Juan Ernesto Riquelme: chofer de Neruda por un día

Tenía una gotita sangre adosada sobre el número cuatro. Era un reloj pulsera, que en el vidrio ya amarillento mostraba la salpicadura de una gotita de sangre roja; era el reloj de mi padre. Ese día venía llegando del hospital y probablemente había operado a un paciente. ¿Operaste?, le pregunté. ¿Por qué, mijito? Pero no le contesté, fueron como dos preguntas que se anulaban. Tiempo después ese mismo reloj casi nos mata, cuando le pregunté por la hora mientras íbamos de regreso a Santiago y con él al volante. Fue un segundo de distracción donde casi se sale del camino y nos metemos en la línea contraria. Vi luces, sentí ruidos, algún grito y registré el tremendo susto por lo que nos podría haber pasado a todos. No vi sangre, pero la imaginé; imaginé un golpe en la cabeza donde Cristián rompía el parabrisas y ya no se acordaba de nada, quedaba babeando a la orilla del camino. No me acuerdo si le pregunté algo después de que me indicara la hora; pero con o sin el accidente, lo recuerdo como algo que casi nos cambió la vida.

Y ahora en Northville, imagino que nuevamente caminamos sobre la superficie de hielo que se había formado sobre el río congelado de Turku, en Finlandia, mientras Juan Ernesto me habla sobre el día en que ofició como chofer de Pablo Neruda cuando visitaba Arica. Al principio no le creía mucho lo que me contaba, no lo registré, pero cuando llegué de regreso a Northville, aquí en Michigan y de madrugada, junto a los gatos que me acompañaban a esa hora y me pedían comida, y junto a las ardillas que pedían semillas a través de la ventana, hice un click y ahí estaba el texto, el relato de Óscar Hahn en la Internet, donde nos cuenta de él, de Neruda y Juan Ernesto Riquelme. Me confirmaba lo que Juan Ernesto me había contado en Finlandia mientras caminábamos sobre el hielo en Turku.

En esos años se iniciaba la campaña presidencial del año 70 (Octubre del 69) y Pablo Neruda visitaba Arica y necesitaba transporte, necesitaba un auto. Según cuenta Óscar Hahn, Juan Ernesto lo fue a ver, “deslizó una mirada sobre mi jeep” y le anunció sin pestañar:

-No podemos andar con el vate de auto en auto. Alguien va a tener que sacrificarse por la poesía.

Óscar Hahn aceptó sin chistar; pero antes agarró algunos poemas que había escrito y le soltó el jeep sin contratiempo. Así comenzó la aventura de Juan Ernesto como chofer de Pablo Neruda en la ciudad de Arica.

Mientras Juan Ernesto me contaba sobre esos detalles, no lo registré con mucha atención porque el hielo y el frío me mantenían en otro lugar, en otro sitio. Me contó que paseó a Neruda por todos los sectores donde se requería su presencia. Y Óscar Hahn agrega en su texto, que al llegar la hora de almuerzo, Neruda le pidió a Juan Ernesto que fueran a ver a Óscar para invitarlo a almorzar. ¿A qué restorán habrán ido? No lo sé, pero todo eso queda pendiente para la próxima visita porque ahora sí que le creo a Juan Ernesto.

Así fue como llegaron a golpearle la puerta a las doce del día para invitarlo a almorzar:

“Salí del baño en pijamas y abrí –cuenta Óscar Hahn-. Pensé que estaba sufriendo alucinaciones. Allí, parado frente a mí, con una ancha sonrisa en el rostro, se erguía Pablo Neruda. Me puse a tartamudear tratando de expresar algo. Vístete rápido, te espero en el jeep, me dijo.”

 

Con Juan Ernesto esquivábamos los desperfectos del hielo para no caernos al agua helada. Y mientras se reía me contaba que Óscar Hahn en ese tiempo era muy enamoradizo; estaba claro que como poeta trabajaba mucho en ese rubro y le dedicaba tiempo.

No le pregunté cuan larga había sido la visita de Neruda, pero le dio suficiente tiempo como para moverse por toda la ciudad, y como cuenta Órcar Hahn, al final dio un tremendo recital en un auditorio universitario. Entre los poemas que leyó, uno fue “Mi padre” y otro “Oda a un Elefante”. En el primero estremeció a toda la audiencia cuando lo terminó con “El conductor José del Carmen Reyes / subió al tren de la muerte y hasta ahora no ha vuelto.“ Antes de terminar, los concurrentes le pidieron a gritos “El poema 20”, y lo hicieron como si asistieran a un concierto rock.

El último día de su visita, Juan Ernesto me contó que entre las movidas y recitales, le pidió al poeta que le firmara un libro para mandárselo a su polola, a la Ana María MacDonald. Con esa voz gangosa y sin ceremonia, le preguntó por el nombre para dedicárselo. Pocos días después Juan Ernesto fue al correo, puso ceremoniosamente el libro adentro de un sobre y lo despachó a Santiago. Lo triste es que el libro nunca le llegó. Y después de ese encontrón con la poesía, con los años fue la broma recurrente de Óscar Hahn, que cuando se veía con Juan Ernesto, le preguntaba si ya había llegado a su destino el libro del poeta….”cagado de la risa el muy lacho”, me contaba Juan Ernesto.

Y todo eso me lo decía sobre el hielo que se veía como un espejo, y donde una niñita, al frente nuestro, caminaba junto a su perro, y una pareja de enamorados se abrasaban y se decían algo. Ahí noté, cuando Juan Ernesto me preguntó por la hora, que traía en mi muñeca izquierda el mismo reloj que me había regalado mi padre; pero esta vez sin la mancha, sin esa gotita de sangre. Y me la preguntó porque Ana María nos esperaba y él no quería que llegáramos atrasados. No le contesté -eso creo- o le respondí pero con otra pregunta que pareció cancelar la anterior y ya no pasaba nada. ¿Quieres que sigamos caminando?, le pregunté. A lo mejor ensimismado no dijo nada, se había quedado mudo recordando esos días en la ciudad de Arica junto a Neruda en el jeep prestado de Óscar Hahn. Me fijé nuevamente en el reloj que llevaba en mi muñeca izquierda y me pareció ver esa gotita de sangre. Imaginé entonces a Neruda leyendo “El poema 20” en ese auditorio atestado de estudiantes que lo escuchaban ensimismados, absorbiendo poesía. Imaginé también un día de sol, de menos frío, y sin ningún accidente, donde alguien nos esperaba para almorzar, y donde Ana María finalmente –¿por qué no?-recibía ese libro de poesía dedicado a ella y firmado por Neruda pero que no le ha llegado todavía.

La última conferencia de Ernest Yeager (5)

Veo a mi antiguo profesor reclinarse sobre su asiento –y lo veo nuevamente ahora que escribo- remece su cabeza como despertando del sopor de un sueño, para levantar su mano derecha donde hace una pregunta que pareciera se la hubiesen dictado al oído. El conferenciante escucha y le responde con cuidado porque de alguna manera Yeager trasmite cierta honestidad; claramente no hace la pregunta para lucirse o para poner en aprietos a nadie. Yeager se come las uñas y como un niño pícaro escucha y levanta nuevamente la mano para continuar un diálogo que muchos siguen con cierta reverencia, como si Yeager estuviera divulgando secretos, intimidades. Las opiniones científicas de Yeager eran consideradas cuidadosamente por todos los presentes que tenían en gran estima a uno de los padres de la Electroquímica de este país. Cuando terminan de hablar, Yeager se levanta del asiento con un atado de papeles en las manos porque ahora le toca el turno a él. Gana altura, pero pareciera que siguiera encorvado en su asiento: es la costumbre y desgraciadamente también eso, el Parkinson. Era un Simposio organizado en su honor, cuando ya el Parkinson le estaba causando estragos; y esta vez se había levantado de su asiento con más dificultad que antes. Persiste un ambiente de despedida en el auditorio, de recambio generacional; el profesor destacado que parte, mientras llegan los nuevos que se pelotean el hueco vacío que deja el más viejo. La señora Hovorka, viuda del mentor de Ernest Yeager, también asiste a la última conferencia. Tiene bastante dinero que dona generosamente a esta universidad, Case Western Reserve University, en Cleveland, Ohio. Siempre la vemos empolvada y atenta con Yeager a quien, desde que falleció Hovorka, cuida y se preocupa de su salud. No sé qué será de ella ahora que la recuerdo, en el año 2018. ¿Habrá fallecido? Yeager termina de hablar y se ve contento; debe haberse preparado tomando sus pastillas a la hora adecuada para salir bien del desafío. A lo mejor antes, se dejó poner varios electrodos en la espalda ayudado de un post doctor que trabajaba en su grupo. Lo hacía para ejercitar los músculos de la espalda con pequeñas descargas eléctricas. Lo aplauden, contesta algunas preguntas y pronto se retira. Afuera nos esperaban un cocktail y más reencuentros.

