Archivo de la categoría: Diarios, notas, apuntes, biografía, prosa

Ser desheredado es más de lo mismo (III)…o, “vivir con un recuerdo”

Vivir con un Recuerdo  

Los grandes terremotos ya no me impresionan. Viví el primero a los nueve años y caminé entre los escombros que después supe cubrían los cadáveres.

Las atrocidades de la naturaleza nos hacen dar gritos de espanto, pero no nos alcanzan con esa puntada en el pecho, ese escalofrío que nos recorre el espinazo cuando observamos en apenas unos minutos toda una vida.

La muerte de un hijo es una tragedia cruel, la más penosa que le puede ocurrir a una mujer; sin embargo, el tiempo cubre ese sufrimiento de la misma manera con que se cubren las heridas sangrantes, tapándolas con vendas, forrándola. En cambio, los hechos pequeños, realidades apenas advertidas, apenas adivinadas, secretos pesares, como maldades del destino, remueven en la profundidad de nosotros mismos todo un mundo de dolorosos pensamientos que a veces los años y el tiempo no pueden cubrir. Los sufrimientos morales, tan complejos como incurables, tan vivos como profundos, persisten en hundirnos en un mar depresivo, amargo, como un desencanto imposible de alejar.

Recuerdo un hecho hondo, pequeño, palpitante, como si lo viviera ahora mismo. Ya tengo cuarenta años, pero entonces no era más que una chiquilla, una niña algo soñadora sumergida en la filosofía y en la historia. En ese entonces no me gustaba compartir con mis compañeros el café de la escuela, ni me interesaban los alborotos al terminar las clases. Me levantaba temprano y recorría el parque solitaria camino a la escuela. Los jóvenes de ahora ya no parecen caminar bajo los árboles, ¿verdad? El parque era como parte de un bosque olvidado, con claros luminosos, y las avenidas anchas y rectas de los costados fueron mis preferidas. Grupos de flores crecían aquí y allá, y algunas abejas doradas zumbaban al sol de la mañana. A menudo me sentaba a contemplarlas, y gozaba el sosiego de ese mundo.

Una mañana no fui la única. Un viejo flaco y encorvado, reescribía y recopilaba páginas afirmando las hojas sueltas sobre sus rodillas. Me interesó la enigmática postura del anciano. Lo espié durante horas escondida entre el macizo de plantas de la orilla. Me alejaba finalmente silenciosa, esperando no ser vista, cuando repentinamente el anciano me llamó por mi nombre: Ximena, Ximena. Por un instante me paralizó la sorpresa. De inmediato sus ojos vivos parecieron palpitar al entregarme sus hojas manuscritas. A los pocos minutos, sentados ya muy juntos en la piedra helada, comencé a leer. En lenguaje pomposo explicaba en pormenores el trabajo y los problemas que habían tenido un grupo de personas. Mientras leía, el miraba hacia los lados, inquieto de que alguien más conociera su secreto. Me sentí turbada, intrusa, al conocer las humillaciones que el pobre viejo había sido víctima, hasta ser obligado a jubilar de su propia empresa, una empresa dirigida por él durante 25 años.

-Y para que sepas hijita –me aseguró- esto lo publicaré bien corregido, y entonces ellos sentirán vergüenza de lo que hicieron, vergüenza, y me devolverán mi trabajo.

Un ligero viento desprendió de mis manos la última página de su manuscrito. Los hechos narrados estaban fechados treinta años atrás.

Ese viejo, escribiendo su defensa tantos años más tarde, me tortura, y ese recuerdo se me ha quedado adentro como una herida sin curar.

Mi abuelo era un hombre sereno, tranquilo. Gustaba pasar sus horas leyendo en su sillón preferido frente a la chimenea y a su silenciosa biblioteca. ¿Por qué lo encontré escribiendo esa mañana? ¿Por qué esta herida no se cura? No lo sé. ¿Lo sabe usted?

********

Que bien escrito está ese cuento de mi madre. Toca dos o tres temas que me picanean, me rasguñan: primero, el transcurso inexorable del tiempo y la memoria; segundo, los recuerdos indelebles…. y tercero; como no, esa herida que no cura nunca, que se esconde, y que uno a veces logra cubrir con trámites, con obligaciones, con tareas, con gatos, pero que siempre está presente y duele. Me gusta ese dolor final del cuento, esa como irreversibilidad dolorosa con que se nos presenta la vida. Encuentro además que el relato está bien escrito porque narrador es invisible, el ego de mi madre no se encuentra por ningún rincón del relato. Está claro que ese texto lo escribió porque algo le molestaba, le dolía, y no lo hizo para lucirse frente a Alone, el venerado crítico y amigo, o frente a sus conocidos, o frente a sus hijos, es decir no lo escribió para asombrarnos; ella está invisible. Al relato tampoco le faltan ni le sobran palabras; está escrito con lo justo y sin esos fuegos artificiales innecesarios que distraen, que te roban, te sacan del relato. Y uno al final queda remecido por ese paso inexorable del tiempo (¿hacia la muerte?) y donde se regurgitan costras hirientes, desencuentros.

No cabe dudad que mi madre escribía bien, y por eso mi crítica; ella pudo, ella debió escribir mejores y numerosos relatos, y fue una lástima que no lo hiciera, y no para publicar o hacerse conocida, o exitosa, o famosa; simplemente que hubiese escrito más para que su memoria perdurara otro poquito entre nosotros, entre sus hijos, entre sus nietos y nietas. Como decía antes, pese a su talento, no se tomó esta disciplina en serio y perdió ella y perdimos todos.

Por e-mail, mi querido tío Lalo comenta la nota anterior. Escribe lo siguiente:

Cristian

Me cayó bien tu mamá. Es auténtica, simple en apariencia pero profunda en el decir. Tal vez un poco adelantada a su época, pero admirable en su vitalidad. Me gustó “tu, en otro momento histórico, con una visión formada en USA”. Me da la impresión que no llegaste a fondo con ella, pero a mí me gusta su carta.

Un abrazo

Lalo

 

A mí también me gustó la carta de mi madre, tío Lalo. De manera que recordándolo a usted aquí va otra, y rodeado de gatos y rescatada del subterráneo de la casa, del subterráneo de las historias de familia, del subterráneo de los recuerdos. Dígame si lo lee junto a sus amigos en la cafetería del Jumbo mientras comparten un “ave palta”. O a lo mejor la lee solitariamente y mientras se filtra el ruido de la calle, pero con un café caliente en la mano y justo cuando un niño chico corre y se golpea la cabeza al lado suyo. Creo que la carta ensambla bien con la anterior. La copio sin censura previa, imaginando que ya, a estas alturas, nos podemos considerar todos muertos (como escribía mi amigo Ignacio Carrión), o casi muertos, o casi moribundos. A estos niveles de la vida nuestro libro ya está escrito y está abierto, y no lo podemos reescribir aunque tratemos, aunque hagamos trampa; ya no vale la pena escondernos más. Espero nadie se ofenda:

 

Querido Cristiancito                                    Santiago, 21 de Julio de 1982

Esta es la tercera vez que te escribo sin poner la carta al correo. Una ya está muy añeja; y la otra y esta, van junto a las revistas que te envío.

Estoy preocupada que estés con poca $. ¡No sé como puedes vivir con 500 dólares al mes! El mes pasado tu papá te envió un cheque por doscientos dólares. Es poco. Hubiéramos querido mandarte más, o lo que te dije por teléfono, pero aquí la recesión va y los enfermos no pagan porque tampoco tienen $. Aunque con la nueva consulta estamos más optimistas (otra vez tuve que acarrear muebles al centro). Solo gastamos en lo indispensable, en muebles. Claro que del traslado se encargó Juan… y está bien contento con el resultado. Creo que se me va al hoyo mi viaje a Palma en Septiembre, era mi sueño. No tanto por $ sino porque tengo que acompañarlo. Es difícil ver la llegada del retiro. Ahora pidió permiso sin sueldo otro mes, mientras le sale la jubilación. El pobre se siente desambientado. Me da ternura, y es muy duro sentir que hay cosas que ya no se vivirán.

El clima en la casa ha mejorado. La nueva empleada es serena y sabe su trabajo. Está contenta. Tiene tres hijos grandes y una chiquitita de cinco años. Mónica (mi hermana) volando entre un trabajo y otro, siempre asegurando que le va a ir mal. Es demasiado perfeccionista, y baraja al mismo tiempo demasiadas ideas sin decidirse por una, y hasta última hora.

Ha sido bueno inscribirme en el Taller Literario. Me ha entretenido conocer gentes tan diferentes; hay una bióloga, un abogado, una estudiante, y un técnico en electrónica. La única sin profesión soy yo. La semana pasada comimos y bebimos dos botellas a la hora de almuerzo arreglando el mundo en la Sociedad de Escritores. Y lo que me ha pasmado es que mis cuentos los han encontrado tan buenos que el conductor del taller me ha dado orden de enviarlos a un concurso literario argentino. Te envío los cuentos. Me he dado cuenta que es lo más fácil escribir, me largo nomás y después quito lo superfluo. Hay gente que escribe regio en el taller y solo una lo hacía tipo novelita rosa, pero ahora descubrí sus poesías y eso sí que es bueno. Si continúo en esto, podría pertenecer a la Sociedad de Escritores no publicados. Hasta tienen una sigla y entregan sus manuscritos al grupo en tapas con dibujos….. estoy maquineando una novela. Lo malo es que tengo la obligación de escribir un cuento semanal, con el título que después te dan.

