Creo que ya tengo un libro. Ahora hay que combinar todos estos blogs en una gran juguera y ver el resultado… Enero 17, 2020

1. Como un suspiro

 

Tengo que escribir en tarjetas 4×2 todos los títulos (o muchos de ellos, la mayoría) que he usado en este blog para después darles otro orden (trabajo para la juguera). Después tendré que reescribirlos, pero en segunda persona porque has descubierto que usando ese tono te censuras menos. Te va a tomar un tiempo…… y  a tu madre, has decidido que la vas a recordar como la describes en los párrafos siguientes, cuando iban en el auto escuchando una melodía de Leo Dan, y lo harás sin rabia y con cariño. Lo que ocurrió después, fue solo el resultado triste de una vejez mal asumida, de un deterioro que no olvidas, pero que tratarás de no tocar….

Ahora que te has quedado sin cartas para comentar porque se terminaron, porque  en tu familia en los años 90 -cuando irrumpía con fuerza el email y las comunicaciones- se dejaron de escribir y de mandar noticias por correo. Notas que al ocurrir eso, se empobreció el pasado y se te cerraron muchas puertas. Por ese motivo sientes que tienes que organizar esos capítulos de los blog anteriores, donde muestras las cartas de los 80, y darles un orden. A lo mejor sería bueno que comentaras las cartas,  pero sin mostrarlas completamente porque eso podría resultar repetitivo. En Enero del 2018, por ejemplo, escribiste una nota sobre tus padres que ahora crees resultaría mejor reescrita en segunda persona, como si alguien te soplara las palabras. Eso es lo que tienes que hacer, unir los diferentes capítulos para terminar en la ficción. Podrías empezar así:

Se trasladaban en el Chevrolet aletudo, rojo, en una carretera antigua camino hacia Algarrobo. Era verano y pasaban frente a una casona que en ese entonces ustedes llamaban “la casa pelá” porque estaba siempre vacía, pelada, cuando de la radio del auto empezaron a escuchar a Leo Dan y su….

 

…….el amor que sentimos cuando a veces el amor…..

 

Tu madre distraídamente comenzó a tararear la melodía mientras sostenía el volante del auto desde la parte inferior, como acariciando la cantilena que escuchaban. ¿Qué era eso? ¿Qué ocurría? Había sol y entraba una ventisca fresca y vigorosa por las ventanas del auto, era verano, y por un momento breve, sentiste que ocurría algo importante. Luego miraste nuevamente a través de las ventanas y te golpeó el aroma de los eucaliptos, y por efímeros segundos sentiste algo fuerte que a lo mejor pudo ser felicidad. Tu madre todavía cantaba cuando de sopetón la interrumpiste para preguntarle por qué todas las canciones hablaban del amor:

 

-¿Por qué, mamá?

 

Ella entonces dejó de tararear la melodía, se quedó quieta, muda, y dejó también de acariciar el volante, pero siguió escuchando a Leo Dan. Pensó otro tanto y después te contestó como si ya hubieses sido un niño grande, un adulto:

 

-Es búsqueda, Cristiancito, es búsqueda.

 

Y te siguió hablando por un rato largo, como si afuera no hubiese ningún árbol y estuvieran adentro de una sala de clases con mucho tiempo disponible. Siguió manejando, pero claramente notaste que había ocurrido algo importante; por un momento ella se había transportado hacia otros lugares, hacia otros recuerdos, y quien sabe, a lo mejor revisitó su propia vida, sus amores y divisó a su primo con el cual la habían tratado de casar cuando todavía era más joven. ¿Vislumbró otra vida? ¿Vislumbró otros hijos? ¿Otra familia?

 

Con tu padre te ocurrió algo parecido. Se bajaban del mismo auto cuando te ofreció la mano y sentiste su seguridad y calor; siempre tenía las manos tibias. Temiste perder todo eso y te lo imaginaste tremendamente enfermo y viejo, y que se podía morir pronto. Todavía no llegaba a la ancianidad, era incluso más joven que tú ahora, pero lo imaginaste como un abuelo en mal estado. Y le preguntaste si el tiempo se le había pasado muy rápido:

 

-¿Se te pasó todo muy rápido, papá?

 

-¿Qué, mijito…?

 

-El tiempo, papá, el tiempo. ¿Se te pasó todo muy rápido?

 

Se quedó muy serio, mudo, se detuvo, y por un momento sentiste que se había transportado hacia otros lugares, hacia otros recuerdos, y quien sabe, a lo mejor también revisitó su propia vida. Sentiste que se le había olvidado lo que tenían que hacer: ¿por qué se habían bajado del auto? Tú tampoco lo recordabas, pero afuera había mar, el murmullo de las olas, las gaviotas y nuevamente mucho sol junto a su mano tibia. Miró hacia el frente, te miró fijamente a ti y con algo de angustia y tristeza te lo confesó sin miramientos:

 

-Como un suspiro, mijito, como un suspiro- Y se quedó nuevamente mudo y te soltó su mano tibia.

 

De ahí para adelante a ti también el tiempo se te ha pasado rápido. Y no escuchas tanto a Leo Dan, pero sí a Bruce Springsteen, Leonard Cohen, Eduardo Gatti, que también te empujan a pensar en otras vidas, en otras realidades. Pero siempre regresas, siempre vuelves (“voy y vuelvo”, como te recuerda Nicanor Parra) y sigues manejando aunque ya no estás en Chile y no ves el mar, las gaviotas y tampoco sientes el aroma de los eucaliptos de ese entonces….

 

2. Con música o sin música

 

Cuando eras niño y cuando pasabas por períodos donde percibías el mundo color de rosa, disfrutabas al escuchar esa música que escapaba de la radio del auto, e imaginabas que afuera, esos hombres y mujeres que caminaban por las veredas atestadas de polvo, de trajín y de perros vagos, de alguna manera, si la escucharan, sentirían también muchas emociones y les gustaría, le reconocerían ese valor que tú les dabas. Te reconfortaba imaginar que esos transeúntes, al escucharla con detención en la privacidad de sus hogares,  en sus departamentos, o en sus cuartos arrendados, estarían de acuerdo contigo: la música sonaba bien.

 

El auto en el que viajaban, el Chevrolet rojo y aletudo, se detenía en un semáforo, en la calle Alameda, en el centro de Santiago, y divisabas a la gente, a la muchedumbre que avanzaba a pasos agigantados para cruzar las avenidas. Las ropas que llevaban eran siempre oscuras, negras, de tonos grises, a lo mejor por el invierno santiaguino. Los plantones en los semáforos eran siempre parecidos, tú adentro del auto, escondido en tu propia burbuja, mironeando a los que circulaban afuera, cercanos, pero sin embargo tan distantes. Ese no era el mundo tuyo todavía, era un universo que después, pronto, cuando llegaras a ser “grande”, podrías aspirar a conocer. La bulla de esa calle presagiaba lo que penetraría vertiginosamente en vuestras vidas, la vida de estudiante en las secundarias del colegio San Ignacio, cuando surgía el movimiento popular de Salvador Allende y sus grandes sueños y banderas. Ahí fueron muchos los que quedaron descolocados y haciéndose preguntas, incluidos los jesuitas, que abandonaron parcialmente sus tareas de guías espirituales, para dejarlos a ustedes abandonados a vuestra propia suerte: ellos estaban demasiado enfrascados tratando de ver o de estudiar como reaccionar frente a esos “signos de los tiempos”, embebidos en sus propias revoluciones y discusiones internas. Así fue como ustedes quedaron inmersos y abandonados a vuestra propia suerte adentro de esos grupos diferentes que formaban los compañeros de tu curso. Ahí comprobaste en carne propia como florecía el músculo de la tribu, y la importancia que tenía el grupo, donde tus compañeros físicamente más poderosos y grandulones impusieron y organizaron la convivencia en los recreos y la vida diaria. Todavía recuerdas con sorpresa la tremenda patada en el trasero que te daría un compañero de colegio sin motivo alguno, y poco antes de entrar a los comedores a la hora del almuerzo. No fue una patada dolorosa, pero sí bien humillante y todavía la recuerdas. Muchas veces la interacción con los mismos profesores la dominaban también ellos. Las autoridades del colegio, a lo mejor imaginando que sería bueno exponerlos al mundo de la calle, de los trabajadores, ese que conocías tan poco y que veías cuando se detenía el auto en los semáforos en roja, decidieron contratar a un profesor de rasgos indígenas. Recuerdas claramente su apellido: Morgado, se llamaba Rosendo Morgado Wong. Y frente a él ustedes demostraron descaradamente el racismo al reírse cuando pronunciaba ciertas palabras claves de manera sospechosa, desenmascarando así su origen humilde, de barrio periférico: la “ch” era “sh”, de manera que “chiquillo” pasaba a ser “shiquillo”. Craso error, tremendo, un pecado capital que era celebrado con gran jolgorio y entusiasmo por la tribu. El pobre usaba también una casaca oscura, y a veces lucía una corbata. Los más vivos del curso, los comandantes de la tribu, los buenos para el combo, las patadas, aprovechaban esa ventana hacía otros mundos pidiéndole consejos sobre “asuntos de la vida” o más concretamente sobre los “asuntos del amor”. Hábilmente, notaron que en los propósitos de las pasiones y el amor, todos se parecen mucho y ya no importa el apellido, la raza o los colores.

En los recreos también había música gracias al gran Patricio “galeno” Walker, que ayudaba a sobrepasar vuestros recreos con sus selecciones favoritas. Lo recuerdas con cariño en una oficina hedionda a cigarro (los cigarros de otro porque él no fumaba), rodeado de esos platillos de vinilo negro y equipo electrónico con lucesitas.

Recuerdas a tu padre recostado sobre su cama, en la cama donde pocos días después moriría solo. Percibes que siente angustia, algo de ansiedad, a lo mejor es lo que ocurre de manera natural cuando descubrimos que se nos aproxima el fin y ya no hay vuelta; partiremos pronto. Para tranquilizarlo le dices que están todos bien, que tu hermano Alberto está bien, que tu hermano Gonzalo está bien, y que Mónica y Álvaro están bien. Todos bien, papá, parece que le dices, como asegurándole “misión cumplida”, para que partiera más conforme, sin verse obligado a tener que seguir ayudándoles, guiándoles, asegurándole que ustedes ya se encausaban por una ruta más segura. Y él entonces nota algo, se da cuenta que estabas tratando de “dorarle la píldora”, de calmarlo para que descansara, para que entregara las llaves, la antorcha, o para que no siguiera preocupado. Levanta los brazos y te muestra las mangas del pijama que le llegaban hasta el codo. Estaba la ventana abierta y se filtraba el rumor de la ciudad febril en un día de semana santiaguino, de verano. Escuchaste unos bocinazos, un grito lejano, viste un gorrión nervioso que se paraba sobre el filo del ventanal mientras él estiraba el borde de la sábana blanca que le llegaba hasta la barbilla. Y pese a lo disminuido que ya estaba, te dio una sorpresa, un gran mazazo cuando se detuvo, pensó y te preguntó bien serio, como cambiando el tema:

 

-¿Y tú, a quien saliste tan inteligente, Cristiancito?

