Archivo de la categoría: Diarios, notas, apuntes, biografía, prosa

Los filtros que no me dejan ver lo singular y hermoso que tiene el diseño de mi país

Creo que el problema con algunos escritores conocidos es que se les nota demasiado cuando le están escribiendo al jefe, al contrato, al marketing. Muchas veces han perdido la libertad y se les nota, se les nota esa falta de compromiso con la escritura y nada más; tienen que vivir de algo y por eso escriben, pero con un lenguaje florido y distorsionado, donde en lugar de contar algo en un simple párrafo, nos mandan a leer tres páginas que al final dicen lo mismo. A lo mejor ese es el precio que se paga al profesionalizarse demasiado.

Me gusta Tim O’Brien, por ejemplo. Escribió sus libros sobre la guerra de Vietnam, y tengo la impresión que él mismo se convenció que ya nos había contado todo y simplemente se chantó. Lo mismo creo que ocurrió con el cuentista Raymond Carver, donde una vez que se hizo conocido por sus relatos breves, lo empujaron fuertemente a que escribiera una novela larga, pero que a él le resultaba ajena y no la pudo “producir”, no le resultó. Algo parecido ocurrió con María Luisa Bombal y Juan Rulfo. Aunque Pilar Serrano, la señora de José Donoso, en una asoleada tarde de domingo, en Santiago de Chile, me contó que eso le ocurrió al pobre Rulfo por alcohólico.

Son muchos los que escriben bien. Aquí va un bello texto de mi amigo Juan Pablo Molestina que me llegó de manera especial al mostrarme, al sacudirme frente a mis ojos, ese filtro que todavía a veces me acompaña. Me encanta cuando descubro textos como estos, aparentemente simples pero sin embargo bien profundos, espontáneos, y donde el que escribe trata de contar lo que siente con emoción, simplicidad y verdad:

 

Creo que es bonito sentir que en esos temas que tú describes de tu familia hay también algo de la familia de cada uno. Es un tema que obviamente es muy importante para los que vivimos en otra cultura de la cual en que crecimos. La familia de la niñez es como la piedra ‘Rosetta‘ de nuestro presente entendimiento, no lo digo con dogmatismo freudiano, sino por pura lógica, así entramos al mundo y formamos categorías, ¿no? Me encanta por ejemplo en tu relato la diferencia del trato en tu familia entre la tía de lado de tu papá (¿pobre?) y el parentesco de tu mamá (¿ex-ricos?), y la sutileza con la que tu papá se revancha desmontando a su suegro (las aceitunas, muy divertido). ¿No te has sorprendido nunca pensando también con ese absurdo filtro con el que crecimos? Mientras más cosmopolita el entorno, como el de la universidad, más absurdo y dañino parece ese prejuicio. Casi es síntoma de algún complejo contagioso que pretende salvar algo que no existe y que a lo mejor no existió nunca, o no así. Hace un tiempo volví al Ecuador de visita, y armado con la distancia de décadas, me sorprendió como arquitecto lo bien vestida y guapa que era sobre todo la gente‚ ‘de a pie‘, y me acordé que crecí con ese filtro que me dificultaba verlo. La presencia india, algo aborrecible en mi percepción de niño, llena de malos dientes, mal aliento, mal gusto, colores chillones, olorosa, es al final lo más singular y hermoso que tiene el diseño de mi país, y lo ‘moderno‘, lo europeo/americano suele ser más bien de pacotilla. Tuvieron que pasar muchos años antes de que yo lo pudiera ver, yo creo que esa ceguera me ha descolocado mucho en mi formación.

La melancolía que acompaña a veces tus relatos es algo que sí es real y que para mí es interesante intentar entender, y tú me ayudas. Creo que es el tema de una generación, puede que nosotros lo vivamos en el sentido geográfico, pero para muchos ahora el cambio cultural que ocurre es tan rápido que hay poca relación entre el mundo de la niñez y el de la adultez, como si se viajara a través de culturas distintas a través del tiempo, sin avión. Por eso creo que tu relato va mas allá de lo entretenido que es copuchear sobre gente que a uno le parece conocida, y sí trata de algo que es parte de la conciencia de cada uno de nosotros, incluso de los que siguen viviendo en el mismo lugar, como nuestros queridos compañeros de colegio.

 

….. y lo dejamos hasta aquí; no le sobra ni le falta ni una sola coma, ¿cierto?, ni una sola palabra. Me gusta también el ritmo de sus frases, casi se lo puede leer cantando, o volando sobre el tejado de las muchas casas diseñadas por Juan Pablo.

Sin apuntar hacia arriba ni hacia abajo

Recuerdo a mi padre cuando me hablaba sobre la importancia que tenía para él, el que nosotros, sus hijos, llegáramos a ser buenos hermanos.

No había nadie en la cocina, era de noche, él buscaba un vaso de agua en pijama, cuando me hablaba. A veces, sentado se sobaba un muslo y conversaba. A lo mejor pensando en ese mundo un poco ingenuo de los años 60, donde todo parecía posible y alcanzable, me predicaba sobre lo útil, lo importante que había en esa noción de ser buenos hermanos. “Mira a los Kennedy, mijito, mira como son entre ellos y lo que han logrado. Mira como se ayudan. Ustedes tienen que hacer lo mismo,” me repetía, “lo mismo”.

¿Lo escuché? ¿Resultó? No lo creo. De partida, el ejemplo que me daba fue lejano porque, al menos en mi caso, sentía que no tenía ninguna afinidad con los famosos Kennedy. Ellos profesaban gran amor por los deportes, que a mi por otro lado me cargaban, y además los Kennedy tenían buena facha, cosa que jamás imagine tener. Creo que su consejo habría tenido una mejor recepción si él me hubiese invitado a conocer de manera más profunda el lado de su familia, con todas sus vulnerabilidades y tragedias. Si la tía Maruza, su hermana, hubiese llegado a la casa más a menudo para reírse con nosotros y celebrar algo, eso que tristemente nunca pudimos celebrar. Jamás le celebramos un cumpleaños, por ejemplo, y cuando llegaba a la casa lo hacía como pidiendo disculpa, en puntillas. Es curioso comprobar como uno, pese a haber tenido pocos años, percibía claramente ese portón cerrado del pariente pobre: ahí nomás, de lejitos. A mí me encantaba mirar, mirarle el bolso vacío, las manos vacías, la boca, el sudor del viaje en micro. Recuerdo claramente que siempre llegaba con algo en la mano, un bolso plegable y siempre vacío, un paraguas sin lluvias, como para dar la impresión de que andaba en tramites, circulando por el vecindario y que por eso tocaba el timbre para entrar a vernos. Muchas veces yo le abrí la puerta, pero no recuerdo que hacíamos una vez que estábamos en la casa, ni siquiera la veo sentada o compartiendo con nosotros, con nadie. ¿Qué ejemplo fue ese? Lo escribo y me da rabia.

Por el lado de mi madre hubo algo de contacto con su parentela, pero muy de costado y con una tendencia recurrente al rechazo, a mirar hacia abajo. Desde chicos empezamos también a ponernos trampas, como cuando le dejé una nota a mi hermano Gonzalo, donde imitando la letra de mi madre lo amenazaba con los castigos del infierno si no ordenaba su closet de inmediato.

