VERSIÓN EXPANDIDA -enero 2026- de Asesinato de Eduardo Frei Montalva, ex presidente de Chile, incluido en «Las Huellas de una Huida».

Al escribir la nota anterior, sentí un profundo deseo de volver a mirar esos recuerdos ocultos, de levantar una alfombra vieja—quizá una que lleva años cubriendo historias—para que los pájaros de la memoria, es decir, aquellos recuerdos guardados y a veces olvidados, puedan salir libres, respirar aire fresco y encontrar su propio vuelo. Quisiera darles espacio para que vivan, se muestren tal como son y dejen de estar encerrados bajo el peso del olvido. Eso significa animarme a enfrentar el pasado, dejar que lo que he guardado en silencio salga a la luz y encontrar alivio al ver que, al liberar esos recuerdos, también yo puedo respirar mejor.

Todo comenzó una tarde cualquiera, cuando navegando por Internet me encontré con un artículo publicado en la revista Economía y Sociedad (Abril – junio 2019). En ese texto, Álvaro Covarrubias Risopatrón—abogado, profesor universitario y militante democratacristiano—relataba, con una mezcla de solemnidad y respeto, su versión sobre la muerte de don Eduardo Frei Montalva, ex presidente de Chile, ocurrida en la Clínica Santa María. Al leer esas palabras, sentí un impacto profundo, como si la historia cobrara vida y saltara desde el papel directamente hacia mi presente.

Según Covarrubias, el ex presidente Frei, inquieto pero también esperanzado, quería someterse a una operación en la Clínica Indisa. Justamente allí, mi padre se desempeñaba como presidente del Directorio, lo que daba a la situación un matiz personal e inesperado para mí. La tensión de aquel relato no solo se percibía en las palabras de Covarrubias, sino también en lo que se intuía detrás: la trascendencia de la decisión médica, los riesgos implicados y cómo esas circunstancias definirían el destino de Frei. Por un instante, sentí que ese testimonio ajeno se entrelazaba de manera inevitable con mis propios recuerdos y emociones, conectando la historia pública con mi vivencia personal.

Don Eduardo tenía 70 años y sufría de una enfermedad conocida como hernia al hiato, que le impedía hacer una vida normal. Muy molesto por esa dolencia, supo que había un famoso médico cirujano, llamado Augusto Larraín Orrego, quien operaba a los pacientes de esa dolencia, logrando erradicar el mal. Desesperado por esta molestia, don Eduardo decidió operarse con ese doctor, poniendo como condición, que la intervención quirúrgica debería efectuarse en la Clínica Indisa.

Presumo que la decisión de elegir esta clínica para la operación fue que, en esa época, en ella tenía gran influencia el Cardenal Raúl Silva Henríquez. La clínica era dirigida por los doctores: Juan Fierro Morales (presidente del Directorio y médico personal de don Patricio Aylwin), Alberto Lucchini Albertalli (Vicepresidente del Directorio y médico personal del Cardenal Silva) y Hugo Salvestrini Ricci (Director Médico); todos profesores universitarios de excelencia, de sobra conocidos de don Eduardo. Estos dos últimos habían sido recientemente exonerados de la Facultad de Medicina de la Universidad Católica, por no ser incondicionales al régimen del General Pinochet.

La razón por la que se tomó esa decisión, que se le comunicó al cirujano, fue que dicha operación era de alto riesgo, por lo que la Clínica -velando por su prestigio- no quería exponerse a la posibilidad de que en ella se muriera un ex presidente de la República. La explicación técnica que me dio personalmente el Dr. Salvestrini acerca del riesgo de la operación, es que ese tipo de cirugía requería mucha manipulación en una gran zona del abdomen, por lo tanto, la posibilidad de infección es muy alta. Entiendo que, desde hace muchos años, esa operación ya no se realiza.

Recibida la notificación de rechazo, el Dr. Larraín procedió a reservar pabellón quirúrgico en la Clínica Santa María, donde se realizó la operación el día 18 de noviembre de 1981.

No me enteré sobre esa negativa de la Clínica Indisa (y de mi padre) en aceptar como paciente al ex presidente Eduardo Frei Montalva. Temas de ese tipo, mi padre no los trató jamás en casa, sobre todo al vivir en dictadura, donde cada palabra podía convertirse en una sentencia. Sin embargo, hoy siento en mis venas la certeza de que esa negativa fue real, tan real como el peligro que acechaba a cada opositor; no por la dificultad o el riesgo de la operación, sino por una amenaza mucho más oscura e invisible. Mi padre, con esa mirada que a veces parecía ver más allá de lo evidente, participó en esa decisión porque intuía, con el instinto de quien ha sobrevivido a la tormenta, el riesgo abismal que enfrentaba Frei, el riesgo de caer en una trampa tendida por los mismos servicios secretos de la dictadura. ¿Cómo advertirle a Frei y a los suyos sin gritar una verdad prohibida? Imagino a mi padre conteniendo el temblor en la voz, exagerando los peligros de la operación, inflando el riesgo con la esperanza de que alguien escuchara la advertencia escondida. Porque si se atrevía a declarar abiertamente sus sospechas, sus miedos, los servicios secretos no hubieran tardado en enterarse, y el destino de mi padre también habría cambiado para siempre: lo habrían acusado de sembrar terror, de acusar al régimen de crímenes inimaginables, sólo por atreverse a sospechar. Creo que los médicos, mi padre entre ellos, hicieron lo posible: intentaron ponerle trabas al destino, retrasar la operación, inventar peligros donde no los había, todo para proteger una vida amenazada. Y aunque la historia terminó de la manera más dolorosa, en ese acto de resistencia, yo veo una valentía, una lucha contra la injusticia y el horror de aquellos años.

Mi padre, en aquellos años de sombras y abusos, ya conocía de primera mano los métodos siniestros que la dictadura empleaba para borrar del mapa a quienes se atrevieran a desafiar su poder. Sabía, en su carne y memoria, que los ajusticiamientos y las muertes envueltas en misterio no eran rumores lejanos, sino historias reales, sangrantes, que se repetían con una precisión aterradora. Y sin embargo, el ex presidente Frei Montalva, con esa fe que brota del corazón de los hombres justos, pecó de ingenuidad; tal vez jamás imaginó que los verdugos del régimen habían perfeccionado sus técnicas hasta alcanzar un nivel de sofisticación científica inquietante, alejándose de los brutales y ruidosos métodos de antaño—como los que acabaron con Orlando Letelier, fulminado por una bomba en pleno Washington, el general Prats y su señora en Argentina, o Bernardo Leighton junto a su señora herido a balazos en Italia.

Me pregunto si fue esa sensación de incredulidad, de no creer posible tanta maldad disfrazada de ciencia y precisión, lo que empujó a Frei a confiar en quienes no debía. Pienso en el horror que pudo haber sentido al descubrir, demasiado tarde, que el peligro acechaba en los lugares más impensados, y que la batalla por la vida se libraba no sólo contra la enfermedad, sino contra la mano invisible del opresor que se había operado de una Clínica. Por eso, quizá, años después—en 1998—Pinochet afrontó su propia operación a la columna, pero no se atrevió a hacerlo en Chile. Sabía, con ese instinto de sobreviviente, que el pabellón podía convertirse fácilmente en una trampa para ajustar cuentas. Y así fue como voló para operarse en Londres. Ahí el destino le tenía preparada una detención que, por breves meses, pareció hacer justicia. Sin embargo, el desenlace fue otro: Pinochet fue liberado. Duele recordarlo, pero esa liberación ocurrió gracias a las gestiones del propio hijo del ex presidente asesinado, Eduardo Frei Ruiz-Tagle, que en ese momento era presidente de Chile. Fue una paradoja cruel: el hijo marcado por el duelo, intervino para liberar a quien era señalado como responsable de innumerables violaciones a los derechos humanos, y que pocos años después, fue incluso apuntado como responsable intelectual del asesinato de su padre. Imagino el peso de esa decisión, la angustia devorando sus noches, la lucha entre la responsabilidad política y la memoria personal, entre la soberanía nacional y el grito de justicia y de venganza. Durante la presidencia de Frei Ruiz-Tagle (1994-2000), la historia lo puso frente a esa prueba cruel; ser hijo y presidente, víctima y juez. Tuvo que elegir, sabiendo que cualquier camino dejaría huellas imborrables, que el dolor y la justicia en democracia nunca se encuentran sin dejar cicatrices. Así, la vida le impuso el dilema imposible de reconciliar el deber con la memoria, la razón de Estado con el pulso íntimo del duelo, entendiendo que hay heridas que ningún poder, ningún perdón, podrá cerrar del todo. Y ese dolor sigue creciendo como una herida abierta que nos recuerda lo difícil que es vivir entre la justicia y el olvido.

La hernia al hiato, en realidad, no se considera —y nunca se ha considerado— una enfermedad grave que requiera una intervención quirúrgica de alto riesgo. Tampoco ha sido motivo para que alguien persiga, con desesperación, la ayuda de un cirujano famoso en busca de una “cura milagrosa”. Todo lo contrario; si uno lo compara con una apendicitis, donde el peligro de esperar demasiado tiempo puede ser letal, la urgencia de operar una hernia al hiato es mucho menor y de ninguna manera pone en riesgo la vida del paciente. Tengo muy presente la reacción de mi padre: su incredulidad y el temblor leve en sus manos al enterarse, por boca del doctor Goic —amigo cercano de Frei Montalva y su médico personal— de las complicaciones inesperadas que surgieron después de la operación. En ese momento, la sorpresa y la preocupación se reflejaron claramente en su rostro; simplemente, no podía entender lo ocurrido, como si el mundo hubiera dado un giro inesperado y absurdo.

Lo que dice finalmente Álvaro Covarrubias sobre ese procedimiento tampoco corresponde a la realidad; y al afirmarlo, siento el peso de una verdad incómoda que muchos prefieren ignorar. No se trata solo del rumor de una tragedia, ni del simple temor o la sospecha de que algo mucho más oscuro pudo estar detrás de cada explicación médica y de cada decisión tomada en torno a la operación de Frei Montalva. Todo en mí me impulsa a no guardar silencio, a no conformarme con versiones fáciles, y a buscar respuestas claras y honestas sobre lo que realmente ocurrió.

 Entiendo que desde hace muchos años, esa operación ya no se realiza… 

Es cierto, en la actualidad la hernia al hiato casi nunca requiere de una intervención quirúrgica, ya que los avances en el tratamiento médico, especialmente con medicamentos como el omeprazol, han transformado el panorama para quienes padecen esa condición. Antes, quienes sufrían de hernia al hiato vivían con la preocupación constante de una posible cirugía, pero hoy, gracias a estos tratamientos, la mayoría puede llevar una vida normal sin necesidad de operarse. Y en los pocos casos en que la cirugía es realmente necesaria—porque los síntomas no ceden con medicamentos o aparecen complicaciones graves—, el procedimiento tampoco representa el temor de antaño: la operación se realiza mediante laparoscopía, una técnica mínimamente invasiva, asistida incluso por tecnología robótica, que ha reducido notablemente los riesgos y el tiempo de recuperación. Por eso, la peligrosidad que menciona Álvaro Covarrubias al referirse a la cirugía de una simple hernia al hiato no corresponde a la realidad; nunca fue una operación de alto riesgo, ni antes ni ahora, cuando la tecnología y la ciencia médica han disipado gran parte de los temores que existían. Esta visión moderna y precisa me la ha confirmado el doctor Alfonso Velasco.

Lilian Olivarse en su libro “La Verdad sin Hora” (Catalonia, 2020) cuenta algo parecido en relación a la Clínica Indisa :

De hecho , el director médico de entonces en la Clínica Indisa, doctor Hugo Salvestrini, le contó al ingeniero civil DC Álvaro Covarrubias Risopatrón que cuando se enteró que querían operar a Frei  Montalva de una hernia al hiato en esa clínica consultó a miembros del directorio de Indisa y llamó al doctor Larraín para decirle que no ahí, porque esa cirugía era de alto riesgo y la clínica no quería exponerse a la posibilidad que en ella se muriera un ex presidente de la República. ‘La explicación técnica que me dio personalmente el doctor Salvestrini acerca del riesgo de la operación fue que ese tipo de cirugía requería mucha manipulación en una gran zona del abdomen, por lo tanto la posibilidad de infección era alta.

Así fue como el ex mandatario llegó a la Clínica Santa María, acompañado de su mujer, María Ruiz Tagle.

Lo que el doctor Salvestrini nunca le confesó fue el miedo real que sentía ante la posibilidad de un sabotaje durante la operación; existía el riesgo concreto de que alguien, de manera intencionada, provocara una infección, por ejemplo, contaminando los sueros o las compresas quirúrgicas antes de que llegaran al pabellón. En ese contexto, mi padre y los médicos de la Clínica Indisa no tuvieron más alternativa que exagerar los peligros de la cirugía, presentarla como un procedimiento de alto riesgo y urgencia para que no se realizara ahí. Lo hicieron, para justificar su negativa y protegerse, ya que mencionar la verdadera amenaza—la sospecha de un posible envenenamiento premeditado, el temor de que se introdujera una toxina letal en el cuerpo del paciente de forma oculta y con la intención de asesinarlo—era algo prohibido e impensable mencionar en esos años. Hablar de ello abiertamente significaba desafiar al régimen y exponerse a represalias inmediatas y brutales por parte de los organismos represivos de la dictadura. Por eso, la tensión se disfrazaba de prudencia ante la opinión pública, el miedo se ocultaba tras gestos de cautela médica, y el silencio se convirtió en la única protección posible para quienes sabían que cualquier palabra podía tener consecuencias fatales.

En ese momento, mi padre se encontró ante una encrucijada difícil; brillaba la tentación del indiscutible prestigio, el honor que habría significado para la Clínica Indisa atender y operar a un ex presidente de la República. Pero detrás del resplandor de esa distinción, se cernía una sombra espesa y un peligro real. Él lo percibió con la experiencia de quien ha visto demasiado, de quien conoce las grietas y los rincones donde acecha la maldad y la traición. Era como si su habilidad —tejida en noches sin dormir, en quirófanos y en conversaciones susurradas sobre política— le permitiera descifrar lo que otros se negaban a ver: el peligro inminente de que Frei se transformara en una víctima más, en el blanco de maniobras oscuras bajo la dictadura, de que cualquier mínima complicación quirúrgica se convirtiera en la excusa perfecta para silenciarlo, para borrar de un tajo a una voz incómoda, a un enemigo interno. Mi padre supo leer en el aire esas advertencias, esas señales que le gritaban que ahí el coraje era callar, era proteger a Frei desde las sombras. Costaba mirar de frente hacia la verdad brutal de esos años.

Después de transcurridos muchos años, resido en Michigan. Hay mañanas de invierno en que al despertar, encuentro la nieve acumulada en el alféizar y la mesa cubierta de documentos: informes escaneados, datos clínicos y testimonios contradictorios que fueron presentados ante el juez Alejandro Madrid, quien se dedicó a investigar el caso Frei Montalva durante dos décadas. Aunque ya han pasado más de cuarenta años desde aquella operación a Eduardo Frei, ocurrida el 18 de noviembre de 1981, sigo experimentando cómo esa historia regresa a mi memoria con una fuerza abrumadora que me envuelve y me sacude con una claridad imposible de apartar, como si el tiempo no hubiera logrado borrar por completo el peso de aquellos acontecimientos que marcaron mi vida para siempre.

Recuerdo vivamente aquellos años, especialmente la atmósfera de preocupación y nerviosismo que reinaba en nuestro hogar. Mi padre mantenía una relación de amistad muy estrecha con el doctor Goic; era una confianza profunda, forjada con el tiempo, que no requería palabras para manifestarse. Entre ellos existía una comunicación hecha de miradas, gestos y complicidad, que permitía entenderse sin explicaciones. Cuando conversaban sobre temas delicados, especialmente cuestiones de ética médica relacionadas con la salud de Frei Montalva, la voz pausada del doctor Goic y sus prolongados silencios transmitían una seriedad que aún hoy permanece viva en mi memoria. Jamás llegó a expresar abiertamente las preocupaciones que lo atormentaban, pero tras la muerte de Frei, noté un cambio profundo en él: su forma de caminar se volvió más lenta y sus hombros parecían encorvados bajo un peso que parecía aplastarlo. Era evidente que cargaba con una culpa que no le pertenecía directamente, pero que sentía como propia y no lograba liberarse de ella. En ocasiones, al ver como se alejaba, percibía que cada paso suyo estaba marcado por una tristeza, como si una sombra lo siguiera y le impidiera encontrar alivio, dejando a su paso un vacío que nadie podía rellenar.

Durante muchos años, me resultó imposible poner en palabras lo que realmente presencié; era como si el paso del tiempo y la niebla de los recuerdos se encargaran de desdibujar la verdad de lo vivido. Sin embargo, hoy, con la distancia que da una vida entera y tras haber reflexionado largamente, me atrevo a mirar hacia atrás y comprender con mayor claridad lo que sucedía a mi alrededor. Ahora puedo reconocer detalles que antes se me escapaban: las conversaciones en voz baja entre mi padre y el doctor Goic, las miradas nerviosas que intercambiaban, la tensión invisible pero palpable que llenaba cada rincón de nuestra casa durante sus visitas. El ambiente familiar se volvía denso; el silencio no era solo ausencia de sonido, sino un muro que contenía miedos y secretos. Comprendo, con convicción, que fui testigo de algo mucho más grave de lo que pude imaginar entonces. Hoy, al unir las piezas de esos recuerdos, puedo ver con nitidez que lo ocurrido no fue solo una simple intervención médica: Frei Montalva, el ex presidente, no solo enfrentó una enfermedad, sino que fue víctima de una conspiración que atentó contra su vida, obligándolo a librar una batalla desesperada que perdió. Aquello, que en su momento parecía confusión e incertidumbre, hoy aparece ante mí como una tragedia de enormes proporciones: la vida de un líder nacional se extinguió lentamente ante nuestros ojos, mientras  —su familia y quienes lo rodeaban— apenas alcanzaron a intuir la gravedad y la profundidad del abismo que los amenazaba.

Corría el año 1981 y, como cada noche, la oscuridad cubría el barrio como un telón pesado. El silencio era profundo hasta que, de pronto, el sonido del teléfono interrumpía la calma: un timbrazo seco y metálico que hacía eco en la casa. Escuchaba a mi padre responder con voz serena, aunque percibía la tensión contenida detrás de sus palabras. “Sí, te espero”, decía, esforzándose en sonar tranquilo, aunque el nerviosismo era evidente en el ambiente y en sus gestos. “No hay problema”, repetía, quizás intentando convencerse más a sí mismo que al que estaba al otro lado de la línea, como si necesitara reafirmar que todo estaba bajo control. “Ven y conversamos”, murmuraba finalmente antes de colgar el auricular, devolviendo a la casa la penumbra y el peso de la noche.

Poco rato después llegaba el doctor Goic. Siempre lo hacía con el ceño fruncido y el rostro reflejando un gran cansancio, fruto de largas jornadas en la Clínica Santa María, donde se esforzaba por salvar a su amigo y paciente, Eduardo Frei Montalva. Yo nunca presencié directamente esas conversaciones; mi padre, siempre protector, mantenía a la familia alejada de esos asuntos delicados, intentando protegernos de realidades peligrosas que, sin embargo, ya se filtraban por cada rincón de nuestro hogar. El ambiente se volvía tenso, y el silencio adquiría una densidad especial, como si la casa estuviera vigilada por presencias invisibles.

Recuerdo que la atmósfera se impregnaba de un temor sutil pero persistente, que parecía instalarse en las paredes, en el aire y en las miradas de los adultos. He intentado escribir sobre estos recuerdos en otras ocasiones, pero siempre terminaba dejando esos intentos inconclusos, y las memorias se quedaban en borradores dispersos, en notas sueltas o en sueños inquietos que se repetían noche tras noche. Cuando me armaba de valor para enfrentar los secretos familiares, levantar las “alfombras” que ocultaban la verdad, el peso de lo no dicho siempre regresaba, cubriendo de nuevo las heridas y dejando una sensación de derrota. Así, la esperanza se desvanecía, el ánimo se resquebrajaba y la verdad —esa verdad que tanto me costaba nombrar— seguía rondando mis pensamientos y desvelos, sin darme tregua ni descanso.

Eduardo Frei Montalva aún no había fallecido a causa de una septicemia aguda, cuyo origen resultó enigmático y controvertido durante años. La muerte lo rondaba silenciosa, como una amenaza constante. No fue sino hasta el 20 de enero de 2019 —treinta y ocho años después de su fallecimiento, ocurrido el 22 de enero de 1982— cuando esta sombra finalmente se definió: el juez Alejandro Madrid, tras una extensa investigación judicial, concluyó y declaró oficialmente que la muerte de Frei Montalva no había sido producto de una enfermedad inevitable, sino el resultado de un asesinato, transformando el caso en uno de los episodios más complejos y polémicos de la historia reciente de Chile.

En los años previos a esa revelación, la verdad era tan peligrosa que apenas podía ser nombrada. En los tiempos de dictadura, el temor y el silencio dominaban las conversaciones entre mi padre y el doctor Goic; sus diálogos se prolongaban en medio de una atmósfera marcada por el secreto y el miedo. Hablaban con la cautela de quienes saben que cada palabra podía acarrear consecuencias graves en un ambiente donde la vigilancia de los organismos represivos era constante y palpable.

Las palabras parecían prisioneras, como pájaros atrapados en una habitación cerrada. Afuera, las calles, aparentemente tranquilas, también guardaban su propia historia de tensión. En la esquina de Las Violetas con Avenida Suecia 1521, nuestra casa, un automóvil oscuro permanecía estacionado noche tras noche, con las luces apagadas y los vidrios empañados, evidenciando una vigilancia discreta pero persistente. En su interior, una pareja simulaba indiferencia mientras cumplían la orden de observar cada movimiento de quienes entraban y salían de la casa. Desde la ventana del living, podía sentir la presión de una mirada que nunca se apartaba, una vigilancia que no daba respiro.

Aquellos observadores eran claramente agentes del régimen militar, posiblemente vinculados a organismos como la DINA (Dirección de Inteligencia Nacional, oficialmente disuelta el 13 de agosto de 1977) o la CNI (Central Nacional de Informaciones como se la renombró en esa misma fecha), instituciones responsables de la represión política durante la dictadura cívico-militar de Augusto Pinochet. Entre ellos podría haber estado un familiar, como mi primo, quien trabajó en esas instituciones. Esa sensación de control y miedo era tan profunda que ni siquiera las conversaciones privadas entre mi padre y el doctor Goic estaban realmente a salvo; todo parecía estar bajo la mirada acechante de fuerzas que impedían cualquier descanso, paz o posibilidad de olvido.

Con el paso de los años y el avance de las investigaciones, la historia de Frei Montalva dejó de ser únicamente un drama personal y familiar para convertirse en un símbolo nacional de la lucha por la verdad y la justicia en Chile. El caso del ex presidente se sitúa en un período marcado por profundas tensiones políticas, represión y miedo, durante la dictadura militar encabezada por Augusto Pinochet (1973–1990). Frei Montalva, figura central en la transición democrática y crítico abierto del régimen, fue intervenido quirúrgicamente en noviembre de 1981 y falleció en enero de 1982 bajo circunstancias que rápidamente despertaron sospechas entre sus allegados y la opinión pública. Años de silencio, temor y ocultamiento rodearon su muerte, mientras las versiones oficiales la atribuían a causas médicas naturales.

Hoy, al mirar atrás y corregir los errores históricos, es fundamental precisar que la muerte de Frei Montalva fue brevemente esclarecida judicialmente en 2019, cuando el juez Alejandro Madrid, tras una exhaustiva investigación de casi dos décadas, declaró oficialmente que Frei Montalva fue asesinado mediante la administración de sustancias tóxicas durante su hospitalización, reconociendo así la existencia de una conspiración en el entorno político y médico de la época. Este fallo representó un hito en la memoria histórica chilena, al dar voz y validez a los testimonios que durante años clamaron por justicia.

Sin embargo, en agosto de 2023, la Corte Suprema emitió un dictamen definitivo que revocó las condenas previas y concluyó que no existían pruebas suficientes para acreditar el homicidio, estableciendo la causa de muerte como una septicemia derivada de complicaciones postoperatorias. Esa decisión reabrió el debate público sobre la verdad histórica, la persistencia de dudas y la dificultad de alcanzar justicia plena en casos emblemáticos marcados por contextos de represión y manipulación institucional. Así, la historia de Frei Montalva continúa siendo un símbolo de la lucha por esclarecer el pasado y exigir responsabilidades en la búsqueda de la verdad nacional.

Al verlos conversar en el living de nuestra casa, sentía una soledad que parecía envolverme por entero, como si la vida misma se empeñara en recordarme cuán desamparados podemos estar frente a sus embates. Era una soledad donde primero, el doctor Goic tocaba el timbre —ese sonido abrupto, que hiere la quietud y anuncia que algo está por ocurrir— y yo corría a recibirlo. En esos segundos suspendidos al abrir la puerta, el mundo exterior se desvanecía, se quedaba paralizado, donde los autos parecían desaparecer y las luces se apagaban, todo detenido en un instante de irrealidad y sombras. Todo se volvía obscuro, un espacio sin motor ni ruido, apenas habitado por presencias fantasmales.  A los pocos minutos, ellos quedaban sumidos en una conversación baja y urgente en el living de la casa, bajo una luz débil y amarilla. Cada palabra era como una chispa que encendía temores, y los silencios se expandían hasta ocupar todo el espacio. Yo me retiraba en puntillas al segundo piso, suave y cauteloso, como si el más mínimo crujido pudiera desencadenar una desgracia. Buscaba refugio en la calidez de las sábanas, sintiendo que la noche era el único muro entre nosotros y el miedo. Sabía que allí, en esa casa y en ese tiempo, no se podía hablar, no se podía respirar muy fuerte, porque hasta un susurro podía traer consigo el peso de una amenaza. Sentía que el descanso era una tregua frágil ante lo que el día siguiente pudiera traer.

Años después, la certeza de lo ocurrido se instaló en mi padre con una fuerza abrumadora: se convenció de que Eduardo Frei Montalva había sido envenenado y asesinado de manera deliberada en la Clínica Santa María. Ese convencimiento nunca lo abandonó; se convirtió en una especie de protección psicológica que lo ayudó a enfrentar otros desafíos igualmente peligrosos en el futuro. Uno de esos desafíos surgió cuando tuvo que operar a una de las hijas de Frei Montalva en la Clínica Indisa. Aunque ella no estaba involucrada en la vida política y parecía ajena a los conflictos públicos, mi padre percibió que también estaba en peligro, como si fuera un blanco para quienes querían silenciar a la familia.

Durante la intervención, mi padre notó algo inquietante: los síntomas y el desarrollo de la infección que sufrió la paciente le recordaban -por lo inesperado- de manera alarmante el caso de Frei Montalva. Era como si la historia se repitiera y el pasado se manifestara nuevamente en los pasillos de una clínica, amenazando con cobrarse otra vida. La cirugía, que en principio era sencilla y de rutina, terminó en una infección grave y peligrosa que mantuvo a la paciente al borde de la muerte. Más adelante, mi madre me contó que mi padre, exhausto y superado por la situación, le confesó en voz baja: «Quieren intimidar a los Frei, quieren destruir a la familia para que nunca más se atrevan a participar en política.» Esa revelación me dejó impactado; sentí impotencia y rabia al comprender que el peligro era real y constante, siempre presente y acechando.

En este segundo episodio, tras haber vivido el horror del envenenamiento de Frei Montalva, mi padre actuó con suma precaución. Se apoyó en su experiencia y en el instinto que el miedo había fortalecido con los años. Logró salvar la vida de la paciente, aunque nunca supe exactamente cómo lo hizo. Jamás me atreví a preguntarle, a pesar de que viajé muchas veces a Chile con la interrogante en una mavo. Imagino que tomó medidas extremas: tal vez puso guardias en la puerta de la habitación, tal vez él mismo supervisó personalmente cada medicamento y cada procedimiento, vigilando cada detalle para evitar cualquier descuido. Es posible que la diferencia crucial fuera que la paciente no estaba internada en la Clínica Santa María, ese lugar donde la muerte parecía estar siempre presente.

Lo más doloroso fue que, a pesar de haber sobrevivido, la hija de Frei Montalva quedó molesta con mi padre. Ella nunca sospechó que había estado en peligro mortal ni imaginó que existían fuerzas oscuras detrás de lo sucedido; pensó que todo se debía a incompetencia médica, al azar o a los problemas habituales de una clínica, sin darse cuenta de la gravedad real de lo que había enfrentado.

Un episodio similar se repitió años después, cuando mi padre tuvo que atender a Jorge Lavandero tras haber sufrido una brutal golpiza en plena calle. El motivo de la agresión fue su decisión de investigar y exponer públicamente las transferencias de dinero realizadas por Augusto Pinochet en el extranjero. Recuerdo claramente la imagen de mi padre en ese entonces: estaba visiblemente alterado, sus nervios a flor de piel, la mirada siempre alerta y las manos tensas, como si anticipara un peligro inminente. No bajó la guardia en ningún momento. Para protegerlo tomó medidas extremas: colocó guardias en la puerta de su habitación, intentando así crear una barrera física que impidiera cualquier intento de daño o interferencia. Además, supervisó personalmente cada medicamento, revisó cada ampolla y observó atentamente el trabajo de los enfermeros, convencido de que el peligro podía esconderse en los detalles más cotidianos y que la muerte podía aparecer en cualquier momento a través de un descuido. Sabía, por la experiencia acumulada, que incluso lo más rutinario en el ambiente hospitalario podía convertirse en una amenaza si alguien actuaba con malas intenciones. En casa, la sensación de alerta constante era palpable: vivíamos atentos a cualquier ruido, al crujido de una puerta o a un susurro inesperado. La percepción del peligro era intensa, y nunca nos sentíamos completamente a salvo.

Siento nostalgia al escribir sobre esos años. Al mismo tiempo, percibo cierta cobardía, una dificultad interna para enfrentar ciertos recuerdos. Me pregunto porque resulta tan difícil destapar esos secretos que permanecen tan ocultos, como cubiertos por alfombras que esconden la verdad. ¿Por qué es tan difícil ayudar a liberar esos sentimientos, que como pájaros atrapados necesitan volar y dejar atrás las sombras del pasado? No tengo una respuesta clara. A veces creo que se debe a la naturaleza lenta y difícil de los traumas; son como espectros que se arrastran en la memoria, moviéndose con sigilo y temor, sin atreverse del todo a mostrarse a la luz. Los recuerdos traumáticos aparecen poco a poco, ocultos, como si les costara abandonar la oscuridad. Cada avance hacia la claridad lo siento como una batalla, y hasta el propio aire parece vibrar ante el reto de enfrentar lo que he tratado de olvidar.

El siguiente es un resumen cronológico, elaborado con base en antecedentes judiciales y periciales, que detalla las principales intervenciones quirúrgicas a las que fue sometido el ex presidente Eduardo Frei Montalva antes de su fallecimiento el 22 de enero de 1982. Este resumen busca ofrecer una visión clara y ordenada de los procedimientos médicos realizados, las circunstancias en que se llevaron a cabo y los equipos médicos involucrados, permitiendo comprender mejor el contexto y las decisiones que marcaron el desenlace de su historia clínica:

1. Primera operación – 18 de noviembre de 1981

  • Motivo: Hernia al hiato (gastroesofágica).
  • Lugar: Clínica Santa María.
  • Cirujano: Dr. Augusto Larraín Orrego.
  • Resultado: Tras la primera operación, que fue considerada exitosa, se pensaba que Frei Montalva recibiría el alta en pocos días. Sin embargo, investigaciones posteriores sugirieron un hecho sumamente grave y hasta entonces desconocido: durante la cirugía, alguien contaminó deliberadamente las compresas quirúrgicas probablemente con talio, un veneno extremadamente tóxico. No se utilizó una gran cantidad porque eso habría provocado síntomas notorios y evidentes, lo que habría permitido descubrir con facilidad que había sido envenenado.

La verdadera intención de quienes planearon eso no era matar a Frei Montalva de inmediato, ya que una muerte repentina habría generado un escándalo difícil de ocultar. En cambio, al usar talio en dosis bajas, buscaban provocar una complicación médica —simulando, por ejemplo, una obstrucción intestinal— que obligara al ex presidente a regresar a la clínica. Así, su retorno les daría una nueva oportunidad para intervenir en su salud de manera letal.

En ese segundo ingreso, quienes estaban detrás del plan le administraron gas mostaza, una sustancia cuya toxicidad aumenta considerablemente si la persona ya tiene talio en el organismo, de manera que también se pudo usar en dosis bajas. Esta combinación de venenos debilitó gravemente el sistema inmunológico y empeoró el estado general del paciente. Cabe destacar que los médicos que lo atendieron no tenían experiencia previa con los síntomas provocados por el gas mostaza, lo que dificultó enormemente su capacidad de reacción y diagnóstico oportuno; la falta de familiaridad con los efectos de esta sustancia contribuyó a que el aparente éxito de la primera cirugía en realidad encubriera una estrategia calculada para crear complicaciones médicas y así facilitar su posterior envenenamiento, todo bajo la apariencia de un proceso clínico rutinario y sin levantar sospechas inmediatas.

2. Reingreso y segunda operación – 4 al 6 de diciembre de 1981

  • Motivo: El diagnóstico inicial fue presentado como una obstrucción intestinal, sobre todo por el doctor Silva Garín, aunque posteriormente, durante la investigación judicial, se determinó que esa condición no existió clínicamente. Lo que se observó fue un cuadro de inflamación agudo que generó gran preocupación entre el equipo médico y la familia del ex presidente. La atmósfera se volvió tensa y dominada por la incertidumbre, ya que cada decisión médica se sentía crucial y el temor a complicaciones graves era constante. En ese contexto, la confusión reinaba y la percepción de peligro se intensificaba, alimentando la sospecha de que detrás de la situación clínica podían existir factores externos que complicaban el manejo médico y la tranquilidad de los involucrados.

Nuevo equipo médico: Encabezado por el Dr. Patricio Silva Garín, coronel del Ejército, cuya llegada marcó un giro radical en la evolución clínica de Frei. La contaminación deliberada de las compresas quirúrgicas con talio, cumplió también otro propósito esencial, como fue facilitar la entrada en escena del doctor Silva Garín y otros médicos de la CNI, como Pedro Valdivia; médicos que trabajaban en la clínica Santa María, pero que sin que lo supiera el doctor Goic ni la familia Frei, trabajaban también para los organismos represores del régimen. Silva Garín, con una determinación calculada, se dedicó a minar la reputación del doctor Augusto Larraín, quien hasta ese momento había sido el principal referente de confianza para la familia. A través de comentarios y gestos sutiles, sembró dudas sobre la idoneidad y las decisiones de Larraín, logrando que el prestigio de este último se viera cada vez más debilitado ante los ojos de la familia Frei y el doctor Goic. El ambiente se volvió tenso y enrarecido, con los médicos Larraín y Goic divididos, y una familia sumida en la confusión y la vulnerabilidad, desplazando la figura de Larraín y permitiendo que su voz fuera silenciada bajo una nube de sospechas y descrédito. El poder y la autoridad de Silva Garín fue reforzada por su rango militar. Desde ese momento cada decisión médica se vio envuelta en un manto de incertidumbre, dejando la inquietante sensación de que las prioridades habían cambiado y que el verdadero bienestar del paciente podía estar quedando en un segundo plano, eclipsado por intereses ajenos a la salud de Frei. Probablemente, el doctor Larraín enfrentado al aparato represivo del régimen, sintió temor y prefirió no oponer resistencia, guardando silencio ante la presión y el peligro que lo rodeaban. Bajo ese nuevo escenario, resultó más fácil para los asesinos continuar con el proceso de envenenamiento sin levantar sospechas inmediatas. El acceso fácil al paciente, permitió que el envenenamiento entrara en una segunda fase más letal, y donde se lo pudo contaminar con gas mostaza usando el suero que le inyectaron por la noche. Para todos los efectos prácticos Frei quedó en manos de la CNI, el organismo represivo de Pinochet, sin que el doctor Goic y la familia lo notaran.

Como relata la periodista Mónica González en su artículo publicado en The Clinic, cuando Frei llegó a la clínica por segunda vez, no lograron ubicar rápidamente al doctor Larraín, y se aceptó la ayuda del médico de turno, el doctor Valdivia, es decir el paciente quedó en manos de la CNI:

 “…la inmediata propuesta del médico cirujano Pedro Valdivia Soto, de turno en el establecimiento, de examinar al destacado paciente por cuya salud miles de personas se inquietaban en esas horas. En algo se mitigó la preocupación de la familia cuando el doctor Pedro Valdivia Soto ingresó con paso seguro a la habitación y lo examinó…De lo que Valdivia hizo con Frei no hay registro ni testigos… Valdivia, hoy de 64 años, fue contratado en la Clínica de la DINA en 1978 por su entonces director, el doctor Horacio Taricco Lavín. Paralelamente se incorporó a la Clínica Santa María como médico residente y con turno de noche. Por ello, pudo ingresar a la habitación de Frei conducido por la enfermera Victoria Larraechea, pero no fue esa la única vez que auscultó al ex presidente. Porque sus funciones se extendían desde las 20:00 hasta las 8:00 del día siguiente, teniendo como misión ocuparse de todos los pacientes que habían sido operados. Ese era exactamente el caso de Frei Montalva. Nadie le pudo impedir, durante las noches que estuvo ahí hospitalizado, el acceso cuantas veces quiso a su habitación y a su prolijo examen.”

  • Intervención: Resección de parte del intestino delgado, una decisión tomada por el doctor Silva Garín en medio del desconcierto y el temor, motivada por la sospecha de una necrosis que parecía devorar toda esperanza. La operación, cargada de urgencia y ansiedad, dejó a la familia y al equipo médico al borde del abismo. El ambiente se impregnó de inquietud, mientras cada movimiento en el quirófano era una lucha contra el tiempo y la fatalidad. En este contexto, el doctor Silva Garín desempeñó un papel fundamental: trabajó intensamente para convencer a todos de que el estado de Frei era de una gravedad extrema y prácticamente irreversible, reforzando la idea de que cualquier desenlace fatal sería una consecuencia natural y previsible dada su delicada condición médica. Así, el proceso de contaminación al que fue sometido Frei quedaba encubierto bajo la apariencia de una evolución clínica lógica, minimizando sospechas sobre intervenciones externas. Pero el peso de esa determinación se hizo sentir muchos años después, cuando un panel de ocho médicos expertos, convocados por el juez Madrid, concluyó que aquella intervención había sido precipitada e innecesaria.
  • Observación clave: El Dr. Larraín, presente en la sala como un testigo mudo, fue testigo directo de una mesenteritis hipertrófica localizada (una inflamación) que lo sobresaltó profundamente: la zona afectada no correspondía a una región intervenida ni tocada por su bisturí durante la primera cirugía, sino que se encontraba en un área donde se habían apoyado unas compresas quirúrgicas. El aspecto de la inflamación no sugería una infección bacteriana común, sino que sus características parecían insinuar la presencia de una contaminación química o tóxica, como si alguna sustancia extraña se hubiese infiltrado deliberadamente en el organismo de Frei a través de las compresas. Sin embargo, el miedo se apoderó de él, paralizándolo; si decía algo, la sombra de las posibles represalias le pesó demasiado y guardó silencio. Atrapado entre el deber y la amenaza, no se atrevió a proclamar abiertamente su sospecha, y no defendió sus impresiones con la fuerza que el momento exigía. Así, sus palabras quedaron ahogadas por el temor y el desconcierto, y el eco de su silencio aún resuena en la memoria de quienes todavía buscan respuestas. El doctor Goic tampoco habló. No era cirujano, pero tampoco mostró curiosidad ante lo observado. Su experiencia y rol en el equipo le otorgaban la posibilidad de indagar más a fondo frente a las anomalías clínicas presentes. ¿Sintió temor?

3. Shock séptico y traslado a UCI – 8 de diciembre de 1981

  • Condición: Durante la segunda operación, o probablemente en las noches posteriores a la cirugía, se le administró gas mostaza, desmantelando su sistema inmunológico. Eso significó que su cuerpo ya no pudo defenderse contra las infecciones, ni siquiera las más habituales o las que normalmente no causarían problemas graves. Como consecuencia directa de esta debilitación extrema, en pocas horas Frei desarrolló un shock séptico muy severo, donde su organismo fue invadido por bacterias y gérmenes que, ante la falta de defensas, se multiplicaron rápidamente y ocasionaron una infección generalizada, poniendo su vida en grave peligro.
  • Tratamiento: En un intento desesperado por salvarlo, se le administraron antibióticos de ultima generación que no lograban mejorarlo. Como último recurso se le administró “Transfer Factor”, un inmunomodulador experimental que no contaba con la aprobación de la Food and Drug Administration (FDA, USA). Era una apuesta a ciegas, casi al borde de la resignación, pues el sistema inmunológico de Frei estaba completamente desarticulado, desmoronado hasta sus cimientos, incapaz de ofrecer la más mínima defensa ante el avance de infecciones oportunistas. Se le administró con la esperanza de mejorar su sistema inmunológico.
  • Sospechas: En medio de la tensión que impregnaba cada rincón de la clínica, se recivieron varias llamadas anónimas que perturbaron profundamente la tranquilidad del hogar de Hernán Elgueta, el amigo más cercano y leal de Frei. Como cuenta su hija Carmen Frei en su libro:

El 12 de enero de 1982 , o sea diez días antes de la muerte de mi papá, en la casa de su amigo Hernán Elgueta se empezaron a recibir llamadas telefónicas de un hombre adulto que no se identificó, que pedía hablar con Elisa Rolyn, la mujer de don Hernán. Si ella no se encontraba, el hombre cortaba y volvía a llamar. Seguramente temía que Elgueta lo reconociera. Cuando contestaba la señora Elisa, él decía al teléfono: En la clínica Santa María están envenenando a Eduardo Frei… el hombre anónimo siempre llamaba hacia el mediodía y pedía hablar con ella. La última vez que llamó dijo ”viene de Valdivia”. Nos llamaron de inmediato para contarnos, pensamos que venía alguien de la ciudad de Valdivia a envenenarlo. Sólo años después, durante el proceso, comprendimos que seguramente se refería al doctor Pedro Valdivia, miembro reconocido de la DINA, que trabajaba en la Santa María y que fue de hecho quien se quedaría a cargo del cuerpo de mi padre el día de su muerte.

La noticia se propagó rápidamente, generando pánico y una creciente paranoia entre quienes lo rodeaban y apreciaban. Ante este clima de angustia y desconcierto, la familia de Frei decidió tomar medidas drásticas: restringieron el acceso a la habitación del ex presidente, intentando crear una barrera invisible que lo protegiera de cualquier amenaza. Sin embargo, ese esfuerzo se mostró frágil frente a la realidad inquietante que ahora se conoce con certeza: la clínica estaba en manos de la CNI, donde cualquier persona vestida con delantal blanco —fuera médico, funcionario, o incluso agentes represivos ocultos bajo la apariencia de personal sanitario— podía ingresar sin mayores trabas. Frei fue dejado expuesto ante un enemigo invisible que acechaba disfrazado de autoridad y confianza. El miedo se instaló como una sombra constante, alimentando las sospechas de que, tras cada bata blanca, podría esconderse la mano responsable de sellar su destino.

4. Embalsamamiento y extracción de órganos – 22 de enero de 1982

  • Fallecimiento: Frei muere a las 17:20 horas.
  • Procedimiento post mortem: Sin la autorización de la familia, un grupo de médicos vinculados a la Universidad Católica realizó de manera apresurada un procedimiento sobre el cuerpo de Frei que se presentó como embalsamamiento o autopsia. Sin embargo, dicho procedimiento no siguió ningún protocolo legal ni médico establecido, lo que genera dudas sobre sus verdaderos fines. Durante esa intervención irregular, se extrajeron varios órganos clave del ex presidente, aparentemente con la finalidad de impedir o dificultar futuras investigaciones forenses que pudieran esclarecer las causas reales de su fallecimiento. La urgencia y el secretismo con que se llevó a cabo el procedimiento aumentan la sospecha de que se buscaba ocultar evidencias cruciales.

Investigación posterior: Diez, veinte años después, cuando el dolor por la muerte de Frei seguía presente en la conciencia del país, comenzaron a descubrirse detalles ocultos que hasta entonces parecían inalcanzables. Un análisis cuidadoso y discreto de tejidos conservados en lugares poco conocidos dentro de la Universidad Católica, junto a muestras adicionales obtenidas luego de intensas gestiones, permitió a las doctoras Laura Börgel y Carmen Cerda arrojar luz sobre algunos de los enigmas que rodean la tragedia de Frei. El estudio reveló hallazgos impactantes y determinantes: mediante análisis minuciosos, detectaron la presencia de talio y gas mostaza en el organismo de Eduardo Frei Montalva, aunque en cantidades pequeñas pero significativas. Estas sustancias altamente tóxicas no habían llegado a su cuerpo de manera accidental ni por error médico, sino que, según los resultados experimentales, fueron administradas intencionalmente y de forma gradual durante un periodo aproximado de tres meses, es decir desde cuando se sometió a la primera cirugía. El envenenamiento, realizado con extrema frialdad y precisión, se camufló bajo la apariencia de tratamientos médicos, lo que permitió que la inoculación progresara sin levantar sospechas inmediatas entre el personal de la clínica leal a Frei o la familia. El descubrimiento de estos toxicos, confirmó que a Frei no solo se le había privado de una atención médica adecuada, sino que fue víctima de un plan deliberado para acabar con su vida. Esa revelación estremeció a la opinión pública y marcó un antes y un después en la búsqueda de justicia, ya que permitió que la verdad comenzara a salir a la luz tras años de dudas y encubrimientos, dejando en evidencia que los hechos superaron con creces cualquier temor o sospecha previa.