Ernest Yeager vistió siempre la misma ropa; camisa blanca, corbata oscura y pantalones de tela azul. A la hora del almuerzo simplemente abría un sobre de comida seca, en polvo, y le agregaba agua caliente. En esa misma taza y mal enjuagada, seguía más tarde con sus cafés del día. Recuerdo que cuando terminé mis estudios lo invitamos con Pilar a nuestro departamento. Teníamos de todo preparado. Para tomar le teníamos vinos y jugos, pero cuando le preguntamos qué le gustaría beber, desgraciadamente pidió jugo de tomates. Nunca se me va ha olvidar; ni siquiera sabía que algo así existía y que se podía beber.

Yeager viajaba mucho y trabajaba como consultor para distintas compañías como la IBM, GM, Eveready, etc. Llegaba al trabajo y se iba de la universidad todos días como si llegara o partiera de un largo viaje, porque lo hacía cargado de dos feroces maletines repletos de papeles y libros. Probablemente cuando llegaba a su casa, se calentaba otra comida rápida porque vivía solo. Con el tiempo se mudó hacia un departamento con linda vista al lago Erie y donde, para las navidades, invitaba generosamente a los que trabajaban en su grupo. Ahí se animaba con un piano que tristemente tocaba cada año peor. Pero igual cantábamos y lo pasábamos bien, se lo agradecíamos; era un tipo genuinamente de los buenos. En la misma ciudad, Cleveland, vivía su hermano que trabajaba para la Eveready. Gracias a él y gracias Yeager casi me contratan, pero nada ocurrió porque al tipo que me vino a entrevistar ese día, no le supe explicar que todavía no tenía tarjeta de residencia (la famosa tarjeta verde en este país), y se me evaporó esa excelente alternativa; pensó que yo simplemente no quería trabajar para ellos.

Yeager siempre me ayudó. Gracias a él y sus contactos con muchas empresas conseguí trabajo en Cleveland y luego en Michigan. Recuerdo que cuando llegué a este país asistí a un meeting de la Electrochemical Society, donde José Zagal, el profesor chileno que me ayudó muchísimo (ex alumno de Yeager), me lo presentó. Yeager estaba rodeado de chinos que él recientemente estaba aceptando en su laboratorio (lo que después hizo conmigo).

La última vez que lo vi fue cuando José Zagal, que estaba de visita en USA en ese entonces, concertó una entrevista para ir a saludarlo. En esos años ya vivía en un edificio de vida asistida, cercano a la universidad. Cuando llegamos, lo fuimos a buscar a su cuarto y me impresionó lo pequeño, lo reducido, lo mínimo en todo su entorno. Recuerdo que lo más grande que tenía en su cuarto era una televisión a tubos donde escuchaba a un predicador ruidoso porque era día domingo. El Parkinson ya lo tenía avanzado, pero él, heroicamente, nos esperaba con su camisa blanca de siempre, su corbata oscura, y sus pantalones de tela azul. Al salir de su departamento, nos acercamos al ascensor donde al encontrarnos con sus vecinos, estos lo saludaban con reverencia: “buenas tardes profesor”, “cómo está profesor”. Él aguzaba la vista para caminar vacilante hasta llegar al comedor donde nos esperaban. Cuando nos sentamos recordó antiguos tiempos, pero ya había perdido la pasión por todo lo novedoso, por lo que se venía en un horizonte futuro. José le explicaba lo que estaba investigando en su laboratorio, pero Yeager más que nada trataba de no atorarse con el pan o la ensalada que se llevaba a la boca. Ya no se podía comer las uñas y estas le habían crecido largas, como tomando revancha por todos esos años en que no habían podido crecer. Fue atento y creo que le gustó que lo arrancáramos de su rutina, de su encierro.

Poco tiempo después de esa visita, falleció. Recuerdo que fui a su entierro donde me topé con un profesor de química orgánica, Sayre, que se alegró mucho al verme porque habían pocos ex-alumnos suyos asistiendo. Recuerdo bien su sonrisa y el saludo caluroso de Sayre (lo recuerdo como el jugo de tomates de Yeager: ¿por qué ocurre así?). Al poco tiempo, desgraciadamente, a él también le bajarían el telón de fondo al ser atacado con un fulminante accidente vascular. Quedó tumbado por varios años antes de fallecer en un cuarto de hospital.

Examino ahora el sitio Internet del Departamento de Química de la Universidad de Case Western Reserve y compruebo que ya no queda casi nadie de mi tiempo. Una voz interna me trampea y me miente, y repite y me hace creer que somos los mismos de antes, que nada ha cambiado y que el reloj de arena que llevamos adentro sigue igualito; pero reviso las evidencias y tristemente compruebo que el Departamento de Química está completamente renovado -¿desbastado?- donde solo quedan dos profesores activos de esos años, cuatro retirados y todos los otros ya muertos.

 

No sé por qué lo siento tanto ahora que lo escribo en esta notita; escuchando música y rodeado de gatos. A lo mejor a eso también se refería mi querido amigo Ignacio Carrión cuando decía que había que contarlo porque algo florece entre ese cultivo de palabras, algún sentimiento queda, algo perdura…. algo al menos.

Cuando el aliento se torna en una hora brillante

¿A qué edad fallecemos? ¿A qué edad se casa la gente?

A veces leo los obituarios de gente normal –como uno- y me parecen falsos, muy repletos de un lenguaje hueco, mentiroso, que cuesta recordar algo interesante de ellos. Por otro lado son mucho mejores los obituarios relacionados con artistas conocidos, médicos y científicos; ahí aprendo y cuentan un poco más la verdad del personaje. En el The New York Times de hoy, por ejemplo, leo que falleció el Dr. James Holland, pionero de la leucemia pediátrica a los 92 años. Y Barbara Lewalski, a los 87 años, la primera mujer miembro de la facultad en las universidades de Brown y Harvard. Y nos hablan sobre la vida de ellos resaltando los triunfos, pero muchas veces sin esconder los fracasos. Pero en los obituarios del resto de los mortales como uno, creo que sería mucho más interesante si contáramos la firme, e incluso que fueran escritos en primera persona, y que la fama y el reconocimiento –si llegara- que lo hiciera después de muertos. Sería interesante leer un obituario que nos dijera: “he muerto después de un engaño tremendo que sufrí en mi vida”. O confesar sin problemas que “siempre me sentí un médico formidable, pero la verdad es que aprendí a punta de errores, como les ocurre a muchos.” Creo que ahí leería los obituarios de los mortales comunes con muchísimo más entusiasmo. Creo que algo así fue lo que hizo el médico, el neurocirujano Paul Kalanithi, fallecido hace poco, a los 37 años de edad de un cáncer fulminante al cerebro. Escribió un libro casi como un obituario, donde se mostró como un tipo auténtico y muy único, irreemplazable. Mientras sufría la enfermedad escribió su propio obituario, o sus memorias que publicó póstumamente (“When Breath Becomes Air”, o “Cuando el Aliento se Torna Aire”, 2016) que tuvieron gran éxito entre los lectores. En marzo del año 2016 escribí una notita sobre su libro (ver los archivos https://cristianfierro81.com/2016/03/ ) que me impresionó por su valentía y honestidad. Lo interesante es que poco después su viuda, Lucy Kalanithi, leyó un artículo de alguien que estaba sufriendo un drama parecido al de ellos: “Cuando el Sofá es más que un Sofá” escrito por Nina Riggs en el The New York Times (https://www.nytimes.com/2016/09/25/fashion/modern-love-when-a-couch-is-more-than-a-couch.htmlCCCC). Lucy, como experta en el tema, en esos dramas, le escribió una carta a Nina, contándole lo mucho que le había gustado. En el artículo, Nina, una joven madre enferma de un cáncer terminal, contaba sobre su vida, sus miedos, incógnitas, y todo eso mezclado con las decisiones de cómo comprar un sofá. Lo que no sabía Lucy, es que Nina además del artículo, también escribía un libro contando sobre su propia enfermedad, sus sustos y muerte inminente.