A Álvaro (hermano menor) lo siento como si fuera un extraño. Creo que vive muy presionado en la universidad, y siempre está preocupado. A veces pienso que somos jugadores frente al tablero de ajedrez y con solo referencias de cómo se juega; me gustaría que supiera que nada es demasiado importante como para vivir en continua tensión. Si puedes escríbele algo sobre lo que se te ocurra, que lo haga sentirse un poco más tomado en cuenta. El 30 de Septiembre es el cumpleaños de Mónica y el 25 de Noviembre el de Álvaro. Si puedes envíales algunas letras a cada uno…. (y dile a Gonzalo y Álvaro).

Albertito (hermano mayor) no ha escrito desde su vuelta de España. Los papás de Aída (esposa de mi hermano, Alberto) no fueron a Europa. Y no los he llamado ya que no dieron señales de vida para el matrimonio de tu hermano, Gonzalo. Les envié parte con invitación y los invité además por teléfono…

Mientras te escribo tu papá me pregunta cómo redactar un aviso del curso que va a dictar sobre neurocirugía en el Colegio Médico. Ahora para él soy una escritora…. ja, ja, ja (así es que no sé, ni qué te cuento).

Me tomaron presa el lunes y me llevaron a la 1ª comisaría, creo en Santo Domingo. Esperé que Juan se fuera al hospital a las 2pm, para ir con la Guillermina, la empleada, en mi Chevrolet a su consulta en el edificio Carlos V, llevándole plantas y otros detalles. Lo malo es que mientras la Guillermina cuidaba el auto en el paseo peatonal de Huérfanos, y mientras yo llevaba plantas, muebles, sillas y de “un-cuanto-hay” al noveno piso, me dieron las tres de la tarde. Se empezó a llenar el paseo de gente y no pude retroceder por Bandera, y preferí seguir por Huérfanos hacia Estado, y ahí me pescaron. Era un joven oficial, más otros de tropa que no sabían qué hacer. Se armó un círculo de gente, y la Guillermina, creyendo que las “canastillas” y los insultos que llegaban desde un edificio cercano eran para ella, les contestó igualito, con sus “canastillas” propias, gritos y sacadas de madre. Preferí despacharla bien apurada para que llamara por teléfono a Juan para pedirle auxilio. El oficial no sabía qué hacer en medio de la trifulca. Habían fotografiado la patente del auto, a él, y a mí por suerte no, por estar adentro del auto. Y el vehículo de carabineros no llegaba nunca y se acumulaba más gente. El pobre con su walkie-talkie reclamaba y pedía refuerzos. Total, con un sargento adelante y otro bien sentado atrás, yo misma me fui manejando a Santo Domingo. Media hora después salí libre y manejando mi auto. Las infracciones fueron: 1. manejar por paseo peatonal, 2. manejar con los documentos vencidos desde Abril (no lo sabía), y 3. no usar lentes al conducir. Pero funcionó perfectamente el mecanismo de los amigos….. como el ex capitán de Algarrobo que conocíamos. Juan me esperaba comiéndose las uñas en la casa y hasta se olvidó de su consulta. Estaba tan contento de verme enterita que solo se fue a su consulta después de tomar té. Los enfermos esperaron. Después me llamó desde su oficina. Le encantó el arreglo de plantas y la disposición de muebles (esa tarde iban a llegar más de 40 detenidas, escuché que le decían al guardia…. y uno que ni sabe de eso por los medios de comunicación).

Ahora se armó un corto circuito en la pieza de Álvaro. El electricista hizo mal la instalación de un enchufe…. Juan duerme siesta, más tarde lo invitaré a dar una vuelta y te pongo esto al correo. Hay que hacerle más fácil la transición del hospital a su nueva vida. Es cuestión de tomárselo con “Andina”.

Escríbeme, y dile que lo hagan Alberto y Gonzalo (dos hermanos que también vivían en el extranjero). Juan espera cartas como el “maná”. Es tan dependiente de eso el pobre.

Te quiero desde aquí a donde te encuentres

Ximena

 

Para Terminar….y este epílogo es el mío:

¿Por qué me gusta escribir?

¿Por qué escribo?

¿Por qué cuento?

¿Por esa herida que no cura? ¿Por eso escribo?

¿Fue esa la herencia de mi madre?

No lo sé.

¿Lo sabe usted?

Ser desheredado es más de lo mismo (II)

Chus, la viuda de mi amigo Ignacio Carrión, me escribe por e-mail:

“Llevo una hora leyéndote y disfrutando. Me ha alegrado mucho volver a contactar. Agosto y Septiembre mucho trabajo. Cambio de casa, la consulta, los nietos, la inminente aparición del libro….pero todo bien. Yo más animada y con ganas de trabajar y de seguir viviendo. Me interesa mucho el tema de tu trabajo aunque cuando realmente disfruto es cuando escribes sobre tu familia. Seguimos en contacto. Un fuerte abrazo para Pilar y para ti todo mi cariño.” 

       Chus

Sigo el consejo de Chus y bajo al subterráneo de la casa para escarbar entre las cartas empolvadas que guardo entre carpetas, cajas de cartón, cuadernos, y álbumes que ya ni recordaba. Los gatos me acompañan y me los imagino también haciéndose muchas preguntas. Los siento disfrutando de está excursión hacia el subterráneo de mi casa, hacia el subterráneo de mi familia y sus historias. Por casualidad encontré una carta escrita por mi madre que considero empalma bien con mi nota anterior, escrita el 2 de Junio de este año, donde confieso que “ser desheredado es más de lo mismo”. Como mencioné en esa nota, creo que mi madre escribía bien, lo hacía bien, pero nunca se lo tomó muy en serio porque le arrancaba, “le quitaba el poto a la jeringa”. Cuando algo le resultaba bien, cuando un texto respiraba autenticidad, dolor, rabia, alegrías, ella saltaba despavorida y lo dejaba a un lado; que no, que “eso” era solo un borrador, algo escrito a la rápida y como para no aburrirse tanto. Ella poseía harto talento, no caben dudas, pero se asustó, se pasmó. En Santiago no existió ningún taller de narrativa al que ella no hubiese asistido. Le gustaba el ambiente, los escritores, las historias, la gente, pero como escribía en ese texto anterior, creo que para ella escribir era someterse a un escrutinio torturante, al análisis público, a mostrar su intimidad, sus vulnerabilidades, y eso simplemente no lo sabía tolerar y hasta ahí llegaba todo. Curiosamente, en todo orden de cosas, a ella le costó mucho enfrentar la crítica, o ese análisis que llega siempre después de las “caídas”. Pero gracias a Chus y al jolgorio de los gatos, que ahora apenas me dejan escribir porque olfatean y caminan sobre los papeles, aquí va el texto con asuntos de familia, con intimidades de familia, y que ciertamente son más interesantes que los asuntos del trabajo. Toda la razón, Chus.

 

Querido Cristiancito                                                Santiago 13 de Julio, 1982

Fue rico recibir ayer otra carta tuya. La descripción que haces de esas manos… simplemente magistral. Trata de escribir algo todos los días –sobre lo que ves- quien sabe si esa sea tu verdadera vocación, la observación escrita. Y solo se escribe bien viviendo, por eso hay tanto escritor frustrado…. No saben escribir porque no tienen tema, falta de vivencias, de observación, de esfuerzo, y entonces mirando al cielo en su ociosidad se dedican a la poesía…. Además que ya estamos en la era de la necesidad de saber hacer bien distintos trabajos… piénsalo. Así, simplemente, sin escribir perfecto, solo naturalmente, como se habla. 

Hace dos meses que voy a un taller de narrativa. Somos cuatro viejas, una “Lola” y un tipo con un dedo de frente (y que ya aspira a la celebridad), y el profesor, un ingeniero que aburrido del orden numérico un buen día se dedicó a escribir cuentos de ciencia ficción. Le gustó tanto su hobby que decidió dedicarse a eso solamente. Ha publicado algunas novelas y cuentos con buen éxito de crítica (ya cincuentón). Es increíble ver lo feliz que está ahora inventando cuentos. Tenemos que llevar uno por semana. Y ríete, el mío fue el mejor la semana pasada; antes siempre encontraba una disculpa para llegar sin nada. En realidad lo que más les gusta al grupo es que escuchen sus cuentos. Tenemos un buen sistema de notas:

 Sintaxis            1x

Anécdota            2x

Fluidez                        2x

Estilo                        3x

Fuerza                        4x

Ángel                        5x

La nota va del uno al 7. En mi caso ocurrió lo siguiente. Casi unánimemente me pusieron un seis en sintaxis, en anécdota, en fluidez y en estilo, y un siete en fuerza y ángel. Eso me dio el puntaje más alto, 107. La gracia fue usar la famosa oración de San Ignacio.