Después llegó Piero, la playa y mientras crecíamos fuimos pensando diferente y habitando burbujas distintas. Pronto, quizás demasiado pronto, cada uno de nosotros fue encontrando a sus respectivas parejas que aumentaron los distanciamientos porque pese a que nos pedían que fuéramos hermanables no nos mostraban claramente como respetar los distintos caminos que íbamos tomando cada uno. Ellos mismos, nuestros padres, muchas veces iniciaban los distanciamientos al reprochar implacablemente nuestros gustos, nuestras elecciones y preferencias; había un convencimiento muy grande sobre qué era lo correcto. Y así fue como se consumieron los años, los cantantes, las ideologías y se terminaron los pantalones de pata ancha. Cada uno de nosotros se construyó su propia cueva y a veces, solo a veces, creo que llegamos a ser buenos hermanos, a mirarnos derechamente a los ojos, sin apuntar hacia arriba o hacia abajo…..

Mi tata

Creo que lo que uno ha hecho en el pasado muchas veces ya no tiene vuelta, se queda ahí y esas es -creo yo- la poesía de la vida. Nuestros actos, nos guste o no nos guste, tienen consecuencias. Pero pese a eso, creo que cuando uno la embarra o escoge el camino aparentemente equivocado todavía hay salidas, a lo mejor no para cambiar las situaciones, o para reescribir la historia, pero al menos para decir elegantemente “la embarré”. Y eso también cuenta; y lo digo porque a mí también me ha pasado, también la he “embarrado”. A veces somos educados de una manera donde simplemente la programación a la que hemos sido sometidos desde pequeños es demasiado poderosa y la libertad o libre arbitrio que creemos poseer no es nada más que un sueño.

Siempre crecí fascinado por esa diferencia cultural que no sé cómo llamarla -¿de casta, de clase?- que percibía en la familia de mi padre al compararla con la de mi madre. Por eso en una ocasión, le pregunté a mi padre sobre el tata Augusto, el padre de mi madre que para mi fue una figura misteriosa y un poco trágica. Les pregunté a los dos que me hablaran del tata. La última vez que lo vi fue en el Hospital, me parece que era el Hospital Militar. Él ya estaba bien enfermo, en cama y me pidió la chata –así creo que se llamaba, una especie de botella chueca- útil para hacer pipi. Se la pasé y parece que al poco rato falleció. Iba entrando al ascensor del hospital para bajar al primer piso cuando al abrirse las puertas veo a mi madre que angustiada me vió y me dijo, “murió el papá”. Me sorprendió porque recién lo había visto y no pensé que nada extraordinario pudiera suceder. Así muere la gente, pensé, y seguí bajando por el ascensor y rodeado de muchos rostros serios que veía muy altos. Algo parecido me ocurrió cuando asesinaron a John Kennedy. Recuerdo que mi madre tocó el timbre de la casa –no usábamos llave-, salí corriendo a abrir y ella entró como un trompo mientras gritaba, “mataron a Kennedy, mataron a Kennedy”. Así también muere la gente, pensé.

Lo que sigue fue la respuesta que me dio mi padre donde se ríe un poco de su “status de aristócrata”. La verdad es que cuando estaba solo contaba más y se soltaba, daba su opinión aunque sabía que podía estar equivocado o siendo injusto. Lástima que no supe explorar más esa ruta que él me abrió. En esos años todavía lo percibía como un ser eterno. Pero al menos en una carta le consulté sobre mi tata Augusto. Esto es lo que escribió:

 

“En tu última carta haces preguntas precisas sobre tu abuelo, Augusto. Desconozco si tu mamá te va a contestar, pero de todas maneras yo quiero darte mis impresiones sobre él. A lo mejor son injustas, pero te lo cuento simplemente como yo lo creí vivir.

Don Augusto nació en Talca o Curicó, pero no se sabe con certeza cual fue la ciudad porque en esa época no había Registro Civil y las inscripciones o nacimiento se hacían en la parroquia o Iglesia cercana que la familia escogía como más apropiada. El fue inscrito como Augusto Correa Urzúa y tuvo once hermanos, uno de los cuales fue sordomudo y con el cual don Augusto se entendía muy bien.

Tu abuelo fue una buena persona, y creo que concientemente no le hizo daño a nadie; pero de la misma manera tampoco le hizo el bien a muchos. Como eran personas adineradas y de la sociedad de ese entonces, al casarme con tu mamá, no heredé un peso, pero si heredé la aristocracia que ellos pretendían tener…… aunque me hubiera gustado mucho más heredar algo de esa fortuna. Cuando uno de sus hermanos estaba en edad de estudiar, lo mandaban a Santiago y financiaban su estadía vendiendo un fundo cada año. Al final nunca exhibían certificado o título de Universidad alguna, y la carrera se prolongaba hasta que sus padres simplemente se aburrían y perdían las esperanzas. Esto se tradujo en que ninguno de ellos llegó a ser un profesional con título, y así fueron empobreciendo a la familia entera. Don Augusto, por supuesto, no estudió ninguna carrera universitaria y solo asistió algunos años al colegio lo que le permitió ingresar a la empresa de Ferrocarriles del Estado. Ahí no alcanzó una buena posición, y después de muchos años jubiló pobre y sin dinero. Como era aficionado a las carreras de caballos la poca plata que le dieron de desahucio la perdió y lo que le quedaba se la robó un juez de toda confianza y amigo de la familia. Él le prestó el dinero bajo palabra de honor, y con la promesa de que se lo devolvieran con un interés importante. Por supuesto, ese compromiso de palabra nunca se cumplió y el prestigioso juez falleció sin devolverle un peso a nadie. Dada la precaria situación económica, como tú lo sabes, la mamá se trasladó a vivir a una galería de la calle Siglo XX donde la conocí. Después de un tiempo nos casamos y vivimos con ellos durante algunos meses. De allí nosotros nos trasladamos a la casa de El Bosque y después a la de avenida Suecia, lugar donde nacieron la mayoría de tus hermanos. En realidad no nacieron en la casa, sino que en la Clínica Santa María, de acuerdo con mi status de aristócrata. El único que no nació en esa Clínica sino en el Hospital Salvador y en una pieza fue Alberto. Esa decisión fue tomada porque el doctor Tisne atendía en ese hospital y me dijo que no me iba a cobrar y nosotros por nuestra situación económica quisimos aparecer modestos y pagamos por una pieza fea, con ratones, baratas, catre despintado y muros rayados con frases de enfermas que habían estado ahí, aunque escritos sin obscenidades. Eso para nosotros era suficiente.

