Al escribir la nota anterior, sentí un impulso profundo y personal de volver a mirar esos recuerdos que yacían ocultos bajo una alfombra vieja—quizá una que lleva años cubriendo tanto historias propias como ajenas—para dejar que los pájaros de la memoria pudieran salir, respirar aire fresco y encontrar su propio vuelo. Cada recuerdo liberado revolotea en mi mente como un pájaro buscando su lugar en el cielo abierto del presente. Quiero darles espacio para que vivan y se muestren tal como son, sin estar encerrados bajo el peso del olvido. Animarme a enfrentar el pasado es permitir que lo guardado en silencio salga a la luz y, al hacerlo, encontrar alivio: al liberar esos recuerdos, también yo puedo respirar mejor y reconciliarme con mi historia.
Todo comenzó una tarde cualquiera cuando, navegando por Internet, me topé con un artículo de la revista Economía y Sociedad (abril – junio de 2019). Allí, Álvaro Covarrubias Risopatrón—abogado, profesor universitario y militante democratacristiano—relataba, con una mezcla de solemnidad y respeto, su versión sobre la muerte de don Eduardo Frei Montalva, ex presidente de Chile, ocurrida en la Clínica Santa María en 1982. Ese episodio ha sido objeto de controversia durante décadas, generando debates sobre sus circunstancias y su impacto político. Al leerlo, sentí que el pasado adquiría una nueva dimensión, obligándome a repensar mi propio lugar dentro de la historia y a enfrentar emociones que creí superadas.
Según Covarrubias, el ex presidente Frei, inquieto pero esperanzado, deseaba operarse en la Clínica Indisa, donde mi padre era presidente del Directorio. Al enterarme de su participación directa en ese momento crucial, sentí una mezcla de temor y sorpresa: aquel testimonio ajeno se enlazaba inevitablemente con mis propios recuerdos, conectando la historia pública con mi vivencia personal. Así, dejé que los pájaros de la memoria volaran libres—esta vez, inquietos—por el cielo de mi conciencia:
Don Eduardo tenía 70 años y sufría de una enfermedad conocida como hernia al hiato, que le impedía hacer una vida normal. Muy molesto por esa dolencia, supo que había un famoso médico cirujano, llamado Augusto Larraín Orrego, quien operaba a los pacientes de esa dolencia, logrando erradicar el mal. Desesperado por esta molestia, don Eduardo decidió operarse con ese doctor, poniendo como condición, que la intervención quirúrgica debería efectuarse en la Clínica Indisa.
Presumo que la decisión de elegir esta clínica para la operación fue que, en esa época, en ella tenía gran influencia el Cardenal Raúl Silva Henríquez. La clínica era dirigida por los doctores: Juan Fierro Morales (presidente del Directorio y médico personal de don Patricio Aylwin), Alberto Lucchini Albertalli (Vicepresidente del Directorio y médico personal del Cardenal Silva) y Hugo Salvestrini Ricci (Director Médico); todos profesores universitarios de excelencia, de sobra conocidos de don Eduardo. Estos dos últimos habían sido recientemente exonerados de la Facultad de Medicina de la Universidad Católica, por no ser incondicionales al régimen del General Pinochet.
La razón por la que se tomó esa decisión, que se le comunicó al cirujano, fue que dicha operación era de alto riesgo, por lo que la Clínica -velando por su prestigio- no quería exponerse a la posibilidad de que en ella se muriera un ex presidente de la República. La explicación técnica que me dio personalmente el Dr. Salvestrini acerca del riesgo de la operación, es que ese tipo de cirugía requería mucha manipulación en una gran zona del abdomen, por lo tanto, la posibilidad de infección es muy alta. Entiendo que, desde hace muchos años, esa operación ya no se realiza.
Recibida la notificación de rechazo, el Dr. Larraín procedió a reservar pabellón quirúrgico en la Clínica Santa María, donde se realizó la operación el día 18 de noviembre de 1981.
Jamás escuché a mi padre comentar la negativa de la Clínica Indisa para aceptar como paciente al ex presidente Eduardo Frei Montalva. En casa, bajo el peso de la dictadura, temas como ese quedaban sumergidos en un silencio espeso, casi ritual; cada palabra podía transformarse en amenaza, cada conversación familiar era vigilada por la sombra de lo prohibido. Lo que sé no proviene de un recuerdo concreto ni de una confidencia, sino de la observación atenta de los gestos cautelosos y las miradas que se dirigían al suelo. Mi interpretación surge de ese silencio, de la ausencia de palabras que, vista en retrospectiva, se convierte en advertencia: el peligro era tangible, y mi padre lo sabía. Marcado por años de vigilancia y amenazas, conocía de primera mano los métodos siniestros de la dictadura para silenciar opositores. Sabía que las muertes rodeadas de misterio no eran leyendas, sino heridas abiertas en la memoria del país, y por eso su temor era justificado. La tensión era palpable, y la decisión de negar la operación a Frei, aunque nunca explicada abiertamente, fue un intento desesperado por protegerlo, por salvaguardar su vida en medio de un régimen que hacía de la opresión su norma.
Con distancia e intuición, imagino la tensión que oprimió a mi padre y a los médicos del directorio. Expertos en salvar vidas, se vieron forzados a navegar entre el deber y el temor, entre la ética profesional y el instinto de supervivencia. La atmósfera del hospital, marcada por pasos en los pasillos, camillas y sensores, se transformó en un escenario de sospecha y alerta. Detrás de cada puerta, tras cada conversación breve, vibraba la conciencia de que las paredes tenían oídos. Bajo esas circunstancias, cualquier intento de advertencia hacia los peligros que corría Frei debía ser disfrazado, comunicado en gestos o en exageraciones calculadas sobre el riesgo quirúrgico para evitar la intervención. El dilema era complejo: ¿cómo proteger a Frei sin traicionarse a sí mismo ni poner en peligro la propia seguridad al advertirle que podía ser asesinado? Mencionar abiertamente la sospecha de un envenenamiento, o el temor de que alguien introdujera una toxina letal, era impensable y prohibido de expresar. Hacerlo significaba desafiar directamente al régimen y exponerse a represalias inmediatas y brutales por parte de los organismos represivos. Así, en ese mundo de incertidumbre y vigilancia, mi padre y los médicos de la Clínica Indisa se vieron obligados a exagerar los peligros inherentes a la cirugía. Presentaron el procedimiento como una intervención de alto riesgo, no porque realmente lo fuera desde el punto de vista médico, sino para evitar que el paciente se operara. Esa decisión fue tomada como medida de protección, y justificaron su negativa ante la opinión pública, ocultando la verdadera amenaza que rondaba en sus pensamientos.
Mi padre detectó el peligro gracias a la experiencia de quien ha visto demasiado, conoce las grietas y los rincones donde acechan la maldad y la traición. Su habilidad, forjada en noches sin dormir, en quirófanos y en conversaciones susurradas sobre política y poder, le permitió descifrar lo que otros no querían ver: el riesgo de que Frei se convirtiera en una víctima más, el blanco de maniobras oscuras, y que cualquier complicación quirúrgica, inducida o no, fuera la excusa perfecta para silenciarlo, para borrar una voz incómoda, un enemigo interno.
Me pregunto si fue la incapacidad de aceptar tanta perversidad disfrazada de ciencia y precisión lo que llevó a Frei Montalva a depositar su confianza en las personas equivocadas. El doctor Patricio Silva Garín, cuya carrera se cimentó en el cargo de subsecretario de salud otorgado por Frei Montalva durante su gobierno, ahora parecía someterse a otros intereses, obedeciendo a nuevos amos. Lo mismo sucedía con el doctor Patricio Rojas. Las figuras de alta notoriedad como Frei Montalva suelen pagar un precio elevado por su exposición pública: el aislamiento y la soledad se convierten en sus únicos compañeros, y los verdaderos amigos se van alejando o desaparecen. Así, la vulnerabilidad se profundiza cuando el círculo íntimo se reduce, y los pocos amigos que quedan terminan traicionándolo. Imagino su horror al descubrirse desamparado, tendido en una cama fría de la clínica, dándose cuenta demasiado tarde de que el verdadero peligro no residía en la cirugía, sino en quienes empleaban la medicina como herramienta de represión. La “mano invisible del opresor” había convertido la clínica y el quirófano en una trampa mortal, dejando huellas difíciles de rastrear.
La “mano invisible del opresor” era ese conjunto de fuerzas y poderes ocultos que, durante la dictadura cívico-militar, operaban tras bambalinas para reprimir, silenciar o eliminar a quienes representaban una amenaza. No era una presencia explícita, sino una amenaza constante y latente, infiltrada en la vida cotidiana, extendiéndose también a las instituciones civiles como clínicas y hospitales. No hacía falta pasar la noche en un cuartel para sentir el peligro; bastaba con estar cerca de lugares donde el poder ejercía vigilancia y control, para que la amenaza se hiciera presente en cada rincón.
Años más tarde, en 1998, la historia pareció dar un giro inesperado. Augusto Pinochet, el ex dictador, se vio obligado a someterse a una operación de columna, pero no se atrevió a realizarla en Chile. Con el instinto de quien conoce los riesgos ocultos del poder, prefirió viajar a Londres, temiendo que un quirófano chileno pudiera convertirse en escenario de venganza o ajuste de cuentas. En la capital británica, el destino le reservó una sorpresa: fue detenido, y por un instante muchos creyeron que finalmente se haría justicia. Sin embargo, el desenlace fue decepcionante; Pinochet fue liberado gracias a las gestiones diplomáticas del entonces presidente de Chile, Frei Ruiz-Tagle, hijo del ex mandatario asesinado. Aquella decisión enfrentó a Frei Ruiz-Tagle a un conflicto interior desgarrador: por un lado, la “razón de Estado” exigía actuar como jefe de gobierno y salvaguardar la soberanía nacional; por otro, la memoria de su padre le recordaba la deuda de justicia aún pendiente.
La “razón de Estado” es un concepto que permite a los gobiernos tomar decisiones difíciles en nombre del interés nacional, incluso si estas contradicen valores éticos o personales. Es la lógica implacable del poder, que a veces exige sacrificar sentimientos y vínculos familiares para salvaguardar la estabilidad o la gobernabilidad. Imagino a Frei Ruiz-Tagle en su despacho, rodeado de expedientes legales y cartas de organismos internacionales, mientras la ciudad, dividida, murmura afuera: unos reclaman justicia, otros temen por la frágil democracia. En su escritorio, una foto familiar le recuerda la ausencia irreparable de su padre. En la soledad de la noche, debe elegir entre el dolor de su memoria y el deber institucional. No existen decisiones correctas, solo caminos marcados por cicatrices profundas. La carga emocional de esa elección debió ser abrumadora; seguramente, al caminar por los jardines de La Moneda, evitaba la mirada de sus colaboradores, sabiendo que cualquier gesto podía interpretarse como debilidad o traición. No podía traicionar el legado de su padre, pero tampoco ignorar la responsabilidad de proteger la institucionalidad del país. Este episodio, teñido de paradojas y tensión emocional, evidencia hasta qué punto la justicia y la democracia pueden verse obligadas a enfrentar dilemas imposibles, donde lo personal y lo público se entrelazan en una tragedia nacional.
Estos dramas no afectan solo a los protagonistas, sino que dejan marcas profundas en la percepción colectiva de justicia y democracia. Cuando los intereses de Estado se anteponen a la justicia individual, surge la sospecha de que el poder protege a los suyos y posterga las demandas de verdad y reparación. En Chile, la liberación de Pinochet generó indignación en amplios sectores, convencidos de que la transición democrática evitó confrontar el pasado con la firmeza necesaria. Este dilema es universal: en Argentina, las leyes de Punto Final y Obediencia Debida, impulsadas por Raúl Alfonsín, cerraron juicios contra militares acusados de violaciones de derechos humanos en aras de la gobernabilidad; en Sudáfrica, la Comisión de la Verdad y Reconciliación otorgó amnistía a cambio de confesiones, priorizando la paz social sobre la sanción penal. En ambos países, la sociedad quedó dividida: algunos valoraron la estabilidad alcanzada, otros lamentaron la ausencia de una justicia plena. En cada caso, la tensión entre memoria y olvido, entre reconciliación y reparación, sigue resonando, cuestionando el legado histórico de estas decisiones.
Afirmar que ese tipo de cirugía ya no se realiza, como sostiene Álvaro Covarrubias, no es del todo exacto. En el ámbito médico, la hernia al hiato siempre ha sido considerada una afección benigna, de tratamiento sencillo y con escasas complicaciones graves. Nunca fue una operación de alto riesgo, ni en el pasado ni en la actualidad. La técnica empleada en el caso de Frei Montalva era reconocida y el doctor Larraín acumulaba una vasta experiencia en su aplicación. Sin embargo, la medicina ha evolucionado: hoy se privilegian tratamientos farmacológicos, especialmente tras la llegada de medicamentos como el omeprazol, y solo en situaciones excepcionales se opta por la cirugía, que ahora se realiza mediante técnicas mínimamente invasivas como la laparoscopía. Tanto en hospitales públicos como en clínicas privadas chilenas —y en otros países—, la norma es el control periódico, el ajuste dietético y, de ser necesario, una intervención quirúrgica que no implica un riesgo vital. En el Hospital Clínico de la Universidad de Chile y la Clínica Alemana, cientos de pacientes han sido operados exitosamente, recuperándose en pocos días. Es fundamental que la información médica sea precisa y actualizada para evitar confusiones y contribuir al debate público informado.
Así fue como, tras la negativa de la Clínica Indisa, Frei no se rindió y finalmente se sometió a la operación en la Clínica Santa María. La reacción de mi padre frente a las complicaciones que surgieron después de la intervención fue de una incredulidad profunda e inmediata; en su rostro se mezclaban el desconcierto, el temor y una especie de desasosiego que no lograba disimular. Recuerdo cómo, al recibir la noticia de boca del doctor Goic —amigo cercano de Frei y su médico personal—, mi padre quedó casi paralizado, incapaz de aceptar que una cirugía de rutina pudiera desembocar en un desenlace tan insólito. Era como si la lógica médica se hubiera quebrado de pronto y el sentido común hubiera desaparecido, dejándolo sumido en una sensación de extrañeza y vulnerabilidad inéditas.
La atmósfera en nuestro hogar estaba marcada por una preocupación latente y un nerviosismo que lo impregnaba todo. Entre mi padre y el doctor Goic existía una confianza tejida a lo largo de los años, una complicidad construida a través de miradas, gestos y breves comentarios que decían mucho más que las palabras. Cuando abordaban temas delicados —especialmente los relativos a la ética médica y la salud de Frei Montalva—, la voz serena y pausada del doctor Goic, acompañada de prolongados silencios, transmitía una gravedad que aún hoy recuerdo con nitidez. Nunca expresaba abiertamente sus temores, pero tras la muerte de Frei, el cambio en su forma de caminar era innegable: sus pasos se volvieron más lentos, sus hombros encorvados bajo un peso invisible. Parecía llevar consigo una culpa ajena e imposible de soltar, como si una sombra permanente lo persiguiera, dejando tras de sí un vacío imposible de llenar.
Hoy, ya instalado en Michigan, hay mañanas en que el invierno cubre de nieve el alféizar y la mesa se llena de carpetas, documentos, informes médicos y testimonios contradictorios recolectados por el juez Alejandro Madrid durante su larga investigación sobre la muerte de Frei Montalva. Aunque han pasado más de cuarenta años desde aquella operación del 18 de noviembre de 1981, esa historia regresa a mi memoria con una fuerza avasalladora, como si el frío exterior reflejara el peso de aquellos recuerdos. El pasado parece no ceder ante el paso del tiempo; cada dato, cada informe, cada testimonio revive la misma sensación de asombro y desazón que me acompaña desde entonces. La investigación judicial no solo reconstruyó hechos, sino que también me obligó a enfrentar las emociones, las heridas y las preguntas que nunca dejaron de acecharme.
Durante años me resultó imposible poner en palabras lo que presencié; el paso del tiempo y la bruma de los recuerdos parecían ocultar la verdadera dimensión de lo vivido. Sin embargo, la distancia de una vida entera y la reflexión persistente me han permitido mirar hacia atrás con mayor lucidez. Ahora reconozco detalles que antes se me escapaban o que prefería ignorar: esas conversaciones en voz baja entre mi padre y el doctor Goic, las miradas inquietas que intercambiaban, la tensión invisible que impregnaba cada rincón de nuestra casa durante sus visitas nocturnas. Atendía a Frei Montalva y luego, al caer la noche, llegaba a conversar a nuestro hogar. El ambiente familiar se volvía opresivo; el silencio no era solo ausencia de sonido, sino un muro que contenía miedos y secretos. Hoy entiendo que fui testigo de algo mucho más grave de lo que imaginé entonces. Al unir los fragmentos de aquellos recuerdos, la historia emerge con claridad: lo ocurrido no fue una simple intervención médica, sino una conspiración que atentó contra la vida de un líder nacional, obligándolo a combatir en una batalla desesperada que finalmente perdió. Lo que en su momento parecía confusión e incertidumbre, hoy se revela ante mí como una tragedia de proporciones inmensas, donde la vida de Frei Montalva se extinguió lentamente ante nuestros ojos, mientras su familia y quienes lo rodeaban apenas alcanzaron a percibir la gravedad del abismo que los amenazaba.
Era de noche, corría el año 1981 y la oscuridad cubría mi barrio como un telón pesado. El silencio profundo solo era roto por el estridente timbrazo del teléfono, que resonaba en cada cuarto y marcaba el inicio de una inquietud latente. Mi padre respondía con voz serena, aunque la tensión contenida se filtraba en sus palabras y gestos. “Sí, te espero”, decía, esforzándose por sonar tranquilo, pero el nerviosismo era palpable en el ambiente. “No hay problema”, repetía, como si intentara convencerse a sí mismo de que todo estaba bajo control. “Ven y conversamos”, murmuraba antes de colgar, devolviendo la casa a la penumbra. Poco después llegaba el doctor Goic, siempre con el ceño fruncido y el rostro marcado por el cansancio de largas jornadas en la Clínica Santa María, donde luchaba por salvar a su amigo y paciente. Al verlos conversar sentía una soledad que me envolvía por completo, como si la vida insistiera en recordarme cuán desamparados podemos quedar frente a la adversidad. Primero, el doctor Goic tocaba el timbre —ese sonido abrupto que hería la quietud y anticipaba que algo estaba por suceder— y yo corría a recibirlo. En esos breves segundos suspendidos al abrir la puerta, el mundo exterior parecía desaparecer, inmóvil y sumido en sombras. Luego, ellos quedaban sumidos en una conversación baja y urgente en el living, bajo una luz tenue y amarilla. Cada palabra era una chispa que encendía temores, y los silencios se expandían por toda la casa. Yo me retiraba en puntillas al segundo piso, cauteloso, como si un crujido pudiera desencadenar una desgracia. Buscaba refugio en la calidez de las sábanas, sintiendo que la noche era el único muro entre nosotros y la incertidumbre. Sabía que allí, en ese tiempo y lugar, no se podía hablar ni respirar muy fuerte, porque hasta un susurro podía traer consigo el peso de una amenaza. El descanso era una tregua frágil para enfrentar lo que el día siguiente pudiera traer.
He intentado escribir sobre esos recuerdos en otras ocasiones, pero siempre terminaba abandonando los intentos, dejando la historia atrapada en borradores dispersos, en notas sueltas o en sueños que se repetían noche tras noche. Cuando me armaba de valor para enfrentar el pasado, levantaba las alfombras que ocultaban la verdad, pero el peso de lo no dicho regresaba, cubriendo de nuevo las heridas y envolviéndome en el fracaso. La esperanza se desvanecía, el ánimo se resquebrajaba y la verdad —esa verdad que tanto me cuesta nombrar— seguía rondando mis pensamientos y desvelos, sin darme tregua ni descanso. Escribir se ha convertido en un proceso de sanación y confrontación, donde cada palabra es una batalla contra el silencio, y cada recuerdo una oportunidad para encontrar sentido en la memoria.
Eduardo Frei Montalva aún no había fallecido a causa de una septicemia aguda, cuyo origen permaneció envuelto en misterio y controversia durante décadas. Sin embargo, la muerte lo acechaba como amenaza constante. No fue sino hasta el 20 de enero de 2019 —treinta y ocho años después de su fallecimiento, ocurrido el 22 de enero de 1982— cuando esa sombra adquirió una forma definitiva. El juez Alejandro Madrid, tras una investigación judicial exhaustiva, declaró oficialmente en un fallo de primera instancia (luego apelado ante la Corte de Apelaciones) que la muerte de Frei Montalva no fue consecuencia de una enfermedad inevitable, sino resultado de un asesinato, transformando el caso en uno de los episodios más complejos y controvertidos de la historia reciente de Chile. Su investigación, que se extendió por casi dos décadas, concluyó que Frei Montalva fue asesinado mediante la administración de sustancias tóxicas durante su hospitalización, revelando la existencia de una conspiración en el entorno político y médico de la época. Este fallo marcó un hito en la memoria histórica chilena al dar voz y legitimidad a testimonios que durante años permanecieron ocultos, impactando profundamente la opinión pública y el debate sobre la justicia y la verdad.
En los años previos, todavía bajo la dictadura, la posibilidad de atribuir su muerte a un asesinato era peligrosa y casi innombrable. El temor y el silencio dominaban las conversaciones entre mi padre y el doctor Goic, cuyos diálogos se prolongaban en una atmósfera marcada por el secreto y la cautela. Las palabras, prisioneras, parecían buscar salida en una habitación cerrada, reflejando la opresión que se vivía tanto dentro de casa como en el ambiente exterior. Las calles, aparentemente tranquilas, ocultaban su propia historia de tensión. En la esquina de Las Violetas con Avenida Suecia 1521, nuestra casa, un automóvil oscuro permanecía estacionado noche tras noche, con las luces apagadas y los vidrios empañados, evidenciando una vigilancia discreta pero persistente. En su interior, una pareja simulaba indiferencia mientras cumplía la orden de observar cada movimiento de quienes entraban y salían de la propiedad. Desde la ventana del living, con la luz apagada, yo sentía la presión de esas miradas que nunca se apartaban de la casa, recordando que la vigilancia era constante y asfixiante.
Aquellos observadores eran, sin duda, agentes del régimen militar vinculados a organismos como la DINA (Dirección de Inteligencia Nacional, oficialmente disuelta el 13 de agosto de 1977) o la CNI (Central Nacional de Informaciones que la reemplazó en esa misma fecha), instituciones responsables de la represión política bajo Pinochet. La sensación de control y miedo era tan profunda que ni siquiera las conversaciones privadas entre mi padre y el doctor Goic estaban realmente a salvo; todo parecía estar bajo la mirada acechante de fuerzas que impedían cualquier descanso, paz o posibilidad de olvido. Cada gesto, cada palabra, se hacía bajo la sospecha de ser vigilados, y la amenaza se sentía como una sombra permanente, incapaz de disiparse.
Con el paso de los años y el avance de las investigaciones, la historia de Frei Montalva dejó de ser únicamente un drama personal y familiar para convertirse en un símbolo nacional de la lucha por la verdad y la justicia en Chile.
En agosto de 2023, la Corte Suprema emitió un dictamen definitivo que revocó las condenas previas y concluyó que no existían pruebas suficientes para acreditar el homicidio, estableciendo la causa de muerte como una septicemia derivada de complicaciones postoperatorias. Esa decisión reabrió el debate público sobre la verdad histórica, la persistencia de dudas y la dificultad de alcanzar justicia plena en casos emblemáticos. Así, la historia de Frei Montalva continúa siendo un símbolo de la lucha por esclarecer el pasado y exigir responsabilidades en la búsqueda de la verdad nacional.
Con los años, la certeza de lo ocurrido se instaló en mi padre con una fuerza abrumadora: Eduardo Frei Montalva había sido envenenado de manera deliberada en la Clínica Santa María. Ese convencimiento nunca lo abandonó; se convirtió en una especie de protección psicológica que lo ayudó a enfrentar otros desafíos igualmente peligrosos. Uno de esos desafíos surgió cuando todavía en dictadura, tuvo que operar a una de las hijas de Frei Montalva en la Clínica Indisa. Aunque ella no estaba involucrada en la vida política y parecía ajena a los conflictos públicos, mi padre percibió que también estaba en peligro, como si fuera un blanco para quienes querían silenciar a la familia Frei.
Después de la cirugía, mi padre notó algo inquietante: los síntomas y el desarrollo de una infección que atacaba a la paciente le hicieron recordar -por lo inesperado- el caso Frei Montalva. Era como si la historia se repitiera y el pasado se manifestara ahora en los pasillos de otra clínica, amenazando con cobrarse otra vida. La cirugía, que en principio era sencilla y de rutina, terminó en una infección grave y peligrosa que mantuvo a la paciente al borde de la muerte. Más adelante, mi madre me contó que mi padre, exhausto y superado por la situación, le confesó en voz baja: «Quieren intimidar a los Frei, quieren destruir a la familia para que nunca más se atrevan a participar en política.» Esa revelación me dejó impactado; sentí impotencia y rabia al comprender que el peligro era real y constante, siempre presente y acechando.
Con el paso de los años y el avance de las investigaciones, la historia de Frei Montalva dejó de ser únicamente un drama personal y familiar para convertirse en un símbolo nacional de la lucha por la verdad y la justicia en Chile. Lo ocurrido con Frei inspiró marchas, debates y una profunda reflexión colectiva sobre la memoria y el pasado reciente. Para mi padre y para quienes lo rodeábamos, fue impactante ver cómo una tragedia íntima se transformaba en bandera de demandas ciudadanas, multiplicando su eco en la conciencia del país y obligándonos a convivir con una exposición pública inesperada y dolorosa.
En agosto de 2023, la Corte Suprema emitió un dictamen definitivo que revocó las condenas previas y concluyó que no existían pruebas suficientes para acreditar el homicidio, estableciendo la causa de muerte como una septicemia derivada de complicaciones postoperatorias. La noticia sacudió nuevamente a la opinión pública y reabrió un debate apasionado sobre la verdad histórica, la persistencia de las dudas y la dificultad de alcanzar justicia plena en casos emblemáticos. En casa, el fallo fue recibido con una mezcla de resignación, frustración y la amarga certeza de que la verdad, aunque buscada durante décadas, seguiría siendo esquiva. Así, la historia de Frei Montalva continúa siendo un símbolo de la lucha por esclarecer el pasado y exigir responsabilidades en la construcción de la memoria nacional.
Con los años, la convicción de lo ocurrido se arraigó en mi padre con una fuerza abrumadora: Eduardo Frei Montalva había sido envenenado deliberadamente en la Clínica Santa María. Ese convencimiento nunca lo abandonó; se convirtió en una especie de escudo psicológico que le permitió enfrentar otros desafíos, igual de peligrosos, en un contexto de represión y miedo constante. Uno de esos desafíos se presentó cuando, aún bajo la dictadura, tuvo que operar a una de las hijas de Frei Montalva en la Clínica Indisa. Ella, ajena a la vida política y a los conflictos públicos, parecía también estar bajo amenaza, como si el peligro se extendiera a toda la familia por el simple hecho de portar el apellido Frei. Mi padre vivía en estado de alerta, sintiendo que cualquier descuido podía ser fatal.
Tras la cirugía, mi padre notó algo inquietante: los síntomas y el desarrollo de una infección inesperada en la paciente le recordaron de inmediato el caso Frei Montalva. Era como si la sombra del pasado regresara para acechar otra vez, repitiendo el mismo patrón de peligro y vulnerabilidad. Lo que debía ser una intervención sencilla se tornó en una pesadilla, con la vida de la paciente pendiendo de un hilo. Más adelante, mi madre me confesó que mi padre, agotado y profundamente afectado, le reveló en voz baja: “Quieren intimidar a los Frei, quieren destruir a la familia para que nunca más se atrevan a participar en política.” Aquella frase caló hondo en mí, llenándome de impotencia, rabia y una angustia persistente; comprendí, de golpe, que el peligro era real, sistemático y nunca terminaba de retirarse.
En ese segundo episodio médico, después de haber sido testigo del horror que significó el envenenamiento de Frei Montalva, mi padre actuó con una cautela extrema. Se apoyó tanto en su experiencia profesional como en ese instinto afinado por los años y el miedo, logrando salvar la vida de la paciente, aunque nunca llegué a saber con certeza cómo lo consiguió. Jamás me atreví a preguntarle directamente, a pesar de que viajé muchas veces a Chile con esa duda latente. Imagino que debió tomar medidas excepcionales: quizás dispuso guardias en la puerta de la habitación, o tal vez él mismo supervisó cada medicamento y cada procedimiento, vigilando minuciosamente cada detalle para que ningún descuido se convirtiera en amenaza. Probablemente la diferencia decisiva fue que la paciente no estaba internada en la Clínica Santa María, un lugar marcado por la tragedia y la sospecha constante.
Lo paradójico de esta situación fue que, a pesar de haber sobrevivido, la hija de Frei Montalva terminó resentida con mi padre. Ella nunca imaginó que había estado expuesta a un peligro real ni sospechó la existencia de fuerzas oscuras detrás de lo ocurrido; atribuyó todo a una supuesta negligencia médica, al azar o a las dificultades habituales de una clínica, sin llegar a comprender la verdadera gravedad de lo que sucedía a su alrededor.
Años después, todavía bajo la dictadura, se repitió un episodio similar cuando mi padre debió atender al ex senador Jorge Lavandero, quien había sido brutalmente golpeado en plena calle por atreverse a investigar y denunciar públicamente las transferencias de dinero realizadas por Augusto Pinochet en el extranjero. Recuerdo vivamente a mi padre en ese entonces: alterado, con los nervios a flor de piel, siempre alerta y las manos tensas, listo para anticipar cualquier sorpresa. No bajó la guardia y, como medida de protección, puso guardias en la puerta de la habitación, se aseguró de que Lavandero nunca quedara solo y supervisó personalmente cada medicamento y cada ampolla. Observaba con atención el trabajo de los enfermeros, convencido de que el peligro podía esconderse en los detalles más rutinarios y que la muerte acechaba en cada descuido. La experiencia le había enseñado que, en el ambiente hospitalario, lo cotidiano podía transformarse en amenaza. En casa, la sensación de alerta era permanente; el peligro era intenso, y la seguridad, siempre una ilusión frágil.

Al recordar aquellos años, me invade una profunda nostalgia y, a la vez, percibo una especie de cobardía interior que me dificulta enfrentar ciertos recuerdos. Los secretos parecen tan arraigados y ocultos que liberarlos se vuelve una tarea ardua, como si los sentimientos atrapados fueran aves que ansían escapar para dejar atrás las sombras del pasado. No logro encontrar una respuesta concreta; quizás los traumas tienen una naturaleza lenta y esquiva, actuando como espectros que se deslizan por la memoria con sigilo, sin atreverse a mostrarse plenamente. Los recuerdos dolorosos emergen fragmentados, como si costara desprenderse de la oscuridad. Cada paso hacia la claridad se convierte en una batalla íntima, y hasta el propio ambiente parece vibrar ante el desafío de enfrentar lo que por años intenté olvidar.
A continuación presento un resumen cronológico elaborado a partir de los antecedentes judiciales recopilados por el juez Madrid, donde se incluyen declaraciones de testigos y aportes de quienes estuvieron involucrados en el crimen. También detallo las cirugías a las que fue sometido el ex presidente antes de su fallecimiento. Este resumen tiene el propósito de ofrecer una visión clara y estructurada sobre los procedimientos médicos realizados, las circunstancias en que ocurrieron y los equipos que participaron, permitiendo comprender mejor el contexto clínico y humano que marcó el desenlace de su historia.
1. Primera operación – 18 de noviembre de 1981
- Motivo: Hernia al hiato (gastroesofágica).
- Lugar: Clínica Santa María.
- Cirujano: Dr. Augusto Larraín Orrego.
- Resultado: Tras la primera operación, que en un principio fue considerada exitosa y hacía prever una alta médica pronta, emergió posteriormente una revelación sumamente grave gracias a las investigaciones judiciales: durante la cirugía —como detallo más adelante mediante declaraciones de testigos— alguien contaminó intencionalmente las compresas quirúrgicas, probablemente con talio, un veneno de altísima toxicidad. No se empleó una dosis elevada para evitar que surgieran síntomas evidentes que pudieran alertar sobre el envenenamiento, permitiendo así que el acto pasara inadvertido en ese momento crucial.
Quienes planificaron esta primera fase del envenenamiento no buscaban provocar la muerte inmediata de Frei Montalva, ya que un desenlace repentino habría desatado un escándalo imposible de ocultar. En su lugar, utilizaron talio en dosis bajas con el objetivo de desencadenar una complicación médica —interpretada entonces como una obstrucción intestinal— que forzara su regreso a la clínica. Así lograron crear las condiciones perfectas para intervenir de manera definitiva y letal, ejecutando la siguiente etapa del plan con total impunidad. Este mecanismo demostró el carácter meticuloso y premeditado de la conspiración.
2. Reingreso y segunda operación – 4 al 6 de diciembre de 1981
Motivo: El diagnóstico inicial, presentado por el doctor Silva Garín, apuntaba a una obstrucción intestinal; sin embargo, la investigación judicial posterior reveló que dicha condición nunca existió clínicamente. Lo que realmente se observó fue un cuadro de inflamación aguda que alarmó tanto al equipo médico como a la familia del ex presidente, sumiendo el ambiente en una atmósfera de tensión e incertidumbre. Cada decisión médica parecía crucial, y el temor a complicaciones graves era constante, intensificando la percepción de peligro y alimentando sospechas sobre la posible existencia de factores externos que complicaban el manejo clínico. Durante este segundo ingreso, quienes orquestaban el complot administraron no solo talio, sino también gas mostaza, un veneno letal cuya toxicidad se amplifica considerablemente cuando el organismo ya contiene talio, permitiendo su aplicación en dosis bajas. Esta combinación debilitó de manera drástica el sistema inmunológico de Frei y agravó su estado general. Los médicos leales carecían de experiencia y conocimiento sobre los síntomas provocados por el gas mostaza, especialmente en concentraciones bajas, lo que dificultó la reacción y el diagnóstico oportuno. Esta falta de familiaridad contribuyó a que el breve éxito de la primera cirugía encubriera una estrategia premeditada destinada a generar complicaciones médicas, facilitando así el envenenamiento definitivo bajo la apariencia de un proceso clínico rutinario, sin despertar sospechas inmediatas.
- Nuevo equipo médico: Liderado por el doctor Patricio Silva Garín —coronel del Ejército—, marcó un punto de inflexión en la evolución clínica de Frei. La deliberada contaminación de las compresas quirúrgicas con talio no solo agravó el estado del paciente, sino que permitió la intervención directa de Silva Garín y de otros médicos vinculados a la CNI, como Pedro Valdivia, quienes también ejercían en la Clínica Santa María. Ni el doctor Goic ni la familia Frei estaban al tanto de que estos profesionales mantenían lazos con los organismos represores del régimen. Con una determinación fría y calculada, Silva Garín fue minando la confianza en el doctor Augusto Larraín —hasta entonces figura de referencia y tranquilidad para la familia—, sembrando dudas mediante comentarios y actitudes sutiles que terminaron por desacreditarlo ante los ojos de sus colegas y de los Frei. El ambiente se tornó tenso y enrarecido: la familia quedó sumida en la confusión y la vulnerabilidad, mientras los doctores Larraín y Goic se vieron divididos y desplazados del centro de las decisiones clínicas. Acorralado por el aparato represivo, Larraín optó por el silencio, consciente del peligro que implicaba oponerse. La autoridad militar de Silva Garín consolidó aún más su control sobre el equipo médico y sobre cada decisión relevante, generando una atmósfera de incertidumbre y la inquietante sensación de que los intereses ajenos a la salud del paciente prevalecían. Bajo este escenario, los responsables del envenenamiento pudieron actuar con libertad, administrando gas mostaza a través de un suero nocturno, sin levantar sospechas inmediatas. Así, Frei quedó completamente a merced de la CNI, sin que ni Goic ni su familia lo supieran.
Como relata la periodista Mónica González en su artículo publicado en The Clinic, cuando Frei llegó a la clínica por segunda vez, no lograron ubicar rápidamente al doctor Larraín, y se aceptó la ayuda de un obsequioso médico de turno, el doctor Valdivia, es decir el paciente quedó en manos de la CNI:
…la inmediata propuesta del médico cirujano Pedro Valdivia Soto, de turno en el establecimiento, de examinar al destacado paciente por cuya salud miles de personas se inquietaban en esas horas. En algo se mitigó la preocupación de la familia cuando el doctor Pedro Valdivia Soto ingresó con paso seguro a la habitación y lo examinó…De lo que Valdivia hizo con Frei no hay registro ni testigos… Valdivia, hoy de 64 años, fue contratado en la Clínica de la DINA en 1978 por su entonces director, el doctor Horacio Taricco Lavín. Paralelamente se incorporó a la Clínica Santa María como médico residente y con turno de noche. Por ello, pudo ingresar a la habitación de Frei conducido por la enfermera Victoria Larraechea, pero no fue esa la única vez que auscultó al ex presidente. Porque sus funciones se extendían desde las 20:00 hasta las 8:00 del día siguiente, teniendo como misión ocuparse de todos los pacientes que habían sido operados. Ese era exactamente el caso de Frei Montalva. Nadie le pudo impedir, durante las noches que estuvo ahí hospitalizado, él tuvo acceso cuantas veces quiso a su habitación y a su prolijo examen.
- Intervención: La resección de una parte del intestino delgado fue decidida por el doctor Silva Garín en un ambiente dominado por el desconcierto y el miedo, impulsado por la sospecha de una necrosis que amenazaba con empeorar la condición de Frei. La operación, marcada por la urgencia y la ansiedad, sumió a la familia y al equipo médico en una situación límite. Cada intervención se justificaba como una medida técnica imprescindible, pero en realidad se sucedieron momentos de tensión e incertidumbre que facilitaron posibles sabotajes. En ese escenario, Silva Garín asumió un rol decisivo: trabajó intensamente para convencer a todos de que el estado de Frei era extremadamente grave y casi irreversible. Incluso comunicó a la familia que los intestinos habían sido perforados en la primera operación, reforzando la idea de que cualquier desenlace fatal sería inevitable. De este modo, el proceso de contaminación al que fue sometido Frei quedó oculto bajo una apariencia de deterioro clínico lógico, lo que minimizó las sospechas sobre intervenciones externas. Sin embargo, años después, un panel de ocho médicos expertos convocados por el juez Madrid concluyó que esta intervención fue precipitada e innecesaria, poniendo en duda la justificación médica aportada en su momento.
- Observación clave: El Dr. Larraín, testigo silente en el quirófano, observó con sobresalto una mesenteritis hipertrófica localizada, una inflamación en una zona del intestino que no había sido intervenida ni tocada por su bisturí en la primera cirugía. Esta área coincidía con el lugar donde se habían colocado compresas quirúrgicas para sostener el órgano durante la operación inicial. El aspecto de la lesión no sugería una infección bacteriana; por el contrario, las características morfológicas indicaban la posible presencia de una contaminación química, como si alguna sustancia extraña hubiera sido introducida intencionalmente a través de las compresas. El temor a represalias se apoderó de él, paralizándolo y llevándolo a guardar silencio. Atrapado entre el deber profesional y la amenaza latente, no se atrevió a expresar abiertamente sus sospechas ni a defender su impresión con la firmeza que el momento exigía. Así, sus palabras quedaron ahogadas por la incertidumbre, y ese silencio aún pesa en la memoria de quienes buscan respuestas. El doctor Goic, aunque no era cirujano, tampoco indagó ante las anomalías; su experiencia y posición le permitían intervenir, pero la misma atmósfera de presión y miedo lo mantuvo en reserva. ¿Fue el temor lo que los inmovilizó? Quizás, ambos quedaron atrapados por el clima de intimidación que reinaba en la clínica, dejando sin voz las inquietudes que podrían haber cambiado el rumbo de la historia.
3. Shock séptico y traslado a UCI – 8 de diciembre de 1981
- Condición: Durante la segunda operación —o, con mayor probabilidad, en las noches siguientes a la intervención—, Frei fue víctima de la administración de gas mostaza, sustancia que devastó su sistema inmunológico al generar una inmunosupresión extrema. Como resultado, su organismo quedó absolutamente indefenso ante infecciones, incluso aquellas consideradas habituales o inofensivas en condiciones normales. Esta vulnerabilidad absoluta permitió que bacterias y microorganismos oportunistas se multiplicaran sin control, desencadenando en cuestión de horas un shock séptico de gravedad, con una infección generalizada que puso su vida en inminente peligro. Así, la intervención clandestina y la manipulación médica se tradujeron en una condena orgánica, sellando el destino de Frei bajo la apariencia de complicaciones clínicas inevitables.
- Tratamiento: En un intento desesperado por revertir el deterioro de Frei, se le administraron antibióticos de última generación, pero su organismo ya no respondía a ningún tratamiento. Agotadas todas las alternativas convencionales, se recurrió como último recurso al “Transfer Factor”, un inmunomodulador experimental que en ese momento no contaba con la aprobación de la Food and Drug Administration (FDA, USA). Esta decisión, tomada casi al borde de la resignación, reflejaba la angustia del equipo médico y de la familia, pues el sistema inmunológico de Frei estaba completamente destruido, incapaz de ofrecer la más mínima resistencia frente al avance de infecciones oportunistas. Así, el esfuerzo por salvarlo se convirtió en una lucha contra lo inevitable, marcada por la impotencia y la desesperanza.
- Sospechas: En un ambiente cargado de tensión y temor, la tranquilidad del hogar de Hernán Elgueta —amigo más cercano y leal de Eduardo Frei— se vio abruptamente alterada por varias llamadas telefónicas anónimas que llegaron en momentos críticos, generando una profunda inquietud en la familia. Estos episodios, narrados por Carmen Frei en su libro Magnicidio. La historia del crimen de mi padre (Ed. Aguilar, 1917), reflejan cómo la amenaza invisible penetró el espacio más íntimo de quienes rodeaban a Frei, exacerbando la sensación de vulnerabilidad y miedo ante un peligro inminente:
El 12 de enero de 1982 , o sea diez días antes de la muerte de mi papá, en la casa de su amigo Hernán Elgueta se empezaron a recibir llamadas telefónicas de un hombre adulto que no se identificó, que pedía hablar con Elisa Rolyn, la mujer de don Hernán. Si ella no se encontraba, el hombre cortaba y volvía a llamar. Seguramente temía que Elgueta lo reconociera. Cuando contestaba la señora Elisa, él decía al teléfono: En la clínica Santa María están envenenando a Eduardo Frei… el hombre anónimo siempre llamaba hacia el mediodía y pedía hablar con ella. La última vez que llamó dijo ”viene de Valdivia”. Nos llamaron de inmediato para contarnos, pensamos que venía alguien de la ciudad de Valdivia a envenenarlo. Sólo años después, durante el proceso, comprendimos que seguramente se refería al doctor Pedro Valdivia, miembro reconocido de la DINA, que trabajaba en la Santa María y que fue de hecho quien se quedaría a cargo del cuerpo de mi padre el día de su muerte.
