.  ¿Por qué es tan difícil liberar esos sentimientos, que como pájaros atrapados necesitan volar y dejar atrás las sombras del pasado? No tengo una respuesta clara. A veces creo que se debe a la naturaleza lenta y difícil de los traumas; son como espectros que se arrastran en la memoria, moviéndose con sigilo y temor, sin atreverse del todo a mostrar la luz. Los recuerdos traumáticos aparecen poco a poco, ocultos, como si les costara abandonar la oscuridad. Cada avance hacia la claridad lo siento como una batalla, y hasta el propio aire parece vibrar ante el reto de enfrentar lo que he tratado de olvidar.

El siguiente es un resumen cronológico, elaborado en base a los antecedentes judiciales  del juez Madrid; detalla las declaraciones de testigos y las contribuciones de los involucrados en el crimen. También detallo las cirugías a las que fue sometido el ex presidente antes de su fallecimiento. Este resumen busca ofrecer una visión clara y ordenada de algunos procedimientos médicos realizados, las circunstancias en que se llevaron a cabo y los equipos médicos involucrados, permitiendo comprender mejor el contexto y las decisiones que marcaron el desenlace de su historia clínica:

1. Primera operación – 18 de noviembre de 1981

  • Motivo: Hernia al hiato (gastroesofágica).
  • Lugar: Clínica Santa María.
  • Cirujano: Dr. Augusto Larraín Orrego.
  • Resultado: Tras la primera operación, que fue considerada exitosa, se pensaba que Frei Montalva recibiría el alta en pocos días. Sin embargo, investigaciones posteriores sugirieron un hecho sumamente grave y hasta entonces desconocido: durante la cirugía -como lo describo más adelante con las declaraciones de testigos- alguien contaminó deliberadamente las compresas quirúrgicas probablemente con talio, un veneno extremadamente tóxico; y no se utilizó en concentraciones altas porque le habría provocado síntomas notorios y evidentes, permitido descubrir con facilidad que estaba siendo envenenado.

La verdadera intención de quienes planearon esa primera fase del envenenamiento, no era matar a Frei Montalva de inmediato, ya que una muerte repentina habría generado un escándalo difícil de ocultar. En cambio, al usar talio en dosis bajas, buscaron provocar una complicación médica —que en ese tiempo se interpretó como una obstrucción intestinal— que obligara al ex presidente a regresar a la clínica, como efectivamente ocurrió. Su retorno les abrió la puerta para intervenir de manera letal y decisiva y darle el golpe de gracia.

2. Reingreso y segunda operación – 4 al 6 de diciembre de 1981

Motivo: El diagnóstico inicial fue presentado como una obstrucción intestinal por el doctor Silva Garín. Posteriormente, durante la investigación judicial, se determinó que esa condición no existió clínicamente. Lo que se observó fue un cuadro de inflamación agudo que generó gran preocupación entre el equipo médico y la familia del ex presidente. La atmósfera se volvió tensa y dominada por la incertidumbre, ya que cada decisión médica se sentía crucial y el temor a complicaciones graves era constante. La percepción de peligro se intensificó, alimentando la sospecha de que detrás de la situación clínica podían existir factores externos que complicaban el manejo médico y la tranquilidad de los involucrados. En este segundo ingreso, quienes estaban detrás del complot le administraron no solo talio pero también gas mostaza. Este último es un veneno letal cuya toxicidad aumenta considerablemente si la persona ya tiene talio incorporado en su organismo, de manera que se puede administrar en dosis bajas. Esa combinación de venenos debilitó gravemente el sistema inmunológico de Frei y empeoró su estado general. Los médicos leales no tenían experiencia previa y no conocían los síntomas provocados por el gas mostaza, sobre todo en bajas concentraciones donde son muy difíciles de interpretar. Eso dificultó enormemente la capacidad de reacción y diagnóstico oportuno. La falta de familiaridad con los efectos de ese veneno contribuyó a que el breve éxito de la primera cirugía encubriera una estrategia calculada para crear complicaciones médicas y así facilitar su posterior envenenamiento decisivo, todo bajo la apariencia de un proceso clínico rutinario y sin levantar sospechas inmediatas.

  • Nuevo equipo médico: Encabezado por el Dr. Patricio Silva Garín, coronel del Ejército, cuya llegada marcó un giro radical en la evolución clínica de Frei. La contaminación deliberada de las compresas quirúrgicas con talio, cumplió un propósito esencial, como fue facilitar la entrada en escena del doctor Silva Garín y otros médicos de la CNI, como Pedro Valdivia; médicos que también trabajaban en la clínica Santa María. Sin que lo supieran el doctor Goic ni la familia Frei, trabajaban también para los organismos represores del régimen. Silva Garín, con una determinación calculada, se dedicó a minar la reputación del doctor Augusto Larraín, quien hasta ese momento había sido un referente de confianza para la familia. A través de comentarios y gestos sutiles, sembró dudas sobre la idoneidad y las decisiones de Larraín, logrando que el prestigio de este último se viera destruido ante los ojos de la familia Frei y el doctor Goic. El ambiente se volvió tenso y enrarecido, con los médicos Larraín y Goic divididos, y una familia sumida en la confusión y la vulnerabilidad, desplazando finalmente la figura de Larraín y permitiendo que su voz fuera silenciada bajo una nube de sospechas y descrédito. El doctor Larraín enfrentado al aparato represivo del régimen, sintió temor y prefirió no oponer resistencia, guardando silencio ante la presión y el peligro que lo rodeaban. El poder y la autoridad de Silva Garín fue reforzada por su rango militar de coronel. Desde ese momento cada decisión médica se vio envuelta en un manto de incertidumbre, dejando la inquietante sensación de que las prioridades habían cambiado y que el verdadero bienestar del paciente podía estar quedando en un segundo plano, eclipsado por intereses ajenos a la salud. Bajo ese nuevo escenario, resultó fácil para los asesinos continuar con el proceso de envenenamiento sin levantar sospechas inmediatas. El acceso al paciente, permitió que el envenenamiento entrara en su segunda fase, donde se lo contaminó con gas mostaza usando un suero que le inyectaron por la noche. Para todos los efectos prácticos Frei quedó en manos de la CNI, el organismo represivo de Pinochet, sin que el doctor Goic y la familia lo supieran.

Como relata la periodista Mónica González en su artículo publicado en The Clinic, cuando Frei llegó a la clínica por segunda vez, no lograron ubicar rápidamente al doctor Larraín, y se aceptó la ayuda de un obsequioso médico de turno, el doctor Valdivia, es decir el paciente quedó en manos de la CNI:

 …la inmediata propuesta del médico cirujano Pedro Valdivia Soto, de turno en el establecimiento, de examinar al destacado paciente por cuya salud miles de personas se inquietaban en esas horas. En algo se mitigó la preocupación de la familia cuando el doctor Pedro Valdivia Soto ingresó con paso seguro a la habitación y lo examinó…De lo que Valdivia hizo con Frei no hay registro ni testigos… Valdivia, hoy de 64 años, fue contratado en la Clínica de la DINA en 1978 por su entonces director, el doctor Horacio Taricco Lavín. Paralelamente se incorporó a la Clínica Santa María como médico residente y con turno de noche. Por ello, pudo ingresar a la habitación de Frei conducido por la enfermera Victoria Larraechea, pero no fue esa la única vez que auscultó al ex presidente. Porque sus funciones se extendían desde las 20:00 hasta las 8:00 del día siguiente, teniendo como misión ocuparse de todos los pacientes que habían sido operados. Ese era exactamente el caso de Frei Montalva. Nadie le pudo impedir, durante las noches que estuvo ahí hospitalizado, él tuvo acceso cuantas veces quiso a su habitación y a su prolijo examen.

  • Intervención: Resección de parte del intestino delgado, una decisión tomada por el doctor Silva Garín en medio del desconcierto y el temor, motivada por la sospecha de una necrosis que parecía devorar toda esperanza. La operación, cargada de urgencia y ansiedad, dejó a la familia y al equipo médico al borde de un despeñadero. Cada intervención se justificó como una medida técnica, urgente e ineludible, pero en la práctica se transformaron en una sucesión de momentos tensos y llenos de incertidumbre que abrieron las puertas a nuevos sabotajes. En ese contexto, el doctor Silva Garín desempeñó un papel fundamental. Trabajó intensamente para convencer de que el estado de Frei era de una gravedad extrema y prácticamente irreversible -incluso le indicó a la familia Frei que le habían perforado los intestinos en la primera operación- reforzando la idea de que cualquier desenlace fatal sería una consecuencia natural y previsible dada su delicada condición médica. Así, el proceso de contaminación al que fue sometido Frei quedaba encubierto bajo la apariencia de una evolución clínica lógica, minimizando sospechas sobre intervenciones externas. Pero el peso de esa determinación se hizo sentir muchos años después, cuando un panel de ocho médicos expertos, convocados por el juez Madrid, concluyó que aquella intervención había sido precipitada e innecesaria.
  • Observación clave: El Dr. Larraín, presente en el quirófano como un testigo mudo, vio esa mesenteritis hipertrófica localizada (una inflamación) que lo sobresaltó profundamente. La zona afectada no correspondía a una región intervenida ni tocada por su bisturí durante la primera cirugía, sino que se encontraba en un área donde se habían apoyado unas compresas quirúrgicas para sostener el intestino durante la primera operación. El aspecto de la inflamación tampoco sugería una infección bacteriana, sino que sus características parecían insinuar la presencia de una contaminación química o tóxica, como si alguna sustancia extraña se hubiese infiltrado deliberadamente en el organismo de Frei a través de las compresas. Sin embargo, el miedo se apoderó de él, paralizándolo; no dijo nada, la sombra de las posibles represalias le pesaron demasiado y guardó silencio. Atrapado entre el deber y la amenaza, no se atrevió a proclamar abiertamente su sospecha, y no defendió sus impresiones con la fuerza que el momento requería. Así, sus palabras quedaron ahogadas por el temor y el desconcierto, y el eco de su silencio aún resuena en la memoria de quienes todavía buscan respuestas. El doctor Goic tampoco habló. No era cirujano, pero tampoco mostró curiosidad ante lo observado. Su experiencia y rol en el equipo le otorgaban la posibilidad de indagar más a fondo frente a las anomalías clínicas presentes, pero no lo hizo. ¿Sintió temor, miedo?

3. Shock séptico y traslado a UCI – 8 de diciembre de 1981

  • Condición: Durante la segunda operación, o probablemente en las noches posteriores a la cirugía, se le administró gas mostaza, desmantelando su sistema inmunológico. Eso significó que su cuerpo ya no pudo defenderse contra las infecciones, ni siquiera las más habituales o las que normalmente no causan problemas. Como consecuencia directa de esa debilidad extrema, en pocas horas Frei desarrolló un shock séptico severo, donde su organismo fue invadido por bacterias y gérmenes oportunistas que, ante la falta de defensas, se multiplicaron rápidamente y ocasionaron una infección generalizada, poniendo su vida en grave peligro.
  • Tratamiento: En un intento desesperado por salvarlo, se le administraron antibióticos de última generación que no lograban mejorarlo. Como último recurso se le administró “Transfer Factor”, un inmunomodulador experimental que no contaba con la aprobación de la Food and Drug Administration (FDA, USA). Era una apuesta a ciegas, casi al borde de la resignación, pues el sistema inmunológico de Frei estaba completamente desarticulado, desmoronado y sin cimientos, incapaz de ofrecer la más mínima defensa ante el avance de infecciones oportunistas.
  • Sospechas: En medio de la tensión que impregnaba cada rincón de la clínica, se recibieron varias llamadas anónimas que perturbaron profundamente la tranquilidad del hogar de Hernán Elgueta, el amigo más cercano y leal de Frei. Como cuenta su hija Carmen Frei en su libro (Magnicidio. La historia del crimen de mi padre. Ed. Aguilar 1917):

La noticia se propagó rápidamente, generando pánico y una creciente paranoia entre quienes lo rodeaban y apreciaban. Ante este clima de angustia y desconcierto, la familia Frei decidió tomar medidas drásticas: restringieron el acceso a la habitación del ex presidente, intentando crear una barrera invisible que lo protegiera de cualquier amenaza. Sin embargo, ese esfuerzo se mostró frágil frente a la realidad inquietante que ahora se conoce con certeza: la clínica estaba en manos de la CNI, donde cualquier persona vestida con delantal blanco —fuera médico, funcionario, o incluso agentes represivos ocultos bajo la apariencia de personal sanitario— podía ingresar sin mayores trabas a su cuarto. Frei fue dejado expuesto ante un enemigo invisible que acechaba disfrazado de autoridad y confianza.

4. Embalsamamiento y extracción de órganos – 22 de enero de 1982

  • Fallecimiento: Frei muere a las 17:20 horas.
  • Procedimiento post mortem: Sin la autorización de la familia, un grupo de médicos vinculados a la Universidad Católica realizó de manera apresurada un procedimiento sobre su cuerpo que se presentó como embalsamamiento o autopsia. Dicho procedimiento no siguió ningún protocolo legal ni médico establecido, lo que genera dudas sobre sus verdaderos fines. Durante esa intervención irregular, se extrajeron órganos clave, aparentemente con la finalidad de impedir o dificultar futuras investigaciones forenses que pudieran esclarecer las causas reales de su fallecimiento. La urgencia y el secretismo con que se llevó a cabo ese procedimiento aumentan la sospecha de que se buscaba ocultar evidencias cruciales.

Investigación posterior: veinte años después, cuando el dolor por la muerte de Frei seguía presente en la conciencia del país, comenzaron a descubrirse detalles ocultos que hasta entonces parecían inalcanzables. Un análisis cuidadoso y discreto de tejidos conservados en lugares poco conocidos dentro de la Universidad Católica, junto a muestras adicionales obtenidas cuando su cuerpo fue exhumado en el año 2004, permitió a las doctoras Laura Börgel y Carmen Cerda arrojar luz sobre algunos de los enigmas que rodean la tragedia de Frei. El estudio reveló hallazgos impactantes: mediante análisis minuciosos, detectaron la presencia de talio y gas mostaza en el organismo de Eduardo Frei Montalva, aunque en cantidades pequeñas pero significativas. Estas sustancias altamente tóxicas no habían llegado a su cuerpo de manera accidental ni por error médico, sino que, según los resultados experimentales, fueron administradas intencionalmente y de forma gradual durante un periodo aproximado de tres meses, es decir desde cuando se sometió a la primera cirugía. El envenenamiento, realizado con extrema frialdad y precisión, se camufló bajo la apariencia de tratamientos médicos, lo que permitió que la inoculación progresara sin levantar sospechas inmediatas entre el personal de la clínica leal a Frei o la familia. El descubrimiento de estos tóxicos, confirmó que a Frei no solo se le había privado de una atención médica adecuada, sino que fue víctima de un plan deliberado para acabar con su vida. Esa revelación estremeció a la opinión pública y marcó un antes y un después en la búsqueda de justicia, ya que permitió que la verdad comenzara a salir a la luz tras años de dudas y encubrimientos, dejando en evidencia que los hechos superaron con creces cualquier temor o sospecha previa.

La secuencia de intervenciones médicas, realizada en un ambiente cargado de incertidumbre y sospechas, así como la inquietante presencia de agentes encubiertos en los pasillos de la clínica, refuerzan de manera contundente la hipótesis judicial de que se trató de un homicidio encubierto, disfrazado como una complicación médica. Cada acción, cada gesto dentro de aquel recinto, aparecen marcados por la desconfianza, generando la impresión de que detrás de las decisiones clínicas se ocultaron intenciones ocultas y traiciones flagrantes. Este clima de tensión no solo profundiza el drama vivido por la familia y quienes rodeaban al paciente, sino que también sigue provocando conmoción entre quienes buscan esclarecer la verdad y alcanzar justicia, enfrentándose al continuo obstáculo que representa la impunidad en torno a estos hechos.

Cuando el cuerpo habla lo que el país calla

A Eduardo Frei Montalva lo operaron cuatro veces, pero lo asesinaron una sola vez.

En las páginas siguientes, enlazo testimonios de testigos, investigaciones toxicológicas y recuerdos personales que dejan pocas dudas sobre quién estuvo detrás de su asesinato.

El 18 de noviembre de 1981, los bisturíes comenzaron a intervenir en el cuerpo de Frei, con la esperanza de aliviar su condición médica. Tras la cirugía, a los pocos días comenzó a sentir molestias que parecían apuntar hacia una posible obstrucción intestinal. Fue intervenido nuevamente y en menos de veinticuatro horas una infección oportunista se apoderó de su organismo, seguida por un shock séptico que generó una profunda preocupación entre sus allegados y el personal médico cercano a Frei. Tras muchos intentos por combatir las infecciones, falleció en pocas semanas. Al morir se le realizó un procedimiento que fue presentado como embalsamamiento —para algunos— o como autopsia —para otros—. Lo más grave es que ese procedimiento se llevó a cabo fuera de cualquier protocolo y sin el consentimiento de la familia, privándolos del derecho fundamental de decidir sobre los restos de su ser querido.

Años después, Hugo Chavez Arias declaró ante el juez Alejandro Madrid durante la investigación sobre la muerte de Frei Montalva (2005-2019), lo que ocurrió con el cadáver del ex presidente. Según su relato, el procedimiento se realizó bajo las instrucciones de los doctores González Bombardiere y Helmar Rosenberg, de la Clínica de la Universidad Católica, lo que añadió más interrogantes y aumentó la sensación de que detrás de esos actos médicos hubo decisiones tomadas en las sombras, lejos del conocimiento y la voluntad de la familia Frei:

El ambiente en la clínica Santa María era opresivo y tenso, marcado por la exclusión total de la familia de cualquier decisión relevante. Ningún familiar pudo expresar su voluntad ni presenciar lo que ocurría; todo se desarrolló en una habitación apartada y fría, donde la dignidad del ex presidente quedó relegada ante la premura y el secretismo del personal médico. El lugar elegido no contaba ni con las más mínimas condiciones sanitarias para una intervención de esa magnitud, lo que acentuó la sensación de improvisación y descuido. Un detalle macabro fue la presencia de una escalera durante el procedimiento, elemento que reflejaba la falta de preparación y el apuro, como si ocultar lo sucedido fuese más importante que mostrar respeto por el cuerpo y la memoria del ex presidente. La escena era desoladora: cada gesto y cada decisión estuvieron impregnados de la impotencia de los familiares, quienes, desde el otro lado de la puerta cerrada, intuían que algo grave e irreversible estaba ocurriendo, sin poder hacer nada para evitarlo:

Ese último procedimiento, pareciera, fue urdido con la fría determinación de borrar las huellas del crimen. No fue solo una operación médica irregular; fue un acto deliberado, calculado con premeditación, donde cada gesto, cada corte, cada frasco de reactivo derramado respondiera a la urgencia de hacer desaparecer los tóxicos del cuerpo bajo capas de silencio y olvido.

Pese a los esfuerzos por eliminar los tóxicos, después de varios años se halló talio y gas mostaza en el cuerpo de Frei Montalva, descartando cualquier posibilidad de duda o de justificación basada en errores médicos. No se trató de una negligencia involuntaria, ni de un descuido del equipo profesional. Por el contrario, la presencia de estos elementos tóxicos revela que la muerte fue provocada de manera intencional, a raíz de decisiones premeditadas y calculadas por personas que actuaron con total frialdad y sin compasión, obedeciendo intereses oscuros y ajenos al bienestar del ex presidente. Todo lo que ocurrió en esa clínica, tuvo el sello inconfundible de una traición planificada, como si el destino de Frei Montalva hubiese sido decidido de antemano.

Frei como enemigo interno

La Clínica Santa María se convirtió, a lo largo de varias semanas, en el escenario central de una tragedia que fue mucho más allá de lo estrictamente médico y adquirió una dimensión profundamente política. Frei Montalva, mostrando gran valentía, se había erigido como la única figura capaz de desafiar abiertamente y sin temor a la dictadura cívico-militar. Su sola presencia imponía respeto y, a pesar de las adversidades, representaba una amenaza contundente para aquellos sectores de poder que buscaban perpetuarse. El peso de su biografía y la firmeza de sus ideas resonaron con fuerza, impactando incluso a quienes, en un primer momento, lo consideraban un mero espectador tras el Golpe de Estado. Ese pasado, marcado por su silencio cambió y se transformó en el motor que impulsó su resistencia y su lucha incansable por la democracia.

Andrés Zaldívar lo recuerda en una entrevista con el corazón dividido entre la nostalgia y la autocrítica. Él mismo, junto a Frei y otros democratacristianos, confesó su ingenuidad al pensar que el Golpe de Estado del 11 de septiembre de 1973 sería apenas un paréntesis, una tormenta pasajera que pronto se disiparía para permitir el restablecimiento de la democracia. Por ese motivo, optaron por no firmar la conocida “Carta de los Trece”, un documento histórico redactado y suscrito pocos días después del Golpe por un grupo de destacados miembros de la Democracia Cristiana y figuras públicas, donde se condenaba explícitamente la intervención militar y la ruptura del orden constitucional. Esa carta, que representó un acto de valentía y compromiso democrático, marcó una clara diferencia entre quienes se atrevieron a oponerse públicamente a la dictadura naciente y aquellos que, por temor, cálculo político o esperanza de una pronta normalización, prefirieron guardar silencio y adoptaron una postura más ambigua.

Con el paso de los años, esa decisión de no firmar la carta se convirtió en una carga pesada para los que no lo hicieron, una espina que durante años les perseguiría entre reproches y lamentos, tanto propios como de la sociedad chilena. La decepción de quienes esperaban una defensa implacable de la democracia por parte de sus dirigentes se transformó en desilusión y rabia. Para muchos, la falta de una condena inmediata y contundente al régimen militar significó una complicidad involuntaria con la represión, los atropellos a los derechos humanos y la prolongación de una dictadura que se extendería por casi diecisiete años.

La periodista Mónica González, reconocida por su incansable labor investigativa sobre la muerte de Frei Montalva y otros crímenes, declaró ante el juez Madrid que en mayo de 1975 se produjo un momento decisivo en la vida del ex presidente. Hasta entonces, Frei había mantenido una postura cautelosa y distante, observando los acontecimientos desde la periferia, intentando adaptarse a lo irreversible tras el Golpe de Estado. Sin embargo, ese año, finalmente encontró el valor para dejar atrás la prudencia y enfrentarse abiertamente al régimen militar. Su decisión de conceder una entrevista al semanario colombiano Nueva Frontera fue un acto de valentía, temerario, que rompió el silencio impuesto por la dictadura. Allí, con palabras firmes, denunció la situación en Chile, desafiando la represión y el miedo que imperaban en el país.

Ese gesto marcó un antes y un después: fue el punto de inflexión en el que Frei Montalva dejó de ser un mero espectador para convertirse en un símbolo activo de la resistencia. Su voz, cargada de dignidad y coraje, resonó como una llamarada de esperanza para quienes anhelaban justicia y libertad en medio de la opresión. Su intervención pública lo expuso a graves riesgos personales, y lo transformó en una amenaza real y directa para el régimen dictatorial, encendiendo una chispa de aliento en la sociedad chilena, abriendo un camino que ya no se detendría.

La historia avanzaba con una intensidad que parecía sacada de una tragedia griega, donde cada episodio sumaba nuevas capas de tensión y significado. En 1977, cuando Eduardo Frei Montalva fue invitado a integrarse a la Comisión Norte-Sur bajo la dirección del ex canciller alemán Willy Brandt, no solo asumió un rol internacional de enorme prestigio, sino que se consolidó como una figura de referencia ética y política para América Latina. Su voz resonaba en los foros internacionales, donde abogó por el diálogo entre países desarrollados y en vías de desarrollo, defendiendo la justicia social y los derechos humanos en medio de la Guerra Fría. En ese escenario, Frei era el único representante latinoamericano, lo que reforzaba aún más su liderazgo y lo convertía en un símbolo de esperanza para quienes, desde Chile y el exilio, anhelaban un futuro distinto.

Pero sería en 1980 cuando la figura de Frei alcanzó su mayor dimensión política y moral dentro de Chile. El dictador Augusto Pinochet, decidido a perpetuar su régimen, orquestó un plebiscito para aprobar una nueva constitución, un proceso que buscaba una legitimidad artificial bajo la apariencia de una consulta democrática. Como parte de esta estrategia, el régimen permitió la realización de un acto público el 27 de agosto de 1980 en el emblemático teatro Caupolicán de Santiago. Aquella noche, el ambiente fue eléctrico; miles de personas se agolparon en el teatro, entre lágrimas, esperanza y temor, conscientes del riesgo que corrían al desafiar abiertamente a la dictadura.

En ese escenario, Frei Montalva tomó la palabra y con una serenidad que desmentía el peligro que lo rodeaba, pronunció un discurso histórico. Exigió, sin titubeos, el inicio de una transición democrática, reclamó el respeto a la dignidad del pueblo chileno y denunció la ilegitimidad del plebiscito. Sus palabras, que fueron un llamado a la unidad y una invitación a no resignarse ante el miedo, encendieron una chispa de rebelión en el corazón de la sociedad. A partir de esa noche, Frei dejó de ser solo un ex presidente respetado, y se convirtió en un “enemigo interno” de la dictadura, el adversario que debía ser silenciado a toda costa para evitar que la llama de la oposición a Pinochet se convirtiera en un incendio.

La amenaza que pesaba sobre Frei no era aislada. Apenas unas semanas antes, en julio de 1980, la Coordinadora Nacional Sindical —liderada por un corajudo Tucapel Jiménez— y las principales fuerzas políticas opositoras, muchas de ellas gravitando en torno a Frei, habían sellado un pacto histórico. Su objetivo era organizar un gran paro nacional para marzo de 1983, un acto de protesta masiva que buscaba paralizar el país y forzar la apertura política.

Ambos hitos —el discurso del Caupolicán y la gestación del paro nacional— sellaron el destino de Frei y sus aliados. El régimen los identificó como el principal obstáculo para mantenerse en el poder. Así, la represión se intensificó, y la vigilancia sobre Frei y sus cercanos se volvió asfixiante. Las amenazas y el miedo se instalaron en la vida cotidiana de los opositores, y la historia de Chile entró en una de sus etapas más sombrías y decisivas. Sin embargo, la determinación de Frei Montalva y de quienes lo acompañaban demostró que incluso frente a la brutalidad, la esperanza y el coraje podían abrir caminos inesperados hacia la libertad y la democracia.

La importancia del llamado “caupolicanazo” —como se denominó la histórica concentración en el teatro Caupolicán— fue relatada por Mary Figueroa, ex Directora de la Policía de Investigaciones de Chile, durante su testimonio ante el juez Madrid. Aquella no fue una simple jornada política: significó un punto de inflexión en la historia reciente de Chile, el instante en que los riesgos personales y el peso de la dictadura cayeron con toda su fuerza sobre los hombros de Eduardo Frei Montalva. Su intervención lo convirtió en el blanco de la represión y la obsesión de los servicios de inteligencia militar, que analizaron cada frase de su discurso con minuciosidad, temiendo su potencial de encender la rebelión y la esperanza en una sociedad sometida exitosamente por el miedo.