 

Habrías pagado para que te preguntara a quien saliste tan pelotudo, mijito, o no hable huevadas, mijito, no diga leseras, pero no había ocurrido así. Más bien comprobaste las sorpresas que nos da el cerebro, donde pese a estar acosado por la enfermedad, las debilidades, los dolores, las confusiones, siempre nos puede sorprender con un relámpago de conocimiento cognitivo, algo así como un saludo a la bandera que nos muestra la fibra sana que todavía va quedando, que todavía resiste, ahogada en medio de toda esa maleza de la ancianidad, pero que todavía permanece pese a las molestias, la vejez y el deterioro.

No le contestaste, no dijiste nada, te hiciste el leso, como siempre, y parece que tartamudeaste algo así como “chuta”, pero solo para ti, solitario y calladito.

Cuando te mudaste a USA, cambiaron los tonos y el color de los inviernos, que para aumentar el contraste fueron blancos, había nieve. Y con el tiempo has seguido subiéndote a los distintos autos y deteniéndote frente a los distintos semáforos con luces rojas donde todavía aprovechas para escuchar tu música, esa que escapa de los parlantes de la radio. Ahora eres tú el que maneja y no tu padre, y te importa menos si a alguien no le gusta la música que escoges. Han pasado los años y más que nada guardas tus melodías, guardas tus recuerdos, y los atesoras como esas conchitas de mar que coleccionabas cuando caminabas por la orilla de la playa cuando niño. Ya no importa si a alguien no le gustan, o si a nadie le interesan las conchitas que has coleccionado. Incluso ya no te importa demasiado si no escuchas música cuando detienes el auto frente a un semáforo en la ciudad de Northville, en Michigan, donde vives ahora…..aunque siempre los prefieres con música (los semáforos).

 

3. Escribes buscando sentir como sentías antes

 

En tu bolsillo izquierdo encuentras un papelito suelto donde alcanzas a escribir algo rápido durante la espera en un semáforo. Lo escribes apurado para no olvidarlo, o antes de que cambien la canción, o antes de que te impongan la luz verde y te transporten hacia otro lugar y todo se evapore. En el sitio donde te encuentras ahora, detrás de una camioneta roja que se demora en arrancar, te da más tiempo, anotas:

 

…..escribo buscando sentir como me ocurría antes, cuando joven….

 

Sucede que a veces inicias una resonancia donde pareces moverte sobre otras coordenadas y recuerdas esos años; es algo que te ocurre a menudo cuando escuchas música, o cuando sucede algo con tus hijas, es una regresión que te transporta a la edad de ellas y actuabas de manera parecida. Así es como tus hijas, a su manera, te empujan a recordar tu propia infancia pero desde otro ángulo, desde el otro lado, desde una trizadura que te presenta la realidad cotidiana. Disfrutas al atrapar esos momentos y los aprovechas escribiendo unas notitas breves frente a un semáforo en luz roja. Compruebas que con el paso de los años, no sientes como te ocurría en ese entonces, lo haces con menor intensidad, bajo una luz más apagada y por intermedio de variados filtros. Quizás por ese motivo, como te comentó por email un amigo hace pocas semanas, tus notas salen nostálgicas. A lo mejor la nostalgia brota de ahí, de ese recuerdo que te queda de como sentías en esos años, y entonces tratas de recuperarlo. Imaginas que escribir puede servirte para eso, como un precario intento por recuperar esa condición original que ya aparece inalcanzable, y donde una luz efímera pareciera que te ilumina brevemente y te empuja a escribir como un “viejo prematuro”, como lo menciona cariñosamente tu tío Lalo cuando lee el blog.

El auto de atrás ahora te pitea, Cristián, la camioneta roja de adelante ya se esfuma, tienes que moverte y dejar el papelito donde anotabas algo. De cosas así te acuerdas frente a los semáforos con luces rojas.

En una entrevista que le hicieron al escritor guatemalteco Eduardo Halfon, leiste que para él, “hacer literatura es el ejercicio de querer rellenar los espacios vacíos de la memoria, sabiendo todo el tiempo que no se puede”. Parodiándo a Halfon, a lo mejor podrías agregar lo mismo, pero reemplazando la palabra literatura por un simplemente “escribir”, es decir, “escribir, para ti, es el ejercicio de querer rellenar los espacios vacíos de la memoria, esos enormes huecos, a veces dolorosos, sabiendo todo el tiempo que no se puede, y que te quedas corto; pero no importa, con la fe del carbonero siempre esperas el milagro.”  Para recordar ayudan mucho las cartas que piensas utilizar, verdaderos comprimidos de memorias, de otros días, otros años, donde ya casi no recuerdas porque se borronea la diferencia entre la ficción y la no ficción. Lo importante en todo caso es preservar la autenticidad de esos momentos, ser fiel a esos sentimientos, eso es lo importante. Escarbando entre los muchos papelitos que has guardado durante todos estos años, encuentras cartas y libretitas con anotaciones, fechas, recordatorios. Crees que lo importante es poder mostrarlas así, tal cual, imaginando que ya a nadie le importan porque estamos todos muertos o al borde del cajón. Tu amigo Ignacio Carrión tenía mucha razón cuando decía que para él era muy importante escribir así, imaginando a todos los partícipes ya fallecidos, incluyendo al que escribe. Siguiéndo su ejemplo, consideras que las cartas pierden completamente su valor si las censuras, les roba esa autenticidad que es tan necesaria e importante. Si no te ganas la vida en este oficio, ¿para qué mentir? Nadie te conoce, casi nadie te lee, y en el fondo no hay nada que perder con tratar de ser lo más auténtico posible; incluso hasta que duela y sientas que te estás causando daño. Por otro lado es una buena muestra de respeto hacia los pocos despistados, esos que todavía invierten algo de su precioso tiempo leyendo algunas páginas.

 

4. ¿Qué más podemos ofrecer?

Era un fin de semana y por eso también era Algarrobo. Primero, durante los años iniciales, llegaban a ese balneario de la costa central chilena, cruzando Melipilla, Llolleo, la “casa pela” y muchos otros poblados pequeños como Las Cruces y El Quisco. Al poco rato de bajar del auto, al estirar las piernas y sentir la brisa fresca en el rostro, y al comprobar la arcilla crujiente bajo los pies recién estirados, limpiaban la casa, espantaban a las arañas peludas y ventilaban los cuartos pasados a la humedad de la playa y el encierro. De ahí partían al Club de Yates del cual eran socios, pero sin ser dueños de ningún bote; ni siquiera tenían un flotador de goma para arrojar al mar, pero eran socios. En ese tiempo sonaba bien proclamar que iban por el fin de semana a la playa de Algarrobo. Ahora, suena mejor nombrar otros lugares. Se arrancaban felices de Santiago y sus calles polvorientas, su ruido, sus veredas atestadas de gente caminando por el centro de Santiago. Ahí se detenían en los semáforos donde veías desfilar a la muchedumbre que mencionaste antes a través de las ventanas del auto; muchos bien trajinados por el trabajo duro, los horarios sin fin, la pega difícil, y que se apuraban también por llegar al descanso, a sus casas o departamentos distantes. Con el tiempo, celebrarían la construcción del túnel Lo Prado que les acortaría el viaje hacia la playa. Y ahí fue cuando cambiaron de ruta y la ciudad de Melipilla cambió por Casablanca. De Casablanca a Algarrobo seguían por un camino de tierra y piedra floja, gredoso. Por ese camino, tiempo después se mataría tu querido amigo Jaime Escobar en los años 90. Nunca había sido dueño de un auto y parece que eso lo traicionó, le faltó experiencia en el volante. Se dio una vuelta de campana en una curva maldita donde se machacó la cabeza sin despertar más. Al poco rato llegó a las manos de tu padre, quien pese a que por breves momentos te dijo, quizás, quizás se salva, mijito, a los pocos días murriría, no hubo vuelta. Falleció tu amigo, mijito, te contó mi padre por la línea, bien parco, pocos días después, como escondiendo las palabras, los detalles.

Cuando ya creían que habían ventilado la casa, llegaban al Club de Yates, donde sin subirse a ningún bote, subían por una escalera de madera bien encerada, pasada a la humedad de la costa y a cera espesa, para sentarse en el segundo piso que tenía unos ventanales grandes y sucios por la sal y el agua del oceano.  Afuera se veía el mar moviéndose como un animal lento y tranquilo, acariciando el muelle de metal oxidado y a las muchas gaviotas, cormoranes, pelícanos que volaban bajo. Algunas parejas y familias paseaban por la vereda que bordeaba la orilla de la playa. Eran parejas que paseaban hacia afuera, mirando hacia afuera como buscando conocidos, amigos, tratando de encontrar a fulano de tal que también había llegado ese fin de semana a descansar.  En USA a lo mejor ocurre algo parecido en los balnearios importantes, pero en tu caso siempre te ha gustado pasear en el anonimato, mirando hacia adentro, sin buscarle la cara a nadie, y sin tratar de reconocer a nadie tampoco, sin buscar a ese fulano de tal. Como que en Chile nunca encontraste tu burbuja, o donde te pudieras sentir verdaderamente a gusto.

En el Club de Yates te gustaban los garzones, y el ruido que provocaban, la crujidera de hielo que largaban cuando preparaban el pisco sour. En ese sentido como que ellos, los garzones, pertenecían a una burbuja distinta y eso te atraía, se parecían mucho a ti. Al poco rato les acercaban unos canapés de erizos, unos rectángulos olorosos que traían una torrejita de limón amarillo colocada estratégicamente sobre la lenguita café. En esos momentos percibía breves instantes de felicidad, chispazos. Tu padre se ponía bien conversador y los mozos –pese a pertenecer a otra burbuja- genuinamente se sentían a gusto porque el balneario resucitaba y cobraba vida cuando llegaban los santiaguinos como ustedes. A veces, cuando a tu padre se le acababa el tema, conversaba con ellos sobre el clima, la última marejada, o preguntaba sobre temas que apenas conocía, como por algún bote, pero en detalles vagos porque de eso no entendía nada.

Eran fines de semana tranquilos porque todavía no había llegado Steve Jobs a cambiar vuestro comportamiento. De celulares no sabían nada, y Santiago era una ciudad que ahí, ahora frente al mar, rápidamente les parecía ajena y distante. Siempre te gustó comprobar que pese a ser un mocoso callado y bastante mirón, que no contribuía en nada a la conversación de los mayores, te dejaran probar esos canapés que disfrutabas en silencio al estirar la mano, y que compartías junto a ese olor a cera, a humedad y encierro de las maderas en esa casa-refugio a la orilla del mar. De las murallas colgaban cuadros manchados por la humedad y chuecos que mostraban un buque en medio de una batalla, o enfrentado una tormenta. Imaginabas esos desastres y disfrutabas al estirar la mano nuevamente para probar otro canapé de erizos. Nadie te detenía, nadie te decía nada. Había felicidad aunque en eso tiempo tú no lo sabías.

