Como un suspiro

Nos trasladábamos en nuestro Chevrolet aletudo, rojo, en una carretera antigua camino hacia Algarrobo. Era verano y pasábamos frente a una casa que en ese entonces llamábamos “la casa pelá” porque estaba siempre vacía, pelada, cuando en la radio del auto empezaron a tocar a Leo Dan y su “…….el amor que sentimos cuando a veces el amor”….. Mi madre distraídamente comenzó a tararear la melodía mientras sostenía el volante del auto desde la parte inferior, como acariciando la cantilena que escuchábamos. ¿Qué era eso? ¿Qué ocurría? Había sol y entraba una ventisca fresca y vigorosa por las ventanas del auto, era verano, y por un momento breve, sentí que ocurría algo importante. Luego miré nuevamente a través de las ventanas y me golpeó el aroma de los eucaliptos, y por efímeros segundos sentí algo fuerte que a lo mejor pudo ser felicidad. Mi madre todavía cantaba cuando de sopetón la interrumpí y le pregunté por qué todas las canciones hablaban del amor:

-¿Por qué, mamá?

Ella entonces dejó de cantar, se quedó quieta, muda, y dejó también de acariciar el volante, pero siguió escuchando a Leo Dan. Pensó otro tanto y después me contestó como si ya hubiese sido un niño grande, un adulto:

-Es búsqueda, cristiancito, es búsqueda.

Y me siguió hablando por un rato largo, como si afuera no hubiese ningún árbol y estuviésemos adentro de una sala de clases con todo el tiempo disponible por delante. Siguió manejando, pero me di cuenta que había ocurrido algo importante; claramente, por un momento se transportó hacia otros lugares, hacia otros recuerdos, y quien sabe, a lo mejor revisitó su propia vida, sus amores y divisó a su primo con el cual la habían tratado de casar. ¿Vislumbró otra vida? ¿Vislumbró otros hijos? ¿Otra familia?

 

Con mi padre me ocurrió algo parecido. En otra ocasión nos bajábamos del mismo auto y cuando me ofreció la mano creo que sentí seguridad y calor; siempre tenía las manos tibias. Temí perder todo eso y me lo imaginé tremendamente enfermo y viejo, y que se podía morir pronto. Todavía no llegaba a la ancianidad, era incluso más joven que yo ahora (!), pero por algún motivo lo imaginé como un abuelo en mal estado. Y le pregunté si el tiempo se le había pasado muy rápido:

-¿Se te pasó todo muy rápido, papá?

-¿Qué, mijito…?

-El tiempo, papá, el tiempo. ¿Se te pasó todo muy rápido?

Nuevamente se quedó muy serio, mudo, se detuvo, y por un momento estoy seguro que se lo olvidó lo que teníamos que hacer: ¿por qué nos habíamos bajado del auto? Yo tampoco lo recuerdo, pero afuera había mar, el ruido de las olas, gaviotas y nuevamente mucho sol. Miró hacia el frente, me miró fijamente a mí y con algo de angustia y tristeza me confesó:

-Como un suspiro, mijito, como un suspiro- Y se quedó mudo nuevamente.

De ahí para adelante a mí también el tiempo se me ha pasado rápido. Y escucho no tanto a Leo Dan, pero a Bruce Springsteen, Leonard Cohen, Eduardo Gatti, y también se me ocurre pensar en otras vidas, en otras situaciones. Pero siempre regreso, siempre vuelvo (“voy y vuelvo”, como nos recuerda Parra) y sigo manejando aunque ya no vea el mar, las gaviotas y no sienta el aroma de los eucaliptos de ese entonces….

Mis países

Antes de volar a USA vendí el Fiat 600, blanco, y por algún motivo extraño, simplemente partí de Chile como si encaminara mis pasos hacia una sala de clases. Partí como estudiante y sin esa idea inicial de largarme para no regresar nunca más. Era un paso, no un salto como el que dio mi hermano Gonzalo al partir hacia Canadá. Lo mío fue más solapado, no parecía una partida, un corte, era simplemente un paréntesis; me iba para ir a estudiar lejos y prepararme mejor, ya se vería. Mi hermano Gonzalo, por otro lado, se fue más de frentón, casi de portazo. Ya había estudiado en USA donde había obtenido su flamante título de ingeniería comercial, y simplemente en Chile no se acostumbraba, y pocos lo supieron comprender. Lo amordazaban las costumbres, los trámites, las reuniones, los cafecitos. Tenía trabajo, no le iba mal, pero algo le picaba, y decidió volar y buscar nuevos horizontes con Anita y sus dos hijas. Chile y su estilo de vida lo asfixiaban.

A mí me ocurrió algo parecido, también estaba asfixiado y me sentía como un extranjero en Chile, en mi propio país. Pero ahora me doy cuenta que era culpa mía, porque eso es algo que me ocurre en casi todos los lugares. Incluso en mi propia familia a veces me sentía extraño; me molestaba esa manera oblicua de decirnos las cosas, no te preguntaban “a”, pero te preguntaban “b” de una manera que implicaba “a”, aunque no directamente. Había mucho claro-oscuro, mucha danza para decirnos las cosas por su nombre. También, sobre todo mi madre, recurría mucho al mensajero, al “dile a tu hermano que bla-bla-bla-bla”, en lugar de ir ella directamente a decirlo. Los temas peliagudos eran siempre borrosos, poco claros. Éramos –¿somos todavía?- poco transparentes para decirnos las cosas, había mucho mensaje velado, escondidos para tratar los temas y decirnos las cosas por su nombre. Quizás por eso estas notitas me salen más directas, aunque duela, aunque me duele y nos duela un poco a todos.

En esos años, también era callado y eso me ayudó porque tengo la impresión que a los callados les va mejor en USA. En Chile hay que ladrar mucho, demasiado, y en esa época era malo para eso. Con Gonzalo teníamos edades parecidas, éramos jóvenes, y cuando emigramos aprendimos a generar nuevas raíces a costalazo limpio, dándonos de culo sobre el pavimento. Pero así ocurre cuando uno es joven, donde nos sentimos invencibles y corremos riesgos, viajamos, nos tiramos al río, saltamos. Me fui de Chile como estudiante y me fueron a dejar sin problemas al aeropuerto. Cuando me despedí, me abracé con los papás, los hermanos y los amigos; pero a Gonzalo no le ocurriría así. A él no lo iría a dejar casi nadie de la familia –con excepción de nuestro hermano Álvaro, el menor- porque nadie lo entendió, sobre todo nuestra madre que estaba hecha un trompo. ¿Por qué se iba de esta maravilla para buscar nuevas aventuras? Lo fue a dejar el chofer de la Cepal, donde trabajaba en ese entonces.

En un principio Gonzalo había tratado de emigrar hacia Australia, donde tenemos un pariente, una prima de nuestra madre. Fue así como hizo todos los trámites rutinarios, como visitar el Consulado, llenar formularios, entrevistarse, y cuando ya lo tenía casi todo listo, a pocas semanas de su partida, lo llamaron por teléfono para contarle que su madre había conversado con ellos para informarles de algo grave. ¿Qué era eso? ¿Que les había dicho? Les había largado la noticia-bomba y teledirigida de que en su familia, en la familia de él, de Gonzalo, habían muchos miembros con problemas mentales –lo que no era cierto- y que basado en esa información ya no lo podían aceptar como inmigrante. De más está decir que hasta ahí llegaron los preparativos de su inminente partida. Todo reventó y no le quedó otra alternativa que pensar en Canadá; pero antes, siguió los consejos del consulado: “la próxima vez”, le dijeron, “cuando trate de aplicar en otro consulado, no se lo cuente a nadie y hágalo solito.” Por una extraña coincidencia, nuestro padre le dio el mismo consejo cuando llegó a casa, pero con un agregado de color: “no se lo cuentes a nadie, mijito, no se lo cuentes a tu madre hasta que lo tengas todo listo. Ella está ta-ta-ta-ta-ta.” Y así fue como lo hizo, no se lo contó a nadie, ni siquiera a nuestra madre y por eso fue que partió sin ninguna despedida porque cuando ella se enteró, lo desaprobó con rabia y dio la orden perentoria de que nadie lo podía ir a dejar. Así fue como partió con su señora, Anita, y sus dos hijas, solos a buscar nuevos horizontes a Canadá. En el aeropuerto de Montreal lo esperaba un amigo de nuestro padre que lo llevó a un Hotel de mala muerte donde comenzó su nueva vida. A las pocas semanas ya aprendería algo de francés para conseguir trabajo.

