Era un fin de semana y estábamos en Algarrobo. En aquellos años, el viaje comenzaba con el cruce de Melipilla, Llolleo, la casa Pelá y los poblados pequeños de la costa central chilena —Las Cruces, El Quisco, El Tabo— y cada kilómetro era una promesa de aventuras y libertad. Al llegar, nos bajábamos del auto con las piernas entumecidas pero el corazón acelerado, ansiosos por descubrir lo que nos esperaba. La brisa fresca nos golpeaba el rostro como un suave abrazo, trayendo consigo el olor salino y la nostalgia de otros veranos. Bajo nuestros zapatos, la arcilla crujía con un sonido cálido, casi festivo, como si el suelo mismo celebrara nuestra llegada y nos diera la bienvenida a ese rincón donde volvíamos a ser niños, envueltos en la magia de lo simple y lo auténtico.
La rutina era siempre la misma, pero cada vez tenía su propio pulso secreto. Al llegar, limpiábamos la casa como quien desentierra recuerdos adormecidos, espantando arañas peludas que huían despavoridas entre rincones oscuros, mientras el olor denso y salobre de los cuartos cerrados se aferraba a la piel y despertaba una mezcla de nostalgia y expectativa. Abríamos ventanas de par en par, dejando que el aire marino barriera la humedad y trajera consigo promesas de libertad. Después, casi sin poder contener la ansiedad, salíamos apurados hacia el Club de Yates, ese lugar donde éramos socios aunque no poseíamos más que sueños y ganas de pertenecer; ni siquiera un flotador de goma nos pertenecía, pero el simple hecho de decir que éramos parte de algo nos llenaba de orgullo y de una felicidad pequeña, casi infantil, suficiente para sentirnos dueños de un mundo inventado solo para nosotros.
En esos años, decir que íbamos a la playa por el fin de semana era como pronunciar una contraseña mágica, un pasaporte a la felicidad. Nos escapábamos de Santiago con el corazón palpitando de anticipación, dejando atrás ese aire espeso que parecía ahogar los sueños, sus calles estruendosas y el bullicio interminable que devoraba la calma. Desde el auto, detenidos en los semáforos, mirábamos las multitudes: hombres y mujeres atrapados por la rutina, arrastrando los pies entre horarios implacables y una prisa que devoraba los días, desesperados por llegar a casa antes de que la noche los envolviera y el cansancio los venciera.
Nosotros, en cambio, huíamos como quien se libera, como quien atraviesa una frontera invisible hacia un mundo de promesas y voluntad. Nos sentíamos afortunados, casi heroicos, celebrando cada kilómetro ganado mientras detrás quedaba todo lo gris y lo pesado. Era nuestra pequeña revolución, nuestro modo de aferrarnos a la vida con la esperanza de encontrar, aunque fuera por unos días, la magia perdida en medio del ruido cotidiano.

En la playa de Algarrobo, donde el viento parecía susurrar promesas de infancia, estábamos juntos: mi hermano mayor, Juan Felipe, su rostro medio oculto como si guardara secretos del verano; yo frente a él, con la mirada ansiosa de quien quiere atrapar cada instante; y mi hermano Sebastián, quien siempre encontraba la forma de hacerme reír hasta que me dolía la panza. A la derecha, la sonrisa tímida de mi hermana Francisca iluminaba la arena, mientras detrás de nosotros, parado con su energía indomable, mi hermano menor, Cristóbal (Plito), parecía listo para una nueva travesura. A la derecha, la carpa que usábamos para cambiarnos el traje de baño era más que un refugio: era nuestro fuerte, testigo de juegos, peleas y complicidades. En ese rincón del mundo, entre risas, carreras y el olor salado del mar, sentíamos que nada podía lastimarnos, que éramos invencibles y que la felicidad era tan simple como compartir el sol y la arena con quienes más queríamos.