Al poco tiempo, Nina fallece a los 39 años de edad y su libro (“The Bright Hour”, o “La Hora Brillante”, 2017) se publica póstumamente y con gran éxito comercial y de crítica; muy parecido a como le había ocurrido a Paul Kalanithi. Pero lo interesante es que antes de fallecer, Nina le habló de Lucy a su marido, John, que estaba pronto a quedar viudo. Es increíble, pero mientras ella preparaba su propio camino hacia la muerte, trató también de ayudar a su marido para cuando este quedara solo. Y le dijo que cuando todo ocurriera, que hablara con Lucy, total ella “ya sabe,” ya ha pasado “por eso”, por algo muy parecido. Y en el artículo del The Washington Post (https://www.washingtonpost.com/entertainment/books/two-dying-memoirists-wrote-bestsellers-about-their-final-days-then-their-spouses-fell-in-love/2018/01/03/3143305a-ebe5-11e7-9f92-10a2203f6c8d_story.html?utm_term=.c61464771bb9) del 3 de Enero de este año, nos cuentan que eso fue lo que justamente hizo John, cuando destrozado por la muerte de Nina contactó a Lucy para pedirle consejos y preguntarle qué cómo se hacía, cómo se escribía un obituario de un ser tan querido. Y así fue como comenzó ha entretejerse una nueva vida para estos dos seres desbastados por la tragedia.

En el periódico comentan que el 31 de diciembre del año pasado, todavía con sus respectivos anillos de matrimonio puestos, los dos fueron a visitar la tumba de Paul Kalanithi, ubicada frente al Océano Pacífico, en California, para escuchar la música favorita de Paul. Y así, con la hija pequeña de Paul y los dos hijos chicos de Nina, celebraron el nuevo año mirando hacia el océano inmenso que tenían enfrente e imaginando una vida en pareja. El autor del artículo menciona que esa relación puede ser descrita como “Cuando el Aliento se Torna en una Hora Brillante” (“When Breath becomes the Bright Hour”). ¿Otro libro?

…..ahora mismo parto a comprar el de Nina.

En el mercado de Juan Ernesto y Ana María

Como a las doce de la noche me despabila una llamada del John (6 PM en Washington) para saber cómo estábamos y si había recibido noticias de Nenad. No, nada de Nenad, le contesto. Casi se murió, me cuenta. Por suerte estaban en la casa, con Giordana, (su señora) así que ella reaccionó bien rápido. Fue un ataque al corazón, y después de un coma inducido, poco a poco ha salido adelante y algo se ha recuperado. Ya está en su casa pero tuvo que jubilarse. Y me cuenta que en Junio The Electrochemical Society, organizará un Simposium en su honor, en Seattle. ¡Moribundo, pero bien premiado!, pienso todavía moviéndome entre las tinieblas de la madrugada. Luego me pregunta si pienso asistir. No creo, le contesto. A mí me gustaría ir, me dice, me gustaría presentar un trabajo en su honor, pero en el Departamento de Energía ahora es bien difícil publicar, necesito autorización de todos lados: ¿Quieres ser autor conmigo y tú lo presentas, tú lo presentas? Tengo que ver, le contesto, para a mí tampoco me es fácil llegar y decidirme por un Meeting, también tengo que justificar mis gastos. John piensa por un momento y agrega, “se me olvidaba contarte, me pusieron un marcapasos, pero cuando desperté creí que me moría porque tenía mi cama rodeada de médicos con rostros muy serios. ¿Creerás que me habían instalado un marcapasos equivocado, el de otro paciente? Los vi a los pies de mi cama y pensé,  ahora si que me muero, me toca. Pasé mucho susto. Me lo reemplazaban porque el anterior -que ya había funcionado- me salvó la vida.”

Cuelgo el celular, y sigue todo muy oscuro en este cuarto del hotel, en Pori, Finlandia, y me levanto de la cama gateando, tropezándome con la pata de una silla que me tritura el dedo chico y me hace doler hasta las muelas. Grito, me tocó los pies, me duele, pero con felicidad descubro que estoy vivo. Dejó el celular sobre el velador justo cuando el App (WeCroak) me recuerda de que me voy a morir y me muestra un verso:

Mientras yo pensaba que estaba aprendiendo a cómo vivir, he estado aprendiendo a cómo morir.

Leonardo da Vinci

Pronto llega el mensaje-texto de Ana María McDonald. Me esperan en su casa en Turku –a dos horas en bus de Pori- junto a Juan Ernesto este fin de semana que se avecina. Reconozco con felicidad que será lindo poder verlos después de tantos años. Quiero ver si continúan siendo el Juan Ernesto Riquelme y la Ana María de esos años, cuando se quedaron en nuestra casa de Santiago mientras nuestros padres emprendían un viaje debido a un Congreso de Neurocirugía organizado en el extranjero. Recuerdo que nos acompañaron por dos o tres semanas. Entre tantas cosas que hicimos juntos fue conocer la Feria de la Pulgas y su delicioso desorden que me hizo imaginar que caminábamos por un museo.

En ese tiempo poco sabíamos que esas situaciones que compartimos juntos, llegarían a ser importantes. Y claramente lo fueron y por eso escribo, para saber que eso existió, que eso ocurrió y fue cierto….. y aquí me acuerdo de mi querido amigo Ignacio Carrión, cuando me dijo: “escríbelo, Cristián, que si no lo escribes, es como si nada de eso hubiese sucedido.” Y lo hago ahora sin ego, sin nada que demostrar y más que nada para recomponer esos momentos, esas vidas, esos sustos que en su tiempo fueron tan importantes en nuestras vidas.

Cuando me bajé del bus, en Turku, Juan Ernesto dice que vio descender a mi padre. Me asustó; pero parece que ya está sucediendo, con el tiempo ocurre así, algunos nos empezamos a parecer al padre y no hay vuelta.

Ana María se veía feliz al poder vernos nuevamente. Fuerte al volante nos conduce hacia su casa. La ciudad estaba helada, pero la casa de ellos tenía ese calor que aumentaba con la conversa y ese vino que al principio me negué a probar; pero que después, poquito a poco, me tuvieron que detener para no consumirlo entero junto a la carne asada que había preparado Ana María. Y el pisco con mango, que no había probado nunca, estaba novedoso y fue otra de las delicias. Adentro de la casa estaba todo muy blanco, limpio y ordenado, y con maderas claras y lustrosas en el suelo. La casa aunque está ubicada cerca al centro de la ciudad, se esconde en una calle de árboles donde no sentíamos un solo ruido. El sol y la nieve se colaban por la ventana de la cocina. Apenas se veían autos, y casi nadie caminaba afuera. A veces veíamos a alguien con un perrito, tal como lo hace Juan Ernesto cuando pasea el perro de su nieta.