Según Mary Figueroa, esa noche el teatro Caupolicán se llenó con miles de personas que desafiaron la vigilancia y el peligro, para escuchar a un líder que hasta entonces había mantenido una prudente distancia pública. El ambiente se cargó de emoción y tensión. Su discurso recibió cincuenta y nueve ovaciones. Los gritos y aplausos no solo le expresaron apoyo, sino que rompieron el silencio impuesto por la dictadura para arrancar desde lo más profundo de la multitud un clamor por la dignidad y el cambio. Cada vítore fue una afirmación de fe en la posibilidad de un futuro democrático. Frei enfrentó directamente al régimen de Augusto Pinochet, rechazando el plebiscito constitucional que el gobierno militar intentaba legitimar sin registros electorales ni garantías de transparencia. Con voz firme, aunque marcada por la emoción, llamó abiertamente a votar por el “No”, lanzando un llamado a la ciudadanía a rechazar la prolongación de la dictadura a través de una nueva Constitución. Además, propuso una salida institucional donde abogó por la formación de un acuerdo nacional y la convocatoria a una asamblea constituyente, ideas que en ese ambiente autoritario resultaban sumamente arriesgadas. Pero uno de los momentos más significativos de la noche fue cuando Frei exigió el fin de la intervención militar en las universidades, defendiendo su autonomía, y reivindicando el papel moral de la Iglesia Católica en la defensa de los derechos humanos. Esas palabras suscitaron una reacción inmediata, donde el público respondió con una ola de aplausos y abrazos, creando un ambiente de hermandad y esperanza entre personas que hasta entonces, podían haber sido desconocidas, pero que se unieron bajo la causa común de la libertad y la democracia. Según Mary Figueroa, el caupolicanazo representó mucho más que una simple manifestación política, fue un evento que provocó cambios profundos en la ciudadanía y a partir de ese momento su figura quedó identificada como el objetivo principal de la dictadura militar.

En declaraciones frente al juez Madrid, Andrés Zaldívar narró con la voz impregnada de inquietud la trascendencia del caupolicanazo y el abismo de peligros que rodeaban la figura de Frei Montalva en esos años. En un relato tenso, dejó entrever el peso de la amenaza constante, y el presentimiento de que el destino de Frei pendía de un hilo invisible y frágil. En su testimonio ante el juez, Zaldívar evocó cómo, tras el plebiscito de 1980, en octubre de ese mismo año y a instancias personales de Frei Montalva, emprendió una gira política cargada de incertidumbre por el extranjero luego de recibir una invitación de la Democracia Cristiana italiana. Cada paso fuera de Chile era una apuesta, una travesía por territorios donde el exilio se sentía como una sombra acechante. El temor a que le impidieran el regreso a su propia tierra era una amenaza siempre presente después de cada encuentro que sostenía, después de cada discurso que pronunciaba.

A fines de septiembre de 1980, apenas consumado el plebiscito donde se aprobó la nueva constitución con alrededor del 67% de los votos , la tensión alcanzó su cenit cuando el general Pinochet, con voz glacial, lanzó una amenaza pública en el salón Azul del Club de la Unión. En ese momento, ante una audiencia expectante, Pinochet no dudó en señalar, casi como una sentencia, a Zaldívar, a Eduardo Frei y a Tucapel Jiménez. Los tildó de antipatriotas, los acusó de traicionar los lazos más profundos de la patria y los etiquetó como grandes enemigos del país. Sus palabras, cargadas de rencor y advertencia, retumbaron fuertemente y dejaron en el aire la sensación de que algo irreversible se avecinaba. Proclamó que ya conocía las intenciones de ese grupo, que estaba al tanto de sus movimientos y de aquella riesgosa y torpe iniciativa de unir fuerzas políticas y sindicales contra él. Mencionó que estaba al tanto del plan para convocar a un paro nacional. Bajo aquellas luces y ante esa multitud, la amenaza de la represión se tornó tangible, una advertencia que anticipaba la dura persecución que estaba por venir.

Zaldívar le indicó al juez que después de sus presentaciones en Italia, aún agitado por la incertidumbre y respondiendo a una invitación que en el fondo la sintió como un salvavidas en medio del naufragio, se trasladó a Israel el 16 de octubre de 1980. Fue allí, lejos de su patria, donde recibió angustiado la noticia que no le cayó como una gran sorpresa: le prohibían su regreso a Chile. Genaro Arriagada, con la voz temblorosa al otro lado de la línea, le comunicó que acababan de dictar un decreto de exilio firmado por el general Augusto Pinochet y del ministro del interior Sergio Fernández. Cada palabra fue como un golpe seco, una puerta que se le cerraba con estruendo. En ese instante comprendió que la causa central de su destierro, fue haber osado denunciar el plebiscito como ilegítimo, y haberlo rechazado en representación de un partido proscrito, la democracia cristiana, del cual él era su presidente. La injusticia se profundizó aún más, al enterarse que en un artículo publicado en la revista mexicana “1 + 1”, se le acusaba de querer forjar una alianza con militares para derrocar a Pinochet. Así, entre la rabia y la impotencia, Zaldívar sintió cómo la historia lo arrastraba a un exilio lleno de lucha, incertidumbre y esperanza, aferrándose al recuerdo de una patria que aunque le negara su regreso, jamás podrían arrancársela del todo.

Tucapel Jiménez, en aquel entonces, relató Zaldívar, vivía sumido en el temor, acorralado por las amenazas lanzadas sin pudor por Pinochet. Ese terror no era un simple presentimiento, sino la certeza angustiante de que el peligro lo acechaba. Su temor fue justificado, porque apenas habían pasado un mes y tres días desde la muerte de Frei Montalva, cuando el destino le tendió la emboscada final sacándolo de este mundo de la manera más vil y cobarde. Tres días antes de ser asesinado, se había atrevido a convocar a una protesta pacífica, un gesto que fue tanto una súplica como un grito de vida, como si supiera que estaba comprando unas horas extras. Pareciera que esa protesta le regaló tres días adicionales de existencia, porque lo tenían marcado para morir antes. Esa verdad, la confesó su propio asesino, Carlos Alberto Herrera Jiménez, en un testimonio que nos obliga a mirar de frente al abismo de la violencia:

Tucapel Jiménez era un hombre de hábitos marcados y horarios estrictos; su día a día se desarrollaba siempre de la misma manera, como si esa rutina pudiera protegerlo de cualquier amenaza. Sin embargo, esa previsibilidad terminó siendo su mayor vulnerabilidad. Los agentes encargados de vigilarlo conocían sus movimientos a la perfección, identificando incluso los más mínimos cambios en su comportamiento. Los seguimientos se volvieron constantes: era como si una sombra lo acompañara en cada paso que daba, esperando el momento oportuno para atacar. Sus costumbres diarias, especialmente el trayecto que recorría cuando salía a trabajar en su taxi, se transformó en el mapa perfecto para quienes planeaban su asesinato. Lo que antes era un refugio de tranquilidad, su taxi, se convirtió en una trampa mortal. Resultó sencillo cumplir la orden ese mismo día. Alberto Herrera usó cinco balazos, seguido de un degollamiento.

Frei no estuvo exento de seguimientos similares. Según la declaración judicial de Mónica González frente al juez, el relato adquiere tintes estremecedores: Luis Becerra, chofer y hombre de confianza de Frei Montalva, traicionaba a diario esa amistad informando puntualmente a la CNI sobre cada paso, cada gesto, cada decisión del ex presidente. Así, cuando Frei se presentó en la clínica para operarse. No llegó solo, porque junto a él, como una sombra, arribó también un contingente del ejército que con anterioridad conocía la fecha de su operación, desplegándose como una fuerza omnipresente en los puntos más sensibles de la clínica, desde el anonimato de un camillero, hasta la imponente autoridad de la gerencia. Cincuenta y seis personas en total: un ejército en miniatura, cada uno con un rol preestablecido, cada uno movido por un propósito que nada tenía que ver con la medicina ni con el cuidado del paciente. La clínica latía bajo el ritmo de la represión y la vigilancia. Los únicos que no sabían nada fueron Frei, el doctor Goic y Larraín; para todos los efectos prácticos la Clínica Santa María, y sobre todo por la noche, pasó a ser una clínica de la CNI. Era como si en aquella clínica, cada bata blanca escondiera una intención oscura y cada rostro conocido camuflara una historia de lealtades quebradas.

Muchos de los infiltrados en la Clínica mantenían conexiones laborales y personales con los doctores de la dictadura como Patricio Silva Garín, Weistein y Valdivia, quienes, además de trabajar con regularidad en el Hospital Militar, arrastraban consigo una historia de terror. Mónica González le señaló al juez que siempre le resultó perturbador y desconcertante que el doctor Silva Garín —pese a haber realizado un curso en la temida Escuela de las Américas en Panamá, ese centro enigmático donde el ejército de Estados Unidos entrenó a militares latinoamericanos en tácticas brutales de contrainsurgencia y doctrinas anticomunistas— haya llegado a ocupar el cargo de subsecretario de Salud durante el gobierno de Frei.

Quizás el ex presidente se aferró a una falsa sensación de seguridad, convencido de que una muerte violenta y sanguinaria era improbable en su destino, incluso en medio de la represión que azotaba a Chile bajo la dictadura cívico-militar. Sin embargo, los asesinatos de destacados opositores en el extranjero —como el general Carlos Prats y su esposa, asesinados en Buenos Aires por agentes de la DINA en 1974; el ex embajador Orlando Letelier, víctima de un atentado con una bomba en Washington D.C. en 1976; y el ataque sufrido por Bernardo Leighton y su esposa, donde después de tratamientos médicos urgentes sobrevivieron con secuelas graves (ocurrido en Roma, 1975)— demostraban que el alcance de la dictadura no reconocía fronteras y que la violencia política era una amenaza real para quienes se oponían al régimen. Lo desgarrador fue que Frei nunca pudo anticipar la magnitud de la traición que lo rodeaba; donde amigos, colegas y confidentes, colaboraron de manera voluntaria o involuntaria (al guardar silencio) con los aparatos represivos. No supo, ni pudo imaginar, el sofisticado y oscuro mecanismo de espionaje y persecución que la dictadura fue capaz de desplegar para acallar y destruir al enemigo interno.

La confianza de Frei en su entorno, su valentía y su aparente falta de miedo, se volvieron su talón de Aquiles; las lealtades que creía firmes resultaron ser una ilusión rota. En ese universo de sombras, la violencia nunca fue solo física, también se manifestó en la deslealtad y la mentira que brotó en su entorno, donde la conspiración germinó en los lugares más íntimos y en los rostros más conocidos. Mientras el país entero temblaba y la esperanza se apagaba bajo el yugo del miedo y la represión, Frei, símbolo de la resistencia democrática, se convirtió en una víctima más de la maquinaria del poder autoritario.

Resulta difícil de entender la aparente desconexión del doctor Goic con la realidad que se vivía en el país, especialmente después de la primera emergencia médica, cuando optó por mantenerse en la periferia y evitar las preguntas difíciles, esas que arden en la conciencia y anticipan la catástrofe. Su actitud transparentó cierta distancia, como si transitara por un mundo paralelo, desconectado del espionaje, la vigilancia y el clima de sospecha que se vivía en cada rincón de los hospitales, clínicas e instituciones infiltradas por la dictadura cívico-militar. Tampoco lo ayudó su especialidad en medicina interna; no era cirujano, lo que facilitó que Patricio Silva cimentara sus opiniones de manera lapidaria.

En ese ambiente, la figura de Alejandro Goic se dibuja como marcada por una profunda paradoja: pese a su prestigio indiscutido y su reconocimiento en el campo médico, mostró ingenuidad —quizás voluntaria, tal vez involuntaria— ante el vendaval político que sacudía el país y las instituciones de salud. No comprendió, o acaso prefirió no ver ni comprender, que los espacios de sanación, históricamente neutrales, se habían convertido en trincheras de vigilancia y control estatal. Las instituciones civiles —en esa dictadura cívico-militar— habían sido penetradas por los tentáculos del aparato represivo militar, donde la presencia de la CNI y organismos de inteligencia se habían infiltrado entre los médicos, sus ayudantes y enfermeras sin despertar grandes sospechas. Tal era la magnitud de la intervención, que cuando Frei llegó a la clínica para operarse, fue como si hubiera ingresado a una clínica controlada por la CNI, al estilo de la tristemente célebre Clínica London que perteneció a esa institución.

Mientras Goic se esforzaba por mantener la pureza del quehacer clínico y su independencia profesional, ajeno a la tempestad política y a los riesgos latentes, los pasillos y quirófanos se convertían en verdaderos campos minados. La medicina y el miedo se entrelazaban, obligando a todos —incluso a los más prestigiosos— a actuar con cautela, a vivir cada instante como si fuera el último, bajo la vigilancia constante de un poder que no perdonaba la ingenuidad ni el descuido.

Durante la dictadura de Augusto Pinochet (1973-1990), el ámbito hospitalario no estuvo exento del control represivo. Las clínicas y hospitales fueron seriamente intervenidos, facilitando que el personal sanitario pudiera ser fácilmente presionado o cooptado. El caso de Eduardo Frei Montalva, víctima emblemática del clima de persecución y vigilancia, refleja hasta qué punto el aparato estatal logró extender sus tentáculos sobre quienes, como el doctor Goic, pretendían refugiarse en la neutralidad de la medicina. Así, la aparente indiferencia de Goic ante las señales de alerta que se iluminaban en su entorno, no solo puede interpretarse como desconexión personal, sino también como resultado de una época marcada por el temor, la incertidumbre y la necesidad de sobrevivir en medio de la represión.

En las declaraciones de Andrés Zaldívar al juez Madrid, queda claro que para muchos, Frei vivía bajo una amenaza constante; eso no era novedad, sino su pesadilla cotidiana. Zaldívar le relató al juez que, durante su exilio forzado, fueron innumerables las ocasiones en que se encontró con Eduardo Frei en Europa, donde ambos se aferraron a breves momentos de fraternidad en tierra ajena, lejos de la represión que azotaba Chile. En particular, recuerda, con una mezcla de nostalgia y desasosiego, un encuentro en Roma en noviembre de 1980, donde don Eduardo —como lo recordaba Zaldívar con cariño y respeto— pasó a verlo. En el hotel Edén, donde Frei se hospedaba cuando visitaba Roma, su intuición se volvió certeza cuando divisó a dos personas cuyo porte y actitud no le dejaron dudas, eran de la CNI, como se lo mencionó a Zaldívar.

La percepción de Frei respondía a una realidad concreta y documentada: la persecución a políticos, ex funcionarios y líderes opositores fue sistemática y comprobada. Frei sabía, y podía afirmar con convicción, que lo vigilaban incluso antes de abandonar Chile; la paranoia era real, y en su propia oficina tenía que escuchar música a gran volumen para ahogar el zumbido de los micrófonos ocultos y proteger sus palabras del acecho de la represión. Esa estrategia de sobreponer ruidos a las conversaciones era habitual entre los perseguidos políticos, ya que las escuchas clandestinas eran una herramienta recurrente del aparato represivo para obtener información y sostener el control. Las escuchas eran trampas que convertían cada conversación en un riesgo, cada confidencia en un posible motivo de condena. Tanto Frei como Zaldívar vivían con el peso de esa vigilancia; una sombra persistente que les recordaba, a cada instante, que la libertad era frágil.

Carmen Frei declaró ante el juez que la casa de su padre había dejado de ser un hogar para convertirse en una auténtica prisión, invadida por dispositivos de escucha que anulaban cualquier intento de privacidad. Relató, con la voz cargada de impotencia y rabia, una escena particularmente reveladora: un día, unos obreros trabajaban en una estantería, martillando los clavos en medio de la rutina doméstica, cuando de forma inmediata y sospechosa, sonó el teléfono. Al otro lado de la línea estaba el propio General Manuel Contreras, director de la CNI, preguntando si había ocurrido algún incidente en la casa. Ese hecho muestra hasta qué punto el aparato represivo estaba pendiente de cada movimiento y ruido dentro de su domicilio; incluso el sonido de un martillo era suficiente para activar las alarmas. En ese momento, su padre intentó mantener la calma y le respondió que lo único fuera de lo común era el ruido provocado por los martillos, tratando así de transmitir cierta normalidad para proteger la poca intimidad que le quedaba.

Zaldívar declaró ante el juez, que siempre tuvo el presentimiento de que algo malo podía sucederle al ex presidente, y que incluso él mismo no estaba a salvo de correr la misma suerte. Su relación con Frei no fue únicamente política: los unía una amistad profunda y sincera, por lo que las preocupaciones de Zaldívar iban más allá de lo institucional. Cuando Frei viajó a Madrid antes de su operación, mantiene muy presente una conversación que para él fue una advertencia premonitoria. En el encuentro, Frei —con una actitud de resignación y serenidad— le explicó que la razón de la intervención era aliviar el intenso malestar que le producía una hernia al hiato, molestia que se había vuelto insoportable, incluso le había incomodado durante una importante reunión internacional de alto nivel, la Comisión Norte-Sur, presidida por Willy Brandt.

Zaldívar, dominado por el afecto y una creciente sensación de urgencia, le advirtió: “¡Es una locura operarse en Chile ahora!”. Le sugirió que considerara operarse en el extranjero, lejos del alcance de la dictadura y de la posible manipulación del entorno hospitalario. Sin embargo, Frei, fiel a su carácter austero y sereno, trató de tranquilizarlo y le aseguró que la operación estaría a cargo de uno de los mejores cirujanos, el doctor Augusto Larraín, ¿no era primo suyo? Para Frei, ese detalle era garantía de seguridad y profesionalismo. A pesar de eso, Zaldívar Larraín no se quedó tranquilo. Sostuvo que el verdadero peligro no residía en la capacidad del cirujano, sino en la situación de extrema vulnerabilidad en la que quedaría Frei tras la operación. Recordó que Frei era en ese momento, el principal dirigente opositor a la dictadura, un hombre respetado en Chile y en el extranjero, y por eso mismo blanco potencial de quienes veían en él una amenaza. No obstante, Frei no quiso escuchar esos temores. Restó importancia al asunto, se negó a viajar para evitar gastos inútiles y confió en la decencia de quienes lo rodeaban: “No quiero provocar un gasto innecesario”, respondió, minimizando el riesgo. Zaldívar, al no lograr convencerlo, se quedó con la amarga sensación de haber advertido el peligro sin poder evitar que su amigo avanzara hacia el abismo. Días después de la operación, Frei lo llamó feliz para contarle que el postoperatorio se desarrollaba bien, lo que le devolvió a Zaldívar un atisbo de esperanza. Sin embargo, esa tranquilidad fue efímera: apenas dos días después, recibió la noticia que tanto temía. Frei había tenido que regresar en forma urgente a la clínica. La sombra del peligro volvía a cernirse sobre ellos, confirmando los peores presagios de Zaldívar.

El paciente que incomoda

En el relato he procurado reconstruir el contexto histórico durante los últimos días del presidente Eduardo Frei Montalva. En las siguientes páginas he entrelazado fragmentos de informes médicos, declaraciones judiciales y análisis toxicológicos que el país tardó décadas en obtener. No existe aún una sentencia que logre cerrar la herida, y todavía persisten preguntas lacerantes como las siguientes: ¿Por qué el doctor Larraín no defendió su idoneidad profesional de manera clara y enérgica? ¿Por qué el doctor Goic confió tan ciegamente en el doctor Silva Garín?  ¿Por qué permitió que despedazara profesionalmente al doctor Augusto Larraín? ¿Por qué el diagnóstico clínico de obstrucción intestinal del doctor Silva Garín, que selló el destino de Frei Montalva, apenas fue analizado o discutido? ¿Por qué, cuando su cuerpo aún exhalaba el último aliento, se le extrajeron órganos vitales con una prisa inusitada, negando una autopsia regular y bien ejecutada y así buscar respuestas claras sobre lo ocurrido? ¿Quién decidió que el cuerpo de Frei debía transformarse en una evidencia fría antes que en un símbolo para la nación entera? Hoy, esas preguntas reclaman respuestas en un país que aún no sana del dolor y la violencia de su pasado reciente.

Es crucial detenerse nuevamente en los momentos más delicados que condujeron a la muerte de Eduardo Frei Montalva, pues en ellos se reflejan las estrategias de silencio que durante tantos años predominaron oscureciendo la verdad. En ese ambiente se explica mejor la frustración que acompañó la investigación de Carmen Frei sobre la muerte de su padre. Desde el primer momento ella tuvo que lidiar no solo con el dolor personal, sino también con la indiferencia y la falta de apoyo de quienes podrían haber dado información clave, como médicos, funcionarios y testigos que optaron por callar. Esa negativa a colaborar no fue una simple omisión, sino el reflejo de un miedo arraigado por el temor a represalias por parte de un aparato militar poderoso y omnipresente, capaz de castigar a quienes pensaran en romper el silencio.

Ese miedo, que paralizó a muchos durante la dictadura, se transformó con los años en vergüenza y remordimiento. Cuando llegó la democracia a Chile, la pregunta inevitable fue: ¿por qué no se habló antes? ¿Por qué se prefirió callar, aun cuando había sospechas y evidencias? Alzar la voz después de tanto tiempo implicaba reconocer que el temor había sido más fuerte que la voluntad de justicia, incluso para los médicos y personas cercanas a Frei, quienes optaron por el silencio para protegerse, antes que arriesgar sus vidas o carreras.

Aceptar y reconocer todo lo que se ocultó es también asumir la evidencia de haber sido doblegados por el miedo y el abuso. Solo siendo honestos sobre esa cobardía y complicidad —individual y colectiva— será posible, algún día, abrir el camino a la verdad y la justicia que aún reclama la historia de Frei y de Chile.

El 18 de noviembre de 1981, Eduardo Frei Montalva ingresó caminando a la Clínica Santa María. Llegó para tratarse una hernia hiatal, pero cinco meses antes de la intervención quirúrgica, los organismos de inteligencia ya estaban al tanto de su decisión de operarse. Tenían escuchas en su casa y un observador privilegiado, Becerra, su chofer, que trabajaba para la CNI. Ese margen temporal fue suficiente para tejer una red de vigilancia minuciosa dentro de la clínica, copando pasillos y servicios con agentes encubiertos, personal instruido y ojos atentos. No dejaron detalles al azar: cada movimiento, cada cambio de guardia y cada procedimiento médico fue cuidadosamente coordinado, construyendo un entorno controlado y predispuesto para que el desenlace fatal no fuera producto del azar, sino de una maquinaria planificada con tiempo y precisión. Carmen Frei, en su libro, cuenta que cuatro enfermeras de la clínica Santa María recuerdan haber visto durante esos días a Eliana Carlota Bolumburu, la jefa de enfermeras de la siniestra Clínica London y mano derecha del general Manuel Contreras; estuvo involucrada en muchos casos de violaciones a los derechos humanos.  La enfermera que recibió a Frei ese 18 de noviembre, María Araneda, era enfermera de guerra de la Fuerza Aérea, ligada también a los servicios de seguridad. Antes, había tenido que declarar por la muerte de Pablo Neruda, que para descansar esperaba un avión que lo llevaría con destino a México en la Clínica Santa María. Ahí fue cuando alguien le puso una inyección en el estómago y a las pocas horas falleció.

Quienes atendieron a Frei Montalva tenían formación médica, pero parecían obedecerle a otra jerarquía, a la jerarquía militar asociada a los organismos represivos. Al leer la sentencia del juez Madrid, me queda una certeza firme de que Frei Montalva no cayó por complicaciones naturales, cayó por una acumulación de actos quirúrgicamente calculados. Nadie tocó su cuerpo sin que otro lo autorizara primero. Y a veces ese “otro” no vestía de blanco, sino el uniforme militar.

Desde el instante en que Eduardo Frei Montalva cruzó la puerta de la clínica, dejó de ser simplemente un paciente común. Su figura encarnaba el recuerdo incómodo de un ex presidente de Chile en democracia, opositor decidido al régimen de Pinochet y un defensor internacional de la democracia que faltaba en el país. Su ingreso a la clínica no solo implicó un tratamiento médico, sino que convirtió cada sala, cada camilla y cada intervención quirúrgica en escenarios cargados de significado político.

El expediente médico de Eduardo Frei Montalva comenzó de manera habitual: contenía diagnósticos, recetas y anotaciones diarias como las de cualquier paciente que ingresa a un hospital. Sin embargo, esa aparente normalidad no duró mucho. Pronto, el proceso médico fue interferido por la presión y el control del poder político y militar que dominaba el país en ese momento. El doctor Larraín, reconocido cirujano y persona de máxima confianza de la familia Frei, fue desplazado casi de inmediato por Patricio Silva al ser acusado de incompetente frente a los familiares y al doctor Goic. Silva Garín se las ingenió para cortar eficazmente ese vínculo cuando a la primera emergencia médica convenció a la familia y al doctor Goic que él era el médico indicado para continuar a cargo del paciente. Esa sustitución no fue percibida a tiempo como peligrosa por el entorno cercano a Frei, y cuando finalmente los familiares y amigos comenzaron a notar o sospechar lo que ocurría, ya el miedo impuesto por los servicios de seguridad dificultaron cualquier reclamo o acción. El temor y la prudencia se convirtieron en factor clave para que la familia y los médicos de confianza no pudieran reaccionar con la rapidez y contundencia necesarias ante las irregularidades que se estaban presentando. Augusto Larraín que acostumbraba jugar golf con su amigo Frei Montalva quedó huérfano y abandonado a la deriva. Como le relató al juez Madrid, Juan Adolfo Cabello Leiva, cabo segundo (R) del ejercito que trabajó en el Hospital Militar, Silva Garín impartía órdenes al personal como militar y como médico, porque tenía grado militar aparte de ser médico. En el caso Frei Montalva, Silva Garín traicionó su vocación de médico al impartir órdenes como coronel de ejercito bajo Pinochet.

Días en que el cuerpo no sana

En los días posteriores a la primera operación, los registros oficiales afirmaban que la recuperación de Eduardo Frei Montalva avanzaba sin dificultades y que su estado de salud era favorable. A simple vista, todo parecía estar en orden: los médicos transmitían tranquilidad y los pasillos de la Clínica Santa María mantenían una atmósfera de aparente normalidad. Incluso Frei llamó a su casa para decir que se sentía bien y para pedirle a Isabel Díaz que le preparara una cazuela de ave, gesto que dio la impresión de que Frei retomaba su vida habitual:

Sin embargo, esa calma fue engañosa. Aunque regresó a su casa y demostró signos visibles de mejoría —comiendo normalmente su cazuela favorita y tratando de llevar una rutina común—, debajo de esa apariencia de bienestar, se gestaba una amenaza seria. Durante la intervención quirúrgica, se le introdujo en su organismo una sustancia tóxica, un elemento que pasó inadvertido tanto para su familia como para los médicos que lo atendían. Nadie detectó indicios preocupantes en ese momento, porque los síntomas aún no se manifestaban. Sin embargo, ese peligro oculto avanzó silenciosamente, preparando el terreno para que Frei tuviera que regresar a la clínica bajo el pretexto de una complicación, como lo habían planeado quienes trabajaban para causar su muerte.

