Los Mejores Días de mi Vida

El invierno nos cayó con crudeza tremenda este año, por eso con Pilar estábamos ansiosos de arrancarnos al campo para ver como llegaban las aves migratorias del sur. Queríamos planificar algo donde todo nos resultara como lo habíamos previsto, nada de sorpresas de última hora o cambios que nos golpearan de manera imprevista. Para eso ya sufrimos suficientes cambios de planes en el trabajo y en nuestra vida diaria. Por eso queríamos planificar unos días a futuro y ser totalmente dueños de esos días, de esa agenda, completamente en control; es decir, felices. Ya empezaba la primavera y, en el norte de Michigan se anunciaba la llegada anual de los pájaros que vienen volando de tierras lejanas, incluso desde Chile.

A Pilar siempre le han interesado las aves, y a mí también, pero creo que a mí me interesan incluso más por el grupo, por ver y conocer a ese grupo de gente que disfruta al ver esas aves que cuando tocan tierra, aturdidas después de una travesía tan larga, aplauden y gritan como si estuviesen viendo un partido de futbol.

La noche anterior salimos a caminar porque Pilar quería ver a un búho en su hábitat natural. Y quizás ahí estuvo el error, porque nos desviamos del plan original, planificado cuidadosamente la semana anterior. Decidimos a última hora encaminar nuestros pasos por un sendero de árboles nativos, buscando a ese búho que teníamos identificado por una foto que Pilar tenía en su mano. Subimos por la colina abriéndonos camino a través de la espesa vegetación hasta que bien a lo lejos pudimos ver algo de color rojo escondido cerca de un árbol. Y creo que ahí fue cuando cometimos el error final y definitivo, porque cambiando nuevamente de planes decidimos acercarnos para ver de qué se trataba todo eso. Después de caminar una hora divisamos claramente el bulto rojo. “Es una mochila”, exclamó, Pilar. Corrimos para ver de que se trataba. Al llegar comprobamos con estupor que era un tipo como de treinta años que no se movía, estaba muerto y tieso. De pura curiosidad abrí su mochila. Me topé con un chaleco, un sándwich de queso ya duro y añejo, y una postal que ya estaba lista para poner al correo. La tomé entré mis manos y la leí:

“Pasándolo de manera espectacular. Los mejores días de mi vida”

La Foto

Pocos meses antes de morir se sentó en una silla –¿en la cocina?- y comenzó a escribir notas breves en el reverso de algunas fotos recientes; de alguna manera supo que se iba a morir y que le quedaba poco tiempo. Se dio cuenta lo triste que resultaban las fotos antiguas, de antepasados lejanos que ya no nos pueden decir nada porque están muertos, vaporizados, idos para siempre y por eso quiso explicar algo escribiendo esas pequeñas reseñas. Después encontró un sobre y me las mandó certificadas a Cleveland, donde vivíamos en ese entonces.

En las fotos antiguas los personajes se quedan ahí, congelados en el tiempo, pero asumiendo su mejor pose. Nos miran desde el papel como tratando de contar algo, lo que hicieron o lo que dejaron de hacer, pero ya no sacan nada, están muertos, y nos están mirando desde el otro lado. Ni siquiera les recordamos por sus nombres. Cuando falleció mi abuela Oriana, por ejemplo, recuerdo que pusieron muchas fotos de la familia sobre una mesa destartalada para que los visitantes sacaran las que más quisieran. Las mejores se fueron con rapidez para, a lo mejor, terminar nuevamente escondidas en otra cajonera. Por supuesto que la parentela que llegó primero se llevó los mejores retratos, aumentando así las divisiones y rencores que, en nuestra familia, también se pasaban de mano en mano como si fueran monedas calientes. Recuerdo que mi abuelo, Augusto, el marido de Oriana y que falleció antes, le sacaba mejor provecho a las fotografías porque siempre tenía una en su bolsillo que mostraba orgulloso al que lo quisiera oír. Las guardaba en el bolsillo de su chaqueta y la sacaba tantas veces que ya parecían fotos de periódicos por el manoseo contante y los trajines. A lo mejor estaban salpicadas de saliva porque cuando las mostraba hablaba mucho y orgullosamente las apuntaba con los dedos.

Recuerdo que mi hermano Alberto me contó que un día fue a recorrer un departamento en Plaza Italia donde había vivido la hermana de mi padre. El lugar funcionaba como un hostal para estudiantes, pero lo invitaron a pasar sin ningún problema. Recorrió los cuartos, y parece que le creyeron la historia de su antigua familia porque al final le entregaron un álbum de fotos que había sido de nuestra tía. Eran muchas fotos y hasta el día de hoy alguien trata de darles nombre a esos antepasados que se ríen, que se sientan, que se abrasan. Cuando ella falleció a nadie se le ocurrió ofrecer sus fotos a la parentela.

En esos retratos a veces nos esforzamos por mostrar una gloria o alegría falsa, que a lo mejor existió de manera breve y muy fugaz. Quizás por eso mi padre escribió en el reverso de la foto donde también estaba él:

“Tus antepasados con cara de satisfacción. Los recuerdos penosos no se ven; los tratamos de olvidar poniendo caras alegres. Foto tomada desde nuestro departamento en Santiago. Abril 2001.”

La Primera Sepultura de Salvador Allende

Llegó el día viernes, y ahora nos tocaba visitar a mi querida tía Oriana, hermana de mi madre y que vive desde hace bastante tiempo en una casa de reposo. Para comunicarnos entre USA y Chile hemos usado el teléfono. Cuando la llamo desde USA siempre me espera con un listado de recuerdos que luego me trasmite por si yo los quisiera anotar en un papel; siempre me dice que tome notas sin problemas, que ella no sabe escribir, no quiere, que no le sale la “palabra hermosa”. El teléfono es un sistema que nos funcionó hasta hace poco, cuando ella todavía tenía uno en su cuarto.

Llegamos temprano a saludarla, y nos esperaba contenta y presta para aclarar las dudas de sus relatos anteriores. Nos saludamos, nos abrasamos y ya muy pronto me empuja por el despeñadero de anécdotas y reminiscencias:

-¿Te conté, Cristián, lo de Salvador Allende y su entierro en el cementerio Santa Inés?

-No, no me has contado nunca nada.

-Bueno, mira, tú sabes para el golpe militar lo que pasó en Chile, pues. Mira, en el cementerio Santa Inés, en Viña del Mar, están enterradas mi papá con mi mamá, por eso yo iba harto a pasearme por ahí. El nicho bóveda donde están ellos lo compré ya que la mamá nació en Viña del Mar y porque también están ahí enterrados mi abuelo Agustín Ramírez Gómez junto a mi abuela, doña Emma Ossa. Claro que ahora hay cementerios más modernos que no parecen cementerios, como uno que se llama Parque del Mar, me parece. Y con el tiempo ha cambiado todo porque los cementerios ya no pertenecen al Servicio de Salud como antes, aunque no entiendo porque esto de los cementerios mezclado con salud, cuando eso es pura muerte. En fin, en todo caso ahora pertenecen a la Municipalidad de cada sector.

-Como te contaba por esto de la compra yo conocía y conversaba mucho con el administrador del cementerio, un hombre chico, bien metido y copuchento de apellido Carrasco. Tú entrabas al cementerio y a un lado se ubicaba la casa del administrador, una casona antigua, una puerta, ventanas, poco lujo, y que por la parte de atrás daba al cementerio, ¿me entiendes, tú? Al frente estaban las oficinas donde ibas a preguntar, inscribías los fallecimientos y hacías tus trámites. Así fue como un día fui a ponerle flores a mi mamá cuando este hombre me cuenta que una noche le inundaron el cementerio con autos policiales, camiones y fusiles de batalla. Salió de la casa con lo que llevaba puesto a cumplir con su deber de administrador. Apenas se topó con el grupo militar, se estiró la chaqueta tratando de cumplir con sus obligaciones y pidió el certificado de defunción; así, bien plantado, pese a estar rodeado de armamentos y pelotera. Pero este pobre hombre no había terminado de hablar cuando le gritaron “pa’dentro, pa’dentro, este es un entierro político, me entiende, político, señor, qué certificado ni nada, váyase a acostar.” Así que el pobre hizo caso pero a medias, porque con los pocos empleados del cementerio que tenía cerca se metieron para adentro y mironearon por detrás de las cortinas; ahí mismo, desde su casa al fondo.

