14. El peso de los apellidos

Recuerdo a mi padre cuando nos hablaba sobre la importancia que para él tenía ver a sus hijos comportarse como hermanos buenos entre si. Fue un momento íntimo: la casa estaba en silencio, la cocina vacía y apenas iluminada por una luz tibia. Él ahí, en pijama, buscaba un vaso de agua mientras la noche se colaba por una ventanas de vidrios empañados. No había nadie más, solo su figura y sus gestos lentos, sobándose el muslo, lavando un plato con movimientos automáticos, o limpiando el mesón de greda, rascando con paciencia los restos de comida seca como borrando las asperezas de la vida. Me habló con una voz baja que parecía un susurro protector en medio de la oscuridad, evocando tal vez el mundo ingenuo de los años 60 que él buscaba, donde todo era posible, donde los hermanos eran refugio y promesa.

Me habló sobre lo útil, lo necesario, lo sagrado que era para él esa noción de ser buenos hermanos, pero yo, mientras lo escuchaba, sentí en sus palabras que ese ideal era tan frágil como el vaso que tenía entre sus manos. Me pregunto si su mensaje habría calado más hondo si alguna vez me hubiera invitado a conocer mejor su propio universo, los Fierro Cabello, ese lado oculto, de sueños rotos y pequeños actos de ternura enterrados bajo años de distancia. Quizás si tía Maruza—su hermana, la sombra amable y tímida de nuestra familia—hubiera llegado a nuestra casa más seguido, con deseos de reírse con nosotros, de celebrar aunque fuera un motivo inventado, su mensaje lo habría recibido con un abrazo cálido. Pero esa celebración junto a ella y mi abuelita María, su madre, nunca llegó, porque tampoco hubo cumpleaños que compartir; ella no tenía fecha, mi tía parecía venir de un tiempo olvidado, y cuando llegaba lo hacía con una actitud que me desgarraba: lo hacía pidiendo permiso con sus ojos bajos, disculpándose por existir, desplazándose de puntillas como quien teme romper algo precioso o despertar viejos fantasmas.

Es curioso cómo, incluso siendo niño, uno percibe la existencia de un portón cerrado, de un muro invisible, especialmente cuando esa cancelación apunta hacia los más humildes, hacia esa rama de la familia que mi padre aprendió a mirar con un respeto temeroso y algo de vergüenza. Yo observaba callado, aprendí a mirar sin ser visto, a leer los gestos y los silencios con la atención de quien busca pistas sobre algo que se acaba de hundir. Cuando tía Maruza cruzaba el umbral de la casa, yo no podía evitar fijarme en sus manos vacías que no traían regalos ni abrazos, con su boca apretada por el cansancio y la resignación. En mi imaginación, la acompañaba en su viaje en micro, y llegaba a sentir el sudor seco de sus manos, la fatiga de sus pasos que se quedaban flotando en el aire mucho después de que ella se hubiera ido. Llegaba siempre con algo entre sus manos, un bolso plegable que parecía desinflado como sus palabras, o un paraguas seco, signo de su paso por calles desoladas, como si ese objeto fuera un amuleto que la protegía de la dureza del mundo. Su llegada era inesperada, como un suspiro en mitad de la tarde, tocaba el timbre con la timidez de quien no sabe si merece ser recibido y preguntaba con voz temblorosa: ¿Cómo estás, Pablito? ¿Cómo están ustedes? Muchas veces, fui yo quien le abrió la puerta con el corazón latiendo rápido, y sin embargo una vez adentro, nada cambiaba; no recuerdo un solo instante en que ella se sentara, ni que compartiera una carcajada o una conversación con alguien de la casa. Era como si su presencia se desvaneciera en el aire antes de lograr asentarse, como si existiera solo entre el umbral y la despedida. Lo único que permanece en mi memoria es la imagen de ese paraguas entre sus manos, y el bolso plegable que jamás usó, como guardando secretos y resignaciones que nunca compartió. ¿Qué ejemplo fue ese? Lo escribo y me arde algo por dentro, me invade una tristeza que se convierte en deseos de terminar con una escritura que ya me duele.

Esa mezcla de historias y personajes entretejidos con sombras de viejas disputas y secretos apenas susurrados, construyó un paisaje emocional intenso. Había noches en las que el peso de esas memorias caía sobre mí como una manta fría, haciéndome buscar consuelo en un abrazo o en una risa forzada. Cada intercambio, cada confrontación, revelaba capas de una narrativa familiar que parecía resistirse a las versiones definitivas. Era como caminar por un laberinto de una greda rota, donde las preguntas se multiplicaban y las respuestas, siempre esquivas, se desvanecían como humo ante mis ojos.

En los relatos que escuchaba había algo casi místico, una electricidad en el aire, como si las palabras mismas palpitaran con la vida de quienes ya no estaban. Las historias fluctuaban entre lo épico y lo cotidiano, y a veces, en los detalles más insignificantes, se escondían verdades que quemaban. Los recuerdos se volvían contradictorios, pintando un mural lleno de matices, donde los héroes a veces temblaban de miedo y los villanos lloraban solos. Tal vez por eso, a pesar de las tensiones, las distancias y el cansancio por intentar comprenderlo todo, me generaba un extraño magnetismo que me arrastraba una y otra vez hacia esas historias. Era como si en medio de la tragedia y la comedia, en esa danza imposible de ignorar, encontrara la única manera auténtica de sentirme vivo, de pertenecer a algo más grande que el rechazo y la duda.

El relato de las visitas de tía Maruza es solo uno de los muchos recuerdos que como piezas ardientes, han marcado mi manera de entender las complejas dinámicas de la familia. Cada encuentro y cada gesto tímido tejían una atmósfera casi electrizante, en la que el peso de las tensiones entre las distintas ramas de la familia se volvían imposibles de ignorar. Sentía cómo esos momentos, envueltos en una mezcla de melancolía y ansiedad, me dejaban pensando por días. Mi madre, con su tendencia a relatar historias cuando uno menos lo esperaba, llenaba la casa de una nostalgia viva que a veces nos arrastraba a todos. Mi padre, en cambio, siempre medido y reservado, parecía guardar en su silencio un universo de emociones contenidas, como si detrás de su mirada tranquila se escondiera una tormenta. Juntos, en esa danza de palabras y silencios, representaban dos caras de una misma moneda, y yo, atrapado entre ambos, aprendí a leer el lenguaje invisible de los recuerdos y los rechazos que nadie nunca me nombró.

