Eduardo Frei Montalva: anatomía de un asesinato

1 La clínica del miedo: Eduardo Frei Montalva y la medicina bajo la sombra de la dictadura                                                                                            2

2 Cuando la justicia nombró el crimen                                                         12

3 La construcción del enemigo interno                                                        17

4 Primera cirugía: la trampa de una recuperación que no fue       30

5 Segunda cirugía: el recambio médico que selló su destino          35

6 La medicina ante su propio juicio                                                               51

6.1 Sin obstrucción, sin justificación                                                51

6.2 La ausencia que delata                                                                   56

7 El silencio de los médicos leales                                                                59

8 La medicina bajo el mando militar                                                              64

9 La habitación sin salida                                                                                 69

10 El método Silva                                                                                                  72

11 El ensayo del veneno                                                                                   77

12 Las noches en que se quedó indefenso                                                 80

13 El derrumbe de las defensas                                                                      85

14 La voz química del cuerpo                                                                          88

15 Viene de Valdivia: las llamadas anónimas que nombraban al verdugo 117

16 Despedida intervenida                                                                                 122

17 Autopsia del encubrimiento                                                                        128

18 Cuando la Corte desoyó al cuerpo                                                            146

     18.1 Validación internacional ausente                                                 147

     18.2 Metodología cuestionada                                                                   149

     18.3 Silencio técnico                                                                                     150

     18.4 Estado de la ciencia en 1982                                                             151

19 Las lealtades quebradas                                                                             159

20 El laboratorio del crimen: Eugenio Berríos                                     163

  1. La clínica del miedo: Eduardo Frei Montalva y la medicina bajo la sombra de la dictadura

Una tarde común, mientras navegaba por Internet, leí un artículo en la revista Economía y Sociedad (abril–junio de 2019). Un periodista presentaba solemnemente su versión de los hechos sobre la muerte de don Eduardo Frei Montalva, expresidente de Chile, fallecido en 1982 en la Clínica Santa María. En el texto se mencionaba a mi padre, Juan Fierro, quien le habría negado al expresidente el uso de la clínica Indisa, donde él trabajaba. De inmediato dejé de leer y traté de levantarme del asiento para encender la tele. ¿Qué hace mi padre ahí? ¿Conozco esa historia? ¿Qué personaje fue mi padre? ¿Fue responsable de su muerte? No quería saber más; necesitaba correr. Me transpiraban las manos y tenía sed.

Me calmo cuando me siento a escribir; me ordeno, pero cuando escribo sobre Frei termino rompiendo los papeles o dejo la historia atrapada en borradores dispersos, en apuntes sueltos que se pierden sin llegar a convertirse en un relato. El peso de lo no dicho me envuelve en el fracaso y corro a buscar la compañía de mis perros; siento sed. Pero ahora es distinto: escribo y no dejo de escribir. No corro a romper mis papeles ni me da sed. Lo que ahora destruyo es lo que no suena bien o lo que parece literario, falso, mentiroso. Pero ¿cómo hablar de Frei sin traicionar a los amigos, a mi familia, a mi padre?

 El testimonio del periodista se mezcla con mis recuerdos y conecta la historia pública con mi experiencia personal. La muerte de Frei ha sido motivo de debate durante décadas, lo que ha generado discusiones sobre sus circunstancias y sus consecuencias políticas. Al leerlo, percibo que el pasado cobra una nueva dimensión, lo que me lleva a reevaluar mi perspectiva y a enfrentar emociones que creía superadas.

Según el artículo, el expresidente Frei, preocupado pero optimista, quería someterse a una operación de hernia en la Clínica Indisa, donde mi padre se desempeñaba como presidente del Directorio:

Nunca escuché a mi padre hablar de la negativa de la Clínica Indisa a atender al expresidente Eduardo Frei Montalva. En casa, durante la dictadura, estos temas se mantenían en silencio, ya que cada palabra podía ser una amenaza. Sabíamos que muchas de las conversaciones familiares eran interceptadas.

Afirmar que ese tipo de cirugía ya no se realiza no es del todo exacto. En el ámbito médico, la hernia hiatal siempre se ha considerado una afección benigna, de tratamiento sencillo y con escasas complicaciones graves. Nunca fue una operación de alto riesgo, ni en el pasado ni en la actualidad. La técnica empleada era reconocida y el doctor Larraín contaba con una vasta experiencia. Sin embargo, la medicina ha evolucionado y hoy se privilegian los tratamientos farmacológicos tras la llegada de fármacos como el omeprazol y solo en situaciones excepcionales se opta por la cirugía, que se realiza mediante técnicas mínimamente invasivas como la laparoscopia (Dr. Alfonso Velasco). Tanto en hospitales públicos como en clínicas privadas, la norma es el control periódico, el ajuste dietético y, de ser necesario, una intervención quirúrgica que no implica riesgo vital. En el Hospital Clínico de la Universidad de Chile, en la Clínica Alemana y hospitales públicos, cientos de pacientes han sido operados con éxito y se han recuperado en pocos días. Es fundamental que la información médica sea precisa y actualizada para evitar confusiones y contribuir a un debate público informado.

Lo que sé ahora no se basa en un recuerdo concreto ni en una confidencia, sino en la observación cuidadosa de los gestos cautelosos y de las miradas dirigidas al suelo que observé durante esos años. Mi interpretación nace muchas veces del silencio, de esa falta de palabras que, al mirar atrás, se revelan como una advertencia: el peligro era real y mi padre lo sabía. Con años de vigilancia a sus espaldas, conocía de cerca los métodos que la dictadura usaba para silenciar a sus opositores. Sabía que las muertes misteriosas no eran solo rumores; ocurrían. La tensión en el ambiente era intensa, y creo que la decisión de negar la operación a Frei, aunque nunca se explicó públicamente, fue una estrategia para protegerlo y garantizar su seguridad.