 Sintaxis            1×6=6

Anécdota            2×6=12

Fluidez                        2×6=12

Estilo                        3×6=18

Fuerza                        4×7=21

Ángel                        5×7=35

 Cristiancito, no creas que es una tontera escribir. Para mí, por supuesto, no es más que una entretención, ya tengo melladas o enmohecidas las facultades mentales. Para ti es distinto. Estás viviendo experiencias que muy pocas personas tienen, y con facilidad para describirlas. Además en España y en Europa también se aprecia mucho la literatura latinoamericana por esa mirada nueva, libre del lastre de demasiada civilización, de demasiada erudición y que se nota en el modo de escribir asfixiado de los países antiguos. (Esta es la máquina de escribir de tu hermano Gonzalo, se salta letras, no tiene acentos o no lo encuentro, ni tampoco la letra que sigue a la n). Tú tienes gracia, soltura, fluidez, y eso que se llama “ángel”… más la práctica. Dicen que es bueno anotar en cualquier libretita lo que se te ocurra… con un lote de apuntes así, hay un premio Nobel que ha compuesto sus mejores obras.

Estamos contentos. El hijo de la Luz Vidal se encargó de arreglar el departamento de Jumbo Tour (que sería usado por mi padre después de jubilar) que Cerda (ex diputado DC) entregó demolido. Quedó estupendo y salió barato. Recorrí medio Santiago buscando un escritorio, una camilla y demás detalles. Quedó bonito y dentro de un presupuesto justo. Fui hasta esos remates por quiebras judiciales, pero ahí sale más caro. Me dio pena ver a matrimonios jóvenes pagando más caro que en mueblerías de Tobalaba. Compré en Almacenes París una mesa para la máquina de escribir de la secretaria en $3.500, incluido el IVA y el transporte. En un remate salió a $5,000, más el IVA y el 8% de comisión. Una silla la compré a $3.500 de encina. En el remate estaba a $4.000 más IVA e impuestos. La oficina quedó linda, gravillada de blanco, plantas, y con los dos sillones tallados, grandes, del comedor. El escritorio que elegí es de encina, lindo. Juan está feliz. Ahora va a hacer el traslado al centro. Estoy en cama con gripe. Siento no acompañarlo para ver su oficina nueva. La otra vez gozó viendo el departamento que arrendamos en Agustinas. Ya tenemos teléfono, es el 725515 (Huérfanos esquina Ahumada). Me gusta tener un diván por si voy al centro, para tener donde descansar. Y Juan tendrá ahí siempre a su secretaria para las urgencias –será útil- claro que de 9 a 6 de la tarde.

Tu hermana Mónica y Álvaro ya están pensando en las vacaciones de invierno. Les ha ido más o menos bien y trabajan toda la noche. Juan se enfermó un poco al mezclar algo de whisky con valium, para no estar preocupado de verlos despiertos trabajando tanto y toda la noche. Ya se le pasó, pero ha quedado tan asustado que no ha vuelto a probar nada de alcohol. Es importante que yo esté con él en estos tiempos. No es fácil pasar a ser un jubilado, aunque siga atendiendo enfermos en su consulta y opere donde elija con su equipo (a los que va a prestarles su oficina por algunas horas a la semana). Y también el decano de medicina le ofreció elegir donde quería hacer clases de neurocirugía. Y Juan está contento en la casa. Dice que ahora va a pedir permiso sin sueldo, este mes y el próximo, hasta que le salga la jubilación. Estamos tranquilos. En general tenemos suerte. La gente de Vitacura está amargada porque la propiedad en esos lugares ha bajado mucho de valor debido a las inundaciones. En el Drive Lo Curro, se entierra un palo un metro en el lodo, y apenas asoman los mesones.

Si todo va bien y le pagan a Juan su desahucio, compraré algo en Mallorca con buena vista, aunque sea de tan solo dos cuartos. Añoro volver allá y ustedes tendrían un lugar de ensueño para ir a verme. Mónica y Álvaro también dicen que tendrán que buscar trabajo afuera. ¡Y es tan barato que yo viva en esa isla! Juan irá cuando quisiera. Espera dejar de trabajar en unos tres o cuatro años más.

¿De qué más puedo contarte que no lo sepas tú? Subió el dólar a 47 y cada mes subirá algo más. Se permite reimportar mercadería debido a lo poco que la gente aquí puede gastar. La gente ha retirado sus ahorros de miedo a que se los congelen. Han habido grandes festejos con motivo del centenario de la batalla de la Concepción donde hasta trajeron el corazón de varios oficiales. A Lafourcade lo sacaron del canal 7. En el Teatro Municipal de Viña, cuando le entregaban el premio Luisa Bombal por US $10.000 reclamó por el apagón cultural y no sabemos qué más porque solo radio Cooperativa ha comentado el asunto. Ahora hasta discuten si deben entregarle el premio o no, y de la inoportunidad de protestar en es evento. Por ahora sigue trabajando en El Mercurio.

 La oficina de Huérfanos con Agustinas quedó tan linda dividida en piezas, con sus dos baños, que creo darían fácilmente más de mil dólares al mes.

 Está oscureciendo y apenas leo lo que escribo. Estoy cansada con esta máquina sobre mis piernas. Gracias por tus cartas. ¿Hay allá espectáculos teatrales o ballet? Cuéntame si ves algo de eso. Son los mejores recuerdos que tengo de EE.UU. Aunque no entendía el ingles, conociendo la obra lo gozaba.

 Avísame si quieres te mande por correo tus bototos y ese sweater fino color beige.

 Un gran abrazo. Si tienes tiempo envíale unas letras a Cariola. Estuvo hospitalizado y ahora está esperando la muerte de su padre que tiene más de noventa años.

 Te quiero tanto cristiancito….

Ximena

 …recién supimos que lo más grave fue que Lafourcade pidió la vuelta a la democracia.

 

Creo que Chus tiene razón al interesarse más con las historias de familia. Una mirada rápida y superficial, imagina que los asuntos de familia pueden llegar a ser nada más que eso, asuntos de familia, restringidos hacia la familia y los más cercanos, y por eso mismo, faltos de interés. Se ventilan asuntos demasiado íntimos y uno a veces los imagina como personales, alejados de algo universal y que nos toque a todos, que nos llegue a todos. Claramente eso no ocurre. En las historias de familia y sus intimidades, se palpa de todo un poco, se ve amor, se conoce la traición, se presentan hijos ilegítimos -como los NN, en mi caso- y todo amenizado con bastante drama; es decir, se tocan temas bien universales y que nos atañen a todos de manera individual; nos llegan, y por eso nos identificamos con ellos.

Y de manera más general, la carta anterior muestra lo importante que es la escritura, las palabras, el texto, porque de alguna manera rescatamos eso que fue, eso que ocurrió, nuestras vivencias y anécdotas de otros años, y donde incluso se rescata a esa madre que partió, que ya no existe… y eso es triste, es lastimoso comprobar que en la vida diaria ya no queda nada de esa madre que encontramos en los textos de esos años, de esa mujer que tocamos levemente y que logramos atisbar en sus escritos. Pero tristemente esa es nuestra realidad, eso es lo que nos queda después de transcurridos tantos años, más de treinta y cinco, porque esa madre –la de la carta anterior- ya se fue, cerró los postigos, descorrió las persianas y partió.

 

¿Se hubiera imaginado ella, mi madre, que su hijo, su “cristiancito querido”, “te quiero tanto, cristiancito”, terminaría usando esa supuesta “gracia, soltura, fluidez, y eso que se llama ángel” para aguijonearla a ella con palabras, con un texto, con la escritura a la que ella me empujó?

Y claro, parte de esta nota la construí también basada en papelitos sueltos, esos que escribo siempre en una libretita que nunca me abandona:

“….dicen que es bueno anotar en cualquier libretita lo que se te ocurra”.

Trabajo (V)

Nuevamente llegamos a un fin de semana donde estamos en la librería Barnes & Noble, cercana a nuestra casa, y donde busco algo que leer, un nuevo autor, una nueva memoria confesional y auténtica, alejada de la ficción. Entró y me encuentro de sopetón con una mujer joven inmovilizada sobre un gran sofá de color café, o un trono tecnológico que ella mueve al soplar o tocar con su boca un control que le llega hasta el rostro. Una pareja que parecen ser sus padres revolotean a su lado. Pretenden ver algunos libros, pero la verdad es que aletean como pajaritos huérfanos a su alrededor. Una señora que parece ser su madre, le pregunta qué donde, por qué pasillos se paseaba “antes”. La escucho murmurar ese “antes” sin querer, y siento que les estoy tocando algo muy íntimo, de ellos, y me resuena el “antes” mientras tomo un libro entre mis manos. “Antes” de qué, me pegunto, ¿antes del accidente? La niña no le dice nada, no le responde y apenas puede moverse sobre ese tremendo sofá por los pasillos de la librería. Ella solamente mira y no le contesta a su madre, no se mueve del pasillo; pero parece decirle algo cuando mira fijamente hacia delante, hacia otros horizontes, otros paisajes. Tristemente ella parece no querer estar en esta librería, y uno la siente o la imagina viajando, volando, recordando, y como añorando otras circunstancias, otros lugares de “antes”. Su padre se apresura a abrirle la puerta para salir hacia la calle. Ella mueve o sopla sobre ese control y el sillón se mueve, le responde, y como un potro chúcaro traspasan la puerta que le mantiene abierta su madre.