La noticia se difundió con rapidez, desatando un clima de pánico y paranoia creciente entre quienes rodeaban y apreciaban a Frei. Asediada por la angustia y el desconcierto, la familia tomó la decisión de restringir estrictamente el acceso a su habitación, intentando levantar una barrera invisible para protegerlo de cualquier peligro latente. Sin embargo, ese esfuerzo resultó insuficiente frente a una realidad todavía más perturbadora: la clínica se encontraba bajo el control de la CNI, lo que permitía que cualquier persona vestida con delantal blanco —ya fuera médico, funcionario o incluso agentes represivos camuflados como personal sanitario— pudiera entrar sin obstáculos a su cuarto. Así, Frei quedó expuesto e indefenso ante un enemigo invisible, oculto tras la fachada de autoridad y confianza, que acechaba en los propios pasillos del hospital.
4. Embalsamamiento y extracción de órganos – 22 de enero de 1982
- Fallecimiento: Frei muere a las 17:20 horas.
- Procedimiento post mortem: Sin el consentimiento de la familia, un grupo de médicos asociados a la Universidad Católica llevó a cabo, de manera apresurada y bajo condiciones poco transparentes, un procedimiento sobre el cuerpo de Frei que fue presentado como embalsamamiento o autopsia. Esta intervención se realizó al margen de los protocolos legales y médicos habituales, sin documentación ni autorización, lo que incrementa las dudas respecto a sus verdaderos objetivos. Durante el proceso, se extrajeron órganos fundamentales, aparentemente con la intención de impedir o dificultar futuras investigaciones forenses que pudieran arrojar luz sobre las causas reales de su muerte. La urgencia y el secretismo que rodearon la intervención refuerzan la sospecha de que se buscaba ocultar pruebas cruciales, dejando a la familia y a la opinión pública sumidos en la incertidumbre sobre lo ocurrido.
Investigación posterior: Veinte años después de la muerte de Frei, cuando el dolor por su partida aún persistía en la conciencia colectiva del país, salieron a la luz detalles hasta entonces insospechados, gracias a una investigación científica rigurosa. Un análisis minucioso y discreto de tejidos conservados en dependencias poco conocidas de la Universidad Católica, junto a muestras adicionales tomadas tras la exhumación de su cuerpo en 2004, permitió a las doctoras Laura Börgel y Carmen Cerda arrojar luz sobre los enigmas que rodearon la tragedia. Los resultados fueron contundentes: se detectaron restos de talio y gas mostaza en el organismo de Eduardo Frei Montalva, en cantidades pequeñas pero significativas. Estas sustancias, de alta toxicidad, no llegaron a su cuerpo por accidente ni error médico; las evidencias experimentales indicaron que fueron administradas intencional y gradualmente a lo largo de tres meses, desde su primera cirugía. El envenenamiento, ejecutado con absoluta frialdad y precisión, se camufló bajo el aspecto de tratamientos médicos habituales, permitiendo que la inoculación progresara sin levantar sospechas inmediatas entre el personal leal o la familia. Este descubrimiento no solo confirmó la privación de atención médica adecuada, sino que reveló un plan deliberado para poner fin a su vida, estremeciendo a la opinión pública y marcando un punto de inflexión en la búsqueda de justicia: por fin, tras años de dudas y encubrimientos, la verdad comenzaba a emerger, mostrando que la realidad superaba los peores temores y sospechas.
La sucesión de intervenciones médicas, enmarcada en un ambiente de incertidumbre y vigilancia constante, junto a la inquietante presencia de agentes encubiertos en los pasillos de la clínica, refuerza con fuerza la hipótesis judicial de un homicidio encubierto, disfrazado como una complicación clínica. Cada acción y decisión médica parece teñida por la desconfianza y la posibilidad de traición, dejando entrever que detrás de los procedimientos se ocultaban motivaciones ocultas y maniobras deliberadas. Este clima de tensión no solo profundizó el drama de la familia y del entorno cercano a Frei, sino que sigue conmocionando a quienes buscan esclarecer la verdad y obtener justicia. La persistencia de la impunidad, aún hoy, subraya la necesidad de mantener viva la memoria y la exigencia de transparencia, para que hechos de esta magnitud no queden impunes ni en el olvido.
Cuando el cuerpo habla lo que el país calla
A Eduardo Frei Montalva le practicaron cuatro intervenciones quirúrgicas, pero solo una intervención —la definitiva— acabó con su vida.
En las páginas siguientes, presento testimonios directos, análisis toxicológicos y recuerdos personales que, en conjunto, clarifican el entramado detrás de su muerte y arrojan luz sobre los responsables.
El 18 de noviembre de 1981 se realizó la primera intervención quirúrgica a Frei, con la esperanza de mejorar su estado de salud. Sin embargo, pocos días después empezaron las complicaciones: molestias persistentes que apuntaban a una posible obstrucción intestinal. Fue sometido a una segunda operación y, en menos de veinticuatro horas, una infección oportunista se propagó rápidamente, derivando en un shock séptico que alarmó tanto a sus allegados como al personal médico de confianza.
A pesar de los esfuerzos por controlar las infecciones, Frei falleció a las pocas semanas. Tras su muerte, se le practicó un procedimiento presentado como embalsamamiento —según algunas versiones— o como autopsia —según otras—. Lo más grave es que todo se realizó al margen de los protocolos y sin el consentimiento de la familia, privándola del derecho fundamental de decidir sobre los restos de su ser querido.
Décadas después, en el marco de la investigación judicial dirigida por el juez Alejandro Madrid (2005-2019), Hugo Chavez Arias relató lo sucedido con el cuerpo del ex presidente. Según su testimonio, el procedimiento fue ejecutado bajo las órdenes de los doctores González Bombardiere y Helmar Rosenberg, ambos de la Clínica de la Universidad Católica. Esta declaración no solo incrementa los interrogantes sobre el manejo post mortem, sino que refuerza la percepción de que se tomaron decisiones en secreto, al margen de la voluntad y el conocimiento de la familia Frei:
Declaración judicial de VICTOR HUGO CHAVEZ ARIAS quién ratifica sus dichos policiales prestados a fojas 584 y siguientes donde señala que trabajó como auxiliar del Departamento de Anatomía Patológica entre los años 1978 y 1990, y su función era cooperar con el médico patólogo en las autopsias. Para el año 1982 el Jefe del Departamento era el Doctor BENEDICTO CHUAQUI. Anteriormente estaba a cargo el doctor ROBERTO BARAHONA, que para esa época estaba enfermo y concurría ocasionalmente al departamento donde trabajaba en la docencia. Su jefe directo en ese entonces era el doctor HELMAR ROSENBERG. Señala que un día como a las cinco de la tarde ya se retiraba cuando su jefe le dice que no se retire y que prepare los útiles para realizar una autopsia fuera del Departamento. Debían concurrir a la clínica Santa María para realizar un embalsamamiento, pero no le indicó de qué persona se trataba. Recuerda que salieron de la Clínica y afuera los esperaba un furgón de Carabineros o una ambulancia, que los trasladó a la clínica, concurriendo junto al Doctor antes referido, el doctor SERGIO GONZALEZ BOMBARDIERE, y al parecer el auxiliar PEDRO SARAVIA SAN MARTIN.
Indica que cuando llegaron a la Clínica habían dos personas esperándolos en el estacionamiento del subterráneo, estas vestían de civil, pero con ropa formal, les dicen que los acompañen y suben en ascensor con ellos al segundo piso de la Clínica, donde los conducen directamente a una habitación. En la antesala habían unas seis personas, una de ellas vestía con delantal blanco; presumió era un médico cuando saludó al doctor ROSENBERG. Ingresaron a la habitación donde en ese momento vio un cuerpo sin vida. Se trataba del ex presidente de la república don EDUARDO FREÍ MONTALVA.
Señala que se encontraba acostado sobre la cama y vestido con pijama, su abdomen lo tenía vendado con una venda elástica. No recuerda que el doctor ROSENBERG haya firmado algún documento antes de realizar el embalsamamiento, o que se le haya facilitado la ficha médica durante el trabajo o luego, cuando se retiraron. El doctor ROSENBERG le pidió que preparara todos los instrumentos para realizar el procedimiento de embalsamamiento en la misma habitación, lo que le llamó la atención, incluso le preguntó para confirmar. Primero le sacó la venda, percatándose que tenía una infección, había materia y presentaba una herida cocida en toda la región del abdomen.
….. cuando el cuerpo se encontraba en condiciones de abrirlo, ambos doctores hicieron un corte en forma de “T” en la región del tórax y abdomen, procediendo a extraer sus órganos completos, sin separar las vísceras. Recuerda que al observar el páncreas, este presentaba una operación cubierta con una gasa……
Expone que todos los órganos fueron vaciados en una bolsa plástica y después en un balde metálico para su traslado. Luego de realizar el trabajo de embalsamamiento, se suturó, se maquilló y se retiraron alrededor de las diez de la noche.
Reitera en su declaración judicial que le llamó la atención que no estuviera la ficha clínica del cadáver. Para los médicos es siempre necesario contar con ese antecedente, así como la autorización que debe dar la familia para la realización de este procedimiento. Eso es algo ineludible, porque si la familia se opone no se puede hacer. Ignora cuál fue la razón por la que los órganos fueron desechados y porque no se incluyó la autopsia con el número correlativo correspondiente, pues tratándose de una personalidad era obvio que los órganos permanecen guardados indefinidamente. Incluso, en ocasiones, van al museo del Departamento, como en el caso de la autopsia del PADRE GUSTAVO LEPEICH, según recuerda.
El ambiente en la clínica Santa María era denso y angustiante, impregnado por un hermetismo absoluto que excluyó por completo a la familia de Frei Montalva de cualquier decisión significativa. Nadie de los suyos pudo expresar su voluntad ni presenciar lo que sucedía; las comunicaciones fueron nulas. Todo se llevó a cabo en una habitación apartada, de atmósfera fría y hostil, donde la dignidad del ex presidente quedó relegada ante la urgencia y el secretismo que guiaron al personal médico. El lugar elegido no reunía ni las condiciones mínimas de higiene ni de respeto para una intervención de tal envergadura, lo que intensificó la sensación de improvisación y abandono. Un detalle perturbador fue la presencia de una escalera, utilizada de manera improvisada durante el procedimiento, símbolo palpable del apuro por ocultar lo sucedido y de la falta de preparación, como si la prioridad fuese borrar cualquier evidencia, relegando el respeto por el cuerpo y la memoria del ex mandatario. La escena era desoladora: cada gesto y cada decisión estaban teñidos por la impotencia y el dolor de sus familiares, quienes, desde el otro lado de la puerta cerrada, percibían que algo grave e irreversible estaba ocurriendo, sin posibilidad alguna de intervenir o proteger la dignidad de su ser querido:
Declaración judicial de CARMEN VICTORIA FREI RUIZ. En cuanto al embalsamiento y la autopsia, señala que juntaron a su familia y les dijeron que a su padre le iban a hacer una especie de mantención para los días que iba a estar expuesto en sus funerales, pero que nunca se mencionó la palabra embalsamiento, nunca se les dijo nada de autopsia, eso lo corroboró con todos sus hermanos, nunca se les dijo que lo iban a hacer, incluso cuando PATRICIO ROJAS le mencionó que para él había sido muy duro ver las vísceras de su padre, jamás pensó que las hubiera visto fuera de su cuerpo, sino que lo relacionó con que había visto la herida de su padre, que era atroz, la cual vio y le afectó muchísimo. Ella pensó, que éste, en su calidad de médico sabía bien la ubicación de cada órgano del cuerpo y por eso se había percatado de eso, y se horrorizó por la magnitud de la herida.
En cuanto a la mantención, pensaban que le iban a aplicar un maquillaje y nada más, incluso cuando lo fueron a ver estaba dentro del cajón con la tapa cerrada. Su hermana INÉS encontró muy rara su cara y se molestó por lo que se le estaban haciendo, se demoraron demasiado tiempo, incluso, ante la demora, ella trató de entrar a la pieza para vestirlo porque no los dejaban entrar. Cuando entró la sacaron rápidamente. Le llamó la atención ver que había una escalera y además había una persona alta con delantal, quien la sacó de ahí. Después solo esperaron a que les entregaran el cuerpo. Cuando pudieron bajar y verlo, este ya estaba en el ataúd con la ventana abierta. Estaban todos sus hermanos. Ella cuando reclamó por la demora, primero le dijeron que el ataúd no había servido, pero JORGE es quien sabe más al respecto, añadió.
El último procedimiento realizado sobre el cuerpo de Frei Montalva parece haber sido concebido con la determinación de eliminar cualquier vestigio del crimen. No fue una simple intervención médica irregular; fue una operación planificada y ejecutada en secreto, donde cada acción, cada incisión y cada producto utilizado respondía a la intención de ocultar los tóxicos presentes en el cuerpo, envueltos por el silencio y el afán de borrar toda evidencia. La minuciosidad con que se llevó a cabo, sumada al hermetismo que rodeó el proceso y la exclusión total de la familia, refuerza la sensación de que la prioridad era desvanecer las huellas de lo ocurrido antes que preservar la dignidad del ex presidente.
Sin embargo, los intentos por eliminar los tóxicos resultaron insuficientes: años después, se detectaron restos de talio y gas mostaza en el cuerpo de Frei Montalva, descartando cualquier duda o justificación basada en errores médicos. Lejos de una negligencia o descuido, la presencia de estos elementos revela que su muerte fue provocada de manera intencional, obedeciendo a decisiones frías y calculadas tomadas por personas que actuaron en función de intereses ajenos al bienestar del ex mandatario. Todo lo ocurrido en la clínica Santa María estuvo marcado por un sello de traición cuidadosamente planificada, dejando en la historia la huella imborrable de un destino trágico decidido en las sombras.
Frei como enemigo interno
Durante varias semanas, la Clínica Santa María fue mucho más que el escenario de una intervención médica; se transformó en el epicentro de una tragedia de profundas implicancias políticas y humanas. En medio de un hermetismo absoluto, Frei Montalva emergió como la voz más firme y valiente contra la dictadura cívico-militar, enfrentando no solo la adversidad médica, sino la exclusión y el silencio impuesto a su familia. Su presencia, marcada por el peso de una biografía ejemplar y la dignidad de sus ideas, inspiraba respeto y temor entre quienes buscaban perpetuarse en el poder. Aquel pasado de prudencia y silencio, que inicialmente lo relegaba al papel de espectador tras el Golpe de Estado, se convirtió con el tiempo en el motor de una resistencia activa y decidida, consolidando a Frei como símbolo inquebrantable de la lucha democrática y esperanza de un país sometido.
Andrés Zaldívar, en una entrevista cargada de nostalgia y profunda autocrítica, recuerda cómo él, Frei y otros democratacristianos, guiados por una ingenua esperanza, creyeron que el Golpe de Estado del 11 de septiembre de 1973 sería solo un breve paréntesis en la historia de Chile. Pensaban que la tormenta pasaría rápidamente y que la democracia se restablecería sin mayores sobresaltos. Por esa razón, decidieron no firmar la emblemática “Carta de los Trece”, un documento histórico redactado y firmado pocos días después del Golpe por destacados miembros de la Democracia Cristiana y otras figuras públicas, en el que se condenaba de manera explícita la intervención militar y la ruptura del orden constitucional. Aquella carta fue un acto de valentía y compromiso democrático, marcando una frontera clara entre quienes se atrevieron a oponerse públicamente a la naciente dictadura y quienes, por temor, cálculo político o la esperanza de una pronta normalización, optaron por el silencio y una postura ambigua. Esta decisión, vista a la distancia, simboliza la tensión moral y política de esos días y dejó una huella imborrable en la historia política chilena.
Con el paso del tiempo, la decisión de no firmar la carta se transformó en una pesada carga para quienes optaron por el silencio. Aquella omisión se convirtió en una herida abierta, una espina que los acompañó durante años, entre reproches internos y el juicio implacable de la sociedad chilena. La ciudadanía, que había depositado sus esperanzas en una defensa firme de la democracia por parte de sus líderes, se vio invadida por la desilusión y la rabia ante la falta de una condena clara y oportuna al régimen militar. Para muchos, esa tibieza fue interpretada como una complicidad involuntaria con la represión, los atropellos a los derechos humanos y la prolongación de una dictadura que se extendería por casi diecisiete años.
La periodista Mónica González, reconocida por su incansable labor investigativa sobre la muerte de Frei Montalva y otros crímenes de la dictadura, relató ante el juez Madrid que mayo de 1975 marcó un punto de inflexión en la vida del ex presidente. Hasta ese momento, Frei había mantenido una postura reservada y distante, observando los acontecimientos desde la periferia y tratando de adaptarse a la nueva realidad impuesta por el Golpe de Estado. Sin embargo, ese año, finalmente encontró el valor para dejar atrás la prudencia y enfrentarse públicamente al régimen militar. Su decisión de conceder una entrevista al semanario colombiano Nueva Frontera fue un acto temerario y valiente, que rompió el silencio impuesto por la dictadura. En ese espacio, con palabras firmes y claras, denunció la situación que vivía Chile, desafiando la represión y el miedo que imperaban en el país.
Ese gesto marcó un verdadero punto de quiebre: desde ese instante, Frei Montalva dejó de ser un espectador pasivo para convertirse en un protagonista indiscutido de la resistencia. Su voz, impregnada de dignidad y valentía, iluminó a quienes anhelaban justicia y libertad en medio de la opresión. Su decisión de manifestarse públicamente no solo lo expuso a peligros personales considerables, sino que también lo transformó en una amenaza concreta para el régimen dictatorial. Así, encendió una chispa de esperanza en la sociedad chilena, iniciando un proceso de movilización colectiva cuyo impulso ya no podría ser contenido.
El desarrollo de los acontecimientos adquiría la intensidad de una tragedia griega, donde cada episodio añadía nuevas capas de tensión y profundidad. En 1977, al ser invitado a integrar la Comisión Norte-Sur bajo la conducción del ex canciller alemán Willy Brandt, Frei Montalva no solo obtuvo un reconocimiento internacional de alto prestigio: su figura se consolidó como referente ético y político para toda América Latina. Desde los foros internacionales, su voz se alzó en favor del diálogo entre los países desarrollados y en vías de desarrollo, defendiendo la justicia social y los derechos humanos en pleno auge de la Guerra Fría. Su condición de único representante latinoamericano no solo reforzó su liderazgo, sino que lo transformó en un faro de esperanza para quienes, tanto en Chile como en el exilio, soñaban con un futuro diferente.
En 1980, la figura de Frei Montalva alcanzó su máxima proyección política y moral en medio de una atmósfera de represión y vigilancia constante. El dictador Augusto Pinochet, decidido a perpetuar su poder, impulsó un plebiscito para legitimar una nueva constitución, orquestando una farsa democrática que pretendía disfrazar el autoritarismo con un barniz de participación ciudadana. Como parte de esta maniobra, el régimen permitió, bajo estricta supervisión, la realización de un acto público el 27 de agosto de aquel año en el emblemático teatro Caupolicán de Santiago, escenario histórico de luchas sociales. Aquella noche, el ambiente era de una tensión eléctrica: miles de personas, desafiando el miedo y la persecución, colmaron el recinto entre lágrimas, esperanza y temor, conscientes de que cada ovación podía convertirlos en blanco de la represión. La presencia de agentes de seguridad, la vigilancia sobre los líderes opositores y el riesgo latente creaban una atmósfera de resistencia y valentía colectiva.
Fue en ese escenario cargado de simbolismo donde Frei Montalva, con una serenidad desafiante, pronunció un discurso histórico que marcaría un antes y un después en la lucha contra la dictadura. Exigió, con firmeza y sin titubeos, el inicio de una transición democrática, reclamó el respeto a la dignidad del pueblo chileno y denunció la ilegitimidad del plebiscito ante una multitud expectante. Sus palabras, lejos de ser solo una arenga política, fueron un llamado urgente a la unidad y la movilización, una invitación a romper el círculo del miedo y la resignación. Aquella noche, la voz de Frei encendió una chispa de rebelión y esperanza en el corazón de la sociedad chilena: dejó de ser solo un ex presidente respetado para convertirse en el símbolo indiscutido de la oposición, el “enemigo interno” que debía ser silenciado por la dictadura para evitar que la llama de la resistencia se transformara en un incendio imparable de libertad y democracia.
La amenaza que pesaba sobre Frei no era un hecho aislado, sino parte de una atmósfera de represión y vigilancia que envolvía a toda la oposición. Apenas unas semanas antes, en julio de 1980, la Coordinadora Nacional Sindical —liderada con valentía por Tucapel Jiménez— junto a las principales fuerzas políticas opositoras, muchas de ellas articuladas en torno a la figura de Frei, sellaron un pacto histórico. El acuerdo, fruto de la necesidad de unir fuerzas frente a la dictadura, tenía un objetivo contundente: organizar un gran paro nacional de protesta para marzo de 1983. Esta acción masiva buscaba paralizar el país y forzar al régimen a abrir espacios de participación política y democrática, convirtiéndose en el símbolo de una resistencia decidida y coordinada contra el autoritarismo.
Ambos hitos —el encendido discurso del Caupolicán y la gestación del paro nacional— sellaron de forma irreversible el destino de Frei Montalva y sus aliados. A partir de ese momento, el régimen los identificó sin ambigüedades como el principal obstáculo para perpetuarse en el poder. La represión se tornó aún más feroz: la vigilancia sobre Frei y su círculo cercano se volvió asfixiante, invadiendo cada aspecto de sus vidas. Las amenazas y el temor se instalaron en la cotidianidad de los opositores, marcando una etapa especialmente sombría y tensa en la historia de Chile. Sin embargo, la determinación inquebrantable de Frei Montalva y de quienes lo acompañaban —manifestada en gestos de liderazgo, llamados a la unidad y actos de desafío público— demostró que, incluso frente a la brutalidad, la esperanza y el coraje podían abrir grietas de luz en medio de la oscuridad, abriendo caminos inesperados hacia la libertad y la recuperación de la democracia.
La importancia del llamado “caupolicanazo” —como se conoció la histórica concentración en el teatro Caupolicán— fue detallada por Mary Figueroa, ex Directora de la Policía de Investigaciones, en su testimonio ante el juez Madrid. No se trató de una simple jornada política, sino de un punto de inflexión que marcó a fuego la historia reciente de Chile. Aquella noche, la figura de Frei Montalva soportó el peso total de la dictadura y los riesgos personales, convirtiéndose en el blanco prioritario de la represión y la obsesión de los servicios de inteligencia militar. Cada frase de su discurso fue analizada con lupa y temor, pues las autoridades intuían que podía encender la chispa de la rebelión y renovar la esperanza entre una ciudadanía largamente doblegada por el miedo. Así, el caupolicanazo no solo desafió al régimen, sino que iluminó el camino de la resistencia y transformó a Frei en el símbolo vivo de la lucha por la dignidad y la democracia chilena.
De acuerdo con el testimonio de Mary Figueroa, esa noche el teatro Caupolicán se transformó en un refugio de valentía y esperanza, al congregar a miles de personas que, desafiando la represión y el riesgo constante, acudieron a escuchar a un líder que había mantenido hasta entonces una prudente distancia pública. La atmósfera era densa, cargada de tensión y emoción contenida. El discurso de Frei Montalva desató cincuenta y nueve ovaciones, donde cada aplauso y cada grito no solo significaron apoyo, sino que rompieron el silencio impuesto por la dictadura y dieron paso a un clamor colectivo por la dignidad y el cambio. Frente al régimen de Augusto Pinochet, Frei rechazó categóricamente el plebiscito constitucional, denunciando la falta de transparencia y registros electorales, y llamó con firmeza a votar por el “No”, invitando a la ciudadanía a oponerse a la perpetuación de la dictadura. Además, propuso una salida institucional mediante la formación de un acuerdo nacional y la convocatoria a una asamblea constituyente, ideas profundamente arriesgadas en ese contexto autoritario. Entre los momentos más aplaudidos, Frei exigió el término de la intervención militar en las universidades y defendió su autonomía, al tiempo que reivindicó el papel moral de la Iglesia Católica en la defensa de los derechos humanos. La reacción del público fue inmediata y emotiva: una ola de aplausos, abrazos y gestos de hermandad recorrió el recinto, uniendo a desconocidos bajo la causa común de la libertad y la democracia. Como señaló Mary Figueroa, el caupolicanazo no fue solo una manifestación política, sino un punto de inflexión que movilizó a la ciudadanía y selló el destino de Frei Montalva, quien desde entonces fue identificado sin ambigüedades como el principal objetivo de la dictadura militar.
En sus declaraciones ante el juez Madrid, Andrés Zaldívar transmitió, con una voz cargada de inquietud, la profunda relevancia del caupolicanazo y el grave entorno de amenazas que rodeaban a Frei Montalva en aquellos años. En su relato, impregnado de tensión, Zaldívar dejó entrever el peso constante de la amenaza, así como la sensación de que el destino de Frei se sostenía precariamente sobre un hilo invisible y frágil. Recordó ante el juez cómo, tras el plebiscito de 1980 y por iniciativa personal de Frei Montalva, emprendió una gira política llena de incertidumbre por el extranjero, motivado por una invitación de la Democracia Cristiana italiana. Cada paso fuera de Chile era una apuesta arriesgada, una travesía por territorios donde el exilio era una sombra siempre presente. El temor a que le prohibieran regresar a su patria lo acompañaba después de cada encuentro y discurso que ofrecía.
A finales de septiembre de 1980, apenas consumado el plebiscito que aprobó la nueva constitución con cerca del 67% de los votos, la tensión llegó a su punto máximo cuando el general Pinochet, con voz fría y calculadora, lanzó una amenaza pública en el salón Azul del Club de la Unión. Ante una audiencia expectante, Pinochet no vaciló en señalar directamente a Zaldívar, a Eduardo Frei y a Tucapel Jiménez, tildándolos de antipatriotas y acusándolos de traicionar los valores más profundos de la nación, etiquetándolos como los principales enemigos del país. Sus palabras, cargadas de resentimiento y advertencia, resonaron con fuerza, dejando en el ambiente la sensación de que se avecinaba algo irreversible. Proclamó que conocía las intenciones de ese grupo, que estaba al tanto de sus movimientos y de la arriesgada iniciativa de unir fuerzas políticas y sindicales en su contra. Mencionó que sabía del plan para convocar a un paro nacional, haciendo que la amenaza de represión se volviera palpable y anticipando la dura persecución que vendría.
Zaldívar relató ante el juez que, tras sus presentaciones en Italia y todavía estremecido por la incertidumbre, aceptó una invitación que sintió como un salvavidas en medio del naufragio y partió hacia Israel el 16 de octubre de 1980. Fue en esa tierra lejana, rodeado de desconocidos y de una nostalgia punzante, donde recibió la noticia que, aunque temida, lo golpeó con la fuerza de una sentencia: se le prohibía regresar a Chile. Genaro Arriagada, con la voz quebrada por la emoción al otro lado del teléfono, le comunicó que acababa de dictarse un decreto de exilio firmado por el general Pinochet y el ministro del Interior, Sergio Fernández. Cada palabra resonó como un portazo definitivo, dejándole claro que el precio de denunciar públicamente la ilegitimidad del plebiscito –en representación de un partido proscrito como la democracia cristiana, del cual era presidente– era la expulsión y el desarraigo. La injusticia se hizo aún más amarga al descubrir, a través de un artículo publicado en la revista mexicana “1 + 1”, que se le acusaba falsamente de intentar forjar una alianza con militares para derrocar a Pinochet. Aquella calumnia no solo buscaba aislarlo internacionalmente, sino convertirlo en enemigo irreconciliable del régimen. Así, entre la rabia y la impotencia, Zaldívar sintió cómo la historia lo empujaba a un exilio cargado de lucha, soledad y esperanza, aferrándose al recuerdo de una patria que, aunque le negara el regreso, jamás podrían arrebatarle del corazón.
En ese mismo contexto de terror, Tucapel Jiménez, según recordó Zaldívar, vivía sumido en un miedo constante: las amenazas directas de Pinochet no eran simples advertencias, sino sentencias de muerte anunciadas. El temor se volvió certeza cuando, apenas un mes y tres días después del fallecimiento de Frei Montalva, el destino de Tucapel fue sellado de la manera más vil y cobarde. Tres días antes de su asesinato, en un acto de admirable valentía y desesperación, se atrevió a convocar a una protesta pacífica, como si presintiera que cada gesto de resistencia podía costarle la vida, pero también regalarle unos días más de existencia. Esa pequeña prórroga pareció ser un guiño trágico del destino, pues su asesino, Carlos Alberto Herrera Jiménez, confesó más tarde que ya lo tenían marcado para morir antes. La brutalidad de su muerte no solo evidenció la ferocidad represiva del régimen, sino que convirtió a Tucapel en símbolo de la dignidad obrera y del precio que debían pagar quienes se atrevían a desafiar el poder absoluto:
CARLOS ALBERTO HERRERA JIMENEZ, oficial del Cuerpo de Inteligencia del Ejército (CIE), declaró frente al juez Madrid, que su comandante era el entonces teniente coronel Víctor Raúl Pinto Pérez. Contó que había sido destinado a una unidad especial de contraespionaje que se creó junto con su llegada, cuyo cuartel fue denominado Coihueco. Funcionaba en la comuna de la reina. Señaló que “nunca tuvo una misión clara y definida, y que la denominación ‘especial’ es porque se debe estar a la espera de hacer algo, pero no se sabe bien en qué consiste; sin embargo, el mando superior lo sabe. Afirmó frente al juez, que estuvo durante un tiempo no muy extenso en esas condiciones, sin hacer nada, hasta que se le impuso una misión especial: dar muerte a Tucapel Jiménez. Sin embargo el comandante Pinto o Ferrer (no recuerda cuál de los dos) le ordenó abortar la misión. No recordó la fecha en que le comunicaron que esperara, pero si recordó que la muerte de Tucapel Jiménez la habían programada para el día 23 de febrero de 1982. El día 25 de febrero le dieron la orden para que actuara cuando se dieran las condiciones, las que se dieron de inmediato.
Tucapel Jiménez era un hombre que vivía aferrado a sus hábitos y horarios, como si cada repetición diaria tejiera una red protectora capaz de resguardarlo del peligro. Su rutina, meticulosamente repetida, era su escudo frente a un mundo hostil y amenazante. Sin embargo, esa misma previsibilidad que alguna vez fue su aliada, terminó convirtiéndose en la grieta por donde se filtró la tragedia. Los agentes encargados de vigilarlo, atentos como sombras que nunca descansan, habían memorizado hasta el más mínimo de sus gestos, acechándolo desde la penumbra con una paciencia inhumana. Cada trayecto cotidiano, especialmente el recorrido en su taxi —ese pequeño refugio rodante donde encontraba un respiro y una pizca de normalidad—, se transformó en una ruta marcada, un laberinto sin salida observado por ojos implacables. Lo que antes fue símbolo de libertad terminó siendo su celda móvil, el escenario de una emboscada anunciada. Así, cuando llegó el día fatal, el cumplimiento de la orden se volvió casi inevitable. La brutalidad del asesinato no dejó espacio para la duda ni para la compasión: cinco disparos seguidos de un acto atroz sellaron el destino de Tucapel, arrancándole la vida y convirtiendo su taxi en el último testigo de su coraje y de la violencia de un régimen que no toleraba la disidencia.
Frei tampoco escapó a la sombra de los seguimientos. Según la declaración judicial de Mónica González ante el juez, el relato cobra un tono aún más inquietante: Luis Becerra, su chofer y hombre de confianza, traicionaba diariamente esa cercanía, informando meticulosamente a la CNI cada movimiento, cada gesto y cada decisión de Frei Montalva. Así, cuando el ex presidente acudió a la clínica para operarse, no lo hizo solo: junto a él llegó una fuerza del ejército que ya conocía la fecha exacta de la intervención. Se desplegaron discretamente en los lugares más estratégicos de la clínica, ocultos tras roles tan diversos como el de camillero o el de gerente, conformando una red de vigilancia compuesta por cincuenta y seis personas, cada una con una misión definida, completamente ajena al cuidado médico. La atmósfera del hospital se impregnó de temor y sospecha, y durante la noche, la Clínica Santa María se transformó en un enclave controlado por la CNI, donde la represión latía bajo la apariencia de normalidad. Ni Frei, ni el doctor Goic ni Larraín supieron nada; para ellos, cada bata blanca podía ocultar una traición, y cada rostro familiar, una lealtad rota. Así, la soledad y el peligro se tejieron en cada rincón, revelando el verdadero rostro de la dictadura: un mundo donde la confianza era un lujo imposible y la vigilancia, una condena cotidiana.
Muchos de los infiltrados en la Clínica mantenían vínculos tanto laborales como personales con los médicos ligados al régimen, como Patricio Silva Garín, Weistein y Valdivia. Estos profesionales, además de ejercer regularmente en el Hospital Militar, cargaban consigo un historial marcado por el miedo y la represión. Mónica González relató al juez que siempre le resultó inquietante y difícil de comprender que el doctor Silva Garín —quien realizó un curso en la temida Escuela de las Américas en Panamá, ese oscuro centro donde el ejército estadounidense instruyó a militares latinoamericanos en tácticas brutales de contrainsurgencia y en doctrinas anticomunistas— hubiera llegado a ocupar el cargo de subsecretario de Salud durante el gobierno de Frei. Esta paradoja, según González, revelaba hasta qué punto la red de poder tejida por la dictadura lograba infiltrarse incluso en los espacios que, en teoría, debían estar destinados al cuidado y la vida.
Aunque el ex presidente Frei Montalva intentaba aferrarse a una sensación de seguridad, convencido de que una muerte violenta no formaba parte de su destino, esa confianza resultó ser una ilusión peligrosa en el contexto de la dictadura cívico-militar que asolaba Chile. Los asesinatos de opositores emblemáticos —como el general Carlos Prats y su esposa en Buenos Aires (1974), el ex embajador Orlando Letelier en Washington D.C. (1976) y el atentado contra Bernardo Leighton y su esposa en Roma (1975)— demostraban que el brazo represivo de la dictadura no tenía límites geográficos ni morales, y que la violencia política era una amenaza real y latente para quienes se atrevían a desafiar al régimen. Lo más devastador, sin embargo, fue que Frei jamás pudo prever la magnitud de la traición que lo rodeaba: amigos, colegas y hasta personas de confianza, por acción u omisión, colaboraron con los aparatos represivos. Así, el verdadero peligro no solo acechaba desde fuera, sino que se infiltró en los espacios más íntimos de su vida, enredando la lealtad y la traición en una trama imposible de desenmarañar.
La confianza de Frei en su entorno, su coraje y su aparente ausencia de temor acabaron siendo su mayor vulnerabilidad; las lealtades que consideraba inquebrantables se revelaron frágiles y engañosas. En ese universo de sospechas y silencios, la violencia no fue solo física, sino que se manifestó en la deslealtad, la mentira y la conspiración que florecieron en los lugares más cercanos. Mientras el país entero sucumbía al miedo y la esperanza se desvanecía bajo el peso de la represión, Frei, símbolo de la resistencia democrática, terminó convertido en una víctima trágica de una maquinaria autoritaria que no solo perseguía cuerpos, sino que también destruía vínculos y corroía la confianza hasta sus cimientos más profundos.
Resulta difícil comprender la aparente distancia y cautela con la que el doctor Goic enfrentó la realidad nacional, especialmente luego de la primera emergencia médica, cuando optó por mantenerse al margen y evitar enfrentar preguntas incómodas, esas que quemaban la conciencia y anticipaban el desastre inminente. Su actitud reflejaba no sólo una posición profesional distante, sino también el peso de un ambiente enrarecido por el miedo y la vigilancia constante, donde incluso los médicos más respetados podían sentirse vulnerables y aislados. En ese contexto, la especialidad de Goic en medicina interna —y no en cirugía— terminó por marginarlo aún más del núcleo de decisiones, facilitando que figuras vinculadas al régimen, como Patricio Silva, impusieran sus diagnósticos de manera categórica y sin oposición significativa.
Así, la figura de Alejandro Goic queda envuelta en una profunda paradoja: pese a su indiscutido prestigio y reconocimiento en el ámbito médico, pareció adoptar —voluntaria o involuntariamente— una actitud de ingenuidad, quizás como mecanismo de protección ante la tormenta política que sacudía a todo el país y a las instituciones de salud. No comprendió, o eligió no ver, que los espacios tradicionalmente neutrales de sanación se habían transformado en verdaderos campos de control y vigilancia estatal. La penetración de la dictadura cívico-militar en las instituciones civiles fue tan profunda que la presencia de la CNI y otros organismos de inteligencia se volvió parte del paisaje cotidiano, infiltrando a médicos, enfermeras y personal auxiliar sin despertar mayores sospechas. Al llegar Frei a la clínica, el ambiente era más propio de un enclave intervenido por la seguridad del Estado que de un centro dedicado al cuidado de la vida, evocando la atmósfera opresiva de la tristemente célebre Clínica London. Esta transformación no solo puso en peligro la integridad de los pacientes, sino que también socavó la confianza y el sentido de refugio que históricamente se asociaba a los recintos médicos.
Mientras Alejandro Goic luchaba por preservar la pureza del ejercicio clínico y defender su independencia profesional, ajeno —al menos en apariencia— a la tormenta política que azotaba Chile, los pasillos y quirófanos del hospital se transformaban en auténticos campos minados. La medicina, tradicional refugio de neutralidad y humanidad, se veía ahora entrelazada irremediablemente con el miedo: cada decisión, cada palabra y cada gesto debían ejecutarse bajo la mirada vigilante de un poder implacable, que no perdonaba la ingenuidad ni el descuido. Incluso los médicos de mayor prestigio vivían con la certeza de que cualquier error o muestra de confianza podía costarles no solo la carrera, sino la vida misma. En ese ambiente, el compromiso ético se debatía con la necesidad de sobrevivir, y la vocación de sanar quedaba atrapada en una red de sospechas y amenazas constantes.
Durante la dictadura de Augusto Pinochet (1973-1990), el ámbito hospitalario fue uno de los tantos espacios donde el control represivo del Estado se hizo sentir con mayor crudeza. Clínicas y hospitales, antes considerados santuarios de imparcialidad, fueron severamente intervenidos, facilitando que el personal sanitario fuera objeto de presiones, chantajes o cooptaciones. El caso de Eduardo Frei Montalva, víctima emblemática de esa vigilancia asfixiante, revela hasta qué punto el aparato represivo logró infiltrarse incluso en quienes, como el doctor Goic, intentaban resguardarse en la aparente neutralidad de la medicina. La actitud de Goic, interpretada por algunos como desconexión o indiferencia, puede entenderse también como un mecanismo de autodefensa ante un entorno marcado por el temor, la incertidumbre y la urgencia de sobrevivir. Así, la neutralidad se volvió un lujo inalcanzable, y la medicina, lejos de ser un refugio, se convirtió en otro escenario más donde la represión imponía sus reglas y donde el miedo dictaba silencios y conductas.
En las declaraciones de Andrés Zaldívar ante el juez Madrid, resalta una verdad ineludible: para Frei, la amenaza no era una excepción, sino la rutina angustiante de cada día. Durante su exilio forzado, Zaldívar compartió con él múltiples encuentros en Europa; breves refugios de camaradería en medio del desarraigo, donde la fraternidad intentaba suavizar el frío de la distancia y del miedo. Rememora, con nostalgia y una inquietud persistente, un encuentro en Roma en noviembre de 1980. Allí, en el Hotel Edén, donde Frei solía hospedarse, el ambiente estaba cargado de una tensión soterrada. Esa noche, la intuición de Frei se convirtió en certeza: divisó a dos hombres cuya presencia resultaba tan fuera de lugar como amenazante. “Son de la CNI”, le susurró a Zaldívar, revelando que ni siquiera en la aparente seguridad del exilio lograban escapar de la sombra de la represión.
La percepción de Frei no era simple paranoia, sino el reflejo de una realidad brutalmente documentada: la persecución de políticos, ex funcionarios y opositores era sistemática y constante. Sabía que lo vigilaban desde antes de dejar Chile. En su propia oficina, debía poner música a todo volumen para ahogar el zumbido persistente de los micrófonos ocultos, buscando que sus palabras escaparan a la vigilancia invisible. Era una estrategia repetida entre los perseguidos políticos, donde cada conversación podía convertirse en prueba incriminatoria, y cada confidencia en una amenaza de muerte. Las escuchas clandestinas —tanto en casas como en hoteles y oficinas— tejían una red de control asfixiante. Tanto Frei como Zaldívar cargaban sobre sus hombros ese peso: una libertad frágil, siempre amenazada, que hacía del miedo y el recelo compañeros inseparables en su cotidianidad.
Carmen Frei declaró ante el juez que la casa de su padre, lejos de ser un refugio, se había transformado en una auténtica prisión, asediada por dispositivos de escucha que anulaban cualquier intento de privacidad. Relató, con la voz quebrada por la impotencia y la rabia, una escena especialmente reveladora: un día, mientras unos obreros trabajaban en una estantería y martillaban los clavos en medio de la rutina doméstica, de manera inmediata y sospechosa sonó el teléfono. Al otro extremo de la línea estaba el propio General Manuel Contreras, director de la CNI, preguntando si había ocurrido algún incidente en la casa. Ese hecho ilustra hasta qué punto el aparato represivo estaba atento a cada movimiento y sonido dentro del domicilio; incluso el golpe de un martillo bastaba para activar las alarmas de un Estado vigilante. En ese instante, su padre intentó preservar la calma y respondió que lo único fuera de lo común era el ruido provocado por los martillos, esforzándose por mantener una fachada de normalidad y proteger así los últimos retazos de intimidad que le quedaban.
Zaldívar declaró ante el juez que siempre tuvo el presentimiento de que algo malo podía sucederle al ex presidente, y que ni él mismo estaba a salvo de correr la misma suerte. La relación entre ambos no era solo política: los unía una amistad genuina, atravesada por la preocupación y el afecto, lo que hacía que sus temores fueran también profundamente personales. Cuando Frei viajó a Madrid antes de la operación, Zaldívar recuerda con nitidez una conversación que, con el tiempo, cobraría un carácter premonitorio. En ese encuentro, Frei —con una serenidad resignada— le explicó que la razón de la intervención era aliviar el dolor insoportable que le provocaba una hernia al hiato, molestia que no solo minaba su salud, sino que se había vuelto tan aguda que incluso le incomodó durante una importante reunión internacional: la Comisión Norte-Sur, presidida por Willy Brandt. Aquella charla, enmarcada por el peso de la amenaza y la sensación de fragilidad, marcó a Zaldívar con la inquietud persistente de que el destino de su amigo ya estaba sellado.
