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Patricio Aylwin

Me llama mi hermano Gonzalo por teléfono para preguntarme si me he enterado de la noticia. Sí, le digo, murió Patricio Aylwin. Al día siguiente hablo con mi hermana, Mónica. Me dice que tratará de ir a alguna de las ceremonias. Me acuerdo del papá, le digo. Yo también, me dice.

…..y es como si nuestro propio padre continuara muriéndose poquito a poco, una etapa más, otro año más y otro amigo, un contemporáneo, que también desaparece. Veo homenajes y recuerdos por la radio y los periódicos, pero siento que Aylwin también será olvidado. Lo pienso, pero no lo digo. Al poco rato florecen los recuerdos, los momentos de otros años que la memoria todavía guarda de manera selectiva. Ese día era un fin de semana veraniego y la ocasión no era especial. Simplemente la intención era similar a las otras; juntarse periódicamente los fines de semana para hablar sobre lo que sucedía en el Chile de ese entonces. Uno, al oírlos conversar, los imaginaba practicando la oratoria, argumentos que pronto usarían en los debates públicos porque este solo era un receso temporal, un paréntesis en la actividad política tradicional porque en cualquier momento todo volvería a ser igual que antes, y los volverían a llamar para ocupar un cargo público. Por supuesto que eso no sucedería así de fácil, pero ellos todavía se lo imaginaban, y no sabían que tendrían que pasar largos años para que algo así ocurriera. Muchos de ellos todavía anidaban esa esperanza; un regreso rápido a la vida política chilensis que antes habíamos conocido con tanta naturalidad.

Creo que a mi padre le gustaban esas juntas de fin de semana en la playa, porque ellos, esos políticos amigos, hacían cosas tan distintas a las de él. Recuerdo un fin de semana particular donde, frente a la chimenea de nuestra casa en Algarrobo, Patricio Aylwin, Lucho Pareto y otros ‘políticos en receso’, recordaban a Salvador Allende, que también había tenido una casa en el balneario. Todavía estaba fresca la tragedia y resonaba el fuego, el humo, y el bombardeo a La Moneda, y a lo mejor, sin poder convencerse de que su antiguo colega, ese Salvador Allende que ellos habían conocido durante tantos años de chuchoqueo político había entrado ya en los libros de historia, conversaban sobre él y comentaban episodios de su vida junto a anécdotas sabrosas; como que no querían convencerse de que ya no estaba ahí con ellos. En un momento le tocó la palabra a Héctor Valenzuela Valderrama, que hasta hacia poco había sido diputado. Mientras me dormía entre esas sábanas impregnadas con la humedad de la costa, -ya era tarde-, contó que Allende había sido un político hábil y rápido. Recordó cómo en una ocasión, cuando se encontró con él en los pasillos del Senado (todavía no llegaba a ser Presidente de la República) le recomendó un libro que recién había leído y que le había gustado, indicándole un poco la trama y el desenlace del relato. Cuan sería la sorpresa de Valderrama, cuando esa misma tarde, a las pocas horas, Allende se largó con un florido discurso donde citó el libro, y trató al autor del relato como si hubiese sido su compadre o uno de sus autores entrañables (!).

Como decía, en esos años uno los veía hablar y conversar sin imaginar jamás que uno de ellos llegaría a ser nuevamente una figura relevante en el futuro de Chile. “Voy a ver a Patricio”, me decía mi papá. O de repente era Patricio que llegaba a verlos con su señora. Sin entender mucho de la vida, uno los percibía como perdedores, con algo de linaje y un poco de historia, pero unos fracasados, sin futuro. Recuerdo claramente el día en que me encontré con Patricio Aylwin en la verdulería de Algarrobo, y recuerdo que hicimos cola juntos, antes de pagar. Por timidez no lo saludé y no le di mucha pelota, pero él me miraba intrigado. La verdad es que no sabía cómo saludarlo, “hola tío” o “cómo está, don Patricio”. El tenía un billetito arrugado en su mano igual que yo.

Pero dentro de todo ese ambiente de “políticos retirados” ocurrían hechos esporádicos que insinuaban un potencial cambio en el “status” de estos aparentes fracasados. Recuerdo, por ejemplo, cuando un amigo de mi padre, un gringo del Servicio Exterior de USA (amigo de Ken Guenther, un antiguo paciente de mi padre) lo llamó por teléfono porque estaba de paso en Chile y quería conversar con “políticos”. “¿Conocía a alguien, con que le pudiera conversar, para informarse mejor de la realidad chilena?” Y así fue como llegó Patricio Aylwin a la casa a conversar con el gringo. No recuerdo su nombre. Mi padre simplemente los dejó conversar por varias horas solos en el living….. de manera que desgraciadamente tampoco me pude enterar sobre lo conversado.

Y así fue como Aylwin continuó siendo y portándose como siempre, incluso cuando ya era presidente. En uno de mis viajes a Chile, recuerdo que era Noviembre del 92, fuimos por el día a Algarrobo. Siempre me ha gustado ver o caminar por esos lugares que un día tanto conocí para compararlo con lo actual. Ese día en Algarrobo estaba casi todo vacío, era un día de semana, y esas calles de arcilla, los eucaliptos, la Iglesia, los boliches del pueblo se parecían a lo de antes, a lo mejor por el efecto de la poca gente de ese día. Y ahí fue cuando manejando por esas calles pasamos a ver la casa de “Patricio”……. y como estaba abierta, entramos. Afuera había solo un auto de carabineros. Era el día de su cumpleaños y estaba celebrándolo con su señora, alejados del ajetreo de la Moneda. Me dejó filmarlo con una cámara de video, pero fui yo el que me puse nervioso y no supe qué decirle. Ni siquiera le deseé feliz cumpleaños…. pero al menos, esta vez lo saludé. Pocos días después mi padre me diría: “Con Patricio, mijito, Chile saldrá del subdesarrollo,” recuerdo que me lo volvió a repetir mientras caminábamos por la vereda vacía. Ya se había cruzado el chaquetón y yo lo seguía a su lado. Casi le creí cuando lo escuché, o tuve grandes deseos de creerle. Tiempo después supe que su amigo, Aylwin, lo pensaba nombrar ministro de salud, algo que no ocurriría porque fue vetado por el partido socialista y por la responsabilidad que le atribuyeron por el trato dado al doctor Asenjo, su antiguo mentor y jefe, al ser despedido con una patada en el trasero el 11 de Septiembre del 73. Años después, en el ocaso de su vida, y mientras Chile continuaba construyéndose trabajosamente un futuro promisorio, mi padre confesaría con tristeza:

-¡Pinochet nos jodió a todos!

 

Recuerdo que cuando Aylwin ya había terminado su mandato, llamaba como un ciudadano cualquiera a mi padre, sin intermediarios de secretarias o ayudantes. Muchas veces le contestó un despistado que cuando escuchaba que un tal Patricio Aylwin llamaba por teléfono, simplemente le cortaba después de largarle una pachotada graciosa ….. o a veces insultante.

Me he acordado de esos años ahora que murió Aylwin. ¿Qué es lo que aprendí de todo eso que me tocó vivir? Entre muchas otras cosas prendí y comprobé en carne propia “las vueltas que nos da la vida”. Lo importante que es saludar y darle la mano a alguien sin fijarse en los cargos, en su importancia o rango. Lo importante que es conversar y genuinamente interesarse en esos aparentes fracasados de turno, a los que aparentemente viven en los márgenes, a los poco exitosos que uno se topa en los trajines de la vida…….. como me ocurriría a mi en esa tarde veraniega de Algarrobo, en una verdulería vacía y desamparada. En cada uno de ellos hay un poco de Aylwin escondido.

La Foto de mi Padre

Se levantó del asiento con la foto en la mano derecha y encaminó sus pasos hacia el baño que tenía la luz apagada. Encendió la luz, y ahí, frente al espejo, vio el reflejo de su rostro que pronto lo comparó con la foto que tenía en su mano. No cabían dudas, era realmente un viejo. Se tocó la cara, se estiró el pelo, pero nada cambiaba esa realidad de la foto y el espejo frío del baño: estaba viejo, era un anciano.

Eran las nueve de la mañana de un día de trabajo cualquiera; pero donde él ya no trabajaba aunque todavía tenía proyectos. En su maletín de cuero café acarreaba planos y documentos con los que todavía intentaba hacer algo útil. Desde afuera le llagaba el ruido del tráfico, la sirena de un policía, y el grito de alguien que corría en la calle. Pensó en su hijo Alberto, su hija Mónica, y quiso llamarlos, pero después no lo hizo. Estarán ocupados, pensó. Regresó entonces a la cocina y volvió a sentarse. Miró nuevamente la foto. Qué manera de parecerme a mi padre, pensó asustado. Buscó un lápiz. Pensó en su hijo, en Cristián, que ahora vivía tan lejos. Ni siquiera lo podía llamar porque no recordaba los cambios de horario. La última vez que lo vio ya había pensado en eso y le dijo “..y tú te vas a morir en otro país, Cristián?” Y su comentario me llegó como si le hubiesen hablado al vecino. Qué le pasa a este viejo, pensé; acaso no sabe que esas cosas no le ocurren a nadie.

