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8. El baúl de tía Carmen

El televisor que teníamos en ese entonces era más que un simple aparato; era un testigo silente de nuestras tardes y noches familiares, voluminoso y tosco, con su carcasa de plástico café y las imágenes en blanco y negro que parecían venir de otro mundo. Cada cierto tiempo, llegaba el técnico a repararlo: un hombre bajito, de andar irregular, que cojeaba ligeramente al entrar con su bolsón rebosante de herramientas, cables, tubos y luces. Me fascinaba verlo colocar el Motorola boca abajo sobre la mesa amarillenta de nuestro cuarto, inspeccionándolo con la dedicación de quien examina a un perro enfermo, sus manos temblorosas hundiendo destornilladores largos en la espalda del aparato mientras nos interrogaba con una cercanía que nos hacía sentir importantes.

¿Cómo está la familia? ¿Cómo está tu hermano Felipe en Alemania? ¿Y el gato? ¿Y tus padres? En ese tiempo, el televisor no tenía control remoto y los canales eran escasos, apenas tres o cuatro. Nos quedábamos pegados con naturalidad en uno de ellos, como si el mundo se redujera a ese rectángulo luminoso. Para cambiar de canal, había que levantarse de la silla o de la cama y girar el dial mecánico, que al moverse llenaba la pantalla de líneas oblicuas, bandas gruesas, puntitos blancos que deformaban la imagen y el sonido, sumergiéndonos en una atmósfera de misterio doméstico. Recuerdo la impotencia y la frustración cuando, tras girar el dial, las bandas seguían titilando, cruzando la pantalla como lienzos desordenados, y entonces le dábamos un manotazo en el costado, una especie de reproche infantil, esperando que el aparato nos perdonara y volviera a funcionar. A veces, el televisor nos obedecía, como si fuera sensible a nuestra impaciencia; otras veces, no, y llamábamos nuevamente al técnico, quien regresaba con la misma ceremonia, las mismas herramientas y las mismas preguntas, repitiendo el ritual que, con los años, se volvió entrañable y casi mágico.

En ese televisor vimos la llegada del hombre a la luna, el asombro absoluto y la emoción de lo imposible volviéndose realidad ante nuestros ojos. Poco después, una entrevista a Carmen Machado, amiga de nuestros padres—sobre todo de Ximena—junto a Joan Manuel Serrat, en una de sus primeras visitas a Chile, los reunió en esa pantalla. Los recuerdo a los dos sentados en sillas altas, evocando a su tío, el poeta Antonio Machado, respondiendo las preguntas del periodista. Ella era la hija del pintor José Machado, hermano de Antonio, y su presencia iluminaba el cuarto, mezclando historia y memoria en la penumbra cálida de nuestro hogar.

Carmen fue mucho más que una periodista: era una mujer marcada por la historia, por el dolor y la resiliencia. Durante algún tiempo dirigió la revista Eva, que circulaba por todo el país hasta el año 1974. Aquel encuentro con Serrat, que hoy parece un sueño lejano, seguramente se esfumó entre recuerdos borrosos y la falta de grabaciones; en esos años nadie guardaba nada, todo era escaso, todo se perdía. Carmen falleció en el año 2020, y su vida quedó marcada por cicatrices invisibles: la huida hacia la Unión Soviética durante la Guerra Civil española, el exilio, la soledad de los niños arrancados de su tierra. Nunca quiso—o tal vez nunca pudo—escribir sobre esos años oscuros; el peso de su memoria era demasiado grande. Después supe que fue una de los llamados “niños de la guerra”, menores que las autoridades republicanas desterraron para salvarlos del horror. Tía Carmen—como le decíamos con cariño y respeto—se reencontró con su padre en Chile tras siete larguísimos años de ausencia, con el corazón lleno de preguntas y heridas. La vida de su familia fue siempre dura, tejida de pérdidas y silencios que jamás se pudieron reparar.

La historia de los Machado también fue una herida abierta. Manuel Machado, el hermano de Antonio, fue poeta, celebrado en su tiempo, pero eligió el bando de Francisco Franco. Jamás tuvo que exiliarse. Así, los dos hermanos terminaron en orillas opuestas, separados por más que la política: por el dolor, la incomprensión, el abismo de una guerra que los dividió para siempre. Alguna vez, durante una visita de tía Carmen a nuestra casa de Santiago, reunidos en torno a la mesa, solo me atreví una vez a preguntarle qué había pasado con Manuel Machado. Su mirada se volvió fría, como un cristal empañado por la tristeza; no respondió. Sentí que aquella pregunta había tocado una herida que aún sangraba, y no insistí. Era mi tía Carmen, y respetar su silencio era lo mínimo que podía hacer.