Zaldívar, movido por su profunda amistad y una creciente inquietud, le advirtió con firmeza: “¡Es una locura operarse en Chile ahora!”. Le aconsejó que considerara realizar la operación en el extranjero, lejos del control de la dictadura y de la posible manipulación en el entorno hospitalario. No obstante, Frei, fiel a su carácter sobrio y tranquilo, intentó calmarlo asegurándole que estaría en manos de uno de los mejores cirujanos, el doctor Augusto Larraín, quien además era su primo. Para Frei, ese lazo familiar representaba una garantía de confianza y profesionalismo. Sin embargo, Zaldívar no logró tranquilizarse; insistió en que el verdadero peligro no estaba en la competencia médica, sino en la extrema vulnerabilidad de Frei tras la intervención, dado su condición de principal líder opositor a la dictadura y figura respetada tanto en Chile como en el extranjero: precisamente por eso, era un blanco potencial para quienes lo consideraban una amenaza. A pesar de las advertencias, Frei rechazó los temores de su amigo, minimizó el riesgo y se negó a viajar para evitar gastos innecesarios, confiando en la decencia de quienes lo rodeaban: “No quiero provocar un gasto inútil”, respondió, restando importancia al peligro. Zaldívar terminó con la amarga sensación de haber prevenido el riesgo sin poder evitar que su amigo avanzara hacia el abismo. Días después de la operación, Frei lo llamó alegremente para informarle que el postoperatorio marchaba bien, devolviéndole a Zaldívar una fugaz esperanza. Sin embargo, esa tranquilidad se desvaneció pronto: apenas dos días después, recibió la noticia que tanto temía. Frei debió regresar de urgencia a la clínica, y la amenaza volvió a cernirse sobre ellos, confirmando los peores presagios de Zaldívar.
El paciente que incomoda
En este relato he procurado reconstruir el contexto histórico de los últimos días del presidente Eduardo Frei Montalva, entrelazando fragmentos de informes médicos, declaraciones judiciales y análisis toxicológicos que el país tardó décadas en obtener. Aún no existe una sentencia capaz de cerrar la herida, y persisten preguntas que claman por respuesta y justicia: ¿Por qué el doctor Larraín no defendió con firmeza su idoneidad profesional? ¿Por qué el doctor Goic confió tan ciegamente en el doctor Silva Garín, permitiendo que este desmantelara la reputación de Augusto Larraín? ¿Por qué el diagnóstico de obstrucción intestinal realizado por Silva Garín, decisivo en el destino de Frei Montalva, apenas fue cuestionado o debatido? ¿Por qué, mientras el cuerpo de Frei aún exhalaba sus últimos alientos, se le extrajeron órganos vitales con una premura sospechosa, negando una autopsia exhaustiva que pudiera arrojar luz sobre lo ocurrido? ¿Quién decidió transformar ese cuerpo en una evidencia fría antes que en un símbolo para toda la nación? Estas preguntas siguen abiertas en un país que aún no ha sanado de las heridas y la violencia de su pasado reciente.
Resulta fundamental detenerse nuevamente en los momentos críticos que condujeron a la muerte de Eduardo Frei Montalva, pues en ellos se revelan las estrategias de silencio y represión que oscurecieron la verdad durante años. Esta atmósfera explica la frustración que acompañó la investigación de Carmen Frei, quien, desde el primer momento, debió enfrentar no solo el dolor personal, sino también la indiferencia y el temor de médicos, funcionarios y testigos que eligieron callar. Esa negativa a colaborar no fue una simple omisión, sino el reflejo de un miedo profundo, alimentado por la amenaza constante de un aparato militar dispuesto a castigar cualquier intento de romper el silencio. Solo enfrentando estas preguntas y reconociendo el peso de ese miedo será posible, algún día, avanzar hacia la verdad y la justicia que la historia de Frei —y la de Chile— aún reclaman.
Durante la dictadura de Augusto Pinochet, el miedo se instaló en todos los ámbitos de la sociedad chilena, y especialmente entre quienes rodeaban a figuras emblemáticas como Eduardo Frei Montalva. Ese miedo que paralizó a tantos durante la dictadura se fue transformando con el paso de los años en una mezcla de vergüenza y remordimiento. Cuando por fin llegó la democracia a Chile, la pregunta resultó inevitable: ¿por qué no se habló antes? ¿Por qué se eligió el silencio, aun cuando existían sospechas fundadas y pruebas contundentes? Alzar la voz tras tanto tiempo de silencio significaba admitir que el temor había sido más poderoso que cualquier aspiración de justicia. Incluso médicos y personas cercanas a Frei prefirieron callar, optando por protegerse a sí mismos y a sus familias en vez de arriesgar sus vidas o carreras. El silencio se convirtió en un mecanismo de supervivencia, pero también en una herida que la transición democrática no pudo cerrar del todo.
Asumir y aceptar todo lo que fue encubierto implica también reconocer que, en muchos casos, la sociedad fue doblegada por el miedo y el abuso de poder. Solo desde la honestidad, al afrontar esa cobardía y complicidad —tanto individual como colectiva— será posible, algún día, abrir el camino hacia la verdad y la justicia que la historia de Frei y de Chile aún exige. El desafío sigue siendo mirar de frente ese pasado, sin evasivas, y transformar el reconocimiento de las fallas en un compromiso real con la memoria y la reparación.
El 18 de noviembre de 1981, Eduardo Frei Montalva ingresó caminando a la Clínica Santa María para tratarse una hernia hiatal. Sin embargo, su decisión de operarse ya era conocida por los organismos de inteligencia cinco meses antes. Las escuchas instaladas en su hogar y la vigilancia de Becerra, su chofer —agente encubierto de la CNI—, permitieron que se tejiera una red de control exhaustiva dentro de la clínica. Durante ese tiempo, los pasillos y servicios fueron copados por agentes encubiertos y personal instruido, coordinando cada movimiento y procedimiento médico. Nada quedó librado al azar: el entorno fue cuidadosamente preparado para asegurar que el desenlace fatal no fuera producto de la casualidad, sino de una maquinaria planificada con precisión.
Carmen Frei, en su libro, relata que cuatro enfermeras de la Clínica Santa María recordaron haber visto durante esos días a Eliana Carlota Bolumburu, jefa de enfermeras de la siniestra Clínica London y mano derecha del general Manuel Contreras, involucrada en numerosos casos de violaciones a los derechos humanos. La enfermera que recibió a Frei ese 18 de noviembre, María Araneda, era enfermera de guerra de la Fuerza Aérea y también tenía vínculos con los servicios de seguridad. Antes, había tenido que declarar por la muerte de Pablo Neruda, quien esperaba en la Clínica Santa María un avión para viajar a México; allí, alguien le inyectó una sustancia en el estómago y, pocas horas después, falleció.
El equipo médico que rodeó a Frei Montalva contaba con credenciales profesionales, pero en la práctica respondía a una autoridad superior: la jerarquía militar vinculada a los aparatos represivos del régimen. Tras analizar la sentencia del juez Madrid, resulta ineludible la convicción de que la muerte de Frei Montalva no fue producto de una fatalidad médica, sino consecuencia de una serie de intervenciones meticulosamente orquestadas. Ningún procedimiento se realizó sin una autorización previa, y en más de una ocasión, esa figura aprobatoria portaba uniforme militar en lugar de bata blanca.
Desde el mismo momento en que Eduardo Frei Montalva ingresó a la clínica, dejó de ser un paciente más: su presencia representaba el incómodo símbolo del pasado democrático de Chile, el liderazgo opositor al régimen de Pinochet y la voz internacional que denunciaba la ausencia de libertades en el país. Así, su hospitalización trascendió lo estrictamente médico; cada espacio y procedimiento se transformó en un escenario atravesado por tensiones y significados políticos, donde la salud y la vida de Frei se entrelazaban con la historia y el destino de Chile.
El expediente médico de Eduardo Frei Montalva se inició con la normalidad propia de cualquier paciente hospitalizado, detallando diagnósticos, recetas y evoluciones clínicas cotidianas. Sin embargo, esa fachada de rutina pronto se vio alterada por la injerencia y el control implacable de la autoridad político-militar que dominaba Chile en aquel momento. De manera casi inmediata, el doctor Augusto Larraín —reconocido cirujano y persona de plena confianza para la familia Frei— fue apartado de su rol tras una maniobra orquestada por Patricio Silva Garín, quien, aprovechando la primera emergencia médica, convenció a la familia y al doctor Goic de que él debía asumir la dirección del tratamiento, acusando a Larraín de incompetencia. Esta sustitución, presentada como una garantía de seguridad, no fue advertida en su gravedad por el entorno cercano a Frei, y cuando finalmente familiares y amigos comenzaron a sospechar la realidad, el miedo impuesto por los servicios de seguridad ya había paralizado cualquier intento de reclamo. El temor y la prudencia se convirtieron en aliados de la impunidad, dificultando que la familia y los médicos de confianza reaccionaran con rapidez ante las irregularidades. Así, Silva Garín, investido de autoridad tanto médica como militar —pues ostentaba el grado de coronel además de su título de doctor—, impartía órdenes con la severidad de un oficial, traicionando la ética de su profesión. En este escenario de abandono y desolación, el doctor Larraín, acostumbrado a compartir el golf y la amistad con Frei Montalva, quedó relegado y despojado de toda posibilidad de proteger a su paciente y amigo, como relató ante el juez Madrid el cabo segundo (R) Juan Adolfo Cabello Leiva, testigo de la dualidad de Silva Garín. El caso Frei Montalva representa así, no solo una tragedia personal, sino también una herida profunda en la memoria de quienes lo rodearon.
Días en que el cuerpo no sana
Durante los días posteriores a la primera operación, los registros oficiales y la rutina de la Clínica Santa María transmitían una sensación de normalidad y tranquilidad: los informes médicos señalaban una evolución positiva y el ambiente parecía exento de sobresaltos. Frei incluso llamó a su hogar para pedirle a Isabel Díaz que le preparara una cazuela de ave, lo que reforzó la impresión de que todo marchaba bien y que la vida cotidiana recuperaba su curso habitual. Sin embargo, esa calma era solo aparente; bajo esa fachada de bienestar, comenzaba a gestarse una amenaza que nadie logró advertir a tiempo. La atmósfera de confianza y rutina ocultaba un peligro latente que terminaría por quebrar la frágil ilusión de recuperación:
María Isabel Delgado, asesora del hogar, le señaló al juez Madrid que cuando llegó a su hogar después de la primera operación, lo hizo en muy buen estado, incluso antes del alta la llamó por teléfono desde la clínica y le pidió que preparara una cazuela de ave, lo cual hizo y se la sirvió. Llegó acompañado de su hijo Eduardo, de su hija Carmen y también por el doctor Larraín, que lo había operado. También llegó con una enfermera que se quedó hasta la tarde, pues en la noche llegó otra. A veces le cocinaba papilla, pero en general su alimentación era normal, le preparaba su comida que era la casera, nada especial, él ya podía comer alimentos enteros que masticaba normalmente, cree que fueron como cuatro o cinco días que transcurrieron así hasta que se produjo su agravamiento. Él estaba bien, incluso lo vio el doctor Larraín pero en la tarde comenzó a sentirse mal. Cuando se agravó lo vio con vómitos y colitis y eso fue de un día para otro.
No obstante, aquella calma resultó ser solo una ilusión. Aunque Eduardo Frei Montalva regresó a su hogar mostrando signos evidentes de recuperación —disfrutando de su cazuela favorita y tratando de retomar una rutina cotidiana—, bajo esa apariencia de normalidad se gestaba una amenaza cuidadosamente urdida. Durante la intervención quirúrgica, le fue introducida en el organismo una sustancia tóxica, un elemento que pasó desapercibido tanto para su familia como para los médicos. Nadie logró advertir en ese instante que el peligro ya estaba en marcha, pues los síntomas aún no se manifestaban. La aparente tranquilidad ocultaba así el avance de un plan letal, diseñado para obligar su regreso a la clínica bajo el pretexto de una complicación médica, tal como habían planeado sus adversarios.
Bastaron apenas ocho días para que la trampa tendida comenzara a cerrarse. Al término de ese breve lapso, el diagnóstico de una supuesta obstrucción intestinal sirvió como argumento para su reingreso a la clínica. Esta complicación no fue más que una coartada, cuidadosamente elaborada, para aislar a Frei de su entorno familiar y someterlo nuevamente al control de quienes buscaban su muerte.
El verdadero peligro permaneció oculto, fuera del alcance de aquellos que lo rodeaban. Los síntomas que comenzaron a aparecer —vómitos, dolor abdominal— no correspondían a una infección común ni a una contaminación bacteriana habitual. Lo que realmente afectaba a Frei era un tóxico, el talio, introducido intencionalmente en su cuerpo durante la primera intervención mediante compresas contaminadas. Esta sustancia provocó una crisis médica programada, que forzó su internación y lo dejó indefenso ante la maquinaria represiva de la CNI. Así, el cuerpo de Frei, símbolo de dignidad y resistencia, fue víctima de una maniobra calculada, quedando atrapado en una emergencia fabricada que sellaría su destino trágico:
Declaración judicial de ANDRÉS ANTONIO VALENZUELA MORALES quien ratifica su declaración policial de fojas 1.434 en la parte en que señala que estando como agregado en la Embajada de Chile en Perú como mayordomo del Agregado Aéreo de Chile, un colega de nombre ALEX CARRASCO, le comentó que su esposa habría escuchado en la Clínica donde trabajaba, no recuerda cuál, que a Don EDUARDO FREI lo habían envenenado y que le habrían aplicado compresas infectadas en la herida dejada por la operación que le practicaron.
La contaminación con talio desempeñó un papel doblemente perverso en el destino de Eduardo Frei Montalva. Por un lado, indujo síntomas que simulaban una obstrucción intestinal—dolores abdominales, vómitos y un malestar generalizado—, lo que forzó su reingreso a la clínica y permitió alejarlo de su familia bajo la estricta vigilancia de la CNI. Por otro, las investigaciones toxicológicas posteriores revelaron que el talio tenía una finalidad aún más siniestra: dificultaba la eliminación renal de un veneno mucho más letal, el gas mostaza, que le sería administrado tras su regreso. Así, el talio no solo creó la coartada médica perfecta, sino que también preparó su organismo para quedar indefenso ante la acción devastadora del gas mostaza, sellando así su trágico final y evidenciando la precisión y crueldad del plan ejecutado en su contra.
En medio de una complicación médica que, lejos de ser accidental, fue cuidadosamente planificada, el doctor Patricio Silva Garín supo aprovechar la confusión reinante tanto en la familia Frei como en el doctor Goic para asumir el control absoluto de la atención de Eduardo Frei Montalva. Amparado por el clima de miedo impuesto por la autoridad político-militar, Silva Garín desacreditó discretamente el procedimiento realizado por su colega Larraín, sin que este estuviera al tanto. Con tono firme y seguro, se dirigió a la familia, calificando la primera operación como una “intervención sucia”, sugiriendo negligencia y falta de cuidados esenciales, lo que sembró dudas y angustia en quienes hasta entonces habían depositado plena confianza en Larraín. En cuestión de horas, la estrategia de Silva Garín minó la serenidad del entorno, desplazando al médico de confianza y fragmentando el círculo cercano de Frei. La decisión de la familia, guiada por Goic y bajo presión, marcó un giro irreversible: ese momento selló el destino de Eduardo Frei y dejó una huella de dolor y traición no solo en su entorno, sino también en la memoria colectiva de un país que aún clama por justicia.
El cuestionamiento que Silva Garín dirigía hacia la idoneidad del doctor Larraín se manifestaba únicamente ante la familia Frei y el doctor Goic, mientras que en privado —especialmente en presencia del doctor Pedro Valdivia Soto, vinculado a la CNI— adoptaba una actitud diametralmente opuesta: reconocía ante Larraín la impecabilidad de su técnica quirúrgica y elogiaba abiertamente su proceder. Esta dualidad, cuidadosamente calculada, no solo buscaba manipular la percepción de la familia y debilitar la confianza de Goic, sino que también mantenía a Larraín en un estado de desconcierto y vulnerabilidad, impidiendo que defendiera con firmeza su actuación. Así, la estrategia de Silva Garín resultó fundamental para sembrar la duda y debilitar los lazos de confianza en torno al paciente.
Con el paso de los años, cuando la verdad empezó a salir a la luz tras la muerte de Silva Garín, Augusto Larraín se enteró de las opiniones negativas que este había vertido sobre su trabajo. Esta revelación le causó una profunda sensación de traición, ya que nunca tuvo la oportunidad de enfrentar a Silva ni de defender su profesionalismo ante tales acusaciones. El daño causado por esa deslealtad dejó una huella duradera en Larraín, minando su confianza y haciendo que, incluso más adelante, dudara en sostener y defender sus propias decisiones médicas. En un contexto marcado por el miedo y la represión, la actitud de Silva Garín no solo hirió a Larraín en lo personal, sino que también contribuyó a perpetuar una atmósfera de sumisión y silencio en el ámbito profesional.
De manera similar, el doctor Goic, al no ser cirujano, fue especialmente vulnerable a la influencia de Silva Garín y terminó aceptando la exclusión de Larraín del equipo médico. Pronto, se vio atrapado en dilemas éticos abrumadores y bajo presiones intensas que amenazaban con ahogar su verdadera vocación. Al igual que Larraín, Goic tuvo que aprender a sobrevivir en un ambiente hostil y sombrío, donde su lealtad hacia Frei Montalva era puesta a prueba una y otra vez por fuerzas externas a la medicina, ligadas al poder y la represión. El peso de esa tensión era insoportable: por un lado, su deber profesional de proteger la vida de Frei; por el otro, el riesgo constante de que cualquier palabra o gesto pudiera despertar las sospechas de los organismos represivos. Comprendía, con dolorosa claridad, que desafiar esa estructura brutal podía costarle no solo su carrera y prestigio, sino también su propia vida y la seguridad de su familia. Cada día se convertía en una lucha interna entre el temor y la conciencia, entre el instinto de protegerse y el deber ético de sanar. En ese contexto, la valentía de Goic se forjaba en el silencio, en noches de desvelo y lágrimas ocultas, mientras caminaba con cautela por la delgada línea que separa la dignidad de la sumisión, sabiendo que un solo acto de rebeldía podía tener consecuencias devastadoras para todo lo que amaba.
Carmen Frei, con profundo estremecimiento, relata en su libro el drama vivido por su familia, dejando un testimonio conmovedor que trasciende lo personal y se convierte en una herida abierta en la memoria de todo un país. Su relato no solo preserva la verdad para las futuras generaciones, sino que también mantiene vigente la exigencia de respuestas y justicia, recordándonos que el dolor de unos pocos puede convertirse en el clamor de una nación entera:
….El doctor Patricio Silva Garín, quien en la época nos daba confianza porque como señalé había sido parte de su gobierno, nos dijo textualmente que la operación que el doctor Larraín le había realizado a mi padre había sido “una operación sucia”, es decir que no se habían realizado ciertos lavados previos. Sugirió, por lo tanto que había que sacar a Larraín del equipo. Después nos dijo que Larraín no había estado presente en los días en que había que cuidarlo. Lo que no es cierto porque el doctor Larraín había venido a controlar a mi padre permanentemente durante la estadía en la casa y luego en la clínica. Sin embargo, aunque mi madre no estaba de acuerdo, Silva Garín nos convenció de que había sido una mala operación y que había que sacarlo del equipo.
…..En las mañanas, cuando llegábamos a la clínica, iba a averiguar cómo estaba mi padre, y subía al cuarto piso donde estaba mi mamá para informarle. Cada tarde, al final del día, llegaba el doctor Silva Garín y nos daba el parte de la situación. Además de repetirnos que la intervención del doctor Larraín había sido una “operación sucia”, nos señaló que durante esa primera intervención le habían pasado a llevar el intestino, que tenía una herida abierta en la zona del estómago e intestinos y que había que hacerle curaciones todos los días.
Años después, durante su comparecencia ante el juez Madrid, el doctor Silva Garín modificó su discurso y evitó calificar la primera operación como “sucia”. Sin embargo, afirmó de manera espontánea y sin que se le consultara, que alguno de los integrantes del equipo médico habría cometido un error en la sutura, llegando incluso a sugerir que se perforó el intestino. Esta declaración carecía de fundamentos concretos, pero su objetivo era claro: perpetuar la idea de que únicamente la ineptitud médica podía explicar lo ocurrido con Eduardo Frei. De este modo, Silva Garín buscaba consolidar ante la justicia y la opinión pública la versión de una fatalidad quirúrgica, desestimando así cualquier otra hipótesis sobre la verdadera causa de los hechos. El juez recoge textualmente este testimonio en el expediente, subrayando la insistencia de Silva Garín en atribuir la tragedia a un supuesto error profesional:
…que la operación practicada por Larraín, en la que estuvo presente, se hizo bien y se retiró cuando comenzaron a cerrar y fue allí cuando pescaron el asa del intestino con la sutura en la pared del peritoneo, eso es algo probable pero no lo vio, pero si existió ese problema como causa probable de la posterior oclusión tiene que haber ocurrido en ese momento y no antes. Ahora el problema consiste en que el asa intestinal es un tubo que al quedar fijo en la pared, queda inmóvil, fue allí donde se produjo el vólvulo, el punto mismo donde se tomó no se obstruyó, sería por eso que pudo permanecer siete días bien y, después, presentarse el vólvulo y por supuesto la obstrucción completa, lo que se comprueba por los vómitos donde sale un líquido característico de color negro vidrioso y de muy mal olor.
En su declaración ante el juez Madrid, Augusto Larraín relató que, tras realizar un examen exploratorio con una sonda nasogástrica, descartó la presencia de una obstrucción intestinal: el líquido extraído del estómago de Eduardo Frei era claro, transparente, sin señales de alarma. Sin embargo, a pesar de la evidencia médica, no defendió con vehemencia su diagnóstico cuando Patricio Silva Garín, investido de autoridad militar, lo puso en duda. Esa contención, que podría interpretarse como timidez o prudencia, respondía en realidad al clima de temor y vigilancia que impregnaba la época. Contradecir el discurso oficial no solo implicaba arriesgar la carrera profesional, sino también la integridad personal y la seguridad de la familia; era desafiar fuerzas que excedían el ámbito médico y exponerse a represalias imprevisibles. Así, la aparente sumisión de Larraín no era simple debilidad, sino el reflejo de una estrategia de supervivencia ante la sombra opresiva del poder. Su silencio, compartido por muchos en esos años oscuros, revela el alto costo humano de la represión: una generación obligada a callar, incluso cuando la verdad era cuestión de vida o muerte:
Declaración judicial de AUGUSTO MARTIN CARLOS LARRAÍN ORREGO, quién ratifica íntegramente su declaración policial de fojas 707 y siguientes. Indica que el ex presidente fue dado de alta a su domicilio, los días siguientes de la operación ejecutada por él. Agrega que lo fue a visitar a su casa a diario, evolucionando el paciente en excelentes condiciones. A los pocos días, en su casa, el paciente le manifestó que sentía molestias por lo que le realizó un examen con sonda vía nasal para constatar que tipo de líquido existía en el estómago, encontrando líquido normal claro. La idea era observar que no hubiese obstrucción intestinal, pero se percató, por el resultado, que no existía ninguna alteración. Esos días debió viajar fuera de Santiago, a Santo Domingo, y se enteró que lo habían trasladado de urgencia a la clínica, por lo que se devolvió el mismo día y fue hasta ella, encontrándose con los doctores GOIC y SILVA que le informan que su trabajo había terminado, quedando el paciente a cargo el doctor SILVA. Se enteró que se le había practicado una radiografía y el diagnóstico era obstrucción intestinal; existía una zona del intestino dilatada.
Larraín eligió mantenerse en un segundo plano, priorizando su propia protección incluso a costa de sacrificar la verdad médica y su vocación más profunda. Esta decisión, lejos de ser fruto de debilidad, puede entenderse como una estrategia de supervivencia en un entorno donde desafiar la versión oficial representaba un riesgo real y grave para su vida y la de su familia. Su silencio, entonces, no solo reflejaba el miedo personal, sino también el peso de una época marcada por la represión y la vigilancia constante, donde la lealtad al deber chocaba dolorosamente con el instinto de preservación.
Lo ocurrido con Eduardo Frei tampoco fue un hecho aislado en la trayectoria del doctor Patricio Silva. Antes, se había visto envuelto en una situación similar atendiendo al general Augusto Lutz Urzúa, quien, por sus diferencias con el coronel Contreras, era considerado una figura incómoda dentro de la jerarquía militar. En ese caso, también surgieron complicaciones graves e inexplicables: desde un deficiente manejo de sondas de drenaje hasta la administración incorrecta de medicamentos y descuidos en los cuidados postoperatorios. Silva aprovechó estos incidentes para culpar abiertamente al médico de turno, desplazándolo del caso y asegurándose así el control exclusivo sobre la salud de Lutz. Finalmente, el general falleció de septicemia en noviembre de 1974 bajo la atención de Silva en el Hospital Militar, en circunstancias que siempre estuvieron rodeadas de dudas y sospechas sin esclarecer.
En ambos casos, lo que estaba en juego no era solamente el bienestar de Frei o Lutz, sino una compleja red de intrigas políticas y rivalidades personales que influían en cada decisión médica tomada. Las familias de las víctimas vivieron sumidas en la esperanza y la angustia, atrapadas en un clima de temor y desconfianza que facilitaba la manipulación y la imposición de la voluntad de Silva Garín. Así, su figura se perfila como la de un médico cuya ambición y deseo de poder prevalecieron sobre la ética profesional y el auténtico deber de sanar, dejando tras de sí un legado de incertidumbre, sufrimiento y preguntas sin respuesta que marcaron profundamente a las familias involucradas y se inscribieron como una herida en la memoria colectiva del país.
Declaración judicial de GLORIA PATRICIA LUTZ HERRERA en que ratifica su declaración policial de fojas 1515 y siguientes indicando que su padre AUGUSTO LUTZ URZUA adhirió al grupo de generales que planearon el golpe de Estado en Chile, en ese tiempo era director del Servicio de Inteligencia Militar, después fue nombrado Director de Institutos Militares y además Secretario de la Junta de Gobierno. Señala que el compartía sus ideas con otros generales de inspiración democrática como el General OSCAR BONILLA y pensaba, junto a él, denunciar ante la Junta de Generales las actuaciones del Coronel CONTRERAS, sin embargo el año 1974 el General PINOCHET lo destinó como intendente de la ciudad de Punta Arenas, a mi entender como una forma de alejarlo del centro de toma de decisiones debido a la influencia que él tenía. Fue algo muy extraño que se realizó a mitad de año, lo que es inusual. Indica que ella se quedó en Santiago, y tiempo después recibió un llamado de su madre de Punta Arenas anunciando que su padre estaba enfermo e internado en el Hospital Regional con diagnóstico de várices al esófago, siendo operado por esa causa por un doctor de apellido CERDA a cargo del equipo médico del Ejército. Sin embargo, se agravó, por lo cual se solicitó su traslado al Hospital Militar de Santiago por gestiones que hizo su madre con doña Lucía Hiriart. Por ello viajaron a buscar a su padre en avión estando a cargo del equipo médico el doctor PATRICIO SILVA, su padre venía consciente y en Santiago fue intervenido por el doctor SILVA por una úlcera gástrica, recuerda que el doctor SILVA le echaba la culpa al doctor CERDA, de Punta Arenas, quien habría hecho un diagnóstico equivocado. Afirma que luego el General de Sanidad militar de apellido DÍAZ les comentó que abriría un sumario para investigar las causas de tantos errores, pero su madre, al ir tiempo después a preguntar, éste le contestó “Olguita ¡que sumario!”. Señala que el día que falleció su padre, recibieron una serie de llamados anónimos que decían “este es el primer General traidor muerto, muy pronto morirá otro”, a los cuatro meses después murió el General don OSCAR BONILLA en un accidente de helicóptero.
La tarde del 4 de diciembre marcó un giro definitivo cuando el doctor Patricio Silva tomó las riendas de la segunda operación realizada a Eduardo Frei. Bajo la apariencia de una intervención destinada a salvarle la vida y resolver una supuesta obstrucción intestinal, Silva Garín actuó con un doble objetivo: por un lado, magnificó deliberadamente la gravedad de la situación para instalar en la opinión pública la idea de que, de producirse la muerte de Frei, esta sería consecuencia de complicaciones médicas habituales, descartando cualquier sospecha de intervención externa o negligencia. Por otro lado, la re-hospitalización del paciente le permitió crear el escenario adecuado para, bajo la fachada de procedimientos médicos convencionales, llevar a cabo una acción definitiva que terminara con su vida. En este ambiente tenso y bajo la mirada autoritaria de Silva Garín, el doctor Alejandro Goic, sin experiencia quirúrgica, quedó reducido a un rol testimonial, mientras que el doctor Larraín, apartado injustamente, se convirtió en un simple espectador, privado de toda capacidad de intervención o defensa de sus decisiones previas. Ambos permanecieron en silencio, dominados por la impotencia y el temor a contradecir la voluntad del coronel bajo el régimen de Pinochet.
En ese ambiente cargado de incertidumbre y miedo, Goic y Larraín se enfrentaron a una situación insólita e incomprensible: la aparición de una inflamación localizada y notoria en el mesenterio —la membrana que sostiene los intestinos—, diagnosticada como mesenteritis hipertrófica. Lo llamativo era que esta inflamación no presentaba necrosis, pus ni signos de infección, y tampoco había una causa quirúrgica evidente que justificara su aparición. Ante un cuadro tan atípico, lo habitual habría sido un intercambio clínico detallado entre los médicos para comprender el origen y decidir el mejor camino a seguir; sin embargo, el clima de represión y el desplazamiento de Larraín del equipo médico impusieron un silencio absoluto. Así, mientras Silva Garín procedía a cortar el intestino delgado y extraer el segmento inflamado, Larraín solo pudo observar sin pronunciar palabra. La apertura del intestino, una maniobra de alto riesgo por la potencial contaminación de la cavidad abdominal y la amenaza de infecciones graves, se realizó sin la discusión ni el consenso que la situación requería, dejando en evidencia el peso del miedo y la imposición de la autoridad sobre el criterio médico y la ética profesional.
En la investigación dirigida por el juez Madrid, un panel de expertos concluyó que la extirpación del segmento inflamado del intestino no era estrictamente indispensable, pues la lesión no representaba un peligro vital inmediato ni justificaba una intervención tan invasiva. No obstante, la urgencia con la que se llevó a cabo la operación sirvió para fortalecer la versión impulsada por Silva Garín, quien sostenía que se enfrentaban a una grave complicación médica, descartando así cualquier responsabilidad externa o negligencia. El procedimiento, lejos de resolver la situación, contribuyó a consolidar una narrativa oficial que no reflejaba la realidad. Paralelamente, existía una hipótesis alternativa: la posibilidad de que la inflamación localizada hubiese sido provocada por un agente externo. Larraín, posteriormente, confesó ante el juez que sospechó que una compresa utilizada en la primera cirugía podría haber estado impregnada con algún químico, lo que explicaría la aparición de la lesión. Sin embargo, ni él ni ningún otro médico plantearon esta posibilidad durante la intervención. A pesar de que su experiencia y reputación profesional estaban siendo cuestionadas, Larraín optó por el silencio, sin defender su criterio ni indagar personalmente en el fragmento extirpado para validar su postura. Es posible que, ya finalizada la operación y en soledad, haya examinado aquel trozo de intestino sin encontrar evidencia de obstrucción ni tejido necrótico, pero prefirió callar y no compartir sus dudas.
Es muy probable que el temor—o incluso la parálisis propia del terror—haya frenado la capacidad de reacción de Larraín en esos momentos cruciales, impidiéndole actuar o sostener su diagnóstico con firmeza. Lo sorprendente es que, años después y ya en democracia, cuando la amenaza directa del régimen había desaparecido, Larraín tampoco aprovechara la oportunidad para explicar de manera clara ante el juez Madrid lo ocurrido ni defender con convicción sus decisiones. El miedo, arraigado por años de represión, parecía persistir en su memoria, condicionando su comportamiento incluso en un contexto distinto. A esto se sumaba el temor al juicio social, la posibilidad de ser considerado cobarde por no haberse defendido con mayor energía en el pasado, lo que lo llevó a eludir explicaciones profundas. Así, su silencio no solo puede entenderse como protección frente a posibles represalias, sino también como un mecanismo para protegerse del escrutinio social y del dolor asociado a esos recuerdos.
Al término de la intervención, cuando la sala quedó vacía y las incisiones se cerraron, en vez de recibir aclaraciones precisas sobre lo sucedido, solo quedaron interrogantes y una atmósfera de incertidumbre que persiste hasta hoy para quienes buscan comprender los hechos. El doctor Silva Garín, quien previamente había responsabilizado a Larraín de supuestos errores médicos, omitió redactar la nota postoperatoria, un documento clave en el que deben consignarse los hallazgos, complicaciones y la evolución del paciente. Esta omisión representa una grave falta profesional y evidencia negligencia por parte de Silva Garín, ya que impidió registrar información fundamental sobre el daño causado a Frei Montalva. Así, Silva Garín tuvo la posibilidad de manipular el relato sobre la evolución del paciente, dificultando el acceso a la verdad y perpetuando un manto de dudas y sospechas en torno al caso.
En un momento tan crítico como aquel, el doctor Goic se encontraba en el equipo médico, pero su falta de experiencia quirúrgica lo relegaba a un rol secundario. Sin embargo, esto no justificaba por completo su limitada participación, pues, aunque no era especialista, podría haberse involucrado más activamente consultando a los cirujanos principales o solicitando explicaciones detalladas sobre el procedimiento. El clima de presión y miedo que imperaba, sumado a su propia inseguridad profesional, lo llevó a mantenerse al margen, dejando pasar una oportunidad para demostrar mayor compromiso y responsabilidad en una situación profundamente delicada y atípica. Su actitud pasiva no solo limitó su aporte, sino que también contribuyó a la incertidumbre y a la falta de transparencia que rodeó la intervención, afectando la percepción pública sobre su desempeño y el del equipo médico.
Tanto el doctor Goic como el doctor Larraín desconocían por completo el nivel de infiltración y control que los organismos represivos ejercían sobre hospitales y clínicas en aquella época. La presencia de médicos como Weistein y Valdivia, vinculados a la CNI y colaboradores en centros de detención como la Clínica London y el Hospital de Campaña del Estadio Nacional, era una realidad oculta para ellos, imposible de percibir en medio del clima de terror y silencio impuesto por la dictadura. Esta ignorancia, producto de la censura y del miedo, limitó gravemente su capacidad de reacción y defensa del paciente. Solo muchos años después, gracias a investigaciones judiciales y testimonios de sobrevivientes, pudieron comprender la magnitud de las complicidades, abusos y horrores que se habían gestado a sus espaldas, evidenciando la vulnerabilidad de los médicos honestos frente a una estructura de poder que priorizaba intereses ajenos a la salud y la ética profesional:
Declaración judicial de SERGIO RODRIGO VELEZ FUENZALIDA quien ratifica su declaración policial de fojas 897 y siguientes, señala que como médico de Sanidad militar prestaba servicios en el Regimiento de Caballería Blindada del Ejército ubicado en Santa Rosa y paralelamente en el Hospital Militar como médico civil en su especialidad de cirujano. Conocía al doctor SILVA quién fue su jefe directo, pero señala que nunca participó como segundo ayudante en las operaciones a las que fue sometido el ex presidente como ha señalado el doctor SILVA. Sabe que el doctor WAINSTEIN quién también trabajaba en el Hospital Militar fue su ayudante en dichas intervenciones. Trabajó, también durante ese período, en la clínica Santa María en los turnos de noche, inclusive domingos y festivos. También estuvo destinado en DINA específicamente en la clínica London atendiendo a personal de esa dirección y a sus familiares pero en períodos diferentes. Dentro de los médicos de la clínica London recuerda al doctor SAMUEL PEDRO como uno que además trabajaba en la clínica Santa María;
Declaración judicial de MIGUEL ALBERTO TAPIA DE LA PUENTE, médico cirujano, quien ratifica su declaración extrajudicial de fecha 3 de noviembre del año 2011, otorgada ante la Policía de Investigaciones de Chile a fojas 11.133 la cual fue otorgada en los siguientes términos: Indica que en el mes de septiembre del año 1973 se desempeñaba como médico civil en el Hospital Militar en el servicio de cirugía y en el servicio urgencia, y que paralelo a ello cumplía labores de mayor de sanidad en la academia de guerra.
Señala que en días posteriores al 11 de septiembre de 1973, tenía la misión de designar a los médicos civiles del Hospital Militar, que debían concurrir a los distintos campos de prisioneros, correspondiéndole posteriormente por orden de su superior jerárquico el Mayor de Sanidad don PATRICIO SILVA GARÍN, disponer la instalación de un pelotón del hospital de campaña en el Estadio Nacional, para lo cual por disposición del doctor SILVA GARÍN, designó al doctor MANUEL ANTONIO AMOR LILLO, cirujano civil del Hospital Militar para quedarse a cargo del Hospital de Campaña en el Estadio Nacional, permaneciendo en el cargo de Director del Hospital de Campaña hasta que los prisioneros fueron evacuados hacia Valparaíso donde fueron embarcados en un buque de la Armada.
Declaración judicial de doña CARMEN LUZ VERÓNICA PARODI ALONSO, periodista, quien ratifica su declaración extrajudicial rendida ante la policía investigaciones de Chile el día 5 de junio del año 1012 la cual se otorga a los siguientes términos: consultada sobre el documental “ Estadio Nacional” del cual fue directora, cuyo estreno fue en el año 2003, como consecuencia una investigación de tres años, manifiesta que su creación nace de una inquietud personal por indagar sobre la historia de Chile y sobre el más grande campo de concentración del país.
…. Señala que para las sesiones de interrogatorio bajo tortura, los prisioneros eran llamados por altavoz y llevados al velódromo, donde realizaban filas de espera para sus turnos cubiertos por frazadas. Que según el relato de los prisioneros, además de las personas que realizaban el interrogatorio, había una, o un secretario, que tomaba nota de todo. Había también personal médico que supervisaba el estado físico del interrogado y su resistencia a la tortura.
Indica que también tomó conocimiento a través de los testimonios que las “máquinas” de aplicación de corriente utilizadas en los tormentos, eran de fabricación brasilera y operaban con personas que hablaban portugués y de que estas, incluso, instruían respecto a su uso.
La enfermera Eliana Bolumburu, quien trabajó en la controvertida Clínica London, ratificó ante el juez que el doctor Pedro Valdivia ejercía funciones médicas en dicho establecimiento:
Declaración judicial de ELIANA CARLOTA BOLUMBURU TABOADA. Ratifica su declaración policial de fojas 887 y siguientes y, a la pregunta del tribunal, señala que el doctor PEDRO VALDIVIA era un médico más que cumplía funciones como las que se hacen en un policlínico, es decir, viendo toda clase de enfermedades, ello en la Clínica London.
En ese entorno opresivo y cargado de incertidumbre, la brecha ética y profesional entre médicos como Goic y figuras como Silva, Weistein y Valdivia se fue ampliando de manera dramática. Mientras Goic, pese a sus limitaciones quirúrgicas, intentaba mantener la dignidad y el compromiso auténtico con su paciente, aplicando protocolos médicos rigurosos y priorizando una atención humana, los otros médicos y enfermeras, bajo la presión constante de las fuerzas represivas, terminaron subordinando su actuar a intereses ajenos a la salud y la ética. El clima de miedo y la vigilancia permanente hicieron que el juramento hipocrático quedara relegado, dando paso a conductas que, si bien no eran siempre explícitamente negligentes, sí evidenciaban una falta de compromiso con la transparencia y el bienestar del paciente. Esta brecha no solo afectó la confianza interna del equipo médico, sino que también deterioró la percepción pública sobre la integridad del sistema hospitalario, generando una profunda sensación de desprotección y abandono.
De esta manera, la Clínica Santa María, que en el pasado había sido símbolo de protección y recuperación, se convirtió en un espacio marcado por la sospecha y el poder oculto. Las decisiones médicas, lejos de responder únicamente a criterios científicos, parecían estar condicionadas por jerarquías militares y la presencia de agentes que imponían silencio y desplazaban a los especialistas, como se reflejaba en el aislamiento de pacientes y la exclusión de familiares. El ambiente se volvió hostil y peligroso: los pasillos y quirófanos, antes templos de ciencia y compasión, se transformaron en escenarios donde la confianza se erosionaba y cada acción podía tener motivaciones ocultas. Frei Montalva, enfrentando una cadena de intervenciones y aislamiento, vivió un estado de constante terror e incertidumbre, experiencia compartida por otros pacientes y sus familias, quienes percibían que la clínica ya no era un refugio seguro, sino un lugar donde la vida, la ética y la verdad estaban sometidas a la arbitrariedad del poder.
Después de la segunda operación, los días transcurrieron en medio de una angustia creciente. Cada vez que surgía una aparente mejoría en el estado de Frei Montalva, esa esperanza se desvanecía rápidamente ante nuevas recaídas, sumiendo a sus familiares en una profunda incertidumbre. El ambiente en la clínica estaba impregnado de tensión: los seres queridos aguardaban con temor, anticipando que en cualquier instante podía aparecer una complicación inesperada. Los síntomas surgían sin una explicación clara, lo que alimentaba sospechas de que podían estar siendo provocados de manera deliberada, solo para justificar la realización de nuevos procedimientos invasivos. Así, se instauró un patrón repetitivo de intervenciones y aislamiento, donde las acciones médicas, lejos de buscar realmente la recuperación, parecían debilitar progresivamente al paciente. Este proceso fue destruyendo la confianza tanto en el equipo médico como en el entorno hospitalario, y provocó que Frei Montalva se sintiera cada vez más solo y vulnerable, perdiendo todo sentido de seguridad y cercanía con quienes lo rodeaban.