-Al final no sé quien daría el certificado de defunción, pero ellos de todos modos presenciaron el entierro. Y era Allende, fíjate, y por los cálculos que hicieron ahí escondidos, detrás de las cortinas, lo depositaron en la sepultura de su cuñado de apellido Grove, que me parece también era político porque cuando yo estaba interna en la monjas francesas de Valparaíso –tenía como 11 años nomás- oía desde el dormitorio, acostadas ya para dormirnos, el griterío que nos llegaba de la calle:

…queremos ver a Grove

colgando de un farol

con media lengua afuera

y pidiéndonos perdón!

-Imagínate la canción de cuna que escuchábamos. El colegio estaba en la calle Independencia esquina con Manuel Rodríguez. Lo que escuchaba yo era el griterío y la trifulca que venía de la calle Manuel Rodríguez. Y ahí, en una esquina, había también una botillería que escupía curaditos todas las noches tambaleándose por las veredas. ¿Y sabes como se llamaba esa botillería, sabes tú como la llamaban? ¡Santa Teresita!, imagínate, una santa y protectora de los que tomaban tanto.

-Bueno, pero la sepultura de Grove está a ras del suelo y separada por un caminito muy chiquito de la sepultura de mis abuelos. Yo en esos tiempos iba al cementerio, llevaba ropa para lavar, les ponía flores y me quedaba varias horas. Y en esa ocasión pasé a la sepultura del tata y la abuelita porque había un rosal muy viejo y lindo que me gustaba regar. Estaba llenando un tarro de latón gris con agua helada cuando me topé con el jardinero, y muy cerca de donde estaba enterrado Allende, así que haciéndome la lesa no me pude aguantar y le consulté bien calladita: oiga, le dije, ¿y por aquí está el Chicho? Porque ese era el sobrenombre que tenía Allende: Chicho. Y me creerás tú que al pobre hombre se le dio vuelta la carreta, tiritó de susto y me gritó: “No se na’yo, señora, no se na”, antes de echar todas sus palas, picotas y herramientas sucias adentro de su carretilla para arrancar a toda carrera perdiéndose entre las tumbas solitarias.

Momento 22

Pasa el tiempo y las situaciones que uno ha vivido y que en otro tiempo parecían insignificantes, se agrandan y cobran otra intensidad y nuevos colores. Es ahí cuando uno repasa esos momentos, como fotos o fragmentos del pasado, tratando de encontrar nuevas interpretaciones, pero no resulta. No resulta porque el tiempo es otro y los lugares y los afanes de la gente son distintos; a veces solo florece un amago de relato y los deseos grandes de estar mejor preparados para cuando otros momentos parecidos nos vuelvan a sacudir; es importante estar alertas, atentos. para atraparlos bien en un rincón de la memoria. Esos son los momentos especiales que se pueden catalogar como los momentos 22, donde la suma ya no importa. Son momentos que obedecen a otras leyes, momentos para colocar uno al lado del otro.

Recuerdo que me enteré cuando caminando por la Euclid Avenue, frente a la Universidad, en Cleveland, leí sobre su muerte. Era un 23 de Enero del año 82 y hacía un frío intenso en Cleveland. Crucé la calle porque por un cambio de horario, la clase de química orgánica sería en otro edificio, detrás de la biblioteca. En ese tiempo todavía no reconocía bien las calles que pronto formaría parte de mi ciudad, mi nuevo suburbio. En el titular del New York Times, que pude leer parado en la vereda, adentro de una vitrina de metal y a través de una ventanita de vidrio, anunciaban que Eduardo Frei Montalva había fallecido el día antes. Y justamente ahora, ya transcurridos más de treinta años, todavía voy al Google para releer los distintos episodios, para tratar de entender un poco más lo sucedido en ese entonces. A uno le enseñan que 2 + 2 son 4….. pero a veces resulta un 22, y es difícil darse cuenta de ello. Los momentos de 2 + 2 son 4 son aburridos y muchas veces previsibles, por eso uno los larga y los olvida para siempre. Los momentos interesantes ocurren cuando 2 + 2 son 22, pero cuesta darse cuenta de ellos, en general se esconden y no se dejan ver, son tímidos, pero cuando uno los descubre nos dicen mucho más. Cuando uno los descubre y les saca cruelmente las caretas, ellos gruñen y se defienden pero al final algo les gusta, y fielmente rebrotan y te gritan para que los veas otra vez y a lo mejor los muestres, es ahí cuando se dejan ver; quieren desesperadamente que los vean.

Un fragmento 22 que tengo claramente instalado en la memoria ocurrió en la playa, en Punta de Tralca, en el Meeting Anual de la Sociedad de Química de Chile. Corría el año 81, en esos años terminaba mi licenciatura en química y me preparaba para continuar mis estudios fuera de Chile, en la Universidad de Case Western Reserve, en Cleveland, Ohio. Todavía no sé por qué lo hice, pero así ocurrió, me fui, terminé partiendo. A lo mejor es un tema para otra nota. Estábamos en el estacionamiento del recinto de vacaciones del Banco Central donde se efectuaban las Jornadas de Química, cuando el amigo de un amigo, Eugenio, abrió la maleta de su Fiat 125 y con orgullo mostró el botellón de Chivas Regal que le habían regalado hacía poco. Lo elevó a las alturas como si fuera un cáliz consagrado y largó una carcajada pegajosa, amistosa, invitando a compartir. El tipo era realmente simpático y bonachón, alegre. Venía llegando del puerto de San Antonio donde había almorzado con “El Mamo” en un restorán que en ese entonces era una de sus picadas favoritas: el restorán “La Margarita”, “donde La Margarita,” el predilecto del Mamo. Al menos eso lo recuerdo bien. En ese entonces no tenía la menor idea de que “El Mamo” era nada menos que el general Manuel Contreras, a cargo de los servicios de inteligencia de Pinochet. Como decía, en ese entonces 2 + 2 todavía daba 4. Tampoco sabía que ese tipo simpático y bonachón, muy hablador, era nada menos que Eugenio Berríos, y trabajaba en el Proyecto Andrea, donde sintetizaba armas químicas como el fatídico y mortífero gas sarín. Estábamos en Punta de Tralca, admirándole el botellón de whisky a Berríos. En el horizonte se veía claramente el choque del océano y el cielo, mientras las gaviotas ruidosas pasaban por sobre nuestras cabezas y esos grandes roqueríos. Al poco rato y después de sujetar ese botellón de whisky como un gran trofeo, terminamos todos en mi casa de Algarrobo probándolo con hielo mientras algunos colegas, en ese entonces profes de la universidad, conversaban sobre la boldina. Como nos explicaba Berríos –moviéndose como un director de orquesta- y sentado en la cabecera de nuestra mesa de vidrio trasparente, la boldina era el químico que él había estudiado durante su tesis de grado, era el componente principal del boldo, que tanto se disfruta como “la agüita de boldo” y que se consume en Chile después de las comidas suculentas. Él quería transformar la boldina en un negocio. Y a cada rato largaba nombres de personajes importantes que a veces nos dejaban mudos y otras veces asustados. Regularmente hablaba del “tata” (Pinochet), como si este fuera su compadre o su papá. Y nos miraba para medir el efecto que habían tenido sus palabras. Hablaba mucho y le gustaba impresionar, farsanteaba hablando de sus contactos. Había bastante histrionismo en todo lo que hacía. Eugenio buscaba caer bien y que lo escucharan……. y hablaba demasiado.

