
Eduardo Rodríguez S. J.
Los ídolos de mi juventud fueron pocos y más que nada se relacionaban con amigos o conocidos de mis padres. Recuerdo que yo tenía dieciocho o veinte años cuando llegaba a vernos a nuestra casa un sacerdote Uruguayo, Eduardo Rodríguez, que muchos decían se parecía al padre Hurtado. Más que nada me entusiasmaba esa fascinación que causaba en su entorno donde las leyes de la física parecían no cumplirse; el hombre tenía magnetismo pese a no ser hecho de metal. Me recuerda al padre Hurtado, decía Arturo ilusionado. Ayudaba a los necesitados y muchos se preguntaban cómo lo hacía, o cómo sacaba tanta energía para despreocuparse de él, cómo lo hacía para escuchar atentamente al que tenía enfrente, o para ayudar a los perseguidos de las tantas dictaduras militares de esos años, en los 70.
Mi padre que para ese entonces ya no creía en nada ni tampoco en nadie, de repente le creyó, de pronto aceptó esa realidad que para él adquirió un sentido nuevo. Noté que al hacerlo, mi padre recuperaba algo de su juventud marchita al hablar sobre Eduardo con entusiasmo, como redescubriendo alguno de sus sueños que ya se le habían empolvado. Mi madre lo seguía y también se entusiasmaba. Eduardo era un tipo extraordinario. Pero pasaron unos breves años y ocurrió un hecho sorprendente, extraño, que nos descolocó, nos cambió de lugar, borroneo nuestras referencias. Comenzó con un telefonazo urgente que anunciaba que Eduardo había muerto, que simplemente ya no estaba. Lo mataron exclamó mi madre. Lo mataron, seguro lo mataron, sentenció mi padre.
Fue una muerte que nunca se aclaró.
Con el paso de los años mis padres, sentados frente a esa mesa coja ubicada a la entrada de nuestra casa, analizaban lo que pudo haber ocurrido con Eduardo, pero sin llegar a ninguna conclusión convincente. ¿Cómo se quedó sin llama esa estufa a gas que calefaccionaba su cuarto? ¿Cómo pudo ocurrir algo así? ¿Y cómo explicarse las cintas adhesivas sobre los bordes de las ventanas? Nadie tuvo una respuesta clara, pero sí fue clara la respuesta de mi padre que regresó a la rutina de sus días donde ya no pudo creer en nada ni tampoco en nadie nunca más.