Intentemos nuevamente: levantemos otras alfombras, removamos el polvo de los rincones que por costumbre o miedo dejamos sin mirar, y repasemos el pasado con una mirada más atenta y menos indulgente. El tiempo, con su costumbre de disolver los contornos y desteñir los recuerdos, a veces también los revive con inesperada nitidez, devolviéndome situaciones que en su momento parecieron triviales o incluso felices, pero que ahora, vistas bajo una luz distinta, adquieren un peso desconocido y se impregnan de significados nuevos. Es como si el sentido de las cosas fuera cambiando de lugar, obligándome a buscar pistas en detalles olvidados, a tocar las viejas fotografías con las yemas de los dedos, intentando descifrar en el polvo de la memoria alguna señal escondida. Me doy cuenta de que necesito comprender aquellos episodios pasados, darles un sentido aunque el proceso sea agotador y muchas veces me deje más preguntas que respuestas. Sin embargo, el tiempo es un animal indócil: lo que para algunos es pasado cerrado, para otros es todavía herida abierta; las circunstancias cambian, las prioridades también, y muchos de quienes compartieron esos momentos ya no están, se han ido sin dejar testimonio. La escritura, en este intento de alumbrar el pasado, se transforma en una pequeña lámpara, una esperanza tenue que me impulsa a seguir buscando, incluso si el misterio sigue sin resolverse. A veces creo que basta con atrapar esos instantes fugaces, esos destellos repentinos que vuelven sin avisar, para darles cabida antes de que se pierdan otra vez en el olvido. Son momentos especiales porque, de pronto, las certezas se disuelven: aquello que era obvio —como que 2 + 2 es 4— se vuelve misterioso, y la lógica de la vida se desliza hacia lo insólito, donde 2 + 2 puede transformarse en un 22, un número que no encaja, una anomalía que revela lo imprevisible. Reconocer esos momentos, capturarlos aunque sea un instante, es un milagro. Cuando logro aferrarme a uno de ellos, permanece conmigo, incorruptible, como una llama imposible de extinguir.
Me enteré de la muerte de Frei mientras caminaba por Euclid Avenue, en Cleveland, en medio de un invierno que parecía desafiar cualquier intento de consuelo. El aire, tan frío que cortaba la piel, me hacía sentir ajeno, casi transparente, frente a la mole inabarcable y grisácea de la universidad. Esto ya lo he contado antes, pero vuelvo a repetirlo porque sigo buscando un sentido, como si al nombrarlo de nuevo pudiera encontrar oxígeno en una habitación cerrada. Era el 23 de enero de 1982, un día envuelto en ese silencio blanco del invierno. Caminaba sin prisa, arrastrando los pies por calles desconocidas, todavía incapaz de hacerme parte de ese mundo, cuando, de repente, me detuve frente a una vitrina empañada. Allí, en la portada del The New York Times, un titular me detuvo: Eduardo Frei Montalva había muerto.
La noticia me estremeció, dejándome suspendido en el tiempo, como si la ciudad entera se hubiera congelado junto conmigo. Cuarenta años después, ese instante sigue vivo, anclado en mi memoria, convertido en un punto de partida para una búsqueda interminable. La muerte de Frei se volvió una sombra persistente, una pregunta sin resolver que me acompaña en cada etapa de mi vida; es un rumor sordo que a veces se manifiesta como rabia, otras como tristeza o impotencia. Es imposible librarse de esa angustia que nace de la sospecha, del peso de una verdad que siempre parece estar a punto de revelarse y nunca termina de salir a la luz. A veces querría dejar de buscar respuestas, rendirme ante el enigma, pero mi memoria insiste y mi corazón no se resigna: sigue removiendo escombros, rebuscando entre fragmentos dispersos, intentando armar el rompecabezas de lo que ocurrió realmente.
Días después, mi padre me envió una carta escueta, escrita con una cautela que en ese momento no comprendí. No había detalles, apenas unas líneas para informarme, como si la omisión de información pudiera protegerme de algún peligro invisible. Solo después comprendí, con una claridad que duele, que a veces es preferible no saberlo todo, que el olvido parcial o la memoria incompleta también pueden ser una forma de sobrevivir a verdades que nos desbordan.