La secuencia de intervenciones médicas, realizada en un ambiente cargado de incertidumbre y sospechas, así como la inquietante presencia de agentes encubiertos en los pasillos de la clínica, refuerzan de manera contundente la hipótesis judicial de que se trató de un homicidio encubierto, disfrazado como una complicación médica. Cada acción, cada gesto dentro de aquel recinto, aparecen marcados por la desconfianza, generando la impresión de que detrás de las decisiones clínicas se ocultaron intenciones ocultas y traiciones flagrantes. Este clima de tensión no solo profundiza el drama vivido por la familia y quienes rodeaban al paciente, sino que también sigue provocando conmoción entre quienes buscan esclarecer la verdad y alcanzar justicia, enfrentándose al continuo obstáculo que representa la impunidad en torno a estos hechos.

Cuando el cuerpo habla lo que el país calla

A Eduardo Frei Montalva lo operaron cuatro veces, pero lo asesinaron una sola vez.

El 18 de noviembre de 1981, los bisturíes comenzaron a intervenir en el cuerpo de Frei, con la esperanza de aliviar su condición médica. Lo que predominó en el ambiente fue un silencio clínico, frío y distante, donde más que tranquilidad, sembró incertidumbre. Tras la cirugía, a los pocos días comenzó a sentir molestias que parecían apuntar hacia una posible obstrucción intestinal. Fue intervenido nuevamente y en menos de veinticuatro horas una infección oportunista se apoderó de su organismo, seguida por un shock séptico que generó una profunda preocupación entre sus allegados y el personal médico cercano a Frei. Tras muchos intentos por combatir las infecciones, falleció en pocas semanas. Al morir se le realizó un procedimiento que fue presentado como embalsamamiento —para algunos— o como autopsia —para otros—. Lo más grave es que ese procedimiento se llevó a cabo sin el consentimiento de la familia, privándolos del derecho fundamental de decidir sobre los restos de su ser querido.

Cada intervención se justificó como una medida técnica, urgente e ineludible, pero que en la práctica se transformaron en una sucesión de momentos tensos y llenos de incertidumbre. La supuesta urgencia médica se mezclaba con una inquietud más profunda, pues detrás de los guantes y batas blancas se percibía la posibilidad de que existieran órdenes y motivaciones ocultas, ajenas a los protocolos médicos habituales. El ambiente era opresivo, dominado por el miedo y la sospecha, como si cada movimiento pudiera esconder una traición o un acto premeditado.

Años después, Hugo Chavez Arias declaró ante el juez Alejandro Madrid durante la investigación sobre la muerte de Frei Montalva (2005-2019), lo ocurrido con el cadáver del ex presidente. Según su relato, todo el procedimiento se realizó bajo las instrucciones de los doctores Gonzalez Bombardiere y Helmar Rosenberg, de la Clinica de la Universidad Católica, lo que añadió más interrogantes y aumentó la sensación de que detrás de esos actos médicos hubo decisiones tomadas en las sombras, lejos del conocimiento y la voluntad de la familia Frei:

Declaración judicial de VICTOR HUGO CHAVEZ ARIAS quién ratifica sus dichos policiales prestados a fojas 584 y siguientes donde señala que trabajó como auxiliar del Departamento de Anatomía Patológica entre los años 1978 y 1990, y su función era cooperar con el médico patólogo en las autopsias. Para el año 1982 el Jefe del Departamento era el Doctor BENEDICTO CHUAQUI. Anteriormente estaba a cargo el doctor ROBERTO BARAHONA, que para esa época estaba enfermo y concurría ocasionalmente al departamento donde trabajaba en la docencia. Su jefe directo en ese entonces era el doctor HELMAR ROSENBERG. Señala que un día como a las cinco de la tarde ya se retiraba cuando su jefe le dice que no se retire y que prepare los útiles para realizar una autopsia fuera del Departamento. Debían concurrir a la clínica Santa María para realizar un embalsamamiento, pero no le indicó de qué persona se trataba. Recuerda que salieron de la Clínica y afuera los esperaba un furgón de Carabineros o una ambulancia, que los trasladó a la clínica, concurriendo junto al Doctor antes referido, el doctor SERGIO GONZALEZ BOMBARDIERE, y al parecer el auxiliar PEDRO SARAVIA SAN MARTIN.

Indica que cuando llegaron a la Clínica habían dos personas esperándolos en el estacionamiento del subterráneo, estas vestían de civil, pero con ropa formal, les dicen que los acompañen y suben en ascensor con ellos al segundo piso de la Clínica, donde los conducen directamente a una habitación. En la antesala habían unas seis personas, una de ellas vestía con delantal blanco; presumió era un médico cuando saludó al doctor ROSENBERG. Ingresaron a la habitación donde en ese momento vio un cuerpo sin vida. Se trataba del ex presidente de la república don EDUARDO FREÍ MONTALVA.

Señala que se encontraba acostado sobre la cama y vestido con pijama, su abdomen lo tenía vendado con una venda elástica. No recuerda que el doctor ROSENBERG haya firmado algún documento antes de realizar el embalsamamiento, o que se le haya facilitado la ficha médica durante el trabajo o luego, cuando se retiraron. El doctor ROSENBERG le pidió que preparara todos los instrumentos para realizar el procedimiento de embalsamamiento en la misma habitación, lo que le llamó la atención, incluso le preguntó para confirmar. Primero le sacó la venda, percatándose que tenía una infección, había materia y presentaba una herida cocida en toda la región del abdomen.

….. cuando el cuerpo se encontraba en condiciones de abrirlo, ambos doctores hicieron un corte en forma de “T” en la región del tórax y abdomen, procediendo a extraer sus órganos completos, sin separar las vísceras. Recuerda que al observar el páncreas, este presentaba una operación cubierta con una gasa……

Expone que todos los órganos fueron vaciados en una bolsa plástica y después en un balde metálico para su traslado. Luego de realizar el trabajo de embalsamamiento, se suturó, se maquilló y se retiraron alrededor de las diez de la noche.

Reitera en su declaración judicial que le llamó la atención que no estuviera la ficha clínica del cadáver. Para los médicos es siempre necesario contar con ese antecedente, así como la autorización que debe dar la familia para la realización de este procedimiento. Eso es algo ineludible, porque si la familia se opone no se puede hacer. Ignora cuál fue la razón por la que los órganos fueron desechados y porque no se incluyó la autopsia con el número correlativo correspondiente, pues tratándose de una personalidad era obvio que los órganos permanecen guardados indefinidamente. Incluso, en ocasiones, van al museo del Departamento, como en el caso de la autopsia del PADRE GUSTAVO LEPEICH, según recuerda.

El ambiente en la clínica Santa María era opresivo y tenso, marcado por la exclusión total de la familia de cualquier decisión relevante. Ningún familiar pudo expresar su voluntad ni presenciar lo que ocurría; todo se desarrolló en una habitación apartada y fría, donde la dignidad del ex presidente quedó relegada ante la premura y el secretismo del personal médico. El lugar elegido no contaba con las condiciones adecuadas para una intervención de esa magnitud, lo que acentuó la sensación de improvisación y descuido. Un detalle macabro fue la presencia de una escalera durante el procedimiento, elemento que reflejaba la falta de preparación y el apuro, como si ocultar lo sucedido fuese más importante que mostrar respeto por el cuerpo y la memoria del ex presidente. La escena era desoladora: cada gesto y cada decisión estuvieron impregnados de la impotencia de los familiares, quienes, desde el otro lado de la puerta cerrada, intuían que algo grave e irreversible estaba ocurriendo, sin poder hacer nada para evitarlo:

Declaración judicial de CARMEN VICTORIA FREI RUIZ. En cuanto al embalsamiento y la autopsia, señala que juntaron a su familia y les dijeron que a su padre le iban a hacer una especie de mantención para los días que iba a estar expuesto en sus funerales, pero que nunca se mencionó la palabra embalsamiento, nunca se les dijo nada de autopsia, eso lo corroboró con todos sus hermanos, nunca se les dijo que lo iban a hacer, incluso cuando PATRICIO ROJAS le mencionó que para él había sido muy duro ver las vísceras de su padre, jamás pensó que las hubiera visto fuera de su cuerpo, sino que lo relacionó con que había visto la herida de su padre, que era atroz, la cual vio y le afectó muchísimo. Ella pensó, que éste, en su calidad de médico sabía bien la ubicación de cada órgano del cuerpo y por eso se había percatado de eso, y se horrorizó por la magnitud de la herida.

En cuanto a la mantención, pensaban que le iban a aplicar un maquillaje y nada más, incluso cuando lo fueron a ver estaba dentro del cajón con la tapa cerrada. Su hermana INÉS encontró muy rara su cara y se molestó por lo que se le estaban haciendo, se demoraron demasiado tiempo, incluso, ante la demora, ella trató de entrar a la pieza para vestirlo porque no los dejaban entrar. Cuando entró la sacaron rápidamente. Le llamó la atención ver que había una escalera y además había una persona alta con delantal, quien la sacó de ahí. Después solo esperaron a que les entregaran el cuerpo. Cuando pudieron bajar y verlo, este ya estaba en el ataúd con la ventana abierta. Estaban todos sus hermanos. Ella cuando reclamó por la demora, primero le dijeron que el ataúd no había servido, pero JORGE es quien sabe más al respecto, añadió.

Ese último procedimiento, pareciera, fue urdido con la fría determinación de borrar para siempre las huellas del crimen. No fue solo una operación médica irregular; fue un acto deliberado, donde cada gesto, cada corte, cada frasco de reactivo derramado respondiera a la urgencia de desaparecer los tóxicos del cuerpo bajo capas de silencio y olvido.

El ex presidente no falleció por complicaciones inevitables ni por el destino caprichoso de una enfermedad. Lo arrancaron de este mundo mediante un protocolo tan invisible como letal, tejido en las sombras, que conjugó una aparente obstrucción intestinal, la inmunosupresión química, junto a intervenciones quirúrgicas escogidas con precisión, seguidas de un aislamiento forzado y despiadado.

Pese a los esfuerzos por eliminar los tóxicos, después de varios años se halló talio y gas mostaza en el cuerpo de Frei Montalva, descartando cualquier posibilidad de duda o de justificación basada en errores médicos. No se trató de una negligencia involuntaria, ni de un descuido del equipo profesional. Por el contrario, la presencia de estos elementos tóxicos revela que la muerte fue provocada de manera intencional, a raíz de decisiones premeditadas y calculadas por personas que actuaron con total frialdad y sin compasión, obedeciendo intereses oscuros y ajenos al bienestar del ex presidente. Todo lo que ocurrió en esa clínica, fría y desprovista de humanidad, tuvo el sello inconfundible de una traición planificada, como si el destino de Frei Montalva hubiese sido decidido de antemano. La sensación de que la justicia fue acallada incluso antes de que él diera su último aliento resulta tan dolorosa como ineludible, dejando claro que su muerte no fue un accidente, sino el resultado de una conspiración cuidadosamente ejecutada.

Frei como enemigo interno

La Clínica Santa María se convirtió, a lo largo de varias semanas, en el escenario central de una tragedia que fue mucho más allá de lo estrictamente médico y adquirió una dimensión profundamente política. Frei Montalva, mostrando gran valentía, se había erigido como la única figura capaz de desafiar abiertamente y sin temor a la dictadura cívico-militar. Su sola presencia imponía respeto y, a pesar de las adversidades, representaba una amenaza contundente para aquellos sectores de poder que buscaban eliminar cualquier huella incómoda de la historia chilena reciente. Querían que el país olvidara, que la verdad se enterrara bajo el silencio y que todo quedara escondido.

La voz de Frei Montalva no solo incomodó a los poderosos: sacudió la conciencia de todos los que escuchaban, generando inquietud y encendiendo una chispa de esperanza aun en medio de esos tiempos tan oscuros. El peso de su biografía y la firmeza de sus ideas resonaron con fuerza, impactando incluso a quienes, en un primer momento, lo consideraban un mero espectador tras el Golpe de Estado. Ese pasado, marcado por su silencio, se transformó finalmente en el motor que impulsó su resistencia y su lucha incansable por la verdad y la justicia.

Andrés Zaldívar lo recuerda en una entrevista con el corazón dividido entre la nostalgia y la autocrítica, como si cada palabra le pesara. Él mismo, junto a Frei y otros democratacristianos, confesó su ingenuidad al pensar que el Golpe de Estado del 11 de septiembre de 1973 sería apenas un paréntesis, una tormenta pasajera que pronto se disiparía para permitir el restablecimiento de la democracia. Por ese motivo, optaron por no firmar la conocida “Carta de los Trece”, un documento histórico redactado y suscrito pocos días después del Golpe por un grupo de destacados miembros de la Democracia Cristiana y figuras públicas, donde se condenaba explícitamente la intervención militar y la ruptura del orden constitucional. Esa carta, que representó un acto de valentía y compromiso democrático, marcó una clara diferencia entre quienes se atrevieron a oponerse públicamente a la dictadura naciente y aquellos que, por temor, cálculo político o esperanza de una pronta normalización, prefirieron guardar silencio y adoptaron una postura más ambigua.

Con el paso de los años, esa decisión de no firmar la carta se convirtió en una carga pesada para los que no lo hicieron, una espina que durante años les perseguiría entre reproches y lamentos, tanto propios como de la sociedad chilena. La decepción de quienes esperaban una defensa implacable de la democracia por parte de sus dirigentes se transformó en desilusión y rabia. Para muchos, la falta de una condena inmediata y contundente al régimen militar significó una complicidad involuntaria con la represión, los atropellos a los derechos humanos y la prolongación de una dictadura que se extendería por casi diecisiete años. En la memoria de Zaldívar y de otros líderes democratacristianos, este episodio quedó grabado como un recordatorio permanente de la importancia de la valentía moral y la defensa de los valores democráticos, aun en los momentos más oscuros de la historia nacional.

La periodista Mónica González, reconocida por su incansable labor investigativa sobre la muerte de Frei Montalva, declaró ante el juez Madrid que, en mayo de 1975, se produjo un momento decisivo en la vida del ex presidente. Hasta entonces, Frei había mantenido una postura cautelosa y distante, observando los acontecimientos desde la periferia, intentando adaptarse a lo irreversible tras el Golpe de Estado. Sin embargo, ese año, finalmente encontró el valor para dejar atrás la prudencia y enfrentarse abiertamente al régimen militar. Su decisión de conceder una entrevista al semanario colombiano Nueva Frontera fue un acto de valentía, temerario, que rompió el silencio impuesto por la dictadura. Allí, con palabras firmes y mucha convicción, denunció la situación en Chile, desafiando la represión y el miedo que imperaban en el país.

Este gesto marcó un antes y un después: fue el punto de inflexión en el que Frei Montalva dejó de ser un mero espectador para convertirse en un símbolo activo de la resistencia. Su voz, cargada de dignidad y coraje, resonó como una llamarada de esperanza para quienes anhelaban justicia y libertad en medio de la opresión. Su intervención pública lo expuso a graves riesgos personales, y lo transformó en una amenaza real y directa para el régimen dictatorial, encendiendo una chispa de aliento en la sociedad chilena, abriendo un camino de resistencia que ya no se detendría.

La historia avanzaba con una intensidad que parecía sacada de una tragedia griega, donde cada episodio sumaba nuevas capas de tensión y significado. En 1977, cuando Eduardo Frei Montalva fue invitado a integrarse a la Comisión Norte-Sur bajo la dirección del ex canciller alemán Willy Brandt, no solo asumió un rol internacional de enorme prestigio, sino que se consolidó como una figura de referencia ética y política para América Latina. Su voz resonaba en los foros internacionales, donde abogó por el diálogo entre países desarrollados y en vías de desarrollo, defendiendo la justicia social y los derechos humanos en medio de la Guerra Fría. En ese escenario, Frei era el único representante latinoamericano, lo que reforzaba aún más su liderazgo y lo convertía en un símbolo de esperanza para quienes, desde Chile y el exilio, anhelaban un futuro distinto.

Pero sería en 1980 cuando la figura de Frei alcanzó su mayor dimensión política y moral dentro de Chile. El dictador Augusto Pinochet, decidido a perpetuar su régimen, orquestó un plebiscito para aprobar una nueva constitución, un proceso que buscaba una legitimidad artificial bajo la apariencia de una consulta democrática. Como parte de esta estrategia, el régimen permitió la realización de un acto público el 27 de agosto de 1980 en el emblemático teatro Caupolicán de Santiago. Aquella noche, el ambiente fue eléctrico: miles de personas se agolparon en el teatro, entre lágrimas, esperanza y temor, conscientes del riesgo que corrían al desafiar abiertamente a la dictadura.

En ese escenario, Frei Montalva tomó la palabra y con una serenidad que desmentía el peligro que lo rodeaba, pronunció un discurso histórico. Exigió, sin titubeos, el inicio de una transición democrática, reclamó el respeto a la dignidad del pueblo chileno y denunció la ilegitimidad del plebiscito. Sus palabras fueron un llamado a la unidad, una invitación a no resignarse ante el miedo, y encendieron una chispa de rebelión en el corazón de la sociedad. A partir de esa noche, Frei dejó de ser solo un ex presidente respetado, y se convirtió en un “enemigo interno” de la dictadura, el adversario que debía ser silenciado a toda costa para evitar que la llama de la resistencia se convirtiera en incendio.

La amenaza que pesaba sobre Frei no era aislada. Apenas unas semanas antes, en julio de 1980, la Coordinadora Nacional Sindical —liderada por un corajudo Tucapel Jiménez— y las principales fuerzas políticas opositoras, muchas de ellas gravitando en torno a Frei, habían sellado un pacto histórico. Su objetivo era organizar un gran paro nacional para marzo de 1983, un acto de protesta masiva que buscaba paralizar el país y forzar la apertura política. Ese plan representaba el espíritu indomable de la resistencia chilena: la convicción de que, incluso en los momentos más oscuros, era posible soñar con un país más justo y libre.

Ambos hitos —el discurso del Caupolicán y la gestación del paro nacional— sellaron el destino de Frei y sus aliados. El régimen los identificó como el principal obstáculo para consolidar el poder absoluto. Así, la represión se intensificó, y la vigilancia sobre Frei y sus cercanos se volvió asfixiante. Las amenazas y el miedo se instalaron en la vida cotidiana de los opositores, y la historia de Chile entró en una de sus etapas más sombrías y decisivas. Sin embargo, la determinación de Frei Montalva y de quienes lo acompañaban demostró que, incluso frente a la brutalidad, la esperanza y el coraje podían abrir caminos inesperados hacia la libertad y la justicia.

La importancia del llamado “caupolicanazo” —como se denominó la histórica concentración en el teatro Caupolicán— fue relatada por Mary Figueroa, ex Directora de la Policía de Investigaciones de Chile, durante su testimonio ante el juez Madrid. Aquella no fue una simple jornada política: significó un punto de inflexión en la historia reciente de Chile, el instante en que los riesgos personales y el peso de la dictadura cayeron con toda su fuerza sobre los hombros de Eduardo Frei Montalva. Su intervención lo convirtió, de inmediato, en el blanco de la represión y la obsesión de los servicios de inteligencia militar, que analizaron cada frase de su discurso con minuciosidad, temiendo su potencial de encender la rebelión y la esperanza en una sociedad sometida exitosamente por el miedo.

Esa noche, el teatro Caupolicán se llenó hasta reventar: miles de personas acudieron, desafiando la vigilancia y el peligro, para escuchar a un líder que, hasta entonces, había mantenido una prudente distancia pública. El ambiente se cargó de emoción y tensión, donde el discurso de Frei recibió cincuenta y nueve ovaciones. Los gritos y aplausos no solo le expresaron apoyo, sino que rompieron el silencio impuesto por la dictadura para arrancar de lo más profundo de la multitud un clamor por la dignidad y el cambio. Cada vítore fue un acto de resistencia, una afirmación de fe en la posibilidad de un futuro democrático.

En su discurso, Frei Montalva enfrentó directamente al régimen de Augusto Pinochet, rechazando el plebiscito constitucional que el gobierno militar intentaba legitimar sin registros electorales ni garantías de transparencia. Con voz firme, aunque marcada por la emoción, Frei llamó abiertamente a votar por el “No”, lanzando un llamado a la ciudadanía a rechazar la consolidación de la dictadura a través de una nueva Constitución. Además, propuso una salida institucional: abogó por la formación de un acuerdo nacional y la convocatoria a una asamblea constituyente, ideas que en ese contexto autoritario resultaban sumamente arriesgadas y revolucionarias.

Uno de los momentos más significativos de la noche fue cuando Frei exigió el fin de la intervención militar en las universidades, defendiendo su autonomía, y reivindicando el papel moral de la Iglesia Católica en la defensa de los derechos humanos. Esas palabras suscitaron una reacción inmediata, donde el público respondió con una ola de aplausos y abrazos, creando un ambiente de hermandad y esperanza entre personas que hasta entonces, podían haber sido desconocidas, pero que se unieron bajo la causa común de la libertad y justicia. Según la perspectiva de Mary Figueroa, el llamado caupolicanazo representó mucho más que una simple manifestación política: fue un evento que provocó cambios profundos en la historia reciente de Chile. A partir de ese momento, la figura de Eduardo Frei Montalva quedó definitivamente identificada como un objetivo principal de la dictadura militar.

En declaraciones frente al juez Madrid, Andrés Zaldívar narró con la voz impregnada de inquietud la trascendencia del caupolicanazo y el abismo de peligros que rodeaba la figura de Frei Montalva en aquellos años. En un relato tenso, dejó entrever el peso de la amenaza constante, y el presentimiento de que el destino de Frei pendía de un hilo invisible y frágil. En su testimonio ante el juez, Zaldívar evocó cómo, tras el plebiscito de 1980, en octubre de ese mismo año y a instancias personales de Frei Montalva, emprendió una gira política cargada de incertidumbre por el extranjero luego de recibir una invitación de la Democracia Cristiana italiana. Cada paso fuera de Chile era una apuesta, una travesía por territorios donde el exilio se sentía como una sombra acechante. El temor a que le impidieran el regreso a su propia tierra era una amenaza siempre presente después de cada encuentro que sostenía, después de cada discurso que pronunciaba.

A fines de septiembre de 1980, apenas consumado el plebiscito, la tensión alcanzó su cenit cuando el general Pinochet, con voz glacial, lanzó una amenaza pública en el salón Azul del Club de la Unión. En ese momento, ante una audiencia expectante, Pinochet no dudó en señalar, casi como una sentencia, a Zaldívar, a Eduardo Frei y a Tucapel Jiménez. Los tildó de antipatriotas, los acusó de traicionar los lazos más profundos de la patria y los etiquetó como grandes enemigos del país. Sus palabras, cargadas de rencor y advertencia, retumbaron fuertemente y dejaron en el aire la sensación de que algo irreversible se avecinaba. Proclamó que ya conocía sus intenciones, que estaba al tanto de sus movimientos y de aquella riesgosa y torpe iniciativa de unir fuerzas políticas y sindicales contra él. Mencionó que estaba al tanto del plan para convocar a un paro nacional. Bajo aquellas luces y ante esa multitud, la amenaza de la represión se tornó tangible, una advertencia que anticipaba la persecución que estaba por venir.

Zaldívar le indicó al juez que después de sus presentaciones en Italia, aún agitado por la incertidumbre y respondiendo a una invitación que en el fondo la sentía como un salvavidas en medio del naufragio, se trasladó a Israel el 16 de octubre de 1980. Fue allí, lejos de su patria, donde recibió angustiado la noticia que ya no le cayó como una gran sorpresa: le prohibían su regreso a Chile. Genaro Arriagada, con la voz temblorosa al otro lado de la línea, le comunicó que acababan de dictar un decreto de exilio firmado con la fría determinación del general Augusto Pinochet y del ministro del interior Sergio Fernández. Cada palabra fue como un golpe seco, una puerta que se le cerraba con estruendo. En ese instante comprendió que la causa central de su destierro, fue haber osado denunciar el plebiscito como ilegítimo, y haberlo rechazado en representación de su partido, la democracia cristiana, del cual él era su presidente. La injusticia se profundizó aún más, al enterarse que en un artículo publicado en la revista mexicana “1 + 1”, se le acusaba de querer forjar una alianza con militares para derrocar a Pinochet. Así, entre la rabia y la impotencia, Zaldívar sintió cómo la historia lo arrastraba a un exilio lleno de lucha, incertidumbre y esperanza, aferrándose al recuerdo de una patria que aunque le negara su regreso, jamás podrían arrancársela del todo.

Tucapel Jiménez, en aquel entonces, relató Zaldívar, vivía sumido en el temor, acorralado por las amenazas lanzadas sin pudor por Pinochet. Ese terror no era un simple presentimiento, sino la certeza angustiante de que el peligro lo acechaba. Su temor fue justificado, porque apenas habían pasado un mes y tres días desde la muerte de Frei Montalva, cuando el destino le tendió la emboscada final sacándolo de este mundo de la manera más vil y cobarde. Tres días antes de caer, se había atrevido a convocar a una protesta pacífica, un gesto que fue tanto una súplica como un grito de vida, como si supiera que estaba comprando unas horas extras. Pareciera que esa protesta le regaló tres días adicionales de existencia, porque lo tenían marcado para morir antes. Esa verdad, la confesó su propio asesino, Carlos Alberto Herrera Jiménez, en un testimonio que nos obliga a mirar de frente al abismo de la traición y la violencia:

CARLOS ALBERTO HERRERA JIMENEZ, oficial del Cuerpo de Inteligencia del Ejército (CIE), declaró frente al juez Madrid, que su comandante era el entonces teniente coronel Víctor Raúl Pinto Pérez. Contó que había sido destinado a una unidad especial de contraespionaje que se creó junto con su llegada, cuyo cuartel fue denominado Coihueco. Funcionaba en la comuna de la reina. Señaló que “nunca tuvo una misión clara y definida, y que la denominación ‘especial’ es porque se debe estar a la espera de hacer algo, pero no se sabe bien en qué consiste; sin embargo, el mando superior lo sabe. Afirmó frente al juez, que estuvo durante un tiempo no muy extenso en esas condiciones, sin hacer nada, hasta que se le impuso una misión especial: dar muerte a Tucapel Jiménez. Sin embargo el comandante Pinto o Ferrer (no recuerda cuál de los dos) le ordenó abortar la misión. No recordó la fecha en que le comunicaron que esperara, pero si recordó que la muerte de Tucapel Jiménez la habían programada para el día 23 de febrero de 1982. El día 25 de febrero le dieron la orden para que actuara cuando se dieran las condiciones, las que se dieron de inmediato.

Tucapel Jiménez era un hombre de hábitos marcados y horarios estrictos; su día a día se desarrollaba siempre de la misma manera, como si esa rutina pudiera protegerlo de cualquier amenaza. Sin embargo, esa previsibilidad terminó siendo su mayor vulnerabilidad. Los agentes encargados de vigilarlo conocían sus movimientos a la perfección, identificando incluso los más mínimos cambios en su comportamiento. Los seguimientos se volvieron constantes: era como si una sombra lo acompañara en cada paso que daba, esperando el momento oportuno para atacar. Sus costumbres diarias, especialmente el trayecto que recorría cuando salía a trabajar en su taxi, se transformó en el mapa perfecto para quienes planeaban su asesinato. Lo que antes era un refugio de tranquilidad, su taxi, se convirtió en una trampa mortal. Resultó sencillo cumplir la orden ese mismo día. Alberto Herrera usó cinco balazos, seguido de un degollamiento.

Frei no estuvo exento de seguimientos similares. Según la declaración judicial de Mónica González frente al juez, el relato adquiere tintes estremecedores: Luis Becerra, chofer y hombre de confianza de Frei Montalva, traicionaba a diario esa amistad informando puntualmente a la CNI sobre cada paso, cada gesto, cada decisión del ex presidente. Así, cuando Frei se presentó en la clínica para operarse, el destino ya lo había marcado bajo una red de vigilancia constante. No llegó solo, porque junto a él, como una sombra, arribó también un contingente del ejército que con anterioridad conocía la fecha de su operación, desplegándose como una fuerza omnipresente en los puntos más sensibles de la clínica, desde el anonimato de un camillero, hasta la imponente autoridad de la gerencia. Cincuenta y seis personas en total: un ejército en miniatura, cada uno con un rol preestablecido, cada uno movido por un propósito que nada tenía que ver con la medicina ni con el cuidado del paciente. La clínica latía bajo el ritmo de la represión y la vigilancia. Los únicos que no sabían nada fueron Frei, el doctor Goic y Larraín; para todos los efectos prácticos la Clínica Santa María, y sobre todo por la noche, pasó a ser una clínica de la CNI. Era como si en aquella clínica, cada bata blanca escondiera una intención oscura y cada rostro conocido camuflara una historia de lealtades quebradas.

Muchos de los infiltrados en la Clínica mantenían conexiones laborales y personales con los doctores de la dictadura como Patricio Silva Garín, Weistein y Valdivia, quienes, además de trabajar con regularidad en el Hospital Militar, arrastraban consigo una historia de terror escalofriante. González le confesó al juez que siempre le resultó perturbador y desconcertante que el doctor Silva Garín —pese a haber realizado un curso en la temida Escuela de las Américas en Panamá, ese centro enigmático donde el ejército de Estados Unidos entrenó a militares latinoamericanos en tácticas brutales de contrainsurgencia y doctrinas anticomunistas— haya llegado a ocupar el cargo de subsecretario de Salud durante el gobierno de Frei.

Quizás el ex presidente se aferró a una falsa sensación de seguridad, convencido de que una muerte violenta y sanguinaria era improbable en su destino, incluso en medio de la represión que azotaba a Chile bajo la dictadura cívico-militar. Sin embargo, los asesinatos de destacados opositores en el extranjero —como el general Carlos Prats y su esposa, muertos en Buenos Aires por agentes de la DINA en 1974; el ex embajador Orlando Letelier, víctima de un atentado con una bomba en Washington D.C. en 1976; y el ataque sufrido por Bernardo Leighton y su esposa en Roma en 1975— demostraban que el alcance de la dictadura no reconocía fronteras y que la violencia política era una amenaza real para quienes se oponían al régimen.

Esos crímenes, ordenados o facilitados por la inteligencia chilena bajo Pinochet, estremecieron no solo a Chile sino también a la comunidad internacional, dejando cicatrices profundas en la memoria colectiva nacional. Lo desgarrador fue que Frei nunca pudo anticipar la magnitud de la traición que lo rodeaba; donde amigos, colegas y confidentes, colaboraron de manera voluntaria o involuntaria (al guardar silencio) con los aparatos represivos. No supo, ni pudo imaginar, el sofisticado y oscuro mecanismo de espionaje y persecución que la dictadura fue capaz de desplegar para acallar y destruir al “enemigo interno”.

La confianza de Frei en su entorno, su valentía y su aparente falta de miedo, se volvieron su talón de Aquiles; las lealtades que creía firmes resultaron ser una ilusión rota. En ese universo de sombras, la violencia nunca fue solo física, también se manifestó en la deslealtad y la mentira que brotó en su entorno, se presentó bajo el peso insoportable de descubrir que la conspiración brotaba de los lugares más íntimos y de los rostros más conocidos. Mientras el país entero temblaba y la esperanza se apagaba bajo el yugo del miedo y la represión, Frei, símbolo de la resistencia democrática, se convirtió en una víctima más de la maquinaria del poder autoritario.

Resulta difícil de entender la aparente desconexión del doctor Goic con la realidad que se vivía en el país, especialmente después de la primera emergencia médica, cuando optó por mantenerse en la periferia y evitar las preguntas difíciles, esas que arden en la conciencia y anticipan la catástrofe. Su actitud transparentó cierta distancia, como si transitara por un mundo paralelo, desconectado del espionaje, la vigilancia y el clima de sospecha que se vivía en cada rincón de los hospitales, clínicas e instituciones infiltradas por la dictadura cívico-militar. Tampoco lo ayudó su especialidad en medicina interna; no era cirujano, lo que facilitó que Patricio Silva cimentara sus opiniones de manera lapidaria.

En ese ambiente, la figura de Alejandro Goic se dibuja como marcada por una profunda paradoja: pese a su prestigio indiscutido y reconocimiento en el campo médico, mostró ingenuidad —quizás voluntaria, tal vez involuntaria— ante el vendaval político que sacudía el país y las instituciones de salud. No comprendió, o acaso prefirió no ver ni comprender, que los espacios de sanación, históricamente neutrales, se habían convertido en trincheras de vigilancia y control estatal. Las instituciones civiles —en esa dictadura cívico-militar— habían sido penetradas por los tentáculos del aparato represivo militar, donde la presencia de la CNI y organismos de inteligencia se habían infiltrado entre los médicos y sus pacientes sin despertar grandes sospechas. Tal era la magnitud de la intervención, que cuando Frei llegó a la clínica para operarse, fue como si hubiera ingresado a una clínica controlada por la CNI, al estilo de la tristemente célebre Clínica London; allí, cada rincón y cada bata blanca podían esconder una lealtad oculta, y la sensación de estar rodeado de vigilancia era palpable.

Mientras Goic se esforzaba por mantener la pureza del quehacer clínico y su independencia profesional, ajeno a la tempestad política y a los riesgos latentes, los pasillos y quirófanos se habían convertido en verdaderos campos minados. Cada bata blanca escondía, detrás de su apariencia profesional, una lealtad dividida o la sombra de la colaboración con el régimen. La medicina y el miedo se entrelazaban, obligando a todos —incluso a los más prestigiosos— a actuar con cautela, a vivir cada instante como si fuera el último, bajo la vigilancia constante de un poder que no perdonaba la ingenuidad ni el descuido.

Durante la dictadura de Augusto Pinochet (1973-1990), el ámbito hospitalario no estuvo exento del control represivo. Las clínicas y hospitales fueron seriamente intervenidos, facilitando que el personal sanitario pudiera ser fácilmente presionado o cooptado. El caso de Eduardo Frei Montalva, víctima emblemática del clima de persecución y vigilancia, refleja hasta que punto el aparato estatal logró extender sus tentáculos sobre quienes, como el doctor Goic, pretendían refugiarse en la neutralidad de la medicina. Así, la aparente indiferencia de Goic ante las señales de alerta que se iluminaban en su entorno, no solo puede interpretarse como desconexión personal, sino también como resultado de una época marcada por el temor, la incertidumbre y la necesidad de sobrevivir en medio de la represión.

En las declaraciones de Andrés Zaldívar al juez Madrid, queda claro que para muchos, Frei vivía bajo una amenaza constante, donde una espada invisible pendía sobre su vida; eso no era novedad, sino su pesadilla cotidiana. Zaldívar le relató al juez que, durante su exilio forzado, fueron innumerables las ocasiones en que se encontró con Eduardo Frei en Europa, donde ambos se aferraron a breves momentos de fraternidad en tierra ajena, lejos de la represión que azotaba Chile. En particular, recuerda, con una mezcla de nostalgia y desasosiego, un encuentro en Roma en noviembre de 1980, donde don Eduardo —como lo recordaba Zaldívar con cariño y respeto— pasó a verlo. Esos gestos cotidianos estaban cargados de la urgencia de quienes sabían que cada reunión podía ser la última.

Frei vivía en un estado de alerta constante: estaba convencido de que lo seguían, que cada paso era observado por ojos oscuros y hostiles. Aquella convicción no era infundada. Durante la dictadura de Augusto Pinochet, los organismos de inteligencia, especialmente la DINA y después la CNI, extendieron su accionar dentro y fuera de Chile, vigilando y persiguiendo a opositores que vivían en el exilio. En el hotel Edén, donde Frei se hospedaba cuando visitaba Roma, su intuición se volvió certeza cuando divisó a dos personas cuyo porte y actitud no le dejaron dudas, eran de la CNI, como se lo mencionó a Zaldívar. Esa agencia represiva, creada en 1974 y liderada por el coronel y después por el general Manuel Contreras, fue responsable de la coordinación de operaciones represivas, incluyendo asesinatos y secuestros de opositores en el extranjero, como lo demuestran los casos de Carlos Prats en Buenos Aires, Orlando Letelier en Washington D.C. y Bernardo Leighton en Roma.

La percepción de Frei respondía a una realidad concreta y documentada: la persecución a políticos, ex funcionarios y líderes opositores fue sistemática y comprobada. Frei sabía, y podía afirmar con convicción, que lo vigilaban incluso antes de abandonar Chile; la paranoia era real, y en su propia oficina tenía que poner música a gran volumen para ahogar el zumbido de los micrófonos ocultos y proteger sus palabras del acecho de la represión. Esa estrategia de sobreponer ruidos a las conversaciones era habitual entre los perseguidos políticos, ya que las escuchas clandestinas eran una herramienta recurrente del aparato represivo para obtener información y sostener el control. Las escuchas eran trampas que convertían cada conversación en un riesgo, cada confidencia en un posible motivo de condena. Tanto Frei como Zaldívar vivían con el peso de esa vigilancia; una sombra persistente que les recordaba, a cada instante, que la libertad era frágil.

Carmen Frei declaró ante el juez que la casa de su padre había dejado de ser un hogar para convertirse en una auténtica prisión, invadida por dispositivos de escucha que anulaban cualquier intento de privacidad. Relató, con la voz cargada de impotencia y rabia, una escena particularmente reveladora: un día, unos obreros trabajaban en una estantería, martillando los clavos en medio de la rutina doméstica, cuando de forma inmediata y sospechosa, sonó el teléfono. Al otro lado de la línea estaba el propio General Manuel Contreras, director de la CNI, preguntando si había ocurrido algún incidente en la casa. Ese hecho demostraba hasta qué punto el aparato represivo estaba pendiente de cada movimiento y ruido dentro del domicilio; incluso el sonido de un martillo era suficiente para activar las alarmas de la inteligencia militar. En ese momento, su padre intentó mantener la calma y le respondió que lo único fuera de lo común era el ruido provocado por los martillos, tratando así de transmitir cierta normalidad para proteger la poca intimidad que le quedaba. Sabían que hacía tiempo su casa estaba vigilada, donde cada palabra podía ser grabada y utilizada en su contra, y donde cada gesto era potencialmente observado por el régimen. La familia Frei vivía rodeada en una atmósfera de constante hostigamiento, conscientes de que su propio hogar se había transformado en un espacio inseguro, sembrado de micrófonos ocultos y marcado por la sospecha permanente. En ese ambiente, el silencio se convirtió en el único mecanismo de protección, y el miedo, en un huésped constante que definía cada instante de la vida cotidiana.

Zaldívar declaró ante el juez, que siempre tuvo el presentimiento de que algo malo podía sucederle al ex presidente, y que incluso él mismo no estaba a salvo de correr la misma suerte. Su relación con Frei no fue únicamente política: los unía una amistad profunda y sincera, por lo que las preocupaciones de Zaldívar iban más allá de lo institucional. Cuando Frei viajó a Madrid meses antes de su operación, mantiene muy presente una conversación que para él fue una advertencia premonitoria. En el encuentro, Frei —con una actitud de resignación y serenidad— le explicó que la razón de la intervención era aliviar el intenso malestar que le producía una hernia al hiato, molestia que se había vuelto insoportable, incluso le había incomodado durante una importante reunión internacional de alto nivel, la Comisión Norte-Sur, presidida por Willy Brandt.

Zaldívar, dominado por el afecto y una creciente sensación de urgencia, le advirtió: “¡Es una locura operarse en Chile ahora!”. Su alarma tenía fundamento en el contexto de represión y vigilancia que vivía el país, donde cualquier persona que incomodara al régimen corría peligro. Le sugirió que considerara operarse en el extranjero, lejos del alcance de la dictadura y de la posible manipulación del entorno hospitalario. Sin embargo, Frei, fiel a su carácter austero y sereno, trató de tranquilizarlo y le aseguró que la operación estaría a cargo de uno de los mejores cirujanos, su propio primo: el doctor Augusto Larraín. Para Frei, ese detalle era garantía de seguridad y profesionalismo. A pesar de eso, Zaldívar Larraín no se quedó tranquilo. Sostuvo que el verdadero peligro no residía en la capacidad del cirujano, sino en la situación de extrema vulnerabilidad en la que quedaría Frei tras la operación. Recordó que Frei era, en ese momento, el principal dirigente opositor a la dictadura, un hombre respetado en Chile y en el extranjero, y por eso mismo blanco potencial de quienes veían en él una amenaza. No obstante, Frei no quiso escuchar esos temores. Restó importancia al asunto, se negó a viajar para evitar gastos innecesarios y confió en la decencia de quienes lo rodeaban: “No quiero provocar un gasto innecesario”, respondió, minimizando el riesgo. Zaldívar, al no lograr convencerlo, se quedó con la amarga sensación de haber advertido el peligro sin poder evitar que su amigo avanzara hacia el abismo. Días después de la operación, Frei lo llamó feliz para contarle que el postoperatorio se desarrollaba bien, lo que le devolvió a Zaldívar un atisbo de esperanza. Sin embargo, esa tranquilidad fue efímera: apenas dos días después, recibió la noticia que tanto temía. Frei había tenido que regresar en forma urgente a la clínica. La sombra del peligro volvía a cernirse sobre ellos, confirmando los peores presagios de Zaldívar.

El paciente que incomoda

En este relato, he procurado reconstruir con mayor claridad y contexto histórico, los últimos días del presidente Eduardo Frei Montalva. No solo como paciente de una intervención quirúrgica rutinaria, sino como emblema viviente de una nación herida y como víctima de una maquinaria represiva. He entrelazado aquí fragmentos de informes médicos, declaraciones judiciales ante el juez Alejandro Madrid y análisis toxicológicos que el país tardó décadas en obtener y revisar. No existe aún una sentencia que logre cerrar la herida, pero sí persisten preguntas lacerantes como las siguientes: ¿Por qué el doctor Larraín no defendió su idoneidad profesional de manera clara y energética? ¿Por qué el doctor Goic permitió que el doctor Silva Garín despedazara profesionalmente con sus críticas implacables al doctor Augusto Larraín? ¿Por qué el diagnóstico clínico de obstrucción intestinal del doctor Silva Garín, que selló el destino de Frei Montalva, apenas fue analizado o discutido? ¿Por qué, cuando su cuerpo aún exhalaba el último aliento, se le extrajeron órganos vitales con una prisa inusitada, negando a la familia la piedad de un duelo y una autopsia digna? Ese proceder, tan lejos de las prácticas habituales, deja entrever la sombra de una clara intención de ocultar las huellas de un asesinato con una urgencia impuesta por fuerzas externas al ámbito médico. ¿Qué clase de sombra fue esa? ¿Quién decidió que el cuerpo de Frei debía transformarse en una evidencia fría antes que en un símbolo para la nación entera? Hoy, esas preguntas reclaman justicia en un país que aún no sana del dolor y la violencia de su pasado reciente.

Es crucial detenerse nuevamente en los momentos más delicados que condujeron a la muerte de Eduardo Frei Montalva, pues en ellos se reflejan las estrategias de silencio que durante tantos años predominaron oscureciendo la verdad. Cuando el cuerpo de Frei comenzó a mostrar señales de una afección inesperada —síntomas que no podían explicarse por causas naturales—, esas manifestaciones físicas no fueron solo un problema médico, sino también el eco de un sufrimiento colectivo y de secretos guardados bajo la represión. Observar y comprender esos síntomas fue, y sigue siendo, un deber de justicia y humanidad: implica asumir que tras lo visible había algo más profundo, una verdad que el país debe enfrentar.

En ese ambiente de silencio y temor, se explica mejor la frustración que acompañó la investigación de Carmen Frei sobre la muerte de su padre. Desde el primer momento, tuvo que lidiar no solo con el dolor personal, sino también con la indiferencia y la falta de apoyo de quienes podrían haber dado información clave —como los médicos, funcionarios y testigos—, pero que optaron por callar. Esa negativa a colaborar no fue una simple omisión, sino el reflejo de un miedo arraigado: el temor a represalias por parte de un aparato militar poderoso y omnipresente, capaz de castigar a quienes pensaran en romper el silencio.

Ese miedo, que paralizó a muchos durante la dictadura, se transformó con los años en vergüenza y remordimiento. Cuando llegó la democracia, la pregunta inevitable fue: ¿por qué no se habló antes? ¿Por qué se prefirió callar aun cuando había sospechas y evidencias? Alzar la voz después de tanto tiempo implicaba reconocer que el temor fue más fuerte que la voluntad de justicia, incluso para los médicos y personas cercanas a Frei, quienes optaron por el silencio para protegerse, antes que arriesgar sus vidas o carreras.

Aceptar y reconocer todo lo que se ocultó es también asumir el dolor de haber sido doblegados por el miedo y el abuso de poder. Solo siendo honestos sobre esa cobardía y complicidad —individual y colectiva— será posible, algún día, abrir el camino a la verdad y la justicia que aún reclama la historia de Frei y de Chile.