Otros fragmentos 22 me ocurrieron por la noche, al morir el día, y cuando veía llegar a mi casa al doctor Alejandro Goic. Tocaba el timbre de la puerta de afuera y entraba con cara de circunstancia, como un escolar cualquiera, para hablar con mi padre, también médico. La verdad es que esas consultas eran habituales. Era común que algún accidentado llamara tarde por la noche buscando socorro y atención médica. Y uno escuchaba calladito las preguntas y respuestas. ¿Perdió el conocimiento? ¿Vomitó? Mándenlo de inmediato al Instituto. Y al poco rato era el turno de la llamada de mi padre al Instituto dando cuenta de la situación. Déme con el médico de turno, empezaba…… y pobre si la telefonista que salía era muy lenta y despistada porque entonces quedaba la cagada. Pero en el living de nuestra casa hablaban con el rostro preocupado sobre como iba evolucionando la salud de Eduardo Frei Montalva, recientemente operado en la Clínica Santa María de una hernia que había inexplicablemente desembocado en una infección tremenda. Los médicos ya no sabían qué hacer. Mi padre no estaba en el equipo médico que lo atendía, pero Goic le consultaba; se conocían, eran amigos. Recuerdo que en un momento cifraron las esperanzas en un nuevo antibiótico que les mandarían desde los Estados Unidos. Sentados en el sofá del living de mi casa conversaban y discutían las evidencias médicas un poco incrédulos, y también asustados, como explorando un terreno que les era completamente ajeno.

La noche empezaba con la llamada telefónica de Goic, y luego su llegada presurosa, preocupante. No probaban nada, no comían nada, simplemente conversaban callados, y uno apenas los podía oír. Mi gato me esperaba a los pies de la escalera

Y claro, vuelvo al Google y en Wilkipedia leo los detalles de cómo terminó Berríos. En esos años, los 90, la justicia lo buscaba para que fuera a declarar por el asesinato de Orlando Letelier, en Washington. Todavía no lo buscaban por la muerte de Frei Montalva, su nombre en ese caso solo lo mencionarían años después, cuando ya lo habían muerto. En los 90 los servicios de inteligencia se lo llevaron escondido al Uruguay bajo la “protección” de la inteligencia de ese país y Chile. Leo en la Internet lo publicado en el diario La Nación del 1 de Noviembre del año 2009, cuando se investigó su muerte:

“Los últimos días de noviembre de 1992, arrodillado y atado por los brazos, al químico lo obligaron a bajar la cabeza. Arturo Silva le dio el primer tiro. El otro lo disparó uno de los tres militares uruguayos bajo arraigo en Chile. Fue un pacto de honor y silencio. Una bala por cada país”

Varios años después, en abril del año 95, finalmente encontraron las osamentas de Berríos enterradas en la arena, en la playa de El Pinar, cerca de Montevideo……..Berríos no solo trabajó con fuego, pero hablaba demasiado y conocía mucho.

Con los años me sigo topando con amigos de Chile, con profes de la universidad ya retirados. Incluso una vez me topé con uno en un aeropuerto, en Washington. No había terminado de saludarme, de preguntarme cómo estaba, cuando de improviso, casi agarrándome del cuello, lo primero que me preguntó era si acaso me acordaba:

-¿De qué? –le pregunté de vuelta, preocupado.

-¡De Berríos! –contestó. Y casi me lo suplicó- ¿te acuerdas cuando estuvimos con Berríos, te acuerdas cuando estuvimos con Berríos en tu casa de Algarrobo?

Dudé un minuto mientras sus ojos parecían escarbar en su memoria pidiendo ayuda. Hasta que le dije sí, que me acordaba. Y decididamente noté que me creía y se calmaba, había sido cierto, no cabían dudas, no estaba imaginándose eventos misteriosos. Me di cuenta que ese incidente, ese whisky en mi casa de Algarrobo, también había sido un momento 22 para Fernando. Llegué a sentir los roqueríos y las gaviotas, y la playa de Punta de Tralca.

¿Y cual es el tuyo? ¿Cual es tu momento 22?

Aurora Bernárdez y el gran Julio

Noviembre 8 14

 La tumba de Julio Cortázar en el cementerio de Montparnasse, en París
Que pena que muriera, a los 94 años, la primera esposa de Julio Cortázar, Aurora Bernárdez, que se hizo también su propio y prestigioso nicho profesional no como la primera mujer de Cortázar sino que como una gran traductora. No sé cómo lo hizo el tal Julio para que su primera mujer lo quisiera tanto, porque después de Aurora, tuvo a otra mujer y después a Carol Dunlop, una escritora que falleció el año 82, muy joven y poco antes que él. Cuentan que cuando murió Carol –parece que de SIDA, el mismo que poco después mató a Cortázar- Aurora lo cuidó y lo acompañó en su lecho de muerte. Recuerdo que le escuché eso del SIDA a la señora de José Donoso, Pilar Donoso, en el jardín de su casa, en Santiago de Chile por ahí por el año 92. Según ella, Cortázar se habría contagiado en uno de sus tantos viajes a Nicaragua. Pero leyendo las cartas póstumas de Cortázar que se han publicado después (gracias a los esfuerzos de Aurora), no creo que eso haya ocurrido así. Lo más probable –y aquí estoy elucubrando- es que Cortázar se contagió de SIDA después de las enormes transfusiones de sangre que le hicieron por una hemorragia debido a una úlcera que sufrió en Francia (eso es lo que dice también la escritora Uruguaya, Cristina Pier Rossi). Como cuenta él en sus cartas, las úlceras le florecieron por su gran afición a las aspirinas que a veces consumía en abundancia. Ese día –el de la hemorragia- fue Carol quien lo encontró tumbado y casi agónico en el suelo de la cocina, en su casa de veraneo en el sur de Francia. Al final los dos se enfermaron –y aquí sigo elucubrando- es decir él la contagió, aunque fue ella la que murió primero, como un año antes que él. Antes de fallecer, los dos ya enfermos y sufriendo de fatigas persistentes (eso se nota claramente en sus cartas) escribieron un libro juntos, “Los Cosmonautas de la Cosmopista”, que él se encargaría de terminar poco después de que ella muriera.
Cuando fuimos a París hace ya varios años recuerdo que recorrimos el cementerio donde están los dos enterrados, uno al lado del otro. Encima, sobre la losa de piedra, descubrimos con sorpresa que mucha gente le deja poemas y notas como recuerdo o un pequeño homenaje. Nos quedamos un rato intruseándolos y leyéndolos antes de seguir con la caminata reconociendo a otros ilustres personajes. Camila y Sofía no podían creer que estuviéramos recorriendo un cementerio en el mismísimo París; pero no éramos los únicos, son muchos los visitantes que lo van a saludar aunque ya esté muerto.
La compañía de Aurora parece una linda historia de amor, mezclada con malos entendidos y desencuentros –se separaron-, pero finalmente y de todas maneras, una historia donde parece que ese amor original los encuentra y los une hasta el fin. Después, con el transcurso del tiempo, fue ella, como heredera única de la obra de Cortázar, la que siguió publicándole papelitos, postales, relatos, encontrados debajo de una cama, en un escritorio, y recientemente el último libro que me traje de Chile, y que viene con recortes de diarios, fotos, etc., “Cortázar de la A a la Z”. Es como un libro almanaque que se puede abrir en cualquier página para leer un rato.
Y aquí termino esta nota dominguera, en la librería Barnes & Noble, no muy lejos de la casa y con una nueva cosecha. Un libro de un inmigrante ruso (Dmitry Samarov, A Hack Memoir), un taxista, que acaba de publicar una memoria sobre su trabajo de taxista que comenzó cuando tenía 23 años en Boston y que termina cuando ya tiene 41, y trabajando en Chicago. El libro tiene incluso los propios dibujos del autor creados en sus distintas esperas en aeropuertos, estaciones de trenes, hoteles. Cuenta anécdotas sobre los distintos pasajeros que le han tocado. Me imagino que será interesante porque me parece que el tipo escribió el libro de puras ganas, de sus grandes deseos de contarse, de explicarse a si mismo, y a lo mejor, gracias a eso, gracias a la palabra escrita, levantarse por sobre ese mundillo de viajeros y trabajo extenuante para darle otro sentido a su propia vida…… ¡A lo mejor a Cortázar le habría gustado!
Noviembre 8 14