Uno de esos fragmentos 22, momentos imposibles de olvidar, se me incrustó como una astilla en la memoria. Ocurrió en la playa de Punta de Tralca durante la Convención Anual de la Sociedad de Química de Chile celebrada entre el miércoles 25 y el sábado 28 de noviembre de 1981. Yo terminaba mi licenciatura en química y sentía un impulso incontrolable de huir —nunca supe exactamente de qué o hacia dónde—, pero la necesidad de escapar parecía más poderosa que cualquier argumento racional. La atmósfera de la convención, cargada de expectativas, sólo amplificaba ese deseo de desaparecer que me perseguía desde hacía meses.
Recuerdo que era sábado, el último día de la conferencia. El aire marino rugía a pocos metros, brindando esa mezcla de libertad y vértigo que solo el océano me ofrece. Estábamos conversando en el estacionamiento, rodeados por la brisa y el sonido lejano de las olas, cuando apareció Eugenio Berríos. Su presencia rompió la calma, como una ráfaga de viento frío que anticipa una tormenta. Su mirada, inquieta y sin reposo, transmitía una energía contagiosa, pero llena de una inquietud inexplicable. Por aquel entonces, yo todavía no sabía quién era Berríos ni tampoco conocía el papel siniestro que desempeñaba, pero ahora sé que diez días antes, durante la operación de Frei Montalva en la Clínica Santa María, probablemente él había contaminado las compresas con talio, iniciando así el proceso que lo llevaría hacia su muerte.
Berríos llegó envuelto en una energía nerviosa, de comedia, que lo precedía como una sombra agitada. Bajó de su Fiat 125 blanco y cerró la puerta con un portazo teatral, un gesto que aún escucho. Actuando como un mago a punto de revelar un truco, abrió la maleta de su auto con deliberación y encanto para extraer un botellón de whisky Chivas Regal. Lo blandió como si fuera un trofeo de guerra o una ofrenda destinada a sellar una alianza secreta entre quienes lo rodeábamos. La botella, elevada como un cetro improvisado, parecía lanzar destellos que, lejos de iluminar, oscurecían el ánimo del grupo, presagiando que esa noche marcaría un antes y un después. Alzó la botella hacia el sol poniente; y con su risa estridente y contagiosa, nos invitó a celebrar, a lanzarnos despreocupadamente al vértigo de la noche que apenas comenzaba, sin que ninguno de nosotros pudiera sospechar la verdadera oscuridad que se tejía a nuestro alrededor.
En ese instante fugaz, Berríos parecía un hombre luminoso, cordial, incluso entrañable, incapaz de causar daño alguno. Nos contó, con una voz teñida de triunfo y complicidad, que venía de almorzar con “el Mamo” en su restaurante favorito, La Juanita, ubicado en San Antonio. Todo sonaba tan simple, tan anecdótico, que jamás sospeché la oscuridad que asomaba bajo la superficie de sus palabras. Lo que entonces me pareció una simple historia de camaradería, hoy lo interpreto como el preludio de una conspiración, donde la cordialidad era apenas un disfraz para encubrir el horror. Hoy, al repasar esa escena con la distancia que me dan los años y el peso de los hechos, veo con horror los hilos oscuros que la atraviesan.
Ahora me pregunto: ¿Venía, Berríos, de la Clínica Santa María, donde supervisaba cada detalle antes que Frei Montalva tuviera que volver para así rematarlo con gas mostaza? Ya lo he contado antes, pero no creo que sea malo repetirlo. Diez días antes, el 18 de noviembre, a Frei lo habían operado de una hernia al hiato, y desde entonces, comenzó a mostrar síntomas de una posible obstrucción intestinal, una recaída provocada intencionalmente por Berríos al contaminar con talio las compresas. ¿Venía entonces a informarle al “Mamo” Contreras, ansioso de poder y reconocimiento, sobre los progresos, y a compartir noticias recientes y promesas de éxito? En su casa, Frei ya vomitaba, víctima de esas molestias inducidas tras la operación. Lo sabían por las escuchas instaladas en su casa y las pistas de su chofer que lo contaba todo. El proyecto avanzaba como lo habían previsto, por eso su felicidad, por eso el Chivas Regal. Berríos se notaba bullente, dichoso en ese mundo de intrigas y secretos tan cercanos a ese poder que lo embriagaba. Ahora sólo le faltaba administrar el gas mostaza una vez que Frei se hospitalizara nuevamente. ¡Sus médicos amigos son unos grandes bobos. Frei está jodido! ¡Salud, carajo! Nunca imaginé que la historia, vista desde el confort aparente de una celebración, ocultara una trama tan perversa, donde la vida y la muerte dependían de gestos insospechados y decisiones impensables.