Miró nuevamente a la foto y sintió la estafa, el paso del tiempo que se le había escurrido …”como un suspiro, mijito, un suspiro.” Revisó una libreta que tenía como ayuda memoria porque era cierto; con el tiempo los nombres, que antes se le quedaban clavados como con alfileres, ahora se le escapaban y jugaban a la escondida. Nadie lo estaba mirando, pero por un motivo que no entendió empezó a escribir con un lápiz de pasta azul los nombres de sus hijos y nietos. Hizo un listado donde también incluyó a los cuñados. ¿Estaban todos? ¿Se le escapaba alguno? Los numeró cuidadosamente. Luego hizo otro listado donde incluyó nombres que no reconozco, nombres de gente que nunca he conocido, y mezclados con los nombres familiares de siempre, con nuestros nombres; pero no quiso seguir, sintió nuevamente la estafa, sintió angustia, quiso llorar al escribir el último nombre… pero no lo hizo; se acercaba mi madre que le cerró la ventana de la cocina.

Escondió su libreta ayuda-memoria y miró rápidamente la foto que se había tomado recientemente en el puerto de San Antonio. Finalmente escribió en el reverso de la foto que después me mandó por correo:

Las canas del viejo, que como dice el tango, platearon mis sienes y arrugaron mi frente”.

Las Goteras

Parece que me aviejo irreversiblemente al notar la poca paciencia que guardo frente a situaciones que antes me habría mamado sin chistar. En ocasiones como esa me acuerdo de mi abuelo, el tata Augusto, cuando se quejaba del mundo moderno recordando sus años de juventud donde todo había sido mejor y distinto. Una muestra clara de esa modernidad sin rumbo se la daban las braguetas de los pantalones de hombre donde ya no se usaban botones y venían con cierres; un invento para mujeres, como nos decía. Cuando vaya de visita a Chile tengo que ir a la casa donde vivían antes, cerca de la Escuela de Derecho de la Universidad de Chile y donde ahora parece que funciona un bar que casi no tiene luz. A la calle le cambiaron el nombre, antes se llamaba Siglo XX y por eso no la pudimos ubicar cuando la buscamos en una de mis visitas a Chile. Recuerdo que en el centro de la casa había un tejado de vidrio bien alto, y que durante los días de lluvia chorreaba agua sobre tiestos y ollas que mi abuelo distribuía sobre un suelo de madera y baldosas. Por las tardes de primavera y verano sacaba una silla de madera para sentarse en la vereda y ver pasar a la gente y los autos. Era una rutina que guardaba misterio y que yo encontraba de locos, no entendía. A veces los íbamos a ver –al tata y a mi abuelita Oriana- y mi madre le entregaba a ella unos billetes arrugados como si también fueran goteras, y que ella recibía rozándole las manos, confundiendo esas entregas con saludos o despedidas. Nadie decía mucho ni se hablaba de números, pero uno, un pendejo chico, presenciaba esa transacción sin entender mucho de lo que se trataba. Pese a mi niñez, en variadas oportunidades creo que logré olfatear entre ellos una antigua gloria y un linaje de capa caída, de familias grandes y mucha historia, pero con apellidos que ya se hacían inútiles, que ya no habrían ninguna puerta. Muy cerca de la entrada, pasando por una tragaluz alto y estrecho, había un piano destartalado que alguna vez le vi tocar a mi abuela como recordando sus mejores tiempos, o a lo mejor rememorando bailes de salón, como de aceptación hacia esa sociedad santiaguina de antes. Estaba claro que no tenían mucho dinero y que esos tiempos mejores ya se habían pasado, pero ella no perdía oportunidades para contarnos historias y chismes de gente con apellido a los cuales ella les  “conocía la historia”. En esos años mis padres eran furibundos partidarios de Eduardo Frei Montalva, pero entones mi abuelita Oriana, como ordenando las cosas para ponerlas en su lugar y darles su perspectiva, les recordaba a viva voz y levantando la vista de su tejido a palillos, el día que había visto al padre de Eduardo Frei Montalva, sí el mismísimo padre del Presidente de la República, vendiendo peinetas; sí señor, peinetitas de plástico y en la calle, como recordándonos a todo volumen que ahora el hijo se las podía dar de Presidente de la República o lo que quisiera, pero a ella no le contaban historias, no la engañaban, no le contaban cuentos, lo había visto vendiendo peinetitas de plástico en el mercado. Y creo que tiene que haber sido cierto porque mis padres no se lo discutían y se quedaban callados.

 

Afuera, en abril y en el año 2016, ya nuevamente empieza la primavera en Michigan…. pero tenemos nieve. Enciendo la tele y entre los candidatos a la presidencia del partido Republicano el tema del cambio climático simplemente se ignora. Es un verdadero desastre y Trump, el candidato que ahora lidera el grupo, trata en lo posible de discutir asuntos personales y mundanos basado en slogans, en frases prefabricadas y rápidas. Es bien triste el espectáculo. En el New York Times ya le pusieron un nombre: el candidato zombie, es decir un candidato dañado, que ya no puede vencer pero que nadie sabe como detener. A medida que pasan las semanas, Trump se ha visto forzado a tratar temas que no conoce, que no le son familiares y por eso comete errores tremendos.

No sé, es triste, pero cada día que pasa me convence que los políticos de antes eran mejores, estaban mejor preparados. Frei Montalva, Alessandri y tantos otros. Por otro lado mi apellido aquí tampoco abre puertas, pero en mi casa al menos no tengo goteras y los pantalones no me molestan con cierres. Sé que en mi barrio, aquí en Michigan, nadie lo hace y Pilar creerá que estoy loco, pero un día de estos, muy pronto, y pese a que no tenemos vereda, sacaré una silla de madera para sentarme en el pasto, afuera de la casa, para ver pasar la gente y los autos….

Cuando El Aliento se Torna Aire

¿Y cómo es el libro?, ese que mencioné en la notita pasada, (When Breath becomes Air, o “Cuando el Aliento se Torna Aire”, de Paul Kalanithi), me pregunta por email un querido amigo, ex compañero de colegio.

En el libro, Paul nos cuenta que primero sintió dolores, y que perdía peso de manera alarmante. Paul era médico y por eso mismo sabia lo que le estaba ocurriendo, pero no se atrevían a conversarlo con su señora….. hasta que llegó ese día fatídico donde no les quedó más remedio que romper la burbuja, afrontar la situación y tocarla. Con los exámenes en su mano y sin perder la calma ya tenía la sentencia ahí enfrente: padecía de un cáncer al pulmón y le quedaba poco tiempo.

Paul y su señora estaban recién empezando a construir una vida juntos, una familia, una profesión –él como neurocirujano y ella como doctora en otra especialidad-, cuando los exámenes y los datos que tenía entre sus manos y en la pantalla del computador, le anunciaban de manera inapelable que se había quedado sin tiempo, se le acababa un proyecto de vida porque se iba a morir bien pronto, y con apenas 36 años de edad. No sabía mucho de fechas, nadie le prometía plazos ciertos, pero intuía que sería bien rápido. Al final duró como dos años, un tiempo precioso donde logró tener una hija y terminar su libro.

A Paul siempre le había gustado la literatura y por eso había obtenido un master en la Universidad de Yale. Pensó continuar con un doctorado, pero después imaginó que podría aprender más de la vida y sobre nuestra mortalidad, estudiando medicina en Stanford. Cuando se enteró de su suerte ya era un flamante neurocirujano y junto a su señora planificaban un promisorio futuro. Sin embargo, al conocer el diagnóstico médico, dejó a un lado los gruesos volúmenes técnicos relacionados con su especialidad y volvió a reencontrarse con sus novelas y cuentos de su impulso inicial. Su viuda cuenta que antes de partir por primera vez al hospital, buscó las novelas y cuentos más queridos para refugiarse entre ellos. Eso lo dice en una entrevista que le concedió al The New York Times hace pocos días. Ahí también da opiniones generales sobre la medicina y la muerte. Opina que hemos llegado a un punto donde tenemos mucha tecnología a nuestra disposición, y los impulsos nos mueven a seguir usándola, incluso cuando a veces no sea más que para generarnos sufrimientos adicionales. Dice –y me imagino que basada en su propia experiencia- que en esas enfermedades terminales pronto se llega a un punto donde la muerte no es un evento médico, pero desgraciadamente nosotros lo seguimos tratando como si así lo fuera.

