22. Culpa

Este texto lo he reescrito varias veces, pero no me preocupa la repetición; es parecido a lo que me sucede con mis platos de comida favoritos o las historias que comparto entre amistades. Cada vez que las relato, surgen matices nuevos, detalles que se exageran o se desvanecen, y las versiones se entrelazan, como si el pasado nunca fuera fijo sino una suma de voces que lo reinterpretan. Incluso mi hermano suele corregir o añadir elementos cuando escucha mis relatos, y mis antiguos compañeros de colegio –siempre atentos y algo burlones– aportan sus propias versiones, enriqueciendo o desafiando mi memoria. De alguna manera, el acto de narrar nos une y nos diferencia, y esos relatos repetidos se convierten en una especie de ritual donde todos participamos.

Durante una visita a Chile, tomaba mi café con leche tibia —aunque ese detalle podría ser inventado, lo importante es la atmósfera— mientras los gatos de mi hermana pedían comida desde el patio trasero de la cocina y el bullicio de los autos nos llegaba desde las calles de Santiago. Mi hermana, siempre con esa mirada curiosa, me mostró unos cuadernos antiguos de mi época escolar que encontró en el entretecho de su casa. Fue ella quien, con una sonrisa nostálgica, recordó cómo también escuchábamos juntos las canciones de Gianni Morandi, y cómo ese ritual de girar vinilos bajo una aguja delicada era parte de nuestra infancia. Eran los años de Gianni Morandi y sus canciones inolvidables, como “Vagabondo”, “Zingara” y “Ojos de Chiquilla”, éxitos grabados en vinilos que hacíamos girar bajo una aguja delicada, o escuchábamos por radio. Hoy, esos mismos discos han vuelto a estar de moda, pero en esos días resonaban en la cotidianidad de nuestros hogares y, según mi hermano, marcaban pequeños instantes de felicidad familiar, un refugio frente a la agitación de la ciudad.

Mi colegio, el San Ignacio, era una mezcla de tradición y modernidad. Sus muros de ladrillos de colores y techos altos guardaban secretos y ecos de generaciones de estudiantes, entre los que deambulábamos cada mañana, cargado de libros y dudas. Allí, la figura de los profesores —serias, cansadas, a veces dulces— nos guiaba a tientas por los misterios de la vida adulta. Uno de ellos, el profesor de historia, acostumbraba a detenerse en la puerta del aula y preguntar con voz profunda: “¿Quién se atreve a cuestionar el pasado?”; esa frase, que repetía cada semana, se convirtió en parte de nuestro mito escolar. En los recreos, mis compañeros debatían sobre asuntos triviales, como el mejor sabor de merienda o el próximo partido, pero a veces, en una esquina, la hermana de uno de ellos se acercaba y nos preguntaba sobre las notas o nos ofrecía dulces, gestos pequeños que, vistos hoy, adquieren una dimensión especial en mi memoria. El aroma de la cera fresca en los pisos se mezclaba con la humedad de las mañanas frías, y a veces sentía que ese perfume era lo único que me anclaba al presente. Los pasos resonaban en los pasillos, y las voces de los profesores nos guiaban a tientas por los misterios de la vida adulta. Aquel lugar era un refugio, pero también era un espejo amplificado de un Santiago inquieto, lleno de heridas y violencias. Vivía a pocas cuadras, así que durante las mañanas recorría ese trayecto a pie, sintiendo que el año escolar era un abismo interminable. Visto desde la distancia —desde Michigan, desde esta otra vida— me invade una melancolía vibrante, un anhelo de regresar aunque solo sea para perderme en la rutina de esos días santiaguinos. Todavía siento la magia de esas mañanas de invierno, cuando la escarcha cubría los charcos y uno al pisarla, el crujido nítido parecía romper no solo el hielo sino también el silencio íntimo que me acompañaba. Era como pisar cristales diminutos, un pequeño placer secreto, un instante de poder entre la fragilidad que me invadía.

