Prólogo y 1. Como un suspiro

Prólogo

El paso del tiempo, desde mis primeros recuerdos, siempre me ha dolido como una herida persistente. En aquellos años de infancia, ese dolor era apenas un rumor lejano, imperceptible, pues los días y los meses se deslizaban lentos, como si el mundo flotara suspendido en una brisa. Cada instante parecía eterno, protegido en una burbuja de inocencia donde nada podía perturbarlo. Los veranos se extendían ante mí como un horizonte tibio, impregnado del aroma a pasto recién cortado, de risas y juegos que yo imaginaba infinitos. Ahora, en cambio, los años me sorprenden y me azotan como hojas secas arrastradas por el viento de un otoño implacable; apenas alcanzo a aferrarme a ellos cuando ya desaparecen, llevándose consigo promesas y recuerdos.

Recuerdo esa tarde en que, incapaz de soportar la angustia, le pregunté a mi padre, mientras descendíamos del auto, si la vida se le había escapado rápido. En sus ojos vi un destello de nostalgia; por un momento pareció revivir sus propias estaciones. Permaneció en silencio unos segundos y miró hacia los eucaliptos como si agitaran el murmullo de los recuerdos. Finalmente, con voz temblorosa, apoyó una mano en mi hombro y me confesó: “como en un suspiro, mijito, como en un suspiro.” Sentí una mezcla de ternura y desolación, como si ese mismo viento que arrastraba hojas y polvo se llevara también mi seguridad, dejándome abrazado al misterio de lo fugaz.

Años después, atrapado en una marea de recuerdos y ritos que me asfixiaban tomé la decisión -tan impulsiva como necesaria- de explorar la vida de mi padre, la de su familia y las decisiones que tomaron, esas que todavía resonaban en mí. En ese viaje, lo que comenzó como un intento por comprender su historia terminó arrastrándome hacia la mía; hacia a mis propios cambios y abismos, hacia esos momentos fugaces que al intentar abrazarlos, se me desvanecen. Descubrí entonces, con asombro, que la vida también se me había escapado rápido, dejando tras de sí una estela de interrogantes que todavía me inquietan.

Antes de que mi vida se apague, siento la urgencia de narrarla, de dejar constancia de lo vivido, como si al hacerlo pudiera rescatar esos retazos de felicidad y dolor que el tiempo insiste en borronear. Necesito hacerlo. Creo que ninguna experiencia, ninguna alegría ni ningún desencanto deberían quedar condenados al silencio; vale la pena defenderlos, preservar todo aquello que me ha formado y también me ha dolido. Escribir se convierte así en un acto de resistencia, una manera de proteger mi propia historia; un tributo a la memoria.

Como un suspiro

En el retrato estamos Pablo, Sebastián, Francisca y Cristóbal, cuatro de los cinco hermanos, alineados en el antejardín de nuestra casa de Algarrobo durante aquellos años sesenta, que hoy parecen tan lejanos y sin embargo siguen vivos en mi memoria. Nuestras sonrisas tímidas y las miradas cargadas de complicidad reflejan la inocencia de una infancia resguardada, cuando cada día era una aventura. Detrás de nosotros, como un centinela silencioso de nuestras travesuras, aparece el Chevrolet aletudo que marcó nuestra niñez. Ese auto no fue solo un medio de transporte: fue un vehículo de nuestros sueños, de los viajes al balneario, de las risas y peleas fraternales, de canciones y juegos que aún resuenan en mí. Cada vez que vuelvo a esa imagen, siento una punzada de ternura por aquellos instantes suspendidos, por esa familia y por la breve certeza de que éramos invencibles ante el paso del tiempo.

Recuerdo con nitidez que tenía unos diez años cuando, apretados en ese Chevrolet rojo, emprendíamos el viaje por una carretera antigua rumbo al balneario de Algarrobo. El calor del verano se mezclaba con la emoción de la aventura y, mientras la brisa se colaba por las ventanillas, pasábamos siempre frente a una casona que llamábamos la casa Pelá, un caserón enigmático que nunca vimos habitado y que alimentaba nuestras imaginaciones infantiles. En el auto, la radio dejaba escapar las melodías de Leo Dan, canciones que hacían sonreír a Ximena, mi madre, y que yo sentía capaces de llenar el aire de cariño. Cada nota parecía envolvernos y convertía ese trayecto en algo mágico, como si dentro del auto estuviéramos a salvo del paso del tiempo y de todo lo demás. Eran momentos en los que la felicidad parecía simple, al alcance de la mano, suspendida entre la voz de mi madre y la carretera interminable:

Qué dolor

que sentimos cuando a

veces el amor

nos da el mismo camino

pero no al corazón.