            Otro hecho que recuerdo ahora con indiferencia, pero que en su momento me dio mucho asco y repulsión, fue el fiasco de las aceitunas. Un cliente del norte, de la región del Huasco, me mandó agradecido y como reconocimiento al buen resultado y al modo cariñoso con que lo atendí, un barril inmenso con aceitunas de la mejor calidad. Conocedor de las aptitudes agrícolas de don Augusto, le consulté esperanzado con la siguiente pregunta: “Don Augusto, ¿y qué hacemos ahora?” Fue así como él tomó posesión del cargo y como primera medida decretó abrir el barril y vaciarlo en la piscina de nuestra casa que sin ser muy grande tenía como un metro de profundidad. Según él, había que “desaguar” las aceitunas por unos días. Yo pensé que el desagüe sería breve pero no fue así, me equivoqué, porque las aceitunas permanecieron en el agua de la piscina no solo días sino semanas y varios meses. Así empezó una franca putrefacción y a desprenderse un aroma nauseabundo que envolvió a nuestra casa y la casa del vecino. Decidí ponerle un punto final a esta situación sacando las aceitunas y terminar con el remoje. La operación, en un principio, me pareció una tarea fácil, pero cuando llegó el momento de activar el plan busqué voluntarios entre ustedes y ninguno se ofreció espontáneamente; todos se negaron pese a las amenazas que inventé para que ayudaran. Al fracasar todos los intentos no me quedó más remedio que intentarlo solo. Me sumergí en traje de baño pero como estaba todo tan mugriento, la descomposición de las aceitunas tenían el agua turbia, no pude encontrar el tapón. Hice varios intentos pero con el brazo estirado y la cabeza afuera no tocaba el fondo. Después de varias sumergidas me di por derrotado y cambié de estrategia sumergiéndome completamente en esa podredumbre. Nuevamente, después de varios intentos, toqué victorioso el tapón del fondo el que arranqué con mucha fuerza para evitar otra sumergida. Al salir, me toqué el pelo y noté que era una masa viscosa y maloliente; tanto, que cuando traté de salir de la piscina ninguno de ustedes me ayudó, arrancaron despavoridos por la fetidez y el aspecto monstruoso que mostraba. Me tuve que duchar varias veces para terminar con la excursión agrícola de don Augusto. Nunca más le pedí consejos sobre las labores del campo. Hasta pronto, son las 10:15 AM del 6 de Julio del presente.”

¿Y qué podemos hacer con los chalecos cuando son así?

Esa es la pregunta de mi primo, Nicolás Correa, en respuesta a la notita anterior. No sé, tengo que escribir otro poco para que se me aclare un poco la película. Otro amigo muy querido me escribe a la distancia lo siguiente: “lo que se acepta duele menos”.

 

Aquí van algunas interpretaciones al texto anterior que nadie debería estar obligado a leer. Son nada más que eso, interpretaciones, luces o el encendido de una lámpara que nos ayuda simplemente al diálogo. No es una venganza ni tampoco un griterío, pero encuentro que no hay nada más interesante que tratar de “ver” nuevamente la vida de nuestros padres con los anteojos que ya nos da la vida y los años transcurridos.

Le consulté a mi primo Nicolás y me dio autorización para compartir sus opiniones, conjeturas que provienen de esa bella profesión que es la siquiatría. Cuando niño, en mi familia se diseminaba esa opinión de que los psiquiatras eran todos locos. No estoy de acuerdo. La siquiatría no es una profesión tan precisa como la física o la matemática, pero no por eso llega a ser una profesión menor que estudia fenómenos poco interesantes.

Y aquí viene mi primo. Los subtítulos fueron agregados por mi:

¿Creciste?

En parte sí, pero el matiz es que el “crecimiento” implica dejar atrás una suerte de “configuración de infancia” en la que los padres no eran cuestionados. Dejas atrás a Chile (las canciones folklóricas) que es la “Patria” y por extensión, los padres (de infancia).

¿Qué me pesa?

Me atrevo a plantearte que lo que “pesa” tiene que ver con que la señora Sotomayor que se te evoca frecuentemente porque está asociada a tu mamá en esos aspectos “locos” de ella, recordados como verte “mocito”, desvalorizado, de algún modo como esa mujer que te tomaba las mejillas como a un niño. Ésa es una madre frustradora (los ojos negros que pagan mal); el resentimiento por esa frustración quizá impide darle más espacio a los otros aspectos de ella que quedan entonces relegados “como un suspiro”.

Una interpretación interesante: ¿Frustraciones inducidas por quien?

El lapsus “primeras viajes” podría apuntar a confusiones en variados sentidos, si el conflicto “mayor” tiene que ver con frustraciones, son claras para ti las que provocó tu madre, que en la realidad pudo ser muchísimo más frustradora que tu padre, y por lo mismo opacar las frustraciones que él pudo provocar, por ejemplo al impedir acercarte al abrazo de la doctora con Alzheimer, porque qué de malo tendría haberlo hecho, hubiera sido bueno para ella y también para ti, por lo que la negativa del papá parece más bien la expresión de una defensa de él como negando el deterioro de esa mujer. Entonces, tu lapsus podría estar comunicando que tanto mamá (femenino) como papá (masculino) han sido frustradores.

¿Donde habito? ¿En Chile o en los Estados Unidos?

Dice “primeras viajes” debiendo decir “primeros viajes” o quizá “primeras visitas”, si consideramos a este error como un lapsus, podría indicarnos una cierta confusión, tal como lo desarrollas más adelante cuando explicas que no es claro si ibas o venías, en el fondo la duda es cuál país es más tuyo, más propio, si Chile-los padres o EEUU-tú mismo. Y dado que hay una discordancia de género (últimas=femenino, viajes=masculino) se podría considerar una posible confusión mucho más inconciente, entre mujer-hombre, que en el contexto pudiera ser entre padre y madre, por cuanto en el texto aparece primero un hombre venido a menos (el Dr. Luccini que podría representar a tu papá) aunque luego en el relato te “matriculas” con la mujer venida a menos (la doctora del chaleco, la señora Sotomayor y finalmente tu madre).

Ahora, negar el deterioro es negar el dolor por lo que quedó atrás, por lo perdido y desde este vértice podría el lapsus expresar otra confusión, en el sentido de dónde habitas: en Chile, es decir el mundo de tus padres, ése en el que se niega el dolor, o EEUU, tu mundo adulto, donde te asomas a poder vivirlo a fondo.

Tu relato te muestra en ambos mundos (en ese sentido, confundido), porque te duele el chaleco “olvidado” pero algo te “pesa” respecto de tu madre, que desde la metáfora del chaleco podemos preguntarnos si no será que te pesa el conservarlo (predominantemente) en ese clóset “abandonado”. El chaleco “quedó” abandonado por su dueña pero TAMBIÉN por sus custodios que lo confinaron a un lugar “pasado a encierro” y húmedo. Cabe preguntarse si esa doctora llamó alguna vez para recuperar su prenda o si hubo algún intento de tus padres o de alguien de la familia por devolvérselo.

Mi papá se parecía mucho a tu mamá en lo egocéntrico y, por lo tanto, desvalorizador. (Digo “por lo tanto”, porque cuando predomina lo egocéntrico (narcisístico es el término técnico) se necesita ubicar al otro en una posición inferior para poder sentirse superior y he aquí el punto: el otro puede aceptarlo (las más de las veces inconcientemente) sintiéndose inferior y quedándose en ese lugar o enojarse y entrar a pelear por el propio valor mancillado -manteniéndose el conflicto (uno superior al otro) si se queda en una u otra posición- o “salirse” de la “oferta” de superioridad-inferioridad que hace el egocéntrico, enfrentando la relación desde otra perspectiva).

Otra perspectiva

La digresión tiene que ver con esta posibilidad; en el relato, con abrir uno el clóset para darle un destino diferente a ese chaleco abandonado, como creo que lo estás intentando hacer, primo: ir a visitar ese lugar de “exilio implacable”, lo que tiene el costo de contravenir la posición también “implacable” del padre interno, de negar a la figura deteriorada (con Alzheimer) que encierra una pena. ¿Será que este modo de enfrentar el dolor -negando, desvalorizando a la sufriente- predominaba en tu papá y por eso tiendes a vivir a tu mamá “añejada”? Sin embargo, es claro también tu deseo de poder conocer finalmente a la mujer que llora en el aeropuerto para dejar de ver sus mejillas como de yeso y poder verlas de carne y hueso: vivas, sufrientes y también alegres.

¿Tomar distancia o desquite?

