De “vacaciones” por el momento. Ahora tengo que introducir todos estos blogs en una gran juguera para ver que resulta…

  1. Como un suspiro

 

Ahora que te has quedado sin las cartas porque se terminaron, en tu familia se dejaron de escribir, y como que algo se empobreció y se te cerraron muchas puertas. Sientes que tienes que organizar todos esos capítulos y darles un orden. A lo mejor sería bueno comentar las cartas, como lo has estado haciendo, pero sin mostrarlas completamente porque eso puede resultar repetitivo. En Enero del 2018, escribiste algo que ahora crees te resultaría mejor re-escrito en segunda persona, como si alguien te soplara las palabras. Eso es lo que tienes que hacer, pero uniendo los diferentes capítulos para terminar en la ficción:

Se trasladaban en ese Chevrolet aletudo, rojo, en una carretera antigua camino hacia Algarrobo. Era verano y pasaban frente a una casa que en ese entonces ustedes llamaron “la casa pelá” porque estaba siempre vacía, pelada, cuando desde la radio del auto empezaron a escuchar a Leo Dan y su “…….el amor que sentimos cuando a veces el amor”….. Tu madre distraídamente comenzó a tararear la melodía mientras sostenía el volante del auto desde la parte inferior, como acariciando la cantilena que escuchaban. ¿Qué era eso? ¿Qué ocurría? Había sol y entraba una ventisca fresca y vigorosa por las ventanas del auto, era verano, y por un momento breve, sentiste que ocurría algo importante. Luego miraste nuevamente a través de las ventanas y te golpeó el aroma de los eucaliptos, y por efímeros segundos sentiste algo fuerte que a lo mejor pudo ser felicidad. Tu madre todavía cantaba cuando de sopetón la interrumpiste y para preguntarle por qué todas las canciones hablaban del amor:

-¿Por qué, mamá?

Ella entonces dejó de tararear la melodía, se quedó quieta, muda, y dejó también de acariciar el volante, pero siguió escuchando a Leo Dan. Pensó otro tanto y después te contestó como si ya hubieses sido un niño grande, un adulto:

-Es búsqueda, Cristiancito, es búsqueda.

Y te siguió hablando por un rato largo, como si afuera no hubiese ningún árbol y estuvieran adentro de una sala de clases con harto tiempo disponible. Siguió manejando, pero claramente notaste que había ocurrido algo importante; por un momento ella se había transportado hacia otros lugares, hacia otros recuerdos, y quien sabe, a lo mejor revisitó su propia vida, sus amores y divisó a su primo con el cual la habían tratado de casar cuando todavía era más joven. ¿Vislumbró otra vida? ¿Vislumbró otros hijos? ¿Otra familia?

Con tu padre te ocurrió algo parecido. Se bajaban del mismo auto cuando te ofreció la mano y sentiste su seguridad y calor tan típicos; siempre tenía las manos tibias. Temiste perder todo eso y te lo imaginaste tremendamente enfermo y viejo, y que se podía morir pronto. Todavía no llegaba a la ancianidad, era incluso más joven que tú ahora, pero lo imaginaste como un abuelo en mal estado. Y le preguntaste si el tiempo se le había pasado muy rápido:

-¿Se te pasó todo muy rápido, papá?

-¿Qué, mijito…?

-El tiempo, papá, el tiempo. ¿Se te pasó todo muy rápido?

Se quedó muy serio, mudo, se detuvo, y por un momento sentiste que se había transportado hacia otros lugares, hacia otros recuerdos, y quien sabe, a lo mejor también revisitó su propia vida. Sentiste que se le había olvidado lo que tenían que hacer: ¿por qué se habían bajado del auto? Tú tampoco lo recordabas, pero afuera había mar, el murmullo de las olas, las gaviotas y nuevamente mucho sol junto a su mano tibia. Miró hacia el frente, te miró fijamente a ti y con algo de angustia y tristeza te lo confesó sin miramientos:

-Como un suspiro, mijito, como un suspiro- Y se quedó nuevamente mudo y te soltó su mano tibia.