Al llegar a la esquina de Los Leones con Pocuro, debía cruzar frente a una casa amarilla. Allí, cada mañana, un grupo de ciegos esperaban, en un silencio que me dolía, a que les abrieran el portón de entrada. El contraste era brutal: los autos pasaban veloces, indiferentes, mientras ellos permanecían quietos, sostenidos en la paciencia y la vulnerabilidad. A veces, su espera me llegaba con una punzada de culpa, porque nunca reuní el valor para ayudarles. Me refugiaba en la esperanza secreta de que otra persona lo hiciera mientras yo apuraba el paso, cobijado en mi propia timidez y miedo. Esa deuda, esa omisión, todavía me acompaña, y cada vez que veo a un ciego en cualquier ciudad del mundo, la herida se reactiva: no sé si acercarme, si intervenir, o si la cobardía volverá a vencerme. En más de una ocasión, mi hermano—que a veces caminaba conmigo—me sugería que les ayudáramos, pero yo me negaba, y su mirada, mezcla de reproche y compasión, aún pesa en mis recuerdos.

Más adelante, pasaba frente a una casa de dos pisos, de muros blancos, abandonada poco después del Golpe de Estado. El jardín, antes ordenado, era ahora una jungla desbordada donde las plantas avanzaban salvajes, como si reclamaran su espacio ante el olvido. Imaginaba a quienes vivieron allí, sus festejos, sus miedos, y sentía una mezcla extraña de nostalgia y desasosiego. Me detenía unos segundos en el umbral de esa casa, casi podía oler el perfume a madera vieja y tierra húmeda que se filtraba desde el jardín. ¿Hay, en ese abandono, algún gesto que redima el dolor? Quizá en el recuerdo de una fiesta, en la risa de un niño, queda flotando una luz que compensa el vacío. En medio de la maleza, una flor solitaria, ajena a la violencia del tiempo, abría sus pétalos con obstinación: ese detalle, tan mínimo, basta para que el pasado no sea solo condena.

Poco antes de cruzar la verja del colegio, solía toparme con el loco del barrio, ese hombre de apenas cuatro dientes y ojos extraviados, tendido entre la maleza de los jardines públicos. Recuerdo, con una mezcla de pudor y rabia, cómo para algunos de mis compañeros él no era más que un personaje de burla, un blanco fácil disfrazado de juego. Por unas monedas lo hacían bailar, reír, y en ocasiones, llevaban la broma al límite de lo insoportable, empujándolo a la humillación cuando le ofrecían unas monedas extras para que se masturbara, celebrando entre risas los gestos que hoy me resultarían intolerables. Yo pasaba rápido, simulando indiferencia—o intentándolo—, pero en realidad me acompañaba siempre un nudo en la garganta y la sensación áspera de quien ve demasiado y calla.

Hay en ese recuerdo una pausa, donde percibo la ambivalencia de la infancia: la inocencia y la ternura se mezclaban con el miedo al grupo y la vergüenza del silencio. Recuerdo haber cruzado la mirada con el loco del barrio, sentir una compasión súbita que nunca llegó a traducirse en acción, pero dejó en mí una fisura, una pequeña grieta en la coraza de la indiferencia. Quedó flotando la pregunta: ¿Y si me hubiera atrevido a acercarme, aunque solo fuera para apartarle una hoja del cabello o devolverle una mirada limpia?

La infancia, lo veo ahora, es ambigua y desarmada: la inocencia convive con el miedo al grupo, la ternura con la vergüenza, y de ese revoltijo nacen pequeñas piedras que sigo cargando en los bolsillos.

¿De qué huía? Tal vez de enfrentar mi propia mirada, de admitir la fisura que los silencios iban dejando. La culpa es persistente, se instala con sigilo y no se borra; al contrario, se transforma con los años en relato, en memoria, pero nunca se disuelve del todo. El dolor de no haber actuado, de no haber dicho nada, es un eco que sigue vibrando bajo la piel, y aunque intento narrarlo, la herida no desaparece; solo cambia de forma, se vuelve palabra, susurro, pero continúa ahí, doliendo.

Y así sigo, porque el tiempo pasa y apenas mudo de piel: callo, me enmudezco ante lo que duele. Lo mismo ocurrió con el asesinato de Frei Montalva—esa muerte solapada que se coló en mi casa sin avisar—. Recuerdo al doctor Goic entrando en silencio al living de nuestra casa, sentándose junto a mi padre en el viejo sofá de felpa café. Eran dos hombres mayores, ensayando consuelos a medias, esforzándose por armar un puzle de muerte, traición y cobardía. Pero la angustia flotaba, densa como el aire antes de la tormenta, y el intento de consolarse era torpe, insuficiente: solo lograban multiplicar el peso de los secretos.

