A lo mejor me habría ido del país

Después de escribir la nota anterior (“Los he visto”) quedé con los deseos grandes de levantar una alfombra más, o de remover una alfombra ya vieja, añosa, para que esos pobres pájaros de la memoria emprendan vuelo, salgan, vivan, respiren aire fresco.

 

Era de noche y el doctor Goic, médico y amigo de mi padre, y amigo también de Eduardo Frei Montalva, ex presidente de Chile en los 60, llegaba a nuestra casa por la noche para conversar con mi padre. Desgraciadamente nunca pude estar presente (no me dejaron, me protegían), pero se notaba que lo que ocurría frente a ellos era algo importante. Y esto lo he escrito o lo he tratado de escribir en otras oportunidades, en borradores traspapelados, notas, sueños, pesadillas de otro tiempo, de manera que a lo mejor este texto sale repetido o regurgitado; pero como lo contaba en la nota anterior, uno a veces trata de correr alfombras, de moverlas, pero estas se niegan y vuelven a caer, se rebelan y vuelven a tapar la herida, la hendidura, a cubrirla, y entonces nada vuela. Como contaba, era de noche y transcurría el año 81, cuando lo primero que llegaba era una llamada telefónica, y que sí, te espero, le decía mi padre, no es ningún problema, le decía mi padre, ven y conversamos. Y clic, clic y colgaba el fono de plástico, ruidoso, y al poco rato llegaba el doctor Goic que venía de la Clínica Santa María donde atendían a Eduardo Frei Montalva antes de fallecer de una septicemia aguda, inexplicable, misteriosa, pero que con los años sería identificada como envenenamiento con talio y gas mostaza. Conversaban, pero todo en medio de un aire sigiloso, casi callados, casi mirando las palabras que se repetían y volaban sobre esa soledad de la noche en esa casa. Y afuera, en la calle Las Violetas, había siempre un auto estacionado donde una pareja parecía trabajar en sus cariños, sus besos de mentira, en sus falsedades, porque más que nada vigilaban, miraban y tomaban nota sobre los que llegaban y los que se iban de la casa. A lo mejor eran “compañeros de trabajo” de mi primo que también fue de la DINA (el servicio de inteligencia organizado por Pinochet).

 

Al ver a mi padre recibiendo al doctor Goic por la noche palpé la soledad con que uno a veces enfrenta las circunstancias de la vida, esa soledad que se fragmenta solo con el uso de una navaja filuda porque se ve sólida, pesada. Como nos cuenta Anne Lemott en un tweet reciente, los mayores, esos de los cuales confiábamos cuando pequeños, nunca nos contaron que la vida iba incluir a veces una soledad tan grande. Primero el doctor Goic tocaba el timbre, y uno corría a abrirle la puerta donde también se notaba el mundo exterior callado y silencioso, donde incluso los autos parecían desaparecer, o parecían moverse pero sin motor, sin ruido. Al poco rato entraba y se quedaban conversando en el living de la casa mientras uno se iba al segundo piso a descansar, era de noche.

 

Años después a mi padre no le quedarían dudas: Frei había sido envenenado, había sido asesinado en la Clínica Santa María. Incluso ese convencimiento lo ayudó a sortear con éxito otro envenenamiento posterior, cuando tiempo después, en la Clínica Indisa, él operaría a la hija de Frei Montalva, Mónica Frei, una mujer que nunca se metió en la vida pública del país, pero que aparentemente también había sido escogida como víctima. Ahí fue cuando mi padre enfrentó en carne propia un misterio parecido, y que él muy bien intuyó que se trataba de un envenenamiento con semejanzas que le resultaban familiares. A mi padre nunca le había ocurrido algo parecido, tan raro, donde después de una intervención quirúrgica inocua a la columna, se desarrollara una infección tremenda que tuvo al borde de la muerte a su paciente. Tiempo después supe, por mi madre, que mi padre le había confesado….”quieren amedrentar a los Frei, a la familia Frei, para que nunca más se metan en política”. En este nuevo caso, y debido al envenenamiento anterior de Eduardo Frei, mi padre sospechó algo raro y se preparó mejor. Mi padre había aprendido la lección y le salvó la vida. No sé cómo lo hizo finalmente, cómo se defendió, y nunca se lo pregunté en mis viajes de visita a Chile, pero me imagino que fue algo importante, como ubicarle un guardia a la entrada de su cuarto, o a lo mejor administrarle el mismo los medicamentos. Lo triste es que pese a que Mónica Frei salvó con vida, quedó indignada con mi padre. Y no sospechó nunca nada criminal, más bien creyó en la incompetencia de mi padre o de la Clínica como los causantes de haberla mantenido al borde de la muerte. Algo parecido le ocurrió también años después, cuando atendió a Jorge Lavandero después de una paliza que le dieron en la calle por investigar los movimientos de dinero de Augusto Pinochet. Recuerdo que le colocó guardias en el cuarto de la Clínica Indisa, y me imagino controló muy bien los medicamentos que le administraba.