El 18 de noviembre de 1981, Eduardo Frei Montalva ingresó caminando a la Clínica Santa María. Llegó para tratarse una hernia hiatal, pero cinco meses antes de la intervención quirúrgica, los organismos de inteligencia ya estaban al tanto de la decisión de Frei. Tenían escuchas en su casa y un observador privilegiado, Becerra, su chofer, que trabajaba para la CNI. Ese margen temporal fue más que suficiente para tejer una red de vigilancia minuciosa dentro de la clínica, copando pasillos y servicios con agentes encubiertos, personal instruido y ojos atentos en cada rincón. No dejaron detalles al azar: cada movimiento, cada cambio de guardia y cada procedimiento médico fue cuidadosamente coordinado, construyendo un entorno controlado y predispuesto para que el desenlace fatal no fuera producto del azar, sino de una maquinaria planificada con tiempo y precisión. Carmen Frei, en su libro “Magnicidio, El Crimen de mi padre” (Ed Aguilar, 2017), cuenta que cuatro enfermeras de la clínica Santa María recuerdan haber visto durante esos días a Eliana Carlota Bolumburu, la jefa de enfermeras de la Clínica London y mano derecha del general Manuel Contreras; estuvo involucrada en muchos casos de violaciones a los derechos humanos.  La enfermera que recibió a Frei ese 18 de noviembre, María Araneda, era enfermera de guerra de la Fuerza Aérea, ligada también a los servicios de seguridad. Antes, había tenido que declarar sobre la muerte de Pablo Neruda, ocurrida de manera misteriosa también en esa clínica. Quienes atendieron a Frei Montalva tenían formación médica, pero parecían obedecerle a otra jerarquía, a la jerarquía militar asociada a los organismos represivos. Frei Montalva no cayó por complicaciones naturales: cayó por una acumulación de actos quirúrgicamente calculados. Nadie tocó su cuerpo sin que otro lo autorizara primero. Y a veces ese “otro” no vestía de blanco, sino un uniforme militar.

La incomodidad que Frei representaba no fue sólo para la Junta de Gobierno, fue también para todos los que, por acción u omisión, permitieron que el hospital se convirtiera en un laboratorio del poder. Porque en Chile, incomodar al régimen fue más peligroso que cualquier infección.

Desde el instante en que Eduardo Frei Montalva cruzó la puerta de la clínica, dejó de ser simplemente un paciente común. Su figura encarnaba el recuerdo incómodo de un ex presidente de Chile en democracia, opositor decidido al régimen de Pinochet y un defensor internacional de la democracia que faltaba en el país. Por ello, su ingreso al hospital no solo implicó un tratamiento médico, sino que convertió cada sala, cada camilla y cada intervención quirúrgica en escenarios cargados de significado político. Cada acción sobre su cuerpo, cada decisión médica, estuvo marcada por la tensión entre el deber sanitario y la presión del poder, pues el destino de Frei Montalva era observado y vigilado como si se tratara de un asunto de Estado, más que de una simple recuperación clínica.

El expediente médico de Eduardo Frei Montalva comenzó de manera habitual: contenía diagnósticos, recetas y anotaciones diarias como las de cualquier paciente que ingresa a un hospital. Sin embargo, esa aparente normalidad no duró mucho. Pronto, el proceso médico fue interferido por la presión y el control del poder político y militar que dominaba el país en ese momento. El doctor Larraín, reconocido cirujano y persona de máxima confianza de la familia Frei, fue desplazado de su papel central casi de inmediato al ser acusado de incompetente frente a los familiares y al doctor Goic por Patricio Silva. Augusto Larraín acostumbra jugar golf con su amigo Frei Montalva, pero Silva Garín se las ingenió para cortar eficazmente ese vínculo cuando convenció a la familia y al doctor Goic que él era el médico indicado para continuar con el paciente. En su lugar, asumieron la atención médica doctores recién incorporados. Algunos tenían una conexión antigua con el ex presidente, como Silva Garín que forjó su carrera profesional gracias al cargo de subsecretario de salud que le ofreció Frei Montalva. Sin embargo, ahora otros tenía otros intereses, como sus fuertes conexiones con los organismos represivos del régimen. Como le relató al juez Juan Adolfo Cabello Leiva, cabo segundo (R) del ejercito que trabajó en el Hospital Militar, Silva Garín impartía órdenes al personal como militar y como médico porque tenía grado militar aparte de ser médico. Esta sustitución no fue percibida a tiempo por el entorno cercano a Frei, y cuando finalmente los familiares y amigos comenzaron a notar o sospechar lo que ocurría, ya el miedo impuesto por los servicios de seguridad dificultaron cualquier reclamo o acción. El temor y la prudencia se convirtieron en factor clave para que la familia y los médicos de confianza no pudieran reaccionar con la rapidez y contundencia necesarias ante las irregularidades que se estaban presentando.

Días en que el cuerpo no sana

En los días posteriores a la primera operación realizada por el doctor Augusto Larraín, los registros oficiales afirmaban que la recuperación de Eduardo Frei Montalva avanzaba sin dificultades y que su estado de salud era favorable. A simple vista, todo parecía estar en orden: los médicos transmitían tranquilidad y los pasillos de la Clínica Santa María mantenían una atmósfera de aparente normalidad. Incluso Frei llamó a su hogar para avisar que se sentía bien y le pidió a Isabel Díaz que le preparara una cazuela, gesto que daba la impresión de que estaba retomando a su vida habitual.

Sin embargo, esa calma fue engañosa. Aunque regresó a su casa y demostró signos visibles de mejoría —comiendo normalmente su cazuela y tratando de llevar una rutina común—, debajo de esa apariencia de bienestar, se estaba gestando una amenaza mucho más seria. Durante la intervención quirúrgica, se había introducido en su organismo una sustancia tóxica, un elemento que pasó inadvertido tanto para su familia como para los médicos que le atendían. Nadie detectó indicios preocupantes en ese momento, porque los síntomas aún no se manifestaban de manera clara. Sin embargo, ese peligro oculto avanzaba silenciosamente, preparando el terreno para que Frei tuviera que regresar a la clínica bajo el pretexto de una complicación, como lo habían planeado quienes querían causar su muerte.

MARÍA ISABEL DÍAZ DELGADO, asesora del hogar, le señaló al juez Madrid que cuando Frei llegó a su hogar después de la primera operación, lo hizo en muy buen estado, incluso antes del alta la llamó por teléfono desde la clínica y le pidió que preparara una cazuela de ave, lo cual hizo y se la sirvió. Llegó acompañado de su hijo Eduardo, de su hija Carmen y también por el doctor Larraín, que lo había operado. También llegó con una enfermera que se quedó hasta la tarde, pues en la noche llegó otra. A veces le cocinaba papilla, pero en general su alimentación era normal, le preparaba su comida que era la casera, nada especial, él ya podía comer alimentos enteros que masticaba normalmente, cree que fueron como cuatro o cinco días que transcurrieron así hasta que se produjo su agravamiento. Él estaba bien, incluso lo vio el doctor Larraín pero en la tarde comenzó a sentirse mal. Cuando se agravó lo vio con vómitos y colitis y eso fue de un día para otro.

Bastaron tan solo ocho días para que la trampa que se había tendido alrededor de Frei terminara por cerrarse. Durante ese breve periodo, se argumentó la presencia de una supuesta obstrucción intestinal, la cual en realidad sirvió como pretexto para que fuera llevado nuevamente a la clínica. Allí, lo aguardaba un destino marcado por la traición y acciones ocultas bajo la sombra de la dictadura.

El verdadero peligro permaneció oculto, y fuera del alcance de quienes lo acompañaban. Los síntomas que aparecieron no encajaban con un cuadro de contaminación bacteriana o una infección común. Lo que realmente afectaba a Frei era un tóxico introducido intencionalmente en su organismo durante la primera operación a través de unas compresas contaminadas con talio, provocando una crisis médica a los pocos días. El cuerpo de Frei, símbolo de dignidad y resistencia, comenzó a dar señales de alarma: vómitos, dolor. Así, la “emergencia deseada” –una supuesta obstrucción intestinal fabricada a la medida– lo atrapó, obligándolo a regresar a la clínica, donde la CNI lo esperaba con los brazos abiertos para llegar a ser su principal verdugo:

Declaración judicial de ANDRÉS ANTONIO VALENZUELA MORALES quien ratifica su declaración policial de fojas 1.434 en la parte en que señala que estando como agregado en la Embajada de Chile en Perú como mayordomo del Agregado Aéreo de Chile, un colega de nombre ALEX CARRASCO, le comentó que su esposa habría escuchado en la Clínica donde trabajaba, no recuerda cuál, que a Don EDUARDO FREI lo habían envenenado y que le habrían aplicado compresas infectadas en la herida dejada por la operación que le practicaron.

El talio cumplió dos funciones cruciales en el caso de Eduardo Frei Montalva. En primer lugar, al ser introducido en su organismo, provocó síntomas que imitaban una obstrucción intestinal: dolores abdominales, vómitos y malestar general, lo que obligó a que fuera internado de nuevo en la clínica. Esta «complicación médica» en realidad fue fabricada y sirvió de pretexto para apartarlo de su familia y mantenerlo bajo la estricta vigilancia y control de la CNI, el organismo de seguridad del régimen militar. En segundo lugar, las investigaciones toxicológicas posteriores demostraron que el talio tenía otro objetivo importante: debilitar el sistema inmunológico de Frei y dificultar que su cuerpo pudiera eliminar un veneno aún más mortal que sería administrado después, el gas mostaza. Es decir, el talio no solo sirvió para justificar su regreso al hospital con síntomas aparentemente graves, sino también para dejarlo indefenso ante el gas mostaza, que finalmente causó el daño fatal tras su reingreso a la clínica.

En medio de lo que parecía ser una complicación inesperada después de la primera operación, el doctor Patricio Silva aprovechó la confusión y la preocupación tanto de la familia Frei como del doctor Goic para asumir completamente el control de la atención médica de Eduardo Frei Montalva. Tras la intervención quirúrgica inicial realizada por el doctor Larraín, Silva comenzó a poner en entredicho frente a la familia Frei la calidad del procedimiento llevado a cabo por su colega. De manera deliberada, y con un tono serio y seguro, se dirigió a la familia Frei, calificando la cirugía como una “operación sucia”, lo que implicaba que no se habían hecho los lavados previos necesarios o que el procedimiento había sido deficiente. Con estas palabras, desacreditó el trabajo de Larraín, sembrando desconfianza y generando angustia en un ambiente que, hasta ese momento, se había mantenido en relativa calma. Esta estrategia de Silva provocó que la familia comenzara a dudar del equipo médico original y facilitó que él tomara todas las decisiones importantes respecto al tratamiento que recibiría Frei, desplazando así a quienes hasta entonces habían tenido la confianza de la familia.

Sin embargo, este cuestionamiento de Silva hacia la operación del doctor Larraín fue solamente de cara a la familia Frei y probablemente frente a Goic. En privado —y específicamente cuando estaba junto al doctor Pedro Valdivia Soto, quien además tenía vínculos con la CNI— Silva adoptaba una postura completamente opuesta: reconocía que la técnica quirúrgica de Larraín había sido impecable y no tenía reparos en elogiar su proceder. Es decir, Silva actuaba con doble discurso. Por un lado, frente a los familiares de Frei, insistía en que la cirugía había sido deficiente y así generaba desconfianza hacia Larraín; pero por otro lado, en espacios cerrados y ante colegas del círculo médico ligados al régimen, admitía la calidad profesional del doctor desplazado.

Esta táctica de duplicidad por parte de Silva no fue casual, sino cuidadosamente calculada. Al sembrar dudas exclusivamente entre los familiares y mantener buenas opiniones en privado, Silva logró debilitar la confianza de la familia Frei en el equipo médico original. De ese modo, fue posible que las decisiones y la responsabilidad sobre el tratamiento de Eduardo Frei recayeran únicamente en sus manos. El propósito de Silva era evidente: consolidar su autoridad y tomar pleno control tanto sobre el equipo médico como sobre el destino del paciente, aprovechando el clima de confusión y temor que imperaba en esos días, en los que cualquier palabra o acción podía tener consecuencias graves bajo la vigilancia y presión del régimen militar.

Años después, cuando el doctor Patricio Silva ya había fallecido y la verdad comenzaba a emerger con el paso del tiempo, Augusto Larraín confesó que finalmente supo de las opiniones negativas que Silva había vertido sobre su trabajo. Esta revelación le provocó una profunda sensación de traición, pues nunca tuvo la oportunidad de enfrentar a Silva y defender su profesionalismo. Larraín reconoció que, en aquellos años, enfrentarse abiertamente a la maquinaria represiva del régimen era extremadamente peligroso; el miedo constante, la amenaza de represalias y la vigilancia permanente hacían casi imposible desafiar el discurso oficial sin poner en riesgo la propia seguridad. Es posible que ese temor paralizante, tan presente en los pasillos de la clínica y en la vida bajo dictadura, haya sido, también, lo que le impidió defender con mayor firmeza su verdad, su honor y la vida del paciente que intentó salvar.

La confusión y la falta de información precisa —alimentadas por la sombra que arrojó Silva sobre la supuesta “operación sucia”— se vieron reforzadas por el rápido deterioro de Eduardo Frei Montalva pocos días después de la primera cirugía. Lo que inicialmente parecía una recuperación normal se transformó en síntomas agudos y preocupantes, lo que generó desesperación y dudas en la familia Frei. En ese contexto de incertidumbre y angustia, la familia cedió ante la insistente recomendación de apartar al doctor Larraín y permitir que el doctor Patricio Silva asumiera el control de la segunda operación. Esta decisión, tomada bajo presión y en medio del desconcierto, resultó ser un punto de quiebre: marcó uno de los momentos más determinantes en el destino de Eduardo Frei, sellando el camino hacia un desenlace trágico que afectaría no solo a su familia, sino también a toda una nación que continúa buscando justicia.

El doctor Patricio Silva logró finalmente hacerse cargo de la atención médica de Frei Montalva, como lo había planeado. Este hecho dejó una huella imborrable: una historia atravesada por el miedo, la manipulación de la verdad y el dolor profundo de una familia que nunca debió vivir semejante tragedia. Carmen Frei, la hija del ex presidente, relata con estremecimiento en su libro lo que significó ese episodio, dejando constancia para las futuras generaciones de un drama nacional que sigue exigiendo respuestas y justicia:

….El doctor Patricio Silva Garín, quien en la época nos daba confianza porque como señalé había sido parte de su gobierno, nos dijo textualmente que la operación que el doctor Larraín le había realizado a mi padre había sido “una operación sucia”, es decir que no se habían realizado ciertos lavados previos. Sugirió, por lo tanto que había que sacar a Larraín del equipo. Después nos dijo que Larraín no había estado presente en los días en que había que cuidarlo. Lo que no es cierto porque el doctor Larraín había venido a controlar a mi padre permanentemente durante la estadía en la casa y luego en la clínica. Sin embargo, aunque mi madre no estaba de acuerdo, Silva Garín nos convenció de que había sido una mala operación y que había que sacarlo del equipo.

…..En las mañanas, cuando llegábamos a la clínica, iba a averiguar cómo estaba mi padre, y subía al cuarto piso donde estaba mi mamá para informarle. Cada tarde, al final del día, llegaba el doctor Silva Garín y nos daba el parte de la situación. Además de repetirnos que la intervención del doctor Larraín había sido una “operación sucia”, nos señaló que durante esa primera intervención le habían pasado a llevar el intestino, que tenía una herida abierta en la zona del estómago e intestinos y que había que hacerle curaciones todos los días.    

Años después y ante el juez Madrid, el doctor Silva Garín no declaró que la operación hubiese sido sucia, pero que alguien había cometido un error en la sutura. Todo eso como comentarios al aire, pero sin ningún fundamento. El juez escribe “…que la operación practicada por Larraín, en la que estuvo presente, se hizo bien y se retiró cuando comenzaron a cerrar y fue allí cuando pescaron el asa del intestino con la sutura en la pared del peritoneo, eso es algo probable pero no lo vio, pero si existió ese problema como causa probable de la posterior oclusión tiene que haber ocurrido en ese momento y no antes. Ahora el problema consiste en que el asa intestinal es un tubo que al quedar fijo en la pared, queda inmóvil, fue allí donde se produjo el vólvulo, el punto mismo donde se tomó no se obstruyó, sería por eso que pudo permanecer siete días bien y, después, presentarse el vólvulo y por supuesto la obstrucción completa, lo que se comprueba por los vómitos donde sale un líquido característico de color negro vidrioso y de muy mal olor.”

En su declaración frente a juez Madrid, Augusto Larraín menciona con claridad que él descartó una obstrucción intestinal después de realizar un examen exploratorio. Usó una sonda vía nasal y, tras escrutar el líquido del estómago de Eduardo Frei, comprobó que era normal, claro, transparente. ¿Por qué, entonces, no se aferró a su diagnóstico con la fuerza de quien sabe que la vida de otro depende de cada palabra? ¿Por qué no levantó la voz cuando Silva Garín, con su sombra de autoridad, cuestionó su diagnóstico? Quizá la actitud del doctor Larraín —esa prudencia que rozaba la timidez al momento de defenderse— no fue solo el fruto de una personalidad reservada, sino el reflejo de una época en la que contradecir el discurso oficial podía significar perderlo todo. Defender su criterio profesional era jugarse la carrera, la libertad, incluso la vida; era desafiar monstruos, arriesgarse a que el miedo se hiciera realidad. Su aparente sumisión ante los ataques o intrigas del doctor Silva Garín fue, en parte, la respuesta instintiva a una atmósfera de sospecha y vigilancia, donde cada rincón de la Clínica estaba infiltrada por el terror y la traición:

Declaración judicial de AUGUSTO MARTIN CARLOS LARRAÍN ORREGO, quién ratifica íntegramente su declaración policial de fojas 707 y siguientes. Indica que el ex presidente  fue dado de alta a su domicilio, los días siguientes de la operación ejecutada por él. Agrega que lo fue a visitar a su casa a diario, evolucionando el paciente en excelentes condiciones. A los pocos días, en su casa, el paciente le manifestó que sentía molestias por lo que le realizó un examen con sonda vía nasal para constatar que tipo de líquido existía en el estómago, encontrando líquido normal claro. La idea era observar que no hubiese obstrucción intestinal, pero se percató, por el resultado, que no existía ninguna alteración. Esos días debió viajar fuera de Santiago, a Santo Domingo, y se enteró que lo habían trasladado de urgencia a la clínica, por lo que se devolvió el mismo día y fue hasta ella, encontrándose con los doctores GOIC y SILVA que le informan que su trabajo había terminado, quedando el paciente a cargo el doctor SILVA. Se enteró que se le había practicado una radiografía y el diagnóstico era obstrucción intestinal; existía una zona del intestino dilatada.

En ese silencio y en esa renuencia a la confrontación directa, se resume una actitud común en aquellos años, caracterizada por el miedo a enfrentar abiertamente al poder. Muchos, ante la amenaza constante de represalias y el ambiente opresivo impuesto por la dictadura, prefirieron callar y guardar sus palabras, dejando de lado su propia dignidad y el deber profesional. El doctor Larraín evitó el enfrentamiento directo, optando por mantenerse en un segundo plano y protegerse, aunque eso significara sacrificar la verdad médica y su vocación más profunda. Su decisión de no defenderse ni explicar su diagnóstico con claridad fue, en parte, una estrategia de supervivencia en un entorno donde desafiar la versión oficial podía poner en riesgo la vida. La timidez de Larraín reflejó no solo su personalidad, sino también el temor paralizante que dominaba la época: la ética profesional quedaba relegada y el valor se desvanecía ante la amenaza permanente. Su silencio, lleno de miedo, es testimonio de una época en la que defender la verdad significaba exponerse a consecuencias graves. El miedo es el material con el que las dictaduras aseguran su permanencia. Y quizá, en medio de esa tormenta, Eduardo Frei mostró demasiado valor, una actitud que el régimen de Pinochet nunca estuvo dispuesto a perdonar. Pareciera que aquellos que se atreven a desafiar el poder, la historia los marca: los condena, los eleva, pero primero los golpea.

De manera similar, el doctor Goic, quien no tenía la especialidad de cirujano, fue influenciado con facilidad por el doctor Silva Garín y aceptó la decisión de apartar a Larraín del equipo médico. Con el paso del tiempo, Goic tampoco logró escapar a los difíciles dilemas éticos ni a las intensas presiones que amenazaban con ahogar su vocación más profunda. Al igual que Larraín, se vio forzado a sobrevivir en un ambiente hostil y tenebroso, donde el deber de lealtad hacia el paciente se ponía a prueba constantemente por fuerzas ajenas a la medicina, asociadas al poder y la represión. Goic experimentó en carne propia el peso abrumador de esa tensión: por un lado, su deber profesional de cuidar la vida y la salud; por el otro, el peligro real que acechaba tras cada decisión, comentario o gesto. Pronto comprendió que desafiar a esa estructura de poder brutal no solo ponía en riesgo su carrera y prestigio, sino también su propia vida. Por eso, cada día significó para él una batalla interna entre el miedo y su conciencia, entre el instinto de resguardarse y el llamado ético de sanar. En ese contexto, el coraje debía construirse a costa de lágrimas y noches sin dormir. Así, Goic, como tantos otros médicos de la época, avanzó con cautela en esa fina línea que separa la dignidad de la sumisión, sabiendo que el menor acto de rebeldía podía tener consecuencias devastadoras, incluso afectar a lo que más valoraba: su familia y sus seres queridos.

Sin embargo, lo ocurrido con Eduardo Frei no fue un caso aislado en la trayectoria del doctor Patricio Silva. En una inquietante repetición de la historia, se vio involucrado en una situación similares al atender a otro paciente, el general Lutz, enemigo entonces del coronel Contreras, donde surgieron complicaciones graves, difíciles de explicar, relacionadas con un mal manejo de las sondas de drenaje, medicamentos mal administrados y descuidos. Falleció también de septicemia en noviembre de 1974 mientras era atendido en el Hospital Militar. Para asumir la responsabilidad del paciente, el doctor Patricio Silva desvió hábilmente la atención hacia otro médico, con la clara intención de desplazarlo, asegurándose el control total sobre la salud de Lutz y, en definitiva, su destino. La muerte de Lutz, estuvo envuelta en circunstancias sospechosas y nunca del todo esclarecidas.

En ambos casos, lo que se debatía no era solo el bienestar del paciente, sino también intrigas políticas y rivalidades personales que gravitaban sobre cada decisión médica. Las familias de las víctimas vivieron entre la esperanza y la angustia, atrapadas en un clima de temor y desconfianza que hacía aún más fácil la manipulación y la imposición de la voluntad de Silva. Así, la figura de Patricio Silva emerge como la de un médico cuya ambición y deseo de poder se impusieron sobre la ética profesional y el verdadero deber de curar, dejando a su paso una estela de incertidumbre, sufrimiento y preguntas sin respuesta que marcaron profundamente a las familias involucradas y a la historia del país:

Declaración judicial de GLORIA PATRICIA LUTZ HERRERA en que ratifica su declaración policial de fojas 1515 y siguientes indicando que su padre AUGUSTO LUTZ URZUA adhirió al grupo de generales que planearon el golpe de Estado en Chile, en ese tiempo era director del Servicio de Inteligencia Militar, después fue nombrado Director de Institutos Militares y además Secretario de la Junta de Gobierno. Señala que el compartía sus ideas con otros generales de inspiración democrática como el General OSCAR BONILLA y pensaba, junto a él, denunciar ante la Junta de Generales las actuaciones del Coronel CONTRERAS, sin embargo el año 1974 el General PINOCHET lo destinó como intendente de la ciudad de Punta Arenas, a mi entender como una forma de alejarlo del centro de toma de decisiones debido a la influencia que él tenía. Fue algo muy extraño que se realizó a mitad de año, lo que es inusual. Indica que ella se quedó en Santiago, y tiempo después recibió un llamado de su madre de Punta Arenas anunciando que su padre estaba enfermo e internado en el Hospital Regional con diagnóstico de várices al esófago, siendo operado por esa causa por un doctor de apellido CERDA a cargo del equipo médico del Ejército. Sin embargo, se agravó, por lo cual se solicitó su traslado al Hospital Militar de Santiago por gestiones que hizo su madre con doña Lucía Hiriart. Por ello viajaron a buscar a su padre en avión estando a cargo del equipo médico el doctor PATRICIO SILVA, su padre venía consciente y en Santiago fue intervenido por el doctor SILVA por una úlcera gástrica, recuerda que el doctor SILVA le echaba la culpa al doctor CERDA, de Punta Arenas, quien habría hecho un diagnóstico equivocado. Afirma que luego el General de Sanidad militar de apellido DÍAZ les comentó que abriría un sumario para investigar las causas de tantos errores, pero su madre, al ir tiempo después a preguntar, éste le contestó “Olguita ¡que sumario!”. Señala que el día que falleció su padre, recibieron una serie de llamados anónimos que decían “este es el primer General traidor muerto, muy pronto morirá otro”, a los cuatro meses después murió el General don OSCAR BONILLA en un accidente de helicóptero.

Así fue como, en la tarde del 4 de diciembre, el doctor Patricio Silva asumió el control total de la segunda operación practicada a Eduardo Frei. Aunque en apariencia la intervención tenía como objetivo salvarle la vida y resolver una supuesta obstrucción intestinal, en realidad existían dos propósitos ocultos y muy distintos. Por un lado, Silva Garín pretendía exagerar deliberadamente la gravedad del estado de Frei, buscando instalar en la opinión pública la idea de que, si llegaba a fallecer, su muerte sería consecuencia de complicaciones médicas comunes, descartando de antemano cualquier sospecha de intervención externa o de mala praxis intencional. Por otro lado, necesitaba justificar la re-hospitalización del paciente, generando así las condiciones necesarias para llevar a cabo, bajo apariencia de procedimiento médico, una acción definitiva que pondría fin a su vida.

El ambiente dentro del quirófano era de una tensión insoportable: el doctor Alejandro Goic, al no ser cirujano, se sentía limitado y completamente incapaz de actuar, reducido a un papel meramente testimonial. Por su parte, el doctor Larraín, quien había sido apartado injustamente de la conducción médica, quedó relegado a simple observador, sin posibilidad de intervenir ni de defender sus decisiones previas. Ambos presenciaron en silencio el proceder de Silva Garín, sin atreverse a objetar ni a manifestar sus dudas ante lo que estaba ocurriendo frente a sus propios ojos, dominados por la impotencia y el miedo a desafiar la autoridad impuesta.

En medio de una atmósfera cargada de incertidumbre y temor, los médicos se encontraron frente a una situación completamente inesperada y difícil de explicar: detectaron una mesenteritis hipertrófica localizada, es decir, una inflamación notable y muy precisa en el mesenterio, la membrana que sostiene los intestinos. Lo más llamativo era que esta inflamación no mostraba signos de necrosis (muerte del tejido), ni presencia de pus, ni otras señales típicas de una infección. Además, no existía una causa quirúrgica evidente que pudiera justificar su aparición. Era aún más extraño que la zona afectada se encontraba en una parte del intestino que no había sido tocada ni intervenida durante la cirugía anterior; era un área completamente intacta y alejada de la incisión original.

Esta situación resultaba tan insólita que, en circunstancias normales, habría requerido una discusión detallada entre los médicos para intentar comprender su origen. Sin embargo, el doctor Augusto Larraín observó la escena sin mostrar reacción ni emitir comentarios, incluso cuando el doctor Patricio Silva decidió realizar un corte en el intestino delgado y extraer el segmento inflamado. En la práctica médica, este tipo de intervención solo se justifica cuando existe una necesidad extrema, ya que abrir el intestino implica un alto riesgo: las bacterias que normalmente residen en su interior pueden escapar y contaminar la cavidad abdominal, lo que puede provocar infecciones graves y complicaciones para el paciente.

En este caso particular, la extirpación del segmento inflamado no era estrictamente necesaria, ya que la inflamación no ponía en peligro inmediato la vida del paciente ni justificaba un procedimiento tan invasivo. Sin embargo, la decisión de operar sirvió, en los hechos, para reforzar la idea de que se trataba de una complicación médica común, descartando la posibilidad de que hubiera intervenido algún factor externo o mala praxis intencional. Así, el procedimiento no aportó una solución real al problema, sino que ayudó a consolidar una versión oficial sobre el estado del paciente que no correspondía completamente a la realidad de lo ocurrido.

El resto del equipo médico, de forma inesperada y difícil de comprender, tampoco actuó con la atención ni el nivel de preocupación que la situación realmente requería. Todos los presentes identificaron claramente la lesión en el intestino delgado durante la operación y la registraron en la ficha operatoria utilizando términos técnicos y neutrales: “zona de engrosamiento inflamatorio focal, sin signos infecciosos”. Sin embargo, ninguno se detuvo a analizar en profundidad la causa de esta lesión ni a discutir lo inusual del hallazgo. Lo más sorprendente era que la inflamación aparecía en una parte del intestino que no había sido intervenida ni cortada durante la cirugía, pero sí coincidía exactamente con el lugar donde, en la primera operación, se había colocado una compresa para sostener el intestino. Esta coincidencia llamativa no fue motivo de preguntas ni de debate entre los médicos presentes. Ninguno de los médicos amigos se planteó por qué una lesión de ese tipo podía surgir en un área que no había sido manipulada directamente por instrumentos quirúrgicos. Tampoco consideraron la posibilidad de que la compresa utilizada pudiera estar relacionada con la aparición de la inflamación. En resumen, no se tomaron el tiempo de explorar ni discutir las causas posibles de una inflamación tan localizada y atípica, lo que dejó sin respuesta una pregunta fundamental sobre lo sucedido.

El doctor Larraín no se defendió con firmeza cuando lo acusaron de haber participado en una operación “sucia” (como el doctor Silva Garín le dio a entender a la familia Frei), es decir, una intervención médica que podría haberse ejecutado mal, especialmente considerando que tras la cirugía no se detectó infección alguna. Había una hipótesis plausible: la posibilidad de que un agente externo hubiera provocado la inflamación localizada en el intestino. De hecho, Larraín sospechó que la compresa utilizada en la primera cirugía podría haber estado impregnada con algún químico, lo que explicaría el surgimiento de esa lesión específica. Sin embargo, ni él ni ningún otro médico mencionaron esa posibilidad en el momento de la operación. Pese a que su reputación y su experiencia profesional estaban siendo cuestionadas, Larraín permaneció inmóvil, sin defenderse ni expresar sus dudas, lo que lo dejó en una posición vulnerable y silenciada frente a sus colegas.

Años después, el juez Madrid convocó a un grupo de ocho médicos especialistas para analizar el segmento de intestino que había sido extirpado durante la operación. Tras examinarlo, todos coincidieron en que no presentaba signos de obstrucción intestinal. Es relevante destacar que, antes de ser apartado del equipo médico, Larraín ya había manifestado su desacuerdo con el diagnóstico de obstrucción intestinal que otros médicos sostenían. Sin embargo, una vez excluido de la conducción del caso, optó por guardar silencio y no insistió en su opinión. Resulta desconcertante que, en ese momento tan importante, Larraín no se tomara el tiempo de examinar personalmente el fragmento de intestino extraído para confirmar que la evidencia respaldaba su postura y así defender su criterio médico: que no había obstrucción intestinal y, por lo tanto, la intervención podría haber sido innecesaria.

Es muy probable que el miedo —o incluso el terror— haya paralizado al doctor Larraín en aquellos momentos decisivos durante la operación. No obstante, lo que resulta especialmente llamativo es que, muchos años después, ya en democracia y lejos de la presión directa de la dictadura, cuando tuvo la oportunidad de explicar ante el juez Madrid lo que realmente ocurrió, tampoco defendió con convicción su postura ni aclaró en detalle su diagnóstico inicial.

Esta actitud puede tener varias explicaciones. En primer lugar, el temor a sufrir represalias por parte del régimen podría haberlo marcado profundamente, al punto de seguir sintiendo ese miedo incluso tras el regreso a la democracia. En segundo lugar, es posible que el doctor Larraín temiera ser juzgado o criticado por sus propios colegas, o bien por la opinión pública, lo que podría haberlo hecho dudar de reafirmar su versión de los hechos. Tal vez también le preocupaba que lo consideraran cobarde por no haber defendido con firmeza su opinión en el momento en que los hechos ocurrieron. Además, es probable que no quisiera reabrir heridas dolorosas del pasado ni exponerse de nuevo al escrutinio público, especialmente en un caso tan sensible y cargado de controversia como este.

De este modo, cuando terminó la operación, tras suturar las incisiones y vaciarse la sala de operaciones, en lugar de obtener respuestas claras acerca de lo sucedido, solo quedaron dudas y una sensación de incertidumbre que, hasta el día de hoy, persiste entre quienes buscan entender la verdad de lo ocurrido.

¿Dónde estaba el doctor Goic en ese momento? Es importante señalar que Goic no era cirujano ni tenía experiencia directa en ese tipo de intervenciones quirúrgicas, lo que explica que no participara activamente en el procedimiento. Sin embargo, esto no le impedía involucrarse de alguna forma: al menos podría haber preguntado o tratado de informarse acerca de lo que estaba ocurriendo en la sala de operaciones, mostrando así interés y responsabilidad ante una situación tan inusual y delicada.

Ni el doctor Goic ni el doctor Larraín sospechaban el nivel de infiltración que los organismos represivos de la dictadura había alcanzado dentro de algunos hospitales y clínicas de aquella época. Para ambos, era completamente desconocido que el doctor Weistein —quien asistió a Patricio Silva durante la operación— y el doctor Valdivia frecuentaban instalaciones donde la CNI tenía importantes intereses. Colaboraban también en centros clandestinos de detención, como la temida Clínica London. Tampoco sabían que el propio doctor Patricio Silva, con su porte militar y voz de mando, había organizado el Hospital de Campaña en el Estadio Nacional, un lugar que se usó como centro de detención y tortura tras el Golpe de Estado. Todo ese entramado de horrores y complicidades permanecía oculto para ellos. Solo muchos años más tarde, cuando comenzaron a revelarse los hechos y se rompió el silencio impuesto por el miedo, pudieron comprender la verdadera magnitud de lo sucedido:

Declaración judicial de SERGIO RODRIGO VELEZ FUENZALIDA quien ratifica su declaración policial de fojas 897 y siguientes, señala que como médico de Sanidad militar  prestaba servicios en el Regimiento de Caballería Blindada del Ejército ubicado en Santa Rosa y paralelamente en el Hospital Militar como médico civil en su especialidad de cirujano. Conocía al doctor SILVA quién fue su jefe directo, pero señala que nunca participó como segundo ayudante en las operaciones a las que fue sometido el ex presidente como ha señalado el doctor SILVA. Sabe que el doctor WAINSTEIN quién también trabajaba en el Hospital Militar fue su ayudante en dichas intervenciones. Trabajó, también durante ese período, en la clínica Santa María en los turnos de noche, inclusive domingos y festivos. También estuvo destinado en DINA específicamente en la clínica London atendiendo a personal de esa dirección y a sus familiares pero en períodos diferentes. Dentro de los médicos de la clínica London recuerda al doctor SAMUEL PEDRO como uno que además trabajaba en la clínica Santa María;

Declaración judicial de MIGUEL ALBERTO TAPIA DE LA PUENTE, médico cirujano, quien ratifica su declaración extrajudicial de fecha 3 de noviembre del año 2011, otorgada ante la Policía de Investigaciones de Chile a fojas 11.133 la cual fue otorgada en los siguientes términos: Indica que en el mes de septiembre del año 1973 se desempeñaba como médico civil en el Hospital Militar en el servicio de cirugía y en el servicio urgencia, y que paralelo a ello cumplía labores de mayor de sanidad en la academia de guerra.

Señala que en días posteriores al 11 de septiembre de 1973, tenía la misión de designar a los médicos civiles del Hospital Militar, que debían concurrir a los distintos campos de prisioneros, correspondiéndole posteriormente por orden de su superior jerárquico el Mayor de Sanidad don PATRICIO SILVA GARÍN, disponer la instalación de un pelotón del hospital de campaña en el Estadio Nacional, para lo cual por disposición del doctor SILVA GARÍN, designó al doctor MANUEL ANTONIO AMOR LILLO, cirujano civil del Hospital Militar para quedarse a cargo del Hospital de Campaña en el Estadio Nacional, permaneciendo en el cargo de Director del Hospital de Campaña hasta que los prisioneros fueron evacuados hacia Valparaíso donde fueron embarcados en un buque de la Armada.

Declaración judicial de doña CARMEN LUZ VERÓNICA PARODI ALONSO, periodista, quien ratifica su declaración extrajudicial rendida ante la policía investigaciones de Chile el día 5 de junio del año 1012 la cual se otorga a los siguientes términos: consultada sobre el documental “ Estadio Nacional” del cual fue directora, cuyo estreno fue en el año 2003, como consecuencia una investigación de tres años, manifiesta que su creación nace de una inquietud personal por indagar sobre la historia de Chile y sobre el más grande campo de concentración del país.

…. Señala que para las sesiones de interrogatorio bajo tortura, los prisioneros eran llamados por altavoz y llevados al velódromo, donde realizaban filas de espera para sus turnos cubiertos por frazadas. Que según el relato de los prisioneros, además de las personas que realizaban el interrogatorio, había una, o un secretario, que tomaba nota de todo. Había también personal médico que supervisaba el estado físico del interrogado y su resistencia a la tortura.

Indica que también tomó conocimiento a través de los testimonios que las “máquinas” de aplicación de corriente utilizadas en los tormentos, eran de fabricación brasilera y operaban con personas que hablaban portugués y de que estas, incluso, instruían respecto a su uso.

Eliana Bolumburo que trabajó como enfermera en la siniestra clínica London confirmó que Valdivia trabajaba en esa clínica:

Declaración judicial de ELIANA CARLOTA BOLUMBURU TABOADA. Ratifica su declaración policial de fojas 887 y siguientes y, a la pregunta del tribunal, señala que el doctor PEDRO VALDIVIA era un médico más que cumplía funciones como las que se hacen en un policlínico, es decir, viendo toda clase de enfermedades, ello en la Clínica London

En ese escenario sombrío, la brecha profesional y ética entre médicos como Goic, comprometido con su labor, y figuras siniestras como Silva, Weistein y Valdivia, se hizo cada vez más evidente y profunda. Por un lado, Goic trataba de mantener la dignidad y el compromiso con sus pacientes, aplicando protocolos médicos rigurosos y priorizando una atención humana y centrada en el bienestar del enfermo. Por otro lado, Silva, Weistein, Valdivia y enfermeras misteriosas cedieron ante la presión de las fuerzas represivas de la dictadura, dejando de lado los principios fundamentales de la medicina y el juramento hipocrático para actuar bajo órdenes e intereses ajenos a la salud.

La Clínica Santa María, que antes había sido un lugar dedicado a la protección y recuperación de la salud, se transformó en un espacio invadido por el poder y la sospecha. Cada decisión médica podía tener segundas intenciones, dictadas por jerarquías ocultas y por la presencia de agentes militares que imponían silencio y desplazaban a los especialistas. Así, los pasillos y quirófanos, que en el pasado fueron templos de ciencia y compasión, se convirtieron en terrenos peligrosos donde cualquier acción podía estar motivada por intereses distintos a la curación, dejando a los pacientes y al propio personal médico en una situación de constante incertidumbre y miedo.

De este modo, la práctica médica fue saboteada de manera deliberada, no solo a causa de la desconfianza y la incertidumbre, sino principalmente por el miedo que reinaba en ese ambiente. Las relaciones de apoyo y solidaridad que antes unían a médicos y otros profesionales de la salud se rompieron bajo la presión constante de la dictadura, que intervenía en cada decisión médica e imponía una atmósfera de sospecha y vigilancia entre colegas. Por ejemplo, se produjo un distanciamiento evidente entre Goic y Larraín, quienes incluso dejaron de hablarse, lo que resulta comprensible si se considera que Larraín fue expulsado de manera humillante del equipo médico. La infiltración de agentes del régimen en las instituciones civiles fue tan extendida, que permitió que personas comunes —algunas con auténtica vocación y sueños nobles en sus inicios— terminaran convertidas en instrumentos sumisos del poder, ejecutando órdenes o siendo cómplices silenciosos. Esas personas, autorizadas a actuar sin restricciones morales, violaron principios fundamentales y contribuyeron a destruir la confianza en la medicina como último refugio de humanidad y compasión.

De este modo, médicos y enfermeras, muchas veces dominados por el miedo y la sensación de impotencia, terminaron participando activamente, permitiendo o al menos guardando silencio ante la injusticia y el horror que presenciaban. El temor constante a sufrir represalias, o a que se pusiera en peligro la seguridad de sus propias vidas y las de sus familias, los llevó a resignarse y a abandonar cualquier intento de protesta o denuncia. Ese silencio colectivo fue el terreno fértil sobre el cual se pudo cometer una atrocidad: en medio de la opresión de la dictadura, se llevó a cabo un asesinato que dejó una huella imborrable en la historia. En ese contexto, todo rasgo de humanidad parecía haberse perdido; el sufrimiento del paciente fue pasado por alto, la ética profesional se quebrantó por completo y el juramento médico de proteger la vida humana se desmoronó ante el miedo y la conveniencia. La esencia misma de la medicina, ese principio fundamental de respeto y cuidado por la dignidad del ser humano, se fracturó, dejando una herida profunda y persistente en la memoria de quienes lograron sobrevivir y aún cargan con el recuerdo de aquel crimen.

Desde la segunda operación, los días transcurrieron en medio de una angustia que aumentaba constantemente. Cada vez que parecía haber una mejoría en el estado del paciente, esa esperanza se desvanecía rápidamente ante una nueva recaída, lo que sumía a sus familiares en una incertidumbre dolorosa. El ambiente en la clínica estaba cargado de tensión: los seres queridos esperaban con temor, anticipando que en cualquier momento podría ocurrir una complicación nueva. Los síntomas inesperados surgían sin explicación clara, lo que generaba sospechas de que podrían estar siendo provocados deliberadamente, solo para justificar la realización de nuevos procedimientos médicos invasivos. Así, se instauró un patrón repetitivo de intervenciones y aislamiento, donde las acciones médicas, lejos de buscar realmente la recuperación, debilitaban progresivamente al paciente. Este proceso fue destruyendo la confianza tanto en el equipo médico como en el entorno hospitalario, y provocó que el paciente se sintiera cada vez más solo y vulnerable, perdiendo todo vínculo de seguridad y cercanía con quienes lo rodeaban.

La estrategia seguida por el doctor Silva Garín se fue haciendo cada vez más clara: lejos de buscar realmente la recuperación del paciente, el objetivo parecía ser mantenerlo aislado de sus familiares y seres queridos, privándolo del apoyo emocional fundamental en esos momentos críticos y volviéndolo progresivamente más vulnerable y sin posibilidad de expresar su voluntad. Tras la operación, fue ubicado en una habitación que carecía de las medidas de seguridad necesarias, lo que permitió que pudiera ser envenenado con gas mostaza sin que nadie se diera cuenta ni interviniera a tiempo para evitarlo. En ese ambiente, la sensación de abandono se intensificó: el paciente quedó sumido en la soledad, dominado por el miedo y sin recibir respuestas claras por parte del personal médico. Cada día representaba una batalla constante, no solo contra el dolor físico y la impotencia, sino también contra la incomprensión y la indiferencia que lo rodeaban. Como señala Carmen Frei en su libro, este clima de hostilidad y desprotección fue determinante para que su padre quedara expuesto y sin defensa durante todo el proceso médico:

Después de la segunda operación, fue devuelto a su habitación del cuarto piso. No lo llevaron a la UTI por orden del doctor Silva Garín, y no ‘por decisión de la familia’, como él afirmó ante el juez. Desde ese momento mi padre estuvo tres días completos al cuidado de personas desconocidas, sin que el personal de la clínica ni la familia lo supieran. Todo indica que las mujeres que lo atendieron en ese momento jugaron un rol decisivo en la inoculación de los tóxicos. Durante esos tres días esas enfermeras o agentes encubiertas tuvieron todo el tiempo del mundo para hacer lo que quisieran.

En el texto siguiente, realizo un análisis detallado del historial clínico del ex presidente Frei Montalva, explicando de forma clara y comprensible algunas de las decisiones médicas más relevantes que se tomaron durante su internación. Mi enfoque es crítico y objetivo, para que el lector pueda identificar con facilidad cuándo y por qué el tratamiento que recibió comenzó a apartarse de los protocolos médicos habituales. Así, describo los principales cambios en la atención médica, resaltando los momentos clave en los que se modificaron las intervenciones o se tomaron decisiones cuestionables. Además, expongo las posibles razones detrás de esas decisiones, considerando tanto factores médicos como el contexto de presión y vigilancia que se vivía en la clínica. El propósito es ofrecer una revisión precisa y accesible de los hechos, que permita al lector comprender cómo evolucionó la situación clínica del ex presidente, y por qué surgieron sospechas y dudas respecto al manejo de su salud y a los intereses que pudieron influir en su atención.

