La Foto de mi Padre

Se levantó del asiento con la foto en la mano derecha y encaminó sus pasos hacia el baño que tenía la luz apagada. Encendió la luz, y ahí, frente al espejo, vio el reflejo de su rostro que pronto lo comparó con la foto que tenía en su mano. No cabían dudas, era realmente un viejo. Se tocó la cara, se estiró el pelo, pero nada cambiaba esa realidad de la foto y el espejo frío del baño: estaba viejo, era un anciano.

Eran las nueve de la mañana de un día de trabajo cualquiera; pero donde él ya no trabajaba aunque todavía tenía proyectos. En su maletín de cuero café acarreaba planos y documentos con los que todavía intentaba hacer algo útil. Desde afuera le llagaba el ruido del tráfico, la sirena de un policía, y el grito de alguien que corría en la calle. Pensó en su hijo Alberto, su hija Mónica, y quiso llamarlos, pero después no lo hizo. Estarán ocupados, pensó. Regresó entonces a la cocina y volvió a sentarse. Miró nuevamente la foto. Qué manera de parecerme a mi padre, pensó asustado. Buscó un lápiz. Pensó en su hijo, en Cristián, que ahora vivía tan lejos. Ni siquiera lo podía llamar porque no recordaba los cambios de horario. La última vez que lo vio ya había pensado en eso y le dijo “..y tú te vas a morir en otro país, Cristián?” Y su comentario me llegó como si le hubiesen hablado al vecino. Qué le pasa a este viejo, pensé; acaso no sabe que esas cosas no le ocurren a nadie.

Miró nuevamente a la foto y sintió la estafa, el paso del tiempo que se le había escurrido …”como un suspiro, mijito, un suspiro.” Revisó una libreta que tenía como ayuda memoria porque era cierto; con el tiempo los nombres, que antes se le quedaban clavados como con alfileres, ahora se le escapaban y jugaban a la escondida. Nadie lo estaba mirando, pero por un motivo que no entendió empezó a escribir con un lápiz de pasta azul los nombres de sus hijos y nietos. Hizo un listado donde también incluyó a los cuñados. ¿Estaban todos? ¿Se le escapaba alguno? Los numeró cuidadosamente. Luego hizo otro listado donde incluyó nombres que no reconozco, nombres de gente que nunca he conocido, y mezclados con los nombres familiares de siempre, con nuestros nombres; pero no quiso seguir, sintió nuevamente la estafa, sintió angustia, quiso llorar al escribir el último nombre… pero no lo hizo; se acercaba mi madre que le cerró la ventana de la cocina.

Escondió su libreta ayuda-memoria y miró rápidamente la foto que se había tomado recientemente en el puerto de San Antonio. Finalmente escribió en el reverso de la foto que después me mandó por correo:

Las canas del viejo, que como dice el tango, platearon mis sienes y arrugaron mi frente”.

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