En mi caso llegué a USA a la Universidad de Georgetown, en Washington, para aprender inglés. Tenía recomendaciones del cura Patricio Cariola lo que me ayudó bastante. Así fue como conecté con José Zalaquett (que Pinochet había expulsado pocos años antes) que me ofreció todo su apoyo. Recuerdo que llegué totalmente perdido a su oficina, ubicada en la Universidad de Georgetown donde trabajaba en un proyecto. Después de saludarlo, de inmediato tuve la seguridad de que me ayudaría, porque al ofrecerme café, lo hizo generosamente y sujetando una servilleta enorme, blanca, del porte de una bandera. Mi inglés no era bueno, y me preguntó a donde pensaba ir a estudiar. A Cleveland, le dije. De inmediato me corrigió el acento, me enseño a pronunciar “Cleveland” como los gringos, y me dio nuevos consejos. Al menos tendrás una buena orquesta, me dijo, al mencionar la Orquesta Sinfónica de Cleveland. Al final, no solo me abrió generosamente las puertas de su departamento, pero terminaría jugando ajedrez con sus amigos, todos verdaderas luminarias que después he visto como grandes personajes, escribiendo editoriales en los diarios y revistas más importantes de Washington. Él sería el que me terminaría escribiendo la carta que mandé a Case Western Reserve University, donde explicaba las razones por las que me gustaba la química, y los motivos por los que quería continuar con el doctorado. Y resultó, pero ahora que lo escribo veo un poco la locura de toda esa empresa: me había ido de Chile sin mucha claridad y cuando ni siquiera me habían aceptado. Pero me largué; esas son las aventuras que uno emprende cuando joven. Por eso me cuido –espero- cuando critico a algunas de mis hijas. En todo caso de ahí para adelante no tuve más remedio que acostumbrarme a vivir en un país extraño. Vivía en departamentos de torres altas y olor a encierro.

A los pocos meses, cuando finalmente aterricé en Cleveland, llegué primero a la oficina del departamento de química, de Case, donde las secretarias me ayudaron, me indicaron donde me tenía que alojar, comprar pan, leche y me presentaron a una estudiante de Colombia, Rosario Neira, que me siguió ayudando, mostrándome el departamento y algunos profesores. Es increíble la generosidad con que uno a veces se topa y sin ninguna planificación. Lo curioso es que el edificio donde pasé mis primeros meses –Clark Towers– lo había conocido antes mi hermano, Alberto, cuando vino a Ohio como estudiante de intercambio en las secundarias. Lo sé por una filmación que él hizo en esos años. A lo mejor un miembro de la familia que lo acogió en ese entonces se enroló como estudiante en mi universidad.

Me demoré varios años en acostumbrarme. Y me convencí que a lo mejor aquí, en USA, finalmente me podría sentir a gusto, cuando leí a algunos de sus escritores que más me gustaron. Y desde ese entonces noto que pertenezco a esas tierras que describen en sus textos escritores peruanos, argentinos, chilenos, sirios, gringos. Siento que pertenezco a esas casas, a esas familias, y ahí definitivamente no me siento un extranjero. Esas son mis patrias, ahí me siento en mis países.

No se te olvide, tú te vas a morir.

No han sido solamente los olores los que me transportan hacia otros mundos y otros años, porque mucho más efecto me produce la música. Bobby Goldsboro, por ejemplo, y su fantástica melodía “Honey”, donde recuerda a su novia o esposa que ya no está con él, me empuja hacia mi niñez. Y claro, ahora que entiendo la letra de la canción, me hace recordar la muerte, algo que vagamente percibía cuando niño. Ahora que entiendo mejor el inglés, noto que la canción completa es un poema recordándola a ella en gestos cotidianos, simples, como cuando lloraba viendo una teleserie en la TV, o cuando le chocó el auto y pensó que él la recibiría con rabia, pero ocurriría todo lo contrario. Y hasta que llega ese día de primavera y pájaros cuando partió para no verla nunca más. Estaba sola cuando se la llevaron los ángeles, nos canta Bobby, dejándolo a él sin compañía para comprobar solitariamente como crecería vigoroso y también solo un árbol frente a la casa que habían compartido. Y después -como no- llegó “Love Story” a Chile. Otra historia de amor pujante y mucha muerte, donde ella es nuevamente la que fallece debido a un cáncer fulminante. Fue un dramón previsible, pero que me hizo llorar y me acercó la muerte a mi ventana, la llegué a tocar. Recuerdo que era la época de la Unidad Popular y el país estaba tremendamente dividido y convulsionado, donde todos se peleaban, pero curiosamente comunistas y gentes de derecha hicieron cola para salir juntos y conmovidos del cine. Ahí me quedó bien claro que uno se podía morir, y que la gente se moría. Todavía era una película, la muerte era de película, pero había mucha realidad en ese drama, y uno salía contento de estar todavía vivo. Creo que el tema de la muerte y los recuerdos es algo que siempre me ha interesado, me atrae.

En un The New York Times de esta semana, leo sobre un App para usar en los celulares. Consiste en que te manda un mensaje texto cinco veces al día, y sin previo aviso, para recordar tu mortalidad, tu futura e inexorable muerte. “No se te olvide, tú te vas a morir” lee el texto. Y te invita, al presionar con el dedo, a leer una frase o un poema relacionado con la muerte. Al principio la idea me pareció macabra, pero después, pasado el primer susto, leí otro poco más y la idea me intrigó. El App, conocido como, WeCroak, fue creado por Hansa Bergwall, un publicista de 35 años, junto con Ian Thomas, de 27, un desarrollador freelance que vive en Nueva York. Bergwall cuenta que la idea le nació del folklore bhutanés, que aconseja contemplar la muerte cinco veces al día para ser feliz. Hasta el momento cuenta con 9 mil usuarios, y la mayoría –eso es lo curioso- entre los 20 y 30 años de edad. Por supuesto que al final instalé el App en mi celular después de comprarlo por un dólar. El problema es que no me acordaba de esa transacción, cuando por la mañana, despistado y con sueño, tomé el celular entre mis manos. Lo primero que leí fue horrible: “no se te olvide, tú te vas a morir”. Todavía adormilado, me acordé aliviado de la compra anterior y moví la pantalla con los dedos para leer el texto siguiente que me tranquilizó bastante:

“La muerte es el sonido de un trueno distante en un día de picnic.”

W. H. Auden

No está mal como para empezar el día, pensé. Y como siempre le dije a Pilar, ahora más convencido, que tuviera cuidado al manejar por la autopista hacia el trabajo porque había mucha nieve y hielo. Al poco rato me llega otro de Borges. Pero antes, “no se te olvide, tú te vas a morir”:

“Nosotros olvidamos que todos somos hombres muertos conversando con otros hombres muertos.”

Llego feliz a destino después de presenciar innumerables accidentes y más conciente de los peligros, pero feliz de estar literalmente vivo, muy vivo. Noté que en el trabajo aproveché de otra manera el café que tenía entre mis manos, y toqué feliz la taza caliente que me entibió los dedos y obligó a percibir más concientemente el aroma del café, los ruidos, la nieve blanca del invierno.

Todavía no han pasado suficientes días; pero percibo que es bien útil esa idea de recordar mi futura muerte de manera sorpresiva; le da otra dimensión a mi jornada laboral. Así fue como me siguieron bombardeando con otros recordatorios parecidos. Me gustó el que me llegó al final del día de hoy, un viernes, cuando llegaba a casa y estacionaba el auto: “no se te olvide, tú te vas a morir”. Para leer después un texto del escritor chileno (ya muerto) Roberto Bolaño:

“La vida es una sucesión de malos entendidos que nos llevan hacia la verdad final, la única verdad.”