Por el lado de Ximena, la conexión con su parentela fue más frecuente, especialmente con los Ramírez de Viña, de Quilpué y Valparaíso, pero siempre desde la periferia, como si un velo invisible impidiera un verdadero contacto. En cada encuentro flotaba una incomodidad, una especie de distancia recurrente que se traducía en miradas por encima del hombro, en susurros cargados de juicio, y en un impulso imparable por comparar y mirar hacia abajo. En vez de abrazar el lazo familiar, se elegía el recelo y el rechazo, como si la sangre no alcanzara para romper el muro de los prejuicios. Con los familiares de Talca, la familia de mi tata Augusto Correa y la Sagrada Familia, ex latifundistas que parecían vivir en un recuerdo suspendido, la relación fue aún más fría, casi inexistente; fueron figuras lejanas, nombres susurrados como si fueran fantasmas de un pasado al que se temía mirar de frente.

Me encontré, más de una vez, intentando descifrar los silencios que rondaban nuestra casa. Las miradas de Juan y Ximena cruzándose apenas sin palabras tenían un peso que yo, siendo niño, no lograba comprender del todo. Había secretos entre ellos, secretos que parecían escribirse en un idioma que yo nunca llegué a dominar, pero cuya existencia sentía como una corriente subterránea.

A veces, durante las tardes de verano, mi madre se tendía sobre su cama y desde esa quietud empezaba a hilvanar historias con una voz que oscilaba entre la ternura y el desprecio. Sus palabras, cálidas y envolventes, me transportaba a mundos lejanos: hablaba de parientes casi míticos, de los campos donde alguna vez mi abuelo Augusto peleó sus propias batallas, o de las travesuras y los amores furtivos que ella misma había vivido en su juventud. Pero detrás de cada relato, de cada risa y de cada pausa nostálgica, se escondían fragmentos de verdad a medias, pistas sutiles que cortaban como vidrio molido bajo la superficie. Sentía que sus cuentos, los que a veces me hacían reír y otras veces me dejaban con el corazón apretado, eran en realidad su manera de espantar a los fantasmas, de exorcizar recuerdos que le dolían. Hubo tardes en que sus ojos se perdían en el techo mientras narraba, y yo podía intuir en su silencio una tristeza antigua, una emoción que temblaba en el aire y que, aunque ella intentara disfrazar con palabras, terminaba instalándose en mi pecho como una lluvia de verano que no se podía evitar.

Mi padre, en cambio, era más reservado, casi impenetrable. Sus respuestas solían venir envueltas en metáforas, como si necesitara proteger sus recuerdos tras un velo poético, evitando exponerlos a la intemperie de mis preguntas ingenuas. “La vida es como un río”, creo que me dijo una vez con esa voz serena que ocultaba tormentas, “a veces fluyes con la corriente, y a veces tienes que nadar en contra”. Cada palabra caía como una piedra en el agua, generando ondulaciones que nunca llegaban a la otra orilla. Pero jamás me entregó un mapa, ni tampoco una brújula para descifrar las corrientes profundas y turbulentas que él había tenido que enfrentar. Entre su mundo y el mío se alzaba una barrera invisible, densa como el silencio después de una lluvia torrencial, y aunque yo deseaba con todo mi ser poder cruzarla, siempre me faltaban el coraje y las palabras adecuadas para derribar esa distancia. Me dolía no poder alcanzarlo, sentirlo tan cerca y a la vez tan irremediablemente lejos.

Esa fractura entre los mundos de Juan y Ximena, entre sus historias de familia, era una grieta, un abismo que palpitaba vivo. Sentía que las divisiones sociales que marcaron a nuestro país resonaban con fuerza en nuestra propia mesa, arrastrando viejos resentimientos y esperanzas truncas, como si la historia misma se empeñara en separarnos. Las tensiones no pertenecían solo al ámbito doméstico; eran una carga ancestral que nos atravesaba, un eco persistente de desigualdades y jerarquías que nunca logramos dejar atrás. A lo largo de los años, esas diferencias se colaron por las rendijas de la casa, manifestándose en los gestos más pequeños, en las palabras que nunca me atreví a pronunciar y en las noches donde el peso de los apellidos y las raíces me ahogaban el sueño. Era como si cada rincón de nuestras vidas estuviera teñido por esa historia que al mismo tiempo nos dividía, recordándonos a cada instante que, aunque intentáramos unirnos, aún llevábamos dentro el temblor de generaciones muy distintas.

Sin embargo, había momentos en que estas tensiones parecían desvanecerse, como si una brisa cálida cruzara el salón y lo suavizara todo, especialmente en las reuniones de familia donde las risas estallaban con fuerza y las historias tejían un hilo de unión que, aunque frágil y tembloroso, lograba sostenernos en medio del vendaval. En esos instantes preciosos, el peso del pasado no desaparecía del todo, pero se hacía más llevadero, casi flotando sobre nosotros como una manta ligera que nos permitía respirar. Era como si el acto de recordar, de narrar y de escuchar, nos ayudara a sanar, a reencontrarnos y a encontrar un sentido en medio de la complejidad de nuestra herencia, como si por un rato pudiéramos tocar la esperanza y sentir que, a pesar de todo, seguíamos siendo familia, aferrados unos a otros en el cariño y la nostalgia.

Pronto llegarían Piero, la playa, y mientras crecíamos, los hermanos fuimos divergiendo y habitando burbujas diferentes, como si cada uno estuviera destinado a perderse en su propio universo. Quizás demasiado pronto, demasiado rápido, cada uno de nosotros fue encontrando a sus respectivas parejas, y con ellas se multiplicaron las distancias, los silencios incómodos, el vértigo de no saber cómo acercarnos de nuevo. Nos pedían que fuéramos hermanables, que cuidáramos ese lazo, pero nunca supieron enseñarnos a mirar con ternura y respeto los caminos distintos que cada uno de nosotros iba tomando. Nuestros padres, a veces sin querer, otras veces con firmeza, iniciaban esos distanciamientos al reprochar nuestros gustos, nuestras elecciones, nuestras formas de vivir y de sentir; había un convencimiento grande, inapelable, sobre qué era lo correcto, qué merecíamos, donde las palabras se volvían muros y los abrazos se hacían escasos. Así consumimos años enteros, mientras morían los cantantes que alguna vez nos hicieron soñar con otros mundos, mientras Leo Dan se desvanecía entre sus viejas canciones, y las ideologías que nos daban sentido fueron quedando atrás como cenizas de una época que ya no volvería; así fue como el tiempo de los pantalones cortos se nos extinguió para siempre. Cada uno se refugió en su propia madriguera, construyó un hogar que intentaba ser un escudo, y a veces, solo a veces, creo que logramos ser buenos hermanos; en esos instantes de honestidad, cuando la nostalgia se cruzaba en una mirada franca, ahí pudimos mirarnos derechamente a los ojos, sin juzgarnos, sin compararnos, simplemente reconociendo que a pesar de todo, seguíamos perteneciendo los unos a los otros, aunque fuera solo por el recuerdo de lo que alguna vez fuimos juntos.