Bueno, pero, ¿y cómo es el libro?, me pregunta mi querido amigo, ex compañero de colegio, Antonio. La verdad es que todavía no lo termino, Antonio, tú sabes que leo despacio, pero la primera parte, donde Paul habla de su infancia y adolescencia, despega floja y me desilusionó un poco. Por suerte lo seguí leyendo y no me arrepiento; de no haberlo hecho así, me habría perdido lo que menciona un crítico literario (reseñado por su viuda)… me habría impedido conocer esas páginas “salpicadas de vida” y tanta valentía. Y lo curioso es que pese a que Paul se estaba muriendo, pese a que su señora le conseguía guantes especiales para protegerlo del dolor en sus manos y pudiera seguir escribiendo (la piel la tenía destruida por los tratamientos), en el libro se respira vida, mucha vida, coraje, y más que nada una tremenda valentía y honestidad. Ella recuerda que fue increíble ver como su marido, pese a que se le iba y moría, y que apenas lograba arrastrarse frente a su computador encendido, consiguió mostrarnos tanta vida, ese “salpicón de vida” entre las páginas del libro.

Hace pocos días leí otra entrevista que nuevamente le hicieron a su viuda porque el libro, en pocas horas, se ha transformado en un superventas; número uno en el listado del The New York Times. Ahí entendí por que la primera sección del libro, donde menciona sus años de infancia, ahí flaquea un poco. Ella nos cuenta que esa sección, Paul la escribió al final, cuando ya tenía casi todo el texto del libro terminado…. y cuando la metástasis le invadía el cerebro y le impedía concentrarse. Pero de este lado y desde Michigan, me aventuro a pensar que al escribir esa primera sección, Paul se acordó de su hija, esa que no podría ver crecer y tocar, y se decidió a narrarle a ella sus primeros años, hablarle sobre sus padres y compañeros de colegio…. a pesar de la metástasis, la fatiga y el desamparo. Pero como nos dice su viuda y hablando de su experiencia…… “la vida no consiste en evitar el sufrimiento, se trata más bien de crear un significado.” Y creo que Paul definitivamente lo hizo. Una vez enfermo, decidieron tener una hija y lo hicieron, y él, heroicamente, le dejó ese texto escrito con tanta vida y anécdotas. Quizás ahora me ocurra, después de conocer la verdadera historia de cómo escribió la primera sección del relato, que al releerla de nuevo le encuentre otro ángulo…. y la redescubra como la mejor sección de su libro (¡). Se las mandó el Paul, realmente.

Afuera es invierno, en Michigan hace frío. Una ardilla come frente a nuestra ventana mientras salen los primeros rayitos del sol del invierno. Toco su libro, veo su foto en la contratapa…… y realmente no entiendo cómo, cómo a veces surgen esos seres tan capaces, valientes y honestos. Refrescante, realmente refrescante.

¿Cómo leerá el libro, su hija?

Mi Disculpa

Estuvo bueno el libro de Mary Karr (The Art of Memoir). Termina mencionando la biografía de G. H. Hardy, un matemático inglés, de Cambridge, que de manera muy honesta escribió sobre “su arte”, su profesión, su matemática, publicando un libro en el año cuarenta, titulado “La Disculpa de un Matemático”. El gran problema se le presentó cuando a los 60 años notó que lo mejor de si mismo, en el campo de la matemática, ya se le había terminado. Desolado comprobó que pese a ser un matemático reconocido, de los mejores en su tiempo, no logró encumbrarse y sentarse a la mesa con los gigantes… y fue entonces cuando trató de suicidarse, de terminarlo todo ahí mismo. Por suerte no tuvo éxito, sobrevivió, y un amigo suyo, C. P. Snow, (un profe bien conocido, de Cambridge, y que escribió un libro importante, “Las dos Culturas”, que trata sobre el aparente choque entre el campo humanístico y el científico) lo fue a ver al hospital, lo reconfortó y lo animó a que escribiera una pequeña memoria para explicarse. Eso fue lo que hizo, y como dice Karr, lo que resultó es una verdadera joyita, un tesoro de honestidad al contar su realidad (¿la realidad de un artista?) sin censura y sin egos.
A los 60 años la suerte de un matemático ya está dada, nos dice, Hardy, y el juego ya se ha terminado. Menciona que Newton descubrió la ley de la gravedad cuando tenía 24 años, Ramanujan cuando tenía 33. Y que el mismo Newton reconoció que a los 40, sus años creativos ya estaban terminados. Después de eso Newton simplemente pulió sus ideas, y a los 50 ya había abandonado la matemática por completo. En Wikipedia leo que uno de los hechos importantes en la vida de Hardy fue el descubrimiento de un indio, Ramanujan, un gran matemático autodidacta que logró importantes avances en la matemática moderna. Me imagino que Hardy siempre se comparó con él, un pobre tipo casi sin educación formal que desde una abandonada aldea en India lo aventajaba en el área de la matemática. Hardy fue el que lo invitó a Cambridge para que trabajaran juntos… me imagino que lo único que hizo Hardy fue mirarlo….
Karr nos cuenta que pese a que Hardy no se pudo sentar a la mesa de los gigantes, junto a Newton, Rieman, Ramanujan –a eso aspiró cuando joven- al menos perteneció a esa raza de grandes, de hombres y mujeres, que en el fondo fueron del mismo tipo, de la misma especie. Hardy no logró ese éxito medido a la manera nuestra, pero estuvo en la misma arena de Newton y Ramanujan, su esfuerzo fue similar, y solo se diferenciaron en grados menores.
Karr nos cuenta que cuando sus estudiantes se gradúan, ella les regala unos párrafos escogidos del libro de Hardy, y sobre todo a esos estudiantes que están embarcados en un gran sueño y ambición. Ella cuenta que les menciona a Hardy porque el solo hecho de intentar algo así de grande, y tremendamente ambicioso, ya los pone en buena compañía, junto a la mejor tradición del espíritu humano, independiente del éxito que pudieran alcanzar en el mercado.
En esos años, cuando ya terminaba mis secundarias, simplemente no sabía cual era mi fuerte. Mas bien conocía y detectaba mis debilidades… donde realmente no era bueno para nada. A mi padre le hubiese gustado que estudiara medicina, por ejemplo, pero yo me disculpaba diciendo que le tenía miedo a la sangre, sin reconocer jamás que la explicación era mucho mas sencilla y práctica: con mis notas y rendimiento el puntaje no me alcanzaba ni para portero en una clínica de pueblo chico. Pero al final estudié química, y en el fondo la estudié no porque fuera bueno para la química, la verdad es que podría haber estudiado cualquier cosa, cualquier carrera que no necesitara puntajes demasiados altos. Lo raro es que pese a todo eso, pese a toda esa sequedad y miseria tuve ambición, y al principio fue solo de la buena, no ese tipo de ambición mal entendida donde uno se ubica como jefe o millonario. Fue una ambición ingenua (?) y que iba a galope con mi edad, era un tratar de poder cambiar las cosas y contribuir hacia un mundo mas igualitario, mejor. Con el tiempo, y cuando me vine a USA y me empezó a ir bien –aprobaba mis cursos- empecé a despertar, y la ambición se concentró más en mi carrera, en mi profesión, y mi apetito fuerte se concentró en curiosidad intelectual, en encontrar, descubrir como funcionaban ciertos mecanismos químicos, y todo eso mezclado con lograr cierto reconocimiento profesional, cierto “status” que también se tradujera con lograr algo de poder de decisión y claro, dinero, reconocimiento, fama…. que por lo demás también estuvo presente en Hardy. Como nos dice Hardy en su pequeño libro, el que no reconoce eso no está contando la verdad. Y ese es uno de los motivos por lo que aprecio su libro, un texto que a lo mejor podría haber escrito con una prosa mas entretenida, pero al menos el tipo no mintió y uno como lector se lo agradece; recuperándose de su suicidio fue honesto y derecho, y ese es el gran valor del libro.
En algún momento de mi carrera –¡y aquí intento mi disculpa!- en mis inicios, tuve la osadía, imaginé que a lo mejor podía llegar a ser un gran científico, un miembro de alguna facultad importante descubriendo cosas nuevas. Pero esa idea realmente no prosperó, y creo que no ocurrió así porque tempranamente y con objetividad veía lo difícil que eso podía llegar a ser; y además notaba que me faltaba algo. A veces, cuando un profe quedaba contento con algún resultado que obtenía en el laboratorio -por ahí me salieron unos pedos meritorios, bastante olorosos, pero nunca el tope máximo- o cuando en la industria hacía avances que alguien consideraba dignos, loables, como que los miraba con incredulidad y decía, de qué cresta están hablando.
Y aquí recuerdo a mi tía Oriana que en cada uno de mis viajes a Chile, cuando iba de visita por unas pocas semanas, me obligaba a pensar en la fama y el reconocimiento cuando incrédula me preguntaba sin entender bien, en qué consistía ser doctor en química: ¿Qué es eso, Cristián? Y ahí le trataba de explicar algo, como disculpándome, y entonces ella intentaba otra pregunta: “Pero, y entonces, Cristián, ¿cuando vas a ser un médico de verdad?” Y ahora que lo escribo, ahora que recuerdo sus interrogantes, tengo que reconocer que me gustaba que lo hiciera, porque me recordaba que el status todavía no llegaba, y me empujaba a verme nuevamente en la sala de clases del colegio, en mis secundarias, cuando todo me sobrepasaba y los edificios, los profes, incluso mis compañeros de curso me quedaban grandes. Pero algo bueno –creo- me ha sucedido con los años, y es que siento que nunca me ha abandonado la curiosidad, siempre me acompaña una maquinita incomoda que me muestra y me recuerda y me empuja hacia todo eso que no entiendo y que a lo mejor puedo aprender mejor. Creo que de eso se trata.
Durante mis 60 años tuve sueños grandes donde traté de entender muchas cosas… aunque no llegara ni siquiera a las patas de esa mesa donde estaba Newton (!). Sin embargo, espero, imagino, que la Karr me habría regalado uno de sus párrafos cuando terminaba un curso de química. Creo que me dice -y la escucho hablar- que al menos lo intenté.