Detroit: La Aventura de un Jurado

Habían más de cien personas reunidas en una sala con sillas metálicas pero acolchonadas, buenas para resistir un día completo de espera. Nos habían citado como potenciales jurados a la Corte de Justicia de Detroit, en el centro mismo de la ciudad. Antes ya nos habían obligado a vaciar nuestras carteras y forzados a pasar por un detector de metales. Un cartel adosado a un muro anunciaba que no se puede entrar con celulares o aparatos electrónicos. Una vez adentro, vemos gentes de todos los colores y razas dispuestos a leer y a conversar de su familia y amigos mientras esperábamos; estamos resignados a pasar un día entero trabajando en este servicio público al que hemos sido convocados por correo. Algunos esperan felices a que los elijan finalmente como jurado. Otros, lo único que desean es que los dispensen pronto para poder partir al trabajo o a sus casas. Después de pasar por la seguridad y presentar los papeles, nos pegan una estampa roja en el pecho que lee claramente: “Jurado”. Pronto nos indican donde están ubicados los baños y una sala pequeña donde podemos comprar algo para comer, tomar café y aminorar la espera. A la media hora llegan instrucciones para los que tiene sus autos mal estacionados, o en parquímetros con monedas, para que los muevan a un estacionamiento más seguro y pagado; anuncian que el proceso al que hemos sido convocados puede tomar el día entero. El ticket que les dará la policía, nos amenazan, es imperdonable y les costará como 45 dólares, y hasta les pueden extirpar el auto con una grúa rápida y mortifera.
Como no se aceptan celulares, estoy sin email y casi desconectado del mundo. Solo me acompaño de dos libros y unas pocas páginas en blanco donde escribo esta breve nota como entretención. Sobre todo me interesa leer un libro de Eduardo Halfón, que me compré hace poco.
Ya han comenzado a llamar a los potenciales jurados, en grupos de a veinte, para distribuirlos en los distintos casos que están agendados para el día de hoy. Los grupos son grandes ya que muchos son descartados y los mandan de regreso a casa. Finalmente escuché mi nombre que pronunciaron bastante bien pese a las ruidosas “eres” que tiene el apellido Fierro. Subimos al octavo piso, donde está la sala 803 donde nos han citado. Antes de subir reconocí a un amigo, Richard, que vive cerca nuestro y a quien también habían llamado para que se presentara. No es la primera vez, me dice, años atrás participó como jurado en un juicio relacionado con un asesinato. No le alcancé a preguntar cual había sido el veredicto porque ya nos llamaban, pero alcanzamos a intercambiar algunas palabras sobre sus casas. Richard vive comprándose casas y cambiándose a otras casas nuevas. A veces hasta se le incendian, pero la arregla y se muda a otra como cualquier conejo acostumbrado a esa vida de conejo. Me dijo que ahora tenía pensado construirse una casa en Sheldon Rd, que está cerca de donde vivimos nosotros. Me cuenta que ya se mudó de la última casa que le habíamos conocido. Siempre cuando habla de casas y más casas lo escucho con horror y espanto. Nosotros tenemos tanto cachureo maldito en nuestra casa, que sería un verdadero castigo mudarnos; aunque pronto, muy pronto lo tendremos que hacer porque ya sin hijas y ellas esparcidas en distintas direcciones, nos queda demasiado grande.
Nos despedimos y cruzo los dedos para que el mío sea un caso simple, algo donde con solo llegar a la sala el conflicto ya se haya resuelto. Llegamos al octavo piso y comienza la otra espera. Nos anuncian que el Juez se llama Craig Smith. Se escucha el abrir y cerrar de puertas. Vemos pasar abogados serios, cargados de pesados maletines negros. A veces notamos a un policía y más papeles que entran y salen. Ya son como las 10 de la mañana y todavía esperamos a que nos inviten a pasar. Vemos entrar policías y más abogados y aumenta el movimiento y el ajetreo. Ellos si pueden usar celulares. A lo mejor están negociando, no lo sé, pero se demoran. Para matar el tiempo sigo leyendo a Eduardo Halfón, un escritor joven y guatemalteco. Me gusta como mezcla su propia vida con la ficción, es algo entre memoria y novela, un hibrido bien interesante. Me atrae su lenguaje poco rebuscado y sencillo. Si este es un crimen, me pregunto –no la novela, sino el juicio- creo que se resolverá bien pronto. Entra más gente a la sala, a lo mejor son los tipos enfrascados en la disputa; imposible saber nada.
Son las 10:10 de la mañana y todavía ocurre poco, pero los potenciales jurados al menos ya esperamos a la entrada de la sala donde se llevará a cabo el juicio. Son muchos los que ya conversan en voz alta, salpicando de ruidos y carcajadas nuestra espera. Una señora no deja de celebrar una broma que una amiga reciente le cuenta, y saca un pañuelo para secarse las lágrimas que le brotan del gozo, de la carcajada estridente, pero igual nadie nos llama. Se sigue riendo porque parece que se vuelven a recontar la misma historia pero de otra manera, con una pequeña variación que nuevamente las hace estallar, y las obliga a sacarse los anteojos y pañuelos para secarse los ojos. Luego, como en el mar, después de varios minutos llega otro silencio que se interrumpe brevemente por el recuerdo del chiste y las risas que florecen como gorgoritos, como una ola a la orilla de ese mar. Que envidia más grande, que ganas de volver a reírme de esa manera, sacándome unos anteojos que no tengo, para entonces secarme las lágrimas (lágrimas que a lo mejor tengo). No se sientan y permanecen paradas a la entrada de la sala. Ahora se ríen de una señora que entró enojada por algo. Ya no es un chiste o una broma, es una señora de chomba rozada que entra como un trompo, casi de portazo, a la sala vecina. Escucho que mi vecina ya había sido jurado antes, y le dice a otra vecina que ella siempre aconseja a sus nietos que “cuesta un segundo meterse en problemas y después una vida entera para salir de ellos”. Las tres vecinas apoyadas en la puerta todavía se ríen y no escuchan nada.
Finalmente nos llaman y entramos a la sala 803. A la izquierda vemos a un tipo de raza negra con facha de verdulero sentado junto a su abogado, un joven de anteojos de marcos negros, que pronto ejercerá de fiscal acusador. Todavía no nos cuentan los detalles, pero el juez lee los cargos donde se menciona que hubo uso de armas de fuego en contra del policía de raza negra –que tenemos enfrente, ese con facha de verdulero- y con intento de asesinato. En esta Corte las apariencias cobran toda su importancia. El policía tiene que presentarse como un tipo bonachón, mientras el acusado tiene que presentarse como un niño que recién viene saliendo de una clase de música o de un coro. Al otro lado, a la derecha, vemos a la defensa, al que están acusando, un adolescente flaco, de raza blanca, rubio, bien asustado, vestido de corbata y camisa clara. Y es cierto, parece un recién salido de una clase de piano. Su abogado lo acompaña, es un tipo ya mas viejo y sazonado. Más atrás vemos a los padres del acusado que no necesitan aparentar nada, se notan desvastados, tristes y mal vestidos, y desparramados sobre la banqueta de madera dura, perdidos entre toda esta ceremonia nueva que a lo mejor recién comienzan a conocer.
Lo primero que hay que entender en un juicio como este, es la importancia que tiene la composición del jurado. Las dos partes involucradas desean vender la propia versión de los hechos, sea la defensa o la parte acusadora, de manera que lo ideal es tener a un grupo, a un jurado, compuesto de personas fáciles de influenciar, un grupo emocionalmente maleable y proclive a tragarse con facilidad las primeras impresiones, los gestos, las “dudas” y la actuación de los distintos personajes en escena. A los abogados les interesa tener las manos libres para presentar e incluso actuar su propio caso. Por eso el juez comienza a hacer las primeras consultas para que las respectivas partes –los dos abogados, el acusador y la defensa- comiencen a hacerse una idea de “quien es quien” en ese potencial jurado que todavía no ha sido escogido al azar. Más adelante, pero antes de empezar el juicio, los abogados podrán sin problema y sin darle explicación a nadie, pedirle al juez que reemplace a cualquiera de nosotros por otro miembro del grupo que todavía está en la sala y que no ha sido escogido. Incluso después de seleccionar a las doce personas, el juez le seguirá dando oportunidad a los miembros de ese jurado a que hablen y se expresen libremente. Al grupo de más de veinte personas, el juez nos interroga y nos invita a expresarnos al preguntar si tenemos algún problema para actuar como jurado. Pero antes nos hace jurar que diremos la verdad y nada más que la verdad. Es ahí cuando uno se levanta con cara de despistado y le dice al juez que él tiene problemas graves, no entiende el inglés y apenas lo habla. El juez no le hace ningún test, simplemente le dice que se retire, que está bien, que se vaya. Una señora sentada detrás mío, dice que no puede ser jurado porque el próximo jueves tiene hora al médico por un hijo diagnosticado con cáncer. El juez casi se molesta, y no la invita a salir y le pide que se siente. Otra señora le dice que apenas escucha, que no puede oír. El juez le hace una pregunta y ella le contesta, ¿qué?…. no le escucho señor juez, que no escucha nada, le dice. El juez le pide que se retire, está dispensada, que se vaya. Otra se levanta y le dice que es maníaca depresiva, y que todavía no le han podido recetar los medicamentos, que no sabe qué tomar. El juez la invita a salir. Otra señora le dice que no puede faltar al trabajo. Esta vez el juez se molesta y le dice que este es un servicio público, cuantos de ustedes han sido llamados a hacer el servicio militar, nos pregunta. Y varios levantan la mano. El juez le dice que tome asiento.