La recuerdo compartiendo charlas sobre cosas simples, cotidianas, evitando siempre los recuerdos dolorosos, como si protegernos de su pasado fuera la última muestra de cariño que podía darnos. Pero cuando evocaba a su tío Antonio, lo hacía con una ternura especial, recordando cómo le enseñó a leer, sentándola sobre sus rodillas, abriéndole el mundo a través de las palabras. Estoy convencido de que, con el paso del tiempo, todos esos asuntos de familia, esos secretos y silencios—los que hoy parecen tan íntimos, tan privados—algún día dejarán de serlo. Lo que hoy se calla, mañana será memoria, y ese legado se transformará en historia viva para los que vengan después.

José Machado, el pintor, padre de Carmen Machado, fue el fiel compañero de su hermano Antonio en los días más oscuros, cuando juntos escapaban hacia el exilio en Francia, arrastrando el peso de la pérdida y la incertidumbre junto a su madre. Estuvo a su lado hasta el último aliento, en Collioure—ese pequeño pueblo francés, apenas a un suspiro de la frontera con España—donde el poeta, enfermo y agotado, llegó el 22 de febrero de 1939, con 63 años y apenas una maleta. Allí, rodeado de desarraigo y tristeza, lo sepultaron en un nicho prestado por la generosidad de una vecina, tras haber vendido su reloj de oro para sobrevivir unos días más. La muerte no se detuvo: tres días después, su madre también partió, a los 84 años, sumando una capa más de dolor a la historia familiar. José, aferrado a la memoria, dejó sus recuerdos escritos en un manuscrito que fue encontrado en un baúl tras su muerte en 1958, en Santiago de Chile. Habían llegado en 1940, primero cobijados por su hermano Joaquín y su familia, en una casa frente al Museo de Bellas Artes. Pero la tragedia no cesó y en 1944 un incendio devoró casi todo lo que tenían. Una mano amiga, la de un médico, les devolvió la esperanza y poco después les ofrecieron una casa en Peñaflor. Así, con el paso de los años, terminaron construyendo una vida lejos de su tierra, en Matucana 526, en el barrio de Quinta Normal. Cuando viaje de visita a Chile, prometo buscar si aún existe esa casa en la dirección que fue refugio y testimonio silencioso de tantos desvelos. Nunca volvieron a España; su descanso final fue en Chile, y, imagino, no en una tumba prestada. El libro de José Machado vio la luz en una edición limitada en 2005, para una celebración organizada en Chile por el Centro Cultural de España, y antes, en 1957, Carmen Machado junto a su marido lo habían publicado en una edición reducida titulada Las Últimas Soledades del Poeta Antonio Machado. Cada página es un eco de un exilio sin retorno y un homenaje profundo a quienes supieron resistir la pérdida y reinventar su hogar lejos de su patria.

¿Qué secretos se escondieron en el baúl de mi tía Carmen? ¿De qué fantasmas huía cuando decidió escribir tan poco sobre su tío y su propio pasado? Tal vez, en ese baúl yacían cartas nunca enviadas, notas escritas a medias y dejadas en el olvido, como si el peso de cada frase la hubiera obligado a callar. Quizás eran recuerdos de su padre, de José Machado, documentos que le hablaban de una vida que nunca terminó de abrazar como propia, retazos de un pasado que dolía demasiado mirar de frente.

Imagino una fotografía de su infancia en la Unión Soviética, donde los rostros que la rodean son ya sombras borrosas, compañeros de exilio cuyas voces se fueron apagando hasta convertirse en ecos lejanos. Puede que entre las cosas guardadas estuviera un diario, no meticuloso ni ordenado, sino lleno de fragmentos dispersos—fechas aisladas, nombres que flotan sin contexto, frases cortadas que se marchitan en mitad de una idea. Lo cerró una tarde y nunca se atrevió a volverlo a abrir, porque releerlo habría significado revivir heridas que prefería dejar dormidas.

Quizás lo que guardó en ese baúl no eran solo papeles, sino objetos humildes, aparentemente insignificantes, pero cargados de sentido para ella: un pañuelo rojo que llevó en sus días más libres, una piedra gris recogida en una playa desconocida, la llave pesada de una casa que ya no existe y cuya puerta nunca volvería a cruzar. Lo que nunca escribió, lo que jamás pudo decir, quizás se esconde ahí, entre telas desvaídas y recuerdos callados. Puede que, más que papeles, atesorara lo que nunca pudo convertir en relato: el silencio, la nostalgia y el amor que la vida le arrebató y que aún la habitaba en cada gesto, en cada suspiro.