Hoy, al mirar atrás, me horroriza descubrir cómo los hechos encajan de manera tan precisa y siniestra, revelando una trama mucho más oscura de lo que entonces podía imaginar. Aquel botellón de Chivas Regal, que entonces fue motivo de alegría y celebración, ahora me pesa como un mal augurio en el recuerdo. La atmósfera, impregnada de una falsa alegría, ocultaba bajo sus capas la tensión de lo irreversible; cada carcajada era apenas un intento torpe de silenciar el eco de la tragedia que se gestaba a nuestro alrededor.
Quizás, mientras “el Mamo” Contreras saboreaba su congrio frito, calculaba mentalmente los favores que le debía Pinochet. Sentía que el puesto de general de ejército ya no le bastaba; sus aspiraciones crecían al ritmo de su cercanía con ese gran poder. Todo esto ocurría delante de nosotros, pero, en nuestra ingenuidad, no alcanzamos a imaginar la profundidad del abismo que se abría frente a nuestros pies, ni la gravedad de lo que se gestaba en ese encuentro. Ahora, al recordar esa tarde en Punta de Tralca, siento que trato de olvidar, noto que la dicha y despreocupación de entonces, se transforman en huida. Revivo esos momentos y comprendo que, entre risas y brindis, estábamos celebrando —sin sospecharlo todavía— el inicio de una tragedia que marcaría nuestras vidas y la historia del país.
En ese momento no comprendí o no quise comprender que “el Mamo” era Manuel Contreras, el temido director de la CNI, ni que Eugenio Berríos, con su simpatía desbordante y su verborrea, era mucho más que un invitado extravagante: era el químico de Pinochet, el arquitecto de venenos como el gas mostaza y armas capaces de decidir la vida o muerte de los opositores. Todo sucedía ahí, frente a nosotros; la historia se tejía en medio de nuestras risas y brindis, frente a nuestra ingenuidad absoluta, sin que ninguno pudiera siquiera intuir el abismo invisible que se nos abría.
Berríos, ese hombre que la historia terminaría rotulando como “el químico de Pinochet”, seguía siendo para nosotros alguien digno de admiración, sobre todo por el botellón de Chivas Regal que sostenía como si fuera una joya de la corona. Cuando Fernando, con la voz cargada de una impaciencia palpable y un temblor inconfundible en la mirada —como si la urgencia le atravesara el cuerpo— propuso que lleváramos el whisky a mi casa en Algarrobo, el ambiente cambió. Berríos aceptó sin pensarlo mucho, soltando una carcajada explosiva, de esas que vibran en el pecho y dejan una estela incómoda, como un eco de algo irrepetible. El botellón, elevado con orgullo, era a la vez símbolo de camaradería y presagio de un destino oscuro, como si cada trago nos acercara un paso más al borde del abismo que aún no veíamos.
Berríos no se detenía; era como un torbellino, con sus manos siempre inquietas, la corbata azul torcida que se ajustaba una y otra vez, y su chaqueta perfectamente cortada que modelaba con nerviosismo, le corregía las arrugas de sus bolsillos con sus manos chicas como asegurándose esa imagen de un triunfador. Estiraba el cuello hacia adelante, como si la camisa lo ahogara, una convulsión incontrolable que lo acompañaba siempre. Su vanidad era evidente, pero más allá de eso, parecía necesitar esa elegancia como un escudo contra su propio tormento interior. De vez en cuando, alzaba el botellón de whisky como si fuera un talismán, una protección contra la oscuridad que lo acechaba y que, de alguna forma, todos sentíamos aunque no pudiéramos nombrarla. El horizonte, salpicado de gaviotas y de esa brisa fría y marina, observaba la escena como un testigo cómplice y distante. Por primera vez sentí que algo profundo y peligroso estaba ocurriendo, aunque aún no pudiera entenderlo del todo.