Fue así como tras la negativa de la Clínica Indisa, Frei optó por operarse en la Clínica Santa María. La reacción de mi padre ante las complicaciones posteriores a la cirugía fue de incredulidad; su rostro mostraba una mezcla de desconcierto, miedo y nerviosismo que no podía ocultar. Recuerdo cómo, al recibir la noticia del doctor Goic, amigo cercano y médico personal de Frei, mi padre no podía aceptar que una operación de rutina terminara en una complicación tan inexplicable. Era como si la lógica médica se hubiera roto de repente y el sentido común hubiera desaparecido, dejándolo con una sensación de extrañeza y vulnerabilidad sin precedentes.

En nuestra casa la atmósfera estaba cargada de preocupación. Entre mi padre y el doctor Goic, responsable del equipo médico que atendía a Frei, existía una confianza forjada a lo largo de los años, una complicidad construida mediante miradas, gestos y breves comentarios que decían más que las palabras. Cuando discutían temas delicados, relacionados con la ética médica y la salud de Frei Montalva, la voz calmada y pausada del doctor Goic, acompañada de largos silencios, transmitía una gravedad que aún recuerdo con claridad. Aunque nunca expresaba sus temores directamente, tras la muerte de Frei, su forma de caminar cambió: sus pasos se volvieron más lentos y sus hombros parecían encorvados por un peso que no se le veía. Cargaba con una culpa propia y ajena que le era imposible esconder, como si una sombra lo persiguiera y dejara un vacío difícil de llenar.

En esos años, aún bajo la dictadura, no se podía sugerir que su muerte había sido un asesinato. El temor impregnaba las conversaciones entre mi padre y el doctor Goic, que llevaban a cabo con cautela. Las palabras, encarceladas, parecían buscar una salida en una habitación que se hacía cada vez más pequeña. Afuera, aunque las calles parecían tranquilas, ocultaban su propia tensión. En la esquina de Las Violetas con Avenida Suecia 1521, en nuestra casa, un automóvil oscuro permanecía estacionado noche tras noche, con las luces apagadas y los vidrios empañados, como señal de una vigilancia constante. Dentro, una pareja fingía indiferencia mientras cumplía la orden de registrar los movimientos de quienes entraban y salían. Desde la ventana del living, con la luz apagada, se percibía la presión de esas miradas que no se apartaban de la casa.

Imagino la tensión que oprimía a mi padre y a los médicos del directorio. Expertos en salvar vidas se vieron obligados a navegar entre el deber y el temor, entre la ética profesional y el instinto de supervivencia. La atmósfera del hospital, marcada por pasos sigilosos, camillas y sensores, se había convertido en un escenario de sospecha. Detrás de cada puerta, tras cada conversación breve, vibraba la conciencia de que las paredes escuchaban. En esas circunstancias, cualquier intento de advertir sobre los peligros que corría Frei debía disfrazarse mediante gestos o exageraciones calculadas del riesgo quirúrgico para evitar que se operara. El dilema era complejo: ¿cómo proteger a Frei sin traicionarse a sí mismo ni poner en riesgo su propia seguridad al advertirle que podía ser asesinado? Mencionar la sospecha de un envenenamiento o el temor de que alguien pudiera introducirle una toxina era impensable y estaba prohibido expresarlo. Hacerlo significaba desafiar al régimen y exponerse a represalias inmediatas de los organismos de seguridad. Así, en ese mundo de vigilancia, mi padre y los médicos de la Clínica Indisa se vieron obligados a exagerar los peligros inherentes a la cirugía. Presentaron el procedimiento como una intervención de alto riesgo, no porque lo fuera desde el punto de vista médico, sino para evitar que el paciente se sometiera a la cirugía. Esa decisión se tomó como medida de protección, ocultando la verdadera amenaza que rondaba en sus pensamientos.

Juan identificó el peligro gracias a la experiencia de quien ha visto demasiado, alguien que conoce las grietas y recovecos donde se esconde la maldad. Quizás su habilidad, pulida en noches sin dormir, en quirófanos y en charlas sobre política y poder, le permitió entender lo que muchos evitaban o no querían ver: el riesgo de que Frei fuera una víctima más, un objetivo de maniobras clandestinas, y que cualquier complicación quirúrgica, inducida o no, fuera la excusa perfecta para silenciarlo y eliminar una voz incómoda.

Las figuras prominentes suelen pagar un alto precio por su exposición pública: pierden amigos y el aislamiento y la soledad se vuelven sus únicos acompañantes; las amistades verdaderas se distancian o desaparecen. Así, la vulnerabilidad aumenta cuando el círculo cercano se reduce y los pocos amigos terminan traicionándolo. Imagino a Frei en una cama fría de la clínica, dándose cuenta demasiado tarde de que el verdadero peligro no era la cirugía, sino quienes usaban la medicina como arma de represión. La “mano invisible del opresor” hacía de la clínica y del quirófano una trampa, dejando huellas difíciles de detectar.

            Me levanto de mi escritorio y bajo al sótano. Afuera hace frío y está oscuro; no hay nadie. En el sótano guardo cartas y retratos de aquella época, de esos años en los que, por motivos que no entiendo, salí de Chile en busca de nuevos amigos. Me alejé sin entender por qué; necesitaba explorar, aprender de otras historias y conocer otros sabores. Aquí abajo encuentro cartas guardadas en carpetas polvorientas y en álbumes que apenas recordaba; siento que este viaje puede convertirse en una travesía hacia recuerdos reprimidos o hacia aquellos que inconscientemente había evitado. No estoy solo; los gatos me acompañan, me observan con ojos grandes y parecen ayudarme al compartir mi curiosidad en este descenso. Los imagino cuestionándose mientras bajamos. Es un descenso cargado de neblina. Abro una caja y la memoria se despierta ante las fotos de reuniones familiares, de un cumpleaños celebrado en la casa que teníamos frente a la quebrada, en Algarrobo. En otra, veo a mi hermano soplando las velas de una torta y el retrato de nuestra primera y única perrita regalona. También encuentro recortes de periódicos, de la revista Hoy, en la que entrevistaban a Juan por algo relacionado con un curso que dictaba en la Clínica Indisa. Encuentro notas escritas en papeles frágiles que parecen susurrar historias al tocarlos. También están las setecientas páginas del fallo judicial sobre la muerte de Frei Montalva. Quizás ahora lo lea; la redacción no fue de las mejores, pero siento que puede servirme como una buena brújula para completar el texto. Lo pongo por encima de otras prioridades con la esperanza de hallar alguna pista que me permita entender cómo ocurrió su asesinato. Hago un esfuerzo por revivir esos años; me transporto, aunque trato de encender la tele para evitar el tema y esconderme.