Adentro de la casa todo se veía ordenado, minimalista; donde no sobraban las fotos de sus hijos: Sebastián, un policía, y Francisca, que me parece trabaja en un hospital. Adornos mínimos, y por supuesto los libros, libros de Vargas Llosa, Poli Délano, Alejo Carpentier, Cinco Semanas en un Globo, de Julio Verne, Cuentos Chilenos Completos y por supuesto el gran Cortázar.

“¿Otro vinito?” No, por favor, si ya probamos suficiente, le repito. Pero ahí estaba nuevamente el Concha y Toro mezclado con la nieve y la escarcha del invierno de Finlandia. “Y perdona, pero en unos minutos no me pierdo las noticias del canal español,” nos dice Juan Ernesto. Y ahí entonces todos nos sentamos a ver tele.

Y aquí en Finlandia se bebe, nos cuenta Juan Ernesto, mientras probábamos otro vinito; y se toma en unos excesos que a veces sirven como excusa para justificar algunos incidentes. Me cuenta de un compatriota, por ejemplo, que cuando sus vecinos se embriagaban, se acercaban a su casa para molestarlo. Este los denunció a la policía pero con malos resultados; todo había quedado en nada ya que el exceso de trago lo justificaba todo: estaban embriagados. Y así fue como en la oportunidad siguiente, este compatriota aprendió su lección y los esperó rociado en vodka para propinarle una gran paliza a ese vecino. Cuando llegó la policía, sucedió lo planificado: no le pudieron levantar ningún cargo porque claramente estaba embriagado, le anunciaron. Y desde ese entonces no lo molestaron más.

Han pasado tantos años, hubo un golpe de estado donde Juan Ernesto fue expulsado de Chile, pero sin embargo a veces pareciera que simplemente alguien nos impuso un paréntesis, un corte, para reanudarlo años después aquí en Finlandia. Ana María, como buena profesora, siempre escucha mucho, y trata de entendernos mientras se toca un anillo. Y nos mira, pero siempre parece que mirara hacia atrás sin esa nostalgia que me asalta a mí; simplemente reconoce su pasado, nuestra historia, nuestra niñez, esa que si uno olvida y no recuerda es como si nunca hubiese sucedido.

Ya era tarde y pensaron en probar algo para terminar el día. “No, no se preocupen”, alcancé a decir; pero todo en vano porque en pocos minutos probábamos una pizza, otro vinito, y un delicioso postre preparado por Ana María. En Finlandia por todos lados florece el frío en esta época, el hielo, la nieve, y como no, el vino de nuestra tierra, de ese lugar al que siempre regresamos porque de ahí partimos….o de ahí lo expulsaron.

Antes de acostarnos, Juan Ernesto me explicó meticulosamente cómo usar la ducha y me anunció que mañana recorreríamos la ciudad. Al invitarme a caminar, me pareció que iríamos nuevamente al mercado de las pulgas, en Santiago de Chile, pero el frío, el idioma diferente, el hielo del río nos devolverían a la realidad. Y así fue como caminamos sobre el río Aurajoki, que estaba congelado, y recorrimos por más de tres horas el centro de Turku, donde probamos café, y conversamos sobre otros años y otros intereses. Al principio lo acompañé con susto, imaginando que Juan Ernesto se podría tropezar y caer debido a esa pequeña cojera que le hace difícil levantar ágilmente el pie derecho. Pero nada de eso ocurriría, y más bien fui yo el que tuvo que pedirle que por favor dejáramos de caminar sobre ese hielo. Pareciera que Juan Ernesto aprendió a caminar sobre el hielo, de la misma manera a como aprendió a caminar sobre tantas cosas y accidentes. “Ese tiene patines de hielo, pero de competencia”, me dice. Al frente teníamos unas pocas grúas del astillero donde trabajó por tantos años, pero que ahora eran historia. La ciudad de Turku no dejó que la empresa los removiera cuando el astillero se trasladó, para dejarlas como un testimonio de lo que ahí había sucedido antes. Caminamos después por una plaza central donde piensan construir un estacionamiento subterráneo; pero solo si no descubren nada interesante o de valor histórico en las excavaciones, me dice. Aquí se respeta la historia, lo que ha ocurrido antes. En un Museo Marítimo compré una libretita para tomar notas y una gorra para el frío. Juan Ernesto, sentados en un Café, reconoció a un antiguo jefe de su empresa, pero que de autoridad ya le quedaba poco. Estaba anciano y a duras penas arrastraba los pies al lado de su señora.

Después de la caminata matinal llegamos a la otra fiesta, la paella preparada por Ana María que estaba una delicia…. y más vinito, “no, pero como se te ocurre, y bueno ya, otro poquito”.

Durante la mañana no habíamos recorrido el mercado de la pulgas de Santiago, en Chile, pero habíamos conocido juntos un Mercado diferente, el de ellos, el de Juan Ernesto y Ana María, un Mercado que parece salir de un río helado para llegar a una casa caliente y acogedora. Al día siguiente me irían a dejar a la estación de buses. Hacía nuevamente frío.

Fue lindo ver a los amigos y comprobar que seguían siendo los Juan Ernesto y Ana María de siempre. Ana María esperó en el auto, mientras Juan Ernesto me fue a dejar al bus, y no se retiró hasta que estuvo bien seguro y me vio sentado en el asiento. Habían pasado los años y todavía quedaba eso, estar seguros que todo anduviera bien mientras nuestros padres viajaban. Pero el tiempo se nos ha pasado y mi padre ya no está de viaje. Y a lo mejor por eso escribo esta nota, por si alguien la lee cuarenta años después y nota algo, un cuidado, y siente también ese invierno en un día de Finlandia, prueba vino, recuerda, y camina sobre el hielo y quizás también, -por qué no-  por entre los rincones de su propia realidad logra ver a alguien parecido a mi padre que se sube a un bus.

Un día sábado y lecturas con mi perro

Llegamos a otro día sábado con un sol de invierno que parece lamer la nieve que todavía cubre los jardines aquí en Northville, Michigan. Temprano por la mañana, salimos a pasear por la librería de nuestro perro patagónico, el Copo, es decir su calle, sus troncos de árbol seco, donde “lee” olorosando todos los vestigios y aromas de otros animales. Levanta una pata y se pega una meada como diciendo este libro es mío. Un vecino lo saluda y le ofrece algo de comer. El Copo mueve la cola con felicidad. Seguimos nuestro recorrido y pronto llegamos a la librería Barnes & Noble de la esquina. Lo amarro en un poste de la entrada. Me mira y entiende que ahora me toca el turno a mí. Esta es mi propia librería donde también camino y olfateo como lo hace él (pero no levanto la pata ni tampoco hago pipí).

Sobre unos anaqueles altos descubro un libro que habla sobre la ficción de Tim O’Brien (“¿Cómo se escribe una historia de guerra?”, se titula). Es interesante porque uno, como lector, siempre desea saber si el autor nos está contando realmente la “verdad” de lo ocurrido, tal como le sucedió en el mundo real al autor, o si todo es “inventado”. En el libro nos cuentan que para O’Brien, la “verdad” se refiere más que nada a ser fiel a la “autenticidad de la experiencia”, eso es fundamental y más importante que la verdad histórica o cómo ocurrieron realmente los hechos; por eso él se da el lujo de cambiar o incluso “inventar”, si con eso se acerca a la verdad más importante que para él es la autenticidad de la experiencia. Lo leo y me siento como un pelotudo porque recuerdo esa tarde de Cleveland, hace ya muchos años, cuando después de una lectura de uno de sus libros, le pregunté –ya estábamos en la calle- si esos compañeros de combate que él describía en sus cuentos habían existido de verdad. Me miró perplejo, pensó un rato, y me dijo que no. Pero en su titubeo y la cara triste que me puso me sugirió que yo no entendía realmente nada. El libro se presentaba como una obra de ficción, pero claramente O’Brien se había metido en un género híbrido que ahora me gusta mucho. Pasados ya muchos años creo que incluso las memorias actuales se escriben de esa manera. Todavía los presentan como obras de ficción, pero más que nada por asuntos legales, para que no los acusen de que nos están “mintiendo”. Me gusta esta última alternativa porque siento que en las memorias también es importante prestarle gran atención a la verdad emocional, saber transmitirle esa experiencia al lector aunque a veces se “inventen” ciertos hechos para lograr esa verdad.