Mi moción es a no resignarse cuando aún podría quedar alguna posibilidad, aunque también es cierto que a veces es necesario tomar distancia de aquello que a uno lo daña tanto. Aquí habría que intentar hacer el distingo entre tomar distancia y desquitarse abandonando al otro tal como uno se sintió abandonado por él (o ella). Es decir que los “ojos negros traicioneros” son del otro cuando a uno lo inferiorizan abandonándolo (tu madre te abandonó cuando desvalorizó tu matrimonio) pero también son propios cuando uno abandona por venganza.

En suma, la idea es que podríamos “leer” en el título “Así son a veces los chalecos”, una opción como “y qué podemos hacer con los chalecos cuando son así”.

Así son a veces los chalecos

¿Qué ha sucedido con esos conocidos que alguna vez vi cuando pequeño? ¿Qué habrá ocurrido con el coronel Sudi, por ejemplo, de carabineros? Llegaba a casa, y siempre lo hacía entonando una canción del folklore chileno. Era bonachón y realmente quería y se sentía amigo de mi padre; pero no estoy muy seguro si mi padre fue realmente amigo suyo. ¿Qué ocurrió con él? Siento como que repentinamente hubo un cambio de escena –¿crecí?- y muchos de esos conocidos desaparecieron y no los volví a ver nunca más.

Como goteras esos seres repentinamente se fueron evaporando, desperdigándose al tomar otros caminos. Recuerdo cuando en una de mis primeras viajes de visita a Chile, fui a buscar a mi padre a la Clínica Indisa donde trabajaba en ese entonces. Fue triste porque me encontré con el doctor Luccini, a quien no conocía, pero que se veía enfermo, viejo y disminuido. Ya no era ese médico prestigioso de otros años, y se paseaba en la antesala a la oficina de mi padre como si fuera el portero de la Clínica. Mi padre no me dijo nada, pero como deferencia tengo la impresión que lo dejaban deambular con libertad total por todos los rincones. Mi padre se notaba contrariado, y buscó a que nos fuéramos pronto hacia la casa.

En otra ocasión, y nuevamente en la Clínica, me encontré con una doctora que había estado en la casa nuestra, en Algarrobo, con su marido que también fue médico. Ella me reconoció de inmediato, pero cuando feliz traté de saludarla para conversar con ella, mi padre me movió hacia un costado para que siguiéramos nuestro camino. La vi estirar las manos, su felicidad en el rostro y luego su tristeza, la desilusión cuando mi padre, implacable, me indujo a seguir nuestro camino. Al poco rato me confesó al oído: “tiene Alzheimer, mijito”. Estaba enferma, era cierto, y algo muy profundo no le funcionaba bien, pero cuando mostró ese rostro tremendamente triste reapareció en ella la persona sana, y reveló los rasgos de una mujer condenada a un exilio implacable. ¿Acaso no es eso justamente el Alzheimer y muchas enfermedades incurables? ¿Ser condenado a un sitio que nadie conoce, que muchos imaginan, pero que se hace necesario visitar y vivirlo para saber de qué se trata?

Como decía, me habría gustado conversar con ella, pero no se pudo. Y no entiendo por qué la recuerdo tan seguido. La veo a la distancia cuando me trata de saludar al lado de mi padre, que nervioso, la mira como un extraño y me empuja para partir pronto. Recuerdo que cuando nos vino a ver ese fin de semana, en Algarrobo, olvidó un chaleco de lana café que después por mucho tiempo, vi colgado en un closet pasado a encierro y a la humedad de la playa. ¿Lo habrá recuperado? Poco importa, pero la impresión que tengo es que así sucede a veces con la gente que he conocido, se han ido quedando en el camino parecido a ese chaleco que alguien deja abandonado en la casa de un amigo.

Me acuerdo también de la señora Sotomayor. Nos iba a ver a la casa de Avenida Suecia 1521, ya tarde, al terminar el día y antes de pasar por la casa de unos parientes que vivía a una cuadra, en Pocuro con avenida Suecia. Tocaba el timbre, uno le abría y se ponía a cantar de inmediato mientras me agarraba de las mejillas:

“…..yo vendo unos ojos negros quien los querrá comprar, los vendo por hechiceros porque me han pagado mal..”

Tampoco sé qué habrá sido de ella; pero al menos recuerdo su apellido.

A menudo se me viene a la mente otra señora que nunca conocí porque jamás hablé con ella. Estábamos en un café, en el aeropuerto JFK de Nueva York, y ella lloraba silenciosamente mientras no probaba nada. A lo mejor la recuerdo porque se parecía a la abuelita Oriana. Era uno de mis primeros viajes en que volvía de una visita a Chile, y donde todavía tomaba el avión de salida (¿o de regreso?), como si mis partidas fueran solo un paréntesis porque pronto regresaría “a vivir en mi país”. Al menos eso pensaba en ese entonces. Salía de Santiago en un estado frágil y a lo mejor por eso las neuronas estaban más atentas y receptivas al sufrimiento, al entorno. El llanto de la señora era contenido, y no movía un solo músculo del rostro mientras se le enfriaba su café. Simplemente le rodaban unas lágrimas tibias, móviles y transparentes, sobre unas mejillas que parecían de yeso pintado.

En otras ocasiones, cuando paseo con el Copo por el vecindario, o cuando circulo por un supermercado, veo a tantos otros amigos que he tenido pero que ahora, en este preciso minuto, sufren los efectos devastadores de una enfermedad. ¿Cuando me tocará el turno a mí?

Al escribir esta nota veo que menciono a varios conocidos, pero no he hablado todavía de mi madre que anciana y enferma ahora también sufre. Pero con mi madre, ya enferma y débil, siento una gran indiferencia. En la nota anterior (Como un suspiro) contaba un recuerdo feliz de ella; pero eso ocurrió hace muchos años, y creo que tristemente esa madre ya partió. Y la que se quedó firmemente apernada con nosotros, y sobre todo en mí interior, añejó como los vinos malos, y esa es la memoria de ella que me acompaña ahora. El recuerdo que me queda es el de una madre que me consideró siempre como un niño, y que se negó porfiadamente a tratarme como adulto. Mis opiniones, mis actos fueron siempre los de un mocito; como mi matrimonio, que también fue el matrimonio de un pendejo, pero jamás el de un adulto. Siento que eso nos causó daño porque en lugar de apoyo, escuché opiniones lacerantes que no respetaban nuestra vida de seres ya formados. La manera en que se atornilló en nuestra intimidad de adulto siento que me causó daño. Pero como me explicó en su día mi querido amigo José, cuando transcurre mucho tiempo y se llega a la ancianidad, ya se pierde la oportunidad y no se puede y no se debe “pasar la cuenta”. Pero al menos -pienso- ella debería leerla, “leer la cuenta”, enterarse, saber lo que ocurrió. ¿Alguien se la leerá algún día?

Con mi padre por otro lado, me ocurrió todo lo contrario. Cuando falleció lloré, lo extrañé. Me bajaba del auto y sentía que había perdido algo importante, que algo fuerte me faltaba. Con mi madre, en cambio, ahora anciana y enferma, débil, amargamente siento una gran indiferencia que me pesa.

Es triste, pero así son a veces los chalecos.