La estrategia implementada por el coronel Silva Garín resultó evidente: en vez de buscar la recuperación del paciente, el objetivo fue aislarlo de sus familiares y seres queridos, privándolo del apoyo emocional fundamental en momentos críticos y haciéndolo cada vez más vulnerable, sin posibilidad de expresar su voluntad. Tras la segunda operación, fue trasladado a una habitación que carecía de las medidas de seguridad adecuadas, lo que permitió que fuera envenenado con gas mostaza sin que nadie lo advirtiera ni interviniera a tiempo para evitarlo. En ese entorno, la sensación de abandono se intensificó: Frei quedó sumido en la soledad, dominado por el miedo y sin recibir respuestas claras del personal médico. Cada día representaba una lucha constante, no solo contra el dolor físico y la impotencia, sino también contra la incomprensión y la indiferencia que lo rodeaban. Como señala Carmen Frei en su libro, este clima de hostilidad y desprotección fue determinante para que su padre quedara expuesto y sin defensa durante el proceso médico:
Después de la segunda operación, fue devuelto a su habitación del cuarto piso. No lo llevaron a la UTI por orden del doctor Silva Garín, y no ‘por decisión de la familia’, como él afirmó ante el juez. Desde ese momento mi padre estuvo tres días completos al cuidado de personas desconocidas, sin que el personal de la clínica ni la familia lo supieran. Todo indica que las mujeres que lo atendieron en ese momento jugaron un rol decisivo en la inoculación de los tóxicos. Durante esos tres días esas enfermeras o agentes encubiertas tuvieron todo el tiempo del mundo para hacer lo que quisieran.
Tanto en el caso de Frei como en el de Lutz, el ambiente hospitalario estuvo impregnado de miedo, vigilancia permanente y una profunda sensación de abandono. Ambos pacientes, intubados y privados de la capacidad de comunicarse verbalmente, se vieron obligados a recurrir a la escritura como único medio para expresar su desesperación y alertar a sus familiares sobre la gravedad de su situación. En medio del temor y la urgencia, con manos temblorosas y rodeados de un silencio opresivo, lograron plasmar frases como “Sáquenme de aquí” o “sáquenme de aquí que me están matando”, que no solo representaban una súplica de auxilio, sino también un testimonio lúcido de su sufrimiento y del peligro que sentían ante decisiones médicas y fuerzas externas fuera de su control. Esas palabras, escritas en la soledad de una sala vigilada, fueron actos de resistencia y denuncia frente a la vulnerabilidad extrema; dejaron constancia de su angustia y de la falta de protección, impactando profundamente tanto a sus familiares como a quienes presenciaron el drama desde el entorno hospitalario.
Declaración judicial de ALEJANDRO PATRICIO LUTZ HERRERA en que ratifica su declaración policial de fojas 4.717 y señala los hechos relacionados con el fallecimiento de su padre, el General AUGUSTO LUTZ URZUA, hecho ocurrido el día 28 de noviembre de 1974, quién a fines del mes de octubre de 1974 concurrió a un cóctel oficial en alguna rama de las Fuerzas Armadas. Amaneció al día siguiente muy enfermo y con sangre, lo atendió el Dr. MIGUEL CERDA, quien era el Médico Jefe de Sanidad Militar de la Quinta División de Ejército en Punta Arenas, quien señaló que una ulcera gástrica que había tenido años atrás le estaba causando el problema y propuso una laparotomía exploratoria, que significa una cirugía para ubicar el lugar del sangramiento, este doctor recibió ofrecimientos de ayuda por parte del Dr. REYES, quien era cirujano del Hospital Regional de Punta Arenas, para cooperar con equipo quirúrgico, dado que ellos tenían más experiencia en este tipo de casos y contaban con mejor implementación. Además los médicos navales, le ofrecieron ayuda para realizar un diagnóstico adecuado, aplicando técnicas no invasivas de endoscopia. Ambos ofrecimientos fueron rechazados por el Dr. CERDA. Su madre le solicitó trasladarlo hasta el Hospital Militar de Santiago, situación que tampoco aceptó, e incluso le dijo que él no daría el pase para ese traslado. Señala que al efectuar la cirugía no encontró el punto sangrante, lo cual ahora entiendo que era obvio, pues en su interior debe haber habido mucha sangre. Después de la cirugía su padre inició un cuadro séptico secundario. A las 48 horas fue trasladado al Hospital Militar de Santiago, por orden del Dr. PATRICIO SILVA GARÍN, quien concurrió personalmente a buscarlo en un avión Lan-Chile, adaptado en su parte posterior como avión-ambulancia. Venía con un equipo completo de su confianza, para atender a su padre y trasladarlo, siendo operado al día siguiente por el Dr. PATRICIO SILVA, quien debió practicarle una resección estomacal (sacar el estómago) no recuerda exactamente si fue total o parcial. Agrega que en esta cirugía se resecó la zona de sangramiento deteniendo la hemorragia, notándose una mejoría importante los primeros días. El cuadro séptico estaba controlado con antibióticos. Que habían pasado aproximadamente unos cinco días de esa notable mejoría, cuando recuerda que se encontraba con su madre en el Hospital y vieron salir al Dr. SILVA de la sala de su padre, notablemente molesto y desencajado y le dijo a su madre que curiosamente las sondas del drenaje que le había instalado durante la cirugía estaban fuera del cuerpo, comenzando a reagravarse la infección ya controlada, producto de que los líquidos que debía eliminar por la sonda se habían estado acumulando. Indica que por esta situación debió reintervenir inmediatamente y hubo complicaciones, entre ellas las respiratorias, por lo cual se solicitó la asistencia de un grupo de médicos de la Universidad Católica, donde además, se facilitó un respirador de mejor tecnología que el que se tenía en el Hospital Militar. Afirma que después de esa cirugía su padre tuvo una leve mejoría. A los tres o cuatro días después a su padre se le inyectó una alta dosis de antibiótico de nombre “gentamicina”, que estaba prescrita en la ficha, pero que después se preguntaban entre los médicos, quien la había prescrito en esa dosis; atendido a que era una dosis superior a la recomendada por varias veces. Con esto se agravó su estado de insuficiencia renal. Por la infección que su padre presentó y que se estaba agravando, se le practicó al menos un aseo quirúrgico para aminorar por medios mecánicos la infección, pero tampoco dio resultados. También se consiguieron antibióticos de alta generación en otros países, entre ellos de Estados Unidos y Panamá, los que tampoco fueron capaces de controlar la infección. Expone que existió otra situación que siempre le llamó la atención a la familia, que dice relación con la custodia permanente que tenía su padre en un área aislada que había en UCI de ese Hospital. Esta seguridad tan celosa hacia su padre, no permitió que él entrara ni una sola vez a verlo. Una vez que su madre logró entrar autorizada, su padre que no podía hablar por estar entubado, pero estaba consciente y tenía una pizarrita en la cual escribió “Sácame de aquí, que me están matando”. Afirma que quedó muy impresionada con este hecho y lo comentó con las personas que estaban a su alrededor. El Dr. SILVA les señaló que su padre se encontraba en un estado de perturbación mental debido a la infección, al uso de medicamentos que alteran su nivel de conciencia, lo que hacía pensar que le estaban haciendo daño y seguramente por eso escribió lo ya dicho. Finalmente mi padre falleció por una falla multisistémica. Relata que años más tarde cuando trabajó en el Hospital Militar, trató de conseguir la ficha médica y exámenes o cualquier rastro de la hospitalización de su padre, lo cual nunca logró obtener, siempre se le dio la respuesta de que no había registro de él en el Hospital. Agrega que siempre le llamó la atención los consecutivos errores y negligencias que se cometieron con su padre que finalmente determinaron su muerte, no obstante que la patología de base de la cual se enfermó en Punta Arenas había sido resuelta con éxito.
A lo largo de los días, Frei Montalva fue sumido en una profunda inestabilidad emocional: en algunos momentos parecía que podía sobreponerse, pero las recaídas inesperadas rápidamente desmoronaban cualquier atisbo de esperanza. Su sistema inmunológico era debilitado de forma deliberada mediante la administración coordinada de talio y gas mostaza, lo que lo hacía sentir cada vez más vulnerable. En un momento de plena lucidez, comprendió con angustia que la clínica había dejado de ser un refugio seguro y se había transformado en un espacio hostil, donde la recuperación era imposible y el encierro parecía ineludible. A tal punto llegó su desesperación, que incluso le solicitó al doctor Osvaldo Bernal que lo desconectaran de los equipos médicos, expresión de la pérdida total de confianza y del deseo de poner fin al sufrimiento que lo consumía.
Declaración judicial de SERGIO OSVALDO BERNAL BUSTOS, donde ratifica su declaración policial de fojas 728 y siguientes, señalando que para el año 1981 era médico residente en la UCI de la clínica Santa María integrando el rol de turnos en forma ocasional, ya que no era del staff de la clínica. Le correspondió atender al ex Presidente en varias oportunidades dejando constancia en la Ficha Clínica.
Señala que le correspondió por primera vez observarlo al recibirlo después de su cirugía por obstrucción intestinal, el día 8 de diciembre, se encontraba en Shock séptico severo, inconsciente, con una presión 50/0, lo que es muy baja. Que él venía de su pieza, y hasta ese momento desconocía que se encontraba en la Clínica. Indica que es él quien lo recibe en la UCl, iniciando las medidas habituales del tratamiento del shock séptico, luego se realizó una junta médica con los doctores GOIC, ZAVALA, SILVA y VALDES, dejó constancia en la Ficha Clínica de las decisiones tomadas; y, según consigna esta, con fecha 8 de diciembre a las 15:00 horas, en términos generales se realizó la reposición de volumen, uso de drogas vaso activas (dopamina), antibioterapia (penicilina, amicacina y clindamicina) y esteroides o corticoides; las cantidades de antibióticos que se administraron eran medidas estándar, pero en general quien tomaba esta decisión era la junta médica presidida por el doctor VALDES. Agrega que ese mismo día a las 17:00 horas, por persistencia del cuadro de Shock, la constatación de infección y hematoma en la herida operatoria se decide intervenir nuevamente por su cirujano el doctor SILVA, decisión que fue tomada en junta con los internistas a cargo del paciente, quién fue a pabellón consciente y somnoliento, esto como a las 20:00 horas y se le realizó un aseo quirúrgico en el cual no participó ya que solo entraron los cirujanos.
Expone que ese mismo día en la noche, cuando ya había terminado su turno, ingresó a ver la paciente don EDUARDO FREI en una habitación dentro de la UCl, este se encontraba consciente y como no podía hablar le facilitó un papel para que pudiera manifestar lo que no podía decir con palabras ya que estaba en ventilación mecánica, con múltiples catéter, uno de ellos arterial, ya tenía sonda nasogástrica y abdomen abierto, escribió que le retiraran las cosas, la idea era que lo desconectaran a lo que durante varios minutos le explicó que su situación era reversible y que por lo tanto tenía que luchar por su vida, a lo que accedió solicitándole nuevamente por escrito que hiciera pasar a su familia, lo que permitió, informándole a su enfermera de la entrada de esta y luego se retiró.
Médicos y enfermeras, atrapados en una atmósfera de miedo constante y bajo la amenaza latente de represalias, se vieron obligados a actuar en contra de sus convicciones más profundas. El temor a poner en riesgo sus propias vidas o las de sus familias los paralizó, llevándolos a guardar silencio frente a la injusticia y el horror que presenciaban a diario. Así, la resignación y la autocensura reemplazaron cualquier intento de protesta o denuncia, permitiendo que la tragedia se consumara sin obstáculos. Bajo la opresión de la dictadura, la vocación de servicio y el juramento de proteger la vida humana se vieron doblegados; la ética profesional fue desplazada por la supervivencia y la indiferencia. El sufrimiento del paciente quedó invisibilizado, y el silencio colectivo se convirtió en el cómplice indispensable de un crimen que jamás debió ocurrir.
Seguramente Frei buscó en el doctor Goic un interlocutor en quien confiar cuando la soledad y el encierro se hacían insoportables, pero Goic nunca reconoció ante el juez haber sostenido tal conversación. El peso de los silencios de quienes lo rodeaban fue tan abrumador como cualquier medida física de aislamiento: cadenas invisibles que lo sumieron en una desesperación insondable. Pronto, la intubación y la vigilancia constante lo privaron de la posibilidad de comunicarse, rodeado de personas que evitaban cruzar miradas por miedo o complicidad. La impotencia lo envolvió como una niebla densa, impidiéndole pedir ayuda o expresar su angustia. En ese estado de aislamiento absoluto, Frei comprendió que su voz había sido anulada, que su destino ya no le pertenecía y que ningún grito de auxilio lograría traspasar el muro de indiferencia y temor que lo rodeaba. Al escribir con esfuerzo “Sáquenme de aquí”, no solo dejó una súplica desesperada, sino la última manifestación de una conciencia lúcida ante el desenlace inminente; el terror se había instalado de manera definitiva, borrando cualquier esperanza de salvación.
Tanto el general Lutz como Frei, figuras de alto reconocimiento y prestigio en la historia de Chile, se vieron enfrentados a una realidad desgarradora tras ocupar cargos de gran relevancia y haber intentado advertir sobre situaciones graves —Lutz, por ejemplo, buscó acusar al general Contreras ante la junta de generales—. Ambos, que alguna vez gozaron de influencia y respeto, terminaron completamente aislados dentro de un entorno hospitalario impregnado de miedo, vigilancia y abandono. La protección que alguna vez los rodeó desapareció, transformándolos en pacientes desamparados y privados de toda capacidad de defensa, obligados a recurrir a la escritura para pedir ayuda desesperadamente: frases como “Sáquenme de aquí” y “me están matando” quedaron como testimonio de su lucidez y sufrimiento extremo. En medio de la indiferencia institucional y el control férreo de quienes detentaban el poder, la red de silencio y represión se fue cerrando sobre ellos, impidiéndoles cualquier posibilidad de comunicación o auxilio, hasta sumirlos en una vulnerabilidad absoluta y sin retorno:
Declaración judicial de CARMEN VICTORIA FREI RUIZ……Agrega que en una de las ocasiones en que entró a ver a su padre a la UTI, se puso delantal y mascarilla para que no le dijeran nada, pero le dio la impresión de que la habían reconocido. Fue en esa ocasión cuando su padre le dijo “de aquí no voy a salir vivo”. Ella no atinó a preguntarle nada más, y añadió que su familia siempre sospechó que le iban a hacer algo.
Carmen Frei relata que, tras escuchar a su padre confesarle el temor de no salir con vida de la clínica, intentó animarlo y darle fuerzas, aunque lamentablemente no se atrevió a indagar más ni a profundizar en el tema. Al salir de la habitación, compartió abiertamente con otros lo que su padre le había dicho, lo que pareció convertirse en un grave error: después de esa visita, el acceso de Carmen a la pieza de su padre se volvió cada vez más restringido, enfrentando mayores obstáculos para verlo. En las escasas ocasiones en que consiguió entrar nuevamente, encontró a su padre bajo los efectos de una fuerte sedación, imposibilitando cualquier conversación significativa o la recepción de algún mensaje adicional. Así, el último intercambio entre ambos quedó marcado por la sensación de impedimento y por la imposibilidad de volver a comunicarse realmente antes del fatal desenlace, reforzando la atmósfera de vigilancia y abandono que dominaba el entorno hospitalario.
La búsqueda de la verdad sobre lo que realmente ocurrió se ha vuelto especialmente difícil, ya que el silencio institucional y la falta de transparencia persisten, impidiendo conocer con claridad las causas y los responsables de la tragedia. Pasaron años antes de que el doctor Augusto Larraín se animara a hablar y a compartir lo que sabía, pero para entonces ya era tarde para cambiar el curso de los acontecimientos. Ante el juez Alejandro Madrid, Larraín explicó que guardó silencio por miedo a que, si expresaba sus dudas en ese momento, pudiera interpretarse como un intento de protegerse o justificar su trabajo como cirujano. Además de ese temor profesional, el doctor Larraín admitió sentir miedo por su propia seguridad: temía que los organismos represivos del régimen pudieran fijarse en él, amenazarlo o incluso hacerlo desaparecer, considerándolo un enemigo interno por atreverse a hablar. Así, la autocensura y el miedo colectivo no solo dificultaron el acceso a la verdad, sino que también prolongaron el sufrimiento de los familiares y protegieron a quienes tenían responsabilidad en los hechos.
En el libro La Verdad sin Hora de Lilian Olivares, el doctor Augusto Larraín expone la posibilidad de que en la operación a Eduardo Frei Montalva se haya producido una contaminación intencionada de las compresas quirúrgicas. Larraín explica que, durante la intervención, alguna de estas compresas pudo haber estado impregnada con una sustancia tóxica aplicada en pequeñas “gotitas”, lo que habría generado complicaciones clínicas y la necesidad de una segunda cirugía. Sostiene que el veneno utilizado era sumamente potente, comparable a los empleados en envenenamientos de origen ruso, aunque también sugiere que pudo tratarse de un químico más simple administrado en bajas dosis, capaz de provocar, tras algunos días, síntomas similares a una obstrucción intestinal. Este cuadro habría servido como pretexto para justificar una nueva intervención, durante la cual se habría facilitado la introducción de otros tóxicos. Estas declaraciones, respaldadas en el contexto del libro y de las investigaciones judiciales, refuerzan la sospecha de una intervención externa y premeditada en el proceso quirúrgico.
Por otro lado, en 1983, Andrés Zaldívar Larraín regresó a Chile por cinco días debido a la enfermedad de su padre, y durante su estadía transmitió a la familia de Frei Montalva la advertencia de Hernán Elgueta sobre irregularidades ocurridas durante la hospitalización del ex presidente. Zaldívar se reunió con su primo, el doctor Augusto Larraín, quien estaba profundamente afectado profesionalmente por su rol en la intervención quirúrgica. Larraín insistió en que realizó una operación “limpia” y sin errores médicos, y que, en su opinión, lo sucedido a Frei se debió a hechos externos al acto quirúrgico, probablemente provocados por terceros ajenos al equipo médico. Cuando se abrió la investigación judicial sobre la muerte de Frei Montalva, fue Andrés Zaldívar quien motivó a su primo a declarar con honestidad todo lo que sabía, aportando así información clave sobre las irregularidades percibidas. Sin embargo, resulta llamativo que Larraín no emitiera opinión negativa sobre la resección intestinal, una cirugía posteriormente considerada equivocada por paneles de expertos, lo que añade complejidad a la evaluación de su testimonio y subraya la importancia de analizar en profundidad tanto el contexto emocional como la dimensión profesional de los involucrados:
Declaración judicial de AUGUSTO MARTIN CARLOS LARRAÍN ORREGO…el doctor PATRICIO SILVA decidió operarlo ese mismo día junto al doctor WAINSTEN, participando él como observador, presenciando lo ya indicado, una mesenteritis hipertrófica localizada de tipo inflamatorio, la que no habría sido de contaminación bacteriana ya que ello habría significado una extensión mayor de la lesión hacía el mesenterio; y, por su experiencia quirúrgica anterior y al no haber encontrado nunca esta lesión en sus intervenciones quirúrgicas abdominales, piensa que solamente puede explicarse por una contaminación localizada por un agente químico o tóxico que no comprometió el resto del mesenterio por lo que este agente sería de tipo deletéreo, esto es, que pudo evanecerse. Ello pudo haber ocurrido, según señala, por la presencia de ese tóxico en una compresa, lo que desliga a la Clínica Santa María de toda responsabilidad en cuanto a la esterilización de los instrumentos quirúrgicos utilizados. El doctor SILVA efectuó una resección abdominal del segmento dilatado, con una unión termino-terminal del segmento intestinal, operación que fue adecuada y efectuada de forma correcta, sin embargo, toda resección intestinal conlleva la posibilidad de una contaminación por gérmenes intestinales. Finalmente, indica que no participó en ninguna junta médica después del regreso del Presidente FREI a la clínica y ningún médico tomó contacto con él para analizar la evolución del paciente. Reitera que ambas operaciones fueron exitosas y no tuvo conocimiento de que médicos de la clínica desempeñaban funciones en los organismos de seguridad de la época.
La compresa, instrumento aparentemente rutinario e inadvertido en cualquier procedimiento quirúrgico, se convirtió con el tiempo en un indicio clave de sospecha en el caso de Frei Montalva. Usada habitualmente para limpiar, absorber fluidos o proteger tejidos durante una operación, sólo décadas después fue señalada como posible vehículo de daño. Así, una herramienta considerada inofensiva pasó al centro del escrutinio, ya que el tejido inflamado del paciente presentaba signos de agresión por un agente imperceptible y no atribuible a causas bacterianas, lo que reforzó la hipótesis de una intervención externa y premeditada.
No existe claridad respecto a si el juez Alejandro Madrid pudo analizar en profundidad los protocolos de seguridad y la cadena de custodia en torno a las cirugías practicadas al ex presidente Eduardo Frei Montalva. Por ejemplo, se desconoce el lugar y modo de almacenamiento de las compresas y demás insumos quirúrgicos, así como quiénes eran los responsables directos de su custodia y cuántas personas tenían acceso a ellos. Estas preguntas resultan fundamentales, pues en un contexto de vigilancia deficiente y procedimientos poco claros, era sencillo que alguien con intenciones maliciosas actuara sin ser detectado. Esta vulnerabilidad se agravó por la falta de alerta temprana por parte del equipo médico, quienes inicialmente asumieron que se trataba solo de una obstrucción intestinal.
La presencia de agentes de la CNI en la Clínica Santa María y en otros hospitales de la época está ampliamente documentada. Se sabe que, días antes de la operación de Frei Montalva, funcionarios externos ajenos al personal médico habitual tomaron el control de áreas estratégicas, como el quirófano y la bodega de insumos médicos. En particular, el quirófano fue sellado de manera inusual: se cerró completamente y se restringió el acceso hasta el momento exacto de la intervención, permitiendo únicamente la entrada del ex presidente y del equipo designado. Esta medida excepcional facilitó que personas externas al personal regular tuvieran acceso directo a los materiales que serían utilizados en la cirugía, aumentando así las sospechas sobre eventuales manipulaciones o acciones deliberadas.
Un montaje de estas características no solo afectó al ex presidente Frei Montalva, sino que, ya fuera por negligencia o descuido, pudo haber impactado a otros pacientes. Un caso revelador es el de Patricio Yáñez, un hombre de treinta y seis años que falleció el 26 de enero de 1982, solo cuatro días después de Frei Montalva. Yáñez fue operado por una diverticulosis aguda y, tras la intervención, presentó una evolución clínica prácticamente idéntica a la de Frei Montalva, desarrollando infecciones graves y persistentes que finalmente le provocaron la muerte. Esta marcada similitud en los síntomas llevó inicialmente a plantear la hipótesis de una infección intrahospitalaria. Sin embargo, con los nuevos antecedentes aportados por la investigación judicial, surge la sospecha de que las complicaciones médicas sufridas por Yáñez podrían haber sido parte de una acción premeditada de envenenamiento. Se plantea que Patricio Yáñez pudo haber sido utilizado como un experimento paralelo al de Frei Montalva, donde los organismos represivos aprovecharon su caso para probar los efectos y dosificaciones de talio y gas mostaza en el organismo. Así, Yáñez habría servido como un “ensayo general”, permitiendo calibrar el método de envenenamiento. La coincidencia temporal y la similitud clínica entre ambos fallecimientos refuerzan esta hipótesis, evidenciando la meticulosidad y el cálculo de quienes planearon estos crímenes.
Durante las investigaciones encabezadas por el juez Alejandro Madrid, un panel de ocho médicos especialistas analizó detalladamente el caso de Eduardo Frei Montalva y llegó a una conclusión unánime: el doctor y coronel Patricio Silva Garín no actuó conforme a los estándares éticos y profesionales exigidos en la medicina. Determinaron que sus decisiones y procedimientos durante el tratamiento no solo fueron irresponsables, sino que también carecieron del rigor y la ética necesarios, poniendo en riesgo la salud y la vida del ex presidente. Esta evaluación se fundamentó en la revisión exhaustiva de los antecedentes clínicos, las intervenciones quirúrgicas y la gestión de la información médica a lo largo del proceso:
Se constituyó un panel de expertos conformado en el servicio médico legal, compuesto por ocho médicos de distintas especialidades: CAROLINA HERRERA CONTRERAS, medicina intensiva (broncopulmonar), JAVIER BRAHAM BARRIL, medicina interna (gastroenterología), RONALD DE LA CUADRA ESPINOZA, cirugía digestiva, ALFREDO RAMÍREZ NUÑEZ, medicina interna (cardiología), LUIS THOMPSON MOYA, medicina interna (infectología), ANTONIO SAFFIE IBAÑEZ, medicina interna (nefrología), MELCHOR LEMP MIRANDA neurocirugía, RODRIGO SALINAS RIOS, neurología. Estos médicos concluyeron que existieron dos instancias donde el doctor Silva no se ajustó a la lex artis, que en el ámbito médico y jurídico, es un concepto que se refiere al conjunto de normas, prácticas, conocimientos y criterios que un profesional debe seguir para actuar con responsabilidad, ética y competencia en su campo. En medicina, implica que el profesional debe actuar conforme a los estándares aceptados por la comunidad científica y médica. Las dos instancias identificadas unánimemente por el panel de médicos donde eso no ocurrió fueron las siguientes:
- La decisión de realizar una segunda intervención quirúrgica el 6 de diciembre de 1981 no estaba justificada por la información clínica disponible en ese momento. Al analizar el caso posteriormente, tampoco se encontró evidencia suficiente en los exámenes histológicos ni en la observación directa de la parte extraída del intestino que respaldara la necesidad de cortar ese segmento.
Los especialistas que analizaron el caso concluyeron que no había fundamentos médicos para realizar una segunda intervención quirúrgica ni para extraer un segmento del intestino, ya que los síntomas presentados por el paciente no correspondían a los de una obstrucción intestinal real. Además, la pieza removida no mostraba las características patológicas habituales de este tipo de afección, lo que evidencia que la cirugía fue innecesaria desde el punto de vista clínico.
Como resultado directo de esta intervención injustificada, el paciente quedó en una situación extremadamente vulnerable, susceptible a infecciones graves y otras complicaciones postoperatorias. Investigaciones posteriores demostraron que durante el tratamiento se utilizaron sustancias tóxicas como gas mostaza y talio, que deterioraron severamente el sistema inmunológico del paciente. Este debilitamiento dejó al paciente indefenso ante microorganismos que, en condiciones normales, no representarían un riesgo significativo. Por tanto, no fue necesario recurrir a bacterias especialmente peligrosas: la combinación de una cirugía innecesaria y la exposición a agentes tóxicos bastó para provocar un daño irreversible.
- La ausencia de registro de signos vitales en un período crucial de su evolución post operatoria, no es compatible con una buena práctica médica, ni hoy ni en la fecha en que se llevó a cabo la reintervención. Al panel de médicos le llamó poderosamente la atención que, al revisar la ficha médica del paciente, observaron que el día siguiente a la segunda intervención quirúrgica no se registró absolutamente ninguna información referente a los signos vitales ni a otros datos relevantes del postoperatorio. Estos registros, que por protocolo son obligatorios y esenciales para monitorear la evolución y estado de cualquier paciente tras una operación, simplemente no existían en la documentación. Tal ausencia no puede considerarse un error menor, ya que implica dejar al paciente sin el control médico necesario en una etapa crítica de recuperación. Por su gravedad, esta omisión solo puede explicarse por una negligencia extrema por parte del equipo médico encargado, o, en el peor de los casos, podría ser interpretada como un intento deliberado de ocultar información clave y dificultar futuras investigaciones sobre lo ocurrido, ya que sin esos datos resulta mucho más complejo reconstruir los hechos y determinar las causas de posibles complicaciones o desenlaces fatales.
Declaración judicial de MELCHOR BRUNO LEMP MIRANDA, Médico neurocirujano.
Consultado sobre cuál sería la razón médica para que el paciente hubiere presentado tal agravamiento luego de la primera intervención, responde que a este respecto le parece algo extraño, que no se condice con el estado del intestino analizado en la anatomía patológica, que no era de oclusión. La impresión que les quedó es que su estado general no era tan grave.
Declaración judicial de JAVIER RENÉ BRAHM BARRIL, médico gastroenterólogo.
Consultado sobre por qué razón en la discusión del caso se señala que los hallazgos anatomopatológicos de la pieza quirúrgica obtenida en la intervención del día 6 de diciembre, no es compatible con la presencia de obstrucción intestinal o sepsis abdominal. Responde que en una obstrucción intestinal que llevaba unos días, de acuerdo con el relato, se hubiera esperado encontrar un intestino más dañado. Que en este caso no parecía haber un daño severo, y si había una sepsis, debió haberse presentado una necrosis del asa, y si el facultativo resecó un trozo de intestino, éste se presenta muy poco enfermo de acuerdo a lo que se expresan el informe anatomopatólogo.
Declaración judicial de EMILIO MERHE NIEVA, médico urólogo.
…por otra parte el trozo de intestino que se sacó en la segunda operación, no tenía alteraciones que justificaran hacerlo, no era un tejido negro o, incluso, agrega que la obstrucción intestinal era objetable.
Declaración judicial de LUIS ALFREDO RAMÍREZ NÚÑEZ, médico cardiólogo.
Consultado respecto de los síntomas de la inoculación del talio, responde que el cuadro clínico es insidioso, consiste en dolores abdominales de tipo cólico, meteorismo, vómitos, dolores cólicos que son expresiones del calambre abdominal. Indica que desde el punto de vista clínico, estos síntomas pueden confundirse con los de una obstrucción intestinal, pero desde el punto de vista semiológico, de ninguna manera los síntomas que tuvo el paciente se condicen con los de una obstrucción intestinal.
Declaración judicial de RODRIGO ALEJANDRO SALINAS RÍOS, médico cirujano neurólogo.
…y éste constituye una parte del intestino el que no demuestra la razón quirúrgica que tuvo el señalado facultativo. Asimismo, el diagnóstico que tenía el paciente al reingreso de la Clínica Santa María no evidenciaba compromiso vital.
Declaración judicial de CAROLINA DEL CARMEN HERRERA CONTRERAS, médico con especialidad en medicina interna.
…Finalmente en cuanto a cuáles son los síntomas cuando se da la ingestión de talio, responde que son los mismos, y existe una posibilidad razonable a que esa etiología podría haber sido la que ocasionara las manifestaciones clínicas del paciente analizado. Finalmente agrega que en el anexo número uno cuando se señala “el talio es una posibilidad diagnosticada que debe ser descartada”, lo que se quiere decir es: “que es una posibilidad que debe ser planteada y estudiada”.
Declaración judicial de Elvira sol del Carmen Miranda
Vázquez, médico Cirujano.
Consultada sobre el número uno de sus propias observaciones, señala que se considera que la resección del segmento intestinal no se justificó, por cuanto no muestra cardiovasculares secundarios a una obstrucción (signo de necrosis) ni tampoco reacción peritoneal. Tampoco se describe una ruptura intra operatoria en alguna zona del segmento intestinal.
Declaración judicial de RONALD RAFAEL DE LA CUADRA ESPINOSA, médico Cirujano.
…le llamó también la atención el hecho que la sección del intestino delgado resecado al momento de la reintervención quirúrgica del paciente, no hace mención a una estructura intestinal sin vitalidad (necrosis). Agrega que también le llamó la atención el hecho que el segmento del intestino resecado sólo mostraba congestión al estudio de anatomía patológica y no se menciona desvitalización de la estructura resecada. Finalmente indica que en su experiencia cirujano digestivo, ha observado que al no existir una desvitalización del intestino, la posibilidad de infección masiva es de rara ocurrencia.
Declaración judicial de LUIS ADALBERTO THOMPSON MOYA, médico con especialidad en medicina interna y microbiología (infectología).
…agrega que lo que dice relación con el trozo de intestino que se extrajo de 35 cm, en el informe del doctor Rosenberg de la Clínica Santa María (no es el patólogo de la universidad Católica), se explica que dicha parte del intestino delgado no tenía necrosis, solamente congestión y está sea vascular, lo que según le señaló la doctora anatomo patólogo doña Elvira Miranda, era esto una cosa mínima y nos habría justificado la resección, poniéndose en duda la necesidad de dicha resección.
¿Cómo es posible que los médicos más cercanos a Frei Montalva mostraran tan poca iniciativa para investigar a fondo su situación? La respuesta radica en el ambiente asfixiante de miedo, presión institucional y lealtades personales que imperaba tanto en el entorno médico como político de la dictadura. Los organismos represivos del régimen, como la CNI, mantenían una vigilancia constante sobre las decisiones médicas y el funcionamiento de la Clínica Santa María, generando un clima de temor y autocensura que paralizó la capacidad profesional y humana de los médicos. En ese contexto, cuestionar o indagar demasiado podía tener consecuencias graves, lo que explica la falta de curiosidad y el silencio que rodeó el caso.
En contraste, el panel de especialistas que evaluó el caso en tiempos de libertad analizó los antecedentes sin amenazas ni presiones externas, lo que permitió una revisión abierta y transparente. Todos coincidieron de manera unánime en señalar las graves irregularidades y errores cometidos, basándose en criterios científicos y objetivos. La ausencia de miedo y presión política posibilitó que se examinaran los hechos con rigor y honestidad, destacando que el diagnóstico inicial de obstrucción intestinal carecía de fundamento y que la segunda cirugía estuvo marcada por irregularidades. Este contraste evidencia cómo la dictadura condicionó el actuar de los médicos y cómo, en un ambiente libre, la claridad y la unanimidad profesional florecieron, dejando al descubierto las contradicciones y silencios del pasado.
Tras la segunda cirugía, se produjo un hecho crucial que comprometió seriamente la recuperación de Frei Montalva. Las investigaciones revelaron que, durante periodos en los que el paciente permanecía solo en su habitación, sin familiares ni la supervisión habitual del personal médico, recibió visitas de personas desconocidas. Entre ellas, se identificó la presencia de enfermeras cuya relación oficial con la clínica nunca pudo ser confirmada, lo que generó inquietud sobre su rol y participación en los acontecimientos.
En ese contexto de escasa vigilancia y aprovechando la ausencia de testigos, los responsables —como el doctor Pedro Valdivia y Silva Garín— pudieron administrar a Frei Montalva pequeñas dosis de gas mostaza y talio, con el objetivo de agravar sus síntomas y debilitar su salud. Según los antecedentes recabados, estas sustancias fueron suministradas durante la noche, cuando la actividad en la clínica era mínima. Resulta especialmente conmovedora la declaración de Carmen Valenzuela, auxiliar de enfermería, quien relató el sufrimiento del paciente y la extrañeza de los procedimientos nocturnos, reforzando la gravedad de lo sucedido.
Declaración judicial de LUZ DEL CARMEN VALENZUELA BASSALET, auxiliar de enfermería, quien ratifica su declaración policial de fecha 19 de marzo de 2009 rendida ante la Policía de Investigaciones de Chile, la cual fue otorgada señalando lo siguiente: que trabajó en la casa de don ARTURO FREI MONTALVA desde el año 1966 como auxiliar de enfermería de su madre doña MARÍA VICTORIA MONTALVA, quien falleció el 16 de octubre de 1972 y después continuó trabajando en forma esporádica con la familia FREI MONTALVA. Indicó que comenzó en enero del año 1982. No recuerda la fecha exacta en que llegó a su domicilio la hija mayor de don EDUARDO FREI MONTALVA, IRENE, acompañada de la asesora del hogar MARÍA ISABEL DÍAZ DELGADO, a solicitud del expresidente para solicitarle el cuidado postoperatorio del señor FREI a lo cual accedió inmediato. Fue por ello que concurre directamente la clínica Santa María donde se encontraba internado. Entra a su habitación donde se encontraba acompañado de una enfermera a la cual el señor FREI hizo salir. Fue así que conversó con él, aún se encontraba lúcido, pero pasaba por momentos de dolor y decaimiento. Le habló textualmente del médico de cabecera pero no le entregó su nombre, no le entendió si quería hablar con él o decirle alguna cosa respecto de él, que lamentablemente no lo logró entender. Afirma que también le habló de una enfermera que ingresaba todas las noches a inyectarle un medicamento que le producía mucho dolor, y tampoco pudo darle muchos detalles, no le quiso preguntar más antecedentes ya que en ese momento jamás pensó que algo malo le podría pasar. Que su impresión fue que lo encontró muy triste y que quería salir de esa clínica, que le pidió que una vez que saliera de la Clínica la compareciente lo cuidara por la confianza que existía de años. En dicha visita estuvo alrededor de un cuarto de hora y decidió retirarse ya que él estaba muy cansado.
Declaración judicial de fecha 23 de septiembre el año 2009 en la cual ratifica su declaración policial anterior y además agrega lo siguiente: señala que don EDUARDO le pidió en la Clínica que lo cuidara una vez que él saliera de ahí, incluso le señaló que no quería que nadie más lo cuidara, que lo hiciera solamente ella, frente a lo cual le manifestó que no había problema que solamente tenían que avisarle cuando ocurriera. Después que le hizo esa petición recuerda que hablaba mucho de su médico de cabecera sin dar su nombre, pero no entendió lo que le quiso decir, que le hablaba de él ya que su voz se notaba cansado y agitado, que trataba solamente de escuchar sin interrumpirlo, pero se notaba que estaba bastante grave, cuando se movía se quejaba y estaba bastante pálido. Afirma que lo que sí logró entender es que le dijo que una enfermera iba todas las noches a inyectarle un medicamento a través del suero el cual le provocaba mucho dolor, luego de ello y al notar que estaba muy cansado por el tono de su voz, decidió despedirse y salir de la habitación, que si ella hubiera sabido lo que ahora se sabe o se presume, habría puesto más atención a los detalles de lo que le decía respecto de su médico pues quizá ahora sería importante, pero no lo hizo en su oportunidad.
La segunda intervención quirúrgica sobre Frei Montalva tuvo como propósito, según las investigaciones y testimonios, dejarlo en una situación de extrema vulnerabilidad para poder administrarle sustancias tóxicas, como gas mostaza y talio, en dosis bajas y controladas. Esta acción, llevada a cabo en el contexto de presión y miedo que imperaba en la clínica, buscaba debilitar intencionadamente su sistema inmunológico, reduciendo drásticamente sus defensas naturales. De ese modo, el ex presidente quedó expuesto a infecciones comunes, que en circunstancias normales no representarían un peligro grave. Los responsables evitaron inocularlo con bacterias peligrosas como salmonella typhi o enterococcus faecium, ya que ese procedimiento habría generado sospechas inmediatas de envenenamiento. En su lugar, optaron por una estrategia indirecta: al destruir su sistema inmunológico, cualquier infección habitual podía convertirse en mortal y pasar inadvertida como una complicación postoperatoria o consecuencia de una enfermedad común.
Un dato fundamental que evidencia el daño provocado al sistema inmune de Frei Montalva es la aparición de una linfocitopenia severa, es decir, una disminución marcada de linfocitos, células esenciales para la defensa del organismo frente a virus y bacterias. Esta afección dejó su cuerpo indefenso y extremadamente vulnerable. La administración de gas mostaza y talio no solo redujo el número de linfocitos, sino que también alteró su funcionamiento, impidiendo que los pocos linfocitos restantes pudieran combatir incluso infecciones simples. Bajo condiciones normales, los linfocitos T y B identifican y eliminan microorganismos dañinos, además de generar memoria inmunológica para futuras amenazas. Sin embargo, cuando estos linfocitos escasean o su función está bloqueada, como ocurrió en el caso de Frei, cualquier germen puede desencadenar una infección generalizada y letal. Esta situación explica por qué, tras la segunda cirugía, el paciente nunca mostró mejoría y su estado se agravó de manera irreversible.
Cuando Frei Montalva conversó con Carmen Valenzuela, auxiliar de enfermería, le pidió ayuda consciente de que podía estar siendo envenenado. Resulta revelador que solicitara a la enfermera que lo acompañaba en su habitación —presumiblemente vinculada a la CNI— que se retirara, para así tener la privacidad necesaria y confiar su inquietud a Carmen Valenzuela. Este acto refleja la profunda desconfianza y el temor que sentía, buscando refugio en alguien de confianza ante la amenaza invisible que lo rodeaba.
Tras la segunda intervención quirúrgica, la salud de Frei Montalva se deterioró de forma acelerada y notoria. De acuerdo con las investigaciones, durante el periodo postoperatorio fue deliberadamente contaminado con sustancias tóxicas —presuntamente por el doctor Valdivia, Silva Garín (identificado por Frei como su médico de cabecera), o indirectamente a través de una enfermera—. Como resultado, múltiples infecciones comunes se propagaron rápidamente por su organismo, sin posibilidad de control, agravando su estado hasta llevarlo a la muerte. El doctor Goic, en una entrevista, sintetizó la situación al afirmar que Frei «nunca despegó», es decir, jamás mostró signos de mejoría ni logró recuperarse tras la cirugía, precisamente porque su sistema inmunológico había sido destruido intencionalmente:
Declaración judicial DE EDUARDO ALFREDO JUAN FREI RUIZ TAGLE. Está el tema de las fichas que se perdieron en la clínica y se tardó años en recuperarla. Hay registros en estas fichas que SILVA GARIN entraba en la noche con personal del Hospital Militar a hacer procedimientos. En las declaraciones que se han prestado aparece la presencia de Talio y gas mostaza. Podría agregar muchas más dudas porque está lleno de dudas, la autopsia ilegal, por qué no se hizo una como corresponde, ninguno de los médicos tuvo la capacidad para pedirla. Podrían referirse al caso de LUTZ, pero lo que más me duele es que mucha de esa gente, contó con la confianza del Presidente FREI, como BECERRA, el doctor SILVA, y el doctor PATRICIO ROJAS, en donde le inyectaron cantidades gigantescas de un medicamento que él ordenó traer, ¿quién responde?
No solo fueron los médicos cercanos quienes fallaron al ex mandatario; también Becerra, considerado por la familia como un hombre de absoluta confianza, tuvo un papel crucial en el círculo íntimo de Eduardo Frei Montalva. Su acceso libre a todos los espacios de la casa y la cercanía con la familia eran tan evidentes que, tras el fallecimiento de Frei, se le encomendó la tarea de recibir a quienes llegaban a presentar sus condolencias. Sin embargo, durante las investigaciones dirigidas por el juez Alejandro Madrid, se reveló una dolorosa verdad: Becerra trabajaba como informante remunerado de la CNI. Esta colaboración, lejos de ser voluntaria, fue forzada por una situación personal; la relación sentimental de su hija con un miembro del Frente Patriótico Manuel Rodríguez sirvió de pretexto para que la CNI ejerciera presión sobre él, obligándolo a actuar en contra de personas que habían depositado en él su confianza. Además de desempeñarse como chofer, Becerra era vigilado y sometido a constantes amenazas, lo que lo llevó a convertirse en un instrumento de vigilancia y traición dentro del entorno del ex presidente. Así lo documentó el juez Madrid en su sentencia, poniendo al descubierto la compleja red de coerción, miedo y traiciones que marcó los últimos días de Frei Montalva. La familia, al enterarse de esta situación, experimentó una profunda sensación de desengaño y vulnerabilidad, comprendiendo que el ambiente de represión y terror podía transformar incluso a sus aliados más cercanos en agentes involuntarios de la dictadura:
VIGESIMO OCTAVO: Que no obstante que el acusado antes nombrado (Becerra) en su declaraciones policiales y judiciales que se mencionan, ha negado su participación en los hechos que se le atribuyen, obren en su contra los siguientes elementos de juicio:
c.-Que, también el señalado acusado ha reconocido su participación como informante de los organismos represivos existentes en dicho período de tiempo, habiendo sido contratado para dicho fin por el agente de la CNI Raúl Lillo Gutiérrez, siendo remunerado por los expresados servicios, los que prestó por haber sido presionado por el hecho de que su hija mantuvo una relación sentimental con un integrante del frente patriótico Manuel Rodríguez, lo cual era conocido por los servicios de seguridad de la época, siendo obligado a realizar acciones que iban en perjuicio de personas que eran integrante del partido Demócrata Cristiano, los que habían depositado en él su confianza.