Tanto en el caso Frei como en el de Lutz, el ambiente en el hospital estuvo marcado por el miedo, la vigilancia constante y una profunda sensación de abandono. Ambos pacientes, al estar intubados, no podían comunicarse verbalmente y, ante la urgencia y el peligro que sentían, recurrieron a la escritura como único recurso para expresar su desesperación frente a sus familiares. Así, con manos temblorosas y en medio del temor, lograron escribir una frase que reflejó la angustia y alarma en que vivían: “Sáquenme de aquí que me están matando”. Ese mensaje, más que una simple solicitud de auxilio, fue el testimonio consciente del sufrimiento y ansiedad de alguien que percibe que su vida está siendo amenazada por decisiones médicas y fuerzas externas que escapaban de su control. Al escribir esas palabras en la soledad de una sala vigilada, buscaban romper el silencio y dejar constancia de la extrema vulnerabilidad y abandono en que se encontraban:

Declaración judicial de ALEJANDRO PATRICIO LUTZ HERRERA en que ratifica su declaración policial de fojas 4.717 y señala los hechos relacionados con el fallecimiento de su padre, el General AUGUSTO LUTZ URZUA, hecho ocurrido el día 28 de noviembre de 1974, quién a fines del mes de octubre de 1974 concurrió a un cóctel oficial en alguna rama de las Fuerzas Armadas. Amaneció al día siguiente muy enfermo y con sangre, lo atendió el Dr. MIGUEL CERDA, quien era el Médico Jefe de Sanidad Militar de la Quinta División de Ejército en Punta Arenas, quien señaló que una ulcera gástrica que había tenido años atrás le estaba causando el problema y propuso una laparotomía exploratoria, que significa una cirugía para ubicar el lugar del sangramiento, este doctor recibió ofrecimientos de ayuda por parte del Dr. REYES, quien era cirujano del Hospital Regional de Punta Arenas, para cooperar con equipo quirúrgico, dado que ellos tenían más experiencia en este tipo de casos y contaban con mejor implementación. Además los médicos navales, le ofrecieron ayuda para realizar un diagnóstico adecuado, aplicando técnicas no invasivas de endoscopia. Ambos ofrecimientos fueron rechazados por el Dr. CERDA. Su madre le solicitó trasladarlo hasta el Hospital Militar de Santiago, situación que tampoco aceptó, e incluso le dijo que él no daría el pase para ese traslado. Señala que al efectuar la cirugía no encontró el punto sangrante, lo cual ahora entiendo que era obvio, pues en su interior debe haber habido mucha sangre. Después de la cirugía su padre inició un cuadro séptico secundario. A las 48 horas fue trasladado al Hospital Militar de Santiago, por orden del Dr. PATRICIO SILVA GARÍN, quien concurrió personalmente a buscarlo en un avión Lan-Chile, adaptado en su parte posterior como avión-ambulancia. Venía con un equipo completo de su confianza, para atender a su padre y trasladarlo, siendo operado al día siguiente por el Dr. PATRICIO SILVA, quien debió practicarle una resección estomacal (sacar el estómago) no recuerda exactamente si fue total o parcial. Agrega que en esta cirugía se resecó la zona de sangramiento deteniendo la hemorragia, notándose una mejoría importante los primeros días. El cuadro séptico estaba controlado con antibióticos. Que habían pasado aproximadamente unos cinco días de esa notable mejoría, cuando recuerda que se encontraba con su madre en el Hospital y vieron salir al Dr. SILVA de la sala de su padre, notablemente molesto y desencajado y le dijo a su madre que curiosamente las sondas del drenaje que le había instalado durante la cirugía estaban fuera del cuerpo, comenzando a reagravarse la infección ya controlada, producto de que los líquidos que debía eliminar por la sonda se habían estado acumulando. Indica que por esta situación debió reintervenir inmediatamente y hubo complicaciones, entre ellas las respiratorias, por lo cual se solicitó la asistencia de un grupo de médicos de la Universidad Católica, donde además, se facilitó un respirador de mejor tecnología que el que se tenía en el Hospital Militar. Afirma que después de esa cirugía su padre tuvo una leve mejoría. A los tres o cuatro días después a su padre se le inyectó una alta dosis de antibiótico de nombre “gentamicina”, que estaba prescrita en la ficha, pero que después se preguntaban entre los médicos, quien la había prescrito en esa dosis; atendido a que era una dosis superior a la recomendada por varias veces. Con esto se agravó su estado de insuficiencia renal. Por la infección que su padre presentó y que se estaba agravando, se le practicó al menos un aseo quirúrgico para aminorar por medios mecánicos la infección, pero tampoco dio resultados. También se consiguieron antibióticos de alta generación en otros países, entre ellos de Estados Unidos y Panamá, los que tampoco fueron capaces de controlar la infección. Expone que existió otra situación que siempre le llamó la atención a la familia, que dice relación con la custodia permanente que tenía su padre en un área aislada que había en UCI de ese Hospital. Esta seguridad tan celosa hacia su padre, no permitió que él entrara ni una sola vez a verlo. Una vez que su madre logró entrar autorizada, su padre que no podía hablar por estar entubado, pero estaba consciente y tenía una pizarrita en la cual escribió “Sácame de aquí, que me están matando”. Afirma que quedó muy impresionada con este hecho y lo comentó con las personas que estaban a su alrededor. El Dr. SILVA les señaló que su padre se encontraba en un estado de perturbación mental debido a la infección, al uso de medicamentos que alteran su nivel de conciencia, lo que hacía pensar que le estaban haciendo daño y seguramente por eso escribió lo ya dicho. Finalmente mi padre falleció por una falla multisistémica. Relata que años más tarde cuando trabajó en el Hospital Militar, trató de conseguir la ficha médica y exámenes o cualquier rastro de la hospitalización de su padre, lo cual nunca logró obtener, siempre se le dio la respuesta de que no había registro de él en el Hospital. Agrega que siempre le llamó la atención los consecutivos errores y negligencias que se cometieron con su padre que finalmente determinaron su muerte, no obstante que la patología de base de la cual se enfermó en Punta Arenas había sido resuelta con éxito.

A medida que pasaban los días, Frei Montalva vivió una profunda inestabilidad emocional: en ocasiones parecía que podría recuperarse, pero las recaídas inesperadas rápidamente destruían cualquier esperanza. Su sistema inmunológico estaba siendo saboteado con la administración coordinada de talio y gas mostaza. En algún momento y con plena conciencia, comprendió que la clínica ya no era un espacio seguro ni un lugar donde se podía buscar sanación; por el contrario, sintió que estaba atrapado en una situación de la que no había salida. Llegó un momento en que incluso le llegó a pedir al doctor Osvaldo Bernal que lo desconectaran de los aparatos médicos. La función de la medicina se había distorsionado, y en vez de buscar su bienestar, todo parecía formar parte de un escenario oscuro y letal. Cada decisión médica y cada comportamiento distante del personal reflejaban la influencia de fuerzas externas a la clínica, que le cedían el paso a intereses desconocidos donde la curación era secundaria y la vulnerabilidad del paciente, cada vez mayor:

Declaración judicial de SERGIO OSVALDO BERNAL BUSTOS, donde ratifica su declaración policial de fojas 728 y siguientes, señalando que para el año 1981 era médico residente en la UCI de la clínica Santa María integrando el rol de turnos en forma ocasional, ya que no era del staff de la clínica. Le correspondió atender al ex Presidente en varias oportunidades dejando constancia en la Ficha Clínica.

Señala que le correspondió por primera vez observarlo al recibirlo después de su cirugía por obstrucción intestinal, el día 8 de diciembre, se encontraba en Shock séptico severo, inconsciente, con una presión 50/0, lo que es muy baja. Que él venía de su pieza, y hasta ese momento desconocía que se encontraba en la Clínica. Indica que es él quien lo recibe en la UCl, iniciando las medidas habituales del tratamiento del shock séptico, luego se realizó una junta médica con los doctores GOIC, ZAVALA, SILVA y VALDES, dejó constancia en la Ficha Clínica de las decisiones tomadas; y, según consigna esta, con fecha 8 de diciembre a las 15:00 horas, en términos generales se realizó la reposición de volumen, uso de drogas vaso activas (dopamina), antibioterapia (penicilina, amicacina y clindamicina) y esteroides o corticoides; las cantidades de antibióticos que se administraron eran medidas estándar, pero en general quien tomaba esta decisión era la junta médica presidida por el doctor VALDES. Agrega que ese mismo día a las 17:00 horas, por persistencia del cuadro de Shock, la constatación de infección y hematoma en la herida operatoria se decide intervenir nuevamente por su cirujano el doctor SILVA, decisión que fue tomada en junta con los internistas a cargo del paciente, quién fue a pabellón consciente y somnoliento, esto como a las 20:00 horas y se le realizó un aseo quirúrgico en el cual no participó ya que solo entraron los cirujanos.

Expone que ese mismo día en la noche, cuando ya había terminado su turno, ingresó a ver la paciente don EDUARDO FREI en una habitación dentro de la UCl, este se encontraba consciente y como no podía hablar le facilitó un papel para que pudiera manifestar lo que no podía decir con palabras ya que estaba en ventilación mecánica, con múltiples catéter, uno de ellos arterial, ya tenía sonda nasogástrica y abdomen abierto, escribió que le retiraran las cosas, la idea era que lo desconectaran a lo que durante varios minutos le explicó que su situación era reversible y que por lo tanto tenía que luchar por su vida, a lo que accedió solicitándole nuevamente por escrito que hiciera pasar a su familia, lo que permitió, informándole a su enfermera de la entrada de esta y luego se retiró.

Frei sintió con creciente certeza el encierro y la soledad impuesta desde afuera. Los silencio de quienes lo rodeaban eran como cadenas invisibles que lo sumergían, día tras día, en una desesperación profunda. No podía comunicarse libremente porque estaba intubado, y rodeado de personas que evitaban mirarlo a los ojos. La impotencia lo envolvía como una niebla que le impedía pedir ayuda o expresar su sufrimiento. En ese estado de aislamiento extremo, Frei comprendió que su voz estaba siendo silenciada, que ya no podía decidir sobre su propio destino, y que ningún intento de pedir auxilio lograría atravesar ese muro de indiferencia y complicidad que se había erigido a su alrededor. Cuando, en medio del temor y la debilidad, logró escribir temblorosamente —“Sáquenme de aquí que me están matando”—, no fue solo una súplica; fue la última expresión de una conciencia que percibía como el desenlace fatal se le acercaba, y que ninguna autoridad estaba dispuesta a escuchar su llamado.

Tanto el general Lutz como Frei, fueron dos personalidades de gran reconocimiento y prestigio, que enfrentaron una situación en la que, tras haber ocupado cargos de importancia y haber intentado alertar sobre hechos graves —Lutz intentó acusar al general Contreras ante la junta de generales—, terminaron completamente aislados y desprotegidos. Ambos pasaron de ser figuras influyentes a convertirse en pacientes privados de apoyo y de la posibilidad de defenderse, forzados a pedir ayuda de manera desesperada sin recibir jamás una respuesta. En ese ambiente, la indiferencia y el control impuesto por quienes tenían el poder se fue cerrando sobre ellos como una red que les impedía comunicarse y buscar auxilio:

Declaración judicial de CARMEN VICTORIA FREI RUIZ……Agrega que en una de las ocasiones en que entró a ver a su padre a la UTI, se puso delantal y mascarilla para que no le dijeran nada, pero le dio la impresión de que la habían reconocido. Fue en esa ocasión cuando su padre le dijo “de aquí no voy a salir vivo”. Ella no atinó a preguntarle nada más, y añadió que su familia siempre sospechó que le iban a hacer algo.

Carmen Frei relata que, luego de escuchar a su padre confesarle su temor de no salir con vida de la clínica, intentó animarlo y darle fuerzas, aunque no se atrevió a hacerle más preguntas ni a profundizar en el tema. Al salir de la habitación, compartió abiertamente con otros lo que su padre le había dicho. Sin embargo, después de esa visita, el acceso de Carmen a la pieza de su padre se volvió extremadamente restringido; cada vez le ponían más obstáculos para entrar. Y en las contadas ocasiones en que pudo verlo, encontró a su padre bajo los efectos de una fuerte sedación, lo que hacía imposible mantener una conversación con él o recibir algún mensaje adicional. Así, el último intercambio significativo entre ambos quedó marcado por la sensación de impedimento y por la imposibilidad de volver a comunicarse realmente antes del desenlace fatal.

La atmósfera que rodeaba a Frei Montalva en la clínica se hizo opresiva y estuvo marcada por una vigilancia extrema. El control sobre su entorno fue ejercido de manera rigurosa, con la presencia constante del personal militar que intervenía en las decisiones médicas y en el acceso de familiares, como su hija Carmen. Más que simples equivocaciones, los registros y testimonios evidencian una sucesión de “errores” médicos, decisiones equivocadas,  que parecen formar parte de un patrón sistemático, destinado a aumentar la vulnerabilidad del paciente en vez de protegerlo. Los familiares, pese a sus reiterados intentos por visitarlo o influir en su tratamiento, se enfrentaban constantemente al rechazo y a estrictos protocolos que les impedían acercarse. Como resultado, Eduardo Frei vivió una pérdida progresiva de autonomía y deterioro de su salud, sintiéndose cada vez más aislado y desamparado frente a una estructura que parecía estar diseñada para negarle ayuda y controlar todos los aspectos de su vida dentro de la clínica.

Bajo este clima de ambigüedad y temor, los detalles de las cirugías y diagnósticos muestran indicios de una manipulación sutil. La sensación de indefensión se intensificaba al surgir complicaciones y se restringía la comunicación, donde el paciente sólo podía expresar su angustia a través de frases escritas temblorosamente sobre pequeñas pizarras, transformándose en llamados de auxilio que quedaban ocultos bajo el silencio y las estrictas normas de la clínica.

El ambiente de la clínica, marcado por la vigilancia y el aislamiento del paciente, le reforzó la percepción de que el destino estaba siendo controlado por fuerzas invisibles. En este contexto, cada procedimiento médico adquirió un significado diferente; las intervenciones quirúrgicas, lejos de ser únicamente terapéuticas, parecían estar diseñadas para exponerlo deliberadamente a peligros y complicaciones adicionales. Con el paso del tiempo y a través de distintos testimonios, se hizo evidente que la línea entre cometer un error y actuar con la intención de causar daño se volvió borrosa.

Así, el caso de Frei Montalva se vincula con el de otros pacientes famosos que, tras sufrir situaciones graves, quedaron rodeados de sospechas, omisiones y temor. La búsqueda de la verdad sobre lo que realmente ocurrió se ha vuelto especialmente difícil, ya que el silencio institucional y la falta de transparencia predominan, lo que impide conocer de manera clara las causas y los responsables del trágico desenlace. Pasaron años antes de que el doctor Augusto Larraín se animara a hablar y a contar lo que sabía, pero para entonces ya era tarde para cambiar el curso de los acontecimientos. El juez Alejandro Madrid señala que, en su declaración jurada, el doctor Larraín explicó que guardó silencio por miedo a que, si expresaba sus dudas en ese momento, pareciera que quería protegerse o justificar su trabajo como cirujano. Pero además de ese temor a ser acusado de encubrir un error médico, pareciera que Larraín sintió miedo por su propia seguridad: temió a que los organismos represivos del régimen pudieran fijarse en él, amenazarlo o incluso hacerlo desaparecer, considerándolo un enemigo por atreverse a hablar.

En declaraciones recogidas en el libro La Verdad sin Hora de Lilian Olivares, Larraín volvió a plantear la posibilidad de que en la operación se produjo una contaminación intencionada de las compresas utilizadas en la primera operación. Explica que, durante su intervención quirúrgica, alguna de las pudo haber estado impregnada con unas “gotitas” de una sustancia tóxica, lo que habría desencadenado la necesidad de una segunda operación. Según él, ese veneno era extremadamente potente, similar a los usados en envenenamientos de origen ruso. Sin embargo, también considera que pudo tratarse de un químico más simple, utilizado en bajas dosis para provocar, tras algunos días, síntomas parecidos a una obstrucción intestinal. Ese cuadro clínico justificaría una nueva cirugía, durante la cual podría haberse facilitado la introducción de otros tóxicos:

Declaración judicial de AUGUSTO MARTIN CARLOS LARRAÍN ORREGO…el doctor PATRICIO SILVA decidió operarlo ese mismo día junto al doctor WAINSTEN, participando él como observador, presenciando lo ya indicado, una mesenteritis hipertrófica localizada de tipo inflamatorio, la que no habría sido de contaminación bacteriana ya que ello habría significado una extensión mayor de la lesión hacía el mesenterio; y, por su experiencia quirúrgica anterior y al no haber encontrado nunca esta lesión en sus intervenciones quirúrgicas abdominales, piensa que solamente puede explicarse por una contaminación localizada por un agente químico o tóxico que no comprometió el resto del mesenterio por lo que este agente sería de tipo deletéreo, esto es, que pudo evanecerse. Ello pudo haber ocurrido, según señala, por la presencia de ese tóxico en una compresa, lo que desliga a la Clínica Santa María de toda responsabilidad en cuanto a la esterilización de los instrumentos quirúrgicos utilizados. El doctor SILVA efectuó una resección abdominal del segmento dilatado, con una unión termino-terminal del segmento intestinal, operación que fue adecuada y efectuada de forma correcta, sin embargo, toda resección intestinal conlleva la posibilidad de una contaminación por gérmenes intestinales. Finalmente, indica que no participó en ninguna junta médica después del regreso del Presidente FREI a la clínica y ningún médico tomó contacto con él para analizar la evolución del paciente. Reitera que ambas operaciones fueron exitosas y no tuvo conocimiento de que médicos de la clínica desempeñaban funciones en los organismos de seguridad de la época.

La compresa, un elemento habitual y casi invisible en cualquier procedimiento quirúrgico, se transformó en el primer indicio de sospecha en el caso de Frei Montalva. Esta pieza, utilizada rutinariamente para limpiar, absorber fluidos o proteger y sujetar tejidos durante una operación, solo décadas después fue considerada como posible vehículo de daño. Lo que parecía una herramienta inofensiva pasó a ser objeto de escrutinio, ya que el tejido inflamado del paciente mostraba signos de haber sido agredido por algo imperceptible y no bacteriano.

No está claro si el juez Alejandro Madrid tuvo la oportunidad de examinar a fondo cuán segura era la logística y el protocolo de seguridad implementados en las cirugías practicadas al ex presidente Eduardo Frei Montalva. Por ejemplo, se desconoce dónde y cómo se almacenaban las compresas y el equipo quirúrgico, así como los demás insumos utilizados durante las operaciones. ¿Quién era responsable directo de la custodia de estos materiales? ¿Se mantenían las compresas bajo llave en algún lugar específico? ¿Cuántas personas tenían acceso a ellas? Estas interrogantes son fundamentales porque, en un contexto donde la vigilancia era insuficiente y la cadena de custodia poco clara, resulta fácil que alguien con intenciones maliciosas pudiera actuar sin ser detectado, sobre todo si los médicos inicialmente no dieron la voz de alerta y consideraron que solo se trataba de una obstrucción intestinal.

La presencia de agentes de la CNI (Central Nacional de Informaciones) en la Clínica Santa María y en muchos otros hospitales de la época está plenamente documentada. Se sabe con certeza que, días antes de la operación de Frei Montalva, llegaron funcionarios externos —no pertenecientes al personal médico habitual de la Clínica Santa María— para tomar el control de distintas áreas clave del recinto, incluyendo el quirófano donde se realizaría la cirugía y la bodega donde se almacenaban los insumos médicos. En el caso específico del quirófano, ocurrió un hecho inusual: fue sellado, es decir, se cerró completamente y no se permitió el acceso a nadie hasta el momento de la intervención, cuando se volvió a abrir exclusivamente para recibir al ex presidente. Esta medida excepcional permitió que personas ajenas al equipo médico regular tuvieran acceso directo tanto al quirófano como a los materiales que serían utilizados durante la operación.

Este acceso privilegiado facilitaba que alguno de estos agentes pudiera, si así lo deseaba, manipular o contaminar insumos médicos, como las compresas quirúrgicas, agregando en ellas sustancias químicas tóxicas —por ejemplo, talio— capaces de provocar en el paciente síntomas similares a los de una obstrucción intestinal, lo que haría muy difícil detectar el verdadero origen del malestar. Además, existen antecedentes de que, después de la operación, se utilizó una estrategia similar para contaminar los sueros administrados en el tratamiento postquirúrgico, incrementando así el riesgo para la salud del paciente y complicando aún más su recuperación.

Un montaje de estas características no solo impactó al ex presidente Frei Montalva, sino que, ya fuera por negligencia o descuido, existe la posibilidad de que alguna de las compresas contaminadas haya sido utilizada también en la cirugía de otro paciente. Un caso especialmente ilustrativo es el de Patricio Yáñez, un hombre de treinta y seis años que falleció el 26 de enero de 1982, apenas cuatro días después que Frei Montalva. Yáñez fue operado debido a una diverticulosis aguda, es decir, una afección en la misma región abdominal que la del ex presidente. Tras la intervención, presentó una evolución clínica casi idéntica a la de Frei: sufrió infecciones graves y persistentes que resultaron incontrolables y, finalmente, provocaron su muerte. Esta similitud tan marcada en los síntomas llevó a plantear la hipótesis de una infección intrahospitalaria. Pero ahora, con todos los datos adicionales que aportó la investigación del juez, se presenta razonable la sospecha de que la contaminación de los insumos médicos de Yáñez pudo no ser  un accidente aislado ni un hecho casual, sino que formó parte de una acción premeditada que podría haber tenido como objetivo a más de una víctima.

Patricio Yáñez pudo haber sido utilizado como una especie de experimento previo o en paralelo al caso de Frei Montalva, donde se puede plantear la idea de que su muerte no fue simplemente una coincidencia trágica ni el resultado de una infección intrahospitalaria estándar. Más bien, podría ser que los organismos represivos, al tener acceso privilegiado a los insumos médicos y al ambiente controlado de la clínica, aprovecharon la operación de Yáñez para poner a prueba los efectos y la dosificación de sustancias tóxicas como el talio y el gas mostaza. De este modo, Yáñez habría servido como un «ensayo general» —un caso de prueba— cuyo objetivo era calibrar los métodos de envenenamiento y asegurarse de que, al aplicarlos en Frei Montalva, los síntomas resultaran indistinguibles de complicaciones médicas habituales, evitando así levantar sospechas inmediatas. La similitud en los cuadros clínicos y la proximidad temporal entre ambos fallecimientos refuerzan esta hipótesis, mostrando no solo la vulnerabilidad del entorno hospitalario en esa época, sino también la meticulosidad y el cálculo de quienes planearon estos actos.

La inflamación mesentérica que se le indujo —caracterizada por fibrosis y engrosamiento de las paredes intestinales— generó síntomas similares a los de una obstrucción intestinal. Cabe destacar que el doctor Silva Garín fue quien promovió y sostuvo insistentemente la teoría de que Frei Montalva sufría una obstrucción intestinal, influyendo de manera decisiva en la toma de decisiones médicas y justificando la necesidad de una segunda intervención. Esa postura, sostenida por Silva Garín, fue clave para que la cirugía se realizara, aun cuando los antecedentes clínicos y anatomopatológicos no respaldaban plenamente dicho diagnóstico. La intervención incrementó los riesgos y abrió la oportunidad para la introducción de toxinas en el organismo a través de maniobras discretas e invisibles, sobre todo por la noche. Las investigaciones posteriores han señalado que la combinación de una cirugía injustificada y la exposición a agentes químicos, que desarticularon el sistema inmunológico de Frei Montalva, lo hicieron vulnerable a infecciones graves, oportunistas, acelerando su deterioro.

Durante las investigaciones dirigidas por el juez Madrid, un panel de ocho médicos especialistas analizó detalladamente el caso y llegó a una conclusión unánime: el doctor Patricio Silva Garín no actuó conforme a los estándares éticos y profesionales que exige la medicina. En concreto, determinaron que sus decisiones y procedimientos durante el tratamiento del paciente no solo fueron irresponsables, sino que también carecieron del rigor y de la ética necesarios, lo que puso en riesgo la salud y la vida de Frei Montalva. Esta evaluación se basó en la revisión minuciosa de los antecedentes clínicos, las intervenciones quirúrgicas y la gestión de la información médica durante el proceso:

Se constituyó un panel de expertos conformado en el servicio médico legal, compuesto por ocho médicos de distintas especialidades: CAROLINA HERRERA CONTRERAS, medicina intensiva (broncopulmonar), JAVIER BRAHAM BARRIL, medicina interna (gastroenterología), RONALD DE LA CUADRA ESPINOZA, cirugía digestiva, ALFREDO RAMÍREZ NUÑEZ, medicina interna (cardiología), LUIS THOMPSON MOYA, medicina interna (infectología), ANTONIO SAFFIE IBAÑEZ, medicina interna (nefrología), MELCHOR LEMP MIRANDA neurocirugía, RODRIGO SALINAS RIOS, neurología. Estos médicos concluyeron que existieron dos instancias donde el doctor Silva no se ajustó a la lex artis, que en el ámbito médico y jurídico, es un concepto que se refiere al conjunto de normas, prácticas, conocimientos y criterios que un profesional debe seguir para actuar con responsabilidad, ética y competencia en su campo. En medicina, implica que el profesional debe actuar conforme a los estándares aceptados por la comunidad científica y médica. Las dos instancias identificadas unánimemente por el panel de médicos donde eso no ocurrió fueron las siguientes: 

  1. La decisión de realizar una segunda intervención quirúrgica el 6 de diciembre de 1981 no estaba justificada por la información clínica disponible en ese momento. Al analizar el caso posteriormente, tampoco se encontró evidencia suficiente en los exámenes histológicos ni en la observación directa de la parte extraída del intestino que respaldara la necesidad de cortar ese segmento.

En otras palabras, los especialistas que analizaron el caso concluyeron que no hubo razones válidas para operar nuevamente ni para extraer parte del intestino, ya que los síntomas del paciente no coincidían con los de una obstrucción intestinal. La sección removida tampoco presentaba las lesiones típicas que se observan en estos casos, lo que indica que la intervención fue innecesaria desde el punto de vista médico.

La consecuencia directa de esta cirugía injustificada fue que el paciente quedó en una condición mucho más vulnerable, expuesto a infecciones graves y complicaciones postoperatorias. Además, investigaciones posteriores revelaron que durante el tratamiento se emplearon sustancias químicas como gas mostaza y talio, productos tóxicos que afectaron severamente el sistema inmunológico del paciente. Este debilitamiento dejó al paciente prácticamente indefenso ante cualquier infección, incluso frente a microorganismos que normalmente no representan un peligro significativo para una persona sana. No fue necesario introducir bacterias especialmente agresivas para causar daño irreversible; el efecto combinado de la cirugía innecesaria y los agentes tóxicos bastaron para que el organismo no pudiera defenderse adecuadamente y terminara en una situación crítica.

  • La ausencia de registro de signos vitales en un período crucial de su evolución post operatoria, no es compatible con una buena práctica médica, ni hoy ni en la fecha en que se llevó a cabo la reintervención. Al panel de médicos le llamó poderosamente la atención que, al revisar la ficha médica del paciente, observaron que el día siguiente a la segunda intervención quirúrgica no se registró absolutamente ninguna información referente a los signos vitales ni a otros datos relevantes del postoperatorio. Estos registros, que por protocolo son obligatorios y esenciales para monitorear la evolución y estado de cualquier paciente tras una operación, simplemente no existían en la documentación. Tal ausencia no puede considerarse un error menor, ya que implica dejar al paciente sin el control médico necesario en una etapa crítica de recuperación. Por su gravedad, esta omisión solo puede explicarse por una negligencia extrema por parte del equipo médico encargado, o, en el peor de los casos, podría ser interpretada como un intento deliberado de ocultar información clave y dificultar futuras investigaciones sobre lo ocurrido, ya que sin esos datos resulta mucho más complejo reconstruir los hechos y determinar las causas de posibles complicaciones o desenlaces fatales.

Declaración judicial de MELCHOR BRUNO LEMP MIRANDA, Médico neurocirujano.

Consultado sobre cuál sería la razón médica para que el paciente hubiere presentado tal agravamiento luego de la primera intervención, responde que a este respecto le parece algo extraño, que no se condice con el estado del intestino analizado en la anatomía patológica, que no era de oclusión. La impresión que les quedó es que su estado general no era tan grave.

Declaración judicial de JAVIER RENÉ BRAHM BARRIL, médico gastroenterólogo.

Consultado sobre por qué razón en la discusión del caso se señala que los hallazgos anatomopatológicos de la pieza quirúrgica obtenida en la intervención del día 6 de diciembre, no es compatible con la presencia de obstrucción intestinal o sepsis abdominal. Responde que en una obstrucción intestinal que llevaba unos días, de acuerdo con el relato, se hubiera esperado encontrar un intestino más dañado. Que en este caso no parecía haber un daño severo, y si había una sepsis, debió haberse presentado una necrosis del asa, y si el facultativo resecó un trozo de intestino, éste se presenta muy poco enfermo de acuerdo a lo que se expresan el informe anatomopatólogo.

Declaración judicial de EMILIO MERHE NIEVA, médico urólogo.

…por otra parte el trozo de intestino que se sacó en la segunda operación, no tenía alteraciones que justificaran hacerlo, no era un tejido negro o, incluso, agrega que la obstrucción intestinal era objetable. 

Declaración judicial de LUIS ALFREDO RAMÍREZ NÚÑEZ, médico cardiólogo.

Consultado respecto de los síntomas de la inoculación del talio, responde que el cuadro clínico es insidioso, consiste en dolores abdominales de tipo cólico, meteorismo, vómitos, dolores cólicos que son expresiones del calambre abdominal. Indica que desde el punto de vista clínico, estos síntomas pueden confundirse con los de una obstrucción intestinal, pero desde el punto de vista semiológico, de ninguna manera los síntomas que tuvo el paciente se condicen con los de una obstrucción intestinal.

Declaración judicial de RODRIGO ALEJANDRO SALINAS RÍOS, médico cirujano neurólogo.

 …y éste constituye una parte del intestino el que no demuestra la razón quirúrgica que tuvo el señalado facultativo. Asimismo, el diagnóstico que tenía el paciente al reingreso de la Clínica Santa María no evidenciaba compromiso vital.

Declaración judicial de CAROLINA DEL CARMEN HERRERA CONTRERAS, médico con especialidad en medicina interna.

…Finalmente en cuanto a cuáles son los síntomas cuando se da la ingestión de talio, responde que son los mismos, y existe una posibilidad razonable a que esa etiología podría haber sido la que ocasionara las manifestaciones clínicas del paciente analizado. Finalmente agrega que en el anexo número uno cuando se señala “el talio es una posibilidad diagnosticada que debe ser descartada”, lo que se quiere decir es: “que es una posibilidad que debe ser planteada y estudiada”.

Declaración judicial de Elvira sol del Carmen Miranda

Vázquez, médico Cirujano.

Consultada sobre el número uno de sus propias observaciones, señala que se considera que la resección del segmento intestinal no se justificó, por cuanto no muestra cardiovasculares secundarios a una obstrucción (signo de necrosis) ni tampoco reacción peritoneal. Tampoco se describe una ruptura intra operatoria en alguna zona del segmento intestinal.

Declaración judicial de RONALD RAFAEL DE LA CUADRA ESPINOSA, médico Cirujano.

…le llamó también la atención el hecho que la sección del intestino delgado resecado al momento de la reintervención quirúrgica del paciente, no hace mención a una estructura intestinal sin vitalidad (necrosis). Agrega que también le llamó la atención el hecho que el segmento del intestino resecado sólo mostraba congestión al estudio de anatomía patológica y no se menciona desvitalización de la estructura resecada. Finalmente indica que en su experiencia cirujano digestivo, ha observado que al no existir una desvitalización del intestino, la posibilidad de infección masiva es de rara ocurrencia.

Declaración judicial de LUIS ADALBERTO THOMPSON MOYA, médico con especialidad en medicina interna y microbiología (infectología).

…agrega que lo que dice relación con el trozo de intestino que se extrajo de 35 cm, en el informe del doctor Rosenberg de la Clínica Santa María (no es el patólogo de la universidad Católica), se explica que dicha parte del intestino delgado no tenía necrosis, solamente congestión y está sea vascular, lo que según le señaló la doctora anatomo patólogo doña Elvira Miranda, era esto una cosa mínima y nos habría justificado la resección, poniéndose en duda la necesidad de dicha resección.

¿Cómo pudo ocurrir que los médicos cercanos a Frei fueran tan poco curiosos en esos años? La diferencia entre la postura de los médicos amigos de Frei Montalva durante ese tiempo y la evaluación posterior realizada por el panel de ocho expertos radica en el ambiente de miedo, la presión institucional y las lealtades personales que dominaban tanto el entorno médico como el político durante la dictadura. Es importante destacar que, en muchos casos, la autoridad a la que los médicos debían responder no era solo la jerarquía hospitalaria o clínica, sino que estaba profundamente influenciada y, en ocasiones, directamente representada por el aparato represivo de la dictadura. Los organismos de seguridad y control del régimen, como la CNI, que ejercían una vigilancia constante sobre las decisiones médicas y el entorno hospitalario, generando un clima de temor y autocensura que restringía la libertad profesional y personal de los médicos.

Los médicos que estuvieron junto a Frei se encontraban en una situación compleja: por un lado, experimentaban incertidumbre clínica sobre el estado del paciente, y por el otro, sentían el peso de fuerzas externas que influían en cada decisión. Ante este escenario, muchos optaron por mantenerse en silencio o aceptar sin cuestionamientos el diagnóstico impuesto por el doctor Silva Garín, evitando así confrontar a quienes ostentaban poder en el equipo médico o en las estructuras externas de la clínica. El respeto a la jerarquía, el temor a represalias y la voluntad de no desafiar a figuras de autoridad —en este contexto, muchas veces ligadas al poder represivo del régimen— fueron factores determinantes en su conducta. Además, la falta de información transparente, las omisiones intencionales en la comunicación y el ambiente general de vigilancia dificultaron la posibilidad de que los médicos pudieran reunirse libremente, compartir ideas y dudas, para construir una visión crítica de lo que sucedía.

En cambio, el panel de médicos analizó el caso en un contexto libre de la dictadura y sin las amenazas que antes pesaban sobre cada decisión, por eso se observó una unanimidad notable en sus conclusiones. Todos los especialistas coincidieron en señalar las graves irregularidades y errores cometidos, y compartieron abiertamente sus opiniones, basándose en criterios científicos y objetivos. La ausencia de miedo y presión política permitió que se revisaran los antecedentes con transparencia y rigor, lo que dio lugar a una evaluación clara y consensuada sobre el caso Frei. Sus opiniones se basaron en criterios objetivos y científicos, permitiéndoles identificar con claridad que el diagnóstico inicial de obstrucción intestinal no estaba bien fundamentado y que hubo graves irregularidades en la forma en que se realizó la segunda cirugía. Esa diferencia de opiniones resalta cómo el ambiente de dictadura condicionó el actuar y la sinceridad de los médicos en ese momento, mientras que, en tiempos de libertad, la unanimidad y la claridad en el juicio profesional florecieron, dejando en evidencia las contradicciones y silencios que antes habían predominado.

Tras la segunda cirugía, ocurrió un hecho decisivo que afectó gravemente la recuperación de Frei Montalva. Las investigaciones posteriores evidenciaron que, de manera intencional, mientras el paciente permanecía solo en su cuarto —sin la compañía de familiares ni la vigilancia estricta del personal médico habitual—, fue visitado por personas desconocidas. Se menciona la presencia de enfermeras a las que, más tarde, nadie pudo identificar o relacionar oficialmente con la clínica.

En ese ambiente de escasa supervisión y aprovechando la ausencia de testigos, resultó sencillo para los responsables, como el doctor Pedro Valdivia, o Silva Garín, administrarle al paciente dos venenos en dosis bajas para complicar los síntomas y minar su salud: gas mostaza y talio. Según los antecedentes recabados, esas sustancias habrían sido suministradas durante la noche, cuando la vigilancia era mínima y casi no había personal circulando.

El propósito de administrar gas mostaza y talio al paciente fue provocar un debilitamiento extremo y deliberado de su sistema inmunológico, es decir, reducir drásticamente su capacidad de defensa natural contra cualquier tipo de infección. Respecto al sistema inmunológico deteriorado, es importante señalar que uno de los indicadores más claros de esta situación es la disminución significativa de los linfocitos, un tipo de glóbulo blanco fundamental para la defensa del organismo contra las infecciones. Los linfocitos son responsables de identificar y atacar agentes patógenos como virus y bacterias, además de coordinar la respuesta inmunitaria frente a infecciones y células anormales. Cuando los linfocitos están bajos —condición conocida como linfocitopenia— el cuerpo queda vulnerable, incapaz de combatir eficazmente las amenazas comunes de bacterias que siempre están presentes. En el caso de Frei Montalva, la administración de sustancias tóxicas, sobre todo el gas mostaza, provocó una reducción drástica de estos linfocitos, lo que facilitó la propagación rápida de infecciones y complicaciones graves. El daño producido por estos agentes no solo afectó la cantidad, sino también la funcionalidad de los linfocitos, dejando al paciente indefenso ante cualquier proceso infeccioso, por simple que fuera. Así, la baja de linfocitos no es solo un dato técnico, sino una señal inequívoca de que el sistema inmunológico había sido deliberadamente saboteado, anulando la capacidad de recuperación y defensa del organismo. En situaciones normales, el organismo puede recuperarse de infecciones menores gracias a la acción coordinada de los linfocitos T y B, que destruyen microorganismos invasores y generan memoria inmunológica. Sin embargo, cuando estos linfocitos son destruidos o su número se ve drásticamente reducido, como ocurrió en este caso, cualquier bacteria o virus puede desencadenar una infección generalizada y potencialmente mortal. Por eso, en los días posteriores a la segunda operación, el deterioro de Frei Montalva fue tan acelerado y alarmante: su cuerpo ya no tenía cómo defenderse, y las infecciones se expandieron sin control, “como pólvora” por todo el organismo, agravando su condición hasta el desenlace fatal. De ahí viene la frase del doctor Goic cuando en una entrevista señaló que Frei “nunca despegó”:

Declaración judicial DE EDUARDO ALFREDO JUAN FREI RUIZ TAGLE. Está el tema de las fichas que se perdieron en la clínica y se tardó años en recuperarla. Hay registros en estas fichas que SILVA GARIN entraba en la noche con personal del Hospital Militar a hacer procedimientos. En las declaraciones que se han prestado aparece la presencia de Talio y gas mostaza. Podría agregar muchas más dudas porque está lleno de dudas, la autopsia ilegal, por qué no se hizo una como corresponde, ninguno de los médicos tuvo la capacidad para pedirla. Podrían referirse al caso de LUTZ, pero lo que más me duele es que mucha de esa gente, contó con la confianza del Presidente FREI, como BECERRA, el doctor SILVA, y el doctor PATRICIO ROJAS, en donde le inyectaron cantidades gigantescas de un medicamento que él ordenó traer, ¿quién responde? 

No solo los médicos amigos le fallaron al ex mandatario. Becerra, considerado un hombre de confianza, tenía acceso libre a todos los cuartos de su casa y era parte fundamental del círculo cercano. Al fallecer Frei, incluso la familia le pidió que ayudara recibiendo a los que llegaron para dar el pésame. Durante las investigaciones llevadas a cabo por el juez Madrid, se descubrió que Becerra trabajaba como informante remunerado para la CNI. La razón detrás de su colaboración forzada fue que su hija mantenía una relación sentimental con un integrante del Frente Patriótico Manuel Rodríguez, lo cual era conocido por los servicios de inteligencia, quienes utilizaron esa información para presionarlo y obtener su cooperación. Además de desempeñarse como chofer, Becerra era vigilado y obligado a actuar en perjuicio de las personas del entorno del ex presidente. Así lo consignó el propio juez Alejandro Madrid en su sentencia, dejando en evidencia la compleja red de presiones y traiciones que rodearon a Frei Montalva en sus últimos días:

VIGESIMO OCTAVO: Que no obstante que el acusado antes nombrado (Becerra) en su declaraciones policiales y judiciales que se mencionan, ha negado su participación en los hechos que se le atribuyen, obren en su contra los siguientes elementos de juicio:

c.-Que, también el señalado acusado ha reconocido su participación como informante de los organismos represivos existentes en dicho período de tiempo, habiendo sido contratado para  dicho fin por el agente de la CNI Raúl Lillo Gutiérrez, siendo remunerado por los expresados servicios, los que prestó por haber sido presionado por el hecho  de que su hija mantuvo una relación sentimental con un integrante del frente patriótico Manuel Rodríguez, lo cual era conocido por los servicios de seguridad de la época, siendo obligado a realizar acciones que iban en perjuicio de personas que eran integrante del partido Demócrata Cristiano, los que habían depositado en él su confianza.

A Eduardo Frei Montalva no solo le inutilizaron las defensas naturales de su organismo, es decir su sistema inmunológico, los glóbulos blancos, sus linfocitos, pero sometidos bajo el terror también se inutilizó a quienes debían protegerlo y apoyarlo en su círculo más cercano. El doctor Patricio Rojas, quien era concuñado del doctor Silva y había ocupado el cargo de ministro del Interior durante su gobierno, jugó un papel relevante en los últimos días de Eduardo Frei Montalva. Durante esas semanas críticas, asumió el liderazgo en la comunicación entre el equipo médico y la familia Frei, presentándose como la principal figura de enlace. Rojas sostuvo de manera firme y pública que el fallecimiento de Frei se debió exclusivamente a complicaciones médicas, negando cualquier posibilidad de intervención irregular. Además, afirmó que la familia Frei había dado su consentimiento para realizar procedimientos sobre el cadáver una vez ocurrido el fallecimiento. Sin embargo, el juez Alejandro Madrid, calificó esta declaración como un intento de encubrimiento, es decir, como una estrategia para ocultar la verdadera naturaleza de lo sucedido. Su comportamiento despertó gran alarma durante las investigaciones llevadas a cabo por el juez Madrid, al punto de que incluso la hija del ex presidente Frei manifestó públicamente sus dudas ante los medios de comunicación, preguntando con franqueza: “¿A quién protege este señor?” Con esa interrogante, dejó entrever que el doctor Patricio Rojas no solo estaba intentando protegerse a sí mismo, sino también salvaguardar los intereses de su concuñado, el doctor Silva Garín. Es muy probable que, enfrentado a un entorno marcado por el miedo, la presión constante y la posibilidad de sufrir represalias, Patricio Rojas haya tomado decisiones motivadas por el terror y la desesperación, lo que lo llevó a emitir declaraciones falsas y ocultar información relevante sobre lo ocurrido. De este modo, las personas que en el pasado habían sido colaboradores cercanos y de confianza del ex presidente Frei, terminaron —quizás sin plena conciencia de ello— involucrándose como cómplices involuntarios de los hechos que rodearon su muerte. Sus acciones no parecen haber respondido a una intención inicial directa de traicionar, sino más bien a la necesidad de protegerse en medio de un ambiente hostil y peligroso, donde el temor y el horror dominaron sus decisiones:

Declaración judicial de MARÍA INÉS FREI RUIZ-TAGLE quién indica que con respecto a si la familia fue informada y autorizó la realización de un examen anatomopatológico a su padre, dice que no, no se les preguntó ni se les dijo nada, tanto es así, que ella se enteró del examen cuando salieron las noticias hace poco, y que mencionaba que se había encontrado un protocolo de autopsia en la clínica de la Universidad Católica. El doctor PATRICIO ROJAS dijo que la familia sabía, pero eso no es cierto. Señala que con el tiempo, la explicación que ella le encuentra, es que le extrajeron los órganos a su padre con el fin de que si posteriormente se hacía una exhumación a su cadáver, no existiera prueba de nada. Lo anterior, como una opinión personal.

Tras la segunda intervención quirúrgica destinada a tratar la presunta obstrucción intestinal de Frei Montalva, se produjo una grave falla en el tratamiento médico. En lugar de ser trasladado a la Unidad de Terapia Intensiva (UTI), como sería esperable en un paciente en estado delicado tras una cirugía mayor, Frei fue llevado a una habitación común. Esto implicó una disminución significativa en el monitoreo y en los cuidados postoperatorios, dejando su salud aún más expuesta. Este descuido intencional en la atención generó un escenario ideal para la intervención de agentes represivos que, actuando en secreto, tenían acceso privilegiado a los espacios críticos de la clínica, como las salas de vigilancia, los accesos a quirófanos y las áreas de recuperación. El control que ejercían sobre el entorno hospitalario les permitía supervisar todos los movimientos y asegurarse de que cualquier acción fuera posible sin levantar sospechas entre el personal médico regular.

En ese contexto de desprotección, el doctor Patricio Silva aprovechó la laxitud en la supervisión y el acceso restringido que caracterizaban esos días para ingresar durante la noche y realizar procedimientos médicos fuera del horario habitual. Muchas veces, estas intervenciones ocurrían sin testigos y sin el conocimiento de la familia Frei.

Resulta impactante y desgarradora la declaración de Carmen Valenzuela, auxiliar de enfermería:

Declaración judicial de LUZ DEL CARMEN VALENZUELA BASSALET, auxiliar de enfermería, quien ratifica su declaración policial de fecha 19 de marzo de 2009 rendida ante la Policía de Investigaciones de Chile, la cual fue otorgada señalando lo siguiente: que trabajó en la casa de don ARTURO FREI MONTALVA desde el año 1966 como auxiliar de enfermería de su madre doña MARÍA VICTORIA MONTALVA, quien falleció el 16 de octubre de 1972 y después continuó trabajando en forma esporádica con la familia FREI MONTALVA. Indicó que comenzó en enero del año 1982. No recuerda la fecha exacta en que llegó a su domicilio la hija mayor de don EDUARDO FREI MONTALVA, IRENE, acompañada de la asesora del hogar MARÍA ISABEL DÍAZ DELGADO, a solicitud del expresidente para solicitarle el cuidado postoperatorio del señor FREI a lo cual accedió inmediato. Fue por ello que concurre directamente la clínica Santa María donde se encontraba internado. Entra a su habitación donde se encontraba acompañado de una enfermera a la cual el señor FREI hizo salir. Fue así que conversó con él, aún se encontraba lúcido, pero pasaba por momentos de dolor y decaimiento. Le habló textualmente del médico de cabecera pero no le entregó su nombre, no le entendió si quería hablar con él o decirle alguna cosa respecto de él, que lamentablemente no lo logró entender. Afirma que también le habló de una enfermera que ingresaba todas las noches a inyectarle un medicamento que le producía mucho dolor, y tampoco pudo darle muchos detalles, no le quiso preguntar más antecedentes ya que en ese momento jamás pensó que algo malo le podría pasar. Que su impresión fue que lo encontró muy triste y que quería salir de esa clínica, que le pidió que una vez que saliera de la Clínica la compareciente lo cuidara por la confianza que existía de años. En dicha visita estuvo alrededor de un cuarto de hora y decidió retirarse ya que él estaba muy cansado.