Bastaron tan solo ocho días para que la trampa que le habían tendido se cerrara. Al final de ese breve período, se argumentó la presencia de una supuesta obstrucción intestinal, la cual en realidad sirvió como pretexto para que fuera llevado nuevamente a la clínica.

El verdadero peligro permaneció oculto, y fuera del alcance de quienes lo acompañaban. Los síntomas que aparecieron no encajaban con un cuadro de contaminación bacteriana o una infección común. Lo que realmente afectaba a Frei era un tóxico introducido intencionalmente en su organismo durante la primera operación a través de unas compresas contaminadas con talio, provocando una crisis médica a los pocos días. El cuerpo de Frei, símbolo de dignidad y resistencia, comenzó a dar señales de alarma: vómitos, dolor. Así, la emergencia fabricada a la medida lo atrapó, obligándolo a regresar a la clínica, donde la CNI lo esperaba para llegar a ser su principal verdugo:

La contaminación con talio cumplió dos funciones cruciales: en primer lugar le provocó síntomas que imitaban una obstrucción intestinal con dolores abdominales, vómitos y malestar general, lo que le obligó a internarse nuevamente en la clínica. Esa complicación médica fue ideada y sirvió de pretexto para apartarlo de su familia y mantenerlo bajo la estricta vigilancia y control de la CNI. En segundo lugar, las investigaciones toxicológicas posteriores demostraron que el talio tenía otro objetivo importante: dificultar que su cuerpo pudiera eliminar por la orina un veneno aún más letal, el gas mostaza, que se le administró una vez que regresó a la clínica. Es decir, el talio no solo sirvió para facilitar su regreso a la clínica con síntomas aparentemente graves, sino también, sirvió para dejarlo indefenso ante el gas mostaza, que finalmente cumplió su función causándole un daño fatal.

En medio de lo que parecía ser una complicación inesperada, el doctor Patricio Silva aprovechó la confusión y el desconcierto en la familia Frei, como en el doctor Goic, para asumir el control total de la atención médica de Eduardo Frei Montalva. Aprovechando esa complicación planificada, Silva Garín puso en entredicho frente a la familia Frei la calidad del procedimiento previo llevado a cabo por su colega; pero sin que este lo supiera. De manera deliberada, y con un tono serio y seguro, se dirigió a la familia Frei, calificando la primera cirugía como una “operación sucia”, lo que implicaba que no se habían hecho los lavados previos necesarios o que el procedimiento había sido deficiente. Con esas palabras desacreditó en pocas horas el trabajo de Larraín, sembrando desconfianza y generando angustia en un ambiente que hasta ese momento, se había mantenido en relativa calma. Esa estrategia de Silva provocó que la familia dudara de Larraín, desplazando así a quienes hasta entonces habían tenido la confianza de la familia. Esa decisión que tomó la familia junto al doctor Goic, resultó ser un punto de quiebre: marcó uno de los momentos más determinantes en el destino de Eduardo Frei, sellando el camino hacia un desenlace trágico que afectaría no solo a su familia, sino también a toda una nación que continúa buscando justicia.

Ese cuestionamiento de Silva hacia la idoneidad del doctor Larraín fue solamente de cara a la familia Frei y frente a Goic. En privado —y específicamente cuando estaba junto al doctor Pedro Valdivia Soto, quien además tenía vínculos con la CNI— Silva adoptaba una postura completamente opuesta: reconocía frente a Larraín que su técnica quirúrgica había sido impecable y elogiaba su proceder. Probablemente esa estrategia engañó a Larraín, que no supo defender su proceder a tiempo.

Años después, cuando el doctor Patricio Silva ya había fallecido y la verdad comenzaba a emerger, Augusto Larraín supo de las opiniones negativas que Silva había vertido sobre su trabajo. Esta revelación le provocó una profunda sensación de traición, pues nunca tuvo la oportunidad de enfrentar a Silva y defender su profesionalismo. Lo triste que esa actitud echó raíces porque después tampoco defendió sus opiniones a cómo proseguir con el tratamiento.

De manera similar, el doctor Goic al no ser un cirujano, se dejó influenciar con facilidad por el doctor Silva Garín y aceptó la decisión de apartar a Larraín del equipo médico. Después tampoco logró escapar a los difíciles dilemas éticos ni a las intensas presiones que amenazaban con ahogar su vocación más profunda. Al igual que Larraín, se vio forzado a sobrevivir en un ambiente hostil y tenebroso, donde el deber de lealtad hacia Frei Montalva se ponía a prueba constantemente por fuerzas ajenas a la medicina, y asociadas al poder y la represión. Goic experimentó en carne propia el peso abrumador de esa tensión: por un lado estaba su deber profesional de cuidar la vida y la salud de Frei; y por el otro, el peligro real que lo acechaba tras cada decisión, comentario o gesto suyo que pudiera despertar alarma en los organismos represivos. Comprendía que desafiar a esa estructura de poder brutal no solo ponía en riesgo su carrera y prestigio, sino también su propia vida. Por eso, cada día significó para él una batalla interna entre el miedo y su conciencia, entre el instinto de resguardarse y el llamado ético de sanar. En ese contexto, el coraje debía construirse a costa de lágrimas y noches sin dormir. Así, Goic avanzó con cautela sobre esa fina línea tenue que separa la dignidad de la sumisión, sabiendo que el menor acto de rebeldía podía tener consecuencias devastadoras, incluso afectar a lo que más valoraba: su familia y sus seres queridos.

Carmen Frei relata con estremecimiento en su libro lo que significó ese episodio, dejando constancia para las futuras generaciones de un drama nacional que sigue exigiendo respuestas y justicia:

Años después y ante el juez Madrid, el doctor Silva Garín cambió su tono y no declaró que la primera operación había sido sucia, pero aseveró que alguien del equipo había cometido un error en la sutura perforando el intestino. Ofreció ese comentario sin que nadie se lo consultara y sin ningún fundamento. Lo que intentaba hacer era continuar cultivando la idea de que solo la incompetencia médica explicaba lo sucedido a Eduardo Frei. El juez transcribe:

En su declaración frente a juez Madrid, Augusto Larraín mencionó que él descartó una obstrucción intestinal después de realizar un examen exploratorio. Usó para ello una sonda vía nasal y, tras escrutar el líquido del estómago de Eduardo Frei, comprobó que era normal, claro, transparente. ¿Por qué, entonces, no se aferró a su diagnóstico con la fuerza de quien sabe que la vida de otro depende de cada una de sus palabras? ¿Por qué no levantó la voz cuando Silva Garín, con su sombra de autoridad, cuestionó su diagnóstico? ¿Lo vio como coronel de ejército y no como médico y el temor lo inhibió? Quizá la actitud del doctor Larraín —esa prudencia que rozaba la timidez al momento de defenderse— no fue solo el fruto de una personalidad reservada, sino el reflejo de una época en la que contradecir el discurso oficial podía significar perderlo todo. Defender su criterio profesional era jugarse la carrera, la libertad, incluso la vida; era desafiar monstruos, arriesgarse a que el miedo se hiciera realidad. Su aparente sumisión ante los ataques o intrigas del doctor Silva Garín fue, en parte, la respuesta instintiva a una atmósfera de sospecha y vigilancia:

Larraín optó por mantenerse en un segundo plano y protegerse, aunque eso significara sacrificar la verdad médica y su vocación más profunda. Su decisión pudo ser en parte, una estrategia de supervivencia en un entorno donde desafiar la versión oficial podía poner en riesgo su vida.

Lo ocurrido con Eduardo Frei no fue un caso aislado en la trayectoria del doctor Patricio Silva. Antes se había visto involucrado en una situación similar al atender a otro paciente de importancia, el general Lutz, enemigo entonces del coronel Contreras. Ahí también surgieron complicaciones graves, difíciles de explicar, relacionadas con un mal manejo de las sondas de drenaje, medicamentos mal administrados y descuidos. Para asumir la responsabilidad del general Lutz, Patricio Silva acusó de errores al médico de turno con la clara intención de desplazarlo, asegurándose el control sobre la atención médica de Lutz y en definitiva, su destino. El general falleció de septicemia en noviembre de 1974 mientras era atendido por Patricio Silva en el Hospital Militar. Su muerte estuvo envuelta en circunstancias sospechosas y nunca del todo esclarecidas.

En ambos casos, lo que se debatía no era solo el bienestar de Frei o Lutz, sino también intrigas políticas y rivalidades personales que gravitaban sobre cada decisión médica. Las familias de las víctimas vivieron entre la esperanza y la angustia, atrapadas en un clima de temor y desconfianza que hacía aún más fácil la manipulación y la imposición de la voluntad de Silva Garín. Así, su figura emerge como la de un médico cuya ambición y deseo de poder se impusieron sobre la ética profesional y el verdadero deber de curar, dejando a su paso una estela de incertidumbre, sufrimiento y preguntas sin respuesta que marcaron profundamente a las familias involucradas y la historia del país:

En la tarde del 4 de diciembre, el doctor Patricio Silva asumió el control total de la segunda operación practicada a Eduardo Frei. Aunque en apariencia la intervención tenía como objetivo salvarle la vida y resolver una supuesta obstrucción intestinal, en realidad existieron dos propósitos ocultos y distintos. Por un lado, Silva Garín exageró deliberadamente la gravedad del estado de Frei, buscando instalar en la opinión pública la idea de que si llegaba a fallecer, su muerte sería aceptada y registrada como consecuencia de complicaciones médicas comunes, descartando de antemano cualquier sospecha de intervención externa o de mala praxis médica. Por otro lado, necesitaba la re-hospitalización del paciente para generar así las condiciones necesarias y llevar a cabo, bajo la apariencia de procedimientos médicos normales, una acción definitiva que pusiera fin a su vida. El doctor Alejandro Goic, sin ser un cirujano, se sintió limitado y completamente incapaz de actuar, reducido a un papel meramente testimonial. El doctor Larraín, apartado injustamente de la conducción médica, quedó también relegado a la función de un simple observador, sin posibilidad de intervenir ni de defender sus decisiones previas. Ambos presenciaron en silencio el proceder de Silva Garín, sin atreverse a objetar ni a manifestar sus dudas ante lo que estaba ocurriendo frente a ellos, dominados por la impotencia y el miedo a desafiar al coronel del ejército de Pinochet.

En medio de una atmósfera cargada de incertidumbre y temor que trajo la segunda operación, Goic y Larraín se encontraron frente a una situación completamente inesperada y difícil de entender: vieron una mesenteritis hipertrófica localizada, es decir, una inflamación notable y muy precisa en el mesenterio, la membrana que sostiene los intestinos. Lo más llamativo era que esta inflamación no mostraba signos de necrosis (muerte del tejido), ni presencia de pus, ni otras señales típicas de infección. Además, no existía una causa quirúrgica evidente que pudiera justificar su aparición.  Esa situación resultaba tan insólita que en circunstancias normales, habría requerido una discusión detallada entre los médicos para intentar comprender su origen y cómo proceder. Sin embargo, el doctor Augusto Larraín -ya desvinculado del equipo médico- observó la escena sin mostrar reacción ni emitir comentarios, incluso cuando el doctor Patricio Silva realizaba un corte en el intestino delgado para extraer el segmento inflamado. En la práctica médica, este tipo de intervención solo se justifica frente a una necesidad extrema, ya que abrir el intestino implica un alto riesgo: las bacterias que normalmente residen en su interior pueden escapar y contaminar la cavidad abdominal, lo que puede provocar infecciones graves y complicaciones severas en el paciente.

En la investigación del juez Madrid, un panel de expertos determinó que la extirpación del segmento inflamado no había sido estrictamente necesaria, ya que la inflamación no ponía en peligro inmediato la vida del paciente ni justificaba un procedimiento tan invasivo. Sin embargo, la decisión de operar con suma urgencia sirvió para reforzar la idea propiciada por Silva Garín de que estaban frente a una complicación médica peligrosa, descartando la posibilidad de que hubiera intervenido algún factor externo o mala praxis médica. El procedimiento no aportó una solución real al problema, sino que ayudó a consolidar la versión oficial sobre el estado del paciente que no correspondía a la realidad de lo ocurrido. Había una hipótesis alternativa: la posibilidad de que un agente externo hubiera provocado la inflamación localizada en el intestino. De hecho Larraín, como le mencionó después al juez, sospechó que la compresa utilizada en la primera cirugía podría haber estado impregnada con un químico, lo que explicaría el surgimiento de esa lesión. Sin embargo, ni él ni ningún otro médico mencionaron esa posibilidad en el momento de la operación. Pese a que su reputación y su experiencia profesional había sido cuestionada, Larraín permaneció inmóvil, sin defenderse ni expresar sus dudas. Es desconcertante comprobar como en un momento tan importante, Larraín no se tomara el tiempo para examinar personalmente el fragmento de intestino extraído para confirmar que la evidencia respaldaba su postura y así defender su criterio médico. A lo mejor lo hizo, después de la operación, calladamente y cuando ya todos se habían retirado tomó ese trozo de intestino entre sus manos, comprobó que no había obstrucción intestinal ni tejidos muertos; pero prefirió el silencio.

Es muy probable que el miedo —o incluso un terror paralizante— haya inmovilizado al doctor Larraín en esos momentos críticos, impidiéndole actuar o defender su diagnóstico con determinación. Sin embargo, lo realmente sorprendente es que muchos años después, ya instaurada la democracia y cuando no existía la presión directa de la dictadura, Larraín tampoco aprovechó la oportunidad de explicar con claridad ante el juez Madrid lo que sucedió ni defendió su postura con convicción. Es posible que el temor a represalias por parte del régimen lo haya marcado tan profundamente que siguiera sintiendo miedo aún después del retorno a la democracia, como si la amenaza persistiera en su memoria. También pudo temer a ser juzgado de cobarde al no haberse defendido con fuerza cuando ocurrieron los hechos, lo que lo llevó a evitar hablar abiertamente del tema. Así, su silencio y falta de explicaciones detalladas pueden interpretarse no solo como miedo a las represalias, sino también como una forma de protegerse de la crítica social y del dolor emocional asociado a esos recuerdos.

Al finalizar la operación, una vez que se cerraron las incisiones y la sala quedó vacía, lejos de recibirse explicaciones precisas sobre lo ocurrido, solo persistieron interrogantes y una atmósfera de incertidumbre que todavía afecta a quienes intentan entender realmente qué pasó. El doctor Silva Garín, quien previamente había acusado al doctor Larraín de cometer errores médicos, omitió elaborar la nota postoperatoria, documento indispensable en el que se detallan aspectos cruciales sobre el procedimiento realizado, donde se deben mencionar los descubrimientos durante la cirugía y las posibles complicaciones, el estado de los signos vitales, la estabilidad hemodinámica y el nivel de conciencia del paciente, entre innumerables datos relevantes. No producir ese informe constituye una grave falta y evidencia  negligencia por parte del coronel Silva Garín. Esa omisión no solo significó un incumplimiento del deber médico, sino que también permitió al coronel manipular los hechos y ocultar información vital sobre el daño causado a Frei Montalva. Así fue como pudo ajustar su relato sobre la evolución del paciente y sobre lo que realmente acontecía, dificultando el acceso a la verdad y dejando el caso envuelto en dudas y sospechas que perduran hasta el día de hoy.

¿Dónde estaba el doctor Goic en un momento tan crítico como ese? Él no era especialista en cirugía ni contaba con experiencia directa en procedimientos quirúrgicos complejos, lo que explica por qué no asumió un rol activo durante la intervención. Sin embargo, su presencia en el equipo médico no le impedía, al menos en teoría, participar de forma más comprometida consultando a los cirujanos principales o solicitando detalles sobre lo que se estaba realizando. Si bien su falta de especialización lo limitaba técnicamente, nada le impedía mostrar un mayor interés y responsabilidad ante una situación tan inusual y delicada. ¿Le consultó la opinión a otro cirujano como el doctor Larraín ahí presente? Su involucramiento mediante preguntas o solicitudes de información, habría evidenciado preocupación genuina por el paciente y compromiso con el deber profesional en un contexto de incertidumbre y tensión.

Ni el doctor Goic ni el doctor Larraín eran conscientes del grado de infiltración y control que los organismos represivos de la dictadura ejercían en ciertos hospitales y clínicas durante esa época. Para ellos, era totalmente desconocido que el doctor Weistein —quien asistió a Patricio Silva en la segunda operación— y el doctor Valdivia tenían vínculos con la CNI, la policía secreta del régimen. Ambos médicos colaboraban, además, en centros de detención como la temida Clínica London, y un hospital de campaña que se organizó en el Estadio Nacional después del Golpe de Estado y donde se atendió a víctimas de tortura y a personal vinculado a la represión. El doctor Patricio Silva Garín, reconocido por su porte militar y su autoridad, había sido responsable de organizar ese Hospital de Campaña, un recinto siniestro que fue utilizado como centro de detención y tortura de prisioneros políticos. Todo ese entramado de complicidades, abusos y horrores estaba completamente oculto para Goic y Larraín. Solo muchos años después, cuando empezaron a salir a la luz los testimonios y se rompió el silencio impuesto por el miedo, ambos pudieron comprender la verdadera magnitud de los hechos:

Eliana Bolumburo que trabajó como enfermera en la siniestra clínica London confirmó frente al juez que el doctor Valdivia trabajaba ahí como médico:

En ese escenario sombrío, la brecha profesional y ética entre médicos como Goic, comprometido con su labor, y figuras siniestras como Silva, Weistein y Valdivia, se hizo cada vez más evidente y profunda. Goic trataba de mantener la dignidad y el compromiso con su paciente, aplicando protocolos médicos rigurosos y priorizando una atención humana y centrada en el bienestar del enfermo. Mientras tanto Silva, Weistein y Valdivia junto a enfermeras misteriosas cedían ante la presión de las fuerzas represivas de la dictadura, dejando de lado los principios fundamentales de la medicina y el juramento hipocrático para actuar bajo órdenes e intereses ajenos a la salud.

La Clínica Santa María, que antes había sido un lugar dedicado a la protección y recuperación de la salud, se transformó en un espacio invadido por el poder y la sospecha. Cada decisión médica podía tener segundas intenciones, dictadas por jerarquías ocultas y por la presencia de agentes militares que imponían silencio y desplazaban a los especialistas. Así, los pasillos y quirófanos, que en el pasado habían sido templos de ciencia y compasión, se convirtieron en terrenos peligrosos donde cualquier acción podía estar motivada por intereses distintos a la curación, dejando a Frei Montalva en una situación de constante terror e incertidumbre.

Después de la segunda operación, los días transcurrieron en medio de una gran angustia. Cada vez que aparecía una mejoría en el estado de Frei Montalva, esa esperanza se desvanecía ante una nueva recaída, lo que sumía a sus familiares en la incertidumbre. El ambiente en la clínica estaba cargado de tensión: los seres queridos esperaban con temor, anticipando que en cualquier momento podría ocurrir una complicación nueva. Los síntomas inesperados surgían sin explicación clara, lo que generaba sospechas de que podrían estar siendo provocados deliberadamente, solo para justificar la realización de nuevos procedimientos médicos invasivos. Así, se instauró un patrón repetitivo de intervenciones y aislamiento, donde las acciones médicas, lejos de buscar realmente la recuperación, debilitaban progresivamente al paciente. Este proceso fue destruyendo la confianza tanto en el equipo médico como en el entorno hospitalario, y provocó que el paciente se sintiera cada vez más solo y vulnerable, perdiendo todo vínculo de seguridad y cercanía con quienes lo rodeaban.

La estrategia seguida por el coronel Silva Garín fue clara: lejos de buscar la recuperación del paciente, el objetivo era mantenerlo aislado de sus familiares y seres queridos, privándolo del apoyo emocional fundamental en momentos críticos y volviéndolo progresivamente más vulnerable y sin posibilidad de expresar su voluntad. Tras la segunda operación, fue ubicado en una habitación que carecía de las medidas de seguridad necesarias, lo que permitió que pudiera ser envenenado con gas mostaza sin que nadie se diera cuenta ni interviniera a tiempo para evitarlo. En ese ambiente, la sensación de abandono se intensificó: Frei quedó sumido en la soledad, dominado por el miedo y sin recibir respuestas claras por parte del personal médico. Cada día representaba una batalla constante, no solo contra el dolor físico y la impotencia, sino también contra la incomprensión y la indiferencia que lo rodeaban. Como señala Carmen Frei en su libro, este clima de hostilidad y desprotección fue determinante para que su padre quedara expuesto y sin defensa durante el proceso médico:

Tanto en el caso Frei como en el de Lutz, el ambiente en el hospital estuvo marcado por el miedo, la vigilancia constante y una profunda sensación de abandono. Ambos pacientes, al estar intubados, no podían comunicarse verbalmente y, ante la urgencia y el peligro que sentían, recurrieron a la escritura como único recurso para expresar su desesperación frente a sus familiares. Así, con manos temblorosas y en medio del temor, lograron escribir una frase que reflejó la angustia y alarma en que vivían: “Sáquenme de aquí”, o “sáquenme de aquí que me están matando”. Ese mensaje, más que una simple solicitud de auxilio, fue el testimonio consciente del sufrimiento y ansiedad de alguien que percibe que su vida está siendo amenazada por decisiones médicas y fuerzas externas que escapaban de su control. Al escribir esas palabras en la soledad de una sala vigilada, buscaban romper el silencio y dejar constancia de la extrema vulnerabilidad y abandono en que se encontraban:

A medida que pasaban los días, Frei Montalva vivió una profunda inestabilidad emocional: en ocasiones parecía que podría recuperarse, pero las recaídas inesperadas rápidamente destruían cualquier esperanza. Su sistema inmunológico estaba siendo saboteado con la administración coordinada de talio y gas mostaza. En algún momento y con plena conciencia, comprendió que la clínica ya no era un espacio seguro ni un lugar donde se podía buscar sanación; por el contrario, sintió que estaba atrapado en una situación de la que no había salida. Llegó un momento en que incluso le pidió al doctor Osvaldo Bernal que lo desconectaran de los equipos médicos:

Médicos y enfermeras, muchas veces dominados por el miedo y la sensación de impotencia, terminaron participando activamente, permitiendo o al menos guardando silencio ante la injusticia y el horror que presenciaban. El temor constante a sufrir represalias, o a que se pusiera en peligro la seguridad de sus propias vidas y las de sus familias, los llevó a resignarse y a abandonar cualquier intento de protesta o denuncia. Ese silencio colectivo fue el terreno fértil sobre el cual se pudo cometer el asesinato. En medio de la opresión que imponía la dictadura, todo rasgo de humanidad parecía haberse perdido; el sufrimiento del paciente fue pasado por alto, la ética profesional se quebrantó y el juramento médico de proteger la vida humana se desmoronó ante el miedo y la conveniencia.

Seguramente Frei conversó con al doctor Goic cuando sentía con creciente certeza el encierro y la soledad impuesta desde afuera. Pero Goic nunca declaró frente al juez haber tenido una conversación así con Frei. Los silencio de quienes lo rodeaban fueron como cadenas que lo sumergieron en una desesperación profunda. Pronto ya no podía comunicarse libremente porque estaba intubado y rodeado de personas que evitaban mirarlo a los ojos. La impotencia lo envolvió como una niebla que le impidió pedir ayuda o expresar su sufrimiento. En ese estado de aislamiento extremo, Frei comprendió que su voz estaba siendo silenciada, que ya no podía decidir sobre su propio destino, y que ningún intento de pedir auxilio lograría atravesar ese muro de indiferencia y complicidad que se había erigido en su entorno. Cuando en medio del terror y la debilidad, logró escribir “Sáquenme de aquí”, no fue solo una súplica; fue la última expresión de una conciencia que percibía como el desenlace fatal se le acercaba, y que ninguna autoridad, ningún amigo estaba dispuesto a escucharlo ni a prestarle ayuda; el terror ya se había instalado y echaba raíces.

Tanto el general Lutz como Frei, fueron dos personalidades de gran reconocimiento y prestigio que enfrentaron una situación en la que, tras haber ocupado cargos de importancia y haber intentado alertar sobre hechos graves —Lutz intentó acusar al general Contreras ante la junta de generales—, terminaron completamente aislados y desprotegidos. Ambos pasaron de ser figuras influyentes a convertirse en pacientes privados de apoyo y de la posibilidad de defenderse, forzados a pedir ayuda de manera desesperada sin recibir jamás una respuesta. En ese ambiente, la indiferencia y el control impuesto por quienes tenían el poder se fue cerrando sobre ellos como una red que les impedía comunicarse y buscar auxilio:

Carmen Frei relata que, luego de escuchar a su padre confesarle su temor de no salir con vida de la clínica, intentó animarlo y darle fuerzas, pero desgraciadamente no se atrevió a hacerle más preguntas ni a profundizar sobre el tema. Al salir de la habitación, compartió abiertamente con otros lo que su padre le había confesado. Pareciera que ese fue un grave error porque después de esa visita, el acceso de Carmen a la pieza de su padre se volvió extremadamente restringido; cada vez le ponían más obstáculos. En las contadas ocasiones en que después logró verlo, encontró a su padre bajo los efectos de una fuerte sedación, lo que hacía imposible mantener una conversación con él o recibir algún mensaje adicional. Así, el último intercambio significativo entre ambos quedó marcado por la sensación de impedimento y por la imposibilidad de volver a comunicarse realmente antes del desenlace fatal.

La búsqueda de la verdad sobre lo que realmente ocurrió se ha vuelto especialmente difícil, ya que el silencio institucional y la falta de transparencia predominan, lo que impide conocer de manera clara las causas y los responsables del trágico desenlace. Pasaron años antes de que el doctor Augusto Larraín se animara a hablar y a contar lo que sabía, pero para entonces ya era tarde para cambiar el curso de los acontecimientos. Ante el juez Alejandro Madrid, el doctor Larraín explicó que guardó silencio por miedo a que si expresaba sus dudas en ese momento, podía interpretarse que buscaba protegerse o justificar su trabajo como cirujano. Posiblemente, además de ese temor a ser acusado de encubrir un error médico, pareciera que el doctor Larraín sintió miedo por su seguridad: temió a que los organismos represivos del régimen pudieran fijarse en él, amenazarlo o incluso hacerlo desaparecer, considerándolo un enemigo interno por atreverse a hablar.