De ahí para adelante a ti también el tiempo se te ha pasado rápido. Y no escuchas tanto a Leo Dan, pero sí a Bruce Springsteen, Leonard Cohen, Eduardo Gatti, que también te empujan a pensar en otras vidas, en otras realidades. Pero siempre regresas, siempre vuelves (“voy y vuelvo”, como te recuerda Nicanor Parra) y sigues manejando aunque ya no estás en Chile y no ves el mar, las gaviotas y tampoco sientes el aroma de los eucaliptos de ese entonces….

 

 

2. Con música o sin música

Cuando eras niño y cuando pasabas por períodos donde percibías el mundo color de rosa, disfrutabas al escuchar esa música que escapaba de la radio del auto, e imaginabas que afuera, esos hombres y mujeres que caminaban por las veredas atestadas de polvo, de trajín y de perros vagos, de alguna manera, si la escucharan, sería también una melodía que les gustaba, y le reconocerían ese valor que tú le dabas. Te reconfortaba pensar que esos transeúntes, al escucharla con detención en la privacidad de sus propias casas, en sus departamentos, o en sus cuartos de arriendo, estarían de acuerdo contigo: la música no estaba mala.

El auto se detenía en un semáforo, en la calle Alameda, en el centro de Santiago, y divisabas a la gente, a la muchedumbre que avanzaba a pasos agigantados para cruzar las avenidas. Las ropas que llevaban eran siempre oscuras, negras, de tonos grises, a lo mejor por el invierno santiaguino (siempre tratas de darle un sentido a todo). Los plantones en los semáforos con sus luces rojas, eran siempre parecidos, tú adentro del auto, escondido en tu propia burbuja, mironeando a los que estaban afuera, cercanos, pero sin embargo tan distantes. Ese no era el mundo tuyo todavía, era un universo que después, pronto, cuando llegaras a “grande”, podrías aspirar a conocer. La bulla de esa calle presagiaba lo que se penetraría vertiginosamente en vuestras vidas, la vida de estudiante en las secundarias del colegio San Ignacio, cuando surgía el movimiento popular de Salvador Allende y sus grandes banderas. Ahí fueron muchos los que quedaron descolocados y haciéndose muchas preguntas, incluidos los jesuitas, que abandonaron un poco sus tareas de guías espirituales, para dejarlos a ustedes abandonados a vuestra propia suerte: ellos estaban demasiado enfrascados tratando de ver o de estudiar como reaccionar frente a esos “signos de los tiempos”, embebidos en sus propias revoluciones y discusiones internas. Así fue como ustedes quedaron inmersos y abandonados a vuestra propia suerte adentro de esos grupos diferentes que formaban los compañeros de curso. Ahí comprobaste en carne propia cómo florecía el músculo de la tribu, y la importancia que tenía el grupo, donde tus compañeros físicamente más poderosos y grandulones impusieron y organizaron la convivencia en los recreos y la vida diaria. Todavía recuerdas con sorpresa la tremenda patada en el trasero que te daría un compañero de colegio sin motivo alguno, y poco antes de entrar a los comedores a la hora del almuerzo. No fue una patada dolorosa, pero sí bien humillante y todavía la recuerdas. Muchas veces la interacción con los mismos profesores la dominaban también ellos. Las autoridades del colegio, a lo mejor imaginando que sería bueno exponerlos al mundo de la calle, de los trabajadores, ese que conocías tan poco y que veías cuando se detenía el auto en los semáforos, decidieron contratar a un profesor de rasgos indígenas. Recuerdas claramente su apellido: Morgado, se llamaba Rosendo Morgado Wong. Y frente a él ustedes demostraron descaradamente el racismo al reírse cuando pronunciaba ciertas palabras claves de manera sospechosa, desenmascarando así su origen humilde, de barrio periférico: la “ch” era “sh”, de manera que “chiquillo” pasaba a ser “shiquillo”. Craso error, tremendo, un pecado capital que era celebrado con gran jolgorio y entusiasmo por la tribu. El pobre usaba también una casaca oscura, y a veces lucía una corbata. Los más vivos del curso, los comandantes de la tribu, los buenos para el combo, las patadas, aprovechaban esa ventana hacía otros mundos pidiéndole consejos sobre “asuntos de la vida” o más concretamente sobre los “asuntos del amor”. Hábilmente, notaron que en los propósitos de las pasiones y el amor, todos se parecen mucho y ya no importa el apellido, la raza o los colores.