Declaración judicial de fecha 23 de septiembre el año 2009 en la cual ratifica su declaración policial anterior y además agrega lo siguiente: señala que don EDUARDO le pidió en la Clínica que lo cuidara una vez que él saliera de ahí, incluso le señaló que no quería que nadie más lo cuidara, que lo hiciera solamente ella, frente a lo cual le manifestó que no había problema que solamente tenían que avisarle cuando ocurriera. Después que le hizo esa petición recuerda que hablaba mucho de su médico de cabecera sin dar su nombre, pero no entendió lo que le quiso decir, que le hablaba de él ya que su voz se notaba cansado y agitado, que trataba solamente de escuchar sin interrumpirlo, pero se notaba que estaba bastante grave, cuando se movía se quejaba y estaba bastante pálido. Afirma que lo que sí logró entender es que le dijo que una enfermera iba todas las noches a inyectarle un medicamento a través del suero el cual le provocaba mucho dolor, luego de ello y al notar que estaba muy cansado por el tono de su voz, decidió despedirse y salir de la habitación, que si ella hubiera sabido lo que ahora se sabe o se presume, habría puesto más atención a los detalles de lo que le decía respecto de su médico pues quizá ahora sería importante, pero no lo hizo en su oportunidad.

En aquellos días ardientes de fiebre y una soledad demoledora, Frei Montalva seguramente sintió cómo la sospecha se le colaba en el alma, creciendo y envolviéndolo como una sombra espesa que no le daba tregua. Su cuarto se convirtió en una celda de silencio, donde cada ruido parecía un eco de traición y cada mirada, un posible enemigo. Se me hace difícil imaginar la angustia que debió sentir cuando entendió con una lucidez amarga y escalofriante, que estaba siendo lentamente eliminado, y que la amenaza venía desde donde menos lo esperaba. Cuando ya no le quedaban fuerzas, ni aliados, ni esperanzas, la certeza de su vulnerabilidad le perforó el espíritu: allí estaba, abandonado al miedo, con la soledad como única compañía.

Si en algún momento, derrotado y sin fuerzas, Frei Montalva se atrevió a compartir sus angustias con la auxiliar de enfermería que alguna vez cuidó a su madre, es muy probable que también intentara hallar consuelo —por pequeño que fuera— en el doctor Alejandro Goic. Quizás, en medio de su vulnerabilidad, buscó en él una palabra de apoyo, un gesto de amistad, o simplemente una señal que le devolviera la confianza y la esperanza en las personas que lo rodeaban. Sin embargo, lo que pudo haber sucedido entre ellos fue, más bien, un distanciamiento marcado por la desconfianza y el temor. Es posible que, ante la sospecha de traición o la falta de respuestas claras, Frei Montalva sintiera que hasta sus últimos aliados lo habían abandonado, dejándolo solo frente a sus miedos, atormentado por pensamientos que no le daban tregua y por la incertidumbre de no saber en quién confiar.

¿Cómo reaccionó el doctor Goic ante aquella confesión angustiante de Frei Montalva? ¿Le creyó de inmediato, sabiendo en lo más profundo de su ser, que las sospechas de su paciente eran reales? Comprendió la gravedad de lo que escuchaba, o dudó de sus palabras, atrapado por la incredulidad y el miedo? Es posible que el temor lo paralizara, apretándole el pecho e impidiéndole actuar, llevándolo a guardar silencio en vez de ofrecer ayuda o buscar una solución. Tal vez el pavor fue tan grande que lo encadenó, dejándolo incapaz de moverse, de tomar decisiones o de tenderle la mano a su amigo. La conciencia de estar rodeado por fuerzas capaces de aplastar cualquier atisbo de disidencia, quizás le impidió actuar con una firmeza decisiva. Goic, médico de confianza, pudo llegar a ser un rehén de su propio temor: denunciar abiertamente lo que percibía significaba exponerse a represalias implacables. Así, la prudencia se volvió su única forma de resistencia, una respuesta frágil ante el riesgo de enfrentarse a un poder que no admitía errores ni dudas

De ahí me surge una pregunta aún más inquietante y que no me deja en paz: ¿Acaso el doctor Goic compartió con mi padre lo que estaba sucediendo durante aquellas visitas marcadas por la tensión y el desvelo, cuando el miedo se percibía en cada rincón de nuestra casa? Y, si así fue, ¿cómo reaccionó mi padre ante esa confidencia tan dura y reveladora? ¿Tuvo el coraje de enfrentar la realidad sin titubeos, o prefirió, como muchos otros, apartar la mirada y suplicar silencio, incapaz de soportar el peso de la verdad y el peligro que los rodeaba?

Lo que más duele y destruye la esperanza, es la certeza de que, pese a las señales de alarma y los pedidos de ayuda, nadie tuvo el coraje suficiente para intervenir. Ninguna persona se atrevió a romper el muro de silencio y soledad que rodeaba a Frei Montalva en sus horas últimas; nadie se animó a desafiar el miedo ni a ofrecerle el apoyo que necesitaba. En ese ambiente de temor paralizante, la oportunidad de salvarlo se fue perdiendo, como si el terror hubiera calado tan hondo en quienes podían actuar, que les impidió tomar decisiones cruciales. Así, Frei quedó completamente desprotegido, abandonado a su destino y sin posibilidad de defenderse, mientras quienes estaban a su lado callaban y se retraían, incapaces de ofrecerle ayuda. El doctor Augusto Larraín, desautorizado después de la primera operación, decidió hablar solo veinte años después, cuando las pruebas ya se habían enfriado y el caso de la muerte de Eduardo Frei Montalva apenas era un episodio mal resuelto en los archivos judiciales. Para entonces, la versión oficial ya presentaba su fallecimiento como consecuencia de causas naturales o, al menos, de complicaciones quirúrgicas habituales.

Imaginar que mi padre guardó silencio por miedo es una experiencia difícil. Me invade una mezcla de compasión, rabia ante la injusticia, y una tristeza que no toca fondo. Me pregunto, sin encontrar respuesta, cómo un hombre que siempre fue ejemplo de fortaleza y principios pudo, tal vez, verse superado por el temor. Me queda el deseo de decirle que no estaba solo, de pedirle que confiara, pero todo eso llega demasiado tarde. Uno quisiera abrazarlo y asegurarle que no hay reproches, solo comprensión por lo que vivió. Sin embargo, también duele ese silencio que dejó como herencia, esas palabras que nunca se atrevió a expresar por miedo a las consecuencias. En definitiva, lo que queda es la imagen de un hijo mirando a su padre atrapado en una situación imposible, dividido entre proteger a los suyos y enfrentarse a un peligro aterrador, lamentando la soledad que finalmente marcó su destino.

Hoy, al mirar hacia atrás y reconstruir esos días desde la distancia, me invade una mezcla de confusión y desamparo. No puedo evitar preguntarme cómo habría actuado yo en una circunstancia parecida, pero sobre todo, cómo debo interpretar ahora el posible silencio de mi padre. Me cuesta aceptar la idea de que él pudo haber estado al tanto de algo tan grave, y que, quizás por miedo, por no saber cómo proceder o por sentirse impotente ante una situación tan amenazante, optó por callar. Ese silencio, lejos de ser una simple omisión, pudo haber significado el cierre definitivo de cualquier oportunidad de ayuda o intervención. Siento rabia al pensar que el temor pudo superar a la lealtad; tristeza porque ese silencio puede haber sido el factor que selló un destino trágico; y una angustia profunda al imaginar que la culpa por no haber actuado acompañó para siempre a quienes estuvieron cerca y no supieron o no pudieron reaccionar a tiempo. Hoy, ese legado de silencios, traiciones y sospechas sigue resonando dentro de mí, y aunque trato de comprender los límites humanos cuando se enfrenta al terror, no puedo evitar el dolor al imaginar a mi padre atrapado en esa encrucijada. Saber que conocía una verdad tan dura y que, por miedo o inseguridad, nunca se atrevió a denunciarla, declararla o siquiera compartirla, me deja con un vacío difícil de llenar.

Frei debió sentirse rodeado de sombras y murmullos, y un silencio que gritaba su abandono; debió desear con todo su ser que alguien —quien fuera— rompiera ese cerco, que se atreviera a desafiar el miedo y la complicidad; pero nadie lo hizo. Y el horror de saberse vulnerable, de intuir la traición y no poder protegerse, lo apagó por dentro, despacio, lentamente mientras la certeza de que la vida se le escapaba era más punzante que la fiebre, y más cruel que el veneno que le administraban por la noche.

Declaración judicial de NELSON HUGO JOFRE CABELLO, (Policía de Investigaciones), 

…..hubo un daño provocado intencionalmente por parte del doctor SILVA cuando ingresa en altas horas de la madrugada con su equipo de confianza del Hospital Militar a hacerle lavados peritoneales al paciente, sin ocupar funcionarios de la clínica Santa María, por lo que puede concluir policialmente que hubo un daño inmunológico provocado e intencionado.

Declaración de FRANCISCO JAVIER FREI RUIZ TAGLE.

…..Consultado sobre cómo le consta que PATRICIO SILVA era uno de los médicos que ingresaba extemporáneamente a la UTI, se lo informó una enfermera de la clínica Santa María, pero que no recuerda el nombre.

Declaración judicial DE EDUARDO ALFREDO JUAN FREI RUIZ TAGLE, quien ratifica su declaración prestada por oficio a este Tribunal, y además señala:

Está el tema de las fichas que se perdieron en la clínica y se tardó años en recuperar. Hay registros en esas fichas de que SILVA GARIN entraba en la noche con personal del Hospital Militar a hacer procedimientos. 

Pinochet, por su parte, nunca tuvo la necesidad de involucrarse directamente en las acciones turbias ni planificar personalmente los detalles más oscuros. Sin embargo, mantenía un control absoluto exigiendo reportes diarios, minuciosos y actualizados sobre la salud de Frei Montalva. Incluso llegó a ofrecer un respirador, un gesto que, más que un acto de humanidad, parecía destinado a reforzar su papel de vigilante omnipresente. Pinochet nunca participó en la organización operativa ni en la logística concreta; su papel era el de una figura sombría que, desde la oscuridad, manipulaba cada movimiento, dando instrucciones sin exponerse y sin dejar rastros evidentes de su intervención.

En las reuniones cotidianas con el general Contreras, Pinochet no emitía órdenes directas ni instrucciones detalladas. Bastaba con que expresara frases cargadas de desprecio y condena hacia quienes consideraba sus adversarios: ¿A Prats? ¡Me gustaría no verle nunca más la cara!;  ¿Tucapel Jiménez? ¡Otro cabrón!; ¿Orlando Letelier? ¡Un ser despreciable, qué manera de causarme daño ese carajo en Washington!; ¿Bernardo Leighton? ¡Otro traidor hablando mal de Chile en Roma!. Esas palabras, tan frías y calculadas, dejaban en claro cuál era la voluntad del dictador y transmitían un mensaje inequívoco y aterrador, sin necesidad de explicaciones adicionales. Contreras, hábil y reservado, comprendía el alcance de esas sentencias y actuaba en consecuencia, sabiendo que cualquier error podría costarle caro:

Declaración judicial de MARÍA VICTORIA DE LARRAECHEA BOLÍVAR, enfermera, quien ratifica su declaración policial de fecha 3 de junio del año 2003 la cual señala lo siguiente: que se tituló como enfermera universitaria en el año 1979 la universidad Católica de Santiago, desarrollando sus actividades profesionales en la clínica Santa María, enfermera de piso y de UTI (unidad de tratamiento intensivo).

Finalmente quiere señalar que tenían la orden del doctor DUVAL Director de la clínica que en caso de muerte de EDUARDO FREI MONTALVA al primero que se le debía informar (antes de la familia), sería a don AUGUSTO PINOCHET, por tanto había que marcar un teléfono determinado que estaba anotado en la UCI.

Esta directriz revela no solo el interés personal y político de Pinochet en el desenlace, sino también su deseo de controlar estrictamente el flujo de información y el momento en que esta se haría pública. Así, el destino de Frei parecía estar sometido, primero, a los intereses del poder y no a la voluntad ni al derecho de sus seres queridos de enterarse antes que nadie.

La sospecha se instalaba de manera cada vez más profunda tanto en la familia como en quienes cuidaban a Frei. Durante los días de hospitalización, la rutina diaria perdió su tranquilidad habitual y se transformó en una espiral de incertidumbre y ansiedad. Cada pequeño detalle dentro del hospital parecía adquirir un significado inquietante: los familiares no sabían en quién confiar ni a quién creer, ya que cada médico —Silva, Goic, Patricio Rojas— interpretaba los síntomas y los acontecimientos de manera distinta, generando confusión en vez de respuestas claras.

El ir y venir constante del personal médico, los cambios de turno y los silencios inesperados entre quienes transitaban por los pasillos contribuían a crear una atmósfera de creciente incertidumbre. La familia, desesperada por encontrar alguna certeza, se aferraba a lo que podía: repasaban los registros clínicos, intentaban recordar con exactitud lo que se había dicho y lo que se había callado, y analizaban gestos y actitudes en busca de señales que pudieran explicar lo que realmente ocurría.

No obstante, la percepción de que la verdad estaba siendo ocultada se les volvía cada vez más fuerte. El miedo, las alianzas rotas y la sensación de amenazas latentes hacían que la información llegara fragmentada, envuelta en rumores y versiones contradictorias. Los testimonios de los involucrados no coincidían, algunos documentos médicos desaparecían sin explicación y la falta de claridad sobre los hechos alimentaba la idea de que el destino de Frei Montalva estaba siendo manipulado por fuerzas externas al control de su círculo cercano.

En ese ambiente de lealtades confusas y miedos crecientes, la búsqueda de respuestas resultaba cada vez más difícil. Las conversaciones se tornaron reservadas y cargadas de cautela; cualquier gesto, una mirada esquiva o una respuesta ambigua, podía interpretarse como señal de que había algo importante oculto. Los familiares sentían que cuando intentaban preguntar abiertamente, recibían evasivas en lugar de explicaciones, como si quienes debían proteger y cuidar a Frei quisieran encubrir una verdad demasiado peligrosa para ser revelada.

Con el paso de los días, la atmósfera alrededor de la habitación de Frei Montalva se volvió más opresiva. Cada movimiento del personal, cada intervención médica o ausencia, era observado con suspicacia y temor. Lo que parecía una rutina hospitalaria normal escondía, bajo su superficie, el miedo a una amenaza invisible e innombrable. Así, familiares y colaboradores comenzaron a notar inconsistencias en la versión oficial de los hechos y a sospechar que las medidas de seguridad se habían relajado lo suficiente como para permitir la entrada de un peligro calculado, poniendo en riesgo la vida del ex presidente.

Al mismo tiempo, la confianza que los familiares y quienes rodeaban a Frei Montalva depositaban en los médicos y asistentes se iba desmoronando con cada contradicción o vacío en los relatos sobre su estado y evolución. Las explicaciones poco claras y las versiones distintas entre los profesionales de la salud solo aumentaban el desconcierto, haciendo que resultara imposible saber con certeza en quién confiar. El sufrimiento por la delicada situación del ex presidente se mezclaba con el temor latente de estar siendo víctimas de una traición cuidadosamente planificada y ejecutada en secreto.

Para el círculo cercano, pronto quedó en evidencia que lo que sucedía en la habitación 401 de la clínica Santa María no era solo una lucha por preservar la salud de Frei Montalva, sino también una disputa por controlar la información y definir qué versión de los hechos prevalecería. Los familiares, atrapados entre un atisbo de esperanza y una creciente incertidumbre, sentían que la verdad sobre lo que ocurría se les escapaba precisamente de las manos de quienes debían protegerla y esclarecerla. La supuesta red de protección que debía resguardar al ex presidente parecía desmoronarse poco a poco, como si desde adentro alguien la estuviera destruyendo deliberadamente.

Así, con el paso de los días, la incertidumbre se volvió una constante. Cada acontecimiento, por más banal o cotidiano que pareciera —un cambio de turno, una decisión médica sin explicación, una conversación en voz baja—, podía ocultar una amenaza mayor o formar parte de un plan oculto. El entorno de Frei Montalva vivía en una sucesión interminable de dudas y sospechas, donde la realidad resultaba cada vez más difícil de descifrar y el miedo a lo desconocido se instalaba como único horizonte.

Así, el cuerpo debilitado de Frei Montalva quedó expuesto a la manipulación y el daño, víctima de una complicidad que, aunque no siempre fue plenamente consciente o voluntaria, resultó sumamente eficaz para quienes buscaban hacerle daño. La falta de reacción y de denuncia ante aquella irregularidad tan evidente en el quirófano hacía prever que, en el futuro, tampoco se alzarían voces para detener o exponer acciones aún más graves, como el envenenamiento encubierto y sistemático llevado a cabo por los organismos represivos durante la noche.

Se recibieron llamadas telefónicas anónimas dirigidas a la esposa de Hernán Elgueta, en las que se advertía que el ex presidente estaba siendo envenenado. Sin embargo, las acciones que se tomaron en respuesta a estas alertas fueron meramente formales y no tuvieron un verdadero impacto en la seguridad de Frei. Por ejemplo, se estableció vigilancia en su habitación para evitar el ingreso de personas desconocidas que pudieran ponerlo en peligro, pero esos controles resultaron ser superficiales y poco efectivos ante la compleja operación que los agentes represivos ya habían organizado dentro de la clínica, sobre todo que eran los médicos de la CNI los que tenían libre acceso al paciente. En la práctica, esas medidas no lograron protegerlo y su destino parecía ya sellado. La situación de Frei Montalva era comparable a la de un condenado a muerte: aunque seguía vivo y permanecía en su cama, se había convertido, en esencia, en un “hombre muerto que todavía usaba cama”, una víctima anticipada de un plan que se ejecutaba de manera sistemática.

En 1983, Andrés Zaldívar Larraín regresó a Chile de manera temporal, por tan solo cinco días, debido a la enfermedad de su padre. Durante esa breve estadía, transmitió a la familia de Frei Montalva la información que había recibido de Hernán Elgueta, quien le había advertido sobre situaciones irregulares ocurridas durante la hospitalización del ex presidente. Además, Zaldívar aprovechó la oportunidad para reunirse con su primo, el doctor Augusto Larraín. Observó que Larraín estaba profundamente afectado en el ámbito profesional, consecuencia directa de su participación en la intervención quirúrgica a Eduardo Frei. En ese encuentro, Larraín le aseguró que había realizado una operación “limpia”, es decir, sin cometer errores médicos, y que, en su opinión, lo que le sucedió a Frei se debió a hechos ocurridos fuera del procedimiento quirúrgico, probablemente provocados por la intervención de terceros ajenos al equipo médico. Posteriormente, cuando se abrió la investigación judicial sobre la muerte de Frei Montalva, fue el mismo Andrés Zaldívar quien convenció a su primo para que declarara con total honestidad todo lo que sabía acerca de su intervención y de las irregularidades que había percibido.

Después de la segunda operación, Eduardo Frei despertó en un estado de gran debilidad física, y una fiebre constante comenzó a afectar su organismo. A pesar de los esfuerzos médicos, los antibióticos administrados no lograban controlar la infección, por lo que los doctores se vieron obligados a cambiarlos reiteradamente, probando distintas combinaciones sin obtener resultados satisfactorios, como si estuvieran buscando una solución a ciegas. Las radiografías y análisis evidenciaban una infección grave en la zona abdominal, pero el diagnóstico oficial seguía siendo el mismo: “reacción normal”. Sin embargo, para sus familiares y personas cercanas, esa supuesta normalidad era incomprensible, ya que veían cómo el ex presidente se debilitaba más con cada dosis de medicamento, mostrando un deterioro que nada tenía de habitual.

Las visitas de sus hijos, que antes eran un consuelo diario, pasaron a estar restringidas por horarios caprichosos e inhumanos, dictados sin motivo aparente. La enfermera en quien la familia confiaba plenamente fue apartada de su lado de manera repentina y sin dar ninguna explicación, dejando un vacío de cercanía y protección. Los médicos de siempre, aquellos que conocían cada detalle de su salud y habían acompañado a Frei en sus momentos más delicados, fueron reemplazados de la noche a la mañana por rostros extraños, profesionales cuyo pasado clínico era difuso y en quienes resultaba imposible depositar verdadera confianza. La sensación de desamparo era absoluta, como si, poco a poco, fueran arrancando todos los lazos que lo mantenían unido a la vida y a los suyos.

CARMEN FREI declaró frente al juez Madrid que su padre les comunicó a cada uno de sus hermanas y hermanos su decisión de operarse. Quería estar bien para participar en una reunión de la Comisión Norte Sur a celebrarse en Kuwait en enero de 1982. Declaró ante el juez en el año 2003 y luego lo ratificó en el año 2012 que ante la sugerencia de que mejor se operara fuera de Chile por razones de seguridad frente al riesgo que pudiera usarse este episodio para atentar contra su vida y también por las mejores condiciones de calidad médica, él le señaló que confiaba mucho en los médicos chilenos y afirmó “si a uno lo quieren matar lo pueden hacer en cualquier esquina”. Relata que después de las operaciones adicionales a que fue sometido, en las oportunidades que pudo verlo, conversó con él y para animarlo le dijo que después que se mejorara harían un viaje para reponerse, a lo que él le contestó que “es otro viaje el voy a hacer ya que de aquí no saldré vivo”. Afirma que el día 8 de diciembre como a las ocho y media de la mañana pasó temprano a visitar a su padre, porque después de saber de su estado debía ir al aeropuerto de Pudahuel a buscar a su marido EUGENIO ORTEGA que regresaba de Caracas. A los pocos momentos que llegó, su padre hizo un cuadro de muchas tercianas y escalofríos, estando en ese momento algunas hermanas y su madre, por lo que llamó a una enfermera que lo estaba cuidando que fue interpelada por la compareciente con cierta angustia señalándole que algo le estaba sucediendo, frente a lo cual la enfermera reaccionó trayéndole frazadas sin llamar a ningún médico y tomar ninguna iniciativa. En ese momento su padre seguía en ese estado cuando llegó a visitarlo un médico amigo, el doctor JUAN LUIS GONZALEZ, quien se dio cuenta de la gravedad y comenzó a tocar timbres al personal de la clínica pidiéndonos que abandonáramos la pieza. Recuerda que sacaban muchas sábanas ensangrentadas y con mucha suciedad, frente a lo cual pasado unos momentos lo sacaron de la pieza y lo trasladaron a la UTI. Después supo que estaba haciendo lo que los médicos llamaron un “shock séptico”, informándoles el doctor GONZALEZ lo que le había sucedido y que era muy grave. La compareciente deja constancia en su declaración, que después del hecho descrito, en el mes y medio que duró la enfermedad antes de su deceso, jamás vio en la clínica a esa enfermera que estaba “a su cuidado” y que se refirió anteriormente.

Con respecto al doctor PATRICIO SILVA, siempre que ella visitaba a su padre y él lo sabía, tenía interés especial en que le relatara lo que su padre le había dicho. Continúa señalando que en dichas circunstancias un día pasó a ver a su padre don HERNAN ELGUETA con su señora, quienes eran amigos y en dicha visita le comentó a su marido que estaba llamando a su casa una voz de hombre, para informar que su padre estaba siendo envenenado. Cuando supo por su marido de esta información, pensó que ese llamado había sido sólo una vez, pero ahora, por la señora de don HERNAN doña ELISA y por su nana de ese entonces, doña AMANDA, ha sabido que ello sucedió varias veces, y que quien llamaba solo quería hablar con la señora ELISA DE ELGUETA. Después supo que su hermano EDUARDO y su marido EUGENIO habían ido inmediatamente a casa del doctor GOIC a contar lo que habían escuchado de don HERNÁN.

Durante aquellos días, Frei Montalva vivió una situación compleja y ambigua. Por un lado, era paciente en el sentido estrictamente médico: recibía tratamientos, era intervenido quirúrgicamente y estaba bajo el cuidado de los profesionales de la salud. Por otro lado, su condición iba mucho más allá de lo clínico; también era objeto de vigilancia y control político, pues el régimen lo tenía bajo constante supervisión y manipulaba tanto su entorno como la información sobre su estado. Así, el cuerpo de Frei Montalva dejó de ser simplemente el de una persona enferma y se transformó en un espacio donde se jugaba una disputa política: cada decisión médica, cada visita y cada versión sobre su evolución se cargaba de sospecha y significados ocultos. En ese contexto, el ex presidente se convirtió en un símbolo, en el centro de una batalla por el poder y la verdad, mientras alrededor de él se intentaba imponer una narrativa oficial sobre lo sucedido, una historia que nadie se atrevía a contradecir abiertamente por miedo a las represalias.

Las complicaciones que Frei Montalva sufrió tras la primera operación obligaron a que lo sometieran a una segunda, una tercera y finalmente a una cuarta intervención quirúrgica. Con cada nueva cirugía, la posibilidad de que se recuperara disminuía notablemente, y se percibía que el objetivo de las operaciones ya no era solamente tratar una enfermedad, sino que, al contrario, parecía que se buscaba debilitarlo cada vez más.

Las complicaciones que Frei Montalva experimentó después de la primera operación hicieron necesario someterlo a una segunda, una tercera y, finalmente, a una cuarta intervención quirúrgica. Sin embargo, con cada nueva cirugía, no solo disminuían drásticamente sus posibilidades de recuperación, sino que aumentaba la sensación entre sus familiares y cercanos de que los procedimientos no tenían como único fin tratar su enfermedad. Por el contrario, las sucesivas operaciones contribuían a debilitarlo más y más. De este modo, se imponía lentamente la impresión de que su deterioro y su muerte vendría como consecuencia de complicaciones médicas, cuando en realidad el paciente estaba siendo sometido a un envenenamiento y desgaste físico progresivo y sistemático.

El doctor Goic no era conocido por buscar protagonismo ni tenía aspiraciones políticas; su vocación era la medicina y su campo de acción, el cuerpo humano, con todas sus complejidades y enigmas. Me lo imagino caminando en silencio por los pasillos de la Clínica Santa María llevando consigo un secreto que no eligió, sino que le fue impuesto bajo el miedo y la atmósfera opresiva de la dictadura. Su aspecto era sencillo, sin distinciones en la bata, y sus ojos reflejaban noches de insomnio y preocupación.

Para el doctor Goic, Eduardo Frei Montalva sufrió algo muy poco común; fue un caso excepcional, tanto por su relevancia como por lo extraños síntomas que presentó. Al examinarlo después de la segunda operación, Goic observó varias anomalías: la fiebre persistía sin responder a los tratamientos habituales, y aparecían ampollas en la piel, y el abdomen mostraba una inflamación inexplicable desde el punto de vista médico. Estas señales hacían sospechar que no se trataba simplemente de complicaciones normales de una cirugía, sino de algo fuera de lo común. El doctor Goic pudo haber manifestado explícitamente sus sospechas y proclamar: “Esto no es clínico, es químico.” Con esa frase, podría haber dejado claro que, a su juicio, el deterioro de la salud de Frei no se debía a una complicación médica normal, sino que, probablemente, existía un agente externo—un tóxico—actuando sobre el organismo del ex presidente. Sin embargo, afirmar algo así en ese momento era sumamente riesgoso, pues implicaba acusar indirectamente a la dictadura de estar involucrada en un posible atentado, lo cual no solo podía poner en peligro su propia seguridad, sino también la de su familia. Quizá movido por la prudencia y el temor ante el ambiente represivo, Goic decidió no hacer una denuncia directa. En su lugar, dejó constancia de sus dudas en la ficha clínica de Frei, escribiendo dos palabras: “¿metabólico o tóxico?” De esta manera, dejó asentada su inquietud profesional sobre la causa real del malestar del paciente, sugiriendo que podría tratarse de una intoxicación, pero sin señalar ni profundizar en los posibles responsables ni los mecanismos que se podían haber utilizado.

Para el doctor Goic, el caso de Eduardo Frei Montalva fue sumamente inusual y destacó tanto por la importancia del paciente como por los extraños síntomas que presentó. Al revisarlo después de la segunda operación, Goic notó señales que no coincidían con complicaciones quirúrgicas comunes: la fiebre era constante y no cedía ante los tratamientos habituales, comenzaron a aparecer ampollas en la piel—lo cual no es típico tras una cirugía, pero si frente a una intoxicación con gas mostaza—y el abdomen mostraba una inflamación inexplicable desde el punto de vista médico. Estas manifestaciones le hicieron pensar que no estaban frente a un proceso clínico habitual, sino ante algo fuera de lo normal.

Goic pudo haber expresado abiertamente sus sospechas y dicho: “Esto no es clínico, es químico.” Con esa frase, hubiese dejado claro que, según su criterio profesional, el deterioro de la salud de Frei no se debía a una complicación médica convencional, sino que existía la posibilidad de que un agente externo—algún tipo de veneno o sustancia tóxica—estuviera afectando el organismo del ex presidente. Sin embargo, hacer una afirmación así en ese contexto era extremadamente peligroso, ya que implicaría sugerir que la dictadura podría estar relacionada con un posible atentado, lo cual ponía en riesgo no solo al propio Goic, sino también a su familia. Por esa razón, probablemente motivado por la prudencia y el temor que imponía el ambiente represivo de la época, Goic optó por no denunciarlo directamente.

En vez de eso, dejó registro de sus dudas en la ficha clínica de Frei. Escribió solamente dos palabras: “¿metabólico o tóxico?”, dejando asentada su inquietud profesional sobre la causa real del cuadro de Frei. Así, sugería la posibilidad de una intoxicación sin acusar ni profundizar en los posibles responsables ni en los mecanismos empleados, pero dejando constancia de que algo anormal sucedía y que, en su opinión, no era producto únicamente de la enfermedad ni de complicaciones quirúrgicas habituales.

Adicionalmente, se puede entender que el doctor Goic no se atrevió a decir de manera directa que Frei estaba siendo envenenado. En vez de denunciarlo abiertamente, decidió tomar una postura defensiva y tratar al paciente como si estuviera enfrentando una infección grave causada por bacterias muy resistentes, por lo que empleó antibióticos de última generación. Sin embargo, esa decisión no resolvió el problema, porque en realidad no había una infección de ese tipo; el daño real provenía de la desactivación intencional del sistema inmunológico de Frei, es decir, su cuerpo quedaba sin defensas ante cualquier agresión. Al intentar atacar una infección que no existía, el tratamiento no solo resultó ineficaz, sino que permitió que agentes tóxicos continuaran afectando al organismo sin dejar pruebas claras ni rastros visibles. Por lo tanto, el temor del doctor Goic y la dificultad del caso lo llevaron a interpretar la situación desde el punto de vista médico convencional, lo que impidió descubrir y detener a tiempo la verdadera causa del deterioro de Frei. Además, ni Goic ni los demás médicos que lo ayudaron tenían experiencia previa con pacientes intoxicados por gas mostaza, lo que complicó aún más el diagnóstico y el tratamiento.

Queda claro, entonces, que el doctor Goic percibió que algo grave y fuera de lo común estaba sucediendo, pero prefirió no avanzar más allá de ese registro formal, limitándose a lo estrictamente médico y evitando exponerse abiertamente, incluso en sus acciones terapéuticas.

Los exámenes de sangre que se realizaron reforzaron las sospechas, pues mostraban que el sistema inmunológico de Frei estaba siendo atacado de manera sistemática, como si una toxina estuviera actuando en su organismo sin dejar huellas evidentes, tal como lo haría un veneno sofisticado. En medio de ese ambiente tenso y hostil, en algún momento Goic tiene que haberse convencido de que Frei no se estaba muriendo por complicaciones médicas habituales, sino que estaba siendo asesinado de manera precisa, mediante el uso de sustancias difíciles de detectar.

Esa situación tiene que haberlo sumido en una profunda impotencia y desolación, enfrentándose al dolor de ver cómo su paciente y amigo se debilitaba cada día más, sin poder hacer nada por salvarlo. Probablemente se sintió atrapado en una realidad donde las decisiones médicas y humanas quedaban subordinadas al miedo y a la presión de fuerzas oscuras que él no sabía controlar. Caminaba por los pasillos de la clínica con el corazón encogido, intentando ocultar su angustia tras una fachada de serenidad profesional, aunque por dentro lo invadiera una tormenta de emociones: frustración, rabia, tristeza y una enorme inquietud por el destino de Frei.

Quizá, en alguno de esos momentos de cansancio extremo, mientras permanecía en la sala de espera o buscaba un respiro en su automóvil, alcanzó a escuchar desde una radio lejana una canción antigua que hablaba de la libertad, evocándole recuerdos de tiempos mejores. Ese instante pudo ser un golpe emocional para Goic: la melodía, tan llena de esperanzas y promesas, chocaba brutalmente contra la realidad opresiva y el ambiente de temor que dominaba la clínica. Incapaz de soportar la contradicción entre la música y la crudeza del presente, bajó el volumen en un intento por silenciar el dolor y la nostalgia, pero lo empujó a sentirse aún más solo y desarmado. La música, que en otro contexto habría sido su consuelo, se volvió una herida que le recordaba una libertad lejana, tan lejana como la posibilidad de salvar a su querido amigo.

La imagen de Frei Montalva, postrado y sin conciencia, se convirtió en un símbolo claro y en una advertencia inquietante para todos: el poder no siempre recurre a métodos evidentes como las armas o explosivos para eliminar a quienes considera una amenaza. En ocasiones, utiliza medios más sutiles y difíciles de detectar, como intervenciones médicas aparentemente legítimas, bisturíes manejados por médicos siniestros, o sustancias tóxicas que no dejan rastros fáciles ni olores evidentes. Así, lo que a simple vista parece una complicación médica o un accidente puede ocultar intenciones deliberadas, convirtiendo el expediente clínico en un documento lleno de dudas, donde incluso la firma del médico tiembla ante la posibilidad de estar siendo manipulada por fuerzas externas.

La luz en la habitación era tan blanca que resultaba casi irreal, como si se hubiera intentado borrar cualquier señal del paso del tiempo o de la presencia humana. En la habitación 401 de la Clínica Santa María, el ex presidente Eduardo Frei Montalva, a quien la dictadura consideraba como un “enemigo interno”, yacía sobre una camilla que, por su solemnidad, se asemejaba más a un altar que a una cama de hospital. Antes, su piel tenía un tono dorado por el sol de las campañas y eventos públicos; ahora, se veía grisácea y apagada, reflejando el avance de un envenenamiento que lo estaba consumiendo poco a poco. Aunque no mostraba signos claros de dolor físico, su estado evidenciaba una pérdida de fuerzas continua y un desgaste lento que lo debilitaba cada día más. Los médicos amigos que lo atendían se turnaban y siempre usaban guantes limpios; en sus miradas había incomodidad y preocupación, como si intuyeran que enfrentaban algo fuera de lo común.

El cuerpo de Frei evidenciaba su sufrimiento a través de una fiebre persistente que no disminuía a pesar de los tratamientos médicos. Con el paso de los días, también comenzó a perder gradualmente el estado de conciencia, lo que hacía evidente el deterioro de su salud. La fiebre fue especialmente preocupante porque no respondía a los antibióticos tradicionales, como si su organismo se resistiera a cualquier intento de curación y los tratamientos fueran inútiles ante la causa subyacente.

A este cuadro se sumó la aparición de ampollas en la piel de Frei, lesiones que normalmente no se observan en pacientes con complicaciones posquirúrgicas convencionales. Estas ampollas suelen asociarse, junto a otros síntomas, a la exposición a sustancias tóxicas, como el gas mostaza. Sin embargo como las dosis utilizadas eran bajas no se presentaron todos los síntomas, -como dolor en los tobillos y caída del pelo- de manera que los médicos no supieron cómo interpretarlo. El abdomen de Frei mostraba también una inflamación difícil de explicar desde el punto de vista médico. No se encontraba una causa clara en los exámenes ni en la evolución típica de su enfermedad, lo que hacía pensar que alguna sustancia dañina, posiblemente un veneno difícil de detectar, estaba causando daños internos y destruyendo su salud de manera lenta y progresiva. Todo este proceso ocurría sin dejar pruebas evidentes de su origen, aumentando la incertidumbre y la sospecha entre quienes lo atendían.

En ese contexto de incertidumbre y miedo, se tomó la decisión de administrar Transfer Factor a sugerencia del doctor Patricio Rojas, un inmunomodulador experimental que en aquel momento no tenía suficiente respaldo científico. Esa elección, en lugar de representar una esperanza real de recuperación, se sintió más bien como una sentencia para el paciente, o como una medida desesperada adoptada bajo el influjo del pánico y la falta de alternativas claras.

En ese ambiente de aislamiento y censura, Frei dejó de escribir. El hombre que solía anotar reflexiones, redactar cartas y leer informes, cayó en un estado de mutismo forzado, producto tanto de la sedación médica como del progresivo deterioro de su salud. En ese momento, su cuerpo pasó a ser un símbolo político, no por lo que él representaba, sino por lo que se le estaba haciendo. Sin embargo, antes de perder completamente la capacidad de comunicarse, alcanzó a escribirle una nota a su hija Victoria Frei, en la que suplicaba:

-sáquenme de aquí… me quiero morir en mi casa.

Su muerte

La cazuela de ave que, con esmero y ternura, le preparó Isabel Díaz —después de recibir la llamada de Frei Montalva tras su primera operación, donde probablemente buscaba el calor de un gesto familiar— terminó convirtiéndose en su última cena. Ese plato, tan humilde y lleno de afecto, se transformó en un instante cargado de nostalgia y significado: mientras Frei saboreaba los bocados tibios, quizá entre sonrisas y palabras sencillas, no imaginaba que ese acto cotidiano sería su despedida final de la vida tal como la había conocido. El aroma de la cazuela llenó la habitación con recuerdos de tiempos más felices, envolviendo a todos en un fugaz destello de normalidad antes de que la gravedad de sus últimas horas lo envolviera todo en silencio y mal presagio. Así, una simple comida preparada con amor marcó el umbral entre la esperanza y la despedida, grabándose para siempre en la memoria de quienes lo acompañaron en ese tramo doloroso y definitivo.

El 22 de enero de 1982, a las 17:20 horas, Eduardo Frei Montalva falleció en la Clínica Santa María; en ese momento dejó de respirar, marcando el final de una larga agonía. Sin embargo, su cuerpo no fue enterrado de inmediato como suele ocurrir en estos casos, sino que permaneció en la clínica mientras se realizaban acciones poco habituales y rodeadas de incertidumbre.

En las horas posteriores a su muerte, el ex presidente, el “enemigo interno”, fue sometido a una serie de procedimientos que no siguieron el protocolo médico estándar y que estuvieron marcados por el desorden y la falta de transparencia. Lo que oficialmente se describió como una “autopsia” o un “embalsamamiento” resultó, de acuerdo a la investigación posterior del juez Alejandro Madrid, en una serie de maniobras orientadas no a esclarecer la causa de su fallecimiento, sino a ocultar pruebas fundamentales.

Con el paso de los años, las pruebas y rastros del asesinato se fueron perdiendo y enfriando, lo que dificultó notablemente la posibilidad de llegar a una verdad inapelable y definitiva. Ese retraso en las investigaciones, sumado a la actitud temerosa y evasiva de los médicos —muchos de los cuales, sin proponérselo, terminaron actuando como encubridores— complicó aún más el trabajo de la justicia. Así fue como el juez Alejandro Madrid Croharé asumió la tarea de investigar, donde tuvo que enfrentarse a un escenario lleno de obstáculos: testigos fallecidos, documentos extraviados o alterados, y un entorno de silencio que favoreció la impunidad durante décadas. A pesar de ello, y gracias a su perseverancia, el juez logró reunir pruebas sólidas que confirmaron la existencia de un crimen. Investigar un caso “frío”, tantos años después de ocurrido, fue un acto de valentía y convicción profesional por parte del juez  Madrid.

Trato de cerrar este texto, de encontrar un punto final, pero no lo logro. Las palabras se me escurren como si algo impidiera darles un descanso. Pero lo intentaré de nuevo; acompáñame, déjate llevar por un instante de soledad, no te desanimes. Imagina las calles vacías, envueltas en una penumbra que pesa: es de noche y el silencio es denso y urgente. El aire, apenas moviéndose, está cargado de preguntas, de esas interrogantes que aún ahora evito mirar de frente porque sé lo mucho que pueden llegar a doler. De pronto, suena el timbre de la calle, ese que se activa presionando un botón de bronce amarillo instalado en la muralla. Corro, o corres con ansiedad para abrir la puerta principal. Afuera, en la calle Las Violetas, el auto de vigilancia permanece inmóvil, testigo mudo de noches interminables. Estoy solo, o estás solo, sola. Ves al doctor Goic llegar, él también está solo, y parece arrastrar una sombra pesada que no termina de disiparse. Le abres la puerta y lo dejas pasar, y en ese gesto sientes que los fantasmas de la casa también le dan la bienvenida. Lo saludas percibiendo un peso invisible que lo aplasta, como si cargara el mundo entero a sus espaldas. Luego, escuchas los pasos de mi padre descendiendo desde el segundo piso –ya era tarde–. Se suma a nosotros, o a ustedes: tres figuras reunidas en el silencio, hablando poco, intercambiando miradas cargadas de todo lo que no se puede decir. Y allí, en esa sala, emergen las preguntas prohibidas, esas que dan vértigo solo de pensarlas: ¿Es posible que una operación tan simple haya terminado así, en una infección devastadora que consumía a Eduardo Frei Montalva? ¿Cómo acusar? ¿A quién culpar del envenenamiento? ¿Dónde buscar pruebas, en qué rincón oculto se encontrarán? Surge la tentación de alzar la voz, de denunciar lo inexplicable en la prensa, dar una entrevista y contar la verdad. Pero de inmediato aparece el temor, el miedo: ¿Y si terminan acusándote de incompetente, de querer tapar los errores propios culpando sin pruebas a quienes ostentan el poder? ¿Y por qué, después de tantos años, cuesta hablar y sigue siendo tan difícil encontrar testigos dispuestos a contar la verdad? ¿Por qué, aunque hayan pasado cuarenta años, aún no podemos admitir, con claridad, que hubo algo extraño, que muchos médicos sospecharon algo pero se callaron? Al intentar romper ese silencio, nos enfrentamos a esa otra verdad: para hacerlo, habría que confesar que se tuvo miedo, reconocer el terror que los mantuvo o nos mantuvo inmóviles, aceptar que el silencio fue también una forma de sobrevivir bajo la dictadura. Y entonces surgen más preguntas: ¿Fue silencio o encubrimiento? ¿Complicidad? ¿Cobardía, espanto, o simplemente instinto de protección? Quizás fue todo eso y mucho más, imposible de separar. Lo que queda es una sensación amarga y de vacío.

Mi padre nunca figuró entre los médicos tratantes de Frei Montalva, pues esa no era su especialidad. Sin embargo, con el pasar de los años, se convenció de que Frei no había muerto de manera natural, sino que fue envenenado, asesinado de manera fría y premeditada. Esa convicción, arraigada en la intuición, en el análisis de los sucesos, y las conversaciones que tuvo con el doctor Goic, se tornó aún más dolorosa porque él jamás contó con pruebas concretas. Sólo tenía la certeza interior, la inquietud persistente, y el temor genuino de que alzarse en denuncia pondría en riesgo la seguridad de nuestra familia, como ya le había sucedido a la familia Frei, víctima de agresiones tan viles que hoy estremecen el recuerdo. Pero ese silencio, justificado en un inicio por el miedo, se vuelve imposible de sostener con el paso de los años. Cuando la figura de Pinochet ya no estaba presente y la dictadura había perdido su poder absoluto, Goic, y otros médicos pudieron haber hablado, contado lo que sabían —o al menos lo que sospechaban—, pero la oportunidad se desvaneció, sepultada por la costumbre de callar y la pesada herencia del terror. La cobardía se mezcló con el silencio, formando una sombra que aún se extiende sobre todos los que vivieron esa época. Y no fue sólo cobardía: también hubo una profunda ingenuidad o poco miedo -porque también es importante no dejarse amedrentar por el miedo- entre los políticos de entonces, quienes tomaron decisiones apresuradas, creyendo que el peligro era menor o que las instituciones podrían resistir el embate del autoritarismo. Pero en la carrera de un político, especialmente bajo una dictadura implacable, el asesinato y el crimen calculado son amenazas constantes, acechando desde los rincones más oscuros del poder. El tiempo pasó, y se dejó que los días, los meses y los años enfriaran las huellas, evaporaran las pistas, y con ello el caso se volvió cada vez más difícil de esclarecer. Cuando finalmente se abrió una investigación seria, ya muchas evidencias se habían perdido y los testigos clave habían fallecido, llevándose consigo fragmentos de la verdad. Sólo en el año 2005, veinticuatro años después de la muerte de Frei, el juez Alejandro Madrid aceptó el desafío de desenterrar ese crimen sepultado por décadas de silencio. Se le pidió un milagro: encontrar justicia en medio de la oscuridad y el olvido. Esa espera, esa tardanza, sigue siendo una herida en la memoria de quienes anhelan la verdad y la dignidad para los que no pudieron defenderse.

