Juan Ernesto Riquelme: chofer de Neruda por un día

Tenía una gotita sangre adosada sobre el número cuatro. Era un reloj pulsera, que en el vidrio ya amarillento mostraba la salpicadura de una gotita de sangre roja; era el reloj de mi padre. Ese día venía llegando del hospital y probablemente había operado a un paciente. ¿Operaste?, le pregunté. ¿Por qué, mijito? Pero no le contesté, fueron como dos preguntas que se anulaban. Tiempo después ese mismo reloj casi nos mata, cuando le pregunté por la hora mientras íbamos de regreso a Santiago y con él al volante. Fue un segundo de distracción donde casi se sale del camino y nos metemos en la línea contraria. Vi luces, sentí ruidos, algún grito y registré el tremendo susto por lo que nos podría haber pasado a todos. No vi sangre, pero la imaginé; imaginé un golpe en la cabeza donde Cristián rompía el parabrisas y ya no se acordaba de nada, quedaba babeando a la orilla del camino. No me acuerdo si le pregunté algo después de que me indicara la hora; pero con o sin el accidente, lo recuerdo como algo que casi nos cambió la vida.

Y ahora en Northville, imagino que nuevamente caminamos sobre la superficie de hielo que se había formado sobre el río congelado de Turku, en Finlandia, mientras Juan Ernesto me habla sobre el día en que ofició como chofer de Pablo Neruda cuando visitaba Arica. Al principio no le creía mucho lo que me contaba, no lo registré, pero cuando llegué de regreso a Northville, aquí en Michigan y de madrugada, junto a los gatos que me acompañaban a esa hora y me pedían comida, y junto a las ardillas que pedían semillas a través de la ventana, hice un click y ahí estaba el texto, el relato de Óscar Hahn en la Internet, donde nos cuenta de él, de Neruda y Juan Ernesto Riquelme. Me confirmaba lo que Juan Ernesto me había contado en Finlandia mientras caminábamos sobre el hielo en Turku.

En esos años se iniciaba la campaña presidencial del año 70 (Octubre del 69) y Pablo Neruda visitaba Arica y necesitaba transporte, necesitaba un auto. Según cuenta Óscar Hahn, Juan Ernesto lo fue a ver, “deslizó una mirada sobre mi jeep” y le anunció sin pestañar:

-No podemos andar con el vate de auto en auto. Alguien va a tener que sacrificarse por la poesía.

Óscar Hahn aceptó sin chistar; pero antes agarró algunos poemas que había escrito y le soltó el jeep sin contratiempo. Así comenzó la aventura de Juan Ernesto como chofer de Pablo Neruda en la ciudad de Arica.

Mientras Juan Ernesto me contaba sobre esos detalles, no lo registré con mucha atención porque el hielo y el frío me mantenían en otro lugar, en otro sitio. Me contó que paseó a Neruda por todos los sectores donde se requería su presencia. Y Óscar Hahn agrega en su texto, que al llegar la hora de almuerzo, Neruda le pidió a Juan Ernesto que fueran a ver a Óscar para invitarlo a almorzar. ¿A qué restorán habrán ido? No lo sé, pero todo eso queda pendiente para la próxima visita porque ahora sí que le creo a Juan Ernesto.

Así fue como llegaron a golpearle la puerta a las doce del día para invitarlo a almorzar:

“Salí del baño en pijamas y abrí –cuenta Óscar Hahn-. Pensé que estaba sufriendo alucinaciones. Allí, parado frente a mí, con una ancha sonrisa en el rostro, se erguía Pablo Neruda. Me puse a tartamudear tratando de expresar algo. Vístete rápido, te espero en el jeep, me dijo.”

 

Con Juan Ernesto esquivábamos los desperfectos del hielo para no caernos al agua helada. Y mientras se reía me contaba que Óscar Hahn en ese tiempo era muy enamoradizo; estaba claro que como poeta trabajaba mucho en ese rubro y le dedicaba tiempo.

No le pregunté cuan larga había sido la visita de Neruda, pero le dio suficiente tiempo como para moverse por toda la ciudad, y como cuenta Órcar Hahn, al final dio un tremendo recital en un auditorio universitario. Entre los poemas que leyó, uno fue “Mi padre” y otro “Oda a un Elefante”. En el primero estremeció a toda la audiencia cuando lo terminó con “El conductor José del Carmen Reyes / subió al tren de la muerte y hasta ahora no ha vuelto.“ Antes de terminar, los concurrentes le pidieron a gritos “El poema 20”, y lo hicieron como si asistieran a un concierto rock.

El último día de su visita, Juan Ernesto me contó que entre las movidas y recitales, le pidió al poeta que le firmara un libro para mandárselo a su polola, a la Ana María MacDonald. Con esa voz gangosa y sin ceremonia, le preguntó por el nombre para dedicárselo. Pocos días después Juan Ernesto fue al correo, puso ceremoniosamente el libro adentro de un sobre y lo despachó a Santiago. Lo triste es que el libro nunca le llegó. Y después de ese encontrón con la poesía, con los años fue la broma recurrente de Óscar Hahn, que cuando se veía con Juan Ernesto, le preguntaba si ya había llegado a su destino el libro del poeta….”cagado de la risa el muy lacho”, me contaba Juan Ernesto.

Y todo eso me lo decía sobre el hielo que se veía como un espejo, y donde una niñita, al frente nuestro, caminaba junto a su perro, y una pareja de enamorados se abrasaban y se decían algo. Ahí noté, cuando Juan Ernesto me preguntó por la hora, que traía en mi muñeca izquierda el mismo reloj que me había regalado mi padre; pero esta vez sin la mancha, sin esa gotita de sangre. Y me la preguntó porque Ana María nos esperaba y él no quería que llegáramos atrasados. No le contesté -eso creo- o le respondí pero con otra pregunta que pareció cancelar la anterior y ya no pasaba nada. ¿Quieres que sigamos caminando?, le pregunté. A lo mejor ensimismado no dijo nada, se había quedado mudo recordando esos días en la ciudad de Arica junto a Neruda en el jeep prestado de Óscar Hahn. Me fijé nuevamente en el reloj que llevaba en mi muñeca izquierda y me pareció ver esa gotita de sangre. Imaginé entonces a Neruda leyendo “El poema 20” en ese auditorio atestado de estudiantes que lo escuchaban ensimismados, absorbiendo poesía. Imaginé también un día de sol, de menos frío, y sin ningún accidente, donde alguien nos esperaba para almorzar, y donde Ana María finalmente –¿por qué no?-recibía ese libro de poesía dedicado a ella y firmado por Neruda pero que no le ha llegado todavía.

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