¿Cómo me enteré de su muerte? Ese instante permanece grabado en mi memoria. Era la mañana del 23 de enero de 1982, un día de frío intenso en Cleveland: el viento era cortante y las aceras estaban cubiertas de hielo. Caminaba por Euclid Avenue, frente a la Universidad Case Western Reserve, apenas unos días después de haber llegado de Chile. Me sentía extranjero en calles desconocidas. Apresurado por encontrar el edificio donde tendría la clase de química orgánica, me detuve frente a una vitrina de metal que exponía el periódico del día, cuyos vidrios estaban empañados y sucios. Allí, en la primera página del New York Times, leí la noticia: Eduardo Frei Montalva había fallecido el día anterior. Sentí que el país estaba lejos, como si los acontecimientos ocurrieran en otro mundo; mi desconcierto era intenso. La muerte de Frei no solo marcaba el fin de una persona, sino que también parecía extinguir una esperanza colectiva, dejando tras de sí un vacío difícil de llenar y una sensación de orfandad. La desaparición de Frei simbolizó, para muchos, la pérdida de un futuro mejor.

Mientras la gente continuaba con su rutina, sin ser consciente del peso de la noticia que acababa de leer, recordé una conversación importante con mi padre. Ocurrió durante un viaje de regreso desde el balneario de Algarrobo, con el mar a nuestra espalda y una carretera que se extendía como una cinta entre pequeños poblados. Pinochet y la dictadura estaban en su apogeo; dictaban las normas. Nos acompañaba el doctor Goic, amigo de Frei Montalva. Mi padre, con una voz entre curiosa y asintiendo, me pregunta: “¿Qué piensan los jóvenes de Eduardo Frei Montalva?” Sentí que su pregunta tenía un doble fondo, Juan buscaba una respuesta honesta, quizás para que Goic la escuchara. Le respondí transmitiendo la percepción de mis amigos, quienes veían en Frei demasiado silencio, cierta distancia y una falta de compromiso real para enfrentar al régimen de Pinochet. Era una crítica que flotaba en el ambiente, no solo entre los jóvenes, sino también en círculos que anhelaban una oposición más vigorosa. Tal vez esa conversación, como muchas otras, influyó en el ánimo de Frei, porque semanas después organizó el histórico acto en el Teatro Caupolicán -el Caupolicanazo-, donde, con una oratoria brillante, enfrentó abiertamente a Pinochet. En ese escenario, se fusionaron dignidad y riesgo; muchos aseguran que allí Frei selló su destino y se convirtió en blanco de la dictadura. Había demostrado que no le tenía miedo.

En el subterráneo, mi gato huele un archivador con las tapas desgastadas. Lo abro con curiosidad y, entre las cartas que guarda, encuentro la que mi padre me envió tras la muerte de Frei. Sus cartas iban más allá de un simple relato; eran un vínculo que me mantenía conectado a mi hogar y a una realidad que, desde la distancia, se difuminaba. Lo importante era lo que no decía, lo que se reservaba; el correo estaba intervenido y cada palabra era vigilada. Para esquivar problemas, mi padre evitó cualquier referencia médica sospechosa que pudiera dar lugar a una denuncia. La prudencia era esencial, ya que una leve insinuación podía ponerlo en peligro, tanto para él como para nosotros. Vivíamos bajo esa amenaza; cada palabra podía ser una condena.

Mi madre también lo anunció brevemente en otra carta:

28 de enero de 1982

2 Cuando la justicia nombró el crimen

En Michigan, hay mañanas en las que la nieve cubre el alféizar y el escritorio se llena de carpetas, informes médicos y testimonios contradictorios recabados por el juez Alejandro Madrid durante su extensa investigación sobre la muerte de Frei Montalva. No fue hasta el 20 de enero de 2019, treinta y ocho años después de su fallecimiento, ocurrido el 22 de enero de 1982, que la duda sobre los hechos tomó forma. Ese día, tras una investigación judicial iniciada en 2003, un fallo de primera instancia (que luego sería apelado ante la Corte de Apelaciones) declaró que la muerte de Frei Montalva había sido un homicidio y no una muerte causada por una infección inevitable. El caso ha sido uno de los episodios más complejos y polémicos de la historia reciente de Chile. Su investigación, que se extendió durante casi dos décadas, concluyó que Frei Montalva había sido asesinado mediante la administración de sustancias tóxicas durante su hospitalización, lo que reveló la existencia de una vasta conspiración que involucró a militares y a médicos de la época. El fallo marcó un hito en la memoria histórica chilena al condenar como coautores del delito de homicidio al doctor Patricio Silva Garín, a Raúl Lillo Gutiérrez y a Luis Becerra Arancibia. Como cómplices, al doctor Pedro Samuel Valdivia Soto y como encubridores, a los doctores Helmar Egon Rosenberg Gómez y Sergio Javier González Bombardiere.

Aunque han pasado más de cuarenta años desde la cirugía del 18 de noviembre de 1981, esa historia permanece siempre presente en mi memoria. Cada dato, cada testimonio ante el juez, cada nuevo artículo de prensa que se publica revive en mí una sensación de asombro y desazón que he sentido desde entonces. La investigación judicial me enfrentó a  emociones y preguntas que siempre me han perseguido.