En cuestión de minutos, terminamos todos reunidos alrededor de la mesa de vidrio de nuestra casa, como si nos hubieran arrastrado a ese escenario. El Chivas Regal, bañado en el sudor de la botella, se repartía en vasos que temblaban en nuestras manos, reflejando el nerviosismo que nadie quería admitir. El sonido de los vasos chocando se mezclaba con las miradas que buscaba refugio en la transparencia del whisky.
Berríos se instaló en la cabecera con la naturalidad de quien siempre manda, sin pedir permiso ni disculparse. Bastó con que abriera la boca para que todo cambiara, como si cada palabra suya fuera una carga más sobre nuestros hombros. Hablaba sin parar; nombres propios y anécdotas desfilaban con la misma facilidad de fórmulas químicas imposibles, garabateadas sobre servilletas de papel que de pronto parecían documentos oficiales. Las servilletas, cubiertas de garabatos, se apilaban frente a él como si fueran pruebas de un juicio secreto, mientras el humo de su cigarrillo dibujaba círculos en el aire, envolviendo sus palabras en una bruma de incertidumbre. Nos prometía riquezas y contactos, dejaba caer promesas de poder entre bromas y medias verdades. Cuando mencionaba la boldina o el boldo, su tono se volvía casi solemne, como si estuviera revelando secretos de Estado que podían decidir la vida o muerte de un conejo o de un desconocido.
Pero lo que más me heló la sangre fue su descarada familiaridad al hablar del “Tata”. Ahí supe quién era Berríos y sentí temor. Sobre todo cuando nombraba a Pinochet como si estuviera entre nosotros, al alcance de su copa, el “Tata”, riendo junto a la mesa con nosotros. Cada vez que sus ojos nos atravesaban, buscaban un atisbo de miedo, esa chispa de fascinación o pánico que alimentaba su propio espectáculo; era evidente que disfrutaba vernos incómodos, como un titiritero probando los hilos del poder.
Con cada trago, sentía que el whisky me servía más para ahogar el deseo de huir que para celebrar. El histrionismo de Berríos era magnético y, al mismo tiempo, aterrador: actuaba para no ser olvidado, para dejar una marca, como si presentara su propio juicio ante nosotros.
Cuando llegó el momento de la despedida, una oleada de frío inesperado me recorrió la espalda. Le tendí la mano y sentí la suya flácida y helada, casi inhumana, mientras con la otra seguía aferrado al botellón casi vacío, ese objeto que parecía su escudo, su único refugio en la madrugada. Su sonrisa, antes amplia y bulliciosa, se fue disolviendo en la sombra, dejando tras de sí una inquietud punzante, como si supiera –y nosotros también, aunque no quisiéramos admitirlo–, que el verdadero peligro apenas comenzaba y que, tarde o temprano, el miedo terminaría por alcanzarnos a todos.
Llegué de regreso a Santiago, y apenas habían transcurrido unos pocos días cuando, sin previo aviso, la vida me arrastró hacia otro fragmento 22. O quizás, más bien, a una sombra más larga y profunda de aquel episodio inquietante que aún me perseguía. Era de noche, una noche en la que cualquier golpe en la puerta retumbaba como un mal presagio. El doctor tocó el timbre con la urgencia de quien huye de sus propios pensamientos —como si ese umbral ofreciera protección frente a un fenómeno devastador—. Al entrar, lo vi atravesar la sala con el rostro pálido y desencajado, los hombros encorvados bajo el peso de un secreto que le robaba la energía. Cada vez que cruzaba esa puerta, la atmósfera se volvía solemne, religiosa. Su entrada era el preludio de una confesión que nunca terminaría de llegar: Frei ya había reingresado a la Clínica donde lo habían operado por segunda vez.