Con el tiempo, celebramos con una alegría casi infantil la construcción del túnel Lo Prado, una obra inaugurada con todo el boato y el bullicio propio de aquella época por el gobierno de Eduardo Frei Montalva en 1970. La noticia cayó en nuestras vidas como una promesa de futuro: el viaje a la playa, ese anhelo que nos mantenía despiertos todas las vacaciones, se volvió de pronto más corto, más sencillo, casi mágico. Ya no atravesábamos la tierra polvorienta de Melipilla o el letargo de Llolleo; Las Cruces, El Quisco, El Tabo empezaron a quedarse atrás como recuerdos borrosos, envueltos en la nostalgia de lo antiguo. Nos ahorrábamos horas de incomodidad, de caminos estrechos bordeados de miedo y aventura, de curvas infinitas donde la ansiedad y el cansancio se mezclaban con la esperanza de llegar. Casablanca tomó el lugar de Melipilla en nuestro mapa interior, y desde allí, el trayecto hacia Algarrobo siguió siendo de esa arcilla roja y gredosa que, al verla, nos volvía a encender el corazón: era la señal de que la playa, la libertad y los días felices estaban cada vez más cerca. Aquella ruta no solo nos acortó distancias, también hizo que el sueño de cada verano pareciera más alcanzable, llenándonos de emoción ante cada escapada, como si cada kilómetro ganado fuera una victoria íntima contra el paso del tiempo y la rutina.
Por ese camino, tiempo después, se mataría Jaime Escobar. Nunca había sido dueño de un auto, y su inexperiencia lo traicionó de la forma más cruel. Dicen que en una curva maldita su vehículo dio una vuelta de campana y, tras el traumatismo, jamás volvió a abrir los ojos. El silencio de aquella noche quedó suspendido entre la angustia y la incredulidad. A las pocas horas, llegó como paciente a las manos de mi padre, quien, por breves momentos, me confesó, con la voz temblorosa por la línea: “Quizás… quizás se salva, mijito.” Esa esperanza minúscula se aferró a mi pecho como una última chispa de fe, pero no. A los pocos días murió, y la noticia me cruzó como una ráfaga fría. Por teléfono y desde otro continente, Juan me dio el golpe final en una noche trágica: “Falleció tu amigo, mijito.” Me lo dijo sin adornos, sin pausas; su voz estaba contenida, como si intentara esconder el dolor detrás del auricular, barriendo los detalles de una derrota inapelable. Sentí que el mundo se detenía, que los recuerdos de Jaime —su risa, sus sueños truncos— se esfumaban como la bruma salina de aquellas mañanas en Algarrobo. Nunca supe cómo llorar esa pérdida; solo me quedé con el eco de su ausencia y el peso de una despedida que jamás aprendí a poner en palabras.
Después de ventilar la casa, salíamos hacia el Club de Yates, y aunque nunca abordábamos ninguna embarcación, la emoción nos invadía al subir por aquella escalera de madera oscura y bien encerada, impregnada de humedad y sal marina. Cada paso resonaba en mi anticipando la aventura, y el aroma denso del mar me envolvía, despertando recuerdos y sensaciones casi olvidadas. En el segundo piso, nos acomodábamos en sillones gastados, cuyos tejidos parecían guardar secretos y risas de veranos pasados, mientras el sol se filtraba tímidamente por los ventanales grandes y sucios, empañados por la sal y el agua del océano que los golpeaba insistente. Desde allí, contemplaba el mar extendiéndose ante nosotros como un animal lento y tranquilo, acariciando el muelle corroído, y sentía una mezcla de paz y melancolía que me hacía querer quedarme ahí para siempre.
Sobrevolaban gaviotas, cormoranes y pelícanos, rozando la superficie en vuelos precisos, y sus gritos se mezclaban con el murmullo de las olas, creando una banda sonora que me hacía sentir parte de ese mundo secreto y húmedo. Afuera, en la vereda que bordeaba la orilla, paseaban parejas y familias, sus rostros entrelazados con la esperanza de encontrar a conocidos, tratando de descubrir si fulano de tal había llegado también ese fin de semana en busca de sosiego. Pero yo, perdido en mi propio refugio, siempre miraba hacia adentro. Nunca busqué rostros ni traté de reconocer a nadie; me gustaba el anonimato, la certeza de que no debía encontrar a nadie, que podía caminar sin que mi presencia importara. El Club era mi escape, mi rincón de calma en medio del bullicio, donde el silencio me abrazaba y yo podía ser simplemente yo, sin máscaras ni expectativas.
Hasta que llegaron los amigos de mis padres y con ellos, Francisca. De repente, todo cambió, y sentí que el mundo se iluminaba de golpe. Ella era como un rayo de sol colándose entre las cortinas, capaz de transformar el aire viciado del club en una ráfaga cálida y nueva. Me pareció que, repentinamente, el atardecer entraba con más fuerza, los rayos tibios se filtraban como si antes la luz no hubiera sabido entrar del todo. Y ahí, sin darme cuenta, aprendí a caminar de otra manera, mirando hacia afuera, buscando, deseando encontrarla a ella entre los rostros desconocidos. Francisca era mi brújula en ese mar de incertidumbres, la chispa que rompía mi rutina de soledad y anonimato.