Finalmente, después de todos estos preeliminares, el juez nos explican como funciona el sistema. En este país la parte acusadora, o el fiscal acusador, es el que tiene el trabajo difícil, es el que tienen que probarle al jurado su caso y más allá de toda “duda razonable” de que el acusado es realmente culpable. En otros países ocurre todo lo contrario, donde es el acusado el que tiene todo el peso de las pruebas y necesita demostrar que es inocente. Aquí, si el fiscal acusador acusa de A, B o C, el jurado lo tiene que encontrar culpable -al acusado- “más allá de toda dura razonable”, culpable de A, B y C. Si prueba solo A y B y falla en probar C, el tipo es inocente, así de simple. Se necesita unanimidad. ¿Entienden las reglas?, nos pregunta el juez. Uno de los posibles jurados arruga el rostro y no se muestra convencido. Fue ahí cuando el juez nos repite que no nos está preguntando si las reglas nos gustaban, simplemente les pregunto, nos dijo, si las entienden y si están dispuestos a respetarlas y a seguirlas. Así es, le respondemos todos. Y el tipo que antes arrugaba el rostro se quedó serio y asintió. Todos estos preliminares son importantes para que el jurado entienda como se administra la justicia, y para que los respectivos abogados puedan descartar a algunos jurados que pueden ser percibidos como poco favorables a su causa.
De nuestro grupo finalmente eligen a las doce personas que conforman el jurado. Entre ellos me tocó a mí, junto a la vecina que antes celebraba chistes, pero que ya no se reía. Los que no fueron escogidos son invitados a quedarse porque todavía el proceso de selección no ha terminado. El juez los pueden llamar si uno de nosotros es retirado a petición de uno de los abogados. Uno por uno nos presentamos y damos a conocer nuestra profesión y en que trabaja nuestra esposa o esposo (solo si están casados o casadas). A Pilar, semanas antes, un fiscal acusador la descartó sin explicaciones. Ella poco antes se había presentado como PhD en química, algo poco común, y al poco rato y sin explicaciones fue dispensada por el fiscal acusador. Probablemente este la percibió como peligrosa, potencialmente dura y difícil de convencer. Por eso intuí que los abogados prefieren a los jurados más “normales”, gente con menos educación que es percibida como maleable, más fácil de moldear hacia una u otra dirección. Por eso, cuando el juez me preguntó sobre mi profesión, no mentí, y le confesé que era científico, y que mi señora también era científica. Noté que pese a todos mis cuidados, mi respuesta despertó luces de alarma en el abogado acusador que tomaba notas febrilmente y se ajustaba los lentes. A lo mejor como “científico”, también fui percibido como una persona demasiado critica frente a las evidencias que él iba a presentar, levantando así la barra de lo qué se considera “duda razonable”. Como le respondí de manera demasiado general al juez -no le quise “confesar” mi doctorado en química-, me preguntó en qué área de la ciencia trabajaba. La química, le contesté, soy químico. Estoy seguro que eso tampoco aterrizó bien en el fiscal acusador porque seguía tomando notas febrilmente. Para ubicarse mejor, el juez entonces nos pregunta si alguien ha sido acusado o condenado de algún crimen. Una señora joven, afroamericana como de treinta años sentada a mi lado, levanta la mano y cuenta que no la han condenado de ningún crimen, pero que la acaban de violar. La acaban de violar hace pocas semanas, le cuenta al juez, y le dice que piensa ir a terapia. El juez le pregunta si eso que ha sufrido, esa violación, la imposibilita o la hace tener sentimientos negativos contra La Corte, o contra el policía (que todavía parece un tranquilo verdulero), y ella le dice que no, que será perfectamente imparcial. El juez entonces le dice que se quede. Otro jurado, el número 9, le dice al juez que él había sido condenado por un asalto a mano armada, y que ya había cumplido su condena. Nuevamente el juez le consulta sobre su imparcialidad. Que sí le responde el tipo, que será imparcial.
Y ahora le llega el turno a los abogados. El fiscal acusador nos presenta un caso hipotético para asegurarse de que entendemos bien el concepto de “duda razonable”. Imagínense, nos dice, que ustedes están en un estacionamiento y ven a dos niños que corren con los brazos abiertos, estirados y sonrientes, para chocar de frente, uno contra el otro. ¿Hubo mala intención en eso?, nos pregunta. No, le dice un jurado, todo indica, que iban felices a encontrarse. Es casi seguro, “más allá de toda duda razonable”, de que no hubo mala intención. Y si ahora, pregunta el abogado, ya no van riéndose al encuentro, y sobre todo uno de ellos muestra claramente una mueca de rabia en el rostro, ¿hay mala intención en ese individuo? Probablemente sí, le contesta otro. “Más allá de toda duda razonable”, uno de esos individuos tenía malas intenciones, repitió. Y fue aquí, para tentar suerte y confirmar mis sospechas, fue ahí cuando largué una pregunta que el fiscal no me contestó. Y en el primer caso, le pregunté, ¿cuan seguro, está usted, de que se están riendo? El fiscal me miró con una sonrisa y no me dijo nada. Estaba claro que me había registrado como jurado problemático, uno que constantemente le buscará “las cinco patas al gato” haciendo su trabajo más difícil. Si mi teoría sobre un jurado emocional y dócil, tiene fundamento, mi suerte estaba echada, el requeriría mi reemplazo.
Después le tocó el turno al abogado defensor. Él se esforzó por hacernos entender que todo el peso de la prueba caía en la parte acusadora. Espero que ustedes lo entiendan, nos dijo, pero nosotros, como defensa, podemos perfectamente no hacer nada, ni siquiera defendernos, para dejarle todo el peso de la prueba a la parte acusadora. ¿Entienden eso y lo aceptan?, nos preguntó. Otro jurado, un hombre ya retirado, le dijo que no le gustaba la idea, pero que bueno, la aceptaba. Y el abogado entonces insistió preguntando si castigarían a su cliente si él decide incluso no declarar, no decir una palabra. Otro jurado contestó diciendo que eso sí le molestaba. Entiendo que eso le puede molestar, le dijo entonces el abogado, pero le pregunto si usted acepta esa regla y por lo tanto no considerará esa inacción nuestra como un motivo válido que pueda influenciar su decisión sobre mi cliente. Y a regañadientes el jurado lo aceptó.
Al final, sorpresivamente, cuando ya creíamos que estábamos preparados para conocer los detalles del juicio y ponernos a trabajar, el abogado acusador me descartó sin explicaciones y terminantemente. Pidió que me retirara junto al jurado 9, que había sido condenado en un juicio previo. Al escuchar mi número -jurado número 8-, me levanté sorprendido de mi asiento, aunque no me debería haber sorprendido, -eso confirmaba lo que veníamos diciendo- y miro al juez, al acusado, y salgo de la sala torpemente mientras el fiscal acusador escribe una nota rápida sentado en su escritorio. Me siento desolado, sorprendido, triste, sin embargo, ¿no era justamente esto lo que realmente buscaba? Nos subimos con el 9 al ascensor. No le pregunto nada del robo, nada de su vida o de su juicio; pero pese a que no intercambiamos una sola palabra, ni un solo saludo, me empecé a sentir acompañado por el 9, silenciosamente acompañado a medida que el ascensor descendía hacia la calle. Salimos afuera y tampoco nos despedimos, simplemente nos volvimos a mirar, levantamos los hombros y salimos hacia la ventisca de Detroit. Afuera, el ruido de la ciudad era grande y el sol se colaba parpadeando por entre las nubes y los edificios altos de una ciudad que sufre, que está en quiebra, pero que trata de levantarse del polvo, el desempleo y la miseria: Detroit.