Goic se reunía con mi padre, su colega y amigo de toda una vida, en un ritual que transformó nuestra casa en un santuario de preocupación. Las conversaciones fluían entre susurros, con rostros apretados y miradas que evitaban encontrarse, como si temieran que el más mínimo intercambio pudiera desatar los demonios que rondaban cerca. Las manos temblorosas se aferraban a las tazas de café como náufragos a una balsa, buscando calor donde ya sólo había frío. Yo, mientras tanto, observaba desde la distancia —apenas detrás de las paredes—; escuchaba fragmentos de frases que se deslizaban a través de la oscuridad del pasillo: “urgente”, “infección”, “no sabemos cómo rescatarlo”, “no despega, todavía no despega”.
La salud de Eduardo Frei Montalva era el epicentro de la angustia, el núcleo incandescente de una tragedia que se desplegaba día tras día. Los médicos luchaban como soldados exhaustos en una guerra invisible, cada análisis y cada dosis eran intentos desesperados por retener a Frei del borde de un abismo que se abría insaciable. Recién operado en la Clínica Santa María, de una hernia al hiato —aparentemente sencilla, rutinaria— había desencadenado una infección brutal, impredecible, que mantenía a los médicos al borde del colapso, luchando contra el reloj y la impotencia. Mi padre, aunque no pertenecía al equipo médico a cargo, había estado cerca en los días previos, y sus palabras ahora parecían proféticas y trágicas. Con una mezcla de impotencia y temor, le recomendó al doctor y a Frei Montalva que viajara al extranjero para operarse fuera de Chile. Le confesó, con voz dolida, que no podía hacerlo en la Clínica Indisa. Nunca se atrevió a revelar el verdadero motivo: esa intuición escalofriante de que algo oscuro y peligroso podía acecharlo en Chile. Su silencio era su escudo, porque hablar —en ese tiempo— era de alto riesgo, podía costarle más que la tranquilidad, podía costarle la vida.
Ahora lo veo con más transparencia: el silencio de mi padre no solo fue un escudo, fue también una derrota, una rendición ante fuerzas demasiado oscuras y poderosas. El silencio de mi padre era un muro invisible donde se estrellaban las preguntas no pronunciadas, y en su mirada se asomaba el miedo de quien conoce el peligro pero no puede advertirlo. Imagino el temblor en su voz, la mirada esquiva tratando de convencer, que considerara operarse en Estados Unidos. “Allá es más seguro, la cirugía aquí es compleja, hay riesgos…” Pero cada palabra caía como una piedra helada en un pozo sin fondo. Sin pretenderlo, ese consejo se transformó en una triste coartada para los culpables; fue adoptado por el discurso oficial, ese que convierte el miedo en explicación y la muerte en una mera coincidencia, casi como si la tragedia hubiera sido inevitable desde el principio.
Frei no escuchó; tal vez no pudo, tal vez no quiso. Había en él una fe obstinada en el país, en sus médicos, en la nobleza de lo propio; confiaba en la patria como quien se abraza a una promesa antigua, sin notar que el suelo bajo sus pies se resquebrajaba y las sombras crecían a su alrededor. Confiaba en la patria como quien confía ciegamente en el calor de un hogar, sin ver las grietas ni las sombras que acechan en las esquinas. ¿Cómo no percibió el abismo? ¿Por qué prefirió aferrarse a la esperanza, aun cuando los fantasmas de su propia historia le susurraban advertencias?
Pienso en los crímenes que habían teñido de sangre esos años: el estruendo sordo que dejó el asesinato de Prats y su esposa en Argentina, el eco aterrador de Letelier en Washington, el horror de Leighton y su mujer baleados en Roma. Neruda muerto en esa misma clínica. El eco de los crímenes pasados latía en cada rincón, y la confianza se volvía una especie de obstinada resistencia, incapaz de detener la herida abierta que era Chile. Chile entero era un cuerpo marcado por cicatrices, con la memoria aún abierta y supurante. Y, sin embargo, en ese instante, la confianza —ese amor ciego por la tierra— venció al miedo, y el país volvió a perder a uno de los suyos. Ahora, al reconstruir ese momento, me duele la ingenuidad, la ternura de quien cree que el bien siempre triunfa, el apego a una patria incapaz de defender a sus hijos.