Durante años, me costó poner en palabras lo que presencié; la neblina de los recuerdos parecía ocultar la verdadera dimensión de lo vivido. Sin embargo, el tiempo transcurrido me permite ver el pasado con mayor claridad. Percibo detalles que antes pasaban desapercibidos o que me resultaba fácil ignorar, como esas conversaciones en voz baja entre mi padre y el doctor Goic, las miradas que compartían y la tensión que permeaba los rincones de nuestra casa durante sus visitas nocturnas. Eduardo Frei Montalva aún no había muerto a causa de una septicemia aguda, cuyo origen permaneció en la penumbra durante décadas, envuelta en misterio y controversia. Como líder opositor a Pinochet, la muerte lo acechaba como una amenaza constante. Goic lo atendía y al caer la noche, pasaba a ver a mi padre. Hoy veo con claridad que fui testigo de algo más serio de lo que imaginé entonces. Al juntar los fragmentos de esos recuerdos, se me asienta la certeza de que lo ocurrido no fue una cirugía desastrosa, sino una conspiración que atentó contra la vida de Frei, forzándolo a luchar en una batalla que perdió. Lo que antes parecía solo confusión, ahora lo veo como un complot, una intervención bien organizada que fue apagándole la vida mientras su familia y sus amigos, sus médicos, apenas lograban comprender el peligro que enfrentaban.

Era de noche ese día y la oscuridad cubría mi barrio como un pesado telón. Solo el timbre del teléfono rompía el silencio que resonaba en cada habitación y despertaba inquietud. Mi padre respondía con voz pausada: “Sí, te espero”, intentando transmitir tranquilidad. “No hay problema”, repetía, como si se convenciera de que todo estaba bajo control. “Ven y conversamos”, se despedía antes de colgar, devolviendo la casa a la penumbra. Pronto escuchábamos el timbre, un sonido abrupto que rompía la quietud y anunciaba que algo sucedería. Yo salía a recibirlo. Por unos segundos, antes de abrir la puerta, el mundo exterior se me desvanecía, inmóvil y en sombras. Entraba a la casa con el ceño fruncido y el rostro cansado por sus largas jornadas en la Clínica Santa María, donde luchaba por salvar la vida de su amigo, ahora su paciente. Probablemente llegaba después de las juntas médicas que tenían en la clínica. Al poco rato se sumergían en una conversación urgente en el living, bajo una luz tenue, amarillenta. Cada palabra parecía encender temores. Al verlos hablar, sentía que la soledad me envolvía, como si la vida me recordara lo frágiles que somos ante las adversidades. Yo me retiraba en puntillas al segundo piso, con cautela, como si un crujido pudiera traer una desgracia. Buscaba refugio en las sábanas, sintiendo que la noche era la única barrera entre nosotros y una amenaza desconocida. Sabía que allí, en ese momento, no se podía hablar ni respirar con fuerza, porque hasta un susurro podía convertirse en un peligro. El descanso era una tregua breve que nos servía para enfrentar lo que el día siguiente pudiera traer.

La periodista Lilian Olivares menciona en su libro (La Verdad sin Hora, Ed. Catalonia 2020) que todos los días, como a las 20 horas, alrededor de doce médicos se reunían en una junta médica para discutir cómo continuar con el tratamiento. Incluían asesoría de médicos del extranjero, de la Cleveland Clinic, incluso del médico que había atendido al papa Juan Pablo II.

A lo largo de los años y con el avance de las investigaciones, la historia de Frei Montalva se convirtió en un símbolo de la lucha por la justicia. Lo ocurrido con Frei inspiró marchas, debates y una reflexión colectiva sobre la memoria y el pasado reciente. Para muchos, fue impactante ver cómo esa tragedia se convertía en una insignia de las demandas ciudadanas, lo que amplificaba su resonancia en la conciencia del país y nos enfrentaba a un debate público imprevisto.

En agosto de 2023, la Corte Suprema dictaminó de forma definitiva, revocando las condenas anteriores, argumentando que no había pruebas suficientes para acreditar el homicidio y estableciendo que la muerte se debió a septicemia derivada de complicaciones tras una cirugía. Esta decisión impactó en la opinión pública y reabrió el debate sobre la búsqueda de la verdad y los desafíos para lograr una justicia plena en casos emblemáticos. La historia de Frei Montalva sigue siendo un símbolo en la lucha por esclarecer el pasado y responsabilizar a los culpables.

Con el tiempo, mi padre se convenció de que Eduardo Frei Montalva había sido envenenado en la Clínica Santa María. Esa creencia nunca lo abandonó y funcionó como un escudo psicológico que le ayudó a enfrentar otros retos peligrosos en un entorno de represión y temor constante. Uno de esos desafíos surgió durante la dictadura, cuando tuvo que operar a una de las hijas de Frei Montalva en la Clínica Indisa. Ella, ajena a la política y los conflictos públicos, también parecía estar bajo amenaza, como si el peligro alcanzara a toda la familia solo por llevar el apellido. Mi padre vivía en estado de alerta, con la sensación de que cualquier descuido podía ser importante. Tras la cirugía, notó algo extraño: los síntomas y el avance de una infección inesperada en la paciente le recordaron el caso Frei Montalva. Parecía como si el pasado regresara para repetirle el mismo patrón de sorpresas. Lo que inicialmente parecía una intervención sencilla se convirtió en una pesadilla y puso en riesgo la vida de la paciente. Más tarde, mi madre me confesó que Juan, agotado, le dijo en voz baja: “Quieren intimidar a los Frei, quieren destruir a la familia para que nunca más participen en política.” Esa frase se me quedó grabada; el peligro era real.

En esa segunda emergencia médica, tras la experiencia que adquirió con la muerte de Frei Montalva, mi padre actuó con cautela. Basándose en su instinto desarrollado a lo largo de los años, logró salvar la vida de la paciente, aunque nunca supe exactamente cómo lo hizo; no hablaba de ello. Nunca me atreví a preguntarle, incluso después de haber viajado tantas veces a Chile con la duda. Creo que debió tomar medidas excepcionales: quizás hizo poner guardias en la puerta de la habitación para evitar visitas, o quizás supervisó personalmente cada medicamento, vigilando cada detalle para que ningún descuido representara un riesgo. 