Muchas veces amamos

pero no somos amados

muchas veces nos aman y

no queremos amar….

Mi madre tarareaba distraídamente la melodía, mientras sostenía el volante con delicadeza, casi como si acariciara la letra de la canción. Sus labios dibujaban una sonrisa suave, y sus ojos, aunque atentos al camino, parecían perderse en recuerdos lejanos. ¿Por qué lo hacía? El viento se colaba juguetón por las ventanillas, llenando el auto de frescura y de la promesa de un verano interminable. Sentí la brisa, y con ella, un aroma nítido, casi palpable, de los eucaliptos que bordeaban el camino, trayéndome una paz en la que, por un instante, todo lo demás desaparecía. Durante unos segundos fugaces, la felicidad y el cariño me envolvieron como una manta cálida. Mi madre seguía cantando en voz baja, casi como un conjuro, cuando de pronto, impulsado por una mezcla de curiosidad y temor, bajé un poco más la ventanilla y le pregunté apenas susurrando, como si temiera romper un hechizo:

-¿Por qué las canciones hablan tanto del amor? -se lo pregunté mirándola con el corazón en la mano, esperando tal vez descubrir el secreto de los adultos.

Ximena dejó de tararear al instante. Se quedó completamente inmóvil, con las manos quietas sobre el volante, y la mirada perdida por un momento en algún punto incierto del horizonte. El aire dentro del auto pareció volverse más denso, como si compartiéramos un mismo suspiro. Escuchó a Leo Dan durante unos segundos más, y luego el silencio se volvió cómplice de ese instante. Finalmente giró el rostro hacia mí y, con una voz suave, cargada de nostalgia y de una sabiduría que yo apenas alcanzaba a comprender, me respondió como si no hablara con un niño, sino con alguien capaz de entender sus anhelos:

-Es búsqueda, Pablito, es búsqueda -susurró, y en sus palabras sentí el eco de amores soñados, y de todas las preguntas que nunca encontraron respuesta.

Siguió manejando, pero noté que algo profundo había cambiado en el ambiente. El silencio se adueñó del auto y, por un instante, sentí que mi madre ya no estaba ahí conmigo, sino viajando por paisajes invisibles, sumergida en recuerdos que sólo le pertenecían a ella. ¿La habrían arrastrado de pronto sus pensamientos hacia amores de juventud, hacia ilusiones que quizá nunca compartió con nadie? Imaginé sus dudas, sus alegrías y sus tristezas, y me pregunté si estaría viendo el rostro de aquel primo con el que alguna vez intentaron casarla, o si revivía momentos de decisiones difíciles, de caminos que no llegó a recorrer. De pronto me asaltó una inquietud: ¿y si en esos recuerdos yo todavía no existía? ¿Y si había otras vidas posibles, otras versiones de ella, otras familias imaginadas? Por un instante, el vértigo de esas posibilidades me llenó de miedo, y sentí que, aunque el auto seguía avanzando, ambos viajábamos perdidos hacia un pasado que yo apenas empezaba a sospechar.

Con mi padre viví una experiencia parecida, casi mágica y llena de matices. Un día  bajamos juntos del mismo automóvil: el viejo Chevrolet que parecía eterno. Me ofreció su mano con ese gesto sencillo que para mí significaba una protección absoluta. Sentí de inmediato la seguridad que irradiaba, el calor inconfundible de sus manos tibias, como si fueran el refugio al que siempre podía volver. Mientras sostenía su mano, lo imaginé enfermo y envejecido, y me atravesó el miedo súbito y punzante de perderlo, de que la vida se lo llevara antes de que pudiera preguntarle todo lo que necesitaba saber. Sin embargo, al mirarlo con atención, comprendí que no era viejo; en realidad, se veía incluso más joven que yo ahora, envuelto en una luz suave que lo volvía casi invulnerable. Mi inquietud se mezcló  entonces con un temblor íntimo, y me atreví a preguntarle, como si temiera romper el hechizo de ese instante:

-¿Se te pasó todo muy rápido, papá? -murmuré casi con miedo, apretando su mano como si intentara detener el tiempo mismo.