Recuerdo que con mis manos sudorosas, le presté un libro; tiempo después me lo devolvió junto con una barra de chocolate con almendras y una sonrisa de esas que iluminan el día entero. Me quedé paralizado ante su gesto, incapaz de articular palabra; la emoción era intensa y me nublaba la voz y la razón. No supe qué decirle, no aprendí a decirle que la quería. Cuando lo intenté, mi torpeza se impuso, mis manos temblaban tanto que apenas podía sostener un vaso de agua frente a ella, y la asusté. Sentí la vergüenza amarga de quien quiere darlo todo pero no sabe cómo, y el dolor de perderla antes de siquiera haberla tenido. Tuvieron que pasar muchos años hasta que Pilar, mi esposa, me enseñara—casi a empujones—a querer, a expresar lo que siento sin miedo a la vulnerabilidad. En Chile, nunca encontré mi burbuja, nunca hallé un rincón donde pudiera sentirme verdaderamente en casa, amado y aceptado tal como soy.
Tal vez esa fue otra de las razones de mi huida: la búsqueda incansable de un refugio, de un espacio donde mis emociones pudieran ser libres y donde pudiera, por fin, descansar.
Me fascinaban los garzones del Club de Yates; su presencia tenía algo casi mágico que me hacía sentir parte de una historia secreta. Cada vez que escuchaba el sonido crujiente del hielo al caer dentro de los vasos, sentía una mezcla de expectación y placer, como si ese instante anunciara algo extraordinario. El golpe seco del pisco sour al servirlo resonaba en el ambiente como si fuera una campanada de alegría que marcaba el comienzo de una celebración íntima. Los garzones, envueltos en su propia burbuja de historias y costumbres, parecían tan diferentes a mí, pero a la vez sentía que nos unía una esencia invisible, un anhelo compartido de pertenecer, de encontrar alegría en los pequeños rituales cotidianos. Esa idea me atraía, me daba consuelo y me hacía sentir menos solo.
Al poco rato, nos ofrecían canapés de erizos: pequeños rectángulos olorosos, coronados por una torrejita de limón amarillo que descansaba sobre la lengua cruda del erizo. El primer bocado era siempre un viaje; el sabor intenso y marino inundaba mi boca, y yo cerraba los ojos para que nadie percibiera esa felicidad simple y profunda que me provocaba probar algo tan especial. Me deleitaba comprobar que, pese a ser un mocoso callado, un observador discreto apartado de la conversación adulta, los mayores me dejaban participar de ese festín en silencio. Estirando la mano tímidamente, recogía cada canapé con el temor de interrumpir, pero también con el gozo de ser incluido, aunque fuera por un momento, en ese mundo de adultos. El olor a cera espesa y madera encerrada se fundía con la humedad de la costa, y yo sentía que la memoria se impregnaba de esos aromas y sabores, llenándome de gratitud y nostalgia, como si cada instante se volviera eterno.
En esos momentos experimentaba destellos efímeros de felicidad, como relámpagos que me iluminaban por un segundo y luego se desvanecían dejando una tibieza suave. Veía a mi padre conversar con los mozos—pese a que él pertenecía a otra burbuja, a otro mundo—y esas charlas sencillas parecían tender puentes insospechados. Los mozos, con una alegría genuina, le respondían entusiastas; se notaba que celebraban la llegada de los santiaguinos, porque el balneario volvía a la vida los fines de semana y el aire se impregnaba de vitalidad. Yo observaba el brillo en los ojos de mi padre, ese gesto sutil de sentirse parte de algo, aunque fuera por un rato. Cuando la conversación languidecía, él sacaba a relucir temas cotidianos: el clima, la última marejada, la tormenta feroz que había azotado la costa. Preguntaba por detalles que apenas conocía, como si quisiera apropiarse un poco de ese universo marítimo que le era ajeno, y de pronto señalaba el yate de dos mástiles que veíamos anclado frente a nosotros, el Santa María. Pero sus preguntas resultaban vagas, imprecisas, y yo percibía en su voz una mezcla de curiosidad y nostalgia, el deseo torpe de pertenecer a ese mundo marino que se le escapaba entre los dedos, igual que la arena fina de la playa. Sin entender, compartíamos ese instante, y yo sentía que allí, en medio de la torpeza y la calidez, se escondía una forma de compartir.