En el fondo el App nos regala pequeños Love Story, pequeñas melodías “Honey”. Lo seguiré usando.

¿Hasta cuando?

Hasta que no quede nada IV: ¿Qué habría pensado el papá de todo esto?

Afuera, a través de las ventanas, se ve la nieve blanca, y el sol de un día de invierno en Northville, Michigan. Adentro, nuestro perro patagónico, el Copo, espera pacientemente a que lo saquen a pasear, a dar su vuelta por el vecindario. Es una tranquilidad que contrasta con lo que está ocurriendo en el seno de mi familia en Chile, donde todo se ve menos tranquilo.

La distancia y estos problemas, me empujan y ayudan también a ver y a examinar a mi padre, a mirarlo con otras lupas y espejos. ¿Fue realmente un buen médico? ¿O fue nuevamente otra farsa, producto del marketing y la política que muchas veces florece en los hospitales o cualquier otro lugar de trabajo? Recuerdo que siempre hubo mucho conflicto en ese ambiente médico donde él trabajó, mucho Superman dispuesto a imitar al jefe máximo, y a caminar con ese disfraz de Batman por los pasillos del Instituto de Neurocirugía donde habían tremendas rivalidades y mucho ego. Creo que ese ambiente le impidió crear escuela; si vislumbraba a un médico joven que se insinuaba como sobresaliente había que neutralizarlo a tiempo antes de que se transformara en competencia. El mundo claramente se dividía entre ganadores y perdedores. ¿Y donde estaba uno? ¿Donde se ubicaba uno? Esos rumbos y alternativas siempre me molestaron y las rechacé, creo que por eso me esforcé concientemente en tomar otro camino. Recuerdo que mi padre se asombraba cuando alguien consultaba sobre qué hacía uno, qué estudiaba su hijo. Y uno contestaba con un “soy químico, estudié química,” sin mencionar el doctorado en química o cosa parecida (y sin mencionar tampoco que el puntaje no me alcanzaba para estudiar medicina). Mi padre se asombraba, y creo se preguntaba con bastante curiosidad –por sus gestos, su mirada, una sonrisa escondida- cómo era que lo hacía uno para sobrevivir y ganarse la vida. Mi tía Oriana, por otro lado, era más divertida, porque además de preguntarme “¿y cuando vas a tener polola, Cristián?”, me interrogaba sobre el famoso doctorado, para agregar con más confianza y fuerza: ”¿pero cuando vas a ser un médico de verdad?” A lo mejor añorando un rocío de las glorias de mi padre, pero que yo no quería y tampoco buscaba.

En ese tiempo las esposas también ayudaban, sobre todo si eran buenas mozas como mi madre, una especie de “esposa-trofeo”. Pero ahí también tomé un rumbo diferente porque me casé con una mujer “de esfuerzo”, como lo indicó mi madre años atrás, y que ha trabajado toda su vida afuera y adentro de la casa, que usa sus manos sin vergüenza y también su intelecto; y claro, con esfuerzo. Y con ella hemos tenido dos hijas amantes también del trabajo, y querendonas de los animales y la naturaleza.

Me he tocado con antiguos pacientes de mi padre –incluso aquí en Washington- y  siempre se han mostrado agradecidos. Nuevamente: ¿fue realmente un buen médico? Yo creo que sí. Y la otra pregunta difícil y más complicada: ¿fue realmente un buen padre? También creo que sí.

Recuerdo los viajes en auto, en un fin de semana cualquiera cuando nos dirigíamos hacia Algarrobo. Por la radio se escuchaba a Leonardo Favio junto al ruido de la carretera; eran otros tiempos. Al llegar a Melipilla ofrecían liebres a la orilla del camino, y en algún momento nos deteníamos en La Montina para comprar fiambres, y quizás probar un lomito o “un montino”. Los años parecían eternos e inmutables, y mi padre manejaba a paso seguro, como un chofer convincente y eterno. Casi al llegar, cruzando El Quisco y sentados en el asiento de atrás, todos gritábamos al superar una piedra que estaba a la entrada del balneario, al principio de un glorioso túnel de eucaliptos. Hace algunos años se robaron esa piedra y poco tiempo después, muchos se esmeraron en destruir una isla que protegía unos maravillosos pingüinos. Por eso ya no me interesa visitar Algarrobo; solo me queda la memoria, el aroma salado de una playa y muchos recuerdos. Mirando a la distancia, noto que una de las cualidades importantes de mi padre fue esa seguridad que siempre nos supo regalar a destajo; no nos defraudó, no desertó. Cuando sucedía algo malo en nuestro entorno, sabíamos que podíamos contar con él, era la roca firmemente adosada a la orilla de la playa a donde siempre podíamos arrimarnos para buscar ayuda. Como médico, conoció a mucha gente, hombres y mujeres que fueron sus pacientes y que muchas veces ocuparon posiciones claves en distintas oficinas públicas y de administración. Por eso, si uno necesitaba un papel firmado, un trámite, un timbre, él lo sabía encauzar de manera rápida y eficaz. Cuando llegaba de regreso a casa, después de uno de esas diligencias, siempre me preguntaba: “¿y cómo te atendieron, cristiancito? ¿cómo te recibieron?” Y uno, un tanto avergonzado, le contaba la firme, que todo había salido bien, muy bien papá, no joda. Claro que cuando contestaba, no le mencionaba ese final, ese no joda, pero se lo daba a entender de múltiples maneras con la mirada, los gestos, los silencios. Lo veía ahí sentado, e imaginaba que en algún momento él lo había pasado mal. Nunca se lo pregunté, pero me parecía intuir un momento difícil, donde fue tremendamente rechazado por algo, por alguien, y donde lo habían recibido bien mal. Vivía para su trabajo, y cuando llegaba a la casa al final del día, la comida tenía que estar lista porque devoraba como si pronto tuviera que partir apurado a la guerra. Los fines de semana a veces nos armaba panoramas, como fue ir a andar a caballo con un teniente Carmona.

Con mi madre tengo menos recuerdos de ese tipo. Y sus historias eran estrambóticas y más descabelladas. En unos de mis tantos viajes de visita a Chile, por ejemplo, mi madre en una oportunidad me recibió alarmada. Había tenido una pesadilla como muchos de los malos sueños y conjeturas que a veces la asaltaban. Que yo llegaba de visita a Santiago, me dijo angustiada, que caminaba por sus calles, me cruzaba con familiares, pero no los saludaba, y claramente la evitaba a ella, mi madre. Qué tremendo, cristiancito, me dijo. Y nos pareció tan ridícula esa pesadilla, tan disparatada, que ella misma no siguió explicando nada y yo preferí no preguntarle más detalles. ¿Por qué la rechazaba?

Lo complicado es que trato de recordar esa pesadilla, cuando creo que eso es justamente lo que nos ocurre ahora, pero no encuentro los detalles, los datos, las cifras, los olores. Salgo a caminar y no resulta, no logro penetrar hacia esos días, no encuentro el código…..

¿Donde está esa roca a la orilla de la playa? ¿Quién me la movió?

¿Que habría pensado el papá de todo esto?

¿Que ya no queda casi nada?

Hasta que no quede nada III: Con qué cara viene al entierro de mi marido si usted fue su amante?

En la contribución anterior contaba que mi madre había escogido compartir su vida con mi padre para mejorar el pull genético que afectaba a su familia. Una familia de altos apellidos y mucho rango, pero de capa caída y condenada por la naturaleza, al emparejarse demasiado entre primos y parientes, entre “gente como uno”. A ella misma la tenían en línea para casarla con un primo hermano, pero al final se decidió por “el roto” de mi padre. En general pareciera que acertó con eso del pull genético “mejorado”, porque los hijos no le llegaron al mundo con cola de cerdo, pero conmigo no tuvo tanto éxito porque desde chico fui muy callado y bueno para fijarme en detalles, detalles tristes y buenos para el olvido; pero que yo no olvido, no puedo olvidar. Esa es mi falla genética.