Y ahora que ya a pasado el tiempo, ya grandulón, con trabajo, salario, y tu propia familia, podrías comprarte los bocados más ricos y caros y deliciosos del mundo, pero notas que ninguno de ellos te llegará con esa magia y con esa intensidad inicial, no serán nunca tan sabrosos como los que probaste en ese entonces, cuando estirabas la mano respirando ese olor a madera encerada frente al mar, y frente a esos mozos felices de ese trabajo de fin de semana. Todo eso se terminó, se esfumó, se te vaporizó. Creo que a eso te referías cuando escribiste que ya no sientes como lo hacías antes. A lo mejor por eso escribes; para recuperar eso que un día dejaste, cuando abandonaste tus calles, tus veredas, tu casa……. pero que en ese entonces te parecían un tanto ajenas. Al vivir en otros continentes, viviendo en un país foráneo como este, o que tampoco ha sido el tuyo, como que la situación se regularizó y se te hizo normal sentirte ajeno a tantas cosas.

Creo que a tus hijas, en unos años más y cuando ustedes ya no estén –cuando los de tu generación hayan desaparecido- les gustará también escuchar la crujidera del hielo que genera la preparación del pisco sour, porque ellas siempre te observan con atención cuando lo preparas, cuando agregas el hielo, el pisco, el azúcar; y te interrogan. A lo mejor, en unos años más se darán cuenta que por breves momentos también fueron felices. ¿Qué más se puede ofrecer, qué más se puede dar?

 

5. Así son a veces los chalecos

¿Qué ha sucedido con esos conocidos que alguna vez viste cuando pequeño? ¿Qué habrá ocurrido con el coronel Sudi, por ejemplo, de carabineros? Siempre, cuando llegaba a tu casa, lo hacía entonando una canción folclórica chilena. Era bonachón y realmente quería y se sentía amigo de tu padre; pero no estás muy seguro si tu padre fue realmente amigo suyo. ¿Qué ocurrió con él? Sientes como que repentinamente hubo un cambio de escena –¿creciste?- y muchos de esos conocidos desaparecieron y no los volviste a ver nunca más.

Como goteras esos seres lentamente se fueron evaporando, desperdigándose al tomar otros caminos. Recuerdas cuando en uno de tus primeros viajes de visita a Chile, fuiste a buscar a tu padre a la Clínica Indisa donde trabajaba en ese entonces. Fue triste porque te encontraste con el doctor Luccini, a quien no conocías, pero que se veía enfermo, viejo y disminuido. Ya no era ese médico prestigioso de otros años, y se paseaba en la antesala a la oficina de tu padre como si fuera el portero de la Clínica. Tu padre no te dijo nada, pero como deferencia tuviste la impresión que lo dejaban deambular con libertad completa por todos los rincones. Tu padre se notaba contrariado, y buscó a que se fueran pronto hacia la casa.

En otra ocasión, y nuevamente en la Clínica, te encontraste con una doctora que había almorzado en tu casa de Algarrobo con su marido que también fue médico. Ella te reconoció de inmediato, pero cuando feliz trataste de saludarla para conversar con ella, tu padre se movió hacia un costado para que siguieran el camino solos, como esquivándola, haciéndole la desconocida. La viste estirar sus manos, percibiste la felicidad en su rostro y luego su tristeza, la desilusión cuando tu padre, implacable, te indujo a seguir otro camino. Mientras se alejaban apurados, te confesó al oído: “tiene Alzheimer, mijito”. Estaba enferma, era cierto, y algo muy profundo no le funcionaba bien, pero cuando mostró ese rostro tremendamente triste, reapareció en ella la persona sana de otros tiempos, y te reveló los rasgos de una mujer condenada a un exilio implacable y casi permanente. Te habría gustado conversar con ella para rellenar esos huecos de la memoria, pero no pudiste hacerlo. Tampoco entiendes por qué la recuerdas tan seguido. La ves a la distancia cuando te trata de saludar al lado de tu padre, que nervioso, la mira extrañado y te empuja a seguir otro camino. Recuerdas que cuando los fue a ver ese fin de semana, en Algarrobo, olvidó un chaleco de lana café que después por mucho tiempo, viste colgando en un closet pasado a encierro y a la humedad de la playa. ¿Lo habrá recuperado? Poco importa, pero la impresión que guardas es que así sucede a veces con la gente que has conocido, y que se han ido quedando en el camino, bien parecido a ese chaleco que alguien deja abandonado en la casa de un amigo.

Te acuerdas también de la señora Sotomayor. Los iba a visitar a tu casa de Avenida Suecia 1521, ya tarde, al terminar el día y antes de pasar por la casa de unos parientes que vivía a una cuadra, en Pocuro con avenida Suecia. Tocaba el timbre, tú le abrías y ella se largaba a cantar de inmediato mientras te agarraba de las mejillas:

“…..yo vendo unos ojos negros quien los querrá comprar, los vendo por hechiceros porque me han pagado mal..”

Tampoco sabes qué habrá sido de ella; pero al menos recuerdas su apellido.

A menudo se te viene a la mente otra señora que nunca conociste porque jamás hablaron. Estabas tomándote un café, en el aeropuerto JFK de Nueva York, y ella lloraba silenciosamente mientras no probaba nada. A lo mejor la recuerdas porque se parecía a tu abuelita Oriana. Era uno de tus primeros viajes en que volvías de una visita a Chile, y donde todavía tomabas el avión de salida (¿o de regreso?), como si tus partidas fueran solo un paréntesis porque pronto regresarías “a vivir en tu país”. Al menos eso pensabas en ese entonces. Salías de Santiago en un estado frágil y a lo mejor por eso las neuronas estaban más atentas y receptivas al sufrimiento, al entorno. El llanto de la señora era contenido, y no movía un solo músculo del rostro mientras se le enfriaba su café. Simplemente le rodaban unas lágrimas transparentes, sobre unas mejillas que parecían de yeso pintado.

Al escribir esta nota ves que mencionas a muchos conocidos, pero no has hablado todavía de tu madre que anciana y enferma (Diciembre 2019) ahora también sufre. Pero con tu madre sientes una indiferencia trágica. Con tu padre te ocurrió todo lo contrario. Cuando falleció lloraste, lo extrañabas, te bajabas del auto y sentía que habías perdido algo importante, que algo fuerte te faltaba, ¿su mano tibia?

Es triste, pero así son a veces los chalecos.

 

6. Vivir con un recuerdo

 

Vas adentro de tu Prius blanco cuando sorpresivamente divisas desde la carretera, aquí en Michigan, un pino tumbado y seco, cercano a la autopista. Te detienes, estacionas y te bajas del auto para tocar el tronco con tus dedos, para refriegar tus manos contra la corteza dura, pero notas que no es lo mismo de antes, no es el mismo pino seco y tumbado que conociste en la zona central de Chile, donde corría un viento fresco, y a lo lejos se escuchaba el oleaje del mar y el aleteo de los pájaros. No es la misma temperatura, la misma brisa, o el mismo aroma de eucaliptos frente al sol del verano. Ese es tu pasado, tu historia, tu memoria que todavía sobrevive, y que pese a todo lo que ocurra nadie te podrá robar. Para eso escribes, para que todo eso sobreviva otro poquito.

En esos años ustedes vivían bajo un mismo techo, se duchaban en el mismo baño, y se sentaban bajo la misma mesa coja para compartir una empanada en el almuerzo…… y por eso lo creíste cierto, creíste que todo eso duraría eternamente; pero los años y la distancia parece que nos cambian y muchos asuntos importantes ya no se conversan o se esconden, no se mencionan. Simplemente te llegó un portazo helado, donde para todos los efectos prácticos te desheredan como si todo eso hubiese sido de mentira, como si todo eso no hubiese ocurrido nunca, o como si la mesa coja no hubiese existido. A lo mejor por eso también escribes estas notas, porque ella, tu madre, escribía bien, y quizás esa fue su herencia cuando te empujaba a escribir, aunque nunca lo sabrás con gran certeza.

Ella se rodeaba de escritores y participó en innumerables Talleres Literarios, como los de Guillermo Blanco, Martín Cerda, Enrique Lafourcade, o Edmundo Concha. Conoció a escritores, como José Donoso y Alone, el famoso y temido crítico literario de esos años, que escribía bien, pero solo cuando criticaba a otros escritores en sus célebres críticas literarias de El Mercurio en el suplemento del domingo. Fue curioso para ti ver a tu padre cómo los toleraba a todos ellos, cómo los saludaba al llegar del trabajo, cómo los miraba, cómo les daba la mano….. pero ahí nomás, de lejitos.

Su amistad con Alone fue larga, iban a pasear al Cerro San Cristóbal y se tomaban fotos en esas cámaras de cajón, casi artesanales, en la punta del cerro. En varias ocasiones Alone le ofreció enseñarle a escribir invitándola a “Piedra Roja,” el refugio suyo y donde se encerraba a escribir sus temidos artículos que fulminaban o creaban autores de renombre.

Lo triste y extraño es que cuando a tu madre le resultaba algo en su escritura –y esto no lo entiendes- cuando le resultaba un buen relato, cuando percibía algo de carne viva, se asustaba y ya no quería tocar más el tema. Creo que ella vio la escritura como una distracción, o como una oportunidad donde se podía topar con gente inteligente y con algo de glamour, como José Donoso, o su señora, Pilar Serrano, que siempre y con mucho encanto hablaba de Mario Vargas Llosa, Gabriel García Márquez, Carlos Fuentes, o de Cortázar, y como si fueran sus vecinos. Para tu madre la escritura fue importante, pero creo que le tuvo temor porque descubrió que muchas veces se llega a un punto donde ya no hay vuelta y se necesita contar la firme, sin rodeos, y sin los fuegos artificiales de una palabrería relajada. En todo caso, tu madre estuvo en buena compañía porque Alone tampoco se la pudo; se le doblaron las piernas y fracasó, se quedó en la periferia y comentando lo que leía, el último libro que le llegaba a sus manos, pero nada más, se trancó. Lo otro que inhibió muchísimo a tu madre, lo que marchitó su escritura, fue el terror visceral que le tenía a la crítica porque no la soportaba, no sabía qué hacer frente a ella; y pobre el tipo que con mucha valentía la enfrentara y le hiciera ver un potencial error (……y aquí te acuerdas de tu padre). Nunca, jamás, viste a tu madre reconocer algún error en uno de sus juicios certeros, perentorios, inapelables que a veces largaba al grupo como carne cruda.

