Fragmentos

Jueves 21 de Abril de 1983

Recuerdo ese camino redondo como panza donde íbamos con los papás y hermanos a la playa, en Chile. Ahí estaban los conejos que se ofrecían al borde del camino y la estación de trenes misteriosa, en Leyda, que cada día tenía menos trenes.

 

Notaba que el mundo se ampliaba, se perdían ligazones, pequeñas puertas, bahías tranquilas donde todo era conocido y familiar. Caminar por las calles y veredas de siempre, respirando el aroma a pasto húmedo, recién cortado, ver llegar al vecino y saludarlo con la reverencia de maestros o fervientes discípulos era lo que hacía comparar los dos mundos, estos dos misterios de semirealidad. Primero había que vencer esa angustia de los kilómetros, las distancias, los distintos climas, algo así como convencerse que la gravedad, la fuerza de la gravedad es siempre la misma en cualquier lugar del mundo. Que todos sentimos y nos extrañamos de igual forma, como Pilar cuando vio nacer a su pequeña hermana, cuando en esos días todos estaba en huelga, incluso los médicos dejaron de atender; fue así como le tocó presenciar el parto y desde esa vez no pudo quitarle nunca mas sus ojos de la cabecera. Siempre, antes de dormirse, presenciaba por horas su cuna, ese misterio que algún día crecería para ser su hermana grande. La cuna, esa guagua tan pequeña, ese bebé.

Me gusta la música que se cuela por mi ventana. Este país todavía me confunde, tiene cosas tan distintas. No solo Chile parece una loca geografía; también este país de playas, cataratas, gente buena, gente rara, repleta de Johnes, de tipos soñadores y otros que sin problema te confiesan…..”quiero ser famoso”, o que antes de preguntarte por tu nombre te consultan sobre cuanta plata tienes. Es un país donde en un principio todos pasan por cuerdos….. hasta que se compruebe lo contrario, es uno de los códigos del “american dream”. Al caminar por la calle te cruzas con cualquiera, un ganador de un premio Nobel u otro que goza de extrañas sensaciones al empujar gente hacia la línea del Metro donde mueren. Caminando por las veredas solo ves autos y grandes carreteras. Todo funciona por medio de las líneas, cables y papeles. De repente sale un beso y te sorprende, entonces no es que cambies tu bandera o tus raíces, sino que todo se te agranda y tu patria, tus lugares, tus amigos, te acompañan para conocer otros lugares.

 

San Francisco amanece con un cielo claro y refrescante. Camino por las calles como en medio de una feria o circo que recién comienza. En una esquina un tipo joven se instala con un piano completamente pintado de distintos colores ubicado en la parte trasera de su camioneta verde. Con un sombrero de copa negro y una rosa fresca, bien remojada en un florero de cristal, interpreta melodías. Crea una atmósfera extraña donde parece un transplantado pero sin complejos; él goza por lo extravagante y nosotros por lo raro de la situación. Son como ocho o diez cuadras que bordean la bahía. Frente al paisaje de la costa uno se topa con todo tipo de gentes y costumbres; una mujer que camina con una serpiente fría y gorda enrollada al cuello, pintores que ofrecen sus óleos y acuarelas a bajo precio, hippies del 60 que al escuchar alguna melodía de los Beatles entran en trance y rejuvenecen, pero no tanto, ese es otro espectáculo pero de los tristes, escaleras repletas de tipos que tocan tambores a ritmos apurados; periódicamente algún gringo que pasea se entusiasma y entra en trance. En el poco rato que estuvimos un tipo canoso y flaco se sacó la camiseta para darle vuelo a su alegría y desinhibición, saltaba anquilosado y sacudía sus huesos. Los artistas artesanales te ofrecen sus trabajos en las veredas. Tiendas de buen gusto y restoranes con productos del mar te distraen en cada esquina. Tipos que corren por las veredas para conservarse bien, jóvenes, autos deportivos, música, discos, colores, tours, así es el embarcadero de San Francisco.

11 de Mayo 2018

…. y la estación de Leyda ya no existe, y creo que ya nadie vende animales muertos a la orilla del camino en esa zona. Eso es lo que ocurre cuando uno ya ha vivido más años en el extranjero que en el país de origen, y donde las calles y las playas que uno se lleva en el bolsillo, en la memoria, a veces crecen en la imaginación, se hacen ruidosas, y uno cree haber visto más de lo que vio, cree haber conseguido más amigos, más familiares de los que verdaderamente tuvo. Todo poquito a poco se te empieza a encoger y no te sacas la polera, no me la puedo sacar para bailar canoso y trasnochado al ritmo de ninguna melodía. Los ruidos ya no están en las veredas, los empiezas a llevar adentro, más callado…..

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