En declaraciones recogidas en el libro La Verdad sin Hora de Lilian Olivares, Larraín volvió a plantear la posibilidad de que en la operación se produjo una contaminación intencionada de las compresas. Explica que durante la intervención quirúrgica, alguna de ellas pudo haber estado impregnada con unas “gotitas” de una sustancia tóxica, lo que habría desencadenado la necesidad de una segunda operación. Según él, ese veneno era extremadamente potente, similar a los usados en envenenamientos de origen ruso. Sin embargo, también considera que pudo tratarse de un químico más simple, utilizado en bajas dosis para provocar, tras algunos días, síntomas parecidos a una obstrucción intestinal. Ese cuadro clínico justificaría una nueva cirugía, durante la cual podría haberse facilitado la introducción de otros tóxicos.

En 1983, Andrés Zaldívar Larraín regresó a Chile de manera temporal, por tan solo cinco días, debido a la enfermedad de su padre. Durante esa breve estadía, transmitió a la familia de Frei Montalva la información que había recibido de Hernán Elgueta, quien le había advertido sobre situaciones irregulares ocurridas durante la hospitalización del ex presidente. Además, Zaldívar aprovechó la oportunidad para reunirse con su primo, el doctor Augusto Larraín. Observó que Larraín estaba profundamente afectado en el ámbito profesional, consecuencia directa de su participación en la intervención quirúrgica a Eduardo Frei. En ese encuentro, Larraín le aseguró que había realizado una operación “limpia”, sin cometer errores médicos, y que en su opinión, lo que le sucedió a Frei se debió a hechos ocurridos fuera del procedimiento quirúrgico, probablemente provocados por la intervención de terceros ajenos al equipo médico. Posteriormente, cuando se abrió la investigación judicial sobre la muerte de Frei Montalva, fue el mismo Andrés Zaldívar quien convenció a su primo para que declarara con total honestidad todo lo que sabía acerca de su intervención y de las irregularidades que había percibido. Curioso que no da su opinión negativa sobre la resección del intestino que fue una cirugía equivocada:

La compresa, un elemento habitual y casi invisible en cualquier procedimiento quirúrgico, se transformó en otro indicio de sospecha en el caso de Frei Montalva. Esta pieza, utilizada rutinariamente para limpiar, absorber fluidos o proteger y sujetar tejidos durante una operación, solo décadas después fue considerada como posible vehículo de daño. Lo que parecía una herramienta inofensiva pasó a ser objeto de escrutinio, ya que el tejido inflamado del paciente mostraba signos de haber sido agredido por algo imperceptible y sin origen bacteriano.

No está claro si el juez Alejandro Madrid tuvo la oportunidad de examinar a fondo cuán segura era la logística y el protocolo de seguridad implementados en las cirugías practicadas al ex presidente Eduardo Frei Montalva. Por ejemplo, se desconoce dónde y cómo se almacenaban las compresas y el equipo quirúrgico, así como los demás insumos utilizados durante las operaciones. ¿Quién era responsable directo de la custodia de estos materiales? ¿Se mantenían las compresas bajo llave en algún lugar específico? ¿Cuántas personas tenían acceso a ellas? Estas interrogantes son fundamentales porque, en un contexto donde la vigilancia era insuficiente y la cadena de custodia poco clara, resulta fácil que alguien con intenciones maliciosas pudiera actuar sin ser detectado, sobre todo si los médicos inicialmente no dieron la voz de alerta y consideraron que solo se trataba de una obstrucción intestinal.

La presencia de agentes de la CNI en la Clínica Santa María y en muchos otros hospitales de la época está plenamente documentada. Se sabe con certeza que, días antes de la operación de Frei Montalva, llegaron funcionarios externos —que no pertenecían al personal médico habitual de la Clínica Santa María— para tomar el control de distintas áreas clave del recinto, incluyendo el quirófano donde se realizaría la cirugía y la bodega donde se almacenaban los insumos médicos. En el caso específico del quirófano, ocurrió un hecho inusual: fue sellado, es decir, se cerró completamente y no se permitió el acceso a nadie hasta el momento de la intervención, cuando se abrió fue exclusivamente para recibir al ex presidente. Esta medida excepcional permitió que personas ajenas al equipo médico regular tuvieran acceso directo tanto al quirófano como a los materiales que serían utilizados durante la operación.

Un montaje de estas características no solo afectó al ex presidente Frei Montalva, sino que, ya fuera por negligencia o descuido, pudo afectar también a otro paciente. Un caso ilustrativo es el de Patricio Yáñez, un hombre de treinta y seis años que falleció el 26 de enero de 1982, apenas cuatro días después de Frei Montalva. Yáñez había sido operado de una diverticulosis aguda. Lo curioso es que tras la intervención, presentó una evolución clínica idéntica a la de Frei Montalva, con el surgimiento de infecciones graves y persistentes que finalmente, provocaron su muerte. Esa similitud tan marcada en los síntomas llevó a plantear, es esos días, la hipótesis de una infección intrahospitalaria. Pero ahora, con todos los datos adicionales que aportó la investigación del juez, nace la sospecha razonable de que las complicaciones médicas que sufrió Yáñez pudieron ser parte de una acción premeditada de envenenamiento. Patricio Yáñez pudo haber sido utilizado como un experimento en paralelo al de Frei Montalva, donde los organismos represivos lo aprovecharon para poner a prueba los efectos y la dosificaciones de talio y gas mostaza a usar en el organismo. De este modo, Yáñez sirvió como un «ensayo general» —un caso de prueba— cuyo objetivo principal fue calibrar el método de envenenamiento. La similitud en los dos cuadros clínicos y la proximidad temporal entre ambos fallecimientos refuerzan la hipótesis, mostrando la meticulosidad y el cálculo de quienes planearon estos crímenes.

¿Cómo pudo ocurrir que los médicos cercanos a Frei fueran tan poco curiosos? La diferencia entre la postura de los médicos amigos de Frei Montalva durante ese tiempo y la evaluación posterior realizada por el panel de ocho expertos radica en el ambiente de miedo, la presión institucional y las lealtades personales que dominaban tanto el entorno médico como el político durante la dictadura. Los organismos represivos del régimen, como la CNI, ejercían una vigilancia constante sobre las decisiones médicas y el entorno de la Clínica Santa María, generando un clima de temor y autocensura que restringió la libertad profesional y personal de los médicos.

En cambio, el panel de médicos analizó el caso en un contexto libre de la dictadura y sin las amenazas que antes pesaban sobre cada decisión, por eso se observó una unanimidad notable en sus conclusiones. Todos los especialistas coincidieron en señalar las graves irregularidades y errores cometidos, y compartieron abiertamente sus opiniones, basándose en criterios científicos y objetivos. La ausencia de miedo y presión política permitió que se revisaran los antecedentes con transparencia y rigor, lo que dio lugar a una evaluación clara y consensuada sobre el caso Frei. Sus opiniones se basaron en criterios objetivos y científicos, permitiéndoles identificar con claridad que el diagnóstico inicial de obstrucción intestinal no estaba fundamentado y que hubo graves irregularidades en la forma en que se realizó la segunda cirugía. Esa diferencia de opiniones resalta cómo el ambiente de dictadura condicionó el actuar y la sinceridad de los médicos en ese momento, mientras que, en tiempos de libertad, la unanimidad y la claridad en el juicio profesional florecieron, dejando en evidencia las contradicciones y silencios que antes habían predominado.

Tras la segunda cirugía, ocurrió un hecho decisivo que afectó gravemente la recuperación de Frei Montalva. Las investigaciones evidenciaron que de manera intencional, mientras el paciente permanecía solo en su cuarto —sin la compañía de familiares ni la vigilancia estricta del personal médico habitual—, fue visitado por personas desconocidas. Se menciona incluso la presencia de enfermeras a las que, más tarde, nadie pudo identificar o relacionar oficialmente con la clínica.

En ese ambiente de escasa supervisión y aprovechando la ausencia de testigos, resultó sencillo para los responsables, como el doctor Pedro Valdivia, o Silva Garín, administrarle al paciente gas mostaza y talio en dosis bajas para complicar los síntomas y minar su salud. Según los antecedentes recabados, esas sustancias habrían sido suministradas durante la noche, cuando la vigilancia era mínima y casi no había personal circulando. Resulta impactante y desgarradora la declaración de Carmen Valenzuela, auxiliar de enfermería:

El objetivo de la segunda operación fue dejar a Frei Montalva expuesto para poder suministrarle sustancias tóxicas como gas mostaza y talio en dosis bajas, con la intención deliberada de debilitar severamente su sistema inmunológico. Al reducir drásticamente su capacidad natural de defensa, quedó expuesto a infecciones comunes que normalmente no causarían daño en una persona sana. No se optó por inocularlo con bacterias peligrosas como la salmonella typhi o el enterococcus faecium, porque ese método habría generado sospechas inmediatas y evidentes de envenenamiento. En vez de eso, el ataque fue indirecto: al destruir su sistema inmunológico, cualquier infección habitual —que suele ser controlada por el organismo— podía convertirse en mortal, pasando desapercibida como complicación de una cirugía o enfermedad común.

Un dato clave que demuestra el daño a su sistema inmune es la marcada disminución de linfocitos, un tipo de glóbulo blanco esencial para defender al cuerpo contra virus y bacterias. Esa afección, llamada linfocitopenia, deja al organismo indefenso y vulnerable. En el caso de Frei, la administración de gas mostaza y talio no solo redujo el número de linfocitos, sino que también alteró su funcionamiento, impidiendo que los pocos que todavía le quedaban pudieran combatir infecciones simples. Bajo condiciones normales, los linfocitos T y B identifican y eliminan microorganismos dañinos y crean «memoria inmunológica» para futuras defensas. Pero cuando estos linfocitos escasean o no funcionan correctamente, como sucedió con Frei Montalva, cualquier germen puede desencadenar una infección generalizada y letal.

Cuando Frei Montalva habló con Carmen Valenzuela, auxiliar de enfermería, para pedirle ayuda, ya sabía que lo podían estar envenenando. Es muy decidor cuando le pide a la enfermera que estaba en su cuarto -probablemente de la CNI- que saliera para tener privacidad y pedirle ayuda a Carmen Valenzuela. 

Tras la segunda operación, el estado de salud de Frei Montalva se agravó de manera acelerada y evidente. Según las investigaciones, durante el periodo posterior a la cirugía, fue contaminado intencionadamente con sustancias tóxicas —probablemente por el doctor Valdivia, por Silva Garín (a quien Frei identificaba como su médico de cabecera), o de manera indirecta a través de una enfermera—. Como consecuencia, diversas infecciones comunes se propagaron rápidamente por todo su organismo, sin posibilidad de ser controladas, lo que empeoró su salud de forma irremediable y desembocó en su fallecimiento. El doctor Goic en una entrevista, resumió la situación afirmando que Frei “nunca despegó”, es decir, que nunca mostró señales de mejoría ni logró recuperarse tras la intervención, precisamente porque su sistema inmunitario había sido destruido de manera intencionada:

No solo los médicos amigos le fallaron al ex mandatario. Becerra, considerado un hombre de confianza, tenía acceso libre a todos los cuartos de su casa y era parte fundamental del círculo cercano. Era tanta la cercanía que al fallecer Frei, la familia le pidió que ayudara a recibir a los que llegaron a la casa para dar el pésame. Durante las investigaciones llevadas a cabo por el juez Madrid, se descubrió que Becerra trabajaba como informante remunerado de la CNI. La razón detrás de su colaboración forzada fue su hija, quien al mantener una relación sentimental con un integrante del Frente Patriótico Manuel Rodríguez, fue presionado por la CNI para obtener su cooperación. Además de desempeñarse como chofer, Becerra era vigilado y obligado a actuar en perjuicio de las personas del entorno del ex presidente. Así lo consignó el propio juez Alejandro Madrid en su sentencia, dejando en evidencia la compleja red de presiones y traiciones que rodearon a Frei Montalva durante sus últimos días:

A Eduardo Frei Montalva no solo le inutilizaron su sistema inmunológico, como los glóbulos blancos, sus linfocitos, pero sometidos bajo el terror también anularon a quienes debían protegerlo y apoyarlo en su círculo más cercano. El doctor Patricio Rojas, quien era concuñado del doctor Silva y había ocupado el cargo de ministro del Interior durante su gobierno -así inició su exitosa carrera en el servicio público- jugó un papel relevante durante las últimas semanas de Frei Montalva. En momentos críticos asumió el liderazgo en la comunicación entre el equipo médico y la familia Frei, presentándose como la principal figura de enlace. Rojas sostuvo de manera firme y pública que el fallecimiento de Frei se debió exclusivamente a complicaciones médicas, negando cualquier posibilidad de intervención irregular. Además, afirmó que la familia Frei había dado su consentimiento para realizar procedimientos sobre el cadáver una vez ocurrido su fallecimiento. Sin embargo, el juez Alejandro Madrid, calificó su declaración como un intento de encubrimiento, una estrategia para ocultar la verdadera naturaleza de lo sucedido. Su comportamiento despertó alarma durante las investigaciones llevadas a cabo por el juez Madrid, al punto de que incluso la hija del ex presidente Frei manifestó públicamente sus dudas ante los medios de comunicación, preguntándose con franqueza: “¿A quién protege este señor?” Con esa interrogante, dejó entrever que el doctor Patricio Rojas, gran amigo de la familia Frei anteriormente, no solo estaba protegiéndose a sí mismo, sino también salvaguardaba los intereses de su concuñado, el doctor Silva Garín. Es muy probable que enfrentado a un entorno marcado por el miedo, la presión constante y la posibilidad de sufrir represalias, Patricio Rojas tomó decisiones motivadas por el terror, empujándolo a emitir declaraciones falsas y ocultar información relevante sobre lo ocurrido. Así fue como personas que en el pasado habían sido colaboradores cercanos y de confianza del ex presidente, terminaron —quizás sin plena conciencia de ello— involucrándose como cómplices involuntarios de los hechos que rodearon su muerte. Sus acciones no parecen haber respondido a una intención inicial directa de traicionarlo, sino más bien a la necesidad de protegerse en medio de un ambiente hostil y peligroso, donde el temor y el horror dominaron su toma de decisiones:

Tras la segunda intervención quirúrgica, se produjo otra grave falla o negligencia en el tratamiento médico. En lugar de ser trasladado a la Unidad de Terapia Intensiva (UTI), como sería esperable en un paciente en estado delicado tras una cirugía mayor, Frei fue llevado a una habitación común. Eso implicó una disminución significativa en el monitoreo y en los cuidados postoperatorios, dejando su salud aún más expuesta al sabotaje. Este descuido intencional en su atención generó un escenario ideal para la intervención de agentes represivos que, actuando en secreto, tenían acceso privilegiado a los espacios críticos de la clínica, como las salas de vigilancia, los accesos a quirófanos y las áreas de recuperación. El control que ejercían sobre el entorno hospitalario les permitía supervisar todos los movimientos, asegurándose de que cualquier acción fuera posible sin levantar sospechas entre el personal médico regular. Los que se dieron cuenta, los que notaron algo raro, la represión y el susto los mantuvo a raya.

En aquellos días ardientes de fiebre y frente a una soledad demoledora, Frei Montalva sintió cómo la sospecha se le colaba en su alma, creciendo y envolviéndolo como una sombra que no le daba tregua. Su cuarto se convirtió en una celda de silencio, donde cada ruido parecía un eco de traición y cada mirada, un posible enemigo. Se me hace difícil imaginar la angustia que debió sentir cuando entendió con una lucidez amarga y escalofriante, que estaba siendo lentamente eliminado, y que la amenaza venía también desde donde menos lo esperaba: su círculo cercano. Cuando ya no le quedaban fuerzas, ni aliados, ni esperanzas, la certeza de su vulnerabilidad le perforó el espíritu. Estaba abandonado al miedo, con la soledad como su única compañía.

Si en algún momento, derrotado y sin fuerzas, Frei Montalva se atrevió a compartir sus angustias con la auxiliar de enfermería Carmen Valenzuela, que alguna vez cuidó a su madre, seguro que también intentó hallar consuelo en el doctor Alejandro Goic, su médico y amigo. En medio de su vulnerabilidad tiene que haber buscado en él una palabra de apoyo, un gesto de amistad, o simplemente una señal que le devolviera la confianza y la esperanza. Pero pudo también haber ocurrido tristemente lo contrario, un distanciamiento entre ellos marcado por la desconfianza y el temor. Es posible que ante la sospecha de traición o la falta de respuestas claras, Frei Montalva sintiera que sus últimos aliados también lo abandonaban, dejándolo desnudo frente a sus miedos, atormentado por pensamientos que no le daban tregua y con la incertidumbre de no saber en quién confiar. Se quedó callado deseando que alguien —quien fuera— rompiera el cerco y se atreviera a desafiar el miedo y la complicidad; pero nadie lo hizo, y el horror de saberse vulnerable, de intuir la traición y no poder protegerse, lo apagó por dentro, despacio, lentamente, donde la certeza de que la vida se le escapaba era más punzante que la fiebre, y más cruel que el veneno que le administraban por la noche.

¿Cómo reaccionó el doctor Goic ante aquella súplica de Frei Montalva? ¿Le habrá creído sabiendo que las sospechas de su paciente y amigo eran reales? ¿Comprendió la gravedad de lo que escuchaba, o dudó de sus palabras, atrapado por la incredulidad y el miedo, y le respondió que estaba todo bien y que siguieran con el tratamiento? ¡Todavía hay esperanzas, presidente, sigamos adelante! Es posible que el temor lo paralizó impidiéndole actuar, llevándolo a guardar silencio en vez de ofrecer una ayuda enérgica. Tal vez el pavor fue tan grande que lo encadenó a la inercia, dejándolo incapaz de moverse, de tomar decisiones y de tenderle la mano a su amigo y escucharlo. ¡Son las alucinaciones de un enfermo provocadas por los medicamentos y la fiebre! La conciencia de estar rodeado por fuerzas capaces de aplastar cualquier atisbo de disidencia, le impidió actuar con una firmeza decisiva. Goic, médico de confianza, llegó a ser un rehén de su propio temor, donde denunciar abiertamente lo que percibía significaba exponerse a represalias implacables. Así, la prudencia se volvió su única forma de salvación. Fue una respuesta frágil ante el riesgo de enfrentarse al coronel y a un poder que no admitía errores ni titubeos.

El doctor Augusto Larraín, desautorizado después de la primera operación, decidió hablar solo veinte años después, cuando las pruebas ya se habían enfriado y el caso Eduardo Frei Montalva apenas era un episodio mal resuelto en los archivos judiciales. Para entonces, la versión oficial presentaba su fallecimiento como consecuencia de causas naturales o, al menos, debido a complicaciones quirúrgicas comunes.

Aquí me surge una incógnita inquietante: el doctor Goic tiene que haber compartido con mi padre lo que sucedía en la clínica durante sus visitas a nuestra casa. ¿Se atrevieron a poner sobre la mesa la posibilidad de un envenenamiento? Y si lo hicieron, ¿qué palabras cruzaron, qué consejos compartió mi padre, tan cauteloso y sabio? ¿Hubo momentos en que alguno sugirió —aunque fuera en voz baja, temblando de miedo— la intervención de terceros, o prefirieron callar, dejando que el miedo y la incertidumbre pesaran más que la verdad? ¿Cómo reaccionó mi padre, cómo reaccionó Juan ante esa confidencia tan reveladora? ¿Tuviste el coraje, papá, de enfrentar la realidad sin titubeos, o preferiste, como tantos otros, apartar la mirada para taparte los oídos y suplicar silencio, que no querías saber nada más, incapaz de soportar el peso de la verdad ante el peligro que acechaba? Esa falta de respuestas, esos vacíos en la memoria y en los relatos, forman parte de los aspectos no revelados que aún percibo en la vida de mi padre: zonas mudas donde la emoción se mezcla con la impotencia, porque a veces lo que no se dice es lo que más duele y lo que más pesa con el paso de los años. Me queda el deseo, la urgencia de haberte acompañado, de haberte demostrado que no estabas solo, pero son deseos que me llegan con la tardanza de los consuelos fáciles. Quisiera abrazarte, asegurarte que no hay reproches, solo comprensión. Pero me ha dolido tu silencio, he extrañado esas palabras que nunca te atreviste a expresar. Lo que me queda es la imagen de un hijo mirando hacia su padre atrapado en una situación imposible, dividido entre proteger a los suyos o enfrentarse a un peligro aterrador. Tu soledad fue la que finalmente marcó tu destino:

Pinochet nunca tuvo la necesidad de involucrarse directamente en las acciones turbias ni planificar personalmente los detalles más oscuros de los asesinatos. Sin embargo, mantenía un control absoluto exigiendo reportes diarios, minuciosos y actualizados sobre la salud de Frei Montalva. Incluso llegó a ofrecer un respirador, un gesto que, más que un acto de humanidad, parecía destinado a reforzar su papel de vigilante omnipresente. Pinochet nunca participó en la organización operativa ni en la logística concreta de sus crímenes; su papel era el de una figura sombría que desde las alturas y la oscuridad, manipulaba cada movimiento, dando instrucciones sin exponerse y sin dejar rastros evidentes de su intervención. En las reuniones diarias con el general Contreras, Pinochet no emitía órdenes directas ni instrucciones detalladas. Bastaba con que se expresara con frases cargadas de desprecio y rabia hacia quienes consideraba sus adversarios: ¿A Prats? ¡Me gustaría no verle nunca más la cara!;  ¿Tucapel Jiménez? ¡Otro huevón!; ¿Orlando Letelier? ¡Un ser despreciable, qué manera de causarme daño ese hijo de puta en Washington!; ¿Bernardo Leighton? ¡Otro traidor hablando mal de Chile en Roma! ¡Un perfecto vende patria! Insultos fríos y calculados que dejaban claro cuál era su voluntad. Le transmitían al general Contreras un mensaje inequívoco y aterrador, sin necesidad de explicaciones adicionales. Y Contreras, hábil y reservado, tomaba notas , probaba el café caliente que tenía enfrente, y comprendía el alcance de cada una de esas sentencias y actuaba en consecuencia, sabiendo que cualquier error podía costarle caro:

Esta directriz revela no solo el interés personal y político de Pinochet en el desenlace final, sino también su deseo de controlar estrictamente el flujo de información y el momento en que esta se haría pública. Así, el destino de Frei parecía estar sometido a los intereses del poder y no a la voluntad ni al derecho de sus seres queridos de enterarse antes que nadie.

La sospecha se instalaba más profundamente tanto en la familia como entre quienes lo cuidaban. Durante los días de hospitalización, la rutina diaria perdió su tranquilidad habitual y se transformó en una espiral de incertidumbre y ansiedad. Cada pequeño detalle dentro de la clínica parecía adquirir un significado inquietante: los familiares no sabían en quién confiar ni a quién creer, ya que cada médico —y sobre todo el coronel Silva Garín— interpretaba los síntomas y los acontecimientos de manera distinta, generando confusión en vez de respuestas claras.

El ir y venir constante del personal médico, los cambios de turno y los silencios inesperados entre quienes transitaban por los pasillos contribuían a crear una atmósfera de creciente incertidumbre. La familia, desesperada por encontrar alguna certeza, se aferraba a lo que podía: repasaban los registros clínicos, intentaban recordar con exactitud lo que se había dicho y lo que se había callado, y analizaban gestos y actitudes en busca de señales que pudieran explicar lo que realmente ocurría.

No obstante, la percepción de que la verdad estaba siendo ocultada se les volvía cada vez más fuerte, sobre todo a Carmen Frei. El miedo, las alianzas rotas y la sensación de amenazas latentes hacían que la información llegara fragmentada, envuelta en rumores y versiones contradictorias. Los testimonios de los involucrados no coincidían, algunos documentos médicos desaparecían sin explicación y la falta de claridad sobre los hechos alimentaba la idea de que el destino de Frei Montalva estaba siendo manipulado por fuerzas externas al control de su círculo cercano.

En ese ambiente de lealtades confusas y miedos crecientes, la búsqueda de respuestas resultó cada vez más difícil. Las conversaciones se tornaron reservadas y cargadas de cautela; cualquier gesto, una mirada esquiva o una respuesta ambigua, podía interpretarse como señal de que había algo importante oculto. Los familiares sentían que cuando intentaban preguntar abiertamente, recibían evasivas en lugar de explicaciones, como si quienes debían proteger y cuidar a Frei quisieran encubrir una verdad demasiado peligrosa para ser nombrada.

La confianza que los familiares y quienes rodeaban a Frei Montalva depositaban en los médicos y asistentes se iba desmoronando con cada contradicción o vacío en los relatos sobre su estado y evolución. Las explicaciones poco claras y las versiones distintas entre los profesionales de la salud solo aumentaban el desconcierto, haciendo que resultara imposible saber con certeza en quién confiar. El sufrimiento por la delicada situación del ex presidente se mezclaba con el temor latente de estar siendo víctimas de una traición cuidadosamente planificada y ejecutada en secreto.

Para el círculo cercano, pronto quedó en evidencia que lo que sucedía en la habitación 401 de la clínica Santa María no era solo una lucha por preservar la salud de Frei Montalva, sino también una disputa por controlar la información y definir qué versión de los hechos prevalecería. Los familiares, atrapados entre un atisbo de esperanza y una creciente incertidumbre, sentían que la verdad sobre lo que ocurría se les escapaba precisamente de las manos de quienes debían protegerla y esclarecerla. La supuesta red de protección que debía resguardar al ex presidente parecía desmoronarse poco a poco, como si desde adentro alguien la estuviera destruyendo deliberadamente.

Así, el cuerpo debilitado de Frei Montalva quedó expuesto a la manipulación y el daño, víctima de una complicidad que, aunque no siempre fue plenamente consciente o voluntaria, resultó sumamente eficaz para quienes buscaban causarle daño. La falta de reacción y de denuncia ante aquella irregularidad tan evidente en el quirófano hacía prever que, en el futuro, tampoco se alzarían voces para detener o exponer acciones aún más graves, como el envenenamiento encubierto y sistemático llevado a cabo por los organismos represivos durante la noche.

Se recibieron llamadas telefónicas anónimas dirigidas a la esposa de Hernán Elgueta, en las que se advertía que el ex presidente estaba siendo envenenado. Sin embargo, las acciones que se tomaron en respuesta a estas alertas fueron meramente formales y no tuvieron un verdadero impacto en la seguridad de Frei. Por ejemplo, se estableció vigilancia en su habitación para evitar el ingreso de personas desconocidas que pudieran ponerlo en peligro, pero esos controles resultaron ser superficiales y poco efectivos ante la compleja operación que los agentes represivos ya habían organizado dentro de la clínica, sobre todo que eran los médicos de la CNI los que tenían libre acceso al paciente. En la práctica, esas medidas no lograron protegerlo y su destino parecía ya sellado. La situación de Frei Montalva era comparable a la de un condenado a muerte: aunque seguía vivo y permanecía en su cama, se había convertido, en esencia, en un “hombre muerto que todavía usaba cama”, una víctima anticipada de un plan que se ejecutaba de manera sistemática.