Crecí cautivado, abrumado por esa diferencia abismal —de casta, de clase, de cultura— que sentía cada vez que miraba hacia la familia de Juan y la comparaba con la de Ximena. A veces, esa brecha me perseguía como una sombra y no me dejaba en paz. Recuerdo una tarde en que lleno de inquietud, les pedí a ambos, que me hablaran del tata Augusto, el padre de mi mamá, ese hombre que para mí había sido siempre una figura entre el misterio y la tragedia. Era como si al pronunciar su nombre me enfrentara a un fantasma, a una historia que se me escapaba de las manos.

La última vez que vi a mi abuelo fue en el hospital, un lugar donde el tiempo parecía no existir. Él yacía enfermo, pálido y hundido en la cama, y antes de que yo me fuera a casa, con voz débil me pidió una chata, una botella torcida y humilde para orinar. Recuerdo cómo mis manos temblaron al pasársela, cómo sentí un frío extraño cuando salí de la habitación, sin saber que ese gesto cotidiano era una despedida disfrazada. Pocos minutos después, mientras entraba al ascensor para bajar al primer piso, la puerta se abrió de golpe y el universo se partió en dos: vi a mi madre, desencajada, que me gritó con el alma rota: «¡Murió mi papá, murió mi papá!» Su grito retumbó en mis entrañas, me sorprendió. No podía creerlo; hacía apenas un instante lo había visto vivo, nunca imaginé que algo tan brutalmente irreversible podía desatarse en cuestión de minutos, y después de un pedido tan simple como una chata. Así muere la gente, pensé, piden orinar y luego se terminan, como si la vida se desvaneciera en los detalles más mínimos y absurdos.

La escena quedó grabada en mí con una intensidad que aún me llega. Mi madre salió disparada, como un relámpago hacia el cuarto de mi abuelo, mientras yo, aturdido, descendía en un ascensor rodeado de rostros serios y ajenos que me escrutaban desde bien arriba, como jueces mudos de mi desconcierto. Sentí que el mundo se volvía irreal, que todo flotaba en una extraña nube de la cual no podía bajarme.

Algo parecido me golpeó después, cuando asesinaron a John Kennedy. Recuerdo a mi madre tocando el timbre de la casa, algo que siempre hacíamos porque no teníamos llaves para abrir la puerta. Salí corriendo a abrirle, mientras ella irrumpía como una tromba, agitada y desbordada gritando entre sollozos: «¡Mataron a Kennedy, mataron a Kennedy!» Me quedé parado, inmóvil, viendo cómo la muerte podía irrumpir del mismo modo: inesperada, devastadora, sembrando un desconcierto general. Cerré la puerta mientras la noticia resonaba en mi interior, y me sentí completamente solo, aunque en ese instante levanté la vista y vi a mi hermano menor que me miraba desde arriba, desde el segundo piso, con los ojos tan grandes y asustados como los míos.

Los silencios y las miradas furtivas eran una constante en nuestra casa, como sombras que se deslizaban por los rincones y llenaban el aire de una inquietud casi palpable. Cada gesto, cada palabra cargaba consigo un peso histórico, una carga ancestral que como hijo, apenas lograba rozar y mucho menos comprender del todo. Juan y Ximena hablaban en un lenguaje propio, íntimo y enigmático, cuyas señales se me escapaban, dejando fuera a los que intentábamos descifrar su mundo. Los secretos que compartían vibraban como una corriente siempre latente, y a veces tan intensa que parecía a punto de estallar, y en otras ocasiones tan sutil que solo se percibía en el temblor de una mano o en el brillo fugaz de los ojos. Esa atmósfera de misterio se instaló en mí, convirtiendo cada día en una búsqueda a ciegas de respuestas que nunca llegarían, y dejando en el aire la sensación de que todo lo importante sucedía en ese silencio cargado y vertiginoso que nunca me permití explorar.

El peso de las historias familiares no solo se transmitía en relatos y documentos, sino que se aferraba con fuerza a los objetos que llenaban la casa. Cada fotografía era mucho más que una imagen, era como un susurro que atravesaba el tiempo y se colaba entre los días, revelando amores, pérdidas y silencios que aún dolían. Las cartas parecían latir con la esperanza y la inquietud de quienes las escribieron, mientras los utensilios cotidianos—una bandeja, un jarrón de cristal, una greda—guardaban secretos inconclusos, como si hablaran de promesas rotas y sueños postergados. El hogar se convertía en testigo mudo de batallas íntimas y decisiones imposibles, piezas dispersas de un rompecabezas que nunca logré armar del todo. Eran fragmentos cargados de emoción, que narraban con intensidad las tensiones de una familia marcada por el choque de mundos, por las barreras invisibles que separaban las castas sociales.


En el retrato, la escena de la familia se despliega ante mí con intensidad. Veo a mi abuelita Oriana Ramírez Ossa, con su cabello negro azabache y esa mirada profunda en la que parecen arder con los recuerdos de toda una vida, aferrada a una serenidad que apenas disimula sus tormentas internas. A su lado, mi abuelo Augusto Correa Urzúa permanece sentado, rígido en su silla, como si el peso de los años y la nostalgia del campo lo hubieran transformado en un exiliado de su propio destino. Sus manos cruzadas al frente no solo denotan defensa, sino resignación, y en su gesto percibo el amargo deseo de que ese ritual de los retratos se termine pronto: ¿cuántas fotos dijo que nos tomarían? Como si cada minuto fuera una tortura a la que se somete por deber. Detrás, de izquierda a derecha, están mis tíos Augusto Correa (nuestro tío Cucho que en algún momento quiso hacerse sacerdote), Jaime y Oriana, cada uno atrapado en su propio mundo, con expresiones que oscilan entre la indiferencia y la duda. Sentada sobre la falda de mi abuela, tía Liliana, la menor, parece buscar protección en el regazo materno, mientras en el suelo, Ximena —con sus ojos enormes y llenos de preguntas— comparte espacio con tía Mónica, que a su izquierda parece observarlo todo con algo parecido a la confianza. Es un retrato lleno de miradas que hablan, que muestra la fragilidad de un lazo de familia marcado por la lucha de seguir estando juntos a pesar de las diferencias y el paso del tiempo que los iba distanciando.