Recuerdas que tu madre también participó del taller literario organizado por la escritora Ágata Gligo, fallecida de un cáncer fulminante en los años 90. Ella se había hecho conocida por una biografía muy bien recibida que escribió sobre María Luisa Bombal. Ella caló muy bien a tu madre, la conoció bastante bien, y la menciona en su libro póstumo titulado “Diario de una Pasajera” (editorial Alfaguara 1997). Como a ti te interesa leer diarios personales, te topaste por casualidad con el libro de ella. Te gustó porque es íntimo, es un libro verdadero, auténtico, y donde en la página 187 escribió lo siguiente sobre tu madre (Ximena) y otras participantes de su Taller Literario:

 

Miércoles 21 de Septiembre de 1994

Ayer Martes, al terminar la clase, las alumnas hicieron todo tipo de declaraciones positivas. Encuentran maravillosas las sesiones, la dinámica y a la profesora. Fedora y Ximena sostienen que su opinión es fundamentada, ya que han pasado anteriormente por conocidos talleres literarios: el nuestro sería algo extraordinario. Fedora, que solo se integró en el segundo semestre al taller que ahora desarrollo en mi casa, dice que en estas seis clases ha aprendido más que en toda su vida, que doy mucho, que ilumino y comunico mucho en lo literario y que hago aflorar el sentido filosófico del trabajo. Las demás confirman. Se las ve convencidas. Yo siento que me entrego de verdad a esa tarea. Jamás hubiera pensado que, con todas mis dificultades para escribir, iba a ser capaz de ayudar a otros. Es emocionante. El grupo se ha consolidado muy bien. Me sorprende Ximena. Tiene talento e imaginación, pero carece totalmente de pasión por escribir y, aunque no lo diga, es la única escéptica respecto al propio progreso literario. Intuyo que viene solo para entretenerse.

 

Aquí va un cuento de tu madre. Lo tituló “vivir con un recuerdo”:

 

Vivir con un Recuerdo  

Los grandes terremotos ya no me impresionan. Viví el primero a los nueve años y caminé entre los escombros que después supe cubrían los cadáveres.

Las atrocidades de la naturaleza nos hacen dar gritos de espanto, pero no nos alcanzan con esa puntada en el pecho, ese escalofrío que nos recorre el espinazo cuando observamos en apenas unos minutos toda una vida.

La muerte de un hijo es una tragedia cruel, la más penosa que le puede ocurrir a una mujer; sin embargo, el tiempo cubre ese sufrimiento de la misma manera con que se cubren las heridas sangrantes, tapándolas con vendas, forrándola. En cambio, los hechos pequeños, realidades apenas advertidas, apenas adivinadas, secretos pesares, como maldades del destino, remueven en la profundidad de nosotros mismos todo un mundo de dolorosos pensamientos que a veces los años y el tiempo no pueden cubrir. Los sufrimientos morales, tan complejos como incurables, tan vivos como profundos, persisten en hundirnos en un mar depresivo, amargo, como un desencanto imposible de alejar.

Recuerdo un hecho hondo, pequeño, palpitante, como si lo viviera ahora mismo. Ya tengo cuarenta años, pero entonces no era más que una chiquilla, una niña algo soñadora sumergida en la filosofía y en la historia. En ese entonces no me gustaba compartir con mis compañeros el café de la escuela, ni me interesaban los alborotos al terminar las clases. Me levantaba temprano y recorría el parque solitaria camino a la escuela. Los jóvenes de ahora ya no parecen caminar bajo los árboles, ¿verdad? El parque era como parte de un bosque olvidado, con claros luminosos, y las avenidas anchas y rectas de los costados fueron mis preferidas. Grupos de flores crecían aquí y allá, y algunas abejas doradas zumbaban al sol de la mañana. A menudo me sentaba a contemplarlas, y gozaba el sosiego de ese mundo.

Una mañana no fui la única. Un viejo flaco y encorvado, reescribía y recopilaba páginas afirmando las hojas sueltas sobre sus rodillas. Me interesó la enigmática postura del anciano. Lo espié durante horas escondida entre el macizo de plantas de la orilla. Me alejaba finalmente silenciosa, esperando no ser vista, cuando repentinamente el anciano me llamó por mi nombre: Ximena, Ximena. Por un instante me paralizó la sorpresa. De inmediato sus ojos vivos parecieron palpitar al entregarme sus hojas manuscritas. A los pocos minutos, sentados ya muy juntos en la piedra helada, comencé a leer. En lenguaje pomposo explicaba en pormenores el trabajo y los problemas que habían tenido un grupo de personas. Mientras leía, el miraba hacia los lados, inquieto de que alguien más conociera su secreto. Me sentí turbada, intrusa, al conocer las humillaciones que el pobre viejo había sido víctima, hasta ser obligado a jubilar de su propia empresa, una empresa dirigida por él durante 25 años.

-Y para que sepas hijita –me aseguró- esto lo publicaré bien corregido, y entonces ellos sentirán vergüenza de lo que hicieron, vergüenza, y me devolverán mi trabajo.

Un ligero viento desprendió de mis manos la última página de su manuscrito. Los hechos narrados estaban fechados treinta años atrás.

Ese viejo, escribiendo su defensa tantos años más tarde, me tortura, y ese recuerdo se me ha quedado adentro como una herida sin curar.

Mi abuelo era un hombre sereno, tranquilo. Gustaba pasar sus horas leyendo en su sillón preferido frente a la chimenea y a su silenciosa biblioteca. ¿Por qué lo encontré escribiendo esa mañana? ¿Por qué esta herida no se cura? No lo sé. ¿Lo sabe usted?

 

Está bien escrito ese cuento de tu madre. Toca dos o tres temas que te picanean, te rasguñan: primero, el transcurso inexorable del tiempo y la memoria; segundo, los recuerdos indelebles…. y tercero, esa herida que no cura, que se esconde, y que a veces logras cubrir con trámites, con obligaciones, con tareas, con gatos, pero que siempre está presente y duele. Te gusta ese tormento final del cuento, esa como irreversibilidad dolorosa con que te presenta la vida. Encuentras además que el relato está bien escrito porque narrador es invisible, el ego de tu madre no se encuentra por ningún rincón del relato. Está claro que ese texto lo escribió porque algo le molestaba, le dolía, y no lo hizo para lucirse frente a Alone, o frente a sus conocidos, o frente a sus hijos, es decir no lo escribió para asombrarlos; ella está invisible. Al relato tampoco le faltan ni le sobran palabras; está escrito con lo justo y sin fuegos artificiales innecesarios que distraen, que te roban, te sacan del relato. Tú  al final quedas remecido por ese paso inexorable del tiempo (¿hacia la muerte?) y donde se regurgitan costras hirientes, desencuentros.

No cabe dudad que tu madre escribía bien, y por eso tu crítica; ella pudo, ella debió escribir más y mejores relatos, fue una lástima que no lo hiciera, y no para publicar o hacerse conocida, o exitosa, o famosa; simplemente haber escrito más para que su memoria perdurara otro poquito entre ustedes, sus hijos, entre sus nietos y nietas. Como decías antes, pese a su talento, no se tomó esa disciplina en serio y perdió ella y perdieron todos.

Sientes que ese gusto por escribir, ese agrado por los libros, por las palabras, lo heredaste de tu madre, y eso no te lo podrán quitar jamás; es un testamento válido que ya no tiene vuelta. La mesa coja del comedor de diarios fue una realidad, pero tienes que continuamente recordarla en textos que transmitan y presenten esa mesa coja para que dure otro poco más en tu memoria.

 

7. Pinochet nos jodió a todos, mijito

 

Abres el laptop y le mandas por e-mail el progreso de estas notas a tu tío Lalo que te contesta:

 

-Te reitero, con el baúl de papeles amarillentos que tienes debes escribir tu novela ficción antes de que te falle el cuesco. Me encantó tu correo. Pero tómatelo con calma, aun eres un pendejo, cuando tengas 70 o más años, te encontrarás de pronto que eres un viejo de mierda. Es cuestión de que te mires al espejo, cosa que yo no hago desde hace mucho tiempo…..

 

Chus, la viuda de tu amigo Ignacio Carrión, te escribe también por e-mail lo siguiente:

 

“Llevo una hora leyéndote y disfrutando. Me ha alegrado mucho volver a contactar. Agosto y Septiembre mucho trabajo. Cambio de casa, la consulta, los nietos, la inminente aparición del último libro de Ignacio….pero todo bien. Yo más animada y con ganas de trabajar y de seguir viviendo. Me interesa mucho el tema de tu trabajo aunque cuando realmente disfruto es cuando escribes sobre tu familia. Seguimos en contacto. Un fuerte abrazo para Pilar y para ti todo mi cariño.” 

 Chus

 

 

Sigues el consejo de Chus y de tu tío Lalo y bajas al subterráneo de tu casa para escarbar entre las cartas empolvadas que guardas entre las carpetas olvidadas, en cajas de cartón sin etiquetas, en cuadernos desteñidos y álbumes que ya ni recuerdas. Los gatos te acompañan y te los imaginas también haciéndose preguntas. Los sientes disfrutando de esa excursión hacia el subsuelo de tu familia y sus historias.

Vuelas hacia tu pasado, pero también regresas, regresas a Michigan, lejos de tu madre, lejos de la silla de ruedas de tu madre, de las ropas de tu madre, de sus sombreros de colores, sus guantes, lejos de la sordera de tu madre, alejado también de su ceguera y de sus sufrimientos, de sus comidas, de sus reproches, de sus miserias, alejado de sus cafés con leche fría que saborea tendida en una cama sola, y de los ruidos que se filtran en su cuarto, como esa televisión a todo volumen que lo cubre todo con una falsa compañía, un ruido de fondo sin significado. ¿Qué pasó? ¿Por qué ese cambio? ¿Por qué ese desencuentro? ¿Ese descariño? ¿Esa indiferencia? ¿Por qué esa desconocida tan helada? ¿Acaso fue simplemente la vejez, ese descalabro que ocurre con los años? Espero no te ocurra a ti algo parecido. Ojala te pase como le ocurrió a tu padre, que durante su vejez se abrió y buscó sus tangos y su radio portátil para internarse y perderse entre las calles de su niñez y de su infancia, y con sus manos siempre tibias. Algunos decían que se había vuelto tonto…..

Estas cartas, la re-lectura de estas cartas, será como una exploración hacia tus raíces que con suerte, a lo mejor te ayudan a descubrir, a desentrañar qué fue lo que ocurrió, qué pasó. Hasta el momento no lo sabes con certeza, todavía no lo entiendes. Pero resuenan algunas palabras, algunas frases tomadas de las cartas de tu madre:

“….hay tantas cosas que quisiera saber de ti….”

 

“….te quiero tanto Cristiancito y estoy tan orgullosa de tu capacidad, de tu talento.”

 

“….la mitad mía está en mis hijos…..”

 

“….Cristiancito amor del mundo….”