En otra estantería me topo con el último libro de Barbara Le Guin (“Sin Tiempo para Perder”, o No Time to Spare). Parece que no es más que una recopilación de los blogs que ella publicó por varios años. Según Le Guin –leo en la introducción- los blogs no le interesaban hasta que se topó con los de Saramago. Le gustaron tanto que empezó uno propio.

Leo y me gusta como escribe, cuenta la verdad aunque le duela. En Octubre del año 2010, escribió por ejemplo que a ella ya no le quedaban esperanzas. Contestando un cuestionario que la Universidad de Harvard le había enviado a su ex alumnos, dijo que mirando hacia el futuro solo le esperaban sustos. Y tenía razón, en la contra tapa leo que falleció hace pocos meses.

Y así termina el paseo junto al Copo. Al salir de la librería me pide oler el libro. Se lo paso, lo huele con su nariz gorda y negra y mueve la cola con felicidad. Me llevo el libro a las narices y le encuentro toda la razón; parece buena la lectura, olorosa, viva, aunque la pobre Barbara ya no esté junto a nosotros. Pero escondo el libro imaginando que al Copo le gustaría darle una meada.

Los filtros que no me dejan ver lo singular y hermoso que tiene el diseño de mi país

Creo que el problema con algunos escritores conocidos es que se les nota demasiado cuando le están escribiendo al jefe, al contrato, al marketing. Muchas veces han perdido la libertad y se les nota, se les nota esa falta de compromiso con la escritura y nada más; tienen que vivir de algo y por eso escriben, pero con un lenguaje florido y distorsionado, donde en lugar de contar algo en un simple párrafo, nos mandan a leer tres páginas que al final dicen lo mismo. A lo mejor ese es el precio que se paga al profesionalizarse demasiado.

Me gusta Tim O’Brien, por ejemplo. Escribió sus libros sobre la guerra de Vietnam, y tengo la impresión que él mismo se convenció que ya nos había contado todo y simplemente se chantó. Lo mismo creo que ocurrió con el cuentista Raymond Carver, donde una vez que se hizo conocido por sus relatos breves, lo empujaron fuertemente a que escribiera una novela larga, pero que a él le resultaba ajena y no la pudo “producir”, no le resultó. Algo parecido ocurrió con María Luisa Bombal y Juan Rulfo. Aunque Pilar Serrano, la señora de José Donoso, en una asoleada tarde de domingo, en Santiago de Chile, me contó que eso le ocurrió al pobre Rulfo por alcohólico.

Son muchos los que escriben bien. Aquí va un bello texto de mi amigo Juan Pablo Molestina que me llegó de manera especial al mostrarme, al sacudirme frente a mis ojos, ese filtro que todavía a veces me acompaña. Me encanta cuando descubro textos como estos, aparentemente simples pero sin embargo bien profundos, espontáneos, y donde el que escribe trata de contar lo que siente con emoción, simplicidad y verdad:

 

Creo que es bonito sentir que en esos temas que tú describes de tu familia hay también algo de la familia de cada uno. Es un tema que obviamente es muy importante para los que vivimos en otra cultura de la cual en que crecimos. La familia de la niñez es como la piedra ‘Rosetta‘ de nuestro presente entendimiento, no lo digo con dogmatismo freudiano, sino por pura lógica, así entramos al mundo y formamos categorías, ¿no? Me encanta por ejemplo en tu relato la diferencia del trato en tu familia entre la tía de lado de tu papá (¿pobre?) y el parentesco de tu mamá (¿ex-ricos?), y la sutileza con la que tu papá se revancha desmontando a su suegro (las aceitunas, muy divertido). ¿No te has sorprendido nunca pensando también con ese absurdo filtro con el que crecimos? Mientras más cosmopolita el entorno, como el de la universidad, más absurdo y dañino parece ese prejuicio. Casi es síntoma de algún complejo contagioso que pretende salvar algo que no existe y que a lo mejor no existió nunca, o no así. Hace un tiempo volví al Ecuador de visita, y armado con la distancia de décadas, me sorprendió como arquitecto lo bien vestida y guapa que era sobre todo la gente‚ ‘de a pie‘, y me acordé que crecí con ese filtro que me dificultaba verlo. La presencia india, algo aborrecible en mi percepción de niño, llena de malos dientes, mal aliento, mal gusto, colores chillones, olorosa, es al final lo más singular y hermoso que tiene el diseño de mi país, y lo ‘moderno‘, lo europeo/americano suele ser más bien de pacotilla. Tuvieron que pasar muchos años antes de que yo lo pudiera ver, yo creo que esa ceguera me ha descolocado mucho en mi formación.

La melancolía que acompaña a veces tus relatos es algo que sí es real y que para mí es interesante intentar entender, y tú me ayudas. Creo que es el tema de una generación, puede que nosotros lo vivamos en el sentido geográfico, pero para muchos ahora el cambio cultural que ocurre es tan rápido que hay poca relación entre el mundo de la niñez y el de la adultez, como si se viajara a través de culturas distintas a través del tiempo, sin avión. Por eso creo que tu relato va mas allá de lo entretenido que es copuchear sobre gente que a uno le parece conocida, y sí trata de algo que es parte de la conciencia de cada uno de nosotros, incluso de los que siguen viviendo en el mismo lugar, como nuestros queridos compañeros de colegio.

 

….. y lo dejamos hasta aquí; no le sobra ni le falta ni una sola coma, ¿cierto?, ni una sola palabra. Me gusta también el ritmo de sus frases, casi se lo puede leer cantando, o volando sobre el tejado de las muchas casas diseñadas por Juan Pablo.

Sin apuntar hacia arriba ni hacia abajo

Recuerdo a mi padre cuando me hablaba sobre la importancia que tenía para él, el que nosotros, sus hijos, llegáramos a ser buenos hermanos.

No había nadie en la cocina, era de noche, él buscaba un vaso de agua en pijama, cuando me hablaba. A veces, sentado se sobaba un muslo y conversaba. A lo mejor pensando en ese mundo un poco ingenuo de los años 60, donde todo parecía posible y alcanzable, me predicaba sobre lo útil, lo importante que había en esa noción de ser buenos hermanos. “Mira a los Kennedy, mijito, mira como son entre ellos y lo que han logrado. Mira como se ayudan. Ustedes tienen que hacer lo mismo,” me repetía, “lo mismo”.