Como un suspiro

Nos trasladábamos en nuestro Chevrolet aletudo, rojo, en una carretera antigua camino hacia Algarrobo. Era verano y pasábamos frente a una casa que en ese entonces llamábamos “la casa pelá” porque estaba siempre vacía, pelada, cuando en la radio del auto empezaron a tocar a Leo Dan y su “…….el amor que sentimos cuando a veces el amor”….. Mi madre distraídamente comenzó a tararear la melodía mientras sostenía el volante del auto desde la parte inferior, como acariciando la cantilena que escuchábamos. ¿Qué era eso? ¿Qué ocurría? Había sol y entraba una ventisca fresca y vigorosa por las ventanas del auto, era verano, y por un momento breve, sentí que ocurría algo importante. Luego miré nuevamente a través de las ventanas y me golpeó el aroma de los eucaliptos, y por efímeros segundos sentí algo fuerte que a lo mejor pudo ser felicidad. Mi madre todavía cantaba cuando de sopetón la interrumpí y le pregunté por qué todas las canciones hablaban del amor:

-¿Por qué, mamá?

Ella entonces dejó de cantar, se quedó quieta, muda, y dejó también de acariciar el volante, pero siguió escuchando a Leo Dan. Pensó otro tanto y después me contestó como si ya hubiese sido un niño grande, un adulto:

-Es búsqueda, cristiancito, es búsqueda.

Y me siguió hablando por un rato largo, como si afuera no hubiese ningún árbol y estuviésemos adentro de una sala de clases con todo el tiempo disponible por delante. Siguió manejando, pero me di cuenta que había ocurrido algo importante; claramente, por un momento se transportó hacia otros lugares, hacia otros recuerdos, y quien sabe, a lo mejor revisitó su propia vida, sus amores y divisó a su primo con el cual la habían tratado de casar. ¿Vislumbró otra vida? ¿Vislumbró otros hijos? ¿Otra familia?

 

Con mi padre me ocurrió algo parecido. En otra ocasión nos bajábamos del mismo auto y cuando me ofreció la mano creo que sentí seguridad y calor; siempre tenía las manos tibias. Temí perder todo eso y me lo imaginé tremendamente enfermo y viejo, y que se podía morir pronto. Todavía no llegaba a la ancianidad, era incluso más joven que yo ahora (!), pero por algún motivo lo imaginé como un abuelo en mal estado. Y le pregunté si el tiempo se le había pasado muy rápido:

-¿Se te pasó todo muy rápido, papá?

-¿Qué, mijito…?

-El tiempo, papá, el tiempo. ¿Se te pasó todo muy rápido?

Nuevamente se quedó muy serio, mudo, se detuvo, y por un momento estoy seguro que se lo olvidó lo que teníamos que hacer: ¿por qué nos habíamos bajado del auto? Yo tampoco lo recuerdo, pero afuera había mar, el ruido de las olas, gaviotas y nuevamente mucho sol. Miró hacia el frente, me miró fijamente a mí y con algo de angustia y tristeza me confesó:

-Como un suspiro, mijito, como un suspiro- Y se quedó mudo nuevamente.

De ahí para adelante a mí también el tiempo se me ha pasado rápido. Y escucho no tanto a Leo Dan, pero a Bruce Springsteen, Leonard Cohen, Eduardo Gatti, y también se me ocurre pensar en otras vidas, en otras situaciones. Pero siempre regreso, siempre vuelvo (“voy y vuelvo”, como nos recuerda Parra) y sigo manejando aunque ya no vea el mar, las gaviotas y no sienta el aroma de los eucaliptos de ese entonces….

Mis países

Antes de volar a USA vendí el Fiat 600, blanco, y por algún motivo extraño, simplemente partí de Chile como si encaminara mis pasos hacia una sala de clases. Partí como estudiante y sin esa idea inicial de largarme para no regresar nunca más. Era un paso, no un salto como el que dio mi hermano Gonzalo al partir hacia Canadá. Lo mío fue más solapado, no parecía una partida, un corte, era simplemente un paréntesis; me iba para ir a estudiar lejos y prepararme mejor, ya se vería. Mi hermano Gonzalo, por otro lado, se fue más de frentón, casi de portazo. Ya había estudiado en USA donde había obtenido su flamante título de ingeniería comercial, y simplemente en Chile no se acostumbraba, y pocos lo supieron comprender. Lo amordazaban las costumbres, los trámites, las reuniones, los cafecitos. Tenía trabajo, no le iba mal, pero algo le picaba, y decidió volar y buscar nuevos horizontes con Anita y sus dos hijas. Chile y su estilo de vida lo asfixiaban.

A mí me ocurrió algo parecido, también estaba asfixiado y me sentía como un extranjero en Chile, en mi propio país. Pero ahora me doy cuenta que era culpa mía, porque eso es algo que me ocurre en casi todos los lugares. Incluso en mi propia familia a veces me sentía extraño; me molestaba esa manera oblicua de decirnos las cosas, no te preguntaban “a”, pero te preguntaban “b” de una manera que implicaba “a”, aunque no directamente. Había mucho claro-oscuro, mucha danza para decirnos las cosas por su nombre. También, sobre todo mi madre, recurría mucho al mensajero, al “dile a tu hermano que bla-bla-bla-bla”, en lugar de ir ella directamente a decirlo. Los temas peliagudos eran siempre borrosos, poco claros. Éramos –¿somos todavía?- poco transparentes para decirnos las cosas, había mucho mensaje velado, escondidos para tratar los temas y decirnos las cosas por su nombre. Quizás por eso estas notitas me salen más directas, aunque duela, aunque me duele y nos duela un poco a todos.

En esos años, también era callado y eso me ayudó porque tengo la impresión que a los callados les va mejor en USA. En Chile hay que ladrar mucho, demasiado, y en esa época era malo para eso. Con Gonzalo teníamos edades parecidas, éramos jóvenes, y cuando emigramos aprendimos a generar nuevas raíces a costalazo limpio, dándonos de culo sobre el pavimento. Pero así ocurre cuando uno es joven, donde nos sentimos invencibles y corremos riesgos, viajamos, nos tiramos al río, saltamos. Me fui de Chile como estudiante y me fueron a dejar sin problemas al aeropuerto. Cuando me despedí, me abracé con los papás, los hermanos y los amigos; pero a Gonzalo no le ocurriría así. A él no lo iría a dejar casi nadie de la familia –con excepción de nuestro hermano Álvaro, el menor- porque nadie lo entendió, sobre todo nuestra madre que estaba hecha un trompo. ¿Por qué se iba de esta maravilla para buscar nuevas aventuras? Lo fue a dejar el chofer de la Cepal, donde trabajaba en ese entonces.

En un principio Gonzalo había tratado de emigrar hacia Australia, donde tenemos un pariente, una prima de nuestra madre. Fue así como hizo todos los trámites rutinarios, como visitar el Consulado, llenar formularios, entrevistarse, y cuando ya lo tenía casi todo listo, a pocas semanas de su partida, lo llamaron por teléfono para contarle que su madre había conversado con ellos para informarles de algo grave. ¿Qué era eso? ¿Que les había dicho? Les había largado la noticia-bomba y teledirigida de que en su familia, en la familia de él, de Gonzalo, habían muchos miembros con problemas mentales –lo que no era cierto- y que basado en esa información ya no lo podían aceptar como inmigrante. De más está decir que hasta ahí llegaron los preparativos de su inminente partida. Todo reventó y no le quedó otra alternativa que pensar en Canadá; pero antes, siguió los consejos del consulado: “la próxima vez”, le dijeron, “cuando trate de aplicar en otro consulado, no se lo cuente a nadie y hágalo solito.” Por una extraña coincidencia, nuestro padre le dio el mismo consejo cuando llegó a casa, pero con un agregado de color: “no se lo cuentes a nadie, mijito, no se lo cuentes a tu madre hasta que lo tengas todo listo. Ella está ta-ta-ta-ta-ta.” Y así fue como lo hizo, no se lo contó a nadie, ni siquiera a nuestra madre y por eso fue que partió sin ninguna despedida porque cuando ella se enteró, lo desaprobó con rabia y dio la orden perentoria de que nadie lo podía ir a dejar. Así fue como partió con su señora, Anita, y sus dos hijas, solos a buscar nuevos horizontes a Canadá. En el aeropuerto de Montreal lo esperaba un amigo de nuestro padre que lo llevó a un Hotel de mala muerte donde comenzó su nueva vida. A las pocas semanas ya aprendería algo de francés para conseguir trabajo.