 

Me cuesta tomar otro libro entre mis manos para volver a mi propia realidad. No dejo de pensar en ella, en sus padres que se mueven como en medio de una tormenta pero conservando la tranquilidad, como si estuviera todo bajo control, como si el sillón lo cubriera todo.

 

****

 

En unas horas más tendré que ir a un meeting para discutir nuestro futuro con mi superior, para saber cómo cerraremos finalmente las puertas. Pero antes nos han pedido que preparemos otro producto experimental que nos tomará aproximadamente tres semanas. Hace pocos días, en otro meeting importante, en una teleconferencia, analizamos lo ocurrido en Finlandia. Están contentos con lo logrado, fue un viaje fructífero y donde hicimos todo lo planificado. Al final me pidieron que fuera nuevamente a Europa por tres días para analizarlo todo con más detenimiento. Pero veremos como me recibe ahora, en otro meeting, mi superior directo, veremos cómo me habla, qué me dice. Por un lado entiendo los números y las razones del por qué estamos en esta “restructuración”, en este “proyecto”. Mientras tanto, los gatos me acompañan. Pilar ya partió hacia su trabajo.

 

 

Mi superior directo me recibió de corbata y con una sonrisa de fotografía, atenta, estudiada. Con él no deseo ser muy crítico, me cuesta culparlo de lo que nos ocurre. Los dos hacemos nuestro trabajo, tratamos de entender los números; yo, defendiendo o tratando de defender lo que hacemos, o lo que hacíamos, es decir mostrando que todavía aportamos valor a la compañía, mientras él simplemente se apoya en la cruda realidad de las cifras, de los datos tangibles y a la vista, las metas.

El meeting fue insípido y centrado en el trabajo, ya había poco que decir o analizar, la situación ya estaba decidida. Pese a todo, las noticias no fueron tan malas como uno imaginaba, porque aparentemente todavía tenemos posibilidades de trabajar en otros sitios que la compañía posee en la región. Está claro que precian lo que hacemos, aprecian lo que hemos logrado, pero ya no pueden seguir manteniendo un edificio para cinco personas solamente. Me cuenta que el viernes habrá un Town Hall Meeting donde nos explicarán lo que está ocurriendo en más detalles, la “restructuración”, el “proyecto”, y lo harán frente a todo el grupo, mientras tanto se hace imprescindible de que yo no diga nada todavía, que no hable, que no de indicios de lo que se viene, del “proyecto”. Lo curioso es que no fue necesario que me frenara en dar esas noticias, en aguantarme, porque al llegar a mi planta ya había un grupo de cinco personas asignadas a “proyectos” haciendo todo tipo de preguntas acerca del edificio y sus instalaciones, los arreglos que habría que hacerle para entregarlo tal cual lo habíamos recibido hace 20 años atrás, cuando lo arrendamos inicialmente. Por supuesto que varios colegas se pusieron saltones; uno se fue para su casa, mientras otro llamaba por teléfono a su señora contándole detalles.

 

*****

 

Me acaba de llegar el email anunciando el Town Hall Meeting para mañana viernes. Pero con la llegada de los tipos de “proyectos”, mis colegas, los que trabajan para mí, ya lo saben, han sido alertados, aunque no pude certificarles nada. Veremos que sucede mañana.

Mientras tanto, en el New York Times de hoy miércoles, me entero que alguien, un millonario, el doctor Patrick Soon-Shiong proclama que ha logrado producir una nueva batería, una de zinc/aire que nos deja a las puertas de algo grande, frente a una revolución en el área de las energías alternativas. Contacto al periodista por Twitter, (@ivanlpenn), y le comento que leí su artículo, pero que en las revistas especializadas no me he enterado de nada parecido. Le digo que no creo que los investigadores que él menciona hayan logrado solucionar la formación de dentritas en el electrodo de zinc; un problema que se presenta a medida que la batería se carga y se descarga, y donde terminan creciendo dentritas sobre la superficie del electrodo de zinc. Esas dentritas pronto perforan el separador, tocan el otro electrodo de signo contrario generando un corto circuito. En el comentario le sugerí, de manera respetuosa, que a lo mejor estábamos frente a un “esquema de la pirámide”, pero tecnológico; no sería la primera vez, le escribí. Me contestó de inmediato, y me dijo: “aprecio tu escepticismo. Hasta el momento Duke Energy ha usado la batería por un año y medio, y cuentan que funciona bien.” Le respondí diciendo que verdaderamente no creía que hubiesen logrado resolver ese problema, evitar la formación de dentritas, que no es un problema fácil, y que se han intentado soluciones parciales por muchos años. Y le aseguro nuevamente que no he leído en ninguna revista especializada un trabajo o comentario sobre este espectacular desarrollo. Un descubrimiento como ese sería considerado tan relevante, le menciono, que incluso tendría repercusiones en el área de las baterías de litio. Ivan nuevamente me contesta -probablemente luego de consultar con sus expertos- que “eso es justamente lo significativo, y que por eso lo ha divulgado en el periódico. Y que el Dr. Patrick Soon-Shiong asegura que los científicos de NantEnergy, la compañía que él fundó, han resuelto el problema de las dentritas.”

No le creo, ahora sí que no le creo nada y ya no le respondo. Ese supuesto descubrimiento o avance tecnológico, que se salta los medios tradicionales que tienen los científicos para comunicar sus resultados, que es publicándolos y discutiéndolos con sus pares, sometiéndolos a su escrutinio, me asegura que el famoso Dr. Patrick Soon-Shiong y sus científicos son bastante frescolines, y lo más probable es que en este preciso instante el Dr. Soon está enmarcando el artículo del NYT mientras, al mismo tiempo, pasa su sombrero para conseguirse más dinero y financiar su empresa…….pero sobre todo para beneficio propio y de su propia humanidad. Sin lugar a dudas lo que hace el doctor Soon es organizar una simple y conocida estafa, y en una empresa en la que él, personalmente, no perderá un solo centavo. Es una vieja trampa y donde ocurre lo mismo que en los esquemas más tradicionales, donde el organizador de la pirámide, cuando todo explota, cuando se conoce la verdad, al final se escabulle, se arranca de los escombros y de la mugre, pero con los bolsillos repletos de platita.

A lo mejor escribí el párrafo anterior de “picado,” o por “envidioso”, o porque creo tener los bolsillos vacíos (aunque eso siempre es relativo). Pero ocurre que desde chico supe que no sirvo para llevar una vida fundada sobre demasiadas mentiras –reconozco que siempre hay unas pocas, pero las justas (espero)- porque se necesita demasiado trabajo para hacer lo otro. Trabajé por muchos años para uno de ellos, el incomparable Stan Ovshinsky, un supuesto genio. De él aprendí que decididamente, para tener éxito en ese tipo de esquemas, hay que trabajar sin descanso, día y noche y sin ninguna tregua. Y al final uno se ve obligado a creerse hasta las propias fantasías (como le ocurre a Trump) y termina viviendo en un universo alternativo, paralelo, donde se te hace imprescindible mentir en el trabajo y en la casa, en todos los lugares; y frente a los colegas y la familia. No seguí ese camino, y no porque me considerara un santurrón, o un virtuoso; más que nada no lo hice porque me di cuenta que esa vía requería de mucha energía, desgaste, teatro, y simplemente no me daba el cuero; “me conozco mosco”, como decía un amigo, y simplemente no me resultó.

¿Trabajo? (IV)

IMG_4205

En estos momentos espero el bus hacia Turku, sentado en una silla de plástico, en la estación de buses de Harjavalta, en Finlandia. En Turku, espero ver nuevamente a Juan Ernesto y Ana María MacDonald. Ahí me tendrá que salir una nota nueva, algo así como “con el chofer de Neruda en Turku”, o “Junto a Juan Ernesto y Ana María en Turku”. Afuera, por los ventanales limpios, se ve todo tranquilo, señoras con bolsos grandes, alguien que llega montado en una bicicleta antigua, y la cajera gorda y ceremoniosa que apenas se mueve entre sus papeles y los horarios bien ordenados. A la distancia a veces se escucha el motor de un auto, o una sirena, o un perro que ladra.

 

Nos despedimos de los colegas en Harjavalta como si nos fuéramos a seguir viendo o trabajando en un proyecto común, trabajando todos juntos hasta la eternidad o hasta que alguien reviente. Creo que eso no ocurrirá porque pronto dejaremos de vernos, pero no les pude contar mucho y tampoco he podido contarles nada a los que todavía trabajan para mí. Pronto se enterarán, de alguna manera lo sabrán; ahí veremos cómo se hace, o cómo lo hago, o cómo lo soluciono, o cómo lo hago para salvarnos todos. Como escribía en la nota anterior, la decisión ya está tomada, nuestra planta se cierra y no estoy seguro sobre lo que se viene para más adelante. Nuestra planta piloto es pequeña y ya está casi lista la nueva planta en Finlandia. Es decir pasamos a ser un material desechable. Lo curioso es que todavía nos piden que produzcamos materiales experimentales antes de cerrar las puertas definitivamente.