¿Cómo me enteré de su muerte? Ese instante permanece grabado en mi memoria como una fotografía congelada. Era la mañana del 23 de enero de 1982, un día de frío cortante en Cleveland, cuando caminaba por Euclid Avenue, frente a la Universidad de Case Western Reserve. Había llegado apenas unos días antes desde Chile, y aún no lograba familiarizarme totalmente con esas calles, ajenas y hostiles, que pronto serían mi nuevo entorno, mi realidad a estrenar. Caminaba apresurado, buscando el edificio donde tendría la clase de química orgánica, que por un cambio de horario se daría detrás de la biblioteca principal. Me detuve, más por necesidad que por costumbre, frente a una de esas vitrinas de metal que guardan los diarios, con los cristales empañados y sucios por el hielo del invierno. Allí, en la primera plana del New York Times, leí la noticia: Eduardo Frei Montalva había fallecido el día anterior. La letra helada me sacudió como el frío que me calaba los huesos, envolviéndome en una tristeza inesperada. En ese momento, mientras la gente pasaba a mi lado sin percatarse del peso de la noticia que yo acababa de descubrir, recordé de golpe una conversación significativa con mi padre. Volví mentalmente a ese viaje de regreso de Algarrobo, el mar detrás y el futuro incierto por delante. Viajábamos en el auto —ya uno distinto, no el Chevrolet aletudo de antes— y nos acompañaba el doctor Goic, amigo cercano de Frei Montalva. Mi padre, con una voz entre curiosa y preocupada, me preguntó: “¿Qué piensan los jóvenes de Eduardo Frei Montalva?” Sentí de inmediato que su pregunta tenía doble fondo, que no era inocente, y que, sin decirlo, también buscaba una respuesta para que Goic la escuchara. De seguro Frei, en ese entonces, tanteaba el pulso de la juventud apoyándose en la percepción de sus amigos para calcular sus próximos pasos, quizás para saber si aún tenía fuerza suficiente para desafiar el régimen. Le respondí con honestidad, compartiendo lo que oía entre mis amigos, los que percibían en Frei demasiado silencio, cierta distancia, falta de compromiso real, sin atreverse a golpear con fuerza al régimen de Pinochet. Era una crítica que flotaba en el ambiente, no solo entre los jóvenes, sino en muchos círculos que anhelaban una oposición más valiente y sonora. Quizá esa conversación ayudó a marcar el ánimo de Frei, porque apenas unas semanas después organizó el histórico acto en el Teatro Caupolicán —el Caupolicanazo—, donde, con la oratoria brillante de sus mejores tiempos, enfrentó abiertamente a Pinochet. En ese escenario, se fundieron la dignidad y el riesgo; muchos aseguran que ahí Frei selló su destino, que ese acto de valentía lo convirtió en blanco definitivo de la dictadura: demostró que no tenía miedo.

Recuerdo ese día en Cleveland como si fuera ayer: el frío, la soledad de la avenida, y la noticia de su muerte que me partió en dos. Sentí que el país quedaba lejos, que la historia se escribía a miles de kilómetros de distancia, pero que el dolor era el mismo. Porque la muerte de Frei no fue solo el final de un hombre; fue el cierre de una esperanza.

Con el paso de los años, cuando la dictadura por fin había dejado de ser esa sombra que lo envolvía todo y pronunciarse ya no suponía un peligro inmediato para la vida, Goic, cargando aún el peso de las noches en vela y los recuerdos imborrables, empezó a admitir públicamente sus sospechas sobre el verdadero destino de Frei Montalva. Pero esa confesión, aunque liberadora, llegó impregnada de una amarga melancolía: la puerta a la verdad se abría tarde, con el chirrido de los años perdidos. Reconocer lo que había callado durante tanto tiempo fue un acto valiente donde el remordimiento y la honestidad se dieron la mano. No pudo evitar que la sociedad se preguntara por qué había guardado silencio, si fue el miedo paralizante, la prudencia estratégica o, quizás, ese instinto humano tan visceral de protegerse ante el peligro. Goic sabía, y sentía en lo más hondo, que su tardía voz podía sonar a cobardía, a una confesión de haber sido cómplice involuntario, de haber dejado que el tiempo apagara las voces de la verdad mientras el eco de la muerte de su amigo seguía retumbando en los pasillos vacíos y en la conciencia de todos los que, como él, callaron durante demasiado tiempo.

El retraso en las declaraciones por parte de los médicos no solo incrementó el estigma y la sospecha que rodeaba su silencio inicial, sino que dejó una marca profunda en todos quienes vivimos esos días. Todavía me pregunto qué conversaciones realmente tuvieron Goic y mi padre durante aquellas noches interminables en nuestra casa. ¿Se atrevieron a poner sobre la mesa la posibilidad de un envenenamiento? Y si lo hicieron, ¿qué palabras cruzaron, qué consejos compartió mi padre, tan cauteloso y sabio? ¿Hubo momentos en que alguno sugirió —aunque fuera en voz baja, temblando de miedo— la intervención de terceros, o prefirieron callar, dejando que el miedo y la incertidumbre pesaran más que la verdad? Esa falta de respuestas, esos vacíos en la memoria y en los relatos, forman parte de los aspectos no revelados que aún percibo en la vida de mi padre: zonas mudas donde la emoción se mezcla con la impotencia, porque a veces lo que no se dice es lo que más duele y lo que más pesa con el paso de los años.

Seguro que el doctor Goic, en alguna noche interminable, despertó sobresaltado, sumido en una pesadilla y con el alma atrapada entre el deber profesional y una sospecha que le quemaba por dentro. Imagínalo en la penumbra de su dormitorio, repasando una y otra vez el rostro de Patricio Silva—ese colega de tantos años, compañero de pasillos y discusiones clínicas—, intentando reconciliar su imagen amable con la posibilidad de que estuviera involucrado en algo tan oscuro, tan indecible, como el envenenamiento de Frei Montalva. ¿Cómo soportó esa idea sin que le temblara la voz ni se le partiera el alma? El horror de la sospecha debió hundirlo en una impotencia áspera, física, que se le aferró a los huesos para no soltarlo nunca más. Cada mañana, al cruzar el umbral de la clínica, tiene que haber sentido el peso de las miradas, la presión brutal de las palabras que se extendían como un muro infranqueable en cada corredor, en cada sala.

No pudo hablar, no pudo acusar sin pruebas, pero cada decisión clínica tomada a espaldas de la familia, cada informe oculto o corregido, alimentó una angustia secreta que le robó el sueño y le nubló el juicio. Hubo instantes en los que el doctor Goic se debatió entre la ética y el miedo, con la certeza de que cualquier paso en falso podía costarle no solo el respeto de sus pares, sino también la seguridad de las personas que más amaba, como sus hijos. El miedo no era abstracto, era una sombra palpando a su familia al anochecer. Era el tipo de impotencia que no solo paraliza el cuerpo, sino que deja cicatrices en la memoria, que hace temblar las manos al escribir, que convierte el acto médico—ese que debería ser noble y transparente—en una batalla solitaria contra el tiempo, la complicidad y, sobre todo, la propia conciencia. Así, noche tras noche, creo que Goic se preguntaba si algún día podría volver a mirar a los ojos a sus colegas y a sí mismo sin sentir el peso de aquello que no se atrevió a decir.

A las pocas semanas de su muerte, recibí una carta de mi padre que, más que un simple relato, se convirtió en un hilo que me mantuvo unido a mi hogar y a una realidad que, desde la distancia, la sentía irreal, casi onírica. Recuerdo perfectamente el momento en que la abrí, donde me contaba, en palabras sobrias y contenidas, lo que había sucedido tras la partida de Frei. Pero detrás de cada frase se percibía una tensión, esas pausas tan elocuentes como las palabras mismas. El miedo era palpable, casi podía sentirlo saltar de las líneas escritas: el correo era interceptado, cada sílaba era vigilada por ojos invisibles pero siempre presentes. Por eso, mi padre evitó cualquier interpretación médica sospechosa, cualquier asomo de duda o de denuncia. La prudencia se impuso, porque incluso una insinuación mínima podía poner en riesgo no solo su vida, sino la de toda nuestra familia. Vivíamos bajo la amenaza del régimen, donde cada palabra mal dirigida podía ser una condena. Así, la carta llegó a mí cargada de cariño, pero también bañada en temor y resignación, como un susurro que a pesar del océano de distancia, seguía protegiéndonos de un peligro latente:

 26 de enero de 1982

Pablito,

Acá, como habrás sabido, el acontecimiento que ha impactado al país es el fallecimiento de Eduardo Frei Montalva. Realmente todo pasó como en una pesadilla. Cuando tú estabas en Chile, antes de partir a los Estados Unidos, fue operado de una hernia de hiato, que después se complicó en una serie de cosas increíbles y que terminaron por matarlo. A la distancia las cosas se ven más tranquilas, quizás en su verdadera dimensión, pero la repercusión que ha tenido su muerte aquí en Chile ha sido brutal. Eso de escuchar “murió Frei”, y oírlo bruscamente el viernes 22 a las 5 de la tarde, fue algo así como cuando escuchamos murió Kennedy. Yo no me di cuenta cuan honda era su presencia entre todos los chilenos. Eso de ver y oír a un hombre en la plenitud de sus facultades físicas e intelectuales y de repente que deje de existir, da una sensación de caos y de incredulidad. Creo que todo el país se normalizó y se puso de pie y alerta. Incluso aquellos que días antes no cesaban de llamarlo un “político demagogo”, “ambicioso de poder”, “débil de carácter”, etc. No sé si sincera o hipócritamente decretaron tres días de duelo nacional; pero eso no impidió que todas las estaciones de televisión continuaran transmitiendo canciones y programas triviales; los goles de Cazelli tuvieron más difusión. La esposa de Frei, doña María y toda su familia, se portaron extraordinariamente bien. Nada de lágrimas. Cuando el gobierno negó el permiso para que Jaime Castillo, Fuentealba, Zaldívar y un diputado estuvieran presentes en los funerales, toda la familia le pidió a Pinochet que no se hiciera presente, que no fuera a la misa. Pero Pinochet sin una pizca de dignidad, asistió con todo el gabinete a su responso. No había nadie de la familia,  excepto un hijo que lo hizo por respeto al cuerpo diplomático. La juventud debió ser convencida por el Cardenal Silva Henríquez para que durante el responso los restos no fueran sacados de la urna y llevados al Sagrario, para que no estuviera mientras Pinochet estaba en la Catedral. Los funerales se realizaron el lunes 25 a las 16 horas. Cientos de miles de personas asistieron; durante tres días una cola de personas desfiló frente al ataúd de Frei. A pesar de su calidad de expresidente constitucional la familia pidió que no se le rindieran honores militares. En fin, Pablo, querido, con los Mercurios que te mandó la mamá, te podrás dar una idea de lo que pasó. Podrás observar que en la primera página de ese diario del día 24, un poquito más abajo del anuncio de la muerte de Frei, está el anuncio de la clasificación del corredor Salazar en una carrera de autos.

La mamá y todos tus hermanos te mandan saludos……

Juan

Mi madre también lo anunció brevemente en otra carta:

28 de enero de 1982

Aquí casi no pasa nada; la gente llenó la Catedral y sus alrededores para ver a Frei y/o sentirse en grupo, en masa (estoy leyendo a Canetti, fascinante). Tú papá más viejo y regañón; escribe.

Como relata Carmen Frei, tras la muerte de Eduardo Frei Montalva, el dictador Augusto Pinochet y los miembros de la Junta Militar acudieron a la Catedral Metropolitana de Santiago para participar del responso fúnebre. La tensión era palpable: la familia Frei había solicitado expresamente que Pinochet no asistiera, considerando la carga política y emocional del momento, pero el general ignoró la petición y llegó acompañado de todo su gabinete, en un gesto que muchos interpretaron como una provocación y una muestra de poder. A la salida del recinto, cientos de personas congregadas en la Plaza de Armas no ocultaron su repudio y le gritaron “¡asesino!”, responsabilizándolo moral y políticamente por las circunstancias sospechosas que rodearon la muerte del ex presidente. Pero Pinochet, lejos de mostrarse afectado por el rechazo popular, respondió con una expresión de satisfacción, levantando la mano y formando con sus dedos una letra “V”, asociada a la victoria. Lo hizo como si celebrara un triunfo en medio de la conmoción nacional. Ese hecho quedó grabado en la memoria del país como una escena de arrogancia y desconexión, que evidenciaba la fractura entre el régimen militar y una ciudadanía herida y en busca de respuestas.

Y con el paso del tiempo, ¿qué fue del doctor Goic, aquel amigo de mi padre que lideró el equipo médico a cargo de la salud de Eduardo Frei Montalva? Tras la tragedia, Goic y mi padre se distanciaron completamente: jamás volvieron a reunirse, como si el peso de lo ocurrido hubiera roto para siempre ese lazo de confianza. Da la impresión de que Goic intentó dejar atrás todo lo sucedido refugiándose en su trabajo académico y en los reconocimientos públicos, como si el Premio Nacional de Medicina que recibió en 2006 pudiera borrar o disimular cualquier responsabilidad sobre los hechos. Sin embargo, la gravedad de lo acontecido es imposible de ocultar; la sombra de lo que pasó alcanzó incluso a los nombres más prestigiosos, dejando una huella de cobardía y silencio que hasta hoy pesa sobre quienes estuvieron involucrados.

La traición de muchos médicos resultó especialmente dolorosa, pero la de Patricio Silva fue devastadora: militar, jefe del Departamento Médico del Hospital Militar y ex miembro del gobierno de Frei, Silva tuvo acceso privilegiado a su paciente en los momentos cruciales. Su participación directa en los eventos que rodearon la muerte del ex presidente generó sospechas fundadas y difíciles de disipar, ya que su posición le permitía controlar información y decisiones clave en el proceso. Lo que le sucedió a Eduardo Frei Montalva no solo representa un atentado contra una persona, sino que se transformó en una herida profunda en la memoria colectiva de Chile, una herida abierta que, hasta hoy, sigue exigiendo respuestas y justicia.

La noticia de la muerte de Eduardo Frei Montalva se dio a conocer con gran solemnidad, pero los hechos que siguieron en las horas posteriores distaron mucho de ser respetuosos o transparentes. Sin que la familia Frei estuviera informada ni hubiese dado su consentimiento, los doctores Helmar Rosenberg y Javier González Bombardiere, ambos vinculados al Hospital Clínico de la Universidad Católica, accedieron a la habitación donde había fallecido el ex presidente y realizaron un procedimiento médico completamente fuera de los protocolos habituales. Le extrajeron el hígado, los intestinos, sistema linfático y riñones, para llevárselos en baldes de latón al Hospital Clínico de la Universidad Católica. Se retiraron muestras de esos órganos y se manipuló la cavidad abdominal con propósitos que nunca fueron aclarados del todo. La justificación: facilitar exámenes post mortem. Pero no hubo informe completo, ni entrega formal de resultados. El cuerpo fue transformado en evidencia, antes de permitirle ser un símbolo.

Ambos médicos implicados señalan de manera estratégica al doctor Barahona como quien habría iniciado el procedimiento médico realizado a Frei Montalva tras su muerte. Sin embargo, el doctor Barahona, a pesar de su reconocido prestigio profesional, estaba gravemente enfermo en ese momento y falleció tan solo unos meses después. Eso pone en duda que realmente pudiera haber iniciado o supervisado el proceso, considerando su delicado estado de salud y sus limitaciones para ejercer funciones de responsabilidad en ese período; pero lo posicionó como personaje ideal para encubrir ciertas acciones:

Declaración judicial de CARMEN VICTORIA BARAHONA SOLAR, secretaria administrativa en el departamento de Anatomía Patológica de la Universidad Católica, señala que no recuerda comentarios que haya hecho su padre, el doctor ROBERTO BARAHONA, una vez acaecido el deceso del ex presidente FREI. Desconoce si ROSENBERG estaba de turno en esa fecha o si fue su padre quién se lo encomendó. En ese tiempo su padre era el Jefe del Departamento de Anatomía Patológica de la Universidad Católica, pero estaba muy enfermo, tanto es así, que falleció a los pocos meses.

En declaraciones al juez, Victoria Barahona declaró que su padre no había iniciado el proceso, y que había recibido una llamada del doctor Patricio Rojas pidiendo que un equipo concurriera a la Clínica Santa María. Ella siempre oyó hablar de autopsia. Refiriéndose a Patricio Rojas, Carmen Frei menciona en su libro:

…no teníamos como imaginar sus vínculos con los militares, ni el rol siniestro que jugó en esos días. Antes el juez, él declaró que ‘efectivamente se hizo un protocolo de autopsia, realizado por un médico del Hospital Clínico de la Universidad Católica. Como no era el médico tratante, no fui yo quien recomendó a la familia que se realizara una autopsia, pero cuando me preguntaron no me opuse. También comenté la necesidad de contar con exámenes tanatológicos para tener la certeza de la causa de su muerte. Tuve conocimiento de que se realizó un embalsamiento, pero desconozco quién lo solicitó, debe haber sido la familia.’

Carmen Frei menciona que eso no fue cierto:

…En la familia tuvimos conocimiento de la intervención de los médicos de la Universidad Católica, recién veinte años después, durante el proceso judicial. Siendo supuestamente tan cercano a la familia, Patricio Rojas guardó silencio durante todo ese tiempo y hasta el día de hoy nunca ha conversado con nosotros. Uno de los eslabones más dolorosos para nosotros es el de Patricio Rojas Saavedra, por la cercanía que tuvo en una época con mi padre y con la familia. Él siempre supo lo que le habían hecho los médicos de la UC. Cuando el juez le preguntó si Carmen Barahona estaba presente cuando él llamó a su papá para que un equipo de la UC fuera a la clínica, lo negó abiertamente. En una de sus declaraciones fue aún más lejos: ‘por propia iniciativa, le pedí autorización a la señora María Ruiz-Tagle’. Esto es sencillamente increíble. ¿Mi mamá iba a dar una autorización tan importante sin preguntar ni comentarlo con nadie, saltándose a la familia y a todos los doctores?

Durante más de veinte años, el velo del silencio cubrió lo que realmente sucedió con el cuerpo de Eduardo Frei Montalva. Los detalles de aquel procedimiento irregular permanecieron ocultos, como si nunca hubieran existido, despojando a la familia y al país de respuestas fundamentales. Solo gracias a una colaboración anónima, inesperada, se pudo romper esa muralla de ocultamiento. Aquella revelación provocó un allanamiento en la Clínica de la Universidad Católica, donde finalmente salieron a la luz algunas de las muestras y documentos que daban cuenta de un embalsamamiento realizado en la clandestinidad y al margen de la ley. La verdad, negada y escondida durante tanto tiempo, empezó a abrirse paso entre las sombras, dejando al descubierto la gravedad de lo ocurrido:

Declaración judicial de don PEDRO SARAVIA SAN MARTIN, técnico fotográfico, quien ratifica su declaración policial de fecha 11 de junio del año 2004, del informe policial N°126 que rola a fojas 1797, la cual se otorgó en los siguientes términos: señala que en el año 1973 ingresó como auxiliar técnico de laboratorio al departamento de Anatomía Patológica del Hospital Clínico de la Universidad Católica, donde colaboró y también participó en algunas autopsias, embalsamientos y todas las técnicas utilizadas en Patología hasta el año 1966, para posteriormente trabajar en el área administrativa.

…Finamente, señala que en los cuarenta y dos años que lleva trabajando en la Católica, nunca ha visto que se haga un embalsamiento en la cama del pensionado en que se encuentra la persona fallecida, por cuanto es muy incómodo y necesariamente al inyectar formalina, se licua la sangre y al remover las vísceras se produce sangramiento, por lo que necesariamente esta debe hacerse en una sala de autopsias o en un quirófano, lo que sería más adecuado

Oficio del doctor LUIS IBÁÑEZ, Decano de la Facultad de Medicina de la Pontificia Universidad Católica de Chile de fecha 4 de marzo de 2014 por el cual se informa al tribunal que indagados los antecedentes respectivos de la época, no hay registros de procedimientos administrativos internos en relación al embalsamamiento del cuerpo de don EDUARDO FREI MONTALVA ni del estudio de los tejidos.

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En su libro, Carmen Frei relata que el doctor Rosenberg declaró no recordar con precisión quién le había solicitado realizar la supuesta autopsia al ex presidente Frei Montalva. Meses más tarde, se llevó a cabo una reunión para analizar los resultados de ese procedimiento, en la que participaron, según algunos testimonios, Patricio Rojas y Patricio Silva Garín. Sin embargo, tampoco hubo claridad respecto a quiénes asistieron realmente a esa reunión, ya que las declaraciones de los involucrados fueron contradictorias y nadie pudo confirmar con certeza la presencia de cada uno, lo que refleja una confusión generalizada sobre los hechos y los participantes en ese momento clave:

…en los diversos careos a propósito de la reunión que se realizó en el Departamento de Anatomía Patológica del Hospital Clínico de la UC, en abril de 1982, o sea tres meses después de su muerte, el doctor Helmar Rosenberg ha dicho que no recuerda quien la había solicitado, pero que en esa oportunidad se reunió con tres médicos  del equipo que había asistido a mi padre. Declaró que ‘concurrieron a esa reunión los doctores Patricio Rojas y Patricio Silva Garín y otro médico cuyo nombre no recuerdo(…)’. En esa reunión, que duró aproximadamente dos horas, se comentaron los hallazgos anatomopatológicos de las muestras estudiadas y las fotografías microscópicas.

Ante el juez, Patricio Rojas declaró que, según su versión, los doctores Alejandro Goic y Patricio Silva Garín estuvieron presentes en la reunión en la que se discutieron los resultados de la supuesta autopsia realizada a Eduardo Frei Montalva. Sin embargo, esta afirmación se contradice con los testimonios posteriores de ambos médicos, quienes negaron haber participado en dicho encuentro. Además, a lo largo del proceso judicial, las declaraciones sobre la asistencia de los involucrados fueron cambiando, lo que generó aún más dudas y confusión sobre quiénes realmente estuvieron presentes en ese momento clave:

…Del procedimiento de autopsia solo supe sus resultados, porque concurrí a la Universidad Católica con el doctor Alejandro Goic y con otro médico que debe haber sido Patricio Silva Garín. Presumo que el doctor Rosenberg debe haber llamado a uno de estos médicos manifestando que tenía los resultados de la autopsia.

Sin embargo, Alejandro Goic aclaró ante el juez de manera tajante que nunca participó en esa reunión ni tuvo relación alguna con el procedimiento mencionado:

…desconozco la razón por la cual el señor Patricio Rojas me señala como la persona que pudo haber solicitado la autopsia, lo que no es cierto, y tampoco fui a ninguna reunión al Hospital Clínico de la Universidad Católica, incluso ignoro donde queda. Ni al doctor Rosenberg ni al doctor Gonzalez Bombardiere los conozco.

Más adelante, el doctor Patricio Silva Garín declaró ante el juez que no había estado presente en esa reunión y afirmó que nunca había visto a Rosenberg, negando cualquier tipo de participación o contacto con él en ese contexto:

Yo no fui invitado a esa reunión. A Rosenberg solo lo conocía de nombre, nunca lo vi. En el careo realizado entre el doctor Rosenberg y el doctor Silva Garín, ambos se mantuvieron en sus dichos, aunque durante el proceso fue quedando acreditado que Silva Garín sí asistió.

Sin embargo, según relata Carmen Frei en su libro, existe evidencia de que Silva Garín y Rosenberg se conocían. Esto quedó demostrado durante el careo realizado el 26 de noviembre de 2009, cuando, al encontrarse frente a frente, Rosenberg saludó a Silva Garín de manera familiar, lo que indica que previamente habían tenido algún tipo de contacto o relación profesional:

Sin aviso el juez hace entrar a Silva Garín donde estaba Rosenberg, quien le dice” “Hola Patricio, cómo estás”.

En el año 2014, durante un nuevo careo judicial entre Patricio Silva Garín y Patricio Rojas Saavedra, se produjo un cambio significativo en las declaraciones de los involucrados. Hasta ese momento, Patricio Rojas había afirmado de manera reiterada que Silva Garín sí estuvo presente en la reunión clave donde se discutieron los resultados de la supuesta autopsia al ex presidente Frei Montalva. Sin embargo, en esta nueva instancia judicial, Rojas modificó su versión y sostuvo que Silva Garín no había asistido a dicha reunión. Esta retractación contrasta abiertamente con sus testimonios anteriores y profundiza la confusión, ya que pone en duda la veracidad y consistencia de los relatos sobre quiénes participaron realmente en el análisis de los resultados de la autopsia. En consecuencia, este episodio evidencia la falta de claridad y la contradicción persistente entre los testimonios, lo que dificulta esclarecer los hechos ocurridos en ese momento clave:

Puedo asegurar que el doctor Silva Garín, aquí presente, no estaba presente en esa reunión.’

Carmen Frei le contesta en su libro con un párrafo lapidario:

¿No se da cuenta de que el propio anfitrión, el doctor Rosenberg, dice que Silva Garín sí estuvo presente? ¿Por qué Patricio Rojas Saavedra continua protegiendo al doctor Silva Garín? ¿Por qué sigue actuando como un encubridor?

En ese momento de incertidumbre, ni el supuesto embalsamamiento ni la autopsia fueron realizados bajo un protocolo judicial claro y formal. Por el contrario, estos procedimientos se efectuaron de manera discrecional, decididos únicamente por un pequeño grupo de personas que actuaron sin dejar registro transparente ni permitir la supervisión de autoridades independientes. Todo el proceso estuvo cubierto por el silencio y la falta de comunicación de las instituciones implicadas, lo que dificultó aún más saber quién autorizó o llevó a cabo cada acción y con qué propósito.

Pronto, en medio de la confusión que reinaba tras el fallecimiento del ex presidente, comenzaron a trasladarse como trofeos de guerra, muestras biológicas de su cuerpo —específicamente de pulmón, riñón e hígado— entre diferentes laboratorios, como la Universidad Católica y el Instituto de Salud Pública (anteriormente conocido como Instituto Bacteriológico). Sin embargo, nunca se estableció de manera clara quién autorizó el envío y la distribución de dichas muestras, ni cuál era el propósito real detrás de estas acciones. Todo el procedimiento estuvo envuelto en un profundo secretismo y falta de comunicación institucional, lo que generó incertidumbre y desconfianza entre los involucrados. Un ejemplo de este ambiente opaco lo vivió Alejandro González, testigo directo, quien al observar el inusual color de las muestras que llegaron al Instituto Bacteriológico, se sintió tan alarmado que decidió renunciar a su trabajo y mudarse fuera de Santiago. Este hecho ilustra el impacto que tuvieron la falta de transparencia y el temor en quienes participaron en el proceso, marcando de manera profunda el desarrollo de los acontecimientos:

Declaración judicial de PEDRO ALEJANDRO GONZALEZ FLORES, conductor de transporte público, quien ratifica su declaración policial de fecha 9 de marzo de 2009, del informe policial de la Fuerza de Tareas de Investigaciones Reservadas de la Policía de Investigaciones de Chile, la cual fue otorgada en los siguientes términos: señala que ingresó en el año1981 a trabajar en el Instituto de Salud Pública, ex Bacteriológico, ubicado en calle Maratón, al costado del Estadio Nacional, como auxiliar, siendo destinado a la sección TBC que correspondía a la sigla de Tuberculosis, siendo su jefa la doctora MARIA EUGENIA VALENZUELA. Indica que cierto día, siendo el medio día aproximadamente, se encontró con que habían llegado tres frascos circulares transparentes, cada uno con una cinta adhesiva sobre la tapa, rotuladas con las letras E. F. MONTALVA, envases que eran distintos a los que se usaban en la sección. Recuerda que cuando se percata de esos frascos, estaba todo el personal dentro de la sección. A la pregunta de quién las recibió, no lo puede precisar, pero sí recuerda que estaban en manos de unas tecnólogas médicas, quien les hizo el comentario a todos los que estaban ahí “llegaron las muestras del ex presidente Frei”, y luego les señaló textualmente “estas muestras biológicas corresponden a Riñón, Pulmón e Hígado”. Indica que no tiene la claridad si se abrieron los frascos que estaban en manos de la tecnóloga médica. Si recuerda que fue PATRICIA la que los llamó con las muestras en las manos y les hizo el comentario. Le llamó la atención que las muestras biológicas tenían un color distinto a las que le correspondía ver frecuentemente, incluso hizo un comentario alrededor de sus colegas al decir textualmente “al Presidente lo mataron”. Nadie hizo ningún comentario, pero momentos después su jefa lo llamo a la oficina y le dijo “que no anduviera haciendo comentarios como el que había hecho porque podía ser perjudicial”. No le especificó si podía ser perjudicial para él o para la sección. Afirma que el mismo día que se recibieron las pruebas biológicas del ex presidente Frei, recuerda haber escuchado en la radio que mantenían encendida todo el día, el deceso del ex presidente. Consultado sobre si en aquella fecha él podía distinguir entre muestras biológicas, señala que sí, que efectivamente podía ya que tenía experiencia por las manipulaciones que debía realizar cuando ayudaba a las tecnólogas médicas. Por ejemplo, puede distinguir con claridad una muestra de páncreas, por su contextura porosa, y además tiene un color característico, que no se confunde con otros órganos. Cada órgano, tanto en su contextura como en su color se distingue de los demás. Lo que le llamó la atención en las muestras biológicas del ex presidente FREI, fue que tenían un color verduzco obscuro, siendo que eran de órganos distintos, en su caso fue atípico ver este tipo de muestras biológicas. Señala que se fue del Instituto de Salud Pública a los días de ese episodio porque se asustó; retiro que fue voluntario y fue sin dar aviso a nadie, se fue a la ciudad de Angol.

Declaración judicial de fecha 5 de mayo de 2009 donde ratifica su declaración policial y además agrega que se encontraba trabajando en la sección esterilización de materiales del Instituto de Salud Pública ex Bacteriológico, aproximadamente al mediodía, cuando fueron llamados por la tecnóloga médico PATRICIA ÁLVAREZ ADRIAZOLA y fue con Patricio Oro. Que recuerda que ella estaba parada cerca de la mampara y a un costado de la cámara de cultivos con tres pocillos trasparentes, con tapas, en sus manos, por lo que se acercaron a ella. Observó que en el interior de esos pocillos habían muestras de tejidos. También pudo apreciar que tenían una cinta adhesiva en su parte superior que tenían las letras “E. F. Montalva”, lo que confirmaba los dichos de PATRICIA. Nos dijo textualmente: “llegaron las muestras del ex presidente Frei”. Luego agregó señalando cada uno de los pocillos: “estas muestras biológicas corresponden a riñón, pulmón e hígado”. Agrega que tiene la certeza que era PATRICIA, quien les dijo lo ya señalado y les mostró los pocillos. Ignora quién se los pasó, pero a ella la recuerda bien, incluso tenía la manía de estar siempre quejándose de la vista y decía que iría al oculista, pero nunca lo hacía; además también recuerda de ella que caminaba de una forma extraña y decía que sufría de estrechez. Estaba recién casada, debe haber tenido aproximadamente unos 23 a 24 años de edad, era blanca de cara, pelo oscuro, contextura normal, medía aproximadamente 1,60 cm., y recuerdo que tenía un hijo de aproximadamente un año. Expone que eso lo escucharon también otras dos personas, de las que no puede asegurar nombre, pero que trabajaban ahí, por lo que una vez dicho lo anterior. Ignora qué hizo Patricia con los pocillos, supone que los guardó en la cámara de frío, que era lo que correspondía hacer. Al pasar unos minutos ingresó la doctora MARÍA TERESA VALENZUELA quien les ordenó salir a colación de inmediato. Al regresar de ésta, que debe haber durado aproximadamente tres cuartos de horas, fui a mi sección cuando en ese instante la doctora VALENZUELA dio la orden de retirarse, pues según dijo no había trabajo que hacer. Regularmente salían a las 17:00-18:00 horas, pero ese día se retiraron aproximadamente a las 13:15. Señala que tenía a esa fecha 19 años de edad y que se asustó mucho, más aún que el ex presidente había fallecido, no recuerda si ese mismo día o el día anterior, pero estaba la noticia en la radio y la televisión.

Declaración de doña ROSARIO DEL CARMEN LEPE, tecnóloga médico, quien ratifica su declaración policial rendida ante la Fuerza de Tareas de Investigaciones Reservadas de la Policía de Investigaciones de Chile de fecha 18 de marzo del año 2009, la cual fue otorgada en los siguientes términos: se tituló de tecnóloga médica en el año 1963 de la Universidad de Chile, y comenzó a trabajar el 15 de noviembre de ese mismo año en el Instituto Bacteriológico, donde trabajó hasta el 31 de diciembre del año 2005.

… consultada sobre si la Dirección del Instituto de Salud Pública tomó conocimiento de la llegada de esas muestras del ex presidente FREI, señala que no y menos que en ese momento había un director sin conocimiento técnico. Consultada sobre si en el ISP había personal que estuviese cumpliendo funciones paralelas en los organismos especiales del Gobierno, vale decir, CNI, DINE, DINA u otros, señala que la doctora a cargo, doña MARÍA TERESA VALENZUELA, tenía antecedentes que no eran compatibles con la especialidad y venía de la Fuerza Aérea donde se desempeñó como cardióloga. No era de su agrado el trabajo de laboratorio y en ocasiones fue interrogada por ella, debido a su esposo que fue objeto en una oportunidad del toque  de queda. Agrega que ella jamás se interiorizó profundamente de las labores y técnicas de la sección.

Mientras la familia trataba de encontrar consuelo para organizar el velorio, la incertidumbre y la angustia se hacían cada vez más intensas. Circulaban versiones contradictorias sobre las verdaderas causas del fallecimiento que sembraban el desconcierto. La ficha clínica del ex presidente, que podía arrojar luz sobre lo sucedido, desapareció. Los médicos de cabecera, hasta entonces testigos y guardianes de la salud del paciente, fueron abruptamente apartados; algunos incluso sufrieron la humillación de ser excluidos del propio funeral, como si su presencia pudiera revelar secretos incómodos. En medio del duelo, la familia no solo lloró la pérdida, sino que vio cómo la operación científica del olvido interrumpía el derecho a despedirse y a conocer la verdad, envolviendo el proceso en una atmósfera de sospecha.

Años más tarde, aquel supuesto embalsamamiento realizado sin autorización se transformó en una de las pruebas más claras de que existió encubrimiento en el caso. En este contexto, embalsamar no fue un procedimiento médico destinado a conservar el cuerpo del ex presidente; por el contrario, se trató de una acción premeditada y estratégica para manipular el cadáver, eliminar cuidadosamente los signos visibles de deterioro y, especialmente, impedir que posteriores exámenes pudieran detectar rastros químicos que con el tiempo habrían revelado una verdad mucho más contundente sobre las causas de su muerte. Bajo la apariencia de un acto médico compasivo, lo que realmente se ocultó fue una táctica sofisticada para destruir pruebas y dificultar el acceso a la justicia. El embalsamamiento funcionó como una manera fría y calculada de ocultar la evidencia y perpetuar el misterio, cubriéndolo con una fachada de profesionalismo. Como escribió Carmen Frei en su libro:

…Los órganos extraídos al cadáver de mi papá fueron llevados por el doctor Rosenberg al crematorio, según sus propias declaraciones. (Declaración judicial  de Herman Rosenberg Gómez. 15 de marzo 2003).

La autopsia rotulada como autopsia, tardaría décadas en llegar. Y cuando lo hizo, encontró rastros de talio y gas mostaza, administrados con precisión de laboratorio, a lo largo de semanas. Pero el cuerpo embalsamado ya no hablaba del todo. Las manipulaciones habían sellado la carne, habían intervenido los tejidos, habían adulterado la prueba principal: el cuerpo del ex presidente.

Cuando el caso Frei parecía estar perdido en el hermetismo de los expedientes médicos y la falta de credibilidad de las instituciones, Alejandro Madrid tomó la iniciativa de romper ese cerco de silencio. Aunque no era un juez que buscara protagonismo en los medios, sí tenía una certeza firme: los cuerpos guardan señales y es responsabilidad de la justicia atender y descifrar incluso los indicios mínimos que pueden hallarse en los tejidos y en los silencios que los rodean. Su enfoque consistió en mirar más allá de las versiones oficiales y documentos ambiguos, confiando en que, a través de la ciencia y la investigación rigurosa, el propio cuerpo podía revelar la verdad que tantos intentaron ocultar.

Nombrado en el año 2002 para investigar la muerte del ex presidente, el juez Madrid se encontró con una situación extremadamente compleja y llena de obstáculos: los expedientes clínicos habían sido modificados, los médicos implicados evitaban responder con claridad, existían intensas presiones políticas y los informes médicos presentaban información contradictoria. Ante este panorama de confusión y sospechas, Madrid comprendió que no debía dejarse llevar por la prisa de los medios ni por la versión oficial que ofrecían las instituciones. En vez de buscar respuestas rápidas o superficiales, optó por construir meticulosamente el caso, reuniendo pruebas clínicas, declaraciones de testigos y el contexto histórico y social, con el objetivo de esclarecer la verdad en forma rigurosa y transparente.

A lo largo de la investigación judicial, el ejército, como institución, se atrincheró en un hermético mutismo, ignorando los llamados del juez y aferrándose a un silencio que sólo alimentaba la sospecha. Jamás hubo colaboración auténtica con el proceso; no aportaron información relevante, ni siquiera un gesto de apertura. En vez de tender puentes hacia la verdad, optaron por una negativa sistemática: se blindaron contra la justicia y se negaron a abrir archivos, a compartir antecedentes, a permitir cualquier atisbo de transparencia. Ese silencio institucional no fue mero abandono, sino una táctica deliberada de ocultamiento, que se hizo aún más cruel con acciones concretas y devastadoras, como la incineración premeditada de documentos y archivos de microfilmación. Quemaron pruebas, borraron rastros, destruyeron fragmentos de memoria que podrían haber sido esenciales para esclarecer los hechos y devolver algo de paz a quienes buscaban respuestas. Así, la búsqueda de justicia no solo se topó con la ausencia de voluntad, sino también con la destrucción material de la memoria oficial, como si intentaran enterrar, junto a los papeles, la esperanza de verdad y reparación para un país entero:

Declaración judicial de MERCEDES DEL CARMEN ROJAS KUSCHEVICH, quien ratifica su declaración policial rendida ante la policía investigaciones de Chile el 4 de julio del año 2014, en la cual declaró lo siguiente: Afirma que entre el año 1999 y 2000, recibió la orden por parte del General JARA HALLAD de incinerar estos archivos de microfilmación, ya que sólo ocupaban espacio. Por tanto dio cumplimiento su instrucción en compañía del Suboficial mayor LUIS ZÚÑIGA CELIS y el Cabo OSVALDO RAMÍREZ LAZCANO, concurriendo hasta las dependencias de la escuela de inteligencia de Nos, donde los quemaron en un horno. Hace presente que no se levantó acta del procedimiento por tratarse de archivos civiles y no militares.

El informe toxicológico elaborado por Cecilia Cerda, médico anatomo-patólogo y profesora asociada de Medicina Legal de la Universidad de Chile, junto a Gloria Börgel, médico toxicólogo del Departamento de Medicina Legal de la misma universidad, elaboraron un documento que fue mucho más que un simple texto técnico: sus análisis detectaron la presencia de talio y gas mostaza en el cuerpo del ex presidente Frei Montalva. Este hallazgo no solo sacudió profundamente a la sociedad chilena, sino que además marcó un antes y un después en la investigación sobre su muerte. Para el juez Madrid, este informe no fue una prueba aislada ni de poca relevancia; por el contrario, reveló una trama de encubrimientos y generó serias sospechas sobre el actuar de quienes rodearon al ex presidente en sus últimos días.

Las doctoras Cerda y Börgel, reconocidas por su rigor y minuciosidad, no se limitaron solo a analizar los resultados toxicológicos. Compararon también cuidadosamente sus resultados con el registro detallado de cada hora de hospitalización, examinaron las conductas extrañas del personal médico y observaron la reiterada omisión de protocolos médicos que, de manera inexplicable, nunca se aplicaron en el caso. Al cruzar toda esta información, lograron identificar patrones y contradicciones cruciales, fundamentales para esclarecer lo que realmente ocurrió. Así, gracias a su trabajo científico exhaustivo, aportaron evidencia sólida y reveladora que permitió que la investigación judicial avanzara con paso firme hacia la búsqueda de justicia y verdad.

Al revisar las sustancias detectadas, la incredulidad dio paso al espanto: ninguna de ellas tenía justificación terapéutica. Lo que tenían delante no era la consecuencia de un error humano, sino la huella indeleble de una intervención fríamente calculada. En ese instante, la ciencia, finalmente, se convirtió en una voz, revelando que la muerte del ex presidente Frei Montalva no había sido una casualidad, sino el resultado de una maniobra deliberada.

La magnitud de aquel hallazgo atravesó las fronteras de lo judicial: fue el grito de una familia herida, y el clamor irresuelto de un país que durante años buscó respuestas y se topó únicamente con silencios y olvido. El informe fue testigo y sentencia; una luz encendida en medio de la oscuridad.

El juez Madrid llamó a declarar a expertos en armas químicas, arrojando luz sobre rincones oscuros donde la verdad llevaba décadas silenciada. Y cuando el aparato judicial, amenazante y poderoso, intentó frenar la causa, Madrid no titubeó; persistió, aferrándose con obstinación a lo que él mismo denominó “la voz del tejido”: ese grito profundo que solo el cuerpo puede ofrecer, cuando ya nadie más tiene fuerza para hablar y la verdad busca abrirse paso entre las cicatrices. En medio de tanta adversidad, su resolución fue un golpe de dignidad: su fallo no solo reconoció la administración sistemática de agentes tóxicos —un acto calculado—, sino que fue más allá, calificando los hechos como homicidio calificado con la intervención directa de agentes del Estado. En su sentencia, Madrid escribió con palabras imborrables: “la medicina fue utilizada como herramienta de ocultamiento político”. Aquella decisión judicial no fue solo una fría aplicación de justicia; fue, ante todo, un acto de restitución histórica y un homenaje a la memoria, una reparación esperada por tantos años de silencio.

El juez comprendió que la justicia no tarda porque sea torpe; lo hace porque muchas veces el silencio ha sido eficaz, capaz de sepultar verdades bajo capas de miedo y complicidad. Madrid, enfrentando ese muro de ocultamientos, transformó los informes científicos en un relato judicial revelador. Su narrativa, tejida con paciencia y convicción, devolvió al país una verdad tan incómoda como necesaria: que incluso en democracia, la muerte puede esconderse tras el secreto, y que la esperanza de justicia puede resistir, aunque el silencio pretenda ahogarla.

La ciencia contra el silencio

Durante años, el cuerpo de Eduardo Frei Montalva, o lo que quedaba de él, permaneció como un enigma impenetrable. Las pocas muestras disponibles estaban alteradas o perdidas, la historia clínica era un rompecabezas incompleto, y los registros médicos parecían contradecirse como si quisieran silenciar la verdad. Sin embargo, esas dos valientes toxicólogas se rebelaron contra ese muro de silencio: desafiaron las versiones oficiales y se atrevieron a realizar el examen que la medicina institucional nunca quiso abordar. La tarea que emprendieron fue difícil. Buscar entre los escasos fragmentos de tejido, rescatar cada trozo de evidencia, se convirtió en una lucha contra el tiempo, el olvido y el encubrimiento. En su libro, Carmen Frei destaca con emoción el extraordinario valor y rigor científico de estas dos profesionales, quienes, trabajando en paralelo y sin contacto entre sí, lograron identificar de manera independiente los mismos tóxicos letales: gas mostaza y talio:

Los peritajes de Laura Börgel y Carmen Cerda afirmaron que la mayor cantidad de metabolitos de gas mostaza se encuentran en el riñón, hígado e intestinos. Es sabido por otra parte, que las principales vías de metabolización de las sustancias que entran en el organismo son el hígado y el riñón. Por lo tanto todo indica que la evisceración no tuvo nada que ver con un estudio morfológico, sino que con ella se buscó eliminar aquellos órganos en que se podía encontrar una mayor cantidad de indicios de las sustancias tóxicas que mataron a mi padre.

Sin compartir información, sin influencias externas, sus hallazgos coincidieron de forma asombrosa y reforzaron la certeza de que la verdad, por más oculta y dispersa que esté, puede abrirse paso si se persigue con convicción y coraje.

Solo después, pudieron acceder a la información vinculada con Berríos, conocido como “el químico de Pinochet”, personaje siniestro envuelto en misterio y temor. Aquello que obtuvieron no fue un simple registro: fueron los libros incautados durante el allanamiento a la casa de sus padres, verdaderos testigos de una historia sombría. Al hojear sus páginas, encontraron anotaciones apuradas, subrayados inquietantes y marcas personales que señalaban términos como “MS”(gas mostaza)  y “talio”. Para entonces, Berríos ya había sido asesinado en Uruguay, y el eco de su muerte aún retumbaba en la memoria colectiva. Sin embargo, la incautación de esos libros se convirtió en una pequeña victoria: eran piezas fundamentales para reconstruir la verdad y enfrentar el manto de impunidad que amenazaba con sepultar todo. Aunque tarde, al menos lograron rescatar fragmentos de su legado escrito, claves para entender el alcance de lo oculto y la profundidad de la herida que dejó.

Declaración judicial de LAURA BÖRGEL AGUILERA, quien señala lo siguiente: que al revisar los libros que estaban en el tribunal, oficialmente un libro de bioquímica o clínica, le llamó la atención que habían ciertas marcas o destacados en los libros que mantenía EUGENIO BERRÍOS y con el contexto de la historia médica, se refería al glutatión y para qué servía y otros conceptos. Fabricar mostaza es fácil aunque peligroso. También llama la atención que además el índex Merck tenía cotizaciones de talio a Merck y también se encontraron los estados de cuenta de EUGENIO BERRIOS donde tenía una línea de sobregiro alta. Además en otros libros escritos en italiano, aparecía como fabricar explosivos y cocaína sintética, lo que da una idea de lo que estaba haciendo BERRÍOS. Le llamó la atención, porque esos libros no llegaban a Chile. Afirma demás que, en cuanto las cotizaciones de talio estas decía sulfato de talio a la empresa Merck.