Años después, aún en plena dictadura, mi padre tuvo que atender al exsenador Jorge Lavandero, quien había sido brutalmente golpeado en la calle por investigar y denunciar públicamente las transferencias de dinero de Augusto Pinochet al extranjero. Recuerdo a mi padre en ese momento: nervioso, siempre en alerta y con las manos tensas, preparado para cualquier contingencia. No bajaba la guardia y, como medida de protección, colocó custodias en la puerta de la habitación y se aseguró de que Lavandero nunca quedara solo. Observaba con atención la labor de los enfermeros, convencido de que el peligro podía ocultarse en los detalles rutinarios. La experiencia le había enseñado que en los hospitales lo cotidiano podía convertirse en amenaza.

3. La construcción del enemigo interno

Andrés Zaldívar, exsenador y dirigente demócrata cristiano, en una entrevista cargada de autocrítica, recuerda cómo él, Frei y muchos miembros de su partido, guiados por una ingenua esperanza, creyeron que el golpe de Estado del 11 de septiembre de 1973 sería solo un breve paréntesis en la historia del país. Pensaban que la tormenta pasaría y que la democracia se restablecería sin contratiempos. Por ese motivo, decidieron no firmar la emblemática “Carta de los Trece”, un documento histórico redactado y firmado dos días después del Golpe (13 de septiembre de 1973) por 13 destacados miembros de la Democracia Cristiana como Radomiro Tomic, excandidato presidencial en las elecciones de 1970. En la carta se condenaba la intervención militar y la ruptura del orden constitucional. En su primer punto declaraba:

Fue una carta breve en la que, en seis puntos, se trazó una frontera clara entre quienes, arriesgando sus vidas, se atrevieron a oponerse públicamente a la naciente dictadura y quienes, por temor, por cálculo político o por la esperanza de una pronta normalización, optaron por el silencio y una postura ambigua. Mi padre estuvo entre estos últimos. En un principio creyó que el cambio sería un paréntesis, algo menor, y que la democracia pronto llegaría. No la firmaron ni el expresidente Eduardo Frei ni Patricio Aylwin, quien llegaría a ser el primer presidente democrático de Chile después del Golpe. Bernardo Leighton, el organizador de la carta que firmaron en su casa, fue baleado posteriormente en Roma el 6 de octubre de 1975, pero sobrevivió.

Con el tiempo, no haber firmado la carta de los 13 se convirtió en una carga para quienes optaron por guardar silencio. Esa omisión se transformó en una espina que los acompañó durante años, entre reproches internos y el juicio de la sociedad. Para muchos demócratas cristianos que habían puesto sus esperanzas en una firme defensa de la democracia por parte de sus líderes, la falta de una condena clara del régimen militar generó una gran decepción. Interpretaron esa tibieza como una complicidad involuntaria con la represión y los atropellos a los derechos humanos, lo que contribuyó a prolongar una dictadura que duró casi diecisiete años.

Pero quizás también hubo una razón más profunda, menos confesable para quienes no firmaron, en la que estampar su nombre en esa carta habría significado reconocer, desde el primer momento, que Chile ya no era el mismo país; que la República en la que habían creído, con sus reglas, sus equilibrios y sus rituales democráticos, había sido quebrada de manera irreversible. No firmar pudo ser, entonces, una forma de postergar esa aceptación, de aferrarse a la esperanza de que el golpe sería un paréntesis y no una transformación radical del orden político y moral del país. En esa negativa había miedo y cálculo, pero también una incapacidad para mirar de frente la magnitud del cambio: aceptar la carta era aceptar que la democracia había terminado y que empezaba otra época, gobernada por la fuerza, la vigilancia y el silencio.

La periodista Mónica González, conocida por su investigación sobre la muerte de Frei Montalva y otros crímenes de la dictadura, relató ante el juez Madrid que en mayo de 1975 el expresidente vivió un punto de inflexión. Hasta entonces, Frei se mantenía reservado y distante, observando los acontecimientos desde fuera y tratando de adaptarse a la nueva realidad impuesta por el régimen. Sin embargo, ese año decidió dejar atrás la prudencia y enfrentarse públicamente al conceder una entrevista al semanario colombiano Nueva Frontera. Rompió su silencio y denunció con firmeza la situación que atravesaba Chile, marcada por la represión y el miedo. Ahí Frei pasó de ser un simple espectador para convertirse en el líder indiscutido de la oposición a Pinochet. Su voz iluminó a quienes buscaban recuperar la democracia, convirtiéndose en una amenaza para el régimen y en una chispa de esperanza para la sociedad chilena, dando inicio a un proceso de movilización colectiva que no se detendría.

El desarrollo de los eventos se asemeja a una tragedia griega, en la que cada episodio suma nuevas capas de tensión. Según Mónica González, en 1977, al ser invitado a formar parte de la Comisión Norte-Sur dirigida por el excanciller alemán Willy Brandt, Frei obtuvo un reconocimiento internacional de gran prestigio, que lo estableció como un referente ético y político para toda América Latina. Desde los foros internacionales, su voz se levantó en defensa del diálogo entre países desarrollados y en vías de desarrollo, promoviendo la justicia social y los derechos humanos en medio de la Guerra Fría. Su condición de único representante latinoamericano en esa Comisión fortaleció su liderazgo y lo convirtió en un faro de esperanza para quienes, tanto en Chile como en el exilio, soñaban con un futuro en libertad.