En aquellos silencios de la casa, en las conversaciones truncas y las sombras cruzando el pasillo, aprendí a evadir el conflicto, a sobrevivir callando. ¿Es esa la herencia más profunda que recibimos de nuestros mayores? ¿La estrategia de esquivar el dolor, de dejar las preguntas en suspenso, transmitida de generación en generación?

Me pregunto, a la distancia, si hay redención posible en el recuerdo, si narrar el pasado basta para aliviar el peso de la culpa, o si solo perpetuamos el ciclo de las omisiones y el miedo. Tal vez, al menos, la memoria nos deja la posibilidad de mirar atrás y, aunque sea por un instante, intentar romper el silencio.

Quizá la culpa tiene esa curiosa habilidad de trazar hilos invisibles entre escenas distantes, uniendo el asesinato de Frei Montalva, el temor paralizante ante los ciegos en la esquina, y la pasividad ante la crueldad de mis compañeros con el mendigo frente al colegio. Todas comparten la raíz de la evasión, ese impulso de cerrar los ojos frente a lo que duele. Me detengo aquí, en medio de esas imágenes, y me pregunto si algún gesto, por mínimo que haya sido, podría apaciguar ese desasosiego: a veces basta una mirada, una palabra, para que la memoria no sea solo condena.

Tal vez intenté refugiarme en la inercia, en la distancia, pensando que el dolor sería menos real si callaba. Pero la culpa, incansable, regresa siempre, se cuela por los pliegues de la vida y me recuerda que el verdadero escape es imposible. Ahora sé que, al final, la única salida está en reconocer esas ausencias, en aceptar la fragilidad con la que cargamos nuestras decisiones y omisiones, y en abrir espacio para esa humanidad compartida que late bajo la memoria.

A lo mejor estos recuerdos sobre los años de colegio emergieron hacia la luz gracias al aroma de la cera fresca en el piso lustroso de la casa de mi hermana, junto al café que ella nos servía en la mesa, ritual sencillo que abría la puerta a los años en que San Ignacio era refugio y espejo de una ciudad convulsa. Los ladrillos multicolores, los techos altos, las voces de los profesores y el eco de nuestros pasos componían el escenario donde aprendíamos a mirar el peso de la historia y, a veces, a intuir la posibilidad de redención en los recuerdos: en una risa, un gesto amable, una flor solitaria abriéndose en medio de la maleza.

O quizá fue el blog de Paul Krugman, en The New York Times, que cada viernes ofrecía un video de YouTube. Esa vez fue Peter Gabriel con su Don’t Give Up. De ahí salté a Gianni Morandi y a Leonardo Favio, y me detuve en los comentarios de quienes escuchaban esas canciones del recuerdo. Al leerlos, me invadió el deseo de haber estado ahí, en ese bus que se menciona en el siguiente comentario, compartiendo la música y el alivio momentáneo que trae:

 

Pasando una vez por Tulúa, por el estadio donde había un concierto de música de los 70’s y 80’s, el conductor del bus se estacionó por un rato y todos disfrutamos de la música de Piero: gran artista. Por un instante, sentí que el tiempo se suspendía y la alegría flotaba entre nosotros, desconocidos unidos por las notas y las letras que nos remitían a épocas en que la vida parecía más sencilla, o al menos, menos pesante. Ese pequeño gesto del conductor —detenernos para escuchar— fue un respiro, una pausa luminosa en medio de la rutina, y sigo pensando que a veces basta tan poco para reconciliarnos con el presente.

Verano del 69. Mi paso por la secundaria. Esta y otras canciones acariciaban nuestros oídos y nuestros corazones. Otros tiempos, sin duda… difíciles en lo económico, pero a quién le importaba. La música nos transportaba a otro mundo, distinto, placentero. Recuerdo las risas de mis compañeros, la complicidad en las miradas furtivas, la algarabía tras el timbre de salida. Gracias a Leonardo, Sandro, Leo Dan, Piero, Roberto Jordán, Marco Antonio Vázquez, Enrique Guzmán, Serrat, Roberto Carlos, Julio Iglesias y tantos otros, aprendimos que la belleza podía colarse incluso en las jornadas más grises, y que a veces la memoria del sonido es un refugio ante las ausencias y las pérdidas. Gracias por esas canciones del alma, por hacer de la nostalgia no solo un lamento, sino una posibilidad de ternura compartida.