¿Lo escuché? ¿Resultó? No lo creo. De partida, el ejemplo que me daba fue lejano porque, al menos en mi caso, sentía que no tenía ninguna afinidad con los famosos Kennedy. Ellos profesaban gran amor por los deportes, que a mi por otro lado me cargaban, y además los Kennedy tenían buena facha, cosa que jamás imagine tener. Creo que su consejo habría tenido una mejor recepción si él me hubiese invitado a conocer de manera más profunda el lado de su familia, con todas sus vulnerabilidades y tragedias. Si la tía Maruza, su hermana, hubiese llegado a la casa más a menudo para reírse con nosotros y celebrar algo, eso que tristemente nunca pudimos celebrar. Jamás le celebramos un cumpleaños, por ejemplo, y cuando llegaba a la casa lo hacía como pidiendo disculpa, en puntillas. Es curioso comprobar como uno, pese a haber tenido pocos años, percibía claramente ese portón cerrado del pariente pobre: ahí nomás, de lejitos. A mí me encantaba mirar, mirarle el bolso vacío, las manos vacías, la boca, el sudor del viaje en micro. Recuerdo claramente que siempre llegaba con algo en la mano, un bolso plegable y siempre vacío, un paraguas sin lluvias, como para dar la impresión de que andaba en tramites, circulando por el vecindario y que por eso tocaba el timbre para entrar a vernos. Muchas veces yo le abrí la puerta, pero no recuerdo que hacíamos una vez que estábamos en la casa, ni siquiera la veo sentada o compartiendo con nosotros, con nadie. ¿Qué ejemplo fue ese? Lo escribo y me da rabia.

Por el lado de mi madre hubo algo de contacto con su parentela, pero muy de costado y con una tendencia recurrente al rechazo, a mirar hacia abajo. Desde chicos empezamos también a ponernos trampas, como cuando le dejé una nota a mi hermano Gonzalo, donde imitando la letra de mi madre lo amenazaba con los castigos del infierno si no ordenaba su closet de inmediato.

Después llegó Piero, la playa y mientras crecíamos fuimos pensando diferente y habitando burbujas distintas. Pronto, quizás demasiado pronto, cada uno de nosotros fue encontrando a sus respectivas parejas que aumentaron los distanciamientos porque pese a que nos pedían que fuéramos hermanables no nos mostraban claramente como respetar los distintos caminos que íbamos tomando cada uno. Ellos mismos, nuestros padres, muchas veces iniciaban los distanciamientos al reprochar implacablemente nuestros gustos, nuestras elecciones y preferencias; había un convencimiento muy grande sobre qué era lo correcto. Y así fue como se consumieron los años, los cantantes, las ideologías y se terminaron los pantalones de pata ancha. Cada uno de nosotros se construyó su propia cueva y a veces, solo a veces, creo que llegamos a ser buenos hermanos, a mirarnos derechamente a los ojos, sin apuntar hacia arriba o hacia abajo…..

Mi tata

Creo que lo que uno ha hecho en el pasado muchas veces ya no tiene vuelta, se queda ahí y esas es -creo yo- la poesía de la vida. Nuestros actos, nos guste o no nos guste, tienen consecuencias. Pero pese a eso, creo que cuando uno la embarra o escoge el camino aparentemente equivocado todavía hay salidas, a lo mejor no para cambiar las situaciones, o para reescribir la historia, pero al menos para decir elegantemente “la embarré”. Y eso también cuenta; y lo digo porque a mí también me ha pasado, también la he “embarrado”. A veces somos educados de una manera donde simplemente la programación a la que hemos sido sometidos desde pequeños es demasiado poderosa y la libertad o libre arbitrio que creemos poseer no es nada más que un sueño.

Siempre crecí fascinado por esa diferencia cultural que no sé cómo llamarla -¿de casta, de clase?- que percibía en la familia de mi padre al compararla con la de mi madre. Por eso en una ocasión, le pregunté a mi padre sobre el tata Augusto, el padre de mi madre que para mi fue una figura misteriosa y un poco trágica. Les pregunté a los dos que me hablaran del tata. La última vez que lo vi fue en el Hospital, me parece que era el Hospital Militar. Él ya estaba bien enfermo, en cama y me pidió la chata –así creo que se llamaba, una especie de botella chueca- útil para hacer pipi. Se la pasé y parece que al poco rato falleció. Iba entrando al ascensor del hospital para bajar al primer piso cuando al abrirse las puertas veo a mi madre que angustiada me vió y me dijo, “murió el papá”. Me sorprendió porque recién lo había visto y no pensé que nada extraordinario pudiera suceder. Así muere la gente, pensé, y seguí bajando por el ascensor y rodeado de muchos rostros serios que veía muy altos. Algo parecido me ocurrió cuando asesinaron a John Kennedy. Recuerdo que mi madre tocó el timbre de la casa –no usábamos llave-, salí corriendo a abrir y ella entró como un trompo mientras gritaba, “mataron a Kennedy, mataron a Kennedy”. Así también muere la gente, pensé.

Lo que sigue fue la respuesta que me dio mi padre donde se ríe un poco de su “status de aristócrata”. La verdad es que cuando estaba solo contaba más y se soltaba, daba su opinión aunque sabía que podía estar equivocado o siendo injusto. Lástima que no supe explorar más esa ruta que él me abrió. En esos años todavía lo percibía como un ser eterno. Pero al menos en una carta le consulté sobre mi tata Augusto. Esto es lo que escribió:

 

“En tu última carta haces preguntas precisas sobre tu abuelo, Augusto. Desconozco si tu mamá te va a contestar, pero de todas maneras yo quiero darte mis impresiones sobre él. A lo mejor son injustas, pero te lo cuento simplemente como yo lo creí vivir.

Don Augusto nació en Talca o Curicó, pero no se sabe con certeza cual fue la ciudad porque en esa época no había Registro Civil y las inscripciones o nacimiento se hacían en la parroquia o Iglesia cercana que la familia escogía como más apropiada. El fue inscrito como Augusto Correa Urzúa y tuvo once hermanos, uno de los cuales fue sordomudo y con el cual don Augusto se entendía muy bien.

Tu abuelo fue una buena persona, y creo que concientemente no le hizo daño a nadie; pero de la misma manera tampoco le hizo el bien a muchos. Como eran personas adineradas y de la sociedad de ese entonces, al casarme con tu mamá, no heredé un peso, pero si heredé la aristocracia que ellos pretendían tener…… aunque me hubiera gustado mucho más heredar algo de esa fortuna. Cuando uno de sus hermanos estaba en edad de estudiar, lo mandaban a Santiago y financiaban su estadía vendiendo un fundo cada año. Al final nunca exhibían certificado o título de Universidad alguna, y la carrera se prolongaba hasta que sus padres simplemente se aburrían y perdían las esperanzas. Esto se tradujo en que ninguno de ellos llegó a ser un profesional con título, y así fueron empobreciendo a la familia entera. Don Augusto, por supuesto, no estudió ninguna carrera universitaria y solo asistió algunos años al colegio lo que le permitió ingresar a la empresa de Ferrocarriles del Estado. Ahí no alcanzó una buena posición, y después de muchos años jubiló pobre y sin dinero. Como era aficionado a las carreras de caballos la poca plata que le dieron de desahucio la perdió y lo que le quedaba se la robó un juez de toda confianza y amigo de la familia. Él le prestó el dinero bajo palabra de honor, y con la promesa de que se lo devolvieran con un interés importante. Por supuesto, ese compromiso de palabra nunca se cumplió y el prestigioso juez falleció sin devolverle un peso a nadie. Dada la precaria situación económica, como tú lo sabes, la mamá se trasladó a vivir a una galería de la calle Siglo XX donde la conocí. Después de un tiempo nos casamos y vivimos con ellos durante algunos meses. De allí nosotros nos trasladamos a la casa de El Bosque y después a la de avenida Suecia, lugar donde nacieron la mayoría de tus hermanos. En realidad no nacieron en la casa, sino que en la Clínica Santa María, de acuerdo con mi status de aristócrata. El único que no nació en esa Clínica sino en el Hospital Salvador y en una pieza fue Alberto. Esa decisión fue tomada porque el doctor Tisne atendía en ese hospital y me dijo que no me iba a cobrar y nosotros por nuestra situación económica quisimos aparecer modestos y pagamos por una pieza fea, con ratones, baratas, catre despintado y muros rayados con frases de enfermas que habían estado ahí, aunque escritos sin obscenidades. Eso para nosotros era suficiente.