En los recreos también había música gracias al “galeno” Walker, que ayudaba a sobrepasar vuestros recreos con sus selecciones favoritas. Lo recuerdas con cariño en una oficina hedionda a cigarro (los cigarros de otro porque él no fumaba), rodeado de esos platillos de vinilo y equipo electrónico.

Recuerdas a tu padre recostado sobre su cama, en la cama donde pocos días después moriría solo. Percibes que siente angustia, algo de ansiedad, a lo mejor es lo que ocurre de manera natural cuando descubrimos que se nos aproxima el final y ya no hay vuelta; partiremos bien pronto. Para tranquilizarlo le dices que están todos bien, que tu hermano Alberto está bien, que tu hermano Gonzalo está bien, y que Mónica y Álvaro están bien. Todos bien, papá, parece que le dijiste, como asegurándole “misión cumplida”, para que partiera más conforme, sin verse obligado a tener que seguir ayudándoles, guiándoles, asegurándole que ustedes ya se encausaban por una ruta más segura. Y él entonces nota algo, se da cuenta que estabas tratando de “dorarle la píldora”, de calmarlo para que descansara, para que entregara las llaves, la antorcha, o para que no siguiera preocupado. Levantó los brazos y mostró las mangas del pijama que le llegaban hasta el codo. Estaba la ventana abierta y se filtraba el rumor de la ciudad febril de un día de semana santiaguino, de verano. Escuchaste unos bocinazos, un grito lejano, viste un gorrión apurado que se paró sobre el filo del ventanal mientras él estiraba el borde de la sabana blanca que le llegaba hasta la barbilla. Y pese a lo disminuido que ya estaba, te dio una sorpresa, un gran mazazo cuando se detuvo, pensó y te preguntó bien serio, como cambiando de tema:

-¿Y tú, a quien saliste tan inteligente, Cristiancito?

Habrías pagado para que te preguntara a quien saliste tan pelotudo, mijito, o no hable huevadas, mijito, pero no había ocurrido así. Más bien comprobaste las sorpresas que nos da el cerebro, donde pese a estar acosado por la enfermedad, las debilidades, los dolores, las confusiones, siempre nos puede sorprender con un relámpago de conocimiento cognitivo genuino, algo así como un saludo a la bandera que nos muestra la fibra sana que todavía va quedando, que todavía resiste, ahogada en medio de toda esa maleza de la ancianidad, y que todavía permanece pese a las molestias, la vejez y el deterioro.

No le contestaste, no dijiste nada, te hiciste el leso, como siempre, y parece que murmuraste algo así como “chuta”, pero solo para ti, solitario y callado.

Cuando te mudaste a USA, cambiaron los tonos y el color de los inviernos, que para aumentar el contraste fueron blancos, había nieve. Y con el tiempo has seguido subiéndote a los distintos autos y deteniéndote frente a los distintos semáforos con luces rojas donde todavía aprovechas para escuchar tu música, esa que escapa de los parlantes de la radio. Ahora eres tú el que maneja y no tu padre, y te importa menos si a alguien no le gusta la música que escuchas.

Han pasado los años y más que nada guardas tus melodías, guardas tus recuerdos, y los atesoras como esas conchitas de mar que coleccionabas cuando caminabas por la orilla de la playa cuando niño. Ya no importa si a alguien no le gustan, o si a nadie le interesan las conchitas que has coleccionado. Incluso ya no te importa demasiado si no escuchas música cuando detienes el auto frente a un semáforo en la ciudad de Northville, en Michigan, donde vives ahora…..aunque siempre los prefieres con música.

Un comentario en “De “vacaciones” por el momento. Ahora tengo que introducir todos estos blogs en una gran juguera para ver que resulta…”

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s