Siento que en el matrimonio de mis abuelos se enfrentaron dos mundos casi irreconciliables, donde hubo un choque de castas sociales que aún resuena en los susurros de nuestra historia de familia. Los oficios de sus respectivos padres no podían ser más diferentes, como si el destino hubiera decidido jugar con sus vidas. Por el lado de mi tata Augusto, su familia respiraba el aire áspero del campo, forjando su identidad en jornadas de trabajo en el fundo La Sagrada Familia, cercano a Talca, rodeados de tierra, sudor y antiguas tradiciones rurales. El padre de mi abuelita Oriana, Agustín Ramírez Gómez, vivió marcado por una soledad profunda, fue hijo único y además, arrastró el estigma de haber sido hijo de un guacho, un dolor que le pesó como una piedra helada. Cipriano Ramírez, su padre, llevaba consigo la sombra de una identidad esquiva: según Ximena, debió llamarse Cipriano Luna Ramírez, pero nunca se le concedió esa posibilidad; su padre biológico nunca se casó con su madre, Juana Ramírez. Al analizar el documento notarial que me mandó tía Oriana, siento que la historia se me revela con mayor claridad: Cipriano Ramírez heredó el apellido de su madre; pudo llamarse Cipriano Vega Ramírez, si tan solo Julián Vega lo hubiera mirado con algo de cariño para reconocerlo como hijo. Su vida tiene que haber sido como caminar por un campo solitario. Esa ilegitimidad de Cipriano—cruel y definitiva—queda patente en el documento notarial de 1873, donde Juana Ramírez Vega, viuda y agotada por los años y la soledad, cede sus derechos a Cipriano Ramírez, su hijo, tras la muerte de su esposo Julián Vega. El documento señala que Julián murió en Illapel, lejos de La Serena, donde Juana seguía soñando y resistiendo. Tal vez Julián Vega y Juana Ramírez vivieron separados, cada uno aferrado a sus propios fantasmas. Esa historia no es solo un dato de familia, es un torrente de emociones que nunca se terminan, es una batalla que moldeó la vida y el corazón de quienes vinieron después.

Todo eso lo descubrí mientras revolvía el polvo y los secretos guardados en un viejo cofre que guardo en el subterráneo. El documento notarial, aunque incompleto y desgastado por el tiempo, deja entrever un fragmento revelador de nuestra historia, la de Cipriano Ramírez. El manuscrito y sus palabras me recordaron las historias que contaba mi madre. Se me hicieron realidad y logré escuchar las voces de quienes nos precedieron susurrándome desde otro lado:

En la ciudad de La Serena, República de Chile, a veinte de Enero de mil ochocientos setenta i tres, ante mi -Manuel Cuéllar- Notario Público i los testigos infrascritos, Doña Juana Ramírez de Vega, domiciliada en la mencionada ciudad, viuda mayor de edad i libre administradora de sus bienes, expuso: confiere poder a su hijo Don Cipriano Ramírez, de la misma vecindad, para que a su nombre pida se proceda a los inventarios, tasación i partición de los bienes que quedaron por fallecimiento intestado de su marido Don Julián Vega, que murió en el departamento de Illapel sin dejar herederos forzosos, y para que pida también se le de posesión efectiva de los bienes que por razón de ese fallecimiento corresponden a la otorgante. En consecuencia, que practique cuantos actos sean precisos, ocurra ante los juzgados correspondientes con las solicitudes y documentos que obren a su favor, venda prueba, pida posesiones, preste y exija juramentos, recuse jueces i otros funcionarios, renuncie o reclame implicancias, interponga de las resoluciones que le fueren contrarias los recursos legales, siga dichos recursos o se desista de ellos, i delegue este poder para aquellos actos que no pudiera practicar por si mismo. Que nombre tasadores u otros peritos como también partidores, acordando a estos el carácter de jueces compromisarios, con las facultades que estime oportuno, imponiéndose o no pena, i renunciando o reservándose los recursos de apelación , nulidad i demás. Que pueda proceder a la venta de los bienes de la sucesión o de aquellos que en esta correspondiesen a la exponente, en favor de quien, por el precio i condiciones que juzgue mas favorables. Que reciba lo que resultare a su favor, dando los respectivas rezagan (difícil entender la palabra). Por último, que tanto en lo principal del asunto a lo que se refiere este poder como en los incidentes que sobrevinieren, haga cuanto la exponente haría en persona, pues le autoriza con libre administración. No conociendo a Doña Juana Ramírez de Vega me presentó como testigos a Don Fabián Álvarez i Don Juan José Osben vecinos de esta quienes me aseguran conocerla desde muchos años hace, i saber se llama como queda nombrada. Lo otorgo i por no saber firmar lo verificó Don Fabian Álvarez, siendo testigos del otorgamiento Don Leandro Rojas i Don Narciso Meléndez Mesina. Por Doña  Juana Ramírez de Vega  como testigo, Fabian Álvarez, Juan José Osben, Leana Rojas. Narciso Meléndez. Manuel Cuellar Escribano Publico de Cámara.

Los veo ante mí, doy  fe de ello y firmo

Manuel Cuellar

Ese documento notarial, amarillento y frágil, no solo revela las intrincadas relaciones legales y familiares de la época, sino que también laten con intensidad los momentos decisivos que vivieron mis ancestros. La firma de Manuel Cuéllar, cuyas letras trazadas con precisión sobre ese papel desvaído, parecía prometer un futuro más justo y esperanzador para Doña Juana Ramírez de Vega y su hijo Cipriano. Imagino la tensión en el ambiente, la mirada decidida de una madre defendiendo con uñas y dientes el derecho a su legado, mientras cada línea del manuscrito se convierte en un testimonio de sus luchas, miedos y sueños. Es como si, al leerlo, pudiera sentir el pulso acelerado de quienes lo protagonizaron, entregando sus esperanzas al incierto destino que aguardaba tras la firma de aquel escribano. El hallazgo no solo me permitió ahondar en las raíces de Ximena, sino que también me obligó a enfrentar las tensiones y heridas que aún cosen y descosen nuestras relaciones de familia. Siento que mirar hacia el pasado es más que un simple ejercicio de nostalgia, es una búsqueda por comprender quiénes somos, y me ayuda a reconciliarme con los fantasmas que todavía habitan mi presente.  

Como hijo, apenas logré entender la profundidad de ese legado de las generaciones que me precedieron. Juan y Ximena tenían su propio lenguaje, hecho de susurros y miradas cómplices, que yo no podía descifrar del todo, que me dejaban afuera de ese mundo que parecía vibrar bajo la superficie. Los secretos que compartían los percibía como una corriente subterránea, siempre presente pero nunca comprendida del todo, como un río oculto que arrastraba todo a su paso y me entregaba incógnitas. En medio de aquel mar descubrí que las historias de familia no son solo narrativas aisladas, sino un entramado de signos que hablaban de un pasado marcado por choques culturales, contradicciones sociales, y amores prohibidos o por prohibir. Fue así como impulsado por una mezcla de curiosidad y desasosiego, que empecé a interesarme por los documentos antiguos y las cartas que me mandó mi tía Oriana. Cada papel con tinta desvaída, se transformó en una ventana al mundo de mis antepasados, y al sumergirme en esas historias siento la esperanza de lograr entender mejor quién soy y de dónde vengo.

Así fue como la historia complicada de Agustín Ramírez Gómez pudo haber empujado a que los Ossa lo miraran con desconfianza. Era como si cada mirada de desprecio, cada palabra áspera, terminaran de tallar en su alma la memoria de un pasado que no podía  borrar .