En mi caso llegué a USA a la Universidad de Georgetown, en Washington, para aprender inglés. Tenía recomendaciones del cura Patricio Cariola lo que me ayudó bastante. Así fue como conecté con José Zalaquett (que Pinochet había expulsado pocos años antes) que me ofreció todo su apoyo. Recuerdo que llegué totalmente perdido a su oficina, ubicada en la Universidad de Georgetown donde trabajaba en un proyecto. Después de saludarlo, de inmediato tuve la seguridad de que me ayudaría, porque al ofrecerme café, lo hizo generosamente y sujetando una servilleta enorme, blanca, del porte de una bandera. Mi inglés no era bueno, y me preguntó a donde pensaba ir a estudiar. A Cleveland, le dije. De inmediato me corrigió el acento, me enseño a pronunciar “Cleveland” como los gringos, y me dio nuevos consejos. Al menos tendrás una buena orquesta, me dijo, al mencionar la Orquesta Sinfónica de Cleveland. Al final, no solo me abrió generosamente las puertas de su departamento, pero terminaría jugando ajedrez con sus amigos, todos verdaderas luminarias que después he visto como grandes personajes, escribiendo editoriales en los diarios y revistas más importantes de Washington. Él sería el que me terminaría escribiendo la carta que mandé a Case Western Reserve University, donde explicaba las razones por las que me gustaba la química, y los motivos por los que quería continuar con el doctorado. Y resultó, pero ahora que lo escribo veo un poco la locura de toda esa empresa: me había ido de Chile sin mucha claridad y cuando ni siquiera me habían aceptado. Pero me largué; esas son las aventuras que uno emprende cuando joven. Por eso me cuido –espero- cuando critico a algunas de mis hijas. En todo caso de ahí para adelante no tuve más remedio que acostumbrarme a vivir en un país extraño. Vivía en departamentos de torres altas y olor a encierro.

A los pocos meses, cuando finalmente aterricé en Cleveland, llegué primero a la oficina del departamento de química, de Case, donde las secretarias me ayudaron, me indicaron donde me tenía que alojar, comprar pan, leche y me presentaron a una estudiante de Colombia, Rosario Neira, que me siguió ayudando, mostrándome el departamento y algunos profesores. Es increíble la generosidad con que uno a veces se topa y sin ninguna planificación. Lo curioso es que el edificio donde pasé mis primeros meses –Clark Towers– lo había conocido antes mi hermano, Alberto, cuando vino a Ohio como estudiante de intercambio en las secundarias. Lo sé por una filmación que él hizo en esos años. A lo mejor un miembro de la familia que lo acogió en ese entonces se enroló como estudiante en mi universidad.

Me demoré varios años en acostumbrarme. Y me convencí que a lo mejor aquí, en USA, finalmente me podría sentir a gusto, cuando leí a algunos de sus escritores que más me gustaron. Y desde ese entonces noto que pertenezco a esas tierras que describen en sus textos escritores peruanos, argentinos, chilenos, sirios, gringos. Siento que pertenezco a esas casas, a esas familias, y ahí definitivamente no me siento un extranjero. Esas son mis patrias, ahí me siento en mis países.

No se te olvide, tú te vas a morir.

No han sido solamente los olores los que me transportan hacia otros mundos y otros años, porque mucho más efecto me produce la música. Bobby Goldsboro, por ejemplo, y su fantástica melodía “Honey”, donde recuerda a su novia o esposa que ya no está con él, me empuja hacia mi niñez. Y claro, ahora que entiendo la letra de la canción, me hace recordar la muerte, algo que vagamente percibía cuando niño. Ahora que entiendo mejor el inglés, noto que la canción completa es un poema recordándola a ella en gestos cotidianos, simples, como cuando lloraba viendo una teleserie en la TV, o cuando le chocó el auto y pensó que él la recibiría con rabia, pero ocurriría todo lo contrario. Y hasta que llega ese día de primavera y pájaros cuando partió para no verla nunca más. Estaba sola cuando se la llevaron los ángeles, nos canta Bobby, dejándolo a él sin compañía para comprobar solitariamente como crecería vigoroso y también solo un árbol frente a la casa que habían compartido. Y después -como no- llegó “Love Story” a Chile. Otra historia de amor pujante y mucha muerte, donde ella es nuevamente la que fallece debido a un cáncer fulminante. Fue un dramón previsible, pero que me hizo llorar y me acercó la muerte a mi ventana, la llegué a tocar. Recuerdo que era la época de la Unidad Popular y el país estaba tremendamente dividido y convulsionado, donde todos se peleaban, pero curiosamente comunistas y gentes de derecha hicieron cola para salir juntos y conmovidos del cine. Ahí me quedó bien claro que uno se podía morir, y que la gente se moría. Todavía era una película, la muerte era de película, pero había mucha realidad en ese drama, y uno salía contento de estar todavía vivo. Creo que el tema de la muerte y los recuerdos es algo que siempre me ha interesado, me atrae.

En un The New York Times de esta semana, leo sobre un App para usar en los celulares. Consiste en que te manda un mensaje texto cinco veces al día, y sin previo aviso, para recordar tu mortalidad, tu futura e inexorable muerte. “No se te olvide, tú te vas a morir” lee el texto. Y te invita, al presionar con el dedo, a leer una frase o un poema relacionado con la muerte. Al principio la idea me pareció macabra, pero después, pasado el primer susto, leí otro poco más y la idea me intrigó. El App, conocido como, WeCroak, fue creado por Hansa Bergwall, un publicista de 35 años, junto con Ian Thomas, de 27, un desarrollador freelance que vive en Nueva York. Bergwall cuenta que la idea le nació del folklore bhutanés, que aconseja contemplar la muerte cinco veces al día para ser feliz. Hasta el momento cuenta con 9 mil usuarios, y la mayoría –eso es lo curioso- entre los 20 y 30 años de edad. Por supuesto que al final instalé el App en mi celular después de comprarlo por un dólar. El problema es que no me acordaba de esa transacción, cuando por la mañana, despistado y con sueño, tomé el celular entre mis manos. Lo primero que leí fue horrible: “no se te olvide, tú te vas a morir”. Todavía adormilado, me acordé aliviado de la compra anterior y moví la pantalla con los dedos para leer el texto siguiente que me tranquilizó bastante:

“La muerte es el sonido de un trueno distante en un día de picnic.”

W. H. Auden

No está mal como para empezar el día, pensé. Y como siempre le dije a Pilar, ahora más convencido, que tuviera cuidado al manejar por la autopista hacia el trabajo porque había mucha nieve y hielo. Al poco rato me llega otro de Borges. Pero antes, “no se te olvide, tú te vas a morir”:

“Nosotros olvidamos que todos somos hombres muertos conversando con otros hombres muertos.”