            Otro hecho que recuerdo ahora con indiferencia, pero que en su momento me dio mucho asco y repulsión, fue el fiasco de las aceitunas. Un cliente del norte, de la región del Huasco, me mandó agradecido y como reconocimiento al buen resultado y al modo cariñoso con que lo atendí, un barril inmenso con aceitunas de la mejor calidad. Conocedor de las aptitudes agrícolas de don Augusto, le consulté esperanzado con la siguiente pregunta: “Don Augusto, ¿y qué hacemos ahora?” Fue así como él tomó posesión del cargo y como primera medida decretó abrir el barril y vaciarlo en la piscina de nuestra casa que sin ser muy grande tenía como un metro de profundidad. Según él, había que “desaguar” las aceitunas por unos días. Yo pensé que el desagüe sería breve pero no fue así, me equivoqué, porque las aceitunas permanecieron en el agua de la piscina no solo días sino semanas y varios meses. Así empezó una franca putrefacción y a desprenderse un aroma nauseabundo que envolvió a nuestra casa y la casa del vecino. Decidí ponerle un punto final a esta situación sacando las aceitunas y terminar con el remoje. La operación, en un principio, me pareció una tarea fácil, pero cuando llegó el momento de activar el plan busqué voluntarios entre ustedes y ninguno se ofreció espontáneamente; todos se negaron pese a las amenazas que inventé para que ayudaran. Al fracasar todos los intentos no me quedó más remedio que intentarlo solo. Me sumergí en traje de baño pero como estaba todo tan mugriento, la descomposición de las aceitunas tenían el agua turbia, no pude encontrar el tapón. Hice varios intentos pero con el brazo estirado y la cabeza afuera no tocaba el fondo. Después de varias sumergidas me di por derrotado y cambié de estrategia sumergiéndome completamente en esa podredumbre. Nuevamente, después de varios intentos, toqué victorioso el tapón del fondo el que arranqué con mucha fuerza para evitar otra sumergida. Al salir, me toqué el pelo y noté que era una masa viscosa y maloliente; tanto, que cuando traté de salir de la piscina ninguno de ustedes me ayudó, arrancaron despavoridos por la fetidez y el aspecto monstruoso que mostraba. Me tuve que duchar varias veces para terminar con la excursión agrícola de don Augusto. Nunca más le pedí consejos sobre las labores del campo. Hasta pronto, son las 10:15 AM del 6 de Julio del presente.”

¿Y qué podemos hacer con los chalecos cuando son así?

Esa es la pregunta de mi primo, Nicolás Correa, en respuesta a la notita anterior. No sé, tengo que escribir otro poco para que se me aclare un poco la película. Otro amigo muy querido me escribe a la distancia lo siguiente: “lo que se acepta duele menos”.

 

Aquí van algunas interpretaciones al texto anterior que nadie debería estar obligado a leer. Son nada más que eso, interpretaciones, luces o el encendido de una lámpara que nos ayuda simplemente al diálogo. No es una venganza ni tampoco un griterío, pero encuentro que no hay nada más interesante que tratar de “ver” nuevamente la vida de nuestros padres con los anteojos que ya nos da la vida y los años transcurridos.

Le consulté a mi primo Nicolás y me dio autorización para compartir sus opiniones, conjeturas que provienen de esa bella profesión que es la siquiatría. Cuando niño, en mi familia se diseminaba esa opinión de que los psiquiatras eran todos locos. No estoy de acuerdo. La siquiatría no es una profesión tan precisa como la física o la matemática, pero no por eso llega a ser una profesión menor que estudia fenómenos poco interesantes.

Y aquí viene mi primo. Los subtítulos fueron agregados por mi:

¿Creciste?

En parte sí, pero el matiz es que el “crecimiento” implica dejar atrás una suerte de “configuración de infancia” en la que los padres no eran cuestionados. Dejas atrás a Chile (las canciones folklóricas) que es la “Patria” y por extensión, los padres (de infancia).

¿Qué me pesa?

Me atrevo a plantearte que lo que “pesa” tiene que ver con que la señora Sotomayor que se te evoca frecuentemente porque está asociada a tu mamá en esos aspectos “locos” de ella, recordados como verte “mocito”, desvalorizado, de algún modo como esa mujer que te tomaba las mejillas como a un niño. Ésa es una madre frustradora (los ojos negros que pagan mal); el resentimiento por esa frustración quizá impide darle más espacio a los otros aspectos de ella que quedan entonces relegados “como un suspiro”.

Una interpretación interesante: ¿Frustraciones inducidas por quien?

El lapsus “primeras viajes” podría apuntar a confusiones en variados sentidos, si el conflicto “mayor” tiene que ver con frustraciones, son claras para ti las que provocó tu madre, que en la realidad pudo ser muchísimo más frustradora que tu padre, y por lo mismo opacar las frustraciones que él pudo provocar, por ejemplo al impedir acercarte al abrazo de la doctora con Alzheimer, porque qué de malo tendría haberlo hecho, hubiera sido bueno para ella y también para ti, por lo que la negativa del papá parece más bien la expresión de una defensa de él como negando el deterioro de esa mujer. Entonces, tu lapsus podría estar comunicando que tanto mamá (femenino) como papá (masculino) han sido frustradores.

¿Donde habito? ¿En Chile o en los Estados Unidos?

Dice “primeras viajes” debiendo decir “primeros viajes” o quizá “primeras visitas”, si consideramos a este error como un lapsus, podría indicarnos una cierta confusión, tal como lo desarrollas más adelante cuando explicas que no es claro si ibas o venías, en el fondo la duda es cuál país es más tuyo, más propio, si Chile-los padres o EEUU-tú mismo. Y dado que hay una discordancia de género (últimas=femenino, viajes=masculino) se podría considerar una posible confusión mucho más inconciente, entre mujer-hombre, que en el contexto pudiera ser entre padre y madre, por cuanto en el texto aparece primero un hombre venido a menos (el Dr. Luccini que podría representar a tu papá) aunque luego en el relato te “matriculas” con la mujer venida a menos (la doctora del chaleco, la señora Sotomayor y finalmente tu madre).

Ahora, negar el deterioro es negar el dolor por lo que quedó atrás, por lo perdido y desde este vértice podría el lapsus expresar otra confusión, en el sentido de dónde habitas: en Chile, es decir el mundo de tus padres, ése en el que se niega el dolor, o EEUU, tu mundo adulto, donde te asomas a poder vivirlo a fondo.

Tu relato te muestra en ambos mundos (en ese sentido, confundido), porque te duele el chaleco “olvidado” pero algo te “pesa” respecto de tu madre, que desde la metáfora del chaleco podemos preguntarnos si no será que te pesa el conservarlo (predominantemente) en ese clóset “abandonado”. El chaleco “quedó” abandonado por su dueña pero TAMBIÉN por sus custodios que lo confinaron a un lugar “pasado a encierro” y húmedo. Cabe preguntarse si esa doctora llamó alguna vez para recuperar su prenda o si hubo algún intento de tus padres o de alguien de la familia por devolvérselo.

Mi papá se parecía mucho a tu mamá en lo egocéntrico y, por lo tanto, desvalorizador. (Digo “por lo tanto”, porque cuando predomina lo egocéntrico (narcisístico es el término técnico) se necesita ubicar al otro en una posición inferior para poder sentirse superior y he aquí el punto: el otro puede aceptarlo (las más de las veces inconcientemente) sintiéndose inferior y quedándose en ese lugar o enojarse y entrar a pelear por el propio valor mancillado -manteniéndose el conflicto (uno superior al otro) si se queda en una u otra posición- o “salirse” de la “oferta” de superioridad-inferioridad que hace el egocéntrico, enfrentando la relación desde otra perspectiva).