 

 

Por casualidad encuentras una carta escrita por ella que consideras empalma bien con lo escrito antes, donde te empuja a que escribieras seriamente:

 

Querido Cristiancito                                                Santiago 13 de Julio, 1982

Fue rico recibir ayer otra carta tuya. La descripción que haces de esas manos… simplemente magistral. Trata de escribir algo todos los días –sobre lo que ves- quien sabe si esa sea tu verdadera vocación, la observación escrita. Y solo se escribe bien viviendo, por eso hay tanto escritor frustrado…. No saben escribir porque no tienen tema, falta de vivencias, de observación, de esfuerzo, y entonces mirando al cielo en su ociosidad se dedican a la poesía…. Además que ya estamos en la era de la necesidad de saber hacer bien distintos trabajos… piénsalo. Así, simplemente, sin escribir perfecto, solo naturalmente, como se habla….” 

“….te quiero desde aquí a donde te encuentres…’

 

 

Como lo escribiste anteriormente, tu madre sabía escribir, pero nunca se lo tomó muy en serio, porque le arrancaba, “le quitaba el poto a la jeringa”. Cuando algo le resultaba bien, cuando un texto respiraba autenticidad, dolor, rabia, alegrías, ella arrancaba despavorida y lo dejaba a un lado; que no, que “eso” era solo un borrador, algo escrito a la rápida y como para no aburrirse tanto. Ella poseía talento, pero se asustó, se pasmó. En Santiago no existió ningún taller de narrativa al que no hubiese asistido:

 

“….hace dos meses que voy a un taller de narrativa. Somos cuatro viejas, una “Lola” y un tipo con un dedo de frente (y que ya aspira a la celebridad), y el profesor, un ingeniero que aburrido del orden numérico un buen día se dedicó a escribir cuentos de ciencia ficción. Le gustó tanto su hobby que decidió dedicarse a eso solamente. Ha publicado algunas novelas y cuentos con buen éxito de crítica (ya cincuentón). Es increíble ver lo feliz que está ahora inventando cuentos. Tenemos que llevar uno por semana. Y ríete, el mío fue el mejor la semana pasada; antes siempre encontraba una disculpa para llegar sin nada…..”

 

“….ha sido bueno inscribirme en el Taller Literario. Me ha entretenido conocer gentes tan diferentes; hay una bióloga, un abogado, una estudiante, y un técnico en electrónica. La única sin profesión soy yo. La semana pasada comimos y bebimos dos botellas a la hora de almuerzo arreglando el mundo en la Sociedad de Escritores. Y lo que me ha pasmado es que mis cuentos los han encontrado tan buenos que el conductor del taller me ha dado orden de enviarlos a un concurso literario argentino. Te envío los cuentos. Me he dado cuenta que es lo más fácil escribir, me largo nomás y después quito lo superfluo. Hay gente que escribe regio en el taller y solo una lo hacía tipo novelita rosa, pero ahora descubrí sus poesías y eso sí que es bueno. Si continúo en esto, podría pertenecer a la Sociedad de Escritores no publicados. Hasta tienen una sigla y entregan sus manuscritos al grupo en tapas con dibujos….. estoy maquineando una novela. Lo malo es que tengo la obligación de escribir un cuento semanal, con el título que después te dan…”

 

Le gustaba el ambiente que respiraba en ese círculo de escritores amigos, disfrutaba de sus historias, de sus anécdotas, pero como lo escribiste anteriormente, sientes que escribir no le resultaba fácil, era someterse a un escrutinio torturante, al análisis público, a mostrar su intimidad, sus vulnerabilidades, y eso simplemente no lo sabía tolerar y hasta ahí llegaba todo, pero sin embargo a ti te empujaba a que lo hicieras libremente. ¿La escuchaste, seguiste su consejo?:

 

 “……Cristiancito, no creas que es una tontera escribir. Para mí, por supuesto, no es más que una entretención, ya tengo melladas o enmohecidas las facultades mentales. Para ti es distinto. Estás viviendo experiencias que muy pocas personas tienen, y con facilidad para describirlas. Además en España y en Europa también se aprecia mucho la literatura latinoamericana por esa mirada nueva, libre del lastre de demasiada civilización, de demasiada erudición y que se nota en el modo de escribir asfixiado de los países antiguos. (Esta es la máquina de escribir de tu hermano Gonzalo, se salta letras, no tiene acentos o no lo encuentro, ni tampoco la letra que sigue a la n). Tú tienes gracia, soltura, fluidez, y eso que se llama “ángel”… más la práctica. Dicen que es bueno anotar en cualquier libretita lo que se te ocurra… con un lote de apuntes así, hay un premio Nobel que ha compuesto sus mejores obras…..”

 

“….debes seguir escribiendo sobre lo que te pasa, sobre lo que te impresiona. Tienes la cualidad de dar con la frase justa, la que en un solo trazo define lo que ves. Escribe, escribe, mejor si es algo como diario (es lo que aconseja Alone). El dice que un escritor es oficio, el talento se perfecciona en la práctica. Hace falta gente objetiva, clara, limpia de prejuicios anquilosantes. Alguien como tú. Se puede –se debe tener dos profesiones- una para ganarse la vida y apreciarla y otra para vaciar lo personal, la propia visión de las cosas….”

 

 

“….cuéntame de ti. Espero estés aprovechando el tiempo no sólo en acumular conocimientos sino sobre todo en pasarlo bien, en conocer gente, saber qué piensan, qué sienten, qué esperan. Eso enriquece mucho, porque además relativiza la vida. Mientras más conocimientos vividos, más diferentes combinaciones intelectuales. Y escribe, escribe, tú tienes ese don desde chico, sabes tamizar y expresar tus descubrimientos porque tienes una mirada muy personal de las cosas, y recuerda que “ahora”, siempre “ahora” empieza todo. El pasado es algo terminado y el futuro es el camino siempre presente….”

 

 

Tu padre jubilaba en esos años, algo que siempre ha sido una especie de condena en Chile:

 

“…..es importante que yo esté con él en estos tiempos. No es fácil pasar a ser un jubilado, aunque siga atendiendo enfermos en su consulta y opere donde elija con su equipo (a los que va a prestarles su oficina por algunas horas a la semana). Y también el decano de medicina le ofreció elegir donde quería hacer clases de neurocirugía….”

 

“….es difícil ver la llegada del retiro. Ahora pidió permiso sin sueldo otro mes, mientras le sale la jubilación. El pobre se siente desambientado. Me da ternura, y es muy duro sentir que hay cosas que ya no se vivirán…..”

 

“… ahora Juan duerme siesta, más tarde lo invitaré a dar una vuelta y te pongo esto al correo. Hay que hacerle más fácil la transición del hospital a su nueva vida. Es cuestión de tomárselo con “Andina….”

 

Tu madre arregla una oficina para que tu padre pueda seguir ejerciendo como médico:

 

“…estamos contentos. El hijo de la Luz Vidal se encargó de arreglar el departamento de Jumbo Tour (que sería usado por mi padre después de jubilar) que Cerda (ex diputado DC) entregó demolido. Quedó estupendo y salió barato. Recorrí medio Santiago buscando un escritorio, una camilla y demás detalles.  Quedó bonito y dentro de un presupuesto justo….. la oficina quedó linda, gravillada de blanco, plantas, y con los dos sillones tallados, grandes, del comedor. El escritorio que elegí es de encina, lindo. Juan está feliz. Ahora va a hacer el traslado al centro….y Juan tendrá ahí siempre a su secretaria para las urgencias –será útil- claro que de 9 a 6 de la tarde…….”

 

“…..si todo va bien y le pagan a Juan su desahucio, compraré algo en Mallorca con buena vista, aunque sea de tan solo dos cuartos. Añoro volver allá y ustedes tendrían un lugar de ensueño para ir a verme. Mónica y Álvaro también dicen que tendrán que buscar trabajo afuera. ¡Y es tan barato que yo viva en esa isla! Juan irá cuando quisiera. Espera dejar de trabajar en unos tres o cuatro años más…”

 

Pero a veces con esa idea de hacerlo todo a su manera se mete en aprietos:

 

“…..me tomaron presa el lunes y me llevaron a la 1ª comisaría, creo en Santo Domingo. Esperé que Juan se fuera al hospital a las 2pm, para ir con la Guillermina, la empleada, en mi Chevrolet a su consulta en el edificio Carlos V, llevándole plantas y otros detalles. Lo malo es que mientras la Guillermina cuidaba el auto en el paseo peatonal de Huérfanos, y mientras yo llevaba plantas, muebles, sillas y de “un-cuanto-hay” al noveno piso, me dieron las tres de la tarde. Se empezó a llenar el paseo de gente y no pude retroceder por Bandera, y preferí seguir por Huérfanos hacia Estado, y ahí me pescaron. Era un joven oficial, más otros de tropa que no sabían qué hacer. Se armó un círculo de gente, y la Guillermina, creyendo que las “canastillas” y los insultos que llegaban desde un edificio cercano eran para ella, les contestó igualito, con sus “canastillas” propias, gritos y sacadas de madre. Preferí despacharla bien apurada para que llamara por teléfono a Juan para pedirle auxilio. El oficial no sabía qué hacer en medio de la trifulca. Habían fotografiado la patente del auto, a él, y a mí por suerte no, por estar adentro del auto. Y el vehículo de carabineros no llegaba nunca y se acumulaba más gente. El pobre con su walkie-talkie reclamaba y pedía refuerzos. Total, con un sargento adelante y otro bien sentado atrás, yo misma me fui manejando a Santo Domingo. Media hora después salí libre y manejando mi auto. Las infracciones fueron: 1. manejar por paseo peatonal, 2. manejar con los documentos vencidos desde Abril (no lo sabía), y 3. no usar lentes al conducir. Pero funcionó perfectamente el mecanismo de los amigos….. como el ex capitán de Algarrobo que conocíamos. Juan me esperaba comiéndose las uñas en la casa y hasta se olvidó de su consulta. Estaba tan contento de verme enterita que solo se fue a su consulta después de tomar té. Los enfermos esperaron. Después me llamó desde su oficina. Le encantó el arreglo de plantas y la disposición de muebles (esa tarde iban a llegar más de 40 detenidas, escuché que le decían al guardia…. y uno que ni sabe de eso por los medios de comunicación)….”

 

Y también le ocurren situaciones divertidas:

 

“….mientras te escribo, tu papá me pregunta cómo redactar un aviso del curso que va a dictar sobre neurocirugía en el Colegio Médico. Ahora para él soy una escritora…. ja, ja, ja….”