A Eduardo Frei Montalva no solo le destruyeron su sistema inmunológico —dejándolo indefenso ante cualquier infección—, sino que el miedo y la presión también paralizaron a quienes debían protegerlo, especialmente dentro de su círculo más cercano. El doctor Patricio Rojas, concuñado del coronel Silva Garín y ex ministro del Interior durante el gobierno de Frei, asumió un papel crucial en las últimas semanas del ex presidente, convirtiéndose en el principal enlace entre el equipo médico y la familia. Rojas insistió públicamente en que la muerte de Frei se debió únicamente a complicaciones médicas, descartando toda posibilidad de intervención irregular, y aseguró que la familia había autorizado los procedimientos post mortem. Sin embargo, el juez Alejandro Madrid consideró que estas declaraciones fueron un intento deliberado de encubrir la verdad, una estrategia para proteger no solo a sí mismo, sino también a su concuñado, el doctor Silva Garín. Esta actitud generó inquietud incluso entre los propios familiares, como lo expresó abiertamente la hija de Frei al preguntarse: “¿A quién protege este señor?”, sugiriendo que Rojas, antes amigo cercano, ahora actuaba movido por el temor y en defensa de intereses ajenos a los de la familia. Es probable que, enfrentado a un entorno dominado por la intimidación y el riesgo de represalias, Patricio Rojas optara por ocultar información y emitir declaraciones falsas, no tanto por traicionar deliberadamente a Frei, sino por protegerse a sí mismo en medio de un clima hostil. Así, quienes alguna vez fueron aliados de confianza terminaron, quizás sin plena conciencia, convirtiéndose en cómplices involuntarios del encubrimiento que rodeó la muerte del ex presidente, demostrando cómo el miedo puede transformar a las personas y sellar la impunidad.
Declaración judicial de MARÍA INÉS FREI RUIZ-TAGLE quién indica que con respecto a si la familia fue informada y autorizó la realización de un examen anatomopatológico a su padre, dice que no, no se les preguntó ni se les dijo nada, tanto es así, que ella se enteró del examen cuando salieron las noticias hace poco, y que mencionaba que se había encontrado un protocolo de autopsia en la clínica de la Universidad Católica. El doctor PATRICIO ROJAS dijo que la familia sabía, pero eso no es cierto. Señala que con el tiempo, la explicación que ella le encuentra, es que le extrajeron los órganos a su padre con el fin de que si posteriormente se hacía una exhumación a su cadáver, no existiera prueba de nada. Lo anterior, como una opinión personal.
Tras la segunda intervención quirúrgica, se cometió una grave negligencia médica: en vez de ser trasladado a la Unidad de Terapia Intensiva (UTI), como exigía su delicado estado tras una cirugía mayor, Frei fue llevado a una habitación común. Esta decisión redujo drásticamente el nivel de vigilancia y los cuidados postoperatorios, dejándolo en una situación de extrema vulnerabilidad. El acceso restringido y el monitoreo constante de la UTI habrían limitado las posibilidades de intervención externa, pero al ubicarlo en una sala convencional, se facilitó la infiltración de agentes represivos. Estos contaban con privilegios para circular por las áreas críticas de la clínica —salas de vigilancia, accesos a quirófanos y zonas de recuperación—, supervisando cada movimiento sin despertar sospechas del personal médico habitual. Aquellos que percibieron anomalías prefirieron mantenerse al margen, paralizados por el temor y la represión imperante.
En esos días marcados por la fiebre abrasadora y una soledad abrumadora, Frei Montalva sintió cómo la sospecha se instalaba en lo más profundo de su ser, creciendo como una sombra implacable. Su habitación se transformó en una celda de silencios pesados, donde cada sonido se volvía un eco de posible traición y cada mirada, una amenaza latente. Resulta desgarrador imaginar la angustia que lo invadió al comprender que estaba siendo eliminado lentamente, y que el peligro acechaba incluso desde su círculo más próximo. Cuando las fuerzas, los aliados y la esperanza lo abandonaron, la certeza de su indefensión lo atravesó por completo, dejándolo solo ante el miedo, con la soledad como única compañía.
En los días más sombríos, cuando la fiebre devoraba su cuerpo y la soledad se volvía insoportable, Frei Montalva quizá encontró en la auxiliar Carmen Valenzuela —quien alguna vez cuidó a su madre— un último resquicio de consuelo, una presencia cálida en medio de la indiferencia. Seguramente buscó también refugio en el doctor Alejandro Goic, su confidente y amigo, anhelando en él una palabra de esperanza, una señal que avivara su ánimo. Sin embargo, el ambiente enrarecido podía alimentar tanto la cercanía como la distancia: ante el menor indicio de traición o la ausencia de respuestas sinceras, Frei pudo sentir que hasta sus más cercanos lo abandonaban, dejándolo expuesto a sus temores más oscuros. El silencio se convirtió en su único aliado, mientras esperaba que alguien —cualquiera— se atreviera a romper ese cerco de complicidad y miedo. Nadie lo hizo. Así, el horror de sentirse vulnerable y desprotegido, de intuir el veneno y la traición sin poder defenderse, lo fue consumiendo lentamente, más que cualquier fiebre, más que el dolor físico: lo mató la certeza de que la vida se le escapaba rodeado de sombras y abandono.
¿Cómo respondió el doctor Goic ante la súplica silenciosa de Frei Montalva? ¿Logró comprender el peso de sus palabras, o la sospecha le resultó insoportable, atrapado entre la lealtad y el temor? Quizá, enfrentado a una verdad tan brutal, vaciló entre creer en su paciente y aferrarse a la esperanza de que todo fuese una pesadilla pasajera. Tal vez, paralizado por la amenaza latente, prefirió fingir calma y seguir el tratamiento habitual, ocultando su angustia bajo una máscara de serenidad. La prudencia —más cercana a un instinto de supervivencia que a la cobardía— fue su refugio ante un poder que no admitía errores ni rebeldía. Así, incluso los más leales optaron por el silencio, resignados ante una maquinaria implacable que transformaba la amistad en sospecha y el coraje en resignación amarga.
El doctor Augusto Larraín, apartado de toda responsabilidad tras la primera operación, guardó silencio durante dos décadas. Solo cuando el caso de Eduardo Frei Montalva ya era poco más que un expediente olvidado en los archivos judiciales, decidió hablar. Para entonces, el tiempo había enfriado las pruebas y la versión oficial —que atribuía la muerte de Frei a causas naturales o complicaciones quirúrgicas habituales— se mantenía inalterable, sostenida en parte por el silencio de profesionales como Larraín. Su tardía declaración no solo revela el peso de las presiones y el temor, sino también cómo la impunidad se asentó en la memoria colectiva, dejando abiertas heridas que aún hoy reclaman respuestas.
Aquí me asalta una incógnita que me persigue: ¿El doctor Goic compartió con mi padre las sospechas y temores que circulaban en la clínica durante aquellas visitas a nuestra casa? ¿Alguna vez, aunque fuera en voz baja y temblorosa, se atrevieron a mencionar la posibilidad de un envenenamiento, o prefirieron el silencio para no enfrentar una verdad aterradora? ¿Qué palabras cruzaron en esos momentos cargados de incertidumbre y miedo? ¿Papá, tuviste el coraje de mirar de frente el peligro, o te protegiste evitando saber más, buscando refugio en la negación, como tantos otros? A veces me pesa ese silencio, ese espacio vacío donde las respuestas no llegan y las emociones se confunden con la impotencia. Me queda el deseo —tardío, pero sincero— de haberte acompañado y demostrarte que no estabas solo, que el amor supera cualquier miedo. No hay reproches, solo comprensión y un profundo respeto por tu lucha. Al final, la soledad que te rodeó no fue solo personal, sino el reflejo de una época donde el miedo se impuso sobre la verdad y donde muchos, como tú, debieron escoger entre proteger a los suyos o enfrentar un peligro que parecía inabarcable.
Declaración judicial de NELSON HUGO JOFRE CABELLO, (Policía de Investigaciones),
…..hubo un daño provocado intencionalmente por parte del doctor SILVA cuando ingresa en altas horas de la madrugada con su equipo de confianza del Hospital Militar a hacerle lavados peritoneales al paciente, sin ocupar funcionarios de la clínica Santa María, por lo que puede concluir policialmente que hubo un daño inmunológico provocado e intencionado.
Declaración de FRANCISCO JAVIER FREI RUIZ TAGLE.
…..Consultado sobre cómo le consta que PATRICIO SILVA era uno de los médicos que ingresaba extemporáneamente a la UTI, se lo informó una enfermera de la clínica Santa María, pero que no recuerda el nombre.
Declaración judicial DE EDUARDO ALFREDO JUAN FREI RUIZ TAGLE, quien ratifica su declaración prestada por oficio a este Tribunal, y además señala:
Está el tema de las fichas que se perdieron en la clínica y se tardó años en recuperar. Hay registros en esas fichas de que SILVA GARIN entraba en la noche con personal del Hospital Militar a hacer procedimientos.
Augusto Pinochet jamás necesitó ensuciarse las manos ni trazar personalmente los detalles más oscuros de los crímenes cometidos bajo su régimen. Bastaba su presencia, esa sombra omnipresente que exigía reportes diarios y detallados sobre el estado de salud de Frei Montalva. Incluso el gesto de ofrecer un respirador —lejano a cualquier acto de compasión— servía solo para subrayar su dominio y vigilancia constante, recordando a todos quién tenía el verdadero poder. Pinochet delegaba la ejecución, pero nunca soltaba el control: desde la penumbra, manipulaba cada movimiento, impartiendo instrucciones solapadas y asegurándose de no dejar huellas directas de su intervención.
En las reuniones diarias con el general Contreras, no hacía falta una orden explícita. Bastaban sus palabras, cargadas de veneno y desprecio, para señalar el camino: “¿A Prats? Ojalá no volver a verle la cara”; “¿Tucapel Jiménez? Otro huevón”; “¿Orlando Letelier? Un ser despreciable, cuánto daño me hizo ese hijo de puta en Washington”; “¿Bernardo Leighton? Un traidor hablando mal de Chile en Roma, un perfecto vende patria”. Frases gélidas, calculadas, que no necesitaban explicación y dejaban claro el destino de quienes caían en su desagrado.
Contreras, atento y silencioso, entendía la gravedad de cada sentencia. Tomaba notas, saboreaba el café caliente y captaba el mensaje implícito: cualquier error o desacato podía costarle caro. Así, el verdadero horror no residía en un mandato explícito, sino en la atmósfera asfixiante de control y temor que Pinochet imponía, donde cada silencio, cada insinuación, era suficiente para poner en marcha la maquinaria de muerte. En ese entorno, la vigilancia era absoluta y la verdad, como en la habitación de Frei Montalva, siempre estaba bajo custodia y lejos del alcance de quienes más la necesitaban.
Declaración judicial de MARÍA VICTORIA DE LARRAECHEA BOLÍVAR, enfermera, quien ratifica su declaración policial de fecha 3 de junio del año 2003 la cual señala lo siguiente: que se tituló como enfermera universitaria en el año 1979 en la universidad Católica de Santiago, desarrollando sus actividades profesionales en la clínica Santa María, enfermera de piso y de UTI (unidad de tratamiento intensivo).
Finalmente quiere señalar que tenían la orden del doctor DUVAL Director de la clínica que en caso de muerte de EDUARDO FREI MONTALVA al primero que se le debía informar (antes de la familia), sería a don AUGUSTO PINOCHET, por tanto había que marcar un teléfono determinado que estaba anotado en la UCI.
Esta directriz, que obligaba a informar primero a Pinochet sobre el fallecimiento de Frei Montalva, revela no solo el interés personal y político del dictador en el desenlace final, sino también su obsesión por controlar cada detalle del flujo de información y decidir cuándo y cómo se haría pública. Para la familia, este mandato representaba una humillación y una pérdida absoluta del derecho a enterarse primero de la muerte de su ser querido, dejando claro que el destino de Frei estaba sometido a los intereses del poder y no a la voluntad ni al dolor de quienes lo amaban. Todo el entorno hospitalario se impregnaba de una atmósfera de vigilancia y manipulación, donde el miedo a las represalias era tan real como la impotencia de los familiares por acceder a la verdad.
La sospecha se hizo cada vez más profunda entre la familia y el personal encargado de cuidar a Frei. Durante los días de hospitalización, la rutina perdió toda normalidad, transformándose en una sucesión de gestos inquietantes: miradas evasivas, indicaciones contradictorias, cambios repentinos en los equipos médicos y comentarios ambiguos sobre el estado del paciente. Nadie sabía en quién confiar ni a quién creer, pues cada médico –especialmente el coronel Silva Garín– interpretaba los síntomas de manera distinta, alimentando la confusión en vez de ofrecer respuestas. Así, la incertidumbre era palpable en cada rincón de la clínica, y la ansiedad se convertía en una presencia constante que erosionaba la tranquilidad de los familiares.
El ir y venir constante del personal médico, los cambios abruptos de turno y los silencios prolongados entre quienes transitaban por los pasillos contribuían a crear un ambiente opresivo en la clínica. La familia, desesperada por encontrar certezas, se aferraba a los registros clínicos y a los recuerdos de conversaciones, escudriñando cada palabra y cada gesto en busca de una señal salvadora. Sin embargo, la verdad parecía escaparse entre las sombras y los vacíos, sumiendo a los familiares en una sensación de impotencia y desconcierto. La incertidumbre reinaba, y el clima de sospecha, miedo y frustración se instalaba como una presencia inevitable, dejando claro que lo que ocurría iba mucho más allá de una simple lucha por la salud: era una batalla por el control de la verdad.
La percepción de que la verdad estaba siendo sistemáticamente oculta se volvía cada vez más angustiante, especialmente para Carmen Frei. El miedo constante, las alianzas rotas y la sensación de amenazas latentes creaban un panorama en el que la información llegaba fragmentada, envuelta en rumores y versiones contradictorias. La desaparición inexplicable de documentos médicos y la falta de coincidencia en los testimonios de los involucrados no solo alimentaban la sospecha, sino que reforzaban la sensación de indefensión ante una manipulación del destino de Frei Montalva por fuerzas ajenas al control de su círculo cercano.
En ese ambiente de lealtades confusas y miedos crecientes, la búsqueda de respuestas se volvió una tarea cada vez más difícil y dolorosa. Las conversaciones se tornaban reservadas, cargadas de cautela y tensión; cualquier gesto, una mirada esquiva o una respuesta ambigua podía interpretarse como una señal de que había algo importante oculto. Los familiares sentían que, al intentar preguntar abiertamente, solo recibían evasivas en lugar de explicaciones, como si quienes debían proteger y cuidar a Frei quisieran encubrir una verdad demasiado peligrosa para ser revelada, temiendo las posibles represalias que podría acarrear descubrirla.
La confianza que los familiares y quienes rodeaban a Frei Montalva depositaban en los médicos y asistentes se desmoronaba con cada contradicción o vacío en los relatos sobre su estado y evolución. Las explicaciones poco claras y las versiones distintas entre los profesionales de la salud solo aumentaban el desconcierto, haciendo imposible saber con certeza en quién confiar. El sufrimiento por la delicada situación del ex presidente se mezclaba con el temor latente de estar siendo víctimas de una traición cuidadosamente planificada y ejecutada en secreto, atrapados en una trama de engaños que parecía diseñarse para impedir el acceso a la verdad.
Para el círculo cercano, pronto quedó en evidencia que lo que sucedía en la habitación 401 de la clínica Santa María no era solo una lucha desesperada por preservar la salud de Frei Montalva, sino también una batalla soterrada por controlar la información y decidir qué versión de los hechos llegaría a la luz. Los familiares, atrapados entre un atisbo de esperanza y una creciente incertidumbre, sentían que la verdad sobre lo que ocurría se les escapaba precisamente de las manos de quienes debían protegerla. La supuesta red de protección que debía resguardar al ex presidente se desmoronaba poco a poco, como si desde dentro, una fuerza invisible la estuviera quebrando deliberadamente, dejando a los suyos en la más honda desolación. Así, el cuerpo debilitado de Frei Montalva quedó expuesto a la manipulación y el daño, víctima de una complicidad que, aunque no siempre fue plenamente consciente o voluntaria, resultó sumamente eficaz para quienes buscaban perjudicarlo. La falta de reacción y de denuncia ante irregularidades tan evidentes en el quirófano se convirtió en una condena, anticipando que en el futuro tampoco se alzarían voces para detener o exponer acciones aún más graves, como el envenenamiento encubierto y sistemático llevado a cabo por los organismos represivos durante la noche. La resignación y la pasividad se transformaban en aliados involuntarios de quienes tejían el destino de Frei Montalva.
Se recibieron llamadas telefónicas anónimas dirigidas a la esposa de Hernán Elgueta, en las que se advertía que el ex presidente estaba siendo envenenado. Sin embargo, las acciones tomadas en respuesta a estas alertas fueron meramente superficiales y no lograron un verdadero impacto en su seguridad. Se estableció vigilancia en su habitación para evitar el ingreso de personas desconocidas, pero esos controles eran solo una fachada, incapaces de detener la compleja operación que los agentes represivos ya habían organizado dentro de la clínica. Los médicos vinculados a la CNI gozaban de acceso irrestricto al paciente, anulando cualquier intento de protección real. Así, el destino de Frei Montalva parecía sellado, y su situación era comparable a la de un condenado a muerte: aunque seguía vivo y permanecía en su cama, se había convertido, en esencia, en un “hombre muerto que todavía usaba cama”, víctima anticipada de un plan sistemático y despiadado.
Tras la segunda operación, Eduardo Frei despertó sumamente debilitado y una fiebre persistente comenzó a agotar su organismo. Los médicos, incapaces de controlar la infección con antibióticos, cambiaron repetidamente las combinaciones de medicamentos, como si buscaran una solución a ciegas. Las radiografías y análisis revelaban una infección grave en la zona abdominal, pero el diagnóstico oficial permanecía ambiguo y poco convincente. Para su familia y personas cercanas, este deterioro era incomprensible: veían cómo el ex presidente se debilitaba con cada dosis, mientras las respuestas claras brillaban por su ausencia. La impotencia crecía ante la ineficacia de los tratamientos, y el ambiente se impregnaba de sospechas y desconcierto por la falta de explicaciones.
Las visitas de sus hijos, antes un consuelo cotidiano, fueron limitadas por horarios arbitrarios y deshumanizantes, sin justificación aparente. De manera repentina, una enfermera en quien la familia confiaba fue apartada de su lado, dejando un vacío de protección y afecto. Los médicos de siempre, quienes conocían a fondo su historia clínica y lo habían acompañado en los momentos más delicados, fueron reemplazados de la noche a la mañana por profesionales desconocidos, de pasado clínico difuso y en quienes era imposible depositar confianza. Todo esto reforzaba la sensación de desamparo absoluto, como si poco a poco se intentara romper los lazos que lo mantenían unido a la vida y a los suyos, incrementando así el aislamiento y la vulnerabilidad de Frei Montalva y su entorno familiar:
CARMEN FREI declaró frente al juez Madrid que su padre les comunicó a cada uno de sus hermanas y hermanos su decisión de operarse. Quería estar bien para participar en una reunión de la Comisión Norte Sur a celebrarse en Kuwait en enero de 1982. Declaró ante el juez en el año 2003 y luego lo ratificó en el año 2012 que ante la sugerencia de que mejor se operara fuera de Chile por razones de seguridad frente al riesgo que pudiera usarse este episodio para atentar contra su vida y también por las mejores condiciones de calidad médica, él le señaló que confiaba mucho en los médicos chilenos y afirmó “si a uno lo quieren matar lo pueden hacer en cualquier esquina”. Relata que después de las operaciones adicionales a que fue sometido, en las oportunidades que pudo verlo, conversó con él y para animarlo le dijo que después que se mejorara harían un viaje para reponerse, a lo que él le contestó que “es otro viaje el voy a hacer ya que de aquí no saldré vivo”. Afirma que el día 8 de diciembre como a las ocho y media de la mañana pasó temprano a visitar a su padre, porque después de saber de su estado debía ir al aeropuerto de Pudahuel a buscar a su marido EUGENIO ORTEGA que regresaba de Caracas. A los pocos momentos que llegó, su padre hizo un cuadro de muchas tercianas y escalofríos, estando en ese momento algunas hermanas y su madre, por lo que llamó a una enfermera que lo estaba cuidando que fue interpelada por la compareciente con cierta angustia señalándole que algo le estaba sucediendo, frente a lo cual la enfermera reaccionó trayéndole frazadas sin llamar a ningún médico y tomar ninguna iniciativa. En ese momento su padre seguía en ese estado cuando llegó a visitarlo un médico amigo, el doctor JUAN LUIS GONZALEZ, quien se dio cuenta de la gravedad y comenzó a tocar timbres al personal de la clínica pidiéndonos que abandonáramos la pieza. Recuerda que sacaban muchas sábanas ensangrentadas y con mucha suciedad, frente a lo cual pasado unos momentos lo sacaron de la pieza y lo trasladaron a la UTI. Después supo que estaba haciendo lo que los médicos llamaron un “shock séptico”, informándoles el doctor GONZALEZ lo que le había sucedido y que era muy grave. La compareciente deja constancia en su declaración, que después del hecho descrito, en el mes y medio que duró la enfermedad antes de su deceso, jamás vio en la clínica a esa enfermera que estaba “a su cuidado” y que se refirió anteriormente.
Con respecto al doctor PATRICIO SILVA, siempre que ella visitaba a su padre y él lo sabía, tenía interés especial en que le relatara lo que su padre le había dicho. Continúa señalando que en dichas circunstancias un día pasó a ver a su padre don HERNAN ELGUETA con su señora, quienes eran amigos y en dicha visita le comentó a su marido que estaba llamando a su casa una voz de hombre, para informar que su padre estaba siendo envenenado. Cuando supo por su marido de esta información, pensó que ese llamado había sido sólo una vez, pero ahora, por la señora de don HERNAN doña ELISA y por su nana de ese entonces, doña AMANDA, ha sabido que ello sucedió varias veces, y que quien llamaba solo quería hablar con la señora ELISA DE ELGUETA. Después supo que su hermano EDUARDO y su marido EUGENIO habían ido inmediatamente a casa del doctor GOIC a contar lo que habían escuchado de don HERNÁN.
Resulta plausible considerar que las llamadas anónimas de advertencia pudieron haber sido realizadas por alguien vinculado a la embajada de Estados Unidos en Chile. Esta hipótesis adquiere solidez si se tiene en cuenta que alguna persona del entorno habría reconocido la voz del interlocutor, algo posible si se trataba de una figura conocida en ese círculo. En aquellos años, en pleno contexto de la Guerra Fría, el partido Demócrata Cristiano chileno mantenía una relación estrecha y recibía una influencia significativa del gobierno estadounidense. De hecho, bajo la presidencia de John F. Kennedy, Estados Unidos ofreció un decidido respaldo a Eduardo Frei Montalva, con el objetivo de contrarrestar la expansión de la revolución cubana en América Latina. Por estas razones, no puede descartarse que los servicios de inteligencia norteamericanos estuvieran al tanto, o incluso informados directamente, sobre las actividades del general Contreras y otros agentes de los organismos represivos. Así, la posibilidad de que las advertencias provinieran de fuentes cercanas a la embajada estadounidense o a sus servicios de inteligencia contribuye a comprender el complejo entramado de intrigas y vigilancia internacional que rodeaba a Frei Montalva en esos años.
Durante esos días, la situación de Frei Montalva era tan compleja como ambigua. Si bien era paciente desde el punto de vista médico —recibiendo tratamientos, intervenciones quirúrgicas y cuidados profesionales—, su realidad trascendía lo estrictamente clínico: también era objeto de vigilancia y manipulación política. El régimen mantenía sobre él un control constante, interviniendo tanto en su entorno como en la información relativa a su salud. De este modo, el cuerpo de Frei Montalva dejó de ser únicamente el de un enfermo para convertirse en un espacio de disputa política: cada decisión médica, cada visita y cada informe sobre su evolución estaban impregnados de sospechas y significados ocultos. En este contexto, el ex presidente se transformó en un símbolo de la pugna por el poder y la verdad, mientras a su alrededor se intentaba imponer una narrativa oficial sobre lo sucedido, una versión que pocos se atrevían a desafiar abiertamente por temor a las represalias del régimen.
Las complicaciones que Frei Montalva experimentó tras la primera operación obligaron a que fuera sometido, en rápida sucesión, a una segunda, una tercera y finalmente a una cuarta intervención quirúrgica. Cada nueva cirugía, lejos de aportar una esperanza real de recuperación, parecía minar aún más sus fuerzas y aumentar la preocupación de sus familiares y allegados. La reiteración de los procedimientos no solo debilitaba físicamente al ex presidente, sino que también sembraba dudas profundas sobre la verdadera finalidad de esas intervenciones. Poco a poco, se fue instalando entre quienes lo acompañaban la sensación inquietante de que el deterioro de Frei podía estar siendo provocado de manera deliberada, disfrazado de complicaciones médicas, cuando en realidad el paciente sufría un desgaste físico y un posible envenenamiento sistemático, difícil de probar pero imposible de descartar.
El doctor Goic, ajeno a la búsqueda de protagonismo y sin ambiciones políticas, vivía su vocación médica en medio de una situación extraordinaria y peligrosa. Caminaba por los pasillos de la Clínica Santa María con una sencillez que contrastaba con la gravedad de lo que ocurría, cargando sobre sus hombros el peso de un secreto que no eligió. Sus noches de insomnio y preocupación se reflejaban en la mirada, y el ambiente opresivo de la dictadura lo mantenía en constante tensión. El silencio de los corredores, el murmullo de las conversaciones interrumpidas y las miradas esquivas de quienes lo rodeaban acentuaban su aislamiento. Goic se movía entre la responsabilidad profesional y el temor, consciente de que cualquier paso en falso podía tener consecuencias imprevisibles para él y para los suyos.
Para el doctor Goic, el caso de Frei Montalva era excepcional, no solo por la relevancia del paciente, sino por los síntomas extraños y persistentes que presentaba. Tras la segunda operación, observó señales clínicas que no encajaban con las complicaciones habituales: fiebre continua e incontrolable, aparición de ampollas en la piel —inusuales tras una cirugía, pero compatibles con intoxicación por gas mostaza—, y una inflamación abdominal inexplicable. Estos datos lo llevaron a sospechar que no estaban ante un cuadro clínico común, sino frente a algo mucho más grave. Si bien pudo haber expresado abiertamente sus inquietudes y advertir que se trataba de un proceso químico, el contexto represivo y el miedo a represalias lo llevaron a actuar con extrema prudencia. Así, Goic optó por resguardar sus sospechas, atrapado entre el deber médico y la amenaza latente, dejando abierta la posibilidad de que un agente tóxico externo estuviera detrás del imparable deterioro de Frei.
En lugar de una denuncia directa, el doctor Goic decidió dejar constancia de sus inquietudes en la ficha clínica de Frei, escribiendo únicamente dos palabras: “¿metabólico o tóxico?”. Con este registro, Goic abría la puerta a la sospecha de una intoxicación, pero sin señalar responsables ni mecanismos, evitando exponer abiertamente sus dudas en un contexto hostil y peligroso. La ambigüedad de los síntomas y la dificultad para encasillarlos en cuadros médicos habituales lo obligaron a mantener una postura defensiva, tratando a su paciente como si enfrentara una infección grave por bacterias resistentes. Así, empleó antibióticos de última generación, aunque esa decisión no resolviera el problema, pues la verdadera causa era la desactivación intencional del sistema inmunológico, dejando a Frei indefenso ante cualquier agresión. El temor de Goic y la complejidad del caso lo llevaron a interpretar la situación desde la medicina convencional, sin poder descubrir ni detener a tiempo el deterioro real, agravado por la falta de experiencia en intoxicaciones por gas mostaza.
A pesar de percibir que algo grave y fuera de lo común ocurría, Goic prefirió no avanzar más allá de ese registro formal, limitándose a lo estrictamente médico y evitando exponerse, incluso en sus decisiones terapéuticas. El ambiente opresivo y la presión constante de fuerzas externas lo obligaban a actuar con extrema cautela, acentuando su aislamiento y la sensación de estar atrapado entre el deber profesional y el miedo. Sus acciones reflejaban una prudencia forzada, en la que cada paso debía ser cuidadosamente calculado para protegerse a sí mismo y a los suyos, mientras el paciente se debilitaba sin que pudiera intervenir de manera efectiva.
Los exámenes de sangre realizados a Frei reforzaron las sospechas, mostrando un sistema inmunológico desarticulado sistemáticamente, como si una toxina invisible estuviera actuando en su organismo. En ese ambiente tenso y hostil, Goic debe haberse convencido de que el deterioro de Frei no era producto de complicaciones médicas habituales, sino de un ataque deliberado con sustancias difíciles de detectar. La impotencia y la desolación lo invadieron, enfrentándose al dolor de ver cómo su paciente y amigo se consumía cada día, atrapado en una realidad donde la medicina quedaba subordinada al miedo y a la presión de fuerzas oscuras. Caminaba por los pasillos de la clínica con el corazón encogido, intentando ocultar su angustia tras una fachada de serenidad profesional, mientras por dentro lo sacudía una tormenta de emociones y una enorme inquietud por el destino de Frei.
Quizá, en uno de esos momentos de agotamiento extremo, mientras aguardaba en la sala de espera o buscaba un refugio solitario en su automóvil, el doctor Goic alcanzó a escuchar desde una radio lejana una canción antigua de libertad. La melodía, impregnada de esperanzas y promesas, le evocó recuerdos de juventud y tiempos en los que todo parecía posible. Sin embargo, ese instante fue como un golpe seco: la música, que alguna vez le ofreció consuelo, chocaba brutalmente con la realidad opresiva y el ambiente de temor que dominaba la clínica. Incapaz de soportar la contradicción entre el pasado luminoso y el presente sombrío, bajó el volumen en un intento de apagar la nostalgia. Pero ese gesto lo sumió aún más en la soledad y el desamparo, recordándole que la libertad, tan cercana en la canción, ahora parecía tan inaccesible como la posibilidad de salvar a su querido amigo.
La imagen de Frei Montalva, postrado y sin conciencia, se erigió como un símbolo inquietante para todos: el poder no siempre recurre a armas o explosivos para eliminar a quienes considera una amenaza. A veces, opta por métodos invisibles y sutiles, como intervenciones médicas aparentemente legítimas, bisturíes manejados por manos expertas pero siniestras, o sustancias tóxicas que no dejan rastros ni olores evidentes. Lo que a simple vista parece una complicación médica o un accidente puede esconder intenciones deliberadas, convirtiendo el expediente clínico en un documento marcado por la duda, donde incluso la firma del médico vacila ante la posibilidad de estar siendo manipulada por fuerzas externas. Así, la amenaza se vuelve más difícil de detectar, y el miedo a las represalias se cuela en cada decisión, cada registro, cada mirada.
La luz en la habitación 401 era tan blanca y fría que parecía borrar cualquier huella del tiempo o de la presencia humana. Allí, el ex presidente Eduardo Frei Montalva, considerado por la dictadura como un “enemigo interno”, yacía sobre una cama que, por su solemnidad, evocaba más un altar que una cama de hospital. Su piel, antes dorada por el sol de las campañas y eventos públicos, ahora lucía grisácea y apagada, reflejando el avance implacable de un envenenamiento que lo consumía lentamente. Aunque no mostraba signos claros de dolor físico, su estado evidenciaba una pérdida de fuerzas constante y un desgaste que lo debilitaba día a día. Los médicos amigos que lo atendían se turnaban, siempre con guantes limpios y miradas inquietas, conscientes de que enfrentaban algo fuera de lo común. El ambiente de la clínica, cargado de tensión y silencio, acentuaba la gravedad del momento y la sensación de estar ante un destino inevitable.
La aparición de ampollas en la piel de Frei resultó especialmente inquietante para el equipo médico. Se trataba de lesiones poco frecuentes en pacientes con complicaciones posquirúrgicas convencionales y, al presentarse junto a otros síntomas poco claros, despertaron la sospecha de exposición a sustancias tóxicas, como el gas mostaza. No obstante, las dosis bajas utilizadas hicieron que no se manifestaran todos los signos clásicos de intoxicación —como dolor en los tobillos o caída del cabello—, lo que sumó confusión. Los médicos, enfrentados a manifestaciones clínicas atípicas y a una inflamación abdominal inexplicable, no encontraban respuestas en los exámenes ni en la evolución habitual de la enfermedad. Esa falta de certezas alimentaba la idea de que una sustancia dañina, probablemente un veneno sutil y difícil de detectar, estaba destruyendo la salud de Frei de manera lenta y progresiva. Todo ocurría bajo una sombra de incertidumbre, sin pruebas concluyentes, lo que acentuaba la tensión y las sospechas entre quienes intentaban cuidar al paciente.
En medio de esa confusión y ansiedad, y ante la falta de alternativas terapéuticas claras, se decidió administrar Transfer Factor a sugerencia del doctor Patricio Rojas. Se trataba de un inmunomodulador experimental, cuyo respaldo científico en esa época era muy limitado. Esta medida, lejos de representar una esperanza fundada, fue percibida por muchos como un recurso extremo, casi desesperado, adoptado en un ambiente dominado por el miedo y la presión, donde cada decisión médica parecía guiada más por la urgencia y la impotencia que por la convicción clínica.
El ambiente de aislamiento y censura terminó por afectar profundamente a Frei. El hombre que, hasta entonces, anotaba pensamientos, escribía cartas y leía informes, cayó en un mutismo forzado, producto tanto de la sedación médica como del deterioro progresivo de su salud. En ese contexto, Frei dejó de ser solo un paciente y comenzó a convertirse en un símbolo político silenciado, víctima de un proceso oscuro. Antes de perder completamente la capacidad de comunicarse, logró escribirle una nota a su hija Victoria, cargada de humanidad y desesperanza:
– sáquenme de aquí… me quiero morir en mi casa.
Su muerte
La cazuela de ave que, con esmero y ternura, preparó Isabel Díaz para Frei Montalva tras su primera operación, no fue solo un plato más: se convirtió, sin que nadie lo supiera entonces, en su última cena. En ese instante, el calor del hogar se coló en su casa; el aroma del caldo y las verduras evocaba tardes familiares y tiempos en que la esperanza aún era posible. Mientras Frei probaba cada bocado, quizás intercambiando sonrisas o palabras sencillas, la normalidad parecía regresar, aunque solo fuera por un momento. Nadie imaginaba que esa comida, sencilla y llena de afecto, marcaría el umbral entre la vida y la despedida. El gesto cotidiano se transformó en un rito cargado de nostalgia: un breve destello de calidez antes de que el silencio y el mal presagio lo envolvieran todo. Así, aquella cazuela quedó grabada en la memoria de quienes lo acompañaron, como un símbolo de amor y de la cercanía inevitable de la pérdida.
El 22 de enero de 1982, a las 17:20 horas, Eduardo Frei Montalva exhaló su último aliento en la Clínica Santa María, poniendo fin a una lenta y dolorosa agonía. El doctor Goic, en un gesto cargado de humanidad y resignación, le dio un beso en la frente antes de marcharse en silencio. No hubo orden de autopsia; tantas preguntas quedaron flotando, suspendidas en el aire denso del atardecer, alimentando la incertidumbre y la sospecha:
Declaración judicial de doña MONICA LUCÍA FREI TAGLE:
Agrega que el día que falleció su padre, ella se encontraba ahí y vio que pocos minutos antes de su deceso una enfermera le puso una inyección, incluso le dijo que para qué lo hacía sufrir más y ella le dijo “mientras exista vida hay que luchar”, el doctor GOIC no estaba en ese momento y llegó después le parece, cuando su padre ya había muerto, que primero lo examinó y luego le dio un beso en su frente.
Tras la muerte de Eduardo Frei Montalva, su cuerpo no fue enterrado de inmediato; permaneció en la clínica donde se llevaron a cabo procedimientos poco habituales, envueltos en un ambiente de incertidumbre y tensión. En las horas posteriores, el ex presidente, catalogado como “enemigo interno”, fue sometido a prácticas que distaban del protocolo médico estándar, marcadas por el desorden y la opacidad. Lo que oficialmente se describió como “autopsia” o “embalsamamiento” resultó, según la investigación del juez Alejandro Madrid, en una serie de maniobras orientadas no a esclarecer la causa de su fallecimiento, sino a borrar pruebas clave y dificultar cualquier intento de revelar la verdad. Este accionar dejó una huella de sospecha y desconfianza, alimentando la sensación de que la justicia y la transparencia habían sido deliberadamente obstaculizadas.
Con el paso del tiempo, las evidencias y rastros del presunto asesinato se fueron desvaneciendo, lo que hizo cada vez más difícil alcanzar una verdad irrefutable. El retraso en las investigaciones, sumado a la actitud cautelosa y evasiva de los médicos —muchos de los cuales, sin quererlo, se convirtieron en encubridores involuntarios—, complicó aún más el acceso a la justicia. En este contexto de silencio y miedo, el juez Alejandro Madrid Croharé asumió el desafío de investigar un caso frío, enfrentándose a la pérdida de testigos, documentos alterados o desaparecidos, y una cultura de impunidad arraigada por décadas. No obstante, su perseverancia y valentía permitieron reunir pruebas contundentes que confirmaron la existencia de un crimen, haciendo de su labor un ejemplo de convicción profesional y compromiso con la verdad.
Intento darle un cierre a este texto, de ponerle un punto final, pero las palabras se me escapan, como si algo profundo no les permitiera descansar. Sin embargo, vuelvo a intentarlo: acompáñame, deja que la soledad te envuelva por un instante y no te desanimes. Imagina las calles vacías, cubiertas por una penumbra espesa; es de noche y el silencio pesa, se siente urgente y cortante. El aire está inmóvil, cargado de preguntas que aún hoy evito mirar de frente, porque sé cuánto pueden herir. De repente, suena el timbre de la calle, ese que se activa con el botón de bronce amarillo incrustado en la muralla. Corres —o tal vez corro— ansioso a abrir la puerta principal. Afuera, el auto de vigilancia permanece inmóvil sobre Las Violetas, testigo mudo de tantas noches insomnes. Nos encontramos solos: ves llegar al doctor Goic, solo también, arrastrando una sombra que parece imposible de disipar. Lo dejas entrar y sientes cómo los fantasmas de la casa también lo reciben. Mi padre baja del segundo piso, ya es tarde, se suma al pequeño grupo: tres figuras reunidas en el silencio, hablando apenas, cruzando miradas cargadas de todo lo que no se puede decir. En esa sala oscura surgen las preguntas prohibidas, las que dan vértigo solo de pensarlas: ¿Cómo es posible que una operación tan simple haya terminado en una infección devastadora, que consumió a Eduardo Frei Montalva? ¿A quién acusar realmente? ¿Dónde buscar las pruebas, en qué rincón oculto hallar la verdad? La tentación de romper el silencio, de denunciar, de contar lo sospechado, es inmediata, pero enseguida aparece el miedo: ¿Y si te acusan de incompetente, de esconder errores culpando a una autoridad intocable? ¿Por qué, después de tantos años, sigue siendo tan difícil hablar, encontrar testigos que quieran decir lo que supieron? ¿Por qué, a cuarenta años de distancia, nos cuesta admitir que hubo algo oscuro, que muchos médicos sospecharon y callaron? El intento de romper el silencio obliga a enfrentar otra verdad incómoda: habría que reconocer que antes hubo miedo, que fue el terror el que nos mantuvo inmóviles, que el silencio sirvió para sobrevivir bajo la dictadura. Y surgen más preguntas: ¿Fue silencio o encubrimiento? ¿Complicidad? ¿Cobardía, espanto, pura necesidad de protegerse? Todo eso y quizá más. Lo que queda es una sensación amarga, y un vacío persistente.
Mi padre llegó, con el tiempo y tras mucho reflexionar, a la convicción de que Frei no había muerto de manera natural, sino que había sido envenenado, asesinado de forma fría y calculada. Esta certeza, forjada en intuiciones, en el análisis de los hechos y en conversaciones con el doctor Goic, se volvió aún más dolorosa por la ausencia de pruebas concretas. Solo quedaba esa inquietud persistente, ese temor genuino de que denunciar lo que sospechaba podría poner en peligro la seguridad de toda nuestra familia, como ocurrió con los Frei, víctimas de agresiones tan viles que estremecen el recuerdo. En sus primeros años, el silencio fue una forma de protección motivada por el miedo, pero con el paso del tiempo —cuando la figura de Pinochet ya no estaba presente—, ese mutismo se volvió insostenible. Goic y otros médicos pudieron haber hablado, compartido al menos sus sospechas, pero la oportunidad se perdió, sepultada bajo la costumbre de callar y el peso del terror heredado. Más que cobardía, hubo también ingenuidad y el deseo de no dejarse intimidar, especialmente entre los políticos de entonces, quienes tomaron decisiones apresuradas pensando que el peligro era menor o que las instituciones resistirían el embate del autoritarismo. Sin embargo, bajo una dictadura implacable, el asesinato y el crimen calculado acechan siempre desde las sombras del poder.
El tiempo siguió su curso, y como si el olvido fuera parte de una estrategia, los días, meses y años diluyeron las huellas y evaporaron las pistas, haciendo cada vez más difícil esclarecer el caso. Cuando finalmente se inició una investigación seria, muchas evidencias habían desaparecido y los testigos clave ya no estaban, llevándose consigo fragmentos irremplazables de la verdad. Solo en el año 2005, veinticuatro años después de la muerte de Frei, el juez Alejandro Madrid aceptó el reto de desenterrar un crimen enterrado por décadas de silencio. Le fue encomendada una tarea casi imposible: buscar justicia en medio de la oscuridad y el olvido.
Esa larga espera y esa tardanza siguen siendo una herida abierta en la memoria de quienes anhelan la verdad y la dignidad para aquellos que nunca pudieron defenderse.