La Clínica Santa María no puso trabas para la operación, pero en cuanto terminó el procedimiento, casi de inmediato, empezó ese calvario que ahora me resulta insoportable de evocar: la infección se propagó con la velocidad de una tormenta inesperada, y el cuerpo de Frei, antes fuerte y confiado, se fue apagando con rapidez, como si la historia misma dictara su destino. Era como si la desgracia hubiera estado agazapada, esperando el instante exacto para atacar de manera fulminante.
Las visitas del doctor Alejandro Goic —jefe del equipo médico, pero sobre todo amigo de mi padre— se volvieron un ritual inquietante, fantasmal; su silueta en el umbral era sinónimo de malas noticias, y su presencia llenaba la casa de gravedad y sigilo. Llegaba como quien busca refugio y redención, con el rostro consumido por la responsabilidad. Cada noche, su llamada era el preludio de una vigilia interminable, una alarma que nos obligaba a estar siempre listos para lo peor. El timbre, el saludo medido, la mano tibia pero temblorosa, y la mirada huidiza, siempre fija en el suelo, parecían ensayar palabras de consuelo que nunca llegaban. Goic caminaba lento, arrastrando el cansancio y el miedo. En el sillón del cuarto de estar, ambos —él y mi padre— discutían datos médicos con voces bajas, impregnadas de incredulidad y temor, las palabras cuidadosamente elegidas, como si temieran que, al nombrar el horror, este pudiera volverse real y tangible. La esperanza alguna vez se cifró en un antibiótico milagroso que vendría de Estados Unidos, una pequeña luz que jamás alcanzó a atravesar la penumbra de esos días.
Jamás me dejaron escuchar; la puerta se cerraba lentamente como un telón pesado, y yo me quedaba afuera, en el corredor, masticando la ansiedad y la impotencia, adivinando fragmentos de conversaciones que nunca terminaba de entender. Comprendía los peligros de saber demasiado, pero sentía en la piel la amenaza, la magnitud de lo que se estaba decidiendo al otro lado. En esa sala no había brindis, no existía el amparo de un trago ni consuelo en la comida; solo el silencio, y la preocupación suspendida como una nube tóxica, mientras mi gato, el Olaf, atento, hacía guardia al pie de la escalera como si también él, con su instinto animal, percibiera que algo oscuro y definitivo se estaba tejiendo entre las paredes.
Así como la desgracia entró de puntillas en la vida de Frei y llenó la casa de presagios y silencios, también los secretos y las traiciones sellaron el destino de Berríos. Años después, leo en Wikipedia y en La Nación los detalles del final de Berríos: lo obligaron a exiliarse para impedir que compareciera como testigo. Lo traicionaron y terminaron ejecutándolo de rodillas en una playa de Uruguay. Me detengo a pensar en la cantidad de secretos que llevaba consigo, en todas las muertes que presenció o de las que fue testigo, en cómo hablaba de esos hechos y en el miedo que provocaba en quienes lo rodeaban, precisamente porque temían lo que pudiera revelar. Ahora comprendo con mayor nitidez que su destino estaba decidido mucho antes del disparo final: su vida fue una trama marcada por silencios impuestos y traiciones constantes, en la que jamás tuvo una verdadera oportunidad de escapar:
Los últimos días de noviembre de 1992, arrodillado y atado por los brazos, al químico lo obligaron a bajar la cabeza. Arturo Silva le dio el primer tiro. El otro lo disparó uno de los tres militares uruguayos bajo arraigo en Chile. Fue un pacto de honor y silencio. Una bala por cada país.
Con el paso de los años, la vida me ha llevado a reencontrarme, una y otra vez, con viejos amigos, exiliados y profesores ya retirados. Cada uno de esos encuentros tiene el poder de reabrir suavemente antiguas heridas. Despiertan en mí una mezcla de nostalgia, de cariño profundo y de un dolor persistente que nunca termina de desaparecer por completo. Así, en un aeropuerto cualquiera—en medio de la multitud y el ruido incesante de los altoparlantes—vuelvo a cruzarme con Fernando. En sus ojos noto una urgencia especial, la de alguien que no solo quiere recordar, sino que necesita confirmar que la memoria sigue intacta, que los recuerdos no se han desvanecido por completo. Se acerca hacia mí, tembloroso, y me lanza una pregunta directa y contundente, como si arrojara un plato roto: ¿Te acuerdas? De inmediato siento cómo el pasado, ese pasado que he intentado ocultar bajo capas de silencio y olvido y alfombras, se abre de golpe bajo mis pies. Fernando siempre ha sido el tipo de amigo que, aun en la distancia, encarna la lealtad y la carga compartida; su vulnerabilidad y esa manera de buscarme para confirmar el pasado me conmueven, porque en sus gestos leo no solo miedo, sino un profundo deseo de encontrar sentido en lo que vivimos juntos.