 

Ahora pruebo una ensalada en el HMS Host, un restorán en el aeropuerto de Helsinki, muy cercano a la Gate D1 desde donde saldrá el vuelo Delta hacia Detroit. El aeropuerto está bien organizado y simplificaron mucho los trámites de policía internacional con una maquinita que te toma una foto y te pide el pasaporte. Aprobé el test y la maquinita me dejó pasar levantándome una barrera. Al poco rato pasé al baño donde todo estaba limpio, como si apenas los usaran o estuvieran recién estrenados.

Por la noche, y desde el Hotel Hilton del Aeropuerto de Helsinki, le mandé a Ana María una foto por WhatsApp que tomé en Lokalahti, donde queda la casa de verano que tiene como a 60 kilómetros de Turku. Durante estos tres días conversamos de todo, de cuando éramos pequeños, por ejemplo, y de cuando Juan Ernesto, en un día mítico y de sol luminoso y que todavía no se me olvida, nos invitó a conocer El Mercado Persa. Pero lo más lindo fue que en un acto de generosidad bien grande y que se los agradezco, compartieron conmigo y lo pasamos bien pese a que se están separando. Esos son asuntos que nos ponen a prueba; es algo personal, íntimo y a veces bien emotivo.

 

Me invitaron a conocer esa linda casa de verano que por las reseñas de Ana María parecía algo común, pero no lo era. En la foto de arriba se ve una segunda cabaña, un poco más pequeña que la primera, pero que tiene un sauna frente a la orilla del mar. Juan Ernesto me hacía bromas al invitarme a un típico sauna finlandés; pero será para la próxima visita. El día anterior habíamos tomado un buque en un viaje hacia Mariehamn, que duró todo el día sábado.

 

La foto muestra el mar, pero no le hace justicia a la naturaleza que se esconde detrás del fotógrafo,  donde la vida salvaje explota por todos los rincones; pájaros, alces, ciervos, liebres gigantes que saltan cuando escuchan tus pasos, de todo se puede ver y escuchar en ese pequeño territorio de Lokalahti. Ana María me acaba de mandar por WhatsApp un breve video de ese refugio donde se escucha el cantar de un pájaro; me imagino que poco a poco irá conociéndolos y armándoles casitas porque ese lugar también es de ellos. Por ahora un fuerte abrazo al chofer de Neruda y a Ana María que la imagino rodeada de pájaros y de un alce gigante que se mete en el agua para cruzar hacia la otra orilla. ¿Estará también, ese alce, buscando qué hacer?

¿Trabajo? (III)

Finalmente encontré una farmacia en Pori, un pueblo pequeño, de calles húmedas y gente tranquila que es donde trabajamos ahora por unos días. Quedaba a una cuadra del Hotel, y al frente se ubicaba una librería de viejos. Imaginé que entraba y que me pasaba algo al caminar por ese lugar repleto de libros, pero donde no lograba entender nada. Fue lindo comprobar que los libreros son parecidos en cualquier parte del mundo; parece que todos hubieran nacido en el mismo lugar, parecen siempre unos extraños de cualquier bandera. Más que susto, sentí pena al tomar un libro y no lograr entender nada. Felizmente el aroma a papel usado actuó como calmante, y el pobre tipo se disculpó muchas veces por no tener libros en castellano o en inglés, que uno le consultaba. Y se veía viejo, es decir comprobé con satisfacción que entraba a ese reducto final, a esa trinchera de libros viejos donde el que atendía era más viejo que uno. Era chascón, de dientes mal cuidados, y siempre se movía con un libro entre sus manos; así me explicó que si seguía caminando y cruzaba la plaza, encontraría otras librerías y otros mundos donde a lo mejor tendrían libros en inglés. Pero me lo dijo como invitándome hacia otro universo, o como si me hablara de una leyenda. Su espacio era un lugar donde todavía se podía leer en papeles impresos, no solamente en los celulares, y donde todavía se contrataba a los viejos como empleados. Se despidió desde la puerta de entrada y mientras todavía tenía un libro entre sus manos.

Afuera caía una lluvia liviana que limpiaba nuestro Ford rojo, arrendado, que distraídamente dejamos estacionado debajo de un árbol durante la noche, cerca del Hotel. Al día siguiente amaneció como si un dragón negro se hubiese parado muy enojado sobre el techo del auto para mandarse la cagada del año. Tuvimos que usar el limpiaparabrisas y chorros de agua para poder llegar al trabajo.

En la Planta donde hemos estado trabajando durante estos días, aquí en Finlandia, todo ha transcurrido bien, y nadie sabe todavía que el futuro de nuestra pequeña planta, en Michigan, ya ha llegado a su término, y que tampoco podemos hablar de eso. Espero lo podamos hacer pronto para que los técnicos que trabajan para mí tengan tiempo de encontrar un nuevo trabajo. Tengo la impresión que nos darán la posibilidad de mudarnos a otras plantas, pero desgraciadamente a lugares distantes. Si uno no acepta, muchas veces te ofrecen una compensación proporcional a los años que has trabajado en la empresa. Paul –que trabaja para mí y ha viajado conmigo desde Michigan- me pregunta con insistencia si acaso me han informado de algo. No he podido contarle nada, pero intuye que se viene algo grande; espero no reaccione muy mal cuando lo sepa.

 

Aquí en la planta el nuevo proceso se mueve sin contratiempos, y cuando nos ha ocurrido un traspié, hemos salido adelante. Los tipos locales han sido amables, desde los jefes hasta los técnicos que trabajan de noche. Solo en una ocasión tuvimos que ir de madrugada por una emergencia, y en el camino a la planta se nos cruzó un pequeño zorro que felizmente no atropellamos. La gente de la zona maneja bien y es menos agresiva que en Michigan, donde vivo ahora, y donde en las autopistas siempre se ven animales atropellados, aplastados sobre el pavimento. Sólo en una ocasión nos detuvieron de sorpresa para analizar el aliento buscando alcohol. Yo sólo había probado café. Paul al menos disfruta de las cervezas y los saunas. Yo me conformo con menos, escucho radio,  o trato de leer. Veremos que sucede mañana, hoy nos invitan a comer ya que nos despedimos, partimos hacia la otra realidad en pocos días.

¿Trabajo? (II)

Mi hermano, Álvaro, me responde en la sección de los comentarios lo siguiente:

Hola, Cristián. Lamento si esto termina siendo cierto. No me lo esperaba…nadie se lo espera…recuerdo a Adriana Bráncoli –hermana de Valentina, la mejor amiga de Anita – y quien trabajaba en Tottus (empresa de Falabella) y me dijo hace ya muchos años: “Álvaro, el despido nuestro está anunciado..es un dato”…yo pensé que no dejaría de trabajar en Falabella…me imaginaba siempre ahí.

Entiendo que estarían cerrando la planta y que aún no está claro que sucederá con cada una de las personas.

Te deseo lo mejor. Un abrazo grande.

Tiene razón mi hermano y Adriana Bráncoli: “el despido nuestro está anunciado, es un dato.” Y eso es justamente lo que me está sucediendo ahora, en este instante.

Me acuerdo de Stan Ovshinsky, nuestro antiguo jefe en otra compañía. En las oportunidades difíciles, cuando tenía que hacer algo donde cambiaba las responsabilidades de los que trabajaban para él, pedía un gran almuerzo para apaciguar el dolor o las resistencias. Mientras mejor era la comida que él ordenaba a un restarán cercano, más cuidado había que tener porque se avecinaba un cambio grande y peligroso. Por eso ahora trato de comer bien, al menos en Finlandia. Así son las costumbres. Claro que me ha costado comer bien por el tremendo resfriado que me ha golpeado apenas me bajé del avión. A lo mejor es el resultado de las malas noticias que me han bajado las defensas. Siempre he sido sicosomático. Y me ha costado acostumbrarme al cambio de horario, me ha sido difícil. Ayer eran las dos de la mañana, o las 8 de la noche en Michigan, mi hora natural, y no podía conciliar el sueño. Por la ventana me consolé, o me acompañé como pude, al ver una pareja en la vereda que por largos minutos se abrasaban y se consolaban de algo, o sufrían juntos de algo. Ella lo abrazaba mientras él agachaba la cabeza. Así estuvieron por un largo rato, unos 15 minutos, hasta que lentamente se dejaron de abrazar para irse caminando por la vereda ya vacía. Por el celular escuchaba las radios de Chile y de USA, como la Bío-Bío y la National Public Radio. ¿Confusión?  Quién sabe. Ya se perdía la pareja por la vereda y todo quedaba desierto, terminado.

En mi Hotel todo está tranquilo; a lo mejor ha sido por mi insistencia en pedir un cuarto alejado de los elevadores y del ruido. ¿Insistencia de un viejito?