Por ejemplo, cuando mi padre comenzó a ser derrotado por la vejez y los años, mi madre nos mandó a todos sus hijos (hija incluida) una carta diciendo que ya no daba más, y que nosotros teníamos que hacernos cargo de él; sobre todo los hijos que vivían en Chile, y que ellos debían aceptarlo en sus respectivas casas por períodos largos. Nunca se habló de atención especializada, o de vender algo para ayudarlo; eso nunca se discutió. Así fue como el experimento propuesto por mi madre se implementó de inmediato, pero no funcionó; fracasó no solo porque mi padre se paseó como un perdido por las diferentes casas que no eran las suyas, por camas que le eran ajenas, pero sobre todo falló cuando mi padre, el Profesor Extraordinario de Neurocirugía, se sentó en la taza del water (en la casa de mi hermana) y defecó sin darse cuenta que tenía la tapa cerrada…… nunca le pregunté a mi hermana cómo limpió. ¿Ocupó un paño mojado? ¿papeles absorbentes? ¿Pañales? ¿Le contó a alguien más en su casa?

Finalmente mi padre falleció solo y sin atención especializada, sin enfermeras o cuidadoras. Mi madre le confidenció a mi hermano, Gonzalo, como había ocurrido todo. Le contó que cuando vio que mi padre se precipitaba hacia su final inevitable, salió del departamento por unas horas porque era muy estresante verlo morir, escuchar los sonidos, los espasmos, las súplicas. Muchas veces, en esos momentos previos a la muerte, uno entra en un sopor, interrumpido por breves momentos de mucha lucidez y angustia, donde uno percibe que ya se muere y lo resiste con mucha fuerza, lo pelea y batalla. Es ahí cuando se hace necesario administrar medicamentos, calmantes, a los que mi padre no tuvo acceso. Ella, mi madre, se quedó por un largo rato afuera, esperando, para que al regresar estuviera muerto. Lo que ocurrió tal como había sido planificado.

 

-¿Cómo? ¿Qué? ¿Te entendí bien? –le pregunté a mi hermano, Gonzalo.

-Claro. Así. Tal cual. Ella debe haber pensado que como yo en ese entonces era monje budista, me lo podía contar sin problemas…..

 

Mi hermano, Gonzalo, entonces le volvió a preguntar qué había pasado, cómo había ocurrido todo, pero ella no se lo repitió, y simplemente le dijo que había pedido un vaso de jugo de naranjas y había muerto.

Y a mí, que siempre me han gustado ese jugo, desde ese entonces ya no me gusta tanto.

 

Luego en la Iglesia mi madre se notaba radiante, liberada, y nunca nadie la vio derramar una sola lágrima. Y hubo un encontrón que desgraciadamente no presencié. Ocurrió cuando mi madre divisó a una señora que trataba de saludarla, pero que ella rechazó sin miramientos con las siguientes preguntas que dejaron a muchos mudos, temblando:

 

-¿Y usted quién es? ¿Cómo viene al entierro de mi marido? ¿Cómo se atreve? ¿Con qué cara viene, si usted fue su amante?

 

Desgraciadamente en ese momento yo estaba en otro lugar de la Iglesia y no lo pude ver en persona, pero me lo contaron mis hermanos. Me habría encantado escucharla….. haber podido hablar con esa señora, y quien sabe, a lo mejor darle las gracias por el mucho bien que le pudo haber causado a mi padre.

 

Al final del servicio, nos subimos a un auto negro, con el cadáver de mi padre en un ataúd ubicado atrás. Fue ahí cuando mi mamá repentinamente se puso a hablar del médico que pocos minutos antes le había dedicado unas palabras muy cariñosas a mi padre. “A ese no lo nombraron director del Instituto de Neurocirugía”, nos dijo, “porque tenía los dientes feos. Y todavía los tiene horribles”. Y entonces miró a su alrededor para ver el efecto que provocaban sus verdades, sus latigazos de conocedora del mundo. Y yo miré al pobre chofer que seguía haciendo lo que dictaba el contrato: manejar y estar atento a los otros autos, llegar a destino. La verdad es que no lo podía creer; y aunque uno no había firmado ningún contrato, guardé silencio, y no me atreví a decir una sola palabra. Desgraciadamente yo tampoco manejaba; me habría gustado poder hacerlo, por hacer algo, al menos. Solo guardé silencio y me quedé mudo. Y sentí pena, vergüenza, porque mi madre claramente no podía cambiar de marcha, no sabía como mover la palanca de cambio y olvidarse por un momento de las intrigas, las conversaciones de pasillo, las maquinaciones siniestras. Sentí cierta envidia por el chofer, que seguía mirando hacia el frente como si no hubiese escuchado nada, impertérrito, sordo, cuadrado con las obligaciones de su contrato. Sentí curiosidad por las historias que debe haber conocido de tantas otras familias como la nuestra, por los cuentos y recriminaciones que debe haber escuchado al moverse adentro de su auto, encerrado en esa burbuja, inmutable, entre el torbellino de Santiago para llegar hasta un cementerio. Cuando finalmente llega a su casa al final del día, me pregunté, ¿hablará con su pareja sobre todo lo que había escuchado? ¿Repetirá esos diálogos, esas historias inconexas, esas recriminaciones, al sentarse a la mesa, cuando ya no maneja, y sin la necesidad de obedecerle a un contrato?

Me he dado cuenta que el drama en que estamos últimamente inmersos en el corazón de nuestra familia, encaja perfectamente con esta narrativa de vida de adulto….. hasta que no quede nada.

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Termino de corregir y leer este texto en la librería Barnes & Noble aquí en Northville, Michigan, a las 1 PM de un viernes 29 de Diciembre del 2017. A mi lado pasa un viejito ayudándose con un “burrito”. Su señora, otra viejita, lo acompaña. Los dos tienen un libro “Tenth of December: Stories” de George Saunders, en sus manos, un libro que quiero leer, que deseo conocer. Ellos no se dicen una palabra, pero se entienden; uno los ve y parece una danza. Así me gustaría llegar a viejo. ¿Resultará?

Hasta que no quede nada II: “me casé con un roto, tu padre.”

¿Por qué será que ciertos hechos y cometarios que uno ha escuchado cuando niño, en el seno de la familia, demoran tanto en salir a la luz? ¿Será por nuestra necesidad de buscar cierta normalidad dentro de un mundo que no era, que casi nunca fue normal? ¿Será por rehuirle al conflicto? ¿Será por esa cierta vergüenza ajena que llegamos a sentir al ver lo que ha sucedido y lo que está pasando? Por ejemplo, me he dado cuenta que mi padre, el afamado neurocirujano, Juan Fierro, el “macanudo”, “el mejor médico de Chile” -como me aseguró en su día el mecánico de Davis, asombrado con su nuevo descubrimiento, cuando fuimos a reparar nuestro Chevrolet Impala rojo, uno bien aletudo- ese gran médico, parece que no era tan “macanudo” en su propia casa. Esa sensación de grandeza también me la inoculaban ciertos amigos de mis padres, cuando al saludarme me empujaban a un futuro glorioso: “¿Y? ¿Qué piensas seguir, qué piensas estudiar? ¿Serás tan macanudo como tu padre?”

Fue triste, pero nuestro padre, aparentemente tan afamado afuera, el Profesor Extraordinario de Neurocirugía “afuera”, fue poco afamado “adentro”, en su casa, porque en nuestra propia casa casi nunca tuvo el mismo prestigio, sobre todo enfrente a mi madre. Recuerdo cuando niño, cuando mi madre tomaba café en su cama y se pintaba y movía sus cremas adentro de un necessaire celeste que se había traído de un viaje a Europa, me hablaba de su familia y sus grandes apellidos, los Cuevas, los Ossa, los Correa, los Donoso, para repentinamente saltar a la historia de mi padre donde era poco lo que podía agregar, aunque era bien contundente y me caía como un mazazo. Se daba el último toque en una mejilla, se pintaba los labios, y me repetía sin ningún rubor o espanto, como si estuviera probando el agua de un vaso:

-Me casé con un “roto”, tu padre. Por susto a tener hijos tontos, fallados, con problemas genéticos, me casé con él porque en Chile y en nuestra familia todos se casan entre ellos.