-¿Qué, mijito? -respondió, y en su voz sentí un leve temblor, como si detrás de la pregunta se escondiera todo lo que nunca había dicho.

-El tiempo, papá… el tiempo. ¿De verdad se te fue tan rápido? ¿Así, como si fuera un sueño? -pregunté, mirándolo a los ojos, buscando en su mirada alguna señal, alguna chispa de esos años vividos. Sentí que mi pregunta quedaba suspendida en el aire, entre el miedo a escuchar la respuesta y el deseo profundo de comprender su nostalgia.

Juan, mi padre, quedó serio, envuelto en un silencio hondo. Sus ojos vagaron primero hacia unos eucaliptos lejanos y luego se posaron en la playa, extendida y dorada frente a nosotros. En ese instante sentí que su mente se extraviaba en otros lugares, en recuerdos que solo a él le pertenecían. ¿Estaría pensando en amores antiguos, en sueños olvidados, en promesas que nunca llegaron a cumplirse? Lo vi distante, como si la realidad se le escurriera entre los dedos, perdido en un océano de memorias. Me pregunté si acaso él mismo recordaba la razón por la que nos habíamos bajado del auto; yo tampoco la sabía. Afuera, sin embargo, nos recibían el mar, el murmullo hipnótico de las olas, el vuelo inquieto de las gaviotas y el sol tibio que brillaba junto a su mano cálida que para mí seguía siendo refugio y certeza.

De pronto me miró fijamente. En sus ojos vi una nostalgia honda y, con voz temblorosa, me dijo casi como en un susurro, como si compartiera conmigo el peso de todos los años vividos:

-Como un suspiro, mijito… así se va la vida, como en un suspiro.

Sus palabras quedaron suspendidas entre nosotros, como una brisa suave que al mismo tiempo acaricia y hiere. Después guardó un silencio aún más hondo, y soltó mi mano lentamente, dejándome con la sensación de que en ese gesto no sólo se despedía del instante, sino también de una parte irremplazable de sí mismo y de nuestra historia juntos.

Desde ese entonces, la vida también se me ha escapado entre los dedos, fugaz y misteriosa, como un suspiro que apenas deja huella. A veces siento que el tiempo corre muy deprisa. Ya no escucho a Leo Dan, pero me dejo envolver por las voces de Bruce Springsteen, Leonard Cohen, Eduardo Gatti; en sus melodías encuentro rastros de otras vidas, de sueños perdidos y de posibilidades que se desvanecen como la niebla al amanecer. Cada canción me invita a recorrer caminos imaginarios, a explorar rincones de mi memoria donde habitan emociones profundas, y, sin embargo, siempre regreso. Voy y vuelvo, enredado en el vaivén de mis recuerdos, mientras sigo manejando mi automóvil con el pecho lleno de historias. Ya no estoy en Chile, ni me acompaña aquel Chevrolet viejo y aletudo de Juan; tampoco el mar inmenso, ni las gaviotas que surcaban el cielo de Algarrobo, ni el perfume mentolado de los eucaliptos que impregnaban los días de mi infancia. Ahora, a veces, me invade una soledad suave, pero también una gratitud serena por haber vivido todo aquello que aún sigue definiéndome.

Junto a mi padre y mi hermano mayor, Felipe, aparecemos los tres en el Chevrolet aletudo de papá. Mi mano izquierda destaca en primer plano con los dedos extendidos y nerviosos, como antenas temblorosas en busca de una respuesta. ¿Qué intentaba alcanzar con ese gesto? ¿La tibieza de sus manos, ese refugio que siempre me hacía sentir protegido y menos solo? Mis dedos delatan vulnerabilidad, pero también la necesidad urgente de aferrarme a algo firme, a ellos, a mi familia. En esa búsqueda nunca sentí el impulso de huir. En ese entonces me entregaba por completo a la emoción de pertenecer, de sentirme acompañado, convencido de que esa cercanía era lo único capaz de vencer el miedo y la incertidumbre que ya empezaban a crecer dentro de mí.