¿Cómo me enteré de su muerte? Ese instante permanece grabado en mi memoria como una fotografía congelada. Era la mañana del 23 de enero de 1982, un día de frío intenso en Cleveland; el viento cortante y las aceras cubiertas de hielo daban al entorno una atmósfera de soledad. Caminaba por Euclid Avenue, frente a la Universidad de Case Western Reserve, apenas unos días después de haber llegado de Chile, sintiéndome extranjero en calles desconocidas. Apresurado por encontrar el edificio donde tendría la clase de química orgánica, me detuve frente a una vitrina de metal que guardaba el periódico del día, cuyos vidrios estaban empañados y sucios por el invierno. Allí, en la primera plana del New York Times, leí la triste noticia: Eduardo Frei Montalva había fallecido el día anterior. El impacto de las letras heladas me sacudió tanto como el frío, envolviéndome en una tristeza inesperada y profunda. Mientras la gente seguía su rutina, ajena al peso de la noticia que acababa de recibir, recordé una conversación significativa con mi padre durante un viaje de regreso de Algarrobo, con el mar al fondo y el futuro incierto. Nos acompañaba el doctor Goic, amigo cercano de Frei Montalva. Mi padre, con voz entre curiosa y preocupada, me preguntó: “¿Qué piensan los jóvenes de Eduardo Frei Montalva?” Sentí de inmediato que su pregunta tenía doble fondo; buscaba una respuesta honesta, quizás para que Goic la escuchara. Le respondí sinceramente, transmitiendo la percepción de mis amigos: veían en Frei demasiado silencio, cierta distancia, una falta de compromiso real para enfrentar al régimen de Pinochet. Era una crítica que flotaba en el ambiente, no solo entre los jóvenes, sino también en círculos que anhelaban una oposición más valiente y sonora. Tal vez esa conversación, como otras tantas, influyó en el ánimo de Frei, porque semanas después organizó el histórico acto en el Teatro Caupolicán —el Caupolicanazo—, donde, con una oratoria brillante, enfrentó abiertamente a Pinochet. En ese escenario, se fusionaron dignidad y riesgo; muchos aseguran que ahí Frei selló su destino, convirtiéndose en blanco definitivo de la dictadura. Había demostrado que no tenía miedo.
Aún tengo presente aquel día en Cleveland: la temperatura era baja, la avenida parecía desierta, y la noticia sobre su fallecimiento me desmoronó. Sentí el país lejano, como si los acontecimientos sucedieran en otro mundo, pero el desconcierto era igual de intenso. La muerte de Frei no solo marcaba el final de una persona; también parecía extinguir una esperanza colectiva, dejando tras de sí un vacío difícil de llenar y una sensación de orfandad nacional. En ese momento comprendí que la distancia no atenúa la tristeza, y que la desaparición de Frei simbolizaba, para muchos, la pérdida de un futuro mejor.
Años después, cuando la dictadura había dejado de ser esa amenaza omnipresente y expresarse ya no implicaba un peligro inmediato, el doctor Goic, marcado por noches de insomnio y recuerdos indelebles, comenzó a compartir públicamente sus sospechas sobre el destino de Frei Montalva. Esa confesión, aunque liberadora, llegó tarde y envuelta en una melancolía profunda: la verdad se asomaba, pero el tiempo perdido resonaba con un eco doloroso.
No es difícil imaginar a Goic, en alguna madrugada interminable, despertando sobresaltado, atrapado entre el deber profesional y una sospecha que le consumía el espíritu. En la penumbra de su habitación, repasaba mentalmente el rostro de Patricio Silva—¿médico o coronel del ejército?—, compañero de años, preguntándose si era posible que aquel hombre, tan cercano, estuviera implicado en algo tan oscuro como el envenenamiento de Frei. ¿Cómo soportó esa idea sin quebrarse? El horror de la sospecha debió hundirlo en una impotencia áspera, un dolor físico que lo acompañaba cada mañana al cruzar el umbral de la clínica, sintiendo el peso de la incertidumbre en cada paso.
Semanas después de la muerte de Frei, recibí una carta de mi padre que, más que un relato, se convirtió en el hilo que me mantenía conectado a mi hogar, a una realidad que desde la distancia parecía irreal, casi onírica. Recuerdo perfectamente el momento en que la abrí: frases sobrias y contenidas relataban lo sucedido tras la partida de Frei, pero detrás de cada palabra se percibía una tensión latente, pausas cargadas de significado. El miedo era palpable, saltaba de las líneas escritas; el correo era vigilado, cada palabra podía ser interceptada. Por eso, mi padre evitó cualquier interpretación médica sospechosa o señal de denuncia. La prudencia era fundamental, porque hasta una insinuación podía poner en riesgo su vida y la de toda nuestra familia. Vivíamos bajo la amenaza constante del régimen; cada palabra era una posible condena. Así, la carta llegó cargada de cariño, pero también impregnada de temor y resignación, como un susurro que, a pesar de la distancia, seguía protegiéndonos de un peligro latente:
26 de enero de 1982
Pablito,
Acá, como habrás sabido, el acontecimiento que ha impactado al país es el fallecimiento de Eduardo Frei Montalva. Realmente todo pasó como en una pesadilla. Cuando tú estabas en Chile, antes de partir a los Estados Unidos, fue operado de una hernia de hiato, que después se complicó en una serie de cosas increíbles y que terminaron por matarlo. A la distancia las cosas se ven más tranquilas, quizás en su verdadera dimensión, pero la repercusión que ha tenido su muerte aquí en Chile ha sido brutal. Eso de escuchar “murió Frei”, y oírlo bruscamente el viernes 22 a las 5 de la tarde, fue algo así como cuando escuchamos murió Kennedy. Yo no me di cuenta cuan honda era su presencia entre todos los chilenos. Eso de ver y oír a un hombre en la plenitud de sus facultades físicas e intelectuales y de repente que deje de existir, da una sensación de caos y de incredulidad. Creo que todo el país se normalizó y se puso de pie y alerta. Incluso aquellos que días antes no cesaban de llamarlo un “político demagogo”, “ambicioso de poder”, “débil de carácter”, etc. No sé si sincera o hipócritamente decretaron tres días de duelo nacional; pero eso no impidió que todas las estaciones de televisión continuaran transmitiendo canciones y programas triviales; los goles de Cazelli tuvieron más difusión. La esposa de Frei, doña María y toda su familia, se portaron extraordinariamente bien. Nada de lágrimas. Cuando el gobierno negó el permiso para que Jaime Castillo, Fuentealba, Zaldívar y un diputado estuvieran presentes en los funerales, toda la familia le pidió a Pinochet que no se hiciera presente, que no fuera a la misa. Pero Pinochet sin una pizca de dignidad, asistió con todo el gabinete a su responso. No había nadie de la familia, excepto un hijo que lo hizo por respeto al cuerpo diplomático. La juventud debió ser convencida por el Cardenal Silva Henríquez para que durante el responso los restos no fueran sacados de la urna y llevados al Sagrario, para que no estuviera mientras Pinochet estaba en la Catedral. Los funerales se realizaron el lunes 25 a las 16 horas. Cientos de miles de personas asistieron; durante tres días una cola de personas desfiló frente al ataúd de Frei. A pesar de su calidad de expresidente constitucional la familia pidió que no se le rindieran honores militares. En fin, Pablo, querido, con los Mercurios que te mandó la mamá, te podrás dar una idea de lo que pasó. Podrás observar que en la primera página de ese diario del día 24, un poquito más abajo del anuncio de la muerte de Frei, está el anuncio de la clasificación del corredor Salazar en una carrera de autos.
La mamá y todos tus hermanos te mandan saludos……
Juan
Mi madre también lo anunció brevemente en otra carta:
28 de enero de 1982
Aquí casi no pasa nada; la gente llenó la Catedral y sus alrededores para ver a Frei y/o sentirse en grupo, en masa (estoy leyendo a Canetti, fascinante). Tú papá más viejo y regañón; escribe.
Tras la muerte de Eduardo Frei Montalva, la Catedral Metropolitana de Santiago se convirtió en escenario de una tensión palpable. A pesar de la petición expresa de la familia Frei para que Augusto Pinochet no asistiera al responso, el dictador y su gabinete hicieron acto de presencia, desoyendo el dolor y la voluntad de los deudos. Este gesto, ampliamente percibido como una provocación, agudizó el ambiente de indignación en la Plaza de Armas, donde la multitud no dudó en expresar su repudio gritando “¡asesino!” y responsabilizando moral y políticamente a Pinochet por las circunstancias sospechosas de la muerte del ex presidente. Sin embargo, lejos de mostrarse afectado, el general respondió con una expresión de triunfo, alzando la mano en señal de “V” de victoria, un acto que quedó grabado en la memoria nacional como símbolo de arrogancia y desconexión, reflejando la profunda fractura entre el régimen y la ciudadanía herida.
Con el paso del tiempo, el destino del doctor Goic, aquel cercano amigo de mi padre y líder del equipo médico que atendió a Frei, se tornó incierto. Tras la tragedia, la relación entre Goic y mi familia se quebrantó, y nunca volvieron a encontrarse, como si el peso de lo vivido hubiera hecho imposible la reconciliación. Goic, refugiado en su labor académica y en los reconocimientos públicos —como el Premio Nacional de Medicina recibido en 2006—, pareció buscar alivio al peso de los acontecimientos. Sin embargo, la magnitud de lo sucedido es imposible de borrar: la sombra de aquellos días alcanzó incluso a los nombres más honorables, dejando una huella de silencio y responsabilidad que perdura hasta hoy.
La traición de varios médicos fue especialmente dolorosa, pero la de Patricio Silva resultó devastadora. Coronel, jefe del Departamento Médico del Hospital Militar y ex colaborador del gobierno de Frei, Silva tuvo acceso privilegiado al paciente en momentos cruciales. En esos instantes, su papel como militar pareció imponerse sobre su ética médica, generando fundadas sospechas y acrecentando la desconfianza sobre las decisiones tomadas en torno a la salud del ex presidente. Lo ocurrido con Eduardo Frei Montalva no solo representó una tragedia personal, sino que dejó una herida abierta en la memoria colectiva de Chile, una herida que sigue exigiendo verdad y justicia para sanar.
La noticia del fallecimiento de Eduardo Frei Montalva se difundió con solemnidad, pero los acontecimientos posteriores estuvieron marcados por una profunda falta de respeto y transparencia. Sin que la familia estuviese informada ni hubiese dado su consentimiento, los doctores Helmar Rosenberg y Javier González Bombardiere, ambos del Hospital Clínico de la Universidad Católica, ingresaron a la habitación donde yacía el ex presidente y practicaron un procedimiento irregular, alejándose completamente de los protocolos médicos establecidos. Extrajeron el hígado, los intestinos, el sistema linfático y los riñones, transportándolos en baldes de latón al Hospital Clínico de la UC. Se tomaron muestras de estos órganos y se manipuló la cavidad abdominal con fines que nunca fueron esclarecidos. La justificación oficial fue facilitar exámenes post mortem, pero jamás se entregó un informe completo ni se realizó una entrega formal de resultados. Así, el cuerpo de Frei Montalva fue convertido en evidencia, privándolo de su dignidad y de la posibilidad de ser símbolo para el país.
Ambos médicos implicados señalaron estratégicamente al doctor Barahona como el responsable de iniciar el procedimiento realizado tras la muerte de Frei Montalva. Sin embargo, Barahona, reconocido por su trayectoria profesional, atravesaba un estado de salud sumamente delicado y falleció pocos meses después, lo que pone en duda su capacidad para dirigir o supervisar el proceso. Esta circunstancia lo convirtió en la figura ideal para encubrir acciones irregulares, reforzando la sospecha de que su nombre fue utilizado como pantalla para deslindar responsabilidades y ocultar la verdadera naturaleza de lo ocurrido:
Declaración judicial de CARMEN VICTORIA BARAHONA SOLAR, secretaria administrativa en el departamento de Anatomía Patológica de la Universidad Católica, señala que no recuerda comentarios que haya hecho su padre, el doctor ROBERTO BARAHONA, una vez acaecido el deceso del ex presidente FREI. Desconoce si ROSENBERG estaba de turno en esa fecha o si fue su padre quién se lo encomendó. En ese tiempo su padre era el Jefe del Departamento de Anatomía Patológica de la Universidad Católica, pero estaba muy enfermo, tanto es así, que falleció a los pocos meses.
En su declaración ante el juez, Victoria Barahona afirmó que su padre, el doctor Roberto Barahona, no fue quien inició el procedimiento, sino que recibió una llamada de Patricio Rojas solicitando que un equipo médico acudiera a la Clínica Santa María. Según ella, siempre se habló de la realización de una autopsia. Por su parte, Carmen Frei, en su libro, se refiere a la actuación de Patricio Rojas, contextualizando su papel y las circunstancias en torno a dicho procedimiento:
…no teníamos como imaginar sus vínculos con los militares, ni el rol siniestro que jugó en esos días. Antes el juez, él declaró que ‘efectivamente se hizo un protocolo de autopsia, realizado por un médico del Hospital Clínico de la Universidad Católica. Como no era el médico tratante, no fui yo quien recomendó a la familia que se realizara una autopsia, pero cuando me preguntaron no me opuse. También comenté la necesidad de contar con exámenes tanatológicos para tener la certeza de la causa de su muerte. Tuve conocimiento de que se realizó un embalsamiento, pero desconozco quién lo solicitó, debe haber sido la familia.’
Carmen Frei menciona que eso no fue cierto:
…En la familia tuvimos conocimiento de la intervención de los médicos de la Universidad Católica, recién veinte años después, durante el proceso judicial. Siendo supuestamente tan cercano a la familia, Patricio Rojas guardó silencio durante todo ese tiempo y hasta el día de hoy nunca ha conversado con nosotros. Uno de los eslabones más dolorosos para nosotros es el de Patricio Rojas Saavedra, por la cercanía que tuvo en una época con mi padre y con la familia. Él siempre supo lo que le habían hecho los médicos de la UC. Cuando el juez le preguntó si Carmen Barahona estaba presente cuando él llamó a su papá para que un equipo de la UC fuera a la clínica, lo negó abiertamente. En una de sus declaraciones fue aún más lejos: ‘por propia iniciativa, le pedí autorización a la señora María Ruiz-Tagle’. Esto es sencillamente increíble. ¿Mi mamá iba a dar una autorización tan importante sin preguntar ni comentarlo con nadie, saltándose a la familia y a todos los doctores?
Durante más de veinte años, un manto de silencio y misterio cubrió el destino del cuerpo de Eduardo Frei Montalva, ocultando los detalles de aquel procedimiento irregular y negando a su familia y al país la posibilidad de conocer la verdad. No fue sino hasta el inicio del proceso judicial, gracias a una colaboración anónima y absolutamente inesperada, que comenzó a resquebrajarse esa muralla de ocultamiento. La revelación provocó un allanamiento en la Clínica de la Universidad Católica, donde por fin salieron a la luz documentos, muestras de tejidos y registros que evidenciaban un embalsamamiento realizado clandestinamente, fuera de todo marco legal y ético. El impacto de este descubrimiento fue profundo, tanto en la familia Frei como en la memoria colectiva de Chile, pues la verdad, negada y escondida durante tanto tiempo, empezó a abrirse paso entre las sombras, dejando al descubierto la gravedad de lo ocurrido y marcando un antes y un después en la búsqueda de justicia y transparencia:
Declaración judicial de don PEDRO SARAVIA SAN MARTIN, técnico fotográfico, quien ratifica su declaración policial de fecha 11 de junio del año 2004, del informe policial N°126 que rola a fojas 1797, la cual se otorgó en los siguientes términos: señala que en el año 1973 ingresó como auxiliar técnico de laboratorio al departamento de Anatomía Patológica del Hospital Clínico de la Universidad Católica, donde colaboró y también participó en algunas autopsias, embalsamientos y todas las técnicas utilizadas en Patología hasta el año 1966, para posteriormente trabajar en el área administrativa.
…Finamente, señala que en los cuarenta y dos años que lleva trabajando en la Católica, nunca ha visto que se haga un embalsamiento en la cama del pensionado en que se encuentra la persona fallecida, por cuanto es muy incómodo y necesariamente al inyectar formalina, se licua la sangre y al remover las vísceras se produce sangramiento, por lo que necesariamente esta debe hacerse en una sala de autopsias o en un quirófano, lo que sería más adecuado
Oficio del doctor LUIS IBÁÑEZ, Decano de la Facultad de Medicina de la Pontificia Universidad Católica de Chile de fecha 4 de marzo de 2014 por el cual se informa al tribunal que indagados los antecedentes respectivos de la época, no hay registros de procedimientos administrativos internos en relación al embalsamamiento del cuerpo de don EDUARDO FREI MONTALVA ni del estudio de los tejidos.
En su libro, Carmen Frei señala que el doctor Helmar Rosenberg, en su declaración judicial, manifestó no recordar exactamente quién le solicitó realizar la supuesta autopsia al ex presidente Frei Montalva. Posteriormente, se celebró una reunión para revisar los resultados de dicho procedimiento; según algunos testimonios, en ella habrían participado Patricio Rojas y Patricio Silva Garín. Sin embargo, las versiones sobre la asistencia a ese encuentro fueron contradictorias: los involucrados ofrecieron relatos diferentes y nadie pudo precisar con certeza quién estuvo presente. Esta falta de claridad sobre los participantes y los hechos alimentó la confusión y las sospechas en torno al caso, evidenciando las dificultades para reconstruir lo sucedido y la persistente opacidad que rodeó el proceso judicial:
…en los diversos careos a propósito de la reunión que se realizó en el Departamento de Anatomía Patológica del Hospital Clínico de la UC, en abril de 1982, o sea tres meses después de su muerte, el doctor Helmar Rosenberg ha dicho que no recuerda quien la había solicitado, pero que en esa oportunidad se reunió con tres médicos del equipo que había asistido a mi padre. Declaró que ‘concurrieron a esa reunión los doctores Patricio Rojas y Patricio Silva Garín y otro médico cuyo nombre no recuerdo(…)’. En esa reunión, que duró aproximadamente dos horas, se comentaron los hallazgos anatomopatológicos de las muestras estudiadas y las fotografías microscópicas.
Durante el proceso judicial, Patricio Rojas aseguró ante el juez que los doctores Alejandro Goic y Patricio Silva Garín participaron en la reunión donde se analizaron los resultados de la supuesta autopsia practicada a Eduardo Frei Montalva. Esta versión, sin embargo, fue desmentida posteriormente por ambos médicos, quienes afirmaron categóricamente no haber asistido a dicho encuentro. A lo largo del juicio, las declaraciones sobre la presencia de los involucrados variaron en repetidas ocasiones, profundizando la incertidumbre y el desconcierto respecto a quiénes realmente estuvieron presentes en ese momento decisivo. Esta confusión contribuyó a dificultar la reconstrucción precisa de los hechos y alimentó las sospechas sobre la transparencia del procedimiento:
…Del procedimiento de autopsia solo supe sus resultados, porque concurrí a la Universidad Católica con el doctor Alejandro Goic y con otro médico que debe haber sido Patricio Silva Garín. Presumo que el doctor Rosenberg debe haber llamado a uno de estos médicos manifestando que tenía los resultados de la autopsia.
A pesar de las versiones contradictorias sobre la asistencia a la reunión donde se analizaron los resultados de la supuesta autopsia de Eduardo Frei Montalva, el doctor Alejandro Goic dejó en claro ante el juez, de manera categórica, que jamás participó en dicho encuentro ni tuvo relación alguna con el procedimiento realizado. Su declaración, firme y precisa, contribuyó a despejar dudas y a reafirmar la importancia de esclarecer los hechos en un proceso marcado por la confusión y la falta de transparencia:
…desconozco la razón por la cual el señor Patricio Rojas me señala como la persona que pudo haber solicitado la autopsia, lo que no es cierto, y tampoco fui a ninguna reunión al Hospital Clínico de la Universidad Católica, incluso ignoro donde queda. Ni al doctor Rosenberg ni al doctor Gonzalez Bombardiere los conozco.
Posteriormente, como menciona Carmen Frei en su libro, el doctor Patricio Silva Garín declaró formalmente ante el juez que no estuvo presente en la reunión donde se analizaron los resultados de la supuesta autopsia a Eduardo Frei Montalva, asegurando además que nunca había visto ni tenido contacto con el doctor Rosenberg en ese contexto. Esta declaración, que contradice otras versiones presentadas durante el proceso judicial, contribuyó a profundizar la incertidumbre y la dificultad para esclarecer quiénes realmente participaron en ese momento clave, subrayando la complejidad y opacidad que rodeó el caso:
Yo no fui invitado a esa reunión. A Rosenberg solo lo conocía de nombre, nunca lo vi. En el careo realizado entre el doctor Rosenberg y el doctor Silva Garín, ambos se mantuvieron en sus dichos, aunque durante el proceso fue quedando acreditado que Silva Garín sí asistió.
De acuerdo con lo que relata Carmen Frei en su libro, existe evidencia que demuestra una relación previa entre Silva Garín y Rosenberg. Este hecho se hizo patente durante el careo judicial efectuado el 26 de noviembre de 2009: al estar frente a frente, Rosenberg saludó a Silva Garín con familiaridad, lo que sugiere que habían tenido contacto o trato profesional antes de esa instancia. Este gesto contradice las versiones de Silva Garín, quien aseguraba no conocer personalmente a Rosenberg, y aporta un elemento relevante para cuestionar la coherencia de los testimonios presentados en el proceso, profundizando la incertidumbre sobre la transparencia y veracidad de los hechos:
Sin aviso el juez hace entrar a Silva Garín donde estaba Rosenberg, quien le dice” “Hola Patricio, cómo estás”.
En 2014, durante un nuevo careo judicial entre Patricio Silva Garín y Patricio Rojas Saavedra, se produjo un giro inesperado en las declaraciones. Hasta ese momento, Rojas había asegurado reiteradamente que Silva Garín sí participó en la reunión clave donde se discutieron los resultados de la supuesta autopsia al ex presidente Frei Montalva. Sin embargo, esta vez Rojas cambió su versión y sostuvo que Silva Garín no asistió a dicho encuentro. Esta retractación contradice abiertamente sus testimonios previos, aumentando la incertidumbre sobre quiénes estuvieron realmente presentes en el análisis de los resultados. El episodio evidencia la dificultad para reconstruir los hechos y deja al descubierto la fragilidad y ambigüedad de los testimonios, profundizando la opacidad que ha caracterizado todo el proceso judicial:
Puedo asegurar que el doctor Silva Garín, aquí presente, no estaba presente en esa reunión.
Carmen Frei le contesta en su libro con un párrafo lapidario:
¿No se da cuenta de que el propio anfitrión, el doctor Rosenberg, dice que Silva Garín sí estuvo presente? ¿Por qué Patricio Rojas Saavedra continua protegiendo al doctor Silva Garín? ¿Por qué sigue actuando como un encubridor?
En ese contexto de incertidumbre, ni el presunto embalsamamiento ni la autopsia se llevaron a cabo bajo un protocolo judicial claro y formal. Por el contrario, ambos procedimientos fueron realizados de manera discrecional, decididos por un grupo reducido de personas que omitieron dejar constancia escrita o notificar a las autoridades competentes. La ausencia total de supervisión independiente y de registros transparentes profundizó el clima de sospecha y privó a la familia y a la opinión pública de información esencial para entender lo ocurrido.
Poco después, en medio de la confusión reinante tras el fallecimiento del ex presidente, se trasladaron muestras biológicas de su cuerpo —pulmón, riñón e hígado— entre distintos laboratorios, como la Universidad Católica y el Instituto de Salud Pública (antes Instituto Bacteriológico), sin que se esclareciera quién autorizó estos movimientos ni cuál era el objetivo real. Este manejo opaco y sin comunicación oficial generó un ambiente de temor y desconfianza, que impactó directamente a los involucrados. Así lo atestigua Alejandro González, quien, al observar el extraño color de las muestras recibidas en el Instituto Bacteriológico, se sintió tan alarmado que optó por renunciar y abandonar Santiago. Este episodio ilustra cómo la falta de transparencia y el miedo condicionaron la actitud de los testigos, dificultando aún más el esclarecimiento de los hechos.
Declaración judicial de PEDRO ALEJANDRO GONZALEZ FLORES, conductor de transporte público, quien ratifica su declaración policial de fecha 9 de marzo de 2009, del informe policial de la Fuerza de Tareas de Investigaciones Reservadas de la Policía de Investigaciones de Chile, la cual fue otorgada en los siguientes términos: señala que ingresó en el año1981 a trabajar en el Instituto de Salud Pública, ex Bacteriológico, ubicado en calle Maratón, al costado del Estadio Nacional, como auxiliar, siendo destinado a la sección TBC que correspondía a la sigla de Tuberculosis, siendo su jefa la doctora MARIA EUGENIA VALENZUELA. Indica que cierto día, siendo el medio día aproximadamente, se encontró con que habían llegado tres frascos circulares transparentes, cada uno con una cinta adhesiva sobre la tapa, rotuladas con las letras E. F. MONTALVA, envases que eran distintos a los que se usaban en la sección. Recuerda que cuando se percata de esos frascos, estaba todo el personal dentro de la sección. A la pregunta de quién las recibió, no lo puede precisar, pero sí recuerda que estaban en manos de unas tecnólogas médicas, quien les hizo el comentario a todos los que estaban ahí “llegaron las muestras del ex presidente Frei”, y luego les señaló textualmente “estas muestras biológicas corresponden a Riñón, Pulmón e Hígado”. Indica que no tiene la claridad si se abrieron los frascos que estaban en manos de la tecnóloga médica. Si recuerda que fue PATRICIA la que los llamó con las muestras en las manos y les hizo el comentario. Le llamó la atención que las muestras biológicas tenían un color distinto a las que le correspondía ver frecuentemente, incluso hizo un comentario alrededor de sus colegas al decir textualmente “al Presidente lo mataron”. Nadie hizo ningún comentario, pero momentos después su jefa lo llamo a la oficina y le dijo “que no anduviera haciendo comentarios como el que había hecho porque podía ser perjudicial”. No le especificó si podía ser perjudicial para él o para la sección. Afirma que el mismo día que se recibieron las pruebas biológicas del ex presidente Frei, recuerda haber escuchado en la radio que mantenían encendida todo el día, el deceso del ex presidente. Consultado sobre si en aquella fecha él podía distinguir entre muestras biológicas, señala que sí, que efectivamente podía ya que tenía experiencia por las manipulaciones que debía realizar cuando ayudaba a las tecnólogas médicas. Por ejemplo, puede distinguir con claridad una muestra de páncreas, por su contextura porosa, y además tiene un color característico, que no se confunde con otros órganos. Cada órgano, tanto en su contextura como en su color se distingue de los demás. Lo que le llamó la atención en las muestras biológicas del ex presidente FREI, fue que tenían un color verduzco obscuro, siendo que eran de órganos distintos, en su caso fue atípico ver este tipo de muestras biológicas. Señala que se fue del Instituto de Salud Pública a los días de ese episodio porque se asustó; retiro que fue voluntario y fue sin dar aviso a nadie, se fue a la ciudad de Angol.
Declaración judicial de fecha 5 de mayo de 2009 donde ratifica su declaración policial y además agrega que se encontraba trabajando en la sección esterilización de materiales del Instituto de Salud Pública ex Bacteriológico, aproximadamente al mediodía, cuando fueron llamados por la tecnóloga médico PATRICIA ÁLVAREZ ADRIAZOLA y fue con Patricio Oro. Que recuerda que ella estaba parada cerca de la mampara y a un costado de la cámara de cultivos con tres pocillos trasparentes, con tapas, en sus manos, por lo que se acercaron a ella. Observó que en el interior de esos pocillos habían muestras de tejidos. También pudo apreciar que tenían una cinta adhesiva en su parte superior que tenían las letras “E. F. Montalva”, lo que confirmaba los dichos de PATRICIA. Nos dijo textualmente: “llegaron las muestras del ex presidente Frei”. Luego agregó señalando cada uno de los pocillos: “estas muestras biológicas corresponden a riñón, pulmón e hígado”. Agrega que tiene la certeza que era PATRICIA, quien les dijo lo ya señalado y les mostró los pocillos. Ignora quién se los pasó, pero a ella la recuerda bien, incluso tenía la manía de estar siempre quejándose de la vista y decía que iría al oculista, pero nunca lo hacía; además también recuerda de ella que caminaba de una forma extraña y decía que sufría de estrechez. Estaba recién casada, debe haber tenido aproximadamente unos 23 a 24 años de edad, era blanca de cara, pelo oscuro, contextura normal, medía aproximadamente 1,60 cm., y recuerdo que tenía un hijo de aproximadamente un año. Expone que eso lo escucharon también otras dos personas, de las que no puede asegurar nombre, pero que trabajaban ahí, por lo que una vez dicho lo anterior. Ignora qué hizo Patricia con los pocillos, supone que los guardó en la cámara de frío, que era lo que correspondía hacer. Al pasar unos minutos ingresó la doctora MARÍA TERESA VALENZUELA quien les ordenó salir a colación de inmediato. Al regresar de ésta, que debe haber durado aproximadamente tres cuartos de horas, fui a mi sección cuando en ese instante la doctora VALENZUELA dio la orden de retirarse, pues según dijo no había trabajo que hacer. Regularmente salían a las 17:00-18:00 horas, pero ese día se retiraron aproximadamente a las 13:15. Señala que tenía a esa fecha 19 años de edad y que se asustó mucho, más aún que el ex presidente había fallecido, no recuerda si ese mismo día o el día anterior, pero estaba la noticia en la radio y la televisión.
Declaración de doña ROSARIO DEL CARMEN LEPE, tecnóloga médico, quien ratifica su declaración policial rendida ante la Fuerza de Tareas de Investigaciones Reservadas de la Policía de Investigaciones de Chile de fecha 18 de marzo del año 2009, la cual fue otorgada en los siguientes términos: se tituló de tecnóloga médica en el año 1963 de la Universidad de Chile, y comenzó a trabajar el 15 de noviembre de ese mismo año en el Instituto Bacteriológico, donde trabajó hasta el 31 de diciembre del año 2005.
… consultada sobre si la Dirección del Instituto de Salud Pública tomó conocimiento de la llegada de esas muestras del ex presidente FREI, señala que no y menos que en ese momento había un director sin conocimiento técnico. Consultada sobre si en el ISP había personal que estuviese cumpliendo funciones paralelas en los organismos especiales del Gobierno, vale decir, CNI, DINE, DINA u otros, señala que la doctora a cargo, doña MARÍA TERESA VALENZUELA, tenía antecedentes que no eran compatibles con la especialidad y venía de la Fuerza Aérea donde se desempeñó como cardióloga. No era de su agrado el trabajo de laboratorio y en ocasiones fue interrogada por ella, debido a su esposo que fue objeto en una oportunidad del toque de queda. Agrega que ella jamás se interiorizó profundamente de las labores y técnicas de la sección.
Mientras la familia intentaba encontrar consuelo y organizar el velorio, la confusión y el desconcierto se intensificaron. La desaparición de la ficha clínica del ex presidente —un registro esencial para comprender las verdaderas causas de su fallecimiento— dejó a todos en la oscuridad, y las versiones contradictorias sobre lo sucedido solo aumentaron la angustia. Los médicos de cabecera, testigos clave y guardianes de la salud del paciente, fueron inesperadamente apartados; algunos incluso sufrieron la humillación de ser excluidos del propio funeral, como si su presencia representara un riesgo para los secretos que se intentaban preservar. Así, en medio del duelo, la familia no solo enfrentó la pérdida, sino también el dolor de ver cómo la operación científica del olvido interrumpía su derecho a despedirse y conocer la verdad, envolviendo el proceso en un ambiente de sospecha y vulnerabilidad.
Años más tarde, el embalsamamiento realizado sin autorización se consolidó como una de las pruebas más contundentes de encubrimiento en el caso. Lejos de ser un procedimiento médico destinado a preservar el cuerpo del ex presidente, se trató de una acción calculada y premeditada para manipular el cadáver, eliminar cuidadosamente los signos visibles de deterioro y, sobre todo, impedir que exámenes futuros revelaran rastros químicos que podrían haber esclarecido las verdaderas causas de su muerte. Bajo la apariencia de un acto compasivo, se implementó una sofisticada estrategia para destruir pruebas y dificultar el acceso a la justicia. El embalsamamiento se convirtió en una herramienta fría y deliberada para ocultar la evidencia y perpetuar el misterio, disfrazándolo de profesionalismo. Como escribió Carmen Frei en su libro, esta operación fue el rostro más cruel del encubrimiento:
…Los órganos extraídos al cadáver de mi papá fueron llevados por el doctor Rosenberg al crematorio, según sus propias declaraciones. (Declaración judicial de Herman Rosenberg Gómez. 15 de marzo 2003).
La autopsia no se realizó, pero décadas después, análisis toxicológicos realizados en algunas muestras revelaron la presencia de talio y gas mostaza administrados con precisión durante semanas. Sin embargo, el embalsamamiento y las intervenciones previas en el cuerpo habían alterado los tejidos, sellando la principal prueba: el cadáver del ex presidente apenas podía aportar indicios concluyentes, ya que las manipulaciones dificultaron el análisis forense y la búsqueda de justicia.
Cuando el caso Frei parecía extraviado entre expedientes médicos herméticos y el descrédito institucional, el juez Alejandro Madrid decidió romper el muro de opacidad. Aunque evitaba el protagonismo mediático, comprendía que los cuerpos guardan señales y que la justicia debe interpretar incluso los detalles mínimos hallados en los tejidos y en los silencios que los rodean. Su enfoque consistió en ir más allá de las versiones oficiales y documentos ambiguos, convencido de que la ciencia podía revelar la verdad que tantos intentaban encubrir.
Nombrado en 2002 para investigar la muerte del ex presidente, Madrid se enfrentó a expedientes clínicos alterados, médicos reticentes y fuertes presiones políticas. Ante ese panorama de confusión y sospechas, rechazó respuestas apresuradas y versiones superficiales; en su lugar, construyó el caso con rigor, reuniendo pruebas clínicas, declaraciones de testigos y contextualizando históricamente cada hallazgo. Así, consiguió esclarecer la verdad con transparencia y precisión, demostrando la importancia de la investigación meticulosa en procesos judiciales complejos.
A lo largo de la investigación judicial, el ejército se mantuvo en un hermético mutismo, ignorando sistemáticamente los requerimientos del juez y consolidando un silencio institucional que alimentaba aún más las sospechas. Nunca hubo una colaboración genuina con el proceso: no entregaron información relevante ni mostraron la más mínima disposición a esclarecer los hechos. En lugar de facilitar el acceso a la verdad, optaron por una negativa constante; se cerraron frente a la justicia, impidieron la apertura de archivos y negaron cualquier posibilidad de transparencia. Este silencio no fue simple desinterés, sino una estrategia consciente para ocultar la verdad, intensificada por acciones concretas y devastadoras, como la incineración planificada de documentos y archivos microfilmados. Eliminaron pruebas, borraron huellas, destruyeron fragmentos de memoria que podrían haber sido fundamentales para reconstruir la historia y devolver algo de paz a quienes buscaban respuestas. Así, la búsqueda de justicia se topó no solo con la falta de voluntad, sino también con la destrucción material de la memoria oficial, como si intentaran sepultar, junto a los papeles, la esperanza de verdad y reparación para todo un país:
Declaración judicial de MERCEDES DEL CARMEN ROJAS KUSCHEVICH, quien ratifica su declaración policial rendida ante la policía investigaciones de Chile el 4 de julio del año 2014, en la cual declaró lo siguiente: Afirma que entre el año 1999 y 2000, recibió la orden por parte del General JARA HALLAD de incinerar estos archivos de microfilmación, ya que sólo ocupaban espacio. Por tanto dio cumplimiento su instrucción en compañía del Suboficial mayor LUIS ZÚÑIGA CELIS y el Cabo OSVALDO RAMÍREZ LAZCANO, concurriendo hasta las dependencias de la escuela de inteligencia de Nos, donde los quemaron en un horno. Hace presente que no se levantó acta del procedimiento por tratarse de archivos civiles y no militares.
El informe toxicológico elaborado por Cecilia Cerda, médico anatomo-patólogo y profesora asociada de Medicina Legal de la Universidad de Chile, junto a Gloria Börgel, médico toxicólogo del Departamento de Medicina Legal de la misma universidad, elaboraron un documento que fue mucho más que un simple texto técnico: sus análisis detectaron la presencia de talio y gas mostaza en el cuerpo del ex presidente Frei Montalva. Este hallazgo no solo sacudió profundamente a la sociedad chilena, sino que además marcó un antes y un después en la investigación sobre su muerte. Para el juez Madrid, este informe no fue una prueba aislada ni de poca relevancia; por el contrario, reveló una trama de encubrimientos y generó serias sospechas sobre el actuar de quienes rodearon al ex presidente en sus últimos días.
Las doctoras Cerda y Börgel, reconocidas por su extraordinario rigor, valentía y minuciosidad, no se limitaron a examinar los resultados toxicológicos; su investigación fue mucho más allá. Realizaron una comparación meticulosa de los registros clínicos hora por hora, analizaron las conductas inusuales del personal médico e identificaron la reiterada omisión de protocolos esenciales que, de manera desconcertante, nunca se aplicaron en el caso. El cruce de toda esa información, en un entorno marcado por el miedo y el silencio, les permitió detectar patrones y contradicciones decisivas. Así, su trabajo científico, independiente y exhaustivo, aportó pruebas reveladoras y sólidas, abriendo el camino para que la investigación judicial avanzara con firmeza en la búsqueda de justicia y verdad.
Cuando revisaron las sustancias detectadas en los análisis -talio y gas mostaza- la incredulidad inicial se transformó en horror: ninguna tenía justificación terapéutica posible. Frente a ellas no había un error médico, sino la huella inconfundible de una intervención cuidadosamente planificada. En ese instante, la ciencia se alzó como una voz irrefutable, desmontando las versiones oficiales y demostrando que la muerte del ex presidente Frei Montalva no fue un accidente, sino el resultado de una operación deliberada. Así, la evidencia científica no solo esclareció los hechos, sino que también devolvió esperanza y dignidad a la búsqueda de justicia.
El juez Madrid convocó a expertos en armas químicas, quienes aportaron información crucial para esclarecer aspectos que durante décadas permanecieron ocultos. A pesar de las presiones del sistema judicial, Madrid se mantuvo firme, guiado por lo que él denominó “la voz del tejido”: el testimonio silencioso del cuerpo, que revela verdades cuando ya todo parece perdido. Su resolución fue un acto de dignidad, al reconocer la administración sistemática de agentes tóxicos como un hecho deliberado, calificando los hechos como homicidio calificado, con participación directa de agentes estatales. En su sentencia, Madrid dejó constancia de que “la medicina fue utilizada como herramienta de ocultamiento político”, convirtiendo su decisión en una restitución histórica y en un homenaje a la memoria, tras años de silencio y espera.
Madrid entendió que la justicia se retrasa no por incapacidad, sino por la eficacia de los mecanismos de ocultamiento y el miedo institucional. Al transformar los informes científicos en piezas clave del proceso judicial, logró reconstruir una verdad incómoda pero imprescindible para el país: incluso en democracia, la muerte puede esconderse tras el secreto, y la esperanza de justicia persiste a pesar de los intentos de silenciarla. La perseverancia del juez permitió que, finalmente, se reconociera oficialmente el alcance de los hechos y se diera un paso fundamental hacia la reparación y la verdad.
La ciencia contra el silencio
Durante años, el cuerpo de Eduardo Frei Montalva—o lo que quedaba de él—fue un enigma sellado por la incertidumbre. Las escasas muestras conservadas estaban alteradas o se habían extraviado; la historia clínica, fragmentaria, era un rompecabezas lleno de vacíos y contradicciones, y los registros médicos parecían diseñados para encubrir más que para esclarecer. Frente a esa realidad opaca, dos valientes toxicólogas se rebelaron contra el silencio institucional y decidieron enfrentar lo que la medicina oficial se negó a investigar. Su labor fue una lucha constante contra el paso del tiempo, el deterioro de las evidencias y la estrategia sistemática de encubrimiento. Carmen Frei, en su libro, resalta el rigor y la valentía excepcionales de ambas expertas, quienes—trabajando de manera independiente, sin comunicación entre ellas—lograron identificar los mismos compuestos letales: gas mostaza y talio. Este hallazgo fue aún más significativo considerando que los órganos principales habían sido extirpados, lo que dificultó enormemente la tarea y demostró que, incluso ante la adversidad y la destrucción deliberada de pruebas, la verdad puede abrirse paso gracias a la ciencia y la determinación humana:
Los peritajes de Laura Börgel y Carmen Cerda afirmaron que la mayor cantidad de metabolitos de gas mostaza se encuentran en el riñón, hígado e intestinos. Es sabido por otra parte, que las principales vías de metabolización de las sustancias que entran en el organismo son el hígado y el riñón. Por lo tanto todo indica que la evisceración no tuvo nada que ver con un estudio morfológico, sino que con ella se buscó eliminar aquellos órganos en que se podía encontrar una mayor cantidad de indicios de las sustancias tóxicas que mataron a mi padre.
A pesar de no compartir información ni estar influenciadas por factores externos, los descubrimientos de ambas expertas coincidieron de manera extraordinaria, lo que no hizo más que reforzar el asombro y la convicción de que la verdad, por más oculta y fragmentada que parezca, puede salir a la luz cuando se la persigue con determinación, rigor y coraje, incluso frente a la adversidad y el silencio institucional.
Solo después de sus análisis, lograron acceder a información fundamental relacionada con Eugenio Berríos, apodado “el químico de Pinochet”, una figura rodeada de misterio y temor. Los libros incautados durante el allanamiento a la casa de sus padres no fueron simples registros: se convirtieron en testigos de una historia oscura. En sus páginas, las anotaciones apresuradas, subrayados inquietantes y marcas personales resaltaban términos clave como “MS” (gas mostaza) y “talio”, dejando huella del conocimiento y las intenciones de Berríos, quien ya había sido asesinado en Uruguay, un hecho que aún resonaba en la memoria del país. La incautación de esos libros representó, aunque tardíamente, una pequeña pero significativa victoria frente al manto de impunidad; permitieron rescatar fragmentos esenciales de un legado escrito, piezas clave para comprender la magnitud de lo oculto y la profundidad de la herida que dejó en la historia nacional:
Declaración judicial de LAURA BÖRGEL AGUILERA, quien señala lo siguiente: que al revisar los libros que estaban en el tribunal, oficialmente un libro de bioquímica o clínica, le llamó la atención que habían ciertas marcas o destacados en los libros que mantenía EUGENIO BERRÍOS y con el contexto de la historia médica, se refería al glutatión y para qué servía y otros conceptos. Fabricar mostaza es fácil aunque peligroso. También llama la atención que además el índex Merck tenía cotizaciones de talio a Merck y también se encontraron los estados de cuenta de EUGENIO BERRIOS donde tenía una línea de sobregiro alta. Además en otros libros escritos en italiano, aparecía como fabricar explosivos y cocaína sintética, lo que da una idea de lo que estaba haciendo BERRÍOS. Le llamó la atención, porque esos libros no llegaban a Chile. Afirma demás que, en cuanto las cotizaciones de talio estas decía sulfato de talio a la empresa Merck.