¿Y qué hace un niño cuando escucha algo así? ¿Llora? ¿Se enoja? ¿Sale corriendo? No, no ocurre eso, uno simplemente se toca las manos pequeñas, abre los ojos pequeños pero que ya parecen de niño grande y entonces escucha, sigues escuchando y miras a tu alrededor, al necessaire, las cremas y los cepillos y sobre la superficie pareciera que no ocurre nada. Pero entonces llega tu padre al final del día y corres a abrirle la puerta como para decirle que lo quieres, que pese a ser un “roto” lo quieres y lo abrazas. Y apretando esos brazos grandes, enormes, que te regalan seguridad, ahí escondes tu rostro porque el mundo ahí es tibio y sientes que alguien te quiere, que alguien te protege.

Me he dado cuenta que esto que me pasa últimamente con mi familia, encaja perfecto con esta narrativa de mi infancia….. hasta que no quede nada.

Hasta que no quede nada

Todo comenzó de a poco, como empiezan los dramas, los asuntos importantes y los temporales trágicos. Mi madre, con 90 años, sufrió una caída frente al Hotel Hyatt de Santiago de Chile cuando porfiadamente se arrancó, literalmente se arrancó de su departamento para ir a tomarse un café. Por suerte la vieron caer unos mozos que salieron de inmediato a prestarle ayuda. Mi pobre hermana no supo de ella por varias horas. Llamaba a su celular sin muchos resultados. Salió entonces a buscarla en los distintos sitios que ella siempre acostumbra, como el McDonald de avenida Kennedy cerca del Parque Arauco, el Parque Arauco donde a veces come algo, y en su departamento, donde olfateó el baño, y la buscó incluso debajo de la cama; todo sin ningún resultado. A lo mejor, en la desesperación, mi hermana se asomó también por el balcón pensando que se habría caído (siempre conversamos sobre eso; los peligros de un balcón en un piso tan alto). Solo cuando a mi hermana ya no le quedaban escondites por descubrir y toda esa zona ya le parecía más familiar que el patio de su casa, se le ocurrió ir al Hyatt, donde la encontró sentada en una mesa de tres patas, rígida, y con una taza de café fría al frente. Luego de los exámenes de rigor (que pagó mi hermano, Alberto), le encontraron una trizadura en la pelvis. Por suerte nada muy grave, pero estaba claro que necesitaría cama y atenciones especiales por un tiempo largo. Fue ahí, al conversar con mi hermana, que salió el tema del dinero. ¿Cómo afrontar la nueva situación, los gastos? Ella sugirió que sería bueno que conversáramos todos los hermanos para ver como se pagaría. Eso gatilló el siguiente e-mail que removió más nubes y soltó algunos truenos:

 

                                                Diciembre 8, 2017 5:55 PM

Queridos, Alberto, Gonzalo, Mónica y Álvaro (¡Plito!)

Cc: copia a las respectivas parejas (Marlen, Pilar, Aída)

Pareciera que la mamá está llegando al final de su largo camino. Creo que a veces fallecemos muy pronto o demasiado tarde. ¡Yo a veces me engaño pensando que no me tocará! Lo triste es que tengo la impresión que la mamá finalmente está en esos descuentos que se precipitan después de una caída.

…. y claro, ahora vendrán gastos que hay que solventar y prontamente. Siempre me acuerdo que cuando falleció el papá, me parece que fue Alberto el que corrió con todo. Yo no puse un peso para comprar el cajón, por ejemplo.

Sería triste que en esta etapa de la vida siguiéramos el mal ejemplo que nos dieron nuestros padres al pelearse con tanto hermano, hermana y parientes. Espero que eso no ocurra entre nosotros. También creo que los papás han hecho mal al no dejar sus asuntos más arreglados de antemano. ¿Qué se hará con las pocas cosas materiales que han dejado en este mundo, por ejemplo? Sería triste si al toparnos por casualidad en un supermercado del futuro, en un aeropuerto, nos tuviéramos que hacer los lesos y escondernos, doblar el rostro y mirar hacia otro lado para no tener que saludarnos. Creo que para evitar malos entendidos sería bueno saber y conocer que fue lo que decidieron ellos. Y para no seguir con rodeos…sería bueno saber si ellos, por ejemplo, decidieron –y aquí estoy siendo bastante hocicón-, pero sería bueno saber si ellos decidieron no dejarle nada a uno de nosotros. Si ese fuese el caso, creo que lo justo sería que ese alguien no se sienta con la necesidad de contribuir con nada por ahora. Sería lindo poder transparentar entre nosotros eso que ellos desgraciadamente no supieron hacer bien en su momento

Un fuerte abrazo

Cristian

 

Después de una reunión de mis hermanos Alberto, Álvaro y mi hermana Mónica, ella mandó el siguiente e-mail:

 

Diciembre 8, 2017 7:53 PM

Hoy en la mañana quedé de buscar y escanear los documentos que tenga o pueda encontrar de los papás, y enviárselos a cada uno de ustedes.

Me tomará unos días hacerlo, pero imagino que será dentro de la semana.

Que tengan un buen fin de semana. Ya llegué hace poco del departamento de la mamá, y está mejor de cuando partimos hoy en la mañana. Quiso sentarse para comer, y le preparé espinaca con crema y papas cocidas. Se lo comió todo.

Cariños

Mónica

 

El 18 de Diciembre mi hermana Mónica finalmente “encontró” y nos mandó las escrituras de solamente tres departamentos, junto con los testamentos y sobre todo el último testamento, el más importante, el válido, y que firmó mi madre un 8 de Agosto de este año, hace pocas semanas cuando la llevaron en andas para que lo hiciera. Los documentos venían sin ninguna explicación, sin ningún texto. El 19 de Diciembre a las 3:38 PM, después de leer y conversar con un buen amigo, de esos que duran, le mandé el siguiente e-mail a mis hermanos (incluida mi esposa, Pilar):

 

Estoy triste porque finalmente leí el último testamento que hizo la mamá donde beneficia a la Mónica en términos demasiado absolutos. Le deja el departamento de la Calle Cerro la Parva, más el 50% del resto (el 50% de la casa de Algarrobo y el departamento de Manquehue). El otro 50% restante (de la casa de Algarrobo y el departamento de Manquehue) también sigue beneficiando a la Mónica porque hay que dividirlo por 5. Es decir no queda casi nada para el resto….. y considerando que antes ya le habían traspasado otros departamentos a mi hermana. Al menos sé de uno, en la calle Agustinas, porque el papá lo había puesto primero a nombre mío y después me lo pidió.

Por lo general los abogados aconsejan no hacer nunca un testamento tan inclinado hacia un lado, favorecer a un hijo o hija en términos tan absolutos, porque nunca se sabe la suerte que pueden correr estos. Uno puede enfermarse, perder el trabajo, etc. Al menos yo jamás haré algo así con mis hijas.

Encuentro que la mamá estuvo muy mal informada al escribir su último testamento donde tampoco respetó la intención final del papá (su propio testamento).

Copio al menos a Pilar, como la persona extra a este grupo, porque los temas importantes, aunque sean tristes, siempre los converso con ella.

Cristian

 

Mi hermano Gonzalo, que ha sobrevivido a un cáncer desde hace cinco años mandó una breve respuesta desde Canadá, donde vive. El 19 de diciembre, a las 7:28 PM escribió:

 

La realidad supera la fantasía. Las novelas de García Márquez son verídicas.

Buenas noches.

Gonzalo

 

¿Qué puedo decir?

Que me siento más viejo y también más cansado. Cuando leía el nuevo testamento firmado por mi madre hace pocas semanas, pensé que estaba equivocado, que no sabia interpretar los números, que “una cuarta de libre disposición” es el 25%, y que una “cuarta de mejoras” es otro 25%….. y que la suma de los dos no daban un 50%. Pero yo estaba errado. Los testamentos no son documentos que se largan sin preparación previa; sin un estudio detallado.