Momento 22

Pasa el tiempo y las situaciones que uno ha vivido y que en otro tiempo parecían insignificantes, se agrandan y cobran otra intensidad y nuevos colores. Es ahí cuando uno repasa esos momentos, como fotos o fragmentos del pasado, tratando de encontrar nuevas interpretaciones, pero no resulta. No resulta porque el tiempo es otro y los lugares y los afanes de la gente son distintos; a veces solo florece un amago de relato y los deseos grandes de estar mejor preparados para cuando otros momentos parecidos nos vuelvan a sacudir; es importante estar alertas, atentos. para atraparlos bien en un rincón de la memoria. Esos son los momentos especiales que se pueden catalogar como los momentos 22, donde la suma ya no importa. Son momentos que obedecen a otras leyes, momentos para colocar uno al lado del otro.

Recuerdo que me enteré cuando caminando por la Euclid Avenue, frente a la Universidad, en Cleveland, leí sobre su muerte. Era un 23 de Enero del año 82 y hacía un frío intenso en Cleveland. Crucé la calle porque por un cambio de horario, la clase de química orgánica sería en otro edificio, detrás de la biblioteca. En ese tiempo todavía no reconocía bien las calles que pronto formaría parte de mi ciudad, mi nuevo suburbio. En el titular del New York Times, que pude leer parado en la vereda, adentro de una vitrina de metal y a través de una ventanita de vidrio, anunciaban que Eduardo Frei Montalva había fallecido el día antes. Y justamente ahora, ya transcurridos más de treinta años, todavía voy al Google para releer los distintos episodios, para tratar de entender un poco más lo sucedido en ese entonces. A uno le enseñan que 2 + 2 son 4….. pero a veces resulta un 22, y es difícil darse cuenta de ello. Los momentos de 2 + 2 son 4 son aburridos y muchas veces previsibles, por eso uno los larga y los olvida para siempre. Los momentos interesantes ocurren cuando 2 + 2 son 22, pero cuesta darse cuenta de ellos, en general se esconden y no se dejan ver, son tímidos, pero cuando uno los descubre nos dicen mucho más. Cuando uno los descubre y les saca cruelmente las caretas, ellos gruñen y se defienden pero al final algo les gusta, y fielmente rebrotan y te gritan para que los veas otra vez y a lo mejor los muestres, es ahí cuando se dejan ver; quieren desesperadamente que los vean.

Un fragmento 22 que tengo claramente instalado en la memoria ocurrió en la playa, en Punta de Tralca, en el Meeting Anual de la Sociedad de Química de Chile. Corría el año 81, en esos años terminaba mi licenciatura en química y me preparaba para continuar mis estudios fuera de Chile, en la Universidad de Case Western Reserve, en Cleveland, Ohio. Todavía no sé por qué lo hice, pero así ocurrió, me fui, terminé partiendo. A lo mejor es un tema para otra nota. Estábamos en el estacionamiento del recinto de vacaciones del Banco Central donde se efectuaban las Jornadas de Química, cuando el amigo de un amigo, Eugenio, abrió la maleta de su Fiat 125 y con orgullo mostró el botellón de Chivas Regal que le habían regalado hacía poco. Lo elevó a las alturas como si fuera un cáliz consagrado y largó una carcajada pegajosa, amistosa, invitando a compartir. El tipo era realmente simpático y bonachón, alegre. Venía llegando del puerto de San Antonio donde había almorzado con “El Mamo” en un restorán que en ese entonces era una de sus picadas favoritas: el restorán “La Margarita”, “donde La Margarita,” el predilecto del Mamo. Al menos eso lo recuerdo bien. En ese entonces no tenía la menor idea de que “El Mamo” era nada menos que el general Manuel Contreras, a cargo de los servicios de inteligencia de Pinochet. Como decía, en ese entonces 2 + 2 todavía daba 4. Tampoco sabía que ese tipo simpático y bonachón, muy hablador, era nada menos que Eugenio Berríos, y trabajaba en el Proyecto Andrea, donde sintetizaba armas químicas como el fatídico y mortífero gas sarín. Estábamos en Punta de Tralca, admirándole el botellón de whisky a Berríos. En el horizonte se veía claramente el choque del océano y el cielo, mientras las gaviotas ruidosas pasaban por sobre nuestras cabezas y esos grandes roqueríos. Al poco rato y después de sujetar ese botellón de whisky como un gran trofeo, terminamos todos en mi casa de Algarrobo probándolo con hielo mientras algunos colegas, en ese entonces profes de la universidad, conversaban sobre la boldina. Como nos explicaba Berríos –moviéndose como un director de orquesta- y sentado en la cabecera de nuestra mesa de vidrio trasparente, la boldina era el químico que él había estudiado durante su tesis de grado, era el componente principal del boldo, que tanto se disfruta como “la agüita de boldo” y que se consume en Chile después de las comidas suculentas. Él quería transformar la boldina en un negocio. Y a cada rato largaba nombres de personajes importantes que a veces nos dejaban mudos y otras veces asustados. Regularmente hablaba del “tata” (Pinochet), como si este fuera su compadre o su papá. Y nos miraba para medir el efecto que habían tenido sus palabras. Hablaba mucho y le gustaba impresionar, farsanteaba hablando de sus contactos. Había bastante histrionismo en todo lo que hacía. Eugenio buscaba caer bien y que lo escucharan……. y hablaba demasiado.

Otros fragmentos 22 me ocurrieron por la noche, al morir el día, y cuando veía llegar a mi casa al doctor Alejandro Goic. Tocaba el timbre de la puerta de afuera y entraba con cara de circunstancia, como un escolar cualquiera, para hablar con mi padre, también médico. La verdad es que esas consultas eran habituales. Era común que algún accidentado llamara tarde por la noche buscando socorro y atención médica. Y uno escuchaba calladito las preguntas y respuestas. ¿Perdió el conocimiento? ¿Vomitó? Mándenlo de inmediato al Instituto. Y al poco rato era el turno de la llamada de mi padre al Instituto dando cuenta de la situación. Déme con el médico de turno, empezaba…… y pobre si la telefonista que salía era muy lenta y despistada porque entonces quedaba la cagada. Pero en el living de nuestra casa hablaban con el rostro preocupado sobre como iba evolucionando la salud de Eduardo Frei Montalva, recientemente operado en la Clínica Santa María de una hernia que había inexplicablemente desembocado en una infección tremenda. Los médicos ya no sabían qué hacer. Mi padre no estaba en el equipo médico que lo atendía, pero Goic le consultaba; se conocían, eran amigos. Recuerdo que en un momento cifraron las esperanzas en un nuevo antibiótico que les mandarían desde los Estados Unidos. Sentados en el sofá del living de mi casa conversaban y discutían las evidencias médicas un poco incrédulos, y también asustados, como explorando un terreno que les era completamente ajeno.