Otro viaje hacia el terruño

Dos días antes de partir hacia Chile.

Aparentemente Santiago está con clima de otoño, y algo frío. En el celular cambiamos las temperaturas hacia grados Celsius para empezar a climatizarnos al nuevo ambiente y al clima de Santiago.

Desde el aeropuerto en Atlanta

Después de recorrer cada rincón de la casa logramos ubicar al Diego, nuestro gato “oso” , después de que se escondiera al notar el torbellino de actividad que despertaban nuestros preparativos de viaje; realmente no lo encontrábamos por ninguna parte. Sólo después de llamarlo varias veces salió de su escondite y lo pudimos agarrar. En el trabajo todo bien, o más o menos bien, porque a nuestro jefe le van a tirar las orejas por un problema que causó. Y hasta aquí llegamos en las explicaciones porque al final no tengo ningún deseo de perder la pega. El mundo es chico y al final todos nos terminamos conociendo “la historia”.
La Pili desenreda unas lanas mientras otro vecino habla por teléfono tratando de solucionar unos problemas con el agua y un sistema de refrigeración (?). Al frente, unos gringos debaten sobre dónde queda el Starbucks más cercano. Se ve bastante gente y por todos lados están usando celulares. Realmente le achuntó el pobre Steve Jobs. El único problema es que a veces suenan campanitas y ruidos que uno identifica como viniendo del celular acarreado en el bolsillo. La vecina le comenta a la Pili algo relacionado con la lana, y si yo pensaba ayudarla (?).

En la Gate 26 ya nos empezamos a topar con chilenos y sus conversaciones intermitentes. Algunas son sabrosas; su hija que llamaba por teléfono y siempre terminaba llorando, le escucho a una vecina. No podía ver a su pequeña hija después del divorcio, pero al final se la pudo llevar a Chile. Al frente tenemos a una guaguita que se toma feliz la papa preparada por su mamá que hizo malabares con unas botellitas de agua. Me acuerdo de cuando éramos jóvenes y viajábamos a Chile con nuestras dos hijas. Por las ventanales del aeropuerto siempre estaba mi padre haciéndonos señas. Ahora tampoco estará el papá de Pilar, el Nono. Detrás mío una señora se queja de las FP’s (?).

Desde el aeropuerto en Santiago, Chile

La llegada al aeropuerto fue lenta. Policía internacional estaba colapsado por el equipo olímpico de esquiadoras de USA que venía a entrenar por dos semanas a Chile. Portillo parece que tenía poca nieve así que partían hacia el sur. ¿Y cual es su récord de velocidad?, le preguntó la Pili a un gringo musculoso. “Noventa millas por hora”, le respondió sin inmutarse. Llevan sus propios cocineros y múltiples entrenadores. La Pili le preguntó por el vino, si podían probar vino. Y el gringo le respondió con una sonrisa: “solo pisco sower”.
La cola de recién llegados se extendía como una cuncunita por el salón de espera del aeropuerto. Afuera se veía un océano de gente repletando cada metro del espacio abierto. Y por los ventanales se veía caer una llovizna lenta, que se tomaba su propio tiempo y ritmo para darle un aspecto triste a ese día gris de fin de semana santiaguino.

Desde Santiago

En la casa de mi hermana probamos unos ricos panes con queso, jamones, y también el triste espectáculo de la vejez de mi madre. Fue criada para otro mundo -y aquí puedo parecer injusto…..¡peligro!- pero fue criada con una mochila de apellidos contundentes y nombres de fundos que en otro tiempo abría puertas y rompía cerraduras. No digo que ahora eso no ocurra, pero la vejez le ha resultado como un cambio de apellido; ya no le abre puertas y no le rompe ninguna cerradura. La vejez la ha obligado a moverse y a girar alrededor del propio ombligo, lo exterior cada vez lo percibe entre penumbras y pareciera que lentamente fuera cerrando las persianas. El mundo gira y gira en torno a ella y nada más.

El domingo por la mañana el día floreció con un gran sol que nos mostró una preciosa cordillera, la de antes, la de cuando uno era pequeño y la veía todos los días camino al colegio. Eso no se achica en los recuerdos, como ocurre con algunas calles y el propio colegio donde un día estudié. Antes de partir hacia el bus con destino a Talca, alcanzamos a ir a una cafetería ubicada detrás del colegio San Ignacio, por Bilbao. La empanada de pino y el café estaban una delicia. Cuando nos retirábamos llegaba Patricio Aylwin con su señora Leonor a la misa de las 11:30. Me hubiese gustado saludarla, pero la vi tan complicada, achacosa bajándose del auto, que me la imaginé volando también alrededor del propio ombligo. Quizás entre la penumbra de la memoria se acuerde algo de nosotros, cuando los veíamos antes de que ella fuera Primera Dama y su marido Presidente, durante los fines de semana de Algarrobo junto a un pisco sower y la conversa tranquila de la playa. No sé, me falta tiempo como para tener una opinión más específica sobre él, sobre lo que hizo ……… o lo que dejó de hacer, que a lo mejor es mucho peor…
14 de Septiembre 2014

Todos seremos personajes

Julio 20 14

Era el primer San Juan que le celebrábamos a mi padre después del golpe militar ocurrido el 11 de Septiembre del 73, en Chile. En mi casa se celebraban pocas fiestas y con la parentela pasábamos peleados; siempre había algo malo que decir sobre ellos, abusos ancestrales, odios antiguos, aprovechamientos que periódicamente florecían en un ambiente rarificado. Con el tío Pepe, por ponerle un nombre, el hermano de mi madre, era casi divertido. Mi papá, cuando estábamos solos y con la ausencia de mi madre, me decía de manera poco generosa: “ese es un huevón”. Y todo porque el pobre se creía personaje, y como todo personaje de esos años, le pedía a la compañía telefónica que no publicara su número en la guía de teléfonos que en ese tiempo era un libro gordo que salía cada año. Recuerdo que uno de los ritos de niño grande era aprender a usar la guía telefónica, encontrar un número y la dirección. Una vez pregunté con cara de despistado por qué el tío Pepe hacía eso. “Porque se cree personaje, mijito, pero es un huevón.” Esa era la respuesta. Y era divertido porque cuando llegaba a la casa nadie le decía que era realmente un huevón, y eso parecía extraño. Pero uno entonces empezaba a fijarse más, y notaba que el tío Pepe tenía actitudes de divo, grandilocuentes, donde largaba opiniones que a mi padre le molestaban y casi lo hacía callar. Pero lo interesante es que no se iba de la casa, y aceptaba una patadita por aquí y otra por allá, como si estuviésemos todos en un jardín infantil …. aunque recordándolo mejor, en varias ocasiones se fue bien apurado. Era radioaficionado, y ahí era donde se sentía realmente a sus anchas, donde conversaba con conocidos de latitudes lejanas en medio de una estática que le daba un ambiente heroico a las conversaciones. Eso lo encontrábamos de lo más interesante y muy poco huevón.