Ese día martes 8 de agosto de este año, mi madre se debe haber levantado nerviosa porque tenía que ir a firmar. Eso también necesitaba preparación, coordinar con los testigos y juntarse todos frente al notario, a la hora agendada y rápido, “ya firma, firma, firmemos.” Pero mi hermana, por el teléfono, no recordaba detalles de ninguna transacción (?). No entiendo cómo puede ocurrir algo así: a mí me regalan un sándwich y lo celebro como si fuese una fiesta y me acuerdo. Por otro lado, ¿sabían los testigos lo que estaban haciendo, lo que estaban firmando? Lo sabía Paulina Buhler, compañera de colegio de mi hermana, Inés María Angélica Petit Tirapegui, y María del Pilar Aylwin Ostalé, amiga de mi hermana. ¿Sabían que Mónica todavía estaba legalmente casada, pero separada por más de 10 años? ¿Sabían que bajo ciertas condiciones mucho de todo eso puede quedar en las manos de su ex marido? Por teléfono Mónica me insinuaba que iba a quedar la embarrada, todos peleados, cuando “encontrara los papeles”, pero nunca me dio detalles (no se “acordaba”). Lo que finalmente forzó la situación y no quedó más remedio que recordar y mostrar esos papeles firmados pocas semanas atrás (y no cuando mi madre falleciera, como estaba programado), fue la necesidad de dinero para ayudarla ahora, después de esa caída.

Cuando leí el testamento de mi madre creo que me enojé, es cierto, mi hermana tenía razón; pero lo que nunca imaginé fue la pena que me iba a caer encima. Eso ha sido más doloroso. Y ahora me siento como si estuviese de duelo, como si hubiese perdido a una hermana. ¿Cuanto vale eso? ¿Una hermana? ¿Vale un cuarto de departamento amoblado? ¿Vale un departamento completo en Calle Cerro la Parva? ¿La casa de Algarrobo? ¿Vale los departamentos que ni se mencionan? No creo, porque ahora veo que valía un edificio completo, entero… y me lo han robado. Valía una ciudad entera, completa, de la que no queda nada, no me interesa Santiago. ¿Y cuanto valía el recuerdo de mi madre? Ahí creo que perdí menos, no sé cuanto valía, pero creo que ese recuerdo vale muchísimo menos. ¿Valdrá un sofá? ¿Un sillón chino que siempre recuerdo en el living de la casa nuestra, en Santiago, cuando éramos niños? ¿Tendrá más valor que un cuadro pintado al óleo donde sale solamente ella, mi madre, siempre ella? ¿Valdrá más que el estacionamiento del departamento de Calle Cerro la Parva?

A veces pienso que nos estamos portando de la manera en que fuimos programados por nuestros padres; y que desgraciadamente fallamos, no logramos romper el código.

Envejecer es eso, es ir quedándonos paulatinamente más solos. Cada día que pasa nos deja menos recuerdos, menos cosas en común….. hasta que no quede nada.

Jugando al Fútbol

La diferencia está en que ahora ya sé y estoy conciente de que me voy a “terminar”. A lo mejor por eso me gusta mirar hacia esos años donde esa posibilidad parecía un imposible porque vivía en un estado de permanente eternidad. Desgraciadamente eso ya se terminó, y quizás por eso trato de mirar hacia esos años, para “desenterarme” de que algún día “eso” también me va a ocurrir a mí; me voy a terminar.

Mirando hacia esos años me doy cuenta que he estado poco preparado para muchas cosas, pero de alguna manera sobreviví. No estaba preparado para ir al colegio, por ejemplo, pero fui al colegio. Sufría cuando tenía que hablar en público en las clases de francés, y frente a mis compañeros apenas me salía el habla -tiritaba de susto- pero no me quedaba más remedio que intentarlo, y lo hice. En esos años se jugaba mucha fútbol en los recreos, y claro, le tenía terror a la pelota; y en este caso no solo temblaba pero arrancaba de los pelotazos. Por eso nunca jugué al fútbol. Salí del colegio porque había que salir. Recuerdo que en nuestra casa sorprendentemente no celebramos nada (?); lo que me gustó. Pero me perdí un lindo crucifijo de bronce que le daban a cada alumno durante la ceremonia de graduación. Después me recibí como licenciado en química de la Universidad de Chile y tampoco fui a ninguna graduación. Ya estaba en USA, pero mi padre me guardó los diplomas y me los entregó en uno de mis viajes.

Y así me ha ocurrido siempre. Los aparentes triunfos que he tenido en este peregrinar por la vida y por los años, la verdad es que me los he tomado como poca cosa, casi cercanos al fracaso. Después obtuve el título de doctor en química, aquí en Cleveland, pero ahí atendí a la ceremonia porque la verdad es que todos los que se graduaban asistían y no tenía otro panorama. Recuerdo que me puse una ropa rara, como disfrazado de algo, y me hicieron caminar por una tarima larga y alfombrada donde al final me dieron la mano y entregaron un diploma. Ya estaba instalado en Cleveland, lejos de Chile y de Santiago. Teníamos amigos gringos así que algo tenemos que haber hecho para celebrar, ya no lo recuerdo bien. Imagino que nos juntamos en nuestro departamento para compartir con hamburguesas y cervezas enlatadas. La verdad es que en ese tiempo nos conformábamos con pocas cosas para sentirnos como verdaderos millonarios. Éramos dueños, eso sí, de lo más importante y poderoso, esa completa ilusión de perpetuidad que nos ayudaba tanto.

Tiempo después de que me ocurre algo importante, re-visito los eventos y me doy cuenta que podría haberme preparado mejor, lo podría haber planeado de manera diferente. Y quizás eso me ha ayudado a no bajar la guardia, a no dormirme frente a los aparentes triunfos y logros; y cuando las cosas no resultan, absorbo el golpe de mejor manera.

Ya se cuela el sol entre las plantas del jardín. Es de madrugada y nace otro día que también terminará. El Copo espera su deliciosa vuelta matinal mientras los gatos esperan su comida. Tengo que terminar esta notita pronto. En el fondo toda mi vida se puede resumir en que he tratado de aprender a jugar fútbol, o he tratado de hablar sin susto frente a mis compañeros de colegio en una clase de francés. Pero como ya estoy demasiado conciente de que me voy a terminar, eso cada vez me importa menos; y lo miro todo como si ya estuviese afuera, es decir no muy diferente a como me sentía en mi sala de clases del colegio hace ya tantos años….

Como perdonando al tiempo

Me incomoda esta época del año. Los junios son así en este país, donde uno ve muchos animales atropellados en las autopistas; ciervos reventados, mapaches muertos, conejos, oposums, zorros, ardillas aplastadas; de todo encima de la carretera. Cuando empieza a mejorar el clima en Michigan, es normal que ocurra así, se nos va el invierno, y son muchos los animales que salen con sus crías en busca de alimentos y a enfrentar esa dolorida carnicería del camino.

 

El lunes pasado fue bien triste. Como de costumbre, salí apurado de la casa como a las 6:30 de la mañana. Al empalmar con la autopista 275 vi que hacia el norte y a los pocos metros, a la orilla del camino, había una pareja de aves rapaces, halcones de cola roja (red tailed hawk). Uno de ellos estaba claramente atropellado, muerto, mientras su pareja trataba de acercársele, pero de manera intermitente, atemorizado de los autos veloces que pasaban cerca, indiferentes, rugiendo y buscando nuevas víctimas. El pobre trataba de acercarse, y se movía para adelante y para atrás como el péndulo de un reloj antiguo, pero lento, “como perdonando al tiempo” (¡Piero! ¿Cierto?).

