El baúl de tía Carmen

El televisor que teníamos en ese entonces era de los iniciales, en blanco y negro y pesado. Periódicamente nos visitaba un técnico bajito, que llegaba cojeando a la casa junto a un bolsón con utensilios y cables, tubos y luces. El televisor era un Motorola de plástico café que él ceremoniosamente ubicaba boca abajo, sobre una mesa amarilla que teníamos en nuestro cuarto y lo inspeccionaba. Mientras usaba unos destornilladores largos nos interrogaba sobre la familia, sobre cómo estábamos nosotros, cómo estaba mi hermano, nuestro gato y nuestros padres. En ese tiempo todavía no existía el control remoto y tampoco habían demasiados canales, así que nos quedábamos pegados con más naturalidad a un canal determinado. Para cambiar de canal había que levantarse de la silla o de la cama y hacíamos crujir un dial mecánico que brevemente llenaba la pantalla chica de líneas oblicuas, gruesas bandas, y un salpicado de puntitos blancos que no dejaban ver ni escuchar nada. A veces cuando llegábamos al canal buscado, las bandas gruesas todavía continuaban como banderas titilantes que cruzaban la pantalla; ahí le dábamos una fuerte manotazo en un costado, una especie de reproche, que el aparato a veces aceptaba corrigiéndonos la imagen de inmediato. Cuando eso no ocurría, llamábamos nuevamente al técnico que llegaba con la misma ceremonia de siempre, la misma ropa y las mismas preguntas, qué cómo estaba el gato, cómo estaba mi hermano y nuestros padres. Daba vuelta el aparato y empezaba nuevamente el proceso de revisarle las entrañas a ese animal entretenido que teníamos en casa. Recuerdo que ahí vimos la llegada del hombre a la luna, y poco tiempo después la antevista a Carmen Machado, amiga de nuestros padres (sobre todo de mi madre), junto a Joan Manuel Serrat en una de sus primeras visitas a Chile. Los recuerdo a los dos sentados en unas sillas altas recordando al poeta Antonio Machado, su tío, y respondiendo a las preguntas del periodista. Ella fue la hija del pintor José Machado, hermano de Antonio. Carmen es periodista y fue directora de la revista Eva, publicada en Chile durante muchos años. Estoy seguro que esa entrevista que le hicieron en la tele se perdió; en ese tiempo nadie guardaba nada y eran escasos los recursos. Ella parece que todavía sobrevive en algún lugar de Santiago, pero quedó tan traumatizada con todo lo que le ocurrió, su escapada hacia la Unión Soviética durante la guerra civil española de ese entonces, que no ha querido escribir nada. Cuando nos visitaba nunca le consulté sobre su vida, nada; era la “tía” Carmen y eso era suficiente. Después supe que formó parte de los llamados “niños de la guerra”, todos menores de edad enviados a la Unión Soviética por las autoridades republicanas. Tía Carmen –así le decíamos- se reunió después de siete largos años con su padre en Chile. Estoy seguro que la vida de toda esa familia no fue fácil. Un hermano de Antonio, otro poeta que poco recordamos ahora, Manuel Machado, fue también poeta y bastante conocido en ese entonces, y creo que partidario de Franco (no tuvo que arrancar); es decir los dos hermanos ubicados en bandos diferentes y opuestos. Por ahí escuché que la guerra “pilló” a los hermanos en distintos territorios de España, uno dominado por los republicanos y el otro por los partidarios de Franco, y que por eso habían terminado separados. No creo demasiado en esa explicación. Todo lo contrario, tiene que haber sido una división bien dramática y dolorosa adentro de la familia, algo triste que ellos no quisieron recordar. Ha sido una pena no haber logrado conocer los pormenores de esa tragedia. Recuerdo a “tía” Carmen en la casa nuestra, en Santiago, conversando sobre asuntos cotidianos, del día a día, pero nunca sobre esos temas más complicados y serios. Estoy seguro que casi todos los asuntos de familia, esos que ahora consideramos como “íntimos”, “privados”, en un tiempo más no serán nada del otro mundo, nada extravagante.

José, el pintor y padre de Carmen Machado, acompañó a su hermano Antonio cuando escapaban hacia el exilio en Francia junto a su madre, y lo acompañó hasta el día de su muerte, la que ocurrió en el pueblito de Collioure, en Francia, muy cerca de la frontera con España. Hasta ahí alcanzó a llegar el poeta, ya enfermo, con 63 años y cargando su maleta. Lo enterraron en un nicho cedido por una vecina y después de haber vendido su reloj para sobrevivir un poco más. Ahí también fallecería tres días después su madre, a los 84 años de edad. José Machado escribió esos recuerdos en un manuscrito que encontraron en un baúl que él dejó al morir en el año 1958, en Santiago, Chile. Habían llegado como exiliados en el año 40. Primero vivió junto a su hermano Joaquín y su familia, en una casa ubicada frente al Museo de Bellas Artes. Lo triste es que la casa se incendió en el año 1944 y donde perdieron casi todo. Ahí un médico los ayudó y al poco tiempo les cedieron una casa en Peñaflor. Con el tiempo terminarían viviendo en Matucana 526, en el barrio de Quinta Normal. Cuando vaya a Chile tengo que ver si todavía existe algo en esa dirección. Nunca regresarían a España y serían enterrados en Chile (y me imagino que ya no en una tumba prestada). Sobre el libro que escribió José Machado, se publicó una edición bien limitada hace pocos años, en el año 2005, para una celebración organizada en Chile, en el Centro Cultural de España. Antes, en el año 1957, Carmen Machado junto a su marido lo habían publicado también en una edición bien reducida; se llamó “Las Últimas Soledades del Poeta Antonio Machado.”

¿Tendrá un baúl, por ahí escondido, su hija Carmen?

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