Después de la segunda operación, Eduardo Frei despertó en un estado de gran debilidad física, y una fiebre constante comenzó a afectar su organismo. A pesar de los esfuerzos médicos, los antibióticos administrados no lograban controlar la infección, por lo que los doctores se vieron obligados a cambiarlos reiteradamente, probando distintas combinaciones sin obtener resultados satisfactorios, como si estuvieran buscando una solución a ciegas. Las radiografías y análisis evidenciaban una infección grave en la zona abdominal, pero el diagnóstico oficial seguía siendo oscuro.  Para sus familiares y personas cercanas, ese descalabro en su salud era incomprensible, ya que veían cómo el ex presidente se debilitaba más con cada dosis de medicamento, mostrando un deterioro que nada tenía de habitual.

Las visitas de sus hijos, que antes eran un consuelo diario, pasaron a estar restringidas por horarios caprichosos e inhumanos, dictados sin motivo aparente. Una enfermera en quien la familia confiaba plenamente fue apartada de su lado de manera repentina y sin dar ninguna explicación, dejando un vacío de cercanía y protección. Los médicos de siempre, aquellos que conocían cada detalle de su salud y habían acompañado a Frei en sus momentos más delicados, fueron reemplazados de la noche a la mañana por rostros extraños, profesionales cuyo pasado clínico era difuso y en quienes resultaba imposible depositar verdadera confianza. La sensación de desamparo era absoluta, como si poco a poco, alguien le fuera arrancando todos los lazos que lo mantenían unido a la vida y a los suyos:

Es posible especular que aquellas llamadas anónimas de advertencia podrían haber sido realizadas por alguien vinculado a la embajada de Estados Unidos en Chile. Esa hipótesis cobra fuerza si consideramos la sugerencia de que alguna persona del entorno podría haber reconocido la voz del interlocutor, lo cual sería factible si se tratara de alguien conocido en ese círculo. En esa época, el partido Demócrata Cristiano chileno mantenía una relación estrecha y recibía una notable influencia del gobierno norteamericano. De hecho, bajo la presidencia de John F. Kennedy, Estados Unidos decidió brindar un apoyo explícito a Eduardo Frei Montalva, con el objetivo de contrarrestar la creciente influencia y atractivo que ejercía la revolución cubana en América Latina. Asimismo, resulta plausible que los servicios de inteligencia estadounidenses estuvieran al tanto, o incluso hubieran recibido información directa, sobre las actividades del general Contreras y otros agentes ligados a organismos represivos. Por todas estas razones, la posibilidad de que las advertencias provinieran de fuentes ligadas a la embajada norteamericana o a sus servicios de inteligencia no puede descartarse y ayuda a comprender el contexto de intrigas y vigilancia internacional que rodeaba a Frei Montalva en esos años.

Durante aquellos días, Frei Montalva vivió una situación compleja y ambigua. Por un lado, era paciente en el sentido estrictamente médico: recibía tratamientos, era intervenido quirúrgicamente y estaba bajo el cuidado de los profesionales de la salud. Por otro lado, su condición iba mucho más allá de lo clínico; también era objeto de vigilancia y control político, pues el régimen lo tenía bajo constante supervisión y manipulaba tanto su entorno como la información sobre su estado. Así, el cuerpo de Frei Montalva dejó de ser simplemente el de una persona enferma y se transformó en un espacio donde se jugaba una disputa política: cada decisión médica, cada visita y cada versión sobre su evolución se cargaba de sospecha y significados ocultos. En ese contexto, el ex presidente se convirtió en un símbolo, en el centro de una batalla por el poder y la verdad, mientras alrededor de él se intentaba imponer una narrativa oficial sobre lo sucedido, una historia que nadie se atrevía a contradecir abiertamente por miedo a las represalias.

Las complicaciones que Frei Montalva experimentó después de la primera operación hicieron necesario someterlo a una segunda, una tercera y, finalmente, a una cuarta intervención quirúrgica. Sin embargo, con cada nueva cirugía, no solo disminuían drásticamente sus posibilidades de recuperación, sino que aumentaba la sensación entre sus familiares y cercanos de que los procedimientos no tenían como único fin tratar su enfermedad. Por el contrario, las sucesivas operaciones contribuían a debilitarlo más y más. De este modo, se imponía lentamente la impresión de que su deterioro y su muerte vendría como consecuencia de complicaciones médicas, cuando en realidad el paciente estaba siendo sometido a un envenenamiento y desgaste físico progresivo y sistemático.

El doctor Goic no era conocido por buscar protagonismo ni tenía aspiraciones políticas; su vocación era la medicina y su campo de acción, el cuerpo humano, con todas sus complejidades y enigmas. Me lo imagino caminando en silencio por los pasillos de la Clínica Santa María llevando consigo un secreto que no eligió, sino que le fue impuesto bajo el miedo y la atmósfera opresiva de la dictadura. Su aspecto era sencillo, sin distinciones en la bata, y sus ojos reflejaban noches de insomnio y preocupación.

Para el doctor Goic, el caso de Eduardo Frei Montalva fue sumamente inusual y destacó tanto por la importancia del paciente como por los extraños síntomas que presentó. Al examinarlo después de la segunda operación, Goic notó señales que no coincidían con complicaciones quirúrgicas comunes: la fiebre era constante y no cedía ante los tratamientos habituales, comenzaron a aparecer ampollas en la piel—lo cual no es típico tras una cirugía, pero si frente a una intoxicación con gas mostaza—y el abdomen mostraba una inflamación inexplicable desde el punto de vista médico. Estas manifestaciones le hicieron pensar que no estaban frente a un proceso clínico habitual, sino ante algo fuera de lo normal.

Goic pudo haber expresado abiertamente sus sospechas y dicho: “Esto no es clínico, es químico.” Con esa frase, hubiese dejado claro que, según su criterio profesional, el deterioro de la salud de Frei no se debía a una complicación médica convencional, sino que existía la posibilidad de que un agente externo—algún tipo de veneno o sustancia tóxica—estuviera afectando el organismo del ex presidente. Sin embargo, hacer una afirmación así en ese contexto era extremadamente peligroso, ya que implicaría sugerir que la dictadura podría estar relacionada con un posible atentado, lo cual ponía en riesgo no solo al propio Goic, sino también a su familia. Por esa razón, probablemente motivado por la prudencia y el temor que imponía el ambiente represivo de la época, Goic optó por no denunciarlo directamente.

En vez de eso, dejó registro de sus dudas en la ficha clínica de Frei. Escribió solamente dos palabras: “¿metabólico o tóxico?”, dejando asentada su inquietud profesional sobre la causa real del cuadro de Frei. Así, sugería la posibilidad de una intoxicación sin acusar ni profundizar en los posibles responsables ni en los mecanismos empleados, pero dejando constancia de que sucedía algo anormal y que en su opinión, no era producto únicamente de la enfermedad ni de complicaciones quirúrgicas habituales. En vez de denunciar abiertamente, decidió tomar una postura defensiva y tratar al paciente como si estuviera enfrentando una infección grave causada por bacterias resistentes, por lo que empleó antibióticos de última generación. Sin embargo, esa decisión no resolvió el problema, porque en realidad no había una infección de ese tipo; el daño real provenía de la desactivación intencional del sistema inmunológico, es decir, su cuerpo estaba sin defensas ante cualquier agresión. Al intentar atacar una infección que no cedía por la falta de defensas, el tratamiento no solo resultó ineficaz, sino que permitió que los agentes tóxicos continuaran afectando al organismo sin dejar pruebas claras ni rastros visibles. El temor del doctor Goic y la dificultad del caso lo llevaron a interpretar la situación desde el punto de vista médico convencional, lo que impidió descubrir y detener a tiempo la verdadera causa del deterioro de Frei. Por otro lado, ni Goic ni los demás médicos que lo ayudaron tenían experiencia previa con pacientes intoxicados por gas mostaza, lo que complicó aún más el diagnóstico y el tratamiento.

Queda claro que el doctor Goic percibió que algo grave y fuera de lo común estaba sucediendo, pero prefirió no avanzar más allá de ese registro formal, limitándose a lo estrictamente médico y evitando exponerse abiertamente, incluso en sus acciones terapéuticas.

Los exámenes de sangre que se realizaron a Frei reforzaron las sospechas, pues mostraban que su sistema inmunológico estaba siendo desarticulado de manera sistemática, como si una toxina estuviera actuando en su organismo sin dejar huellas evidentes, tal como lo haría un veneno sofisticado. En medio de ese ambiente tenso y hostil, en algún momento Goic tiene que haberse convencido de que Frei no se estaba muriendo por complicaciones médicas habituales, sino que estaba siendo asesinado de manera precisa, mediante el uso de sustancias difíciles de detectar. Esa situación tiene que haberlo sumido en una profunda impotencia y desolación, enfrentándose al dolor de ver cómo su paciente y amigo se debilitaba cada día más, sin poder hacer nada por salvarlo. Probablemente se sintió atrapado en una realidad donde las decisiones médicas quedaban subordinadas al miedo y a la presión de fuerzas oscuras que él no sabía controlar. Caminaba por los pasillos de la clínica con el corazón encogido, intentando ocultar su angustia tras una fachada de serenidad profesional, aunque por dentro lo invadiera una tormenta de emociones: frustración, rabia, tristeza y una enorme inquietud por el destino de Frei.

Quizá, en alguno de esos momentos de cansancio extremo, mientras permanecía en la sala de espera o buscaba solitario un respiro en su automóvil, alcanzó a escuchar desde una radio lejana una canción antigua que hablaba de la libertad, evocándole recuerdos de juventud y tiempos mejores. Fue un instante que sintió como un fuerte golpe emocional: la melodía, tan llena de esperanzas y promesas, chocaba brutalmente contra la realidad opresiva y el ambiente de temor que dominaba la clínica. Incapaz de soportar la contradicción entre la música y la crudeza del presente, bajó el volumen en un intento por apagar el dolor y la nostalgia, pero lo empujó también a sentirse aún más solo y desamparado. La música, esa lírica que en otro momento había sido su consuelo, se volvió una herida que le recordaba una libertad lejana, tan lejana como la posibilidad de salvar a su querido amigo.

La imagen de Frei Montalva, postrado y sin conciencia, se convirtió en un símbolo claro y en una advertencia inquietante para todos: el poder no siempre recurre a métodos evidentes como las armas o explosivos para eliminar a quienes considera una amenaza. En ocasiones, utiliza medios más sutiles y difíciles de detectar, como intervenciones médicas aparentemente legítimas, bisturíes manejados por médicos siniestros, o sustancias tóxicas que no dejan rastros fáciles ni olores evidentes. Así, lo que a simple vista parece una complicación médica o un accidente puede ocultar intenciones deliberadas, convirtiendo el expediente clínico en un documento lleno de dudas, donde incluso la firma del médico tiembla ante la posibilidad de estar siendo manipulada por fuerzas externas.

La luz en su habitación era tan blanca que resultaba casi irreal, como si se hubiera intentado borrar cualquier señal del paso del tiempo o de la presencia humana. En la habitación 401 de la Clínica Santa María, el ex presidente Eduardo Frei Montalva, a quien la dictadura consideraba como un “enemigo interno”, yacía sobre una camilla que, por su solemnidad, se asemejaba más a un altar que a una cama de hospital. Antes, su piel tenía un tono dorado por el sol de las campañas y eventos públicos; ahora, se veía grisácea y apagada, reflejando el avance de un envenenamiento que lo estaba consumiendo poco a poco. Aunque no mostraba signos claros de dolor físico, su estado evidenciaba una pérdida de fuerzas continua y un desgaste lento que lo debilitaba cada día más. Los médicos amigos que lo atendían se turnaban y siempre usaban guantes limpios; en sus miradas había incomodidad y preocupación, como si intuyeran que enfrentaban algo fuera de lo común.

A este cuadro se sumó la aparición de ampollas en la piel de Frei, lesiones que normalmente no se observan en pacientes con complicaciones posquirúrgicas convencionales. Estas ampollas suelen asociarse, junto a otros síntomas, a la exposición a sustancias tóxicas, como el gas mostaza. Sin embargo como las dosis utilizadas eran bajas no se presentaron todos los síntomas, -como dolor en los tobillos y caída del pelo- de manera que los médicos no supieron cómo interpretarlo. El abdomen de Frei mostraba también una inflamación difícil de explicar desde el punto de vista médico. No se encontraba una causa clara en los exámenes ni en la evolución típica de su enfermedad, lo que hacía pensar que alguna sustancia dañina, posiblemente un veneno difícil de detectar, estaba causando daños internos y destruyendo su salud de manera lenta y progresiva. Todo este proceso ocurría sin dejar pruebas evidentes de su origen, aumentando la incertidumbre y la sospecha entre quienes lo atendían.

En ese contexto de incertidumbre y miedo, se tomó la decisión de administrar Transfer Factor a sugerencia del doctor Patricio Rojas, un inmunomodulador experimental que en aquel momento no tenía suficiente respaldo científico. Esa elección, en lugar de representar una esperanza real de recuperación, se sintió más bien como una sentencia para el paciente, o como una medida desesperada adoptada bajo el influjo del pánico y la falta de alternativas claras.

En ese ambiente de aislamiento y censura, Frei dejó de escribir. El hombre que solía anotar reflexiones, redactar cartas y leer informes, cayó en un estado de mutismo forzado, producto tanto de la sedación médica como del progresivo deterioro de su salud. En ese momento, su cuerpo pasó a ser un símbolo político, no por lo que él representaba, sino por lo que se le estaba haciendo. Sin embargo, antes de perder completamente la capacidad de comunicarse, alcanzó a escribirle una nota a su hija Victoria Frei, en la que suplicaba:

-sáquenme de aquí… me quiero morir en mi casa.

Su muerte

La cazuela de ave que, con esmero y ternura, le preparó Isabel Díaz después de recibir la llamada de Frei Montalva tras su primera operación, donde probablemente buscaba el calor de un gesto familiar, terminó convirtiéndose en su última cena. Ese plato, tan humilde y lleno de afecto, se transformó en un instante cargado de nostalgia y significado: mientras Frei saboreaba los bocados tibios, quizá entre sonrisas y palabras sencillas, no imaginaba que ese acto cotidiano sería su despedida final de la vida tal como la había conocido. El aroma de la cazuela llenó la habitación con recuerdos de tiempos más felices, envolviendo a todos en un fugaz destello de normalidad antes de que la gravedad de sus últimas horas lo envolviera todo en silencio y mal presagio. Así, una simple comida preparada con cariño marcó el umbral entre la esperanza y la despedida, grabándose para siempre en la memoria de quienes lo acompañaron en ese tramo doloroso y definitivo.

El 22 de enero de 1982, a las 17:20 horas, Eduardo Frei Montalva falleció en la Clínica Santa María; en ese momento dejó de respirar, marcando el final de una larga agonía. El doctor Goic le dio un beso en la frente y se fue a su casa. No ordenó una autopsia para aclarar tantas interrogantes:

Sin embargo, su cuerpo no fue enterrado de inmediato, sino que permaneció en la clínica mientras se realizaban acciones poco habituales y rodeadas de incertidumbre. En las horas posteriores a su muerte, el ex presidente, el “enemigo interno”, fue sometido a una serie de procedimientos que no siguieron el protocolo médico estándar y que estuvieron marcados por el desorden y la falta de transparencia. Lo que oficialmente se describió como una “autopsia” o un “embalsamamiento” resultó, de acuerdo a la investigación posterior del juez Alejandro Madrid, en una serie de maniobras orientadas no a esclarecer la causa de su fallecimiento, sino a ocultar pruebas importantes.

Con el paso de los años, las pruebas y rastros del asesinato se fueron perdiendo y enfriando, lo que dificultó notablemente la posibilidad de llegar a una verdad inapelable y definitiva. Ese retraso en las investigaciones, sumado a la actitud temerosa y evasiva de los médicos —muchos de los cuales, sin proponérselo, terminaron actuando como encubridores involuntarios— complicó aún más el trabajo de la justicia. Así fue como el juez Alejandro Madrid Croharé asumió la tarea de investigar enfrentándose a un escenario lleno de obstáculos: testigos fallecidos, documentos extraviados o alterados, y un entorno de silencio que favoreció la impunidad durante décadas. A pesar de ello, y gracias a su perseverancia, el juez logró reunir pruebas sólidas que confirmaron la existencia de un crimen. Investigar un caso “frío” después tantos años, fue un acto de valentía y convicción profesional de parte del juez.

Trato de cerrar este texto, de encontrar un punto final, pero no lo logro. Las palabras se me escurren como si algo impidiera darles un descanso. Pero lo intentaré otra vez; acompáñame, déjate llevar por un instante de soledad, no te desanimes. Imagina las calles vacías, envueltas en una penumbra que pesa: es de noche y el silencio es denso y urgente. El aire apenas se mueve cargado de preguntas, de interrogantes que aún ahora evito mirar de frente porque sé lo mucho que pueden doler. De pronto, suena el timbre de la calle, ese que se activa presionando un botón de bronce amarillo instalado en la muralla. Corro, o corres con ansiedad para abrir la puerta principal. Afuera, en la calle Las Violetas, el auto de vigilancia permanece inmóvil, testigo mudo de noches interminables. Estoy solo, o estás solo, sola. Ves al doctor Goic llegar, él también está solo, y parece arrastrar una sombra pesada que no termina de disiparse. Le abres la puerta y lo dejas pasar, y en ese gesto sientes que los fantasmas de la casa también le dan la bienvenida. Lo saludas percibiendo un peso invisible que lo aplasta, como si cargara el mundo entero a sus espaldas. Luego, escuchas los pasos de mi padre descendiendo desde el segundo piso –ya era tarde–. Se suma a nosotros, o a ustedes: tres figuras reunidas en el silencio, hablando poco, intercambiando miradas cargadas de todo lo que no se puede decir. Y allí, en esa sala, emergen las preguntas prohibidas, esas que dan vértigo solo de pensarlas: ¿Es posible que una operación tan simple haya terminado así, en una infección devastadora que consumía a Eduardo Frei Montalva? ¿Cómo acusar? ¿A quién culpar del envenenamiento? ¿Dónde buscar pruebas, en qué rincón oculto las encontrarías? Surge la tentación de alzar la voz, de denunciar lo inexplicable por la prensa, dar una entrevista, hablar, contar lo que sospechas. Pero de inmediato aparece el temor, el miedo: ¿Y si terminan acusándote de incompetente, de querer tapar tus errores culpando a la honorable autoridad? ¿Y por qué, después de tantos años, cuesta hablar y sigue siendo tan difícil encontrar testigos dispuestos a contar lo que supieron? ¿Por qué después de transcurridos cuarenta años, aún no podemos admitir con claridad que hubo algo extraño, que muchos médicos sospecharon algo malicioso pero se callaron? Al intentar romper ese silencio, nos enfrentamos a otra verdad que puede dar vergüenza: al hacerlo, habría que reconocer que antes se tuvo miedo, que fue el terror lo que los mantuvo inmóviles, aceptar que el silencio fue una forma de sobrevivir bajo la dictadura. Surgen todavía más interrogantes: ¿Fue silencio o encubrimiento? ¿Complicidad? ¿Cobardía, espanto, o simplemente instinto de protección? Fue todo eso y mucho más. Y lo que queda es una sensación amarga y de vacío.

Mi padre supo y con el pasar de los años se convenció que Frei no había fallecido de una muerte natural, sino que había sido envenenado, asesinado de manera fría y calculada. Esa convicción, arraigada en la intuición, en el análisis de los sucesos, y las conversaciones que tuvo con el doctor Goic, se tornó aún más dolorosa porque él jamás contó con pruebas concretas. Sólo tenía la certeza interior, la inquietud persistente, y el temor genuino de que alzarse con una denuncia pondría en riesgo la seguridad de su familia, de nosotros, como le había sucedido a la familia Frei, víctima de agresiones tan viles que hoy estremecen el recuerdo. Pero ese silencio, entendido en sus inicios por el miedo, se vuelve imposible de sostener con el paso de los años, cuando la figura de Pinochet ya no está presente. Goic y otros médicos pudieron haber hablado, contado lo que sabían —o al menos lo que sospechaban—, pero la oportunidad se desvaneció, sepultada por la costumbre de callar y la pesada herencia del terror. La cobardía se mezcló con el silencio, formando una sombra que aún se extiende sobre todos los que vivieron esa época. Y no fue sólo cobardía: también hubo una profunda ingenuidad o poco miedo -porque también es importante no dejarse amedrentar- entre los políticos de entonces, quienes tomaron decisiones apresuradas, creyendo que el peligro era menor o que las instituciones podrían resistir el embate del autoritarismo. Pero en la carrera de un político, especialmente bajo una dictadura implacable, el asesinato y el crimen calculado son amenazas constantes, acechando desde los rincones más oscuros del poder.

El tiempo transcurrió, y se dejó que los días, los meses y los años enfriaran las huellas, evaporaran las pistas, y con ello el caso se volvió cada vez más difícil de esclarecer. Cuando finalmente se abrió una investigación seria, ya muchas evidencias se habían perdido y los testigos clave habían fallecido, llevándose consigo fragmentos de la verdad. Sólo en el año 2005, veinticuatro años después de la muerte de Frei, el juez Alejandro Madrid aceptó el desafío de desenterrar ese crimen sepultado por décadas de silencio. Se le pidió un milagro: encontrar justicia en medio de la oscuridad y el olvido. Esa espera, esa tardanza, sigue siendo una herida en la memoria de quienes anhelan la verdad y la dignidad para los que no pudieron defenderse.

¿Cómo me enteré de su muerte? Ese instante permanece grabado en mi memoria como una fotografía congelada. Era la mañana del 23 de enero de 1982, un día de frío en Cleveland y caminaba por Euclid Avenue, frente a la Universidad de Case Western Reserve. Había llegado apenas unos días antes de Chile, y aún no lograba familiarizarme con esas calles ajenas, que pronto serían mi nuevo entorno, mi realidad a estrenar. Caminaba apresurado, buscando el edificio donde tendría la clase de química orgánica, que por un cambio de horario se daría detrás de la biblioteca principal. Me detuve, más por necesidad que por costumbre frente a una vitrina de metal que guardaba el periódico del día. Tenía los vidrios empañados y sucios por el hielo del invierno. Allí, en la primera plana del New York Times, leí la triste noticia: Eduardo Frei Montalva había fallecido el día antes. La letra helada me sacudió como el frío que me calaba los huesos, envolviéndome en una tristeza inesperada. En ese momento, mientras la gente pasaba a mi lado sin percatarse del peso de la noticia que yo acababa de recivir, recordé de golpe una conversación significativa con mi padre. Volví mentalmente a ese viaje de regreso de Algarrobo, el mar detrás y el futuro incierto por delante. Viajábamos en el auto —uno distinto, no el Chevrolet aletudo de siempre— y nos acompañaba el doctor Goic, amigo de Frei Montalva. Mi padre, con una voz entre curiosa y preocupada, me preguntó: “¿Qué piensan los jóvenes de Eduardo Frei Montalva?” Sentí de inmediato que su pregunta tenía doble fondo, que no era inocente, y que, sin decirlo, también buscaba una respuesta para que Goic la escuchara. De seguro Frei, en ese entonces, tanteaba el pulso de la juventud apoyándose en la percepción de sus amigos para calcular sus próximos pasos, quizás para saber si aún tenía fuerza suficiente para desafiar al régimen. Le respondí con honestidad, compartiendo lo que oía entre mis amigos, los que percibían en Frei demasiado silencio, cierta distancia, falta de compromiso real, sin atreverse a golpear con fuerza al régimen de Pinochet. Era una crítica que flotaba en el ambiente, no solo entre los jóvenes, sino en muchos círculos que anhelaban una oposición más valiente y sonora. Quizá esa conversación como muchas otras ayudaron a marcar el ánimo de Frei, porque apenas unas semanas después organizó el histórico acto en el Teatro Caupolicán —el Caupolicanazo—, donde, con la oratoria brillante de sus mejores tiempos, enfrentó abiertamente a Pinochet. En ese escenario, se fundieron la dignidad y el riesgo; muchos aseguran que ahí Frei selló su destino, que ese acto de valentía lo convirtió en blanco definitivo de la dictadura. Había demostrado que no tenía miedo.

Aún tengo presente aquel día en Cleveland: la temperatura era baja, la avenida se sentía solitaria, y la noticia sobre su fallecimiento me desmoronó. Tuve la sensación de que el país estaba muy distante, que los acontecimientos ocurrían lejos, aunque el sufrimiento era igual. La muerte de Frei no solo marcaba el final de una persona; también parecía extinguir una esperanza.

Con el paso de los años, cuando la dictadura por fin había dejado de ser esa sombra que lo envolvía todo y pronunciarse ya no suponía un peligro inmediato, Goic cargando aún el peso de las noches en vela y los recuerdos imborrables, empezó a admitir públicamente sus sospechas sobre el verdadero destino de Frei Montalva. Pero esa confesión, aunque liberadora, llegó impregnada de una amarga melancolía: la puerta a la verdad se abría tarde, con el chirrido de los años perdidos.

Seguro que el doctor Goic, en alguna noche interminable, despertó sobresaltado, sumido en una pesadilla y con el alma atrapada entre el deber profesional y una sospecha que le quemaba por dentro. Imagínalo en la penumbra de su dormitorio, repasando una y otra vez el rostro de Patricio Silva —¿médico o coronel de ejercito? Ese colega de tantos años, compañero de pasillos y discusiones clínicas—, intentando reconciliar su imagen amable con la posibilidad de que estuviera involucrado en algo tan oscuro, tan indecible, como el envenenamiento de Frei Montalva. ¿Cómo soportó esa idea sin que le temblara la voz ni se le partiera el alma? El horror de la sospecha debió hundirlo en una impotencia áspera, física. Cada mañana, al cruzar el umbral de la clínica, tiene que haber sentido el peso y el abismo que tenía enfrente.

A las pocas semanas de su muerte, recibí una carta de mi padre que, más que un simple relato, se convirtió en un hilo que me mantuvo unido a mi hogar y a una realidad que, desde la distancia, la sentía irreal, casi onírica. Recuerdo perfectamente el momento en que la abrí, donde me contaba en palabras sobrias y contenidas, lo que había sucedido tras la partida de Frei. Pero detrás de cada frase se percibía una tensión, esas pausas tan elocuentes como las palabras mismas. El miedo era palpable, casi podía sentirlo saltar de las líneas escritas: el correo era interceptado, cada sílaba era vigilada por ojos invisibles pero siempre presentes. Por eso, mi padre evitó cualquier interpretación médica sospechosa, cualquier asomo de duda o de denuncia. La prudencia se impuso, porque incluso una insinuación mínima podía poner en riesgo no solo su vida, sino la de toda nuestra familia. Vivíamos bajo la amenaza del régimen, donde cada palabra mal dirigida podía ser una condena. Así, la carta llegó a mí cargada de cariño, pero también bañada en temor y resignación, como un susurro que a pesar del océano de distancia, seguía protegiéndonos de un peligro latente:

 26 de enero de 1982

Mi madre también lo anunció brevemente en otra carta:

Como relata Carmen Frei, tras la muerte de Eduardo Frei Montalva, el dictador Augusto Pinochet y los miembros de la Junta Militar acudieron a la Catedral Metropolitana de Santiago para participar del responso fúnebre. La tensión era palpable: la familia Frei había solicitado expresamente que Pinochet no asistiera, considerando la carga política y emocional del momento, pero el general ignoró la petición y llegó acompañado de todo su gabinete, en un gesto que muchos interpretaron como una provocación y una muestra de poder. A la salida del recinto, cientos de personas congregadas en la Plaza de Armas no ocultaron su repudio y le gritaron “¡asesino!”, responsabilizándolo moral y políticamente por las circunstancias sospechosas que rodearon la muerte del ex presidente. Pero Pinochet, lejos de mostrarse afectado por el rechazo popular, respondió con una expresión de satisfacción, levantando la mano y formando con sus dedos una letra “V”, asociada a la victoria. Lo hizo como si celebrara un triunfo en medio de la conmoción nacional. Ese hecho quedó grabado en la memoria del país como una escena de arrogancia y desconexión, que evidenciaba la fractura entre el régimen militar y una ciudadanía herida y en busca de respuestas.