 

Los halcones tienen fama de poseer una visión muy buena, vuelan alto y pueden ver una pequeña rata a grandes distancias; son óptimos observadores. A mí me entusiasman por su agilidad, por sus vuelos rasantes y esa determinación tan grande que muestran cuando han escogido una presa a la distancia: se las juegan. Cuando uno se topa con accidentes como ese, y nota la resolución de la pareja solitaria, sospecha que ellos pueden llegar a sufrir tanto como uno frente a las tragedias. Al llegar a la casa, leí sobre las costumbres de esas aves en un libro que tenemos cerca de unos anteojos de larga vista. Todo adquiere más sentido cuando leo que esos halcones se emparejan de por vida, siempre juntos. Noto que ya me entero de costumbres que a lo mejor preferiría no conocer con tanto detalle. Dejo el libro a un lado. Siempre me ocurre así cuando compruebo de esas costumbres y ritos que se parecen tanto a las nuestras. Me intranquilizo, me molesto, me preocupa, como me ocurrió cuando leí algo sobre un santuario de elefantes, aquí en USA. Era un elefante rescatado de un circo y que entabló un fuerte lazo emocional con un perrito. Hasta ahí todo bien, todo normal. Siempre los veían juntos como dos compadres; cuando se movía el elefante para un lado el perrito lo seguía, como si los dos se hubieran adoptado, el uno al otro. Hasta que algo trágico ocurrió con el perrito. Los cuidadores solo se enteraron cuando el pobre elefante llegó con su querido amigo enrollado en la punta de la trompa. Ya nada se podía hacer, estaba muerto, pero de todas maneras el elefante lo trajo de regreso.

 

 

Por la tarde, después del día de trabajo, no quería enfrentarme nuevamente con ese halcón desamparado a la orilla del camino, y ver al único sobreviviente moviéndose de manera tan inútil; pero cuando enfrenté la curva en la autopista 275, todavía estaba ahí el pobre halcón, moviéndose como un péndulo de reloj viejo y acompañando porfiadamente a su pareja fría y tiesa, con sus plumas de colores rojos y cafés sobre el cemento caliente y gris del pavimento. Miré hacia otro lado, aumenté la velocidad del auto, moví el volumen de la música; pero sin muchos resultados. Estaban claramente ahí los dos, todavía los dos juntos. Llegué a la casa molesto, cansado, y no le dije nada sobre la muerte del halcón a la Pili; ¿para qué decirle nada si ella sabe mucho más de pájaros y animales que uno? Además ella también se topa con la misma carnicería cuando sale hacia el trabajo.

 

Al día siguiente, cuando me levanté de la cama, salí preocupado. ¿Qué hacer si encontraba al pobre halcón todavía esperando algún milagro? ¿Detenía el auto? ¿Me bajaba? ¿Llamaba a algún servicio de rescate? Pasé rápido para no mirar, para no enterarme. Felizmente ya no estaban, no quedaban rastros, ni siquiera habían plumas desparramadas sobre el pavimento. ¿Los atropellarían a los dos? ¿Llegó un coyote hambriento a banqueteárselos sin misericordia?

 

A la vuelta, como a las 5 de la tarde, pasé bien despacio para cerciorarme de que ya no hubiera nada, y felizmente así ocurrió. Había solamente un auto en pana, detenido, pero sin señales de algún problema serio.

 

En la casa, como de costumbre, hablamos sobre los asuntos simples del trabajo diario con la Pili; que Mike, mi jefe, seguía igual que siempre, amargado por el poco reconocimiento que le daban, que Trump no cambiaba, y que la pobre Hillary todavía se veía abofeteada después de su derrota. Al final lavé los platos. Cuando terminábamos de limpiar todo, de repente vimos volar un enorme halcón de cola roja que se instaló sobre el gancho de un árbol alto, como a 25 metros del suelo, en la casa del vecino. Nos miraba detenidamente. “Se va a comer a todos los pajaritos pequeños”, le dije a la Pili, preocupado, “se los va a comer”. “No, no te preocupes,” me contestó con voz segura, “se va a quedar ahí, quietecito, a pasar la noche. Mañana bien temprano volará. Cuando bajemos, no va estar; ya verás.” Tomé el anteojo de larga vista y lo observé por varios minutos. Se balanceaba encima de la rama como esperando, sin saber qué hacer, hasta que poquito a poco, después de varios minutos se empezó a acomodar, como arranchándose arriba de ese gancho.

 

Por la noche y ya en la cama, traté de leer otro poco, pero no lograba concentrarme en nada. Hacía varios días que tenía deseos de terminar el último libro de Richard Ford, pero me perseguía la imagen de ese halcón solitario, colgado arriba del árbol del vecino y observando hacia la cocina nuestra. ¿Era acaso el halcón de la pareja atropellada? ¿Era el mismo halcón de la autopista? ¿Cómo se sienten los halcones cuando les atropellan a la pareja? ¿Sufren? ¿Se olvidan pronto? Felizmente me duermo, apago la luz, dejo el libro y me duermo. Sueño que me bajo de la cama, lentamente, sin meter ruido para no despertar a la Pili (le carga cuando la despiertan) y bajo hacia el primer piso. Abro la puerta del family room, mientras le doy una galleta al Copo para que no ladre, y escapo hacia al jardín oscuro y silencioso de la noche. Miro hacia arriba y veo que el halcón ya se había ido. Imagino que estoy viviendo un sueño, y que todo lo que hago es un sueño y que lo mejor sería despertarme. ¿Me despierto o continúo? ¿Te ha sucedido a ti algo parecido? Sabes que es un sueño, y te debates sobre si vale la pena continuar o despertarte. Me decido por el sueño, por la exploración, por el halcón. Me acerco al árbol y me encaramo por el tronco, me entierro varias espinas pero continúo. Subo hasta bien arriba, hasta donde estaba el halcón, y ahí me quedo quieto, quietecito colgando de la rama alta. Era majestuosa la vista que tenía el ave; la disfruto. Y así me quedo por varias horas, hasta que veo que la Pili baja sola a tomar su desayuno. La miro y me pregunto cómo se sentirá preparándose el café. Parece absurdo, pero no logro entender por qué está sola. ¿Por qué bajó sola a prepararse el desayuno? Yo soy el que le preparo su café por las mañanas. La veo revolver el café con leche como si rezara, y por varios minutos no se mueve. De repente, sin probar el café, se levanta del asiento y afirma sus manos sobre el mesón de cocina y empieza a hacer unos stretching moviéndose para adelante y para atrás, como el péndulo de un reloj antiguo, pero lento, como perdonando al tiempo. Fue en ese momento, que sentí una soledad bien grande, profunda, y la imaginé también muy sola, bien desamparada. Cuando estamos solos como que nos da miedo sentirnos así, pero ahora percibo una cierta aceptación de pájaro, una cierta aceptación de halcón colgando de una rama.

 

Miré hacia abajo y afiné la vista hasta ver detalles increíbles, como las ramitas del suelo que se agitaban contra la brisa de la madrugada, o unas ratitas diminutas que jugaban persiguiéndose en el suelo. Me dieron unos deseos tremendos de volar y de transformarme en un halcón…… nunca imaginé que los halcones fueran tan inteligentes y que sintieran tanto.

Reconócelo, eres tú.

En una nota anterior mi primo, Nicolás Correa, me comentó algo sobre mi apellido y un especial juego de palabras que resulta cuando a Fierro se le come una “r”. ¿Le estoy haciendo una desconocida a un tal “Fiero” me consulta? Creo que su comentario tiene mucho de verdad. Es interesante porque nos muestra el poder del inconciente, esa sombra, ese amigote que nos conoce bien pero que calla, se tapa la boca y no nos dice mucho. Mi primo comentaba lo siguiente:

 

“….si “Fierro” es el apellido de tu padre, que no reconoces como “Fiero” podemos pensar que no reconoces que dentro de “Fierro” está contenido el “Fiero”, ¿no? Se puede interpretar aquí –con tu permiso querido primo- que no reconoces lo “fiero” de tu padre en ti, sino que ese aspecto (que se metió en la cabeza del otro para sacarle algo, o un Goodenough que te sometería como médico para que le abrieras la boca) está más conectado a una suerte de “deterioro” cuando se quiere ser alguien muy especial como estando por sobre las leyes de la termodinámica.”

 

Cuando me ocurrió todo eso y le hice la desconocida a “Fiero”, mi amigo Peter Faguy, estaba sentado en la oficina y me escuchó decir que ahí no había ningún “Fiero”. Fue entonces cuando me gritó: “That was you, Fiero, that was you!”, justo cuando ya colgaba el fono. Peter siempre lo recuerda y se ríe, pese a que él nunca se ha enterado de su significado.

