La Foto

Pocos meses antes de morir se sentó en una silla –¿en la cocina?- y comenzó a escribir notas breves en el reverso de algunas fotos recientes; de alguna manera supo que se iba a morir y que le quedaba poco tiempo. Se dio cuenta lo triste que resultaban las fotos antiguas, de antepasados lejanos que ya no nos pueden decir nada porque están muertos, vaporizados, idos para siempre y por eso quiso explicar algo escribiendo esas pequeñas reseñas. Después encontró un sobre y me las mandó certificadas a Cleveland, donde vivíamos en ese entonces.

En las fotos antiguas los personajes se quedan ahí, congelados en el tiempo, pero asumiendo su mejor pose. Nos miran desde el papel como tratando de contar algo, lo que hicieron o lo que dejaron de hacer, pero ya no sacan nada, están muertos, y nos están mirando desde el otro lado. Ni siquiera les recordamos por sus nombres. Cuando falleció mi abuela Oriana, por ejemplo, recuerdo que pusieron muchas fotos de la familia sobre una mesa destartalada para que los visitantes sacaran las que más quisieran. Las mejores se fueron con rapidez para, a lo mejor, terminar nuevamente escondidas en otra cajonera. Por supuesto que la parentela que llegó primero se llevó los mejores retratos, aumentando así las divisiones y rencores que, en nuestra familia, también se pasaban de mano en mano como si fueran monedas calientes. Recuerdo que mi abuelo, Augusto, el marido de Oriana y que falleció antes, le sacaba mejor provecho a las fotografías porque siempre tenía una en su bolsillo que mostraba orgulloso al que lo quisiera oír. Las guardaba en el bolsillo de su chaqueta y la sacaba tantas veces que ya parecían fotos de periódicos por el manoseo contante y los trajines. A lo mejor estaban salpicadas de saliva porque cuando las mostraba hablaba mucho y orgullosamente las apuntaba con los dedos.

Recuerdo que mi hermano Alberto me contó que un día fue a recorrer un departamento en Plaza Italia donde había vivido la hermana de mi padre. El lugar funcionaba como un hostal para estudiantes, pero lo invitaron a pasar sin ningún problema. Recorrió los cuartos, y parece que le creyeron la historia de su antigua familia porque al final le entregaron un álbum de fotos que había sido de nuestra tía. Eran muchas fotos y hasta el día de hoy alguien trata de darles nombre a esos antepasados que se ríen, que se sientan, que se abrasan. Cuando ella falleció a nadie se le ocurrió ofrecer sus fotos a la parentela.

En esos retratos a veces nos esforzamos por mostrar una gloria o alegría falsa, que a lo mejor existió de manera breve y muy fugaz. Quizás por eso mi padre escribió en el reverso de la foto donde también estaba él:

“Tus antepasados con cara de satisfacción. Los recuerdos penosos no se ven; los tratamos de olvidar poniendo caras alegres. Foto tomada desde nuestro departamento en Santiago. Abril 2001.”

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