 

Siempre te preguntas cómo debió haber sido vivir en los zapatos de tu padre en esos años, en el período marcado entre los años 1970 al 90, y sobre todo 1973 al 80, o quizás, para ponernos un poco más exquisitos y con más ají, entre el 11 de septiembre del año 1973 y pocos días después del golpe militar. Ya anciano y pocos días antes de morir, -y esto ya lo has escrito, pero nuevamente florece y sale en la escritura como pidiendo una nueva versión, una nueva costra, una nueva intentona porque lo que te resultó antes parece no haber alcanzado bien lo imaginado, como que te has quedado corto frente a las expectativas, te has censurado, no te has atrevido a tocar la carne cruda- pero como decías, cuando tu padre ya estaba anciano, te confesaría con un dejo de tristeza, los años que le dolían:

 

-Pinochet nos jodió a todos, mijito…..

 

Tú lo miraste, y al final le preguntaste por qué dices eso, papá, has hecho una buena carrera; pero entonces él te miró como si ya hubiesen pasado muchos años, como si ya estuviesen todos muertos y enterrados, eternos, y te miró como entendiendo perfectamente que le estabas “vendiendo nuevamente otra pomada”, pero no te lo dijo, y tampoco te volvió a preguntar “a quien saliste tan inteligente, Cristiancito”. Simplemente escuchó tus explicaciones mientras yacía en su cama y probaba un poco de jugo de naranjas. Una ventisca fresca se coló por el ventanal del cuarto y los hizo mirar hacia afuera. Sin encontrarte la razón sobre el destino final de su carrera, sobre el éxito o el fracaso de su carrera médica, se sentió anciano y derrotado, al margen del mundo, sin mucho que decir mientras levantaba sus brazos, dejaba el vaso vacío, y se acomodaba un almohadón en la cabecera de su cama.

En esos años, los años 70, la sociedad chilena estaba tremendamente dividida, y a vuestra familia le ocurrió algo parecido, estaban fragmentados. Fueron tiempos en que la tensión no se disipaba, simplemente crecía y no tocaba fondo.

Tu padre no fue nunca partidario de Salvador Allende, pero su jefe y mentor, Alfonso Asenjo, si lo fue; fue no solo partidario, pero amigo y compadre de Salvador Allende. De manera que llegado ese fatídico 11 de Septiembre de 1973, Asenjo fue removido de su cargo como director del Instituto de Neurocirugía –el Instituto que él había fundado-  mientras tu padre aceptaba el puesto que le ofrecía el dictador, reemplazando así a su jefe, a su mentor….y mientras despedía a uno de sus hijos que se veía forzado a  partía hacia el exilio, hacia Alemania, para evitar las persecusiones y violencia.

Años después, escuchaste una entrevista de Leonard Cohen, en un DVD que compraste en la librería Barnes & Noble cerca de tu casa, y recordaste a tu padre. Era un tributo que le hicieron en el año 2005 (Leonard Cohen: I’m your man), donde se reunieron varios artistas y cantantes para rendirle un homenaje, ahí cantaron y al final lo entrevistaron. Es ahí cuando Cohen menciona a un general indio que, dispuesto a la batalla, divisa en el bando opuesto a parientes, tíos, amigos y además a sus educadores, gente que lo habían formado a él personalmente. Este general le pregunta entonces desolado a Krishna, un representante de la divinidad, qué hacer, qué hago ahora, maestro. Y este le responde: “tú nunca resuelves las circunstancias que te han llevado a este momento, tú eres un guerrero, tú estás regido por las circunstancias que yo he determinado para ti. Anda y cumple con tu deber: se guerrero.”

 

Y tu padre así lo hizo, fue guerrero y reemplazó a su mentor sin mayores miramientos mientras muchos médicos le quitaban el saludo por golpista, por asociarse a la dictadura de Pinochet. Imaginas la tensión tremenda por la que atravesó tu padre en esos años; para algunos sobreviviendo como un ambivalente, o para sus enemigos declarados como un “chueco”, sin encarnar realmente a un hombre de izquierda ni tampoco de derecha, es decir con amigos y enemigos en los dos rincones del espectro. Para otros, a lo mejor tu padre se paseaba por el mundo como un desleal y un traidor, o como un amarillo, sin realmente abrasar un compromiso verdadero.

 

Ustedes tenían parientes militarse que visitaban vuestra casa…… y que a veces –cuando salían a la calle- casi se topaban con los “ex” políticos de entonces, amigos de tu padre como Patricio Aylwin y Radomiro Tomic. Recuerdas con cariño que tu padre se preocupó de su legado, de  cómo lo recordarían ustedes, sus hijos e hija, y crees que esa imagen precipitó que a los pocos años, en el año 1977, renunciara a la dirección del Instituto de Neurocirugía. Los odios y los desencuentros con Asenjo, sin embargo, no dieron nunca tregua. En un Congreso de Neurocirugía celebrado en Europa, por ejemplo, coincidieron en el mismo Hotel donde se produjo un hecho bochornoso y que solo hace pocos años tu madre te lo confesaría. Estaban en su departamento hablando de esos años, viendo fotos, cuando sin mucho motivo te preguntó si acaso tú lo sabías. Saber qué, le preguntaste. Y ahí fue cuando te contó “lo de Asenjo”, quien después de hablar con los organizadores del Simposio, los había obligado a mudarse del hotel donde se celebraba la conferencia, los había obligado a irse hacia un hotel distante, lejano y periférico. Fue tremendo, humillante, te confesó tu madre, cuando ya habían transcurrido muchos años y podía hablar sin rabia. Pero la venganza de tu padre no se hizo esperar mucho,  porque al llegar a Chile contactó a periodistas amigos -como Emilio Filippi- para que divulgaran su participación en esos dos eventos, refiriéndose a ellos como un gran éxito internacional. Es así como en el diario Las Ultimas Noticias del jueves 29 de Septiembre de 1977, se publicó una nota sobre los dos Congresos de Neurocirugía a los que asistió tu padre. Y con grandes halagos mencionaban como el delegado chileno, en representación del Ministerio de Salud, había presentado con gran éxito trabajos en el XI Congreso de Hidatidosis celebrado en Atenas, y después en París, en el Congreso de Cirugía de Urgencia. En el titular del periódico se anunciaba lo siguiente: “Importante participación de Chile en dos Congresos Internacionales”. En el artículo lo mencionan como jefe del Servicio de Urgencia del Instituto. Tu padre ya había renunciado a su dirección, y ese era el otro motivo por el que trataba de promocionarse: lo tenían en la mira porque en esos años si alguien no estaba con ellos, con el régimen, con los militares, con Pinochet, entonces estaba indudablemente contra ellos y era un contrincante, un enemigo al que había que neutralizar.  Tu padre había renunciado al cargo para dejar en su lugar al doctor Reinaldo Poblete, y se defendía contra los embates por aniquilarlo que provenían de uno y otro sector político.

 

Esos fueron años dramáticos, y donde llegaban a tu casa gentes de variados rincones del espectro político chileno, de izquierda y de derecha. El común denominador de muchos, fue que parecían vivir sus días y sus horas de manera muy intensa. Recuerdas que a pocos días de ocurrido el 11 de Septiembre, llegó a visitarlos a tu casa, como un escolar cualquiera, René Silva Espejo, el todopoderoso director de el diario El Mercurio en ese entonces. Y pese a todo lo que algunos pudieran imaginar, ese hombre de derecha, terrible enemigo de Salvador Allende, se portó como un buen tipo, quería saber cómo estaban ustedes, cómo estaban tus hermanos. En otra ocasión, cuando tu madre lo encontró caminando frente al periódico, y ella hizo un amago de parar el auto para saludarlo, él le advirtió urgentemente, “siga manejando, siga manejando, no se detenga, no pare.” Los de inteligencia también lo vigilaban.

Recuerdas claramente un nombre, el coronel Parodi, que trabajaba en los servicios de inteligencia de la Fuerza Aérea. Estaba asignado al Instituto donde trabajaba tu padre. Un fin de semana y trabajando en la oscuridad de la noche, descubrió un principio de incendio en los pisos altos del Instituto, y donde tuvo que saltar las rejas de entrada para investigar. Supiste que en algún momento no se entendió bien con tu padre porque lo amenazó con detenerlo. Si no me cree, entonces lléveme preso, parece que le dijo tu padre. En esa misma época te enteraste por un amigo tuyo, Alejandro Parodi, que “a tu papá se lo quieren cagar, Cristián”. Así te lo dijo, sin rodeos y como haciéndote el favor de amigos contándote la firme mientras estudiaban química. Imaginas que el coronel Parodi tiene que haber sido su pariente, y de los cercanos; en Chile todos están relacionados por parentescos, sobre todo si llevan el mismo apellido. Decidiste no mencionarle nada a tu padre porque él ya lo sabía; imaginaste que sería seguirle el juego a los que estaban en el poder en ese entonces. Y tampoco le dijiste nada a tu amigo Alejandro, simplemente lo escuchaste y miraste los cuadernos. Fue algo así como cuando uno ve que se viene la tormenta y es mejor prepararse, tomar nota, protegerse…… o partir de Chile, emprender vuelo, ¿hacia USA?

 

Como contabas, en esos años a tu padre lo atacaban desde muchas direcciones. Había tensión en vuestra casa. Con el paso del tiempo siempre te preguntarás, ¿qué habrías hecho tú en una encrucijada semejante? Un primo tuyo, que trabajaba en el servicio de inteligencia de Pinochet, por ejemplo, se divertía cuando pasaba a verlos y donde le servían tecito. Ahí, mientras probaba galletitas y se limpiaba la boca con una servilleta blanca, pasaba revista a todas las conversaciones telefónicas que había escuchado de tus padres durante esa semana. ¿Así que ustedes son conocidos de los Aylwin, tía?,” le decía a tu madre soltando carcajadas, haciéndose el pícaro, el inteligente, y escupiendo por casualidad restitos de galletas. “Y habla harto con la señora Olaya (Tomic), tía, ¿cierto?….. y para qué decir algunos curas jesuitas.” Tú lo miraba casi sin creer que eso se pudiera hacer. Imaginas que lo dejaban entrar a tu casa para reconocer potenciales peligros, o lo que les podría suceder en el futuro.   En una de sus visitas, y después de sus continuos comentarios y preguntas sobre las llamadas telefónicas a la casa de Aylwin, tu madre le sugirió, “diles que yo soy su amante”. La idea le pareció excelente porque los asuntos relacionados con el sexo tienen poca relación con la política.  Y así fue como tu madre quedaría catalogada en los archivos de inteligencia como “la amante” no solo de Aylwin, pero de varios políticos de oposición, y no la molestaron nunca más. Cuando tu madre se lo contó a su amiga Leonor Aylwin (ya convertida en primera dama)…..  no le causó ninguna gracia, y fue algo que consideró seriamente y sin sonrisas.

Crees que tu padre se libró y los libró a todos ustedes de una tragedia grande. Siempre te has preguntado cómo lo hizo, cómo sobrevivió siendo un tipo tan conflictivo para las autoridades de turno. Imaginas que notó flaquezas en el otro bando, personajes que también miraban descontentos hacia otros horizontes pese a formar parte de las autoridades de turno, de la dictadura. Supiste de un coronel que le decía derechamente a tu padre, que formaban un buen “team”, como insinuando yo te ayudo ahora para que tú me ayudes después. Crees que a tu padre lo ayudaron también los fuertes contactos que tenía con la embajada de USA en Chile y sus servicios de inteligencia. Todo comenzó cuando atendió a la esposa de un funcionario de la embajada después de un tremendo accidente de autos; pero ese es tema para otra nota.