 

Y ahora retrocedo muchos años: me encuentro parado a la entrada del cuarto de mis padres en la casa de ese tiempo, en avenida Suecia 1521. Es difícil reconocer cuan urgente es la llamada telefónica, pero pocos minutos antes ya había llegado la alerta principal; un accidente, un golpe en la cabeza y las indicaciones de irse de inmediato al Instituto de Neurocirugía (en Santiago, Chile) después de las consultas de rigor: ¿vomitó? ¿Perdió el conocimiento? Mi padre cuelga el fono y llama de inmediato al Instituto. “Déme con el médico de turno, señorita”. Se lo pide urgentemente. La frustración va en aumento cuando ella se demora y comienza a hacer sus propias consultas. Ahí empiezan los gritos, las demandas perentorias, los plazos, y a los pocos segundos el golpe fuerte del teléfono al colgar después de las preguntas de rigor:

-¿Qué con quien habla, señorita?…….. ¿Con quien cree usted que está hablando?……… ¿Y no me deje esperando en la línea, señorita, qué se cree?……….. ¡Déme con otra telefonista, usted no tiene idea! -y cuelga el teléfono que golpea como una bofetada, un látigo de plástico encima de la mesa, muy cerca de su cama.

 

No quiero ser injusto, a lo mejor ese paciente, ya situado adentro de una ambulancia estaba grave, con la masa encefálica chorreando sobre los latones grises del suelo, y necesitado de una urgente atención médica. No había mucho tiempo que perder:

-¡Déme con el médico de turno, señorita!

Y uno lo escuchaba a la entrada del cuarto como celebrando la suerte de no estar al otro lado de la línea, o sobre la camilla chorreando todo con sangre; estaba simplemente ahí parado a la entrada del cuarto, mirando y mironeando como lo he hecho tantas veces.

 

A lo mejor mi padre se sacrificó y gritó todo lo que había que gritar, pero por nosotros, para que nosotros no tuviéramos que hacerlo. De todas formas ese “Fiero” nunca me gustó, y ahora que lo veo, ahora que casi lo toco a la distancia, me atrae incluso menos. Pienso que cuando uno se acostumbra a gritoneo en el trabajo, cuesta pasar de la primera a la segunda en esa caja de cambios, y la transición para abandonar el griterío se nos hace muy difícil. Por eso me esfuerzo, concientemente, -y a veces con poco resultado- en no ponerme emocional frente a situaciones de conflicto, me esfuerzo por no gritar y perder el control aunque a veces grite y patalee. Trato de no ser “Fiero” al rechazar ese apellido que también está adentro de mí, pero concientemente, y le doy la mano al inconciente para contarle que no se ha equivocado.

Y lo de “Fiero” va mucho más allá de un encontrón con la telefonista, porque mi padre profesionalmente tenía fama de peleador, de “Fiero”. Y aquí se hace necesario aclarar de nuevo por qué y por quien luchaba mi padre: peleaba por nosotros, para protegernos a nosotros. ¿Cual fue el precio que tuvo que pagar? No lo sé; espero no haya sido demasiado alto, pero trabajaba en un ambiente donde los médicos pretendían ser verdaderos supermans, ese era el ambiente que el Dr. Asenjo promovía en el Instituto donde él y solo él era el Dios supremo que gobernaba sobre un regimiento de súbditos. En el Instituto había un culto a su personalidad que impregnaba los muros, las oficinas, los pasillos. Recuerdo que la madre de una amiga, que trabajó en esos años en el Instituto, me contó tiempo después, aquí en Michigan, que por los pasillos circulaba el rumor que cuando Asenjo falleciera, le removerían el cerebro para estudiarlo detenidamente y averiguar de donde provenía tanta inteligencia extraordinaria. Había mucho marketing, y habían también leyendas épicas construidas en torno a su figura.

Las rivalidades y la competencia entre los médicos era también tremenda, fueron verdaderas “fieras” entre ellos. En la punta, bien en las alturas, estaba el doctor Asenjo y después, mucho más abajo, los aspirantes a las migajas que Asenjo les pudiera dar. Así fue como los amigos médicos casi no existieron y nunca pasaron por la casa nuestra; eran simplemente “relaciones”, pero nunca verdaderos amigos, nunca verdaderos compadres. ¿Fue ese uno de los precios que tuvo que pagar, mi padre? El ambiente era competitivo, sanguinario y solo para “fieras”, de eso no cabían dudas. Recuerdo la única ocasión en que el doctor Asenjo nos fue a ver a la casa de Algarrobo, ahí en la playa. Venía llegando de uno de sus tantos viajes al exterior, de un importante Congreso de Neurocirugía, y del cuello le colgaba una cámara Polaroid que recién había irrumpido en el mercado. Nos tomó una foto y después con gran pompa contó los tres minutos que necesitaba para mostrar el resultado. Durante esos minutos, caminó con mucha ceremonia mirando su reloj, y repasando los segundos como un mago, dirigiendo y concitando toda la atención. Frente a la quebrada que teníamos al frente, en el living de nuestra casa, el doctor Asenjo se paseaba y contaba los segundos mientras movía la futura fotografía como un vidente pronto a largarnos un conejo. Su señora también lo aplaudía y esperaba ansiosa el resultado, con expectación. Terminado el plazo, se produjo una exclamación de sorpresa cuando el doctor Asenjo desprendió un papel hediondo y mojado que tenía una crema azul adherida encima, para mostrarle la foto primero a mi padre. Él, al verla, abrió los ojos y la boca sorprendido y confirmó el hallazgo: fantástico, realmente fantástico (aunque no creo que realmente lo sintiera así). Después cada uno de nosotros la miramos siguiendo un turno que aparejaba la importancia de cada uno de nosotros en el living. A mí me tocó verla al último y al final nos abrazamos llenos de felicidad; habíamos participado de un descubrimiento prodigioso, no cabían dudas, una foto mágica había “aparecido” sobre un pedazo de papel (pero me pareció, por la bulla que metíamos, que debería haber sido todavía más espectacular el descubrimiento; como que exagerábamos). Pese a mis cortos años, pese a ser pequeño, me pareció que la celebración había sido excesiva, larga, y quizás algo forzada, poco común; tanto, que desconocí el comportamiento de mi padre. Ya a esa edad, uno había conocido la importancia de una fiesta de cumpleaños, o un diente que perdía para la felicidad de los conejos; pero esa celebración había sido especial, habíamos celebrado una fotografía, y mi padre no había sido el mismo frente a ese gran jefe que nos visitaba. Fue un doble descubrimiento, el de la foto y el comportamiento de papá.

Poco antes de fallecer el gladiador, mi padre-gladiador, me confesaría en una carta:

 

“Yo aparezco generalmente como un hombre duro, pero no es más que una defensa para no mostrarme débil, porque los débiles son arrasados por los fuertes.”

 

¿Será cierto eso que escribió mi padre?

Aquí solo he tratado de recordar en voz alta una parte de ese pasado que me tocó vivir en Chile para entender mejor por qué, con el transcurso de los años, he buscado otros derroteros para construir y descubrir mi propia ruta; siendo menos “Fiero” aunque topándome también con “fieras” y enemigos que buscaban sangre….. y de la tibia. A lo mejor mi situación no se presentó tan “fiera” gracias a ese gladiador, mi padre, que nos abrió el camino; no lo sé. Por otro lado puede ser que Chile es un país difícil, donde para sobresalir tienes que portarte como un gladiador debido a la falta de oportunidades que se te presentan. No lo sé. En todo caso, desde aquí, desde los Estados Unidos, aquí en Northville, Michigan, he podido darme el lujo de continuar siendo menos “Fiero”, hasta el punto de desconocer esa otra parte enquistada en mi apellido. En este país he tenido peleas memorables, pero sin el marketing, y una vez despejado el polvo de batalla he logrado regresar, como esos perros callejeros y mañosos, a la misma ruta de antes. Con los años y con el paso del tiempo puede que haya llegado a asociar a ese “Fiero” con un ser deteriorado, decadente, y por eso lo he dejado abandonado a la orilla del camino……. pese a que mi amigo Peter, aquí en USA, me lo recordara sorprendido: That was you, Fiero, that was you! ¡Reconócelo, eres tú!

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