Sin embargo, según la versión que le escuché a mi madre, su abuela Emma Ossa, harta de la inestabilidad y del torbellino de exploradores que giraban alrededor de su vida, fue empujada por una mezcla de esperanza y necesidad a buscar refugio en él, en Agustín Ramírez Gómez.

La historia de Emma fue un cóctel de locura y sueños rotos: tres hermanos chiflados de ella vivieron al filo de la ficción, uno de ellos perdido entre los rieles del ferrocarril y la niebla gris del sur de Chile, como un explorador fantasma y sin destino. Por eso, Emma, cansada de los sobresaltos, decidió edificar su propia aventura junto a un hombre honesto, sin abolengo pero con los pies firmes en la tierra y un amor por el trabajo que le encendía la mirada. La rama Ossa había sido tocada por la fortuna, el rey de España les había regalado el valle de Limarí; pero esos días de opulencia se habían desvanecido como un espejismo, dejando tras de sí sólo preguntas: ¿cuánto dinero tuvo realmente, Emma? ¿Cuánto de ese brillo le quedaba cuando cruzó su vida con la de Agustín Ramírez? El matrimonio entre Emma y Agustín no sólo fue la unión de dos almas, sino también un choque feroz entre la riqueza y la humildad, entre la aventura desbordada y el anhelo de una paz sencilla. En esa convergencia de destinos, se prendió una chispa que cambió el rumbo de la familia.

A medida que me sumerjo en esos textos antiguos, siento una oleada de emociones, asombro y nostalgia. Cada palabra, cada rastro de tinta desvaída, es como un recordatorio de voces que claman desde el pasado. Me doy cuenta de que no solo estoy leyendo documentos; estoy palpando las huellas de amores furtivos, de luchas, de sueños rotos y esperanzas renovadas. La identidad y el sentido de pertenencia que tanto anhelaba emergen ahora con fuerza, no solo en los relatos transmitidos alrededor de la mesa, sino en cada letra deslucida que resiste el paso del tiempo, guardando en su fragilidad la memoria viva de generaciones pasadas. Descubrir estos vestigios es como reencontrarme con la esencia misma de quienes fuimos y seremos.

Las complejidades de mi árbol genealógico se entrelazaban con los acontecimientos históricos y las tradiciones culturales del país entero. Cada hallazgo, cada documento, es más que una simple pieza, es una ventana hacia mis antepasados, una huella que me despierta asombro y nostalgia. Al sostener esas páginas desgastadas por el tiempo la historia de mi familia cobra vida. Comprendo que reconstruir mi pasado es también reencontrarme con las pasiones, el coraje y la esperanza que sostuvieron las generaciones previas, y que todo lo vivido por ellos sigue resonando en mí.

A medida que crecíamos, la distancia entre nosotros fue aumentando como una grieta que se abría en medio de la familia sin que supiéramos cómo cerrarla. Cada uno, casi a tientas, buscó su propio rumbo, intentando construir una identidad que a veces nos separó sin que lo notáramos. Los momentos de reuniones de familia, antes colmados de risas y ligereza, se transformaron en islas de nostalgia, donde el pasado cobijaba nuestros recuerdos. Nos sentábamos juntos a la mesa compartiendo historias que nos unían, pero también chocábamos de frente con diferencias que dolían, revelando silencios incómodos y miradas que evitaban la confrontación directa. Era como si cada encuentro fuera una oportunidad para medir la distancia que nos separaba, y aun así, a pesar de todo, existía un anhelo secreto de volver a encontrarnos en ese cariño, a veces esquivo, que seguía latiendo en algún lugar esquivo.

Mi padre, en sus momentos íntimos de reflexión, solía decir con voz suave —pero cargada de verdad— que las raíces de un árbol son tan vitales como sus ramas. Y fue así, entre los relatos y las pequeñas ceremonias que me traía la memoria, que comprendí como nuestras vidas estaban arraigadas en un pasado que nos había moldeado y nos había dado fuerza.

Las reuniones de familia eran más que encuentros ocasionales: eran verdaderos rituales donde las historias de cuando éramos niños eran recontadas y latían vivas, donde el pasado irrumpía con fuerza y nos envolvía en una oleada de recuerdos. En medio de esas conversaciones, sentíamos cómo las penas y las alegrías se entremezclaban, y, a pesar de las tensiones que a veces amenazaban con resquebrajar la armonía, encontrábamos refugio, un sentido de pertenencia que nos sostenía incluso en los momentos difíciles. Cada relato era contado con voz trémula o una carcajada liberadora, era una pieza vital en el rompecabezas de nuestra identidad, una chispa que iluminaba el corazón de la familia y nos recordaba que a pesar de todo, seguíamos unidos por los hilos invisibles de la memoria y el cariño.

Con el tiempo, mi bisabuelo Agustín Ramírez no solo brilló por sus logros académicos, sino que se elevó sobre las barreras sociales que intentaban limitarlo. Veo la intensidad y el orgullo que palpitan en cada línea de su carta dirigida a su padre en 1879 tras haber aprobado el examen de Bachillerato, donde desbordaba una alegría genuina que parecía arder en el papel. Allí revela no solo su ambición de estudiar medicina, sino también el fuego interior que lo impulsaba a tejer un futuro digno para los suyos, pese a los prejuicios que pesaban sobre su origen.

En ese ambiente creció mi abuelita Oriana, hija de Agustín Ramírez, madre de Ximena. Quizás fue allí, entre los secretos que flotaban como humo, donde aprendió —por el arte de la supervivencia— a detectar los misterios de familia que podía arrastar cualquier desconocido que se cruzara en su camino, como si de eso dependiera su refugio emocional. Me contaron que la madre de mi tata, doña Milagros Urzua Labbé, le lanzó a mi abuelita Oriana un reproche hiriente por su cabello negro, como si ese rasgo bastara para marcarla y apartarla más. La maraña de relaciones familiares se complicaba con cada gesto y cada palabra, y ese racismo latente se coló punzante, envenenando la convivencia con la familia de su marido. Esos desencuentros aumentaron las tensiones entre mis abuelos, haciendo más difícil que se entendieran bien como pareja; sé que discutían y se llevaban mal, como si el amor también tuviera que batallar contra prejuicios ajenos. En ese entorno creció mi madre, aprendiendo desde la más tierna infancia que los apellidos, las castas y hasta el color del cabello podían decidir quién podía soñar tranquilo y quién debía vivir bajo el peso de la diferencia y la exclusión.