….en el “Índex Merck página 725 a la 726 se encuentran las formas de talio que se podían adquirir en esa época y además en el libro “Fondamenti Di Quimica Organic”, estaban la síntesis de los alquenos y también información sobre glutatión y sobre el DNA o ADN y en “Organic Chemistry”, (del autor Morrison), se encontraban marcadas con letras manuscritas. Coinciden con las páginas de los alquenos, las interferencias de los bromuro, y las reacciones de los aminoácidos y el glutatión. Por lo cual se puede determinar que existía información disponible en estos libros para la elaboración de  MS (mostaza de azufre) y que el talio se podía conseguir fácilmente en el comercio, como raticidas o como muestra analítica.

Carmen Frei relata en su libro, con una mezcla de asombro y conmoción, que durante el allanamiento no solo fueron encontrados los libros rayados y marcados por la propia mano de Berríos sino también una carpeta cuidadosamente guardada. En ella, estaban reunidos todos los documentos, artículos y registros que hasta ese momento se habían publicado sobre la operación y la muerte de su padre. Carmen Frei lo describe como el momento en que, por fin, la historia de su padre y la búsqueda de respuestas quedaban reunidas en las manos de quienes nunca dejaron de pelear por él.

El desafío que enfrentaron Cerda y Börgel fue mucho más que una cuestión técnica; representó una verdadera prueba de carácter y coraje. Se enfrentaron a un ambiente hostil y escéptico dentro de las instituciones científicas y judiciales. A pesar de las presiones, intentos de desautorizar sus hallazgos y campañas públicas para desacreditarlas, sus informes se mantuvieron firmes y, tras ser sometidos a múltiples verificaciones independientes, se convirtieron en pruebas clave en la investigación judicial.

Ambas especialistas sabían que el proceso de embalsamamiento había provocado alteraciones graves e irreversibles en los tejidos del ex presidente, lo que hizo que cada análisis químico fuera sumamente complejo y lleno de obstáculos. No solo tenían que lidiar con muestras deterioradas, sino también con el paso del tiempo, que amenazaba con borrar cualquier pista relevante. Sin embargo, pese a todas las dificultades, ambas mantuvieron su esperanza y determinación, convencidas de que los venenos no desaparecen por completo. Estos compuestos tóxicos dejan rastros persistentes, marcas que pueden sobrevivir incluso en tejidos dañados o alterados. Aunque los datos estaban dispersos y ocultos entre fragmentos de evidencia, seguían presentes, esperando a ser identificados. Solo hacía falta investigar con paciencia, rigor y valentía, sin rendirse ante la complejidad o el miedo y el silencio.

Todo empezó con la recuperación de pequeños fragmentos de tejido durante la exhumación del año 2004 y muestras adicionales encontradas en la Universidad Católica. Se recurrió a espectrometría de masa y cromatografía líquida, avanzadas técnicas de laboratorio capaces de revelar mínimos rastros en lo profundo de la materia. Para ellas el ambiente era eléctrico, hasta que por fin, los resultados irrumpieron: los laboratorios confirmaron aquello que nadie quería enfrentar, pero todos temían—la presencia indiscutible de compuestos derivados del talio y del gas mostaza en los tejidos linfáticos y hepáticos. Este hallazgo era más que una simple verificación científica: era la evidencia contundente de una verdad que buscaba abrirse paso. El silencio se rompía, y el país podía, por fin, mirar de frente una herida largamente oculta.

La importancia de este hallazgo va mucho más allá de un avance científico: representa una prueba concluyente de una intervención con tóxicos deliberada. Los compuestos encontrados en los tejidos de Frei Montalva, específicamente el gas mostaza y el talio, no tienen ningún uso médico legítimo y su presencia solo puede explicarse por una acción intencional. El talio, en este caso, fue administrado con el propósito de bloquear el mecanismo natural del cuerpo que elimina el gas mostaza a través de la orina. Al cerrar esta vía de excreción, el talio anuló la capacidad defensiva del organismo, permitiendo que el gas mostaza actuara sin obstáculos y ejerciera su tremendo potencial dañino en el sistema inmunológico y en el ADN de las células del paciente.

Esto significó que, al no eliminarse el gas mostaza, no fue necesario aplicar grandes dosis para causar la muerte; bastó con cantidades pequeñas, lo que dificultó aún más la detección y el diagnóstico. Las cantidades bajas de estos venenos produjeron síntomas ambiguos y difíciles de reconocer, incluso por médicos experimentados, lo que contribuyó a que el envenenamiento pasara desapercibido durante tanto tiempo.

El gas mostaza, por sus características vesicantes, puede provocar dolorosas ampollas tanto en la piel como en los órganos internos, como las que sufrió Frei Montalva. Además, su capacidad de alterar y dañar el ADN convierte a esta sustancia en una de las más peligrosas entre los agentes químicos conocidos. El propósito detrás de su uso no fue solo causar la muerte de manera directa, sino hacerlo de forma silenciosa y devastadora: dañando células, destruyendo la identidad biológica de la víctima y dejando un daño profundo y duradero en el organismo.

La doctora Börgel explica que, en condiciones normales, el cuerpo elimina el gas mostaza (MS) utilizando una molécula llamada glutatión. La misión principal del glutatión en el organismo es actuar como un potente agente desintoxicante. Esta molécula protege las células neutralizando los compuestos tóxicos, como metales pesados y productos químicos dañinos, mediante reacciones que los convierten en sustancias menos nocivas para luego ser eliminadas del cuerpo. Además, el glutatión desempeña un papel clave en la defensa antioxidante, ayudando a mantener el equilibrio celular y previniendo el daño oxidativo en los tejidos.

El proceso se desintoxicación sin la presencia de talio, se desarrolla de la siguiente manera: cuando el gas mostaza entra en el cuerpo, se une a una molécula llamada glutatión, que actúa como un desintoxicante natural. Al producirse esta unión, el gas mostaza se convierte en una sustancia menos dañina llamada tiodiglicol (TDG), la cual el organismo puede eliminar fácilmente a través de la orina.

La acción del talio dentro del organismo consiste en bloquear ese proceso natural de desintoxicación, impidiendo que las sustancias tóxicas sean eliminadas por la orina. En concreto, el talio interfiere con la función del glutatión. En presencia de talio, esa defensa queda anulada, de manera que el gas mostaza permanece activo en el cuerpo durante más tiempo. Eso permite que incluso dosis muy pequeñas de gas mostaza resulten extremadamente dañinas, provocando serios daños en el ADN de las células y debilitando drásticamente el sistema inmunológico del paciente. Eso deja a la persona completamente indefensa ante infecciones oportunistas que pueden volverse mortales, ya que el organismo no cuenta con las herramientas necesarias para combatirlas. El organismo se comporta como si sufriera una profunda deficiencia de glutatión, aunque en realidad esa función ha sido “apagada” de manera intencional y química por el talio. Para que el envenenamiento sea efectivo, es esencial que el talio se administre antes que el gas mostaza. En el caso de Frei Montalva, ese método se llevó a cabo contaminando las compresas quirúrgicas con talio durante la primera operación, lo cual provocó síntomas de obstrucción intestinal y preparó el terreno para posteriores episodios de intoxicación con gas mostaza.

Carmen Frei, en su libro, aclara que El Mercurio, en mayo de 2017, malinterpretó la evidencia científica al dar a conocer los resultados obtenidos por el doctor Aurelio Luna, llamado a analizar las muestras de Frei Montalva debido a su prestigio internacional como perito forense y a la necesidad de contar con una evaluación independiente que aportara objetividad al proceso. Las autoridades judiciales chilenas encontraron a este experto externo, sin vínculos con las instituciones locales ni con los equipos que ya habían participado en la investigación, para garantizar imparcialidad y credibilidad en los resultados. La intervención de Luna respondía a la presión social y mediática por esclarecer los hechos, aportando así una mirada técnica adicional al complejo análisis toxicológico del caso. El Mercurio basó su afirmación en datos iniciales aportados por el doctor español Aurelio Luna, quien encontró muy bajas las concentraciones de TDG (tiodiglicol) en las muestras, lo que casi descartaba la presencia de gas mostaza en el cuerpo de Frei Montalva. Sin embargo, lo que Luna no consideró —y que las doctoras Börgel y Cerda sí consideraron detalladamente— es que, cuando el gas mostaza se administra junto con talio, el mecanismo de eliminación natural del gas mostaza se bloquea y se produce muy poco TDG, es decir sus concentraciones en el organismo son mínimas o casi inexistentes. La presencia de bajas cantidades de TDG no significa que no hubo exposición al gas mostaza; al contrario, confirma que el talio interfirió en el proceso de eliminación, haciendo que el veneno permaneciera más tiempo y dañara el organismo de manera solapada y letal.

Una de los principales diferencias al comparar los resultados toxicológicos de las doctoras Börgel y Cerda con los del doctor Luna radica en los enfoques metodológicos y en la interpretación del efecto conjunto de talio y gas mostaza. Börgel y Cerda sostuvieron desde el inicio que era imprescindible analizar cómo ambos compuestos interactuaban en el organismo, ya que el talio no solo tiene toxicidad propia, sino que, bloquea la vía natural de desintoxicación, y potencia de manera devastadora los efectos del gas mostaza.

Desgraciadamente el doctor Luna abordó el análisis toxicológico de manera convencional, evaluando por separado la presencia y los efectos de cada sustancia. Este enfoque aislado llevó a que no se considerara la sinergia tóxica entre el talio y el gas mostaza, lo que resultó en una interpretación incompleta del cuadro clínico. Luna no tomó en cuenta que el talio podía modificar radicalmente la forma en que el gas mostaza afecta al organismo, haciendo que los síntomas fueran atípicos y difíciles de asociar a un envenenamiento clásico. Así, sus conclusiones omitieron la posibilidad de que la acción combinada de estos dos agentes explicara los síntomas ambiguos y la evolución clínica inexplicable que presentaba Frei Montalva, generando controversias y desacuerdos en el proceso investigativo.

En resumen, la diferencia clave está en que Börgel y Cerda integraron el análisis de los efectos cruzados y potenciados, mientras que Luna se mantuvo en un paradigma más tradicional, sin contemplar el mecanismo de interacción que resulta fundamental para entender el caso. Las doctoras lograron desenmascarar un método sofisticado y letal, defendiendo la verdad frente a la confusión y el miedo, y mostrando que la ciencia —con rigor y humanidad— puede ser la última barrera contra la impunidad.

La historia clínica pone también el proceso del envenenamiento en perspectiva. El gas mostaza (MS), al ser administrado por vía endovenosa, provoca:

  • Inflamación localizada en tejidos internos, como el mesenterio, que es justamente lo que mostró Frei Montalva.
  • Daño al ADN celular, lo que genera necrosis y falla orgánica. Eso fue también identificado en Frei Montalva.
  • Supresión inmunológica, facilitando infecciones oportunistas, como le ocurrió a Frei, sobre todo después de la segunda operación.
  • Shock séptico, como el que sufrió Frei tras la segunda operación.
  • Evolución clínica inexplicable, incluso para médicos experimentados.

Frei Montalva no solo exhibió todos y cada uno de esos síntomas, especialmente tras la segunda intervención; y lo hizo de manera tan dramática que el desconcierto se apoderó del equipo médico. Algunos, conscientes y silenciosos, imaginaron acertadamente que una intervención externa estaba en ejecución, pero el miedo les ató las manos y fueron incapaces de denunciar o incluso de intervenir. Otros, completamente sobrepasados por la situación, quedaron petrificados, abatidos por el terror y la duda, intuyendo que estaban ante algo monstruoso pero sin valor suficiente para pronunciar palabra o actuar.

Resulta imprescindible subrayar que la sentencia emitida por el juez Madrid trascendió los precisos y contundentes análisis toxicológicos practicados en las muestras de Eduardo Frei Montalva. Fue mucho más que una mera revisión científica: el fallo reflejó una mirada profunda y totalizadora, abordando el turbulento escenario político que envolvía al país en esos años, donde el ex presidente vivía bajo una sombra constante de seguimientos, presiones y amenazas. El juicio no solo consideró los antecedentes profesionales y las redes de los médicos involucrados en su tratamiento, sino también el desgaste emocional y la tensión que marcaban cada decisión y cada silencio de quienes lo rodeaban. Se revisó en detalle el deterioro clínico de Frei y, quizá lo más perturbador, se examinaron las maniobras de encubrimiento que se desplegaron tras su muerte: intervenciones médicas irregulares, una supuesta autopsia realizada sin el respeto básico de un protocolo ni autorización familiar, y obstáculos deliberados para entorpecer cualquier intento de esclarecer la verdad. Cada una de estas piezas fue fundamental para dimensionar la magnitud de lo sucedido, y para comprender el carácter trágico y monumental de los hechos que conmocionaron a una nación entera:

Declaración judicial de LAURA BÖRGEL AGUILERA, quien señala lo siguiente: que ratifica sus declaraciones prestadas anteriormente en las cuales describió las metodologías analíticas a la fecha efectuadas y los requerimientos para las conclusiones finales. Que ratifica el informe final entregado en octubre del año 2008. Que la conclusión del informe referido en su parte final se establece la exposición de don EDUARDO MONTALVA a mostaza de azufre y a talio durante los tres últimos meses anteriores a su deceso y dicha exposición se relaciona directamente con la causa de su muerte. Que la exposición a talio se fundamenta en la cuantificación e identificación de esta sustancia en las muestras de cerebro y en las muestras de cabello; y que en las muestras de cabello por sección, se encontraron diferentes concentraciones de este metal, lo cual se interpreta como la exposición a distintas concentraciones en el tiempo. Que esto también se correlaciona con los hallazgos en la anatomía patológica que muestran los depósitos característicos del talio en el cabello, exámenes efectuados por Doctora CERDA y que se compararon con una paciente también expuesta al talio donde se visualizaban similares alteraciones. Por otra parte la exposición a talio se fundamenta con el cuadro clínico presentado por el ex presidente de la República don EDUARDO FREI MONTALVA. Cuando la administración es en bajas dosis, el cuadro clínico que se presenta es muy bizarro (no es característico) y no se observan los efectos descritos en todos los libros cuando se administran mediana y altas dosis de talio, que son la alopecia (caída del pelo) y las talalgias (dolor del talón) los cuales son observables entre el día 10 a 20 de la exposición. Que en este caso, la exposición a bajas dosis determinó como parte del cuadro clínico signos y síntomas compatible con una posible obstrucción intestinal; esto está descrito para el talio. Muchos de estos dolores generados se confunden fácilmente con dolores cólicos que son también parte de la historia clínica de una obstrucción intestinal. De no estar en el antecedente de exposición al talio, es muy difícil de hacer el diagnóstico y puede inducir al error de interpretación de este síntoma digestivo clasificándolo como un fenómeno sólo de origen quirúrgico. Esta aparente obstrucción intestinal determinada por el talio está descrita en los libros clásicos de toxicología y en la documentación que se anexó al informe técnico; pero vuelve a reiterar que como fue en dosis bajas, no se observaron los otros elementos que son tan característicos de dicha intoxicación, como son la caída del cabello y los dolores de los talones. Además, en el talio está descrita su neurotoxicidad, que en dosis altas puede llevar a una encefalopatía. También están descritas las arritmias como consecuencia a la exposición a ese metal. Como las dosis de exposición fueron bajas, basadas en las concentraciones encontradas en cerebro y cabellos, sólo se presentaron algunos fenómenos en forma intermitente de encefalopatía que fueron evaluados durante su hospitalización por el doctor GOIC quien sólo en el segundo episodio cercano a la navidad plantea al final de este, la duda si todo lo observado es metabólico o la existencia de un tóxico asociado.

Afirma que con respecto al fundamento de la exposición a mostaza, ellos se basan en las determinaciones analíticas por cromatografía gaseosa con detector de FPD (detector específico para grupos que contienen azufre) en que se detectaron y cuantificaron compuestos relacionados con metabolitos de mostaza en distintas muestras procedentes de la exhumación y, en las muestras de EPON (encontradas en la Universidad Católica). Señala que por otra parte, en cromatografía gaseosa acoplada a masa, se detectaron compuestos derivados de etileno y compuestos determinados por la oxidación de la guanina (aductos o alteraciones del ADN, es decir daño celular). Importante es señalar también, que a nivel internacional se consideran de gran importancia la identificación de aductos, como el elemento más característico de la exposición a mostaza de azufre dado que esto determina que efectivamente la persona estuvo expuesta a una sustancia y que se generaron todas las alteraciones celulares como el daño del DNA (o ADN). Que cuando se altera el ADN las principales alteraciones se producen en las células que tienen mayor velocidad de recambio, siendo los linfocitos los más sensibles y el epitelio intestinal. Así, estas alteraciones del DNA (aductos) encontrados por cromatografía gaseosa acoplada a espectroscopía de masa en las muestras de cerebro, pulmón y pared toráxica, permiten establecer la exposición a esta sustancia química (mostaza de azufre) y los efectos observados en la baja de los linfocitos que se observó en los hemogramas durante la segunda hospitalización. Además explica las alteraciones del intestino observado durante las distintas intervenciones quirúrgicas al cual fue sometido en la segunda hospitalización. Expone que por otra parte, los estudios efectuados en Estados Unidos en julio del año 2007, se concluyó que existían áreas sospechosas del uso de mostaza de azufre o de alguna sustancia capaz de alterar el ADN, esto se fundamentó en los estudios que se efectuaron en esa oportunidad en el laboratorio del US Army con el doctor CENTENO y posteriormente con la revisión de los documentos publicados por el Doctor ROBIN BLACK, el cual había trabajado con muestras in – vitro a las cuales exponía a distintas concentraciones de mostaza de azufre, para observar las distintas alteraciones que se observaban por Raman en estas células. Al comparar los resultados del estudio del doctor ROBIN BLACK, con los espectros que le correspondió trabajar en Raman en Estados Unidos, se excluye de que existen efectos a nivel de las células del cerebro del ex presidente  MONTALVA, compatibles con la exposición a dosis altas y dosis bajas. Por esta razón, se puede concluir que no existió una sola exposición sino que a lo menos tres exposiciones a esta sustancia durante los últimos tres meses. Afirma que desde el punto de vista clínico se fundamenta la exposición a MS, en las alteraciones del hemograma que presentan algunas etapas bajas en los leucocitos con aumento de eosinófilos (distintos tipo de glóbulos blancos) y con constante baja de los linfocitos. Los linfocitos bajos o linfógena es un reflejo de una alteración de la inmunidad celular y que como se describió anteriormente, se traduce en alteraciones a nivel del DNA de las células, teniendo la mayor repercusión en este tipo de glóbulos blancos. Que se observa también un aumento de eosinófilos, los cuales están descritos en las diversas publicaciones que son parte de los efectos de la exposición a mostaza de azufre. Y que el otro fundamento clínico de exposición son los episodios de encefalopatía, que se precisan en el documento llamado “línea de tiempo del cuadro clínico”, lo cual se relaciona con la lipoperoxidación o formación de radicales libres por las mostaza de azufre a nivel de las células del sistema nervioso central, situación observada en los estudios experimentales en animales que se adjuntan al informe técnico. Todas estas alteraciones relacionadas con el sistema inmunitario se traducen clínicamente en la escasa capacidad de defenderse de los gérmenes oportunistas, y se traducen en un cuadro clínico de sepsis que es lo que se observó como el elemento más manifiesto de su cuadro clínico. Indica que al usar simultáneamente talio y mostaza, se establece la generación de un efecto de potenciación, lo cual permite utilizar dosis bajas tanto de talio como de mostaza, pero muy bien calculadas de tal modo de obtener el resultado de muerte sin haber usado necesariamente las dosis letales por separado. Esto se explica en detalle en el capítulo donde se muestran las ecuaciones y las formas que fundamentan este sinergismo o potenciación entre dos sustancias químicas al ser usadas en conjunto. De esto también se desprende que para haber observado ya en el ingreso de la segunda hospitalización, las alteraciones del hemograma y los elementos clínicos de obstrucción intestinal, estas sustancias químicas, talio mostaza, deben haberse administrado aproximadamente alrededor de 15 días previos a este ingreso lo cual se relaciona con la primera intervención quirúrgica. Además es importante señalar que cuando se administró en animales de experimentación la mostaza de azufre por vía endovenosa, los animales presentaron alteraciones intestinales compatibles con lesiones similares a abscesos, que son el resultado del efecto directo del daño de la mostaza en el intestino producto de la recirculación entero hepática y excreción biliar de la mostaza a nivel intestinal y que estas lesiones generalmente se ubicaron a nivel de la sección del íleon (parte del intestino delgado) y que se relaciona con la lesiones descritas por el equipo quirúrgico que lo intervino en el mes de diciembre del año 1981. Indica que por otra parte las manifestaciones de “obstrucción intestinal” del talio se presentan como parte del cuadro clínico, a partir del día 7 a 10 de una administración por vía oral, que es lo más frecuente en los distintos casos clínicos descritos en la literatura, pero un caso que le correspondió a la compareciente como tratante en la década de los 80, en la persona que se le inyectó por vía endovenosa y las manifestaciones de dolor abdominal, vómitos y diarreas se presentaron en los mismos periodos que para la administración por vía digestiva, esto ocurrió en el Hospital Militar. Señala también que es importante indicar que los años 80 le correspondió ver numerosas intoxicaciones en distintos hospitales, tanto en niños como adultos, públicos y privados, por encontrarse el talio de libre venta en nuestro país hasta el año 1985 en que es prohibido su uso por el servicio agrícola ganadero. Este producto tenía indicación de uso como raticidas. Expone que la relación clínica de la primera exposición se fundamenta en lo expuesto precedentemente y además en los resultados analíticos de las distintas secciones del pelo, en que mientras se encontró una concentración mayor de talio la concentración de derivado de mostaza era menor y viceversa, esto también habla del carácter vital de la exposición a estas dos sustancias y no de un contaminante externo, puesto que el cabello continuaba su crecimiento. Señala que procede a responder lo relacionado con el grupo TIOL (SH) del glutatión: la mostaza necesita metabolizarse con el glutatión para posteriormente eliminarse, principalmente por vía urinaria y desaparecer sus metabolitos (tiodyglicol el más importante) en un periodo de seis días por esta vía. Que esta vía es una vía segura y de un buen pronóstico, la molécula se elimina soluble en agua (orina) y es el mecanismo de mejor defensa del organismo frente a una exposición a este tipo de sustancias. Por el contrario, si la persona es deficiente del glutatión o si se interfiere con algún tipo de sustancia química al glutatión, el organismo no puede eliminar en forma natural por la orina y desplaza toda su transformación a una serie de derivado de mostaza como sales sulfónicas, ion sulfónico y sulfóxido; al ion sulfónico se le atribuye la responsabilidad de generar los aductos de ADN (alteración de la guanina) propio de la mostaza de azufre. En resumen, el uso del talio determinó una interferencia metabólica en la vía del glutatión, determinando que la MS (mostaza de azufre) se desplazara a la vía de metabolitos más críticos y de mal pronóstico, con las consecuencias del daño del ADN, daño tisular y efectos en el sistema inmunitario que se tradujeron en la mayor susceptibilidad al cuadro infeccioso que produjo su muerte. Afirma que esto se refleja en el cuadro de la página 182, en la página 187 donde están los aductos de guanina y en la página 242 del informe donde consta el mecanismo de acción de la mostaza con talio y sin talio. La otra línea interesante se encuentra en la página 145 de los efectos de potenciación de ambas sustancias, en la página 147 se muestran las concentraciones en el tiempo en las secciones de cabello de talio y de MS y en la página 257 donde está el de cloruro de azufre y el etileno. Señala que en la página 257, se ven las distintas fórmulas para la obtención del MS, siendo la más fácil ruta la reacción del di cloruro de azufre con el etileno. El di cloruro se puede obtener a partir del azufre con hipoclorito y el etileno por la línea de los alquenos. Esta información se verificó en los libros (libros de Berríos) y otros documentos que están en custodia en el tribunal y que fueron revisados con la autorización (eso pudo haberlo ejecutado Eugenio Berríos, el químico de Pinochet) de éste: en el “Index Merck página 725 a la 726 se encuentran las formas de talio que se podían adquirir en esa época y además en el libro “Fondamenti Di Quimica Organic”, estaban  la síntesis de los alquenos y también información sobre glutatión y sobre el DNA o ADN y en “Organic Chemistry”, (de Morrison), se encontraban marcadas con letras manuscritas y coinciden con las páginas de los alquenos, las interferencias de los bromuro y las reacciones de los aminoácidos con el glutatión, por lo cual se puede determinar que existía información disponible en estos libros para la elaboración de la MS y el talio se podía conseguir fácilmente en el comercio, como raticidas o como muestra analítica.

Declaración judicial de CARMEN CERDA AGUILAR, médico cirujano especialista en anatomía patológica y en medicina legal, quien señala lo siguiente: que ratifica el informe final que hizo llegar al tribunal el 4 de noviembre del presente año. Señala que a partir del estudio de la ficha clínica de don EDUARDO FREI MONTALVA surgieron concretamente tres posibilidades de causa de muerte; La primera de ellas, ser una posible negligencia médica, la segunda era una complicación infecciosa derivada de la cirugía, y la tercera era la intoxicación, la cual podría haberse originado en los fármacos que se estaban administrando, o bien en otro tipo de sustancias. Indica que éstas fueron las hipótesis que se plantearon y que trataron de confirmar o descartar. Afirma que una revisión exhaustiva de la ficha médica demostró que en varios momentos los médicos tratantes expresaron que se encontraban ante un cuadro desconocido, lo que les reafirmó que podría tratarse de una intoxicación. Paralelamente, las búsquedas de sustancias tóxicas arrojaron productos que no estaban relacionados con los medicamentos que según la ficha se le habían administrado. Se pusieron a investigar entonces en qué momento se podía haber producido una exposición a dichas sustancias y qué tipo de exposición podría haber sido: accidental o voluntaria. Expone que para poder llegar a una conclusión exploraron de dónde podían prevenir las moléculas que encontraron, pues generalmente lo que se encuentra en el organismo son aductos, es decir sustancias que el organismo ya ha procesado. Comparar los resultados de las muestras de tejidos del señor FREI, tanto las de la exhumación, las incluidas en EPON (descubiertas años después en la Universidad Católica), con tejidos de vivos o fallecidos que hubieran sido conservados en formalina, que era la sustancia conocida a la que había sido expuesto el cadáver, pudiendo descartarla totalmente de sus resultados. El talio se absorbe y se deposita en los tejidos como tal, y no se utiliza como medicamento ni como preservante, ni se encontraba en el terreno donde estaba la sepultura. Que puntualmente en los cabellos extraídos durante la exhumación, se observaron distorsiones de la arquitectura que sólo son posibles de ocurrir en un sujeto vivo. La otra sustancia cuyos metabolitos encontraron, correspondía a un derivado del gas mostaza. Que llamaba la atención que fuera un tipo de derivado que habitualmente se produce en muy pequeña cantidad, siendo principalmente eliminado como otro compuesto. El uso conjunto de gas mostaza con talio en una preparación de glóbulos rojos frescos, permitió aclarar que cuando se administran estas dos sustancias juntas, el producto metabólico que se obtiene del gas mostaza es el que habitualmente es el más difícil de obtener e identificar, por lo tanto aplicando ecuaciones químicas, fue posible determinar que con dosis muy bajas pero repetidas de ambas sustancias, era posible obtener un resultado letal, con síntomas y signos poco específicos y con resultados difícil de rastrear, aún en la actualidad. Afirma que siendo tanto la doctora BÖRGEL, como la compareciente becadas en medicina legal en la época de los hechos, saben que no existía en el país métodos ni elementos para diagnosticar este tipo de intoxicación. Expone que su trabajo siempre consistió en plantearse todas las causas posibles en forma autocrítica, e ir descartando, ojalá por varios métodos. También consideraron respaldar cada una de las pruebas que se realizaron, tanto con material bibliográfico como con reconfirmaciones y pruebas cruzadas. Indica que en su trabajo también se utilizó la metodología del doble ciego, en el sentido de que en muchos momentos una no sabía lo que buscaba la otra, y al final los resultados se complementaban. Consultada sobre cómo se fueron descartando las diferentes hipótesis responde: que la hipótesis de negligencia médica se descartó dado que tanto el cuadro clínico como los hallazgos histológicos presentaban elementos que excedían lo que se pudiera encontrar en una posible negligencia médica; en primer lugar un problema con la técnica quirúrgica utilizada la primera operación. Con respecto a esto llamaba la atención que síntomas y signos en el paciente, como alteración del ritmo cardíaco, presencia de exceso de eosinófilos o trastornos de conciencia e incluso un examen de biopsia de intestino que le tomaron en la época, en que también se encontraron muchos eosinófilos (tipo de glóbulos blancos encontrados principalmente los cuadros alérgicos y parasitarios), no correspondía a una infección derivada de una mala técnica quirúrgica. Que uno de los cirujanos al explorar el abdomen, señala la ficha, que se encontró con un tipo de inflamación que nunca había visto, siendo él un profesional de experiencia. También se descartó una negligencia en cuanto a la administración de fármacos por cuanto dos de ellos estaban indicados para el cuadro patológico que presentaba el paciente, y las dosis eran habituales. Indica que la tesis de la infección se descartó, al menos como causa originaria porque el paciente se comportó como si tuviera una inmunosupresión, siendo invadido por una serie de microorganismos oportunistas o por gérmenes de muy baja infectividad. Dado que se trataba de una persona previamente sana, es extraordinariamente infrecuente la adquisición de infecciones con resultados tan graves, pues el organismo con su propio mecanismo de defensa basta para eliminarlos. Que por su experiencia en un hospital donde se realizan muchos trasplantes renales, solamente los enfermos tratados con inmunosupresión para tolerar dichos trasplantes, o más bien recientemente pacientes portadores de VIH sida, adquieren ese tipo de infecciones. Afirma que las hipótesis toxicológicas en cambio adquirieron relevancia, porque tenían una evidencia de laboratorio tanto en el área toxicológica como en el área histológica. Por otra parte el estudio del talio y del gas mostaza como los hechos recientemente por hospitales militares con alta tecnología, permiten explicar la totalidad de los síntomas y signos que presentó don EDUARDO FREI MONTALVA y que parecen registrados es su ficha clínica. Consultada sobre lo que señaló en su informe en el número 3 letra a del mismo, donde se señalan antecedentes clínicos del señor FREI MONTALVA. Con respecto a lo que se le consulta, que en la ficha clínica se habría observado un cuadro de compromiso encefálico que se interpretó como secundario a trastornos metabólicos, señala lo siguiente: que la encefalopatía tóxico metabólica designa un cuadro de compromiso de conciencia que puede tener distintas causas. Las causa metabólicas, habitualmente son de alteraciones de la glicemia, en aumento o disminución, trastornos en el aporte de oxígeno, o de electrolitos como el cloro, como el sodio o como el potasio. Las infecciones generalizadas (sepsis) también pueden provocarlo, sobre todo si hay grandes cantidades de gérmenes productores de toxinas (como el clostridium o el estafilococo dorado) en el organismo. Además existen muchas sustancias tóxicas que pueden producir encefalopatía. Por las descripciones de la literatura especializada, los efectos en el organismo por talio, producen encefalopatía. En la ficha clínica no se observaron alteraciones del oxígeno, de la glucosa ni de los electrolitos que pudieran explicar los síntomas encefálicos. En este caso, en su tiempo, fue aceptado por los médicos tratantes, posiblemente porque la hipótesis de una sustancia tóxica no estaba dentro de su manejo habitual del paciente. Hace presente que desde hace 20 o más años no existe la cátedra de toxicología en las escuela de medicina, por lo que la gran mayoría de los médicos no tienen manejo alguno respecto de las intoxicaciones. Posiblemente conozcan elementos acerca del manejo de insecticida o pesticidas debido a que existe una ley y se deba hacer alguna denuncia obligatoria, acerca de droga de abuso y acerca de intoxicaciones en niños con medicamentos o productos de uso doméstico. Aun así, de haber tenido los conocimientos habría sido difícil imaginar un resultado como el que obtuvieron, e imposible de probar en aquella época. Señala que actualmente la toxicología ha hecho extraordinarios avances, pudiéndose identificar sustancias en muestras muy pequeñas, alteradas por condiciones ambientales o mezcladas con otras sustancias. Consultada sobre la ficha clínica en la cual se planteó la posibilidad elementos tóxicos, por la evolución del paciente, pero no aparece en ella la solicitud de exámenes complementarios para descartar esa causa. Responde lo siguiente: que concretamente hay dos anotaciones en la ficha clínica; una corresponde a un cirujano que no recuerda el nombre, que señala que el cuadro inflamatorio del abdomen es excesivo y escapa al comportamiento habitual para los casos que él conocía. Y el otro fue un comentario del doctor GOIC, al hacer un examen neurológico y al encontrar signos distintos a los habituales, planteando concretamente la posibilidad de una sustancia tóxica. Consultada sobre el hecho que las sustancias empleadas en los procedimientos conservatorios de cadáveres a la fecha en que ocurrieron los hechos existía un consenso en la comunidad científica que dicho procedimiento no debían ser utilizados frente a una sospecha de intoxicación, señala: que efectivamente eso era así, se enseñaba en todas las universidades que cuando existía alguna sospecha de envenenamiento debía guardarse restos o partes de órganos en preservantes, para efectuar los exámenes toxicológicos correspondientes, porque el uso de tales sustancias podía alterar o falsear los exámenes. Actualmente todavía se enseña de esa manera, haciendo la salvedad que los procedimientos toxicológicos actuales permiten individualizar sustancias, pero haciendo más largos y laboriosos los procedimientos.

Con estos antecedentes, es inevitable y profundamente inquietante plantear nuevamente la siguiente interrogante: ¿Pudo Patricio Yáñez, paciente de la clínica Santa María fallecido el 26 de enero de 1982 —apenas cuatro días después de la muerte del ex presidente Frei Montalva— haber sido también víctima de la misma combinación letal de tóxicos?  Si se realizara un análisis toxicológico a los restos de Patricio Yáñez, se podría confirmar si fue sometido a la misma metodología de envenenamiento y, por tanto, aportar evidencia adicional para esclarecer de manera más contundente lo ocurrido. Esa investigación no solo permitiría entender la muerte de Patricio Yáñez, sino que podría agregar claves adicionales para desenmascarar la sofisticación y el alcance de la operación que terminó con la vida del ex presidente. ¿Cómo fue que a ningún médico amigo de Frei Montalva se le ocurriera tocar el tema de una autopsia a Patricio Yáñez? Existían dudas sobre una infección intrahospitalaria que empujaba a buscar respuestas, pero nada se hizo. El hígado y los riñones de Frei Montalva habían desparecido. Como escribió Carmen Frei en su libro:

Los órganos extraídos al cadáver de mi papá fueron llevados por el doctor Rosenberg al crematorio, según sus propias declaraciones (15 de mayo 2003).

Los restos de Pablo Yáñez aún existen; no fueron destruidos sus órganos ni se realizó ningún procedimiento apresurado que pudiera eliminar pruebas relevantes. A pesar de ello, resulta llamativo y difícil de comprender el desinterés y la falta de iniciativa mostrados por los médicos que eran amigos de Frei. Justo en los momentos más decisivos, cuando la vida del ex presidente pendía de un hilo y cada decisión podía significar la diferencia entre descubrir la verdad o condenarla al olvido, estos profesionales, quienes tenían la confianza y proximidad necesarias para intervenir, optaron por la pasividad. No estuvieron a la altura de la gravedad de la situación: dejaron escapar la oportunidad de investigar, de buscar explicaciones y de exigir que se hiciera justicia ante una tragedia de semejante magnitud.

Está documentado que el doctor Goic sí tenía dudas, auténticas y profundas. De hecho, llegó a expresar su preocupación en la ficha clínica de Frei escribiendo una pregunta que, aunque tímida, revelaba una inquietud real: “¿metabólico o tóxico?”. Sin embargo, esa advertencia quedó sin respuesta; nadie investigó más allá ni se ordenaron exámenes para descartar una intoxicación. Surge la pregunta inevitable: ¿cuándo fue exactamente que el doctor Goic empezó a sospechar que algo no cuadraba, que el doctor Patricio Silva Garín no le estaba diciendo toda la verdad? Es inevitable preguntarse qué sintió en ese momento—¿rabia, confusión, miedo?—y cuántas veces habrá recordado ese instante, lamentando no haber actuado, atrapado por el temor y el silencio que paralizó a tantos médicos mientras la historia seguía su curso, dejando solo dolor y preguntas sin resolver.

Me pregunto, nuevamente, con una inquietud que no deja de crecer, ¿qué supo mi padre de todo esto? ¿Se atrevió a hablar abiertamente con el doctor, sentados uno junto al otro en la sala de estar de nuestra casa? Imagino que mi padre sintió una profunda extrañeza, temor, al pensar que semejante tragedia pudo habérsele desarrollado a él si Frei Montalva se hubiese operado en la Clínica Indisa, su espacio cotidiano que pudo haberse convertido en otro escenario de sospechas y traiciones. ¿Hablaron de eso, se permitieron siquiera rozar el tema, o eligieron –quizá por miedo, quizá por lealtad o por agotamiento– dejar que el silencio lo cubriera todo, tapando las palabras que jamás debieron quedarse atrapadas en la garganta? Me duele pensar que la verdad se perdió entre miradas esquivas y conversaciones inconclusas, y lo que nunca se dijeron, sigue pesando sobre quienes aún buscan respuestas.

Declaración judicial de LAURA CECILIA BÖRGEL DE AGUILERA. Le mencionó al juez que al usar dosis menores de talio y MS el individuo que la manipula también tiene menor riesgo. Señaló que una persona que hace una obstrucción intestinal hace un cuadro de candidiasis baja, pero puede salir adelante. La candidiasis es una infección causada por hongos del género Candida, siendo Candida albicans el más común. Estos hongos suelen vivir en pequeñas cantidades en diversas partes del cuerpo, como la boca, la piel, el tracto gastrointestinal y la zona genital, sin causar problemas en personas con un sistema inmunológico saludable. Sin embargo, cuando las defensas del organismo bajan o hay un desequilibrio en la flora normal, la Candida puede multiplicarse y provocar infecciones que varían en gravedad, desde molestias leves hasta cuadros más severos, especialmente en personas con inmunosupresión. Tuvo también una baciloscopia directa positiva. Ese es un resultado de laboratorio que indica la presencia de bacilos, generalmente del género Mycobacterium, observados directamente en una muestra, habitualmente mediante tinciones especiales bajo el microscopio. Cuando el resultado es positivo, significa que hay suficientes bacterias en la muestra para ser vistas de forma directa, lo que sugiere una infección activa y potencialmente transmisible. Esto suele estar asociado a un sistema inmunológico comprometido, ya que en condiciones normales, la persona no desarrollaría una carga bacteriana tan elevada como para ser detectada tan fácilmente. Agregó que por mucho que hubiese sido un cuadro séptico nunca hubiera crecido tanto como para tener ese tipo de respuesta; para que haya dado baciloscopia directa positiva es porque su inmunidad no servía para nada. Ese fue el cuestionamiento, por qué tanta infección oportunista en un momento dado y por qué esos linfocitos extremadamente bajos y estos cuadros oscilantes que no guardaban relación con nada.

Un político identificado con la extrema derecha, Roberto Thieme, declaró ante el juez Madrid que estaba convencido de que Eduardo Frei Montalva había sido asesinado. Thieme explicó que esta convicción no era solo una opinión personal, sino que le fue confirmada directamente por el general Manuel Contreras, quien en ese momento era el jefe de la CNI y poseía información privilegiada sobre operaciones secretas del régimen militar. Según Thieme, Contreras le aseguró que la muerte de Frei Montalva no fue un fallecimiento natural, sino el resultado de un complot cuidadosamente planificado y ejecutado por altos mandos del Ejército, lo que da contexto al alcance y la gravedad de las acusaciones formuladas en el proceso judicial:

Declaración jurada de WALTER ROBERT THIEME SCHIERSAND, industrial mueblista, quien ratifica su declaración policial de fecha 9 de mayo     de 2005, según informe policial N°108 anexo 304 de O.C.N Interpol, la cual se llevó a cabo en los siguientes términos: Indica que en los años 70, siendo el gerente general de una fábrica de muebles, decidió que no estaba dispuesto a vivir en un régimen socialista marxista e inició negocios del mismo rubro en Buenos Aires, y ante un discurso de año 1971 del abogado PABLO RODRÍGUEZ GREZ mediante el cual fundaba el frente nacionalista Patria y Libertad, fue que se puso a disposición para colaborar en el movimiento, para en los meses siguientes dejar sus actividades económicas y dedicarse por completo a su causa, siendo nombrado secretario general de Patria y Libertad. Así en marzo del año 1972 a raíz de una querella del gobierno contra el movimiento Patria y Libertad, fue detenido y encarcelado junto al jefe nacional PABLO RODRÍGUEZ GREZ entro otros los que se encontraba EUGENIO BERRIOS, todos obteniendo su libertad por falta de méritos, adquiriendo el movimiento una nueva sede en calle Rafael Cañas, quedando la juventud Patria y Libertad en calle Irene Morales, no sabiendo más sobre EUGENIO BERRIOS. Afirma que en cuanto a la muerte del ex presidente FREI MONTALVA, en la que se relaciona a EUGENIO BERRIOS, bajo el prisma del análisis histórico, su conclusión es que se trató de un complot del más alto nivel, ejecutado por la Dirección de Inteligencia del Ejército de la época. Indica que con el movimiento nacionalista popular, mantenían estrechos contactos con la Democracia Cristiana, el líder sindicalista TUCAPEL JIMÉNEZ, el General en retiro de la Fuerza Aérea GUSTAVO LEIGH, el General en retiro MANUEL CONTRERAS el dirigente de camioneros JULIO LAGOS COSGROVE, el líder sindical MANUEL BUSTOS y los dirigentes de los agricultores del sur, DOMINGO DURÁN y CARLOS POEDLECH, todos actuando sincronizadamente para producir un paro nacional que desestabilizara el Gobierno del General PINOCHET y como consecuencia las Fuerzas Armadas nombrarían a un nuevo General Gobernante, que en un breve período llamaría a elecciones democráticas y terminara con la participación de los militares en la política nacional. Expone que su tesis de que el ex presidente FREI MONTALVA, fue víctima de un complot se sustenta en que don EDUARDO FREI MONTALVA era el más respetado y capaz de los estadistas que podían encabezar la conducción del país, logrando la mayor unidad nacional posible, en vista de ello como ha quedado demostrado, el General Pinochet, no tuvo impedimentos para usar todos los medios a su alcance y proyectarse en el poder por muchos años más, como de hecho sucedió. Señala que a fines del mes de febrero del año 1982, cuando el DINE asesinó a TUCAPEL JIMÉNEZ, el propio General LEIGH le informó que se había tratado de una operación comando, realizada por dicho servicio de inteligencia del Ejército, por lo que a raíz de ello emitió una declaración pública, en nombre del nacionalismo popular, lamentando dicho crimen y señalando que efectivamente se había tratado de una operación de inteligencia, la que fue publicada en el diario “La Tercera” de la época, dentro del análisis efectuado entonces por LEIGH y otros centros de poder militar ya se afirmaba que lo el ex presidente FREI MONTALVA también había sido producto de un complot de los altos mandos del Ejército de la época. Finalmente indica que debido a que la correlación de fuerzas cívico militares eran favorables al General PINOCHET, renunció al movimiento nacionalista popular e inició un exilio voluntario, volviendo a Chile en el año 1994. En declaración judicial de fecha 11 de mayo de 2005, ratifica su declaración policial y además agrega, que recuerda que después del asesinato de TUCAPEL JIMÉNEZ, mantuvo reuniones con CONTRERAS, con LEIGHT, con RUIZ y con JULIO TAPIA, donde comenzó a analizarse desde una perspectiva de trabajo de inteligencia la muerte del ex presidente FREI MONTALVA, la que al principio les había parecido un hecho lamentable debido a causas naturales, pero al acontecer el crimen de TUCAPEL JIMÉNEZ, se visualizó este hecho dentro de un contexto más amplio y el General CONTRERAS proporcionó información de sus fuentes dentro del ejército, que permitían suponer que el deceso del ex mandatario se había debido a un complot implementado por el DINE al igual que el asesinato del dirigente sindical. Afirma que CONTRERAS manifestó esto y que nunca mencionó sus fuentes, pero sí demostraba una certeza absoluta de que este hecho había sido provocado deliberadamente, lo que lo motivó como Secretario General del Movimiento Nacionalista Popular a hacer una declaración pública que salió publicada en el diario La Tercera de la época en que manifestaban su repudio por un crimen tan alevoso en contra del señor JIMÉNEZ, señalando su apreciación de que se trataba de una operación comando de inteligencia y no de un hecho policial, como se prendió aparentar en ese tiempo.

El juez Alejandro Madrid, en un fallo considerado histórico, identificó y precisó las responsabilidades penales en la muerte del ex presidente Eduardo Frei Montalva. En su sentencia, determinó que los doctores Patricio Silva Garín y Pedro Samuel Valdivia Soto fueron responsables directos del homicidio: Silva Garín participó personalmente en las intervenciones quirúrgicas que resultaron críticas para el estado de salud del ex presidente, mientras que Valdivia Soto entregó testimonios con contradicciones respecto a su real participación en el cuidado médico de Frei, lo que levantó serias sospechas sobre su actuar. Asimismo, el fallo condenó por encubrimiento a Helmar Egon Rosenberg Gómez y Sergio Javier González Bombardiere. Ambos participaron en la realización de una autopsia que no siguió los protocolos legales vigentes y que, además, se llevó a cabo sin el consentimiento ni la autorización de la familia Frei. Esta intervención irregular tuvo como consecuencia la ocultación de información clave que podría haber esclarecido mejor la verdadera causa de muerte del ex presidente.