…….pero al principio de esta notita decía que esa día era el primer San Juan que celebrábamos después del golpe y llegaron a la casa conocidos de bandos opuestos, irreconciliables. En mi casa siempre hubo esa tensión, ese cuchillo que a veces cortaba relaciones. En Chile y en Santiago ya estaba prohibida la política, así que mucho se hacía y se hablaba en las casas particulares y de manera bien poco oficial. Esa noche llegaba gente, y mi padre, a lo mejor ingenuamente pensó que todavía se podía soñar una vía cívica pacífica donde se pudiera generar un entendimiento más amplio entre tanto chileno dividido. Primero llegó Tomic (el excandidato presidencial de la DC, que perdió en las elecciones del 70 donde salió elegido Salvador allende) junto a su señora y se sentaron frente a un bow window, rodeado de gente que le hacían preguntas. El largaba cifras, datos, y realmente concitaba la atención de la audiencia. Recuerdo que le ofrecí algo de tomar y me pidió agua mineral. Al poco rato llegó un General, pariente nuestro, sobre todo de mi madre, el General Ramírez Pineda. Lo divertido es que hubo algo de conmoción y apuros. ¡La incógnita era donde sentarlo si estaba Radomiro Tomic en la casa!, podía quedar la gran cagada y armarse una trifulca peor que los odios de niño chico que se armaban con mi tío Pepe. Al final parece que se optó por llevarlo una sección del living que estaba un poco separada; la famosa pieza de las plantas, y donde las plantas se morían porque nadie nunca les echó una sola gota de agua. Ahí se sentó el General, y pese a que se saludaron con Tomic, nada positivo ocurrió después de ese encuentro. Tomic siguió tomando agua mineral y largando cifras contundentes, mientras el General parecía disfrutar de la conmoción y notoriedad que le regalaba esa época y su rango, sus gorras brillantes y su uniforme forrado de condecoraciones. Nunca más se volverían a ver con Tomic, y creo que el General no vino nunca más a casa. Con el tiempo fue asesor de Pinochet, y ha sido asociado con violaciones a los derechos humanos. Tiene un hijo que se hizo cura jesuita. La última vez que supe de él ya estaba en Santiago, después de una larga detención forzada en Argentina. Ahora debe tener como 90 años.

¿Y que ocurrió con mi querido tío Pepe? Falleció hace como 20 años, todavía joven y de manera bien valiente; le vino un cáncer a los riñones que después se le expandió, y que él aceptó estoicamente sorprendiendo a muchos. Fue alegre y siempre se interesó por nosotros, aunque a veces nos hacía bromas pelotudas, donde se congraciaba haciéndose pasar por jovencito. Recuerdo que una vez le pregunté por el asunto de la guía telefónica. Ahí se puso serio, tan serio que realmente me apareció que era todo un personaje. Poco antes de fallecer fue a la casa de su hija y se tomó una foto con su nieto y con la cámara automática. Su hija la encontró semanas después de fallecido cuando fue a desarrollar el film. Loreto me mostró la foto; era claramente una foto de despedida, donde los dos miraban fijamente hacia la cámara, y él, de manera bien heroica, todavía sonreía.

Radomiro Tomic no logró llegar al año 2000, que era lo que más deseaba; pero al menos murió de muerte natural, un cáncer que lo fulminó. Pocos meses antes de fallecer llamó a los conocidos y amigos para compartir su biblioteca. Ahí tenía metódicamente organizados todos sus libros y en los distintos temas que concitaron todo su interés en las distintas etapas de su vida. En un sector estaban los volúmenes sobre humanismo cristiano, socialismo comunitario, memorias, que sus amigos podían llevarse tranquilamente a casa. A los pocos meses fallecía.

Pero ahora me despierto, me sacudo estos recuerdos que siempre me acompañan y que cuido como si fueran pequeños tesoros, joyas que atesoro en algún rincón de la memoria. Estamos en el 2014 de un veinte de Julio a las 11 de la mañana, donde termino mi café, en Northville, Michigan, para salir a caminar con mi amigo el Copo que me espera pacientemente afuera. Arriba va la foto, es todo un personaje, la verdad es que todos somos grandes personajes….

Julio 20 14

Cual es tu Pac-Man?

Julio 4 14

Nuestro perro, Copo, soportando el verano.

Esto fue ayer:

Hoy se celebra la independencia de este país, USA, y tendremos dos partidos de fútbol memorables, Alemania-Francia y a las 4 de la tarde Brasil-Colombia. Nuestra hija, Camila, que está en Cartagena, Colombia, puede llegar a tener un gran día; veremos que pasa.

Esto es ahora:

Pasó y pasó mucho. Colombia quedó desclasificada. Camila nos cuenta que todos lloraban en Colombia, lloraban en la calle, lloraban frente a la tele donde estaba ella, y lloraba también el goleadeor James Rodríguez (de pena) y Neymar (de dolor físico por la lesión). Los dos nos recuerdan que los hombres también lloran. ¿Se estará poniendo de moda todo eso? No tiene nada de raro, pero sería triste si ahora las mujeres dejaran de hacerlo, dejaran de llorar. “Las mujeres no lloran”, se podría decir.

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En el trabajo, esta semana, recuerdo a Gabriel Benet que todavía vive; al menos eso es lo que escucho de sus amigos y conocidos. Años atrás, cuando nos vino a ver le pregunté cómo estaba.

-Bien, todavía bien, pero ocurre como en los Pac-Man. ¿Conoces ese jueguito? ¿Donde uno siempre pierde, Cristián?

Gabriel es químico, refugiado cubano, y me contestó con esa ironía sarcástica y ácida que ha sido siempre su sello. Padece la temible “esclerosis lateral amiotrófica”, comúnmente conocida como la enfermedad de Lou Gehring, donde las neuronas encargadas de trasmitir el comando para mover los músculos se mueren, se atrofian, hasta que al final el paciente no se mueve ……. ni tampoco puede respirar; se asfixia. Es decir, finalmente ganan los Pac-Man, y el juego se completa, llega a su fin, la aventura se termina.

La penúltima vez que lo vi fue hace varios años, cuando visitó nuestra fábrica ubicada aquí en Michigan como despidiéndose de este mundo activo que él había conocido toda su vida. El día era de un sol radiante, y llegó bien temprano por la mañana. Caminaba solo y se ayudaba de un bastón. Recorrió las instalaciones y largaba feliz un par de palabrotas que nos hacían reír de buen gusto. Pero en esta última ocasión, hace cuatro años, estaba nublado, era tarde, y llegó acompañado de su señora en un mini-van blanco, y donde la parte trasera la habían transformado en una gran cama blanda para que él pudiera tenderse a sus anchas en el largo trayecto que va desde aquí hasta Florida; se iban donde vivía su hijo. Ella había sido operada hacía poco del cerebro, pero se veía bien, manejaba y cuidaba a Gabriel. Y él ya no caminaba apoyándose en un bastón de madera para moverse apenas, ahora usaba un carrito eléctrico que lo trasladaba a gran velocidad -como un muñequito de trapo-, por los distintos rincones de la fábrica. A veces se detenía y miraba nostálgico el proceso que habíamos diseñado con su ayuda. Al frente teníamos las columnas de fibra de vidrio repletas de pellets de níkel metálico, listas para ser procesadas. Gabriel las miró con cariño, casi acariciándolas con la vista, mostrándoselas a su señora, despidiéndose, y pronto agregó:

-Lástima no habernos conocido antes, habríamos podido hacer tantas cosas……

Me habría gustado hacerle la pregunta, esa que muchos nos hacemos una vez que conocemos la enfermedad que sufre Gabriel. Pero uno se queda callado, habla poco, y prefiere imaginar que esas enfermedades no existen, o le ocurren al vecino lejano, a un pariente distante. En cualquier momento lo puedo llamar para conversar, pensé en ese entonces. Pero ahora estábamos en Mayo del 2014 y no he sabido nada de él.