Y con el paso del tiempo, ¿qué fue del doctor Goic, aquel amigo de mi padre que lideró el equipo médico a cargo de la salud de Eduardo Frei Montalva? Tras la tragedia, Goic y mi padre se distanciaron; no volvieron a reunirse, como si el peso de lo ocurrido hubiera roto ese lazo de confianza. Da la impresión de que Goic intentó dejar atrás todo lo sucedido refugiándose en su trabajo académico y en los reconocimientos públicos, como si el Premio Nacional de Medicina que recibió en el año 2006 pudiera borrar o disimular cualquier responsabilidad sobre los hechos. Sin embargo, la gravedad de lo acontecido es imposible de ocultar; la sombra de lo que pasó alcanzó incluso a los nombres más prestigiosos, dejando una huella de cobardía y silencio que hasta hoy pesa sobre quienes estuvieron involucrados.

La traición de muchos médicos resultó especialmente dolorosa, pero la de Patricio Silva fue devastadora: coronel, jefe del Departamento Médico del Hospital Militar y ex miembro del gobierno de Frei, Silva tuvo acceso privilegiado a su paciente en los momentos cruciales. Se portó como coronel y dejó de ser un médico. Su participación directa en los eventos que rodearon la muerte del ex presidente generó sospechas fundadas y difíciles de disipar, ya que su posición le permitía controlar información y decisiones clave en el proceso. Lo que le sucedió a Eduardo Frei Montalva no solo representa un atentado contra una persona, sino que se transformó en una herida profunda en la memoria colectiva de Chile, una herida abierta que, hasta hoy, sigue exigiendo respuestas y justicia.

La noticia de la muerte de Eduardo Frei Montalva se dio a conocer con gran solemnidad, pero los hechos que siguieron en las horas posteriores distaron mucho de ser respetuosos o transparentes. Sin que la familia Frei estuviera informada ni hubiese dado su consentimiento, los doctores Helmar Rosenberg y Javier González Bombardiere, ambos vinculados al Hospital Clínico de la Universidad Católica, accedieron a la habitación donde había fallecido el ex presidente y realizaron un procedimiento médico completamente fuera de los protocolos habituales. Le extrajeron el hígado, los intestinos, sistema linfático y riñones, para llevárselos en baldes de latón al Hospital Clínico de la Universidad Católica. Se retiraron muestras de esos órganos y se manipuló la cavidad abdominal con propósitos que nunca fueron aclarados del todo. La justificación: facilitar exámenes post mortem. Pero no hubo informe completo, ni entrega formal de resultados. El cuerpo fue transformado en evidencia, antes de permitirle ser un símbolo.

Ambos médicos implicados señalan de manera estratégica al doctor Barahona como quien habría iniciado el procedimiento médico realizado a Frei Montalva tras su muerte. Sin embargo, el doctor Barahona, a pesar de su reconocido prestigio profesional, estaba gravemente enfermo en ese momento y convenientemente falleció tan solo unos meses después. Eso pone en duda que realmente pudiera haber iniciado o supervisado el proceso, considerando su delicado estado de salud y sus limitaciones para ejercer funciones de responsabilidad en ese período; pero lo posicionó como personaje ideal para encubrir ciertas acciones:

En declaraciones al juez, Victoria Barahona declaró que su padre no había iniciado el proceso, y que había recibido una llamada del doctor Patricio Rojas pidiendo que un equipo concurriera a la Clínica Santa María. Ella siempre oyó hablar de autopsia. Refiriéndose a Patricio Rojas, Carmen Frei menciona en su libro:

Carmen Frei menciona que eso no fue cierto:

Durante más de veinte años, el velo del silencio cubrió lo que realmente sucedió con el cuerpo de Eduardo Frei Montalva. Los detalles de aquel procedimiento irregular permanecieron ocultos, como si nunca hubieran existido, despojando a la familia y al país de respuestas fundamentales. Solo gracias a una colaboración anónima, inesperada, se pudo romper esa muralla de ocultamiento. Aquella revelación provocó un allanamiento en la Clínica de la Universidad Católica, donde finalmente salieron a la luz algunas de las muestras y documentos que daban cuenta de un embalsamamiento realizado en la clandestinidad y al margen de la ley. La verdad, negada y escondida durante tanto tiempo, empezó a abrirse paso entre las sombras, dejando al descubierto la gravedad de lo ocurrido:

En su libro, Carmen Frei relata que el doctor Rosenberg declaró no recordar con precisión quién le había solicitado realizar la supuesta autopsia al ex presidente Frei Montalva. Meses más tarde, se llevó a cabo una reunión para analizar los resultados de ese procedimiento, en la que participaron, según algunos testimonios, Patricio Rojas y Patricio Silva Garín. Sin embargo, tampoco hubo claridad respecto a quiénes asistieron realmente a esa reunión, ya que las declaraciones de los involucrados fueron contradictorias y nadie pudo confirmar con certeza la presencia de cada uno, lo que refleja una confusión generalizada sobre los hechos y los participantes en ese momento clave:

Ante el juez, Patricio Rojas declaró que, según su versión, los doctores Alejandro Goic y Patricio Silva Garín estuvieron presentes en la reunión en la que se discutieron los resultados de la supuesta autopsia realizada a Eduardo Frei Montalva. Sin embargo, esta afirmación se contradice con los testimonios posteriores de ambos médicos, quienes negaron haber participado en dicho encuentro. Además, a lo largo del proceso judicial, las declaraciones sobre la asistencia de los involucrados fueron cambiando, lo que generó aún más dudas y confusión sobre quiénes realmente estuvieron presentes en ese momento clave:

Sin embargo, Alejandro Goic aclaró ante el juez de manera tajante que nunca participó en esa reunión ni tuvo relación alguna con el procedimiento mencionado:

Más adelante, el doctor Patricio Silva Garín declaró ante el juez que no había estado presente en esa reunión y afirmó que nunca había visto a Rosenberg, negando cualquier tipo de participación o contacto con él en ese contexto:

Sin embargo, según relata Carmen Frei en su libro, existe evidencia de que Silva Garín y Rosenberg se conocían. Esto quedó demostrado durante el careo realizado el 26 de noviembre de 2009, cuando, al encontrarse frente a frente, Rosenberg saludó a Silva Garín de manera familiar, lo que indica que previamente habían tenido algún tipo de contacto o relación profesional:

En el año 2014, durante un nuevo careo judicial entre Patricio Silva Garín y Patricio Rojas Saavedra, se produjo un cambio significativo en las declaraciones de los involucrados. Hasta ese momento, Patricio Rojas había afirmado de manera reiterada que Silva Garín sí estuvo presente en la reunión clave donde se discutieron los resultados de la supuesta autopsia al ex presidente Frei Montalva. Sin embargo, en esta nueva instancia judicial, Rojas modificó su versión y sostuvo que Silva Garín no había asistido a dicha reunión. Esta retractación contrasta abiertamente con sus testimonios anteriores y profundiza la confusión, ya que pone en duda la veracidad y consistencia de los relatos sobre quiénes participaron realmente en el análisis de los resultados de la autopsia. En consecuencia, este episodio evidencia la falta de claridad y la contradicción persistente entre los testimonios, lo que dificulta esclarecer los hechos ocurridos en ese momento clave:

Carmen Frei le contesta en su libro con un párrafo lapidario:

En ese momento de incertidumbre, ni el supuesto embalsamamiento ni la autopsia fueron realizados bajo un protocolo judicial claro y formal. Por el contrario, estos procedimientos se efectuaron de manera discrecional, decididos únicamente por un pequeño grupo de personas que actuaron sin dejar registro transparente ni permitir la supervisión de autoridades independientes. Todo el proceso estuvo cubierto por el silencio y la falta de comunicación de las instituciones implicadas, lo que dificultó aún más saber quién autorizó o llevó a cabo cada acción y con qué propósito.

Pronto, en medio de la confusión que reinaba tras el fallecimiento del ex presidente, comenzaron a trasladarse como trofeos de guerra, muestras biológicas de su cuerpo —específicamente de pulmón, riñón e hígado— entre diferentes laboratorios, como la Universidad Católica y el Instituto de Salud Pública (anteriormente conocido como Instituto Bacteriológico). Sin embargo, nunca se estableció de manera clara quién autorizó el envío y la distribución de dichas muestras, ni cuál era el propósito real detrás de estas acciones. Todo el procedimiento estuvo envuelto en un profundo secretismo y falta de comunicación institucional, lo que generó incertidumbre y desconfianza entre los involucrados. Un ejemplo de este ambiente opaco lo vivió Alejandro González, testigo directo, quien al observar el inusual color de las muestras que llegaron al Instituto Bacteriológico, se sintió tan alarmado que decidió renunciar a su trabajo y mudarse fuera de Santiago. Este hecho ilustra el impacto que tuvieron la falta de transparencia y el temor en quienes participaron en el proceso, marcando de manera profunda el desarrollo de los acontecimientos:

Mientras la familia trataba de encontrar consuelo para organizar el velorio, la incertidumbre y la angustia se hicieron cada vez más intensas. Circulaban versiones contradictorias sobre las verdaderas causas del fallecimiento que sembraban el desconcierto. La ficha clínica del ex presidente, que podía arrojar luz sobre lo sucedido, desapareció. Los médicos de cabecera, hasta entonces testigos y guardianes de la salud del paciente, fueron abruptamente apartados; algunos incluso sufrieron la humillación de ser excluidos del propio funeral, como si su presencia pudiera revelar secretos incómodos. En medio del duelo, la familia no solo lloró la pérdida, sino que vio cómo la operación científica del olvido interrumpía el derecho a despedirse y a conocer la verdad, envolviendo el proceso en una atmósfera de sospecha.

Años más tarde, aquel supuesto embalsamamiento realizado sin autorización se transformó en una de las pruebas más claras de que existió encubrimiento en el caso. Embalsamar no fue un procedimiento médico destinado a conservar el cuerpo del ex presidente; por el contrario, se trató de una acción premeditada y estratégica para manipular el cadáver, eliminar cuidadosamente los signos visibles de deterioro y, especialmente, impedir que posteriores exámenes pudieran detectar rastros químicos que con el tiempo habrían revelado una verdad mucho más contundente sobre las causas de su muerte. Bajo la apariencia de un acto médico compasivo, lo que realmente se ocultó fue una táctica sofisticada para destruir pruebas y dificultar el acceso a la justicia. El embalsamamiento funcionó como una manera fría y calculada de ocultar la evidencia y perpetuar el misterio, cubriéndolo con una fachada de profesionalismo. Como escribió Carmen Frei en su libro:

La autopsia rotulada como autopsia, tardaría décadas en llegar. Y cuando lo hizo, encontró rastros de talio y gas mostaza, administrados con precisión de laboratorio, a lo largo de semanas. Pero el cuerpo embalsamado ya no hablaba del todo. Las manipulaciones habían sellado la carne, habían intervenido los tejidos, habían adulterado la prueba principal: el cuerpo del ex presidente.

Cuando el caso Frei parecía estar perdido en el hermetismo de los expedientes médicos y la falta de credibilidad de las instituciones, Alejandro Madrid tomó la iniciativa de romper ese cerco de silencio. Aunque no era un juez que buscara protagonismo en los medios, sí tenía una certeza firme: los cuerpos guardan señales y es responsabilidad de la justicia atender y descifrar incluso los indicios mínimos que pueden hallarse en los tejidos y en los silencios que los rodean. Su enfoque consistió en mirar más allá de las versiones oficiales y documentos ambiguos, confiando en que, a través de la ciencia y la investigación rigurosa, el propio cuerpo podía revelar la verdad que tantos intentaban ocultar.

Nombrado en el año 2002 para investigar la muerte del ex presidente, el juez Madrid se encontró con una situación extremadamente compleja y llena de obstáculos: los expedientes clínicos habían sido modificados, los médicos implicados evitaban responder con claridad, existían intensas presiones políticas y los informes médicos presentaban información contradictoria. Ante este panorama de confusión y sospechas, Madrid comprendió que no debía dejarse llevar por la prisa de los medios ni por la versión oficial que ofrecían las instituciones. En vez de buscar respuestas rápidas o superficiales, optó por construir meticulosamente el caso, reuniendo pruebas clínicas, declaraciones de testigos y el contexto histórico y social, con el objetivo de esclarecer la verdad en forma rigurosa y transparente.

A lo largo de la investigación judicial, el ejército, como institución, se atrincheró en un hermético mutismo, ignorando los llamados del juez y aferrándose a un silencio que sólo alimentaba la sospecha. Jamás hubo colaboración auténtica con el proceso; no aportaron información relevante, ni siquiera un gesto de apertura. En vez de tender puentes hacia la verdad, optaron por una negativa sistemática: se blindaron contra la justicia y se negaron a abrir archivos, a compartir antecedentes, a permitir cualquier atisbo de transparencia. Ese silencio institucional no fue mero abandono, sino una táctica deliberada de ocultamiento, que se hizo aún más cruel con acciones concretas y devastadoras, como la incineración premeditada de documentos y archivos microfilmados. Quemaron pruebas, borraron rastros, destruyeron fragmentos de memoria que podrían haber sido esenciales para esclarecer los hechos y devolver algo de paz a quienes buscaban respuestas. Así, la búsqueda de justicia no solo se topó con la ausencia de voluntad, sino también con la destrucción material de la memoria oficial, como si intentaran enterrar, junto a los papeles, la esperanza de verdad y reparación para un país entero:

El informe toxicológico elaborado por Cecilia Cerda, médico anatomo-patólogo y profesora asociada de Medicina Legal de la Universidad de Chile, junto a Gloria Börgel, médico toxicólogo del Departamento de Medicina Legal de la misma universidad, elaboraron un documento que fue mucho más que un simple texto técnico: sus análisis detectaron la presencia de talio y gas mostaza en el cuerpo del ex presidente Frei Montalva. Este hallazgo no solo sacudió profundamente a la sociedad chilena, sino que además marcó un antes y un después en la investigación sobre su muerte. Para el juez Madrid, este informe no fue una prueba aislada ni de poca relevancia; por el contrario, reveló una trama de encubrimientos y generó serias sospechas sobre el actuar de quienes rodearon al ex presidente en sus últimos días.

Las doctoras Cerda y Börgel, reconocidas por su rigor y minuciosidad, no se limitaron solo a analizar los resultados toxicológicos. Compararon también cuidadosamente sus resultados con el registro detallado de cada hora de hospitalización, examinaron las conductas extrañas del personal médico y observaron la reiterada omisión de protocolos médicos que, de manera inexplicable, nunca se aplicaron en el caso. Al cruzar toda esta información, lograron identificar patrones y contradicciones cruciales, fundamentales para esclarecer lo que realmente ocurrió. Así, gracias a su trabajo científico exhaustivo, aportaron evidencia sólida y reveladora que permitió que la investigación judicial avanzara con paso firme hacia la búsqueda de justicia y verdad.

Al revisar las sustancias detectadas, la incredulidad dio paso al espanto: ninguna de ellas tenía justificación terapéutica. Lo que tenían delante no era la consecuencia de un error humano, sino la huella indeleble de una intervención fríamente calculada. En ese instante, la ciencia, finalmente, se convirtió en una voz, revelando que la muerte del ex presidente Frei Montalva no había sido una casualidad, sino el resultado de una maniobra deliberada.

El juez Madrid llamó a declarar a expertos en armas químicas, arrojando luz sobre rincones oscuros donde la verdad llevaba décadas silenciada. Y cuando el aparato judicial, amenazante y poderoso, intentó frenar la causa, Madrid no titubeó; persistió, aferrándose con obstinación a lo que él mismo denominó “la voz del tejido”: ese grito profundo que solo el cuerpo puede ofrecer, cuando ya nadie más tiene fuerza para hablar y la verdad busca abrirse paso entre las cicatrices. En medio de tanta adversidad, su resolución fue un golpe de dignidad: su fallo no solo reconoció la administración sistemática de agentes tóxicos —un acto calculado—, sino que fue más allá, calificando los hechos como homicidio calificado con la intervención directa de agentes del Estado. En su sentencia, Madrid escribió con palabras imborrables: “la medicina fue utilizada como herramienta de ocultamiento político”. Aquella decisión judicial no fue solo una fría aplicación de justicia; fue, ante todo, un acto de restitución histórica y un homenaje a la memoria, una reparación esperada por tantos años de silencio.

El juez comprendió que la justicia no tarda porque sea torpe; lo hace porque muchas veces el silencio ha sido eficaz, capaz de sepultar verdades bajo capas de miedo y complicidad. Madrid, enfrentando ese muro de ocultamientos, transformó los informes científicos en un relato judicial revelador. Su narrativa, tejida con paciencia y convicción, devolvió al país una verdad tan incómoda como necesaria: que incluso en democracia, la muerte puede esconderse tras el secreto, y que la esperanza de justicia puede resistir, aunque el silencio pretenda ahogarla.

La ciencia contra el silencio

Durante años, el cuerpo de Eduardo Frei Montalva, o lo que quedaba de él, permaneció como un enigma impenetrable. Las pocas muestras disponibles estaban alteradas o perdidas, la historia clínica era un rompecabezas incompleto, y los registros médicos parecían contradecirse como si quisieran silenciar la verdad. Sin embargo, esas dos valientes toxicólogas se rebelaron contra ese muro de silencio y desafiaron las versiones oficiales; se atrevieron a realizar el examen que la medicina institucional nunca quiso abordar. La tarea que emprendieron fue difícil. Buscar entre los escasos fragmentos de tejido, rescatar cada trozo de evidencia, se convirtió en una lucha contra el tiempo, el olvido y el encubrimiento. En su libro, Carmen Frei destaca con emoción el extraordinario valor y rigor científico de estas dos profesionales, quienes, trabajando en paralelo y sin contacto entre sí, lograron identificar de manera independiente los mismos tóxicos letales: gas mostaza y talio. Pero fue difícil porque los principales órganos habían sido extirpados:

Sin compartir información, sin influencias externas, sus hallazgos coincidieron de forma asombrosa y reforzaron la certeza de que la verdad, por más oculta y dispersa que esté, puede abrirse paso si se persigue con convicción y coraje.

Solo después de sus análisis, pudieron acceder a la información vinculada con Berríos, conocido como “el químico de Pinochet”, personaje siniestro envuelto en misterio y temor. Aquello que obtuvieron no fue un simple registro, fueron los libros incautados durante el allanamiento a la casa de sus padres, verdaderos testigos de una historia sombría. Al hojear sus páginas, encontraron anotaciones apuradas, subrayados inquietantes y marcas personales que señalaban términos como “MS”(gas mostaza)  y “talio”. Para entonces, Berríos ya había sido asesinado en Uruguay, y el eco de su muerte aún retumbaba en la memoria del país. Sin embargo, la incautación de esos libros se convirtió en una pequeña victoria, fueron piezas fundamentales para reconstruir la verdad y enfrentar el manto de impunidad que amenazaba con sepultar todo. Aunque tarde, al menos lograron rescatar fragmentos de su legado escrito, claves para entender el alcance de lo oculto y la profundidad de la herida que dejó.

Carmen Frei relata en su libro, con una mezcla de asombro y conmoción, que durante el allanamiento no solo fueron encontrados los libros rayados y marcados por la propia mano de Berríos sino también una carpeta cuidadosamente guardada. En ella, estaban reunidos todos los artículos que hasta ese momento se habían publicado en los periódicos sobre la operación y la muerte de su padre. Carmen Frei lo describe como el momento en que, por fin, la historia de su padre y la búsqueda de respuestas quedaban reunidas en las manos de quienes nunca dejaron de pelear por él.

El desafío que enfrentaron Cerda y Börgel fue mucho más que una cuestión técnica; representó una verdadera prueba de carácter. Se enfrentaron a un ambiente hostil y escéptico dentro de las instituciones científicas y judiciales. A pesar de las presiones, intentos de desautorizar sus hallazgos y campañas públicas para desacreditarlas, sus informes se mantuvieron firmes y, tras ser sometidos a múltiples verificaciones independientes, se convirtieron en pruebas clave en la investigación judicial.

Ambas especialistas sabían que el proceso de embalsamamiento había provocado alteraciones graves e irreversibles en los tejidos del ex presidente, lo que hizo que cada análisis químico fuera sumamente complejo y lleno de obstáculos. No solo tenían que lidiar con muestras deterioradas, sino también con el paso del tiempo, que amenazaba con borrar cualquier pista relevante. Sin embargo, pese a todas las dificultades, ambas mantuvieron su esperanza y determinación, convencidas de que los venenos no desaparecen por completo. Esos compuestos tóxicos dejan rastros persistentes, marcas que pueden sobrevivir incluso en tejidos dañados o alterados. Aunque los datos estaban dispersos y ocultos entre fragmentos de evidencia, seguían presentes, esperando a ser identificados. Solo hacía falta investigar con paciencia y rigor, sin rendirse ante la complejidad o el miedo y el silencio.

Todo empezó con la recuperación de pequeños fragmentos de tejido durante la exhumación del año 2004 y muestras adicionales encontradas en la Universidad Católica. Se recurrió a espectrometría de masa y cromatografía líquida, avanzadas técnicas de laboratorio capaces de revelar mínimos rastros en lo profundo de la materia. Para ellas el ambiente era eléctrico, hasta que por fin, los resultados irrumpieron: los laboratorios confirmaron aquello que nadie quería enfrentar, pero todos temían—la presencia indiscutible de compuestos derivados del talio y del gas mostaza en los tejidos linfáticos y hepáticos. Ese hallazgo fue más que una simple verificación científica; fue la evidencia contundente de una verdad que buscaba abrirse paso. El silencio se rompía, y el país podía, por fin, mirar de frente una herida largamente oculta.

Los compuestos encontrados en los tejidos de Frei Montalva, gas mostaza y talio, no tienen ningún uso médico legítimo y su presencia solo puede explicarse por una acción intencional. El talio fue administrado con el propósito de bloquear el mecanismo natural del cuerpo que elimina el gas mostaza a través de la orina. Al cerrar esta vía de excreción, el talio anuló la capacidad defensiva del organismo, permitiendo que el gas mostaza actuara sin obstáculos y ejerciera su tremendo potencial dañino en el sistema inmunológico y en el ADN de las células del paciente. La doctora Börgel explicó que, en condiciones normales, el cuerpo elimina el gas mostaza (MS) utilizando una molécula llamada glutatión. La misión principal del glutatión en el organismo es actuar como un potente agente desintoxicante. Esa molécula protege las células neutralizando los compuestos tóxicos, como metales pesados y productos químicos dañinos, mediante reacciones que los convierten en sustancias menos nocivas para luego ser eliminadas del cuerpo por la orina. Además, el glutatión desempeña un papel clave en la defensa antioxidante, ayudando a mantener el equilibrio celular y previniendo el daño oxidativo en los tejidos. El proceso se desintoxicación sin la presencia de talio, se desarrolla de la siguiente manera: cuando el gas mostaza entra en el cuerpo, se une a una molécula llamada glutatión, que actúa como un desintoxicante natural. Al producirse esta unión, el gas mostaza se convierte en una sustancia menos dañina llamada tiodiglicol (TDG), la cual el organismo puede eliminar fácilmente a través de la orina.

La acción del talio dentro del organismo consiste en bloquear ese proceso natural de desintoxicación, impidiendo que las sustancias tóxicas sean eliminadas. En concreto, el talio interfiere con la función del glutatión. En presencia de talio, esa defensa queda anulada, de manera que el gas mostaza permanece activo en el cuerpo durante mucho tiempo. Eso permite que incluso dosis muy pequeñas de gas mostaza resulten extremadamente dañinas, provocando serios daños en el ADN de las células y debilitando drásticamente el sistema inmunológico del paciente. Eso deja a la persona completamente indefensa ante infecciones oportunistas que pueden volverse mortales, ya que el organismo no cuenta con las herramientas necesarias para combatirlas. El organismo se comporta como si sufriera una profunda deficiencia de glutatión, aunque en realidad esa función ha sido “apagada” de manera intencional y química por el talio. Para que el envenenamiento sea efectivo, es esencial que el talio se administre antes que el gas mostaza. En el caso de Frei Montalva, ese método se llevó a cabo contaminando las compresas quirúrgicas con talio durante la primera operación, lo cual provocó síntomas de obstrucción intestinal y preparó el terreno para posteriores episodios de intoxicación con gas mostaza.

Al no eliminarse el gas mostaza, no fue necesario aplicar grandes dosis para causar la muerte; bastó con cantidades pequeñas, lo que dificultó aún más la detección y el diagnóstico. Las cantidades bajas de estos venenos produjeron síntomas ambiguos y difíciles de reconocer, incluso por médicos experimentados, lo que contribuyó a que el envenenamiento pasara desapercibido durante tanto tiempo.

El gas mostaza, por sus características vesicantes, puede provocar dolorosas ampollas en la piel y en los órganos internos, como las que sufrió Frei Montalva. Además, su capacidad de alterar y dañar el ADN convierte a esta sustancia en una de las más peligrosas entre los agentes químicos conocidos. El propósito detrás de su uso no fue solo causar la muerte de manera directa, sino hacerlo de forma silenciosa y devastadora, dañando las células, destruyendo la identidad biológica de la víctima y provocando un daño profundo y demoledor en el organismo.