Mi amigo, Tyler, me comenta que en su industria, la de software, a los 50 años ya te consideran un viejito, un desechable. Si te quedas sin trabajo a los 49 ya estás jodido, terminado, consumido y sin un futuro laboral.

En un rato más bajaré a caminar por las veredas, veré como se ve todo desde el mismo lugar donde estaba la pareja de la madrugada. A lo mejor me sentaré ahí, por unos minutos. para ver como se siente la ciudad, la vereda, mi futuro.

¿Trabajo?

Parece que Cristián está definitivamente entrando en tierra derecha. Ya le comunicaron que su trabajo, o mejor dicho la pequeña planta que el maneja, está en la mira, se acaba, es decir se termina la fiesta. Al menos han tenido la gentileza de hacérselo saber, me contó el pobre, después de haberlo conversado con su jefe cuando lo llamaron de sorpresa a su oficina. Son los baches que se encuentran cuando se administra una planta que no sale barata, y que se amplifican todavía más cuando se mezclan con los problemas financieros de la casa matriz. Es simple, se necesita podar para disminuir los costos fijos. Pocos días antes de que Cristián partiera hacia Europa por asuntos de trabajo, su jefe le mandó un e-mail donde le pedía que lo fuera a ver a su oficina. Lo hizo, y no había alcanzado a sentarse cuando de repente, de un tirón, su jefe le contó la firme. Claro que al poco rato como que se frenó y le pidió disculpas, que no había logrado poner una defensa exitosa para salvarlos, le dijo. Y que probablemente en el futuro se necesitaría una planta como la de ellos, es cierto, y ahí vendrían todo tipo de recriminaciones, pero así son las cosas, así ocurren, y la decisión estaba ya tomada, había que cerrar la Planta.

 

Su oficina se notaba ordenada, pulcra, como la de un dentista, me contó, Cristian, y me dice que casi se cayó del asiento porque no esperaba una noticia como esa. Claro que su jefe no se dio cuenta, ya a estas alturas, Cristián finalmente a aprendido a disimular mejor las sorpresas, los desencantos. Hasta ese momento todo le iba resultando bien, incluso le habían pedido que fuera a prestar ayuda a Europa; por eso la desilusión tan grande. Su jefe después de pedirle nuevamente disculpas le dijo que se sentía como un sepulturero. Pero se notaba gentil, me cuenta Cristián, aunque había algo bastante cierto con esa caracterización, me dijo, porque tenía definitivamente algo de sepulturero, aunque él no se diera cuenta, no lo notara. Pronto y pasada la primera sorpresa, por breves momentos todo fueron tramites, firma aquí, le dijo, lee aquí, le dijo, para certificar de que ya lo habían informado, y donde se comprometía a no contarle nada a nadie todavía, a nadie de su grupo. Lo firmó. Su jefe respiró aliviado, como un dentista después de una faena dolorosa, ya había pasado lo peor. Después de eso hablaron poco, pero Cristian le preguntó si todavía lo necesitaban en Europa. Que sí, le dijo, de todas maneras tienes que ir, de manera que Cristian continuó con los preparativos del viaje. Antes de salir de la oficina, le dijeron que también habían posibilidades en otros lugares, en otras plantas, que no estaba todo perdido, pero desgraciadamente la Planta actual y que él operaba tenía que cerrar.

 

A los pocos días y en la casa de un amigo, de Tyler, Cristian contó lo que le estaba sucediendo. ¿Qué hacer? ¿Continuar con el viaje o simplemente cortar por lo limpio y cancelarlo todo, partir, no verlos más? No, le dijo Tyler, sigue, continúa, le contestó, de seguro ya tienen un plan para ti. Ellos también son previsibles, le recordó, en ese sentido tú también puedes considerarte como sentado en el asiento del chofer. Espera, mira, ve, le dijo, Tyler, un buen amigo y que en ese momento preparaba unas pizzas humeantes mientras ofrecía vino de La Rioja. Tienes que actuar con la cabeza fría, le aseguró, mientras le acercaba el vaso. Por suerte nuestras hijas, le contestó Cristián, ya crecieron y no les estamos pagando por la educación, o para mantenerlas, pero es complicada la sorpresa, el portazo, le dijo, eso duele.

 

Cuando llegó a su casa, Cristián sintió que le había ayudado el conversar el tema, tocarlo, mostrarlo para poder sorprenderse nuevamente o avergonzarse juntos. Por suerte las rutinas lo están ayudando, porque al poco rato de llegar, se puso a limpiar, a lavar platos, y a pasar la aspiradora. Los gatos le pedían comida y Copo, el perro regalón, lo esperaba para salir a caminar. Pero distraídamente se sentó en una mesa y se puso a ver un álbum de fotografías viejo, uno de tapas rojas y que se notaba trajinado. Entre las muchas fotos que tenía entre sus manos, vio una de sus padres sentados en la mesa de Algarrobo. Y notó con sorpresa que no se veían tan viejos como él los recordaba, y más bien parecían tener la edad de él ahora. Se acordó, contrariado, lo viejo que él sintió a sus padres en esos años, cuando los podía ver sentados en esa mesa de Algarrobo conversando, o terminando de comer para después ir a descansar. Trató de imaginarlos nuevamente de esa edad, y conversando con él ahora, todos juntos. Algo imposible, es cierto, pero que distinto habría sido, pensó, todos en la mesa y conversando como si hubieran tenido edades parecidas.

 

Tiempo atrás un amigo sorprendió a Cristián cuando sin motivo alguno le confesó a la pasada, que desde hacia tiempo que notaba que al llegar a una fiesta, a alguna reunión, a un encuentro, él era el más viejo de todos los presentes. Ahora ya notaba eso, y se lo confesó como mostrándole las curiosidades de este mundo.

 

Por la ventana del Hotel se ve una noche oscura aquí en Finlandia. Pilar me cuenta que antes de chutear definitivamente el tarro, le gustaría ver la aurora boreal.  Tenemos que hacerlo, alguno de estos días lo vamos a lograr.

La familia…o secretos de familia, o simplemente los secretos (V)

La nota siguiente no fue escrita por mí, pero me habría encantado haberlo hecho. Es un texto que escribió un amigo en respuesta a las notas anteriores referente a las familias y sus historias, sus secretos. Son recuerdos personales que parecerían muy ajenos, pero que de una manera bien especial los siento bien cercanos, casi míos; a lo mejor eso sucede por lo universales que son, por esa fibra humana que tocan donde se muestra un mundo, un universo personal, pero que también es nuestro por ese acercamiento tan entrañable hacia la vejez. Están editados mínimamente, y cuando lo hice, fue solamente para acercar ese recuerdo a la verdad emocional de esos momentos -aumentar “el eco”, como dice mi amigo-, que es lo que verdaderamente importa. Puede leerse mejor probando un cafecito sin apuro, o sentados frente al mar. Aquí va:

 

Cristián, leí tu relato y me quedó resonando, con eco, lo mismo que el relato anterior, el de una semana atrás. Pero no te preocupes, el que me provoquen eco es bueno, es positivo, no es como cuando escuché en una oportunidad poco feliz, el cuarto está mal amoblado, vámonos de aquí, se siente eco, me decían, y lo decían como un dictamen condenatorio, fulminante; así que nos fuimos, nos escabullimos raudamente como si el eco nos hiciera mal, nos enfermera.

Los ecos respecto a los recuerdos, que de por sí son imperfectos, de poca fidelidad, pueden no coincidir perfectamente con los hechos o las percepciones atesoradas, pero construyen nuestra vida. Siempre he tenido buena memoria, lo he sabido continuamente y lo he podido confirmar en mi vida diaria; de hecho hasta los 30 o más años padecí de una híper-memoria, una desagradable manía o capacidad de guardar todos los detalles de algo que me había sucedido. Y más que evocar, después me transportaban de cuerpo presente al instante vivido previamente, y dado que cuando chico era tímido, callado, me empujaban de regreso a esas “planchas” o momentos difíciles, pero también hacia la alegría. Eran fuentes que me ayudaban a revivir las emociones. Esa conciencia tan vivaz de los momentos pasados debí trabajarla incluso con algo de terapia, ya que episodios de culpa mínima hacían recriminarme varias veces el mismo hecho hasta el atontamiento. Logré sobrepasar esos temas, pero los hechos se han quedado siempre ahí, siguen vivos, y los busco y saco a voluntad cuando deseo.

Trataré de contarte algunos episodios que ilustran como los recuerdos soportan nuestras vidas cual andamios o hilos firmes que nos posicionan en lo que somos.