Mucha gente de dinero en ese entonces no tenía profesión, no la necesitaban y se enorgullecían de ello, eran latifundistas, dueños de un mundo propio. Agustín Ramírez, en cambio, nunca tuvo tierras ni escudos que lo protegieran del desprecio de los poderosos; por eso, con determinación, se preparó y estudió medicina, apostando todo a la fuerza de su voluntad. Lo movía un cariño profundo por su padre, Cipriano Ramírez, el bastardo, cuya historia estaba envuelta en una dignidad conquistada a pulso. Recuerdo con nitidez la carta que me mostró mi tía Oriana, un testimonio donde Agustín le cuenta a su padre sobre el examen que había tomado para entrar a estudiar medicina, como si ese logro fuera una respuesta luminosa a todos los prejuicios y heridas. Cuando le pregunté a mi tía por qué me la mandaba, me respondió con una mezcla de nostalgia y cariño: me gustaría contarte tantas cosas, Pablo, pero por carta no resulta. Yo no tengo la agilidad y esbeltez para hacerlo; tengo mi letra fea, no como la tenía antes…en fin, todo se echa a perder con los años. Pero hablamos por teléfono, ocasiones que aproveché para tomar notas y grabarla cuando la llamaba por la noche. Ella esperaba las llamadas y siempre, cuando levantaba el fono, me decía lo mismo: aquí tengo el papelito donde lo anoté para no olvidarlo. Anotaba con antelación los temas y anécdotas que deseaba conversar, como atrapando el tiempo para compartir conmigo ese pulso íntimo de su memoria.

Ese legado de tensiones y conflictos familiares nunca se extingió. Mi tía y sus hermanas, y Ximena, con el corazón marcado por esa mezcla de orgullo y resentimiento impregnó cada rincón de nuestras relaciones.

Aquí van algunos párrafos de la carta de Agustín Ramírez, escrita en el año 1879, poco después de la muerte de Julián Vega, mencionado en el documento notarial anterior:

Santiago abril 25 1879

Querido papá:

Escribo con el mayor placer que he tenido pues ayer a las 6 ½ PM he rendido el examen de Bachiller i he sido aprobado unánimemente. El lunes próximo se reúne el Consejo Superior de Instrucción i entonces tendré mi diploma. Es preciso advertir que en estos exámenes no hai, como en el liceo, distinción, sino aprobación o reprobación. Usted comprenderá el placer que esto me causa i del que ustedes participan igualmente.

El examen no es mui fácil pues aquí se estudia por otro autor, i debía traducir un libro entero alemán: solo en 7 días preparé mi examen. La comisión examinadora estaba compuesta de los Sr Doctor Phillippi, Reneri, Davis, los dos primeros alemanes i el ultimo inglés. No sucede aquí como en el liceo, en que los examinadores no sabían una palabra alemán. Así que ya he dado un paso más en el estudio, i ahora entro a estudiar medicina provisionalmente hasta que tenga los útiles….

Ese mismo día, lleno de una alegría incontenible, le escribió también a su madre, Mercedes Gómez Pizarro, compartiéndole el orgullo y la emoción por el éxito obtenido en el examen. En cada palabra buscaba transmitirle no solo la buena nueva, sino envolverla en esa sensación de triunfo que parecía iluminarlo desde dentro.

En ese momento, Chile atravesaba por la Guerra del Pacífico (1879–1884), conflicto que enfrentó al país contra Perú y Bolivia por el control de los territorios ricos en salitre ubicados en el norte. El ambiente nacional estaba marcado por la incertidumbre, el llamado a filas y la conmoción social que generaba la guerra. Para las familias, la posibilidad de que los jóvenes fueran reclutados era motivo de constante preocupación y ansiedad. Por ese motivo, Agustín Ramírez no solo celebraba su logro académico, sino que también procuraba dar tranquilidad a su madre, asegurándole que, como estudiante y futuro médico, estaba exento de servir en el ejército. Así, la carta refleja no solo el orgullo de su familia, sino también el deseo de proteger a los seres queridos en tiempos de conflicto, mostrando cómo los sueños personales se entrelazaban con la gran historia nacional, y cómo la esperanza y el esfuerzo podían abrir caminos aun cuando el país se encontraba sumido en una guerra:

Santiago, abril 25 de 1879

Sra. Mercedes Gómez de Ramírez

Mi queridísima mamá,

Lleno del más gran regocijo le escribo esta deseándole entera salud i tranquilidad pues yo he rendido ayer como le anuncié, mi examen de bachiller y he salido bien. Los compañeros coquimbanos me han felicitado por ello, i espero que Ud. Me mande sus felicitaciones. Sin dar este examen no se puede ser alumno de la Universidad, que es donde voy a estudiar medicina. Así que ya tengo un grado que es el primero, i el Lunes próximo recibiré mi diploma. Espero que en vista de esto, i de las penurias que resultarán de mi estudio, Ud. se conformará solo en el día en que me tenga hecho médico. La vida presente es el camino que me conduce al fin deseado.

Por causas de la guerra no puede Ud. tener temor pues nosotros estamos exentos de servir, i si sucediera, que es mui difícil, yo lo pondré de inmediato en su conocimiento.

Desde ahora, todos los Domingos recibirá cartas, i yo espero que Ud. me escribirá.

Muchas memorias a la Inés, Rafael, el Pavino i a Doña Carmen Rodríguez

Agustín Ramírez

Tras recibir su título, Agustín Ramírez emprendió con entusiasmo su labor como médico del ejército y médico en Quillota, donde residía junto a su familia. Ese período coincidió con una época de transición en Chile, marcada por el fin de la Guerra del Pacífico y el inicio de importantes reformas sociales y sanitarias que buscaban modernizar el país. La medicina comenzaba a dejar atrás prácticas tradicionales y a incorporar avances científicos, aunque en regiones como Quillota persistían métodos singulares, como el que empleaba Ramírez para evitar el uso de anestesia.

El relato de mi tía Oriana cobra vida con la anécdota que le contó su tío Juan Ossa, miembro de la familia y figura respetada en Quillota, contemporáneo de Agustín Ramírez. Aunque no ejerció la medicina, Juan Ossa era conocido en la comunidad por su liderazgo local y su participación en actividades cívicas y sociales, lo que le permitió ser testigo directo de los acontecimientos y personajes destacados del pueblo. Su testimonio, transmitido a las siguientes generaciones, contribuye a preservar la memoria de los médicos y vecinos notables de la zona. Cuenta que el doctor Ramírez se había ganado el respeto y la admiración, pues parecía tener un don especial: sus pacientes rara vez se le morían, y cada intervención suya era recibida con esperanza y optimismo.  La fama del doctor Ramírez se cimentó no solo por la destreza quirúrgica, sino por el peculiar método que empleaba: casi nunca recurría a la anestesia tradicional que era muy insegura en esos años, sino que con un aire de confianza y cercanía, pedía a los pacientes que bebieran un gran botellón de vino tinto antes de ser intervenidos Así rodeados de nerviosismo y valor, los operaba sin titubear, y la sala se llenaba de una mezcla de respeto y asombro ante su sencillez y eficacia. Gracias a ese método, pocos “se le iban” y el ambiente en el hospital se impregnaba de una curiosa mezcla de alivio y gratitud.