Eran fines de semana tranquilos, antes de que Steve Jobs nos cambiara la forma de vivir. Los celulares no existían, y desde ahí, frente al mar, Santiago parecía ajeno, lejano, casi un mundo aparte, irreal y difuso tras la bruma. En las murallas del Club de Yates colgaban cuadros torcidos, manchados por la humedad de la playa, donde galeones luchaban contra tormentas feroces o se enfrentaban a batallas inciertas, y yo me perdía en esas escenas como quien se sumerge en un sueño. Veía los mástiles quebrarse bajo la furia de los vientos y sentía un temblor, una mezcla de miedo y fascinación, como si por un momento estuviera ahí, a bordo de aquellos barcos, enfrentando la oscuridad y los relámpagos que desgarraban el cielo y golpeaban el agua sin compasión.
Mientras todo eso sucedía en mi imaginación, estiraba la mano para probar otro canapé de erizo. Nadie me detenía, nadie me decía nada; era como si el tiempo se suspendiera para darme permiso de existir a mi manera. El sabor intenso y salado llenaba mi boca, y sentía una punzada de alegría que me era imposible reconocerla como felicidad en ese entonces. Ahora sé que era eso: felicidad sencilla, casi tímida, colándose entre los rincones de un club húmedo y gastado, mientras la vida seguía afuera, lejana y sin urgencia. En esos instantes, aunque no lo supiera, estaba recogiendo memorias luminosas, destellos que aún hoy me abrigan cuando cierro los ojos y regreso a ese rincón frente al mar.
Y ahora que el tiempo ha pasado—ya adulto, con trabajo, salario y mi propia familia—podría permitirme los bocados más exquisitos, los más caros, los que el mundo entero considera inigualables. Pero sé con certeza, que ninguno de ellos traerá consigo la misma magia, ni rozará siquiera la intensidad de aquellos primeros sabores. Ninguno tendrá el gusto de los canapés que probé alargando la mano tímidamente, respirando el aroma de la madera recién encerada, rodeado por el murmullo constante del mar y la contagiosa felicidad de los mozos, animados por el trabajo del fin de semana. Ese universo se esfumó, se evaporó como la bruma de la costa al mediodía. Lo sentí desvanecerse y, en ese instante, sentí que una parte de mí se alejaba para siempre.
A eso me refería cuando escribí que ya no siento como lo hacía antes. Esos sabores eran más que alimento: eran destellos de un mundo que hoy me parece lejano, irrepetible, fragmentos de una felicidad que se escondía en los detalles más pequeños y que ahora busco entre los recuerdos. Por eso escribo, por eso vuelvo una y otra vez a esas calles, a esas veredas, a esa casa que en ese entonces ya sentía ajena. Escribir es mi forma de reconstruir lo perdido, de juntar los pedazos de un pasado que me duele y me consuela al mismo tiempo.
Al vivir en otros continentes, en un país como este—en USA, que tampoco ha sido mío—esa sensación de extrañeza se volvió rutina. Sentirme ajeno en tantos rincones dejó de ser solo una herida: se convirtió en mi paisaje cotidiano, en la norma que me acompaña en cada paso. Y ahora, desde este presente, ya no busco la puerta de salida, ya no huyo. Acepto el peso de la nostalgia y me dejo envolver por ella, sabiendo que, a veces, solo queda escribir para no olvidar lo que un día me hizo sentir verdaderamente vivo.
¿Qué más podemos ofrecer? ¿Qué más podemos dar?
Tal vez en unos años, cuando mi generación haya desaparecido y el recuerdo de nuestras risas se haya diluido en el tiempo, mis hijas también disfrutarán del sonido crujiente del hielo al preparar un pisco sour. Siempre me observan con ojos curiosos y chispeantes, como si estuvieran descifrando un secreto familiar, atentos a cada gesto mío: cuando agrego el hielo, el pisco, el azúcar, cuando explico la mezcla de los ingredientes y les cuento que en cada vaso se esconde un pedazo de nuestra historia. A veces percibo en sus miradas una mezcla de asombro y ternura, como si intuyeran que esos pequeños rituales nos unen y nos regalan instantes fugaces de felicidad compartida. Quizás, en un día lejano del futuro, se detendrán a recordar el eco de mis palabras y el aroma dulce de los pisco sour, y se darán cuenta que por breves momentos también fueron felices, aunque entonces no supieran ponerle nombre a esa emoción.
¿Qué más podemos ofrecer? ¿Qué más podemos dar, sino estos recuerdos, estos gestos sencillos, la certeza de que en los pequeños rituales cotidianos es donde se esconde la magia de la vida, y donde aprendemos a abrazar la felicidad, aunque sea solo por un instante breve?