Las Goteras

Parece que me aviejo irreversiblemente al notar la poca paciencia que guardo frente a situaciones que antes me habría mamado sin chistar. En ocasiones como esa me acuerdo de mi abuelo, el tata Augusto, cuando se quejaba del mundo moderno recordando sus años de juventud donde todo había sido mejor y distinto. Una muestra clara de esa modernidad sin rumbo se la daban las braguetas de los pantalones de hombre donde ya no se usaban botones y venían con cierres; un invento para mujeres, como nos decía. Cuando vaya de visita a Chile tengo que ir a la casa donde vivían antes, cerca de la Escuela de Derecho de la Universidad de Chile y donde ahora parece que funciona un bar que casi no tiene luz. A la calle le cambiaron el nombre, antes se llamaba Siglo XX y por eso no la pudimos ubicar cuando la buscamos en una de mis visitas a Chile. Recuerdo que en el centro de la casa había un tejado de vidrio bien alto, y que durante los días de lluvia chorreaba agua sobre tiestos y ollas que mi abuelo distribuía sobre un suelo de madera y baldosas. Por las tardes de primavera y verano sacaba una silla de madera para sentarse en la vereda y ver pasar a la gente y los autos. Era una rutina que guardaba misterio y que yo encontraba de locos, no entendía. A veces los íbamos a ver –al tata y a mi abuelita Oriana- y mi madre le entregaba a ella unos billetes arrugados como si también fueran goteras, y que ella recibía rozándole las manos, confundiendo esas entregas con saludos o despedidas. Nadie decía mucho ni se hablaba de números, pero uno, un pendejo chico, presenciaba esa transacción sin entender mucho de lo que se trataba. Pese a mi niñez, en variadas oportunidades creo que logré olfatear entre ellos una antigua gloria y un linaje de capa caída, de familias grandes y mucha historia, pero con apellidos que ya se hacían inútiles, que ya no habrían ninguna puerta. Muy cerca de la entrada, pasando por una tragaluz alto y estrecho, había un piano destartalado que alguna vez le vi tocar a mi abuela como recordando sus mejores tiempos, o a lo mejor rememorando bailes de salón, como de aceptación hacia esa sociedad santiaguina de antes. Estaba claro que no tenían mucho dinero y que esos tiempos mejores ya se habían pasado, pero ella no perdía oportunidades para contarnos historias y chismes de gente con apellido a los cuales ella les  “conocía la historia”. En esos años mis padres eran furibundos partidarios de Eduardo Frei Montalva, pero entones mi abuelita Oriana, como ordenando las cosas para ponerlas en su lugar y darles su perspectiva, les recordaba a viva voz y levantando la vista de su tejido a palillos, el día que había visto al padre de Eduardo Frei Montalva, sí el mismísimo padre del Presidente de la República, vendiendo peinetas; sí señor, peinetitas de plástico y en la calle, como recordándonos a todo volumen que ahora el hijo se las podía dar de Presidente de la República o lo que quisiera, pero a ella no le contaban historias, no la engañaban, no le contaban cuentos, lo había visto vendiendo peinetitas de plástico en el mercado. Y creo que tiene que haber sido cierto porque mis padres no se lo discutían y se quedaban callados.

 

Afuera, en abril y en el año 2016, ya nuevamente empieza la primavera en Michigan…. pero tenemos nieve. Enciendo la tele y entre los candidatos a la presidencia del partido Republicano el tema del cambio climático simplemente se ignora. Es un verdadero desastre y Trump, el candidato que ahora lidera el grupo, trata en lo posible de discutir asuntos personales y mundanos basado en slogans, en frases prefabricadas y rápidas. Es bien triste el espectáculo. En el New York Times ya le pusieron un nombre: el candidato zombie, es decir un candidato dañado, que ya no puede vencer pero que nadie sabe como detener. A medida que pasan las semanas, Trump se ha visto forzado a tratar temas que no conoce, que no le son familiares y por eso comete errores tremendos.

No sé, es triste, pero cada día que pasa me convence que los políticos de antes eran mejores, estaban mejor preparados. Frei Montalva, Alessandri y tantos otros. Por otro lado mi apellido aquí tampoco abre puertas, pero en mi casa al menos no tengo goteras y los pantalones no me molestan con cierres. Sé que en mi barrio, aquí en Michigan, nadie lo hace y Pilar creerá que estoy loco, pero un día de estos, muy pronto, y pese a que no tenemos vereda, sacaré una silla de madera para sentarme en el pasto, afuera de la casa, para ver pasar la gente y los autos….

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