Llego feliz a destino después de presenciar innumerables accidentes y más conciente de los peligros, pero feliz de estar literalmente vivo, muy vivo. Noté que en el trabajo aproveché de otra manera el café que tenía entre mis manos, y toqué feliz la taza caliente que me entibió los dedos y obligó a percibir más concientemente el aroma del café, los ruidos, la nieve blanca del invierno.

Todavía no han pasado suficientes días; pero percibo que es bien útil esa idea de recordar mi futura muerte de manera sorpresiva; le da otra dimensión a mi jornada laboral. Así fue como me siguieron bombardeando con otros recordatorios parecidos. Me gustó el que me llegó al final del día de hoy, un viernes, cuando llegaba a casa y estacionaba el auto: “no se te olvide, tú te vas a morir”. Para leer después un texto del escritor chileno (ya muerto) Roberto Bolaño:

“La vida es una sucesión de malos entendidos que nos llevan hacia la verdad final, la única verdad.”

En el fondo el App nos regala pequeños Love Story, pequeñas melodías “Honey”. Lo seguiré usando.

¿Hasta cuando?

Hasta que no quede nada IV: ¿Qué habría pensado el papá de todo esto?

Afuera, a través de las ventanas, se ve la nieve blanca, y el sol de un día de invierno en Northville, Michigan. Adentro, nuestro perro patagónico, el Copo, espera pacientemente a que lo saquen a pasear, a dar su vuelta por el vecindario. Es una tranquilidad que contrasta con lo que está ocurriendo en el seno de mi familia en Chile, donde todo se ve menos tranquilo.

La distancia y estos problemas, me empujan y ayudan también a ver y a examinar a mi padre, a mirarlo con otras lupas y espejos. ¿Fue realmente un buen médico? ¿O fue nuevamente otra farsa, producto del marketing y la política que muchas veces florece en los hospitales o cualquier otro lugar de trabajo? Recuerdo que siempre hubo mucho conflicto en ese ambiente médico donde él trabajó, mucho Superman dispuesto a imitar al jefe máximo, y a caminar con ese disfraz de Batman por los pasillos del Instituto de Neurocirugía donde habían tremendas rivalidades y mucho ego. Creo que ese ambiente le impidió crear escuela; si vislumbraba a un médico joven que se insinuaba como sobresaliente había que neutralizarlo a tiempo antes de que se transformara en competencia. El mundo claramente se dividía entre ganadores y perdedores. ¿Y donde estaba uno? ¿Donde se ubicaba uno? Esos rumbos y alternativas siempre me molestaron y las rechacé, creo que por eso me esforcé concientemente en tomar otro camino. Recuerdo que mi padre se asombraba cuando alguien consultaba sobre qué hacía uno, qué estudiaba su hijo. Y uno contestaba con un “soy químico, estudié química,” sin mencionar el doctorado en química o cosa parecida (y sin mencionar tampoco que el puntaje no me alcanzaba para estudiar medicina). Mi padre se asombraba, y creo se preguntaba con bastante curiosidad –por sus gestos, su mirada, una sonrisa escondida- cómo era que lo hacía uno para sobrevivir y ganarse la vida. Mi tía Oriana, por otro lado, era más divertida, porque además de preguntarme “¿y cuando vas a tener polola, Cristián?”, me interrogaba sobre el famoso doctorado, para agregar con más confianza y fuerza: ”¿pero cuando vas a ser un médico de verdad?” A lo mejor añorando un rocío de las glorias de mi padre, pero que yo no quería y tampoco buscaba.

En ese tiempo las esposas también ayudaban, sobre todo si eran buenas mozas como mi madre, una especie de “esposa-trofeo”. Pero ahí también tomé un rumbo diferente porque me casé con una mujer “de esfuerzo”, como lo indicó mi madre años atrás, y que ha trabajado toda su vida afuera y adentro de la casa, que usa sus manos sin vergüenza y también su intelecto; y claro, con esfuerzo. Y con ella hemos tenido dos hijas amantes también del trabajo, y querendonas de los animales y la naturaleza.

Me he tocado con antiguos pacientes de mi padre –incluso aquí en Washington- y  siempre se han mostrado agradecidos. Nuevamente: ¿fue realmente un buen médico? Yo creo que sí. Y la otra pregunta difícil y más complicada: ¿fue realmente un buen padre? También creo que sí.

Recuerdo los viajes en auto, en un fin de semana cualquiera cuando nos dirigíamos hacia Algarrobo. Por la radio se escuchaba a Leonardo Favio junto al ruido de la carretera; eran otros tiempos. Al llegar a Melipilla ofrecían liebres a la orilla del camino, y en algún momento nos deteníamos en La Montina para comprar fiambres, y quizás probar un lomito o “un montino”. Los años parecían eternos e inmutables, y mi padre manejaba a paso seguro, como un chofer convincente y eterno. Casi al llegar, cruzando El Quisco y sentados en el asiento de atrás, todos gritábamos al superar una piedra que estaba a la entrada del balneario, al principio de un glorioso túnel de eucaliptos. Hace algunos años se robaron esa piedra y poco tiempo después, muchos se esmeraron en destruir una isla que protegía unos maravillosos pingüinos. Por eso ya no me interesa visitar Algarrobo; solo me queda la memoria, el aroma salado de una playa y muchos recuerdos. Mirando a la distancia, noto que una de las cualidades importantes de mi padre fue esa seguridad que siempre nos supo regalar a destajo; no nos defraudó, no desertó. Cuando sucedía algo malo en nuestro entorno, sabíamos que podíamos contar con él, era la roca firmemente adosada a la orilla de la playa a donde siempre podíamos arrimarnos para buscar ayuda. Como médico, conoció a mucha gente, hombres y mujeres que fueron sus pacientes y que muchas veces ocuparon posiciones claves en distintas oficinas públicas y de administración. Por eso, si uno necesitaba un papel firmado, un trámite, un timbre, él lo sabía encauzar de manera rápida y eficaz. Cuando llegaba de regreso a casa, después de uno de esas diligencias, siempre me preguntaba: “¿y cómo te atendieron, cristiancito? ¿cómo te recibieron?” Y uno, un tanto avergonzado, le contaba la firme, que todo había salido bien, muy bien papá, no joda. Claro que cuando contestaba, no le mencionaba ese final, ese no joda, pero se lo daba a entender de múltiples maneras con la mirada, los gestos, los silencios. Lo veía ahí sentado, e imaginaba que en algún momento él lo había pasado mal. Nunca se lo pregunté, pero me parecía intuir un momento difícil, donde fue tremendamente rechazado por algo, por alguien, y donde lo habían recibido bien mal. Vivía para su trabajo, y cuando llegaba a la casa al final del día, la comida tenía que estar lista porque devoraba como si pronto tuviera que partir apurado a la guerra. Los fines de semana a veces nos armaba panoramas, como fue ir a andar a caballo con un teniente Carmona.

Con mi madre tengo menos recuerdos de ese tipo. Y sus historias eran estrambóticas y más descabelladas. En unos de mis tantos viajes de visita a Chile, por ejemplo, mi madre en una oportunidad me recibió alarmada. Había tenido una pesadilla como muchos de los malos sueños y conjeturas que a veces la asaltaban. Que yo llegaba de visita a Santiago, me dijo angustiada, que caminaba por sus calles, me cruzaba con familiares, pero no los saludaba, y claramente la evitaba a ella, mi madre. Qué tremendo, cristiancito, me dijo. Y nos pareció tan ridícula esa pesadilla, tan disparatada, que ella misma no siguió explicando nada y yo preferí no preguntarle más detalles. ¿Por qué la rechazaba?