La noche empezaba con la llamada telefónica de Goic, y luego su llegada presurosa, preocupante. No probaban nada, no comían nada, simplemente conversaban callados, y uno apenas los podía oír. Mi gato me esperaba a los pies de la escalera

Y claro, vuelvo al Google y en Wilkipedia leo los detalles de cómo terminó Berríos. En esos años, los 90, la justicia lo buscaba para que fuera a declarar por el asesinato de Orlando Letelier, en Washington. Todavía no lo buscaban por la muerte de Frei Montalva, su nombre en ese caso solo lo mencionarían años después, cuando ya lo habían muerto. En los 90 los servicios de inteligencia se lo llevaron escondido al Uruguay bajo la “protección” de la inteligencia de ese país y Chile. Leo en la Internet lo publicado en el diario La Nación del 1 de Noviembre del año 2009, cuando se investigó su muerte:

“Los últimos días de noviembre de 1992, arrodillado y atado por los brazos, al químico lo obligaron a bajar la cabeza. Arturo Silva le dio el primer tiro. El otro lo disparó uno de los tres militares uruguayos bajo arraigo en Chile. Fue un pacto de honor y silencio. Una bala por cada país”

Varios años después, en abril del año 95, finalmente encontraron las osamentas de Berríos enterradas en la arena, en la playa de El Pinar, cerca de Montevideo……..Berríos no solo trabajó con fuego, pero hablaba demasiado y conocía mucho.

Con los años me sigo topando con amigos de Chile, con profes de la universidad ya retirados. Incluso una vez me topé con uno en un aeropuerto, en Washington. No había terminado de saludarme, de preguntarme cómo estaba, cuando de improviso, casi agarrándome del cuello, lo primero que me preguntó era si acaso me acordaba:

-¿De qué? –le pregunté de vuelta, preocupado.

-¡De Berríos! –contestó. Y casi me lo suplicó- ¿te acuerdas cuando estuvimos con Berríos, te acuerdas cuando estuvimos con Berríos en tu casa de Algarrobo?

Dudé un minuto mientras sus ojos parecían escarbar en su memoria pidiendo ayuda. Hasta que le dije sí, que me acordaba. Y decididamente noté que me creía y se calmaba, había sido cierto, no cabían dudas, no estaba imaginándose eventos misteriosos. Me di cuenta que ese incidente, ese whisky en mi casa de Algarrobo, también había sido un momento 22 para Fernando. Llegué a sentir los roqueríos y las gaviotas, y la playa de Punta de Tralca.

¿Y cual es el tuyo? ¿Cual es tu momento 22?

Aurora Bernárdez y el gran Julio

Noviembre 8 14

 La tumba de Julio Cortázar en el cementerio de Montparnasse, en París
Que pena que muriera, a los 94 años, la primera esposa de Julio Cortázar, Aurora Bernárdez, que se hizo también su propio y prestigioso nicho profesional no como la primera mujer de Cortázar sino que como una gran traductora. No sé cómo lo hizo el tal Julio para que su primera mujer lo quisiera tanto, porque después de Aurora, tuvo a otra mujer y después a Carol Dunlop, una escritora que falleció el año 82, muy joven y poco antes que él. Cuentan que cuando murió Carol –parece que de SIDA, el mismo que poco después mató a Cortázar- Aurora lo cuidó y lo acompañó en su lecho de muerte. Recuerdo que le escuché eso del SIDA a la señora de José Donoso, Pilar Donoso, en el jardín de su casa, en Santiago de Chile por ahí por el año 92. Según ella, Cortázar se habría contagiado en uno de sus tantos viajes a Nicaragua. Pero leyendo las cartas póstumas de Cortázar que se han publicado después (gracias a los esfuerzos de Aurora), no creo que eso haya ocurrido así. Lo más probable –y aquí estoy elucubrando- es que Cortázar se contagió de SIDA después de las enormes transfusiones de sangre que le hicieron por una hemorragia debido a una úlcera que sufrió en Francia (eso es lo que dice también la escritora Uruguaya, Cristina Pier Rossi). Como cuenta él en sus cartas, las úlceras le florecieron por su gran afición a las aspirinas que a veces consumía en abundancia. Ese día –el de la hemorragia- fue Carol quien lo encontró tumbado y casi agónico en el suelo de la cocina, en su casa de veraneo en el sur de Francia. Al final los dos se enfermaron –y aquí sigo elucubrando- es decir él la contagió, aunque fue ella la que murió primero, como un año antes que él. Antes de fallecer, los dos ya enfermos y sufriendo de fatigas persistentes (eso se nota claramente en sus cartas) escribieron un libro juntos, “Los Cosmonautas de la Cosmopista”, que él se encargaría de terminar poco después de que ella muriera.
Cuando fuimos a París hace ya varios años recuerdo que recorrimos el cementerio donde están los dos enterrados, uno al lado del otro. Encima, sobre la losa de piedra, descubrimos con sorpresa que mucha gente le deja poemas y notas como recuerdo o un pequeño homenaje. Nos quedamos un rato intruseándolos y leyéndolos antes de seguir con la caminata reconociendo a otros ilustres personajes. Camila y Sofía no podían creer que estuviéramos recorriendo un cementerio en el mismísimo París; pero no éramos los únicos, son muchos los visitantes que lo van a saludar aunque ya esté muerto.
La compañía de Aurora parece una linda historia de amor, mezclada con malos entendidos y desencuentros –se separaron-, pero finalmente y de todas maneras, una historia donde parece que ese amor original los encuentra y los une hasta el fin. Después, con el transcurso del tiempo, fue ella, como heredera única de la obra de Cortázar, la que siguió publicándole papelitos, postales, relatos, encontrados debajo de una cama, en un escritorio, y recientemente el último libro que me traje de Chile, y que viene con recortes de diarios, fotos, etc., “Cortázar de la A a la Z”. Es como un libro almanaque que se puede abrir en cualquier página para leer un rato.
Y aquí termino esta nota dominguera, en la librería Barnes & Noble, no muy lejos de la casa y con una nueva cosecha. Un libro de un inmigrante ruso (Dmitry Samarov, A Hack Memoir), un taxista, que acaba de publicar una memoria sobre su trabajo de taxista que comenzó cuando tenía 23 años en Boston y que termina cuando ya tiene 41, y trabajando en Chicago. El libro tiene incluso los propios dibujos del autor creados en sus distintas esperas en aeropuertos, estaciones de trenes, hoteles. Cuenta anécdotas sobre los distintos pasajeros que le han tocado. Me imagino que será interesante porque me parece que el tipo escribió el libro de puras ganas, de sus grandes deseos de contarse, de explicarse a si mismo, y a lo mejor, gracias a eso, gracias a la palabra escrita, levantarse por sobre ese mundillo de viajeros y trabajo extenuante para darle otro sentido a su propia vida…… ¡A lo mejor a Cortázar le habría gustado!
Noviembre 8 14