Intento escapar de esos recuerdos, fingir que no existen, ocultar mi incomodidad detrás de una sonrisa, pero las memorias son obstinadas; me rodean, me acechan, no se van. El rostro de Fernando, con sus manos temblorosas, me transporta de inmediato a ese momento que preferiría olvidar. Sin embargo, la verdad termina por surgir, inevitable, como una marea que no se puede contener. ¿Acordarme de qué, Fernando? Aunque sé cuál es el tema: ese episodio del pasado que ambos tratamos de evitar, pero que sigue gravitando sobre todos nosotros.
—¿Te acuerdas cuando estuvimos con Berríos en tu casa de Algarrobo?
La escena entonces vuelve a mí con una claridad abrumadora: el aire lleva ese olor salino tan distintivo de la costa cuando nos reunimos en la casa de Algarrobo. Hablábamos en voz baja, cuidando que nadie más nos escuchara, y recuerdo perfectamente la risa de Berríos, corta y nerviosa, como si estuviera siempre al borde de confesar algo importante pero peligroso. Era evidente que vivía acosado por sus propios secretos y las amenazas que lo perseguían, y aunque buscaba en nosotros un poco de paz, nunca logró relajarse del todo; su inquietud se sentía en el ambiente, en la manera en que apretaba el vaso y miraba hacia la ventana empañada por la bruma. ¿Qué habría hecho yo, si Berríos, el químico de Pinochet, su Tata, pasado a trago y abrumado por la culpa, nos hubiese confesado su primicia, qué Frei estaba por morir? ¿Le habría contado a mi padre al llegar a Santiago, o asustado, temeroso, habría guardado silencio como tantos otros?
-¡Sí, Fernando, todo eso ocurrió, nos juntamos con Berríos en mi casa de Algarrobo!
Fernando se aleja con prisa, casi arrastrando los pies, como si cada paso fuera una batalla contra el tiempo para no perder su vuelo de regreso a Chile. Antes de irse, se despide con un “Chau, viejito, nos vemos”; su voz suena desgastada, cargada de nostalgia y emoción. Camino unos pasos y, al volver la cabeza, lo observo cojeando ligeramente: sus movimientos delatan el paso de los años y el peso de todo lo vivido. Por un instante, el bullicio del aeropuerto desaparece; lo único palpable es el temblor de sus manos, como las manos chicas de Berríos sujetando el Chivas Regal, y el brillo apagado que asoma de sus ojos cuando se despide. En ese reencuentro fugaz, percibo la fragilidad de la memoria y la forma en que los años depositan sobre nosotros una pátina de resignación, dejando cicatrices invisibles en el gesto más cotidiano.
Miro las pantallas buscando mi vuelo de regreso a Michigan, pero ese gesto, que parece tan trivial y automático, en realidad esconde una profunda sensación de vértigo. De repente veo un botellón de Chivas Regal en una estantería del duty free , y el rumor lejano del mar de Algarrobo regresa y me envuelve; siento el frío de la playa, la luz del atardecer filtrándose entre los cristales, y el peso de los años instalándose una vez más en mi horizonte. Por un instante mi cuerpo viaja y regresa a Punta de Tralca, a ese oleaje antiguo, a ese cruce de miradas en una tarde que en apariencia fue inocente, pero que nos dejó marcados. Me pregunto si en aquel momento también elegí escapar, si fui incapaz de enfrentar lo que ocurría, y si alguna vez lograré dejar atrás ese instante decisivo en que de un modo irreversible, las certezas se rompieron y 2 + 2 dejó de ser un 4 para de manera absurda, transformarse en 22. Fue un momento en que la vida se me desbordó, y la culpa y el pasado se entrelazaron para convertirse en un único y persistente recuerdo del que no me puedo desprender.