Lo complicado es que trato de recordar esa pesadilla, cuando creo que eso es justamente lo que nos ocurre ahora, pero no encuentro los detalles, los datos, las cifras, los olores. Salgo a caminar y no resulta, no logro penetrar hacia esos días, no encuentro el código…..

¿Donde está esa roca a la orilla de la playa? ¿Quién me la movió?

¿Que habría pensado el papá de todo esto?

¿Que ya no queda casi nada?

Hasta que no quede nada III: Con qué cara viene al entierro de mi marido si usted fue su amante?

En la contribución anterior contaba que mi madre había escogido compartir su vida con mi padre para mejorar el pull genético que afectaba a su familia. Una familia de altos apellidos y mucho rango, pero de capa caída y condenada por la naturaleza, al emparejarse demasiado entre primos y parientes, entre “gente como uno”. A ella misma la tenían en línea para casarla con un primo hermano, pero al final se decidió por “el roto” de mi padre. En general pareciera que acertó con eso del pull genético “mejorado”, porque los hijos no le llegaron al mundo con cola de cerdo, pero conmigo no tuvo tanto éxito porque desde chico fui muy callado y bueno para fijarme en detalles, detalles tristes y buenos para el olvido; pero que yo no olvido, no puedo olvidar. Esa es mi falla genética.

Por ejemplo, cuando mi padre comenzó a ser derrotado por la vejez y los años, mi madre nos mandó a todos sus hijos (hija incluida) una carta diciendo que ya no daba más, y que nosotros teníamos que hacernos cargo de él; sobre todo los hijos que vivían en Chile, y que ellos debían aceptarlo en sus respectivas casas por períodos largos. Nunca se habló de atención especializada, o de vender algo para ayudarlo; eso nunca se discutió. Así fue como el experimento propuesto por mi madre se implementó de inmediato, pero no funcionó; fracasó no solo porque mi padre se paseó como un perdido por las diferentes casas que no eran las suyas, por camas que le eran ajenas, pero sobre todo falló cuando mi padre, el Profesor Extraordinario de Neurocirugía, se sentó en la taza del water (en la casa de mi hermana) y defecó sin darse cuenta que tenía la tapa cerrada…… nunca le pregunté a mi hermana cómo limpió. ¿Ocupó un paño mojado? ¿papeles absorbentes? ¿Pañales? ¿Le contó a alguien más en su casa?

Finalmente mi padre falleció solo y sin atención especializada, sin enfermeras o cuidadoras. Mi madre le confidenció a mi hermano, Gonzalo, como había ocurrido todo. Le contó que cuando vio que mi padre se precipitaba hacia su final inevitable, salió del departamento por unas horas porque era muy estresante verlo morir, escuchar los sonidos, los espasmos, las súplicas. Muchas veces, en esos momentos previos a la muerte, uno entra en un sopor, interrumpido por breves momentos de mucha lucidez y angustia, donde uno percibe que ya se muere y lo resiste con mucha fuerza, lo pelea y batalla. Es ahí cuando se hace necesario administrar medicamentos, calmantes, a los que mi padre no tuvo acceso. Ella, mi madre, se quedó por un largo rato afuera, esperando, para que al regresar estuviera muerto. Lo que ocurrió tal como había sido planificado.

 

-¿Cómo? ¿Qué? ¿Te entendí bien? –le pregunté a mi hermano, Gonzalo.

-Claro. Así. Tal cual. Ella debe haber pensado que como yo en ese entonces era monje budista, me lo podía contar sin problemas…..

 

Mi hermano, Gonzalo, entonces le volvió a preguntar qué había pasado, cómo había ocurrido todo, pero ella no se lo repitió, y simplemente le dijo que había pedido un vaso de jugo de naranjas y había muerto.

Y a mí, que siempre me han gustado ese jugo, desde ese entonces ya no me gusta tanto.

 

Luego en la Iglesia mi madre se notaba radiante, liberada, y nunca nadie la vio derramar una sola lágrima. Y hubo un encontrón que desgraciadamente no presencié. Ocurrió cuando mi madre divisó a una señora que trataba de saludarla, pero que ella rechazó sin miramientos con las siguientes preguntas que dejaron a muchos mudos, temblando:

 

-¿Y usted quién es? ¿Cómo viene al entierro de mi marido? ¿Cómo se atreve? ¿Con qué cara viene, si usted fue su amante?

 

Desgraciadamente en ese momento yo estaba en otro lugar de la Iglesia y no lo pude ver en persona, pero me lo contaron mis hermanos. Me habría encantado escucharla….. haber podido hablar con esa señora, y quien sabe, a lo mejor darle las gracias por el mucho bien que le pudo haber causado a mi padre.

 

Al final del servicio, nos subimos a un auto negro, con el cadáver de mi padre en un ataúd ubicado atrás. Fue ahí cuando mi mamá repentinamente se puso a hablar del médico que pocos minutos antes le había dedicado unas palabras muy cariñosas a mi padre. “A ese no lo nombraron director del Instituto de Neurocirugía”, nos dijo, “porque tenía los dientes feos. Y todavía los tiene horribles”. Y entonces miró a su alrededor para ver el efecto que provocaban sus verdades, sus latigazos de conocedora del mundo. Y yo miré al pobre chofer que seguía haciendo lo que dictaba el contrato: manejar y estar atento a los otros autos, llegar a destino. La verdad es que no lo podía creer; y aunque uno no había firmado ningún contrato, guardé silencio, y no me atreví a decir una sola palabra. Desgraciadamente yo tampoco manejaba; me habría gustado poder hacerlo, por hacer algo, al menos. Solo guardé silencio y me quedé mudo. Y sentí pena, vergüenza, porque mi madre claramente no podía cambiar de marcha, no sabía como mover la palanca de cambio y olvidarse por un momento de las intrigas, las conversaciones de pasillo, las maquinaciones siniestras. Sentí cierta envidia por el chofer, que seguía mirando hacia el frente como si no hubiese escuchado nada, impertérrito, sordo, cuadrado con las obligaciones de su contrato. Sentí curiosidad por las historias que debe haber conocido de tantas otras familias como la nuestra, por los cuentos y recriminaciones que debe haber escuchado al moverse adentro de su auto, encerrado en esa burbuja, inmutable, entre el torbellino de Santiago para llegar hasta un cementerio. Cuando finalmente llega a su casa al final del día, me pregunté, ¿hablará con su pareja sobre todo lo que había escuchado? ¿Repetirá esos diálogos, esas historias inconexas, esas recriminaciones, al sentarse a la mesa, cuando ya no maneja, y sin la necesidad de obedecerle a un contrato?

Me he dado cuenta que el drama en que estamos últimamente inmersos en el corazón de nuestra familia, encaja perfectamente con esta narrativa de vida de adulto….. hasta que no quede nada.

—————

Termino de corregir y leer este texto en la librería Barnes & Noble aquí en Northville, Michigan, a las 1 PM de un viernes 29 de Diciembre del 2017. A mi lado pasa un viejito ayudándose con un “burrito”. Su señora, otra viejita, lo acompaña. Los dos tienen un libro “Tenth of December: Stories” de George Saunders, en sus manos, un libro que quiero leer, que deseo conocer. Ellos no se dicen una palabra, pero se entienden; uno los ve y parece una danza. Así me gustaría llegar a viejo. ¿Resultará?