….en el “Índex Merck página 725 a la 726 se encuentran las formas de talio que se podían adquirir en esa época y además en el libro “Fondamenti Di Quimica Organic”, estaban la síntesis de los alquenos y también información sobre glutatión y sobre el DNA o ADN y en “Organic Chemistry”, (del autor Morrison), se encontraban marcadas con letras manuscritas. Coinciden con las páginas de los alquenos, las interferencias de los bromuro, y las reacciones de los aminoácidos y el glutatión. Por lo cual se puede determinar que existía información disponible en estos libros para la elaboración de MS (mostaza de azufre) y que el talio se podía conseguir fácilmente en el comercio, como raticidas o como muestra analítica.
En su libro, Carmen Frei narra con una mezcla de asombro, emoción y profundo respeto la escena del allanamiento en la casa de Berríos. Allí, no solo se encontraron los libros marcados y anotados por él, sino también una carpeta, donde se habían reunido artículos publicados en periódicos sobre la operación y la muerte de su padre. Este hallazgo representó un momento de cierre simbólico: por primera vez, la historia de Frei Montalva y la búsqueda incansable de respuestas quedaban en manos de quienes nunca dejaron de luchar por la verdad, abriendo la posibilidad de sanar heridas y dignificar la memoria.
El reto que enfrentaron Cerda y Börgel trascendió lo técnico para convertirse en una auténtica prueba de carácter. Ambas se enfrentaron a un entorno hostil y escéptico dentro de las instituciones científicas y judiciales, soportando presiones, intentos de desautorizar sus hallazgos y campañas públicas de desprestigio. Sin embargo, la solidez de sus informes y la validación independiente a la que fueron sometidos transformaron sus descubrimientos en pruebas cruciales para la investigación judicial, demostrando que la perseverancia científica puede abrirse paso aún en los escenarios más adversos.
Ambas especialistas sabían que el proceso de embalsamamiento había dejado alteraciones graves e irreversibles en los tejidos del ex presidente, complicando enormemente cada análisis químico y multiplicando los obstáculos. No solo enfrentaron muestras deterioradas y el inexorable paso del tiempo, sino también el riesgo de perder cualquier pista significativa. A pesar de todo, mantuvieron la esperanza y la convicción de que los venenos dejan huellas persistentes, marcas químicas capaces de sobrevivir incluso en tejidos dañados. Su trabajo fue un acto de paciencia y rigor, recordándonos que la verdad puede resistir el desgaste del tiempo y la adversidad, siempre que exista determinación para buscarla.
El proceso comenzó con la recuperación de pequeños fragmentos de tejido durante la exhumación de 2004 y muestras complementarias halladas en la Universidad Católica. Mediante técnicas avanzadas como espectrometría de masa y cromatografía líquida, lograron detectar rastros mínimos en lo más profundo de la materia. El ambiente era tenso y expectante, hasta que los resultados finalmente irrumpieron: los laboratorios confirmaron la presencia indiscutible de compuestos derivados de talio y gas mostaza en los tejidos linfáticos y hepáticos. Este hallazgo fue más que una confirmación científica; significó la ruptura definitiva del silencio y permitió que el país enfrentara una herida largamente ocultada, dando paso a la verdad y a la esperanza de justicia.
Los compuestos detectados en los tejidos de Frei Montalva —gas mostaza y talio— carecen de cualquier uso médico reconocido, lo que confirma que su presencia responde a una acción deliberada y cuidadosamente planificada. El talio fue administrado con el objetivo de bloquear el proceso natural de desintoxicación, inhibiendo la función protectora del glutatión y dejando al organismo indefenso frente a sustancias tóxicas. De esta manera, el gas mostaza pudo actuar sin restricciones, provocando graves daños en el sistema inmunológico y alteraciones profundas en el ADN celular. Según la doctora Börgel, en condiciones normales, el glutatión permite desactivar y eliminar compuestos peligrosos a través de la orina, y su rol antioxidante es esencial para preservar la salud y el equilibrio celular. Cuando el gas mostaza interactúa con el glutatión, se genera tiodiglicol (TDG), cuya presencia en la orina es un marcador inequívoco de exposición a este agente químico. Sin embargo, al estar el glutatión desactivado por el talio, la producción de TDG se ve impedida, lo que puede generar falsos negativos y dificultar el diagnóstico de intoxicación por gas mostaza. Esta sofisticada estrategia, basada en la interacción de ambos venenos, no solo permitió ocultar la evidencia del crimen, sino que también complicó enormemente la tarea de los expertos y el acceso a la verdad.
Sin embargo, la acción del talio dentro del organismo consiste en bloquear precisamente ese proceso natural de desintoxicación, interfiriendo con la función del glutatión y dejando al cuerpo indefenso ante sustancias tóxicas. En presencia de talio, la defensa bioquímica se apaga, permitiendo que el gas mostaza permanezca activo durante mucho tiempo y cause efectos devastadores incluso en dosis mínimas. Esto genera serias lesiones en el ADN y debilita de manera drástica el sistema inmunológico, exponiendo al paciente a infecciones oportunistas potencialmente mortales. El organismo, aunque dispone de glutatión, ve su función anulada por el talio, lo que transforma la intoxicación en un proceso eficaz y deliberado. Para lograr este efecto, era necesario que el talio se administrara antes que el gas mostaza; en el caso de Frei Montalva, se contaminó material quirúrgico con talio durante la primera operación, provocando síntomas de obstrucción intestinal y preparando el escenario para la posterior intoxicación.
Al impedir la eliminación del gas mostaza, no fue necesario recurrir a grandes dosis para causar la muerte; bastaron pequeñas cantidades, lo que complicó la detección y el diagnóstico. Los síntomas producidos fueron ambiguos y difíciles de reconocer, incluso para médicos experimentados, lo que contribuyó a que el envenenamiento pasara desapercibido y permaneciera oculto por mucho tiempo. Esta estrategia deliberada de emplear dosis bajas y de dificultar la identificación clínica permitió que el crimen se mantuviera invisible, incrementando la impunidad.
El gas mostaza, por su efecto vesicante, produce dolorosas ampollas tanto en la piel como en los órganos internos, como las que sufrió Frei Montalva. Su capacidad de alterar y destruir el ADN convierte a esta sustancia en uno de los agentes químicos más peligrosos conocidos. El objetivo de su uso no era únicamente causar la muerte, sino hacerlo de forma silenciosa y devastadora: dañando las células, destruyendo la identidad biológica de la víctima y provocando un deterioro profundo e irreversible en el organismo. Así, la muerte se produjo no solo por la toxicidad inmediata, sino por la destrucción sistemática de la esencia vital del paciente.
En su libro, Carmen Frei relata que El Mercurio, en mayo de 2017, comunicó de manera errónea los resultados preliminares del doctor Aurelio Luna, convocado por su prestigio internacional para analizar las muestras del caso Frei Montalva. La selección de Luna respondía a la necesidad de una evaluación independiente, libre de vínculos con instituciones locales y los equipos previos, garantizando la objetividad y credibilidad del proceso. Sin embargo, la presión mediática llevó a que El Mercurio fundamentara sus afirmaciones en los primeros datos de Luna, quien reportó bajas concentraciones de TDG (tiodiglicol) en las muestras, interpretando erróneamente que esto descartaba la presencia de gas mostaza. Lo que no se consideró fue que la administración conjunta de talio y gas mostaza bloquea el mecanismo de eliminación natural, generando una reducción significativa de TDG, tal como explicaron las doctoras Börgel y Cerda. Por lo tanto, los bajos niveles de TDG no significan ausencia de exposición, sino que evidencian la interferencia del talio y el carácter encubierto y letal del daño causado.
El doctor Luna realizó el análisis toxicológico desde un enfoque tradicional, evaluando cada sustancia de manera aislada. Este método impidió que se contemplara la interacción tóxica entre talio y gas mostaza, limitando la interpretación clínica. Luna no consideró cómo el talio podía modificar significativamente el impacto del gas mostaza, provocando síntomas atípicos y difíciles de identificar como un envenenamiento convencional. Así, sus conclusiones omitieron la hipótesis de que la combinación de ambos agentes explicaba los síntomas ambiguos y la evolución clínica inexplicable en Frei Montalva, lo que originó disputas y desacuerdos durante la investigación.
En conclusión, la diferencia fundamental radica en que Börgel y Cerda integraron el análisis de efectos cruzados y potenciados entre los agentes, mientras que Luna permaneció en un enfoque tradicional, sin considerar el mecanismo de interacción necesario para comprender el caso en toda su complejidad. Las doctoras lograron revelar una táctica sofisticada y peligrosa, defendiendo la verdad frente a la confusión y el temor, y demostrando que la ciencia, aplicada con rigor y humanidad, representa la última barrera frente a la impunidad y el olvido.
La historia clínica pone también el proceso del envenenamiento en perspectiva. El gas mostaza (MS), al ser administrado por vía endovenosa, provoca:
- Inflamación localizada en tejidos internos, como el mesenterio, que es justamente lo que mostró Frei Montalva.
- Daño al ADN celular, lo que genera necrosis y falla orgánica. Eso fue también identificado en Frei Montalva.
- Supresión inmunológica, facilitando infecciones oportunistas, como le ocurrió a Frei, sobre todo después de la segunda operación.
- Shock séptico, como el que sufrió Frei tras la segunda operación.
- Evolución clínica inexplicable, incluso para médicos experimentados.
Frei Montalva manifestó todos los síntomas descritos, especialmente después de la segunda intervención, y de manera tan intensa que el equipo médico quedó sumido en la incertidumbre. Algunos miembros, conscientes de la gravedad y sospechando la existencia de una intervención externa, se vieron limitados por el temor y optaron por el silencio, incapaces de actuar o denunciar. Otros, completamente desbordados por la situación, permanecieron paralizados, afectados por el miedo y la duda, intuyendo que enfrentaban algo extraordinario pero sin encontrar la fuerza para intervenir. Esta reacción colectiva refleja no solo el desconcierto ante los efectos clínicos provocados por agentes tóxicos, sino también la incapacidad de superar la presión del contexto hospitalario y social.
Es fundamental destacar que la sentencia del juez Madrid fue mucho más que un análisis toxicológico preciso realizado sobre las muestras de Eduardo Frei Montalva; constituyó una revisión profunda que abordó el complejo escenario político de la época, marcado por seguimientos, amenazas y presiones constantes sobre el ex presidente. El fallo consideró no solo los antecedentes profesionales y las relaciones de los médicos que lo trataron, sino también el desgaste emocional y la tensión que condicionaron cada decisión y cada silencio. Se examinó minuciosamente el deterioro clínico de Frei y, lo más inquietante, las maniobras de encubrimiento que tuvieron lugar tras su muerte: procedimientos médicos irregulares, una autopsia realizada sin el respeto de protocolos ni autorización familiar, y obstáculos deliberados que dificultaron conocer la verdad. Todos estos elementos fueron decisivos para dimensionar la magnitud del caso, cuya gravedad y complejidad conmocionaron a la sociedad chilena, dejando una huella imborrable en la memoria nacional.
Declaración judicial de LAURA BÖRGEL AGUILERA, quien señala lo siguiente: que ratifica sus declaraciones prestadas anteriormente en las cuales describió las metodologías analíticas a la fecha efectuadas y los requerimientos para las conclusiones finales. Que ratifica el informe final entregado en octubre del año 2008. Que la conclusión del informe referido en su parte final se establece la exposición de don EDUARDO MONTALVA a mostaza de azufre y a talio durante los tres últimos meses anteriores a su deceso y dicha exposición se relaciona directamente con la causa de su muerte. Que la exposición a talio se fundamenta en la cuantificación e identificación de esta sustancia en las muestras de cerebro y en las muestras de cabello; y que en las muestras de cabello por sección, se encontraron diferentes concentraciones de este metal, lo cual se interpreta como la exposición a distintas concentraciones en el tiempo. Que esto también se correlaciona con los hallazgos en la anatomía patológica que muestran los depósitos característicos del talio en el cabello, exámenes efectuados por Doctora CERDA y que se compararon con una paciente también expuesta al talio donde se visualizaban similares alteraciones. Por otra parte la exposición a talio se fundamenta con el cuadro clínico presentado por el ex presidente de la República don EDUARDO FREI MONTALVA. Cuando la administración es en bajas dosis, el cuadro clínico que se presenta es muy bizarro (no es característico) y no se observan los efectos descritos en todos los libros cuando se administran mediana y altas dosis de talio, que son la alopecia (caída del pelo) y las talalgias (dolor del talón) los cuales son observables entre el día 10 a 20 de la exposición. Que en este caso, la exposición a bajas dosis determinó como parte del cuadro clínico signos y síntomas compatible con una posible obstrucción intestinal; esto está descrito para el talio. Muchos de estos dolores generados se confunden fácilmente con dolores cólicos que son también parte de la historia clínica de una obstrucción intestinal. De no estar en el antecedente de exposición al talio, es muy difícil de hacer el diagnóstico y puede inducir al error de interpretación de este síntoma digestivo clasificándolo como un fenómeno sólo de origen quirúrgico. Esta aparente obstrucción intestinal determinada por el talio está descrita en los libros clásicos de toxicología y en la documentación que se anexó al informe técnico; pero vuelve a reiterar que como fue en dosis bajas, no se observaron los otros elementos que son tan característicos de dicha intoxicación, como son la caída del cabello y los dolores de los talones. Además, en el talio está descrita su neurotoxicidad, que en dosis altas puede llevar a una encefalopatía. También están descritas las arritmias como consecuencia a la exposición a ese metal. Como las dosis de exposición fueron bajas, basadas en las concentraciones encontradas en cerebro y cabellos, sólo se presentaron algunos fenómenos en forma intermitente de encefalopatía que fueron evaluados durante su hospitalización por el doctor GOIC quien sólo en el segundo episodio cercano a la navidad plantea al final de este, la duda si todo lo observado es metabólico o la existencia de un tóxico asociado.
Afirma que con respecto al fundamento de la exposición a mostaza, ellos se basan en las determinaciones analíticas por cromatografía gaseosa con detector de FPD (detector específico para grupos que contienen azufre) en que se detectaron y cuantificaron compuestos relacionados con metabolitos de mostaza en distintas muestras procedentes de la exhumación y, en las muestras de EPON (encontradas en la Universidad Católica). Señala que por otra parte, en cromatografía gaseosa acoplada a masa, se detectaron compuestos derivados de etileno y compuestos determinados por la oxidación de la guanina (aductos o alteraciones del ADN, es decir daño celular). Importante es señalar también, que a nivel internacional se consideran de gran importancia la identificación de aductos, como el elemento más característico de la exposición a mostaza de azufre dado que esto determina que efectivamente la persona estuvo expuesta a una sustancia y que se generaron todas las alteraciones celulares como el daño del DNA (o ADN). Que cuando se altera el ADN las principales alteraciones se producen en las células que tienen mayor velocidad de recambio, siendo los linfocitos los más sensibles y el epitelio intestinal. Así, estas alteraciones del DNA (aductos) encontrados por cromatografía gaseosa acoplada a espectroscopía de masa en las muestras de cerebro, pulmón y pared toráxica, permiten establecer la exposición a esta sustancia química (mostaza de azufre) y los efectos observados en la baja de los linfocitos que se observó en los hemogramas durante la segunda hospitalización. Además explica las alteraciones del intestino observado durante las distintas intervenciones quirúrgicas al cual fue sometido en la segunda hospitalización. Expone que por otra parte, los estudios efectuados en Estados Unidos en julio del año 2007, se concluyó que existían áreas sospechosas del uso de mostaza de azufre o de alguna sustancia capaz de alterar el ADN, esto se fundamentó en los estudios que se efectuaron en esa oportunidad en el laboratorio del US Army con el doctor CENTENO y posteriormente con la revisión de los documentos publicados por el Doctor ROBIN BLACK, el cual había trabajado con muestras in – vitro a las cuales exponía a distintas concentraciones de mostaza de azufre, para observar las distintas alteraciones que se observaban por Raman en estas células. Al comparar los resultados del estudio del doctor ROBIN BLACK, con los espectros que le correspondió trabajar en Raman en Estados Unidos, se excluye de que existen efectos a nivel de las células del cerebro del ex presidente MONTALVA, compatibles con la exposición a dosis altas y dosis bajas. Por esta razón, se puede concluir que no existió una sola exposición sino que a lo menos tres exposiciones a esta sustancia durante los últimos tres meses. Afirma que desde el punto de vista clínico se fundamenta la exposición a MS, en las alteraciones del hemograma que presentan algunas etapas bajas en los leucocitos con aumento de eosinófilos (distintos tipo de glóbulos blancos) y con constante baja de los linfocitos. Los linfocitos bajos o linfógena es un reflejo de una alteración de la inmunidad celular y que como se describió anteriormente, se traduce en alteraciones a nivel del DNA de las células, teniendo la mayor repercusión en este tipo de glóbulos blancos. Que se observa también un aumento de eosinófilos, los cuales están descritos en las diversas publicaciones que son parte de los efectos de la exposición a mostaza de azufre. Y que el otro fundamento clínico de exposición son los episodios de encefalopatía, que se precisan en el documento llamado “línea de tiempo del cuadro clínico”, lo cual se relaciona con la lipoperoxidación o formación de radicales libres por las mostaza de azufre a nivel de las células del sistema nervioso central, situación observada en los estudios experimentales en animales que se adjuntan al informe técnico. Todas estas alteraciones relacionadas con el sistema inmunitario se traducen clínicamente en la escasa capacidad de defenderse de los gérmenes oportunistas, y se traducen en un cuadro clínico de sepsis que es lo que se observó como el elemento más manifiesto de su cuadro clínico. Indica que al usar simultáneamente talio y mostaza, se establece la generación de un efecto de potenciación, lo cual permite utilizar dosis bajas tanto de talio como de mostaza, pero muy bien calculadas de tal modo de obtener el resultado de muerte sin haber usado necesariamente las dosis letales por separado. Esto se explica en detalle en el capítulo donde se muestran las ecuaciones y las formas que fundamentan este sinergismo o potenciación entre dos sustancias químicas al ser usadas en conjunto. De esto también se desprende que para haber observado ya en el ingreso de la segunda hospitalización, las alteraciones del hemograma y los elementos clínicos de obstrucción intestinal, estas sustancias químicas, talio mostaza, deben haberse administrado aproximadamente alrededor de 15 días previos a este ingreso lo cual se relaciona con la primera intervención quirúrgica. Además es importante señalar que cuando se administró en animales de experimentación la mostaza de azufre por vía endovenosa, los animales presentaron alteraciones intestinales compatibles con lesiones similares a abscesos, que son el resultado del efecto directo del daño de la mostaza en el intestino producto de la recirculación entero hepática y excreción biliar de la mostaza a nivel intestinal y que estas lesiones generalmente se ubicaron a nivel de la sección del íleon (parte del intestino delgado) y que se relaciona con la lesiones descritas por el equipo quirúrgico que lo intervino en el mes de diciembre del año 1981. Indica que por otra parte las manifestaciones de “obstrucción intestinal” del talio se presentan como parte del cuadro clínico, a partir del día 7 a 10 de una administración por vía oral, que es lo más frecuente en los distintos casos clínicos descritos en la literatura, pero un caso que le correspondió a la compareciente como tratante en la década de los 80, en la persona que se le inyectó por vía endovenosa y las manifestaciones de dolor abdominal, vómitos y diarreas se presentaron en los mismos periodos que para la administración por vía digestiva, esto ocurrió en el Hospital Militar. Señala también que es importante indicar que los años 80 le correspondió ver numerosas intoxicaciones en distintos hospitales, tanto en niños como adultos, públicos y privados, por encontrarse el talio de libre venta en nuestro país hasta el año 1985 en que es prohibido su uso por el servicio agrícola ganadero. Este producto tenía indicación de uso como raticidas. Expone que la relación clínica de la primera exposición se fundamenta en lo expuesto precedentemente y además en los resultados analíticos de las distintas secciones del pelo, en que mientras se encontró una concentración mayor de talio la concentración de derivado de mostaza era menor y viceversa, esto también habla del carácter vital de la exposición a estas dos sustancias y no de un contaminante externo, puesto que el cabello continuaba su crecimiento. Señala que procede a responder lo relacionado con el grupo TIOL (SH) del glutatión: la mostaza necesita metabolizarse con el glutatión para posteriormente eliminarse, principalmente por vía urinaria y desaparecer sus metabolitos (tiodyglicol el más importante) en un periodo de seis días por esta vía. Que esta vía es una vía segura y de un buen pronóstico, la molécula se elimina soluble en agua (orina) y es el mecanismo de mejor defensa del organismo frente a una exposición a este tipo de sustancias. Por el contrario, si la persona es deficiente del glutatión o si se interfiere con algún tipo de sustancia química al glutatión, el organismo no puede eliminar en forma natural por la orina y desplaza toda su transformación a una serie de derivado de mostaza como sales sulfónicas, ion sulfónico y sulfóxido; al ion sulfónico se le atribuye la responsabilidad de generar los aductos de ADN (alteración de la guanina) propio de la mostaza de azufre. En resumen, el uso del talio determinó una interferencia metabólica en la vía del glutatión, determinando que la MS (mostaza de azufre) se desplazara a la vía de metabolitos más críticos y de mal pronóstico, con las consecuencias del daño del ADN, daño tisular y efectos en el sistema inmunitario que se tradujeron en la mayor susceptibilidad al cuadro infeccioso que produjo su muerte. Afirma que esto se refleja en el cuadro de la página 182, en la página 187 donde están los aductos de guanina y en la página 242 del informe donde consta el mecanismo de acción de la mostaza con talio y sin talio. La otra línea interesante se encuentra en la página 145 de los efectos de potenciación de ambas sustancias, en la página 147 se muestran las concentraciones en el tiempo en las secciones de cabello de talio y de MS y en la página 257 donde está el de cloruro de azufre y el etileno. Señala que en la página 257, se ven las distintas fórmulas para la obtención del MS, siendo la más fácil ruta la reacción del di cloruro de azufre con el etileno. El di cloruro se puede obtener a partir del azufre con hipoclorito y el etileno por la línea de los alquenos. Esta información se verificó en los libros (libros de Berríos) y otros documentos que están en custodia en el tribunal y que fueron revisados con la autorización (eso pudo haberlo ejecutado Eugenio Berríos, el químico de Pinochet) de éste: en el “Index Merck página 725 a la 726 se encuentran las formas de talio que se podían adquirir en esa época y además en el libro “Fondamenti Di Quimica Organic”, estaban la síntesis de los alquenos y también información sobre glutatión y sobre el DNA o ADN y en “Organic Chemistry”, (de Morrison), se encontraban marcadas con letras manuscritas y coinciden con las páginas de los alquenos, las interferencias de los bromuro y las reacciones de los aminoácidos con el glutatión, por lo cual se puede determinar que existía información disponible en estos libros para la elaboración de la MS y el talio se podía conseguir fácilmente en el comercio, como raticidas o como muestra analítica.
Declaración judicial de CARMEN CERDA AGUILAR, médico cirujano especialista en anatomía patológica y en medicina legal, quien señala lo siguiente: que ratifica el informe final que hizo llegar al tribunal el 4 de noviembre del presente año. Señala que a partir del estudio de la ficha clínica de don EDUARDO FREI MONTALVA surgieron concretamente tres posibilidades de causa de muerte; La primera de ellas, ser una posible negligencia médica, la segunda era una complicación infecciosa derivada de la cirugía, y la tercera era la intoxicación, la cual podría haberse originado en los fármacos que se estaban administrando, o bien en otro tipo de sustancias. Indica que éstas fueron las hipótesis que se plantearon y que trataron de confirmar o descartar. Afirma que una revisión exhaustiva de la ficha médica demostró que en varios momentos los médicos tratantes expresaron que se encontraban ante un cuadro desconocido, lo que les reafirmó que podría tratarse de una intoxicación. Paralelamente, las búsquedas de sustancias tóxicas arrojaron productos que no estaban relacionados con los medicamentos que según la ficha se le habían administrado. Se pusieron a investigar entonces en qué momento se podía haber producido una exposición a dichas sustancias y qué tipo de exposición podría haber sido: accidental o voluntaria. Expone que para poder llegar a una conclusión exploraron de dónde podían prevenir las moléculas que encontraron, pues generalmente lo que se encuentra en el organismo son aductos, es decir sustancias que el organismo ya ha procesado. Comparar los resultados de las muestras de tejidos del señor FREI, tanto las de la exhumación, las incluidas en EPON (descubiertas años después en la Universidad Católica), con tejidos de vivos o fallecidos que hubieran sido conservados en formalina, que era la sustancia conocida a la que había sido expuesto el cadáver, pudiendo descartarla totalmente de sus resultados. El talio se absorbe y se deposita en los tejidos como tal, y no se utiliza como medicamento ni como preservante, ni se encontraba en el terreno donde estaba la sepultura. Que puntualmente en los cabellos extraídos durante la exhumación, se observaron distorsiones de la arquitectura que sólo son posibles de ocurrir en un sujeto vivo. La otra sustancia cuyos metabolitos encontraron, correspondía a un derivado del gas mostaza. Que llamaba la atención que fuera un tipo de derivado que habitualmente se produce en muy pequeña cantidad, siendo principalmente eliminado como otro compuesto. El uso conjunto de gas mostaza con talio en una preparación de glóbulos rojos frescos, permitió aclarar que cuando se administran estas dos sustancias juntas, el producto metabólico que se obtiene del gas mostaza es el que habitualmente es el más difícil de obtener e identificar, por lo tanto aplicando ecuaciones químicas, fue posible determinar que con dosis muy bajas pero repetidas de ambas sustancias, era posible obtener un resultado letal, con síntomas y signos poco específicos y con resultados difícil de rastrear, aún en la actualidad. Afirma que siendo tanto la doctora BÖRGEL, como la compareciente becadas en medicina legal en la época de los hechos, saben que no existía en el país métodos ni elementos para diagnosticar este tipo de intoxicación. Expone que su trabajo siempre consistió en plantearse todas las causas posibles en forma autocrítica, e ir descartando, ojalá por varios métodos. También consideraron respaldar cada una de las pruebas que se realizaron, tanto con material bibliográfico como con reconfirmaciones y pruebas cruzadas. Indica que en su trabajo también se utilizó la metodología del doble ciego, en el sentido de que en muchos momentos una no sabía lo que buscaba la otra, y al final los resultados se complementaban. Consultada sobre cómo se fueron descartando las diferentes hipótesis responde: que la hipótesis de negligencia médica se descartó dado que tanto el cuadro clínico como los hallazgos histológicos presentaban elementos que excedían lo que se pudiera encontrar en una posible negligencia médica; en primer lugar un problema con la técnica quirúrgica utilizada la primera operación. Con respecto a esto llamaba la atención que síntomas y signos en el paciente, como alteración del ritmo cardíaco, presencia de exceso de eosinófilos o trastornos de conciencia e incluso un examen de biopsia de intestino que le tomaron en la época, en que también se encontraron muchos eosinófilos (tipo de glóbulos blancos encontrados principalmente los cuadros alérgicos y parasitarios), no correspondía a una infección derivada de una mala técnica quirúrgica. Que uno de los cirujanos al explorar el abdomen, señala la ficha, que se encontró con un tipo de inflamación que nunca había visto, siendo él un profesional de experiencia. También se descartó una negligencia en cuanto a la administración de fármacos por cuanto dos de ellos estaban indicados para el cuadro patológico que presentaba el paciente, y las dosis eran habituales. Indica que la tesis de la infección se descartó, al menos como causa originaria porque el paciente se comportó como si tuviera una inmunosupresión, siendo invadido por una serie de microorganismos oportunistas o por gérmenes de muy baja infectividad. Dado que se trataba de una persona previamente sana, es extraordinariamente infrecuente la adquisición de infecciones con resultados tan graves, pues el organismo con su propio mecanismo de defensa basta para eliminarlos. Que por su experiencia en un hospital donde se realizan muchos trasplantes renales, solamente los enfermos tratados con inmunosupresión para tolerar dichos trasplantes, o más bien recientemente pacientes portadores de VIH sida, adquieren ese tipo de infecciones. Afirma que las hipótesis toxicológicas en cambio adquirieron relevancia, porque tenían una evidencia de laboratorio tanto en el área toxicológica como en el área histológica. Por otra parte el estudio del talio y del gas mostaza como los hechos recientemente por hospitales militares con alta tecnología, permiten explicar la totalidad de los síntomas y signos que presentó don EDUARDO FREI MONTALVA y que parecen registrados es su ficha clínica. Consultada sobre lo que señaló en su informe en el número 3 letra a del mismo, donde se señalan antecedentes clínicos del señor FREI MONTALVA. Con respecto a lo que se le consulta, que en la ficha clínica se habría observado un cuadro de compromiso encefálico que se interpretó como secundario a trastornos metabólicos, señala lo siguiente: que la encefalopatía tóxico metabólica designa un cuadro de compromiso de conciencia que puede tener distintas causas. Las causa metabólicas, habitualmente son de alteraciones de la glicemia, en aumento o disminución, trastornos en el aporte de oxígeno, o de electrolitos como el cloro, como el sodio o como el potasio. Las infecciones generalizadas (sepsis) también pueden provocarlo, sobre todo si hay grandes cantidades de gérmenes productores de toxinas (como el clostridium o el estafilococo dorado) en el organismo. Además existen muchas sustancias tóxicas que pueden producir encefalopatía. Por las descripciones de la literatura especializada, los efectos en el organismo por talio, producen encefalopatía. En la ficha clínica no se observaron alteraciones del oxígeno, de la glucosa ni de los electrolitos que pudieran explicar los síntomas encefálicos. En este caso, en su tiempo, fue aceptado por los médicos tratantes, posiblemente porque la hipótesis de una sustancia tóxica no estaba dentro de su manejo habitual del paciente. Hace presente que desde hace 20 o más años no existe la cátedra de toxicología en las escuela de medicina, por lo que la gran mayoría de los médicos no tienen manejo alguno respecto de las intoxicaciones. Posiblemente conozcan elementos acerca del manejo de insecticida o pesticidas debido a que existe una ley y se deba hacer alguna denuncia obligatoria, acerca de droga de abuso y acerca de intoxicaciones en niños con medicamentos o productos de uso doméstico. Aun así, de haber tenido los conocimientos habría sido difícil imaginar un resultado como el que obtuvieron, e imposible de probar en aquella época. Señala que actualmente la toxicología ha hecho extraordinarios avances, pudiéndose identificar sustancias en muestras muy pequeñas, alteradas por condiciones ambientales o mezcladas con otras sustancias. Consultada sobre la ficha clínica en la cual se planteó la posibilidad elementos tóxicos, por la evolución del paciente, pero no aparece en ella la solicitud de exámenes complementarios para descartar esa causa. Responde lo siguiente: que concretamente hay dos anotaciones en la ficha clínica; una corresponde a un cirujano que no recuerda el nombre, que señala que el cuadro inflamatorio del abdomen es excesivo y escapa al comportamiento habitual para los casos que él conocía. Y el otro fue un comentario del doctor GOIC, al hacer un examen neurológico y al encontrar signos distintos a los habituales, planteando concretamente la posibilidad de una sustancia tóxica. Consultada sobre el hecho que las sustancias empleadas en los procedimientos conservatorios de cadáveres a la fecha en que ocurrieron los hechos existía un consenso en la comunidad científica que dicho procedimiento no debían ser utilizados frente a una sospecha de intoxicación, señala: que efectivamente eso era así, se enseñaba en todas las universidades que cuando existía alguna sospecha de envenenamiento debía guardarse restos o partes de órganos en preservantes, para efectuar los exámenes toxicológicos correspondientes, porque el uso de tales sustancias podía alterar o falsear los exámenes. Actualmente todavía se enseña de esa manera, haciendo la salvedad que los procedimientos toxicológicos actuales permiten individualizar sustancias, pero haciendo más largos y laboriosos los procedimientos.
A la luz de estos antecedentes, surge una inquietud legítima y perturbadora: ¿podría Patricio Yáñez, fallecido en la clínica Santa María el 26 de enero de 1982, apenas cuatro días después de la muerte de Frei Montalva, haber sido también víctima de la misma combinación letal de sustancias tóxicas? Un análisis toxicológico a los restos de Yáñez permitiría comparar los métodos empleados y aportar pruebas adicionales que ayudarían a esclarecer la naturaleza de ambos casos, revelando el grado de sofisticación y alcance de la operación ejecutada. Resulta llamativo que, pese a las sospechas de infección intrahospitalaria y la necesidad de respuestas, ningún médico cercano a Frei propusiera una autopsia a Yáñez, especialmente considerando que órganos vitales como el hígado y los riñones de Frei Montalva desaparecieron misteriosamente, incrementando la urgencia de investigar todos los casos potencialmente vinculados.
Los restos de Patricio Yáñez permanecieron intactos; no se destruyeron sus órganos ni se realizaron procedimientos apresurados que pudieran borrar pruebas cruciales. Incluso hoy se podría investigar su cadáver. Sin embargo, la falta de acción e interés por parte de los médicos amigos de Frei resulta desconcertante. Precisamente en los momentos decisivos en que la vida del ex presidente peligraba y cada decisión podía ser determinante para descubrir la verdad, estos profesionales, pese a su cercanía y autoridad, optaron por la inactividad. Dejaron escapar la oportunidad de indagar, buscar respuestas y exigir justicia ante una tragedia de tal magnitud.
La duda honesta del doctor Goic quedó registrada en la ficha clínica de Frei, donde anotó su inquietud: “¿metabólico o tóxico?”. Pero nadie respondió a esa advertencia ni se solicitaron exámenes para descartar una intoxicación. La pregunta sobre cuándo Goic empezó a sospechar que algo no encajaba, y sobre la posible ocultación de información por parte de Silva Garín, sigue abierta. Es probable que la incertidumbre, el temor y la parálisis colectiva afectaran a muchos médicos, frustrando cualquier intento de intervención y dejando tras de sí un rastro de dolor y de interrogantes. El episodio refleja las consecuencias de la presión institucional y el miedo, que impidieron actuar en el momento crucial y, en última instancia, contribuyeron a que la verdad permaneciera oculta.
Sigo preguntándome, cada vez con mayor inquietud, si mi padre alguna vez llegó a comprender lo que realmente ocurrió. ¿Se atrevió a hablar con el doctor Goic mientras compartían la sala de nuestra casa? Imagino que debió experimentar una mezcla de miedo y desconcierto, pensando que una tragedia similar podría haberse presentado si Frei Montalva hubiera sido operado en la Clínica Indisa, el lugar habitual de mi padre, capaz de transformarse en escenario de sospechas y traiciones. ¿Acaso llegaron a conversar sobre ello, o prefirieron, por temor, lealtad o simple agotamiento, guardar silencio y dejar palabras importantes sin pronunciar? Me duele imaginar que la verdad se perdió entre miradas esquivas y conversaciones inconclusas, y que ese silencio sigue pesando sobre quienes aún buscan respuestas:
Declaración judicial de LAURA CECILIA BÖRGEL DE AGUILERA. Le mencionó al juez que al usar dosis menores de talio y MS el individuo que la manipula también tiene menor riesgo. Señaló que una persona que hace una obstrucción intestinal hace un cuadro de candidiasis baja, pero puede salir adelante. La candidiasis es una infección causada por hongos del género Candida, siendo Candida albicans el más común. Estos hongos suelen vivir en pequeñas cantidades en diversas partes del cuerpo, como la boca, la piel, el tracto gastrointestinal y la zona genital, sin causar problemas en personas con un sistema inmunológico saludable. Sin embargo, cuando las defensas del organismo bajan o hay un desequilibrio en la flora normal, la Candida puede multiplicarse y provocar infecciones que varían en gravedad, desde molestias leves hasta cuadros más severos, especialmente en personas con inmunosupresión. Tuvo también una baciloscopia directa positiva. Ese es un resultado de laboratorio que indica la presencia de bacilos, generalmente del género Mycobacterium, observados directamente en una muestra, habitualmente mediante tinciones especiales bajo el microscopio. Cuando el resultado es positivo, significa que hay suficientes bacterias en la muestra para ser vistas de forma directa, lo que sugiere una infección activa y potencialmente transmisible. Esto suele estar asociado a un sistema inmunológico comprometido, ya que en condiciones normales, la persona no desarrollaría una carga bacteriana tan elevada como para ser detectada tan fácilmente. Agregó que por mucho que hubiese sido un cuadro séptico nunca hubiera crecido tanto como para tener ese tipo de respuesta; para que haya dado baciloscopia directa positiva es porque su inmunidad no servía para nada. Ese fue el cuestionamiento, por qué tanta infección oportunista en un momento dado y por qué esos linfocitos extremadamente bajos y estos cuadros oscilantes que no guardaban relación con nada.
Roberto Thieme, dirigente vinculado a sectores nacionalistas de derecha, declaró ante el juez Madrid —en el marco de la investigación judicial— que estaba convencido de que la muerte de Eduardo Frei Montalva fue un asesinato. Thieme fundamentó su convicción no solo en impresiones personales, sino también en información que, según su testimonio, le fue transmitida directamente por el general Manuel Contreras, entonces jefe de la Central Nacional de Informaciones (CNI), quien aseguraba contar con detalles privilegiados sobre las operaciones del régimen militar. De acuerdo con Thieme, Contreras le afirmó que el fallecimiento del ex presidente no fue natural, sino que obedeció a un complot cuidadosamente planificado y ejecutado por altos mandos del ejército. Este testimonio aportó un contexto fundamental para dimensionar el alcance y la gravedad de las acusaciones que se analizaron durante el proceso judicial.
Declaración jurada de WALTER ROBERT THIEME SCHIERSAND, industrial mueblista, quien ratifica su declaración policial de fecha 9 de mayo de 2005, según informe policial N°108 anexo 304 de O.C.N Interpol, la cual se llevó a cabo en los siguientes términos: Indica que en los años 70, siendo el gerente general de una fábrica de muebles, decidió que no estaba dispuesto a vivir en un régimen socialista marxista e inició negocios del mismo rubro en Buenos Aires, y ante un discurso de año 1971 del abogado PABLO RODRÍGUEZ GREZ mediante el cual fundaba el frente nacionalista Patria y Libertad, fue que se puso a disposición para colaborar en el movimiento, para en los meses siguientes dejar sus actividades económicas y dedicarse por completo a su causa, siendo nombrado secretario general de Patria y Libertad. Así en marzo del año 1972 a raíz de una querella del gobierno contra el movimiento Patria y Libertad, fue detenido y encarcelado junto al jefe nacional PABLO RODRÍGUEZ GREZ entro otros los que se encontraba EUGENIO BERRIOS, todos obteniendo su libertad por falta de méritos, adquiriendo el movimiento una nueva sede en calle Rafael Cañas, quedando la juventud Patria y Libertad en calle Irene Morales, no sabiendo más sobre EUGENIO BERRIOS. Afirma que en cuanto a la muerte del ex presidente FREI MONTALVA, en la que se relaciona a EUGENIO BERRIOS, bajo el prisma del análisis histórico, su conclusión es que se trató de un complot del más alto nivel, ejecutado por la Dirección de Inteligencia del Ejército de la época. Indica que con el movimiento nacionalista popular, mantenían estrechos contactos con la Democracia Cristiana, el líder sindicalista TUCAPEL JIMÉNEZ, el General en retiro de la Fuerza Aérea GUSTAVO LEIGH, el General en retiro MANUEL CONTRERAS el dirigente de camioneros JULIO LAGOS COSGROVE, el líder sindical MANUEL BUSTOS y los dirigentes de los agricultores del sur, DOMINGO DURÁN y CARLOS POEDLECH, todos actuando sincronizadamente para producir un paro nacional que desestabilizara el Gobierno del General PINOCHET y como consecuencia las Fuerzas Armadas nombrarían a un nuevo General Gobernante, que en un breve período llamaría a elecciones democráticas y terminara con la participación de los militares en la política nacional. Expone que su tesis de que el ex presidente FREI MONTALVA, fue víctima de un complot se sustenta en que don EDUARDO FREI MONTALVA era el más respetado y capaz de los estadistas que podían encabezar la conducción del país, logrando la mayor unidad nacional posible, en vista de ello como ha quedado demostrado, el General Pinochet, no tuvo impedimentos para usar todos los medios a su alcance y proyectarse en el poder por muchos años más, como de hecho sucedió. Señala que a fines del mes de febrero del año 1982, cuando el DINE asesinó a TUCAPEL JIMÉNEZ, el propio General LEIGH le informó que se había tratado de una operación comando, realizada por dicho servicio de inteligencia del Ejército, por lo que a raíz de ello emitió una declaración pública, en nombre del nacionalismo popular, lamentando dicho crimen y señalando que efectivamente se había tratado de una operación de inteligencia, la que fue publicada en el diario “La Tercera” de la época, dentro del análisis efectuado entonces por LEIGH y otros centros de poder militar ya se afirmaba que lo el ex presidente FREI MONTALVA también había sido producto de un complot de los altos mandos del Ejército de la época. Finalmente indica que debido a que la correlación de fuerzas cívico militares eran favorables al General PINOCHET, renunció al movimiento nacionalista popular e inició un exilio voluntario, volviendo a Chile en el año 1994. En declaración judicial de fecha 11 de mayo de 2005, ratifica su declaración policial y además agrega, que recuerda que después del asesinato de TUCAPEL JIMÉNEZ, mantuvo reuniones con CONTRERAS, con LEIGHT, con RUIZ y con JULIO TAPIA, donde comenzó a analizarse desde una perspectiva de trabajo de inteligencia la muerte del ex presidente FREI MONTALVA, la que al principio les había parecido un hecho lamentable debido a causas naturales, pero al acontecer el crimen de TUCAPEL JIMÉNEZ, se visualizó este hecho dentro de un contexto más amplio y el General CONTRERAS proporcionó información de sus fuentes dentro del ejército, que permitían suponer que el deceso del ex mandatario se había debido a un complot implementado por el DINE al igual que el asesinato del dirigente sindical. Afirma que CONTRERAS manifestó esto y que nunca mencionó sus fuentes, pero sí demostraba una certeza absoluta de que este hecho había sido provocado deliberadamente, lo que lo motivó como Secretario General del Movimiento Nacionalista Popular a hacer una declaración pública que salió publicada en el diario La Tercera de la época en que manifestaban su repudio por un crimen tan alevoso en contra del señor JIMÉNEZ, señalando su apreciación de que se trataba de una operación comando de inteligencia y no de un hecho policial, como se prendió aparentar en ese tiempo.