Otra perspectiva

La digresión tiene que ver con esta posibilidad; en el relato, con abrir uno el clóset para darle un destino diferente a ese chaleco abandonado, como creo que lo estás intentando hacer, primo: ir a visitar ese lugar de “exilio implacable”, lo que tiene el costo de contravenir la posición también “implacable” del padre interno, de negar a la figura deteriorada (con Alzheimer) que encierra una pena. ¿Será que este modo de enfrentar el dolor -negando, desvalorizando a la sufriente- predominaba en tu papá y por eso tiendes a vivir a tu mamá “añejada”? Sin embargo, es claro también tu deseo de poder conocer finalmente a la mujer que llora en el aeropuerto para dejar de ver sus mejillas como de yeso y poder verlas de carne y hueso: vivas, sufrientes y también alegres.

¿Tomar distancia o desquite?

Mi moción es a no resignarse cuando aún podría quedar alguna posibilidad, aunque también es cierto que a veces es necesario tomar distancia de aquello que a uno lo daña tanto. Aquí habría que intentar hacer el distingo entre tomar distancia y desquitarse abandonando al otro tal como uno se sintió abandonado por él (o ella). Es decir que los “ojos negros traicioneros” son del otro cuando a uno lo inferiorizan abandonándolo (tu madre te abandonó cuando desvalorizó tu matrimonio) pero también son propios cuando uno abandona por venganza.

En suma, la idea es que podríamos “leer” en el título “Así son a veces los chalecos”, una opción como “y qué podemos hacer con los chalecos cuando son así”.

Así son a veces los chalecos

¿Qué ha sucedido con esos conocidos que alguna vez vi cuando pequeño? ¿Qué habrá ocurrido con el coronel Sudi, por ejemplo, de carabineros? Llegaba a casa, y siempre lo hacía entonando una canción del folklore chileno. Era bonachón y realmente quería y se sentía amigo de mi padre; pero no estoy muy seguro si mi padre fue realmente amigo suyo. ¿Qué ocurrió con él? Siento como que repentinamente hubo un cambio de escena –¿crecí?- y muchos de esos conocidos desaparecieron y no los volví a ver nunca más.

Como goteras esos seres repentinamente se fueron evaporando, desperdigándose al tomar otros caminos. Recuerdo cuando en una de mis primeras viajes de visita a Chile, fui a buscar a mi padre a la Clínica Indisa donde trabajaba en ese entonces. Fue triste porque me encontré con el doctor Luccini, a quien no conocía, pero que se veía enfermo, viejo y disminuido. Ya no era ese médico prestigioso de otros años, y se paseaba en la antesala a la oficina de mi padre como si fuera el portero de la Clínica. Mi padre no me dijo nada, pero como deferencia tengo la impresión que lo dejaban deambular con libertad total por todos los rincones. Mi padre se notaba contrariado, y buscó a que nos fuéramos pronto hacia la casa.

En otra ocasión, y nuevamente en la Clínica, me encontré con una doctora que había estado en la casa nuestra, en Algarrobo, con su marido que también fue médico. Ella me reconoció de inmediato, pero cuando feliz traté de saludarla para conversar con ella, mi padre me movió hacia un costado para que siguiéramos nuestro camino. La vi estirar las manos, su felicidad en el rostro y luego su tristeza, la desilusión cuando mi padre, implacable, me indujo a seguir nuestro camino. Al poco rato me confesó al oído: “tiene Alzheimer, mijito”. Estaba enferma, era cierto, y algo muy profundo no le funcionaba bien, pero cuando mostró ese rostro tremendamente triste reapareció en ella la persona sana, y reveló los rasgos de una mujer condenada a un exilio implacable. ¿Acaso no es eso justamente el Alzheimer y muchas enfermedades incurables? ¿Ser condenado a un sitio que nadie conoce, que muchos imaginan, pero que se hace necesario visitar y vivirlo para saber de qué se trata?

Como decía, me habría gustado conversar con ella, pero no se pudo. Y no entiendo por qué la recuerdo tan seguido. La veo a la distancia cuando me trata de saludar al lado de mi padre, que nervioso, la mira como un extraño y me empuja para partir pronto. Recuerdo que cuando nos vino a ver ese fin de semana, en Algarrobo, olvidó un chaleco de lana café que después por mucho tiempo, vi colgado en un closet pasado a encierro y a la humedad de la playa. ¿Lo habrá recuperado? Poco importa, pero la impresión que tengo es que así sucede a veces con la gente que he conocido, se han ido quedando en el camino parecido a ese chaleco que alguien deja abandonado en la casa de un amigo.

Me acuerdo también de la señora Sotomayor. Nos iba a ver a la casa de Avenida Suecia 1521, ya tarde, al terminar el día y antes de pasar por la casa de unos parientes que vivía a una cuadra, en Pocuro con avenida Suecia. Tocaba el timbre, uno le abría y se ponía a cantar de inmediato mientras me agarraba de las mejillas:

“…..yo vendo unos ojos negros quien los querrá comprar, los vendo por hechiceros porque me han pagado mal..”

Tampoco sé qué habrá sido de ella; pero al menos recuerdo su apellido.

A menudo se me viene a la mente otra señora que nunca conocí porque jamás hablé con ella. Estábamos en un café, en el aeropuerto JFK de Nueva York, y ella lloraba silenciosamente mientras no probaba nada. A lo mejor la recuerdo porque se parecía a la abuelita Oriana. Era uno de mis primeros viajes en que volvía de una visita a Chile, y donde todavía tomaba el avión de salida (¿o de regreso?), como si mis partidas fueran solo un paréntesis porque pronto regresaría “a vivir en mi país”. Al menos eso pensaba en ese entonces. Salía de Santiago en un estado frágil y a lo mejor por eso las neuronas estaban más atentas y receptivas al sufrimiento, al entorno. El llanto de la señora era contenido, y no movía un solo músculo del rostro mientras se le enfriaba su café. Simplemente le rodaban unas lágrimas tibias, móviles y transparentes, sobre unas mejillas que parecían de yeso pintado.

En otras ocasiones, cuando paseo con el Copo por el vecindario, o cuando circulo por un supermercado, veo a tantos otros amigos que he tenido pero que ahora, en este preciso minuto, sufren los efectos devastadores de una enfermedad. ¿Cuando me tocará el turno a mí?

Al escribir esta nota veo que menciono a varios conocidos, pero no he hablado todavía de mi madre que anciana y enferma ahora también sufre. Pero con mi madre, ya enferma y débil, siento una gran indiferencia. En la nota anterior (Como un suspiro) contaba un recuerdo feliz de ella; pero eso ocurrió hace muchos años, y creo que tristemente esa madre ya partió. Y la que se quedó firmemente apernada con nosotros, y sobre todo en mí interior, añejó como los vinos malos, y esa es la memoria de ella que me acompaña ahora. El recuerdo que me queda es el de una madre que me consideró siempre como un niño, y que se negó porfiadamente a tratarme como adulto. Mis opiniones, mis actos fueron siempre los de un mocito; como mi matrimonio, que también fue el matrimonio de un pendejo, pero jamás el de un adulto. Siento que eso nos causó daño porque en lugar de apoyo, escuché opiniones lacerantes que no respetaban nuestra vida de seres ya formados. La manera en que se atornilló en nuestra intimidad de adulto siento que me causó daño. Pero como me explicó en su día mi querido amigo José, cuando transcurre mucho tiempo y se llega a la ancianidad, ya se pierde la oportunidad y no se puede y no se debe “pasar la cuenta”. Pero al menos -pienso- ella debería leerla, “leer la cuenta”, enterarse, saber lo que ocurrió. ¿Alguien se la leerá algún día?

Con mi padre por otro lado, me ocurrió todo lo contrario. Cuando falleció lloré, lo extrañé. Me bajaba del auto y sentía que había perdido algo importante, que algo fuerte me faltaba. Con mi madre, en cambio, ahora anciana y enferma, débil, amargamente siento una gran indiferencia que me pesa.

Es triste, pero así son a veces los chalecos.

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