 

Siento nostalgia cuando escribo ahora, y también algo de pena, cobardía, tristeza. ¿Por qué cuesta tanto retirar alfombras? ¿Por qué cuesta tanto dejar que los pájaros emprendan vuelo? No lo sé. A lo mejor se parece a como evolucionan los traumas de abusos sexuales, por ejemplo; lentamente, con sigilo, acaso con algo de temor.

 

Intentémoslo de nuevo; acompáñame, siéntete solo, sola por un rato, no te asustes. Imagínalo así: era de noche y se respiraba soledad y casi abandono. El aire se notaba quieto y lleno de interrogantes filudas, dolorosas, de esas que muchas veces preferimos no tocar. Sonaba el timbre de la calle que se activaba al presionar un botón de bronce redondo y salías a abrir la puerta de la entrada. En la calle Las Violetas está el auto que vigila de costumbre. Estás solo y ves al doctor Goic que llega también solo. Le abres la puerta y lo dejas entrar así, solo y lleno de fantasmas. Lo saludas, pero lo notas apesadumbrado, cargando pesadas piedras sobre su espalda aunque no se le veían. Y después escuchas los pasos de mi padre que baja también solo del segundo piso de la casa –ya era tarde- para conversar callados, solos, y para decir eso que no se podía confesar: ¿Sería posible? ¿Sería posible que una simple operación inocua haya degenerado en algo así, una infección tan grave y que mataba a Eduardo Frei Montalva? ¿Acusar a quien y cómo, del envenenamiento? ¿Conseguir pruebas de donde y cómo del envenenamiento? ¿Mencionar algo en la prensa? ¿Una entrevista sobre el envenenamiento, para después ser acusado de médico incompetente, de tratar de encubrir los errores personales, propios, acusando a las autoridades de ese entonces u otros médicos y sin ninguna prueba? ¿Y por qué cuesta tanto decir algo ahora, o encontrar testigos? O por qué no decirlo ahora, claramente, y anunciar que al menos ocurrió algo inexplicable, y decir que sí, que muchos médicos tuvieron dudas. Pero esa alternativa, después de tantos años, tampoco parece funcionar; al hacerlo habría que reconocer que se tuvo miedo, mucho susto, temor a decir algo y que por eso se calló: ¿Cobardía? ¿Espanto?

 

Felizmente mi padre no estuvo entre los médicos tratantes, esa no fue su especialidad, pero se había convencido -sobre todo con el paso de los años- de que Frei había sido envenenado, había sido asesinado. Claro que nuevamente todo se complica porque nunca tuvo pruebas; solo tenía a su familia, hijos, hija a los que había que proteger porque “les podría pasar algo”…… como le ocurriría a la familia Frei, que tristemente fue agredida.

Recuerdo que me enteré de la muerte de Frei Montalva cuando caminaba por la Euclid Avenue, frente a la Universidad de Case Western Reserve, en Cleveland, y lo leí en primera plana. Era un 23 de Enero del año 82 y hacía un frío intenso en Cleveland. Había llegado hacía muy poco días de Chile. Crucé la calle porque por un cambio de horario, la clase de química orgánica a la que tenía que asistir sería en otro edificio, detrás de la biblioteca principal. En ese tiempo todavía no reconocía bien las calles, esas que pronto formaría parte de mi ciudad, mi nuevo entorno. En el titular del The New York Times, que pude leer detenido en la vereda, adentro de una vitrina de metal y a través de una ventanita de vidrio, anunciaban que Eduardo Frei Montalva había fallecido el día antes. Varias semanas después me llegaría una carta de mi padre contándome lo que había sucedido. Claro qué sin interpretaciones médicas sospechosas de ningún tipo porque el correo estaba interceptado. Decía así:

                                                                                                 26 de Enero, 1982

Cristiancito,

“Acá, como habrás sabido, el acontecimiento que ha impactado al país es el fallecimiento de Eduardo Frei Montalva. Realmente todo pasó como en una pesadilla. Cuando tú estabas en Chile, antes de partir a los Estados unidos, fue operado de una hernia del hiatos, que después se complicó en una serie de cosas increíbles y que terminaron por matarlo. A la distancia las cosas se ven más tranquilas, quizás en su verdadera dimensión, pero la repercusión que ha tenido su muerte aquí en Chile ha sido brutal. Eso de escuchar “murió Frei”, y oírlo bruscamente el viernes 22 a las 5 de la tarde, fue algo así como cuando escuchamos murió Kennedy. Yo no me di cuenta cuan hondo era su presencia entre todos los chilenos. Eso de ver y oír a un hombre en la plenitud de sus facultades físicas e intelectuales y de repente que deje de existir, da una sensación de caos y de incredulidad. Creo que todo el país se normalizó y se puso de pie y alerta. Incluso aquellos que días antes no cesaban de llamarlo un “político demagogo”, “ambicioso de poder”, “débil de carácter”, etc. No sé si sinceramente o hipócritamente decretaron tres días de duelo nacional; pero eso no impidió que todas las estaciones de televisión continuaran transmitiendo canciones y programas triviales; los goles de Cazelli tuvieron más difusión. La esposa de Frei, doña María y toda su familia, se portaron extraordinariamente bien. Nada de lágrimas. Cuando el gobierno negó el permiso para que Jaime Castillo, Fuentealba, Zaldívar y un diputado estuvieran presentes en los funerales, toda la familia le pidió a Pinochet que no se hiciera presente, que no fuera a la misa. Pero Pinochet sin una pizca de dignidad, asistió con todo el gabinete a su responso. No había nadie de la familia, excepto un hijo que lo hizo por respeto al cuerpo diplomático. La juventud debió ser convencida por el Cardenal Silva Henríquez para que durante el responso los restos no fueran sacados de la urna y llevados al Sagrario, para que no estuviera mientras Pinochet estaba en la Catedral. Los funerales se realizaron el Lunes 25 a las 16 horas. Cientos de miles de personas asistieron; durante tres días una cola de personas desfilaron frente al ataúd de Frei. A pesar de su calidad de ex-presidente constitucional la familia pidió que no se le rindieran honores militares. En fin, Cristián, querido, con los Mercurios que te mandó la mamá, te podrás dar una idea de lo que pasó. Podrás observar que en la primera página de ese diario del día 24, un poquito más abajo del anuncio de la muerte de Frei, está el anuncio de la clasificación del corredor Salazar en una carrera de autos. La mamá y todos tus hermanos te mandan saludos……”

Mi madre también me lo anunció brevemente en otra carta:

 

28 Enero, 1982

“Aquí casi no pasa nada; la gente llenó la Catedral y sus alrededores para ver a Frei y/o sentirse en grupo, en masa (estoy leyendo a Canetti, fascinante). Tú papá más viejo y regañón; escribe.”

 

¿Y con los años, qué ocurrió con el amigo de mi padre, el doctor Goic? Parece que lo cubrió todo con escritos, con sus libros, con sus premios, como el Premio Nacional de Medicina del año 2006. A lo mejor esa fue su alfombra, aunque de todas maneras, tristemente, todos terminaríamos salpicados por el barro –y por qué no decirlo ahora, después de tantos años- salpicados con barro, ¿y qué más?, con barro, ¿y qué más? Sangre, o sangre y légamo, o sangre con sangre. Pero, ¿se podría haber hecho algo diferente? No lo sabremos nunca; el efecto sorpresa y la audacia de los asesinos fue muy grande. Las traiciones, de incluso médicos amigos de Frei, como Patricio Silva, o médicos de la Universidad Católica donde Frei había estudiado, como Helman Rosenberg y Sergio González Bombardiere –que le hicieron una “autopsia” completamente fuera de protocolo, totalmente fuera de lugar, colgándolo de una escalera, de los pies, para robarle sus entrañas y borrar las pruebas del asesinato- jugarían un papel muy importante. Ocurrió algo parecido a lo que sucede en el abuso sexual, o con una violación, donde la víctima en un principio cree que sueña, cree que eso no es posible, que está fantaseando y que eso no le está ocurriendo de verdad, es inventado, o que es otra realidad que se desplaza en un mundo alternativo, paralelo. Pero así ocurrió, ocurrió tal cual. Y todavía lo veo, todavía lo toco: primero llegaba el doctor Goic solitariamente a casa, entraba, se sentaba en el sofá café ubicado en el living de la casa y trataban –solos, siempre los dos solos- inútilmente de encajar con una buena cara en ese puzzle de muerte y de sangre y de traiciones, pero no les resultaba, ni a mi padre ni tampoco al doctor Goic.

Y noto que retiro mi alfombra, la levanto otro poquito aquí, desde Michigan y donde vivo ahora, y en una madrugada de un 20 de Julio del año 2018 pero se me cae nuevamente, se me suelta de la mano y atrapo y encierro nuevamente esos pájaros que trataban de volar. Pero al menos logro verte a ti, veo tu sigilo, tus dudas, tus sustos, tus temores, y toco mi propia cobardía…..y compruebo que al final yo tristemente habría hecho algo parecido, papá, habría guardado silencio y a lo mejor habría escrito mucho, demasiado, para cubrirlo con una alfombra de escritura y libros y concursos literarios, y notitas semanales que ahora mando para colgar en la Internet.

….. o a lo mejor me habría ido del país.

2 comentarios en “A lo mejor me habría ido del país”

  1. Gracias querido amigo, Antonio.

    Me dolió escribir el texto, pero muchas veces cuando me ocurre eso es porque a lo mejor algo funcionó en el relato.

    El asesinato de Eduardo Frei Montalva fue algo monstruoso….

    Un fuerte abrazo

    Cristian

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