El juez Alejandro Madrid, en un fallo catalogado como histórico, identificó con precisión las responsabilidades penales en la muerte del ex presidente Eduardo Frei Montalva. En su sentencia, estableció que los doctores Patricio Silva Garín y Pedro Samuel Valdivia Soto fueron responsables directos del homicidio: Silva Garín participó personalmente en las intervenciones quirúrgicas que resultaron determinantes para el deterioro del estado de salud del ex mandatario, mientras que Valdivia Soto entregó testimonios plagados de contradicciones acerca de su real participación en el cuidado médico, lo que generó serias dudas sobre su conducta. Además, el fallo condenó por encubrimiento a Helmar Egon Rosenberg Gómez y Sergio Javier González Bombardiere, quienes intervinieron en la realización de una autopsia que no respetó los protocolos legales vigentes y que se llevó a cabo sin el consentimiento ni la autorización de la familia Frei. Esta intervención irregular derivó en la ocultación de información clave que podría haber esclarecido la verdadera causa de muerte del ex presidente.
Asimismo, el juez determinó como coautores del homicidio a Raúl Diego Lillo Gutiérrez, funcionario de la Central Nacional de Informaciones (CNI), y a Luis Alberto Becerra Arancibia, ex chofer de Frei Montalva. Becerra, reclutado por Lillo como informante, colaboró activamente en la ejecución de los hechos que culminaron en el fallecimiento del ex mandatario, desempeñando un rol clave en la operación.
De esta manera, la sentencia judicial delimitó y dividió claramente las responsabilidades: por un lado, las derivadas de la atención médica y de los procedimientos realizados; y por otro, las vinculadas a las labores de inteligencia y encubrimiento, destacando la coordinación entre los involucrados tanto en la perpetración del crimen como en el ocultamiento posterior de pruebas y antecedentes relevantes. El fallo subrayó la gravedad de las acciones, evidenciando la participación concertada de profesionales de la salud y agentes operativos en la conformación de una trama que buscó tanto provocar el deceso como dificultar el esclarecimiento de la verdad.
El caso Frei Montalva, con sus enmarañadas implicancias científicas y políticas, se convirtió en un drama nacional que puso a prueba la capacidad del país para enfrentar la verdad. Medicina, química e historia se combinaron en una trama marcada por la incertidumbre y la sospecha, manteniendo a Chile en vilo durante años. Cada informe pericial y cada testimonio no solo añadía complejidad al proceso judicial, sino que estremecía la conciencia colectiva, obligando a la sociedad a mirar de frente la posibilidad de un crimen ejecutado con precisión y oculto bajo la apariencia de una muerte natural. El fallo judicial reveló la vulnerabilidad de los sistemas forenses y la fragilidad tecnológica de la época, dificultando la identificación de envenenamientos sofisticados y alimentando un profundo sentimiento de impotencia y frustración, que traspasó los límites del ámbito médico para instalarse en el debate público.
En el corazón de la discusión, el nombre de Frei Montalva dejó de ser solo parte de la historia para transformarse en una herida abierta y persistente en la memoria de Chile. La pregunta fundamental sigue sin respuesta: ¿puede la verdad sobrevivir al paso del tiempo cuando laboratorios no logran consensos y tribunales emiten fallos contradictorios? Las pericias científicas chocaron entre sí, con expertos nacionales e internacionales incapaces de llegar a una conclusión unánime sobre las causas de la muerte, lo que generó una atmósfera de desconfianza, incertidumbre y división social. Cada nuevo informe o declaración parecía contradecir al anterior, aumentando la confusión y debilitando la fe de la ciudadanía en las instituciones encargadas de esclarecer los hechos. Así, el caso trascendió el ámbito médico y judicial, instalándose en el debate público donde ciencia y derecho parecían hablar idiomas distintos y cada intento de esclarecer la verdad se convirtió en una batalla prolongada contra el olvido, la duda y la sensación de que la verdad podría quedar eternamente fuera de alcance.
La justicia frente al veneno
El 23 de enero de 2021, la Corte Suprema de Chile emitió su veredicto definitivo respecto a la muerte del ex presidente Eduardo Frei Montalva. En dicha resolución, el máximo tribunal revocó las condenas dictadas en instancias anteriores y absolvió a todos los acusados, argumentando que no existían pruebas concluyentes que permitieran acreditar la existencia de un homicidio ni tampoco evidencias concretas de acciones tendientes a encubrir un envenenamiento. De este modo, la Corte Suprema desestimó el fallo condenatorio del juez Madrid y el informe toxicológico que había causado conmoción nacional, considerándolos insuficientes y carentes de respaldo científico y legal sólido, relegándolos al estatus de hipótesis no confirmadas.
El proceso judicial se desarrolló en un ambiente de alta tensión social y grandes expectativas, marcado por la búsqueda constante de la verdad y la justicia. Se revisaron voluminosos expedientes, se recopilaron numerosos testimonios de familiares, médicos y expertos nacionales e internacionales, y se analizaron exhaustivos peritajes toxicológicos que generaron intensos debates y posturas encontradas. Por un lado, algunos sectores atribuían la muerte de Frei Montalva a complicaciones clínicas inesperadas tras las intervenciones quirúrgicas; por otro, persistían sospechas de una acción intencionada, es decir, de un posible asesinato cuidadosamente planificado y ejecutado.
Durante el juicio, emergieron diversas teorías y los peritos, tanto nacionales como extranjeros, defendieron o cuestionaron los hallazgos científicos presentados, mientras la opinión pública y los medios seguían el caso con especial atención. Las familias, junto con la ciudadanía, reclamaban transparencia, claridad y justicia, pero la ausencia de consenso absoluto entre los expertos y la imposibilidad de demostrar de manera categórica la causa de la muerte mantuvieron viva la incertidumbre. Como resultado, la verdad detrás del fallecimiento de Frei Montalva jamás pudo establecerse plenamente, dejando el caso abierto a interpretaciones.
En medio de un escenario sumamente complejo y tenso, la Corte Suprema debió enfrentar no solo los desafíos médicos y científicos relacionados con la muerte de un ex presidente, sino también las intensas presiones políticas y las motivaciones ocultas que rodeaban el caso. Las declaraciones y opiniones de la época estaban impregnadas de desconfianza, miedo y pasión política, lo cual dificultaba aún más la interpretación de las evidencias disponibles. Este contexto transformó el proceso judicial en un duelo constante entre quienes buscaban certezas en una realidad plagada de dudas, donde cada nuevo dato podía aportar esclarecimiento o abrir nuevas interrogantes. Así, la sociedad chilena se mantuvo expectante, debatiéndose entre el anhelo de justicia y el temor de que la verdad permaneciera eternamente oculta.
Para muchos, el informe toxicológico representaba la prueba irrefutable de un asesinato político, alimentando la esperanza de justicia y esclarecimiento. Sin embargo, tras un minucioso análisis, la Corte Suprema lo consideró un documento técnico carente de evidencia concluyente, insuficiente para sustentar una condena judicial. De ser la pieza central del caso, el informe pasó a convertirse en una fuente de controversia y decepción, evidenciando las limitaciones de los procedimientos forenses y la fragilidad de la ciencia ante la complejidad de los hechos. Así, el proceso terminó envuelto en una sensación de frustración y desencanto, dejando en la sociedad chilena la inquietud de una verdad que quizás nunca se logre conocer plenamente.
Argumentos centrales del fallo de la Corte Suprema
Validación internacional ausente : Los estudios realizados en laboratorios de Estados Unidos, Canadá y España no lograron replicar por completo los resultados obtenidos por el laboratorio Servitox de la doctora Börgel. Esta discrepancia no necesariamente implica un error, sino que evidencia la complejidad técnica y la novedad de la hipótesis planteada en Chile. A pesar de los esfuerzos por confirmar los hallazgos en centros científicos de gran prestigio fuera del país, los resultados fueron divergentes, reflejando tanto diferencias metodológicas como los desafíos inherentes a la toxicología forense avanzada. Así, la falta de consenso internacional sobre la validez de las pruebas presentadas se convirtió en un punto central de controversia.
En los análisis toxicológicos realizados por las doctoras Börgel y Cerda, se propuso una hipótesis innovadora: la posible relación entre el talio y el gas mostaza. Según sus investigaciones, cuando ambos compuestos se administran, el talio potencia el efecto tóxico del gas mostaza. Este hallazgo representa un avance significativo en el campo científico, ya que sugiere que se podría usar una cantidad menor de gas mostaza para causar un daño mortal, aprovechando la amplificación de su toxicidad por el talio. La propuesta desafía los paradigmas tradicionales de la toxicología y plantea nuevos retos para la investigación pericial.
Además, esta combinación de sustancias complica la detección de los agentes involucrados. Los métodos tradicionales de análisis buscan los metabolitos clásicos del gas mostaza, es decir, los rastros químicos que normalmente quedan cuando alguien ha sido envenenado solamente con ese compuesto. Sin embargo, si el talio está presente, modifica la forma en que el gas mostaza se procesa y elimina en el organismo, haciendo que estos rastros habituales sean muy difíciles de encontrar o incluso desaparezcan por completo. Este fenómeno ha sido observado en otros casos de toxicología, donde la presencia de sustancias coadyuvantes altera la huella química y complica la identificación precisa de la toxina.
Por esta razón, las técnicas convencionales de detección pueden ser insuficientes. Los laboratorios extranjeros que intentaron replicar los resultados se centraron únicamente en buscar esos metabolitos clásicos del gas mostaza (thiodiglycol), sin considerar que el talio podía alterar el proceso y ocultar la evidencia química tradicional. Esto evidencia la necesidad de adaptar los protocolos forenses y desarrollar metodologías alternativas capaces de responder a nuevos desafíos científicos. De ahí que no lograron obtener los mismos resultados que las doctoras Börgel y Cerda, y que la hipótesis de una intoxicación doblemente sofisticada —que requeriría métodos de análisis más avanzados— no fuera confirmada fuera de Chile.
En resumen, la falta de consenso internacional se debió a que los laboratorios extranjeros no ajustaron sus procedimientos para buscar señales químicas distintas. Esta controversia es tanto técnica como epistemológica, ya que pone de manifiesto los límites del conocimiento científico y la manera en que la ciencia interpreta y valida la evidencia en casos complejos. Así, la hipótesis propuesta por las investigadoras chilenas quedó sin validar, alimentando las dudas sobre la veracidad del informe toxicológico presentado en el caso.
Finalmente, estas discrepancias científicas tuvieron un impacto profundo en el proceso judicial y en la percepción pública. La ausencia de confirmación internacional no solo generó incertidumbre, sino que también afectó la confianza en las instituciones y la credibilidad de los peritajes. La controversia, lejos de resolverse, reforzó la sensación de que la verdad puede quedar fuera de alcance cuando la ciencia y la justicia se enfrentan a límites insospechados.
Metodología cuestionada : La Corte Suprema destacó que los métodos empleados por la doctora Börgel presentaban importantes deficiencias, especialmente en la identificación del thiodiglycol como marcador del gas mostaza, sustancia clave para determinar la presencia de este agente tóxico. Estas carencias metodológicas generaron profundas dudas sobre la veracidad de los resultados, ya que otros expertos no lograron confirmar la existencia de thiodiglycol en concentraciones relevantes, lo que sugería la casi ausencia del compuesto tóxico. A pesar de los esfuerzos por esclarecer el caso mediante nuevos estudios y testimonios, el escepticismo persistió tanto entre los jueces como entre los especialistas internacionales. La falta de consenso sobre los resultados toxicológicos debilitó aún más la credibilidad de los análisis, complicando el avance del proceso judicial.
A medida que la investigación judicial avanzaba, el expediente se llenó de informes contradictorios y declaraciones opuestas, lo que acentuó la polarización entre peritos y dificultó establecer una versión clara de los hechos. Por un lado, algunos especialistas sugerían que los datos médicos apuntaban a un posible asesinato; por otro, otros defendían la hipótesis de una muerte natural causada por complicaciones clínicas. Este desacuerdo profesional generó más preguntas que respuestas, aumentando la desconfianza y la incertidumbre tanto en las familias como en la sociedad chilena respecto a las conclusiones periciales, y contribuyendo a la tensión emocional que rodeó todo el proceso.
El juicio evidenció, además, lo complicado que resulta conciliar el ritmo lento y minucioso de la investigación científica con las demandas urgentes de la justicia. Cada nueva prueba o testimonio, lejos de aportar claridad, abría el debate y generaba nuevas dudas, manteniendo el expediente perpetuamente abierto y sometido a interpretaciones cambiantes. Así, la búsqueda de la verdad se volvió un proceso incierto y volátil, donde cualquier certeza alcanzada podía desvanecerse ante la aparición de una nueva duda razonable, reforzando la dificultad de cerrar definitivamente el caso.
Silencio técnico : Las peritos Börgel y Cerda no respondieron a las preguntas formuladas por la Comisión Toxicológica, lo que afectó la solidez y credibilidad de sus hallazgos. Esta falta de respuesta generó inquietud en el proceso judicial, pues sus aclaraciones eran fundamentales para despejar dudas técnicas clave del informe toxicológico. Más allá de las presiones externas o del debate público, la ausencia de explicaciones técnicas por parte de las especialistas dejó vacíos que impidieron fortalecer o refutar con mayor rigurosidad el trabajo presentado ante la Comisión.
En este ambiente de sospechas y peritajes contradictorios, la sociedad chilena experimentó una profunda división. Para algunos, la falta de respuestas y las inconsistencias en los informes alimentaban la convicción de que la muerte de Frei Montalva podía ser el resultado de un crimen encubierto, por lo que exigían esclarecer la verdad sin concesiones. Otros, en cambio, confiaban en la versión oficial y en la honorabilidad de las instituciones, considerando que los dictámenes judiciales reflejaban los hechos y descartaban la hipótesis de asesinato. Esta polarización se manifestó tanto en los medios como en el debate político y familiar, evidenciando la dificultad de alcanzar consensos claros.
En este contexto, los medios de comunicación desempeñaron un papel decisivo: la alternancia entre denuncias y escepticismo frente a las versiones oficiales amplificó el impacto de cada revelación y rectificación. Lejos de aclarar el panorama, esto acrecentó la confusión y profundizó la división de la opinión pública, contribuyendo a la creación de relatos antagónicos y a la fragmentación del debate sobre el caso.
Así, con el paso del tiempo, la acumulación de dudas, intereses contrapuestos y certezas parciales llenó tanto los tribunales como el debate público, pero no permitió avanzar hacia una comprensión definitiva de los hechos. La ausencia de respuestas concluyentes mantuvo viva la sospecha y dejó a familiares, ciudadanía y actores políticos atrapados en una zona intermedia, donde la justicia y la historia no lograron reconciliarse .
Estado de la ciencia en 1982 : En su fallo, la Corte Suprema subrayó que, en el momento en que ocurrieron los hechos, la comunidad científica carecía de investigaciones o pruebas que demostraran la posible combinación letal de talio y gas mostaza en dosis bajas. Es decir, en 1982 no existían estudios ni publicaciones que respaldaran el uso conjunto de estos compuestos como método de envenenamiento. Es relevante señalar que el tribunal no desestimó la explicación bioquímica presentada por las peritos, ni afirmó que estuvieran equivocadas; simplemente reconoció que se trataba de un tipo de envenenamiento tan sofisticado y poco común, que ni siquiera los expertos internacionales lo habían descrito o documentado entonces. Esta situación pone de relieve, por un lado, el notable nivel técnico de las toxicólogas responsables del peritaje, y por otro, la experiencia y conocimientos avanzados de los asesinos, como Eugenio Berríos, quienes manejaban conceptos fuera de lo habitual para la época.
Por otro lado, la complejidad química y bioquímica del envenenamiento generó dificultades no solo en el ámbito judicial, sino también entre la opinión pública y los involucrados en el proceso. El juez Madrid, encargado de esclarecer el caso, se vio limitado por la ausencia de explicaciones claras y accesibles tanto de la prensa como de los especialistas en toxicología y química. La información científica que sustentaba la hipótesis era sumamente técnica, lo que dificultó que periodistas y abogados pudieran comprenderla y transmitirla en un lenguaje sencillo. Hubiera sido necesaria la intervención de comunicadores especializados para traducir esos conceptos, pero tal apoyo nunca llegó. De hecho, la sentencia del juez Madrid superó las setecientas páginas, repletas de términos científicos y argumentaciones complejas, lo que la hizo casi inaccesible para quienes no dominaban la materia. Esto contribuyó a que muchos profesionales no pudieran analizar ni comunicar adecuadamente los argumentos presentados. Incluso se percibe cierto agotamiento en el propio juez: la sentencia contiene errores de redacción y pasajes confusos, probablemente producto de la enorme carga personal que implicó el caso. La falta de colaboración de quienes poseían información crucial alimentó el clima de aislamiento y frustración, obligando al juez a abrirse paso entre silencios cómplices y actitudes evasivas. En ese escenario, sobresale la figura de Carmen Frei, quien con temple y perseverancia acompañó cada etapa del proceso judicial, convirtiéndose en el sostén moral y símbolo de resiliencia en la incansable búsqueda de verdad y justicia para su padre.
El clima de desconfianza, sumado a la presión institucional y a la ausencia de explicaciones claras, no solo entorpeció el avance de la investigación judicial, sino que también dificultó que la sociedad chilena pudiera comprender a fondo las circunstancias de la muerte de Eduardo Frei Montalva. Más allá de ser el protagonista de un proceso legal, Frei se transformó en el símbolo de una tensión persistente entre la versión oficial respaldada por las autoridades y la sospecha social que nunca se disipó. Las discusiones forenses, enrevesadas y llenas de tecnicismos, se mezclaron con recuerdos políticos y relatos familiares, generando un escenario donde cada avance abría nuevas preguntas en vez de aportar certezas. De este modo, la duda y el debate se extendieron por todos los ámbitos, desde los medios y las plazas hasta las reuniones íntimas, nutriendo múltiples hipótesis y versiones sobre el rol del Estado, la transparencia en el proceso y el peso de una memoria histórica que sigue siendo motivo de disputa.
Con el transcurso de los años, lejos de esclarecer el caso, la demanda de justicia y verdad por parte de la familia Frei y de la sociedad chilena se intensificó. Cada aniversario de la muerte de Frei Montalva se convirtió en un acto de renovación del reclamo colectivo, acompañado por ceremonias conmovedoras y manifestaciones de agotamiento entre quienes nunca dejaron de exigir una respuesta clara. La falta de una versión oficial que pudiera unir la memoria histórica con la justicia legal hizo que el expediente Frei Montalva se transformara en el reflejo de la dificultad del país para cerrar heridas del pasado y afrontar hechos dolorosos. Así, la historia quedó atrapada en una zona gris, marcada por dudas razonables y una verdad fragmentada que, lejos de reconciliar a todos, mantiene abiertas las divisiones y la inquietud colectiva sobre el destino de Chile.
El fallo judicial dejó absueltos a los imputados, pero no trajo paz ni alivio: en cambio, profundizó la herida de la familia Frei y de una sociedad marcada por la desconfianza y la impotencia. Lejos de cerrar el caso, la sentencia se convirtió en un episodio doloroso y polémico, percibido por muchos como una nueva negación institucional de la verdad, y por otros como el amargo final de un proceso siempre visto como injusto. Así, la resolución no logró reparar ni unificar; fue, más bien, como un espejo astillado cuyos fragmentos dispersos reflejan versiones opuestas, imposibilitando recomponer el verdadero rostro de lo sucedido.
El cuerpo de Eduardo Frei Montalva trascendió su condición física: se transformó en un campo de batalla donde chocaron interpretaciones irreconciliables de la historia, la justicia y la memoria. No solo fue intervenido y estudiado, sino que cada procedimiento médico y cada análisis forense se convirtió en símbolo de sospecha, objeto de disputa y territorio político. Para unos, era la prueba silente de un crimen impune; para otros, el resultado de errores médicos; para todos, un testimonio vivo de una verdad que nadie lograba consensuar.
Más allá de la biología y la ciencia, el cuerpo de Frei se volvió un símbolo nacional de dolor y desgarro. Sus tejidos, examinados y reinterpretados una y otra vez, evocaban no solo el rigor del bisturí, sino también la frialdad de las instituciones y la pasión encendida del debate público. Así, su figura quedó atrapada entre la justicia y el olvido: mártir para unos, víctima para otros, y presencia incómoda para quienes preferían no remover heridas. El duelo, tanto familiar como colectivo, sigue abierto y la historia se resiste a ser clausurada.
Durante la dictadura cívico-militar, el poder no solo se ejerció desde las instituciones, sino que se infiltró en lo más íntimo: la carne y la memoria. El cuerpo de Frei no fue simplemente el de un paciente, sino el de un ex presidente cuya muerte representaba una amenaza incómoda para quienes buscaban el silencio. Por eso no bastó con hacerlo desaparecer; había que borrar toda huella que pudiera convertirse en testimonio. Sin embargo, las muestras de tejidos, ocultas durante años, se transformaron en un lenguaje químico que clamaba justicia: compuestos como talio y tiodyglicol dejaron marcas que unos veían como pruebas irrefutables de un crimen, y otros intentaban desacreditar. Así, en medio del duelo entre la ciencia y la impunidad, la memoria persistió, y la herida histórica de Chile sigue sin cerrarse.
La justicia tardó décadas en llegar, pero el verdadero duelo de la familia de Eduardo Frei Montalva comenzó en el instante en que terminó el entierro. Sola y desamparada, la familia quedó frente a la ausencia, sin respuestas ni certezas, excluida de los registros médicos y sin una explicación oficial que les permitiera entender lo sucedido en la Clínica Santa María. Solo les quedó el cuerpo embalsamado y la incomprensión de una muerte inexplicable. Fue entonces cuando Carmen Frei, impulsada por su convicción republicana y el amor profundo a su padre, decidió romper el silencio. Como profesora de historia y senadora, transformó su dolor privado en una búsqueda incansable de la verdad, revisando expedientes, reconstruyendo cronologías y enfrentando la indiferencia institucional. Su duelo se convirtió en denuncia pública: Carmen no lloró sola, sino que hizo que todo un país escuchara su clamor, convirtiendo su dolor en un llamado colectivo a la memoria y a la justicia.
Con el paso de los años, los nietos comenzaron a escribir sobre él, no como el presidente solemne de los libros, sino como el abuelo que los guiaba al subir el cerro, que ofrecía consejos sinceros y hablaba del poder sin vanidad, con una honestidad que marcaba. Estos recuerdos familiares, cargados de ternura y gestos cotidianos, resistieron el olvido y desafiaron la frialdad de la historia oficial, preservando el cariño y la humanidad de Frei Montalva más allá de la figura pública. Así, la memoria familiar se transformó en una defensa contra la indiferencia, sosteniendo viva la presencia íntima del ser querido.
En cada aniversario de su muerte, la familia se reunía entre el dolor y el coraje, organizando actos conmemorativos, recitales poéticos llenos de emoción, misas que evocaban su ausencia y exposiciones de cartas que aún conservan el calor de su puño y letra. Estas ceremonias no eran solo una exigencia de justicia, sino una forma de impedir que la historia petrificara su figura, despojándola de carne y memoria. Buscaban recordarlo como hombre, como padre, como cuerpo ausente que todavía les habla y cuestiona, manteniendo vivo el diálogo con el ser amado, más allá del personaje histórico.
Mientras la investigación judicial avanzaba, el duelo familiar fluía como un río subterráneo que nunca se detenía. Cuando por fin se conoció el fallo del juez Madrid, el silencio que inundó la sala fue el de la derrota íntima; la herida se abrió aún más, y nadie celebró. Solo quedaron miradas cargadas de dolor y el reconocimiento amargo de que, a veces, la verdad judicial no sana ni libera, sino que confronta a los deudos con un vacío mayor: el de saber que la justicia no puede devolver ni reparar lo perdido, dejando la historia atrapada en una zona gris de incertidumbre y nostalgia.
¿Se podría haber actuado de otra manera? Estoy convencido de que sí; sin embargo, la brutalidad del golpe y la audacia de los perpetradores resultaron abrumadoras y paralizantes. Es imposible no conmoverse ante la frialdad de los médicos de la Universidad Católica—institución donde Frei estudió y forjó su carrera—como Helman Rosenberg y Sergio González Bombardiere. Lejos de honrar la memoria de quien fuera un hombre ilustre, llevaron a cabo un supuesto embalsamiento sin protocolo, sin respeto, sin un mínimo de compasión. El procedimiento, realizado incluso con una escalera como herramienta improvisada, fue tan casual y clandestino que parecía más un acto de ocultamiento que de medicina: una intervención fragmentaria, insólita, diseñada para borrar toda huella, todo indicio, toda verdad. Los órganos extirpados desaparecieron en bolsas plásticas olvidadas, dejando tras de sí un doloroso vacío:
Declaración judicial de MARÍA VICTORIA DE LARRAECHEA BOLÍVAR, enfermera, quien ratifica su declaración policial de fecha 3 de junio del año 2003 la cual señala lo siguiente: que se tituló como enfermera universitaria en el año 1979 la universidad Católica de Santiago, desarrollando sus actividades profesionales en la clínica Santa María, enfermera de piso y de UTI (unidad de tratamiento intensivo)…Indica que se les había informado que iría un equipo de la universidad Católica para un procedimiento de embalsamiento, por ello cuando llegó a la clínica de su casa dicho día no le extrañó ver el equipo trabajando en la misma habitación. Y lo que vio al entrar fue una escala de tijeras en el baño desde donde pendía el cadáver de don EDUARDO FREI boca abajo. Que nunca había visto un procedimiento de embalsamiento, por lo tanto pensó que eso era normal y también observó que habían dos o tres bolsas negras de basura a los pies de la escala, presumió que eran las vísceras de don EDUARDO, pues su abdomen estaba vacío y se podía apreciar porque la herida siempre se mantuvo abierta. Que no preguntó nada a esos médicos pues como ya señaló, se imaginó que era el procedimiento adecuado.
Durante años, evité abrir los documentos temiendo que al hacerlo desataría los fantasmas del pasado. Me faltaban fuerzas para ponerle palabras al horror, ni para enfrentar papeles impregnados de sospecha y tristeza. Hoy, tras el exilio en Norteamérica, con mis hijas lejos y mi padre convertido en recuerdo, el pasado golpea con más fuerza en las noches. Por fin me atrevo a abrir esos archivadores, no solo para leerlos, sino para interrogar la historia: ¿Cuándo supieron los médicos la verdad? ¿Por qué guardaron silencio ante lo insoportable? ¿Quién manipuló el cuerpo de Frei y contaminó lo que debía curarlo? ¿Por qué ese silencio espeso y prolongado que se extendió como una sombra sobre todo? No puedo evitar unir los puntos: las compresas extrañas, la intervención externa disfrazada de complicación médica y, sobre todo, el silencio cómplice de quienes estuvieron presentes. Pienso en el doctor Larraín, que guardó sus palabras durante décadas, esperando que el olvido o el miedo lo protegieran. Solo habló cuando su prestigio ya estaba destruido y todo cubierto por el polvo y el cansancio de la memoria. Ese silencio duele, quema, porque sé que en él se esconde parte de la verdad que nunca nos dijeron a la cara.
Fue en ese intervalo, en medio del desamparo y la sospecha, cuando emergió un personaje cuya sola mención me estremece: Eugenio Berríos, el químico del régimen, el químico de Pinochet, artífice de los venenos invisibles y capaz de convertir la ciencia en herramienta de terror. Su llegada no fue casual, sino determinante. Allí, en esa encrucijada donde la vida de Frei pendía de un hilo, Berríos dejó su huella invisible pero mortal: unas compresas impregnadas con talio y un suero contaminado con gas mostaza administrado sin testigos, sobre todo después de la segunda operación, cuando Frei quedó indefenso ante desconocidos que entraban y salían de su cuarto sin problemas. La infraestructura médica de la época permitía estas maniobras: clínicas bajo vigilancia, suministros manipulados, protocolos saboteados con precisión quirúrgica. Carmen Frei cuenta en su libro que la enfermera Alejandra Damiani declaró haber visto a Berríos en la clínica, y que “varios testigos lo vieron allí cuando mi padre estaba internado”. En ese Chile donde el silencio era arma, las muertes lentas también obedecían órdenes. Así, el cuerpo de Frei se convirtió en campo de operaciones de una violencia ejecutada entre la asepsia del bisturí y la impunidad de los archivos sellados.
Con Frei Montalva ocurrió algo inquietante, difícil de asimilar, parecido al impacto devastador de una violación: al principio, la mente se niega a aceptar lo vivido, intenta convencerse de que todo es una pesadilla, un hecho ajeno a la realidad. La familia Frei quedó paralizada ante el horror; durante un tiempo hicieron poco por desentrañar el misterio de su muerte, convencidos de que aquella tragedia era un accidente quirúrgico más. Pero no fue un accidente, y la verdad, por más que quisieran apartarla, seguía latente, palpitando. Recuerdo vívidamente al doctor Goic, llegando solo a nuestra casa, hundiéndose en el viejo sofá y dialogando con mi padre en un duelo íntimo. Intentaban armar el rompecabezas de muerte y traición, pero el dolor y la incertidumbre no cedían. Ni mi padre ni el doctor Goic lograron encontrar alivio; aquella búsqueda, entre la esperanza y el fracaso, se volvió cada vez más insoportable. El eco de sus conversaciones, el clima denso del living, la impotencia compartida, impregnó el aire de una marca que alcanzó a todo un país.
En aquellos días, la verdad se nos escapaba como un espejismo, deslizándose entre las sombras. Chile estaba partido, desgarrado por la incredulidad y la desconfianza; nadie sabía en quién creer ni a qué versión aferrarse. Las historias circulaban como vidrios rotos: fragmentos dispersos, imposibles de ensamblar en un relato completo. Cada nuevo hallazgo, cada testimonio emergente, solo sumaba capas de incertidumbre a un dolor que ya era demasiado pesado. Así, el país entero quedó atrapado en una atmósfera de incertidumbre, donde el misterio y el sufrimiento se multiplicaban.
Todavía resuena en mi memoria el eco profundo de las palabras del doctor Goic, palabras que brotaban desde una esperanza apenas sostenida en la adversidad. Recuerdo cómo mi padre, al principio, se aferraba al escepticismo, como si negar lo evidente pudiera resguardarnos del dolor; pero con el tiempo, la resignación fue abriéndose paso, hasta que solo quedó la amarga aceptación de una verdad incompleta, una verdad esquiva que se desvanecía cada vez que intentábamos comprenderla. Hablar de lo ocurrido era como invocar una tormenta: el aire se volvía denso, casi irrespirable, y la verdad parecía una losa que entre todos intentábamos levantar, sin lograrlo nunca por completo. En medio de ese torbellino de recuerdos fracturados, emociones desbordadas y preguntas silenciadas, nos descubríamos vulnerables, buscando entre nosotros algún refugio. Y precisamente en esa fragilidad, a veces, hallábamos un pequeño consuelo, una chispa de esperanza que nos permitía seguir adelante, aun cuando el horizonte continuaba cubierto de incertidumbre.
A menudo me encuentro navegando entre aquellos días, arrastrado por el remolino de los recuerdos, preguntándome si alguna vez lograré descifrar lo que realmente sucedía a nuestro alrededor, o si, vencido por la desesperanza, terminaré eligiendo cerrar los ojos para dejar que la sombra se instale, sin nombre ni rostro, sobre nuestras vidas. Enfrentar el dolor era un desafío constante, y la tentación de evadirlo resultaba tan humana como inevitable.
Vuelvo, una y otra vez, a ese intento de levantar la alfombra del olvido, desde la distancia de Michigan, en una madrugada solitaria del año 2020. Pero los recuerdos se escurren entre mis manos, y los pájaros inquietos de la memoria, ansiosos por escapar, terminan atrapados y ocultos de nuevo. Sin embargo, algo se transforma: me observo con una honestidad brutal, reconozco mi sigilo, mis dudas, mis temores, y toco la herida viva de mi propia cobardía. Es doloroso admitirlo: los médicos tratantes que no participaron en el complot pudieron haber actuado distinto, pudieron haber salvado a Frei si, desde los primeros signos de esa supuesta obstrucción intestinal, lo hubieran trasladado fuera del país, lejos del peligro y la manipulación. Incluso mudarlo a otra clínica, bajo cualquier pretexto, usando el legítimo deseo de protección de la familia como argumento. Pero nadie lo hizo. Se eligió el silencio y una parálisis que rozaba la cobardía. Me duele aceptarlo, pero sé que quizás yo también habría callado, habría preferido no mirar de frente el abismo. O habría llenado páginas y notas, como si las palabras pudieran cubrir la vergüenza y el horror bajo una nueva alfombra. Es una emoción amarga, un peso que no se disipa: saber que el miedo y la inacción terminan por imponerse, y que a veces la única valentía es reconocer que también formamos parte del silencio.
¿Hui también de esa vergüenza? ¿Fue mi inconsciente el que, en primer lugar, decidió que era necesario abandonar Chile?
A veces me cuestiono si he sido justo con el doctor Goic. Recuerdo con nitidez aquel instante en que lo vi en la televisión chilena, apenas unos días después de la muerte de Frei Montalva. Su rostro, surcado por el dolor y la responsabilidad, emergía en la pantalla mientras, con voz firme, repetía que su amigo había fallecido a causa de una infección invencible, negando cualquier intervención de terceros. Lo escuché, entre la atención y el desconcierto, percibiendo cómo su certeza chocaba con el peso invisible de lo que no podía decir abiertamente. Hoy comprendo mejor el tormento que debió soportar: la tensión entre la lealtad, el miedo y la verdad, que lo obligó a vivir años enteros sumergido en la duda. Como me confesó mi padre, con una tristeza profunda que nunca he olvidado: “Pinochet nos jodió a todos, mijito”. Y era cierto; las heridas de esa muerte se expandieron como veneno, alcanzando a quienes estuvieron cerca, y obligando incluso al doctor Goic a guardar silencio, antes de atreverse a contar, poco a poco, en susurros y confesiones tardías. Cuando finalmente pudo liberar su conciencia, ya era tarde; el tiempo y el dolor habían dejado huella en él. Por eso, cuando falleció en abril de 2021, sentí que se cerraba un ciclo de sufrimiento y coraje. Eugenio Ortega Frei, nieto de Frei Montalva e hijo de Carmen Frei, lo recordó con cariño en un mensaje de texto por X, reconociendo la nobleza y la lucha silenciosa del doctor Goic:
“Muy tristes por la partida del Doctor Alejandro Goic, amigo entrañable de Eduardo Frei Montalva. ¡Trató de salvar su vida, y enfrentó las mentiras de otros médicos y nos acompañó siempre en la larga búsqueda de verdad y justicia!”
El cuerpo de Frei, convertido en un manuscrito antiguo, revela cicatrices y tachaduras que nadie ha logrado descifrar por completo. Cada marca parece encerrar una sentencia perpetua, donde la verdad y la mentira se enfrentan en los márgenes de la historia. Tal como señala Elaine Scarry, el dolor físico desafía al lenguaje y se resiste a ser nombrado, pero el sufrimiento de Frei aún resuena, incluso desde el mutismo de los archivos sellados. Esa presencia incómoda y viva atraviesa los pasillos del poder, interrumpiendo el sueño de quienes intentaron borrar su memoria con la tinta del fallo, la absolución o el olvido institucional. Su historia permanece inconclusa: no descansa en paz, sigue esperando una frase final que nadie se atreve a escribir. Más de cuarenta años después, su cuerpo se ha transformado en un territorio minado, no tanto por lo que guarda bajo la piel, sino por todo lo que evoca y desentierra. En ese espacio brotan preguntas que Chile aún no ha logrado responder: ¿Puede la justicia cubrir lo que la historia ha gritado? ¿Puede la ciencia silenciar lo que la memoria insiste en recordar? Así, el cuerpo de Frei queda dividido por la duda y la esperanza, convertido en símbolo de una herida nacional, recordándonos que la lucha por la verdad sigue abierta.
Epílogo
Mi memoria se empeña en regresar a aquellos días: a las conversaciones entrecortadas, a los silencios pesados que se extendían sobre la casa como una manta fría y húmeda. La muerte de Frei no fue solo una pérdida en el ámbito familiar; fue una grieta profunda en la historia de todo el país, un recordatorio persistente de hasta dónde podían llegar la violencia y el miedo institucionalizado. Me veo atravesando esos momentos con una mezcla de incredulidad y resignación, sintiendo cómo cada gesto cotidiano —el sonido abrupto de una puerta, un teléfono que rompe el silencio de la madrugada— podía transformarse en un presagio oscuro, cargado de amenaza.
En ese ambiente, todo parecía estar suspendido en una espera tensa, como si algo crucial estuviera a punto de revelarse pero nunca llegara a materializarse. Las miradas furtivas en los pasillos, los comentarios en voz baja, las visitas inesperadas que desaparecían sin dejar huella: todo componía una coreografía de secretos y sospechas. Mi hermano, lejos del país, permanecía ajeno al peso de aquellos días, y uno, desde la distancia, intentaba reconstruir una historia coherente a partir de piezas dispersas, como quien trata de recomponer un jarrón a partir de los fragmentos esparcidos por el suelo.
Con el tiempo, comprendí que lo sucedido con Frei Montalva fue también una lección brutal sobre la naturaleza del poder y la vulnerabilidad de la verdad. La justicia, ese anhelo tan escurridizo, se desvanece ante la burocracia y el miedo, y los responsables suelen refugiarse en el olvido colectivo. Por eso, hoy siento la urgencia de escribir, de dejar testimonio aunque sea en estas líneas, para que el silencio y el olvido no devoren lo poco que sabemos. Es la manera de intentar que la memoria sobreviva, como una luz débil en medio de la oscuridad.

La fotografía muestra al presidente Aylwin, primer mandatario elegido democráticamente tras la dictadura de Pinochet, en el periodo 1990-1994 en una visita a Isla de Pascua. A su derecha aparece mi padre, el doctor Juan Fierro, y un poco más allá, el doctor Patricio Rojas, ese hombre calvo que observa la escena con una mirada esquiva y una expresión facial que parece retorcida, llena de incomodidad. El gesto de mi padre —médico personal de Aylwin— revela un ceño fruncido, un rostro marcado por el desasosiego y el temor, reflejando la atmósfera de incertidumbre que reinaba entonces. Aunque el juez Madrid aún no investigaba la muerte de Frei Montalva, mi padre seguramente conocía las conductas extrañas y ambiguas de Rojas en ese caso. Al examinar la imagen con detenimiento, surgen preguntas sobre los secretos que mi padre guardó y el significado de tener a Rojas presente, junto a otro presidente. ¿Qué simboliza la figura de ese médico en la fotografía? Como me dijo una amiga al ver la foto, “la expresión de tu papá resume el espíritu de tu relato”, condensando en una sola imagen el peso de toda una historia.
No puedo evitar imaginar la inquietud que corroía a mi padre ante la posibilidad de enfrentar un atentado contra el presidente Aylwin. La carga de esa responsabilidad era abrumadora, y la sombra de los involucrados en la tragedia de Frei —especialmente la figura de Patricio Rojas, cuya actuación se transformó en sinónimo de traición y silencio cómplice— lo seguía como un mal augurio. Percibo que a mi padre le angustiaba verse atrapado en una trama semejante, donde la ética profesional debía abrirse paso entre la desconfianza, el miedo y los fantasmas de una historia reciente. Por eso, acompañó a Aylwin solo en ocasiones contadas durante sus recorridos por el país; prefería evitarlo. La idea de encontrarse con Rojas en un pasillo de hospital, sabiendo lo que él representaba, bastaba para sembrar dudas y recelo. En nuestros silencios familiares, sentía esa preocupación latente: el temor a repetir, involuntariamente, la pesadilla de la cobardía y el encubrimiento, a quedar atrapado entre la lealtad a la vida y la amenaza de una maquinaria política capaz de aplastar la verdad.
La imagen de Patricio Rojas en la fotografía adquiere un significado simbólico que va más allá del simple acto de mirar hacia un costado. Su postura, la manera en que esquiva la mirada, parece concentrar el peso de los secretos y las ambigüedades de una época en que la ética profesional estaba sitiada por la sombra del poder y la desconfianza. Es un rostro que transmite incomodidad y reticencia, como si intentara evitar una verdad demasiado dolorosa para sostenerla de frente. Por eso su expresión permanece inquietante: porque recuerda que en ocasiones, los gestos y las miradas dicen más que cualquier palabra, y en ciertas fotografías, el verdadero significado se esconde en esos detalles mínimos, en el temblor invisible de una postura que delata lo que no se atreve a nombrarse.
La palabra culpa adquiere aquí una densidad especial, como una sombra persistente que recorre los pasillos de la memoria y no se desvanece con el tiempo. Es una presencia que se acomoda en gestos aparentemente insignificantes: en el modo de mirar al suelo, en el temblor involuntario de una mano, en ese impulso de no intervenir y dejar que la historia se desborde frente a nuestros ojos. A veces la culpa se expresa como una mudez pesada, una sensación de no haber preguntado a tiempo, de no haber roto el muro invisible entre mi padre y yo para que las palabras iluminaran lo que se ocultaba. Guardé silencio por miedo a la respuesta, preferí no hurgar ni ponerle nombre a las sospechas que crecían dentro de mí sobre la muerte de Frei Montalva. Hubiera querido tener el coraje de interrogarlo, de exigir claridad, pero algo en el ambiente de esos días me detenía, como si cada pregunta fuera una amenaza a la frágil paz familiar. Ahora entiendo que ese miedo fue también una forma de refugio ante una verdad demasiado brutal. El precio de ese refugio es la culpa que hoy me acompaña: saber que, por miedo, dejé pasar la oportunidad de comprender y de enfrentar lo que realmente ocurrió.
A veces siento que esa sombra de culpa es casi un tejido invisible y colectivo, formado por quienes callaron, quienes desviaron la mirada y quienes —como yo— intentaron encontrar refugio en la distancia o en la escritura. Pensé que bastaría con poner palabras sobre el dolor para expulsarlo, pero la culpa, esquiva e insistente, regresa disfrazada de recuerdos, preguntas sin respuesta y escenas que se repiten interminablemente en el insomnio. Tal vez por eso persisto en reescribir y releer el mismo episodio, buscando descifrar en qué momento dejé de ser solo testigo y empecé a convertirme, también, en cómplice de una ausencia que no puedo reparar.
Con el tiempo, se asentó en mí una certeza inquietante y brutal: fui testigo, aunque de manera lateral, de un asesinato. Al principio, mi mente se resistía a aceptar semejante verdad, confiando en la lógica y la aparente imposibilidad de que algo tan siniestro pudiera rozar mi vida cotidiana. Sin embargo, a medida que las piezas encajaban, que las miradas esquivas se multiplicaban y los recuerdos adquirían nuevos significados, esa evidencia se instaló en el centro de mi conciencia. Entonces brotaron sentimientos de asombro, rabia, impotencia y un dolor inflexible, que todavía me paraliza entre la incredulidad y el peso abrumador de lo real. Me sigo preguntando en qué instante lo impensable cruzó el umbral y se convirtió en parte de mi propia historia.