En su libro, Carmen Frei explica que El Mercurio, en mayo de 2017, interpretó erróneamente la evidencia científica al informar prematuramente los resultados preliminares obtenidos por el doctor Aurelio Luna, quien fue convocado para analizar las muestras del caso Frei Montalva debido a su reconocido prestigio internacional como perito forense. Era necesaria una evaluación independiente que asegurara imparcialidad y objetividad en el proceso. Las autoridades judiciales chilenas seleccionaron a este experto externo, sin vínculos con instituciones locales ni con los equipos previamente involucrados en la investigación, para garantizar credibilidad en los resultados. La intervención del doctor Luna fue motivada por la presión social y mediática para esclarecer los hechos, aportando una perspectiva técnica adicional al complejo análisis toxicológico. El Mercurio fundamentó su afirmación en los datos iniciales del doctor Luna, quien reportó bajas concentraciones de TDG (tiodiglicol) en las muestras, lo cual prácticamente descartaba la presencia de gas mostaza en el cuerpo de Frei Montalva. No obstante, Luna no consideró que, cuando el gas mostaza se administra junto con talio, el mecanismo natural de eliminación del gas mostaza se bloquea, produciéndose cantidades mínimas o casi inexistentes de TDG, como detallaron las doctoras Börgel y Cerda. Por tanto, la presencia de bajos niveles de TDG no implica ausencia de exposición al gas mostaza, sino que confirma la interferencia del talio en el proceso de eliminación, permitiendo que el veneno permaneciera más tiempo y causara daño de manera encubierta y letal.

Lamentablemente, el doctor Luna realizó el análisis toxicológico utilizando un enfoque tradicional, examinando cada sustancia por separado. Este método impidió que se considerara cómo el talio y el gas mostaza podían interactuar tóxicamente entre sí, lo que condujo a una interpretación parcial del cuadro clínico. Luna no contempló que el talio podía alterar de manera significativa el impacto del gas mostaza en el cuerpo, provocando síntomas poco comunes y difíciles de identificar como un envenenamiento típico. Por esta razón, sus conclusiones no incluyeron la hipótesis de que la combinación de ambos agentes podría explicar los síntomas ambiguos y la evolución clínica inexplicable observada en Frei Montalva, lo que derivó en disputas y desacuerdos durante la investigación.

En conclusión, la diferencia principal radica en que Börgel y Cerda incorporaron el análisis de efectos cruzados y potenciados, mientras Luna permaneció dentro de un enfoque más tradicional, ignorando el mecanismo de interacción necesario para comprender el caso. Las doctoras revelaron una táctica compleja y peligrosa, defendiendo la verdad pese a la confusión y el temor, y demostrando que la ciencia, cuando se aplica con rigor y humanidad, puede ser el último recurso frente a la impunidad.

La historia clínica pone también el proceso del envenenamiento en perspectiva. El gas mostaza (MS), al ser administrado por vía endovenosa, provoca:

  • Inflamación localizada en tejidos internos, como el mesenterio, que es justamente lo que mostró Frei Montalva.
  • Daño al ADN celular, lo que genera necrosis y falla orgánica. Eso fue también identificado en Frei Montalva.
  • Supresión inmunológica, facilitando infecciones oportunistas, como le ocurrió a Frei, sobre todo después de la segunda operación.
  • Shock séptico, como el que sufrió Frei tras la segunda operación.
  • Evolución clínica inexplicable, incluso para médicos experimentados.

Frei Montalva no solo exhibió todos y cada uno de esos síntomas, especialmente tras la segunda intervención; y lo hizo de manera tan dramática que el desconcierto se apoderó del equipo médico. Algunos, conscientes y silenciosos, imaginaron acertadamente que una intervención externa estaba en ejecución, pero el miedo les ató las manos y fueron incapaces de denunciar o incluso de intervenir. Otros, completamente sobrepasados por la situación, quedaron petrificados, abatidos por el terror y la duda, intuyendo que estaban ante algo monstruoso pero sin valor suficiente para pronunciar una palabra o actuar.

Resulta imprescindible subrayar que la sentencia emitida por el juez Madrid trascendió los precisos y contundentes análisis toxicológicos practicados en las muestras de Eduardo Frei Montalva. Fue mucho más que una mera revisión científica; el fallo reflejó una mirada profunda y totalizadora, abordando el turbulento escenario político que envolvía al país en esos años, donde el ex presidente vivía bajo una sombra constante de seguimientos, presiones y amenazas. El juicio no solo consideró los antecedentes profesionales y las redes de los médicos involucrados en su tratamiento, sino también el desgaste emocional y la tensión que marcaban cada decisión y cada silencio de quienes lo rodeaban. Se revisó en detalle el deterioro clínico de Frei y, quizá lo más perturbador, se examinaron las maniobras de encubrimiento que se desplegaron tras su muerte: intervenciones médicas irregulares, una supuesta autopsia realizada sin el respeto básico de un protocolo ni autorización familiar, y obstáculos deliberados para entorpecer cualquier intento de esclarecer la verdad. Cada una de estas piezas fue fundamental para dimensionar la magnitud de lo sucedido, y para comprender el carácter trágico y monumental de los hechos que conmocionaron a una nación entera:

Con estos antecedentes, resulta inevitable —y profundamente inquietante— formular una pregunta clara: ¿Pudo Patricio Yáñez, paciente de la clínica Santa María fallecido el 26 de enero de 1982, solo cuatro días después de la muerte del ex presidente Frei Montalva, haber sido también víctima de la misma combinación letal de tóxicos que se utilizó en el caso del ex mandatario? Si se realizara un análisis toxicológico a los restos de Patricio Yáñez, sería posible confirmar si fue sometido a un método similar de envenenamiento. Esto permitiría aportar evidencia concreta y adicional para esclarecer, de forma más contundente, lo que realmente sucedió en ambos casos. La investigación no solo ayudaría a entender mejor las circunstancias de la muerte de Patricio Yáñez, sino que también podría revelar información clave sobre la sofisticación y el alcance de la operación que terminó con la vida de Frei Montalva. Es preocupante preguntarse por qué ningún médico amigo de Frei Montalva propuso realizar una autopsia a Patricio Yáñez, sobre todo considerando que existían dudas acerca de una posible infección intrahospitalaria y la necesidad de obtener respuestas claras. Sin embargo, no se llevó a cabo ninguna acción para clarificar la causa del fallecimiento. Además, cabe recordar que el hígado y los riñones de Frei Montalva habían desaparecido, lo que aumentaba la necesidad de analizar con rigurosidad todos los casos sospechosos. Como escribió Carmen Frei en su libro:

Los restos de Pablo Yáñez siguen presentes; sus órganos no fueron destruidos ni se llevó a cabo ningún procedimiento precipitado capaz de eliminar pruebas importantes. Sin embargo, resulta sorprendente la falta de interés y acción por parte de los médicos amigos de Frei. Justo en los momentos cruciales, cuando la vida del ex presidente estaba en riesgo y cada decisión podía ser clave para descubrir la verdad o dejarla en el olvido, estos profesionales, pese a contar con la confianza y cercanía necesarias para intervenir, eligieron la inactividad. No respondieron a la gravedad de la situación; dejaron pasar la oportunidad de investigar, buscar respuestas y exigir justicia ante una tragedia de tal magnitud.

La duda genuina del doctor Goic está registrada: en la ficha clínica de Frei anotó una pregunta que revelaba su inquietud—“¿metabólico o tóxico?”—pero nadie respondió a ese aviso; no se hicieron exámenes para descartar intoxicación, ni alguien investigó más allá. Pronto surge una pregunta inevitable: ¿en qué momento el doctor Goic comenzó a sospechar que algo no encajaba y que el doctor Patricio Silva Garín ocultaba algo? Es natural preguntarse qué emociones le invadieron entonces—rabia, confusión, miedo—y cuántas veces habrá pensado en ese instante, lamentando no haber intervenido, marcado por el temor y la parálisis colectiva de muchos médicos, mientras la historia continuaba, dejando tras de sí solo dolor y preguntas sin respuesta.

Me sigo preguntando con creciente inquietud si mi padre alguna vez supo lo que pasó. ¿Se animó a conversar con el doctor mientras estaban juntos en la sala de nuestra casa? Creo que debió sentir una extraña mezcla de miedo y desconcierto, imaginando que una desgracia similar pudo haberle sucedido si Frei Montalva se hubiera operado en la Clínica Indisa, el lugar cotidiano de mi padre, capaz de convertirse en un escenario de dudas y traiciones. ¿Llegaron siquiera a tocar ese tema o prefirieron, por temor, por lealtad o simplemente por cansancio, dejarlo en silencio, ocultando palabras que jamás deberían haberse quedado sin decir? Me duele pensar que la verdad desapareció entre miradas evasivas y charlas inconclusas, y lo que no hablaron aún pesa sobre quienes buscan respuestas:

Un político identificado con la extrema derecha, Roberto Thieme, declaró ante el juez Madrid que él estaba convencido de que Eduardo Frei Montalva había sido asesinado. Thieme explicó que esta convicción no era solo una opinión personal, sino que le fue confirmada directamente por el general Manuel Contreras, quien en ese momento era el jefe de la CNI y poseía información privilegiada sobre operaciones secretas del régimen militar. Según Thieme, Contreras le aseguró que la muerte de Frei Montalva no fue un fallecimiento natural, sino el resultado de un complot cuidadosamente planificado y ejecutado por altos mandos del ejército, lo que da contexto al alcance y la gravedad de las acusaciones formuladas en el proceso judicial:

El juez Alejandro Madrid, en un fallo considerado histórico, identificó y precisó las responsabilidades penales en la muerte del ex presidente Eduardo Frei Montalva. En su sentencia, determinó que los doctores Patricio Silva Garín y Pedro Samuel Valdivia Soto fueron responsables directos del homicidio: Silva Garín participó personalmente en las intervenciones quirúrgicas que resultaron críticas para el estado de salud del ex presidente, mientras que Valdivia Soto entregó testimonios con contradicciones respecto a su real participación en el cuidado médico de Frei, lo que levantó serias sospechas sobre su actuar. Asimismo, el fallo condenó por encubrimiento a Helmar Egon Rosenberg Gómez y Sergio Javier González Bombardiere. Ambos participaron en la realización de una autopsia que no siguió los protocolos legales vigentes y que, además, se llevó a cabo sin el consentimiento ni la autorización de la familia Frei. Esta intervención irregular tuvo como consecuencia la ocultación de información clave que podría haber esclarecido mejor la verdadera causa de muerte del ex presidente.

El juez también estableció como coautores del homicidio a Raúl Diego Lillo Gutiérrez, quien ocupaba un cargo en la Central Nacional de Informaciones (CNI), y a Luis Alberto Becerra Arancibia, ex chofer de Frei Montalva. Becerra fue reclutado por Lillo en calidad de informante y colaboró activamente en la ejecución de los hechos que desembocaron en el fallecimiento del ex mandatario.

De esta manera, la sentencia judicial especificó y dividió claramente las responsabilidades: por un lado, las responsabilidades médicas derivadas de la atención y procedimientos realizados; y por otro, las responsabilidades operativas, vinculadas a labores de inteligencia y encubrimiento, destacando la participación coordinada de los involucrados tanto en la perpetración del crimen como en el ocultamiento posterior de pruebas y antecedentes relevantes.

El caso, con sus complejas ramificaciones científicas y políticas, se transformó en un drama nacional, donde medicina, química e historia se entrelazaron en una trama de incertidumbre y sospecha que mantuvo al país en vilo. Cada informe, cada testimonio, no solo sumó nuevas capas de complejidad, sino que sacudió la conciencia del país, obligando a la sociedad a enfrentar, sin evasivas, la inquietante posibilidad de un crimen ejecutado con precisión quirúrgica bajo el disfraz de una muerte natural. El fallo dejó también al descubierto la vulnerabilidad de los sistemas forenses y la fragilidad tecnológica de la época para descifrar envenenamientos tan sofisticados, alimentando un sentimiento de impotencia y frustración que se extendió más allá de los círculos médicos.

En el centro del debate público, el nombre de Frei Montalva dejó de ser solo un recuerdo histórico para convertirse en una herida abierta y constante en la memoria de Chile. La pregunta principal sigue sin respuesta: ¿puede la verdad resistir el paso del tiempo cuando existen laboratorios que no se ponen de acuerdo y tribunales que emiten fallos contradictorios? Las pericias científicas se enfrentaron abiertamente, con expertos nacionales e internacionales que no lograron consenso absoluto sobre las causas de la muerte, lo que generó una atmósfera de desconfianza, incertidumbre y división. Cada nuevo informe o testimonio parecía contradecir al anterior, aumentando la confusión y debilitando la confianza de la ciudadanía en las instituciones responsables de hallar la verdad. Así, el caso pasó de ser un asunto estrictamente médico o judicial para instalarse en el debate público, donde la ciencia y el derecho parecían no entenderse y cada intento de esclarecer los hechos se transformó en una lucha larga y desgastante contra el olvido, la duda y la sensación de que la verdad podía quedar siempre inalcanzable.

La justicia frente al veneno

El 23 de enero de 2021, la Corte Suprema de Chile dictó su veredicto final respecto al caso de la muerte del ex presidente Eduardo Frei Montalva. En esa resolución, el máximo tribunal revocó las condenas impuestas por instancias judiciales anteriores y absolvió a todos los acusados, determinando que no existían pruebas contundentes que permitieran confirmar la existencia de un homicidio ni tampoco acciones concretas para encubrir un envenenamiento. Así, la Corte Suprema desestimó tanto el fallo condenatorio del juez Madrid como el informe toxicológico que inicialmente había provocado conmoción nacional, considerándolos solo como hipótesis que carecían de suficiente respaldo científico y legal.

Durante el proceso, la investigación judicial se desarrolló en medio de una atmósfera de gran tensión y expectativas, marcada por la búsqueda incansable de la verdad. Se revisaron extensos expedientes, se recopilaron numerosos testimonios de familiares, médicos y expertos, y se analizaron peritajes toxicológicos que generaron intensos debates y posturas enfrentadas. Por un lado, existían sectores que atribuían la muerte de Frei Montalva a complicaciones clínicas inesperadas tras sus intervenciones quirúrgicas; por otro, estaban quienes sospechaban de una intervención intencionada, es decir, de un posible asesinato cuidadosamente planeado y ejecutado.

A lo largo del juicio, surgieron distintas teorías y los peritos defendieron o cuestionaron los hallazgos científicos presentados, mientras la opinión pública y los medios de comunicación seguían el caso con atención. Las familias y la ciudadanía exigían claridad, justicia y transparencia, pero la falta de consenso completo entre expertos y la imposibilidad de demostrar de manera categórica la causa de la muerte mantuvieron la incertidumbre. Como resultado, la verdad detrás de la muerte de Frei Montalva nunca pudo establecerse completamente, dejando el caso abierto a interpretaciones y convertido en una herida persistente en la memoria colectiva de Chile.

En este escenario tan complejo y tenso, la Corte Suprema tuvo que analizar no solo los aspectos médicos del caso, sino también las intensas presiones políticas y las posibles motivaciones ocultas tras la muerte de un ex presidente. Las declaraciones y opiniones de la época estaban marcadas por la desconfianza, el miedo y la pasión política, lo que se sumaba al desafío de interpretar la evidencia científica disponible. Esto convirtió el caso en un enfrentamiento constante entre quienes buscaban certezas en una realidad llena de dudas, donde cada nuevo dato arrojaba tanto claridad como incertidumbre. La sociedad chilena entera esperaba una respuesta definitiva, debatiéndose entre el deseo de justicia y el temor de que nunca se descubriera completamente la verdad.

Mientras para muchos el informe toxicológico era la prueba definitiva de un asesinato político, para la Corte Suprema resultó ser un documento técnico que no aportaba pruebas concluyentes. El informe, que inicialmente sirvió de base para acusar y que alimentó la esperanza de justicia en la opinión pública, fue sometido a un análisis riguroso y finalmente cuestionado. De ser visto como la clave para resolver el caso, pasó a considerarse insuficiente para sustentar una condena. Así, el caso terminó sumido en una sensación generalizada de frustración y desencanto, dejando la inquietud de una verdad que quizás nunca se logre conocer del todo.

Argumentos centrales del fallo de la Corte Suprema

Validación internacional ausente: Los estudios realizados en laboratorios de Estados Unidos, Canadá y España no lograron replicar por completo los resultados obtenidos por el laboratorio Servitox de la doctora Börgel. En otras palabras, aunque se buscó confirmar los hallazgos en centros científicos de gran prestigio fuera de Chile, los resultados no fueron iguales y no se logró un acuerdo internacional sobre la validez de las pruebas presentadas.

En los análisis toxicológicos realizados por las doctoras Börgel y Cerda, se propuso una hipótesis novedosa: la posible relación entre el talio y el gas mostaza. Según sus investigaciones, cuando ambos compuestos se administran, el talio potencia el efecto tóxico del gas mostaza. Esto significa que se podría usar una cantidad menor de gas mostaza para causar un daño mortal, ya que el talio amplifica su toxicidad.

Además, esta combinación de sustancias complica la detección de los agentes involucrados. Los métodos tradicionales de análisis buscan los metabolitos clásicos del gas mostaza, es decir, los rastros químicos que normalmente quedan cuando alguien ha sido envenenado solamente con ese compuesto. Sin embargo, si el talio está presente, modifica la forma en que el gas mostaza se procesa y elimina en el organismo, haciendo que estos rastros habituales sean muy difíciles de encontrar o incluso desaparezcan por completo.

Por esta razón, las técnicas convencionales de detección pueden ser insuficientes. Los laboratorios extranjeros que intentaron replicar los resultados se centraron únicamente en buscar esos metabolitos clásicos del gas mostaza (thiodiglycol), sin considerar que el talio podía alterar el proceso y ocultar la evidencia química tradicional. Esto explica por qué no lograron obtener los mismos resultados que las doctoras Börgel y Cerda, y por qué la hipótesis de una intoxicación doblemente sofisticada —que requeriría métodos de análisis alternativos y más avanzados— no fue confirmada fuera de Chile.

En resumen, la falta de consenso internacional se debió a que los laboratorios extranjeros no ajustaron sus procedimientos para buscar señales químicas distintas, lo que dejó sin validar la hipótesis propuesta por las investigadoras chilenas y alimentó las dudas sobre la veracidad del informe toxicológico presentado en el caso.

Metodología cuestionada: La Corte Suprema subrayó que los métodos usados por la doctora Börgel presentaban notables deficiencias, especialmente en la identificación de thiodiglycol como marcador del gas mostaza. Esto generó serias dudas sobre la veracidad de sus resultados, ya que otros expertos no lograron confirmar que ese compuesto (thiodiglycol) se encontrara en grandes concentraciones, lo que indicaba la casi ausencia del agente tóxico. Aunque se realizaron esfuerzos para esclarecer el caso y aportar nuevas pruebas, cada estudio y testimonio se enfrentaba al escepticismo tanto de los jueces como de los especialistas internacionales. Estos últimos no pudieron ponerse de acuerdo sobre los resultados toxicológicos, lo que debilitó aún más la credibilidad de los análisis realizados.

A medida que avanzaba la investigación judicial, el expediente se llenó de informes contradictorios y declaraciones opuestas, lo que dificultaba establecer una versión clara de los hechos. Por un lado, algunos peritos sugerían que los datos médicos apuntaban a un posible asesinato; por otro, expertos defendían que se trataba de una muerte natural causada por complicaciones clínicas. Este desacuerdo entre profesionales hizo que el proceso acumulase más preguntas que respuestas, aumentando la desconfianza tanto de los familiares como de la sociedad respecto a las conclusiones periciales.

Además, el juicio puso en evidencia lo complicado que resulta ajustar el ritmo lento y detallado de la investigación científica a las demandas urgentes de la justicia. Cada vez que se presentaba una nueva prueba o testimonio, en vez de aportar claridad, volvía a abrir el debate y generaba nuevas dudas. En consecuencia, lejos de cerrar el caso, la evidencia disponible mantenía el expediente abierto y sometido a interpretaciones cambiantes, convirtiendo la búsqueda de la verdad en un proceso incierto y volátil. Así, cualquier certeza alcanzada podía desvanecerse ante la aparición de una nueva duda razonable.

Silencio técnico: Las peritos Börgel y Cerda no respondieron a las consultas enviadas por la Comisión Toxicológica, lo que debilitó la credibilidad de sus hallazgos. Este silencio generó inquietud en el proceso judicial, ya que sus respuestas eran clave para aclarar aspectos fundamentales del informe toxicológico. Probablemente, ambas toxicólogas, exhaustas por la enorme presión mediática y el constante cuestionamiento de sus resultados, optaron por no continuar participando en un debate público que les resultaba ajeno y abrumador, especialmente porque combinaba elementos políticos y científicos para los cuales no estaban preparadas. Su mutismo dejó sin aclarar dudas técnicas que, de haber sido abordadas, podrían haber fortalecido o refutado su trabajo ante la Comisión.

En ese contexto de sospechas, declaraciones cruzadas y peritajes contradictorios, la sociedad chilena se dividió profundamente. Por un lado, estaban quienes, convencidos de que la muerte de Frei Montalva podría ser resultado de un crimen encubierto, exigían esclarecer la verdad sin importar los obstáculos. Estas personas veían en la falta de respuestas y en las inconsistencias periciales una posible señal de encubrimiento. Por otro lado, había quienes confiaban en la versión oficial y defendían la honorabilidad de las instituciones involucradas, creyendo que los resultados presentados por la justicia y los organismos estatales reflejaban la realidad de los hechos y descartaban la hipótesis de asesinato. Esta polarización reflejaba la dificultad de alcanzar consensos claros y, al mismo tiempo, la persistente desconfianza hacia las conclusiones del proceso judicial.

De este modo, el caso Frei Montalva trascendió lo estrictamente judicial y se transformó en un símbolo de las heridas en la historia contemporánea de Chile. La desconfianza hacia las explicaciones entregadas por el Estado se mezclaba con el temor de la sociedad a confrontar episodios dolorosos del pasado. En este contexto, la prensa desempeñó un papel fundamental: los medios de comunicación, al alternar entre la publicación de denuncias y el escepticismo frente a las versiones oficiales, contribuyeron a amplificar el impacto de cada nueva revelación o rectificación. Esto, lejos de aclarar la situación, generó mayor confusión y profundizó la polarización de la opinión pública.

A lo largo de los años, la acumulación de intereses opuestos, dudas persistentes y certezas parciales ocupó espacio tanto en los tribunales como en el debate público. Los expedientes judiciales crecieron en número de páginas y complejidad, pero no lograron aportar una mayor comprensión sobre lo sucedido; por el contrario, la ausencia de consenso y las distintas interpretaciones de los hechos mantuvieron viva la sospecha en la sociedad. Finalmente, tanto las familias involucradas como la ciudadanía y los actores políticos quedaron atrapados en una zona gris, donde la historia y la justicia parecían no poder coincidir plenamente ni ofrecer una explicación definitiva sobre lo ocurrido en el caso Frei Montalva.

Estado de la ciencia en 1982: La Corte Suprema señaló en su fallo que, cuando ocurrieron los hechos, la comunidad científica no tenía pruebas ni investigaciones que demostraran que el talio y el gas mostaza podían combinarse para causar una muerte usando cantidades reducidas. Es decir, en 1982 no existían estudios ni publicaciones que respaldaran la idea de que estos dos compuestos se pudieran usar juntos como método de envenenamiento letal. Es importante aclarar que el tribunal no rechazó la explicación bioquímica presentada por las peritos, ni afirmó que estuvieran equivocadas; simplemente reconoció que este tipo de envenenamiento era tan avanzado y poco común que ni siquiera los expertos internacionales lo habían descrito o documentado en ese momento. Esta situación resalta dos cosas: por un lado, el alto nivel técnico y científico de las toxicólogas que hicieron el peritaje, y por otro, la experiencia y conocimientos científicos de los asesinos como Eugenio Berríos, quien manejaba conceptos que iban más allá de lo habitual para esa época.

Además, la dificultad para comprender la base química y bioquímica del envenenamiento no fue exclusiva del ámbito judicial, sino que también afectó a la opinión pública y a los propios involucrados en el proceso. El juez Madrid, quien tenía la responsabilidad de esclarecer el caso, se vio limitado por la falta de explicaciones claras y accesibles tanto de la prensa como de los especialistas en toxicología y química. La información científica que sustentaba la hipótesis del envenenamiento fue compleja y sumamente técnica, lo que impidió que la mayoría de las personas —incluidos periodistas y abogados— pudieran entenderla y transmitirla de manera sencilla al público. Para que la sociedad comprendiera el caso, se habría necesitado la intervención de comunicadores con formación especializada, capaces de traducir esos conceptos a un lenguaje común, pero tal apoyo nunca se concretó. De hecho, la sentencia dictada por el juez Madrid superó las setecientas páginas, repletas de términos científicos y argumentaciones técnicas. Esta extensión y nivel de detalle hicieron que el documento resultara prácticamente inaccesible para quienes no tenían conocimientos avanzados en la materia, y contribuyeron a que muchos periodistas y abogados no pudieran analizar ni comunicar adecuadamente los argumentos presentados. Incluso puede percibirse cierto agotamiento en el propio juez Madrid: la sentencia contiene errores de redacción y pasajes confusos que podrían haber sido corregidos con una revisión más cuidadosa, lo que sugiere que la enorme carga del caso pudo afectarlo a nivel personal. Cabe considerar que el juez Madrid, ante la prolongada indiferencia y el progresivo desinterés de los médicos más próximos a Frei, pudo haber experimentado una profunda desazón. Ver cómo quienes compartieron los momentos cruciales del ex presidente parecían renunciar a la búsqueda de justicia o a la resolución definitiva del caso, solo sumaba peso a la carga que él llevaba sobre sus hombros. Esta actitud —más motivada por el temor a que una indagación exhaustiva expusiera sus propias omisiones o errores pasados, que por un afán genuino de esclarecer los hechos— terminó por entorpecer el proceso judicial. La falta de colaboración de quienes poseían información crucial no solo obstaculizó los esfuerzos por llegar a la verdad, sino que alimentó el clima de aislamiento y frustración que rodeaba al juez Madrid, quien debía abrirse paso entre silencios cómplices y actitudes evasivas en un caso marcado por la reticencia y el recelo. En ese escenario, la única presencia constante y decidida fue la de Carmen Frei. Dotada de un temple admirable, Carmen no solo acompañó al juez en cada etapa del proceso, sino que se erigió en sostén moral y símbolo de resiliencia, luchando sin descanso por la memoria y la justicia de su padre. Su perseverancia y coraje, inquebrantables frente a la adversidad y la soledad, la convirtieron en el verdadero motor humano detrás de la búsqueda de la verdad.

Ese contexto de desconfianza, presión institucional y ausencia de explicaciones claras no solo complicó la labor judicial, sino que también impidió que la sociedad chilena pudiera entender y debatir con mayor profundidad las circunstancias de la muerte del ex presidente.  Eduardo Frei Montalva dejó de ser solo el protagonista de un caso judicial y se convirtió en el símbolo de una tensión mayor: la que existe entre la versión oficial avalada por la justicia y la persistente sospecha social. El proceso judicial se tornó enredado, con discusiones forenses difíciles de seguir, recuerdos políticos y relatos familiares que se entrecruzaban constantemente. Así, cada nuevo avance en la causa no aportaba respuestas definitivas, sino que abría más interrogantes. Como resultado, la duda y el debate se instalaron en todos los espacios públicos, desde las calles y los foros hasta las reuniones familiares, alimentando múltiples hipótesis y versiones sobre el rol del Estado, la importancia de la transparencia y el peso de la memoria histórica.