Detroit: La Aventura de un Jurado

Habían más de cien personas reunidas en una sala con sillas metálicas pero acolchonadas, buenas para resistir un día completo de espera. Nos habían citado como potenciales jurados a la Corte de Justicia de Detroit, en el centro mismo de la ciudad. Antes ya nos habían obligado a vaciar nuestras carteras y forzados a pasar por un detector de metales. Un cartel adosado a un muro anunciaba que no se puede entrar con celulares o aparatos electrónicos. Una vez adentro, vemos gentes de todos los colores y razas dispuestos a leer y a conversar de su familia y amigos mientras esperábamos; estamos resignados a pasar un día entero trabajando en este servicio público al que hemos sido convocados por correo. Algunos esperan felices a que los elijan finalmente como jurado. Otros, lo único que desean es que los dispensen pronto para poder partir al trabajo o a sus casas. Después de pasar por la seguridad y presentar los papeles, nos pegan una estampa roja en el pecho que lee claramente: “Jurado”. Pronto nos indican donde están ubicados los baños y una sala pequeña donde podemos comprar algo para comer, tomar café y aminorar la espera. A la media hora llegan instrucciones para los que tiene sus autos mal estacionados, o en parquímetros con monedas, para que los muevan a un estacionamiento más seguro y pagado; anuncian que el proceso al que hemos sido convocados puede tomar el día entero. El ticket que les dará la policía, nos amenazan, es imperdonable y les costará como 45 dólares, y hasta les pueden extirpar el auto con una grúa rápida y mortifera.
Como no se aceptan celulares, estoy sin email y casi desconectado del mundo. Solo me acompaño de dos libros y unas pocas páginas en blanco donde escribo esta breve nota como entretención. Sobre todo me interesa leer un libro de Eduardo Halfón, que me compré hace poco.
Ya han comenzado a llamar a los potenciales jurados, en grupos de a veinte, para distribuirlos en los distintos casos que están agendados para el día de hoy. Los grupos son grandes ya que muchos son descartados y los mandan de regreso a casa. Finalmente escuché mi nombre que pronunciaron bastante bien pese a las ruidosas “eres” que tiene el apellido Fierro. Subimos al octavo piso, donde está la sala 803 donde nos han citado. Antes de subir reconocí a un amigo, Richard, que vive cerca nuestro y a quien también habían llamado para que se presentara. No es la primera vez, me dice, años atrás participó como jurado en un juicio relacionado con un asesinato. No le alcancé a preguntar cual había sido el veredicto porque ya nos llamaban, pero alcanzamos a intercambiar algunas palabras sobre sus casas. Richard vive comprándose casas y cambiándose a otras casas nuevas. A veces hasta se le incendian, pero la arregla y se muda a otra como cualquier conejo acostumbrado a esa vida de conejo. Me dijo que ahora tenía pensado construirse una casa en Sheldon Rd, que está cerca de donde vivimos nosotros. Me cuenta que ya se mudó de la última casa que le habíamos conocido. Siempre cuando habla de casas y más casas lo escucho con horror y espanto. Nosotros tenemos tanto cachureo maldito en nuestra casa, que sería un verdadero castigo mudarnos; aunque pronto, muy pronto lo tendremos que hacer porque ya sin hijas y ellas esparcidas en distintas direcciones, nos queda demasiado grande.
Nos despedimos y cruzo los dedos para que el mío sea un caso simple, algo donde con solo llegar a la sala el conflicto ya se haya resuelto. Llegamos al octavo piso y comienza la otra espera. Nos anuncian que el Juez se llama Craig Smith. Se escucha el abrir y cerrar de puertas. Vemos pasar abogados serios, cargados de pesados maletines negros. A veces notamos a un policía y más papeles que entran y salen. Ya son como las 10 de la mañana y todavía esperamos a que nos inviten a pasar. Vemos entrar policías y más abogados y aumenta el movimiento y el ajetreo. Ellos si pueden usar celulares. A lo mejor están negociando, no lo sé, pero se demoran. Para matar el tiempo sigo leyendo a Eduardo Halfón, un escritor joven y guatemalteco. Me gusta como mezcla su propia vida con la ficción, es algo entre memoria y novela, un hibrido bien interesante. Me atrae su lenguaje poco rebuscado y sencillo. Si este es un crimen, me pregunto –no la novela, sino el juicio- creo que se resolverá bien pronto. Entra más gente a la sala, a lo mejor son los tipos enfrascados en la disputa; imposible saber nada.
Son las 10:10 de la mañana y todavía ocurre poco, pero los potenciales jurados al menos ya esperamos a la entrada de la sala donde se llevará a cabo el juicio. Son muchos los que ya conversan en voz alta, salpicando de ruidos y carcajadas nuestra espera. Una señora no deja de celebrar una broma que una amiga reciente le cuenta, y saca un pañuelo para secarse las lágrimas que le brotan del gozo, de la carcajada estridente, pero igual nadie nos llama. Se sigue riendo porque parece que se vuelven a recontar la misma historia pero de otra manera, con una pequeña variación que nuevamente las hace estallar, y las obliga a sacarse los anteojos y pañuelos para secarse los ojos. Luego, como en el mar, después de varios minutos llega otro silencio que se interrumpe brevemente por el recuerdo del chiste y las risas que florecen como gorgoritos, como una ola a la orilla de ese mar. Que envidia más grande, que ganas de volver a reírme de esa manera, sacándome unos anteojos que no tengo, para entonces secarme las lágrimas (lágrimas que a lo mejor tengo). No se sientan y permanecen paradas a la entrada de la sala. Ahora se ríen de una señora que entró enojada por algo. Ya no es un chiste o una broma, es una señora de chomba rozada que entra como un trompo, casi de portazo, a la sala vecina. Escucho que mi vecina ya había sido jurado antes, y le dice a otra vecina que ella siempre aconseja a sus nietos que “cuesta un segundo meterse en problemas y después una vida entera para salir de ellos”. Las tres vecinas apoyadas en la puerta todavía se ríen y no escuchan nada.
Finalmente nos llaman y entramos a la sala 803. A la izquierda vemos a un tipo de raza negra con facha de verdulero sentado junto a su abogado, un joven de anteojos de marcos negros, que pronto ejercerá de fiscal acusador. Todavía no nos cuentan los detalles, pero el juez lee los cargos donde se menciona que hubo uso de armas de fuego en contra del policía de raza negra –que tenemos enfrente, ese con facha de verdulero- y con intento de asesinato. En esta Corte las apariencias cobran toda su importancia. El policía tiene que presentarse como un tipo bonachón, mientras el acusado tiene que presentarse como un niño que recién viene saliendo de una clase de música o de un coro. Al otro lado, a la derecha, vemos a la defensa, al que están acusando, un adolescente flaco, de raza blanca, rubio, bien asustado, vestido de corbata y camisa clara. Y es cierto, parece un recién salido de una clase de piano. Su abogado lo acompaña, es un tipo ya mas viejo y sazonado. Más atrás vemos a los padres del acusado que no necesitan aparentar nada, se notan desvastados, tristes y mal vestidos, y desparramados sobre la banqueta de madera dura, perdidos entre toda esta ceremonia nueva que a lo mejor recién comienzan a conocer.
Lo primero que hay que entender en un juicio como este, es la importancia que tiene la composición del jurado. Las dos partes involucradas desean vender la propia versión de los hechos, sea la defensa o la parte acusadora, de manera que lo ideal es tener a un grupo, a un jurado, compuesto de personas fáciles de influenciar, un grupo emocionalmente maleable y proclive a tragarse con facilidad las primeras impresiones, los gestos, las “dudas” y la actuación de los distintos personajes en escena. A los abogados les interesa tener las manos libres para presentar e incluso actuar su propio caso. Por eso el juez comienza a hacer las primeras consultas para que las respectivas partes –los dos abogados, el acusador y la defensa- comiencen a hacerse una idea de “quien es quien” en ese potencial jurado que todavía no ha sido escogido al azar. Más adelante, pero antes de empezar el juicio, los abogados podrán sin problema y sin darle explicación a nadie, pedirle al juez que reemplace a cualquiera de nosotros por otro miembro del grupo que todavía está en la sala y que no ha sido escogido. Incluso después de seleccionar a las doce personas, el juez le seguirá dando oportunidad a los miembros de ese jurado a que hablen y se expresen libremente. Al grupo de más de veinte personas, el juez nos interroga y nos invita a expresarnos al preguntar si tenemos algún problema para actuar como jurado. Pero antes nos hace jurar que diremos la verdad y nada más que la verdad. Es ahí cuando uno se levanta con cara de despistado y le dice al juez que él tiene problemas graves, no entiende el inglés y apenas lo habla. El juez no le hace ningún test, simplemente le dice que se retire, que está bien, que se vaya. Una señora sentada detrás mío, dice que no puede ser jurado porque el próximo jueves tiene hora al médico por un hijo diagnosticado con cáncer. El juez casi se molesta, y no la invita a salir y le pide que se siente. Otra señora le dice que apenas escucha, que no puede oír. El juez le hace una pregunta y ella le contesta, ¿qué?…. no le escucho señor juez, que no escucha nada, le dice. El juez le pide que se retire, está dispensada, que se vaya. Otra se levanta y le dice que es maníaca depresiva, y que todavía no le han podido recetar los medicamentos, que no sabe qué tomar. El juez la invita a salir. Otra señora le dice que no puede faltar al trabajo. Esta vez el juez se molesta y le dice que este es un servicio público, cuantos de ustedes han sido llamados a hacer el servicio militar, nos pregunta. Y varios levantan la mano. El juez le dice que tome asiento.
Finalmente, después de todos estos preeliminares, el juez nos explican como funciona el sistema. En este país la parte acusadora, o el fiscal acusador, es el que tiene el trabajo difícil, es el que tienen que probarle al jurado su caso y más allá de toda “duda razonable” de que el acusado es realmente culpable. En otros países ocurre todo lo contrario, donde es el acusado el que tiene todo el peso de las pruebas y necesita demostrar que es inocente. Aquí, si el fiscal acusador acusa de A, B o C, el jurado lo tiene que encontrar culpable -al acusado- “más allá de toda dura razonable”, culpable de A, B y C. Si prueba solo A y B y falla en probar C, el tipo es inocente, así de simple. Se necesita unanimidad. ¿Entienden las reglas?, nos pregunta el juez. Uno de los posibles jurados arruga el rostro y no se muestra convencido. Fue ahí cuando el juez nos repite que no nos está preguntando si las reglas nos gustaban, simplemente les pregunto, nos dijo, si las entienden y si están dispuestos a respetarlas y a seguirlas. Así es, le respondemos todos. Y el tipo que antes arrugaba el rostro se quedó serio y asintió. Todos estos preliminares son importantes para que el jurado entienda como se administra la justicia, y para que los respectivos abogados puedan descartar a algunos jurados que pueden ser percibidos como poco favorables a su causa.
De nuestro grupo finalmente eligen a las doce personas que conforman el jurado. Entre ellos me tocó a mí, junto a la vecina que antes celebraba chistes, pero que ya no se reía. Los que no fueron escogidos son invitados a quedarse porque todavía el proceso de selección no ha terminado. El juez los pueden llamar si uno de nosotros es retirado a petición de uno de los abogados. Uno por uno nos presentamos y damos a conocer nuestra profesión y en que trabaja nuestra esposa o esposo (solo si están casados o casadas). A Pilar, semanas antes, un fiscal acusador la descartó sin explicaciones. Ella poco antes se había presentado como PhD en química, algo poco común, y al poco rato y sin explicaciones fue dispensada por el fiscal acusador. Probablemente este la percibió como peligrosa, potencialmente dura y difícil de convencer. Por eso intuí que los abogados prefieren a los jurados más “normales”, gente con menos educación que es percibida como maleable, más fácil de moldear hacia una u otra dirección. Por eso, cuando el juez me preguntó sobre mi profesión, no mentí, y le confesé que era científico, y que mi señora también era científica. Noté que pese a todos mis cuidados, mi respuesta despertó luces de alarma en el abogado acusador que tomaba notas febrilmente y se ajustaba los lentes. A lo mejor como “científico”, también fui percibido como una persona demasiado critica frente a las evidencias que él iba a presentar, levantando así la barra de lo qué se considera “duda razonable”. Como le respondí de manera demasiado general al juez -no le quise “confesar” mi doctorado en química-, me preguntó en qué área de la ciencia trabajaba. La química, le contesté, soy químico. Estoy seguro que eso tampoco aterrizó bien en el fiscal acusador porque seguía tomando notas febrilmente. Para ubicarse mejor, el juez entonces nos pregunta si alguien ha sido acusado o condenado de algún crimen. Una señora joven, afroamericana como de treinta años sentada a mi lado, levanta la mano y cuenta que no la han condenado de ningún crimen, pero que la acaban de violar. La acaban de violar hace pocas semanas, le cuenta al juez, y le dice que piensa ir a terapia. El juez le pregunta si eso que ha sufrido, esa violación, la imposibilita o la hace tener sentimientos negativos contra La Corte, o contra el policía (que todavía parece un tranquilo verdulero), y ella le dice que no, que será perfectamente imparcial. El juez entonces le dice que se quede. Otro jurado, el número 9, le dice al juez que él había sido condenado por un asalto a mano armada, y que ya había cumplido su condena. Nuevamente el juez le consulta sobre su imparcialidad. Que sí le responde el tipo, que será imparcial.
Y ahora le llega el turno a los abogados. El fiscal acusador nos presenta un caso hipotético para asegurarse de que entendemos bien el concepto de “duda razonable”. Imagínense, nos dice, que ustedes están en un estacionamiento y ven a dos niños que corren con los brazos abiertos, estirados y sonrientes, para chocar de frente, uno contra el otro. ¿Hubo mala intención en eso?, nos pregunta. No, le dice un jurado, todo indica, que iban felices a encontrarse. Es casi seguro, “más allá de toda duda razonable”, de que no hubo mala intención. Y si ahora, pregunta el abogado, ya no van riéndose al encuentro, y sobre todo uno de ellos muestra claramente una mueca de rabia en el rostro, ¿hay mala intención en ese individuo? Probablemente sí, le contesta otro. “Más allá de toda duda razonable”, uno de esos individuos tenía malas intenciones, repitió. Y fue aquí, para tentar suerte y confirmar mis sospechas, fue ahí cuando largué una pregunta que el fiscal no me contestó. Y en el primer caso, le pregunté, ¿cuan seguro, está usted, de que se están riendo? El fiscal me miró con una sonrisa y no me dijo nada. Estaba claro que me había registrado como jurado problemático, uno que constantemente le buscará “las cinco patas al gato” haciendo su trabajo más difícil. Si mi teoría sobre un jurado emocional y dócil, tiene fundamento, mi suerte estaba echada, el requeriría mi reemplazo.
Después le tocó el turno al abogado defensor. Él se esforzó por hacernos entender que todo el peso de la prueba caía en la parte acusadora. Espero que ustedes lo entiendan, nos dijo, pero nosotros, como defensa, podemos perfectamente no hacer nada, ni siquiera defendernos, para dejarle todo el peso de la prueba a la parte acusadora. ¿Entienden eso y lo aceptan?, nos preguntó. Otro jurado, un hombre ya retirado, le dijo que no le gustaba la idea, pero que bueno, la aceptaba. Y el abogado entonces insistió preguntando si castigarían a su cliente si él decide incluso no declarar, no decir una palabra. Otro jurado contestó diciendo que eso sí le molestaba. Entiendo que eso le puede molestar, le dijo entonces el abogado, pero le pregunto si usted acepta esa regla y por lo tanto no considerará esa inacción nuestra como un motivo válido que pueda influenciar su decisión sobre mi cliente. Y a regañadientes el jurado lo aceptó.
Al final, sorpresivamente, cuando ya creíamos que estábamos preparados para conocer los detalles del juicio y ponernos a trabajar, el abogado acusador me descartó sin explicaciones y terminantemente. Pidió que me retirara junto al jurado 9, que había sido condenado en un juicio previo. Al escuchar mi número -jurado número 8-, me levanté sorprendido de mi asiento, aunque no me debería haber sorprendido, -eso confirmaba lo que veníamos diciendo- y miro al juez, al acusado, y salgo de la sala torpemente mientras el fiscal acusador escribe una nota rápida sentado en su escritorio. Me siento desolado, sorprendido, triste, sin embargo, ¿no era justamente esto lo que realmente buscaba? Nos subimos con el 9 al ascensor. No le pregunto nada del robo, nada de su vida o de su juicio; pero pese a que no intercambiamos una sola palabra, ni un solo saludo, me empecé a sentir acompañado por el 9, silenciosamente acompañado a medida que el ascensor descendía hacia la calle. Salimos afuera y tampoco nos despedimos, simplemente nos volvimos a mirar, levantamos los hombros y salimos hacia la ventisca de Detroit. Afuera, el ruido de la ciudad era grande y el sol se colaba parpadeando por entre las nubes y los edificios altos de una ciudad que sufre, que está en quiebra, pero que trata de levantarse del polvo, el desempleo y la miseria: Detroit.

