Esa tarde, mi amigo Javier llegó cansado y adolorido a su departamento. El tránsito por Avenida Pocuro todavía te resonaba en los oídos. El sol gris se te colaba por las ventanas sucias de tu auto, y te hacía doler más el alma, algo profundo, y te acordaste cuando todavía cursabas los últimos años de liceo. Angustiado pensaste que necesitabas descansar, que eso era todo, la vida continuaba. Te movías temblando, pero sin dolor, y te bajaste de tu auto después de pensarlo demasiado. No podías levantarte del asiento, pero tampoco tenías deseos de hacerlo. Pronto tendrías que lavar el auto, o al menos limpiarle las ventanas, pensaste, te sobraba tiempo para eso. Notaste que le tiritaban las manos y que el cuerpo no te respondía bien, te tropezabas. En la vereda te costó distinguir las calles, los árboles te parecían borrosos, los autos pasaban muy rápido; y las aceras que antes te eran tan familiares ahora las desconocías. Llegaste hasta el edificio donde vivías y sentiste algo así como un pequeño triunfo, lo habías logrado. Hacía varios días que te sentías mal, te faltaba fuerza y apenas lograbas mantenerte despierto una vez que te sentabas y encendías la televisión. Te invadía una fuerte modorra que te hacía imaginar que había tenido un mes muy duro, sin descansos, pese a que estabas retirado. Por teléfono le contaste a nuestro amigo Hernán que ibas a buscar apoyo en un kinesiólogo, un experto que te ayudaría a mejorar el equilibrio.
Entraste al edificio con un esfuerzo tambaleante. Subiste la primera escalinata pero ya no te quedaron fuerzas para continuar con la siguiente, estabas muy descompensado. Gritaste pidiendo ayuda. Arañaste la pared de entrada cuando casi te caías, arrancando algo de pintura blanca y dejando al descubierto una claro surco rojo de una capa de pintura previa. Tu hermana y tu señora te escucharon gritar, estabas al lado de tu departamento y salieron corriendo a prestarte ayuda; pero ellas también estaban enfermas y más débiles que tú, y no te pudieron enderezar para que siguieras escalando. Tu hermana Marcia trató de apoyarte para que te movieras a un lado y levantaras el pie del escalón, pero te habías quedado como estatua, congelado sobre esa escalinata, con temor y sin energías para intentar otro peldaño. Te quedaban solo cuatro, pero no lograste vencer ninguno más. Fue entonces que se te ocurrió que llamaran a Paz Ciudadana que despachó a dos hombres fornidos que te levantaron como si fueras hecho de algodón. No se les vaya a caer, alcanzó a gritar tu hermana cuando levantaron los 140 kilos que a tu edad ya pesaban demasiado. Déjenlo sentado ahí, les pidió Isabel, tu esposa, que indicaba un sofá café ubicado en el living; pero los dos hombres fornidos ya te habían arrojado sobre tu cama blanca y blanda, a medio hacer, que encontraron apenas entraron a tu departamento. Pronto te sacaron tus zapatos y partieron. Alguien -¿fue tu hermana?-mencionó llamar a una ambulancia, pero decidieron que mejor sería el descanso, tenías que recuperarte y esperar. Nadie imaginó algo grave, como la diabetes o un problema al corazón. Paralizado sobre tu cama, de espaldas, te sentías feliz saboreando el triunfo de haber llegado a tu departamento, y no hiciste nada, o no pudiste hacer nada o no supiste cómo hacerlo, y te entregaste a las manos de tu hermana y tu señora que durante los días siguientes te abrigaron, te acercaron frazadas y te ofrecieron algo caliente para que probaras, una tacita de té puro. Hernán Saavedra calcula que estuviste postrado (“en pana”) como un mes. Tiene registrada una llamada el 7 de septiembre, pero el 8 ya no contestabas; su celular registra que el 15 de septiembre visualizaste por última vez su contacto por WhatsApp. Con los días y horas te fuiste agravando. Llegaste a sentir que te dolían la espalda, los riñones, las piernas. Al final sentiste que penetrabas en un valle luminoso donde todo era un alivio, te sumergías en unas profundidades alucinatorias que te hicieron sentir como en tus años juveniles. Oíste voces, escuchaste a tu madre fallecida hacía muchos años que te recibía llegando del liceo. El 18 de septiembre sentiste ruidos, un portazo y te gustó sentir la ventisca fresca en tu departamento, olía bien. Te desconectabas del mundo hasta que ya no respiraste más, o no supiste cómo hacerlo, se te había olvidado.
Al día siguiente Hernán se enteró al leer el periódico, y se apresuró en llegar a tu departamento; vive cerca. Tu hermana Marcia -bajita, pálida, muy tranquila- lo recibió en pijama y con Isabel en cama. Dejó de respirar, murió en su cama, le dijo. Hernán la escuchó sorprendido; notó que el departamento tenía buen olor y le depositó en sus manos una tarjetita con condolencias y saludos fraternos de sus amigo Juan Pablo, Augustito, Nacho, Carlos y Fierrito. Marcia se acordaban muy bien de todos, especialmente de Juan Pablo que le había prometido que te despediría si morías primero. Juan Pablo está fuera de Santiago, le dijo Hernán. En especial mi mamá quería mucho a Juan Pablo, le contestó. Fueron diez minutos intensos, pero Hernán prefirió salir rápido hacia la calle cuando Isabel pedía ayuda para levantarse de la cama. Se despidió apurado y bajó urgente por las escalinatas. Le dolía el cuerpo, quiso gritar. Se tropezó al salir, pero logró afirmarse enfrente a esa cicatriz encarnada que habías garabateado en la pared de entrada. Se sorprendió, estaba el muro limpio, menos esa quiebre rojo, mudo, que parecía crecer frente a sus ojos.