Mi madre tiene 89 años y ha estado enferma en estos días. Siempre ha sido hipocondríaca. Creo que hace unos 30 años que no sale de su casa por más de cuatro horas. Ayer sábado, mi hermana y mi padre la llevaron a la Clínica después de averiguar si podían hacerle imágenes con equipos de campaña, es decir con rayos-X’s portátiles, ecógrafos, etc. Se enteraron de que no es posible, y de serlo sería caro y bien poco común. Pero al menos aprovecharon de pasearla por Valdivia. Me enviaron una fotos donde se ve feliz, casi como descubriendo por primera vez esa ciudad y sus calles que fueron sus dominios durante tantos años, cuando manejaba su auto junto a ese carácter fuerte y complejo heredado de sus abuelos, esos de rancia aristocracia y donde se “roteaba” sin miramientos a quien no fuera “como uno”. En un momento, la discusión más enredada se centró en como bajarla del auto y subirla a una silla de ruedas. Me cuentan que los dejó a todos mudos cuando zanjó la discusión con un…. “no, por favor, no; que todo Valdivia creerá que soy vieja. Pásenme un sombrero grande y con anteojos”. ¿Qué percepción tendrá de ella misma? ¿La de cuarenta años atrás? He conversado largamente sobre estos temas con ella, sobre el paso de los años y donde le gustaría vivir en el futuro. Me ha dicho que le gusta estar donde están sus cosas, sus revistas, sus recuerdos; al final ese es su mundo, el suyo propio. Y siempre me agrega como para convencerme, ¡en otros lugares no sabría donde está el baño, mijito! ¿Cómo lo hago si necesito el baño? Dime, dime: ¿cómo lo hago? El baño, ¿me entiendes, mijito? ¡Tanto te cuesta entender a tu propia madre, la que te parió!

¿Qué puedo explicarle a mi madre? ¿Imaginará que muchos lugares ya no tienen baño, o que los baños ahora los esconden, los mueven, son portátiles, los cambian de lugar? Realmente no lo sé.

Mientras conversábamos sobre los baños traté de ordenar una rima de revistas polvorientas que a todas luces nadie había leído en décadas. Pero de improviso y de una esquina del dormitorio, como si me llegaran ecos de un país lejano, me ordenó afligida, deja mis cosa ahí, no revises nada, no muevas nada, no cambies nada. Me levanté titubeado, -sin moverle nada, por supuesto- pero recordando, repasando todos esos años que vivimos juntos, cuando de sorpresa vi sobre su velador las cartas que le escribí cuando nos fuimos becados a Rumania, por ahí en el año 86-87. Las tenía delicadamente abiertas como recién llegadas por correo, con esos sobres y papeles crujientes y translucidos de bordes tricolores. Las había releído y vuelto a releer y vuelta a sorprenderse con las noticias de mi juventud como si las cartas le hubiesen llegado una semana atrás. Tampoco se las cambié de lugar, no se las toqué, pero noté con pena que esa realidad, la de mi madre, y esa percepción tan vívida de su entorno cercano y su cobijo, la hacen sentirse segura; ese es su espacio, es lo conocido, ese es su hábitat. Noté que sus recuerdos le permiten afirmarse en ellos como muletas, como “burritos”, para seguir, para continuar hacia adelante con su vida.

Mientras te escribo este correo me avisan que murió su perro, el Chopo, esta mañana a las 3:30 AM. Lo enterraron a las 7:30 en el jardín; creo que será un golpe fuerte para ella; fueron 16 años de un fiel compañero que la escuchaba y no la contradecía, no la contrariaba. Mi padre me confiesa que ese estado de máxima dependencia en que se encuentra ahora, lo obliga a estar anclado en la casa y sin poder moverse.

Salgo de su cuarto mientras la escucho todavía lejana, todavía distante; y que no le toque las cartas, me recuerda, deja mis cosas ahí, me pide, no revises nada, no muevas nada, no cambies nada…..

Me quedé levitando afuera de su cuarto y esperando algo (¿a alguien?), sin moverme; esta vez era yo el que no movía nada. Toda la casa y los pasillos estaban en silencio y creo que llegué a palpar el aroma de las alcayotas. ¿Qué edad tendría en ese entonces? ¿Qué edad habré tenido? Corría el año 66 o 67 cuando llegamos a este sitio que nos parecía tan lejano, húmedo y desconocido, con olor a pinos y a ese barro hediondo que rodea a las alcayotas. Llegamos en un auto de color granate y con olor a tapiz nuevo. Y con mis 10 años me preguntaba si mi padre sabía lo que estaba haciendo. Y ahora, frente al implacable paso de los años, puedo decir que sí, me he dado cuenta que invariablemente supo lo que estaba haciendo; y nos hizo partícipe de sus sueños y también de sus locuras, esas que se han quedado conmigo para siempre. Son recuerdos que como el burrito de mi madre, todavía me acompañan y ayudan a moverme en esta vida.

 

Y mi amigo termina el texto con evocaciones que parecen oraciones, lágrimas, o simplemente eso: recuerdos de familia…… pero ya sin los secretos:

-¿Te acuerdas de la alfombra roja, en tu casa de Avenida Suecia?

-¿Lo potente del sol que se acrecentaba y crecía por las rendijas de los postigos a medida que avanzaba el día, en tu casa de Avenida Suecia?

-¿La crujidera de las maderas del pasillo, en el segundo piso, en tu casa de Avenida Suecia?

-¿El olor del baño de la Guillermina, la empleada, siempre con filtraciones y humedad, en tu casa de Avenida Suecia?

-¿El portazo que daba tu padre al llegar o al irse al hospital, en tu casa de Avenida Suecia?

-¿Esa bodeguita/bar, bajo la escalera, llena de arañas y polvo y más arañas, en tu casa de Avenida Suecia?

Sí, me acuerdo; me acuerdo de todo eso y mucho más.

La familia… o secretos de familia, o simplemente los secretos (IV)

¿Por qué escribo estas notas? A veces siento que lo hago y las escribo pensando en los amigos, los sobrinos, sobrinas y amigos especiales, esos amigos que son casi parientes, y otros que ya están en otra parte, que han partido lejos, como Ignacio Carrión, que falleció, murió, pero que de todas maneras imagino leyendo por ahí, en España. Imagino que si ya no puede leer, al menos le abría gustado leer una de estas notas, algo así como un saludo tardío, trasnochado. A lo mejor por eso todavía se las mando por e-mail a Chus, su viuda.

 

Mi tío Lalo, tío por lo amigo, tío por lo cercano, tío por los e-mail que nos escribimos, y tío porque somos parientes por el lado de la Pili, me manda mensajes y cometarios a las notas que a veces lee. Tiene un grupo de buenos amigos que se juntan en un supermercado Jumbo para conversar y verse y contarse historias frente a un cafecito, un pastel de choclo o un sándwich de pernil. La última vez que fui a Chile me invitaron a compartir con ellos. Me encantó escucharlos en ese juego de mirar hacia atrás como riéndose del mundo, para después mirar hacia delante pero ya con más reticencia; todavía alegres, optimistas, y como si todavía tuvieran ese horizonte amplio, infinito, de un tipo de veinte años. Recuerdo que me gustó saber de un amigo de mi tío Lalo, un buen amigo de su grupo, que ya en el Hospital, en su lecho de muerte, se alegraba cuando mi tío le leía las notitas que le llegaban por e-mail. Me llenó de felicidad saber que se las llevaba a su amigo enfermo. Me lo imaginaba sentado en una silla, en un cuarto de hospital, leyendo, y ese amigo escuchando, y a lo mejor en sus buenos momentos, todavía transportándose hacia otros mundos por intermedio de la imaginación y las palabras. En un mensaje de hace pocos días, mi tío, me escribió….. “estás recreando una vejez interior hermosa acorde a tu “mate”, y eso es bueno. Yo me demoré demasiado en lo mismo. Cuando conversamos con los viejos (que tú conoces) coincidimos con lo tuyo. Por lo tanto es fácil deducir que llegando a los 60 afloran los análisis y los recuerdos maravillosos. No se te ocurra perder la memoria; es morir y caminar como un zombie. Tengo grandes amigos que están en esa situación horrible. La torta de la juventud ya la comimos, y ahora sin retorno, no queda otra que comernos la de la vejez, que tiene sus ventajas mientras no haya dolor y soledad. Un abrazo. Lalo”

 