Hace pocas semanas, un chofer que todavía trabaja en la compañía donde trabajó Gabriel antes, tuvo problemas con el camión que nos traía níkel. Me llamaron para que viera lo que estaba ocurriendo. Una vez que terminó de revisar unas conexiones en sus mangueras, unas válvulas, le pregunté por Gabriel. ¿Ha sabido algo de él?

-Esta vivo, pero ya no se mueve. Cuando hablé por teléfono hace como un año me contó que meaba con una felicidad tremenda –me cuenta, Isidro, chofer mejicano.

-Y su señora murió –agregó- tenía un cáncer a la cabeza. Parece que ahora lo cuida su hijo.

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Y en este sábado radiante, de un 5 de Julio, Argentina está a punto de jugar con Bélgica para ver si pasa a las semifinales. Los gatos disfrutan en su jaula de afuera, en el jardín, el Copo se pasea feliz y sin mucho calor. Y sentado aquí en Michigan, tecleando en el computador, me pregunto, ¿cual será mi Pac-Man? A lo mejor por eso no he llamado a Gabriel. Isidro me dejó su número telefónico; se lo pedí con la esperanza de que no lo encontraría por ningún lado. Pero revisó su celular y ahí estaba……. algún día, muy pronto, lo llamaré antes de que sea ya muy tarde. ¿Cual será mi Pac-Man?

                                                                                                            Julio 5 2014

Una Confesión

 

Junio 14 14

Aquí tienen a Esperanza, nuestra gata pianista.

En ese tiempo Rita Pavone causaba a furor en las radioemisoras chilenas con su popular “Ay, muchacho, si no cambias pronto…” mientras Marie Laforet cantaba “Ven, Ven, todo está dispuesto, ven …..Y en los recreos del colegio, Patricio Walker (el “Galeno” Walker) nos deleitaba con la música proveniente de unos platillos de vinilo que el organizaba desde una oficina de olor insoportable gracias a una combinación mortífera de cigarrillos y ventanas clausuradas. “El Galeno” Walker luchaba y se entretenía combatiendo la electrónica de esos tocadiscos que a veces lo dejaban “marcando ocupado”. Y en el patio, Bustamante nos vendía unos sándwiches de jamón-palta deliciosos y que él, transpirado y bañado en sudor, nos entregaba frente al griterío de manos hambrientas que lo asaltaban pidiéndole bebidas, dulces y más sándwiches. Por supuesto que no había mucha higiene, y con los mismos dedos salpicados con palta y mayonesa te pasaba los billetes arrugados y las monedas sucias.

A veces, en los recreos y en ocasiones especiales, veíamos a Milon, el profe de matemáticas, sentado a pleno sol jugando una partida de ajedrez con un despistado que lo había desafiado sin saber quien era. Y ahí también fumaba otro poquito, hundiendo su cabeza debajo de su mano derecha y rebalsando humo por todos los rincones. Recuerdo que una vez le pedí ayuda en matemáticas, que para mí resultaba indescifrable, y él, sin problemas, me ayudó, se sentó a mi lado y en una hoja de papel y con trazos precisos me explicó pacientemente lo que todavía parecía chino. Lo triste fue que en otra ocasión le pedí ayuda a otro profe, y Milon se molestó (?). En esos años recién me iniciaba en las convenciones adultas, en las alianzas de grupos y que en ese entonces entendía todavía menos que las matemáticas ….. solo con el paso del tiempo noto que aprendo un poco más. (……. y aquí alguien podrá decir que me está escaseando el tiempo!). En todo caso, así somos a veces, un poco melodramáticos y dispuestos a sacar conclusiones fáciles, a cerrar las puertas de portazo cuando a veces las podríamos haber dejado entreabierta hacia otras posibilidades. Bueno, lo tremendo fue que en un día fatídico le vino un tremendo ataque cerebral a Milon, y que lo dejó agónico por varios días hasta que finalmente murió. Durante esos días de agonía, me llamó su señora. Yo era su alumno, él había sido mi profe, ¿podría mi padre, médico, hacer algo, “salvarlo”? No le supe contestar, mi padre ya lo sabía y trato de hacer algo (creo!), pero estaba en manos de otro médico y en ese preciso instante no le supe contestar, o no supe qué decirle. Ella colgó el fono y siempre me quedé con la sensación de que mi pobre respuesta quedó registrada como una venganza, una cruel retribución. Recuerdo que a los pocos días fui a la capilla del colegio, donde lo velaban. Estaba sólo, y al poco rato llegó otro profe de matemáticas, “el Lagarto” como le decíamos. Me senté un rato y después me fui…….. pero esa llamada y esos recuerdos no se quedaron simplemente ahí, y me acompañan siempre.

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Nuestro ex-compañero de curso, Juan Pablo Molestina, a empujones, me está enseñando a apreciar los objetos funcionales, y a entender de donde sale esa belleza estética que uno la percibe de manera general y borrosa, pero que no entiende y no sabe de donde realmente proviene. Como lo demuestra Juan Pablo, analizando bien el objeto, uno finalmente puede ver o entender mejor de donde viene, de donde florece esa belleza estética…… y por lo general –y como ocurre siempre- viene del estudio, esfuerzo y dedicación:

Tu radio: Si te fijas, la parte abrible de tu radio es un cuadrado, la radio en su totalidad de fachada es la golden section (sección áurea?) de ese cuadrado. El cuadrado está dividido en dos franjas iguales, una obscura y una clara, que en sí son también dos cuadrados. En la franja clara la posición de los botones (círculos) enfatiza el cuadrado izquierdo. En la foto de Rams, el buscador de ondas también está colocado de manera que un cuadrado sea visible en la parte obscura. El cuadrado y el número cuatro están representados en todos los botones, a veces como una repetición de cuatro botones idénticos, a veces como tres botones idénticos y uno parecido. Este ultimo conecta visualmente con otros grupos de cuatro Es divertido si te fijas bien, es como música visual!

Es divertido que esa época que idealizaba los primeros aparatos técnicos de uso domestico (como tu radio) en manos de Rams convierta éstos en objetos platónicos, metafísicos. Gracias a un cuidado obsesivo en el diseño se comunican dos calidades casi opuestas: pasión y disciplina. La consideración al usuario, a la persona, se nota en el uso de materiales funcionales y formas redondeadas, sin esquinas abruptas que puedan ser desagradables al tacto. Pero las proporciones implacables, los juegos de números y sus transparencias, los colores nobles y los materiales en el mismo tono, ponen a este objeto cotidiano en un plano sublime: la radio es casi un objeto místico (un altar para quien?) Por eso me encanta Rams. Que suerte que tengas una de sus radios!

Tengo la impresión que Steve Jobs conocía a Rams, o al menos conocía el trabajo de Rams. Cuando uno mira los productos Apple, nota sin dificultad ese cuidado obsesivo, esa pasión por el diseño que nos menciona Juan Pablo, y el uso de “materiales funcionales y formas redondeadas”, incluso tengo la impresión que la aleación que Rams usó en la radio, y el lustre de su superficie metálica, es casi idéntico al que podemos encontrar -y que fue entonces copiada- en muchos computadores Apple. Y Steve Jobs definitivamente comunicó esa pasión y disciplina, que nos menciona Juan Pablo. ……. ¿un Apple como un nuevo objeto místico, Juan Pablo? Claro qué Steve Jobs empujó el sistema hacia otros horizontes. Sí uno recuerda como Jobs anunciaba sus nuevos productos, por ejemplo, es fácil ver que estos eran programados como servicios religiosos, donde incluso la vestimenta que él usaba tenía un especial significado, como fueron su polera negra y jeans, que fueron siempre iguales (para la ceremonia y que él incluso usaba como vestimenta de sacerdote, es decir todo el tiempo). Y los nuevos productos los anunciaba frente a unos fervorosos seguidores que lo admiraban extasiados….

Junio 14 2014

Un sitio WordPress.com de diarios personales…. casi íntimos