 

Poco antes de que tu padre falleciera, no supiste ver con suficiente claridad los motivos por los que él te pedía con urgencia que le arreglaras un texto que te había mandado por cartas, y donde escribía sobre su desarrollo como neurocirujano y sobre su especialidad. El neurocirujano Pablo Donoso, su colega y hermano del escritor José Donoso, ya había publicado una especie de Historia de la Neurocirugía en Chile, en la Revista Chilena de Neurocirugía. A su vez, el doctor Gustavo Díaz ya estaba escribiendo su propio libro (Historia de la Neurocirugía en Chile), que publicó pocos años despúes. Tu padre pretendía escribir su versión de cómo había ocurrido todo eso, pero no te lo dijo claramente. Recientemente te enteraste que poco tiempo antes, en el año 1996, el doctor Reinaldo Poblete, que tu padre había escogido para reemplazarlo como director del Instituto en el año 1977, había sido nombrado Maestro de la Neurocirugía Chilena….. pero no él, no tu padre……. Crees que por esos motivos, él trataba de escribir su propia versión de cómo había ocurrido todo, pero desgraciadamente lo que alcansaste a escribir no resultó (“Historia de la Neurocirugía en Chile y una Despedida”, en Amazon), no funcionó porque el tono de lo escrito no fue académico, y estuvo encausado más hacia la autobiografía y la novela que hacia esos textos áridos y sin sabor que enfatizan lo técnico, lo impersonal, que es justamente la que se publica en círculos académicos y que se lee poco.

 

En el sitio Internet del “Instituto de Neurocirugía Asenjo”, se menciona que “el impulso que Asenjo le dio a la neurocirugía chilena se vio interrumpida en septiembre de 1973, cuando fue exiliado a Panamá. Desde entonces se posó en Chile un estancamiento en su desarrollo, para transformarse hoy en una especialidad más de la medicina y su Instituto ha sobrevivido angustiosamente durante muchos años.” Y como se escribe en la editorial de la Revista Chilena de Neurocirugía (Vol 1, No 1, 2012 pagina 10) Asenjo fallecería el 29 de Mayo de 1980, “sin volver a pisar los cimientos de su amado Instituto de Neurocirugía e Investigaciones Cerebrales”.

 

Recuerdas la última vez que viste al doctor Asenjo. Habías acompañado a tu padre al Instituto y te quedaste esperándolo en el auto, frente al edificio en el estacionamiento. Y estabas en eso, esperando, cuando llegó el doctor Asenjo para revisar su auto; al menos eso crees porque lo recorrió mirándole las ruedas, y pronto regresó hacia el Instituto. No lo saludaste y él tampoco dijo nada, pero te miró y tu lo miraste atentamente. Ya faltaban pocos días para el golpe militar. Una vez que se produjo y volaron los aviones, siempre lo recuerdas mirando las ruedas de su auto, o inspeccionándote a ti, el hijo de Juan Fierro, o las ruedas del auto del papá. Recuerdo que cuando el doctor Asenjo falleció, ya de regreso en Chile y después de varios años de exilio, muchos médicos llamaron a tu padre pidiéndole que por favor asistiera a su funeral. Fue una seguidilla de llamadas telefónicas de último minuto, urgentes…… a las cuales, tu padre, sin titubeos, -urgentemente también- a cada uno de ellos les dijo que no, hasta último momento se negó y no asistió a su funeral. Todavía recuerdas ese teléfono, el clic de ese teléfono amarillo, de plástico, y la mano de tu padre levantando el fono y después su rostro, inmutable, cuando volvía a contestar que no…

 

¿Quién fue tu padre? Es difícil dar una respuesta clara cuando uno se refiere a los padres. Imaginas que los padres serán siempre un misterio porque pertenecen a un universo paralelo donde a veces y solo en contadas ocasiones se tocan con el universo tuyo, de los hijos o la hija. Por eso al fallecer ellos, como que continúa el diálogo, como que siguen en comunicación porque las burbujas siguen ahí; pero ya no existen los contactos locales, los roces, las conversaciones, y solo queda ese misterio que se mueve adentro de tu propia burbuja y que se queda inútilmente esperando a que la toquen. A lo mejor escribir y recordar es un intento fallido por intentar recrear esa otra burbuja que se fue. Como escribe Eduardo Halfon …..”al escribir sabemos que hay algo muy importante que decir con respecto a la realidad, y que tenemos ese algo al alcance, allí nomás, muy cerca, en la punta de la lengua, y que no debemos olvidarlo. Pero siempre, sin duda, lo olvidamos.” Desgraciadamente algo así te ocurre con tu padre. Todavía ves su burbuja, la imaginas, la tratas de tocar, casi la tocas, muy cerca, pero siempre, sin ninguna duda, se te esconde.

 

 

Tu madre habla también sobre su vida familiar, lo que le sucede a tu hermana Mónica o tu hermano Álvaro y Alberto:

 

“…tu hermana Mónica y Álvaro ya están pensando en las vacaciones de invierno. Les ha ido más o menos bien y trabajan toda la noche. Juan se enfermó un poco al mezclar algo de whisky con valium, para no estar preocupado de verlos despiertos trabajando tanto y toda la noche. Ya se le pasó, pero ha quedado tan asustado que no ha vuelto a probar nada de alcohol…”

 

“…a Álvaro  lo siento como si fuera un extraño. Creo que vive muy presionado en la universidad, y siempre está preocupado. A veces pienso que somos jugadores frente al tablero de ajedrez y con solo referencias de cómo se juega; me gustaría que supiera que nada es demasiado importante como para vivir en continua tensión. Si puedes escríbele algo sobre lo que se te ocurra, que lo haga sentirse un poco más tomado en cuenta. El 30 de Septiembre es el cumpleaños de Mónica y el 25 de Noviembre el de Álvaro. Si puedes envíales algunas letras a cada uno…. (y dile a Gonzalo y Álvaro)….”

 

“…..Albertito (tu hermano mayor) no ha escrito desde su vuelta de España. Los papás de Aída (esposa de mi hermano, Alberto) no fueron a Europa. Y no los he llamado ya que no dieron señales de vida para el matrimonio de tu hermano, Gonzalo. Les envié parte con invitación y los invité además por teléfono…”

 

 

“…..el clima en la casa ha mejorado. La nueva empleada es serena y sabe su trabajo. Está contenta. Tiene tres hijos grandes y una chiquitita de cinco años. Mónica (mi hermana) volando entre un trabajo y otro, siempre asegurando que le va a ir mal. Es demasiado perfeccionista, y baraja al mismo tiempo demasiadas ideas sin decidirse por una, y hasta última hora….”

 

 

Y la situación financiera y política se deteriora en Chile:

 

“….la gente ha retirado sus ahorros de miedo a que se los congelen. Han habido grandes festejos con motivo del centenario de la batalla de la Concepción donde hasta trajeron el corazón de varios oficiales. A Lafourcade lo sacaron del canal 7. En el Teatro Municipal de Viña, cuando le entregaban el premio Luisa Bombal por US $10.000 reclamó por el apagón cultural y no sabemos qué más porque solo radio Cooperativa ha comentado el asunto. Ahora hasta discuten si deben entregarle el premio o no, y de la inoportunidad de protestar en es evento. Por ahora sigue trabajando en El Mercurio.…recién supimos que lo más grave fue que Lafourcade pidió la vuelta a la democracia….”

 

“……aquí la recesión va y los enfermos no pagan porque tampoco tienen $. Aunque con la nueva consulta estamos más optimistas (otra vez tuve que acarrear muebles al centro). Solo gastamos en lo indispensable, en muebles. Claro que del traslado se encargó Juan… y está bien contento con el resultado. Creo que se me va al hoyo mi viaje a Palma en Septiembre, era mi sueño…..”

 

 

Crees que Chus tiene razón al interesarse más en las historias de familia. Una mirada rápida imagina que los asuntos de familia pueden llegar a ser muy restringidos, y dirigidos solo hacia la familia y los más cercanos, faltos de interés, donde se ventilan asuntos íntimos, demasiado personales, alejados de algo universal y que toque a todos, que les llegue a muchos. Claramente eso no ocurre. En las historias de familia y sus intimidades, se palpan temas bien universales, se ve amor, se conoce la traición, se presentan hijos ilegítimos -como un NN- y todo amenizado con drama y desencuentros; se tocan temas universales que nos atañen a todos de manera individual; nos llegan, y por eso nos identificamos con ellos plenamente.

 

 

8. Los retratos de tu padre

 

Pocos meses antes de morir, tu padre se sentó en una silla –¿esa que todavía está ubicada en la cocina del departamento?- y comenzó a escribirte notas breves en el reverso de varias fotos. De alguna manera supo que se iba a morir y que le quedaba poco tiempo. A lo mejor notó lo triste que resultan las fotos antiguas, las de antepasados remotos que ya no dicen nada porque están muertos, vaporizados, idos para siempre, y por eso quiso salvar algo de ellos escribiéndote pequeñas reseñas. Después buscó un sobre y te las mandó certificadas a Cleveland, donde vivías en ese entonces.

 

En las fotos antiguas, amarillentas, los personajes se quedan estacionados, congelados en el tiempo, pero asumiendo sus mejores poses. Te miran desde ese papel retorcido como tratando de contarte algo, lo que hicieron o lo que dejaron de hacer con sus vidas, pero ya no ganan nada, están muertos, te miran desde el otro lado. Ni siquiera los recuerdas por sus nombres. Cuando falleció tu abuela Oriana, por ejemplo, alguien puso muchos retratos de la familia sobre una mesa destartalada desde donde  los visitantes las sacaban. Las mejores se fueron con rapidez para terminar probablemente escondidas en otra cajonera de un pariente, esperando a que les llegara el turno para salir nuevamente a la luz pública. La parentela que llegó primero, temprano por la mañana, se llevó los mejores retratos, aumentando así las divisiones y rencores que en tu familia, se pasaban de mano en mano como si fueran monedas calientes. Recuerdas que tu abuelo, Augusto, el marido de Oriana y que había fallecido antes, les sacaba mejor provecho a esas fotografías porque siempre llevaba una en el bolsillo de su chaqueta, y que mostraba orgulloso al que quisiera escucharle. Recuerdas uno bien importante y que él usaba para impresionar a sus amigos, era una foto de tu hermano mayor, Alberto, junto a tu madre saludando al Papa Juan Pablo VI cuando lo visitaron en el Vaticano. Las guardaba en el bolsillo de su chaqueta y la sacaba tantas veces que ya parecían fotos de periódicos añejos. A lo mejor también estaban salpicadas de saliva, porque cuando las mostraba hablaba con fervor y gozosamente las apuntaba con la fuerza de todos los dedos de su mano.

