Mironeando desde una escalera

 

Marzo 28 14

Un elefante huérfano –le mataron a los padres para robarle el marfil- sale a recibir cariñosamente a su cuidador.

Era una escalera que subía como un caracol hacia el segundo piso de mi casa. Los peldaños de ladrillo rojo eran cortos, pero continuaban con otros de madera largos y altos. Daba gusto correr y saltarse varios peldaños a la vez, brincar, colgarse de las paredes para ir a ver quien tocaba el timbre en la puerta de entrada. Muchas veces fue mi padre y corríamos a saludarlo al final del día. Ahora que ya tengo los años que el tenía en ese entonces, veo que esas carreras tienen que haberle gustado mucho. Otras veces nos asomábamos sin correr, y simplemente lo hacíamos para ver quien llegaba. Una noche, ya tarde, cuando estábamos todos en la cama, acostados, sonó el  teléfono y luego el timbre de la casa. Corrí en pijamas para ver quien llegaba, pero no bajé. Era nuestro pariente, el Tatín, (Agustín Ramírez Zepeda) que venía a buscar a mi padre, médico, porque habían atropellado a su papá, el hermano de mi abuela, el tío Pepe.  Me acuerdo bien por la cara de angustia de Tatín, la manera en que apoyaba su mano en la baranda de la escalera, afirmándose fuerte, protegiéndose de todo lo que se le venia encima. Con los años, todavía veo ese rostro de angustia y de esperanza que afloraba cuando hablaba con mi padre; habían atropellado al tío Pepe y lo venía a buscar para ver si se podía hacer algo, salvarlo.

Al  tío Pepe lo recuerdo como uno de los pocos adultos que frente a uno se portó sin susto de parecer abuelo, se reía frente a un pendejo tan chico como uno y me hacía magia con sus manos. Pero esa noche mi padre no pudo hacer mucho y el tío Pepe desgraciadamente falleció, dejó de hacer magia, chuteo el tarro y partió hacia otro lado. En la bruma de los recuerdos, lo guardo como un hombre cariñoso que siempre trató de entablar una conexión amistosa con un niño chico como uno y que nada sabía de la vida. Después, con el tiempo, ya viviendo en USA, nos enteramos que a Tatín, el primo de mi madre, lo habían acusado de abusos sexuales unas actrices de apellido Prieto, sus hijastras.

“¿Y abusó?” Le pregunté un día a mi madre. Y ella dándose vueltas como una cuncunita me explicó que los viejos a veces se “ponen” verdes, y que ese es un tema que se habla poco entre la familia…… de manera que lo más probable es que todo fue cierto, le gustaban jovencitas y bien tiernas. Abusó, les tocó las pechugas, y a lo mejor hasta bailó con ellas como si hubiesen sido sus pololas.  Parece que Tatín todavía está en la cárcel, y ni siquiera los problemas al corazón le han permitido librarse de ese encierro. Dicen que uno que otro pariente lo visita, los más fieles (a lo mejor se acuerdan del tío Pepe y por eso lo visitan). Yo siempre lo recuerdo cuando leo algo de Tatín en el diario electrónico que me trae la Internet desde Santiago, Chile, y escriben que está pidiendo una rebaja, o que le han aumentado la condena.

Y pasan los años y sigo mirando, pero no desde la escalera de mi casa; ya la demolieron. Estamos en el año 2014 y cuando llego del trabajo el único que corre a recibirme es el Copo, nuestro perro patagónico (las dos hijas ya abandonaron este nido). Como siempre no hablo mucho. Pasan los años y pese a todos los disfraces, los títulos, los éxitos, las derrotas, los fracasos, -sobre todo los fracasos-, creo que uno sigue siendo el mismo, sigo mironeando, pero desde otras escaleras….

Marzo 28 14

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