En 1980 Augusto Pinochet, atacado internacionalmente y con una oposición cada vez más unificada en Chile, promovió un plebiscito para validar una nueva Constitución y mantenerse en el poder. Ahí Frei Montalva alcanzó su máxima proyección política. Esa farsa democrática pretendía camuflar el autoritarismo bajo una apariencia de participación popular. Como parte de esta estrategia, el régimen permitió, bajo estricta vigilancia, un acto público el 27 de agosto en el Teatro Caupolicán de Santiago, un lugar emblemático de las luchas sociales. Esa noche prevaleció un ambiente de fiesta e intranquilidad: miles de personas desafiaron el miedo y llenaron el recinto. La presencia de agentes de seguridad, la vigilancia y el riesgo crearon una atmósfera de desafío y valentía.

En ese escenario cargado de simbolismo, Frei Montalva, con serenidad, pronunció un discurso histórico que marcaría un antes y un después en su lucha contra la dictadura. Con firmeza, ante una multitud expectante, exigió iniciar una transición democrática, reclamó el respeto a la dignidad del pueblo y denunció la ilegitimidad del plebiscito. Sus palabras, además de ser una arenga política, hicieron un llamado urgente a la unidad y a la movilización, invitando a romper el círculo del miedo. Esa noche, la voz de Frei encendió una chispa de esperanza en la sociedad chilena: dejó de ser solo un expresidente respetado para convertirse en el símbolo indiscutible de la oposición, el “enemigo interno” que la dictadura debía silenciar para evitar que la esperanza se convirtiera en un incendio de libertad incontrolable. El periodista Hernán Millas, en su libro La Sagrada Familia: la historia de las diez familias más poderosas de Chile (Ed. Planeta, 2005), comparte algunos pasajes de su discurso:

Mary Figueroa, exdirectora de la Policía de Investigaciones, explicó en su testimonio ante el juez Madrid la importancia del llamado «Caupolicanazo». Esa noche, expresó, la figura de Frei se convirtió en el principal objetivo de la represión y de la atención de los servicios de inteligencia militar. Cada palabra de su discurso fue escrutada con cuidado, ya que las autoridades creían que podía provocar una rebelión y revivir la esperanza en una población que llevaba mucho tiempo doblegada por el miedo. Según su testimonio, el discurso de Frei Montalva provocó cincuenta y nueve ovaciones; cada aplauso y grito mostró apoyo y rompió el silencio impuesto por la dictadura, generando un clamor colectivo por el cambio. Frei exigió el fin de la intervención militar en las universidades, defendió su autonomía y reivindicó el papel moral de la Iglesia Católica en la defensa de los derechos humanos. La respuesta del público fue inmediata: una ola de aplausos, abrazos y gestos de hermandad recorrió el recinto, unificando a todos en torno a la causa de la democracia. Como afirmó Mary Figueroa, el Caupolicanazo fue más que una manifestación política; fue un punto de inflexión que movilizó a la ciudadanía y determinó el destino de Frei Montalva, quien desde entonces quedó claramente identificado como el principal enemigo de la dictadura.

Al terminar el evento, se produjo tal jolgorio que su hija, Carmen Frei, recuerda cómo su padre salió rodeado por la muchedumbre y preguntaba: «¿Dónde está Maruja? Yo no me voy sin la Maruja».

La amenaza contra Frei no era un hecho aislado, sino parte de un clima de represión que afectaba a todos los opositores. Solo unas semanas antes, en julio de 1980, la Coordinadora Nacional Sindical, liderada por Tucapel Jiménez y en conjunto con las principales fuerzas políticas opositoras, había firmado un acuerdo histórico. Ese pacto, nacido de la necesidad de unir fuerzas frente a la dictadura, buscaba convocar a un gran paro nacional para marzo de 1983. La movilización pretendía paralizar el país y presionar al régimen para que abriera espacios de participación política. Convirtió también a Frei en un símbolo de la lucha contra el autoritarismo por la vía democrática.

Ambos hitos, el apasionado discurso del Caupolicán y la organización del paro nacional, sellaron el destino de Frei Montalva. Desde ese momento, el régimen lo consideró el principal obstáculo para mantenerse en el poder. Los servicios de inteligencia intensificaron su vigilancia sobre él y su entorno, invadiendo cada aspecto de sus vidas. Las amenazas se convirtieron en una presencia cotidiana para los opositores. Sin embargo, la firmeza de Frei y sus seguidores -expresada en gestos de liderazgo, llamados a la unidad y acciones de desafío público- mostraba que, en medio de la brutalidad, se podían abrir brechas de luz y trazar caminos hacia la recuperación de la democracia. El sueño era posible.

A finales de septiembre de 1980, tras el plebiscito que aprobó la nueva Constitución con cerca del 67% de los votos, la tensión subió de tono cuando el general Pinochet, con una voz fría y calculada, lanzó una amenaza pública en el Salón Azul del Club de la Unión. Frente a una audiencia expectante, señaló a Zaldívar, Eduardo Frei y Tucapel Jiménez, como antipatriotas, acusándolos de traicionar los valores más profundos de la nación y considerándolos los principales enemigos del país. Sus palabras, cargadas de resentimiento, resonaron con fuerza, dejando la impresión de que algo importante estaba por llegar. Afirmó que conocía las intenciones del grupo, que estaba informado de sus movimientos y de la arriesgada iniciativa de unir fuerzas políticas y sindicales en su contra.  Mencionó que conocía el plan para convocar un paro nacional, lo que transformó la amenaza de represión en un hecho inminente y anticipó la dura persecución que se avecinaba.

En sus declaraciones ante el juez Madrid, Andrés Zaldívar explicó la importancia del Caupolicanazo y el peligroso entorno de amenazas que rodeaba a Frei Montalva en esos meses. En su relato, Zaldívar mencionó la presencia constante de amenazas y la sensación de que el destino de Frei pendía de un hilo frágil. Recordó cómo, después del plebiscito de 1980 y por iniciativa propia de Frei Montalva, realizó una gira política en el extranjero, invitado por la Democracia Cristiana italiana. Cada paso fuera de Chile era una apuesta arriesgada, una travesía por territorios donde el exilio siempre acechaba. El temor a no poder regresar a su país lo acompañaba tras cada encuentro y discurso.