Otro viaje hacia el terruño

Dos días antes de partir hacia Chile.

Aparentemente Santiago está con clima de otoño, y algo frío. En el celular cambiamos las temperaturas hacia grados Celsius para empezar a climatizarnos al nuevo ambiente y al clima de Santiago.

Desde el aeropuerto en Atlanta

Después de recorrer cada rincón de la casa logramos ubicar al Diego, nuestro gato “oso” , después de que se escondiera al notar el torbellino de actividad que despertaban nuestros preparativos de viaje; realmente no lo encontrábamos por ninguna parte. Sólo después de llamarlo varias veces salió de su escondite y lo pudimos agarrar. En el trabajo todo bien, o más o menos bien, porque a nuestro jefe le van a tirar las orejas por un problema que causó. Y hasta aquí llegamos en las explicaciones porque al final no tengo ningún deseo de perder la pega. El mundo es chico y al final todos nos terminamos conociendo “la historia”.
La Pili desenreda unas lanas mientras otro vecino habla por teléfono tratando de solucionar unos problemas con el agua y un sistema de refrigeración (?). Al frente, unos gringos debaten sobre dónde queda el Starbucks más cercano. Se ve bastante gente y por todos lados están usando celulares. Realmente le achuntó el pobre Steve Jobs. El único problema es que a veces suenan campanitas y ruidos que uno identifica como viniendo del celular acarreado en el bolsillo. La vecina le comenta a la Pili algo relacionado con la lana, y si yo pensaba ayudarla (?).

En la Gate 26 ya nos empezamos a topar con chilenos y sus conversaciones intermitentes. Algunas son sabrosas; su hija que llamaba por teléfono y siempre terminaba llorando, le escucho a una vecina. No podía ver a su pequeña hija después del divorcio, pero al final se la pudo llevar a Chile. Al frente tenemos a una guaguita que se toma feliz la papa preparada por su mamá que hizo malabares con unas botellitas de agua. Me acuerdo de cuando éramos jóvenes y viajábamos a Chile con nuestras dos hijas. Por las ventanales del aeropuerto siempre estaba mi padre haciéndonos señas. Ahora tampoco estará el papá de Pilar, el Nono. Detrás mío una señora se queja de las FP’s (?).