Es interesante eso que muchas veces nos ocurre, esas vivencias o sufrimientos o soledades que percibimos como tan privados, son en realidad bien universales. Otro amigo me comentaba lo siguiente….” Veo la nota que escribiste respecto de tu familia que también es un poco mí familia. Son cosas que nos pasan a todos y las contamos poco. Así creemos que somos los únicos sufrientes en este drama humano. Me cuenta un amigo que perdió a su padre hace como un mes, que varias veces lo ha visto caminar por el centro, por las calles por donde iba a almorzar o a tomarse un café. Ha corrido a hablarle, ha corrido a saludarle y se ha dado cuenta en un flash amargo, que su padre ya murió hace pocos días.” Y, Patricio, otro amigo, me cuenta lo siguiente…. “curioso lo del departamento de Vicuña Mackenna en sus primeras cuadras, donde se ubican hasta hoy las dos edificaciones en las que transcurre tu relato. La Facultad de Química y el departamento de tía Maruza. Esas áreas han sido defendidas férreamente por el plano regulador de Providencia; tanto Vicuña Mackenna como el Parque Bustamante, que se ubica al oriente de este. El área esta tal cual y debes recordarla, nada se ha demolido ya que solo se puede reconstruir lo mismo, no hay riesgo de que eso se caiga. Han desaparecido tus tíos y nana, no así su entorno, menos tu recuerdo. Quizás otra pareja de viejos y su antigua nana viven en un departamento de parqué rojo-oscuro brillante, de cortinas pesadas y esa luz que solo dan las primeras construcciones de hormigón armado, de ventanas pequeñas y rasgos de muros anchos. Ahí cerca de una callejuela transversal, Almirante Simpson, hay un antiguo restarán/prostíbulo llamado “Casa de Cena” donde van viejos contadores e hípicos quebrados, algunos de la construcción. Cuentan que es otro mundo, su mundo, donde hay otro tiempo y otras costumbres; es como ir al caminito de Buenos Aires, locales con luz de tango. Voy con eso de que la memoria nos ayuda a mantener el rumbo de la vida, y que uno completa muchas veces lo faltante. Cuando los padres no están, uno vive una vida proyectada, haciéndolos vivir a ellos, acompañándonos, como viendo fotos antiguas de cuando éramos pequeños; ¿cuanto de recuerdo hay ahí, y cuanto es pura construcción de nuestra realidad? De seguro mi hija, hijos deben cruzarse con varias Maruzas y Pepes y nanas Teresas luciendo delantales mojados y lunares carnudos y peludos. Muchos de ellos buscarán aún a alguien conocido o parientes entre sus recuerdos que seguramente también han ido perdiendo poco a poco.

Un abrazo, ¡sigamos buscando!”

 

O a lo mejor es uno el que terminará paseando por esas calles, Patricio, o por otras calles,  Patricio, viviendo en un país lejano y de otro clima, buscando y regresando a sus orígenes a medida que se quema el tiempo, a medida que se acorta el tiempo, transportándonos hacia esos tomates jugosos que un día me ofrecieron en el departamento de mi tía Maruza, empujándome hacia otro abrazo con Teresa, la empleada bigotuda que me apreciaba tanto, la empleada bigotuda que fumaba tanto, y a lo mejor en veinticinco años más –con suerte, con bastante suerte-, ya completamente trasnochado y rodeado solo de recuerdos, y leyendo unas notitas semanales que me manda alguien por e-mail, un amigo, ya rodeado de fotos viejas, desteñidas, rodeado de fotos torcidas donde veo a alguien que se parece a mi padre cuando chico, o a uno de mis hermanos cuando éramos pequeños, fotos robadas a tirones de algún álbum, me acercaré a darle un abrazo a un joven de 20 años, aquí en Michigan, en Ann Arbor, que encuentro parecido a alguien “de mi tiempo”, a alguien que veo en esa fotos, para hablarle de Teresa o de mi tía, para darle un abrazo sin notar que eso no se hace, que eso no es necesario porque el mundo se ha movido hacia otros horizontes, hacia las nuevas generaciones que lo intentan hacer mejor que uno -espero- o igual que uno –espero que no- . Pero el joven de chaleco de lana blanca, patagónica, se asustará al chocar contra mi lunar carnoso y peludo que ya no puedo disimular sobre mi rostro, que ya no me puedo afeitar, y dejará su celular a un lado para preguntarme bien nervioso, para preguntarme bien asustado, qué deseo, qué busco, qué me pasa. A lo mejor ahí me daré cuenta que he llegado al tiempo de la despedida, y que hay que darle el turno a otro.

La familia…o secretos de familia, o simplemente los secretos (III)

Todavía recuerdo mi entusiasmo; porque llegué tarde a eso, al entusiasmo; me costó esfuerzo descubrirlo, pero una vez que me tocó, se quedó conmigo y se ha demorado en emprender su vuelo, en abandonarme. Noto, eso sí, que con los años el entusiasmo se opaca poco a poco y pierde altura, noto que ya me cuesta más esfuerzo interesarme en algo que descubro, por ejemplo, en algo que aprendo, pero felizmente el entusiasmo no ha desaparecido del todo, no completamente.

 

Mi último entusiasmo en esta “fase de los entusiasmos” ha sido la memoria. Encuentro que es justamente ahí, lo que hemos vivido a través de los años, lo que hemos conocido a través de los años, lo que hemos sufrido y gozado a través de los años, eso es lo que nos hace verdaderamente únicos y distintos….. pero siempre que lo recordemos. Si en algún momento pierdo un brazo, creo que seguiré siendo el mismo de antes, pero si pierdo mi memoria, mis recuerdos, ahí creo que es grave, ahí empiezo a ser otro.

 

Son curiosas las escenas, las conversaciones, los actos que a uno se le fijan para siempre; no conozco cómo funciona ese mecanismo en el cerebro por el cual uno los selecciona y guarda. El departamento de ellos, por ejemplo, quedaba bien cerca de la antigua Facultad de Química y Farmacia donde yo estudiaba en ese entonces, casi vecinos, por eso mi padre concertó una visita mía, por qué no los vas a ver, vas a almorzar, me dijo. Y así lo hice, fui a ver a su hermana, a mi tía Maruza a su departamento para comer algo y saludarlos. En ese tiempo estudiaba química y me resultaba fácil ir a verlos, y por eso fui; además deseaba verlos. Terminé una clase de química en uno de esos auditorios de madera bien usada, antiguos, y pasé a verlos. Lo curioso es que el único que almorzó en ese momento fui yo, porque el único que se sentó en una mesita fui yo, el único que probó un pan con tomate y jamones fui yo. Mi tía Maruza estuvo ahí, se movía y conversaba pero nunca se sentó a la mesa, y los pobres me atendieron como si estuvieran rindiendo un examen de grado fulminante. Recuerdo que me ofrecían unos tomates lindos, rojos y jugosos, eso lo recuerdo bien; y que no paraban de rebanar tomates, de producir torrejas de tomate jugosas para que no me fuera a faltar nada. Nos dijimos poco a través de las palabras o en lo conversado, pero nos dijimos mucho en nuestros gestos, donde lo más importante fue encontrar un hueco donde pudiéramos poner las manos, o donde las pudiéramos dejar quietas o escondidas. El tío Pepe no estuvo presente, pero su figura la sentíamos sobrevolar sobre el departamento como una sombra grande. Además de mi tía Maruza, estaba su empleada, Teresa, la empleada de “puertas adentro” que tuvieron siempre. Ella lucía un delantal de cuadritos azules un poco sucio y donde se sobaba las manos y se las secaba. Fumaba mucho, y tenía los dientes cafés y picados de tanto fumar. Cuando uno la saludaba, siempre me fijaba en sus dientes. Y sobre su rostro lucía impunemente una barba y unos pelos negros, largos, o blancos, como canas, y que nunca se afeitó. Pero cuando ella me veía dejaba de fumar para abrazarme como si hubiese sido un hijo suyo. Genuinamente creo que me apreciaba, y la recuerdo con cariño. La última vez que la vi, iba saliendo del Hospital del Salvador. A lo mejor fue en una de sus visitas rutinarias poco antes de morir.

 

Me he dado cuenta que muchos de los mayores de esos años estaban más perdidos que uno, algo así como si el trabajo de ellos hubiese sido mostrarse invulnerables, aunque fueran vulnerables, fuera dar la impresión de que lo sabían todo aunque eso no fuera realmente cierto, porque pese a sus años sabían poco, y conocían incluso menos.

 

Es interesante poder llegar a la edad de uno para mirar hacia atrás, y hacerlo con los anteojos de padre, es decir uno mismo y después de transcurridos varios años como padre, padre de dos hijas. Y después lo veo a él –mi padre- y su misterio crece, a lo mejor porque fuimos “fabricados” en generaciones diferentes y con problemas distintos. Su historia no fue nunca mi historia, y tampoco se la conocí completamente. Se que  trató de hacerlo lo mejor que pudo, como lo he tratado de hacer yo, y también sé que se enfrentó incógnitas tremendas, abandonos que yo no conocí. Lo veo caminar, muchas veces lo imagino caminando, pero lo veo caminar solito.

 

 

¿Y cómo podría terminar esta notita, ahora, en un día de agosto, en una noche de agosto, en el 2018? ¿Cómo hacerlo ahora en Míchigan, cuando mi tía Maruza y Teresa y mi padre y N. N. y tantos otros ya se han evaporado? Me gustaría hacerlo imaginando a Teresa, la barbuda, la de pelos negros y largos sobre el rostro, o blancos, canosos sobre el rostro, elevando volantines o jugando con el avión del tío Pepe, y el tío Pepe cortándome más torrejas de tomate y riéndose, finalmente riéndose y ofreciéndomelas en el almuerzo, y a mi padre en el auto, de regreso a casa, contándome que un día se sintió muy solo, eso que los adultos nunca nos confesaron o nos dejaron ver porque estaba casi prohibido hacerlo, o porque uno a lo mejor les pedía que supieran de todo, o que entendieran de todo y nos hablaran de lo bueno y lo bonito. Y uno entonces dejaba de mirar por las ventanas del auto, dejaba de mirar hacia afuera, hacia los edificios altos que parecían moverse a gran velocidad, para mirarlo a él.