Y así, entre aromas y melodías, la memoria se transforma unos segundos en un territorio donde es posible reconciliarse con el pasado, aunque sea por instantes. El eco de la música, el perfume del café, el brillo de la escarcha bajo el zapato: imágenes simples que, al contrastar con la culpa y el auto-reproche, traen una luz breve y honesta, recordándome que aún en la fragilidad se puede encontrar sentido y consuelo.

Al cerrar este viaje por el pasado, quisiera experimentar con una apertura final: ¿Hasta qué punto nuestras omisiones definen quiénes somos? ¿Es la culpa solo el reflejo de aquello que decidimos callar? Quizá la memoria solo encuentra redención en gestos mínimos, como ese instante compartido en el bus o una palabra amable lanzada al aire. Tal vez la respuesta se encuentre en una imagen persistente: en el crujir de la escarcha bajo mi zapato en las mañanas de invierno, en el aroma del café mezclado con la cera, o en el eco de las voces que me invitan a enfrentar, sin huir, el peso de mis decisiones. Así, la historia no concluye, sino que se transforma en una pregunta abierta que acompaña cada paso que doy, y donde sigue resonando la música de mi infancia y mis recuerdos. Y en esa resonancia, a veces, el dolor se atenúa y aparece la esperanza de reconciliarnos con lo vivido.

En la madrugada de un sábado cualquiera aquí en Michigan, en el año 2015 o 25, eso importa poco, enciendo el laptop con otro café caliente entre mis manos, y releo el comentario generoso que me mandó mi amigo español, Ignacio Carrión, que en esos años todavía nos acompañaba a la distancia, desde Valencia, España. Me mandó su opinión por un e-mail después de leer el texto de más arriba y donde enfatizaba la importancia que tiene la memoria, y también la culpa. En sus palabras encuentro eco y compañía: recordar es, finalmente, un modo de buscar consuelo, aunque sea imperfecto; es intentar reconciliarse no solo con el pasado, sino con la propia fragilidad. La culpa persiste, sí, pero también lo hace la posibilidad de transformar el recuerdo en palabra y, quizás, en una forma de redención compartida:

Llega de Michigan el correo electrónico de un buen amigo chileno que vive allí, en los EE. UU., desde hace años. Me habla de otros tiempos en los que escuchaba canciones de Gianni Morandi por la radio de Santiago (Vagabondo, Zingara, Ojos de Chiquilla), y eso le lleva a recordar la infancia en su país. El texto contiene todo eso pero además contiene otra cosa: la culpa, esa sombra que nos acompaña a lo largo del tiempo y nos devuelve al instante preciso de su origen: cuando uno cree que debe hacer algo y no lo hace; cuando uno desea evitar una injusticia y no la evita. Sigues caminando hacia la escuela, o hacia donde sea, a sabiendas de que debiste ayudar a un ciego a cruzar la calle, y que debiste impedir que unos muchachos abusaran de un vagabundo loco y tampoco actuaste. Y esto queda para siempre en la memoria, no se borra, sigue ahí y sabes que seguirá ahí hasta el final, y sólo te queda el consuelo de escribirlo, aunque es un consuelo que a lo sumo mitiga la angustia —el remordimiento— pero jamás la elimina. La imagen de los ciegos en espera de que alguien los ayude a cruzar la calle, la imagen del loco desdentado que divierte a los muchachos y sacia su crueldad, son indelebles. Cuando menos lo esperas, saltan. Cuanto más las recreamos, más poderosas vuelven. En cierto modo, nos intimidan mucho más, aunque las arrastremos por la fuerza a la escritura. Pero a veces, en medio de esa inquietud, se cuela una brizna de ternura: el recuerdo de una melodía, el vapor del café, la risa inesperada de un amigo, nos recuerdan que en la memoria también anida la promesa de reparar, aunque solo sea un poco, la herida.

Y quizá, justo hoy, decido dejar el laptop encendido y salir a la calle. Veo a un anciano esperando en la esquina, y sin pensarlo, me acerco y le ofrezco mi brazo para cruzar juntos. No es un gesto grandioso, pero es en ese instante cuando espero que la memoria se reconcilie con el presente y la culpa se transforme en acción. Es un acto simple y sencillo, donde podemos elegir enfrentar la sombra y vislumbrar la luz.