El paso del tiempo no aportó respuestas claras ni certezas definitivas. Sin embargo, lo que sí hizo fue intensificar el pedido de justicia y verdad por parte de la familia Frei y de la sociedad chilena. Cada aniversario de la muerte de Frei Montalva servía para renovar ese reclamo colectivo, aunque también aumentaba el agotamiento de quienes, año tras año, participaban en ceremonias y actos conmemorativos, repitiendo la exigencia de una explicación que el proceso judicial nunca logró entregar: una versión oficial, indiscutible y capaz de unir la memoria histórica con la justicia legal. Así, el expediente Frei Montalva se transformó en el reflejo de la dificultad de Chile para cerrar heridas del pasado, enfrentar los hechos dolorosos y aceptar que, en ocasiones, la historia permanece estancada en una zona gris, llena de dudas razonables y sin una verdad absoluta que permita reconciliar a todos.

El fallo dejó a los imputados absueltos y a la familia Frei con una herida que, lejos de cicatrizar, continuó sangrando. Para algunos, aquello fue el doloroso cierre de un proceso que siempre consideraron injusto, marcado por la impotencia y la desconfianza. Para otros, significó una negación institucional del crimen, una forma de volver la espalda a la verdad y a quienes clamaban justicia. La sentencia, en este caso, no fue unánime ni reparadora: fue un espejo roto, donde cada fragmento reflejaba una versión propia, y jamás permitía recomponer el rostro íntegro de la verdad.

El cuerpo de Eduardo Frei Montalva no descansó en paz. No porque le faltara sepultura, sino porque su carne, sus tejidos, sus órganos se convirtieron en territorio de disputa, donde se enfrentaron no sólo médicos y peritos, sino narrativas irreconciliables sobre la verdad, la justicia y la historia. Fue intervenido quirúrgicamente, manipulado, conservado, dos veces exhumado, analizado. Cada procedimiento médico se convirtió en acto político, cada muestra de tejido en símbolo de sospecha. El informe toxicológico lo transformó en prueba viviente de un crimen sin testigos. Pero también en objeto de controversia, donde la ciencia fue usada tanto para revelar como para encubrir. Para la familia Frei y los querellantes, el cuerpo hablaba: decía “fui asesinado”. Era testimonio silente de un magnicidio.

El cuerpo de Eduardo Frei Montalva no fue simplemente el cuerpo de un ex presidente; fue un territorio marcado por el dolor, la incertidumbre y la lucha por la verdad. Su carne estuvo expuesta sin pudor al bisturí y al microscopio, pero también a la fría mirada de la ley y al fuego implacable del debate público. Cada intervención médica, cada examen forense, cada palabra escrita sobre él, no buscaba sanarlo ni siquiera comprenderlo del todo, sino convertirlo en símbolo: materia de acusaciones, defensa y silencios. Así, su cuerpo quedó dividido y sin descanso: para unos, es el mártir que denuncia un crimen impune; para otros, la víctima de errores médicos que nadie quiere asumir; y para muchos, una presencia incómoda que prefieren olvidar, porque recordar duele y obliga a mirar de frente heridas que aún sangran. Sus tejidos ya no hablan sólo de biología o bioquímica: gritan justicia, susurran misterio y encarnan la imposibilidad de cerrar el capítulo más doloroso de la historia reciente de Chile.

Bajo la dictadura cívico-militar, el poder no sólo se impuso desde las instituciones: se infiltró hasta en lo más íntimo, en la carne y la memoria. El cuerpo de Frei no fue el de un paciente cualquiera, sino el de una presencia incómoda, incómoda porque denunciaba, porque dolía, porque recordaba un país desgarrado. Por eso no bastaba con que muriera; era necesario borrarlo, eliminar cualquier rastro que pudiera convertirse en testimonio, pero aun así, las huellas permanecieron. Sus muestras de tejidos, diseminadas durante años en frascos y archivos escondidos, se transformaron en una especie de lenguaje químico —palabras mudas pero determinantes— que clamaban justicia. Talio, tiodyglicol: no fueron sólo compuestos extraños, sino mensajes envenenados, claves secretas que algunos querían descifrar como prueba irrefutable de un crimen, mientras otros se esforzaban en descalificarlos, llamándolos error o casualidad. En ese duelo entre la ciencia y la impunidad, cada fragmento del cuerpo de Frei gritaba verdad o silencio, y así, el poder intentó borrar la memoria… pero la memoria, como la herida, nunca se terminó de cerrar.

La justicia tardó décadas, pero el verdadero duelo de la familia de Eduardo Frei Montalva comenzó en el mismo instante en que terminó el entierro. Se quedaron solos frente a la ausencia, sin respuestas ni certezas; privados de acceso a los registros médicos, sin una explicación oficial que arrojara luz sobre lo ocurrido en la Clínica Santa María. Lo único que les quedaba era un cuerpo embalsamado y el abismo de una muerte que no se podía contar ni comprender. En ese vacío, fue su hija, Carmen Frei, quien se atrevió a romper el mutismo. Profesora de historia y senadora, impulsada por su convicción republicana y por el amor a su padre, Carmen transformó su duelo íntimo en una búsqueda incansable de la verdad. Revisó expedientes minuciosamente, reconstruyó cronologías con precisión casi obsesiva, y se enfrentó a la fría indiferencia de las instituciones. Su dolor dejó de ser solo suyo: lo convirtió en grito, en denuncia, en testimonio público. Porque Carmen no lloró sola; con valentía hizo que todo un país escuchara su llanto, su rabia y su esperanza de justicia, contagiando a otros el deseo de enfrentarse a la memoria y exigir respuestas que se les seguían negando.

Con el paso de los años, los nietos comenzaron a escribir sobre él, pero no como el presidente solemne que figura en los libros de historia, sino como el abuelo que les tomaba de la mano para subir el cerro, que les ofrecía consejos sencillos sin pretender dar lecciones, que hablaba del poder sin vanidad, con una honestidad que calaba hondo. Aquellos recuerdos no estaban hechos para levantar estatuas, sino para rescatar el cariño, para sacar a relucir la ternura escondida bajo las capas de la historia oficial. Su memoria, tejida en los gestos cotidianos, era la resistencia íntima contra el olvido frío que amenaza a las personas públicas.

En cada aniversario de su muerte, la familia se reune con una mezcla de dolor y coraje. Organizaban actos conmemorativos, recitales poéticos llenos de emoción, misas en las que resuena el eco de su ausencia, exposiciones de cartas que aún guardan el calor de su puño y letra. No lo hacen sólo para exigir justicia, sino para impedir que su figura se deshumanice, que la historia lo petrifique en mármol sin carne ni memoria. Buscan recordarlo como hombre, como padre, como cuerpo ausente que, de algún modo, aún les habla y les interroga. Buscan mantener vivo el diálogo con el ser querido, no sólo con el personaje histórico.

Mientras la investigación judicial avanzaba, el duelo era un río subterráneo que nunca dejó de fluir. Y cuando por fin se conoció el fallo del juez Madrid, el silencio que inundó la sala no fue el de la satisfacción ni el de la victoria, sino el de la derrota íntima, el de la herida que se confirma y se abre aún más. Nadie gritó, nadie celebró; sólo hubo miradas cargadas de dolor y el reconocimiento amargo de que, a veces, la verdad no sana ni libera, sino que nos enfrenta a un vacío aún mayor: el de saber que la justicia no puede devolver ni reparas lo perdido.

Pero, ¿se podría haber hecho algo diferente? Estoy convencido de que sí, pero la brutalidad del golpe y la audacia de los asesinos fue abrumadora y paralizante. Resulta imposible no estremecerse ante la frialdad helada de los médicos de la Universidad Católica, donde Frei había estudiado y forjado su carrera, como Helman Rosenberg y Sergio González Bombardiere. Ellos, lejos de honrar la memoria de aquel hombre ilustre, le practicaron un supuesto embalsamiento sin protocolo, sin respeto, sin una pizca de compasión, donde incluso se utilizó una escalera para facilitarlo. El procedimiento fue tan casual, tan improvisado, que pareció más un acto de ocultamiento que de medicina: una intervención fragmentaria, clandestina, insólita, como si quisieran borrar cada huella, cada indicio, cada verdad, diseñada para extirparle sus órganos que después desaparecieron en bolsas plásticas olvidadas:

Durante años, hui de los documentos como si al abrirlos fuera a desatar fantasmas. No tenía fuerzas para ponerle palabras al horror, ni para volver sobre papeles que goteaban sospecha y tristeza. Ahora, con el paso del tiempo y la distancia del exilio en Norteamérica, con mis hijas lejos y mi padre convertido en recuerdo, el pasado golpea con más fuerza por las noches y me obliga a enfrentarme por fin con esa historia. Hoy, siento que, por primera vez, puedo abrir esos archivadores, no solo para leer, sino para interrogar: ¿Cuándo supieron los médicos la verdad? ¿Por qué callaron ante lo insoportable? ¿Quién manipuló el cuerpo de Frei y contaminó lo que debía curarlo? ¿Por qué ese silencio largo, espeso, que se extendió como una sombra sobre todo? No puedo evitar conectar los puntos: las compresas extrañas, la intervención externa disfrazada de simple complicación médica; y sobre todo, el silencio cómplice de los que estuvieron presentes. Pienso en el doctor Larraín, que guardó sus palabras por veinte, treinta años, esperando que el tiempo, el olvido o el miedo lo protegieran. Solo se atrevió a hablar cuando su prestigio ya estaba destruido y todo estaba cubierto por el polvo y el cansancio de la memoria. Ese silencio duele, quema, porque sé que en él se esconde parte de la verdad que nunca nos dijeron a la cara.

Fue en ese intervalo, en medio del desamparo y la sospecha, cuando apareció otro personaje cuya sola mención me estremece: Eugenio Berríos, el químico del régimen, el artífice de los venenos invisibles, el hombre capaz de convertir la ciencia en herramienta de terror. Su entrada en escena no fue casual, sino determinante. Allí, en esa encrucijada donde la vida de Frei pendía de un hilo, Berríos dejó su marca, la huella invisible pero mortal de sus “gotitas”. Nadie podía sentirse seguro: bastaba el gesto de una mano enguantada, el crujir de un delantal blanco, para que el miedo se filtrase hasta el último rincón de la habitación. Unas compresas impregnadas con talio, y un suero contaminado con gas mostaza administrado sin testigos por la noche, sobre todo después de la segunda operación, cuando Frei quedó durante días expuesto e indefenso ante desconocidos que entraban y salían de su cuarto sin problemas. La infraestructura médica de la época permitía ese tipo de maniobras: clínicas bajo vigilancia, suministros manipulados, protocolos saboteados con precisión quirúrgica. Carmen Frei menciona en su libro que la enfermera Alejandra Damiani declaró que Eugenio Berríos visitaba ocasionalmente la clínica, aunque no sabe para qué. Menciona además, que hay varios testigos que vieron a Berríos en la Clínica Santa María cuando mi padre estaba internado. Esto también está en el expediente. En ese Chile donde el silencio era arma, las muertes lentas también sabían obedecer órdenes. El cuerpo de Frei se convirtió, así, en campo de operaciones de una violencia ejecutada entre la asepsia del bisturí y la impunidad de los archivos sellados.

Con Frei Montalva ocurrió algo inquietante, difícil de asimilar, parecido al impacto devastador que sufren las víctimas de abuso sexual o de una violación: al principio, la mente se niega a aceptar lo vivido, intenta convencerse de que todo es una pesadilla, un delirio, algo inventado, un hecho que pertenece a un universo alternativo y que no puede ser real. Así, la familia Frei quedó paralizada ante el horror; hicieron poco o nada por desentrañar el misterio de su muerte, convencidos durante un tiempo de que aquella tragedia era un riesgo asumido de la cirugía, un accidente más en la vida. Pero no fue un accidente, y la verdad, por más que quisieran apartarla, seguía ahí, latente, palpitando. Lo recuerdo con nitidez: el doctor Goic llegaba solo, siempre solo a nuestra casa. Su figura cruzaba la puerta y se hundía en el viejo sofá de felpa café, en ese living grande y espacioso. Allí, frente a mi padre, ambos se sumergían en un duelo íntimo, intentando armar ese rompecabezas de muerte y sangre, de traiciones y cobardía. Pero por más ideas que intercambiaran, por más estrategias que se propusieran, el dolor y la incertidumbre no cedían. Ni mi padre ni el doctor Goic lograron encontrar alivio, y aquella búsqueda, entre la esperanza y el fracaso, se volvió cada vez más insoportable. Todavía lo veo, todavía lo siento: el eco de sus conversaciones, el clima denso que envolvía el living, la impotencia compartida, como si el mismo aire estuviera impregnado de algo que marcó a un país entero.

En aquellos días, la verdad se nos escapaba como un espejismo, deslizándose furtiva entre las sombras. Chile estaba partido, desgarrado por la incredulidad y la desconfianza; nadie sabía en quién creer ni a qué versión aferrarse. Las historias que circulaban eran como vidrios rotos: fragmentos dispersos, imposibles de ensamblar en un relato entero. Cada nuevo hallazgo, cada testimonio que emergía, no hacía más que enredar aún más el misterio, sumando capas de incertidumbre a un dolor que ya pesaba demasiado.

Todavía resuena en mi memoria, el eco de las palabras del doctor Goic; palabras que parecían llegar desde un lugar donde la esperanza apenas sobrevivía. Recuerdo cómo mi padre, al principio, se aferraba a la incredulidad, como si negar lo evidente pudiera protegernos; pero poco a poco, la resignación fue calando, hasta que solo quedó la aceptación amarga de una verdad a medias, una verdad esquiva que se disipaba como niebla apenas intentábamos agarrarla. Hablar de lo ocurrido era como invocar una tormenta: la habitación se llenaba de una pesadez irrespirable, y parecía que la verdad misma era una losa enorme que entre todos intentábamos levantar, sin lograrlo nunca del todo. En medio de ese torbellino—de recuerdos rotos, emociones a flor de piel y preguntas no formuladas—nos descubríamos vulnerables, desarmados, buscando entre nosotros algún asidero. Y es justamente en esa fragilidad donde, de vez en cuando, encontrábamos un resquicio de consuelo, una gota tibia de esperanza que nos permitía seguir adelante, aun cuando el horizonte seguía cubierto.

A menudo, me descubro a la deriva en aquellos días, arrojado sin remedio al remolino de los recuerdos, preguntándome si alguna vez llegaré a comprender lo que realmente sucedía a nuestro alrededor, o si, acorralado por la desesperanza, simplemente elegiré cerrar los ojos para dejar que la sombra pese, sin nombre ni rostro, sobre nuestras vidas.

Y noto, otra vez, que intento retirar la alfombra del olvido, la levanto desde lejos, desde Michigan, donde ahora vivo, en una madrugada solitaria del año 2020. Pero se me resbala entre los dedos, se me cae, y los pájaros de la memoria —esos recuerdos inquietos que ansiaban escapar— terminan atrapados y encerrados de nuevo. Sin embargo, algo cambia: logro verme a mí mismo con brutal honestidad. Veo mi sigilo, mis dudas, mis sustos, mis temores, y toco la herida viva de mi propia cobardía. Es doloroso reconocerlo: los médicos tratantes que no participaron en el complot podrían haber hecho algo distinto, podrían haber salvado a Frei si, desde el primer signo de esa supuesta obstrucción intestinal, lo hubieran sacado del país, lejos del peligro y la manipulación, argumentando que era necesario buscar tecnología más avanzada o tratamientos imposibles de conseguir en Chile. Incluso, mudarlo a otra clínica, bajo cualquier pretexto, amparándose en el deseo legítimo de la familia. Pero nadie lo hizo. Se eligió el silencio, y una parálisis que se acercó peligrosamente a la cobardía. Me duele admitirlo, pero sé que quizá yo también habría callado, habría preferido no mirar de frente hacia el abismo. O habría escrito mucho, demasiado, llenando páginas y concursos literarios y notas semanales colgadas en la Internet, como si con palabras pudiera cubrir la vergüenza y el horror bajo otra alfombra. Es una emoción amarga, un peso que no desaparece: saber que el miedo y la inacción terminan imponiéndose, y que a veces, la única valentía es aceptar que también fuimos parte del silencio.

¿Hui también de esa vergüenza? ¿Fue mi inconsciente quien decidió primero que había que partir de Chile?

A veces pienso que he sido injusto con el doctor Goic. Recuerdo vívidamente aquella vez en que lo vi en la televisión chilena, solo unos días después de la muerte de Frei Montalva. Su rostro, marcado por el dolor y la responsabilidad, apareció en la pantalla y, con voz firme repitió una y otra vez que su amigo había fallecido a causa de una infección imposible de combatir, que no había existido la intervención de terceros. Lo escuché con atención, pero también con desconcierto: la certeza con la que defendía su versión parecía tropezar con el peso invisible de aquello que no se podía decir abiertamente. Ahora, entiendo mejor el tormento que debió cargar. Como me confesó un día mi padre, con una tristeza honda que se me quedó grabada para siempre: “Pinochet nos jodió a todos, mijito”. Y fue cierto: las heridas de esa muerte no solo alcanzaron a la familia Frei, sino que se extendieron como veneno sobre todos los que estuvieron cerca, obligando incluso al doctor Goic a vivir años enteros entre la duda y el miedo, antes de atreverse a contar, poco a poco, en susurros y confesiones tardías. Cuando finalmente pudo liberar su conciencia, ya era tarde; el tiempo y el dolor habían hecho mella en él. Por eso, cuando falleció, en abril de 2021, sentí que se cerraba un ciclo de sufrimiento y valentía. Eugenio Ortega Frei, nieto de Frei Montalva e hijo de Carmen Frei, lo recordó con cariño en un mensaje de texto por X:

El cuerpo de Frei fue leído como si fuera un texto antiguo y resquebrajado, un manuscrito lleno de tachaduras que nadie se ha atrevido a descifrar del todo. Pero es un texto con márgenes donde la verdad y la mentira libran una batalla que nunca se termina. Cada coma, cada cicatriz, cada ausencia, tiene el peso de una sentencia a perpetuidad. Como apuntó Elaine Scarry, el dolor corporal desafía al lenguaje, se resiste a ser nombrado, pero el cuerpo de Frei aún clama, incluso desde el mutismo de los archivos sellados. Es una ruina viva, una presencia incómoda que persiste en los pasillos del poder, interrumpiendo el sueño de quienes quisieron borrarlo con la tinta del fallo, la absolución, el olvido institucional. No descansa en paz: su historia sigue inacabada, a la espera de esa frase final que nadie se atreve a escribir. Más de cuarenta años después, su cuerpo es un territorio minado; no por lo que guarda bajo la piel, sino por todo aquello que evoca y desentierra. Es ahí donde se cruzan las preguntas que Chile aún no se atreve a responder: ¿Puede la justicia tapar lo que la historia ya ha gritado? ¿Puede la ciencia acallar lo que la memoria se empeña en recordar? El cuerpo de Frei permanece dividido, atravesado por la duda y la esperanza, convertido en símbolo de una herida nacional que se resiste, una y otra vez, a cicatrizar.

Epílogo

Mi memoria se obstina en regresar a esos días, a las conversaciones fragmentadas, a los silencios que pesaban sobre la casa como una manta húmeda. La muerte de Frei no fue solo una pérdida personal, fue una grieta que se abrió en la historia de un país entero, un recordatorio constante de hasta dónde podía llegar la violencia y el miedo institucionalizado. Me veo a mí mismo transitando esos días con una mezcla de incredulidad y resignación, observando cómo cada gesto cotidiano —el sonido de una puerta al cerrarse, un teléfono que suena en la madrugada— podía transformarse en presagio de algo oscuro y dañino.

Había en el ambiente una sensación de espera, como si algo estuviera a punto de revelarse pero nunca terminaba de materializarse. Las miradas intercambiadas en los pasillos, los comentarios entre susurros, las visitas inesperadas de personas que iban y venían sin dejar rastro: todo eso conformaba una especie de coreografía del secreto. Mi hermano, lejos del país, se movía ajeno al peso de esos días, y uno, desde la distancia, intentaba armar un relato coherente a partir de piezas sueltas, como quien reconstruye un jarrón a partir de los fragmentos desperdigados sobre el suelo.

Con el tiempo, comprendí que lo que ocurrió con Frei Montalva fue también una forma de aprendizaje brutal sobre la naturaleza del poder y la fragilidad de la verdad. La justicia, ese anhelo tan esquivo, se desdibuja frente a la burocracia y el miedo, y los responsables suelen ampararse en la desmemoria colectiva. Por eso, ahora siento la urgencia de escribir, de dejar constancia aunque sea en estas líneas, para que el olvido no termine por devorar lo poco que sabemos.

En la fotografía se observa al presidente Aylwin, el primer jefe de estado elegido de manera democrática después de Pinochet (1990-1994). A la derecha de Aylwin está el doctor Juan Fierro, mi padre. El doctor Patricio Rojas es el hombre calvo que mira de manera retorcida hacia un costado.  La expresión facial de mi padre -médico del presidente Aylwin en ese entonces- con su ceño fruncido denota incomodidad y temor. Todavía el juez Madrid no investigaba la muerte de Frei Montalva, pero mi padre seguro que conocía la conducta extraña, irregular del doctor Patricio Rojas en ese caso. Al observar la foto con detención, me surgen interrogantes sobre los secretos que guardó mi padre, y el significado de la presencia del doctor Rojas ahí, junto a otro presidente. ¿Qué representa la imagen de ese médico?En ese entonces existían preocupaciones sobre la seguridad del presidente Aylwin. El rostro de mi padre, su gesto, denota desasosiego, incluso susto. Como me dijo una querida amiga al ver la foto, “la expresión de tu papá es un reflejo de todo tu relato”.

No puedo evitar imaginar la inquietud que habría corroído a mi padre si alguna vez le hubiera tocado actuar frente a un atentado contra el presidente Aylwin. El peso de la responsabilidad habría sido abrumador, y la sombra de quienes participaron en la tragedia de Frei —sobre todo la figura del doctor Patricio Rojas, cuya intervención se volvió sinónima de traición y mutismo cómplice— lo habría perseguido como un mal presagio. Creo que a mi padre le angustiaba la posibilidad de verse enredado en una trama semejante, donde la ética profesional debía abrirse paso entre la desconfianza, el miedo institucional y los fantasmas de la historia reciente. Quizá por eso acompañó a Aylwin en contadas ocasiones cuando recorría el país; no le gustaba hacerlo. La sola idea de cruzar miradas con Patricio Rojas en un pasillo de hospital, sabiendo lo que él representaba, era suficiente para sembrar la duda y el recelo. Quizá por eso, en nuestros silencios, percibía esa preocupación latente: un temor a repetir, sin quererlo, la pesadilla de la cobardía y el encubrimiento, a verse atrapado entre la lealtad a la vida y la amenaza de la maquinaria política que tantas veces había aplastado la verdad.

La imagen de Patricio Rojas en la foto adquiere una fuerza simbólica que trasciende el simple acto de mirar hacia un costado. Su postura, la manera en que desvía la mirada, parece condensar el peso de los secretos y las ambigüedades de una época donde la ética profesional se vio asediada por la sombra del poder y la desconfianza. Es un rostro que no solo transmite incomodidad, sino también cierta reticencia, como si intentara esquivar una verdad demasiado punzante para ser sostenida con la mirada al frente. Quizá por eso la expresión de Rojas permanece inquietante, porque me recuerda que a veces, las pausas y los desvíos de mirada dicen más que las palabras, y que en ciertas fotografías, el verdadero significado reside en aquello que no se nombra, pero se percibe en el temblor involuntario de una postura.

Rojas, en ese retrato, representa no solo a un individuo, sino a toda una generación de médicos y testigos que, enfrentados a dilemas imposibles, a menudo optaron por el silencio o por la mirada evasiva. La imagen me invita a preguntar qué cargas invisibles llevaba consigo, qué decisiones pesaban sobre sus hombros y qué tanto de ese gesto revela un pacto tácito con la historia, con la culpa o con el temor. Es el retrato de una conciencia asediada, de alguien obligado a moverse en los márgenes de la lealtad y la complicidad, entre la memoria y el olvido.

La palabra culpa, entonces, cobra aquí un sentido mucho más denso, como si se tratara de una sombra persistente que avanza lentamente por los pasillos de la memoria. Es una presencia que no desaparece con el paso de los años, sino que se acomoda en detalles aparentemente mínimos: en el modo de mirar al suelo, en el temblor involuntario de una mano, en ese impulso de no intervenir y dejar que la historia se desborde, incontrolable, frente a nuestros ojos. A veces la culpa toma la forma de una mudez pesada, con una sensación de no haber preguntado a tiempo, de no haber roto el muro invisible entre mi padre y yo para que, tal vez, las palabras pudieran iluminar lo que se escondía. Pero guardé silencio; el temor a la respuesta me paralizó, y preferí no hurgar, no ponerle nombre a las sospechas que crecían dentro de mí sobre la muerte de Frei Montalva. Hubiera querido tener el coraje de interrogarlo, de exigirle claridad, pero algo en la atmósfera de esos días me detenía, como si cada pregunta fuese una forma de traicionar la paz precaria que reinaba en casa. Ahora entiendo que ese miedo, ese susto de confirmar lo impensable, fue también una manera de refugiarme, de protegerme ante una verdad que podía ser demasiado brutal. Sin embargo, el precio de ese refugio es la culpa que hoy me acompaña, el saber que, por miedo, dejé pasar la oportunidad de saber, de comprender, de romper esa barrera y enfrentar lo que realmente ocurrió.

A veces pienso que esa sombra es compartida, casi colectiva, tejida entre quienes callaron, quienes miraron hacia otro lado y quienes —como yo— buscaron refugio en la distancia o en la escritura, creyendo que bastaría con poner palabras sobre el dolor para exorcizarlo. Pero la culpa, inasible, regresa disfrazada de recuerdos, de preguntas sin respuesta y de escenas que se repiten en el insomnio. Tal vez por eso sigo reescribiendo y releyendo el mismo episodio, intentando entender en qué momento exacto dejé de ser testigo para convertirme, también, en cómplice de una ausencia.

Con el paso de los años, se fue sedimentando en mí una certeza inquietante y brutal: la de haber sido testigo, aunque fuera de manera lateral, de un asesinato. Al principio, mi mente se resistía, lo apartaba confiando en la lógica, en la aparente imposibilidad de que algo así pudiera rozar mi vida cotidiana. Pero mientras las piezas iban cayendo en su sitio, mientras las miradas torcidas se expandían y los recuerdos cobraban nuevos significados, esa evidencia insoslayable se ha instalado en el centro de mi conciencia. Y entonces me florecen sentimientos de asombro, de rabia, de impotencia y de un dolor inflexible. Me descubro paralizado entre la incredulidad y el peso oscuro de lo real, preguntándome en qué momento, cuándo, lo impensable atravesó el umbral para volverse parte de mi propia historia.