Tras sus visitas a Italia, Zaldivar aceptó una invitación que consideró una tabla de salvación en medio del desastre y partió a Israel el 16 de octubre de 1980. En ese país lejano, rodeado de desconocidos, recibió la noticia que le impactó como una sentencia: le prohibían regresar a Chile. Genaro Arriagada le dijo, desde el otro lado de la línea telefónica, que se había oficializado un decreto de exilio firmado por el general Pinochet y el ministro del Interior, Sergio Fernández. Cada palabra sonó como un portazo, dejándole claro que denunciar públicamente la ilegitimidad del plebiscito -en nombre de un partido proscrito como la Democracia Cristiana, del cual él era su presidente- costaba la expulsión y el desarraigo. La injusticia se intensificó al descubrir, a través de un artículo en la revista mexicana “1 + 1”, que se le acusaba falsamente de intentar formar una alianza con militares para derrocar a Pinochet. Esa desinformación no solo buscaba aislarlo internacionalmente, sino también convertirlo en un enemigo irreconciliable del régimen.

En ese mismo contexto de terror, Zaldívar recordó que Tucapel Jiménez vivía preocupado: sabía que las amenazas de Pinochet no eran solo advertencias, sino sentencias de muerte. Su destino quedó sellado un mes y tres días después de la muerte de Frei Montalva. Tres días antes de su asesinato, se atrevió a convocar una protesta pacífica, como si supiera que cada acto de resistencia podría costarle la vida, pero también regalarle unos días extra. Esa pausa pareció un guiño del destino, pues su asesino, Carlos Alberto Herrera Jiménez, reconoció más tarde que ya lo tenían marcado para morir días antes de la protesta, pero que esperaron hasta que esta terminara para darle muerte:

Tucapel Jiménez era un hombre que vivía aferrado a sus hábitos, como si cada repetición diaria tejiera una red protectora capaz de resguardarlo del peligro. Su rutina, meticulosamente repetida, era su escudo frente a un mundo hostil. Sin embargo, esa misma previsibilidad que alguna vez fue su aliada terminó convirtiéndose en la grieta por la que sus atacantes se infiltraron. Los agentes habían memorizado sus recorridos y lo acechaban desde la penumbra con gran paciencia. Cada trayecto cotidiano en su taxi -ese pequeño refugio rodante donde encontraba un respiro y una pizca de normalidad-, se transformó en una ruta marcada, un laberinto sin salida observado por los ojos del régimen. Lo que antes fue símbolo de libertad, su auto, terminó siendo su celda móvil, el escenario de una emboscada anunciada. Así, cuando llegó el día señalado, el cumplimiento de la orden se volvió inevitable; no dejó lugar a dudas: fueron cinco disparos los que sellaron el destino de Tucapel.

Frei tampoco escapaba a las vigilancias. Las investigaciones al mando del juez Alejandro Madrid revelaron que Becerra, considerado por la familia un hombre de plena confianza, su chófer, desempeñó un papel importante en el seguimiento de Eduardo Frei. Pareciera que, para esa época, ya era un informante remunerado de la CNI. Pero en su libro, la periodista Lilian Olivares menciona que eso ocurrió pocos meses después del fallecimiento de Frei. En la entrevista que le concedió Raúl Lillo, encargado del seguimiento a los miembros del partido Demócrata Cristiano, él se enteraba de las actividades de Frei porque “…tenía una buena capacidad de pinchazos telefónicos. Y siempre mandaba a la misma gente a escuchar”, y no necesitó los servicios de Becerra. Probablemente Lillo trataba de proteger a Becerra. En todo caso, su colaboración no fue voluntaria, sino forzada por su situación personal: la relación amorosa de su hija con un miembro del Frente Patriótico Manuel Rodríguez fue utilizada como pretexto para que la CNI ejerciera presión sobre él y lo obligara a actuar en contra de quienes en él confiaban. Su fácil acceso a todos los espacios de la casa y su cercanía con la familia Frei eran evidentes, hasta el punto de que, tras su muerte, se le asignó la tarea de atender a quienes llegaban a la casa para expresar sus condolencias. Una vez fallecido Frei, gracias a las buenas recomendaciones de la familia, empezó a trabajar para Andrés Zaldivar.

El deseo de operarse ya era conocido por los servicios de inteligencia cinco meses antes, gracias a las aportaciones de Becerra y a las escuchas en su domicilio que probablemente él mismo había instalado. Esos cinco meses fueron cruciales para planificar el crimen en cada una de sus etapas. Los detalles químicos y bioquímicos de los venenos a utilizar, por ejemplo, sus dosis y frecuencia, fueron cuidadosamente analizados: el entorno se preparó para que el resultado final no fuera casual, sino el producto de una maquinaria montada con gran precisión, de modo que no despertara sospechas.

El juez Madrid, en su sentencia, puso al descubierto la compleja red de coerción que marcó los últimos días de Frei Montalva:

Junto a Frei, llegó también a la clínica una fuerza del ejército que se desplegó discretamente en lugares estratégicos, ocultos bajo diversos roles, desde camilleros hasta la sección de administración, formando una red de vigilancia compuesta por cincuenta y seis personas, cada una con una misión específica, ajena al cuidado médico del paciente. Durante el día, la atmósfera de la Clínica no generaba sospechas, pero por la noche se convertía en un enclave controlado por la CNI, donde la represión se manifestaba bajo la apariencia de normalidad.

En las declaraciones de Andrés Zaldívar ante el juez, destaca una verdad indiscutible: para Frei, la amenaza no era algo excepcional, sino la rutina cotidiana de muchos opositores. Durante su exilio, Zaldívar tuvo varios encuentros con Frei en Europa: breves momentos de camaradería en medio del desarraigo, en los que la fraternidad buscaba calmar la frialdad de la distancia. Recuerda especialmente un encuentro en Roma, en noviembre de 1980, en el Hotel Edén, donde Frei solía alojarse. Esa noche, la intuición de Frei se convirtió en certeza: vio a dos hombres cuya presencia le resultaba amenazante. “Son de la CNI”, le dijo en susurros a Zaldívar, lo que mostraba que ni siquiera en el exilio lograba escapar de la vigilancia.