El juez también estableció como coautores del homicidio a Raúl Diego Lillo Gutiérrez, quien ocupaba un cargo en la Central Nacional de Informaciones (CNI), y a Luis Alberto Becerra Arancibia, ex chofer de Frei Montalva. Becerra fue reclutado por Lillo en calidad de informante y colaboró activamente en la ejecución de los hechos que desembocaron en el fallecimiento del ex mandatario.

De esta manera, la sentencia judicial especificó y dividió claramente las responsabilidades: por un lado, las responsabilidades médicas derivadas de la atención y procedimientos realizados; y por otro, las responsabilidades operativas, vinculadas a labores de inteligencia y encubrimiento, destacando la participación coordinada de los involucrados tanto en la perpetración del crimen como en el ocultamiento posterior de pruebas y antecedentes relevantes.

El caso, con sus complejas ramificaciones científicas y políticas, se transformó en un drama nacional, donde medicina, química e historia se entrelazaron en una trama de incertidumbre y sospecha que mantuvo al país en vilo. Cada informe, cada testimonio, no solo sumó nuevas capas de complejidad, sino que sacudió la conciencia del país, obligando a la sociedad a enfrentar, sin evasivas, la inquietante posibilidad de un crimen ejecutado con precisión quirúrgica bajo el disfraz de una muerte natural. El fallo dejó también al descubierto la vulnerabilidad de los sistemas forenses y la impotencia tecnológica de la época para descifrar envenenamientos tan sofisticados, alimentando un sentimiento de impotencia y frustración que se extendió más allá de los círculos médicos.

En el centro del debate público, el nombre de Frei Montalva dejó de ser solo un recuerdo histórico para convertirse en una herida abierta y constante en la memoria de Chile. La pregunta principal sigue sin respuesta: ¿puede la verdad resistir el paso del tiempo cuando existen laboratorios que no se ponen de acuerdo y tribunales que emiten fallos contradictorios? Las pericias científicas se enfrentaron abiertamente, con expertos nacionales e internacionales que no lograron consenso absoluto sobre las causas de la muerte, lo que generó una atmósfera de desconfianza, incertidumbre y división. Cada nuevo informe o testimonio parecía contradecir al anterior, aumentando la confusión y debilitando la confianza de la ciudadanía en las instituciones responsables de hallar la verdad. Así, el caso pasó de ser un asunto estrictamente médico o judicial para instalarse en el debate público, donde la ciencia y el derecho parecían no entenderse y cada intento de esclarecer los hechos se transformó en una lucha larga y desgastante contra el olvido, la duda y la sensación de que la verdad podía quedar siempre fuera de alcance.

La justicia frente al veneno

El 23 de enero de 2021, la Corte Suprema de Chile dictó su veredicto final respecto al caso de la muerte del ex presidente Eduardo Frei Montalva. En esa resolución, el máximo tribunal revocó las condenas impuestas por instancias judiciales anteriores y absolvió a todos los acusados, determinando que no existían pruebas contundentes que permitieran confirmar la existencia de un homicidio ni tampoco acciones concretas para encubrir un envenenamiento. Así, la Corte Suprema desestimó tanto el fallo condenatorio del juez Madrid como el informe toxicológico que inicialmente había provocado conmoción nacional, considerándolos solo como hipótesis que carecían de suficiente respaldo científico y legal.

Durante el proceso, la investigación judicial se desarrolló en medio de una atmósfera de gran tensión y expectativas, marcada por la búsqueda incansable de la verdad. Se revisaron extensos expedientes, se recopilaron numerosos testimonios de familiares, médicos y expertos, y se analizaron peritajes toxicológicos que generaron intensos debates y posturas enfrentadas. Por un lado, existían sectores que atribuían la muerte de Frei Montalva a complicaciones clínicas inesperadas tras sus intervenciones quirúrgicas; por otro, estaban quienes sospechaban de una intervención intencionada, es decir, de un posible asesinato cuidadosamente planeado y ejecutado.

A lo largo del juicio, surgieron distintas teorías y los peritos defendieron o cuestionaron los hallazgos científicos presentados, mientras la opinión pública y los medios de comunicación seguían el caso con atención. Las familias y la ciudadanía exigían claridad, justicia y transparencia, pero la falta de consenso completo entre expertos y la imposibilidad de demostrar de manera categórica la causa de la muerte mantuvieron la incertidumbre. Como resultado, la verdad detrás de la muerte de Frei Montalva nunca pudo establecerse completamente, dejando el caso abierto a interpretaciones y convertido en una herida persistente en la memoria colectiva de Chile.

En este escenario tan complejo y tenso, la Corte Suprema tuvo que analizar no solo los aspectos médicos del caso, sino también las intensas presiones políticas y las posibles motivaciones ocultas tras la muerte de un ex presidente. Las declaraciones y opiniones de la época estaban marcadas por la desconfianza, el miedo y la pasión política, lo que se sumaba al desafío de interpretar la evidencia científica disponible. Esto convirtió el caso en un enfrentamiento constante entre quienes buscaban certezas en una realidad llena de dudas, donde cada nuevo dato arrojaba tanto claridad como incertidumbre. La sociedad chilena entera esperaba una respuesta definitiva, debatiéndose entre el deseo de justicia y el temor de que nunca se esclareciera completamente la verdad.

Mientras para muchos el informe toxicológico era la prueba definitiva de un asesinato político, para la Corte Suprema resultó ser un documento técnico que no aportaba pruebas concluyentes. El informe, que inicialmente sirvió de base para acusar y que alimentó la esperanza de justicia en la opinión pública, fue sometido a un análisis riguroso y finalmente cuestionado. De ser visto como la clave para resolver el caso, pasó a considerarse insuficiente para sustentar una condena. Así, el caso terminó sumido en una sensación generalizada de frustración y desencanto, dejando la inquietud de una verdad que quizás nunca se logre conocer del todo.

Argumentos centrales del fallo de la Corte Suprema

Validación internacional ausente: Los estudios realizados en laboratorios de Estados Unidos, Canadá y España no lograron replicar por completo los resultados obtenidos por el laboratorio Servitox de la doctora Börgel. En otras palabras, aunque se buscó confirmar los hallazgos en centros científicos de gran prestigio fuera de Chile, los resultados no fueron iguales y no se logró un acuerdo internacional sobre la validez de las pruebas presentadas.

En los análisis toxicológicos realizados por las doctoras Börgel y Cerda, se propuso una hipótesis novedosa: la posible relación entre el talio y el gas mostaza. Según sus investigaciones, cuando ambos compuestos se administran, el talio potencia el efecto tóxico del gas mostaza. Esto significa que se podría usar una cantidad menor de gas mostaza para causar un daño mortal, ya que el talio amplifica su toxicidad.

Además, esta combinación de sustancias complica la detección de los agentes involucrados. Los métodos tradicionales de análisis buscan los metabolitos clásicos del gas mostaza, es decir, los rastros químicos que normalmente quedan cuando alguien ha sido envenenado solamente con ese compuesto. Sin embargo, si el talio está presente, modifica la forma en que el gas mostaza se procesa y elimina en el organismo, haciendo que estos rastros habituales sean muy difíciles de encontrar o incluso desaparezcan por completo.

Por esta razón, las técnicas convencionales de detección pueden ser insuficientes. Los laboratorios extranjeros que intentaron replicar los resultados se centraron únicamente en buscar esos metabolitos clásicos del gas mostaza (thiodiglycol), sin considerar que el talio podía alterar el proceso y ocultar la evidencia química tradicional. Esto explica por qué no lograron obtener los mismos resultados que las doctoras Börgel y Cerda, y por qué la hipótesis de una intoxicación doblemente sofisticada —que requeriría métodos de análisis alternativos y más avanzados— no fue confirmada fuera de Chile.

En resumen, la falta de consenso internacional se debió a que los laboratorios extranjeros no ajustaron sus procedimientos para buscar señales químicas distintas, lo que dejó sin validar la hipótesis propuesta por las investigadoras chilenas y alimentó las dudas sobre la veracidad del informe toxicológico presentado en el caso.

Metodología cuestionada: La Corte Suprema subrayó que los métodos usados por la doctora Börgel presentaban notables deficiencias, especialmente en la identificación de thiodiglycol como marcador del gas mostaza. Esto generó serias dudas sobre la veracidad de sus resultados, ya que otros expertos no lograron confirmar que ese compuesto (thiodiglycol) se encontrara en grandes concentraciones, lo que indicaba la casi ausencia del agente tóxico. Aunque se realizaron esfuerzos para esclarecer el caso y aportar nuevas pruebas, cada estudio y testimonio se enfrentaba al escepticismo tanto de los jueces como de los especialistas internacionales. Estos últimos no pudieron ponerse de acuerdo sobre los resultados toxicológicos, lo que debilitó aún más la credibilidad de los análisis realizados.

A medida que avanzaba la investigación judicial, el expediente se llenó de informes contradictorios y declaraciones opuestas, lo que dificultaba establecer una versión clara de los hechos. Por un lado, algunos peritos sugerían que los datos médicos apuntaban a un posible asesinato; por otro, expertos defendían que se trataba de una muerte natural causada por complicaciones clínicas. Este desacuerdo entre profesionales hizo que el proceso acumulase más preguntas que respuestas, aumentando la desconfianza tanto de los familiares como de la sociedad respecto a las conclusiones periciales.

Además, el juicio puso en evidencia lo complicado que resulta ajustar el ritmo lento y detallado de la investigación científica a las demandas urgentes de la justicia. Cada vez que se presentaba una nueva prueba o testimonio, en vez de aportar claridad, volvía a abrir el debate y generaba nuevas dudas. En consecuencia, lejos de cerrar el caso, la evidencia disponible mantenía el expediente abierto y sometido a interpretaciones cambiantes, convirtiendo la búsqueda de la verdad en un proceso incierto y volátil. Así, cualquier certeza alcanzada podía desvanecerse ante la aparición de una nueva duda razonable.

Silencio técnico: Las peritos Börgel y Cerda no respondieron a las consultas enviadas por la Comisión Toxicológica, lo que debilitó la credibilidad de sus hallazgos. Este silencio generó inquietud en el proceso judicial, ya que sus respuestas eran clave para aclarar aspectos fundamentales del informe toxicológico. Probablemente, ambas toxicólogas, exhaustas por la enorme presión mediática y el constante cuestionamiento de sus resultados, optaron por no continuar participando en un debate público que les resultaba ajeno y abrumador, especialmente porque combinaba elementos políticos y científicos para los cuales no estaban preparadas. Su retiro dejó sin aclarar dudas técnicas que, de haber sido abordadas, podrían haber fortalecido o refutado su trabajo ante la Comisión.

En ese contexto de sospechas, declaraciones cruzadas y peritajes contradictorios, la sociedad chilena se dividió profundamente. Por un lado, estaban quienes, convencidos de que la muerte de Frei Montalva podría ser resultado de un crimen encubierto, exigían esclarecer la verdad sin importar los obstáculos. Estas personas veían en la falta de respuestas y en las inconsistencias periciales una posible señal de encubrimiento. Por otro lado, había quienes confiaban en la versión oficial y defendían la honorabilidad de las instituciones involucradas, creyendo que los resultados presentados por la justicia y los organismos estatales reflejaban la realidad de los hechos y descartaban la hipótesis de asesinato. Esta polarización reflejaba la dificultad de alcanzar consensos claros y, al mismo tiempo, la persistente desconfianza hacia las conclusiones del proceso judicial.

De este modo, el caso Frei Montalva trascendió lo estrictamente judicial y se transformó en un símbolo de las heridas en la historia contemporánea de Chile. La desconfianza hacia las explicaciones entregadas por el Estado se mezclaba con el temor de la sociedad a confrontar episodios dolorosos del pasado. En este contexto, la prensa desempeñó un papel fundamental: los medios de comunicación, al alternar entre la publicación de denuncias y el escepticismo frente a las versiones oficiales, contribuyeron a amplificar el impacto de cada nueva revelación o rectificación. Esto, lejos de aclarar la situación, generó mayor confusión y profundizó la polarización de la opinión pública.

A lo largo de los años, la acumulación de intereses opuestos, dudas persistentes y certezas parciales ocupó espacio tanto en los tribunales como en el debate público. Los expedientes judiciales crecieron en número de páginas y complejidad, pero no lograron aportar una mayor comprensión sobre lo sucedido; por el contrario, la ausencia de consenso y las distintas interpretaciones de los hechos mantuvieron viva la sospecha en la sociedad. Finalmente, tanto las familias involucradas como la ciudadanía y los actores políticos quedaron atrapados en una zona gris, donde la historia y la justicia parecían no poder coincidir plenamente ni ofrecer una explicación definitiva sobre lo ocurrido en el caso Frei Montalva.

Estado de la ciencia en 1982: La Corte Suprema señaló en su fallo que, cuando ocurrieron los hechos, la comunidad científica no tenía pruebas ni investigaciones que demostraran que el talio y el gas mostaza podían combinarse para causar una muerte usando cantidades reducidas. Es decir, en 1982 no existían estudios ni publicaciones que respaldaran la idea de que estos dos compuestos se pudieran usar juntos como método de envenenamiento letal. Es importante aclarar que el tribunal no rechazó la explicación bioquímica presentada por las peritos, ni afirmó que estuvieran equivocadas; simplemente reconoció que este tipo de envenenamiento era tan avanzado y poco común que ni siquiera los expertos internacionales lo habían descrito o documentado en ese momento. Esta situación resalta dos cosas: por un lado, el alto nivel técnico y científico de las toxicólogas que hicieron el peritaje, y por otro, la experiencia y conocimientos científicos de los asesinos como Eugenio Berríos, quien manejaba conceptos que iban más allá de lo habitual para esa época.

Además, la dificultad para comprender la base química y bioquímica del envenenamiento no fue exclusiva del ámbito judicial, sino que también afectó a la opinión pública y a los propios involucrados en el proceso. El juez Madrid, quien tenía la responsabilidad de esclarecer el caso, se vio limitado por la falta de explicaciones claras y accesibles tanto de la prensa como de los especialistas en toxicología y química. La información científica que sustentaba la hipótesis del envenenamiento fue compleja y sumamente técnica, lo que impidió que la mayoría de las personas —incluidos periodistas y abogados— pudieran entenderla y transmitirla de manera sencilla al público. Para que la sociedad comprendiera el caso, se habría necesitado la intervención de comunicadores con formación especializada, capaces de traducir esos conceptos a un lenguaje común, pero tal apoyo nunca se concretó. De hecho, la sentencia dictada por el juez Madrid superó las setecientas páginas, repletas de términos científicos y argumentaciones técnicas. Esta extensión y nivel de detalle hicieron que el documento resultara prácticamente inaccesible para quienes no tenían conocimientos avanzados en la materia, y contribuyeron a que muchos periodistas y abogados no pudieran analizar ni comunicar adecuadamente los argumentos presentados. Incluso puede percibirse cierto agotamiento en el propio juez Madrid: la sentencia contiene errores de redacción y pasajes confusos que podrían haber sido corregidos con una revisión más cuidadosa, lo que sugiere que la enorme carga del caso pudo afectarlo a nivel personal. Cabe considerar que el juez Madrid, ante la prolongada indiferencia y el progresivo desinterés de los médicos más próximos a Frei, pudo haber experimentado una profunda desazón. Ver cómo quienes compartieron los momentos cruciales del ex presidente parecían renunciar a la búsqueda de justicia o a la resolución definitiva del caso, solo sumaba peso a la carga que él llevaba sobre sus hombros. Esta actitud —más motivada por el temor a que una indagación exhaustiva expusiera sus propias omisiones o errores pasados, que por un afán genuino de esclarecer los hechos— terminó por entorpecer el proceso judicial. La falta de colaboración de quienes poseían información crucial no solo obstaculizó los esfuerzos por llegar a la verdad, sino que alimentó el clima de aislamiento y frustración que rodeaba al juez Madrid, quien debía abrirse paso entre silencios cómplices y actitudes evasivas en un caso marcado por la reticencia y el recelo. En ese escenario, la única presencia constante y decidida fue la de Carmen Frei. Dotada de un temple admirable, Carmen no solo acompañó al juez en cada etapa del proceso, sino que se erigió en sostén moral y símbolo de resiliencia, luchando sin descanso por la memoria y la justicia de su padre. Su perseverancia y coraje, inquebrantables frente a la adversidad y la soledad, la convirtieron en el verdadero motor humano detrás de la búsqueda de la verdad.

Ese contexto de desconfianza, presión institucional y ausencia de explicaciones claras no solo complicó la labor judicial, sino que también impidió que la sociedad chilena pudiera entender y debatir con mayor profundidad las circunstancias de la muerte del ex presidente.  Eduardo Frei Montalva dejó de ser solo el protagonista de un caso judicial y se convirtió en el símbolo de una tensión mayor: la que existe entre la versión oficial avalada por la justicia y la persistente sospecha social. El proceso judicial se tornó enredado, con discusiones forenses difíciles de seguir, recuerdos políticos y relatos familiares que se entrecruzaban constantemente. Así, cada nuevo avance en la causa no aportaba respuestas definitivas, sino que abría más interrogantes. Como resultado, la duda y el debate se instalaron en todos los espacios públicos, desde las calles y los foros hasta las reuniones familiares, alimentando múltiples hipótesis y versiones sobre el rol del Estado, la importancia de la transparencia y el peso de la memoria histórica.

El paso del tiempo no aportó respuestas claras ni certezas definitivas. Sin embargo, lo que sí hizo fue intensificar el pedido de justicia y verdad por parte de la familia Frei y de la sociedad chilena. Cada aniversario de la muerte de Frei Montalva servía para renovar ese reclamo colectivo, aunque también aumentaba el agotamiento de quienes, año tras año, participaban en ceremonias y actos conmemorativos, repitiendo la exigencia de una explicación que el proceso judicial nunca logró entregar: una versión oficial, indiscutible y capaz de unir la memoria histórica con la justicia legal. Así, el expediente Frei Montalva se transformó en el reflejo de la dificultad de Chile para cerrar heridas del pasado, enfrentar los hechos dolorosos y aceptar que, en ocasiones, la historia permanece estancada en una zona gris, llena de dudas razonables y sin una verdad absoluta que permita reconciliar a todos.

El fallo dejó a los imputados absueltos y a la familia Frei con una herida que, lejos de cicatrizar, continuó sangrando. Para algunos, aquello fue el doloroso cierre de un proceso que siempre consideraron injusto, marcado por la impotencia y la desconfianza. Para otros, significó una negación institucional del crimen, una forma de volver la espalda a la verdad y a quienes clamaban justicia. La sentencia, en este caso, no fue unánime ni reparadora: fue un espejo roto, donde cada fragmento reflejaba una versión propia, y jamás permitía recomponer el rostro íntegro de la verdad.

El cuerpo de Eduardo Frei Montalva no descansó en paz. No porque le faltara sepultura, sino porque su carne, sus tejidos, sus órganos se convirtieron en territorio de disputa, donde se enfrentaron no sólo médicos y peritos, sino narrativas irreconciliables sobre la verdad, la justicia y la historia. Fue intervenido quirúrgicamente, manipulado, conservado, dos veces exhumado, analizado. Cada procedimiento médico se convirtió en acto político, cada muestra de tejido en símbolo de sospecha. El informe toxicológico lo transformó en prueba viviente de un crimen sin testigos. Pero también en objeto de controversia, donde la ciencia fue usada tanto para revelar como para encubrir. Para la familia Frei y los querellantes, el cuerpo hablaba: decía “fui asesinado”. Era testimonio silente de un magnicidio.

El cuerpo de Eduardo Frei Montalva no fue simplemente el cuerpo de un ex presidente; fue un territorio marcado por el dolor, la incertidumbre y la lucha por la verdad. Su carne estuvo expuesta sin pudor al bisturí y al microscopio, pero también a la fría mirada de la ley y al fuego implacable del debate público. Cada intervención médica, cada examen forense, cada palabra escrita sobre él, no buscaba sanarlo ni siquiera comprenderlo del todo, sino convertirlo en símbolo: materia de acusaciones, defensa y silencios. Así, su cuerpo quedó dividido y sin descanso: para unos, es el mártir que denuncia un crimen impune; para otros, la víctima de errores médicos que nadie quiere asumir; y para muchos, una presencia incómoda que prefieren olvidar, porque recordar duele y obliga a mirar de frente heridas que aún sangran. Sus tejidos ya no hablan sólo de biología o bioquímica: gritan justicia, susurran misterio y encarnan la imposibilidad de cerrar el capítulo más doloroso de la historia reciente de Chile.

Bajo la dictadura cívico-militar, el poder no sólo se impuso desde las instituciones: se infiltró hasta en lo más íntimo, en la carne y la memoria. El cuerpo de Frei no fue el de un paciente cualquiera, sino el de una presencia incómoda, incómoda porque denunciaba, porque dolía, porque recordaba un país desgarrado. Por eso no bastaba con que muriera; era necesario borrarlo, eliminar cualquier rastro que pudiera convertirse en testimonio, pero aun así, las huellas permanecieron. Sus muestras de tejidos, diseminadas durante años en frascos y archivos escondidos, se transformaron en una especie de lenguaje químico —palabras mudas pero determinantes— que clamaban justicia. Talio, tiodyglicol: no fueron sólo compuestos extraños, sino mensajes envenenados, claves secretas que algunos querían descifrar como prueba irrefutable de un crimen, mientras otros se esforzaban en descalificarlos, llamándolos error o casualidad. En ese duelo entre la ciencia y la impunidad, cada fragmento del cuerpo de Frei gritaba verdad o silencio, y así, el poder intentó borrar la memoria… pero la memoria, como la herida, nunca se terminó de cerrar.

La justicia tardó décadas, pero el verdadero duelo de la familia de Eduardo Frei Montalva comenzó en el mismo instante en que terminó el entierro. Se quedaron solos frente a la ausencia, sin respuestas ni certezas; privados de acceso a los registros médicos, sin una explicación oficial que arrojara luz sobre lo ocurrido en la Clínica Santa María. Lo único que les quedaba era un cuerpo embalsamado y el abismo de una muerte que no se podía contar ni comprender. En ese vacío, fue su hija, Carmen Frei, quien se atrevió a romper el mutismo. Profesora de historia y senadora, impulsada por su convicción republicana y por el amor a su padre, Carmen transformó su duelo íntimo en una búsqueda incansable de la verdad. Revisó expedientes minuciosamente, reconstruyó cronologías con precisión casi obsesiva, y se enfrentó a la fría indiferencia de las instituciones. Su dolor dejó de ser solo suyo: lo convirtió en grito, en denuncia, en testimonio público. Porque Carmen no lloró sola; con valentía hizo que todo un país escuchara su llanto, su rabia y su esperanza de justicia, contagiando a otros el deseo de enfrentarse a la memoria y exigir respuestas que se les seguían negando.

Con el paso de los años, los nietos comenzaron a escribir sobre él, pero no como el presidente solemne que figura en los libros de historia, sino como el abuelo que les tomaba de la mano para subir el cerro, que les ofrecía consejos sencillos sin pretender dar lecciones, que hablaba del poder sin vanidad, con una honestidad que calaba hondo. Aquellos recuerdos no estaban hechos para levantar estatuas, sino para rescatar el cariño, para sacar a relucir la ternura escondida bajo las capas de la historia oficial. Su memoria, tejida en los gestos cotidianos, era la resistencia íntima contra el olvido frío que amenaza a las personas públicas.

En cada aniversario de su muerte, la familia se reunía con una mezcla de dolor y coraje. Organizaban actos conmemorativos, recitales poéticos llenos de emoción, misas en las que resonaba el eco de su ausencia, exposiciones de cartas que aún guardan el calor de su puño y letra. No lo hacían sólo para exigir justicia, sino para impedir que su figura se deshumanizara, que la historia lo petrificara en mármol sin carne ni memoria. Querían recordarlo como hombre, como padre, como cuerpo ausente que, de algún modo, aún les habla y les interroga. Querían mantener vivo el diálogo con el ser querido, no sólo con el personaje histórico.

Mientras la investigación judicial avanzaba, el duelo era un río subterráneo que nunca dejó de fluir. Y cuando por fin se conoció el fallo del juez Madrid, el silencio que inundó la sala no fue el de la satisfacción ni el de la victoria, sino el de la derrota íntima, el de la herida que se confirma y se abre aún más. Nadie gritó, nadie celebró; sólo hubo miradas cargadas de dolor y el reconocimiento amargo de que, a veces, la verdad no sana ni libera, sino que nos enfrenta a un vacío aún mayor: el de saber que la justicia no puede devolver lo perdido, ni reparar del todo lo que sangra.

Pero, ¿se podría haber hecho algo diferente? Estoy convencido de que sí, pero la brutalidad del golpe y la audacia de los asesinos fue abrumadora, casi paralizante. Resulta imposible no estremecerse ante la frialdad helada de los médicos de la Universidad Católica, donde Frei había estudiado y forjado su carrera, como Helman Rosenberg y Sergio González Bombardiere. Ellos, lejos de honrar la memoria de aquel hombre ilustre, le practicaron un supuesto embalsamiento sin protocolo, sin respeto, sin ni siquiera una pizca de compasión, donde incluso se utilizó una escalera para facilitarlo. El procedimiento fue tan casual, tan improvisado, que pareció más un acto de ocultamiento que de medicina: una intervención fragmentaria, clandestina, insólita, como si quisieran borrar cada huella, cada indicio, cada verdad, diseñada para extirparle sus órganos que después desaparecieron en bolsas plásticas olvidadas:

Declaración judicial de MARÍA VICTORIA DE LARRAECHEA BOLÍVAR, enfermera, quien ratifica su declaración policial de fecha 3 de junio del año 2003 la cual señala lo siguiente: que se tituló como enfermera universitaria en el año 1979 la universidad Católica de Santiago, desarrollando sus actividades profesionales en la clínica Santa María, enfermera de piso y de UTI (unidad de tratamiento intensivo)…Indica que se les había informado que iría un equipo de la universidad Católica para un procedimiento de embalsamiento, por ello cuando llegó a la clínica de su casa dicho día no le extrañó ver el equipo trabajando en la misma habitación. Y lo que vio al entrar fue una escala de tijeras en el baño desde donde pendía el cadáver de don EDUARDO FREI boca abajo. Que nunca había visto un procedimiento de embalsamiento, por lo tanto pensó que eso era normal y también observó que habían dos o tres bolsas negras de basura a los pies de la escala, presumió que eran las vísceras de don EDUARDO, pues su abdomen estaba vacío y se podía apreciar porque la herida siempre se mantuvo abierta. Que no preguntó nada a esos médicos pues como ya señaló, se imaginó que era el procedimiento adecuado.

Durante años, hui de los documentos como si al abrirlos fuera a desatar fantasmas. No tenía fuerzas para ponerle palabras al horror, ni para volver sobre papeles que goteaban sospecha y tristeza. Ahora, con el paso del tiempo y la distancia del exilio en Norteamérica, con mis hijas lejos y mi padre convertido en recuerdo, el pasado golpea con más fuerza por las noches y me obliga a enfrentarme por fin con esa historia. Hoy, siento que, por primera vez, puedo abrir esos archivadores, no solo para leer, sino para interrogar: ¿Cuándo supieron los médicos la verdad? ¿Por qué callaron ante lo insoportable? ¿Quién manipuló el cuerpo de Frei y contaminó lo que debía curarlo? ¿Por qué ese silencio largo, espeso, que se extendió como una sombra sobre todo? No puedo evitar conectar los puntos: las compresas extrañas, la intervención externa disfrazada de simple complicación médica; y sobre todo, el silencio cómplice de los que estuvieron presentes. Pienso en el doctor Larraín, que guardó sus palabras por veinte, treinta años, esperando que el tiempo, el olvido o el miedo lo protegieran. Solo se atrevió a hablar cuando su prestigio ya estaba destruido y todo estaba cubierto por el polvo y el cansancio de la memoria. Ese silencio duele, quema, porque sé que en él se esconde parte de la verdad que nunca nos dijeron a la cara.

Fue en ese intervalo, en medio del desamparo y la sospecha, cuando apareció otro personaje cuya sola mención me estremece: Eugenio Berríos, el químico del régimen, el artífice de los venenos invisibles, el hombre capaz de convertir la ciencia en herramienta de terror. Su entrada en escena no fue casual, sino determinante. Allí, en esa encrucijada donde la vida de Frei pendía de un hilo, Berríos dejó su marca, la huella invisible pero mortal de sus “gotitas”. Nadie podía sentirse seguro: bastaba el gesto de una mano enguantada, el crujir de un delantal blanco, para que el miedo se filtrase hasta el último rincón de la habitación. Unas compresas impregnadas con talio, y un suero contaminado con gas mostaza administrado sin testigos por la noche, sobre todo después de la segunda operación, cuando Frei quedó durante días, expuesto e indefenso ante desconocidos que entraban y salían de su cuarto sin problemas. La infraestructura médica de la época permitía ese tipo de maniobras: clínicas bajo vigilancia, suministros manipulados, protocolos saboteados con precisión quirúrgica. Carmen Frei menciona en su libro que la enfermera Alejandra Damiani declaró que Eugenio Berríos visitaba ocasionalmente la clínica, aunque no sabe para qué. Menciona además que hay varios testigos que vieron a Berríos en la Clínica Santa María cuando mi padre estaba internado. Esto también está en el expediente. En ese Chile donde el silencio era arma, las muertes lentas también sabían obedecer órdenes. El cuerpo de Frei se convirtió, así, en campo de operaciones de una violencia ejecutada entre la asepsia del bisturí y la impunidad de los archivos sellados.

Con Frei Montalva ocurrió algo inquietante, difícil de asimilar, parecido al impacto devastador que sufren las víctimas de abuso sexual o de una violación: al principio, la mente se niega a aceptar lo vivido, intenta convencerse de que todo es una pesadilla, un delirio, algo inventado, un hecho que pertenece a un universo alterno y que no puede ser real. Así, la familia Frei quedó paralizada ante el horror; hicieron poco o nada por desentrañar el misterio de su muerte, convencidos durante un tiempo de que aquella tragedia era un riesgo asumido de la cirugía, un accidente más en la vida. Pero no fue un accidente, y la verdad, por más que quisieran apartarla, seguía ahí, latente, palpitando. Lo recuerdo con nitidez: el doctor Goic llegaba solo, siempre solo a nuestra casa. Su figura cruzaba la puerta y se hundía en el viejo sofá de felpa café, en ese living grande y espacioso. Allí, frente a mi padre, ambos se sumergían en un duelo íntimo, intentando armar ese rompecabezas de muerte y sangre, de traiciones y cobardía. Pero por más ideas que intercambiaran, por más estrategias que se propusieran, el dolor y la incertidumbre no cedían. Ni mi padre ni el doctor Goic lograron encontrar alivio, y aquella búsqueda, entre la esperanza y el fracaso, se volvió cada vez más insoportable. Todavía lo veo, todavía lo siento: el eco de sus conversaciones, el clima denso que envolvía el living, la impotencia compartida, como si el mismo aire estuviera impregnado de algo que marcó a un país entero.

En aquellos días, la verdad se nos escapaba como un espejismo, deslizándose furtiva entre las sombras. Chile estaba partido, desgarrado por la incredulidad y la desconfianza; nadie sabía en quién creer ni a qué versión aferrarse. Las historias que circulaban eran como vidrios rotos: fragmentos dispersos, imposibles de ensamblar en un relato entero. Cada nuevo hallazgo, cada testimonio que emergía, no hacía más que enredar aún más el misterio, sumando capas de incertidumbre a un dolor que ya pesaba demasiado.

Todavía resuena en mi memoria, el eco de las palabras del doctor Goic; palabras que parecían llegar desde un lugar donde la esperanza apenas sobrevivía. Recuerdo cómo mi padre, al principio, se aferraba a la incredulidad, como si negar lo evidente pudiera protegernos; pero poco a poco, la resignación fue calando, hasta que solo quedó la aceptación amarga de una verdad a medias, una verdad esquiva que se disipaba como niebla apenas intentábamos agarrarla. Hablar de lo ocurrido era como invocar una tormenta: la habitación se llenaba de una pesadez irrespirable, y parecía que la verdad misma era una losa enorme que entre todos intentábamos levantar, sin lograrlo nunca del todo. En medio de ese torbellino—de recuerdos rotos, emociones a flor de piel y preguntas no formuladas—nos descubríamos vulnerables, desarmados, buscando entre nosotros algún asidero. Y es justamente en esa fragilidad donde, de vez en cuando, encontrábamos un resquicio de consuelo, una gota tibia de esperanza que nos permitía seguir adelante, aun cuando el horizonte seguía cubierto.

A menudo, me descubro a la deriva en aquellos días, arrojado sin remedio al remolino de los recuerdos, preguntándome si alguna vez llegaré a comprender lo que realmente sucedía a nuestro alrededor, o si, acorralado por la desesperanza, simplemente elegiré cerrar los ojos para dejar que la sombra pese, sin nombre ni rostro, sobre nuestras vidas.

Y noto, otra vez, que intento retirar la alfombra del olvido, la levanto desde lejos, desde Michigan, donde ahora vivo, en una madrugada solitaria del año 2020. Pero se me resbala entre los dedos, se me cae, y los pájaros de la memoria —esos recuerdos inquietos que ansiaban escapar— terminan atrapados y encerrados de nuevo. Sin embargo, algo cambia: logro verme a mí mismo con brutal honestidad. Veo mi sigilo, mis dudas, mis sustos, mis temores, y toco la herida viva de mi propia cobardía. Es doloroso reconocerlo: los médicos tratantes que no participaron en el complot podrían haber hecho algo distinto, podrían haber salvado a Frei si, desde el primer signo de esa supuesta obstrucción intestinal, lo hubieran sacado del país, lejos del peligro y la manipulación, argumentando que era necesario buscar tecnología más avanzada o tratamientos imposibles de conseguir en Chile. Incluso, mudarlo a otra clínica, bajo cualquier pretexto, amparándose en el deseo legítimo de la familia. Pero nadie lo hizo. Se eligió el silencio, y una parálisis que se acercó peligrosamente a la cobardía. Me duele admitirlo, pero sé que quizá yo también habría callado, habría preferido no mirar de frente hacia el abismo. O habría escrito mucho, demasiado, llenando páginas y concursos literarios y notas semanales colgadas en la Internet, como si con palabras pudiera cubrir la vergüenza y el horror bajo otra alfombra. Es una emoción amarga, un peso que no desaparece: saber que el miedo y la inacción terminan imponiéndose, y que a veces, la única valentía es aceptar que también fuimos parte del silencio.

¿Hui también de esa vergüenza? ¿Fue mi inconsciente quien decidió primero que había que partir de Chile?

A veces pienso que he sido injusto con el doctor Goic. Recuerdo vívidamente aquella vez en que lo vi en la televisión chilena, solo unos días después de la muerte de Frei Montalva. Su rostro, marcado por el dolor y la responsabilidad, apareció en la pantalla y, con voz firme repitió una y otra vez que su amigo había fallecido a causa de una infección imposible de combatir, que no había existido la intervención de terceros. Lo escuché con atención, pero también con desconcierto: la certeza con la que defendía su versión parecía tropezar con el peso invisible de aquello que no se podía decir abiertamente. Ahora, entiendo mejor el tormento que debió cargar. Como me confesó un día mi padre, con una tristeza honda que se me quedó grabada para siempre: “Pinochet nos jodió a todos, mijito”. Y fue cierto: las heridas de esa muerte no solo alcanzaron a la familia Frei, sino que se extendieron como veneno sobre todos los que estuvieron cerca, obligando incluso al doctor Goic a vivir años enteros entre la duda y el miedo, antes de atreverse a contar, poco a poco, en susurros y confesiones tardías. Cuando finalmente pudo liberar su conciencia, ya era tarde; el tiempo y el dolor habían hecho mella en él. Por eso, cuando falleció, en abril de 2021, sentí que se cerraba un ciclo de sufrimiento y valentía. Eugenio Ortega Frei, nieto de Frei Montalva e hijo de Carmen Frei, lo recordó con cariño en un mensaje de texto por X:

“Muy tristes por la partida del Doctor Alejandro Goic, amigo entrañable de Eduardo Frei Montalva. ¡Trató de salvar su vida, y enfrentó las mentiras de otros médicos y nos acompañó siempre en la larga búsqueda de verdad y justicia!”

El cuerpo de Frei fue leído como si fuera un texto antiguo y resquebrajado, un manuscrito lleno de tachaduras que nadie se ha atrevido a descifrar del todo. Pero es un texto con márgenes donde la verdad y la mentira libran una batalla que nunca se termina. Cada coma, cada cicatriz, cada ausencia, tiene el peso de una sentencia a perpetuidad. Como apuntó Elaine Scarry, el dolor corporal desafía al lenguaje, se resiste a ser nombrado, pero el cuerpo de Frei aún clama, incluso desde el mutismo de los archivos sellados. Es una ruina viva, una presencia incómoda que persiste en los pasillos del poder, interrumpiendo el sueño de quienes quisieron borrarlo con la tinta del fallo, la absolución, el olvido institucional. No descansa en paz: su historia sigue inacabada, a la espera de esa frase final que nadie se atreve a escribir. Más de cuarenta años después, su cuerpo es un territorio minado; no por lo que guarda bajo la piel, sino por todo aquello que evoca y desentierra. Es ahí donde se cruzan las preguntas que Chile aún no se atreve a responder: ¿Puede la justicia tapar lo que la historia ya ha gritado? ¿Puede la ciencia acallar lo que la memoria se empeña en recordar? El cuerpo de Frei permanece dividido, atravesado por la duda y la esperanza, convertido en símbolo de una herida nacional que se resiste, una y otra vez, a cicatrizar.

Epílogo

Mi memoria se obstina en regresar a esos días, a las conversaciones fragmentadas, a los silencios que pesaban sobre la casa como una manta húmeda. La muerte de Frei no fue solo una pérdida personal, fue una grieta que se abrió en la historia de un país entero, un recordatorio constante de hasta dónde podía llegar la violencia silenciada y el miedo institucionalizado. Me veo a mí mismo transitando esos días con una mezcla de incredulidad y resignación, observando cómo cada gesto cotidiano —el sonido de una puerta al cerrarse, un teléfono que suena en la madrugada— podía transformarse en presagio de algo más oscuro.

Había en el ambiente una sensación de espera, como si algo estuviera a punto de revelarse pero nunca terminará de materializarse. Las miradas intercambiadas en los pasillos, los comentarios entre susurros, las visitas inesperadas de personas que iban y venían sin dejar rastro: todo eso conformaba una especie de coreografía del secreto. Mi hermano, lejos del país, se movía ajeno al peso de esos días, y uno, desde la distancia, intentaba armar un relato coherente a partir de piezas sueltas, como quien reconstruye un jarrón a partir de los fragmentos desperdigados sobre el suelo.

Con el tiempo, comprendí que lo que ocurrió con Frei Montalva fue también una forma de aprendizaje brutal sobre la naturaleza del poder y la fragilidad de la verdad. La justicia, ese anhelo tan esquivo, se desdibuja frente a la burocracia y el miedo, y los responsables suelen ampararse en la desmemoria colectiva. Por eso, ahora, siento la urgencia de escribir, de dejar constancia aunque sea en estas líneas, para que el olvido no termine por devorar lo poco que sabemos.

En la fotografía se observa al presidente Aylwin, el primer jefe de estado elegido de manera democrática después de Pinochet (1990-1994). A la derecha de Aylwin está el doctor Juan Fierro, mi padre. El doctor Patricio Rojas es el hombre calvo que mira de manera retorcida hacia un costado.  La expresión facial de mi padre -médico del presidente Aylwin en ese entonces- con su ceño fruncido denota incomodidad y temor. Todavía el juez Madrid no investigaba la muerte de Frei Montalva, pero mi padre seguro que conocía la conducta extraña, irregular del doctor Patricio Rojas en ese caso. Al observar la foto con detención, me surgen interrogantes sobre los secretos que guardó mi padre, y el significado de la presencia del doctor Rojas ahí, junto a otro presidente. ¿Qué representa la imagen de ese médico?En ese entonces existían preocupaciones sobre la seguridad del presidente Aylwin. El rostro de mi padre, su gesto, denota desasosiego, incluso susto. Como me dijo una querida amiga al ver la foto, “la expresión de tu papá es un reflejo de todo tu relato”.

No puedo evitar imaginar la inquietud que habría corroído a mi padre si alguna vez le hubiera tocado actuar frente a un atentado contra el presidente Aylwin. El peso de la responsabilidad habría sido abrumador, y la sombra de quienes participaron en la tragedia de Frei —sobre todo la figura del doctor Patricio Rojas, cuya intervención se volvió sinónima de traición y mutismo cómplice— lo habría perseguido como un mal presagio. Creo que a mi padre le angustiaba la posibilidad de verse enredado en una trama semejante, donde la ética profesional debía abrirse paso entre la desconfianza, el miedo institucional y los fantasmas de la historia reciente. Quizá por eso acompañó a Aylwin en contadas ocasiones cuando recorría el país; no le gustaba hacerlo. La sola idea de cruzar miradas con Patricio Rojas en un pasillo de hospital, sabiendo lo que él representaba, era suficiente para sembrar la duda y el recelo. Quizá por eso, en nuestros silencios, percibía esa preocupación latente: un temor a repetir, sin quererlo, la pesadilla de la cobardía y el encubrimiento, a verse atrapado entre la lealtad a la vida y la amenaza de la maquinaria política que tantas veces había aplastado la verdad.

La imagen de Patricio Rojas en la foto adquiere una fuerza simbólica que trasciende el simple acto de mirar hacia un costado. Su postura, la manera en que desvía la mirada, parece condensar el peso de los secretos y las ambigüedades de una época donde la ética profesional se vio asediada por la sombra del poder y la desconfianza. Es un rostro que no solo transmite incomodidad, sino también cierta reticencia, como si intentara esquivar una verdad demasiado punzante para ser sostenida con la mirada al frente. Quizá por eso la expresión de Rojas permanece inquietante: porque me recuerda que, a veces, las pausas y los desvíos de mirada dicen más que las palabras, y que en ciertas fotografías, el verdadero significado reside en aquello que no se nombra, pero se percibe en el temblor involuntario de una postura.

Rojas, en ese retrato, representa no solo a un individuo, sino a toda una generación de médicos y testigos que, enfrentados a dilemas imposibles, a menudo optaron por el silencio o por la mirada evasiva. La imagen me invita a preguntar qué cargas invisibles llevaba consigo, qué decisiones pesaban sobre sus hombros y qué tanto de ese gesto revela un pacto tácito con la historia, con la culpa o con el temor. Es el retrato de una conciencia asediada, de alguien obligado a moverse en los márgenes entre la lealtad y la complicidad, entre la memoria y el olvido.

La palabra culpa, entonces, cobra aquí un sentido mucho más denso, como si se tratara de una sombra persistente que avanza lentamente por los pasillos de la memoria. Es una presencia que no desaparece con el paso de los años, sino que se acomoda en detalles aparentemente mínimos: en el modo de mirar al suelo, en el temblor involuntario de una mano, en ese impulso de no intervenir y dejar que la historia se desborde, incontrolable, frente a nuestros ojos. A veces la culpa toma la forma de una mudez pesada, con una sensación de no haber preguntado a tiempo, de no haber roto el muro invisible entre mi padre y yo para que, tal vez, las palabras pudieran iluminar lo que se escondía. Pero guardé silencio; el temor a la respuesta me paralizó, y preferí no hurgar, no ponerle nombre a las sospechas que crecían dentro de mí sobre la muerte de Frei Montalva. Hubiera querido tener el coraje de interrogarlo, de exigirle claridad, pero algo en la atmósfera de esos días me detenía, como si cada pregunta fuese una forma de traicionar la paz precaria que reinaba en casa. Ahora entiendo que ese miedo, ese susto de confirmar lo impensable, fue también una manera de refugiarme, de protegerme ante una verdad que podía ser demasiado brutal. Sin embargo, el precio de ese refugio es la culpa que hoy me acompaña, el saber que, por miedo, dejé pasar la oportunidad de saber, de comprender, de romper esa barrera y enfrentar lo que realmente ocurrió.

A veces pienso que esa sombra es compartida, casi colectiva, tejida entre quienes callaron, quienes miraron hacia otro lado y quienes —como yo— buscaron refugio en la distancia o en la escritura, creyendo que bastaría con poner palabras sobre el dolor para exorcizarlo. Pero la culpa, inasible, regresa disfrazada de recuerdos, de preguntas sin respuesta y de escenas que se repiten en el insomnio. Tal vez por eso sigo reescribiendo y releyendo el mismo episodio, intentando entender en qué momento exacto dejé de ser testigo para convertirme, también, en cómplice de una ausencia.

Con el paso de los años, fue sedimentando en mí una certeza inquietante y brutal: la de haber sido testigo, aunque fuera de manera lateral, de un asesinato. Al principio, mi mente se resistía, lo apartaba confiando en la lógica, en la aparente imposibilidad de que algo así pudiera rozar mi vida cotidiana. Pero mientras las piezas iban cayendo en su sitio, mientras las miradas torcidas se expandían y los recuerdos cobraban nuevos significados, esa evidencia insoslayable se ha instalado en el centro de mi conciencia. Y entonces me florecen sentimientos de asombro, de rabia, de impotencia y de un dolor inflexible. Me descubro paralizado entre la incredulidad y el peso oscuro de lo real, preguntándome en qué momento, cuando, lo impensable atravesó el umbral para volverse parte de mi propia historia.

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