Más allá de la medicina, el doctor Agustín Ramírez cultivó amistades entrañables y mantuvo intereses diversos. Tía Oriana me envió la copia de una carta que le escribió su amigo Miguel Claro (1861–1921), el primer médico obispo de Chile, quien no solo dejó huella en la historia con una calle que lleva su nombre en Santiago, sino que también fue pionero en las enseñanzas sociales de la Iglesia y en avances técnicos como la cirugía del absceso hepático por disentería. Dicen que Miguel Claro también ejerció en Quillota. La carta, escrita en 1886, un año después de haber recibido su título, rebosa de afecto y complicidad entre estos dos jóvenes médicos compañeros de sueños y batallas: ese lazo entre ellos, tejido con palabras sinceras, es prueba del profundo impacto que dejaron en sus vidas y en la historia de la medicina chilena.

23 de junio 1886

Señor doctor José Agustín Ramírez G.

Coquimbo

Mi queridísimo amigo:

Con la más agradable sorpresa que puedas imaginar recibí la cariñosa carta del 14 del presente. Ella ha venido a hacerme feliz pues que todo ella está impregnada de la felicidad que te rodea. Y bien sabes que tus alegrías y tus penas son mis propias penas y alegrías: ella también me ha probado que no había olvidado completamente al amigo y confidente y al compañero de trabajo. Con la familia Nelson, te escribí recomendándote uno de los niñitos que iba casi convaleciente de una gravísima fiebre tifoidea. Antes te había escrito dos o tres cartas, especialmente después del último ataque que tuve en enero. Ninguna de esas cartas me ha sido contestada y creí que cuando no contestabas una carta en que te contaba cuanto sufrí  en el último ataque, al ver las muestras tan tiernas de condolencias que me prodigaron en este pueblo, y al mismo tiempo al ver que casi me desahuciaron los médicos que me vieron, ahí, creo, te decía, que ya no te acordabas del amigo que tanto te quiere y que tanto te ha querido. Quiero suponer que no has recibido esas cartas, ni las posteriores, y te contaré que ahora estoi nuevamente sano y mui gordo y tranquilo.

Después me vio Roberto del Río, y él y el doctor Bonasso, de Valparaíso con quien me hice mui amigo, me dijeron que los médicos que me habían visto antes estaban completamente equivocados y que habían tomado dolores musculares por una inflamación del pulmón. En consecuencia me hicieron suspender todo tratamiento dirigido a la afección pulmonar que los médicos creían encontrar y me hicieron aplicaciones eléctricas y un tratamiento antireumático y sané por completo, hasta el punto que ahora puedo impunemente trasnochar con mis enfermos.

Si no gano personalmente lo que tu ganas, estoi feliz con saber que tu ganas bastante, y yo con el cariño que me tienen mis enfermos.

Bastante te he hablado de mí, ahora, ¿i que te diré de ti mismo que tu no sepas? Sabes que te quiero como a un hermano y que nada de lo que pase lo romperá.

Gozo infinito al recordarte al lado de la angelical compañera y teniendo en tus brazos a tu queridísima. Daría no sé qué por darle un millón de abrazos a Ángel Custodio; muchas veces recuerdo a mi sobrino y no puedes imaginarte el cariño que le tengo. Respecto a Emma la envuelvo, sin conocerla, con el cariño de hermano que por ti tengo, cada día ruego a Dios te de cumplida felicidad y que les reporte a Dios. En felicidad de que yo debí gozar.

Si alguna día encontrara yo una mujer como tu mujer, entonces sí que creería que podría yo también ser tan feliz como tú, pero por ahora me basta estar tranquilo.

Mi afectuoso cariño a la Señora Emma, mis respetos a tu mamá, mis cariños al niño y para ti todo el afecto de tu amigo

Miguel Claro

Quizás mi tata Augusto huyó de La Sagrada Familia porque sentía que ese ambiente rancio y estratificado del campo le asfixiaba el alma, lo mantenía prisionero en una rutina que no era la suya. Siempre lo vi como un hombre rebelde, alguien que se atrevió a romper las tradiciones familiares al casarse con una Ramírez Ossa, hija de un médico trabajador, un hombre de horarios estrictos y de vida sencilla, que ni siquiera tenía una parcela para aparentar. Cada vez que le preguntaba a mi padre por mi tata Augusto, él solía responder con una ironía cargada de resignación sobre su supuesto estatus de aristócrata, como si se burlara de la herencia de nobleza que nunca le llegó con la fortuna y los billetes. Cuando estábamos a solas, mi padre bajaba la guardia, aflojaba el nudo del recuerdo y soltaba anécdotas, compartía opiniones más libres, sabiendo que quizás estaba equivocado o que sus juicios eran injustos, pero al menos me regalaba una historia.

No exploré más ese camino, y no insistí con más urgencia y curiosidad preguntándole detalles. Me duele pensar en la cantidad de historias que se perdieron en el silencio, en las anécdotas que nunca escuché y que ahora solo puedo imaginar. Por aquel entonces, yo veía a mi padre como un ser eterno, alguien a quien siempre podría molestar con una interrogante, estaba convencido de que habría tiempo para despejar todas mis dudas. Al menos una vez reuní suficiente curiosidad para preguntarle por mi tata Augusto. Esto fue lo que me contestó:

En tu última carta haces preguntas precisas sobre tu abuelo, Augusto Correa Urzúa. No sé si tu mamá tendrá la fuerza para responderte, pero al menos yo, quiero compartirte mis impresiones sobre él, aunque sean solamente las de alguien que lo vio vivir y lo intentó entender. Puede que mis palabras no le hagan total justicia, pero aun así siento la necesidad de contarte lo que guardo en la memoria.

Don Augusto nació entre los campos de Talca o Curicó; es un misterio, pues en ese entonces no existía Registro Civil y los nacimientos se anotaban en la parroquia que la familia elegía, guiados más por la fe y las circunstancias que por la certeza. Así quedó registrado su nombre: Augusto Correa Urzúa. Imagínate, once hermanos compartieron la infancia con él; entre ellos, Máximo, que era sordomudo, y con quien don Augusto logró una conexión tan profunda que parecía que sus almas se comunicaban sin necesidad de palabras. Ese lazo especial entre los hermanos fue notable, pues en medio de ese silencio, supieron encontrarse y entenderse de una manera que solo quienes han amado de verdad pueden comprender.

Tu abuelo fue en esencia una buena persona. Creo sinceramente que jamás buscó dañar a nadie; sin embargo, tampoco dejó huellas de bondad profundas entre los muchos que lo conocieron. En esos tiempos, las familias adineradas se guiaban por las apariencias y el peso de una aristocracia que casi siempre era más un sueño que una realidad. Al casarme con tu mamá, no recibí herencia alguna, solo ese título imaginario que pretendían ostentar. Y aquí tengo que serte honesto, pero como me habría gustado heredar algo más que ese aire de nobleza inexistente.