La percepción de Frei no era meramente paranoia, sino un reflejo de una realidad respaldada por la persecución constante de políticos, exfuncionarios y opositores a la dictadura. En su oficina, tenía que subir el volumen de la música para enmascarar los micrófonos ocultos y evitar que sus palabras fueran interceptadas. Las escuchas ilegales, tanto en residencias como en hoteles y oficinas, constituían una red de control muy efectiva. Tanto Frei como Zaldívar llevaban esa carga: una libertad delicada y siempre en peligro.

Carmen Frei testificó ante el juez que la casa de su padre, que debía ser un refugio, se había convertido en una prisión, rodeada de dispositivos de escucha que eliminaban cualquier posibilidad de privacidad. Relató una escena particularmente reveladora: un día, mientras unos obreros construían una estantería y martillaban, sonó el teléfono. Al otro lado de la línea, estaba el general Manuel Contreras, director de la CNI, preguntando si había ocurrido un incidente. Eso demuestra la vigilancia a la que estaba sometido: cada movimiento y cada sonido, incluso un golpe de martillo, activaban las alarmas de un Estado vigilante. En ese momento, su padre intentó mantener la calma y dijo que lo único fuera de lo común era el ruido de los martillos, esforzándose por mantener una fachada de normalidad y por proteger los últimos fragmentos de intimidad que le quedaban.

Zaldívar declaró ante el juez que siempre sospechó que algo malo podría ocurrirle al expresidente y que incluso él no estaba exento de sufrir el mismo destino. Su relación con Frei no era solo política: era una amistad sincera, enriquecida por el afecto, lo que hacía que sus temores fueran también personales. Cuando Frei fue a Madrid antes de la operación, Zaldívar recuerda con claridad una conversación que, con el tiempo, resultó premonitoria. En ese encuentro, Frei le explicó que la intervención le aliviaría el malestar causado por una hernia en el hiato, que lo incomodó durante una importante reunión internacional de la Comisión Norte-Sur. Zaldívar le advirtió: “¡Es una locura operarse en Chile!” y sugirió que considerara operarse en el extranjero, lejos del control de la dictadura y de posibles maniobras en la clínica. Sin embargo, Frei, con su carácter sobrio, trató de tranquilizarlo, asegurándole que estaría en buenas manos con uno de los mejores cirujanos, el doctor Augusto Larraín, quien además era primo de Zaldívar. Para Frei, esa relación familiar parecía una garantía de seguridad. Zaldívar, sin embargo, no se calmó; insistió en que el verdadero peligro no era la competencia médica, sino la extrema vulnerabilidad que enfrentaría tras la operación. A pesar de las advertencias, Frei minimizó el riesgo y rechazó viajar al extranjero para ahorrar gastos, confiando en la honestidad de quienes lo rodeaban: “No quiero provocar un gasto inútil”, dijo, restándole importancia al peligro. Esa conversación, marcada por la gravedad de la amenaza, dejó a Zaldívar preocupado de que el destino de su amigo ya estuviera sellado y con la sensación de no haber logrado reducir el peligro. Días después de la cirugía, Frei le llamó para contarle que la recuperación iba bien, lo que le brindó a Zaldívar una esperanza momentánea. Sin embargo, esa tranquilidad se esfumó rápidamente: dos días después, recibió la noticia que tanto temía. Frei había tenido que regresar con urgencia a la clínica, lo que confirmó sus peores temores.

Aunque el expresidente intentaba mantener una sensación de seguridad, imaginando que una muerte violenta no era su destino, esa confianza resultó ser una ilusión peligrosa. Los asesinatos de destacados opositores emblemáticos -como el general Carlos Prats y su esposa en Buenos Aires (1974), Orlando Letelier en Washington D.C. (1976) y el atentado contra Bernardo Leighton y su esposa en Roma (1975)- demostraban que el aparato represivo de la dictadura no tenía límites geográficos ni de violencia. Inicialmente pensaban eliminar a Letelier con gas sarín, desarrollado durante la Segunda Guerra Mundial y fabricado en Chile por Eugenio Berríos, apodado “el químico de Pinochet”.  El exagente de la DINA, Michel Townley, así lo declaró ante el fiscal norteamericano, Eugene Propper. Viajó a los Estados Unidos con el gas sarín escondido en un envase de perfume Chanel No 5, pero no lo utilizó. Townley era experto en bombas y electrónica y probablemente se sintió más seguro al usar un explosivo. Esas muertes y atentados despertaron tanto escándalo internacional que probablemente lo llevaron a pensar que no correría esa suerte. Se equivocó; no sabía, o no se imaginó, el nivel de sofisticación que le aplicarían para silenciarlo. Tampoco pudo prever la magnitud de la traición, en la que amigos, excolaboradores en su gobierno y personas de extrema confianza, como su chófer y algunos médicos, colaboraron con los aparatos represivos, ya sea por acción u omisión. El peligro no solo provenía del exterior, sino que también se infiltraba en los ámbitos más íntimos de su vida. La confianza de Frei en su entorno y su aparente ausencia de temor a la violencia que pudieran ejercer contra él se convirtieron en su mayor vulnerabilidad; las lealtades que consideraba firmes demostraron ser frágiles.

A continuación, presento un resumen cronológico basado en los antecedentes judiciales recopilados por el juez Madrid. Incluye declaraciones de testigos y aportaciones de quienes participaron en el crimen. También se detallan las cirugías, especialmente la segunda, que consumó el delito. El objetivo del resumen es ofrecer una visión estructurada de los procedimientos médicos realizados, las circunstancias en las que se llevaron a cabo y los equipos involucrados, para facilitar una mejor comprensión del contexto clínico y humano que influyó en su fallecimiento.

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