 

Recuerdas que tu hermano Alberto te contó que un día fue a recorrer el departamento cercano a Plaza Italia donde habían vivido la madre junto a la familia de la hermana de tu padre, tu tía Maruza. El lugar funcionaba como un hostal para estudiantes, y lo invitaron a pasar sin inconvenientes. Recorrió los cuartos, y aparentemente le creyeron la historia de su antigua familia porque le regalaron un álbum de fotos que alguien había encontrado en un closet abandonado del primer piso. Eran muchos retratos y hasta el día de hoy alguien trata de darles un nombre a esos antepasados que se ríen, que se sientan, que se abrasan, pero que tristemente ya no dicen nada. Cuando falleció tu tía, a nadie se le ocurrió ofrecer sus fotos a la parentela y a lo mejor por eso quedaron en una cajonera, escondidos, y en manos de esos desconocidos del hostal.

 

En los retratos muchos se esfuerzan por mostrar una gloria o alegría falsa que apenas vivieron, o que a lo mejor existió, pero de manera breve y bien fugaz. Quizás por eso tu padre escribió lo siguiente, en el reverso de la foto donde también estaba él y su sonrisa:

 

“Tus antepasados con cara de satisfacción. Los recuerdos penosos no se ven; los tratamos de olvidar poniendo caras alegres.

Foto tomada desde nuestro departamento en Santiago. Abril 2001.

 

 

¿Cuales habrán sido los recuerdos poco alegres que tu padre no te mencionó?

 

 

9. Antes de partir

 

Antes de volar a USA vendiste tu Fiat 600, blanco, y por algún motivo extraño, simplemente partiste de Chile como si encaminaras tus pasos hacia una sala de clases. Partiste como estudiante y sin esa idea inicial de largarte para no regresar jamás. Era un paso, no un salto como el que dio tu hermano Gonzalo al irse a Canadá. Lo tuyo fue más solapado, no parecía una partida, un corte, parecía un paréntesis; te ibas para estudiar lejos y conseguirte un mejor futuro, ya se vería, eso sería todo. Con tu hermano Gonzalo fue distinto, él se había ido de frentón, casi de portazo. Ya había estudiado en USA antes, donde había obtenido un flamante título de ingeniería comercial, y simplemente en Chile no se acostumbraba, y pocos lo supieron comprender. Lo amordazaban las costumbres, los trámites, las reuniones, los cafecitos y esa manera de quemar el tiempo. Tenía trabajo, no le iba mal, pero algo le picaba, y decidió volar y buscar nuevos horizontes con Anita y sus dos hijas. Chile y su estilo de vida lo asfixiaban.

 

En ese sentido a ti te ocurrió algo parecido, también estabas asfixiado y te sentías como un extranjero en Chile, en tu propio país. Pero ahora te das cuenta que eso se relaciona más que nada contigo mismo, ahí está el origen, porque ese asfixia es algo que te ha ocurrido en casi todos los lugares donde te ha tocado vivir. Incluso en tu propia familia a veces te sentías un extraño; te molestaba esa manera oblicua de decirse las cosas, por ejemplo, donde no se preguntaban directamente por  “a”, lo hacían por “b,” pero de una manera solapada que implicaba “a”, que buscaba la respuesta de “a” aunque no directamente. Había mucho claro-oscuro, mucha danza para decirse las cosas por su nombre. También, sobre todo tu madre, recurría mucho al mensajero, al “dile a tu hermano que…..”, o “dile a tu hermana que…..”, en lugar de ir ella a decir claramente lo que pensaba. Los temas peliagudos fueron siempre borrosos, poco claros. Éramos –¿lo seremos todavía?- poco transparentes para decirnos las cosas, había mucho mensaje velado, escondido, para tratar temas y decirnos las cosas por su nombre. Quizás por esa lejanía física, temporal, finalmente, estas notas te salen más directas, aunque duela, aunque te duela y lastime un poco a todos.

 

En esos años, eras bien callado y eso te ayudó porque tienes la impresión que a los callados les va mejor en USA. En Chile hay que ladrar bien alto, y para eso nunca fuiste bueno.  Con Gonzalo tenían edades parecidas, eran jóvenes, y cuando emigraron aprendieron a generar nuevas raíces a costalazo limpio, dándose de culo sobre el pavimento mojado. Pero así ocurre cuando se es joven, donde nos sentimos invencibles y tomamos riesgos, viajamos, nos arrojamos a los torrentes caudalosos de algún río, saltamos. Te fuiste de Chile como estudiante y te fueron a despedir sin problemas al aeropuerto, y te abrasaste para alejarte de tus padres, tus hermanos, hermana y los amigos. A tu hermano Gonzalo no le ocurriría así. A él no lo irían a despedir de la familia –con excepción de tu hermano Álvaro, el menor- porque nadie entendió a tu hermano, sobre todo tu madre que estaba hecha un trompo y exigió que nadie fuera a despedirlo. ¿Por qué se iba de esta maravilla de país? ¿Para buscar nuevas aventuras? Pero se consolaba imaginando que su hijo tenía el gen de sus antepasados exploradores, los Ossa, descubridores del salitre en Chile. Y así fue como a tu hermano solo lo fue a despedir el chofer de la CEPAL donde trabajaba en ese entonces.

 

En un principio tu hermano Gonzalo trató de emigrar hacia Australia, donde ustedes tienen un pariente, una prima de tu madre. Cumplió con todos los trámites rutinarios, como visitar el Consulado, llenar formularios, entrevistarse, y cuando ya lo tenía todo listo, a pocas semanas de partir, lo llamaron por teléfono para contarle que su madre había conversado con Cónsul para informarle de algo grave. ¿Qué era eso? ¿Qué les había dicho? Les había largado la noticia-bomba y teledirigida de que en su familia, en la familia de él, de Gonzalo, habían muchos miembros con problemas mentales –lo que no era cierto- y que basado en esa información ya no lo podían aceptar como inmigrante. De más está decir que hasta ahí llegaron los preparativos para su partida. Todo reventó y no le quedó otra alternativa que pensar en Canadá; pero antes, siguió los consejos del Cónsul: “la próxima vez”, le dijo, “cuando trate de aplicar en otro Consulado, no se lo cuente a nadie y hágalo solito.” Por una extraña coincidencia, tu padre le dio el mismo consejo cuando llegó a casa destrozado después del trámite fallido, pero con un agregado de color: “no se lo cuentes a nadie, mijito, no se lo cuentes a tu madre hasta que lo tengas todo listo. Ella está ta-ta-ta-ta-ta…..” Y así fue como lo hizo, no se lo contó a nadie, ni siquiera a tu madre y por eso fue que partió sin ninguna despedida porque cuando ella se enteró, lo desaprobó con rabia y dio la orden perentoria de que nadie lo podía ir a despedir. Y así fue como partió con su señora, Anita, y sus dos hijas, solos, a buscar nuevos horizontes a Canadá. En el aeropuerto de Montreal lo esperaba un amigo de tu padre (la hija de Julio Durán) que lo llevó a un Hotel de mala muerte donde comenzó su nueva vida. A las pocas semanas ya aprendería algo de francés para conseguir trabajo.

 

En tu caso llegaste a USA a la Universidad de Georgetown, en Washington, para aprender inglés. Tenías recomendaciones del sacerdote jesuita, Patricio Cariola, lo que te ayudó bastante. Así fue como conectaste con José Zalaquett (que Pinochet había expulsado pocos años antes por su defensa de los derechos humanos) quien te ofreció todo su apoyo. Recuerdas que llegaste perdido a su oficina, ubicada en esa universidad donde trabajaba en un proyecto que ya se terminaba. Después del saludo inicial, de inmediato tuviste la seguridad de que te ayudaría, porque al ofrecerme café, lo hizo generosamente y sujetando una servilleta enorme, blanca, del porte de una bandera. Tu inglés no era bueno, y te preguntó donde pensabas estudiar. En Cleveland, le dijiste. De inmediato te trató de ayudar corrigiéndote el acento, y te empujó a pronunciar “Cleveland” como lo hacen ellos, como arrastrando la “v” y te dio nuevos consejos. Al menos tendrás una buena orquesta, te dijo, al mencionar la Orquesta Sinfónica de Cleveland. No solo te abrió generosamente las puertas de su departamento, pero terminarías jugando ajedrez con sus amigos. Él sería el que terminaría escribiendo la carta que mandaste a Case Western Reserve University -un abogado especialista en derechos humanos escribiendo sobre química- donde explicabas las razones por las que te interesabas, y los motivos por los que querías continuar con un doctorado. Y todo resultó, pero solo ahora, que lo escribes, ves la locura de esa empresa: te habías ido de Chile sin mucha claridad y cuando ni siquiera te habían aceptado como estudiante en algún instituto o universidad. Pero te largaste; esas son las aventuras que se emprenden cuando joven.

 

A los pocos meses, cuando finalmente aterrizaste en Cleveland, llegaste primero a la oficina del departamento de química de la Universidad de Case Western Reserve, donde las secretarias te ayudaron, te indicaron donde tenías que alojar, donde podías comprar pan, leche, y te presentaron a una estudiante de Colombia, Rosario Neira, que te siguió ayudando, mostrándote el departamento y algunos profesores. Es increíble la generosidad que conociste,  y sin mucha planificación. Lo curioso es que el edificio donde pasaste tus primeros meses –Clark Towers– antes lo había conocido tu hermano Alberto, cuando visitó Ohio como estudiante de intercambio en las secundarias. Lo sabes por una filmación que él hizo en esos años.

 

Te demoraste en acomodarte al cambio. Y te convenciste que a lo mejor en USA, finalmente, te podrías sentir a gusto, sobre todo al leer a algunos de sus escritores. Y desde ese entonces notas que tu tierras son más diversas de lo que imaginabas, y que están bien descritas  por esos escritores norteamericanos (Carver), argentinos (Cortázar, Schweblin), españoles (Carrión) peruanos, chilenos, o libaneses, como el incomparable Hisham Matar. Sientes que al leerlos perteneces a esas casas, a esas familias y esos dramas, y que por ahí decididamente no eres un extraño, un extranjero; ahí están tus territorios, tus países.

 

 

2 comentarios en “Creo que ya tengo un libro. Ahora hay que combinar todos estos blogs en una gran juguera y ver el resultado… Enero 17, 2020”

  1. Cristian ¿como va todo? Te echo de menos y me gustaría saber que todo está bien. Días complicados de Navidad. Solo quiero mandarte todo mi cariño para ti , Pilar y las chicas! Un abrazo

    El El sáb, 30 nov 2019 a las 14:21, María Jesus Duato escribió:

    > Genial Cristian! > > El El vie, 29 nov 2019 a las 21:40, cristianfierro81 <

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