Recuerdo que cuando alguno de sus hermanos llegaba a edad universitaria, lo enviaban a Santiago con el brillo esperanzado de alcanzar algo grande. Pero esa ilusión se financiaba vendiendo un fundo por año, hipotecando poco a poco el futuro de la familia. Al final, nunca lograban título alguno, y la promesa de prosperidad se desvanecía año tras año hasta que los padres, agotados por la espera y la decepción, se resignaban y dejaban quemar las esperanzas. Así, la familia se fue empobreciendo, no solo en bienes, sino también en sueños.

Don Augusto, por supuesto, nunca abrazó una carrera universitaria. Apenas asistió unos años al colegio y con eso logró entrar a trabajar en la empresa de Ferrocarriles del Estado. Pero la fortuna no le sonreiría: nunca alcanzó una buena posición, y tras muchos años de esfuerzo, terminó jubilando pobre, sin dinero y sin ninguna gloria. Era fanático de las carreras de caballos; la poca plata que recibió al retirarse la perdió, y lo que le quedaba se lo robó, en una traición muy amarga, un juez en quien don Augusto confiaba ciegamente, amigo de la familia. Ese hombre le prometió devolverle el dinero con intereses bajo palabra de honor, pero la promesa nunca se cumplió y el juez murió llevándose todo a la tumba, dejando tras de si, desilusión y vacío.

La precariedad los alcanzó con dureza y, como bien sabes, la mamá debió mudarse a una galería en la calle Siglo XX, en Santiago. Fue ahí donde la encontré, y juntos, en medio de la incertidumbre, decidimos casarnos. Vivimos con ellos algunos meses, en esa atmósfera densa de carencias y esperanzas rotas. Luego nos mudamos a la casa de El Bosque y, más tarde, a la de Avenida Suecia 1521, donde nacieron la mayoría de tus hermanos; aunque no en la casa, sino en la Clínica Santa María, intentando mantener el espejismo de mi supuesto estatus aristocrático. Solo Felipe rompió esa tradición: nació en el Hospital Salvador, en una habitación pequeña y fría, porque el doctor Tisné, con generosidad, me dijo que no me cobraría. Era nuestra realidad: pagar por una pieza fea, invadida por ratones, con un catre despintado y muros rayados con mensajes tristes de enfermas que habían pasado antes por ahí. No había lujo, solo sobrevivencia y humildad. Pero para nosotros, aunque todo fuese escaso y precario, era suficiente. Bastaba el estar juntos, resistiendo, soñando con algo mejor.

Un episodio que ahora rememoro con una mezcla de ironía y resignación —pero que en su momento me provocó un asco insoportable y una repulsión visceral— fue el bochorno de las aceitunas. Todo se desencadenó así: un cliente del norte, de la región del Huasco, me había enviado lleno de gratitud y queriendo premiar mi dedicación y el trato cariñoso que le brindé, un barril inmenso de aceitunas de calidad insuperable. Con la ingenua esperanza de aprovechar el talento agrícola de don Augusto, le pregunté, casi ilusionado: “¿y ahora qué hacemos con esto, don Augusto?” Fue entonces cuando él, con aplomo, tomó el mando y con un aire de experto, ordenó que abriéramos el barril y vaciáramos su contenido en la piscina de la casa que estaba llena de agua. La piscina no era gran cosa, apenas un metro de profundidad, pero suficiente para implementar el proceso. Según su criterio, había que “desaguar” las aceitunas durante unos días.

En mi ingenuidad, pensé que el proceso sería rápido, pero estaba completamente equivocado. Los días se volvieron semanas, y con el paso del tiempo, las aceitunas siguieron ahí, sumergidas, olvidadas en su remojo interminable. Pronto, la descomposición fue insuperable y el hedor nauseabundo invadió no solo nuestra casa, sino que alcanzó la casa del vecino. El asco era insoportable, y la vergüenza, aún peor. Llegó el momento en que no pude tolerarlo más. Me armé de valor y decidí ponerle punto final a aquel suplicio, sacando las aceitunas y terminando de una vez con ese remojo interminable. Pensé que sería una tarea fácil: solo había que sacar el tapón de la piscina todo se arreglaba. Pero cuando llegó la hora de la verdad, busqué voluntarios entre ustedes, esperando que alguien se apiadara de mí y se ofreciera a prestarme ayuda; sin embargo, nadie movió un dedo. Todos ustedes se negaron, y ni siquiera mis amenazas inventadas lograron conmoverlos. Me sentí frustrado y solo, pero no podía dar marcha atrás. Resignado y con una mezcla de rabia y desesperación, me lancé asustado a la tarea.

Me sumergí en traje de baño, sintiendo primero una mezcla de resignación y nerviosismo, pero apenas el agua turbia tocó mi piel, una oleada de asco me sacudió por completo. Era como si la mugre se aferrara a mí, invadiendo cada poro. El hedor de las aceitunas podridas nublaba tanto el aire que me costaba respirar. El fondo de la piscina se volvió un abismo inalcanzable, oculto por esa descomposición viscosa que me impedía ver o siquiera imaginar dónde estaba el tapón de goma en el fondo de la piscina. Cada vez que estiraba el brazo, con la cabeza todavía afuera del agua, sentía que luchaba contra una fuerza invisible, y la frustración se volvía desesperanza; era como si la derrota pesara sobre mis hombros, empujándome hacia arriba. Pero la rabia y la repulsión me dieron paso a una determinación salvaje: respiré profundo y me lancé de lleno, sumergiéndome por completo en ese fango repugnante, ignorando el instinto que me gritaba que saliera pronto. El olor nauseabundo me envolvió por completo, casi podía saborearlo, y cada zambullida era un reto a mi resistencia y mi orgullo. Finalmente, tras varios intentos febriles, mis dedos tocaron el tapón, y con una explosión de alivio y triunfo —como si escapara de una pesadilla— lo arranqué con todas mis fuerzas sintiendo que al fin recuperaba el control y la dignidad perdida; fue un instante de victoria fugaz. Al salir, mi pelo era una masa viscosa y maloliente que parecía haber absorbido todo el asco de este mundo. Me miré las manos cubiertas de aquel residuo nauseabundo, los miré a ustedes, y vi sus rostros transformarse con horror; ninguno de ustedes se atrevió a acercarse y huyeron despavoridos, como si yo fuera una criatura salida de una pesadilla, monstruoso y ajeno. Me quedé solo, entre la vergüenza y el desamparo, sintiendo que la fetidez me envolvía y que jamás volvería a sentirme limpio. Tuve que ducharme una y otra vez, frotando la piel con furia, intentando borrar la estampa de esa excursión agrícola de don Augusto que se había instalado no solo en mi cuerpo, sino también en mi memoria. Nunca más le pedí consejos sobre las labores del campo. Aquel desastre me enseñó, con dolorosa claridad, a desconfiar de las certezas ajenas.

Hasta pronto, son las 10:15 AM del 6 de Julio del presente