Desde el aeropuerto en Santiago, Chile

La llegada al aeropuerto fue lenta. Policía internacional estaba colapsado por el equipo olímpico de esquiadoras de USA que venía a entrenar por dos semanas a Chile. Portillo parece que tenía poca nieve así que partían hacia el sur. ¿Y cual es su récord de velocidad?, le preguntó la Pili a un gringo musculoso. “Noventa millas por hora”, le respondió sin inmutarse. Llevan sus propios cocineros y múltiples entrenadores. La Pili le preguntó por el vino, si podían probar vino. Y el gringo le respondió con una sonrisa: “solo pisco sower”.
La cola de recién llegados se extendía como una cuncunita por el salón de espera del aeropuerto. Afuera se veía un océano de gente repletando cada metro del espacio abierto. Y por los ventanales se veía caer una llovizna lenta, que se tomaba su propio tiempo y ritmo para darle un aspecto triste a ese día gris de fin de semana santiaguino.

Desde Santiago

En la casa de mi hermana probamos unos ricos panes con queso, jamones, y también el triste espectáculo de la vejez de mi madre. Fue criada para otro mundo -y aquí puedo parecer injusto…..¡peligro!- pero fue criada con una mochila de apellidos contundentes y nombres de fundos que en otro tiempo abría puertas y rompía cerraduras. No digo que ahora eso no ocurra, pero la vejez le ha resultado como un cambio de apellido; ya no le abre puertas y no le rompe ninguna cerradura. La vejez la ha obligado a moverse y a girar alrededor del propio ombligo, lo exterior cada vez lo percibe entre penumbras y pareciera que lentamente fuera cerrando las persianas. El mundo gira y gira en torno a ella y nada más.

El domingo por la mañana el día floreció con un gran sol que nos mostró una preciosa cordillera, la de antes, la de cuando uno era pequeño y la veía todos los días camino al colegio. Eso no se achica en los recuerdos, como ocurre con algunas calles y el propio colegio donde un día estudié. Antes de partir hacia el bus con destino a Talca, alcanzamos a ir a una cafetería ubicada detrás del colegio San Ignacio, por Bilbao. La empanada de pino y el café estaban una delicia. Cuando nos retirábamos llegaba Patricio Aylwin con su señora Leonor a la misa de las 11:30. Me hubiese gustado saludarla, pero la vi tan complicada, achacosa bajándose del auto, que me la imaginé volando también alrededor del propio ombligo. Quizás entre la penumbra de la memoria se acuerde algo de nosotros, cuando los veíamos antes de que ella fuera Primera Dama y su marido Presidente, durante los fines de semana de Algarrobo junto a un pisco sower y la conversa tranquila de la playa. No sé, me falta tiempo como para tener una opinión más específica sobre él, sobre lo que hizo ……… o lo que dejó de hacer, que a lo mejor es mucho peor…
14 de Septiembre 2014

Todos seremos personajes

Julio 20 14

Era el primer San Juan que le celebrábamos a mi padre después del golpe militar ocurrido el 11 de Septiembre del 73, en Chile. En mi casa se celebraban pocas fiestas y con la parentela pasábamos peleados; siempre había algo malo que decir sobre ellos, abusos ancestrales, odios antiguos, aprovechamientos que periódicamente florecían en un ambiente rarificado. Con el tío Pepe, por ponerle un nombre, el hermano de mi madre, era casi divertido. Mi papá, cuando estábamos solos y con la ausencia de mi madre, me decía de manera poco generosa: “ese es un huevón”. Y todo porque el pobre se creía personaje, y como todo personaje de esos años, le pedía a la compañía telefónica que no publicara su número en la guía de teléfonos que en ese tiempo era un libro gordo que salía cada año. Recuerdo que uno de los ritos de niño grande era aprender a usar la guía telefónica, encontrar un número y la dirección. Una vez pregunté con cara de despistado por qué el tío Pepe hacía eso. “Porque se cree personaje, mijito, pero es un huevón.” Esa era la respuesta. Y era divertido porque cuando llegaba a la casa nadie le decía que era realmente un huevón, y eso parecía extraño. Pero uno entonces empezaba a fijarse más, y notaba que el tío Pepe tenía actitudes de divo, grandilocuentes, donde largaba opiniones que a mi padre le molestaban y casi lo hacía callar. Pero lo interesante es que no se iba de la casa, y aceptaba una patadita por aquí y otra por allá, como si estuviésemos todos en un jardín infantil …. aunque recordándolo mejor, en varias ocasiones se fue bien apurado. Era radioaficionado, y ahí era donde se sentía realmente a sus anchas, donde conversaba con conocidos de latitudes lejanas en medio de una estática que le daba un ambiente heroico a las conversaciones. Eso lo encontrábamos de lo más interesante y muy poco huevón.

…….pero al principio de esta notita decía que esa día era el primer San Juan que celebrábamos después del golpe y llegaron a la casa conocidos de bandos opuestos, irreconciliables. En mi casa siempre hubo esa tensión, ese cuchillo que a veces cortaba relaciones. En Chile y en Santiago ya estaba prohibida la política, así que mucho se hacía y se hablaba en las casas particulares y de manera bien poco oficial. Esa noche llegaba gente, y mi padre, a lo mejor ingenuamente pensó que todavía se podía soñar una vía cívica pacífica donde se pudiera generar un entendimiento más amplio entre tanto chileno dividido. Primero llegó Tomic (el excandidato presidencial de la DC, que perdió en las elecciones del 70 donde salió elegido Salvador allende) junto a su señora y se sentaron frente a un bow window, rodeado de gente que le hacían preguntas. El largaba cifras, datos, y realmente concitaba la atención de la audiencia. Recuerdo que le ofrecí algo de tomar y me pidió agua mineral. Al poco rato llegó un General, pariente nuestro, sobre todo de mi madre, el General Ramírez Pineda. Lo divertido es que hubo algo de conmoción y apuros. ¡La incógnita era donde sentarlo si estaba Radomiro Tomic en la casa!, podía quedar la gran cagada y armarse una trifulca peor que los odios de niño chico que se armaban con mi tío Pepe. Al final parece que se optó por llevarlo una sección del living que estaba un poco separada; la famosa pieza de las plantas, y donde las plantas se morían porque nadie nunca les echó una sola gota de agua. Ahí se sentó el General, y pese a que se saludaron con Tomic, nada positivo ocurrió después de ese encuentro. Tomic siguió tomando agua mineral y largando cifras contundentes, mientras el General parecía disfrutar de la conmoción y notoriedad que le regalaba esa época y su rango, sus gorras brillantes y su uniforme forrado de condecoraciones. Nunca más se volverían a ver con Tomic, y creo que el General no vino nunca más a casa. Con el tiempo fue asesor de Pinochet, y ha sido asociado con violaciones a los derechos humanos. Tiene un hijo que se hizo cura jesuita. La última vez que supe de él ya estaba en Santiago, después de una larga detención forzada en Argentina. Ahora debe tener como 90 años.

¿Y que ocurrió con mi querido tío Pepe? Falleció hace como 20 años, todavía joven y de manera bien valiente; le vino un cáncer a los riñones que después se le expandió, y que él aceptó estoicamente sorprendiendo a muchos. Fue alegre y siempre se interesó por nosotros, aunque a veces nos hacía bromas pelotudas, donde se congraciaba haciéndose pasar por jovencito. Recuerdo que una vez le pregunté por el asunto de la guía telefónica. Ahí se puso serio, tan serio que realmente me apareció que era todo un personaje. Poco antes de fallecer fue a la casa de su hija y se tomó una foto con su nieto y con la cámara automática. Su hija la encontró semanas después de fallecido cuando fue a desarrollar el film. Loreto me mostró la foto; era claramente una foto de despedida, donde los dos miraban fijamente hacia la cámara, y él, de manera bien heroica, todavía sonreía.

Radomiro Tomic no logró llegar al año 2000, que era lo que más deseaba; pero al menos murió de muerte natural, un cáncer que lo fulminó. Pocos meses antes de fallecer llamó a los conocidos y amigos para compartir su biblioteca. Ahí tenía metódicamente organizados todos sus libros y en los distintos temas que concitaron todo su interés en las distintas etapas de su vida. En un sector estaban los volúmenes sobre humanismo cristiano, socialismo comunitario, memorias, que sus amigos podían llevarse tranquilamente a casa. A los pocos meses fallecía.

Pero ahora me despierto, me sacudo estos recuerdos que siempre me acompañan y que cuido como si fueran pequeños tesoros, joyas que atesoro en algún rincón de la memoria. Estamos en el 2014 de un veinte de Julio a las 11 de la mañana, donde termino mi café, en Northville, Michigan, para salir a caminar con mi amigo el Copo que me espera pacientemente afuera. Arriba va la foto, es todo un personaje, la verdad es que todos somos grandes personajes….

Julio 20 14